sábado, 29 de abril de 2017

Zaida.

VII.

El comandante Bragones, era un hombre serio y con un valor como soldado que nadie se atrevería a poner en duda, pero con muchos años de acostumbramiento a una autoridad incuestionable que lo habían dotado de cierta arrogancia en su modo de actuar. Él no podía titubear al momento de dar una orden, así como sus subalternos no podían dudar para cumplirlas, así era siempre y en todas partes donde iba, por ello, es que al llegar a Missa Pandur, lo hizo con la misma soberbia con la que un hombre con mucho dinero en los bolsillos, entra en un burdel. Budara salió a recibirlo en compañía de Nemir, Driba, Badú y otros monjes, lo saludaron con una profunda y respetuosa inclinación que el capitán recibió casi con impaciencia, “Tengo informes de que usted alberga y protege enemigos de la nación en su monasterio, ese es un delito grave. Entréguemelos de inmediato o entraré por ellos” Missa Budara lo miraba desde su imponente altura con exasperante pasividad, “Me pregunto si usted no confunde informes con suposiciones, comandante”; “Yo jamás confundo absolutamente nada, Budara…” respondió el militar clavándole una mirada profundamente agresiva, “…pero usted sí confunde su deber humanitario, con la alta traición y me temo que también las consecuencias, eh” “Me pregunto quién está realmente capacitado para hablar de consecuencias” La voz del monje era suave y tranquila pero su rostro permanecía severo e inflexible, con una autoridad que rivalizaba fuertemente con la del comandante. Muy atrás, ocultos en la oscuridad del monasterio, Ribo y Gunta observaban nerviosos la escena. Apenas podían oír lo que se hablaba,  “Esto va a terminar mal, te lo aseguro. Es el fin de Missa Pandur” dijo Gunta, profundamente nervioso y fatalista, Ribo, que estaba mucho más interesado en lo que sucedía, que en lo que podía suceder, lo mandó a callar enojado “¡Shhh! No me dejas escuchar…” El comandante Bragones perdía la paciencia “Estamos en guerra. Puedo ejecutarlo ahora mismo por traición y también puedo tomar su monasterio y todos sus recursos si lo considero pertinente…” Entonces una voz infantil pero de firme consistencia lo interrumpió tajantemente “Ignorar la verdadera esencia de la vida es una ilusión de poder para el hombre necio” Bragones no lo podía creer, tuvo que inclinarse hacia un lado para poder ver la pequeña figura de Pimbo, erguida algunos metros detrás de Budara, con su actitud resuelta y su expresión de hombre grande. Salvo quizá por Gunta, a ninguno de los monjes presentes pareció sorprenderle su intervención. El capitán volvió la vista a los ojos de Missa Budara como buscando una explicación, este permanecía impasible “Es un alma antigua, muchas generaciones hablan a través de él” El comandante Bragones desenvainó su espada “Es la nación quien habla a través de mí. Hágase a un lado Budara, su vida y la de sus monjes dependen de ello” Nadie se movió.

En las afueras del monasterio, y por detrás de este, entre las montañas, Bardo y sus hombres se alistaban para cabalgar, uno de los soldados se veía muy mal, tenía una herida que le había hecho perder demasiada sangre, estaba consciente, pero débil. En ese momento apareció Missa Yendé, traía un manojo de ropa y encima de esta una diminuta botella de arcilla, “Aquí tiene lo que necesita” Bardo la recibió y se la entregó a otro soldado a su lado quien tomó el bulto con duda y una tensa mirada de preocupación, que su superior evitó enseguida para dirigirse al monje nuevamente “¿Qué tan efectivo es?” Yendé miró al herido con infinita congoja, “Bastante, aunque no es tan rápido. Le recomiendo que se lo dé ahora” Bardo asintió con gravedad, el monje respondió con una decorosa reverencia “Desearía haber podido hacer más. Suerte y que al final de su camino encuentren la paz” Luego se retiró rápidamente sin esperar respuesta.

“Veremos quién es el necio” dijo Bragones levantando su espada por el lado contrario para atacar a Budara con ella de revés, sin embargo, el brazo del monje se movió rápido, certero y de improviso como el ataque de una serpiente, atenazando la muñeca del comandante con una fuerza muy poco habitual en un hombre de su edad, tanto así, que el militar no pudo liberarse al primer intento, ni al segundo “No se equivoque comandante. Aquello que busca, no lo encontrará aquí” Budara le soltó el brazo. Bragones quedó realmente impresionado, él era mucho más joven y mejor preparado físicamente que un monje que dedica su vida a la oración y al silencio, la rapidez y la fuerza de ese hombre eran incongruentes, y provenían de algo que él no llegaba a comprender. Realmente sintió deseos en ese momento de ordenar a sus hombres atacar y pasar por encima de quien se opusiera a su avance, pero algo lo reprimía, quizá algo en la inquietante mirada serena y en la actitud pasiva de todos esos monjes que simplemente se le oponían con una paz férrea, o quizás una pequeña luz de sensatez en su mente o tal vez miedo, el antiguo miedo a lo desconocido o incomprensible. Fueron largos segundos hasta que uno de sus hombres avistó un grupo de jinetes que huían por un camino cercano, llevaban antorchas y por sus estandartes y uniformes, se podía ver que eran la guardia personal de la princesa Viserina. “Espero por su bien, que todo esto no haya sido más que un truco para darles tiempo a esos hombres para huir…” Dijo Bragones antes de subirse a su caballo y ordenar a sus hombres que persiguieran a los fugitivos.

A pesar de que Bardo y su grupo le sacaron buena ventaja a sus perseguidores, finalmente fue fácil encontrarlos, pues habían encendido una inmensa hoguera que era visible desde muy lejos en la oscuridad. Estaban en un pequeño claro dentro de un bosquecillo de árboles secos junto a un frío y rocoso riachuelo, cuando Bragones llegó, los encontró en actitud de profundo respeto frente a un cuerpo que ardía en llamas, se habían despojado de sus armaduras y las habían amontonado contra un árbol, en la pira, aun se podía ver parte de los coloridos atuendos de la princesa Viserina quemándose. El comandante quiso acercarse para ver el cadáver de cerca pero los hombres que lo custodiaban se lo impidieron de inmediato con las puntas de sus espadas apuntándole a la garganta, Bragones sonrió sarcástico, “Hoy parece que el mundo se levantó con deseos de llevarme la contraria, eh” Su ventaja era arrolladora, eso le daba confianza y lo ponía de buen humor. Se quitó el yelmo para rascarse la cabeza y se lo volvió a poner. “¿De quién es el cuerpo que está en la pira, soldado?” Bardo respondió, “No pierda el tiempo, comandante, usted tiene un deber que cumplir y nosotros también” Bragones lo identificó como el soldado de mayor rango y se paró frente a él, “Y su deber es mantener con vida a su princesa, eh” “Nuestro deber está aquí, comandante” El tono de Bardo era levemente insolente, Bragones dio un paso más cerca, amenazante “Dígame, ¿De quién es el cuerpo que está en la hoguera?” Bardo lo miró a los ojos sin dejarse intimidar “¿Quiere estar seguro de que ese cuerpo es de la princesa Viserina?” “Exactamente eso quiero, soldado” Bardo dio un paso atrás y empuñó su espada listo para luchar, “Podrá cerciorarlo usted mismo cuando llegue al otro mundo” “Entiendo…” dijo Bragones sacando su espada, al tiempo que, de todos los presentes en aquel lugar, aquellos que no tenían ya su espada en la mano, le imitaron. Luego agregó, “…Que así sea entonces”


Bardo y sus hombres, doce en total, encontraron la muerte que esperaban, luchando por su princesa hasta el final. El soldado número trece, aquel que estaba demasiado débil para empuñar una espada, aceptó una muerte distinta, se bebió el veneno que Missa Yendé les trajo y se vistió con los atuendos de la princesa Viserina antes de tomar su lugar en la pira. Fue una batalla corta cuyo final ya estaba zanjado desde antes que comenzara. Bragones solo perdió a tres de sus hombres, imprudentes que subestimaron a sus enemigos. Al terminar la lucha, el comandante se quedó largo rato mirando el cuerpo carbonizado entre los restos del fuego, aquello que veía era imposible de identificar. Antes de retirarse, un hombre se le acercó, era un tipo astuto y malicioso al que llamaban Tasco, a Bragones no le terminaba de agradar, “Señor, me he dado cuenta de una curiosidad…” dijo con sobreactuada humildad, “…he contado las armaduras, son trece en total, mientras que solo se pueden ver doce cadáveres, bueno, trece si contamos el que está calcinado también… ¿No le parece curioso que la princesa también llevara armadura?” Luego se retiró haciendo una innecesaria reverencia, le encantaba eso de sembrar una duda y luego retirarse, le provocaba un placer similar al de quien gana una discusión gracias a la solidez de sus argumentos, pero reemplazando la inteligencia por la suspicacia, sin embargo, Bragones ya tenía esa duda desde mucho antes y tarde o temprano tendría que resolverla, por el momento su trabajo allí ya había terminado.

León Faras.

jueves, 20 de abril de 2017

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XXV.

Sinaro había reunido un grupo de hombres que seguían su recia figura y su respetable leyenda. Se habían abierto paso más que nada a punta de carreras y escaramuzas contra los escasos grupos de Cizarianos que encontraron en su camino. Finalmente lograron dar con el camino principal, que era la línea recta hacia el palacio, donde seguramente se reunirían con el resto de sus camaradas, y con su rey, pero al llegar allí lo que encontraron fue que estaban en el medio y a varios metros, por un lado, del puente que debían cruzar para avanzar y que estaba fuertemente custodiado, y por el otro, de un nutrido grupo de caballería que a buen paso avanzaban hacia ellos, aquel era el grupo que comandaba Rianzo, quienes al verles, de inmediato azuzaron sus caballos para embestirlos. Sinaro y sus hombres no tenían ninguna oportunidad, eran inmortales, pero eso no les valía de nada para enfrentar tamaño ataque, con seguridad serían golpeados y aplastados sin tener ninguna chance de causar daño alguno, solo podían desperdigarse nuevamente, pero la suerte equipararía las circunstancias. Vanter y un pequeño grupo de Rimorianos aparecieron de uno de los caminos laterales, corriendo y gritando como si hubiesen perdido la cordura, arremetiendo contra el grupo de caballería, en un intento de atacar tan patético como estéril, pero con un valor que rayaba en la locura, la razón  para actuar así venía justo tras ellos, persiguiéndolos a gran velocidad. Enfurecidas y enceguecidas de dolor y miedo, la estampida de reses que se quemaban vivas, embistieron contra el grupo de Rianzo, partiéndolo en dos, causándoles un daño terrible, además de confusión y desorden, las reses arrasaban con cualquier cosa que se les pusiera en frente, los caballos se espantaron, varios jinetes cayeron al suelo, más de uno fue aplastado y la oscuridad no hacía más que empeorarlo todo. Tras el grupo de animales enloquecidos, apareció un jinete Rimoriano solitario, que aprovechó inteligentemente el escudo infranqueable que ofrecía el hato de reses asustadas para cabalgar tras ellas, absurdamente, llevaba en uno de sus brazos lo que parecía un bebé envuelto. Sinaro y sus hombres no lo pensaron dos veces y se lanzaron al ataque con espadas en alto y gritos de furia, en un segundo, las cosas se habían invertido y ahora los Cizarianos estaban en apuros, atascados en un embrollo de hombres y bestias donde mantenerse sobre el caballo podía marcar la diferencia entre vivir o morir.

Cuando por fin Emmer pudo encontrar la casa donde vivía la familia de Nila, la encontró prácticamente reducida a escombros, eso ya se lo temía, pero de verdad esperaba que no fuera así, porque ahora no tenía ninguna idea de dónde buscar. La ciudad entera era un caos de fuego, gritos, gente muerta y otros que morirían pronto, debía confiar en que Nila y su familia se habían puesto a salvo, por ahora no podía hacer otra cosa. Necesitaba un caballo, pero lo único que encontró fue un bonito escudo Cizariano de madera con el borde de metal apoyado contra una pared, nada despreciable para protegerse de las flechas que se veían clavadas por todas partes, como si hubiesen caído del cielo en una tormenta abominable, sin embargo, al tomar el escudo, debajo de este había un niño pequeño que apenas se vio descubierto comenzó a correr y gritar de forma histérica, Emmer se vio absolutamente sorprendido, tal vez pensó que lo correcto era ayudar a ese pequeño, pero pronto averiguó que el niño no estaba precisamente desamparado. Un enorme muchachote imberbe apareció tras él con el cuerpo cubierto de tablas atadas con cuerdas y blandiendo un espadón de madera con el que parecía capaz de aturdir a un cerdo, evidentemente no era un soldado, Emmer logró esquivar dos de esos mandobles, que eran acompañados de estridentes gritos de furia, y con una hábil maniobra, hacerle una zancadilla al muchacho para que este trastabillara y lo dejara en paz, mientras trataba de explicar que solo quería seguir su camino, pero las sorpresas no se acababan. En medio del camino apareció la extravagante figura de un anciano a lomos de un asno, llevaba puesta parte de una armadura tan vieja como él mismo, y en las manos cargaba un largo tubo de hierro con el que le apuntaba. Emmer no tenía ni idea de qué clase de locura afectaba a ese abuelo, ni de qué era lo que pretendía con ese aspecto más ridículo que intimidante, sin embargo, las chispas que comenzaron a brotar insistentes y juguetonas de su raro artilugio y luego la violenta explosión que salió de la boca de este, sumado al particular olor de su aliento que nunca antes había conocido y jamás olvidaría en su vida, lo hicieron cambiar de opinión. Fue apenas un golpecito el que sintió en el estómago, el golpe de algo pequeño y duro, algo invisible tal vez mágico, porque a pesar de no haber visto nada, su armadura tenía un agujero perfectamente circular y en su carne y en sus tripas podía sentir la monstruosa cicatrización ejecutándose. Estaba aturdido, pero más que por la herida era de asombro, tanto que no hizo nada por esquivar el golpe brutal que el muchachote le soltó en el pecho con su espadón de juguete y que lo arrojó al suelo. Emmer cayó sentado contra un poste de madera que era parte de un cerco, mientras el muchacho reía satisfecho consigo mismo, con una risa de burla, de una maldad marcadamente infantil. El viejo preparaba su prototipo de arcabuz para dispararlo nuevamente, pensando que la armadura había salvado a aquel soldado enemigo, espoleó su burro frenéticamente para que este se moviera, con su flema habitual, dos pasos más cerca y volvió a apuntar, el Rimoriano no pensaba quedarse para ver otra prueba de esa extraña arma de trueno, se arrastró bajo el cerco y se ocultó entre las vacas, el muchacho, menos hábil, debido a su peso y a su improvisada armadura de madera, abrió las puertas del cerco con su respetable espadón al hombro para perseguirlo, pero no llegó a entrar, la casa que habitaban estalló violentamente debido a la pólvora y otros extraños compuestos que habían logrado acumular en todos esos años, luego el granero que estaba justo al lado, provocando una lluvia de fuego sobre las reses que ya espantadas por la explosión, huyeron aterrorizadas por la puertas abiertas donde estaba parado el muchacho, quien por muy poco logró hacerse a un lado y salvar el pellejo, pero nada de eso había sido coincidencia, todo había sido provocado por una misteriosa figura encapuchada y cubierta por una gruesa capa que salió del establo ubicado al otro lado del cerco, montando un caballo, un animal inteligente que nunca se había dejado montar por los dueños de esa casa, a quienes su sentido animal los hacía despreciar más que temer. El jinete se detuvo junto a Emmer y lo ayudó a subir a su grupa, luego echó a correr tras la estampida de reses, “¡Bestia traidora!” grito el viejo enfurecido y disparó su arcabuz contra los que huían.

            Solo varios segundos después, y muchos metros, Emmer notó que el jinete que lo había salvado comenzaba a desfallecer, llevaba el proyectil lanzado por el viejo alojado muy cerca de su corazón, también notó que este no era hombre sino mujer y que en su regazo bajo su capa, llevaba un bebé envuelto en cobijas atadas y cruzadas al hombro como un hatillo, el hombre tomó las riendas y detuvo el caballo, la mujer moría en sus brazos, “Cuídalo, es Rimoriano como tú, y como yo…” dijo, mientras Emmer tomaba la criatura sin saber que más hacer y la madre caía lenta e irremediablemente al suelo, ya sin vida. Nunca supo su nombre ni por qué hizo lo que hizo, solo que al parecer tenía razones poderosas para huir con su bebé de ese lugar y de esa gente a la primera oportunidad, y así lo había hecho. Las reses corrieron despejando el camino frente a ellas de cualquier obstáculo, lo que fue aprovechado por Emmer para salir de ese laberinto, sin embargo, la ruta no era completamente segura, pues no estaba libre del fuego ni de los arqueros que no dejaban de atosigar desde los tejados, solo la velocidad del caballo mantuvo ilesos al jinete y al bebé que este protegía con su cuerpo. Al llegar al camino principal se detuvo, el proyectil encapsulado en sus tripas le dolía tanto como un hueso roto, pero no le prestaría demasiada atención. Entonces la vio, Nila estaba allí, pegada a una pared con la espada de un enemigo muerto en las manos, se veía cansada, asustada y cubierta de sangre, el bueno de Vanter no se había despegado de ella. Lo que debía ser un emotivo reencuentro, se diluyó con el llanto del bebé. Nila y Vanter vieron al recién llegado como quien se presenta en una fiesta con un atuendo de lo más inadecuado, “No hay tiempo para explicaciones….” Emmer le estiraba la mano a su novia para que subiera a su caballo “…Tengo que sacarte de aquí”

            Vanter regresó junto a sus compañeros para luchar, mientras Emmer corría en dirección contraria por el camino principal hacia las afueras de Cízarin y más allá, le había prometido a su camarada que regresaría en cuento dejara a Nila y al bebé a salvo, pero esa era una promesa que no cumpliría.


León Faras. 

martes, 4 de abril de 2017

Alma electrónica.

El coleccionista.


Apenas amanecía, una manada de Recolectores, o mejor conocidos por los humanos como Chatarreros, rastrillaban una extensa zona de barro endurecido, en la que habían quedado atrapados hasta el límite de su resistencia varias máquinas, incluso se podía ver parte de una barcaza entera sepultada, con los androides que transportaba en su interior. Los Recolectores eran robot de tecnología y aspecto burdo, parecían jorobados botes de basura con patas cortas y largos brazos terminados en pinzas, que se movían lentos y agazapados hurgueteando el suelo en busca de desechos útiles, estaban hechos de un metal grueso pero muy deteriorado, sucio y lleno de mellas que contrastaba fuertemente con la elegancia de los cuerpos pulidos y brillantes de los Guardianes, Castigadores o Aplacadores. Su trabajo era recuperar material, piezas valiosas, metal, circuitos en buen estado que almacenaban en su interior hasta que el peso límite que podían cargar fuera alcanzado o el espacio disponible se acabara, para luego llevarlos a las fábricas donde eran reutilizados. Eran obreros que a veces hacían la preciada labor de recicladores y otras veces la de despreciables rapiñas, que no tenían escrúpulos en arrebatarles sus órganos vitales a aquellos androides caídos, incapaces ya de valerse por sí mismos, aunque estos no estuvieran totalmente muertos y aun tuvieran intensiones de seguir luchando por su existencia. No eran agresivos ni portaban arma alguna, pero eso no los hacía un botín fácil de coger, las manadas de Chatarreros siempre eran acompañadas de un par de Oteadores, unos gusanillos desagradables que caminaban sobre dos patas y se apoyaban de su cola para erguirse y girar la bola que tenían por cabeza, escaneando los alrededores en busca de cualquier amenaza, y alertando a medio mundo cuando la detectaban. Por su parte los Recolectores ante cualquier alarma, se cerraban herméticamente y se quedaban quietos hasta que se les ordenara lo contrario. Si uno de ellos se alejaba de la manada más de la cuenta y no se reintegraba pronto, se daba por hecho que una anormalidad había sucedido con él, tal vez podía haber sido raptado por humanos para extraerle las piezas, tal vez podía haberse encontrado con un obstáculo imposible de sortear o tal vez el robot había sufrido un daño que le impedía seguir con su trabajo, entonces la unidad caída en desgracia, de forma automática destruía su preciada carga con una potente explosión interna que de paso también acababa con sus entrañas. No eran más valiosos que la labor que realizaban y si algo de valor les quedaba, más temprano que tarde otro Chatarrero pasaría por ahí y lo cogería. En el lugar no solo se podían ver máquinas, también habían restos de animales arrastrados, árboles enteros descuajados, restos inservibles de los incontables vehículos que cubrían la tierra y sobre todo casas, un pueblo entero de hecho, arrasado y sepultado por el lodo y todo lo que este arrastró.  

Uno de los Recolectores se diferenciaba claramente del resto, tenía una media luna blanca pintada sobre su cabeza, él, por supuesto, ni se había enterado de aquello, pero una pequeña cantidad de pintura le había caído encima por accidente y le había dejado esa caprichosa marca en la que nadie ponía su atención. Cerca de él, cuatro Chatarreros desmantelaban a un robot soldado partido en dos que aun funcionaba y que se resistía con desesperación al notar que quienes le habían encontrado no eran precisamente unidades de rescate, dos Chatarreros más se acercaban con cierta ansia. Pronto las protestas del soldado se silenciaron. El robot de la media luna siguió su camino sin detenerse, aquello le parecía aburrido, cierto era que estaba fabricado y programado para recuperar materiales útiles para la construcción de nuevas máquinas, pero al parecer, una de sus pieza internas reciclada, no había sido correctamente limpiada antes de instalarse y contenía un programa que no le correspondía y que de a poco se había abierto paso en su intrincado sistema, despertando en él una curiosidad anormal, un interés que lo absorbía gradualmente dejando su monótona labor principal en una categoría secundaria, su nueva afición le despertaba una adicción totalmente nueva, un apetito desconocido y que crecía con cada nuevo descubrimiento, con cada nueva pregunta, había tomado consciencia de la existencia de un rompecabezas gigantesco de piezas infinitas cuyo interés por encajar cada una se hacía cada vez más imperioso. Era un caso que solo se podía dar una vez en un millón, donde los innumerables factores necesarios coincidieran, pero la probabilidad muchas veces demuestra no saber de imposibles. El robot de la media luna, al igual que todos los demás Recolectores, reconocía los materiales valiosos rápidamente, diferenciaba sin problemas un censor térmico de una batería iónica y sabía muy bien cuando un motor o circuito estaba funcionando, podía repararse o definitivamente se había estropeado, pero lo que lo fascinaba por completo era descifrar qué servicio prestaba un cepillo de dientes encontrado con las cerdas chamuscadas o en qué parte del universo humano encajaba aquella palanca de los estanques de los retretes, lo mismo con encendedores, cortaúñas, anteojos, monedas o relojes y por qué razón existía tanta variedad de un mismo objeto, todo aquello se le hacía adictivo como una droga, pero por lejos, lo que más le encantaban eran los juguetes, tan interesantes y abundantes como aparentemente inútiles.

El autobús sepultado llamó su atención y lo cambió todo, en el primer asiento se veía un niño sentado, era algo completamente diferente a lo que el robot de la media luna había visto nunca, no tenía señales de vida, pero aquello era lo más próximo a un humano que había conocido jamás. Se trataba de un muñeco de los usados por los ventrílocuos, en perfecto estado o cuidadosamente restaurado. El robot se acercó intrigado, el autobús tenía una gran abertura por la que se podía entrar sin problemas y el Recolector no lo dudó, pero el muñeco solo era una carnada, colgado del techo, había un hermoso avión biplano modelo de la segunda guerra mundial, más allá encontró un gato de tela humanizado, sentado en actitud concentrada frente a un tablero de ajedrez con sus piezas en plena partida, tenía puestas unas gafas que le daban al robot por primera vez una pista de cómo se usaban, también encontró un globo terráqueo y un gran anuncio de tamaño natural de una chica en bikini que anunciaba algo llamado “Bloqueador solar” lo que para el robot de la media luna no tenía significado alguno. Una alarma en su interior se encendió, anunciando que su manada se alejaba y que debía reintegrarse, y aunque no podía desactivarla hizo algo aun más osado, la ignoró. Junto a la ventana del autobús, crecían tomates contenidos en recipientes de plástico, bajo estos, había una formación de hombres diminutos enfrentados a otra formación de animales, sus formas y colores variaban, pero el material del que estaban hechos era el mismo. En la pared de enfrente, podían verse una multitud de relojes colgados, algunos de ellos aun funcionaban, y más allá, libros apilados, el robot los conocía, pero al igual que todos sus compañeros mecánicos, los creía extintos. La alarma se hizo más acuciante, mensajes de peligro y advertencia se multiplicaron en su interior, pero todo aquello era demasiado fascinante, estaba embobado y no podía retornar a su rutina luego de ver todo eso, pues pasaría mucho tiempo, antes de que la manada volviera a pasar por allí y muchísimo más antes de que él encontrara otro sitio similar. No pensó en irse, pero si esa idea hubiese surgido, hubiese sido literalmente aplastada por lo que vio a continuación, un acuario, con plantas y peces vivos nadando en su interior, eso era demasiado para una simple máquina como él. Su sistema colapsaba, la manada se alejaba cada vez más, el comando de autodestrucción amenazaba con ejecutarse en cualquier momento, pero el robot de la media luna solo pensaba en acercar su mano al cristal donde nadaba un bonito pez dorado. No sintió nada cuando explotó, solo un sonido fuerte que lo remeció y luego sus sistemas que se apagaban como una vela que se ha consumido.


Despertó seis días después, notó que sus recuerdos seguían intactos, también su consciencia, eso era de todo, menos normal. Sus sistemas se reiniciaban con normalidad, estaba en un lugar oscuro, la escasa luz que había, estaba enfocada en él, un hombre lo miraba muy de cerca con gran curiosidad “¿Puedes oírme?” Un humano, tan cerca que si tuviera sentido del tacto, podría haberlo tocarlo, sin embargo, lo más sorprendente era que podía comprender el sistema de lenguaje orgánico, algo que desde hace mucho estaba obsoleto entre las máquinas de bajo rango, como él. El robot de la media luna respondió que sí había recibido el mensaje, y el traductor que el hombre le había instalado reprodujo su respuesta con una voz electrónica, con un tono que se podía clasificar como femenino. El hombre rió complacido. Se trataba de un explorador solitario, aquel lugar era su hogar, el sótano de una de esas casas sepultadas por el barro al que se podía acceder a través del autobús donde precisamente el humano lo había encontrado. El robot miró a su alrededor, las paredes, el techo, todo estaba lleno de objetos absolutamente asombrosos para él, se preguntó si aquel humano estaría dispuesto a explicarle la utilidad del cepillo de dientes y de los otros fabulosos objetos que tenía allí, por su parte, el hombre estaba seguro de que aquel curioso robot, le sería útil para buscar y encontrar las piezas que constantemente los sobrevivientes necesitaban.


León Faras. 

sábado, 1 de abril de 2017

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

VIII.

La tetera mediana, y también la más añosa, liberaba un leve y continuo hilo de vapor puesta sobre los rescoldos, donde la vieja Luca la tenía a mano para cebar su mate aromatizado con cedrón, era temprano en la mañana y el fuego ya había ardido un buen rato hasta consumirse. Jonás llegó en ese momento a llenar con agua caliente una taza en la que traía algunas rígidas hojas de té. El hombre mostraba un evidente dejo de preocupación en el rostro, la mujer no necesitó preguntar qué pasaba, “Luna nuevamente dice que ha hablado con su madre…” La vieja Lucrecia sorbía sonoramente, con el fin de extraer hasta la última gota de agua de su mate, para volver a llenarlo con parsimonia y sabiduría. “¿Y qué hay de raro con eso? Es solo una niña…” “Sí, lo mismo pienso yo, que no tiene nada de malo… Pero hoy me preguntó por su hermana…” Jonás azucaró su té y lo revolvió pensativo, luego miró a la vieja para preguntarle si había tenido algo que ver en eso. Era muy poco probable, pero era mejor eliminar completamente esa posibilidad, la vieja asintió, “También me habló de una hermana, como quien confiesa un pequeño secreto. No le pregunté nada, jamás había oído nada de eso y solo pensé que era uno de sus juegos. Tiene una imaginación bendita y es inteligente como la que más… pero, ¿Acaso es cierto?” Jonás se empujó hacia arriba sus diminutos anteojos y se quedó hurgueteando la barba un rato, luego respondió “Ese es el asunto… ella tuvo una hermana melliza que nació muy débil y murió a los pocos días de nacer, pensaba hablarle de ella, debí hablarle de ella, pero esperando el mejor momento, nunca lo hice. Y ahora no sé cómo se ha enterado.” Lucrecia interrumpió la saboreada de su mate para responder con naturalidad, “Pues se lo ha dicho su madre… lo creas o no, los muertos también hablan, cuando hay alguien dispuesto a oírlos” Jonás quiso sorber una pizca de su té, pero retiró los labios rápidamente al sentir el líquido demasiado caliente, “Ay, vieja Luca, puede que tengas razón” Lucrecia continuó, “…la gente hoy en día no cree en nada, piensan que todo son puros cuentos de viejos… pero antes se veían cosas. Mi tía Ernestina, la mayor, sanaba chiquillos con dos rezos y un par de hierbas y a ella nunca nadie le enseñó nada, ella hablaba con angelitos desde niña, incluso curaba gente maldita, gente que de un día para otro caía en cama y ahí se secaban como una plantita, ella iba y los sacaba de ahí… Y mi padre, que en paz descanse, conoció al Diablo en persona, habló con él como estamos hablando nosotros, dijo que nunca había estado tan asustado en toda su vida, y él no era hombre asustadizo. No le quedó de otra que decirle con mucho respeto que no quería tratos con él, pero el Diablo, astuto, le dio una moneda de oro y le pidió que se la guardara, porque un día iba a volver por ella, para tentarlo, pero mi padre nunca la usó, se la mostró a mi madre y yo también la vi, era grande que no cabía en una taza, valía mucho, pero mi padre dijo que antes que tener que usarla, nos moríamos todos de hambre, y la escondió donde nunca más supimos de ella…” La vieja Luca cogió un palo domesticado hace muchos años por su mano dura y el fuego intenso, y abrió con él las cenizas para que emergieran de ellas, dos gordas y apetitosas tortillas de pan cocinadas en los rescoldos, que la vieja cogió entre un paño y su delantal y limpió enérgicamente antes de tirarlas en un canasto, “…así que yo creo que una pequeña que hable con su difunta madre, no tiene nada de malo, y no es ni de cerca lo más extraño que se haya visto…” “Lo sé vieja, lo sé. Si yo no más quiero que ella esté bien… y si su madre nos quiere ayudar con eso, pues qué le voy a hacer yo, bienvenido sea…” dijo Jonás mientras se iba a preparar sus cosas antes de irse a trabajar.

Estela se levantó muy temprano, pero aun así encontró a la señora Alicia ya sentada en la cocina tomando desayuno, aunque todavía envuelta en una bata. Bernarda no tardó en aparecer, totalmente vestida, arreglada y lista para irse a su trabajo, se preparó una tostada con mermelada canturreando suavemente y se fue, despidiéndose de todos con una sonrisa radiante, que dejó a la señora Alicia aun desconcertada, al no poder concebir que una mujer de la edad de Bernarda, con dos hijos y una nieta, fuera capaz de andar por la vida con esa felicidad y plenitud propios del amor idealizado de la juventud, lo que le parecía de lo más extravagante o a lo menos, inadecuado, a Estela en cambio, la nueva actitud de Bernarda le gustaba, le parecía todo divertidamente raro. Ulises apareció entonces, venía sonriendo, pues había saludado a su hija antes de que esta se fuera, y la mujer le había contagiado irremediablemente su espléndido humor. Estela se puso de pie en el acto para servirle desayuno, pero el viejo se negó, tenía que ir a la iglesia y estaba atrasado, un “¿Tú?” largo y cargado de duda salió de la boca de Estela y de la señora Alicia al unísono, ambas muy sorprendidas debido a que el hombre era más bien renuente a todo tipo de celebraciones religiosas, pero Ulises se explicó rápidamente, “El Padre habló conmigo ayer, dice que tiene una figura de madera del Señor que está rota en su capilla y me pidió que le echara un ojo a ver si podía repararla… seguro no obtendré más que un par de bendiciones y los favores siempre misteriosos de la Divina Providencia, pero en fin, de todas maneras veré lo que puedo hacer.” Ya luego se pasaría por la cafetería de Octavio a comer algo.

Estela salió de su casa a media mañana, luego de lavar la vajilla y ayudar en las labores de aseo como siempre lo había hecho. Tenía pensado encontrarse con su hermano y tal vez hacer algo más de dinero, ahora que ya sabían que el viaje se acercaba, pero afuera se encontró con Diana, que precisamente la buscaba a ella y aguardaba a corta distancia a que saliera “Necesito tu ayuda…” Diana lucía entusiasmada, “…anoche apenas pude dormir, tengo una idea pero tienes que ayudarme… es por lo de Alberto” Ambas llegaron a la casa de Alberto, pero este no estaba, “No te preocupes…” dijo Diana sonriendo misteriosa, “…le he conseguido un pequeño trabajo que lo mantendrá ocupado” luego abrió un pequeño bolso y sacó de él una cotona, como las que usan los niños en el colegio para no ensuciar la ropa “Toma, ponte esto, es un poco grande para ti, pero servirá. Vamos a pintar.”


Cuando Alberto se desocupó, encontró a ambas muchachas sentadas en la entrada de su casa comiendo emparedados y bebiendo zumo, tenían pañuelos cubriéndose el pelo y sus delantales manchados de pintura negra, pero ambas sonreían satisfechas, la escena, para cualquiera, pero especialmente para el muchacho, era de lo más incongruente, hasta entrar a la casa. Las muchachas habían limpiado y ordenado todo ligeramente, y habían pintado de negro ciertos trozos de los muros, de modo que se podían ver esparcidas por el lugar, varias pizarras de diferentes dimensiones, grandes y pequeñas, altas y alargadas, en las cuales estaban distribuidas todas las letras del abecedario, pintadas con pintura blanca y la bonita caligrafía de Diana y sus respectivos espacios, para que fueran rellenados con palabras a medida que el muchacho fuera aprendiendo a escribir. El resultado no era para nada desagradable, y a Alberto, realmente le gustó, al menos estéticamente, porque en un principio se sintió agobiado por la cantidad de letras distintas, que jamás imaginó que fueran tantas, y por la cantidad de espacio disponible, que sintió que tardaría años en rellenar, pero las muchachas lo tranquilizaron, pues comenzarían de a poco y las cosas se irían haciendo cada vez más fáciles. Las palabras quedarían escritas en las paredes y de esa manera, las podría repasar todo el tiempo que permaneciera en casa, incluso de manera inconsciente. Estela le preguntó por cual palabra quería comenzar y el muchacho no lo dudó, hace mucho tiempo que tenía la curiosidad de ver cómo lucía su nombre, dibujado en palabras: “Alberto” dijo.


León Faras.

sábado, 25 de marzo de 2017

La hacedora de vida.

3.

Reni Rochi tenía un amigo mucho más avezado que él en temas robóticos, su nombre era Rudy, un tipo lo suficientemente inteligente y obsesionado con las máquinas como para haberse vuelto un experto en ellas. Tenía una pequeña tienda abarrotada de piezas; engranajes, motores, circuitos y de autómatas desmembrados, colgados por aquí y por allá, como en una tétrica carnicería humana. Nada de lo que se podía ver allí era nuevo, todo aquella inmensa cantidad de chatarra, era el resultado de una necesidad por guardarlo todo, de una veneración por aquellas piezas marcadas por años de valioso servicio, de una certeza en que todo servía de una manera u otra, sino de manera práctica, lo hacía entregando información, conocimiento, tal como el hombre que desentierra huesos para averiguar la historia de ellos. Lo había contactado a su teléfono por una simple razón, el robot que Nora tenía en su váter, al parecer no estaba del todo estropeado como pensaban, y tal vez podía repararse de una forma fácil y no tan cara, para que este pudiera irse por sus propios medio, tal y como había llegado.

Rudy llegó en una motocicleta tan diminuta que ridiculizaba el enorme casco que traía puesto. Rochi lo estaba esperando. El contraste entre este y Rudy era brutal, si Reni era un toro, Rudy sería una lagartija. Se trataba de un tipo sumamente delgado, de ojos grandes y dedos huesudos, consecuencia directa de una vida obsesiva, en la que comer no era tan importante y dormir, una pérdida de tiempo. Apenas vio al robot exclamó “¡Boris, tenías que ser tú!””Boris… tú…” repitió el robot y Rudy se le quedó mirando como si se tratara de un perro que de pronto habla. “¿Se llama Boris?” preguntó Nora, mientras le alcanzaba una taza de algo parecido al café a Rudy, quien tardó varios segundos en reaccionar “…no, en realidad su nombre es BR-15, pero lo llamamos Boris… ¿Acaso repitió su nombre?” “Sí, repite todo lo que dicen” dijo Zardo divertido, pero apenas habló, el robot le borró la sonrisa con una palabra ya memorizada antes, “Idiota” “Entonces…” dijo Rochi señalando al androide, “… ¿Lo conoces?” “Sí…” respondió Rudy dejando su bolso en el suelo, el que sonó igual a un saco de huesos, “…es el robot con más mala suerte que he conocido en mi vida…” y pasó a enumerar la gran cantidad de veces que había debido repararlo, pues Boris había sido atropellado dos veces, cuatro veces había caído desde considerable altura, una vez fue aplastado por una máquina expendedora de gel antiséptico, dos veces se electrocutó  “…y esto no lo van a creer…” continuó Rudy,  “…una vez, una bala recorrió seis kilómetros en la ciudad, entre edificios y transeúntes para terminar alojada en su cuello, fue increíble, y lo más curioso es que no es cosa de falla técnica, yo mismo lo he calibrado al milímetro en sus sensores ambientales, de posición, de movimiento, de fuerza; todo nuevo y en perfecto estado, pero aun así, siempre termina sucediéndole algo…” “Termina… algo” repitió Boris, Nora sonrió “¿Ves? Todo lo repite, como si estuviera aprendiendo a hablar” Rudy abrió su saco de huesos y lo registró en busca de un par de herramientas “Eso es imposible. Los robots no aprenden así, se programan… es distinto. Eso es característico de un ser vivo, ¿No, Boris?” “Boris… vivo…” repitió el robot con su inalterable e inexpresivo rostro perdido en la nada, lo que provocó una risita sin entusiasmo en el rostro del técnico. Con seguridad, había problemas con alguno de sus programas de lenguaje, no se estaba ejecutando correctamente, y eso podía obedecer a varias razones. Rudy le abrió el pecho y comenzó a hacerle pruebas con sus raros instrumentos, “¿Por qué está así?” preguntó al verlo inmóvil del cuello para abajo “Se electrocutó…” respondió Reni Rochi sumando así, uno más a la ya larga lista de accidentes del robot, “Esto es muy raro… no puede ser… Ayúdenme a moverlo” dijo Rudy y entre todos lo inclinaron hacia delante para abrir una tapa en su espalda y comprobar que su fuente de poder estaba completamente muerta, con dos movimientos hábiles y rápidos, Rudy la aflojó y la extrajo completamente, “Esto no sirve, tiene todo quemado… las resistencias…” “Resistencia…” repitió Boris y Rudy se quedó de piedra, era una máquina a la que se le habían extraído las baterías, no podía seguir funcionando de ninguna manera “¿Qué rayos está pasando aquí?” dijo pasmado, sin comprender nada.

Olsen caminaba a buen paso esquivando transeúntes que a su vez lo sorteaban a él. Las estrechas calles siempre estaban llenas de gente que parecía moverse motivadas por un firme e importante propósito, el cual impedía que cualquiera pudiera detenerse, distraerse o siquiera saludar. Pensaba en su hijo, en que si la decisión que había tomado había sido la correcta o había sido la estupidez más grande de su vida producto de la desesperación. Su hijo no era el mismo, lo sabía, él, que pasaba poco tiempo en casa, lo había notado y tanto, que se le hacía un nudo en la garganta y en el estómago al verlo, silencioso, ausente, extraviado. El hombre llegó a su casa en uno de los numerosos edificios donde se amontonaba la población, un departamento pequeño y sombrío como cualquier otro. Todo estaba limpio y ordenado, su mujer ponía la mesa mientras el niño la observaba curioso, sentado en un rincón con un juguete plástico inerte en sus manos. Olsen notó que Lisa, su mujer, se veía tranquila, sus movimientos eran delicados con cada plato o cuchara que ponía en la mesa, con la misma suavidad cogió al niño de la mano y este se dejó llevar dócil a su puesto en la mesa, “Ahora vamos a comer, ¿Sí?” dijo la madre, “Comer…” repitió el niño, mientras le ponían una cuchara en la mano. El hombre se sentó frente a su plato, el niño se veía perdido, sin comprender por qué estaba ahí, ni qué tenía que hacer, Lisa se sentó también, en silencio pero con una leve sonrisa, como quien ha recibido una muy buena noticia que no puede divulgar, a Olsen le pareció forzada, “Lisa, escucha… con respecto a nuestro hijo, yo…” La mujer le tomó la mano y lo silencio suavemente, “No quiero saber lo que hiciste, no necesito que me digas qué pasó. Sé bien lo que nos dijo el médico, pero ahora mi hijo está aquí, conmigo, con nosotros, y eso es todo lo que necesito…” Olsen se sintió aliviado, le besó la mano a su mujer “Estaremos bien…” fue una afirmación, pero no sonó tan convincente. Su mujer sonrió y miró a su hijo que los observaba inexpresivo “Él aprenderá… poco a poco, yo me encargaré de todo, tú ya hiciste lo que tenías que hacer…” El niño no comía, no respiraba, no necesita dormir, su madre ya lo había notado, pero por ahora nada de eso le importaba, sabía que las cosas no volverían a ser como antes, pero eso no necesariamente debía ser algo malo, ya había decidido que no sería así.

“Esto está fuera de mi alcance…” dijo Rudy rascándose la nuca, “…que un robot siga funcionando sin energía, es algo que yo calificaría como más que inusual” Yen Zardo se masajeaba la cara tan confundido como Rudy, mientras Rochi y Nora intercambiaban una mirada de preocupada complicidad. Boris estaba vivo debido al extraño poder de Nora, y ahora, el complejo sistema del androide, de alguna manera se estaba adaptando a su nuevo estado, algo de lo que nadie sabía qué se podía esperar. Debido a su historial de accidentes, nadie se preocuparía demasiado por la desaparición de Boris, aseguró Rudy, por lo que podía quedarse con Nora hasta decidir qué hacer con él, algo que la chica aceptó resignada, pero no sin antes exigir que entre todos movieran al robot de su retrete.


Boris quedó finalmente sentado en su sillón, se podía decir que fascinado con la televisión encendida frente a él, para Nora, cambiar su asiento por su váter no había sido el mejor negocio de su vida, pero sin duda que aquello, era mejor que nada.


León Faras. 

viernes, 17 de marzo de 2017

Del otro lado.

XXVII.


Laura despertó en su cuarto como siempre lo hacía sin importar dónde se durmiera, la única función vital que parecía seguir necesitando aun estando muerta, pero sin sueños e invariablemente abría los ojos junto con la salida del sol. Observó la puerta, el mensaje que Alan le había dejado escrito allí había sido borrado, seguramente por su madre, se preguntó qué habría pensado ella al encontrarse con semejante grafiti escrito con lápiz labial dentro de su propia casa, luego volteó la mirada hacia el espejo de su cuarto, se quedó largo rato mirándolo, en él se reflejaba un pequeño trozo de su habitación, pero no la cama donde estaba ella. Sostenía la mirada con recelo, haciendo uso de todo el valor del que disponía, sintiéndose un poco segura al no estar directamente frente al reflejo. Luego de varios minutos sin que la aterradora Sombra acosadora diera señas de su presencia, Laura se mordió una uña y sonrió traviesa, se le acababa de ocurrir una idea que se le hacía de lo más boba, pero que algo la impulsaba a probar, confiaba en que aquella criatura horrible permanecía del otro lado del reflejo desde donde no podía alcanzarla. Aun sabiendo que estaba muerta, Laura sentía que no podía vivir con permanente miedo, que debía hacerle frente, aunque fuera de una forma ingenua, tal vez un poco ridícula, pero por algo se debía comenzar, además nadie podría juzgarla por ello, por lo que se incorporó de un salto y se bajó por los pies de la cama, agazapándose contra su cómoda, luego se deslizó agachada y sigilosa por debajo del espejo colgado en la pared, como un soldado que en plena batalla, se escabulle evitando ser divisado por el enemigo, entonces se puso de pie y pegó su espalda a la pared, justo al lado del espejo, con sus manos entrelazadas frente a ella, simulando sostener un arma, y con extrema precaución, echó un vistazo en el insondable interior del reflejo, se sintió una especie de agente especial en misión secreta, increíblemente, aquella jugarreta infantil desdibujaba la agobiante situación en la que se encontraba, ridiculizaba la aterradora amenaza de la Sombra y la ponía en un nivel en el que ella podía poner sus reglas y por lo tanto, al menos darle la sensación de enfrentarla. Lo primero que llamó su atención en el espejo, fue su cama, pues estaba perfectamente estirada como si nadie hubiese dormido en ella, pero más sorprendente fue comprobar que ese reflejo modificaba su realidad a medida que lo observaba, pues su cama, de la que acababa de levantarse, se veía ahora intacta también y sin los rastros de su reciente presencia en ella, pero no era lo único modificado, su desorden, su ropa tirada en el suelo, sus cajones a medio abrir, hasta el color de las cortinas, toda su habitación se transformaba de ser su mundo personal a convertirse en el abandonado dormitorio de una muerta que era, donde todo se mantenía en estricto orden, la cama estirada, toda su ropa planchada, doblada y apilada, la superficie de los muebles despejadas, todos sus zapatos formados en pares uno al lado del otro. Un santuario protegido de la intervención humana. Todo su entorno adoptaba la forma que tenía del otro lado del espejo, sin embargo, todo aquello le pareció interesante, porque eran pistas de cómo funcionaba su mundo ahora, se daba cuenta de que al parecer, no intervenía directamente con el mundo real, de que lo que hacía en su mundo no interfería con la realidad de los vivos, o verdaderamente aquello sería una constante y desconcertante locura para estos, intrigada, se animó a hacer un pequeño experimento, de dos zancadas, y sin perder su rol imaginario de agente secreto de una película, cogió las cobijas de su cama impecablemente estirada y las jaló hacia atrás con fuerza, para luego volver a su posición junto al espejo, echó un vistazo fugaz en este y nuevamente la magia se producía restableciendo el orden, era sorprendente pero también divertido, entonces se animó a más. Tenía pensado que mientras la Sombra no apareciera, no había nada de qué preocuparse y si lo hacía, simplemente se ocultaría rápidamente del reflejo, con esa idea, se dirigió a su velador y se paró junto a este y frente al espejo, acercó su mano a la lámpara de porcelana que estaba sobre el pequeño mueble y la tocó, sintió su suave textura en sus dedos, sintió su peso al ejercerle una suave presión, curiosa, la buscó en el reflejo del espejo frente a ella, donde ella misma no existía y la empujó. El estruendo la hizo dar un brinco, pues la lámpara se rompió en pedazos, pero eso no fue lo más increíble, sino que ver claramente en el reflejo cómo aquel objeto se movía solo hasta perder el equilibrio y caerse. Si no fuese porque sabía que ella misma la había tirado al suelo, hubiese sido justo motivo para llevarse un buen susto. De dos saltos regresó junto al espejo y de un vistazo comprobó que tanto aquí como allá, la lámpara estaba irremediablemente rota, de eso, no había dudas, sin embargo, eso le daba otra pista, el reflejo de un espejo parecía ser la conexión entre su mundo de muerta y el mundo de los vivos. Pero su pequeña travesura no terminó ahí, pues en otro vistazo al espejo se dio cuenta de que su madre había llegado a su cuarto evidentemente atraída por el estruendo de la lámpara al caerse, no la podía oír, pero podía ver que hablaba y gesticulaba alarmada por la lámpara inexplicablemente rota en el piso, Laura imaginaba que en ese momento la estaba culpando a ella y eso le daba la cálida sensación de que ambas podían saber que en ese momento las dos estaban en el mismo sitio y al mismo tiempo, imaginaba lo que sentiría ella de estar en su lugar, y tal vez no sería tan agradable, pero para Laura aquello era extraordinario, su hermana también estaba allí, sujetando un escobillón y una pala para recoger el pequeño desastre que había provocado, tan agradable era la sensación de estar integrada con su familia nuevamente, que se olvidó por completo de la precaución de no quedarse tanto rato frente al espejo. Su madre se agachó para recoger los trozos más grandes y tras desaparecer ella del reflejo apareció la Sombra de pie al fondo del cuarto, Laura inmediatamente se pegó a la pared protectora junto al espejo, como un ladrón que por segundos no ha sido descubierto en su fechoría, frente a ella, su habitación volvía a estar vacía y silenciosa, temía por su madre y por su hermana pero podía sospechar que la Sombra no estaba interesada en ellas ni en ningún otro vivo, tenía la tentación de echar un último vistazo, pero sentía que aquella criatura horrenda estaba justo ahí frente al espejo, a escasos centímetros de ella, respirando con su frío aliento sobre su hombro. Pero todo aquello no eran más que imaginaciones suyas, estaba a salvo, no podía tocarla y lo mejor era seguir con su juego, pero eso sí, en otra parte.


Los espacios abiertos eran ideales, salió de su casa con buen ánimo, sintiendo que le había ganado la partida a su aterradora perseguidora y que hasta la había burlado, huyendo antes de que pudiera asustarla, además, había obtenido una valiosa recompensa al estar en contacto nuevamente con su familia, tal vez no como antes, pero de igual manera la experiencia había sido genial y aun la disfrutaba. Se sentía tan bien que de pronto le echó de menos a la música, se atrevió a cantar y bailar mientras caminaba por el medio de la calle con total impunidad, disfrutando por primera vez de lo que era en realidad, una libertad sin límites. Corrió, pasó dando saltos por encima de los vehículos estacionados, bailó y cantó tan fuerte como pudo sosteniendo un micrófono imaginario en la mano sobre algunos y haciendo música con las palmas de sus manos sobre el capó de otros, pateó basureros, golpeó puertas con los puños y hasta robó prendas y chucherías baratas que encontró en algunos puestos callejeros, se probó unos anteojos de sol, enormes y extravagantes sintiendo que le quedaban maravillosos sin necesidad de verse, y se fue contenta, satisfecha de su nueva vida de anarquía vana e inocuo vandalismo. Sin real intención, llegó hasta una población que le resultaba familiar, los nombres de las calles, las casas más bien antiguas, las calles deterioradas. Sí la conocía, pero se veía muy diferente sin los viejos árboles en las veredas ni la abundante vegetación que los pobladores, principalmente gente mayor, acumulaban en sus patios delanteros. Laura se quitó los anteojos oscuros y reflejó la calle en ellos para echar solo un breve vistazo, entonces el lugar aparecía tal y como lo recordaba, un lugar apacible, viejo y tranquilo como sus moradores, allí vivía su abuelo Manuel. Al llegar a la casa, la muchacha encontró la puerta de la reja abierta, pero no entró, en el ventanal, que parecía nuevo o muy limpio, se reflejaban dos hombres sentados al sol conversando algo que parecía ser muy serio, Laura no podía oírlos, pero sus rostros, vistos de perfil, denotaban cierta gravedad, uno de ellos era su abuelo, al otro no lo conocía, aunque podía ver que se trataba de un hombre mucho más joven, vestido con ropa formal pero anticuada y lucía peinado y barba de trasnochado. Laura contemplaría la escena solo por algunos segundos, pues sentía mucho cariño por su abuelo pero no quería tentar a la Sombra más de lo necesario, y luego continuaría su camino, pero una cosa llamó su atención, el desconocido se llevó una mano a la frente, como en un gesto de impotencia o de consternación, y la muchacha pudo ver su reloj, un reloj ridícula y absurdamente infantil, el mismo que Alan le había dejado en su tumba junto a la nota y a la calas blancas plásticas. Laura se acercó, aquel hombre debía ser el tal Alan, no podía haber  otro adulto en el mundo con ese reloj, por fin lo conocía, no tenía idea de qué tenía que ver él con su abuelo, pero tampoco se iba a mortificar por eso, al parecer, ese hombre estaba interesado en ayudarla y eso la hacía sentirse agradecida y contenta de conocerle. Pensó en hacerles un truquito como el de la lámpara en su habitación, para que notaran su presencia, pero desistió de esa traviesa idea, simplemente se sentó allí, en una esquina de la banca, se puso los lentes de sol, a pesar de que el sol era incapaz de dañar sus ojos, y se quedó ahí, cómodamente instalada, con los brazos cruzados y los pies estirados, como quien se relaja en el banco de una plaza, solo por hacerles compañía a esos dos hombres, por empatizar con su causa.


León Faras.

domingo, 12 de marzo de 2017

Autopsia. Segunda parte.

VI.

            Elena y Clarita se asearon para desayunar mientras el viejo Tata se sentaba en un rincón, del bolsillo de su chaqueta sacó una rodaja de pan envuelta en un pañuelo, “Solo traje uno, pero lo pueden compartir…” luego se dirigió a Elena, “Tú no eres de por aquí…” la muchacha miró al viejo sorprendida y luego hacia el suelo, “…tranquila, solo lo digo por el vestido que tienes, ¿Es del convento, verdad?” Elena no respondía nada, pero su silencio era más que elocuente, “Yo escapé de la justicia una vez… hace muchos años. Estuve viviendo en el monte casi dos meses, huyendo a pie, sin caballo ni perros que me acompañaran… cuando regresé, ni mi madre me reconoció…” Tata rió suavemente, era una risa grata, de anciano de corazón blando “…flaco como perro lebrero, cubierto de tierra y con los zapatos rotos. Lo mejor de todo era que ni siquiera me estaban buscando” y Tata soltó una risa que contagió a Elena y Clarita, Gracia en cambió solo meneó la cabeza. “Es bueno enfrentar los problemas, solo así desaparecen…” continuó el viejo “…pero a veces, escapar es necesario, a veces escapar evita que las cosas empeoren…” Luego Tata se puso de pie, se acomodó la gorra y se dirigió a la salida “…bueno, ya me voy, tengo mucho que hacer hoy. Tu abuela te ha echado de menos, y a Gracia, dice que la vayan a ver. Tú también puedes venir… si quieres” dijo, dirigiéndose a Elena, “…le encanta que la visiten y a ti te caerá bien, ella es buena haciendo que las cosas malas se vean menos malas…” “Iremos Tata…” dijo Clarita con la boca llena de pan, “Bien, tendré agua caliente” concluyó el viejo.

Casas Viejas era un poblado tranquilo y acogedor, de casas de barro, grandes pero humildes y chacras rebosantes de cultivos robustos, rodeado todo de terrenos donde el pasto, la maleza y la mora crecían sin restricción y los animales pastaban a sus anchas. Abel Rupano detuvo el coche junto a un pequeño grupo de pobladores que lo aguardaban, entre estos, Ismael Agüero y su hijo. Los dos hombres descendieron del coche, el sacerdote era una figura erguida, imponente y negra de pies a cabeza, a su lado el doctor se veía disminuido, delgado y vestido de ropa clara, ambos cargaban maletines con los bártulos propios de sus diferentes oficios. Apenas bajaron, se formó un raro silencio. Una mujer, joven y atractiva aun, con la cabeza cubierta con un velo, se arrodilló frente a él impulsivamente, “Bendígame Padre, por favor” todos estaban ya enterados de lo sucedido durante la misa de la mañana, el doctor Cifuentes dio un paso atrás, incómodo, Benigno lo reprendió con una mirada, como si se tratara de un delator desvergonzado, luego le dio dos palmadas suaves en la frente a la mujer para que se pusiera de pie, pues sabía que de darle en el gusto, tendría que soportar a quien sabe cuántas más que creían que él era una especie de santo milagroso, pero que no se atrevían a mostrarlo, “¡Ponte de pie, mujer!  Si tanto necesitas esa bendición, te espero mañana en la iglesia, para que te confieses antes…” Eso desanimaría a las demás, luego se dirigió a Ismael “¿Dónde está Úrsula?” El hombre y su hijo se apresuraron a guiarlo a su casa, mientras el médico, aun incómodo, se despedía del grupo con un ligero ademán con su sombrero y se apresuraba a seguirlos. Rupano en cambio, se acomodó en el coche para esperarlos.

La casa de Ismael se veía igual a todas las otras casas del pueblo, amplia y chata. Tejas de barro en un techo con muy poca pendiente y pilares de madera en el frontis, todas las paredes pintadas de un blanco opaco y viejo. Un parrón daba sombra a una mesa y sus bancas, en el patio de la entrada. Dos perros salieron a recibirlos como todos los perros del mundo cuando ven llegar al dueño de casa, pero se detuvieron lloriqueando a varios metros de la vivienda, eso llamó la atención tanto del cura como del médico, “Antes había que sacarlos a escobazos de adentro, ahora no se acercan ni para comer…” dijo Ismael mirando preocupado a sus perros que parecían estar parados nerviosos, tras un obstáculo invisible e infranqueable, “…yo no sé qué les pasa, pero todos saben que un perro asustado, no es nada bueno.” Benigno miró al doctor y luego a los perros. Uno de ellos desistía y se iba a echar a una sombra más alejada, el otro, ladraba y gimoteaba como insistiendo en tratar de advertir algo, “¿Desde cuándo se comportan así?” preguntó el doctor, Ismael no estaba seguro, pero su hijo respondió por él “Desde que la Úrsula trajo a ese chiquillo…” “Cuidado con la cabeza” advirtió Ismael al entrar a la casa, agachándose levemente al pasar por la puerta, pues esta y toda la casa había sido construida por su suegro y el padre de este hace incontables años, y no habían considerado para nada la altura del actual dueño de casa, ni menos la del padre Benigno. El interior era oscuro y fresco como una cueva, Lucila, la esposa de Ismael, una mujer pequeña y laboriosa, dejó sus quehaceres en la cocina para saludar al padre y al médico con extrema amabilidad “Ay Padre, que bueno que vino, ya no sabemos qué hacer con esta niñita, ¡usted tiene que hablar con ella!” “Por supuesto mujer, seguro no hay nada de qué alarmarse. Me acompaña el doctor Cifuentes, él la revisará también para que te quedes tranquila. ¿Dónde está?”

La muchacha, apareció de pie en el fondo del oscuro pasillo central de la casa, justo afuera de su cuarto, no se podía precisar si recién había salido o llevaba allí parada desde hacía rato. Tenía un bebé en los brazos. Benigno, confiado y autoritario, se acercó a ella para hablar, su tono intentaba ser paternal, pero sonaba inevitablemente severo “Hola Úrsula, tus padres están preocupados, cuéntame ¿cómo estás?” La muchacha negó con la cabeza y retrocedió un par de pasos, estaba sumamente nerviosa, casi asustada, “Tranquila muchacha, solo quiero saber cómo te sientes” dijo el cura avanzando un par de pasos a su vez, Úrsula negaba con más énfasis haciendo gestos con su mano para que el sacerdote no siguiera acercándose. El bebé comenzó a llorar suavemente y ella se esmeró en calmarlo, como si ese llanto fuera algo muy malo. El sacerdote se detuvo. Tanto el médico como la familia de la muchacha observaban la escena desde atrás. “Úrsula por favor, deja ese niño unos minutos para que podamos hablar” La muchacha reaccionó como si le hubiesen propuesto deshacerse de una pierna, abriendo los ojos y negando asustada. El cura dio un paso más y el llanto del niño se intensificó, Úrsula lo intentaba calmar con desesperación y de igual manera, pero sin palabras, trataba de hacerle entender al cura que no siguiera avanzando. Benigno dio otro paso, pero entonces debió detenerse. El sacerdote se dobló a la mitad como si hubiese sido apuñalado otra vez, se llevó la mano a su herida y la sintió húmeda y tibia, miró a la muchacha, esta lo observaba asustada. El bebé dejó de llorar. Entonces el cura soltó un grito de dolor, muy fuerte e inesperado y cayó al suelo de rodillas, apretándose la herida con la mano que en ese momento la sentía como si alguien le estuviese introduciendo los dedos y tirando de ella para desgarrarle la carne. Cifuentes se le acercó alarmado para asistirlo y ayudarlo a ponerse de pie, pero el sacerdote estaba totalmente derrotado e inmovilizado por el dolor. El médico levantó la vista para mirar a la muchacha y esta se veía aterrada, el bebé en cambio, estaba tranquilo y feliz, chupándose los dedos con una ternura desbordante. Úrsula no resistió más, “¡Lárguense de mi casa! ¡Fuera, fuera de aquí! ¡Lárguense!” gritó histérica, mientras se metía a su cuarto y se encerraba dando un portazo, solo entonces el médico pudo ayudar al cura y ponerlo de pie, con ayuda de Ismael lo acomodaron en un sillón y el doctor le abrió la ropa, la venda estaba empapada de sangre como si la herida hubiese sido recién hecha, “Oh por Dios…” dijo el doctor restregándose la frente, mientras Lucila se persignaba una y otra vez. El médico abrió su maletín y cogió un nuevo rollo de vendas y se las puso encima de las otras para contener el sangrado “…ayúdeme a llevarlo al coche. En mi casa podré tratar esa herida correctamente”

            Fuera de la casa, las personas que lo habían estado esperando al llegar, aguardaban con un cotilleo insistente que se silenció abruptamente al ver salir al cura agarrado del hombro de Ismael y con la otra mano en la herida cubierta de sangre “¡Ay pero por Dios Padre, ¿qué le pasó?” mientras el doctor abría paso “Por favor señoras, déjenos pasar. Este no es momento para aclarar sus dudas” Benigno no decía nada, estaba demasiado consternado, incluso, para regañar la insana curiosidad de los pueblerinos.


León Faras. 

viernes, 3 de marzo de 2017

La Prisionera y la Reina. Capítulo cuatro.

VI.

Baros no tenía ninguna intención de negociar nada con los Salvajes, para él, la maldición era falsa y la mujer maldita, seguramente muerta, además, tampoco era que fueras a vivir tanto en el mundo así como estaba, por lo que no se preocuparía más por la supuesta maldición. Ahora tenía una oportunidad, había sido liberado por Rávaro y no pensaba regresar, ni recibir más órdenes de ese desquiciado ni de ningún otro. Estaba desarmado y custodiado por cuatro soldados de Rávaro, pero había decidido huir y enfrentar lo que fuera necesario enfrentar para conseguirlo. Por lo que decidió aprovechar el bosque que cruzaban, espoloneó brusco y de improviso su caballo y corrió a todo lo que daba el animal, internándose entre los árboles hasta perder a sus custodios. Lo que no esperaba, era que los soldados que le acompañaban, ni siquiera se molestaron en perseguirlo, solo se detuvieron y lo observaron confundidos, como quien ve a un desconocido corriendo desnudo por la calle. Ellos tampoco pensaban regresar al castillo de Rávaro, ni menos entregarle el pequeño tesoro que llevaban a los Salvajes de la ciudad vertical, sino repartírselo y largarse lejos, y si Baros les ponía alguna objeción, lo matarían, pero la huida de este simplemente no estaba en sus planes, aunque tampoco los afectaba demasiado. Los cuatro soldados, luego de un par de minutos, continuaron su camino, llevaban provisiones, estaban armados y tenían el oro, solo debían buscar un lugar donde pasar la noche y continuar al día siguiente. Esos bosques húmedos no eran para nada seguros.

Idalia contemplaba la ciudad Antigua cada vez más atónita, a medida que la barca se acercaba y entraba en ella. Los arcos y pilares que la recibían eran gigantescos; las torres que sobresalían, imponentes y hermosas; las numerosas escaleras y sus muchos puentes, elegantes y llamativos; las viviendas, uniformes y estilizadas; inclusive los muros y caminos eran perfectamente planos y angulares como Idalia no había visto nunca, pues nada parecía estar hecho de piezas o bloques de piedra o de cualquier otro material natural conocido, sino que la ciudad entera era una gran escultura hecha de un solo material, único y omnipresente, que Idalia no podría nunca identificar. La oscuridad era completa, pero toda la ciudad estaba iluminada por una multitud de faroles repartidos por todas partes, que brindaban una luz cálida y pacífica, además de un paisaje sobrecogedoramente hermoso. En un extremo, podía verse la silueta de lo que parecía ser un árbol, parecía ser, porque era extraordinariamente grande para serlo. La barca se orilló en un muelle al que Driana subió de un salto, y ayudó a subir a Idalia quien seguía totalmente maravillada, lo que para la muchacha era extraño, pues todos sabían que del otro lado del foso, la ciudad Antigua debía permanecer viva, libre y seguramente, más hermosa aun, y que la mujer debería haberla contemplado en todo su esplendor antes de llegar allí o tal vez, hasta había vivido en ella, sin embargo, cuando Idalia le dijo que del otro lado solo había visto ruinas consumidas por la selva, la muchacha se mostró perturbada, pero pronto Driana se compuso, tenían algo mucho más acuciante de qué preocuparse, estaban en permanente oscuridad, pero la noche, la oscuridad total, se acercaba y debían refugiarse pronto. Ambas mujeres echaron a correr, la ciudad se veía desierta salvo por algunas siluetas estáticas que a Idalia le pareció ver, como estatuas, similares tal vez, a la criatura que había visto sobre el muro y en el puente antes de caer al foso, sin embargo, nada se movía, y el silencio era inquietante. Se metieron por un callejón y luego bajaron por una escalera, larga y angosta. Driana corría sin parar echando un vistazo de vez en cuando a Idalia que la seguía sin saber a dónde iba. Una vez abajo, la ciudad perdía su elegancia y belleza, el agua corría por una especie de acueducto subterráneo, sucio y frío, iluminado escasamente por antorchas distantes e improvisadas. Idalia no podía imaginar qué clase de lugar era ese, pues no había ciudad en el mundo que ella conociera que tuviera cloacas así. Cruzaron el canal que corría, por encima de un tablón a modo de puente y se introdujeron por otro túnel, más pequeño, largo y completamente oscuro. Idalia continuaba siguiendo el sonido que hacían los pasos de Driana al golpear contra el agua y esta no paraba de hablarle para comprobar si seguía tras ella y para que no se le despegara. El túnel desembocó en una gran cámara rectangular en la que convergían varios túneles similares y la que estaba completamente destruida en un extremo, toda el agua que llegaba allí caía varios metros abajo en un enorme socavón. Idalia no pudo evitar echar un vistazo, pues toda esa gigantesca cavidad, estaba iluminada como por la luz del día.

La noche entró como una bruma desde la selva, como un vapor negro y denso que se tragó todo rastro de luminosidad en la ciudad Antigua. Corría por el suelo como un manto de fina seda, adhiriéndose a las paredes y subiendo por ellas, sofocando todos los faroles, escurriendo por las escaleras, escalando las torres e inundando las cloacas hasta cubrirlo todo con un grueso manto de impenetrable oscuridad, todo menos el socavón, pues allí la bruma llegaba debilitada, desprendiéndose por los túneles como una tela que se desintegra con el inexorable paso del tiempo y desapareciendo antes de tocar el suelo, totalmente derrotada por la luz que iluminaba el lugar.


Baros se internó en el bosque a todo lo que daba su caballo, cuando echó un vistazo atrás y vio que nadie lo seguía, se detuvo cabreado. Esperaba que lo siguieran, escabullirse, lograr separar a uno, emboscarlo, conseguir una espada, coger algo del oro, pero irse así sin nada, no estaba para nada en sus planes. De pronto notó algo en el aire y se preocupó, un hedor esparcido y persistente, miró en todas direcciones pero no se veía ni oía nada, sin embargo, sabía que debía salir de ahí lo antes posible, estaba en territorio de los Grelos, su nauseabundo olor era inconfundible y el ocaso era su hora favorita para salir de cacería. Entonces surgieron los aullidos, agudos y estridentes, aunque lejanos, seguramente los soldados de Rávaro que le acompañaban estaban siendo atacados, pensó en ayudarlos, aliarse con ellos para salir de ahí pero inmediatamente se dijo que aquello era una estupidez, ni siquiera tenía una espada para defenderse él, de ninguna manera podría enfrentar a una banda de Grelos. El galope de un caballo, se acercaba a la velocidad del miedo a morir, Baros desmontó y se movió sigiloso entre los árboles, uno de los hombres seguramente intentaba huir, pero no era así, solo era el animal sin su jinete, Baros pensó que aun podía llevar oro en las alforjas, su entusiasmo no duró nada, los aullidos le sonaron encima, tan cerca que su propio caballo echó a correr espantado, mientras el otro caía con cuatro flechas clavadas en el cuello. Los Grelos podían ser muy poco inteligentes, feísimos y oler horrible, pero tenían una habilidad con las flechas realmente exquisita. Baros se quedó petrificado tras un árbol, los Grelos chillaron tan cerca que se le heló la sangre, pero luego pasaron por encima de él cabalgando sobre sus ranas tras la alocada carrera de su caballo, dos se quedaron ahí, y bajaron hasta el suelo, donde estaba el cuerpo del caballo muerto. Solo una cosa podía gustarles más a los Grelos que la carne cruda: El oro. No sabían para qué servía ni cómo usarlo, pero su color y brillo les encantaba, los embobaba con el amor más fuerte. Los dos Grelos tomaron el oro con ternura, sonriendo complacidos, luego olfatearon el aire con suspicacia, montaron en sus ranas y se fueron. Baros buscó el camino para salir del bosque, y lo siguió durante toda la noche, no quiso buscar supervivientes entre los soldados de Rávaro atacados por los Grelos ni tampoco perder el tiempo buscando si estos habían dejado algo del oro tirado por ahí, estaba con vida y eso debía bastar por el momento. Cuando por fin llegó al río, se dejó caer sediento a beber agua, y luego se tendió de espaldas a descansar, no se movió hasta que sintió unos pasos sobre el agua poco caudalosa. No lo podía creer, era el caballo de uno de los hombres que venía con él, también calmaba la sed en el río, ensillado y con sus alforjas intactas, una con provisiones, carne seca, queso, pan de cebada y una increíble y maravillosa botella de vino. La otra alforja tenía una porción del oro, no demasiado pero suficiente, su felicidad estaba completa.


León Faras.

sábado, 18 de febrero de 2017

El Circo de Rareza de Cornelio Morris.

XV.

Aun caían las últimas gotas de la que había sido una lluvia espectacular y abundante, la luz del día ya se había ido y los hombres del circo por fin se tomaban un descanso, secándose y secando sus cosas junto a los braseros o a improvisados fuegos encendidos en tarros de lata. Von Hagen sentado en una caja de madera con los pies descalzos, mantenía su único par de zapatos en vilo, secándolos sobre las brasas, en las que también hervía suavemente una tetera. A su lado, Ángel Pardo saboreaba un mate sentado sobre un taburete, un asiento pequeño para sus piernas desproporcionadamente largas, como si fuera un saltamontes sentado sobre una pequeña piedra “No puedo creer que esté muerto…” dijo este, llenando nuevamente de agua el mate, y alcanzándoselo a su compañero, “…No era un mal tipo, solo que no sabía bien cómo lidiar con su trabajo y el resto de nosotros” Horacio asentía en silencio, todo lo relacionado con la muerte de Charlie Conde, le parecía de lo más inverosímil, “…Es cierto. En este sitio te mueres y simplemente desapareces sin que a nadie le importe… ¿sabes? más vale que hablemos de otra cosa” “Cierto…” convino el gigante, recibiendo el mate de vuelta vacío, para volver a llenarlo. La lluvia ya se había detenido completamente cuando apareció Eloísa, se veía radiante, sus ojos brillaban y no dejaba de sonreír “¿Y, qué les parece?; ¿Genial no?” dijo abriendo los brazos y dándose una vuelta para lucir sus alas, como una chica coqueta que desea que le confirmen lo bien que le queda su vestido nuevo. “Ni que lo digas… nos hemos quedado con la boca abierta al verte. Fue alucinante” respondió Pardo ofreciéndole el mate que la chica aceptó gustosa, “Realmente espectacular” agregó Von Hagen. Eloísa se sentía feliz y orgullosa de sí misma y eso era algo muy raro para una atracción del circo de Cornelio Morris, tan inaudito, que era difícil suponer si aquello era algo bueno o malo, sin embargo, ellos eran los primeros que la chica conocía allí y los únicos con los que podía compartir su felicidad, a excepción de Charlie Conde, al que también recordaba “¿Dónde está su amigo? aquel de la enorme joroba en su espalda, lo he estado buscando para agradecerle pero, no lo he visto por ninguna parte” “Está muerto…” respondió Cornelio Morris parado fuera de la tienda. Ese hombre siempre aparecía de la nada, justo en el lugar donde no estabas mirando, “…ven linda, tengo algo para ti” Agregó, tomando suavemente a la muchacha por el hombro, mientras les dirigía una mirada a los dos hombres sentados, que a Von Hagen le pareció amenazante.

Vicente Corona se quitó la chaqueta y se remangó la camisa, luego con sumo cuidado comenzó a desembalar los equipos. Diego Perdiguero, que en ese momento bebía una taza de café, se puso de pie para mirar de cerca el extraño aparato que Vicente armaba, “¿Qué demonios es eso?” el aludido no pudo menos que sonreír, “Esto es el futuro, amigo mío” Los hermanos Corona se tomaban muy en serio su trabajo y además de eso, se podía decir que eran bastante innovadores y visionarios, pues después de muchos intentos, pruebas y ensayos, habían logrado desarrollar un eficiente aunque aparatoso híbrido entre una cámara fotográfica de cajón y un telescopio especialmente acondicionado, que les permitía capturar objetivos a una prudente distancia, algo sumamente útil en su oficio, cuyos detalles técnicos guardaban celosamente, pues no les interesaba en absoluto popularizar su creación. Habían alquilado una pequeña habitación exenta de lujos, pues tenían como regla general, no llamar la atención mientras estaban haciendo un trabajo, sin importarles dormir en el suelo o en su furgoneta o comer cualquier cosa que les quitara el apetito, incluso sus atuendos eran de lo más corrientes. Ya una vez terminado el encargo, podían volver a disfrutar de los lujos que les permitía su pujante y particular oficio. La idea, era tomar la mayor cantidad de fotos posibles para terminar el trabajo en un solo día, pues sabían que si el circo simplemente decidía marcharse, perderían mucho tiempo en volver a localizarlo, para ello solo necesitaban dos cosas, un buen lugar donde instalarse con su cámara y un hermoso día soleado y de lo primero ya se estaba encargando Damián Corona. Lo mejor de todo, era que las fotos que tomaran valdrían oro en el mercado. Enrique Bolaño les había encargado fotografiar la sirena, pero cuando viera esa criatura volando como un mismísimo ángel del cielo, pagaría lo que le pidieran y si se negaba, había muchos más que con seguridad estarían encantados de publicar algo así en sus medios.

“Oh, un hecho lamentable, al parecer tuvo una discusión con un tipo y este le disparó…” Eloísa se llevó una mano a la boca consternada, “Oh, por Dios…” Cornelio continuó con tono paternalista “…sí, la gente se está volviendo loca. Puedes juzgarlos por sus rostros o por su aspecto, pero no puedes saber qué diablos tienen en la cabeza… Es el mundo en el que nos toca vivir. Pero será mejor que dejemos descansar en paz al pobre Charlie, ven, deja que te muestre lo que tengo para ti…” Cornelio Morris llevó a la muchacha hasta una tienda en perfecto estado, al menos comparada con la de los trabajadores, en la puerta estaba parada la pequeña Sofía, realmente emocionada con las alas nuevas de Eloísa. En el interior de la tienda, Beatriz Blanco se afanaba en los últimos detalles. Ya había repartido o desechado todas las pertenencias del antiguo dueño y trasformado el lugar en un sencillo pero acogedor hogar para la muchacha, algo que Eloísa nunca antes había tenido, apenas Cornelio le informó que era suya, la chica se le lanzó encima y se le quedó pegada en un abrazo largo y emotivo, tan espontáneo para una como inesperado para el otro. La pequeña Sofía rió y aplaudió abrazada a su feo pero querido conejo de trapo, mientras Beatriz observaba incrédula y sorprendida la escena, más aun cuando Cornelio correspondió ese abrazo con una increíblemente afectuosa caricia en la cabeza de la chica, algo que la mujer fue incapaz de descifrar de qué clase de sentimientos o intenciones provenía. “Serás nuestra estrella. Mañana debutarás y estoy seguro de que serás la atracción más grande y maravillosa que estas personas hayan visto y verán en toda su vida…”

Era de madrugada cuando Horacio Von Hagen se levantó de su cama, en la otra litera, Ángel Pardo dormía profundamente, con ambos pies desbordados fuera de las cobijas y uno de sus brazos colgando hasta el suelo. El hombre simio salió de su tienda, observó a todos lados, cogió un palo que había reservado como garrote y se perdió furtivo en la oscuridad de la noche. Se sentía increíblemente asustado, su corazón parecía querer delatarlo con el ruido que hacía y las manos le temblaban. Las aves nocturnas le parecían especialmente grandes y activas esa noche, los ronquidos de los hombres, más ruidosos y sus sueños, más livianos; realmente estaba luchando con todo contra sí mismo y su propia inseguridad y no se sentía para nada vencedor, sino más bien, alguien que resiste a duras penas. Las monedas que encontró, aun estaban escondidas entre las rendijas de las tablas del piso de la jaula de Braulio Álamos, a pesar de que esta había sido limpiada y lavada para quitarle en parte el horroroso hedor que acumuló el “Cometodo” mientras estuvo ahí. Von Hagen siguió caminando buscando las sombras y deteniéndose cada vez que algo crujía bajo el peso de su pie, incluso los crujidos más pequeños, se acercó sigiloso hasta la tienda de Mustafá, se asomó conteniendo el aliento y vio que el hombre que Cornelio había dejado de guardia, dormía plácidamente en un rincón, tirado en el suelo, abrazado a sí mismo y con una manta enrollada bajo la cabeza a modo de almohada, la escopeta del hombre estaba tirada en el suelo junto a él, eso lo alivió en parte, pues honestamente no se sentía capaz de aturdir a un hombre con su garrote. Horacio tomó el arma y la apoyó en una pared fuera del alcance inmediato de aquel hombre que dormía, en caso de que este despertara, luego se plantó frente a la caja de vidrio y cogió una moneda de su bolsillo. Tenía la sensación de que su respiración podía ser oída en todo el campamento. Horacio sabía que Mustafá despertaba con una melodía aguda y desafinada, pero estaba preparado para eso y cubrió la bocina con un pañuelo al momento que echaba la moneda en la ranura con una mano sumamente temblorosa. El lugar estaba pobremente iluminado por un brasero encendido, lo que contribuía a hacer más tétrica la figura del muñeco arábigo que lo observaba expectante a oír su pregunta, “¿Cómo libero a Lidia del estanque de agua sin que ella muera?” Von Hagen se agachó y pegó su oído a la bocina aun cubierta con su pañuelo y oyó una inquietante respiración desde el otro lado, luego una respuesta que ya había oído antes de boca de Román Ibáñez, “Antes debes matar a Cornelio Morris” Horacio esperaba otra cosa, algo más a su alcance, algo de lo que se sintiera más capaz. En ese momento, una voz sonó en su oído como un susurro que por poco lo mata de un infarto, “¿Qué haces?”

Eloísa, feliz y emocionada como estaba, no había conseguido pegar los ojos, por lo que había salido a estirar sus alas nuevas en la fresca noche. Desde el aire vio a Horacio moverse sigiloso por el campamento y divertida y traviesa, lo había seguido hasta allí. Von Hagen se vio obligado a explicarle todo en un largo e incómodo susurro, pero dejándole muy en claro que estar ahí estaba terminantemente prohibido, que nadie debía saberlo y que no debían hacer ningún ruido para no delatarse. La chica miró a Mustafá poco convencida, luego le pidió una moneda a Von Hagen con una sonrisa como una pequeña que le pide dinero a su padre para comprar sus golosinas favoritas. Horacio le dio una de sus monedas nervioso y resignado “¡Bueno, pero date prisa!” la chica la echó con seguridad y preguntó: “¿Mi padre está muerto, verdad?” Luego oyó la respuesta “No, aun no lo está” Eloísa se levantó y miró a Von Hagen con desilusión “La verdad, no creo que esta cosa funcione…” Horacio se extrañó, por lo que todos sabían, el muñeco jamás se equivocaba, pero debían salir de ahí y hacerlo ya. Lo hizo con extremo sigilo, seguido de cerca por Eloísa, pero cuando se volteó para advertirle a la chica que guardara silencio, esta, ya había desaparecido en el aire.


León Faras.

jueves, 16 de febrero de 2017

Zaida

VI.

Apenas se encontró dentro del templo y tendida en una mesa cubierta de paños y telas, la princesa Viserina se abandonó a sí misma y permitió a su cuerpo relajarse, a su mente consciente desconectarse y a los monjes trabajar. El lugar era amplio, iluminado con numerosas velas, y rodeado de algunos monjes que simplemente oraban en silencio. Missa Yendé trajo con toda solemnidad un cuenco con un poco de líquido soporífero para que la princesa lo bebiera, pero al encontrarla desmayada, se lo dio él mismo, empapando un trozo de tela en el líquido y estrujándoselo en los labios, hasta asegurarse de que la princesa entrara en un sueño profundo. Missa Passel, era el más preparado en el arte de curar personas y animales, conocía desde las oraciones más poderosas para sanar el cuerpo y la mente, hasta las hierbas más beneficiosas en el tratamiento de malestares y heridas. El monje limpió el corte en el hombro de la muchacha minuciosamente hasta asegurarse de que no tuviera rastros de suciedad ni indicios de infección, luego la coció, le puso un emplasto de hierbas y lo vendó todo. Luego continuó con la flecha clavada en el muslo de la princesa, esto era algo complicado, en la zona había arterias capaces de drenar un cuerpo completo en minutos. También la extracción de la flecha era algo que se debía trabajar con precaución, debido a la gran variedad de puntas que existían: Las forma de hoja, de punzones, triangulares, romboides, cola de golondrina, de medialuna, además de esas malditas desmontables que podían soltarse dentro de la carne o de órganos al intentar removerlas. Passel decidió que la forma más fácil y rápida era también la más factible, atravesarla, pues esta había entrado en diagonal y su salida estaba próxima. Así que tomó la flecha firmemente por el astil, sujetó la pierna de la princesa con la ayuda de otro monje, y la empujó hacia dentro hasta hacer brotar la punta por el otro lado, luego cortó la cabeza de hierro y deslizó suavemente el astil hasta extraerlo. Una vez hecho esto, curó la herida de la misma forma que con la anterior.

Missa Budara era un hombre físicamente intimidante para quien no le conocía, en especial para la pequeña Zaida que, al verlo por primera vez, se refugió tras la figura protectora de Missa Badú. Tenía una postura erguida y recta que resaltaba su altura superior a la de los demás; su rostro era severo, como la de un juez inflexible y en su cuerpo magro y delgado, con cada movimiento se marcaban los músculos bajo una capa de fina piel. Sin embargo su voz, clara y pausada, acusaba sabiduría y benevolencia pero no daba ningún indicio de su avanzada edad. Missa Badú narró todos los acontecimientos desde que encontró a la niña, hasta su llegada a Missa Pandur, incluyendo las palabras de Missa Samada y la responsabilidad que esta había descargado en él, también el extraño incidente en el puente con aquel hombre que aseguraba servir a una doncella ensangrentada de la cual nadie había oído hablar. Budara observaba a la niña con la rudeza de un oficial al mando de un pelotón de fusilamiento, “Tu responsabilidad es nuestra, Missa Badú” respondió Budara pausado, “…ver más allá de lo natural, no es habilidad para cualquiera, pero comprender que el mundo no termina con la capacidad de nuestros sentidos, es deber de todos. La conciencia de la propia ignorancia, ya es sabiduría en sí. Debemos ser humildes y diligentes, Missa Badú ya que la grandeza y valor de un obsequio depende del que lo recibe y no del obsequio en sí mismo” Badú observó a la pequeña afable y luego a Budara, “Comprendo. Haré todo para ser digno de este obsequio” “Todos lo haremos” concluyó Missa Budara.

“¡Mierda, lo sabía! A veces no entiendo cómo pueden ser tan idiotas… esto está mal. Esto está muy mal y se pondrá peor… ¡Mierda!”

Ribo le dio una patada de frustración a la pared de piedra y luego se dirigió a la escalera, bajó, corrió por el pasillo pobremente iluminado y tomó otra escalera para seguir bajando. Algunos monjes encendían antorchas iluminando el monasterio, agazapado el muchacho, cogió las siguientes escaleras sin que lo vieran y siguió bajando. Ya era el ocaso y no debía andar correteando por ahí. Corrió hacia las habitaciones donde seguramente sus amigos ya se preparaban para acostarse, rogando no encontrarse con Missa Nemir en su camino. Se detuvo, espió por una ventana desde el pasillo y ya más tranquilo y confiado se aprestaba a entrar por ella cuando una mano lo agarró firmemente por el hombro “¿Qué rayos crees que estás haciendo? ¿De dónde vienes?” “¡Eres un idiota Driba! Casi me matas del susto” Ribo respondió con un empujón pero su captor no bromeaba y no lo soltó, “Será mejor que tengas una buena excusa o te quedarás toda la noche limpiando las letrinas” Ribo le descargó un pisotón que obligó a Driba a soltarlo, “Si crees que alguien dormirá esta noche, eres más tonto de lo que pareces” En ese momento apareció Gunta por la ventana “¡Cállense ya! Hasta Uri puede oír sus gritos… ¡Y tú, dónde diablos estabas! Missa Nemir preguntó por ti, le dije que te dolía el estómago, ¡así que es mejor que comiences a enfermarte ya! ¡¿Dónde diablos estabas?!” Ribo saltó por la ventana, Driba lo siguió, más intrigado ahora que enojado por el pie que aun le dolía. Debía admitir que Ribo siempre se enteraba de cosas interesantes. “¿Es que no lo ven?...” dijo Ribo, ya metiéndose a su cama sin siquiera quitarse la ropa, “…tenemos a una princesa enemiga aquí dentro, y un pedazo del ejército invasor allá afuera. ¿Cuánto creen que tardarán los nuestros en aparecer?” Gunta parecía estar haciendo complicadísimos cálculos matemáticos en su mente, a juzgar por la expresión de su rostro, un poco más allá, Paqui dormía con la boca abierta y un pie colgando. Driba comprendía, pero no aceptaba “No se atreverían a llegar hasta aquí. Además, solo cumplimos con la sagrada obligación de ayudar a quien lo necesite y de salvar una vida.” “Ya están aquí, tonto…” Respondió Ribo con forzada resignación “…los vi desde el mirador y les aseguro que vendrán por esa princesa…” “Es un gran botín, ¿no?” reflexionó Gunta con gravedad, “Esto es un monasterio sagrado, no se atreverían a entrar aquí” insistió Driba, pero Ribo no confiaba nada en eso “Piensa lo que quieras, pero yo esta noche dormiré con la ropa puesta…” En ese momento la voz de un monje los interrumpió “¿Por qué dices que dormirás vestido?” Ribo sintió que se le estrangulaban las tripas, se dio la vuelta abrazándose el estómago y con el rostro dramáticamente compungido, era Badú que traía a la pequeña Zaida para asignarle una cama allí, con los muchachos. Ribo se bajó de su cama, curvado, con los músculos apretados y dando pasitos cortos, “Missa Badú, es mi estómago… debo ir a las letrinas” Gunta lo miró sorprendido, pensando en lo bien que fingía estar enfermo, en la entrada apareció Missa Nemir, que hacía su ronda normal para asegurarse de que los jóvenes monjes estuvieran en sus camas, al ver a Ribo, se hizo a un lado de un salto, como si aquel tuviera algo contagioso “¡Por Pandur, Ribo! ¡Qué fue lo que comiste esta vez! ¡Date prisa muchacho!” Gunta se rascaba la cabeza, era increíble, hasta Missa Nemir le creía lo de su repentino malestar.


Los hombres que trajeron a la princesa Viserina, apenas trece en total, se habían refugiado en una pequeña pero amplia caverna que Uri les enseñó y que era usada como refugio para las cabras. El lugar olía a mil diablos, pero al menos estarían a cubierto y podrían encender un fuego que no llamara demasiado la atención, algo imprescindible, dadas las inclemencias del clima. El mismo Uri los proveyó de algo de queso y pan de cebada antes de irse al monasterio. Este era un hombre con el brazo derecho atrofiado, problemas de lenguaje y una inteligencia inferior a la normal, había sido criado por los monjes luego de ser abandonado por su familia y se había dedicado al cuidado de las cabras del monasterio, las que proveían a estos de leche y sus derivados, labor que realizaba con gran eficiencia. Bardo, ya había despachado a dos de sus hombres para avisar de su situación y para pedir refuerzos, y a otros cuatro para que montaran guardia, el resto comían algo y descansaban, para relevar a sus compañeros luego. Uno de los hombres que montaban guardia llegó alarmado, un destacamento enemigo se acercaba hacía el monasterio por enfrente, esto era algo que ya se temían, pues aquellos sabían que la princesa había resultado herida y habían seguido su rastro hasta Missa Pandur, el sitio más obvio para que la princesa recibiera ayuda en aquellas montañas desiertas. El problema era grave, ya que según el guardia, sus enemigos habían logrado reunir más hombres, siendo el destacamento que se acercaba, cercano a cien soldados. Este grupo, ya había sido avistado por Ribo desde el mirador del monasterio. Bardo y sus hombres estaban perdidos, no había forma de que los enfrentaran sin que aquello acabara en una muerte sabidamente inevitable, pero dolorosamente inútil de todos ellos. Entonces llegó Uri, señalando con dos palabras y muchos gestos que alguien lo acompañaba, aquel era Missa Budara, erguido y duro como un árbol se presentó en la caverna, ya había sido avisado del destacamento que se acercaba y venía a advertirles que no podría ayudarles con eso, pero que mantendría su promesa de proteger a la princesa, eso, si estaban de acuerdo con la proposición que les traía. 


León Faras.