domingo, 14 de mayo de 2017

La Prisionera y la Reina. Capítulo cuatro.

VII.

Ya era de noche cuando Gálbatar llegó al Valle de las Mellizas, un páramo enorme y pedregoso donde a fuerza, lo único que destacaba, eran las dos rocas enormes que le daban el nombre al lugar. Junto a estas se detuvo el Escorpión, la primera en bajar fue Gíbrida estirando las piernas y haciendo múltiples contorsiones para soltar los agarrotados músculos de su espalda, agobiada por las muchas horas de forzado reposo. Bolo bajó tras ella, murmurando cosas en un lenguaje ininteligible con algo de su tradicional disgusto, preocupado de encender una fogata, comer y descansar, se alejó en busca de leña, una leña que parecía tener cientos de años tirada secándose al sol, en un lugar en el que no podía verse un solo árbol con vida en kilómetros a la redonda. Gálbatar, por su parte, descubrió la preciosidad infinita y majestuosa del cielo nocturno en aquel lugar llano y cogió su telescopio, fabricado por él mismo, para dedicarle algo de tiempo a su afición por investigar las estrellas y tomar apuntes de lo que encontraba. Pero uno para quien ese lugar se asemejaba al mismísimo paraíso, era el Enano de Rocas, este descendió del Escorpión y comenzó a vagar por ahí con la calma de quien visita una exposición de arte, habían rocas por todos lados, de diferentes formas y tamaños, ideales para su propósito de reproducción. Con un embeleso y esmero que le eran imposible de exteriorizar, comenzó a escoger las que le parecían más hermosas o útiles y ha apilarlas en un lugar no muy alejado haciendo una pequeña ruma con ellas, su trabajo era tan meticuloso, que llamó la atención de los demás, Gíbrida y Bolo lo miraban como a un chiflado que de pronto hace cosas cuyo sentido es imposible de descifrar, algo así como “cosas de Enano de Rocas” pero Gálbatar, que lo observaba fascinado, se daba cuenta de que estaba ante un suceso rarísimo, que confirmó una vez que el enano se quitó su ojo y lo depositó ceremoniosamente en el nido de rocas que había formado. El alquimista le informó a su aprendiz que el enano en realidad, se estaba reproduciendo, que estaba propiciando el nacimiento de un nuevo Enano de Rocas, cosa que alarmó a la muchacha, quien pensó que en poco tiempo se iba a llenar el Escorpión con esas criaturas, pero Galbatar la miró con el desencanto del tutor que ve que su alumno no ha aprendido nada. Aquel era un lento y largo proceso mágico que podía tomar muchas décadas en el mejor de los casos. Luego de terminar su trabajo, el enano literalmente se derrumbó junto a su nido formando un cúmulo de piedras similar, mientras los tripulantes del Escorpión retomaban sus tareas. Así se dispusieron a pasar la noche, junto a un buen fuego, amparados por la imponencia del Escorpión y con el universo infinito del desierto sobre ellos. Abrieron una botella de licor y luego otra, de las cuales Bolo dio cuenta de buena gana casi él solo. Exactamente esa era la idea de Gálbatar, pues allí se reunirían con Licandro y la barcaza aerostática, cosa de la que el esclavo, no se enteraría hasta que fuera demasiado tarde. En otra zona cercana a la jungla que rodeaba la ciudad Antigua, otro viajero solitario se disponía a pasar la noche, el Místico, pues adentrarse allí en la oscuridad era una osadía que se pagaba con la vida, incluso para alguien como él.

Driana e Idalia llegaron al socavón con la niebla pisándoles los talones. No era que aquella oscuridad densa y anormal pudiera matar a alguien nomás tocarlo, su toxicidad era letal pero lenta, como un envenenamiento paulatino, el problema era que una vez que te envolvía, te privaba de los sentidos, te desorientaba, te dejaba sin salidas y poco a poco te arrebataba la vida, como un hombre en medio del océano que inexorablemente se cansa de luchar. Cuando la niebla se retiraba, el cuerpo aparecía lívido, como si la oscuridad aparte de arrebatar la vida, pudiera también arrebatar el color a sus víctimas. El gran socavón era un agujero cavado por el río bajo la ciudad, un oasis increíble rodeado de paredes de tierra y rocas por donde caían cascadas que alimentaban una laguna pequeña y un río que desaparecía bajo tierra. El suelo estaba cubierto de hierba, arbustos e incluso árboles pero esta era una vegetación verdadera, natural, muy diferente a la que se encontraba en la selva que rodeaba la ciudad, además de una bruma blanca y húmeda, sana, que hacía de delicado velo que se abría gradualmente, todo aquello había crecido y sobrevivido allí, gracias a la luz de día que inundaba todo el lugar, una luz que provenía del Corazón de Antigua, un cristal que sobresalía desde el piso de la ciudad sobre sus cabezas, al ser removida toda la tierra bajo él y quedar expuesto y que aparte de mantener protegido de la oscuridad ese lugar y con vida, había sido fuente de magia y sabiduría durante siglos. Ambas mujeres, luego de recuperarse de la carrera se adentraron en el oasis, Idalia aun no comprendía bien qué sucedía, de una ciudad espectacular, había pasado casi sin darse cuenta a un escenario de una belleza natural de fantasía, iluminado por un pequeño sol artificial que parecía poder tocarse con la mano. Casi al mismo tiempo que un muchacho muy joven corría a abrazar a Driana, feliz de que regresara sana y salva, Idalia se encontró frente a frente con un pollo gigante, un ave enorme, con esos ojos severos y agresivos de las gallinas y esa expresión de deprecio en el pico que parece odiarte solo por el hecho de existir, sin embargo, el pollo tenía bozal y riendas, además de una montura en el lomo y una bonita pechera de metal labrado, tras él, apareció un caballero, un soldado con armadura y espada y un yelmo con plumas en la mollera, usaba una barba larga y negra que le daba cierta solemnidad. Tenía el pomposo nombre de Lázar de Agazar y se le quedó mirando a Idalia largo rato con incredulidad, como si buscara en el rostro de la mujer las facciones de otra persona, tanto que logró ponerla nerviosa, cuando por fin el soldado despejó todas sus dudas, se quitó el yelmo, hincó una rodilla en el piso y le suplicó que le perdonara por haber dudado de ella. Un tercer individuo apareció en ese momento, estaba sentado sobre una roca observando la situación desde un extremo, se acercó a Idalia para observarla también luego de la reacción del soldado. Era un mago, tenía la cabeza rapada, un rostro largo y afilado y sus ojos eran poco amigables, su nombre era Madra y solo un vistazo le bastó para darse cuenta de que el caballero no se confundía. Las dos mujeres se miraron esperando que la otra tuviera alguna respuesta.


En el socavón, todos eran extranjeros pero a diferencia de Idalia, venían de ese lado del foso y todos habían llegado allí por diferentes motivos: Madra, el mago, en busca de magia y sabiduría; Driana, la ladrona y su hermano pequeño Cían, buscando cosas de valor para tener una mejor vida y Lázar, el caballero, este era un caso especial. Se trataba de un comandante que como todo caballero juramentado, vivía para servir a su reina, pero que en su caso, se había enamorado de ella y ella de él. El honor y el deber de uno y las obligaciones e imposiciones de la otra, les había impedido estar juntos más allá de las formalidades de sus respectivos cargos. Un día su reina lo llama para darle una extraña y misteriosa orden, le pide que se vaya solo y que la busque en la ciudad Antigua, un sitio muy peligroso donde ir, pero que solo así estarían juntos, Lázar obedece sin entender pero sin cuestionar. Antes de partir, el caballero se entera de que su reina ha muerto, profundamente consternado, comprende que la orden que le ha dado implicaba la muerte de ambos y que solo así se cumplirían sus anhelos, sin embargo, el caballero sobrevive y llega hasta el socavón, donde se encuentra con Madra, este, luego de escuchar su historia, le suelta una parrafada sobre asuntos místicos y trascendentales en los que el caballero no cree ni le interesan, pero que le dan un vano consuelo, suficiente para mantenerse con vida, es entonces cuando se presenta Idalia, una mujer idéntica a su reina más allá incluso de la apariencia física: Su nombre, su voz, sus lunares, su sonrisa. La mujer, tras enterarse de lo que sucede, le explica que está confundido, que ella no es reina y que jamás ha deseado serlo, el caballero sonríe y le responde que incluso en eso coincidía, pues su reina, tampoco había querido nunca el cargo que le habían dado.


León Faras. 

lunes, 8 de mayo de 2017

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XVI.

La noche era fría y eterna para el pequeño crucificado, las sombras oscuras que siempre le hablaban y se burlaban de él, estaban saciadas de alimentarse y tenían una entretenida velada dentro de los restos del cadáver que se pudría a los pies del atormentado y reseco árbol, ese era su hogar y el desdichado clavado allí, su alimento. Cada vez que la luz aparecía en las alturas, le caía con furia como un chorro en la cara y enceguecía al crucificado que ya sabía lo que tocaba, las sombras, abandonaban su entretenimiento, hambrientas y divertidas, trepaban por el tronco cubierto de heridas, como enredaderas fantasmales, para envolver al hombre y alimentarse de él, incrustarse bajo su piel succionándole el alma mientras las voces se oían en la oscuridad, muchas voces hablando al mismo tiempo, con él, entre ellas o con el exterior, voces agudas, graves e infantiles que lo mismo se oían lejanas que dentro de su cabeza o incluso salían de su boca sin reconocer ya su propia voz entre ellas. El pequeño crucificado sentía como sus huesos eran roídos, su sangre succionada, sus órganos desgarrados y su piel perforada en una tortura interminable. Todo hasta que la luz se apagaba, las voces se alejaban hasta volverse murmullos y las sombras retornaban a su hogar, más robustas y contentas y el pequeño crucificado podía tomar un pequeño descanso que nunca era suficiente, pues siempre había algún curioso dispuesto a arrojar una moneda y despertar a Mustafá para que este saciara sus dudas pueriles a cambio de una cuota de sufrimiento del pequeño y desdichado Román Ibáñez Salamanca.

La furgoneta negra se detuvo frente a una bonita casa de color claro y estructura sólida, tenía tres pisos y en el tercero, un pequeño balcón con una excelente vista hacia el sitio donde estaba el circo. Damián Corona apenas la vio, le pareció perfecta y ya había hecho los trámites necesarios para conseguir esa ubicación el día anterior, no le fue nada difícil hacer el trato con la dueña del lugar, tenía todo lo necesario para ello: Encanto y billetes. Al tocar la puerta, esta se abrió rápido, a pesar de lo temprano que era, la viuda, una dama madura pero atractiva y de ojos coquetos, ya estaba impecablemente vestida y arreglada. Damián cogió sus maletas de madera con sus trastos de fotógrafo e ingresó con una sonrisa en la cara que casi le hacía desaparecer los ojos. Desde ese balcón se encargaría de fotografiar todo lo que pudiera, pero especialmente, la chica alada que habían visto volar el día de la lluvia, mientras que su hermano Vicente y Diego Perdiguero debían prepararse para adentrarse en el circo y fotografiar la sirena que Bolaño les había encargado, y para ello debían valerse de algunos trucos, pues estaban bien advertidos de que el dueño del circo, el tal Cornelio Morris, no estaba de acuerdo con que fotografiaran sus atracciones y al parecer, podía ser un hombre peligroso y por lo mismo es que habían sido contratados. Vicente detuvo la furgoneta en una calle cercana y encendió un cigarrillo, pronto el circo comenzaría a funcionar y debía prepararse. Había traído un equipo que solía usar en espacios públicos para pasar desapercibido: Una cámara fotográfica disimulada en un recolector de basura con ruedas, con su escobillón y todo, además de un sucio y gastado overol y una gorra propia del oficio de recogedor de basura, Perdiguero estaba impresionado pero más aun cuando vio a Vicente Corona coger desperdicios de un contenedor de la calle y echarlos dentro de su carro “¿Qué clase de recolector sería si llevo mi carro limpio?” luego agregó “Ahora date una vuelta por ahí y espera mi señal…” y se alejó empujando su carro y silbando con total parsimonia.

Von Hagen había pasado una noche terrible, sin poder pegar un ojo mientras su compañero Ángel Pardo roncaba totalmente insensible, rebasando los límites de la cama con sus larguísimas extremidades. Estaba sentado en un taburete, con una manta en los hombros y una taza con un poco de café ya frío en las manos, mirando cómo lentamente, la noche se hacía día. Estaba preocupado por el desconcertante y brutal consejo que Mustafá le había dado para liberar a Lidia de su jaula de cristal, pero más preocupado estaba por que Eloísa no lo delatara, le parecía una buena chica, pero apenas la conocía y Cornelio Morris ya la estaba encantando con halagos y obsequios, cosa que la muchacha recibía feliz, pues de seguro que hasta ahora había llevado una vida bien desprovista de ese tipo de cosas, si hasta le había cedido la tienda del difunto Charlie Conde.

Con la salida del sol comenzó la faena en el circo y todo el mundo se preparaba para recibir al público lo antes posible, Cornelio Morris repartía órdenes con su megáfono, el mismo que usaba para atraer a la gente a ver su espectáculo. Esto último, lo hacía de un modo espectacular y siempre aprovechándose de la credulidad e ignorancia de la gente que creía a ojos cerrados en las historias que contaba y en los lugares inventados que mencionaba, pues luego de ver sus increíbles atracciones, cualquiera pensaba que de seguro provenían de los lugares más recónditos y desconocidos del planeta. De Von Hagen, por ejemplo, decía: “El hombre simio domesticado, encontrado de pequeño por exploradores ingleses en la lejana isla de Catabria, un lugar remoto de los mares escandinavos, donde hombres y mujeres crían pelo en todo el cuerpo para protegerse del frío…” De Lidia, “Nuestra única y maravillosa sirena, capturada viva por navegantes turcos en el Mar Denso, todos ellos sordos, pues para cruzar esas aguas que tiñen los cascos de los barcos y ocultan innumerables criaturas fantásticas, los marineros deben atarse a los mástiles de sus naves para no sucumbir a los embrujos de estas hermosas pero peligrosas criaturas, capaces de hipnotizar con su canto y provocar que los hombres les sigan a las profundidades de donde nunca más regresan, ni vivos ni muertos…” A Ángel Pardo lo presentaba como, “El gigante de los antiguos castillos de Tribalia, zona montañosa del otro lado del océano, donde algunos hombres son criados en una torre alta y estrecha toda su vida, para que alcancen alturas sobrenaturales y de esa manera infundir terror en sus enemigos…” De Mustafá decía “He aquí el gran Mustafá, un muñeco creado hace cientos de años por los enigmáticos habitantes de los desiertos de Arabia como regalo para su grandioso Califa. Dotado de vida propia mediante oscuros y antiguos rituales, es capaz de desvelar cualquier verdad escondida y sacarla a la luz por solo una moneda…” A veces cambiaba algunos datos, a veces cambiaba los lugares, pero daba igual, pues nadie, nunca, en ninguna parte se atrevería a cuestionar o poner en duda lo que él decía. Para Eloísa sería igual, improvisaría una presentación espectacular, cualquier cosa que dijera esa gente la creería al ver una muchacha volar y la niña ya estaba advertida de eso, solo debía actuar como si todo fuera cierto.

La gente llegó en gran número, la noticia del circo y de sus asombrosas atracciones se había esparcido por todas partes con asombrosa facilidad. Diego Perdiguero se daba vueltas por ahí con las manos en los bolsillos y andar relajado, como el más despreocupado de los seres humanos. Buscó el lugar donde se presentaría la sirena y observó el entorno, estaban los camiones, había lonas y tableros de madera, sería fácil hacer su parte del trabajo. Vicente Corona entró en el circo empujando su carro y buscando no llamar la atención, se apoyó en este y encendió un cigarrillo, como cualquier trabajador que hace una pausa en su jornada para relajarse, de pronto pasó por su lado Ángel Pardo que paseaba por ahí atrayendo público rodeado de una multitud de niños que revoloteaban a su alrededor fascinados, Vicente reventó en tosidos ahogado por su propio humo, no solo era enorme, sino grotescamente desproporcionado, con piernas larguísimas como un ave zancuda, luego de eso sonrió y botó su cigarro. Estaba en el mejor lugar para ponerse a trabajar. Su carro de basura era una pequeña obra de ingeniería, el lente de la cámara estaba ubicado en la parte delantera, mientras el visor y todos los controles, detrás, de forma que podía ocultarse disimuladamente tras su carro para encuadrar y enfocar y en pocos segundos ya tenía una foto. Cuando Cornelio Morris comenzó a agrupar a la gente frente al escenario donde estaba Lidia, se ubicó en una buena posición, aunque apartada y esperó a que la elocuente presentación terminara y se abriera el telón, lo que vio lo dejó tan sorprendido que tardó varios segundos en darle la señal que Diego Perdiguero esperaba. Este se alejó disimuladamente para encender un fuego en uno de los acoplados del circo y luego gritar y dar la alarma, la idea no era quemarlo todo, sino causar el suficiente revuelo para que Vicente pudiera tomar las fotografías que necesitaba sin que nadie lo notara. La sirena era increíble y asombrosamente real, el conato de incendio fue perfecto, Morris se bajó del escenario para movilizar a sus trabajadores, los curiosos se movieron de enfrente para ver lo que sucedía, Vicente pudo enfocar perfectamente a Lidia atrapada en su gran estanque de cristal, en un momento, sus vistas se cruzaron a través del lente de la cámara, la sirena lo había descubierto. Cuando Vicente terminó y las cosas volvieron a la tranquilidad, la mujer tras el cristal aun lo observaba, sorprendida, pero con un brillo suplicante en los ojos que dejó algo perturbado al fotógrafo. Morris lo notó, pero cuando buscó entre la gente aquello que la sirena observaba insistentemente, solo vio a un recolector de basura que se alejaba tranquilo, empujando su carrito.


“Señoras y señores, con gran orgullo les presento, por primera vez en mi circo y por primera vez mostrada ante los ojos del mundo, la criatura que os hará olvidar todo lo que han visto hasta ahora. Una criatura traída de una tierra muy lejana, donde nacen los sueños y son creados los cuentos de hadas. Una criatura imposible, de un mundo imposible, de donde sólo se puede entrar o salir por medios sobrehumanos. Damas y caballeros, les presento ante todos ustedes, por primera y única vez en sus vidas, un auténtico Ángel del Paraíso.” Entonces, apareció Eloísa, quien no podía contener las risas mientras oía su presentación, se volvió completamente seria al caer el telón. Estaba de pie, envuelta en sus alas, que poco a poco comenzó a abrirlas y a extenderlas lentamente y con una belleza sobrecogedora, vestía una túnica improvisada que resaltaba su apariencia de criatura celestial encarnada. La gente retrocedió alarmada, atropellándose unos a otros, cayéndose al suelo sin poder despegar los ojos de esa criatura maravillosa, dos respetables señoras se desmayaron sin que apenas fueran atendidas por sus desconcertados esposos que les abanicaban aire sin despegar los ojos del escenario, pero la presentación apenas había comenzado, Eloísa, con dos aleteos violentos, se elevó a los aires, la gente que apenas se recuperaba de la primera impresión de verla, volvía a retroceder alarmada, por órdenes de Cornelio Morris, la chica estaba anclada al suelo por una larga cadena, no por precaución de nada, sino que sólo para impresionar al público. La muchacha conocía perfectamente su papel y parecía luchar contra la cadena mientras las personas en el suelo gritaban y se desmayaban por igual. A algunos metros de allí, desde su balcón alquilado Damián Corona estaba enloquecido tomando fotografías de aquella cosa, fuera lo que fuera, era impresionante verla y de seguro aquellas fotos costarían una fortuna.


León Faras.

sábado, 29 de abril de 2017

Zaida.

VII.

El comandante Bragones, era un hombre serio y con un valor como soldado que nadie se atrevería a poner en duda, pero con muchos años de acostumbramiento a una autoridad incuestionable que lo habían dotado de cierta arrogancia en su modo de actuar. Él no podía titubear al momento de dar una orden, así como sus subalternos no podían dudar para cumplirlas, así era siempre y en todas partes donde iba, por ello, es que al llegar a Missa Pandur, lo hizo con la misma soberbia con la que un hombre con mucho dinero en los bolsillos, entra en un burdel. Budara salió a recibirlo en compañía de Nemir, Driba, Badú y otros monjes, lo saludaron con una profunda y respetuosa inclinación que el capitán recibió casi con impaciencia, “Tengo informes de que usted alberga y protege enemigos de la nación en su monasterio, ese es un delito grave. Entréguemelos de inmediato o entraré por ellos” Missa Budara lo miraba desde su imponente altura con exasperante pasividad, “Me pregunto si usted no confunde informes con suposiciones, comandante”; “Yo jamás confundo absolutamente nada, Budara…” respondió el militar clavándole una mirada profundamente agresiva, “…pero usted sí confunde su deber humanitario, con la alta traición y me temo que también las consecuencias, eh” “Me pregunto quién está realmente capacitado para hablar de consecuencias” La voz del monje era suave y tranquila pero su rostro permanecía severo e inflexible, con una autoridad que rivalizaba fuertemente con la del comandante. Muy atrás, ocultos en la oscuridad del monasterio, Ribo y Gunta observaban nerviosos la escena. Apenas podían oír lo que se hablaba,  “Esto va a terminar mal, te lo aseguro. Es el fin de Missa Pandur” dijo Gunta, profundamente nervioso y fatalista, Ribo, que estaba mucho más interesado en lo que sucedía, que en lo que podía suceder, lo mandó a callar enojado “¡Shhh! No me dejas escuchar…” El comandante Bragones perdía la paciencia “Estamos en guerra. Puedo ejecutarlo ahora mismo por traición y también puedo tomar su monasterio y todos sus recursos si lo considero pertinente…” Entonces una voz infantil pero de firme consistencia lo interrumpió tajantemente “Ignorar la verdadera esencia de la vida es una ilusión de poder para el hombre necio” Bragones no lo podía creer, tuvo que inclinarse hacia un lado para poder ver la pequeña figura de Pimbo, erguida algunos metros detrás de Budara, con su actitud resuelta y su expresión de hombre grande. Salvo quizá por Gunta, a ninguno de los monjes presentes pareció sorprenderle su intervención. El capitán volvió la vista a los ojos de Missa Budara como buscando una explicación, este permanecía impasible “Es un alma antigua, muchas generaciones hablan a través de él” El comandante Bragones desenvainó su espada “Es la nación quien habla a través de mí. Hágase a un lado Budara, su vida y la de sus monjes dependen de ello” Nadie se movió.

En las afueras del monasterio, y por detrás de este, entre las montañas, Bardo y sus hombres se alistaban para cabalgar, uno de los soldados se veía muy mal, tenía una herida que le había hecho perder demasiada sangre, estaba consciente, pero débil. En ese momento apareció Missa Yendé, traía un manojo de ropa y encima de esta una diminuta botella de arcilla, “Aquí tiene lo que necesita” Bardo la recibió y se la entregó a otro soldado a su lado quien tomó el bulto con duda y una tensa mirada de preocupación, que su superior evitó enseguida para dirigirse al monje nuevamente “¿Qué tan efectivo es?” Yendé miró al herido con infinita congoja, “Bastante, aunque no es tan rápido. Le recomiendo que se lo dé ahora” Bardo asintió con gravedad, el monje respondió con una decorosa reverencia “Desearía haber podido hacer más. Suerte y que al final de su camino encuentren la paz” Luego se retiró rápidamente sin esperar respuesta.

“Veremos quién es el necio” dijo Bragones levantando su espada por el lado contrario para atacar a Budara con ella de revés, sin embargo, el brazo del monje se movió rápido, certero y de improviso como el ataque de una serpiente, atenazando la muñeca del comandante con una fuerza muy poco habitual en un hombre de su edad, tanto así, que el militar no pudo liberarse al primer intento, ni al segundo “No se equivoque comandante. Aquello que busca, no lo encontrará aquí” Budara le soltó el brazo. Bragones quedó realmente impresionado, él era mucho más joven y mejor preparado físicamente que un monje que dedica su vida a la oración y al silencio, la rapidez y la fuerza de ese hombre eran incongruentes, y provenían de algo que él no llegaba a comprender. Realmente sintió deseos en ese momento de ordenar a sus hombres atacar y pasar por encima de quien se opusiera a su avance, pero algo lo reprimía, quizá algo en la inquietante mirada serena y en la actitud pasiva de todos esos monjes que simplemente se le oponían con una paz férrea, o quizás una pequeña luz de sensatez en su mente o tal vez miedo, el antiguo miedo a lo desconocido o incomprensible. Fueron largos segundos hasta que uno de sus hombres avistó un grupo de jinetes que huían por un camino cercano, llevaban antorchas y por sus estandartes y uniformes, se podía ver que eran la guardia personal de la princesa Viserina. “Espero por su bien, que todo esto no haya sido más que un truco para darles tiempo a esos hombres para huir…” Dijo Bragones antes de subirse a su caballo y ordenar a sus hombres que persiguieran a los fugitivos.

A pesar de que Bardo y su grupo le sacaron buena ventaja a sus perseguidores, finalmente fue fácil encontrarlos, pues habían encendido una inmensa hoguera que era visible desde muy lejos en la oscuridad. Estaban en un pequeño claro dentro de un bosquecillo de árboles secos junto a un frío y rocoso riachuelo, cuando Bragones llegó, los encontró en actitud de profundo respeto frente a un cuerpo que ardía en llamas, se habían despojado de sus armaduras y las habían amontonado contra un árbol, en la pira, aun se podía ver parte de los coloridos atuendos de la princesa Viserina quemándose. El comandante quiso acercarse para ver el cadáver de cerca pero los hombres que lo custodiaban se lo impidieron de inmediato con las puntas de sus espadas apuntándole a la garganta, Bragones sonrió sarcástico, “Hoy parece que el mundo se levantó con deseos de llevarme la contraria, eh” Su ventaja era arrolladora, eso le daba confianza y lo ponía de buen humor. Se quitó el yelmo para rascarse la cabeza y se lo volvió a poner. “¿De quién es el cuerpo que está en la pira, soldado?” Bardo respondió, “No pierda el tiempo, comandante, usted tiene un deber que cumplir y nosotros también” Bragones lo identificó como el soldado de mayor rango y se paró frente a él, “Y su deber es mantener con vida a su princesa, eh” “Nuestro deber está aquí, comandante” El tono de Bardo era levemente insolente, Bragones dio un paso más cerca, amenazante “Dígame, ¿De quién es el cuerpo que está en la hoguera?” Bardo lo miró a los ojos sin dejarse intimidar “¿Quiere estar seguro de que ese cuerpo es de la princesa Viserina?” “Exactamente eso quiero, soldado” Bardo dio un paso atrás y empuñó su espada listo para luchar, “Podrá cerciorarlo usted mismo cuando llegue al otro mundo” “Entiendo…” dijo Bragones sacando su espada, al tiempo que, de todos los presentes en aquel lugar, aquellos que no tenían ya su espada en la mano, le imitaron. Luego agregó, “…Que así sea entonces”


Bardo y sus hombres, doce en total, encontraron la muerte que esperaban, luchando por su princesa hasta el final. El soldado número trece, aquel que estaba demasiado débil para empuñar una espada, aceptó una muerte distinta, se bebió el veneno que Missa Yendé les trajo y se vistió con los atuendos de la princesa Viserina antes de tomar su lugar en la pira. Fue una batalla corta cuyo final ya estaba zanjado desde antes que comenzara. Bragones solo perdió a tres de sus hombres, imprudentes que subestimaron a sus enemigos. Al terminar la lucha, el comandante se quedó largo rato mirando el cuerpo carbonizado entre los restos del fuego, aquello que veía era imposible de identificar. Antes de retirarse, un hombre se le acercó, era un tipo astuto y malicioso al que llamaban Tasco, a Bragones no le terminaba de agradar, “Señor, me he dado cuenta de una curiosidad…” dijo con sobreactuada humildad, “…he contado las armaduras, son trece en total, mientras que solo se pueden ver doce cadáveres, bueno, trece si contamos el que está calcinado también… ¿No le parece curioso que la princesa también llevara armadura?” Luego se retiró haciendo una innecesaria reverencia, le encantaba eso de sembrar una duda y luego retirarse, le provocaba un placer similar al de quien gana una discusión gracias a la solidez de sus argumentos, pero reemplazando la inteligencia por la suspicacia, sin embargo, Bragones ya tenía esa duda desde mucho antes y tarde o temprano tendría que resolverla, por el momento su trabajo allí ya había terminado.

León Faras.

jueves, 20 de abril de 2017

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XXV.

Sinaro había reunido un grupo de hombres que seguían su recia figura y su respetable leyenda. Se habían abierto paso más que nada a punta de carreras y escaramuzas contra los escasos grupos de Cizarianos que encontraron en su camino. Finalmente lograron dar con el camino principal, que era la línea recta hacia el palacio, donde seguramente se reunirían con el resto de sus camaradas, y con su rey, pero al llegar allí lo que encontraron fue que estaban en el medio y a varios metros, por un lado, del puente que debían cruzar para avanzar y que estaba fuertemente custodiado, y por el otro, de un nutrido grupo de caballería que a buen paso avanzaban hacia ellos, aquel era el grupo que comandaba Rianzo, quienes al verles, de inmediato azuzaron sus caballos para embestirlos. Sinaro y sus hombres no tenían ninguna oportunidad, eran inmortales, pero eso no les valía de nada para enfrentar tamaño ataque, con seguridad serían golpeados y aplastados sin tener ninguna chance de causar daño alguno, solo podían desperdigarse nuevamente, pero la suerte equipararía las circunstancias. Vanter y un pequeño grupo de Rimorianos aparecieron de uno de los caminos laterales, corriendo y gritando como si hubiesen perdido la cordura, arremetiendo contra el grupo de caballería, en un intento de atacar tan patético como estéril, pero con un valor que rayaba en la locura, la razón  para actuar así venía justo tras ellos, persiguiéndolos a gran velocidad. Enfurecidas y enceguecidas de dolor y miedo, la estampida de reses que se quemaban vivas, embistieron contra el grupo de Rianzo, partiéndolo en dos, causándoles un daño terrible, además de confusión y desorden, las reses arrasaban con cualquier cosa que se les pusiera en frente, los caballos se espantaron, varios jinetes cayeron al suelo, más de uno fue aplastado y la oscuridad no hacía más que empeorarlo todo. Tras el grupo de animales enloquecidos, apareció un jinete Rimoriano solitario, que aprovechó inteligentemente el escudo infranqueable que ofrecía el hato de reses asustadas para cabalgar tras ellas, absurdamente, llevaba en uno de sus brazos lo que parecía un bebé envuelto. Sinaro y sus hombres no lo pensaron dos veces y se lanzaron al ataque con espadas en alto y gritos de furia, en un segundo, las cosas se habían invertido y ahora los Cizarianos estaban en apuros, atascados en un embrollo de hombres y bestias donde mantenerse sobre el caballo podía marcar la diferencia entre vivir o morir.

Cuando por fin Emmer pudo encontrar la casa donde vivía la familia de Nila, la encontró prácticamente reducida a escombros, eso ya se lo temía, pero de verdad esperaba que no fuera así, porque ahora no tenía ninguna idea de dónde buscar. La ciudad entera era un caos de fuego, gritos, gente muerta y otros que morirían pronto, debía confiar en que Nila y su familia se habían puesto a salvo, por ahora no podía hacer otra cosa. Necesitaba un caballo, pero lo único que encontró fue un bonito escudo Cizariano de madera con el borde de metal apoyado contra una pared, nada despreciable para protegerse de las flechas que se veían clavadas por todas partes, como si hubiesen caído del cielo en una tormenta abominable, sin embargo, al tomar el escudo, debajo de este había un niño pequeño que apenas se vio descubierto comenzó a correr y gritar de forma histérica, Emmer se vio absolutamente sorprendido, tal vez pensó que lo correcto era ayudar a ese pequeño, pero pronto averiguó que el niño no estaba precisamente desamparado. Un enorme muchachote imberbe apareció tras él con el cuerpo cubierto de tablas atadas con cuerdas y blandiendo un espadón de madera con el que parecía capaz de aturdir a un cerdo, evidentemente no era un soldado, Emmer logró esquivar dos de esos mandobles, que eran acompañados de estridentes gritos de furia, y con una hábil maniobra, hacerle una zancadilla al muchacho para que este trastabillara y lo dejara en paz, mientras trataba de explicar que solo quería seguir su camino, pero las sorpresas no se acababan. En medio del camino apareció la extravagante figura de un anciano a lomos de un asno, llevaba puesta parte de una armadura tan vieja como él mismo, y en las manos cargaba un largo tubo de hierro con el que le apuntaba. Emmer no tenía ni idea de qué clase de locura afectaba a ese abuelo, ni de qué era lo que pretendía con ese aspecto más ridículo que intimidante, sin embargo, las chispas que comenzaron a brotar insistentes y juguetonas de su raro artilugio y luego la violenta explosión que salió de la boca de este, sumado al particular olor de su aliento que nunca antes había conocido y jamás olvidaría en su vida, lo hicieron cambiar de opinión. Fue apenas un golpecito el que sintió en el estómago, el golpe de algo pequeño y duro, algo invisible tal vez mágico, porque a pesar de no haber visto nada, su armadura tenía un agujero perfectamente circular y en su carne y en sus tripas podía sentir la monstruosa cicatrización ejecutándose. Estaba aturdido, pero más que por la herida era de asombro, tanto que no hizo nada por esquivar el golpe brutal que el muchachote le soltó en el pecho con su espadón de juguete y que lo arrojó al suelo. Emmer cayó sentado contra un poste de madera que era parte de un cerco, mientras el muchacho reía satisfecho consigo mismo, con una risa de burla, de una maldad marcadamente infantil. El viejo preparaba su prototipo de arcabuz para dispararlo nuevamente, pensando que la armadura había salvado a aquel soldado enemigo, espoleó su burro frenéticamente para que este se moviera, con su flema habitual, dos pasos más cerca y volvió a apuntar, el Rimoriano no pensaba quedarse para ver otra prueba de esa extraña arma de trueno, se arrastró bajo el cerco y se ocultó entre las vacas, el muchacho, menos hábil, debido a su peso y a su improvisada armadura de madera, abrió las puertas del cerco con su respetable espadón al hombro para perseguirlo, pero no llegó a entrar, la casa que habitaban estalló violentamente debido a la pólvora y otros extraños compuestos que habían logrado acumular en todos esos años, luego el granero que estaba justo al lado, provocando una lluvia de fuego sobre las reses que ya espantadas por la explosión, huyeron aterrorizadas por la puertas abiertas donde estaba parado el muchacho, quien por muy poco logró hacerse a un lado y salvar el pellejo, pero nada de eso había sido coincidencia, todo había sido provocado por una misteriosa figura encapuchada y cubierta por una gruesa capa que salió del establo ubicado al otro lado del cerco, montando un caballo, un animal inteligente que nunca se había dejado montar por los dueños de esa casa, a quienes su sentido animal los hacía despreciar más que temer. El jinete se detuvo junto a Emmer y lo ayudó a subir a su grupa, luego echó a correr tras la estampida de reses, “¡Bestia traidora!” grito el viejo enfurecido y disparó su arcabuz contra los que huían.

            Solo varios segundos después, y muchos metros, Emmer notó que el jinete que lo había salvado comenzaba a desfallecer, llevaba el proyectil lanzado por el viejo alojado muy cerca de su corazón, también notó que este no era hombre sino mujer y que en su regazo bajo su capa, llevaba un bebé envuelto en cobijas atadas y cruzadas al hombro como un hatillo, el hombre tomó las riendas y detuvo el caballo, la mujer moría en sus brazos, “Cuídalo, es Rimoriano como tú, y como yo…” dijo, mientras Emmer tomaba la criatura sin saber que más hacer y la madre caía lenta e irremediablemente al suelo, ya sin vida. Nunca supo su nombre ni por qué hizo lo que hizo, solo que al parecer tenía razones poderosas para huir con su bebé de ese lugar y de esa gente a la primera oportunidad, y así lo había hecho. Las reses corrieron despejando el camino frente a ellas de cualquier obstáculo, lo que fue aprovechado por Emmer para salir de ese laberinto, sin embargo, la ruta no era completamente segura, pues no estaba libre del fuego ni de los arqueros que no dejaban de atosigar desde los tejados, solo la velocidad del caballo mantuvo ilesos al jinete y al bebé que este protegía con su cuerpo. Al llegar al camino principal se detuvo, el proyectil encapsulado en sus tripas le dolía tanto como un hueso roto, pero no le prestaría demasiada atención. Entonces la vio, Nila estaba allí, pegada a una pared con la espada de un enemigo muerto en las manos, se veía cansada, asustada y cubierta de sangre, el bueno de Vanter no se había despegado de ella. Lo que debía ser un emotivo reencuentro, se diluyó con el llanto del bebé. Nila y Vanter vieron al recién llegado como quien se presenta en una fiesta con un atuendo de lo más inadecuado, “No hay tiempo para explicaciones….” Emmer le estiraba la mano a su novia para que subiera a su caballo “…Tengo que sacarte de aquí”

            Vanter regresó junto a sus compañeros para luchar, mientras Emmer corría en dirección contraria por el camino principal hacia las afueras de Cízarin y más allá, le había prometido a su camarada que regresaría en cuento dejara a Nila y al bebé a salvo, pero esa era una promesa que no cumpliría.


León Faras. 

martes, 4 de abril de 2017

Alma electrónica.

El coleccionista.


Apenas amanecía, una manada de Recolectores, o mejor conocidos por los humanos como Chatarreros, rastrillaban una extensa zona de barro endurecido, en la que habían quedado atrapados hasta el límite de su resistencia varias máquinas, incluso se podía ver parte de una barcaza entera sepultada, con los androides que transportaba en su interior. Los Recolectores eran robot de tecnología y aspecto burdo, parecían jorobados botes de basura con patas cortas y largos brazos terminados en pinzas, que se movían lentos y agazapados hurgueteando el suelo en busca de desechos útiles, estaban hechos de un metal grueso pero muy deteriorado, sucio y lleno de mellas que contrastaba fuertemente con la elegancia de los cuerpos pulidos y brillantes de los Guardianes, Castigadores o Aplacadores. Su trabajo era recuperar material, piezas valiosas, metal, circuitos en buen estado que almacenaban en su interior hasta que el peso límite que podían cargar fuera alcanzado o el espacio disponible se acabara, para luego llevarlos a las fábricas donde eran reutilizados. Eran obreros que a veces hacían la preciada labor de recicladores y otras veces la de despreciables rapiñas, que no tenían escrúpulos en arrebatarles sus órganos vitales a aquellos androides caídos, incapaces ya de valerse por sí mismos, aunque estos no estuvieran totalmente muertos y aun tuvieran intensiones de seguir luchando por su existencia. No eran agresivos ni portaban arma alguna, pero eso no los hacía un botín fácil de coger, las manadas de Chatarreros siempre eran acompañadas de un par de Oteadores, unos gusanillos desagradables que caminaban sobre dos patas y se apoyaban de su cola para erguirse y girar la bola que tenían por cabeza, escaneando los alrededores en busca de cualquier amenaza, y alertando a medio mundo cuando la detectaban. Por su parte los Recolectores ante cualquier alarma, se cerraban herméticamente y se quedaban quietos hasta que se les ordenara lo contrario. Si uno de ellos se alejaba de la manada más de la cuenta y no se reintegraba pronto, se daba por hecho que una anormalidad había sucedido con él, tal vez podía haber sido raptado por humanos para extraerle las piezas, tal vez podía haberse encontrado con un obstáculo imposible de sortear o tal vez el robot había sufrido un daño que le impedía seguir con su trabajo, entonces la unidad caída en desgracia, de forma automática destruía su preciada carga con una potente explosión interna que de paso también acababa con sus entrañas. No eran más valiosos que la labor que realizaban y si algo de valor les quedaba, más temprano que tarde otro Chatarrero pasaría por ahí y lo cogería. En el lugar no solo se podían ver máquinas, también habían restos de animales arrastrados, árboles enteros descuajados, restos inservibles de los incontables vehículos que cubrían la tierra y sobre todo casas, un pueblo entero de hecho, arrasado y sepultado por el lodo y todo lo que este arrastró.  

Uno de los Recolectores se diferenciaba claramente del resto, tenía una media luna blanca pintada sobre su cabeza, él, por supuesto, ni se había enterado de aquello, pero una pequeña cantidad de pintura le había caído encima por accidente y le había dejado esa caprichosa marca en la que nadie ponía su atención. Cerca de él, cuatro Chatarreros desmantelaban a un robot soldado partido en dos que aun funcionaba y que se resistía con desesperación al notar que quienes le habían encontrado no eran precisamente unidades de rescate, dos Chatarreros más se acercaban con cierta ansia. Pronto las protestas del soldado se silenciaron. El robot de la media luna siguió su camino sin detenerse, aquello le parecía aburrido, cierto era que estaba fabricado y programado para recuperar materiales útiles para la construcción de nuevas máquinas, pero al parecer, una de sus pieza internas reciclada, no había sido correctamente limpiada antes de instalarse y contenía un programa que no le correspondía y que de a poco se había abierto paso en su intrincado sistema, despertando en él una curiosidad anormal, un interés que lo absorbía gradualmente dejando su monótona labor principal en una categoría secundaria, su nueva afición le despertaba una adicción totalmente nueva, un apetito desconocido y que crecía con cada nuevo descubrimiento, con cada nueva pregunta, había tomado consciencia de la existencia de un rompecabezas gigantesco de piezas infinitas cuyo interés por encajar cada una se hacía cada vez más imperioso. Era un caso que solo se podía dar una vez en un millón, donde los innumerables factores necesarios coincidieran, pero la probabilidad muchas veces demuestra no saber de imposibles. El robot de la media luna, al igual que todos los demás Recolectores, reconocía los materiales valiosos rápidamente, diferenciaba sin problemas un censor térmico de una batería iónica y sabía muy bien cuando un motor o circuito estaba funcionando, podía repararse o definitivamente se había estropeado, pero lo que lo fascinaba por completo era descifrar qué servicio prestaba un cepillo de dientes encontrado con las cerdas chamuscadas o en qué parte del universo humano encajaba aquella palanca de los estanques de los retretes, lo mismo con encendedores, cortaúñas, anteojos, monedas o relojes y por qué razón existía tanta variedad de un mismo objeto, todo aquello se le hacía adictivo como una droga, pero por lejos, lo que más le encantaban eran los juguetes, tan interesantes y abundantes como aparentemente inútiles.

El autobús sepultado llamó su atención y lo cambió todo, en el primer asiento se veía un niño sentado, era algo completamente diferente a lo que el robot de la media luna había visto nunca, no tenía señales de vida, pero aquello era lo más próximo a un humano que había conocido jamás. Se trataba de un muñeco de los usados por los ventrílocuos, en perfecto estado o cuidadosamente restaurado. El robot se acercó intrigado, el autobús tenía una gran abertura por la que se podía entrar sin problemas y el Recolector no lo dudó, pero el muñeco solo era una carnada, colgado del techo, había un hermoso avión biplano modelo de la segunda guerra mundial, más allá encontró un gato de tela humanizado, sentado en actitud concentrada frente a un tablero de ajedrez con sus piezas en plena partida, tenía puestas unas gafas que le daban al robot por primera vez una pista de cómo se usaban, también encontró un globo terráqueo y un gran anuncio de tamaño natural de una chica en bikini que anunciaba algo llamado “Bloqueador solar” lo que para el robot de la media luna no tenía significado alguno. Una alarma en su interior se encendió, anunciando que su manada se alejaba y que debía reintegrarse, y aunque no podía desactivarla hizo algo aun más osado, la ignoró. Junto a la ventana del autobús, crecían tomates contenidos en recipientes de plástico, bajo estos, había una formación de hombres diminutos enfrentados a otra formación de animales, sus formas y colores variaban, pero el material del que estaban hechos era el mismo. En la pared de enfrente, podían verse una multitud de relojes colgados, algunos de ellos aun funcionaban, y más allá, libros apilados, el robot los conocía, pero al igual que todos sus compañeros mecánicos, los creía extintos. La alarma se hizo más acuciante, mensajes de peligro y advertencia se multiplicaron en su interior, pero todo aquello era demasiado fascinante, estaba embobado y no podía retornar a su rutina luego de ver todo eso, pues pasaría mucho tiempo, antes de que la manada volviera a pasar por allí y muchísimo más antes de que él encontrara otro sitio similar. No pensó en irse, pero si esa idea hubiese surgido, hubiese sido literalmente aplastada por lo que vio a continuación, un acuario, con plantas y peces vivos nadando en su interior, eso era demasiado para una simple máquina como él. Su sistema colapsaba, la manada se alejaba cada vez más, el comando de autodestrucción amenazaba con ejecutarse en cualquier momento, pero el robot de la media luna solo pensaba en acercar su mano al cristal donde nadaba un bonito pez dorado. No sintió nada cuando explotó, solo un sonido fuerte que lo remeció y luego sus sistemas que se apagaban como una vela que se ha consumido.


Despertó seis días después, notó que sus recuerdos seguían intactos, también su consciencia, eso era de todo, menos normal. Sus sistemas se reiniciaban con normalidad, estaba en un lugar oscuro, la escasa luz que había, estaba enfocada en él, un hombre lo miraba muy de cerca con gran curiosidad “¿Puedes oírme?” Un humano, tan cerca que si tuviera sentido del tacto, podría haberlo tocarlo, sin embargo, lo más sorprendente era que podía comprender el sistema de lenguaje orgánico, algo que desde hace mucho estaba obsoleto entre las máquinas de bajo rango, como él. El robot de la media luna respondió que sí había recibido el mensaje, y el traductor que el hombre le había instalado reprodujo su respuesta con una voz electrónica, con un tono que se podía clasificar como femenino. El hombre rió complacido. Se trataba de un explorador solitario, aquel lugar era su hogar, el sótano de una de esas casas sepultadas por el barro al que se podía acceder a través del autobús donde precisamente el humano lo había encontrado. El robot miró a su alrededor, las paredes, el techo, todo estaba lleno de objetos absolutamente asombrosos para él, se preguntó si aquel humano estaría dispuesto a explicarle la utilidad del cepillo de dientes y de los otros fabulosos objetos que tenía allí, por su parte, el hombre estaba seguro de que aquel curioso robot, le sería útil para buscar y encontrar las piezas que constantemente los sobrevivientes necesitaban.


León Faras. 

sábado, 1 de abril de 2017

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

VIII.

La tetera mediana, y también la más añosa, liberaba un leve y continuo hilo de vapor puesta sobre los rescoldos, donde la vieja Luca la tenía a mano para cebar su mate aromatizado con cedrón, era temprano en la mañana y el fuego ya había ardido un buen rato hasta consumirse. Jonás llegó en ese momento a llenar con agua caliente una taza en la que traía algunas rígidas hojas de té. El hombre mostraba un evidente dejo de preocupación en el rostro, la mujer no necesitó preguntar qué pasaba, “Luna nuevamente dice que ha hablado con su madre…” La vieja Lucrecia sorbía sonoramente, con el fin de extraer hasta la última gota de agua de su mate, para volver a llenarlo con parsimonia y sabiduría. “¿Y qué hay de raro con eso? Es solo una niña…” “Sí, lo mismo pienso yo, que no tiene nada de malo… Pero hoy me preguntó por su hermana…” Jonás azucaró su té y lo revolvió pensativo, luego miró a la vieja para preguntarle si había tenido algo que ver en eso. Era muy poco probable, pero era mejor eliminar completamente esa posibilidad, la vieja asintió, “También me habló de una hermana, como quien confiesa un pequeño secreto. No le pregunté nada, jamás había oído nada de eso y solo pensé que era uno de sus juegos. Tiene una imaginación bendita y es inteligente como la que más… pero, ¿Acaso es cierto?” Jonás se empujó hacia arriba sus diminutos anteojos y se quedó hurgueteando la barba un rato, luego respondió “Ese es el asunto… ella tuvo una hermana melliza que nació muy débil y murió a los pocos días de nacer, pensaba hablarle de ella, debí hablarle de ella, pero esperando el mejor momento, nunca lo hice. Y ahora no sé cómo se ha enterado.” Lucrecia interrumpió la saboreada de su mate para responder con naturalidad, “Pues se lo ha dicho su madre… lo creas o no, los muertos también hablan, cuando hay alguien dispuesto a oírlos” Jonás quiso sorber una pizca de su té, pero retiró los labios rápidamente al sentir el líquido demasiado caliente, “Ay, vieja Luca, puede que tengas razón” Lucrecia continuó, “…la gente hoy en día no cree en nada, piensan que todo son puros cuentos de viejos… pero antes se veían cosas. Mi tía Ernestina, la mayor, sanaba chiquillos con dos rezos y un par de hierbas y a ella nunca nadie le enseñó nada, ella hablaba con angelitos desde niña, incluso curaba gente maldita, gente que de un día para otro caía en cama y ahí se secaban como una plantita, ella iba y los sacaba de ahí… Y mi padre, que en paz descanse, conoció al Diablo en persona, habló con él como estamos hablando nosotros, dijo que nunca había estado tan asustado en toda su vida, y él no era hombre asustadizo. No le quedó de otra que decirle con mucho respeto que no quería tratos con él, pero el Diablo, astuto, le dio una moneda de oro y le pidió que se la guardara, porque un día iba a volver por ella, para tentarlo, pero mi padre nunca la usó, se la mostró a mi madre y yo también la vi, era grande que no cabía en una taza, valía mucho, pero mi padre dijo que antes que tener que usarla, nos moríamos todos de hambre, y la escondió donde nunca más supimos de ella…” La vieja Luca cogió un palo domesticado hace muchos años por su mano dura y el fuego intenso, y abrió con él las cenizas para que emergieran de ellas, dos gordas y apetitosas tortillas de pan cocinadas en los rescoldos, que la vieja cogió entre un paño y su delantal y limpió enérgicamente antes de tirarlas en un canasto, “…así que yo creo que una pequeña que hable con su difunta madre, no tiene nada de malo, y no es ni de cerca lo más extraño que se haya visto…” “Lo sé vieja, lo sé. Si yo no más quiero que ella esté bien… y si su madre nos quiere ayudar con eso, pues qué le voy a hacer yo, bienvenido sea…” dijo Jonás mientras se iba a preparar sus cosas antes de irse a trabajar.

Estela se levantó muy temprano, pero aun así encontró a la señora Alicia ya sentada en la cocina tomando desayuno, aunque todavía envuelta en una bata. Bernarda no tardó en aparecer, totalmente vestida, arreglada y lista para irse a su trabajo, se preparó una tostada con mermelada canturreando suavemente y se fue, despidiéndose de todos con una sonrisa radiante, que dejó a la señora Alicia aun desconcertada, al no poder concebir que una mujer de la edad de Bernarda, con dos hijos y una nieta, fuera capaz de andar por la vida con esa felicidad y plenitud propios del amor idealizado de la juventud, lo que le parecía de lo más extravagante o a lo menos, inadecuado, a Estela en cambio, la nueva actitud de Bernarda le gustaba, le parecía todo divertidamente raro. Ulises apareció entonces, venía sonriendo, pues había saludado a su hija antes de que esta se fuera, y la mujer le había contagiado irremediablemente su espléndido humor. Estela se puso de pie en el acto para servirle desayuno, pero el viejo se negó, tenía que ir a la iglesia y estaba atrasado, un “¿Tú?” largo y cargado de duda salió de la boca de Estela y de la señora Alicia al unísono, ambas muy sorprendidas debido a que el hombre era más bien renuente a todo tipo de celebraciones religiosas, pero Ulises se explicó rápidamente, “El Padre habló conmigo ayer, dice que tiene una figura de madera del Señor que está rota en su capilla y me pidió que le echara un ojo a ver si podía repararla… seguro no obtendré más que un par de bendiciones y los favores siempre misteriosos de la Divina Providencia, pero en fin, de todas maneras veré lo que puedo hacer.” Ya luego se pasaría por la cafetería de Octavio a comer algo.

Estela salió de su casa a media mañana, luego de lavar la vajilla y ayudar en las labores de aseo como siempre lo había hecho. Tenía pensado encontrarse con su hermano y tal vez hacer algo más de dinero, ahora que ya sabían que el viaje se acercaba, pero afuera se encontró con Diana, que precisamente la buscaba a ella y aguardaba a corta distancia a que saliera “Necesito tu ayuda…” Diana lucía entusiasmada, “…anoche apenas pude dormir, tengo una idea pero tienes que ayudarme… es por lo de Alberto” Ambas llegaron a la casa de Alberto, pero este no estaba, “No te preocupes…” dijo Diana sonriendo misteriosa, “…le he conseguido un pequeño trabajo que lo mantendrá ocupado” luego abrió un pequeño bolso y sacó de él una cotona, como las que usan los niños en el colegio para no ensuciar la ropa “Toma, ponte esto, es un poco grande para ti, pero servirá. Vamos a pintar.”


Cuando Alberto se desocupó, encontró a ambas muchachas sentadas en la entrada de su casa comiendo emparedados y bebiendo zumo, tenían pañuelos cubriéndose el pelo y sus delantales manchados de pintura negra, pero ambas sonreían satisfechas, la escena, para cualquiera, pero especialmente para el muchacho, era de lo más incongruente, hasta entrar a la casa. Las muchachas habían limpiado y ordenado todo ligeramente, y habían pintado de negro ciertos trozos de los muros, de modo que se podían ver esparcidas por el lugar, varias pizarras de diferentes dimensiones, grandes y pequeñas, altas y alargadas, en las cuales estaban distribuidas todas las letras del abecedario, pintadas con pintura blanca y la bonita caligrafía de Diana y sus respectivos espacios, para que fueran rellenados con palabras a medida que el muchacho fuera aprendiendo a escribir. El resultado no era para nada desagradable, y a Alberto, realmente le gustó, al menos estéticamente, porque en un principio se sintió agobiado por la cantidad de letras distintas, que jamás imaginó que fueran tantas, y por la cantidad de espacio disponible, que sintió que tardaría años en rellenar, pero las muchachas lo tranquilizaron, pues comenzarían de a poco y las cosas se irían haciendo cada vez más fáciles. Las palabras quedarían escritas en las paredes y de esa manera, las podría repasar todo el tiempo que permaneciera en casa, incluso de manera inconsciente. Estela le preguntó por cual palabra quería comenzar y el muchacho no lo dudó, hace mucho tiempo que tenía la curiosidad de ver cómo lucía su nombre, dibujado en palabras: “Alberto” dijo.


León Faras.

sábado, 25 de marzo de 2017

La hacedora de vida.

3.

Reni Rochi tenía un amigo mucho más avezado que él en temas robóticos, su nombre era Rudy, un tipo lo suficientemente inteligente y obsesionado con las máquinas como para haberse vuelto un experto en ellas. Tenía una pequeña tienda abarrotada de piezas; engranajes, motores, circuitos y de autómatas desmembrados, colgados por aquí y por allá, como en una tétrica carnicería humana. Nada de lo que se podía ver allí era nuevo, todo aquella inmensa cantidad de chatarra, era el resultado de una necesidad por guardarlo todo, de una veneración por aquellas piezas marcadas por años de valioso servicio, de una certeza en que todo servía de una manera u otra, sino de manera práctica, lo hacía entregando información, conocimiento, tal como el hombre que desentierra huesos para averiguar la historia de ellos. Lo había contactado a su teléfono por una simple razón, el robot que Nora tenía en su váter, al parecer no estaba del todo estropeado como pensaban, y tal vez podía repararse de una forma fácil y no tan cara, para que este pudiera irse por sus propios medio, tal y como había llegado.

Rudy llegó en una motocicleta tan diminuta que ridiculizaba el enorme casco que traía puesto. Rochi lo estaba esperando. El contraste entre este y Rudy era brutal, si Reni era un toro, Rudy sería una lagartija. Se trataba de un tipo sumamente delgado, de ojos grandes y dedos huesudos, consecuencia directa de una vida obsesiva, en la que comer no era tan importante y dormir, una pérdida de tiempo. Apenas vio al robot exclamó “¡Boris, tenías que ser tú!””Boris… tú…” repitió el robot y Rudy se le quedó mirando como si se tratara de un perro que de pronto habla. “¿Se llama Boris?” preguntó Nora, mientras le alcanzaba una taza de algo parecido al café a Rudy, quien tardó varios segundos en reaccionar “…no, en realidad su nombre es BR-15, pero lo llamamos Boris… ¿Acaso repitió su nombre?” “Sí, repite todo lo que dicen” dijo Zardo divertido, pero apenas habló, el robot le borró la sonrisa con una palabra ya memorizada antes, “Idiota” “Entonces…” dijo Rochi señalando al androide, “… ¿Lo conoces?” “Sí…” respondió Rudy dejando su bolso en el suelo, el que sonó igual a un saco de huesos, “…es el robot con más mala suerte que he conocido en mi vida…” y pasó a enumerar la gran cantidad de veces que había debido repararlo, pues Boris había sido atropellado dos veces, cuatro veces había caído desde considerable altura, una vez fue aplastado por una máquina expendedora de gel antiséptico, dos veces se electrocutó  “…y esto no lo van a creer…” continuó Rudy,  “…una vez, una bala recorrió seis kilómetros en la ciudad, entre edificios y transeúntes para terminar alojada en su cuello, fue increíble, y lo más curioso es que no es cosa de falla técnica, yo mismo lo he calibrado al milímetro en sus sensores ambientales, de posición, de movimiento, de fuerza; todo nuevo y en perfecto estado, pero aun así, siempre termina sucediéndole algo…” “Termina… algo” repitió Boris, Nora sonrió “¿Ves? Todo lo repite, como si estuviera aprendiendo a hablar” Rudy abrió su saco de huesos y lo registró en busca de un par de herramientas “Eso es imposible. Los robots no aprenden así, se programan… es distinto. Eso es característico de un ser vivo, ¿No, Boris?” “Boris… vivo…” repitió el robot con su inalterable e inexpresivo rostro perdido en la nada, lo que provocó una risita sin entusiasmo en el rostro del técnico. Con seguridad, había problemas con alguno de sus programas de lenguaje, no se estaba ejecutando correctamente, y eso podía obedecer a varias razones. Rudy le abrió el pecho y comenzó a hacerle pruebas con sus raros instrumentos, “¿Por qué está así?” preguntó al verlo inmóvil del cuello para abajo “Se electrocutó…” respondió Reni Rochi sumando así, uno más a la ya larga lista de accidentes del robot, “Esto es muy raro… no puede ser… Ayúdenme a moverlo” dijo Rudy y entre todos lo inclinaron hacia delante para abrir una tapa en su espalda y comprobar que su fuente de poder estaba completamente muerta, con dos movimientos hábiles y rápidos, Rudy la aflojó y la extrajo completamente, “Esto no sirve, tiene todo quemado… las resistencias…” “Resistencia…” repitió Boris y Rudy se quedó de piedra, era una máquina a la que se le habían extraído las baterías, no podía seguir funcionando de ninguna manera “¿Qué rayos está pasando aquí?” dijo pasmado, sin comprender nada.

Olsen caminaba a buen paso esquivando transeúntes que a su vez lo sorteaban a él. Las estrechas calles siempre estaban llenas de gente que parecía moverse motivadas por un firme e importante propósito, el cual impedía que cualquiera pudiera detenerse, distraerse o siquiera saludar. Pensaba en su hijo, en que si la decisión que había tomado había sido la correcta o había sido la estupidez más grande de su vida producto de la desesperación. Su hijo no era el mismo, lo sabía, él, que pasaba poco tiempo en casa, lo había notado y tanto, que se le hacía un nudo en la garganta y en el estómago al verlo, silencioso, ausente, extraviado. El hombre llegó a su casa en uno de los numerosos edificios donde se amontonaba la población, un departamento pequeño y sombrío como cualquier otro. Todo estaba limpio y ordenado, su mujer ponía la mesa mientras el niño la observaba curioso, sentado en un rincón con un juguete plástico inerte en sus manos. Olsen notó que Lisa, su mujer, se veía tranquila, sus movimientos eran delicados con cada plato o cuchara que ponía en la mesa, con la misma suavidad cogió al niño de la mano y este se dejó llevar dócil a su puesto en la mesa, “Ahora vamos a comer, ¿Sí?” dijo la madre, “Comer…” repitió el niño, mientras le ponían una cuchara en la mano. El hombre se sentó frente a su plato, el niño se veía perdido, sin comprender por qué estaba ahí, ni qué tenía que hacer, Lisa se sentó también, en silencio pero con una leve sonrisa, como quien ha recibido una muy buena noticia que no puede divulgar, a Olsen le pareció forzada, “Lisa, escucha… con respecto a nuestro hijo, yo…” La mujer le tomó la mano y lo silencio suavemente, “No quiero saber lo que hiciste, no necesito que me digas qué pasó. Sé bien lo que nos dijo el médico, pero ahora mi hijo está aquí, conmigo, con nosotros, y eso es todo lo que necesito…” Olsen se sintió aliviado, le besó la mano a su mujer “Estaremos bien…” fue una afirmación, pero no sonó tan convincente. Su mujer sonrió y miró a su hijo que los observaba inexpresivo “Él aprenderá… poco a poco, yo me encargaré de todo, tú ya hiciste lo que tenías que hacer…” El niño no comía, no respiraba, no necesita dormir, su madre ya lo había notado, pero por ahora nada de eso le importaba, sabía que las cosas no volverían a ser como antes, pero eso no necesariamente debía ser algo malo, ya había decidido que no sería así.

“Esto está fuera de mi alcance…” dijo Rudy rascándose la nuca, “…que un robot siga funcionando sin energía, es algo que yo calificaría como más que inusual” Yen Zardo se masajeaba la cara tan confundido como Rudy, mientras Rochi y Nora intercambiaban una mirada de preocupada complicidad. Boris estaba vivo debido al extraño poder de Nora, y ahora, el complejo sistema del androide, de alguna manera se estaba adaptando a su nuevo estado, algo de lo que nadie sabía qué se podía esperar. Debido a su historial de accidentes, nadie se preocuparía demasiado por la desaparición de Boris, aseguró Rudy, por lo que podía quedarse con Nora hasta decidir qué hacer con él, algo que la chica aceptó resignada, pero no sin antes exigir que entre todos movieran al robot de su retrete.


Boris quedó finalmente sentado en su sillón, se podía decir que fascinado con la televisión encendida frente a él, para Nora, cambiar su asiento por su váter no había sido el mejor negocio de su vida, pero sin duda que aquello, era mejor que nada.


León Faras. 

viernes, 17 de marzo de 2017

Del otro lado.

XXVII.


Laura despertó en su cuarto como siempre lo hacía sin importar dónde se durmiera, la única función vital que parecía seguir necesitando aun estando muerta, pero sin sueños e invariablemente abría los ojos junto con la salida del sol. Observó la puerta, el mensaje que Alan le había dejado escrito allí había sido borrado, seguramente por su madre, se preguntó qué habría pensado ella al encontrarse con semejante grafiti escrito con lápiz labial dentro de su propia casa, luego volteó la mirada hacia el espejo de su cuarto, se quedó largo rato mirándolo, en él se reflejaba un pequeño trozo de su habitación, pero no la cama donde estaba ella. Sostenía la mirada con recelo, haciendo uso de todo el valor del que disponía, sintiéndose un poco segura al no estar directamente frente al reflejo. Luego de varios minutos sin que la aterradora Sombra acosadora diera señas de su presencia, Laura se mordió una uña y sonrió traviesa, se le acababa de ocurrir una idea que se le hacía de lo más boba, pero que algo la impulsaba a probar, confiaba en que aquella criatura horrible permanecía del otro lado del reflejo desde donde no podía alcanzarla. Aun sabiendo que estaba muerta, Laura sentía que no podía vivir con permanente miedo, que debía hacerle frente, aunque fuera de una forma ingenua, tal vez un poco ridícula, pero por algo se debía comenzar, además nadie podría juzgarla por ello, por lo que se incorporó de un salto y se bajó por los pies de la cama, agazapándose contra su cómoda, luego se deslizó agachada y sigilosa por debajo del espejo colgado en la pared, como un soldado que en plena batalla, se escabulle evitando ser divisado por el enemigo, entonces se puso de pie y pegó su espalda a la pared, justo al lado del espejo, con sus manos entrelazadas frente a ella, simulando sostener un arma, y con extrema precaución, echó un vistazo en el insondable interior del reflejo, se sintió una especie de agente especial en misión secreta, increíblemente, aquella jugarreta infantil desdibujaba la agobiante situación en la que se encontraba, ridiculizaba la aterradora amenaza de la Sombra y la ponía en un nivel en el que ella podía poner sus reglas y por lo tanto, al menos darle la sensación de enfrentarla. Lo primero que llamó su atención en el espejo, fue su cama, pues estaba perfectamente estirada como si nadie hubiese dormido en ella, pero más sorprendente fue comprobar que ese reflejo modificaba su realidad a medida que lo observaba, pues su cama, de la que acababa de levantarse, se veía ahora intacta también y sin los rastros de su reciente presencia en ella, pero no era lo único modificado, su desorden, su ropa tirada en el suelo, sus cajones a medio abrir, hasta el color de las cortinas, toda su habitación se transformaba de ser su mundo personal a convertirse en el abandonado dormitorio de una muerta que era, donde todo se mantenía en estricto orden, la cama estirada, toda su ropa planchada, doblada y apilada, la superficie de los muebles despejadas, todos sus zapatos formados en pares uno al lado del otro. Un santuario protegido de la intervención humana. Todo su entorno adoptaba la forma que tenía del otro lado del espejo, sin embargo, todo aquello le pareció interesante, porque eran pistas de cómo funcionaba su mundo ahora, se daba cuenta de que al parecer, no intervenía directamente con el mundo real, de que lo que hacía en su mundo no interfería con la realidad de los vivos, o verdaderamente aquello sería una constante y desconcertante locura para estos, intrigada, se animó a hacer un pequeño experimento, de dos zancadas, y sin perder su rol imaginario de agente secreto de una película, cogió las cobijas de su cama impecablemente estirada y las jaló hacia atrás con fuerza, para luego volver a su posición junto al espejo, echó un vistazo fugaz en este y nuevamente la magia se producía restableciendo el orden, era sorprendente pero también divertido, entonces se animó a más. Tenía pensado que mientras la Sombra no apareciera, no había nada de qué preocuparse y si lo hacía, simplemente se ocultaría rápidamente del reflejo, con esa idea, se dirigió a su velador y se paró junto a este y frente al espejo, acercó su mano a la lámpara de porcelana que estaba sobre el pequeño mueble y la tocó, sintió su suave textura en sus dedos, sintió su peso al ejercerle una suave presión, curiosa, la buscó en el reflejo del espejo frente a ella, donde ella misma no existía y la empujó. El estruendo la hizo dar un brinco, pues la lámpara se rompió en pedazos, pero eso no fue lo más increíble, sino que ver claramente en el reflejo cómo aquel objeto se movía solo hasta perder el equilibrio y caerse. Si no fuese porque sabía que ella misma la había tirado al suelo, hubiese sido justo motivo para llevarse un buen susto. De dos saltos regresó junto al espejo y de un vistazo comprobó que tanto aquí como allá, la lámpara estaba irremediablemente rota, de eso, no había dudas, sin embargo, eso le daba otra pista, el reflejo de un espejo parecía ser la conexión entre su mundo de muerta y el mundo de los vivos. Pero su pequeña travesura no terminó ahí, pues en otro vistazo al espejo se dio cuenta de que su madre había llegado a su cuarto evidentemente atraída por el estruendo de la lámpara al caerse, no la podía oír, pero podía ver que hablaba y gesticulaba alarmada por la lámpara inexplicablemente rota en el piso, Laura imaginaba que en ese momento la estaba culpando a ella y eso le daba la cálida sensación de que ambas podían saber que en ese momento las dos estaban en el mismo sitio y al mismo tiempo, imaginaba lo que sentiría ella de estar en su lugar, y tal vez no sería tan agradable, pero para Laura aquello era extraordinario, su hermana también estaba allí, sujetando un escobillón y una pala para recoger el pequeño desastre que había provocado, tan agradable era la sensación de estar integrada con su familia nuevamente, que se olvidó por completo de la precaución de no quedarse tanto rato frente al espejo. Su madre se agachó para recoger los trozos más grandes y tras desaparecer ella del reflejo apareció la Sombra de pie al fondo del cuarto, Laura inmediatamente se pegó a la pared protectora junto al espejo, como un ladrón que por segundos no ha sido descubierto en su fechoría, frente a ella, su habitación volvía a estar vacía y silenciosa, temía por su madre y por su hermana pero podía sospechar que la Sombra no estaba interesada en ellas ni en ningún otro vivo, tenía la tentación de echar un último vistazo, pero sentía que aquella criatura horrenda estaba justo ahí frente al espejo, a escasos centímetros de ella, respirando con su frío aliento sobre su hombro. Pero todo aquello no eran más que imaginaciones suyas, estaba a salvo, no podía tocarla y lo mejor era seguir con su juego, pero eso sí, en otra parte.


Los espacios abiertos eran ideales, salió de su casa con buen ánimo, sintiendo que le había ganado la partida a su aterradora perseguidora y que hasta la había burlado, huyendo antes de que pudiera asustarla, además, había obtenido una valiosa recompensa al estar en contacto nuevamente con su familia, tal vez no como antes, pero de igual manera la experiencia había sido genial y aun la disfrutaba. Se sentía tan bien que de pronto le echó de menos a la música, se atrevió a cantar y bailar mientras caminaba por el medio de la calle con total impunidad, disfrutando por primera vez de lo que era en realidad, una libertad sin límites. Corrió, pasó dando saltos por encima de los vehículos estacionados, bailó y cantó tan fuerte como pudo sosteniendo un micrófono imaginario en la mano sobre algunos y haciendo música con las palmas de sus manos sobre el capó de otros, pateó basureros, golpeó puertas con los puños y hasta robó prendas y chucherías baratas que encontró en algunos puestos callejeros, se probó unos anteojos de sol, enormes y extravagantes sintiendo que le quedaban maravillosos sin necesidad de verse, y se fue contenta, satisfecha de su nueva vida de anarquía vana e inocuo vandalismo. Sin real intención, llegó hasta una población que le resultaba familiar, los nombres de las calles, las casas más bien antiguas, las calles deterioradas. Sí la conocía, pero se veía muy diferente sin los viejos árboles en las veredas ni la abundante vegetación que los pobladores, principalmente gente mayor, acumulaban en sus patios delanteros. Laura se quitó los anteojos oscuros y reflejó la calle en ellos para echar solo un breve vistazo, entonces el lugar aparecía tal y como lo recordaba, un lugar apacible, viejo y tranquilo como sus moradores, allí vivía su abuelo Manuel. Al llegar a la casa, la muchacha encontró la puerta de la reja abierta, pero no entró, en el ventanal, que parecía nuevo o muy limpio, se reflejaban dos hombres sentados al sol conversando algo que parecía ser muy serio, Laura no podía oírlos, pero sus rostros, vistos de perfil, denotaban cierta gravedad, uno de ellos era su abuelo, al otro no lo conocía, aunque podía ver que se trataba de un hombre mucho más joven, vestido con ropa formal pero anticuada y lucía peinado y barba de trasnochado. Laura contemplaría la escena solo por algunos segundos, pues sentía mucho cariño por su abuelo pero no quería tentar a la Sombra más de lo necesario, y luego continuaría su camino, pero una cosa llamó su atención, el desconocido se llevó una mano a la frente, como en un gesto de impotencia o de consternación, y la muchacha pudo ver su reloj, un reloj ridícula y absurdamente infantil, el mismo que Alan le había dejado en su tumba junto a la nota y a la calas blancas plásticas. Laura se acercó, aquel hombre debía ser el tal Alan, no podía haber  otro adulto en el mundo con ese reloj, por fin lo conocía, no tenía idea de qué tenía que ver él con su abuelo, pero tampoco se iba a mortificar por eso, al parecer, ese hombre estaba interesado en ayudarla y eso la hacía sentirse agradecida y contenta de conocerle. Pensó en hacerles un truquito como el de la lámpara en su habitación, para que notaran su presencia, pero desistió de esa traviesa idea, simplemente se sentó allí, en una esquina de la banca, se puso los lentes de sol, a pesar de que el sol era incapaz de dañar sus ojos, y se quedó ahí, cómodamente instalada, con los brazos cruzados y los pies estirados, como quien se relaja en el banco de una plaza, solo por hacerles compañía a esos dos hombres, por empatizar con su causa.


León Faras.

domingo, 12 de marzo de 2017

Autopsia. Segunda parte.

VI.

            Elena y Clarita se asearon para desayunar mientras el viejo Tata se sentaba en un rincón, del bolsillo de su chaqueta sacó una rodaja de pan envuelta en un pañuelo, “Solo traje uno, pero lo pueden compartir…” luego se dirigió a Elena, “Tú no eres de por aquí…” la muchacha miró al viejo sorprendida y luego hacia el suelo, “…tranquila, solo lo digo por el vestido que tienes, ¿Es del convento, verdad?” Elena no respondía nada, pero su silencio era más que elocuente, “Yo escapé de la justicia una vez… hace muchos años. Estuve viviendo en el monte casi dos meses, huyendo a pie, sin caballo ni perros que me acompañaran… cuando regresé, ni mi madre me reconoció…” Tata rió suavemente, era una risa grata, de anciano de corazón blando “…flaco como perro lebrero, cubierto de tierra y con los zapatos rotos. Lo mejor de todo era que ni siquiera me estaban buscando” y Tata soltó una risa que contagió a Elena y Clarita, Gracia en cambió solo meneó la cabeza. “Es bueno enfrentar los problemas, solo así desaparecen…” continuó el viejo “…pero a veces, escapar es necesario, a veces escapar evita que las cosas empeoren…” Luego Tata se puso de pie, se acomodó la gorra y se dirigió a la salida “…bueno, ya me voy, tengo mucho que hacer hoy. Tu abuela te ha echado de menos, y a Gracia, dice que la vayan a ver. Tú también puedes venir… si quieres” dijo, dirigiéndose a Elena, “…le encanta que la visiten y a ti te caerá bien, ella es buena haciendo que las cosas malas se vean menos malas…” “Iremos Tata…” dijo Clarita con la boca llena de pan, “Bien, tendré agua caliente” concluyó el viejo.

Casas Viejas era un poblado tranquilo y acogedor, de casas de barro, grandes pero humildes y chacras rebosantes de cultivos robustos, rodeado todo de terrenos donde el pasto, la maleza y la mora crecían sin restricción y los animales pastaban a sus anchas. Abel Rupano detuvo el coche junto a un pequeño grupo de pobladores que lo aguardaban, entre estos, Ismael Agüero y su hijo. Los dos hombres descendieron del coche, el sacerdote era una figura erguida, imponente y negra de pies a cabeza, a su lado el doctor se veía disminuido, delgado y vestido de ropa clara, ambos cargaban maletines con los bártulos propios de sus diferentes oficios. Apenas bajaron, se formó un raro silencio. Una mujer, joven y atractiva aun, con la cabeza cubierta con un velo, se arrodilló frente a él impulsivamente, “Bendígame Padre, por favor” todos estaban ya enterados de lo sucedido durante la misa de la mañana, el doctor Cifuentes dio un paso atrás, incómodo, Benigno lo reprendió con una mirada, como si se tratara de un delator desvergonzado, luego le dio dos palmadas suaves en la frente a la mujer para que se pusiera de pie, pues sabía que de darle en el gusto, tendría que soportar a quien sabe cuántas más que creían que él era una especie de santo milagroso, pero que no se atrevían a mostrarlo, “¡Ponte de pie, mujer!  Si tanto necesitas esa bendición, te espero mañana en la iglesia, para que te confieses antes…” Eso desanimaría a las demás, luego se dirigió a Ismael “¿Dónde está Úrsula?” El hombre y su hijo se apresuraron a guiarlo a su casa, mientras el médico, aun incómodo, se despedía del grupo con un ligero ademán con su sombrero y se apresuraba a seguirlos. Rupano en cambio, se acomodó en el coche para esperarlos.

La casa de Ismael se veía igual a todas las otras casas del pueblo, amplia y chata. Tejas de barro en un techo con muy poca pendiente y pilares de madera en el frontis, todas las paredes pintadas de un blanco opaco y viejo. Un parrón daba sombra a una mesa y sus bancas, en el patio de la entrada. Dos perros salieron a recibirlos como todos los perros del mundo cuando ven llegar al dueño de casa, pero se detuvieron lloriqueando a varios metros de la vivienda, eso llamó la atención tanto del cura como del médico, “Antes había que sacarlos a escobazos de adentro, ahora no se acercan ni para comer…” dijo Ismael mirando preocupado a sus perros que parecían estar parados nerviosos, tras un obstáculo invisible e infranqueable, “…yo no sé qué les pasa, pero todos saben que un perro asustado, no es nada bueno.” Benigno miró al doctor y luego a los perros. Uno de ellos desistía y se iba a echar a una sombra más alejada, el otro, ladraba y gimoteaba como insistiendo en tratar de advertir algo, “¿Desde cuándo se comportan así?” preguntó el doctor, Ismael no estaba seguro, pero su hijo respondió por él “Desde que la Úrsula trajo a ese chiquillo…” “Cuidado con la cabeza” advirtió Ismael al entrar a la casa, agachándose levemente al pasar por la puerta, pues esta y toda la casa había sido construida por su suegro y el padre de este hace incontables años, y no habían considerado para nada la altura del actual dueño de casa, ni menos la del padre Benigno. El interior era oscuro y fresco como una cueva, Lucila, la esposa de Ismael, una mujer pequeña y laboriosa, dejó sus quehaceres en la cocina para saludar al padre y al médico con extrema amabilidad “Ay Padre, que bueno que vino, ya no sabemos qué hacer con esta niñita, ¡usted tiene que hablar con ella!” “Por supuesto mujer, seguro no hay nada de qué alarmarse. Me acompaña el doctor Cifuentes, él la revisará también para que te quedes tranquila. ¿Dónde está?”

La muchacha, apareció de pie en el fondo del oscuro pasillo central de la casa, justo afuera de su cuarto, no se podía precisar si recién había salido o llevaba allí parada desde hacía rato. Tenía un bebé en los brazos. Benigno, confiado y autoritario, se acercó a ella para hablar, su tono intentaba ser paternal, pero sonaba inevitablemente severo “Hola Úrsula, tus padres están preocupados, cuéntame ¿cómo estás?” La muchacha negó con la cabeza y retrocedió un par de pasos, estaba sumamente nerviosa, casi asustada, “Tranquila muchacha, solo quiero saber cómo te sientes” dijo el cura avanzando un par de pasos a su vez, Úrsula negaba con más énfasis haciendo gestos con su mano para que el sacerdote no siguiera acercándose. El bebé comenzó a llorar suavemente y ella se esmeró en calmarlo, como si ese llanto fuera algo muy malo. El sacerdote se detuvo. Tanto el médico como la familia de la muchacha observaban la escena desde atrás. “Úrsula por favor, deja ese niño unos minutos para que podamos hablar” La muchacha reaccionó como si le hubiesen propuesto deshacerse de una pierna, abriendo los ojos y negando asustada. El cura dio un paso más y el llanto del niño se intensificó, Úrsula lo intentaba calmar con desesperación y de igual manera, pero sin palabras, trataba de hacerle entender al cura que no siguiera avanzando. Benigno dio otro paso, pero entonces debió detenerse. El sacerdote se dobló a la mitad como si hubiese sido apuñalado otra vez, se llevó la mano a su herida y la sintió húmeda y tibia, miró a la muchacha, esta lo observaba asustada. El bebé dejó de llorar. Entonces el cura soltó un grito de dolor, muy fuerte e inesperado y cayó al suelo de rodillas, apretándose la herida con la mano que en ese momento la sentía como si alguien le estuviese introduciendo los dedos y tirando de ella para desgarrarle la carne. Cifuentes se le acercó alarmado para asistirlo y ayudarlo a ponerse de pie, pero el sacerdote estaba totalmente derrotado e inmovilizado por el dolor. El médico levantó la vista para mirar a la muchacha y esta se veía aterrada, el bebé en cambio, estaba tranquilo y feliz, chupándose los dedos con una ternura desbordante. Úrsula no resistió más, “¡Lárguense de mi casa! ¡Fuera, fuera de aquí! ¡Lárguense!” gritó histérica, mientras se metía a su cuarto y se encerraba dando un portazo, solo entonces el médico pudo ayudar al cura y ponerlo de pie, con ayuda de Ismael lo acomodaron en un sillón y el doctor le abrió la ropa, la venda estaba empapada de sangre como si la herida hubiese sido recién hecha, “Oh por Dios…” dijo el doctor restregándose la frente, mientras Lucila se persignaba una y otra vez. El médico abrió su maletín y cogió un nuevo rollo de vendas y se las puso encima de las otras para contener el sangrado “…ayúdeme a llevarlo al coche. En mi casa podré tratar esa herida correctamente”

            Fuera de la casa, las personas que lo habían estado esperando al llegar, aguardaban con un cotilleo insistente que se silenció abruptamente al ver salir al cura agarrado del hombro de Ismael y con la otra mano en la herida cubierta de sangre “¡Ay pero por Dios Padre, ¿qué le pasó?” mientras el doctor abría paso “Por favor señoras, déjenos pasar. Este no es momento para aclarar sus dudas” Benigno no decía nada, estaba demasiado consternado, incluso, para regañar la insana curiosidad de los pueblerinos.


León Faras. 

viernes, 3 de marzo de 2017

La Prisionera y la Reina. Capítulo cuatro.

VI.

Baros no tenía ninguna intención de negociar nada con los Salvajes, para él, la maldición era falsa y la mujer maldita, seguramente muerta, además, tampoco era que fueras a vivir tanto en el mundo así como estaba, por lo que no se preocuparía más por la supuesta maldición. Ahora tenía una oportunidad, había sido liberado por Rávaro y no pensaba regresar, ni recibir más órdenes de ese desquiciado ni de ningún otro. Estaba desarmado y custodiado por cuatro soldados de Rávaro, pero había decidido huir y enfrentar lo que fuera necesario enfrentar para conseguirlo. Por lo que decidió aprovechar el bosque que cruzaban, espoloneó brusco y de improviso su caballo y corrió a todo lo que daba el animal, internándose entre los árboles hasta perder a sus custodios. Lo que no esperaba, era que los soldados que le acompañaban, ni siquiera se molestaron en perseguirlo, solo se detuvieron y lo observaron confundidos, como quien ve a un desconocido corriendo desnudo por la calle. Ellos tampoco pensaban regresar al castillo de Rávaro, ni menos entregarle el pequeño tesoro que llevaban a los Salvajes de la ciudad vertical, sino repartírselo y largarse lejos, y si Baros les ponía alguna objeción, lo matarían, pero la huida de este simplemente no estaba en sus planes, aunque tampoco los afectaba demasiado. Los cuatro soldados, luego de un par de minutos, continuaron su camino, llevaban provisiones, estaban armados y tenían el oro, solo debían buscar un lugar donde pasar la noche y continuar al día siguiente. Esos bosques húmedos no eran para nada seguros.

Idalia contemplaba la ciudad Antigua cada vez más atónita, a medida que la barca se acercaba y entraba en ella. Los arcos y pilares que la recibían eran gigantescos; las torres que sobresalían, imponentes y hermosas; las numerosas escaleras y sus muchos puentes, elegantes y llamativos; las viviendas, uniformes y estilizadas; inclusive los muros y caminos eran perfectamente planos y angulares como Idalia no había visto nunca, pues nada parecía estar hecho de piezas o bloques de piedra o de cualquier otro material natural conocido, sino que la ciudad entera era una gran escultura hecha de un solo material, único y omnipresente, que Idalia no podría nunca identificar. La oscuridad era completa, pero toda la ciudad estaba iluminada por una multitud de faroles repartidos por todas partes, que brindaban una luz cálida y pacífica, además de un paisaje sobrecogedoramente hermoso. En un extremo, podía verse la silueta de lo que parecía ser un árbol, parecía ser, porque era extraordinariamente grande para serlo. La barca se orilló en un muelle al que Driana subió de un salto, y ayudó a subir a Idalia quien seguía totalmente maravillada, lo que para la muchacha era extraño, pues todos sabían que del otro lado del foso, la ciudad Antigua debía permanecer viva, libre y seguramente, más hermosa aun, y que la mujer debería haberla contemplado en todo su esplendor antes de llegar allí o tal vez, hasta había vivido en ella, sin embargo, cuando Idalia le dijo que del otro lado solo había visto ruinas consumidas por la selva, la muchacha se mostró perturbada, pero pronto Driana se compuso, tenían algo mucho más acuciante de qué preocuparse, estaban en permanente oscuridad, pero la noche, la oscuridad total, se acercaba y debían refugiarse pronto. Ambas mujeres echaron a correr, la ciudad se veía desierta salvo por algunas siluetas estáticas que a Idalia le pareció ver, como estatuas, similares tal vez, a la criatura que había visto sobre el muro y en el puente antes de caer al foso, sin embargo, nada se movía, y el silencio era inquietante. Se metieron por un callejón y luego bajaron por una escalera, larga y angosta. Driana corría sin parar echando un vistazo de vez en cuando a Idalia que la seguía sin saber a dónde iba. Una vez abajo, la ciudad perdía su elegancia y belleza, el agua corría por una especie de acueducto subterráneo, sucio y frío, iluminado escasamente por antorchas distantes e improvisadas. Idalia no podía imaginar qué clase de lugar era ese, pues no había ciudad en el mundo que ella conociera que tuviera cloacas así. Cruzaron el canal que corría, por encima de un tablón a modo de puente y se introdujeron por otro túnel, más pequeño, largo y completamente oscuro. Idalia continuaba siguiendo el sonido que hacían los pasos de Driana al golpear contra el agua y esta no paraba de hablarle para comprobar si seguía tras ella y para que no se le despegara. El túnel desembocó en una gran cámara rectangular en la que convergían varios túneles similares y la que estaba completamente destruida en un extremo, toda el agua que llegaba allí caía varios metros abajo en un enorme socavón. Idalia no pudo evitar echar un vistazo, pues toda esa gigantesca cavidad, estaba iluminada como por la luz del día.

La noche entró como una bruma desde la selva, como un vapor negro y denso que se tragó todo rastro de luminosidad en la ciudad Antigua. Corría por el suelo como un manto de fina seda, adhiriéndose a las paredes y subiendo por ellas, sofocando todos los faroles, escurriendo por las escaleras, escalando las torres e inundando las cloacas hasta cubrirlo todo con un grueso manto de impenetrable oscuridad, todo menos el socavón, pues allí la bruma llegaba debilitada, desprendiéndose por los túneles como una tela que se desintegra con el inexorable paso del tiempo y desapareciendo antes de tocar el suelo, totalmente derrotada por la luz que iluminaba el lugar.


Baros se internó en el bosque a todo lo que daba su caballo, cuando echó un vistazo atrás y vio que nadie lo seguía, se detuvo cabreado. Esperaba que lo siguieran, escabullirse, lograr separar a uno, emboscarlo, conseguir una espada, coger algo del oro, pero irse así sin nada, no estaba para nada en sus planes. De pronto notó algo en el aire y se preocupó, un hedor esparcido y persistente, miró en todas direcciones pero no se veía ni oía nada, sin embargo, sabía que debía salir de ahí lo antes posible, estaba en territorio de los Grelos, su nauseabundo olor era inconfundible y el ocaso era su hora favorita para salir de cacería. Entonces surgieron los aullidos, agudos y estridentes, aunque lejanos, seguramente los soldados de Rávaro que le acompañaban estaban siendo atacados, pensó en ayudarlos, aliarse con ellos para salir de ahí pero inmediatamente se dijo que aquello era una estupidez, ni siquiera tenía una espada para defenderse él, de ninguna manera podría enfrentar a una banda de Grelos. El galope de un caballo, se acercaba a la velocidad del miedo a morir, Baros desmontó y se movió sigiloso entre los árboles, uno de los hombres seguramente intentaba huir, pero no era así, solo era el animal sin su jinete, Baros pensó que aun podía llevar oro en las alforjas, su entusiasmo no duró nada, los aullidos le sonaron encima, tan cerca que su propio caballo echó a correr espantado, mientras el otro caía con cuatro flechas clavadas en el cuello. Los Grelos podían ser muy poco inteligentes, feísimos y oler horrible, pero tenían una habilidad con las flechas realmente exquisita. Baros se quedó petrificado tras un árbol, los Grelos chillaron tan cerca que se le heló la sangre, pero luego pasaron por encima de él cabalgando sobre sus ranas tras la alocada carrera de su caballo, dos se quedaron ahí, y bajaron hasta el suelo, donde estaba el cuerpo del caballo muerto. Solo una cosa podía gustarles más a los Grelos que la carne cruda: El oro. No sabían para qué servía ni cómo usarlo, pero su color y brillo les encantaba, los embobaba con el amor más fuerte. Los dos Grelos tomaron el oro con ternura, sonriendo complacidos, luego olfatearon el aire con suspicacia, montaron en sus ranas y se fueron. Baros buscó el camino para salir del bosque, y lo siguió durante toda la noche, no quiso buscar supervivientes entre los soldados de Rávaro atacados por los Grelos ni tampoco perder el tiempo buscando si estos habían dejado algo del oro tirado por ahí, estaba con vida y eso debía bastar por el momento. Cuando por fin llegó al río, se dejó caer sediento a beber agua, y luego se tendió de espaldas a descansar, no se movió hasta que sintió unos pasos sobre el agua poco caudalosa. No lo podía creer, era el caballo de uno de los hombres que venía con él, también calmaba la sed en el río, ensillado y con sus alforjas intactas, una con provisiones, carne seca, queso, pan de cebada y una increíble y maravillosa botella de vino. La otra alforja tenía una porción del oro, no demasiado pero suficiente, su felicidad estaba completa.


León Faras.