jueves, 8 de noviembre de 2018

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


IV.

Rancober y Hanela oían con suma atención, aunque en completo silencio y a una más que prudente distancia, la reunión que estaban llevando a cabo los mayores en una de las cuevas más amplias de las paredes del abismo y una de las más cercanas a la superficie. Rocas labradas burdamente y puestas una sobre otra hacían de pilares, un fuego generoso ardía dentro, aunque se podía encender una hoguera en el interior de la cueva y aún así no sería demasiado. Todos, o la gran mayoría de los Salvajes estaban allí para escuchar lo que los mayores tenían que decir: el día había llegado por fin, la reina que montaría al Débolum para gobernar y esparcir la paz y la equidad por la tierra había aparecido, y debían prepararse para la gran batalla, pues sólo los que lucharan a su lado prevalecerían. El Débolum, por primera vez, de que se tenía memoria, saldría del abismo para limpiar la tierra del mal. Para los muchachos esa era una noticia estupenda, oficialmente, los sacrificios se habían terminado, pero por otro lado, no había nada que celebrar, una gran guerra estaba pronta a desatarse, y los Salvajes llevaban generaciones sin probar su valor en el combate.

El asunto estaba claro, el socavón era sólo un oasis para descansar y recuperarse, pero no un lugar para quedarse demasiado tiempo, sin embargo, Idalia no entendía bien como había llegado hasta allí, y ahora menos sabría cómo salir de ahí o hacia dónde. Lázar no tenía dudas, ella era la reina y debía retomar su lugar, pero Madra, con la expresión conspirativa que siempre parecía mostrar, señalaba que ella no pertenecía a ese lugar, que había venido desde el otro lado y que era allá donde debía cumplir con su destino, fuese éste cual fuese, Driana estaba de acuerdo con él, Idalia había sobrevivido al Débolum y eso significaba, según los Salvajes, que debía cabalgar sobre él fuera del abismo. Idalia insistía en que, que algo como aquello sucediera, era imposible, jamás ella se atrevería a siquiera subirse sobre un monstruo tan enorme y aterrador, Madra no estaba de acuerdo en eso, la gente constantemente terminaba haciendo cosas que, poco tiempo antes, se creía incapaz de hacer, en algunos casos, abominaciones, en otros, auténticos prodigios. Entonces, se dieron cuenta de que Cían, no estaba, el muchacho había subido hasta la parte alta, hasta la entrada al socavón y parecía muy interesado oyendo algo, recién en ese momento los otros también escucharon el sonido que venía desde la ciudad, era como una especie de “Mmm” muy profundo, que llevaba una melodía simple repetida una y otra vez, un sonido que nadie había oído antes, pero que ahora parecía envolverlos. Según Madra, significaba que los habitantes de Antigua habían despertado, pero era incapaz de determinar el porqué, y si aquello era bueno o malo, el mago propuso que tal vez sería mejor quedarse un tiempo más para no interferir en los asuntos de los habitantes de la ciudad, pero a Driana todo aquello le daba muy mala espina y pensaba decididamente, que era mejor largarse de allí lo antes posible, porque podía ponerse más difícil si se quedaban. Idalia decidió seguirla y Lázar, siguió a Idalia, Madra en cambio, se quedó allí, les deseó paz y suerte, pero les recordó que no habían llegado juntos, que no eran un grupo y que no tenían por qué serlo. Lázar le rogó a Idalia que subiera a lomos de Ascaldari junto con el joven Cían, y entonces, se adentraron en las cloacas, el caballero cogió una antorcha y avanzaron por el mismo camino por donde las mujeres habían llegado, de pronto, un sonido muy fuerte, como una detonación los congeló, dentro de esos agujeros estrechos, sólidos y ramificados, era imposible determinar de dónde había venido, pero lo siguió una batahola de rugidos, golpe de metal, chillidos estridentes y gritos y otro par de violentas detonaciones más. Lázar le entregó la antorcha a Idalia y de las alforjas de Ascaldari cogió un respetable puñal, como una espada corta y se la pasó a Driana, luego él sacó su espada del cinto y la puso en frente de sí, no estaba seguro de qué estaba pasando, pero más valía estar preparados.

Las cloacas eran lugares particularmente oscuros, pero aquellas parecían capaces de tragarse la luz del foco de Gálbatar, que intentaba penetrarla, con inusitada voracidad. Bolo continuaba expectante, tratando de detectar algo con su olfato o con su vista, algo que le indique qué hay ahí oculto en la oscuridad. Licandro decide avanzar, con precaución, pero moverse, pues la espera sólo le tensa más los nervios, Bolo se adelanta, dos o tres pasitos rápidos y se vuelve a detener, agazapado contra la pared, no se ve ni se oye nada y no se puede confiar en el instinto de un Nobora narcotizado. Entonces, el alquimista nota junto a él, en la pared, preocupantes marcas como zarpazos capaces de hender la roca, sus compañeros también las ven, pero cualquier comentario estaría de más. En ese momento, parece verse algo, pequeñas lucecitas estáticas en la oscuridad, como ojos que brillan al reflejar la luz. Gíbrida sacó su catalejo y trató de ver algo en la distancia y la oscuridad, pero aparte de esos ojos que brillan como inocentes y puras esferas de cristal, no logra distinguir gran cosa, sólo una tenue silueta, como de un cuerpo que se asoma tímido, desde una cavidad, dibujada cuando la luz no le da de lleno y vuelve a desaparecer cuando la oscuridad la absorbe. Hay algo ahí y no está solo. Gíbrida avanza un par de pasos para ver mejor y es como si hubiese traspasado un límite que no se debía cruzar; algo inicia una carrera desde la profundidad negra del túnel y pegado al cielo de éste, se mueve rápido y sobre cuatro patas, pero son muy difíciles de ver, la potente luz del foco de Gálbatar, inexplicablemente, los hace desaparecer, los oculta a la vista y sólo en la penumbra se distingue una silueta borrosa en vertiginoso movimiento por las paredes o el cielo de igual manera. Gíbrida disparó en dirección al sonido de las garras hiriendo las paredes, pero sólo consiguió dañar más las piedras del muro, retrocedió para ganar espacio y apuntar para su segundo tiro, pero Bolo pasó por enfrente de ella, corriendo de la pared al cielo, lanzándose contra aquella criatura y capturándola en el aire, rodando con ella por la pared como si se tratara del piso y llegando hasta los pies de Licandro, enzarzados en una riña de puños y garras endiabladas que terminó cuando, el Manco, al verse atrapado, soltó un aullido agudo y estridente capaz de hacer arrugar la nariz y esconder las orejas a cualquiera y Licandro, poniéndole el pie sobre la cabeza de aquella… cosa que los atacaba, y descerrajándole un disparo en la frente que dejó a Bolo golpeando con sus puños un cuerpo silente y exangüe. No importa de qué criatura se tratase, el disparo en la cabeza era universalmente efectivo. Del agujero en la cabeza del Manco escurrió un líquido similar al metal derretido, como si de sangre se tratara. Aquel era un ser del tamaño de un hombre pequeño y de contextura delgada, hecho de metal, pero cubierto de alguna clase de goma transparente que le daba una flexibilidad asombrosa y además esa capacidad de mimetizarse en su entorno. Estaba armado con garras y en su espalda cargaba un sable que al menos éste, no había tenido tiempo de usar. Sus piernas estaban perfectamente capacitadas y debidamente articuladas para facilitar el desplazamiento sobre dos o cuatro patas por igual. Su rostro era una máscara con simplemente tres agujeros, sus dos ojos redondos y expresivos, hechos del más puro cristal y un agujero como una “o” en el lugar de la boca y que le daba el aspecto de inocencia de una muñeca infantil. Muchos más ojos en la oscuridad volvieron a aparecer y cuando comenzaban a pensar que estar allí era una mala idea, y de que sería mucho más difícil contener a los Mancos si atacaban en grupo, Bolo se lanzó contra aquellos enemigos con un grito de furia, como un animal poseído por todos los demonios del caos, la ira y la destrucción.


León Faras.

lunes, 29 de octubre de 2018

Del otro lado.


XXXI. 


Es curioso como los nombres tienen la facultad de injerir en las propias cualidades humanas de las personas, en su personalidad, en la forma de ser y de comportarse. Los nombres, y a veces también los apodos, condicionan y aunque nunca se había detenido a pensarlo, Pedro Roca, era como su nombre lo decía, un tipo duro de cuero, carácter y de corazón. Por supuesto que lo que lo había hecho así, era la vida que había llevado desde su infancia, no su nombre propiamente tal, pero no dejaba de ser curioso para quienes lo llegaban a conocer. El menor de seis hermanos de una familia desbaratada, tenía que constantemente competir con sus hermanos por lo poco que tenían, incluso por un lugar donde dormir, y casi siempre perdía. Pronto, y al igual que la mayoría de sus hermanos, más temprano que tarde, comenzó a pasar más tiempo en la calle y menos tiempo en su casa, vio muchas cosas que no debería ver un niño y aprendió muchas cosas que no se le deberían enseñar a un niño, pero para él, no sólo todo eso estaba bien y era justo, sino que además, era mucho mejor que lo que vivía antes, porque ahora, él no estaba en el fondo de la cadena alimenticia, ya no era el más pequeño, había otros más abajo que él y tenía posibilidades de seguir subiendo, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para subir. Ya nunca más sería el más débil. Mató a su primer hombre a los once años y lo hizo de una puñalada en el cuello sin titubear y tuvo su primera experiencia sexual tan sólo unos meses después, con una jovencita apenas mayor que él, con iguales ansias de sobrevivir pero mucho menos apta y más temerosa, en ese momento, aquello fue como una especie de prueba que debía cumplir, un reto que lo haría ser considerado de otra forma, pero con el tiempo, se convertiría en su afición y en su negocio, a lo que se dedicaría toda su vida: al negocio de las jovencitas temerosas. Con los años, los sentimientos se fueron volviendo sinónimo de debilidad y poco a poco fueron siendo reprimidos y aplastados hasta quedar atrofiados irremediablemente. Comenzó transportando en condiciones muy precarias, seres humanos de contrabando, a jovencitas compradas a sus familias o familiares o de plano raptadas de sitios muy pobres, para ser llevadas a lugares donde se les encerraba y se les obligaba a ejercer la prostitución. Él se daba el derecho de probarlas también, le gustaban preferentemente las chicas muy jóvenes y sobre todo las que le temían, las fáciles de someter, las que no mostraban mayor resistencia que repetidos ruegos y sollozos. Era listo, a pesar de no tener educación y ambicioso, aunque su origen era de pobreza y abandono, pronto consiguió tener su propio local, y rápidamente consiguió algunos matones de baja calaña y varias jovencitas para comenzar a atraer clientes y también para su propia satisfacción personal. Las chicas vivían encerradas, hacinadas, mal alimentadas, permanentemente intimidadas, siempre expuestas a enfermedades y maltratos, no recibían más que un mínimo de dinero del que generaban. Y cuando se volvían demasiado mayores para el gusto de los clientes, Pedro Roca las vendía a otro tipo de locales nocturnos para obtener algún beneficio o simplemente las hacía desaparecer, eran muchachas que nadie buscaba, por lo que no era conveniente que quedaran libres para contar su historia a alguien. Un cliente en especial se volvió muy buen amigo de él y luego su socio, lo llamaban David Romano, un hombre de pelo largo, liso y rubio, muchísimo más culto y educado que él, y con un curioso parecido a Jesucristo. Se trataba de un hombre extraño, con capacidades poco comunes que nadie comprendía muy bien, hasta que Pedro Roca tuvo, como los llama él mismo, “un accidente programado” tenía varios enemigos y muchas tachas en su expediente de vida: su automóvil, en el que viajaba junto con uno de sus hombres, se quedó sin frenos en la carretera, chocaron y se volcaron algunos metros por una pendiente. Ambos fueron encontrados muertos, pero Pedro Roca despertó un minuto y veintiocho segundos después tomando una bocanada de aire como si estuviera emergiendo desde el fondo del océano, un océano especialmente profundo y oscuro, estaba muy alterado, asustado, era comprensible para todos después del accidente, pero para David Romano, aquello no era sólo la experiencia de haber estado a punto de morir, sino de haber estado muerto y haber visto al Escolta que lo aguardaba del otro lado. Pedro se lo confirmó y David le explicó qué era aquello y por qué lo estaba esperando y lo seguiría esperando a él y sólo a él. Entonces le ofreció el servicio de alguien que él conocía, alguien con muchas generaciones a su espalda, que podía engañar a ese Escolta, ya que era imposible destruirlo, y endosárselo a alguien más mediante un ritual, uno que parecía digno de un curandero africano o un médico brujo, uno que incluía cánticos, oraciones, sangre del interesado y hierbas quemadas en brasas ardientes junto con mechones de pelo y escupitajos, todo muy en contraste con el entorno moderno, los aparatos electrónicos y el ruido incesante del tráfico en la calle. El curandero, una vez que terminó, preparó dos botellitas de líquido, uno claro, transparente y otro turbio y oscuro, este último se lo dieron de beber a Pedro Roca mientras que el primero se lo llevó David Romano. Pedro Roca nunca se enteró, pero lo que acababa de beber y que sabía tan mal, era un poderoso veneno. Para acabar bien con el ritual, debía morir en ese mismo momento si quería evadir al Escolta, David Romano lo sabía, pero no se lo dijo, al fin y al cabo, todo aquello era con el propósito de salvar su espíritu y no su cuerpo, luego salió del cuarto donde un chico de nombre Joel lo aguardaba. David le dio la botellita de líquido transparente e instrucciones de que debía matar a alguien y en el acto meterle el líquido por la boca, no importaba cómo ni a quién, sólo que lo hiciera lo más rápido posible, “Fácil y rápido…” concluyó Romano con una leve sonrisa. Joel cogió el líquido y se marchó, conocía a David Romano, le debía un favor muy grande y sabía que aquel era de los hombres a los que convenía pagarle las deudas.



León Faras.

miércoles, 24 de octubre de 2018

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


III.

Poner a dormir a Bolo no era tan sencillo como parecía, pero era necesario, pues debían descender de la barcaza sin que ésta tocara tierra, y Gálbatar quería a su esclavo Nobora cuidándoles las espaldas cuando cruzaran la Entrada del Ladrón. No era fácil, porque Bolo tenía una notable resistencia a las sustancias que pretendían influir en su metabolismo de fierro y porque, literalmente, podía oler a distancia los soporíferos que el alquimista sabía preparar, y negarse a probarlos, sólo el alcohol funcionaba y se lo bebía de buena gana, pero no tenían tanto tiempo como para emborrachar a un hombre-perro y esperar a que se recuperara. Entonces Licandro sacó una botella de líquido y se la enseñó a Gálbatar, era una cocción de flores maceradas en un licor destilado de bayas silvestres al que se le había agregado un polvo extraído de hongos con poderes mágicos, o eso le había señalado el vendedor, lo había encontrado hace unos días en un extraño mercado y de inmediato pensó en su amigo Bolo y su problema con la altura. El mercader le aseguró que el brebaje podía infundir valor a quien lo necesitara al punto de ser capaz de enfrentar su peor pesadilla con arrojo y valentía, y perder completamente la prudencia y el miedo a la muerte, si aquello era necesario; había batallas que se habían decidido gracias a esta bebida, sin embargo, se debía tener mucho cuidado con la cantidad, pues una dosis muy elevada, podía conectar al individuo con otro tipo de realidades, haciéndolo entrar en contacto con mundos gobernados por espíritus, a veces buenos y a veces malos, advirtió el comerciante, y luego vació los bolsillos de Licandro con una amable sonrisa. Mientras preparaban el descenso, Licandro le dio un vaso pequeño a su amigo Bolo, con toda ceremonia y discurso para que éste pensase que se trataba de algo especial y no de una botella de licor ordinaria que debía ser aniquilada lo más rápido posible, sin embargo, el vaso pequeño no pareció surtir efectos en el Nobora, y a éste pareció agradarle, por lo que le dio otro y de paso, se bebió uno él también, después de todo, nunca estaba de sobra un poco de valor. Cuando Licandro salió a la cubierta, Gálbatar miró preocupado la botella con el menjunje, le faltaba más de la mitad, lo que significaba que: o el organismo de Bolo era demasiado resistente o el brebaje era un completo timo. Licandro respondió que tal vez un poco de ambos, pero que finalmente había dado resultado y señaló hacía el cielo con una amplia y forzada sonrisa. En ese momento el Nobora trepaba eufórico por una de las redes de cuerda hasta el globo, donde cualquiera que se atreviera, podía experimentar lo que se sentía viajar sobre una nube. Gíbrida miraba con la boca abierta, realmente se trataba de un brebaje milagroso, se lo arrebató de las manos a Licandro y se echó un trago largo, luego se lo devolvió con la misma rudeza con que se lo quitó. No estaba tan mal.

La entrada de “El Gigante dormido” se refería a un árbol caído de un tamaño descomunal, como un tubo gigante con la altura de cuatro hombres de diámetro, que tenía sus ramas en la jungla, pero luego de cruzar el río en todo su ancho, enterraba las raíces en la ciudad. Parecía sacado de otro planeta, de uno particularmente enorme. El Místico llegó hasta allí para cruzar al otro lado, a la verdadera Antigua, y para eso, debía hacerlo por el interior del Gigante dormido y no por encima. Sus ramas ofrecían angostas entradas por las que un hombre delgado podía arrastrarse como por dentro de una tubería, pero sólo una de esas entradas llevaba sano y salvo al visitante hasta el otro extremo, pues una vez dentro, lo que se encontraba allí, era la entrada a un laberinto que cubría totalmente la circunferencia del interior del túnel, iluminado tenuemente por algunos haces de luz filtrados desde el exterior y por una bandada de insectos luminosos, similares a los que habían en el foso, que se desplazaba por el centro, todos juntos como una nube luminosa. Para los Místicos, sólo había una forma de cruzar el laberinto y era repitiendo una letanía infinita, muy larga, aprendida de memoria y que señalaba el camino que se debía tomar: cinco pasos, izquierda, diez pasos, izquierda, dos pasos, derecha… y así, hasta llegar al final. Es interesante destacar que hay puntos en los que, con sorpresa, se puede ver la luz entrar desde un agujero en el suelo bajo tus pies, como si se estuviera de pie sobre el sol y no bajo él, entonces, y sólo entonces, el visitante nota que está cabeza abajo, pero aquello no afecta en lo más mínimo dentro del Gigante dormido. De esa manera, el visitante cruza el paso hacia la ciudad Antigua, pero el intruso, o tal vez quedaría mejor decir, el insensato, es atrapado en un laberinto infinito y consumido por el Gigante lentamente.

Para cuando lograron que Bolo bajara del globo que sostenía la barcaza aerostática, ya habían preparado las cuerdas para el descenso, el sistema era muy simple, se utilizaban contrapesos que colgaban de la barcaza, pero éstos, sólo frenaban los últimos metros de la caída, por lo que bajar de la barcaza era un verdadero salto al vacío. Gálbatar y los demás, se ataron un pie a la cuerda y luego la sujetaron firme con ambas manos para dejarse caer, Bolo, dentro de su estado de exaltación narcotizada, apenas cogió la cuerda y se lanzó al vacío como un clavadista, dando un brinco espectacular desde la barandilla con un alarido de euforia digno de un Nobora desquiciado y sólo sujeto con sus poderosos puños que, y gracias a algún pequeño resquicio de sensatez dentro de su locura temporal, no soltaron la cuerda hasta posar los pies suavemente sobre el piso firme de la ciudad destruida. La Entrada del Ladrón estaba claramente señalada en el mapa, pero cruzarla, era algo completamente diferente, ninguno de los que estaban ahí lo había hecho antes, y todo lo que se sabía al respecto, eran cuentos y leyendas que tenían las mismas posibilidades de ser falsas o verdaderas. En primer lugar, se decía que debía ser cruzada de día, jamás al ocaso ni mucho menos por la noche. En segundo lugar, había quienes aseguraban que dentro del paso, la oscuridad era total y que era imposible diferenciar el arriba del abajo, también se decía que los Mancos podían ver en la oscuridad y que esa era su principal ventaja, eso, además de ser considerados indolentes y muy buenos guerreros.

Una auténtica ranura para hombres, estrecha, que apenas cabía un hombre corpulento como Licandro, pero incomprensiblemente alta, abierta en una pared que no ofrecía nada más, en medio de lo que, con seguridad, eran las ruinas de una ciudad hermosa. Luego, una escalera aprisionada entre dos paredes, que parecían ansiosas por juntarse una con la otra en cualquier momento. La luz del exterior los acompañaba, sólo hasta donde le era posible llegar, de ahí en adelante, la oscuridad se dejaba caer con toda su indiscutible rotundidad. Gálbatar encendió su foco portátil, Licandro y Gíbrida portaban lámparas. El sitio, una vez acabada la escalera, era un túnel cilíndrico, perfectamente redondo de unos tres metros de diámetro, tal vez un poco más, en cuya base corría agua como por un drenaje subterráneo, aquellas eran, de hecho, las cloacas de Antigua. Licandro levantó su lámpara a todo lo que le dio el brazo, un sonido en el techo señalaba que algo se movía sobre sus cabezas, cogió su pistola por precaución, pero sólo consiguió quedarse mirando incrédulo y con la boca abierta como la misma agua que corría bajo sus pies, también lo hacía por el cielo de roca, como si se tratara de un espejo, pero en el que ellos no se podían reflejar, el hombre se preguntó si aquel líquido que había bebido, no lo estaba haciendo ver cosas que en realidad no existían. Entonces, algo pasó reptando por la pared junto a él, algo enorme que lo hizo dar un salto, Gíbrida alzó su escopeta, Licandro lo apuntó con su pistola y medio segundo antes de apretar el gatillo, pudo ver que se trataba de Bolo, el Nobora, caminaba por la pared y subía hasta quedar cabeza abajo guiado por su olfato y por su instinto. Licandro soltó una retahíla de groserías, palabrotas e insultos dirigidos a Bolo, a sus parientes cercanos y hasta a los mismísimos constructores de aquel agujero maldito y siniestro, mientras se apretaba el pecho con la mano que sostenía el arma, conteniendo su corazón para que no se escapara de su sitio. Bolo no le hizo ni caso, seguramente tampoco le entendió demasiado, pero se mantenía inquietantemente expectante, como el perro que detecta a su presa, aunque no la vea, aunque esté oculta, su olfato y su instinto le aseguraban que estaba ahí, lista para huir o para atacar.



León Faras.

viernes, 12 de octubre de 2018

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


II

Las caravanas, han sido una buena forma de ganarse la vida desde siempre, porque desde siempre ha habido productos que necesitan ser llevados de un sitio a otro; telas, especias, arcillas y si eres nuevo en el negocio, siempre es bienvenido un novato para trasladar metal desde los yacimientos de chatarra de Arenas Blancas a los hornos sepultados de Damn, pero incluso para ser novato, era necesario contar con un capital para comprar un carro y los búfalos escamados que tiraran de él a través del desierto. Baros tenía ese capital: el oro que consiguió al huir del bosque, y lo utilizó en iniciar su pequeño negocio. El oro, un metal poco visto en el comercio popular. Cuando le preguntaron en el asentamiento de Arenas Blancas, de dónde lo había sacado, respondió que se lo había arrebatado a los Grelos, los cuales, a su vez, habían matado y se lo habían quitado a un grupo de soldados. Nadie le creyó, ¿Y cómo le iban a creer? si era una locura enfrentarse solo a una oleada de Grelos o más aún, entrar a su campamento a robarles oro, ¡Oro! ¡Si era más fácil robarles una de sus hembras, que el oro! aunque, no más atractivo. Baros se quedó tratando de justificarse, haciéndose escuchar por encima de las risotadas de los hombres que le oían, especialmente uno pequeño, de nariz ganchuda que mientras más fuerte reía, más grande abría los ojos, sentado convenientemente junto a su socio, un hombre enorme de piel de oliva, cuyos brazos parecían capaces de estrangular a un búfalo y su risa, era como la que haría el mismo búfalo, si pudiera reír a carcajadas. Entonces, un hombre llamado Bomas le habló, era un viejo de orejas perforadas muy alargadas, como si hubiese cargado rocas con ellas, y una sola aglomeración de pelo pringoso y aglutinado que le salía del cráneo como un tentáculo gordo y gris colgando en su espalda; le dijo que le importaba un carajo de dónde había obtenido el oro, que él lo aceptaba si lo que quería era un buen carro con toldo de oruga para las tormentas y ruedas areneras y, si quería, le podía ofrecer dos búfalos escamados de mediana edad, a mitad de precio, pero que aún podían trabajar un par de años con total facilidad, antes de vendérselos a los destazadores. Baros no sólo aceptó, luego de ver el carro y los búfalos, por supuesto, sino que también se unió a la caravana del viejo, era lógico, un caravanero solo, no era un caravanero. También eran parte de la caravana, el pequeño de la nariz ganchuda, Gago, y su gigante compañero oliváceo, Nilson.

Las arenas de los desiertos, forman olas, como las del mar, aunque se les llamen dunas. Estas olas también tienen movimiento y se desplazan como las del océano, aunque, por supuesto, de manera mucho más lenta y pesada. Este movimiento de las dunas, fue el que hizo emerger un día, desde sus entrañas, un pequeño trozo de metal, el ápice de un tubo de hierro de doscientos metros que llamó la atención de los hombres, quienes, en ese momento, fueron incapaces de cavar lo suficiente para descubrirlo por completo, pero, gracias a eso, un año después descubrirían el descomunal yacimiento de chatarra de Arenas Blancas, un sitio atractivo a su modo, que ofrecía la prosperidad y la muerte a partes iguales. Se trataba de un cráter de proporciones apocalípticas, cavado por incontables hombres que habían pasado por allí durante muchos años, en cuyo interior, bullía la actividad propia de una ciudad siempre sobre poblada, hecha casi en su totalidad de postes, toldos y lonas y donde se podía encontrar casi de todo, desde carne de pescado, traída quién sabe desde donde, hasta una más que aceptable cantidad y variedad de prostitutas. El yacimiento pertenecía a tres hombres que se lo habían dividido como una torta y cualquier hombre podía trabajar allí, pagando un porcentaje de sus ganancias. Nadie parecía interesarse por saber quién había depositado toda esa chatarra allí o en qué era utilizado todo ese metal antes de que fuera acumulado como basura, simplemente estaba allí, como un regalo de los dioses, y todos podían sacar provecho de él. Bomas, comenzó trabajando allí, como excavador, cuando aún era muy joven, un chiquillo. Había estado a punto de morir dos veces en ese sitio, dos veces, en serio. La primera: en una trampa de arena. Las excavaciones avanzaban en cualquier dirección y sin ningún control, por lo que había zonas donde el desierto estaba socavado y la arena se escurría lentamente, pero sin que nadie lo pudiera notar, perdiendo su densidad y convirtiéndose en una trampa traga-hombres. Bomas fue tragado por la arena hasta la cintura de una sola engullida, y luego lentamente, como una serpiente se traga una presa demasiado grande. Sobrevivió gracias a que alguien lo escuchó pedir ayuda y lograron llevarle una viga para que se sostuviera. Sólo andaba buscando un lugar apartado donde evacuar. La segunda vez fue en el gran derrumbe, algo cedió y toneladas de chatarra se vinieron abajo rodando o volando por los aires, una gigantesca pared que parecía inamovible como los muros de Jericó, perdió su estabilidad y comenzó a derrumbarse como un castillo de naipes, pero de naipes de hierro que pesaban toneladas. Fue una tragedia y fue la única vez que se recuerda que los trabajos se detuvieron por varias semanas para sacar los cuerpos de los muertos y de los heridos. Bomas sólo corrió lo más rápido que pudo y sin mirar atrás, cuando vio que todos los demás gritaban y corrían. No supo qué tan cerca estuvo de morir ese día, pero sospecha que se salvó por muy poco. Sin embargo, siguió trabajando en el yacimiento de Arenas Blancas por varios años más, hasta que tuvo su oportunidad y se convirtió en caravanero, desde entonces, no ha parado un solo día de su vida.

Las ciénagas, eran un lugar al que los soldados no lograban acostumbrarse. Todo lo que comían o bebían sabía horrible, el olor a putrefacción era constante y en algunos días, insoportable. Fico era un soldado de guardia en el muro exterior, se distraía aquel día observando cómo, algunos hombres subidos en improvisadas torres de madera, ataban al lomo de la bestia, no sin el máximo de precaución y un miedo palpable, una estructura de madera de aspecto simple, a la cual poder adherir un pomposo asiento con sombrilla en el que Rávaro pudiera viajar cómodamente montado sobre una criatura de cinco metros de altura. Éste observaba la maniobra con una expresión de satisfacción perversa, pues obviamente tenía en la mano el mando del amenazante Quebranta-espíritus, al que la bestia había aprendido a respetar y temer rápida e inteligentemente. Fico observaba esto totalmente relajado, con un codo apoyado en la baranda y un pie cruzado, mordisqueando de mala gana una fruta que sabía a lodo, cuando alguien gritó: un hombre llegaba, un soldado que se veía agotado y hambriento, dijo que había sido enviado junto con Baros rumbo a la ciudad del abismo, pero que éste los había atacado y huido hacía los bosques, donde fueron asaltados por Grelos, quienes, al descubrir que llevaban oro, les habían perseguido y cazado uno por uno. Él, de milagro había logrado escapar, gracias a la velocidad de su caballo y a que había desperdigado el oro que llevaba de manera que eso le diera tiempo para escapar, aquella última parte no le agradó para nada a Rávaro. Fico se dio vuelta hacia la Ciénaga para no ver como aquel pobre tipo era incinerado de dentro hacia fuera, se limpió la nariz con el dorso de la mano donde tenía la fruta, y asqueado, lanzó ésta lejos fuera. Entonces, lo notó, algo raro había, algo que le estaba llamando la atención desde hace rato, pero que no lograba identificar: Siempre que él y los otros soldados terminaban de comer algo sobre el muro, lanzaban los restos hacía afuera intentando darles en la cabeza, a uno de los guardias espectrales de Dágaro que permanecían rodeando el castillo, formados e inmóviles como estatuas o como armaduras vacías de decoración, pero esta vez, al lanzar la fruta, se dio cuenta de que no había ningún soldado espectral, los buscó con la vista, a todo lo que ésta le alcanzaba desde donde estaba, pero no pudo divisar ni uno solo. Pensó en que debía dar aviso, pero en ese momento vio como retiraban los restos del soldado que hace poco había llegado con malas noticias para su jefe y como éstos se desarmaban con sólo intentar moverlos. Fico se rascó el cuello y volvió a restregarse la nariz con el dorso de la mano, le quedaba una hora de guardia, con algo de suerte los soldaos espectrales regresaban a su lugar o a alguien más le tocaba informar de su desaparición.



León Faras.

lunes, 1 de octubre de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XVII.

Elena, luego de lavarse la cara y las manos, estaba sentada a la mesa frente al viejo Tata y al lado de Lina para aclarar un poco lo que había sucedido: ese señor que había aparecido en su casa, hace un rato, no era ningún agente de la justicia, era un hombre claramente acaudalado, de buena familia y situación, que actuaba por sus propios medios “…y que andaba buscando a su hermana, una señorita de nombre Elena, ¿Es usted, verdad?” preguntó Tata, Elena asintió, el viejo continuó, rascándose detrás de la oreja, “Mire, no es que queramos que usted se vaya, ¿Verdad Lina?...” Lina asintió con la cabeza y le tomó las manos a la muchacha, el viejo continuó, “…más bien, todo lo contrario, estamos muy contentos de que usted y Clarita nos acompañen, pero, si usted es la hermana de ese señor, entonces usted también tiene una buena situación económica, ¿No estaría mejor, más cómoda y segura, junto a su familia?” Elena, explicó que cuando llegó a vivir junto a su padre, lo hizo con la idea de alejarse de su círculo familiar y de la vida que llevaban, una vida de lujos ridículos y vacíos, de costumbres monótonas e innecesarias y dónde ella, como mujer, era una completa inútil que apenas, y si se esforzaba mucho, podría encontrar algún día, un marido rico que le diera “la vida que se merecía”, y si tenía mucha suerte, joven y apuesto también, para que ella pudiera seguir manteniendo su nivel de vida y sus amistades, “…pues todo eso, no digo que esté mal…” continuó Elena, aún tomada de la mano con Lina, “…sólo digo que para mí no estaba bien. Sí, vengo de una familia con buena situación económica, pero yo no tengo dinero, ni tampoco me prepararon de ninguna manera para obtener algo de dinero, la vida que llevaba era como estar dentro de una jaula, y salirse de esa jaula estaba prohibido. Yo quería una vida junto a la gente de pueblo, donde las costumbres son sencillas y donde es casi imposible sentirse un inútil. Yo quería ayudar, servir, incluso alguna vez pensé en ser monja, pero mi padre se escandalizó y se negó rotundamente, no quería nada que tuviera que ver con la iglesia…” Lina se atrevió a preguntar, algo que hace rato le daba vueltas sin decidirse, “¿Su padre es el que era doctor, verdad? lo digo porque no hay muchos Ballesteros por aquí” Elena miró a la vieja que preguntaba con toda ternura y asintió sin decir palabra. La noticia de que el médico se había ido preso, no había pasado inadvertida para nadie en el pueblo y en todos sus alrededores, tanto el médico, como el cura, eran personas importantes y reconocidos, sin embargo, la razón por la que se lo llevó la justicia, se multiplicó en media docena de versiones distintas, pero a los viejos, aquello no les interesaba, “¿Y su mamá, no estará preocupada por usted?” preguntó Lina con toda la humildad del mundo, Elena negó con la cabeza, “Ella murió hace muchos años…” No era necesario dar más detalles, pero lo cierto, era que su madre había enloquecido, le habían diagnosticado personalidades múltiples, a veces, recuerda Elena, era como si otras personas completamente distintas y opuestas, se apropiaran de su mente. Al final había terminado suicidándose. “Bien…” dijo Tata, poniéndose de pie, “…no se habla más del asunto, usted puede quedarse aquí el tiempo que quiera. Se nota de lejos que usted es una buena persona y las buenas personas son bienvenidas en todos lados” En ese mismo momento comenzaron a caer los primeros goterones de lo que sería una generosa lluvia. 

En casa de Ismael, éste preparaba un lecho para él en el cuarto de su hijo, la cama de Úrsula estaba destrozada y su dormitorio aún con vestigios desagradables en los muros y en los recuerdos de la muchacha, por lo que ésta dormiría junto a su madre. Comenzó la lluvia a anunciarse y la ropa de Úrsula que se había lavado durante el día con agua hirviendo, terminó colgando en su cuarto vacío en improvisados tendederos. Una hora después y poco antes de que el día se terminara, se desató el aguacero, el doctor Cifuentes leía los papeles que le había dado el cura sentado en el mismo escritorio donde Ballesteros los había escrito tiempo atrás, la misma lámpara lo iluminaba, y también a los fetos, que a ratos parecían moverse dentro de sus frascos y cobrar vida, con el efecto de sombras que provocaba la trémula llama que los iluminaba. El caso de Isabel Vásquez le pareció particularmente interesante, los sucesos que describía eran increíbles, sobre todo los inexplicables síntomas padecidos por el paciente que, el doctor Ballesteros describió como pertenecientes a una enfermedad rara y sin precedentes. La narración de la autopsia realizada al cadáver, carecía de toda credibilidad, un bebé engendrado bajo tierra, era una locura, pero había algo que, estaba ahí, y que no podía ignorar: el feto sin rastros de su cordón umbilical; era real, tangible, pero al mismo tiempo imposible de que existiera. El doctor Cifuentes se restregó los ojos por debajo de las gafas, estaba cansado, tenía hambre y afuera la lluvia caía como si se hubiese roto el cielo.

Fin de la Segunda parte.



León Faras.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XVI.

Gracia no apareció, sino, hasta pasado el mediodía. Clarita estaba muy intranquila, como quien ha perdido algo muy valioso, nunca su hermana la dejaba sola tantas horas y ahora no la había vuelto a ver desde que se durmió por la noche. Hasta temía que le hubiese pasado algo, temor que nadie parecía tomarse en serio. El desayuno había estado, fabuloso, sobre todo para Elena, quien, en toda su vida, nunca había probado una leche tan fresca, que aún viniera tibia del cuerpo del animal, acompañada de un trozo de queso derretido en el fuego antes de esparcirse y pegotearse en una hogaza de pan, grande y gorda que no cabía en la boca. Aprendió de la vieja Lina como era que la harina, ese polvo pálido e insípido, se convertía en una crujiente y apetitosa hogaza de pan caliente, cosa que de niña, ya había visto hacer a las empleadas de su casa, pero a lo que jamás le permitieron acercarse, pues era una labor que, supuestamente, jamás necesitaría aprender en toda su vida. Aprendió de Clarita, a ordeñar las cabras y del viejo Tata, los misteriosos secretos para convertir las horrorosamente amargas aceitunas del árbol, en los deliciosos frutos que luego llegaban a la mesa usando, principalmente, ceniza y agua caliente; Elena se preguntaba, a quién se le hubiese ocurrido semejante idea. Recorrieron, junto con Clarita, los bellos parajes cercanos, acompañadas de Nube y Satanás, quienes no dejaban de mordisquearse y perseguirse ni un minuto del día. Allí estaban, junto al arrollo inagotable que descendía de la montaña, cuando Gracia apareció. Clarita, saltó de alegría, pero luego se puso muy seria y la regañó, como una madre preocupada por un hijo que la ha hecho pasar un buen susto, por desaparecerse tantas horas sin avisarle nada. Elena estaba tomando agua con una mano, miró a Clarita cómo peleaba con su hermana invisible, sonrió y siguió en lo suyo, ya se comenzaba a acostumbrar al extraño comportamiento de la niña. En ese momento, Clarita aspiró una bocanada de aire, abrió bien los ojos y la miró con cara de espanto. A Elena se le caía el agua que tenía acunada en la mano esperando una explicación, “No oíste nada de lo que dijo Gracia, ¿verdad?” dijo la niña, con complicidad, Elena negó con la cabeza, “Dice que en nuestra casa…” refiriéndose a la casucha destartalada en el campo de olivos, “…hubieron hombres montados a caballo buscándote esta mañana” Elena se puso de pie despacio, oteando los alrededores, “¿Estás segura?” Clarita asintió mordiéndose los labios, “Sí, dice que se fueron, pero que luego regresaron con perros…” Elena estaba asustada, de seguro la habían denunciado por la puñalada al cura y ahora la justicia estaba tras sus pasos, ahora además, era una delincuente prófuga, ¿O una asesina? ¿Cómo estaría el padre Benigno? ¿Estaría muerto? De un minuto a otro, toda su tranquilidad se desmoronaba, “Ajá, y si los perros son buenos, puede que lleguen hasta aquí” Concluyó la niña, repitiendo lo que su hermana decía. Elena, estaba angustiada, “¡Ay Dios mío, y qué voy a hacer yo ahora?” dijo la muchacha llevándose una mano a la frente, como si se estuviera revisando la temperatura, Clarita la tomó por la otra mano y se la llevó de vuelta a la casa, “Ven, vamos a contarle todo a Lina, ella sabrá qué hacer”

La vieja Lina bordaba una tela a menos de diez centímetros de distancia de sus ojos, cuando Clarita entró corriendo trayendo casi a la rastra a Elena que, más que angustiada, ahora se veía agotada. Lina escuchó la atropellada historia de Clarita, y comprendió poco más que lo esencial, “¿Y tú necesitas que no te encuentren, verdad?” Elena, respondió que sólo quería un par de cosas, que echaría a correr hacia la montaña y que allí buscaría un lugar donde esconderse, pero la vieja desechó su idea como si se tratara de la cosa más estúpida del mundo “Nada de eso, niña. La montaña es tan hermosa como peligrosa, además, Dios te ampare si te pierdes y se te oscurece ahí arriba, te perderías, y las noches allá arriba son las más largas del mundo” “Además, los perros pueden seguirte hasta allá arriba, ¿verdad, Lina?” agregó Clarita levantando las cejas. Llamaron al viejo Tata y este dio su veredicto, “Bueno, podemos cavar un hoyo y meterla dentro, si quieren…” Las tres, de la más vieja a la más pequeña, se quedaron con la boca abierta y una ceja un poco más arriba que la otra, hasta que el viejo rió y agregó, “…es decir, puedes meterte bajo una cama o subirte arriba hasta el tejado, no importa, ningún escondite es completamente seguro, pero en mi experiencia, el mejor escondite de todos, es a plena vista…” las tres se miraron, ¿Qué clase de escondite era ese? Tata continuó “…como aquel hombre que se disfrazaba de mendigo y borracho; galante y zalamero, se paseaba por delante de los hombres más poderosos, y estos incluso le daban limosnas. Solo que, aquellos hombres poderosos, pagaban una fortuna por la cabeza de aquel hombre, y éste, al final le devolvió todas las monedas que le habían dado, para mostrarles todas las veces que lo tuvieron en frente y nunca lo reconocieron para capturarlo” “Pero es que yo no puedo disfrazarme de borracho…” protestó Elena, el viejo la miró de arriba abajo, la muchacha todavía estaba vestida de hombre, “Mírate, sólo necesitas cortarte un poco el cabello, yo te prestaré un sombrero y necesitarás un poco de tierra en la cara y en las manos. El resto sólo será mantener la boca cerrada y la cabeza gacha” Elena casi prefería meterse bajo una cama, pero al final aceptó, “Pero ¿Y los perros?” insistió Clarita, el viejo Tata le acarició la cabeza, “Por eso, no te preocupes, las cabras se encargarán de eso…” y luego agregó mientras se iba, “…las condenadas tienen un olor más fuerte que el orgullo”

Efectivamente, aquel día por la tarde, se acercó Ignacio Ballesteros, acompañado de uno de sus hombres, a la casa del viejo Tata. El resto del grupo, estaba desperdigado por la zona, tratando de cubrir el mayor terreno posible antes de que cayera la noche. Los perros habían encontrado un rastro, pero ese rastro iba y venía, y el problema eran precisamente las cabras, su olor, sobre todo el de sus orines, era de constante dominio, y no se necesitaba ser un sabueso para notarlo. Bruno ya había alertado de su presencia a lo lejos, y Satanás junto a Nube, no esperaron para acercarse lo más posible a los caballos para ladrarles con toda elocuencia, a las patas de éstos. La vieja Lina y Clarita estaban dentro de la casa, junto a la ventana, desgranando habas. La niña se asomó a la puerta. El hombre que acompañaba a Ignacio se bajó de su caballo, “Clarita, aquí estabas ¿Cómo has estado?” Ante la nula respuesta de la niña, el hombre se volteó hacia Ignacio, “Esta es la niña que vive en la casucha que encontramos…” Ignacio también bajó de su caballo, saludó a la vieja Lina que también se había parado en la puerta de su casa, y se presentó como el acongojado hermano de la tristemente desaparecida Elena Ballesteros. Clarita miró a la vieja Lina y la vieja Lina miró a Clarita, “Ni yo ni mi hermana, hemos visto a nadie por aquí” Ignacio la miró como si hubiese sido insultado “¡Dices que esta señora es tu hermana?” Clarita lo miró como si se tratara de un idiota, “¡Ésta, es mi hermana!” dijo, apuntando un espacio vacío a su lado. El hombre, con una mirada, le recordó a Ignacio que ya le habían advertido que esa niña estaba un poco mal de la cabeza, “¿Y el viejo Tata, dónde está?” preguntó el hombre sonriendo amistoso.

Elena se había cortado el pelo como un chico, se había puesto un viejo sombrero de Tata y había cogido una horqueta para apilar el forraje que se almacenaba para dar de comer a las cabras en el invierno, dentro de un pequeño granero tras la casa. El viejo le había aconsejado mantener la cabeza gacha, el ceño apretado y que usara el dorso de la mano para limpiarse la nariz o secarse la frente. Que se amarrara un pañuelo en el cuello, como lo hacían los hombres en el campo y que se ensuciara un poco las manos y las uñas, pues un chico que trabajara, jamás tenía las uñas limpias. De esa manera Elena pasó a llamarse Joaquín, un nombre que eligió Tata por ser el nombre de su hermano menor, muerto hace años. El hombre llegó hasta allí saludando a Tata como a un viejo amigo, Tata esperaba a agentes de la justicia y le pareció inesperado ver al hombre, pero éste le explicó que un forastero les pagaba bien por buscar a una muchacha desaparecida “…Y tú sabes bien, que para mí, que me paguen por pasear a caballo, es como que me paguen por comer…” explicó, sonriendo complacido, “Oye, ¿Y quién es el muchacho ese, es pariente tuyo?” preguntó, refiriéndose a Elena, Tata respondió que no, que no era ningún pariente, pero la costumbre lo obligaba a nombrar la procedencia del muchacho, el viejo dijo lo primero que se le vino a la mente, “Es Joaquín. Él es el hijo de Rubén…” El hombre miró a Elena, curioso. Elena se limpió la nariz con el dorso de la mano y siguió trabajando, “¿Del finado? Éste no lo conocía, y eso que yo he ido a esa casa varias veces a comprar y vender animales…” dijo el hombre, asumiendo de quién se hablaba. Tata, inteligente, simplemente le siguió la corriente, se le acercó al oído para hablarle muy despacio “con otra mujer… o por lo menos, eso es lo que se dice…” El hombre asintió con un “Ah…” bastante largo, y la cosa quedó ahí. Entonces llegó Ignacio Ballesteros “¿Alguna novedad sobre mi hermana?” preguntó desde las alturas de su caballo, Elena lo reconoció enseguida, y su primer impulso fue acercarse, aliviada de que no fuera la justicia quien la buscaba, pero se detuvo, bajó la cabeza y siguió trabajando, Tata notó aquello, la muchacha sabía que su hermano, no se encargaría de ella por mucho tiempo, que más temprano que tarde, la dejaría en casa de sus refinadas y alarmistas tías, o de su quejosa madrina con toda su prole de vagos, y se desentendería de ella como se desentiende de uno de sus acaudalados e hipocondriacos pacientes, a los que suele atender, para continuar con su vida, una vida en la que su hermana, definitivamente, no encajaba. “¿Hermana?” repitió Tata. El hombre lo cogió por el brazo, “La señorita de la que te hablé que está desaparecida, es la hermana del señor” explicó, y luego se dirigió a Ballesteros, “No jefe, acá los caballeros, no han visto a ninguna señorita perdida…” Ignacio miró a Elena, pero no vio ni rastro de su hermana en el desaliñado y mugriento muchacho que trabajaba, “Bien…” dijo Ignacio, con algo de irritación en las fosas nasales, “…vamos a continuar antes de que se acabe el día” El hombre se despidió de Tata con unas amigables palmadas en la espalda y siguió a su jefe “Vamos, tengo el presentimiento de que estamos cerca” dijo, no sin algo de sarcasmo en su tono.

León Faras.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XV.

Ya era pasado el mediodía, cuando llegaron con Úrsula a su casa; las labores de limpieza aún estaban muy lejos de terminarse. Lucila preparaba el almuerzo, mientras Ismael y su hijo hervían fondos de agua con ropa  y raspaban polvo negro de las paredes y el cielo. La muchacha fue recibida por su madre, quien la abrazó con cariño a penas bajó del coche y por los perros, que también le dieron su aprobación, definitivamente, Úrsula se veía más recuperada, con ánimo y más tranquila. Mucho más recuperada sin la agobiante y absorbente presencia de ese niño, del que, a propósito, no se tenía ninguna noticia aún. Luego, Rupano los llevó a ambos de vuelta a la casa del médico, ya que el sacerdote quería evitar la presencia de su indiscreta ama de llaves y sobre todo la de Berta. El doctor sirvió dos tazas de té y se sentaron a conversar. Hace algún tiempo, contaba el cura, un hombre llegó a la iglesia a verme, un hombre muy conocido por todos en el pueblo. Venía muy sucio y oliendo mal, como si no se hubiese aseado ni lo más mínimo en varios días. Estaba muy alterado, angustiado, incluso asustado. Hablaba con insistencia que necesitaba ser perdonado por algo muy malo que había hecho y algo muy malo que estaba a punto de hacer. El hombre, entre llantos y balbuceos, repetía que no sabía cómo ni por qué lo había hecho, pero que no había tenido más alternativa, que lo que había hecho y lo que haría, era por pura desesperación. Dios nos ha abandonado, es lo que repetía una y otra vez. Había perdido la paz y la cordura completamente y prácticamente de un día para otro. Me fue imposible que se tranquilizara y aunque le repetí que sólo podía ayudarlo si se calmaba y me explicaba paso a paso qué era aquello que lo atormentaba, no lo conseguí. Es justo admitir que yo tampoco fui el sacerdote acogedor y tolerante que ese hombre necesitaba en ese momento. Se fue del templo tan angustiado como llegó y cumplió lo que había dicho, sí había algo muy malo que estaba a punto de hacer: esa misma noche se colgó de un árbol. Ese hombre se llamaba Rubén Hurieta y era el hombre que hace algunos días, se había ofrecido gustoso para llevarse a María Cruces, la hermana de Berta y antigua ama de llaves del doctor Ballesteros, a casa de su familia, cuando ésta se quedó sin trabajo momentáneamente. El suceso pasó como el caso de un pobre hombre que se había vuelto loco de una forma que nadie, ni siquiera su familia, se podía explicar sin recurrir a supersticiones o falsas creencias, por supuesto, y que había acabado de la peor manera. Sí, ahora sabemos que María nunca llegó a casa de su hermana y que, lo que fuera que sucedió en ese viaje, hizo desaparecer a la mujer y enloqueció a Rubén. Varios días después, apareció la tumba de la Sin nombre, aunque, es imposible saber exactamente cuándo, porque tenía una cruz puesta que pertenecía a otro difunto y nadie lo había notado. Lo que había ahí, podía ser cualquier cosa, pero según mis registros, nada que tuviera las exequias eclesiásticas de mi parte, “¿Y qué había ahí, o mejor dicho… quién?” preguntó el doctor, quien aún no había bebido ni un sorbo de su té. El sacerdote continuó: decidimos excavar la tumba, pensamos que habría un animal, tal vez un objeto o mejor aún, esperábamos que estuviera vacía, que no era más que una tonta broma de alguien, pero había un cuerpo metido dentro de un saco, que llevaba varios días ahí, muy maltratado, con varios huesos… evidentemente rotos, quebrados a la mitad y que pertenecía a una mujer, sólo eso pudimos averiguar. El doctor le dio un sorbo a su té, uno muy pequeño, casi un beso, “¿No había algo que la pudiera identificar, la ropa, algún objeto, alguna característica de su rostro?” El cura se llevó el puño a la boca con la vista fija en el suelo, aunque no miraba nada en específico. No era nada agradable la imagen que se le venía a la mente en ese momento “Era un cuerpo deteriorado por la muerte, desnudo y…” El padre Benigno tomó aire “…decapitado. La cabeza nunca la encontramos” El doctor, se puso de pie para procesar la historia con un pequeño paseo por la habitación, “¿Está sugiriendo que esa mujer, la sin nombre, pudo ser María?” “Puede ser… o puede que no ¿Cómo saberlo? Tiene casi un año sepultada. En estos momentos es sumamente irresponsable asegurarlo o desmentirlo” respondió el cura con un cierto aire indefenso en la voz. Cifuentes continuo, “Y la historia de ese hombre… ¿Cómo se llamaba… Rubén? ¿Es porque usted piensa que él pudo ser el responsable?” El cura asintió pensativo, pero luego se apresuró a negar con la cabeza, “Sólo Dios lo sabe. Pero, ahora que sabemos que María nunca llegó donde su hermana… no lo sé, parece obvio, ¿no? Pero déjeme decirle una cosa, doctor, el Rubén que todos conocimos y el que llegó a la iglesia aquel día, eran dos hombres completamente diferentes. Créame, de no ser por esa última visita a la iglesia, dudaría incluso que hubiese sido capaz de colgarse él mismo. Por lo mismo, es que accedí a darle cristiana sepultura, a pesar de su execrable decisión final” el sacerdote le dirigió una mirada al médico como si fuera su propia inocencia la que estaba siendo puesta en duda, Cifuentes, sin embargo, se guardó para sí sus pensamientos. “Bueno, doctor, acompáñeme, quiero mostrarle algo, pero será después de comer, Guillermina debe tener lista la comida” dijo Benigno, poniéndose de pie y llevándose al médico a su casa.

Benigno, comía tres veces al día, y por lo general, lo hacía solo en su despacho, rara vez tenía alguna visita  para comer y nunca se sentaba a la misma mesa junto con Guillermina, para él, el acto de comer, era un momento de mesura, de silencio, de austeridad; para ella, por el contrario, las comidas eran momento de reunión, de compartir, de disfrutar. Ella, no soportaba comer sola, eso le apretaba el estómago, le robaba el apetito, le extinguía toda motivación por alimentarse, a él le pasaba exactamente lo mismo con las multitudes, los banquetes, las mesas atiborradas de comida. Su estómago se asustaba, se empequeñecía, se cerraba hasta no dejar pasar nada más que café o algún que otro bocadillo. Esa gravedad para comer, Cifuentes la comprendió rápido y bien, su padre, era muy similar: la hora de la comida era el único momento del día en el que, los cinco hermanos, los cinco, varones, se quedaban quietos y guardaban silencio en un mismo lugar y al mismo tiempo, gracias a la disciplina del padre. Guillermina, por su lado, estaba más que conforme, pues tenía a Berta y Rupano para acompañar su almuerzo. Después de comer, les sirvió café y les anunció que ella saldría por unos momentos, pues ella y Rupano iban a dejar a Berta a la estación. Parada en la puerta estaba esta última para despedirse del cura, “Muchas gracias por todo, Padre, no me voy muy tranquila, pero al menos sé, que cualquier cosa que sepan sobre mi hermana, me la harán saber…” Guillermina, a su lado, asentía circunspecta. Berta, continuó, “…rece por mi hermana Padre, se lo ruego, donde quiera que esté, para que Diosito la proteja y podamos encontrarnos pronto. Hasta luego Padre, y muchas gracias por todo” Benigno despidió a las mujeres con prudente amabilidad, esa amabilidad incómoda de quien no está acostumbrado a las muestras de afecto, y se quedó solo con el doctor, lo que le acomodaba mucho para mostrarle lo que le quería mostrar. De su gabinete sacó dos frascos y los puso sobre el escritorio, “¿Qué ve aquí, doctor?” Cifuentes dejó su café sobre la mesa y se acercó, “Dos fetos humanos, de unos cuatro meses, aproximadamente, uno gravemente dañado por… fuego, me parece. ¿Por qué los tiene aquí, Padre?” Benigno estaba de pie junto a él, recto y con las manos atrás, como un maestro que espera que, su alumno aventajado, conozca las respuestas sin necesidad de que él se las diga, “¿Nota algo especial en ellos?” Cifuentes se acomodó los anteojos y observó de cerca el feto mejor conservado. Y sí, lo notó en seguida, “Esto no es posible… no hay rastros de ombligo ni de cordón umbilical ¿De dónde los sacó?” Benigno cogió el frasco y lo dejó sobre el escritorio, luego se dejó caer en la silla tras éste, “Los tenía su antecesor, Horacio Ballesteros. Su historia para explicar de dónde los sacó, es sencillamente inverosímil…” “Ah sí, lo conocí esta mañana en la prisión. El jefe de los guardias me advirtió que estaría ahí. Un hombre impertinente, me pareció a mí, aunque supongo que la prisión tiene mucho que ver en eso” respondió Cifuentes con honestidad, Benigno se complació de que, el doctor, no compatibilizara con Ballesteros. “Tengo una cosa más para usted…” dijo el cura poniéndose de pie y hurgando la parte baja de otro de sus muebles. Sacó de ahí una gruesa porción de papeles atados con un cordón, que levantaron polvo al caer sobre el escritorio “… ¿algo de literatura para antes de dormir, doctor?” agregó el sacerdote. Era imposible asegurar si aquello pretendía ser gracioso o era completamente en serio. Aquellos papeles eran las anotaciones del doctor Ballesteros, en ellos, el médico había anotado paso a paso el extraño caso de Isabel Vásquez y muchos otros detalles e ideas que consideró dignas de reseñar, como en una especie de bitácora o diario personal. El cura, continuó “…yo sólo lo hojeé, pero no leí nada de eso, no lo consideré pertinente en su momento, además, me temo que mucho de ese lenguaje no lo hubiese comprendido debidamente. Pero usted sí, quién sabe, tal vez descubra algo interesante.” Concluyó el sacerdote.



León Faras.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Autopsia. Segunda parte.


XIV.

Cuando el doctor Cifuentes regresó a su casa, se encontró con el padre Benigno sentado junto a la cama de Úrsula. Guillermina bebía un té con limón junto a Berta Cruces en la sala. El médico abrió la puerta del dormitorio de Úrsula, “… ¿Estás segura de lo que me estás diciendo muchacha? Recuerda que yo soy representante de Dios todopoderoso en la tierra” decía el padre Benigno, con voz tranquila pero firme. Nada afable. La muchacha estaba sentada en la cama, se escudriñaba debajo de una uña con nerviosa insistencia, pero sin propósito alguno más que torturarse, “Se lo aseguro Padre, estaba en el cementerio, ahí lo encontré…” Úrsula levantó la vista hacia el doctor Cifuentes y de inmediato se dejó en paz la uña de su dedo, además, su rostro también mostró que todo su ser experimentaba el mismo alivio. El sacerdote continuó “¿Y qué andabas haciendo tú ahí?; ¿visitabas la tumba de algún difunto?” La chica le echó un vistazo al cura, pero luego volvió de vuelta la vista hacia el médico, como si le estuviera hablando a él “No Padre…” Volvió a bajar la vista y a torturarse la carne debajo de su uña, “…él me llamó. No dejó de llorar hasta que llegué junto a él…” Benigno miró al doctor, éste, que ya deducía de qué se estaba hablando, miró a la muchacha, y ésta, le devolvió una sonrisa sólo con los labios, triste, pero inmensamente tierna, “…nadie más parecía oírlo, Padre” El sacerdote posó su mano sobre la mano de la muchacha para que ésta detuviera esa mortificante actividad bajo su uña “¿Puedes llevarme al lugar exacto donde lo encontraste?” dijo el cura, con ese rostro totalmente árido de sonrisa y amabilidad que tenía. Úrsula lo miró con algo de angustia, pero luego miró al médico y su expresión se suavizó, como si el doctor Cifuentes fuera fuente de paz y protección para ella, “Creo que sí, pero iría más tranquila si el doctor quisiera acompañarnos” Benigno miró al médico, comprometiéndolo sin decir una sola palabra, o al menos Cifuentes lo entendió así, luego miró a la muchacha, “¿Puedes ir ahora?” No era la idea más sensata, pero no había ninguna razón para que Úrsula siguiera en casa del doctor y de seguro, se iría de vuelta a su casa esa misma noche, por lo que, para el cura, hacer una visita al cementerio en ese preciso momento, era la mejor de las opciones, y mejor aun si el doctor iba con ellos, “Guillermina, usted y la señora Berta, vuelvan a la casa. Allá usted atiéndala en lo que necesite mientras dure su visita. Necesito que me envíe a Rupano aquí lo antes posible. Con el coche” Guillermina lo miró como el parroquiano al que recién le han servido su primera cerveza y le anuncian que la cantina tiene que cerrar “¿Va a algún lado, Padre?” preguntó con inocencia, como si no estuviera enterada de nada, “Usted haga lo que le digo. Y no lo olvide: que Rupano venga aquí lo antes posible” “Como usted diga, Padre” dijo la mujer con dignidad, tomando del brazo a la Berta Cruces y yéndose hablando de forma que todo el mundo la escuchara, “Vámonos, Berta, allá vamos a estar más cómodas, además, al caballero éste no se le puede decir nada… no ves que, de inmediato la retan a una”

El cementerio de Casas Viejas era relativamente nuevo, se había instalado de forma apresurada y casi obligatoria, luego de que en más de una ocasión, en años particularmente lluviosos, la crecida del río aislaba al pueblo justo cuando a algún poblador se le ocurría morir (en una ocasión fueron cinco, producto de que una casa fuera arrastrada completa por el agua, pero sólo tres fueron encontrados para enterrarlos dos semanas después) dejando al difunto varios días en casa de sus familiares, con todas sus desagradables consecuencias, esperando que las condiciones mejoraran, para poder darle la cristiana sepultura que merecía. El sitio, era una enorme extensión de terreno en la cima de una loma, con un puñado de tumbas, todas en tierra, desperdigadas por aquí y por allá. Poco más había que unas treinta cruces en el lugar y unos cuantos árboles ancestrales. Úrsula, tomada del brazo del doctor Cifuentes, guió al sacerdote y al médico hasta un lugar dónde sólo podía verse maleza seca, crecida hasta la cintura de un hombre, un lugar como cualquier otro dentro de ese cementerio, allí había encontrado al bebé, “¿Quién abandonaría un recién nacido aquí?” preguntó el doctor, sin esperar respuesta de nadie en particular. El padre Benigno, en cuclillas, ojeaba el sitio con la esperanza remota de encontrar algo más, pero pronto cesó, era bastante poco probable que hallara algo que pudiera relacionar con el bebé o su procedencia. Marcial Monte era un hombre maduro, flaco y conversador, de aquellos que no pierden ninguna oportunidad para detener su trabajo, apoyar el codo en su herramienta y encender un cigarrito. Frecuentaba el cementerio a diario con un azadón, era el que se preocupaba de que las tumbas no desaparecieran bajo el pasto y la maleza cuando ésta, cada año, se expandía por todos lados. Él tenía algo muy interesante que contar, un suceso que en su momento le llamó la atención, pero que con el paso de los días, simplemente había perdido su interés, hasta ahora, que podía contárselo al cura: sucedió hace varios días ya. “…Yo venía con la intención de desmalezar la tumba de la finadita Lourdes que, ya no se le veía la cruz de tanto pasto que tenía, y la familia, si es que le queda alguien con vida, hace muchos años que no se asoman por estos lados, cuando una tumba apareció con un agujero, como de conejo, encima. Eso, no es que sea raro, pero la verdad es que, no suele pasar, como si los conejos entendieran que hay cosas que se deben respetar o a lo mejor es sólo que la tierra ya huele mal, vaya a saber uno…”; “¿Puede ir al grano, por favor?” Benigno se mostraba impaciente, Marcial era un hombre sin ningún tipo de apuro en la vida y parecía ser dueño de todo el tiempo del mundo para hacer lo que fuera que estuviera haciendo, contando su historia, en este caso. “Lo raro…” continuó Marcial, “…es que ese agujero estaba hecho de adentro, hacia afuera, ¿Me entiende?” Benigno no entendía, al menos, no la relevancia de la historia de Marcial. El caso, es que ¿Cómo se mete un conejo bajo la tierra para cavar de abajo hacia arriba? “¿Cómo sabe usted que fue de adentro hacia afuera, y no al revés?” preguntó Cifuentes, quien no entendía realmente qué tenía que ver el conejo con el niño que Úrsula había encontrado, pero tenía dudas de cómo podía interpretarse la dirección de un agujero. Marcial apagó la colilla de su cigarrito en el mango del azadón y se la guardó en el bolsillo de su camisa, “Por la tierra que tiran hacia atrás…” respondió. Benigno ya se iba a ir, sin ninguna intención de ocultar el hastío y la decepción que la historia del agujero de conejo le había provocado, cuando Marcial lo atajó: “…Pero eso no es lo que le tenía que contar, Padre” Resulta, que a pocos metros de la tumba con el agujero, Marcial encontró una cáscara abierta en dos, como una crisálida, o como la vaina de la semilla de los espinos, pero mucho más grande, como un conejo adulto, de hecho, y con pinchos… púas blandas. “¿Y qué porquería era esa?” preguntó el cura con algo de grima en la cara, “Pues no tengo ni remota idea, Padre, aunque, cosas más raras se han visto. Pero el hecho es que, era tan extraño, que lo eché dentro de un saco y me lo llevé” concluyó Marcial, haciendo la mímica de quien coge algo por el moño y lo levanta. El doctor, nuevamente no entendía la relación entre lo que se estaba hablando y lo que habían ido a hacer allí, pero aun así preguntó: “¿Y nos lo podría mostrar?” Marcial negó con la cabeza con elocuencia, “No…” dijo, “…porque la porquería esa, a la mañana siguiente, apestaba como si tuviera una docena de gatos muertos dentro del saco. Lo tuvimos que enterrar. Mi hermano estaba allí, pregúntele” Nada de eso podía ser menos interesante, sino fuera porque la cáscara había sido encontrada allí mismo donde estaban, a sólo un par de metros del lugar donde Úrsula decía haber encontrado al bebé. La chica nunca vio nada parecido a esa cáscara, y Marcial no encontró ningún bebé, sin embargo, ambos sucesos se produjeron más o menos en fechas aproximadas. Eso no significaba nada, ni para el doctor ni para el cura, pero no dejaba de ser curioso. Ya se iban yendo, pero para el Doctor Cifuentes, faltaba una pregunta obvia por hacer para terminar la historia y la hizo, sólo por curiosidad “¿Cuál era la tumba?”; “Aquella misma que está detrás suyo, la Sin nombre” respondió Marcial. Allí estaba, a pocos metros de donde se hallaba la cáscara y el bebé. Ya no tenía el agujero, Marcial lo había cubierto el mismo día que lo encontró, pero esa era, sólo un montículo de tierra del tamaño de una persona con una cruz de madera que el mismo Marcial hizo y puso. La tumba no tenía nombre, porque apareció sola y de la nada, hacía menos de un año, “No puede haber aparecido de la nada, alguien tiene que haberla hecho, ¿no?” dijo el médico, buscando aprobación con demasiado esfuerzo para una afirmación tan evidente, , “Claro que sí, doctor…” respondió el cura de malas ganas, molesto, como quien es obligado a admitir algo que no es necesario “…es simplemente que no se sabe ni nunca se supo quién la puso aquí. Podrá darse cuenta de que, nadie vive por aquí cerca y que de noche este es un lugar solitario” “Además de que este, es un pueblo tranquilo y de gente buena, nunca pensamos que nos íbamos a encontrar algo así” Agregó Marcial, como atajando al doctor y al cura que ya se iban. Cifuentes tenía curiosidad “Entonces… ¿Había un cuerpo ahí, una persona?” el cura asintió con toda la parquedad de la que era capaz, pero no era suficiente para el médico que esperaba saber algo más. El cura agregó “Mire doctor, qué le parece si, ya que estamos aquí, pasamos a dejar a Úrsula a su casa, y luego, usted y yo tenemos una conversación” El doctor, asintió. Comprendía que ciertas cosas no debían hablarse en frente de una jovencita y menos una con un estado emocional tan delicado.



León Faras.

viernes, 31 de agosto de 2018

La Hacedora de vida.


9.

Nora regresaba por segunda vez a su puesto preferencial en la primera fila para seguir mordisqueándose la punta de los dedos, justo detrás de su hermana Dixi, quien se mantenía concentrada e imperturbable, haciendo exactamente lo que Boris le decía, mientras Ragas celebraba todo, no paraba de hablar, alardeaba y tragaba puñados de unas láminas crujientes con sabor a papas fritas, esa era parte de su estrategia: verlo comer después de varias horas de juego era algo que realmente jodía la moral, pero Dixi no lo podía ver, esa era su ventaja y tampoco le prestaba la más mínima atención a sus burlas y provocaciones, sólo oía su Audio-visor y él le decía todo lo que debía hacer. Reni Rochi también estaba allí, en la primera fila, se había venido apenas recuperó el aliento y su corazón retomó un ritmo normal. Miró a Nora y meneó la cabeza con reprobación cuando ésta llegó a su lado, estaba tan nerviosa que era la segunda vez que iba al baño, de haber jugado ella, hubiese resultado todo un completo desastre. Poco rato después llegó Zardo, y se paró al otro lado de Nora, “¿Cómo va?” preguntó, y se quedó mirando hacia  el pequeño cuadrilátero donde se realizaba el juego. Nora ni lo miró para responder, “Hasta ahora, Dixi ha conseguido como un millar de fichas más que Ragas (esa era claramente una hipérbole) pero aún está muy lejos de terminar el juego…” Zardo sonrió y asintió con la cabeza, “Ah, está consiguiendo una buena ventaja para luego atacar…” dijo, con la convicción de un experto que sabe exactamente lo que está sucediendo. Nora también meneó la cabeza aprobando la idea, pero pronto se puso seria e inmóvil, una vocecita en su cabeza se hizo escuchar gritando por encima de todas las otras vocecitas que algo de lo que estaba sucediendo exigía una explicación. Nora miró a Zardo con la severidad de una madre que ve que su hijo ha roto su uniforme en su primer día de escuela “¡Y tú qué madres haces aquí? ¡Y dónde dejaste a Boris?” Zardo lo apuntó con el dedo, sin estirar el brazo, sólo con el dedo: allí estaba Boris, entre la multitud, sentado junto a un robot con vestido y peluca en medio de una animada conversación con éste, una conversación sin movimiento de labios ni expresiones faciales, y completamente diluida en el bullicio para cualquiera que estuviera a más de un metro de distancia, pero, una animada conversación sin duda, “¿Es un robot con vestido y peluca?” Nora se giró amenazante “…no sé qué tonta idea se te ocurrió ahora, pero si es alguna broma, te juro por tu madre que…” Zardo se defendió con desesperación, que no era su culpa, que ese robot se lo había llevado y que Boris había aceptado encantado. Contó todo lo que le había sucedido, no en orden cronológico pero sí lo más detalladamente posible, y al final, hizo un buen esfuerzo en recordar lo que el portero le había dicho “…un Portador de consciencia…” dijo, triunfante. Nora lo miraba como si le estuviera inventando la excusa más ridícula e inverosímil del mundo, pero Rochi le creyó “¿Un Portador de consciencia? Vaya, eso explica el vestido y la peluca…” Nora se volteó hacia él sin cambiar un ápice la expresión de su rostro, como si ambos chicos se hubiesen puesto de acuerdo para burlarse de ella, “Vale, ¿Y qué madres es eso?...” preguntó sin entusiasmo, como sospechando que la respuesta demostraría lo tonta que era la pregunta, pero Rochi no parecía bromear “Es una persona, que por algún problema de salud no puede moverse, entonces conectan su cuerpo a una máquina y ese aparato, traslada virtualmente  su consciencia a un robot, un cuerpo de metal con el que poder moverse e interactuar. Suelen usar ropa para no ser confundidos con un robot cualquiera, porque en el fondo, son personas como nosotros… No hay muchos así. Yo, es el primero que veo” concluyó Reni, sin quitarle la vista de encima a Mansi.

“Y dime... ¿Por qué estás así, en esa silla?; ¿Qué fue lo que te pasó?” preguntó Mansi interesada. Su cara no podía expresar mucho más de lo que expresa el rostro de un maniquí, pero su cuerpo y su voz lo hacían bastante bien, “Un accidente… creo, no lo recuerdo muy bien…” respondió Boris, con toda la inocencia de su máscara plana y basta, “…pero, es como si ese accidente hubiese sido el origen de todo, como si antes de eso, todo era un sueño, no era real… ¿me entiendes?” Mansi asintió lentamente, como un profesional asimilando palabra por palabra la historia de su paciente, “¡Claro que sí! Para estas máquinas…” dijo, refiriéndose al cuerpo de metal al que estaba conectada, “…los sueños y la realidad son exactamente lo mismo, se confunden y a veces logran que se confunda uno mismo también. A mí me ha pasado muchas veces eso de no estar segura si algo sólo lo soñé o en verdad sucedió, pero no debes preocuparte, lo realmente importante es lo que estás viviendo ahora” concluyó , luego, repitió muy despacio, como para sus adentros lo de “Un accidente…” y rió suavemente, no se lo dijo a Boris, pero ella muchas veces había sido catalogada, incluso por ella misma, como “Un experimento” Uno que había dado resultado después de varios intentos fallidos, de pacientes anteriores. Y todo el mundo sabía que un experimento y un accidente, siempre se podían encontrar juntos, eran una pareja que se llevaba muy bien “No te lo tomes a mal, pero, me alegro de ese accidente. Creí que nunca conocería a alguien como tú… o como yo. A propósito, no me has dicho tu nombre” dijo Mansi, mirando desinteresadamente el juego, pero sin ninguna intención de ocultar ni disimular su interés en su nuevo amigo, “Me llamo Boris, y créeme, para mí es una verdadera y grata sorpresa conocerte también” respondió el robot con una galantería anticuada pero efectiva, Mansi soltó otra risita.

La noche pasó desapercibida, encerrados en un edificio condicionado para evitar distracciones del exterior, y el día llegó sin que ningún gallo de verdad cantara en ninguna parte, los asistentes iban y venían constantemente. Yen Zardo y Rochi yacían tumbados sobre sus pequeñas e incómodas butacas, con los pies estirados y los brazos cruzados, buscando un mínimo de comodidad para sus cuerpos adoloridos. Nora se mantenía de pie, haciendo pequeños paseítos de aquí para allá, mordisqueándose las uñas sin parar, nerviosa pero firme, como un general que no puede permitirse mostrar debilidad ante sus hombres, a pesar de la adversidad. Dixi seguía su juego completamente absorta, mientras Babú Ragas jugaba despreocupado, confiado, hasta de buen humor, pero ya sin tanto aspaviento. Incluso su insufrible petulancia tenía un límite, por suerte. Mansi empujó a Boris hasta donde estaba Nora y los demás, su cuerpo metálico, el de Mansi, como cualquier coche más o menos moderno, había encendido una alarma en su interior que indicaba que necesitaba cargar energía antes de que ésta se agotara completamente. Debía irse. Boris levantó con enorme esfuerzo su mano derecha y la ofreció como saludo a la vieja usanza humana, sólo su mano, como si el resto de su brazo pesara mucho, Mansi aceptó el saludo con una sonrisa de agrado que su rostro de muñeca era incapaz de exteriorizar, y se fue. Nora no pudo evitar notar ese detalle, “¡Oye, puedes mover esa mano!” dijo con asombro, pero luego se puso seria, con el ceño apretado y los brazos cruzados, con ese cambio de humor repentino de los borrachos o de alguien muy cansado que no ha dormido en toda la noche, “¿Desde cuándo mueves esa mano?” lo regañó por no decírselo antes, “Desde hace algunos días, sólo que, es algo que se mueve lento, corre por un estrecho canal y comienza acumularse en un punto. Luego, cuando ese punto está lleno, pasa al siguiente. Lo puedo sentir” Concluyó Boris, estudiándose el movimiento de sus dedos. Nora lo miró con cansada admiración, después de una noche en vela, es difícil expresar las emociones, incluso sentirlas, también las ideas se espesan y endurecen y es más difíciles de digerirlas, por lo que Nora, no se esforzó demasiado en imaginar cómo, la vida que ella le había dado, se esparcía por el cuerpo del robot, lo colonizaba, y lo hacía de una forma casi material, casi como un río, uno pequeño y débil pero inagotable, que emanaba de su cabeza y poco a poco regaba su cuerpo, haciéndolo florecer. Pero Nora no imaginó nada de eso, para ella, la idea de que pudiera mover una mano que antes no podía, ya era más que suficiente para una noche. Para esa noche.



León Faras.

sábado, 18 de agosto de 2018

La Hacedora de vida.


8.

Babú Ragas era una celebridad dentro del mundillo de seguidores del Juego de Orión. Era un muchachuelo imberbe con la desconcertante mezcla de tener el tamaño y el peso de un adulto, y el rostro y la personalidad de un niño. Además de dos estómagos y un tercero en formación. Su resistencia se había vuelto legendaria, lo que había hecho disminuir drásticamente el número de jugadores dispuestos a competir con él. Su voz chillona, su risa burlesca y su actitud inmadura y petulantemente grosera, tampoco ayudaban demasiado a animar a algún retador. En cuanto vio a Dixi, inmediatamente hizo una pataleta, como si lo estuvieran sometiendo a una humillación pública por hacerlo jugar contra una ciega, como si lo estuvieran enfrentando a un rival que no era digno de él; Dixi no se lo tomó muy bien, a pesar de que sabía por Nora, que la acompañaba, que su rival era poco más que un niño, un niño… enorme, “¿Por qué no juegas conmigo y te dejas de lloriquear?, ¿Tienes miedo, eh?, ¿Tienes miedo de que te gane una ciega?, ¿El niño tiene miedo?” esto último lo dijo con la voz y los ademanes de quien habla con un hermoso y delicado bebé, provocativa. Nora la miró con ojos de plato, su hermana no se comportaba así. “Tú no me das miedo, ¡Me das pena! ¡No puedes ganarme! ¡Nadie puede ganarme!” Alegó el muchacho con infantiles muecas de burla, como cuando el matón del colegio derriba de un golpe al más pequeño, muecas que, por cierto, Dixi no podía ver. “¡No eres más que una boca muy grande! ¿Vas a ganarme hablando o jugando? ¡Me aburres!” Gritó Dixi, contenida a medias por su hermana, esta hacía las veces de la entrenadora que arenga a su boxeador antes de la pelea, estaba entusiasmada, realmente todo el público lo estaba. “¡Tengo dos estómagos! ¡No puedes contra eso!” gritó Babú levantando los brazos y buscando el apoyo de sus seguidores, alardeando, propio de quien, cuya ventaja, es sólo providencial y no por mérito propio, como si algún dios todopoderoso le hubiese concedido el don de la victoria perpetua a él, por ser su hijo preferido. Dixi estaba irreconocible, “¿Ah sí…? Y seguro que también tienes dos culos ¡Pues me preocuparía si tuvieras dos cerebros!” Nora miraba a su rededor un poco avergonzada, realmente su hermana era otra persona, pero el público celebraba cada una de sus respuestas, hasta Remo Taro estaba eufórico con la confrontación verbal y animaba al público con ademanes y saltitos, un tanto ridículos, eso sí. “Te veré correr, no durarás ni un día. Me mataré de la risa cuando te estés haciendo en los pantalones” Dijo el muchacho sentándose en su sitio. “No te daré tanto tiempo” Aseguró Dixi, tomando su lugar. Nora rogaba que Boris estuviera lo suficientemente cerca para comunicarse con el Audio-visor de Dixi o toda esta estupenda confrontación previa no serviría de nada. Remo Taro puso la ficha negra en medio del tablero, y el juego comenzó.

Para los muchachos, llegar con Boris hasta la calle, fue una auténtica odisea. La silla tenía un motor multiplicador de fuerza, con lo que casi no se sentía el peso al empujarla, pero tenía serios problemas para hacer giros cerrados, y los pasillos eran terriblemente estrechos, sin embargo, el verdadero problema surgió en las escaleras, porque allí las ruedas no servían, el motor no ayudaba y aparecía el peso real de la silla, más el robot. Sólo aguantaron el primer tramo de escaleras, porque ya habían comenzado a bajarlas y volver a subir al punto de partida en ese momento, era impensable, pero de ahí en adelante, tuvieron que bajarlos por separado, primero Boris y luego la silla, tramo por tramo y por tramo. Al llegar abajo, Reni Rochi estaba un poco más que agotado, con las manos en las rodillas, el trasero apoyado en la pared y respirando con la desesperación de un pez fuera del agua, Yen Zardo, por su parte, estaba cansado, pero no tan destruido físicamente, por lo que tuvo que irse solo con Boris para no llegar tarde al juego, Rochi  necesitaba recuperarse, lentamente su trasero se deslizó por la pared hasta tocar el piso. Esas malditas escaleras, no las había tomado en cuenta para nada. Al llegar al edificio, se podía oír el alboroto que había dentro, Zardo pensó que llegaban tarde, pero Boris lo tranquilizó, aquel griterío era Dixi enfrentándose verbalmente con Ragas, aunque, el robot sólo dijo que el juego aún no comenzaba. En la puerta había una buena cola de gente esperando y un tipo enorme y engominado autorizando la entrada, se veía ridículo como, unos brazos capaces de arrancarle la cabeza a alguien, sólo se dedicaban a romper boletos de cartón pre-picado una y otra vez. Mientras Yen hacía la cola para entrar, Boris ya estaba viendo el juego a través del Audio-visor de Dixi e indicándole a ésta todo lo que debía hacer. Al llegar a la entrada, la mano enorme que cortaba boletos los detuvo, “¿A dónde crees que vas con eso? Tú puedes entrar, pero este robot no tiene nada que hacer ahí dentro” Zardo se indignó, quiso discutir, pero sus argumentos, no fueron los mejores “¡Es mi amigo! Si él no puede entrar yo tampoco entraré” Y así fue, ambos se quedaron afuera.

Mientras dentro, Dixi jugaba totalmente en silencio y concentrada en cada una de las indicaciones que Boris le daba, afuera Yen, en cuclillas y apoyado en la pared, se pasaba las manos por la cabeza, enfurruñado con el guardia que no los dejó pasar, Boris salió de pronto de su transe, como un anciano que se duerme sentado y despierta de un sobresalto, miró a su amigo “Si quieres, puedes entrar tú. Yo estaré bien aquí” Zardo se pasó el dorso de la mano por la nariz, taimado, de pronto, se puso de pie de un salto, enfadado con el robot “¡Oye, no me estés hablando a mí! Preocúpate de lo que está sucediendo allá dentro” dijo, apuntando hacia la muralla. Boris lo miró con su rostro impávido, era como regañar a un poste, “No te preocupes. Mi cerebro no funciona como el tuyo” respondió el robot, Zardo no supo si aquello era un halago o un insulto. El robot continuó “Tengo un cerebro dividido en 38 partes, que puedo usar por separado o en conjunto…” Zardo lo seguía mirando sin entender. El robot agregó más “…que, puedo indicarle el juego a Dixi y hablar contigo al mismo tiempo” Zardo no estaba convencido, “¿De verdad?” Boris volvió la vista al frente, “No tienes de qué preocuparte, al rival de Dixi se le da fatal el juego, es malísimo, sólo puede ganar si logra alargar el juego lo suficiente, como lo ha hecho hasta ahora con los otros” Yen volvió a ponerse en cuclillas, ya más calmado, “¿Y cómo harás para ganarle?” “En estos momentos, Dixi está acumulando la mayor cantidad de fichas posibles para sí misma, debe sacarle una buena ventaja para luego, cuando llegue el momento, iniciar el ataque…” dijo el robot mirándolo a los ojos, Zardo escuchaba con la boca abierta, como un niño oyendo las aventuras de su héroe, “¿El ataque?...” preguntó “Así es, empezar a barrer el tablero, dejar las menos fichas posibles hasta que sólo quede la negra. Para cuando se dé cuenta, las fichas se estarán terminando, por lo que tratará desesperadamente de alargar el juego, pero para eso, su monto seguirá bajo y el de Dixi creciendo, y si quiere repuntar, él mismo estará ayudando a barrer el tablero. Entonces, estará atrapado y sólo será cuestión de tiempo. Si sólo una ficha entra y salen tres, no se puede alargar el juego indefinidamente” Concluyó Boris, con cierto tono de placer en la voz o de villano de película contando sus planes, lo que no sería tan raro pensando que ha aprendido mucho últimamente de la televisión. Zardo asentía sonriendo, de pronto, se puso serio, alguien llegó a su lado y no era su amigo Rochi, Boris giró la cabeza, la inclinó hacia arriba, luego hacia abajo hasta el piso y luego de nuevo hasta arriba. Era la cosa más extraña pero interesante que había visto nunca: un robot con un sencillo pero bonito vestido amarillo pálido y una peluca violeta brillante, de cabello corto, hasta la nuca, “Disculpen. Te escuché hablar… tú no eres un robot como los otros…” dijo el robot del vestido, con una cálida y titubeante voz femenina, incluso un poco tímida, Boris la miró largamente, varios segundos, hasta hizo una pequeña pausa en el juego de Dixi, “Tú tampoco eres un robot como los otros…” respondió al fin. Zardo miraba a uno y otro, totalmente excluido. El robot del vestido soltó una risita de lo más agradable, casi infantil, aquella respuesta confirmaba sus sospechas: Boris no era un robot como cualquiera. Una risita que su máscara imperturbable no reflejó en lo más mínimo, por cierto, una máscara de lo más bonita y bien elaborada, de un atractivo rostro femenino. “Soy Mansi, ¿Te agradaría dar un paseo conmigo? Podríamos conocernos un poco…” Propuso el robot del vestido, Boris aceptó encantado, Zardo estaba pasmado, y siguió pasmado incluso cuando Mansi tomó la silla de Boris y se lo llevó, sólo entonces reaccionó “¡Oye, oye, oye! No puedes alejarte demasiado, recuerda lo del juego” le dijo con los ojos abiertos más allá de lo normal, Boris lo recordó, “Ah, sí…” respondió, y luego se dirigió a Mansi que empujaba su silla, “¿Te importaría si no nos alejamos demasiado? Estoy interesado en el juego” “¿Te gusta ese juego?”, “No demasiado, pero está jugando una amiga mía” “Oh, ¿Quieres entrar?” Sugirió Mansi, y ambos se dirigieron a la entrada donde aún estaba el hombre de los brazos enormes cortando boletos, era un tipo amigable con el extraño robot “Hola Mansi, ¿Qué haces?” “Hola Sics, voy a entrar a ver el juego un rato. Él viene conmigo, ¿sí?” dijo la chica de metal empujando la silla de Boris. “¡Claro!” respondió el portero. Segundos después llegó Zardo a su lado, no entendía nada de lo que estaba sucediendo, ¿Por qué había dejado entrar a ese robot con peluca empujando la silla de Boris y a él no? El hombre de los boletos lo miró como si se tratara de un extraterrestre, o mejor dicho, una desagradable forma de vida extraterrestre, “Escucha, si tu amigo es un Portador de Consciencia debe tener algo que lo identifique como un ser humano, porque sólo parece un robot más…” Yen Zardo se esforzó en comprender, de verdad que lo hizo, pero al final desistió, lo que a él le interesaba era que Boris siguiera el juego y que Dixi ganara, eso era todo. Sacó su boleto del bolsillo, se lo dio al hombre de los brazos enormes, éste lo cortó y Zardo entró.



León Faras.