domingo, 12 de agosto de 2018

La Hacedora de vida.


7.

Fue menos difícil de lo que esperaban sacar a Nora del juego y poner a Dixi, bastaba con verificar que no fuera familiar o vecino de ningún otro jugador, lo difícil fue hacer entender al idiota que hacía las inscripciones, que ser ciega no era impedimento para poder jugar y jugar bien a su juego, Dixi era especialmente sensible a aquellos comentarios de personas que creían que por ser ciega era menos capaz que cualquier otro, de hecho la enervaba: “¡Soy ciega, sabe? ¡No tonta! puedo jugar a su estúpido juego, tan bien como cualquiera, ¡Mire!...” le gritó, enseñándole las manos y moviéndole los dedos en la cara “¡Sólo necesito esto, no voy a mover las fichas con los ojos!” “¡Oiga!...” intervino Nora, “No hay ninguna regla que lo prohíba” El hombre se mantenía pétreo y serio, como un oficial que está siendo regañado por un superior, “A nosotros lo que nos preocupa, es el espectáculo” Ese fue un comentario estúpido, Nora tuvo que sujetar a Dixi por la cintura para que no se subiera al escritorio del hombre “¡¿Espectáculo?! ¡Yo te daré espectáculo, les daré más espectáculo del que se imaginan!” Al final, el mismísimo Remo Taro se acercó para decirle al hombre que dejara jugar a Dixi, pues ese tipo de temperamento era el que le encantaba a él y a su audiencia, “¿No tiene ningún problema en enfrentarse a Babú Ragas, verdad?” preguntó Taro, Dixi, aun excitada, no tenía ni idea de quién era ese Babú, pero poco y nada le importaba en ese momento, parecía un boxeador retando al campeón para una pelea “No me importa contra quien juegue, yo sólo quiero jugar. Puedo ganarle a quien sea…”

Para ser alguien que no tenía ni un poquito de interés en participar del juego de Orión, y que en realidad, la idea le repugnaba, Dixi se había partido el alma para que se lo permitieran, ni ella misma se lo podía creer, sobre todo sabiendo que, en realidad, ella no podía jugar al juego, no podía porque ni su Audio-visor, ni ningún otro, ni siquiera el Audio-visor 5000 podían diferenciar colores, detalle del que nadie parecía capaz de darse cuenta, a menos que fuese otro ciego. Ella podía hacerse una idea clara de la distribución de las fichas sobre el tablero, pero le resultaba imposible saber cuál era blanca o cual era azul, sin embargo, Dixi respiraba entusiasmada y orgullosa, bien valdría la pena hacer trampa para ganar ese tonto juego, y demostrarle a todos esos palurdos lo que una ciega era capaz de hacer y de paso, conseguir ese maravilloso Audio-visor 5000.

Cuando regresaron, se encontraron con el bueno de Yen Zardo que cargaba con unos tubos de hierro al hombro, juntos llegaron hasta el apartamento de Reni Rochi, donde ambos trabajaban en una especie de silla de ruedas para poder mover a Boris con algo de libertad. Nora nunca había entrado allí, el chico nunca invitaba a nadie más que a su amigo Yen, pero esta vez, sólo entró, junto con su hermana y siguiendo a Yen Zardo, quien, incómodo, se le hacía un nudo terrible girar con los fierros en el estrecho pasillo, abrir la puerta y al fin meterlos. Había una especie de morbo injustificado pero inevitable, Nora siempre imaginó que en el departamento de Rochi se encontraría con algo asqueroso que seguramente prefería no saber, pero lo que encontró, la dejó pasmada. Dixi tardó un poco más en darse cuenta, pero cuando lo hizo, también reaccionó igual: El chico era un artista. Un artista, en un mundo en el que cualquier cosa que no cumpliera una función práctica o que gastara materiales simplemente en fines decorativos, o sea, arte, era considerado inútil, una tontería pasada de moda y un completo despilfarro que nadie estaría dispuesto a justificar ni mucho menos a remunerar. Era mal visto socialmente, y eso hacía que Rochi mantuviera su afición en privado. La casa estaba llena de esculturas de distintos tamaños hechas con una enorme variedad de desechos de fierro: tuercas, tornillos, cadenas, engranajes y cuanto se pueda imaginar. Lo primero que se podía ver, era un ave zancuda, similar a una garza con su cuello enchuecado como una “S”, un pico largo y peligrosamente aguzado apuntando de soslayo al visitante y sus plumas peinadas hacia atrás como espadas recortadas en ángulos afilados, violentas. Un ave que si aún existía, había abandonado ese lugar hacía mucho tiempo. Sobre una mesa, se podían ver una serie de figuras humanas que bien podían ser robots o bien podían ser pequeños hombres de metal, a Dixi le llamó la atención particularmente uno que corría, no era muy detallado, pero la forma que “veía” con su Audio-visor, más las sensaciones al sutil roce de sus dedos, le daban la idea de que parecía moverse al límite de sus capacidades, al borde de su velocidad, como si realmente estuviera a punto de romper su cáscara de metal y salir corriendo. Nora observaba de cerca un pescado pegado a la muralla, un animal que hace tiempo nadie veía en vivo tampoco, le pareció una criatura rara, fea, justificadamente extinta, cuya existencia real era difícil de imaginar, aunque la hubiese visto en la televisión, “¿Qué piensas hacer con todo esto?” preguntó la chica a su amigo, quien, al estar trabajando en la silla para Boris, recién se quitaba la gafas de soldar y se incorporaba para darse cuenta de la invasión a su hogar. “¡Es lo que le he dicho yo! Ya sabes cómo son las autoridades cuando descubren que alguien acumula basura en lugares no habilitados” exclamó Zardo, con la petulancia propia del que está seguro de tener la razón de su parte. Dixi estaba fascinada, mientras examinaba de cerca, lo que para ella, era una criatura extraña: un toro, con sus patas rígidas y apuntando sus cuernos hacía el frente, “No creo que sean basura, no pueden ser basura. No creo que hayan muchas personas capaces de hacer esto…” “Bueno, una cosa es la capacidad y otra cosa es el valor de esa capacidad…” explicó Nora encogiéndose de hombros, “¡Míralas!...” agregó Zardo “…sólo están ahí, sin cumplir ninguna función, sin servirles a nadie para nada. Como un zapato roto o un vehículo descompuesto: o lo reparas o lo reciclas, pero no lo dejas ahí” Dixi sabía que tenían razón, hasta Reni Rochi sabía que no servían para nada más que para su placer al verlos tomar forma, pero la chica podía sentir la sensibilidad necesaria para reproducir, no sólo una forma, sino también una actividad, una emoción, un pequeño instante del tiempo congelado en hierro, y eso era algo que sin duda, no cualquiera podía hacer, “A mí me gustan…” concluyó. Nadie le podía rebatir eso.

Yen Zardo miró la silla, tosca y pesada, de hecho, parecía pesar más que el mismo robot que debía transportar, Reni le aclaró que precisamente por el peso de Boris, debía ser resistente, pero que le pondría un accesorio que multiplicara la fuerza, “…no te preocupes, será como tirar del coche de un niño” Yen asintió sonriente, luego de pronto se puso serio, sacó una pequeña caja del bolsillo “A propósito, traje lo que me encargó Boris”

Para Dixi fue una sorpresa. Cuando el robot le dijo que solo necesitaría unas simples modificaciones para poder comunicarse con su Audio-visor, no pensó que esas modificaciones, eran para el propio Boris. Yen Zardo  le puso una cajita adherida a la nuca con una pequeña antena, soldó unos cables dentro de la cajita, otros en la cabeza de Boris, le puso una pequeña fuente de poder, la de Boris era inexistente, y listo. Nora traía un enorme bol con hojuelas crocantes de colores y se sentó junto a su hermana, “¿Qué cosa le has puesto en la cabeza?” preguntó, Yen Zardo le daba los últimos aprietes a unos diminutos tornillos, “Sólo es un emisor-receptor de señal. Un conector inalámbrico” “Ah…” respondió la chica, y agregó “… ¿Y para qué sirve?” No alcanzó a responderle, cuando su hermana se llevó las manos a los oídos, por unos segundos, el Audio-visor de Dixi se volvió loco, emitiendo sonidos muy cortos y rápidos, como el teclado de un computador, luego el silencio, “¿Qué ha sucedido?” Preguntó la muchacha, “Ya entré…” respondió el robot, Dixi miró a su izquierda, Boris giró su cabeza a la izquierda. La chica miró a su derecha, el robot miró a la derecha, “No noto absolutamente nada especial” Dijo la muchacha volviendo la vista al frente, “Nora, ¿Cuál es tu color de hojuelas favorito?” preguntó Boris, Nora se encogió de hombros, con el ceño apretado y mirando el bol sin saber qué responder, definitivamente, no tenía ningún color de hojuelas favorito, “Rojo…” respondió sin ánimo, por decir algo, Dixi, metió su mano al bol, al principio, todas las hojuelas sonaron como si fueran una olla llena de grillos, luego sólo las que estaban cerca de su mano, tomó una, la hojuela le indicó con un pitido que se movía en la dirección dónde debía ir, y en el lugar exacto donde debía quedar, luego lo mismo con las otras, Nora la miraba con la boca abierta, Yen Zardo masticaba una hojuela, “¿Qué madres estoy haciendo?” preguntó Dixi sin perder la concentración en su trabajo, Nora miró el montón de hojuelas frente a ella, eran todas rojas, luego observó los otros montones, no había ningún error, “Las estás separando por colores… ¿Cómo lo haces?” “No lo sé…” dijo Dixi, “…cada hojuela sabe dónde tiene que ir” Lo cierto era que el Audio-visor tenía una pequeña cámara que informaba al resto del aparato, qué había en la dirección en la que el usuario observaba. Literalmente, Boris estaba mirando a través de esa cámara.



León Faras.

domingo, 5 de agosto de 2018

La Hacedora de vida.


6.

“¡De qué madres está hablando Boris?, ¡Cómo que has sido aceptada en el juego de Orión?” Exclamó Dixi, escandalizada, “¡Ese juego es asqueroso! no necesitas verlo para saberlo. ¿Cómo es que te has inscrito?” “Genial…” exclamó Zardo con la sonrisa más encantadoramente estúpida del mundo, a su lado, Rochi también sonreía embobado, Nora acababa de convertirse en la heroína personal de ambos. Ésta esquivaba la inexistente mirada de su hermana, a veces daba la impresión de que, de alguna manera, podía verla, sobre todo cuando la regañaba. No era su idea que todo el mundo se enterara, al menos no de esa manera, “Pues sí, sabes que en ese juego se puede ganar mucho dinero y no tienes nada que perder, además de un par de días de tu vida…” “¡Ja! y la dignidad…” dijo Dixi como reprendiendo a un niño inconsciente de sus actos, “O la vida…” agregó Zardo con un extraño brillo de emoción en los ojos, “…la muerte se considera una forma de abandono y el que abandona, pierde el juego” Rochi complementó la información aun sabiendo que nadie estaba realmente interesado en los detalles, “Un tipo murió luego de resistir tres días sin ir al baño” Nora lo miró como a algo con la extraña mezcla de lamentable pero asqueroso, “Bueno…” disipó la imagen mental con una suave sacudida de su cabeza “…envié una solicitud, me pareció una buena idea en ese momento, pero la había olvidado, creí que sencillamente me habían rechazado. Nunca me enviaron una respuesta con un…” Nora miró a su hermana, de verdad a veces parecía que podía ver, que asustaba, Dixi dirigió los ojos hacia Boris y completó la oración “…un robot mensajero” Eso era lo que Boris le venía a decir cuando fue electrocutado.

El juego de Orión era un juego de fichas que casi nadie, nunca, ganaba por fichas, era mucho más probable perderlo por abandono: tenías un tablero de quince cuadrados por lado, dos jugadores y un surtidor de fichas infinitas (originalmente se juega con una cantidad determinada de fichas, el juego se termina cuando las fichas se acaban y las que quedan en el tablero no son más que una por color). Las fichas venían en cinco colores diferentes: blanca, amarilla, roja, verde y azul, más un comodín, una única ficha de color negro; y eran arrojadas de una en una por el dispensador en orden aleatorio, como esos dispensadores de caramelos de colores y debían formarse grupitos de tres juntas del mismo color o de dos más la ficha negra (de ahí el nombre del juego, por el cinturón de Orión) para poder retirarlas del tablero, esto, evitando “trabajar” para el contrincante a toda costa. El juego terminaba cuando sólo quedaba la ficha negra y ganaba el jugador con más fichas retiradas, cosa que casi nunca sucedía, pues las fichas nunca se acababan y el tablero nunca quedaba vacío. Los juegos podían durar días, de hecho, lo más común era que así fuera, pues el premio se duplicaba de un día para otro. El truco, y lo que hacía tan popular al juego, para el público, era que los participantes no lo podían abandonar hasta ganarlo, ni siquiera para dormir o para ir al baño, aunque, había una pequeña cláusula que decía que, luego de veinticuatro horas, los jugadores podían dar la partida por terminada, si ambos estaban de acuerdo en darle la mitad del premio a alguien del público presente. No a un familiar, ni alguien necesitado ni a alguna institución de caridad, no, debían ponerse de acuerdo y elegir a un completo desconocido presente en el lugar en ese momento, que había bebido cerveza (en realidad, un sucedáneo aceptable), dormido e ido al baño con total libertad en las últimas horas, mientras ellos, que habían llevado el cuerpo al límite de la resistencia (comer o beber lo que fuera, no estaba prohibido, pero debían soportarse las temidas consecuencias) debían repartirse la otra mitad, cosa que estaba muy lejos de la naturaleza humana, pues si un solo individuo, ya era difícil que lo hiciera, que dos estuvieran de acuerdo cuando había tanto dinero de por medio, eso, ya era otra cosa. El juego comenzaba cuando el célebre anfitrión del evento, Remo Taro, ponía la “carta blanca” en medio del tablero, la cual en realidad era la ficha de color negro, pero que llevaba ese nombre de cuando no se usaban colores sino símbolos, y la carta blanca no llevaba ninguno.

“Escucha…” exclamó Yen Zardo sobándose las manos, “…puedes ganar ese juego. Conozco un remedio que te dejará cinco días sin ir al baño. Garantizado” Nora alejó el rostro como si de pronto las palabras de Yen olieran muy mal. Dixi también sintió lo mismo “¿Pero no acaban de decir que un pobre tipo murió después de sólo tres días de aguantarse?”, “Pues ese tipo no conocía nuestro remedio…” respondió Zardo confiado, y agregó “…mi abuelo era recolector de larvas de mosca rosa…” Dixi meneó la cabeza sin entender “¿Y?...” Yen continuó “…pues que cuando esas larvas aparecen, son millones, pero sólo duran unos pocos días antes de convertirse en moscas y perder su valor. Mi abuelo usaba ese remedio para trabajar recolectándolas… ya sabes… sin interrupciones.  Está garantizado, ya te lo dije” a su lado, Rochi asentía con una sonrisa de Miss Universo y con un vehemente movimiento de cejas que no convencía a quien, a fin de cuentas, debía tomarse ese remedio: Nora. Dixi estaba a punto de prohibirle, como su hermana menor que era, que ni siquiera se atreviera a probar ese remedio, cuando Boris habló: “Ese juego es una farsa…” Todos le quedaron mirando como si se tratara de un tarado dándole solución a un complicado problema matemático. Boris no despegó la vista del televisor, “Las fichas que caen dentro del contenedor, no son las que luego salen de él. No son el mismo número, el surtidor las cambia antes de arrojarlas” Rochi lo miró enojado, como sintiéndose engañado “¿Y cómo demonios sabes tú eso?”, Boris volteó su rostro inexpresivo hacia él “Las he contado…” y luego añadió “…llevo treintaiocho horas continuas viendo ese programa y sé lo que hará la computadora del surtidor, según el movimiento de los jugadores, antes de que lo haga, en un 98% de las veces” Zardo le creyó en el acto, y no sólo eso, se puso tan serio como nunca, jamás en su vida lo había hecho, “¿Y sabes cómo ganar?” Boris le echo un vistazo a Yen, y luego volvió la vista al televisor, “Por supuesto, descifrando el algoritmo que usa el surtidor, puedes predecir sus movimientos y por ende, ganar el juego…” Boris volvió a dirigirle la mirada a Zardo, como si se tratara de un profesor de matemáticas dirigiéndose a un alumno que no puede entender la solución de un problema básico, “Si se tratara de un juego basado en el azar, no se podrían prever, pero en tal caso, el juego no sería forzado a durar tanto” Nora se acercó al robot, lo tomó por la mandíbula y le volteó la cabeza hacia ella, “¿En cuánto tiempo puedes ganarlo?” Boris apagó y encendió las luces de sus ojos rápidamente, lo que equivaldría a pestañar varias veces cuando algo te pilla por sorpresa, “Dependiendo del rival, he calculado entre doce y treintaidós horas” Nora miró a los demás, asintiendo y sonriendo, Zardo puso cara de desilusión, “Oigan ya sé lo que están pensando, pero, jamás dejarán jugar a un robot…” dijo, apuntando con la palma de la mano a Boris, como si estuviera señalando un florero roto o un agujero en la pared, Nora todavía sujetaba la mandíbula de Boris, “Él no va a jugar, bobo, ¡Yo voy a jugar! Sólo necesitamos que él vea el juego por televisión y me diga qué tengo que hacer para ganar” Rochi se rascaba los pelos que se dejaba crecer en el mentón, “Seguro que podemos armar unos comunicadores, pero necesitaremos de al menos una antena para cubrir la distancia y un medio para que nadie note que llevas un comunicador” Nora se quedó expectante, Boris giró toda su cabeza hacia Dixi, ésta percibió en la piel que en ese momento, todos la estaban mirando, “¿Qué? ¡QUÉ!” dijo la chica, sintiéndose repentinamente acorralada. El robot habló “El Audio-visor de Dixi es perfecto, con una pequeña modificación podemos usarlo para comunicarnos. No hay ninguna regla que prohíba la participación de ciegos en el juego” “Eso es cierto…” comentó Zardo con los ojos muy abiertos. Dixi sonrió incrédula, como si le estuvieran jugando una broma, pero pronto se dio cuenta de que no era ninguna broma, “¡Olvídalo! Esta fue tu idea Nora, yo no tengo nada que ver y no les prestaré mi Audio-visor para que lo estropeen…” “No tienes que prestarlo, lo puedes usar tú misma” comentó Zardo conciliador, como si el comentario sirviera de algo. Dixi apuntó a todos con el dedo, amenazante, como si tuviera un grande y afilado cuchillo en la mano, “Si creen que yo voy a participar de ese tonto y asqueroso juego, están muy equivocados…” Nora la tomó por los hombros entusiasmada, “¡Puedes ganar! ¡Vas a ganar! ¡Y luego podrás comprarte otro Audio-visor, uno nuevo, uno mejor!” “Dicen en la televisión que con el Audio-visor 5000 puedes percibir el vuelo de una pluma a medio kilómetro de distancia y detectar con facilidad un alfiler dentro de un charco de barro… es lo que dicen en la televisión” comentó Boris conspirativo. Dixi sabía que el Audio-visor 5000 era lo mejor y más espectacular que la tecnología y el mercado podían ofrecer y también sabía que estaba y seguiría estando por mucho tiempo fuera de su alcance y también sabía que ese Audio-visor 5000 bien valía uno o dos días en ese espectáculo morboso y repugnante. Finalmente accedió, pero… “Les juro por mi madre que si tengo que pasar por todo esto y al final no consigo mi Audio-visor 5000, los voy a odiar tanto, tanto que…” No se le daba bien amenazar, pero había quedado bastante claro, incluso para Boris, que si no ganaban, iba a estar muy, pero que muy enfadada.



León Faras.

sábado, 28 de julio de 2018

Del otro lado.


XXX.


Un nuevo día y Laura volvía a despertar en su cama, se preguntaba hasta cuando seguiría sucediendo eso, o si alguna vez, si su familia se mudaba o su habitación era usada por otra persona, despertaría una mañana viviendo con otra gente o hasta durmiendo al lado de algún desconocido. O más de uno. No es que aquello fuera la cosa más terrible del mundo, pero sin duda resultaría incómodo. Sin embargo, el espejo de su habitación le “actualizaba la realidad” con un simple vistazo, en el que podía ver que sus cosas seguían allí, ordenadas, su cama perfectamente estirada y sin arrugas, y un cuadro con su foto, de pie sobre su cómoda, que no había visto cuando despertó, porque no estaba “actualizado” Se acercó a su cómoda para verlo de cerca, ¡Dios! era el típico retrato de una muerta, ese que en todas las casas hay: grande, con una imagen en blanco y negro de una persona con el aspecto propio de otra época, pero en el que uno nunca espera verse a sí mismo. Reconocía esa foto, era una imagen en la que aparecían las tres, junto a su madre y su hermana en un día de playa, pero su cara había sido recortada del resto, ampliada y enmarcada y el resultado no estaba tan mal, le gustaba como se veía, la luz natural la favorecía y el viento había dejado impreso un bonito efecto con su pelo, supuso que de haber tenido que elegir ella, también hubiese elegido esa foto, sin embargo, nada de eso quitaba que aquella, fuera una foto de muerto.

Escogió algo de ropa y se vistió. Sabía que su ropa permanecía doblada y guardada en el closet de su habitación y que en realidad la ropa que ella se ponía, y el pequeño desorden que dejaba en el proceso, sólo existían para ella, en su mundo, en su “lado” del mundo, por lo que, en la mayoría de los casos, no interfería con la realidad sólida y racional de los vivos, generalmente. Al otro lado del espejo, su cuarto seguía siendo el inmaculado cuarto de una muerta, bastaba sólo echar un vistazo para comprobarlo, pero no lo haría, era mejor, por esta vez, quedarse con su propia versión de la realidad. Además que, del otro lado del espejo también estaba la Sombra. Paseó por la calle y se adentró en la ciudad solitaria, como la última superviviente de la humanidad, aunque sólo era una muerta más. Las tiendas abiertas, los almacenes colmados de abarrotes, los supermercados con sus estacionamientos repletos de vehículos muertos también, las vitrinas iluminadas por el sol, reflejaban la vida ajetreada de los habitantes del escaparate. Laura los miraba desde lejos, desde el medio de la calle, dónde su nuevo y espantoso compañero no la podía asustar. Fue en uno de esos escaparates donde vio el edificio nuevo: una pared inmensa al fondo de la calle toda cubierta de espejos que reflejaban el cielo azul, en ese momento era azul. Laura caminó hacia él, no lo había visto antes, era una novedad y las novedades eran increíblemente apreciadas y valiosas en la rutina de alguien que moría antes de tiempo. La mitad del primer piso era un café y restaurante, moderno y sofisticado pero sin dejar de lado detalles clásicos y atractivos como el menú escrito con tiza sobre una pizarra y las sillas y mesas de madera, con diseño rústico y minimalista pero finamente acabadas, era un sitio bonito, pero la puerta era de vidrio y a esa hora, el sol la había convertido en un espejo de cuerpo completo que detuvo a Laura a varios metros antes de llegar, no veía a la Sombra, pero sabía que sólo era cuestión de esperarla un par de minutos para que apareciera, así que Laura no la esperó: se puso las manos a los costados de la cara, como las anteojeras que les ponen a los caballos, la vista en el suelo, su cabeza en posición de ariete y a paso decidido se lanzó contra la entrada. Una vez adentro, no supo cómo entró. Imagina esto: Una película muda. La chica entra al café, tras ella, un señor gordo que lleva de la correa a un insípido y diminuto perro, salen de la cafetería, las puertas de ésta responden a un sensor de movimiento para abrir y cerrase solas, en la calle, la gente pasea, los vehículos circulan, los vendedores ofrecen sus chucherías. La chica observa el lugar, está completamente vacío, sin embargo, en casi todas las mesas hay tazas de café, vasos de jugo, platos con pasteles a medio comer; un periódico por aquí, unos anteojos por allá. La chica se voltea hacía la calle, justo por detrás de ella, un camarero joven y alto, seguramente un universitario trabajando media jornada, pasa raudo con su bandeja de cafés sin hacer un solo ruido, la mujer detrás del mostrador ríe coqueta, también en completo silencio, mientras habla con un hombre galante que, lo mismo podría ser un cliente que un pretendiente o ambas cosas. En la calle, la chica no ve nada ni a nadie, sólo el vacío y el silencio de siempre. Decide explorar el resto del edificio, se voltea hacía dentro de nuevo, toda la vida y movimiento que sucedía en silencio a sus espaldas, desaparece de su rango de visión, da un par de pasos, pero se detiene de un saltito: en el suelo aparecen los restos de dos tazas de café estrelladas contra éste, con sus restos esparcidos por todas partes y el líquido caliente regado como en una explosión, cuya onda expansiva a movido incluso las mesas y las sillas cercanas. La chica rodea el desastre y sigue su camino, se pregunta si ella habrá sido responsable de ese accidente, a sus espaldas, el camarero recoge los restos de tazas del suelo, una compañera llega con un trapero, al hombre galante le ha saltado café caliente al pantalón pero se pasa la mano una y otra vez sin darle mayor importancia, aunque su sonrisa producida, ahora es forzada. La chica mira atrás, sólo puede ver que los trozos más grandes de tazas rotas, han desaparecido. Sonríe: tal vez sí tuvo ella algo que ver, tal vez, el mundo de los vivos no es del todo capaz de ignorarla.

Laura se adentra hasta encontrar el ascensor, piensa que es una buena idea comenzar por ahí, pero se equivoca. Luego de varios minutos de espera, el ascensor se abre, Laura ve las espaldas de una pareja que sale de él muy amorosa, caminando abrazados y riendo con complicidad, seguramente acaban de tener sexo, aunque no necesariamente dentro del ascensor, luego ve a un señor que entra, muy alto y de cabellos blancos, vestido formalmente y con un maletín en la mano, tiene el aspecto de ser un juez o tal vez un empresario, el cual tiene un buen negocio que heredarle a sus hijos. Laura los ve porque el interior del elevador está cubierto de espejos, una estrategia pensada para claustrofóbicos, pero no para muertos perseguidos por una sombra siniestra; se queda paralizada, el ascensor se cierra antes de que cualquier cosa extraña suceda pero, por si las moscas, Laura prefiere usar las escaleras. Comenzó a subirlas despacio, como quien entra a un sitio nuevo y desconocido, pero pronto la monotonía de las escaleras la obligó a acelerar el paso, llegando al final con un trote ágil y liviano que, por supuesto, no le hace ni una mella a su inexistente condición física. Todo termina en una pequeña puerta cerrada, que avisa con un cartel que no cualquier persona puede pasar. Era de metal y solamente se podía abrir con una llave, el pestillo estaba del otro lado, Laura la tocó, la empujó, intentó forzarla, pero no pudo hacer nada; iba a desistir, pero al cabo de dos pasos, se detuvo y se devolvió: esa era una puerta para detener a los vivos, no para ella, cuyo cuerpo reposaba lejos de allí, encerrado en una caja de madera metida dentro de otra caja sellada de hormigón. No había nada que la pudiera detener, salvo por sus sentidos, que le decían lo que veía y tocaba o creía tocar; y por su mente, que le indicaba que aquella era una puerta segura y resistente y además con el cartel del triángulo amarillo con un signo de exclamación dentro, que mostraba que no se podía pasar. Eso era todo, pura racionalidad. Cerró los ojos, se imaginó la puerta abierta (no sabía muy bien qué había del otro lado, así que solo la imaginó blanca y luminosa, como la salida de un túnel), respiró hondo (tampoco es que necesitara eso, pero, servía para concentrarse), y asegurándose a sí misma que era una muerta, que no podía chocar contra una puerta porque no tenía cuerpo material y que si chocaba, no le podía doler ni hacerle daño, se lanzó con su mente fija en la puerta abierta de su imaginación.

Se encontró en la azotea, un páramo llano de concreto rodeado por un pobre muro que apenas servía para sentarse sobre él. Poco más había que un par de antenas y alguno que otro extractor de aire; botellas de cerveza vacías y algunas colillas de cigarro. Caminó hasta la orilla, la vista de la ciudad era espectacular, aun así, sin nada de vida en ella, seguía siendo muy digna de ver, sin embargo, la vista en vertical hacía abajo no era nada agradable, más bien intimidante. Se paró sobre el pretil, cosa que jamás hubiese hecho de no estar del todo segura de que, literalmente, estaba muerta. Imaginó los vehículos transitando por la calle, la gente que en ese momento pasaba bajo ella, el viento, que seguramente se hacía sentir con fuerza a esa altura. Se paró en la orilla, no llevaba zapatos, no los necesitaba, se acercó al borde como un clavadista a punto de ejecutar un salto para el jurado. Cerró los ojos, ¿Qué pasaría si se dejaba caer?, ¿dolería? al menos no podría romperse ningún hueso porque sus huesos no estaba ahí con ella, aunque pareciera que sí, tampoco podía matarse, otra vez, ¿O sí? Al parecer la gravedad funcionaba también para muertos, o al menos ella, no había despertado flotando por su habitación hasta ahora, lo que significaba que podía caer. Ya no había dolor, ni hambre, ni frío ni calor, pero lo que no desaparecía era el miedo, miedo sí había. Los ojos cerrados, el silencio abrumador, la ausencia del aire, del frío en los pies, de la más mínima comezón, de todo. Laura se lanzó, pero no se dejó caer de cara al piso, eso era demasiado, incluso para una muerta, más bien dio un paso delante y se lanzó erguida. No sintió nada, ni siquiera la velocidad de la caída, ni una brisa de aire que le moviera el cabello, nada. Abrió los ojos lentamente, se sentía un poco como cuando dejaba su cuerpo flotando libremente en el mar, la ciudad ascendía lentamente ante ella, aunque en realidad, era ella la que descendía, lentamente, como con un paracaídas en un mundo sin vientos, como si apenas pesara medio milígramo más que el mismo aire, como si cayera en el espacio. No miró abajo hasta que casi la ciudad ya llegaba a su nivel, se posó como una pluma y se quedó largos segundos digiriendo lo que acababa de hacer, miró la altura desde la que había saltado, había sido genial, sin duda la experiencia más genial de su vida, era irónico que la hubiese vivido estando muerta.



León Faras.

jueves, 19 de julio de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XIII.

Cuando llegaron a buscar al doctor Cifuentes desde la prisión, sólo le dijeron que necesitaban sus servicios, pero no para qué, ni por qué. Cogió un maletín con sus cosas y, al ver que el padre Benigno aún conversaba con Berta Cruces, y que Úrsula estaba en buen estado y siendo atendida por Guillermina, le informó a esta última dónde estaría para que en caso de que le necesitaran, supieran donde encontrarlo. La mujer se mostró muy interesada con el comentario, tanto que se perdió algunos segundos en sus pensamientos hasta que el doctor tuvo que hablarle para saber si le había oído. Al final, Guillermina asintió pedante con la cabeza, como si ella nunca necesitara que le repitieran nada y el doctor pudo irse. Cuando llegó a la prisión, lo presentaron frente a un hombre que llenaba papeles sobre una mesa basta que hacía las veces de escritorio, su nombre era Aurelio, y en cierta forma, tenía un aire a centurión romano. Era un hombre maduro, pero robusto, de voz firme y autoritaria. Saludó al doctor y lo llevó personalmente a ver el cadáver de Rogelio, aquello fue una decepción para el médico, esperaba a alguien por quien pudiera hacer algo; miró a Aurelio, con una débil esperanza de que hubiera algo más, además de lo obvio, luego miró al muerto y después nuevamente a Aurelio, “Este hombre está muerto” Aseguró torpemente, como si nadie más pudiera haberse dado cuenta de eso. “Y para esto necesitábamos a un doctor” gruñó uno de los guardias presentes para hacerse el gracioso con sus colegas, con una frase gastada y nada original que, para empeorarla, su jefe ya había oído demasiadas veces antes. De inmediato Aurelio lo fulminó con la furia de su mirada, el poder absoluto de su dedo índice y su voz de dios griego: “¿Quieres rellenar los papeles y firmarlos con tu nombre, idiota? …¡Mmm! ¿No? ¡Pues entonces cierra el pico y busca algo útil que hacer o te juro por Dios que te pondré a ti solo a limpiar toda esta mierda, y con el culo!” El guardia cerró la boca y lo hizo con una expresión de seriedad forzada. No era para nada conveniente poner a prueba la veracidad de las amenazas de un hombre con el aspecto de un centurión romano y la voz de un dios griego. Luego, y después de respirar hondo y secarse con la mano la saliva de los labios y el mentón, Aurelio continuó dirigiéndose al doctor como si nada, como si su altercado con aquel subalterno hubiese sucedido dentro de un paréntesis temporal, fuera del espacio y tiempo presente, “Bueno, doctor, lo que necesitamos de usted, es que, como médico, pueda confirmar que este hombre se quitó la vida él mismo, y que no hay nadie más a quien se le pueda responsabilizar, ¿Me entiende?” El doctor había dejado su maletín en el suelo y se peinaba su ridículo bigotito con un par de dedos, nervioso, “¿Tiene alguna sospecha de que este hombre haya sido asesinado?” Aurelio sólo tiró hacia abajo la comisura de los labios y negó con la cabeza, abúlico. El doctor examinaba el cuerpo como un crítico de arte lo haría con una escultura “Bueno, creo que habrá que hacer algunos exámenes para confirmar que no hayan contusiones, marcas de ataduras o restos de sustancias tóxicas en la sangre o el estómago, para eliminar cualquier posible intervención de terceros” “No necesita exámenes doctor, claramente ese hombre se suicidó…” el doctor Cifuentes se volteó hacia atrás a mirar quien hablaba, la voz no era de Aurelio, sino de un preso: el doctor Horacio Ballesteros, “¿Cómo dice?” preguntó Cifuentes. Ballesteros continuó, “…observe los cortes en el brazo izquierdo: son firmes, rectos y regulares, mientras que los del derecho son torpes, débiles e irregulares. Eso es porque los primeros los hizo con una mano firme y en buen estado, mientras que los segundos fueron hechos por una mano dañada y menos hábil. Eso evidencia que nadie le ayudó. Además, puede observar que todos los cortes están dirigidos desde afuera, hacia dentro, lo que es muy difícil que suceda con la ayuda de una tercera persona” Cifuentes podía notar que Ballesteros tenía razón, y una muy buena vista como para haber visto todo eso desde su celda, pero aun así, le parecía una conclusión demasiado precipitada, “Para que haya suicidio, no sólo debe ser dada la muerte por la propia mano, señor, sino también por la propia voluntad. Yo no consideraría suicidio la muerte de un hombre que es obligado a quitarse la vida” “¿Obligado?” Ballesteros estaba realmente disfrutando de esa charla, “…Uh, eso está difícil de comprobar, doctor…” En ese momento, Aurelio intervino, cabreado, “Bien, doctor, ¿Podría dejar su debate académico para otro momento en el que todos tengamos más tiempo? Me urge sacar este saco de mierda de aquí lo antes posible, ¿sabe? ¡Apesta!” Cifuentes se sintió ofendido, pero fue incapaz de mirar a los ojos al centurión para reprochárselo “Es un hombre, por Dios…” Aurelio ya no diferenciaba bien entre el médico y cualquiera de los hombres a su mando “¡Era, un hombre! No sea remilgado, doctor, todos acabaremos en algún momento tirados apestando en algún charco de mierda, cuando el buen Dios decida que se nos acabaron las fichas para seguir jugando. Ahora no es más que un cadáver que se ha cagado encima, apesta, y apestará aun más conforme pase el tiempo y será más difícil y desagradable de limpiar y luego, en vez de disminuir la peste, crecerá, con el vómito de los pobres desgraciados que les toque comenzar la tarea…” hizo una pequeña pausa para mirar al guardia que regañó antes, y luego continuó, “…Este no es el primer muerto que tenemos por aquí. Ahora, doctor ¿podría usted hacer, lo que sea que tenga que hacer, para terminar con este desagradable trámite lo antes posible?” Cifuentes se sentía un poco avasallado por el guardia, tenía la torpe tendencia a tomarse las cosas que decían los demás, de forma demasiado personal, pero dispuesto a aferrarse a lo que le quedaba de valor y dignidad, “Bien. Sólo me gustaría llevarlo a un lugar donde pueda ser aseado y desnudado el cuerpo para asegurarme de que no hay intervención de terceras personas. Sólo tardaré una hora, o dos a lo sumo” Aurelio aceptó conforme. Antes de irse, Cifuentes oyó a Ballesteros que le decía: “Supe lo de la herida del padre Benigno. Espero que se esté recuperando.”

“¡¡Oh mierda! pero qué pedazo de aparato, el desgraciado!”

Exclamó con repelús en la cara, el joven guardia que había sido enviado para ayudar en su tarea al doctor Cifuentes, cuando éste terminó de quitarle la ropa al muerto con unas tijeras y dejó al descubierto los órganos sexuales del occiso. Los cuales cubrió con una pequeña toalla mientras le dirigía una mirada a su ayudante, como si se tratara de una criatura extremadamente rara, como descubrir a un pájaro usando pantalones y sombrero, “¿Estás seguro de querer quedarte aquí?” pregunto el doctor, más por su propia conveniencia que por la del muchacho, “Sí, sí. Prefiero mil veces estar aquí, que allá afuera limpiando la mierda que dejó el pobre Rogelio” El doctor Cifuentes ya podía deducir que el lenguaje de los guardias de prisión, era más o menos el mismo para todos, desde el más antiguo hasta el más joven, “¿Lo conocías?, ¿Sabes si tenía algún motivo para quitarse la vida?” El muchacho lo miró con una sonrisa idiota, como cuando uno descubre de antemano que lo que buscan es jugarle una broma. Tardó unos segundos en entender que el doctor no bromeaba, “Bueno, lo mismo que todos, o sea, casi nada. Que yo sepa, no tenía amigos aquí. A mí no me dirigió nunca la palabra. Si algo sucedía dentro de su cabeza, sólo él lo sabía…” dijo mirando el rostro del muerto muy de cerca, “¡Oh mierda! mire doctor, es como si hubiese llorado antes de… ya sabe, “Estirar la pata” ¿O es que los muertos también pueden llorar?” Cifuentes escudriñaba el cuerpo concienzudamente, la verdad, no quería que un remordimiento por hacer rápido y mal su trabajo, le arruinara las pocas horas de sueño que solía tener disponible, “Ciertas partes del cuerpo siguen con su trabajo aunque esté muerto. Pueden llorar, y varias cosas más. Aunque creo que es más probable que haya soltado esas lágrimas estando aún vivo” El muchacho se echó hacia atrás y se rascó detrás de la oreja “¿En serio? Para mí, no sé qué es más raro: que un muerto sea capaz de llorar o que el Rogelio Vargas que yo conocí, lo haya hecho”

Menos de una hora tardó al final el doctor en terminar su trabajo, y no encontró nada que sugiriera la intervención de un tercero. No había nada que justificara seguir escarbando en el asunto ni nadie interesado en que lo hiciera, por lo que al final aceptó el suicidio como lo más plausible y la pérdida masiva de sangre como la única causa de muerte. Se lavó las manos, firmó los papeles a Aurelio y se marchó.



León Faras.

domingo, 15 de julio de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XII.

Ismael, con el rostro tapado con un pañuelo, al mejor estilo de los asaltantes en las películas de vaqueros, pasaba el dedo una y otra vez por los bordes del muro de la habitación de Úrsula, donde estaba empotrada la cruz de madera, y no lograba entender cómo podía haber sucedido una cosa así. Al retirar el dedo, éste estaba negro, se lo miró con curiosidad, su hijo le señaló el cielo de la habitación, parecía el cielo del túnel, por el que todos los días de los últimos diez años, iba y venía la locomotora, es más, era como si hubiesen encerrado una locomotora dentro del cuarto de Úrsula y le hubiesen encendido las calderas con los fuegos del infierno: estaba completamente cubierto de hollín, “Esto está más tiznado que la sartén de unos cuatreros…” comentó el muchacho mientras cargaba un velador desvencijado. Ismael se tiró la punta del pañuelo para descubrirse el rostro, y poder sobajearse la cara, contrariado. Su hijo tal vez no lo había notado pero, no había rastros de fuego por ningún lado: ni en la ropa, ni en los muebles, ni en el suelo o el cielo que eran de madera, y ahora que lo pensaba, Úrsula tampoco había sufrido ninguna quemadura, sin embargo, había más hollín ahí, que en la chimenea de un buque. Del niño, ni rastros. Pensaron que luego de sacar y limpiar todo, encontrarían algo, con un poco de suerte, tal vez el cuerpo sin vida de aquella terrible criatura, pero nada, ni una luz y la incertidumbre, siempre es de lo peor. Sin embargo, algo positivo sucedió: los perros volvieron a entrar a la casa, incluso a la habitación de Úrsula, con la nariz pegada al suelo, interesadísimos en captar los desagradables olores que impregnaban las tablas del piso y parte de las paredes. Interesados, pero ya no asustados, eso, dentro de todo, era alentador.

Un grupo de hombres montados a caballo, pagados y acompañados por Ignacio Ballesteros, llegaron hasta la vieja y destartalada casucha en medio del huerto de olivos, allí, el joven Ignacio se emocionó, había rastros seguros de que alguien habitaba ese lugar: una vasija con algo de agua, un par de platos lavados y apilados, unas flores puestas en un vaso roto. Incluso el lecho, que parecía más el lecho de unos animales, evidenciaba que había sido acomodado por una persona para pernoctar allí. Los hombres, por otro lado, no le dieron mayor importancia: “…este lugar es usado por una chiquilla huérfana y un poco mal de la cabeza que, por lo general, habita por estos alrededores. Clara, creo que la llaman. Algunas personas le dan algo de ropa o alguna cosa para comer, pero ella prefiere vivir sola y salvaje como los animalitos. Como ya le dije, está un poco mal de la cabeza.” Ignacio miró al viejo que había hablado y se secó la frente con el pañuelo, “Hay que encontrar a esa niña, tal vez sabe algo, tal vez haya visto pasar a mi hermana o sabe hacia dónde se dirigía…” Uno de los hombres le echó un vistazo a sus compañeros y luego sonrió con complicidad, bajando la mirada y acariciando el cuello de su caballo. A Ignacio le pareció que se burlaba de él, “Si tiene algo que decirme, dígalo” el hombre mordía una astilla de madera. Se la quitó de la boca y escupió a un costado antes de hablar, “Escuche jefe, no se disguste, pero todos aquí sabemos que hablar con esa chiquilla, es como preguntarle por su señorita hermana, a los pájaros…” se dio varios golpecitos en la sien con la punta de su dedo medio, y continuó “…no está bien de la cabeza: habla con su perro y con los demás bichos y asegura que tiene una hermana que nadie más ve, ¿Entiende? No importa si la encontramos o no, ni tampoco lo que ella le diga. Le puede decir cualquier cosa y tenernos buscando fantasmas todo el día. Por mí, no hay problema, pero es su dinero, y seguro que quiere sacarle mejor provecho” Ignacio sorbió por la nariz sonoramente y carraspeó. Tomaba una decisión, “¿Tú qué propones?””Perros…” respondió el hombre y volvió a escupir en el suelo, luego agregó, “…puedo conseguir un par de buenos perros que sigan un rastro” “Eso nos retrasaría todavía más” alegó Ignacio impulsivamente. El hombre levantó las cejas y miró a otro lado tomando una bocanada de aire, en un gesto de tener paciencia con el testarudo, como cuando debes convencer a un borracho de que ha bebido más de lo que quiere pagar, “Mire, ¿Alguna vez ha intentado botar un árbol con una sierra mala o un hacha sin filo?” El hombre esperó dos segundos, pero no esperaba respuesta, era obvio que el doctor jamás había intentado hacer nada parecido a eso, luego continuó “…pues, puede romperse los brazos y trabajar todo un día, completo, pero para nada. Es lo que estamos haciendo, jefe. Sin un rastro, necesitará un ejército y varios días para cubrir todos los lugares posibles donde buscar. Puede estar en cualquier parte” Ignacio estaba acostumbrado a tener siempre la voz más autorizada para opinar y la razón más documentada para imponer su voluntad, pero en este caso, estaba claro que debía escuchar a los hombres que había contratado, “Bien, me parece bien, pero… los perros con los que he salido a cazar, conocen la presa que deben perseguir, como los perros de los guardias, recuerdan muy bien el olor de cada uno de los prisioneros que custodian ¿Cómo harán para que sus perros sepan a quién deben buscar?” El hombre sonrió ampliamente sin soltar la astilla de entre los dientes, estaba realmente orgulloso de sus perros, “Son perros muy inteligentes, jefe, sólo necesitan conocer el olor y no se detendrán hasta encontrar lo que buscan. Hable con las monjas, seguro que ellas guardan alguna prenda de vestir de su señorita hermana… y si es una prenda íntima, mejor…” Ignacio le echó la mano al revólver que cargaba al cinto, indignado, el hombre, en cambio, mostró las palmas de sus manos con inocencia y tranquilidad, y agregó “…no se ofenda, jefe, pero la ropa de afuera siempre está pasada a otros olores: al humo de las cocinas, a la grasa de las comidas, incluso a las plantas, flores o a otros animales. Yo sólo le digo que la ropa de adentro, es mejor para esto. Allá usted, si quiere o no” Ignacio se tragó la explicación, de mala gana, pero se la tragó, “Nos reuniremos en el convento” gritó, y azotó su caballo para que éste lo sacara de allí lo más rápido posible, luego de eso, el hombre miró a sus compañeros con una sonrisa maliciosa que pronto se convirtió en carcajadas generalizadas de burla.

Rogelio Vargas, era un guardia en la prisión con el que nadie se metía, más que todo, porque era un hombre extraño. Le faltaban dos dedos de su mano derecha, lo que lo hacía un poco inhábil con el uso de ciertas armas, pero que compensaba con una masa muscular difícil de desafiar y una brutalidad de carácter casi primitiva; hosco y silencioso, rara vez intercambiaba más de dos palabras con alguien, cualidad que se remarcaba cuando se emborrachaba: aunque la taberna estuviera abarrotada de gente, él bebía solo, huraño, como el perro que, rabioso, cuida su plato de comida aunque esté ya vacío y nadie esté interesado en quitárselo. Aquella mañana Rogelio amaneció muerto. Sentado en el suelo sobre un charco de su propia sangre ya reseca, exhibía ambos antebrazos cubiertos de profundos cortes, especialmente en las muñecas. El arma utilizada, era un bonito puñal que conservaba desde su juventud; yacía éste tirado en el piso junto a él, sobre la sangre, desprendido de sus dedos ya sin fuerzas, luego de perder demasiado fluido vital y de rebanarse varios tendones. Su rostro, de facciones toscas y severas, había quedado congelado en una expresión de inocencia animal, surcado por suaves marcas que bajaban de sus ojos y que, por extraño que pareciera, inequívocamente habían sido dejadas por lágrimas. Sus ojos permanecían abiertos, fijos en el último objetivo que tenían en frente antes de apagarse: la celda del doctor Horacio Ballesteros. Éste había dado la alarma a gritos al despertarse por la mañana. Él, al igual que el otro preso que estaba en una celda cercana, aseguró que había pasado la noche, como era natural, durmiendo, y que nada había visto ni oído hasta despertarse por la mañana, “…lamentablemente, ya era tarde para hacer algo por ese hombre” concluyó el doctor, su testimonio. Por otro lado, ya habían enviado a alguien en busca del médico del pueblo para que confirmara lo obvio: la muerte del sujeto y la causa. 


León Faras.

martes, 3 de julio de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XI.

Fue una noche larga y en vela en la casa del doctor Cifuentes, sólo el hijo de Ismael se devolvió a su casa, para acompañar y darle noticias a su madre, mientras el propio Ismael pasó toda la noche sentado en una silla a un lado de la cama de la habitación de servicio, donde habían cambiado a su hija para que reposara. El doctor, por su parte, se fue a su cuarto bien entrada la noche a dormir un par de horas tendido sobre su cama, vestido y atento para cualquier cosa que necesitara Ismael o su hija. El padre Benigno ya no se movió de su cama, pero más por prescripción médica que porque pudiera dormir: la discusión con Ignacio lo había dejado sumamente alterado y la idea de que Elena aún no aparecía, lo preocupaba demasiado, temía que le hubiese sucedido algo malo, y sería todo por su culpa, por su maldito temperamento que lo dominaba como a un animal rabioso. Cómo podía exigirles a sus feligreses que dominaran sus impulsos, si él mismo era incapaz de hacerlo. Las consecuencias con las que le amenazaba Ignacio, francamente no le importaban, hasta le encontraba toda la razón, pero sí le preocupaba el bienestar de la muchacha, si no había regresado al convento, entonces, dónde y con quién estaría. Y por otro lado estaba el niño, ese bebé que Úrsula había encontrado, y que desprendía un poder y una maldad que nunca antes había sentido, un poder que no era de este mundo. Lo hacía dudar de su cercanía con Dios, y eso era muy malo, si tenía que enfrentarlo. Con todas esas cosas en la cabeza, era difícil que alguien pudiera dormir a gusto. Por la mañana, todos lucían como si hubiesen pasado la noche a la intemperie y sobre un lecho de piedras de cantera: desaliñados, cansados y adoloridos. Ismael debía volver a su casa, debían, junto con su familia, limpiar el cuarto de Úrsula, poner a hervir la ropa de ésta y todo lo que había recomendado el doctor para evitar enfermedades e infecciones, por la tarde volvería para llevarse a su hija, si es que no sucedía nada extraordinario, el doctor se encargaría de mantenerla en observaciones durante el día, para asegurarse de que la muchacha pudiera volver a su casa sin problemas. Apenas Ismael salió por la puerta, llegó Guillermina con un canasto con el desayuno para el padre Benigno y para el médico, y de paso, enterarse de cualquier novedad que pudiera sonsacar en el acto, y debía admitirse que la mujer tenía un olfato refinado para las novedades: inmediatamente detectó la estantería fuera de lugar y con los vidrios de las puertas rotos; el instrumental amontonado en un sitio provisional y los trozos de cristal regados por todas partes. El sacerdote no le diría nada, ya se conocían hace bastante tiempo y siempre tenía que enterarse de las cosas por terceras personas o simplemente escuchando conversaciones ajenas, pero el doctor, seguramente que estaría más dispuesto a cooperar. Le llevó el desayuno al cura con un escueto y sobrio “buenos días, padre” lo cual, ya de por sí era sospechoso, pero el padre Benigno no estaba con ánimos de sospechar nada. Luego se lo llevó al doctor, quien por enésima vez revisaba los signos vitales de Úrsula, ésta había dormido ininterrumpidamente toda la noche y sin necesidad de volver a sedarla, lo que era muy positivo. Cuando el médico salió del dormitorio de su paciente, tenía su desayuno servido sobre la mesa y Guillermina barría la casa, en especial los vidrios regados por el suelo, y se quejaba en voz alta de las manchas que habían aparecido en el piso debido a los líquidos extraños derramados sobre éste, “…fue un accidente…” se justificó el doctor restregándose los ojos, cansado, por debajo de sus anteojos, “…no sé exactamente qué sucedió pero, fue como si el mueble hubiese chocado contra algo…” Guillermina detuvo la escoba, interesada, “¿Contra algo?, ¿Algo como qué?...” El doctor se quedó un rato mirando el infinito de su universo interior y luego meneó la cabeza, “No lo sé, de hecho, ninguno de nosotros estaba lo suficientemente cerca como para haber intervenido en algo”. Guillermina le echó un vistazo cargado de desconfianza al impasible mueble y luego al médico “¿Quiere decir que se movió solo?” preguntó acercándose mucho y hablando bajito, en tono confidencial, temerosa de no ser oída y reprendida por el cura. El médico se encogió de hombros, “No lo sé” y se quedó abstraído, buscando los secretos de la vida en su taza de café. En ese momento golpearon a la puerta, el doctor hizo el amague de levantarse, pero Guillermina no se lo permitió y se apresuró a abrir ella, como una madre que no quiere que su hijo salga a jugar con sus amigos hasta no terminar toda su comida. Pasaron varios minutos sin que la mujer diera noticias sobre quien había llegado, hasta al padre Benigno, quien se había levantado luego de desayunar provisto de un albornoz y un bastón, le pareció intrigante la intensa y prolongada charla que la mujer mantenía en la puerta con alguien que, claramente, no venía a visitarla a ella. Cuando por fin Guillermina entró, lo hizo seguida de una mujer mayor, aunque tal vez un poco más joven que ella, traía un bolso rústico, un chal sobre la cabeza y los hombros, un moño tanto o más apretado que el de la propia Guillermina, en el pelo y una vieja carta en la mano. Su nombre era Berta Cruces, y era la hermana de María, la mujer que durante años trabajó como ama de llaves del doctor Ballesteros. Guillermina, con una habilidad única, que bien le valdría a un detective cualquiera en un interrogatorio cualquiera, ya le había extraído toda la información que traía, y a cambio, y sin que Berta se lo pidiera, le había proporcionado los datos sobre los acontecimientos relevantes sucedidos en el pueblo en los últimos meses, aquello fue más evidente cuando Berta vio al sacerdote, y con toda humildad y buenas intenciones, le deseó una pronta recuperación de su herida en el costado, el padre Benigno sólo se contuvo porque Guillermina lo interrumpió diligentemente, “María se fue hace meses de aquí, pero nunca llegó a casa de su hermana, y ahora ella está preocupada. Somos media parientas, ¿sabe? uno de los tíos de la María estuvo casado con una sobrina de mi tía abuela”, el padre Benigno obvió aquello último, “¿Cómo que nunca llegó? pero si han pasado meses desde que se fue de aquí” Berta sólo negó con la cabeza, algo asustada, como si la estuviesen acusando de algo, a Guillermina eso la desesperaba un poco: la gente sosa que adormecía las situaciones interesantes. Le arrebató la carta de las manos y la enseñó con la autoridad de un abogado que presenta una prueba concluyente ante un tribunal, “Esta es la carta anunciando su viaje. La envió desde aquí mismito” y remató su intervención con una despectiva bofetada de revés sobre el papel, luego lo devolvió con la misma brusquedad con que lo tomó, Berta recibió la carta y se aferró a ella como si fuera el último madero flotando en medio del océano. Benigno estaba preocupado, pero su forma de ser, de por sí, era intimidante, “Y… ¿no has vuelto a recibir noticias de ella en todo este tiempo?; ¿Tienen algún otro pariente donde pueda haber ido?” Guillermina esperaba rígida, de brazos cruzados y mirando de soslayo. Aquello no se lo había preguntado. Berta sintió frío repentinamente, “Sólo mi hermano Santiago, pero él vive junto a mi casa, en los terrenos que nos dejaron nuestros padres. Pensé que estaría aquí, que tal vez estuviese trabajando en otra casa. A ella nunca le gustaron mucho las labores del campo” De pronto se escuchó una voz débil y lejana que dijo: “Está muerta…” el padre Benigno, sintió el tirón en la costura de su herida al voltearse tan bruscamente. La postura rígida y confiada de Guillermina, fue derribada por tal comentario inesperado y devastador; era imprescindible saber quién y por qué había dicho tal cosa. El doctor era el que estaba más cerca, “¿Qué has dicho muchacha?” preguntó con el rostro contraído e inmóvil. Úrsula estaba parada en la puerta de su cuarto, con un sencillo camisón blanco, sin mangas, que le colgaba fantasmal hasta las rodillas, y que le daba un innegable aspecto infantil; lucía inocente y desorientada, “Hambre… estoy muerta de hambre. ¿Dónde estoy?” Benigno no dijo nada, ya no estaba tan seguro de lo que había oído en primer lugar. Guillermina, en cambio, tenía sus dudas: cuándo hueles a quemado, es porque indefectiblemente algo se está quemando, y si había algo que en vez de desgastar, había agudizado con los años, eso era su oído. Era como la habilidad adquirida de los hombres que quedan ciegos y deben centrarse en el oído forzosamente, ella había entrenado su oído toda su vida para capturar en el acto cualquier sonido vocalizado, humano y juzgar instantáneamente su valor estratégico. Ella sabía lo que había oído, y no dudaba de aquello. El doctor Cifuentes tomó a Úrsula con todas las precauciones del mundo,  como si estuviera hecha de algún material muy delicado, “Soy el doctor Cifuentes, estás en mi casa. Vuelve a tu cama, te llevaremos el desayuno para allá” Guillermina, al oír eso, en el acto se ofreció, “¡Yo voy! le llevo el desayuno, ahora mismo”.

León Faras.

lunes, 11 de junio de 2018

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.


XX.

Había amanecido un día radiante, y Cornelio, feliz y entusiasmado a pesar de lo larga de la noche anterior, animaba a sus somnolientos trabajadores a limpiar, ordenar y preparar todo para recibir a la, seguramente, numerosa muchedumbre que se congregaría para admirar a la nueva y fulgurante estrella de su circo: Eloísa, ésta, despierta y sorprendentemente animada pese a lo tarde que se había ido a dormir, hacía limpieza en su tienda canturreando como la más responsable de las dueñas de casa, un poco más allá, en su respectiva tienda, Von Hagen, aun con el ánimo magullado por la resaca, se recortaba el bigote y se emparejaba la barba con una diminuta tijera frente a un trozo de espejo con forma aceptablemente triangular, mientras el gigante Ángel Pardo, doblado su cuerpo en un incómodo ángulo agudo, se lanzaba agua a la cara desde un lavatorio con sus enormes manos, para luego restregársela con energía. Un hombre entró al circo caminando relajado, con las manos en los bolsillos y observando todo con curiosidad como un turista que visita un museo, Cornelio Morris apareció tras él de improviso para advertirle que aquel no era un buen momento para andar husmeando, el hombre, luego de la impresión que le causó la llegada repentina de Cornelio, le dijo con una sonrisa amigable que no husmeaba, sino que se preguntaba si podrían darle algún trabajo en el circo, las cosas no habían andado bien para él y cualquier cosa le serviría, desde hacer limpieza hasta cocinar si era necesario, Morris le respondió que estaba hasta las narices de trabajadores y que no necesitaba a nadie más, pero el hombre insistió. Cualquier cosa le vendría bien. Cornelio lo miró de arriba abajo respirando profunda y sonoramente por la nariz, “¿Cualquier cosa, eh?” murmuró. Aquel hombre se le hacía sumamente sospechoso, como si ocultase algo, no sabía qué, pero olía a cinismo por todos lados y eso a Cornelio lo animaba, le gustaba ver cómo chocaban con la realidad como si se estrellaran contra una muralla, aquellos que pretendían pasarse de listos con él, y este, sin lugar a dudas era uno de esos “…bien…” finalmente aceptó Cornelio “…creo que puedo hacer algo contigo. Deberás firmar un contrato” El hombre asintió satisfecho.

Condujeron por horas sin detenerse y forzando al máximo el motor de su furgoneta, después de todo, esas fotos valían más que su vehículo, pero aun así, los hermanos Corona no pudieron llegar antes de que las increíbles presentaciones de la chica alada y la sirena, hubiesen acabado, sin embargo, el lugar seguía abarrotado de gente, mucha más que el día anterior, y todos se veían absolutamente fascinados con el espectáculo. Damián tomó la furgoneta y se fue a arrendar el mismo cuarto que habían usado el día anterior, descargar las cosas y prepararlo todo, Vicente se quedó ahí, para tratar de averiguar algo sobre la estadía del circo y asegurarse de que no desapareciera, al menos, mientras no encontrara a Diego Perdiguero, pues éste debía estar cerca, había quedado de pegarse al circo y no moverse de ahí hasta que ellos llegaran. Los comentarios de admiración se oían por todos lados, el ángel atado con una cadena había dejado a todos fascinados, sin olvidarse de la asombrosa aparición de la sirena, atrapada dentro de un enorme cubo de cristal. Vicente recorrió el circo preguntándoles a las personas sobre qué habían visto y qué les había parecido, pero sobre todo tratando de averiguar si el circo haría otra presentación en la ciudad al día siguiente. Las risas de unos jovenzuelos haciendo travesuras llamaron su atención: echaban un vistazo tras unas lonas, espiando, en determinado momento, algo los asustaba y los niños salían huyendo. Vicente, luego de mirar a su rededor, se acercó a echar un vistazo él también, abrió la lona tímidamente. Un cristal. Se acercó para ver si podía distinguir algo, pero nada, hasta que de improviso, ¡BUM! apareció la sirena con ambas manos pegadas al vidrio para asustar a los muchachos que hace poco rato estaban espiándola. Ambos, Lidia y Vicente, se quedaron mirando con la misma cara de sorpresa: ella lo reconoció, era el hombre que había visto el día anterior con un carrito, haciéndose pasar por barrendero, porque no sabía qué era, pero no era un barrendero, y él, atónito, veía el rostro de Lidia de cerca y podía asegurar que era la misma mujer de su foto, la misma que en la imagen aparecía encerrada tras las toscas rejas de una especie de gallinero. Vicente retrocedió un paso o dos, hasta que una mano enorme se posó en su hombro: “Disculpe, señor, pero el circo ya está cerrando. Si gusta, puede usted regresar mañana” Vicente se volteó, pero, a pesar de no ser tan bajo, sólo se encontró cara a cara con el estómago de Ángel Pardo. ¡Santo Dios! era un tipo enorme. “Entonces, ¿mañana estarán aquí mismo?” preguntó. Era incómodo hablarle tan de cerca y al mismo tiempo mirarlo a la cara. El gigante asintió. En realidad, Ángel sabía que Cornelio podía tomar su circo y llévaselo a otra parte en el momento que quisiera, pero suponía que se quedarían allí un día más, después de todo, la afluencia de público había estado más que abundante. Cuando Damián se enteró, decidieron pasar la noche dentro de la furgoneta y en las cercanías del lugar, no podían arriesgarse a que el circo se marchara durante la noche sin que nadie estuviera vigilando.

Mientras estaban allí, montando guardia dentro de su furgoneta, Vicente estudiaba una tras otra, todas las fotos que él había tomado la vez anterior. Volviendo una y otra vez a la foto de aquella mujer enjaulada sin poder entender qué había sucedido, la sirena estaba allí, dentro de su cubo de cristal, la acababa de ver hacía pocas horas. De pronto descubrió algo, algo que le daba vueltas y vueltas en la cabeza, fastidiando como una mosca en verano: un rostro. Un rostro de alguien normal que casualmente había aparecido en una de sus fotos. Parecía ser un trabajador del circo o más seguramente un hombre común y corriente curioseando entre las atracciones, pero ese rostro le sonaba de alguna parte, de alguna parte que no coincidía con la realidad, como un sueño al que no podía ponerle tiempo ni espacio, hasta que lo recordó. Se emocionó tanto que Damián, a su lado, debió preguntarle qué rayos le sucedía: el hombre de la foto, era el gigante. En la imagen no se veía alto, comparado con el resto de las personas a su lado, pero era el rostro de él, Vicente lo había visto a la cara esa misma tarde, era él, sólo que en la foto lucía una estatura normal. Su hermano lo miró como quién mira a un borracho hablando estupideces: era muchísimo más probable que se hubiese confundido, a que un gigante se encogiera o que resultara que tiene un hermano gemelo, pero con estatura normal. Vicente no era tonto, sabía que lo que estaba sugiriendo no tenía patas ni cabeza, pero lo que había sucedido con las fotos, tampoco las tenía. Lo del gigante podía ser una confusión o una suprema estupidez, conforme, pero él, recordaba muy bien el momento en que le tomó la fotografía a la sirena, la gente amontonada y expectante, el dueño del circo y su espectacular presentación, la mujer tras el cristal, mirándolo a los ojos. Todo muy diferente de lo que había captado su cámara.

La noche pasó, y mediante turnos, los hermanos Corona, se aseguraron de mantener vigilado el circo y que este no se fuera durante la noche. Por la mañana temprano, Vicente ya estaba listo con su carro de basura con cámara escondida, comenzaría a merodear antes de que la gente empezara a amontonarse. Tal vez tuviera suerte y podría captar algunas buenas imágenes. Por su parte, Damián, no iría de nuevo al balcón de la viuda de la vez anterior, se quedaría en la furgoneta, ésta estaba bien adaptada para usar la cámara telescópica desde allí, y además, podía moverse libremente para buscar el mejor ángulo.

Vicente se paseó por todos lados fingiendo recoger basura por aquí y por allá, hasta que de pronto, la suerte le sonrió: las cortinas de una tienda se abrieron y apareció Eloísa, la chica alada, sacudiendo cojines y aseando su espacio con un canturreo feliz. Vicente se quitó su gorra de basurero, se rascó la cabeza y se la volvió a poner. Esa chica realmente tenía un par de alas pegadas a la espalda. Debía tomarle una foto, pero el interior de la tienda era demasiado oscuro e intentarlo, sólo sería una pérdida de material. Sólo tenía que esperar. Echó un vistazo alrededor y se puso a ajustar el lente de su cámara, la luz de la mañana aun era tenue, tal vez podía buscar otro sitio mejor iluminado. En eso estaba, cuando se dio cuenta de que alguien lo observaba sólo a un par de metros detrás, era Von Hagen, con un lavatorio en las manos, dispuesto a botar el agua tras su tienda, con la que se había lavado la cara y parte de su velludo cuerpo. Horacio no entendió bien, pero por lo que había visto, algo raro pasaba con ese barrendero, era seguro que al menos, no andaba recogiendo basura entre las tiendas del circo, “¿Qué crees que haces?... ya te he visto antes husmeando por aquí…” Von Hagen lo tomó como un simple fisgón, pero Vicente se sintió identificado, una peligrosa condición para alguien cuyo trabajo dependía de pasar desapercibido. Se vio obligado a confesarle lo que hacía y a rogarle que no lo delatara, Horacio, aun con el lavatorio con agua en las manos, no parecía convencido, es más, se sentía un poco como un pez al que le están abriendo el hocico a la fuerza para meterle el anzuelo dentro, “Mira…” dijo Vicente metiéndose la mano al bolsillo de su camisa, “…esta foto la tomamos aquí mismo hace un par de días, pero algo muy raro sucedió, no aparecen las que se supone, son las atracciones de este circo…” Von Hagen bajó el lavatorio al suelo para coger la foto. Efectivamente en la imagen aparecía Ángel Pardo, pero sin ser el gigante desproporcionado que era, sino, sólo uno más de la multitud esperando la aparición de la sirena. Frente a la cámara y de espaldas a ésta, había un hombre parado de manos en los bolsillos, tenía la camisa arremangada y se veían sus brazos muy blancos, el cabello era de un rubio-rojizo encendido, Horacio no lo podía creer, “Oh, por Dios… ¿ese soy yo?” Sí, lo dijo en tono de pregunta, aunque nadie podía estar más seguro que él. Era él, pero sin el vello que le cubría todo el cuerpo. De pronto, tuvo una inspiración, “¿Fotografiaste a Lidia?” preguntó, casi ansioso, “¿Quién es Lidia?...” contrarrestó Vicente, “¡la Sirena!…” aclaró Von Hagen. La imagen de Lidia metida en el gallinero hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas, no entendía bien qué era lo que sucedía, pero más que nunca quería liberarla. “Si me ayudas, puedo darte dinero…” sugirió Vicente, Horacio negó nervioso, “No, no, no… dinero no. La foto, quiero la foto y te ayudaré” Vicente aceptó, después de todo, Bolaños no le pagaría nada por ninguna de ellas.

En eso, la voz de Cornelio comenzó a tronar que todo el mundo se pusiera a trabajar recogiendo todas las cosas, porque el circo se iba, no habría más presentaciones en esa ciudad. Él sabía por qué hacía lo que hacía y nadie tenía el derecho ni la intención de cuestionarlo. Vicente dijo que seguirían hablando en el próximo lugar a donde fueran, que podía seguir los camiones en una furgoneta, pero Horacio le dijo que no, que no los podría seguir. Vicente no quedó muy convencido de eso, su furgoneta no era tan rápida, pero seguro podía seguirles el paso a un par de camiones con acoplados, de todas formas, igual anotó un número en el reverso de la foto. Era el número del turco Emre, el teléfono con el que se comunicaban con Diego Perdiguero. Para Horacio, eso no era mejor, nunca había hablado por teléfono, pero era mejor que nada.


León Faras.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


Capítulo quinto.

I.

En el socavón, Madra hizo una pequeña demostración de su magia haciendo arder un par de leños rezando cuatro versos en una lengua antigua y luego soplándolos de cerca hasta que de la nada, el fuego se encendió, sin embargo, lo más maravilloso era que ese fuego producía luz y calor, pero no consumía la leña, por lo tanto podía permanecer encendido indefinidamente, hasta que el mago usara otros versos para extinguirlo. Pasaron el día así, comiendo y conversando junto al fuego. Lázar sacó de las alforjas que cargaba Ascaldari, su pollo gigante, un trozo de carne seca y un poco de vino dulce para ofrecérselo con toda ceremonia y respeto a Idalia, quien no podía evitar sentirse incómoda con toda la formalidad del caballero para con ella. Driana tenía en su bolso una buena cantidad de frutos, de extraña forma pero agradable aroma que su hermano Cían, había recolectado ahí mismo, dentro del socavón, pues hacía muchos años que ni la ciudad, ni la jungla, sabían de hospitalidad al momento de atender al visitante con algo de comer, sólo allí, bajo la luz del Corazón de Antigua, la naturaleza mantenía su noble misión de proveer al hombre. Madra, por su parte, cargaba encima con un trozo de pan, el cual también repartió entre todos, eso, además de unas curiosas semillas que el mago llevaba en una bolsa y de la que siempre estaba sacando, pelando y masticando. La conversación no podía ser sobre otra cosa, que no fuera sobre Idalia y su increíble parecido con la reina, la de aquel lado, la reina Idalia, como misteriosamente, también se llamaba. Ella no podía entender cómo la podían confundir con otra persona, que, aunque tuvieran algún parecido, claramente no era ella, y los demás se preguntaban cómo dos personas podían parecerse tanto y más allá de lo físico, los demás, menos Lázar, él estaba, o quería estar seguro de que Idalia era su reina. Lo más interesante, vino cuando interrogaron a Idalia sobre cómo y por qué había llegado hasta Antigua, la mujer respondió que no tenía ni mínima idea del porqué, sólo que había despertado sobre un puente, que la llevó hasta el muro y allí una criatura que parecía una estatua con forma similar a la de un insecto, la asustó tanto que cayó al río, atravesando el foso y llegando hasta allí, donde Driana la había encontrado. Madra, quedó my interesado en aquella escultura con forma de insecto, pero la gran pregunta vino de la joven Driana: ¿Cómo había llegado la mujer hasta el puente? La pregunta era de lo más coherente pensando qué, el puente que cruzaba por encima de la jungla para llegar a la ciudad, hacía mucho tiempo que estaba cerrado para el visitante, como la ciudad. Idalia les aclaró que del otro lado no estaba cerrado, sino destruido, y que ella, sólo recordaba haber despertado allí, rodeada de restos humanos, luego de haber sido devorada por una criatura enorme de roca y lava, la que, por alguna razón, no la mató como a las otras. Driana no lo podía creer. Cuándo ella, la muchacha, la encontró en el agua, le habló en el idioma de los salvajes de la ciudad vertical, pues se dio cuenta de inmediato que era uno de ellos, por eso la ayudó, porque aunque Idalia no se había dado ni cuenta aun, ella también llevaba los mismos tatuajes bajo los ojos, se los habían hecho los salvajes mientras dormía, con una pintura especial que era prácticamente imposible de quitar, aquella era la señal de las “sacrificadas” de las mujeres entregadas al Débolum. Driana fue una de ellas, sin embargo, ella no estaba dispuesta a dejar solo a su hermano, robó un par de alas y se largó de allí. Aquella noche fue particularmente oscura, y para cuando se dieron cuenta, estaban sobrevolando la jungla. Lograron mantenerse en el aire hasta que el muro los detuvo. Tuvieron suerte. Por eso es que para la muchacha, la historia de Idalia era tan increíble, pues haber sobrevivido al Débolum, era algo que nadie había hecho nunca antes. Con respecto a los otros dos, habían llegado a la ciudad Antigua atravesando directamente la jungla, aunque con distintas maneras de encarar: Madra, lo había hecho utilizando los antiguos conocimientos que había acumulado en sus largos años practicando la magia, Lázar, en cambio, lo había hecho como un caballero, enfrentándose al peligro con valentía y riéndose de la muerte, si esta se presentaba, aunque era justo darle algo de crédito a Ascaldari, el cual, debido a su poco desarrollado cerebro de pollo, no le hacían gran efecto los gases alucinógenos de la selva, pero en cambio, le habían servido muy bien su instinto y resistencia física, para salir con vida de allí y sacar con vida a su amo.

Se pasaron el día entre comida y conversación y una más que necesaria siesta. Para cuando despertaron, la noche caía nuevamente y la niebla negra y tóxica de la jungla, se retiraba.

Gíbrida estaba cómodamente sentada en una silla con las botas sobre un barandal en la cubierta de la barcaza, limpiaba y aceitaba primorosamente su querida escopeta de doble cañón basculante, regalo de Gálbatar, hacía varios años ya. Si había algo que realmente le importara a la muchacha en este mundo, eso, era su escopeta. Gálbatar, en una mesa junto a ella, revisaba uno tras otro los numerosos planos de la ciudad Antigua en compañía del imponente Licandro, como una pareja de piratas escudriñando los mapas de un formidable tesoro. Cruzarían por aire toda la inmensa y peligrosa selva circundante, luego dejarían anclada la barcaza sobre las ruinas de la ciudad y descenderían con cuerdas. De ahí podían ponerse a buscar la entrada a la verdadera ciudad Antigua. “El foso” era la primera opción, la más segura y la más directa, en opinión de Gíbrida y también de Licandro, pero Gálbatar la desechó de inmediato: también era la más difícil de encontrar, el río, movía el foso de un lugar a otro, y era un río inmenso y también profundo. Algunos lo encontraban sin siquiera buscarlo mientas que otros, podían pasarse años tratando de hallar la dichosa entrada, claro, si algo no los mataba antes, pero si la encontraban, otro tema era entrar en ella, debía hacerse con cierta fuerza, pues la propia corriente del río te lo impedía. “La entrada del Ladrón” era la mejor opción para el alquimista, Licandro lo miró como quien cambia oro por rocas, esa entrada estaba protegida por un ejército, era muy arriesgado intentar atravesarla, pero Gálbatar parecía ya tener todo calculado: el ejército, era más bien una guardia, “La guardia de los Mancos” y aunque sí eran peligrosos, al menos sabían a qué se iban a enfrentar e irían bien preparados. Era la entrada más segura, desde el punto de vista de ubicación y resultados, sólo debían tener cuidado. La tercera opción conocida, era “El Gigante dormido”, y para Licandro, esa, no era una opción.

El interior de la jungla era un lugar espectacularmente hermoso, no había otra forma de describirlo en lo que a formas y colores se refiere: los troncos de los árboles pulidos y suavemente veteados, como si estuvieran hechos de mármol, con formas armoniosas y movimientos circulares, acabados en un follaje simétrico formado por hermosas hojas de colores intensos, vivos. Las enredaderas lo decoraban todo, con manchones maravillosos de pequeñas hojas y multitud de multicolores flores que escalaban los troncos, colgaban sus cuerpos serpentinos de las ramas y saltaban de árbol en árbol como una curiosa e intrincada red de comunicaciones que conectaba toda la selva, mientras que en el suelo, las numerosas plantas de tierra vigilaban celosamente que los intrusos se movieran sólo por los senderos que la jungla tenía preparados para ello, senderos que ya de por sí eran peligrosos, pero fuera de ellos se ocultaba con toda seguridad la muerte: la bruma venenosa, los vapores alucinógenos y las incontables trampas que la selva ocultaba para capturar a los incautos, eran razones más que convincentes para no aventurarse más allá de lo necesario. La selva cantaba, y sabía hacerlo muy bien, pero cuando la oías, debías estar bien entrenado para ignorarla de inmediato, porque si le ponías atención, te perdías como un marinero ante el canto de las sirenas. La jungla también sabía imitar muy bien las voces de las personas importantes en tu vida, las más amadas y las más extrañadas. La selva podía convertir tus sueños en realidad y tu realidad en un sueño, podía presentarte ante tus ojos el más dulce anhelo o acosarte con el más cruel peligro. Todo esto lo sabía muy bien el Místico, y corría a gran velocidad y apenas tocando el suelo, siguiendo el mismo camino que desde incontables generaciones venía siendo usado por su cofradía. Cruzó un brazo del río apenas salpicando agua de la superficie y sin detenerse llegó hasta el gran árbol de piel oscura, un árbol cuyo tronco estaba formado de numerosos tallos enroscados y trenzados formando uno solo, grueso y atormentado de abundante follaje color rojo escarlata. En él, y sólo en él, podía encontrarse un pequeño fruto cuyo jugo, haría que el Místico soportara todo el tiempo que debía soportar, el cargado e irrespirable aire de la selva. Debía llegar al Gigante dormido, esa era su entrada a Antigua y debía hacerlo lo más rápido posible.



León Faras.

domingo, 13 de mayo de 2018

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.


XXXIII.



Un grupo de jinetes, custodió al rey de Cízarin de regreso a su palacio a todo galope, mientras el resto de los hombres se organizaba para perseguir, atrapar y eliminar a los enemigos que huían. Uno de los soldados, uno de los más antiguos, se acercó donde la vieja Zaida para llevarla donde pudieran curarle la herida de flecha en su hombro, pero la mujer se negó, y le pidió que él mismo le curara con el procedimiento normal que usaba cualquier soldado durante una batalla, el hombre respondió que para eso debían retirarle la flecha y cauterizarle la herida, pero allí, con el aguacero que caía, no disponían ni de una mínima brasa para ello, pero Zaida insistió, “Sólo quítala…” el hombre accedió, y llevó a la mujer a un lugar guarecido de la lluvia para retirarle la flecha, la cual por fortuna, su punta de hierro con forma de arpón había salido por la parte de atrás, de esa manera, era mucho más fácil el procedimiento. Mientras el soldado hacía aquello, Zaida metió la mano a una pequeña bolsa atada a su cintura y sacó un par de hojas grandes de un conocido arbusto, luego se las metió en la boca para masticarlas, cuando la flecha salió, la vieja sacó la pasta molida y babeada y se la puso en el agujero en su hombro. Luego el soldado la vendó con un trozo de tela. Aquello no era tan eficiente como un buen hierro incandescente, pensó el veterano soldado, pero al menos serviría.

Nazli, apenas salió de la casa de su captor, no se iba resignada, tenía la idea de regresar en busca de su armadura y sus armas, pero una vez que los soldados Cizarianos se hubiesen ido, no quería darles tan pronto, la decepción de ver que habían liberado precisamente al soldado enemigo que buscaban. Recorrió los estrechos senderos hasta encontrar un camino por donde dar la vuelta y regresar a la misma casa por detrás, pero antes de llegar al fondo del callejón en el que entró, se encontró con una situación que, desde el principio, le pareció ominosa. Un grupo de muchachos armados y vestidos en parte como soldados de Cízarin, como si le hubiesen dado acceso a una bodega llega de piezas sobrantes de armaduras y cada uno hubiese tenido que escoger lo que mejor le quedase o lo que lograra apropiarse, soltaban bromas y risotadas frente a un hombre muy malherido que parecía atado a una valla de madera, cubierta de infinidad de flechas ensartadas, “…¡por todos los dioses, abuelo!, ¡qué mal te ves! si yo fuera tú, estaría pidiendo a gritos que me rompieran la cabeza como una nuez, ¿por qué no acabas con tu dolor? sólo tienes que pedirlo…” Era obvio que si aquel hombre seguía con vida, era porque se trataba de un soldado de Rimos, como ella, aunque desde donde estaba, era difícil de identificar quién con exactitud. Nazli, a paso tranquilo y bajo la lluvia inclemente, se acercó por detrás, llevando colgado de su mano el cuchillo que le habían dado. Los muchachos, ella no lo sabía, pero eran los autodenominados, “Machacadores”, y habían encontrado a aquel soldado, que permanecía clavado y acribillado de flechas en la valla, para reventarle la cabeza con una maza, según eran sus órdenes, sin embargo, no lo hacían, porque era todo un espectáculo ver la cantidad absolutamente desproporcionada de heridas recibidas en un solo cuerpo que se resistía a fenecer. Nazli conocía muy bien al tipo de muchachos que formaban el grupo de los Machacadores: eran los chicos desechados de la milicia, algunos demasiado jóvenes o débiles, otros, poco inteligentes, otros tenían algún defecto que les impedía convertirse en buenos soldados, como ella misma, que estuvo buen tiempo relegada a un grupo similar por el defecto de ser mujer, y en aquellos grupos, indefectiblemente tenían que estar los llamados “Chicos problemas” aquellos que no respetaban la autoridad, los que siempre querían pasarse de listos; vagos y fanfarrones que casi siempre conseguían su pequeño grupo de esbirros al que dirigir y someter a sus caprichos so pena de convertirse en blanco de castigos y humillaciones: chicos más débiles que él o solamente con una personalidad más apagada que preferían dejarse dominar para evitar confrontaciones. Chicos así le causaron varios malos ratos a la joven muchacha, hasta que aprendió una regla de oro: darles tu temor, es darles tu comida. Deja de temerles y los matarás de hambre.

El piso era un barrial, lleno de flechas ensartadas como juncos en un pantano, salpicado de cadáveres que asemejaban ser islas de un nutrido archipiélago; principalmente caballos, pero también algunos hombres. Ningún Rimoriano. Uno de los muchachos, quien permanecía largo rato apoyado en una pared con los brazos cruzados; flaco y alargado de pies a cabeza como la lanza que sostenía, vio a la chica y dio la alarma con todo el aspaviento del mundo, como si se hubiese abierto el cielo y estuviesen bajando carros de fuego de él. Nazli pensó que ya se habían tardado demasiado en verla. Un chico enorme y obeso pero con un rostro innegablemente infantil, salió a detenerla con la formalidad de un guardia que protege la integridad física de alguien importante, era evidente que algo no estaba del todo bien conformado en su cabeza, llevaba una armadura hecha de tablas y cuerdas que parecía construida por y para un niño, un yelmo, que aunque sí se veía como uno verdadero, estaba viejísimo y lo llevaba encajado a la fuerza en la cabeza el muchacho y para terminar su extravagante apariencia, cargaba al hombro con un espadón enorme, pero hecho de madera. Nazli no quería tener que pelear con alguien así, pero había que reconocer que el chico gordo se tomaba muy en serio su papel, sin embargo, otro chico le habló y el muchacho gordo se detuvo, apoyó la punta de su espadón en el suelo y se quedó parado con solemnidad bajo la lluvia. El chico que le habló, parecía ser el líder, al menos tenía una buena estatura y hasta un pequeño bigote, uno muy fino, pálido y ralo, pero tenía. También tenía una armadura casi completa de soldado Cizariano, con el emblema de la Flor de Cízarin en medio del pecho y un yelmo que cargaba bajo el brazo, como había visto que algunos soldados lo hacían en sus ratos de descanso. Tenía el cabello largo y debía inclinar la cabeza hacia atrás para que no se le cerraran los mechones de pelo mojado frente a la cara, lo que le daba cierto toque petulante, eso sumado a unos enormes dientes incisivos que siempre estaba mostrando debido a una innegable mandíbula floja, incapaz de mantener la boca cerrada por mucho tiempo, “¿Estás perdida, muchacha?...” dijo haciendo un gran esfuerzo por alcanzar una parte de su hombro que le picaba ferozmente bajo su armadura y haciendo más alarde de sus incisivos en el proceso, a Nazli le hizo gracia, las armaduras de metal, en la práctica, eran las cosas más incómodas del mundo, cualquier soldado medianamente experimentado lo sabía: pesadas, rígidas y lo peor de todo, una mínima comezón en el momento inoportuno, podía hacer que te mataran o al menos volverte loco, como todo el mundo que ha tenido comezón en el lugar exacto en donde no te puedes rascar, lo sabe. Y por supuesto que tampoco había que olvidar la mierda, muchos gallardos y valientes hombres, marchaban, luchaban y morían con el persistente olor de sus propias heces encima, todo gracias a sus lindas armaduras. Eso, y que un imberbe la llamara “muchacha”, “… ¿eres cocinera, niña? tal vez puedas invitarnos y preparar algo rico para comer a los muchachos y a mí…” continuó el chico de los incisivos al notar el cuchillo que Nazli llevaba. Su mirada era desagradablemente lasciva y torpemente seductora. El flaco apoyado en la pared soltó una carcajada que sonó de lo más idiota, Nazli juraría que a pesar de la lluvia y la oscuridad, pudo ver como la baba se le saltó de la boca, “¿No son ustedes demasiados, para un solo hombre malherido?” preguntó la chica casi gritando, pues la lluvia a ratos golpeaba con fuerza. El flaco volvió a soltar una risa de imbécil. El chico de los incisivos estiró la mano y un jovencito con un yelmo que le caía hasta el nacimiento de la nariz y le tapaba los ojos, se apresuró a entregarle un hacha mediana que hasta ese momento, a duras penas cargaba en el hombro, “No es asunto tuyo, niña, además, no tienes ni idea de lo monstruosos y peligrosos que estos enemigos son...”, y para ratificar sus palabras, le preguntó a sus colegas “… ¿verdad, muchachos?” “¡Son demonios de sangre negra!” dijo uno, “¡Son fuertes, como diez hombres!” exageró otro, “¡Devoran las almas de sus enemigos para no morir en la batalla!” aseguró el flaco de la risa idiota, con los ojos muy abiertos y total convicción en su voz, a pesar del aguacero. Nazli levantó las cejas fingiendo estar muy impresionada, “Ustedes han luchado contra muchos de estos demonios, ¿verdad?” El chico de los incisivos se cruzó de brazos y asintió con la cabeza, engreído, los otros también lo imitaron, menos el gordo del espadón de madera que se mantenía rígido como una estatua bajo la lluvia y no prestó atención a sus compañeros, “¡Nah! Sólo le hemos destrozado la cabeza a unos cuantos que ya estaban tirados en el suelo, para que no se volvieran a levantar” El chico de los incisivos, lo increpó de inmediato, apuntándolo con su hacha “¡Cállate! tú ni siquiera eres un soldado de verdad” “¿Puedo acercarme a verlo?” preguntó Nazli, refiriéndose al hombre clavado a la valla, el chico de los incisivos respondió galante que sí, pero como si estuviera invitando a una chica guapa a acercarse a acariciar a su peligrosa mascota, le hizo antes elocuentes y dramáticas advertencias, “…debes tener mucho cuidado, y no confiarte de lo maltrecho que se ve, en realidad, es un monstruo sumamente peligroso, un demonio que no muere ni siente dolor y hasta que no se le destroce la cabeza con un martillo, seguirá luchando como una fiera hambrienta a pesar de las heridas que tenga” Nazli se acercó, entonces pudo verlo, tenía la cabeza inclinada hacia delante, pero su barba, blanca impoluta e impecablemente recortada, la podía reconocer en cualquier parte, Nazli sintió que una pena muy grande se le anudaba en la garganta y le humedecía los ojos, pero se controló, aquel era Gabos, su amigo y mentor. Era el más viejo de los soldados de Rimos, pero también el más amable fuera del campo de batalla y uno de los más hábiles dentro de él. También fue el primero que vio en ella sus condiciones como soldado por encima de su condición de mujer. Nazli tomó la cabeza del viejo entre sus manos, este respiraba con dificultad, pero como todo un inmortal de Rimos, estaba vivo a pesar de la incontable cantidad de heridas. El chico de los incisivos se estiraba al límite de sus capacidades físicas y elásticas, para averiguar qué estaba pasando, por qué la chica demostraba tanto cariño al abuelo y qué hablaban. Gabos le contó en un susurro agotado y refugiado en la lluvia, que había tenido un mal paso, que sus enemigos lo superaron y que al ver que no podían matarlo, lo habían dejado ahí como señuelo, para lanzarle flechas a cualquiera que se acercara a intentar ayudarlo, “¿Fueron estos chicos?” preguntó Nazli, e inmediatamente se arrepintió de preguntar tal cosa, “Noh…” respondió Gabos con una sonrisa cansada, “…estos son apenas unos niños, les aterran más cosas de las que creen” “Te liberaré…” aseguró Nazli. “No te arriesgues por mí…” dijo el viejo “No lo hago…” concluyó la chica. Y con decisión y sangre fría comenzó a retirarle las flechas del cuerpo a tirones, como si estuviera arrancando maleza del campo, hasta que se dio cuenta de que el viejo tenía la mano izquierda clavada a un grueso poste, ese era un problema, no podía arrancar el clavo sin una herramienta adecuada, “No puedo soltar esto, me temo que sólo tenemos una opción” dijo Nazli mirando al abuelo a los ojos con toda la gravedad del mundo, “Lo sé…” respondió el abuelo con pasiva convicción. El chico de los incisivos se acercó en ese momento apuntándola con su hacha y protestando, “¡Oye, tú no puedes hacer eso…!” pero antes de que terminara de hablar, Nazli le había tomado el hacha por el mango, y de un giro, había enroscado el brazo del chico alrededor de su cuerpo y había terminado pegada a él, como si de una escena romántica se tratara, pero, acabada con su filudo cuchillo posado en el cuello del sorprendido e indefenso muchacho. “Necesito esto…” dijo quitándole el hacha de la mano sin que el chico de los incisivos opusiera la menor resistencia y ante la mirada atónita de todos los otros chicos que no podían creer cómo una mujer había desarmado a su líder en dos movimientos y cinco segundos. Entonces Nazli levantó el hacha, le hizo una señal al viejo Gabos, y sin una palabra, se pusieron de acuerdo: un solo golpe fuerte y certero, bastó para separar el cuerpo de Gabos de su mano clavada, la cicatrización monstruosa del inmortal hizo el resto, “Perdóname… sé que duele, pero…” se disculpó la muchacha, pero el viejo la atajó antes de que terminara, “No te disculpes, sólo sentí el golpe del metal en mi carne y mi hueso… nada de dolor”. El chico de los incisivos estaba histérico al ver cómo liberaban impunemente y delante de sus propias narices al enemigo que hace un par de minutos estaba a su merced para reventarle la cabeza, y encima, ninguno de sus colegas hacía algo. “Yo no voy a luchar con una mujer…” dijo el gordo del espadón de madera, taimado; “A mí no me sacaron de la cocina para que una chica me arranque la cabeza con un hacha” alegó el flaco, soltando su lanza al suelo, quien hasta ese día, se pasaba el tiempo pelando papas y descamando peces para alimentar a los soldados; “Hazlo tú, Poli. ¿No te la pasas recordándonos lo buen soldado que eres?” lo desafió otro chico con el que, al parecer, había una rivalidad por el liderazgo. El chico de los incisivos miraba furioso como Nazli liberaba a Gabos de las púas en las que estaba apresado pero no se decidía a actuar, “¡No me llames Poli! Váspoli es mi nombre y sí haré algo, ya que ninguno de ustedes se atreve a nada más que a aporrear cadáveres…” dijo el chico de los incisivos gritando, mientras le arrebataba de las manos una maza con púas de hierro a su compañero y la alzaba por sobre su cabeza para golpear a Nazli. Sin embargo, su conato de ataque volvió a fracasar, cuando la chica se puso de pie y se le pegó al cuerpo, muy pegada, y luego sintió duro y amenazante el filo de su cuchillo haciendo presión en su entrepierna. La maza con púas se desprendió de su mano, rendida, su estómago se contrajo al máximo y su cuerpo creció algunos centímetros, apoyado en la punta de los pies. Sus incisivos volvieron a hacer alarde de su desmesurado tamaño. El flaco hizo mueca de dolor e instintivamente se agarró su propia entrepierna, mientras el gordo del espadón de madera disfrutaba de la escena, satisfecho de la sabia decisión que había tomado. Nazli le habló muy cerca al chico de los incisivos, casi al oído, le confesó que ella también era una guerrera rimoriana y una inmortal como su amigo, que no tenían por qué pelear, porque no la podrían vencer y que sólo le pedía que la dejara ir y llevarse a su compañero. El chico de los incisivos, como casi cualquier hombre del mundo con un cuchillo amenazando sus partes íntimas, aceptó de inmediato y con cierta elocuencia. La chica hizo un gesto de: “estamos de acuerdo” retrocedió un paso, retiró su cuchillo con cuidado y se fue con Gabos, quien poco a poco se recuperaba de sus incontables heridas gracias a su inmortalidad.


León Faras.