jueves, 11 de julio de 2019

La prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


VI.

Los soldados espectrales, no eran hombres. Alguna vez lo fueron, de eso no había duda, pero ya hace mucho tiempo que no. Eran producto de una magia negra, antigua y profunda capaz de capturar almas en una roca, una gema, unirlas a cuerpos artificiales o naturales y tomar posesión de éstos como quien entra a su propia casa. Espíritus fundidos a cuerpos metálicos, incapaces de sentir dolor o cansancio, tampoco piedad, sólo la euforia de la victoria y eso era precisamente lo que Dágaro les daba, victorias gloriosas, el placer de arrasar ejércitos enteros sin una sola baja, el orgullo de sembrar el miedo en el enemigo con tan sólo la presencia, sin necesidad, siquiera, de desenvainar la espada y eso sólo su amo podía dárselos y por eso era que le guardaban absoluta lealtad. Veían sin ojos y oían tan bien como cualquier hombre, pero sin oídos, tampoco tenían boca, pero eran capaces de hablar un lenguaje propio sacado del inframundo, y de emitir ese horrible chillido que soltaban cada vez que iban a luchar, un aullido espantoso que era el mismísimo ángel de la muerte anunciando su llegada. Días antes de que los soldados espectrales desaparecieron de los muros del castillo y se ocultaron en la ciénaga, Obli, el pequeño porquero al servicio de Rávaro, salía del castillo sentado en su carreta tirada por su asno “Bonachón” en busca de víveres y herramientas pero se detuvo antes de alejarse demasiado, tenía un encargo que cumplir. Con toda la cautela que el miedo puede dar, se acercó a uno de los soldados espectrales, eran enormes para él, que apenas superaba el metro de altura, y desprendían ese desagradable vapor negro por las hendiduras de su armadura, aquel en particular, llevaba un yelmo coronado con tres púas, permanecía inmóvil, pero estaba vivo y si quería le podía arrancar la cabeza de un solo golpe con su espada y su enorme fuerza. Le pidió permiso, aunque no esperaba una respuesta, y extremando precauciones, como quien mete la mano en un saco de víboras, cogió con la punta de los dedos el puñal que llevaba en su cinto el guardia espectral y se fue lo más rápidamente que pudo él y su asno, minutos después se lo entregaba a su hermana Dendé, quien le esperaba no lejos de allí, montada en los lomos de una bestia acuclillada, oculta en la ciénaga, esperando para llevarle el encargo a su ama, Rodana, la bruja de las jaulas. Obli también le había llevado un mechón de pelo.


Una vez en la superficie, el sonido, aquel cántico persistente, se volvía más presente y envolvía a toda la ciudad, aunque a simple vista no se viera a ninguno de los habitantes de la ciudad Antigua. Lázar, apuntando hacia las alturas, decidió que debían buscar la forma de subir hasta el puente por el que Idalia había llegado, ésta estaba de acuerdo, aunque tampoco era que tuviera una mejor idea. Iban a ponerse en marcha rumbo a la ciudad en busca de un camino que subiera, cuando Driana recordó algo, un acceso más seguro, pero el pollo debería nadar. Nadie comprendió de qué estaba hablando.


Cuando Driana salió antes del socavón, lo hizo con la intención de recuperar sus alas, pues para ella y su hermano, no había muchas posibilidades de atravesar la jungla sin ellas. Eran alas grandes y pesadas y que no podrían despegar jamás, si no eran llevadas hasta un sitio alto, pero atravesar la jungla a pie no era opción para ella. Se ocultaba de unos habitantes junto al río, cuando vio que una barca se detenía, aquellos se subían y le indicaban una dirección al barquero y éste iniciaba su marcha, sólo unos segundos después, otra barca se detenía allí a esperar pasajeros, Driana dudó varios minutos, pero al no aparecer nadie, se arriesgó a acercarse. El barquero, inmóvil como una estatua, no hizo ni dijo nada cuando aquella intrusa abordó su nave, y cuando la muchacha le indicó, con toda timidez y cuidado, la dirección en la que quería ir, la barca simplemente se puso en marcha, el problema fue que sólo llegó hasta el último muelle antes del muro y no pasaría de allí. Driana no se atrevió a bajarse, pues no faltaba mucho para que la niebla de la selva regresara, y si se quedaba tirada allí, moriría sin duda, sin embargo, algo llamó su atención antes de regresar, una angosta escalera que ascendía pegada al muro y se perdía en la oscuridad. Eso fue justo antes de encontrar a Idalia en el río.


Al salir del túnel de los Mancos, se encontraron con un puente, un único puente que cruzaba la nada, como si el mundo entero estuviera partido en dos mitades y ese puente fuera la única conexión entre ambas, al atravesarlo, continuaron por otro túnel idéntico al anterior, una alcantarilla, pero esta vez, perfectamente normal y segura, por allí, siguieron al Místico hasta la superficie, donde todos quedaron boquiabiertos al ver el cielo nocturno perfectamente estrellado, la ciudad era hermosa de noche, Licandro consultó su reloj, no había pasado tanto tiempo como para que anocheciera, todo lo que se contaba sobre Antigua, era cierto, Gíbrida, incluso, soltó una pequeña alabanza a la Gran Madre sin darse cuenta. A Gálbatar en cambio, le interesaba mucho más saber cómo demonios había hecho el Místico para multiplicarse, sin duda se trataba de esa ciencia incomprensible para él de la hechicería, el Místico le aclaró que ellos estaban por encima de los hechiceros, y aquellos, a su vez, están por sobre los magos. A él no le importaba, pero había algunos que podían sentirse ofendidos por la confusión, o aprovecharse de ella. Lo que no le dijo, fue que los alquimistas estaban en última posición en esa lista. Luego, les dijo que tenía algo importante que hacer y les advirtió que los había ayudado a entrar, pero que no los ayudaría a salir, no si llevaban aquello que habían venido a buscar y remató diciendo que se aseguraran de no estar en la ciudad para cuando acabara la noche. A Gíbrida, aquello le pareció una amenaza, pero Gálbatar la corrigió diciendo que aquello había sido una advertencia; según había leído, la niebla que emanaba de la jungla durante el día era turbia y tóxica y podía matar cualquier forma de vida. Debían darse prisa, y su única opción era salir exactamente por donde habían entrado, Gíbrida miró su bolsa atada al muslo y musitó algo así como que había gastado más munición de la que esperaba, Licandro negaba con la cabeza, tozudo, no podían usar de nuevo ese maldito callejón endiablado o todos morirían sencillamente, tenían que hallar otra salida, Gálbatar alegó que no había tiempo para debates, que sólo tenían unas cuantas horas. De todos, Bolo era el único realmente ansioso por volver a cruzar la Entrada del Ladrón. Para la muchacha, todo aquello se estaba volviendo una muy mala idea, antes de partir, se atrevió a recordarle a su jefe sus propias palabras, sobre que ninguna recompensa valía la pena si se perdía la vida por ella, el Alquimista se le acercó hasta estar a diez centímetros de su rostro, para recordarle que la palabra empeñada, Sí valía la pena.



León Faras.

Del otro lado.


XXXIV. 


Olivia del Arroyo se ganaba la vida tirando las cartas y adivinando el futuro de las personas en su casa, también de tanto en tanto, ofrecía sus servicios como médium para que las personas pudieran comunicarse con sus seres queridos difuntos, y en contadas ocasiones, muy específicas, prestaba el servicio de limpieza, desalojando espíritus molestos de lugares a los que ya no pertenecían, pero esto último, sólo cuando era estrictamente necesario. También tenía otro tipo de habilidades y conocimientos, como sanaciones especiales por medio de rezos y yerbas, amuletos específicos contra males específicos y otros para atraer bienes específicos, pero la verdad era que el negocio estaba muy contaminado últimamente con charlatanería y prefería dedicarse a la tira de cartas. Hasta allí llegó Richard Cortez, Olivia estaba atendiendo a una mujer, así que la esperó sentado en el sofá del patio, entre la basura, el ciruelo y los numerosos gatos que a esa hora se asoleaban regados por todas partes. No había encontrado al padre José María ni en la iglesia ni en su casa, así que decidió acudir con ella. Veinte minutos después, la mujer salía atesorando un objeto entre las manos y la bruja se asomaba a la puerta para invitarlo a entrar, Richard se había entretenido mirando la cantidad de basura que la bruja acumulaba en su patio: lavadoras, bicicletas, un televisor, un carro de supermercado y hasta un automóvil “¿Por qué…?” la bruja preparaba té, “Hay gente que necesita retribuir lo que he hecho por ellos y no tienen suficiente dinero, entonces lo hacen con objetos que ellos consideran valiosos. No puedes decirles que no, es contra las reglas…” concluyó, alcanzándole una taza de té amargo a Richard, éste insistió “Pero si no son más que una pila de basura” “La mayoría funcionaba antes de quedar tirados allí ¿Viniste a hablarme de eso?” Eso último, era obvio que no, pero el tema de la basura, ya se estaba alargando demasiado para Olivia. Richard negó con la cabeza con una sonrisita socarrona. Se sentó, “Vengo a hablarte del hombre que mató a Laura, hay algo interesante que deben saber…” Le contó todo, todo sobre su visita a la señora Estela, la viuda de Joel, de la muerte de éste, de lo mal que salió del mar la hija de ambos y de la milagrosa recuperación que tuvo ésta última. Y lo más interesante, el hombre que la visitó en el hospital “…era un hombre vestido de negro, muy elegante, de pelo largo, rubio y de ojos azules, la mujer lo recuerda como a un Jesucristo, de esos que pintan los artistas. Ese hombre apareció de la nada para decirle que su hija se recuperaría y luego desapareció, como un ángel. Lo curioso fue que la niña a la mañana siguiente despertó y en un tiempo relativamente corto, se recuperó completamente, sin secuelas, lo que los médicos catalogaron como un milagro inexplicable” Olivia fumaba pensativa, “Un ángel…, recuperación milagrosa…, Jesucristo…” pero no lograba atar los cabos, “…los milagros pueden ocurrir, ocurren, pero no hay ningún ser material, especial, hacedor de milagros… y menos uno con ese aspecto tan peculiar que a nadie le pasaría inadvertido” la bruja pensaba en voz alta, Richard sugirió coincidencia, “…tal vez se trataba de algún doctor que ya se iba a su casa o de alguien de paso que quiso darle consuelo a una mujer afligida y la niña sólo se recuperó porque debía recuperarse” Olivia lo miró a los ojos como si en ellos pudiera ver sus propis pensamientos, “sí, es probable… hablaré con José María, él a veces sabe cosas que nadie más conoce… Gracias ¡Espera!” El hombre ya se iba cuando la bruja lo detuvo, “¿Dijiste que Joel ya estaba muerto en ese momento?” Richard lo pensó un par de segundos, “Supongo que sí. Su cuerpo no fue encontrado hasta dos días después, pero supongo que en ese momento ya estaba muerto” Luego de eso Richard se fue y la bruja encendió otro cigarro.


Dos horas después, luego de hablar por teléfono con el padre José María, Olivia salía de su casa con su chaqueta de lana roja y su bolso de cuero cruzado a la espalda, rumbo a encontrarse con él, quien había ocupado parte del día repartiendo sacramentos a algunos de sus fieles enfermos. En una banca de una plaza de esparcimiento y juegos se encontraron, no lejos de allí, se podía oír las obras en un edifico cercano que estaban reparando luego de haber sufrido un importante incendio hace un tiempo. Olivia le explicó lo que Richard le había contado hace un par de horas, especialmente lo de aquel hombre parecido a Jesucristo, tenía un mal presentimiento con ese hombre, definitivamente aquel no era un hacedor de milagros y desde luego, tampoco era sólo un hombre común y corriente que pasaba por ahí, el sacerdote la oyó con atención, lo de aquel hombre, también le pareció curioso. Le contó una pequeña historia, “Hace ya varios años, cuando yo aún estaba en el seminario, debimos visitar a un hombre como parte de la instrucción que estábamos recibiendo, se trataba de un sacerdote, un hombre muy, muy anciano que vivía postrado en una cama al cuidado de las monjas de un convento. Benigno, se llamaba, nunca he olvidado su nombre. Era una auténtica reliquia religiosa de gran valor para la fe, que contantemente era visitado y consultado por los más grandes e importantes miembros de la iglesia. Era un hombre muy amable, muy culto y lúcido, a pesar de los años. Lucía cicatrices de quemadura en ambas manos. Estas cosas no se divulgan, ¿entiendes? Ese sacerdote, a la vista, fácilmente podía tener cien años de edad, lo cierto era que según su acta de nacimiento, el padre Benigno tenía más de ciento sesenta años, aquello es imposible, lo sé, pero todos quienes le conocían, así lo aseguraban. Él nos habló que en una ocasión, tuvo que enfrentarse a un hombre que no era de este mundo, que no era humano ni demonio, no sabe lo que era, que había venido al mundo como un niño con la ayuda de una mujer, eso nos dijo, aquel hombre tenía habilidades que no eran naturales, ¿entiendes? Y no las usaba para el bien, sino para su propio beneficio y el de quienes él consideraba oportuno beneficiar. Ese hombre, según el cura, fue quien lo envenenó, no sabe cómo ni con qué cosa, pero no para matarlo, sino para que no pudiera morir, a pesar incluso del deterioro de su cuerpo. Cuando lo vio por última vez, se lo reveló y también le dijo que cuando estuviera listo, volvería para darle el antídoto que le permitiría por fin descansar, él ya era un anciano, pero el hombre mantenía su juventud. Cuando alguien le preguntó por el aspecto de ese hombre, nos dijo que había sido el niño más hermoso que jamás hubiese visto, él mismo lo bautizó, y que se había convertido en un hombre igualmente bello, con el cabello como el oro y los ojos como el cielo, algo para nada común en el lugar dónde nació. Usaba una barba pulcramente recortada y vestía muy elegante, siempre de negro. ¿Sabes qué más dijo? que su rostro se parecía al Jesucristo pintado por Leonardo da Vinci en la última cena. Su nombre, el de aquel hombre, era David… ¿Qué piensas?” Olivia miraba intensamente las baldosas del piso, pero toda su atención estaba en sus pensamientos, “¿Qué clase de habilidades tenía ese hombre?” José María negó con la cabeza, “No lo sé exactamente, el padre Benigno era un hombre agotado, que hablaba bajo y pausadamente, no podíamos presionarlo con preguntas” A la bruja, todo aquello no le parecía tan imposible, cosas más raras se habían visto, pero aun así, no lograba encajar una cosa, “Lo que quiero decir es, si ese David, del que hablaba tu cura de ciento sesenta años, es el mismo que hizo posible que esa niña se recuperara rápida y milagrosamente, primero, tendría más de cien años de edad ahora y seguiría luciendo igual, y segundo, ¿Por qué lo haría? ¿Qué es lo que gana?” el cura se sacó sus pequeñas gafas circulares que le daban ese toque intelectual y bohemio, y las limpió con un pañuelo, “Yo no sé si sean el mismo hombre, para serte sincero, me cuesta creerlo…” “A mí, no” lo interrumpió Olivia, el cura la observó unos segundos con sus ojos sin cristales, “¿Por qué estás tan segura?” Olivia encendió un cigarro. Se encogió de hombros, “Corazonada…” El cura asintió y se echó atrás cómodamente contra el respaldo, no tenía nada más que decir, la bruja tenía ese don, innegablemente, de escuchar con claridad y paciencia, esa vocecita interior que parecía nunca equivocarse, mientras el resto de nosotros sólo podíamos oír nuestra mente parloteando sobre esto y aquello sin estar seguros de nada.



León Faras.

martes, 26 de marzo de 2019

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.


XXIII.

A la mañana siguiente, las cosas no empezaban bien para Cornelio, Eusebio Monje lo despertaba de madrugada, prácticamente al alba, con sendos golpes en la puerta de su oficina. Más le valía tener una buena razón para hacer eso y sí que la tenía, Beatriz Blanco abrió la puerta, cubierta con una bata de levantarse, exagerando contrariedad en su voz y ademanes, el gemelo fue escueto y directo como un dardo, “Eugenio está mal.” Nada más, y se dio la vuelta y volvió por donde había venido. No era un hombre de muchas palabras, más bien pocas, duras y directas, lo contrario de su hermano, conciliador, evasivo y sensible, pero tampoco era que la mujer le agradara demasiado. Beatriz cambió el rostro, cerró la puerta y dos minutos después salía vestida y corriendo a la tienda de los gemelos. Eugenio había llegado a significar mucho para ella, era el tipo de hombre al que le hubiese gustado amar, pero por el que nunca pudo sentir más que un gran cariño, él sí la amó, alguna vez, y estuvo dispuesto a huir, a dejar el circo, incluso a abandonar a su hermano para irse con ella, pero ella no lo siguió, lo quería, pero en realidad, no deseaba abandonar a Cornelio Morris y no lo hizo. Eugenio lo aceptó, con todo el dolor de la decepción, pero él era un hombre bueno y no la iba a odiar por eso, ella no lo amaba y no había forma de que eso cambiara, luego, su habilidad para manipular el tiempo, hizo que se fuera poniendo viejo junto con su hermano, mucho más rápido que el resto de las personas y poco a poco sus ambiciones con Beatriz se fueron disipando hasta quedar relegadas a algún cajón olvidado en las bodegas del inconsciente. Sin embargo, su hermano Eusebio desde ese día comenzó a odiar a la mujer por el desprecio hacia su hermano, un odio mudo, inocuo, pero odio al fin y al cabo, y ese no se disipaba, estaba ahí, plantado como un árbol, que aunque no hiciera nada, era imposible de ignorar. Cuando llegó Cornelio, encontró a Beatriz arrodillada en el suelo junto al lecho de Eugenio Monje, tomando la mano de éste y acariciando su frente. Se veía de pronto mucho más viejo y débil, inconsciente, sudoroso y con una respiración apenas perceptible. Al otro lado estaba Eusebio, sentado sobre su litera, se veía profundamente agotado, era evidente que no había dormido nada en toda la noche, Morris le dirigió una mirada y sin una palabra se lo dijeron todo, estaban varados ahí, sin su hermano, el circo no iría a ningún lado. Eloísa se acercó a observar qué pasaba, “Trae al Curandero…” Susurró Eusebio a su jefe, Beatriz también lo miró anhelante, “Eso tiene un precio, además…” alcanzó a responder Morris, Eusebio lo interrumpió “Yo le daré la sangre que quiera…” Cornelio se lo negó, el mellizo insistió y Morris acabó la discusión con su vozarrón de capitán de barco “¡Idiota! de qué me sirve que salves a tu hermano si luego te mueres tú” “Yo le puedo dar la sangre…” dijo Beatriz con la voz más suave del mundo, pero Cornelio ni siquiera la tomó en serio, se dio la vuelta con una sonrisa de desprecio y salió de la tienda.

De pronto, las ratoneras para capturar ratones vivos, habían vuelto a hacerse muy populares en el circo. Se habían esparcido por todas partes y cada cierto tiempo, alguien tenía que revisarlas, como no, Von Hagen era uno de ellos. Éste estaba parado allí con una pequeña ratonera en la mano, en la que dos ratoncitos se colgaban de los alambres de la reja en busca de una salida. Estaba de pie frente a la jaula “del nuevo” Diego Perdiguero, quien permanecía acuclillado en un rincón con la cara pegada a la pared donde los barrotes estaban cubiertos por una lona gruesa, evitando a toda costa los rayos del sol. Lo escuchaba balbucear palabras como para sí mismo, mientras se preguntaba en qué nefasto momento de su vida había tenido la infeliz idea de pedir trabajo en este circo, cuando escuchó su nombre gritado estridentemente por Cornelio Morris, “¡Horacio, ven aquí!” Eloísa lo seguía expectante. Von Hagen se quedó ahí parado como un idiota hasta que escuchó el grito de su jefe por segunda vez, “¡Ahora!” entonces dio un respingo, soltó la ratonera y salió corriendo. “Ve al pueblo, busca un médico y tráelo aquí” Horacio dudó unos segundos, cuánto tiempo hacía que no salía de dentro de los dominios del circo, pero cuando por fin echaba a correr, Cornelio lo detuvo para darle algo de dinero para el doctor. Horacio se atrevió a preguntar para quién era el médico, Morris lo miró como si estuviera intentando cuestionarlo, pero pronto recapacitó y suavizó el rostro. Le entregó el dinero, “Es para Eugenio, está muy mal. ¡Date prisa!”

Horacio se internó en el pueblo como un animal salvaje se interna en los dominios del hombre, asustado y fuera de su hábitat y de la misma manera la gente con la que se encontró lo recibió, con sorpresa, incluso miedo, como si se tratara de alguna criatura peligrosa escapada de un circo. Muchos que ya habían visto el circo, pensaron de hecho que así había sido. Les costaba ver a un ser humano debajo de todo ese pelo que le cubría la cara y todo el cuerpo, además Von Hagen no era un gran socializador dentro del circo y mucho menos fuera de él, con completos desconocidos, sólo se limitaba a pedir un doctor a viva voz, preocupando aún más a las personas que de inmediato se imaginaban que el pobre tenía una enfermedad rarísima que con toda seguridad sería contagiosa y pronto todo el pueblo estaría criando pelos hasta los ojos. Casi como si se tratara de un leproso, una bondadosa mujer, con la boca y la nariz tapada con el delantal, le indicó una dirección que seguir con el dedo y dos palabras rápidas, que más parecía que lo estaba tratando de sacar lo antes posible de su barrio, pero en realidad la indicación sí era correcta. Un poco más allá, un señor un poco borracho, a pesar de la hora, pero con los prejuicios ahogados en alcohol, incluso asegurando que en su vida había conocido hombres mucho más peludos que él, le señaló con exactitud, y un tufo que pateaba como una mula, el lugar exacto donde el único médico del pueblo atendía: un edificio de dos pisos, rojo con los bordes blancos, apretujado contra el final de la calle, con una escalera en la entrada y una placa de metal junto a la puerta que rezaba “Remigio Parragorda. Médico” Sí, en cuestión de apellidos, uno se podía encontrar cosas muy raras.

Una mujer madura, pero muy maquillada, con un peinado de salón y unos coquetos anteojos en la punta de una naricilla afilada, se puso de pie de un salto y con un agudo gritito de adolescente, al ver irrumpir en su recepción a un hombre parecido a un orangután atolondrado, urgido por ver a un doctor. Sólo se tranquilizó cuando éste depositó en su escritorio un puñado de billetes arrugados y ovillados entre sí. La mujer volvió a sentarse con desconfianza y la punta de los dedos de su mano izquierda en medio de su prominente busto, como queriendo calmar su acelerado corazón después del susto, “El doctor está ocupado ahora. Tiene que esperar unos minutitos, ¿Sí?” le dijo con sus delineadas cejas bien levantadas y mirando por encima del marco de los anteojos, Von Hagen intentó explicar que el doctor no era para él, sino para que lo acompañara al circo donde un amigo se había puesto muy enfermo, pero la mujer, ya completamente repuesta del susto, le repitió con voz de estar hablándole a un niño pequeño, que aquellos minutitos eran sagrados y le recalcó que no había absolutamente nada que se pudiera hacer al respecto, entonces sonó el teléfono y la mujer respondió. Horacio recordó la foto en su bolsillo trasero, el número anotado allí, pensó que allí no habría peligro. Se preguntó si la mujer le permitiría hacer una pequeñísima llamada.

Veinte minutos después, un chico corría a toda velocidad, enviado por el turco Emre con un mensaje para Vicente Corona.



León Faras.

lunes, 18 de marzo de 2019

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.


XXXV.

Damir era un hombrecito pequeño, delgado, musculoso y profusamente velludo, una cualidad poderosa en él que heredaba a todos sus hijos e hijas, pero no era la que lo identificaba, Damir era definido por su personalidad nerviosa, ansiosa y acelerada, no paraba de moverse aun cuando estaba quieto; comía, bebía y dormía como si el mundo estuviera a punto de acabarse y lo más notorio, no paraba de sonreír, aun en los momentos más inadecuados, mantenía esa sonrisa nerviosa, obsesa y falsa. Corría con pacitos cortos y rápidos detrás de los gemelos Éger y Egan que iban delante improvisando una ruta de escape, tras él venía Cransi, moviendo su enorme humanidad tan rápido como le era posible. Más atrás venían el religioso Garma y al último, Cherman, el cojo, el cual se movía con bastante habilidad sobre su pierna de madera, pero muy lejos de la velocidad de un hombre con sus dos piernas completas. Huyeron entre callejones y callejuelas hasta que notaron que ya no les perseguían, la lluvia no les golpeaba en la cara y no había más barro ni agua bajo sus pies; estaban en unas galerías de madera iluminadas con antorchas y lámparas por todos lados, construidas sobre innumerables pilotes anclados al lecho del torrentoso río Jazza, había escaleras, plataformas, toldos que protegían del sol y la lluvia, comercios y más galerías sobre esa galería y gente, gente que parecía no haberse enterado de nada, algunos amontonados en casuchas, otros en botes amarrados a los postes, la mayoría apiñados en los bordes y rincones, sentados en el suelo y con los pies colgando. En cierto modo, el lugar recordaba a Rimos; era conocido como Jazzabar, el puerto fluvial de Cízarin y también, en cierto sentido, era un pequeño reino independiente dentro de otro, que contaba con su propio territorio, en su mayoría construido artificialmente sobre el río, sus propias reglas y por supuesto, como todo reino, su propio rey: lo llamaban Cegarra, “El Feo”, un hombre de unos cincuenta años, tal vez un poco menos, flaco, aunque de prominente pecho y brazos musculosos, con el rostro cuadrado, una gran y tosca mandíbula, una nariz pequeña y machacada a golpes, cejas casi inexistentes y un parche en el ojo derecho del que sobresalía una profunda cicatriz desde la frente al pómulo. Los Rimorianos aminoraron la marcha, no había rastro de los soldados que les perseguían, de seguro, con ayuda de la oscuridad y la lluvia, los habían logrado despistar. Eran observados por todos pero nadie les dirigía ni una sola palabra, caminaban despacio acariciando las armas como si quisieran tranquilizarlas, debían salir de allí, pero volver por donde habían llegado, no era opción. Un griterío se sentía cada vez un poco más fuerte por sobre el estrépito de la lluvia, entonces, un hombre los señaló con el dedo y un anciano magro, con el sol de un siglo acumulado en la piel, se apresuró a interceptarlos, parecía contrariado, “¡Pero qué rayos! se suponía que debían llegar ayer, el gran Tigar actuó ayer y sólo lo hizo con algunos perros, fue de lo más deplorable e indigno que se haya visto en años, ¡Por los dioses! nunca había visto gente yéndose de La Rueda antes de que el espectáculo terminase, ¡Nunca!... incluso fue meado uno de esos pobres desgraciados…” El viejo se detuvo unos segundos para echarles un vistazo, la lluvia los había empapado, pero aun así se podía ver la maza de Cransi manchada de sangre aún brillante entre las púas, el escudo de Éger atravesado de extremo a extremo por un chorro de sangre espesa como la crema y la armadura de cuero marrón y negra de Damir, igualmente manchada de sangre como si la hubiese usado para destazar animales, lo mismo que su espada corta. El viejo dudó, pero disipó sus dudas con un gesto de su mano casi en el acto “Ya veo por qué han tardado. Síganme” Antes de Ponerse a caminar, Cransi preguntó a Garma si sabía qué cosa era aquello del gran Tigar, éste sólo se limitó a poner cara de dolor y a asentir, “¿Y crees que vamos a verlo actuar?...” agregó Cransi achicando los ojos y enseñando los dientes. Garma ya caminaba, pero aun así se dio el tiempo para voltear y asentir con más entusiasmo y más gesto de dolor en el rostro.

La Rueda era una barraca enorme, construida con forma de barril en cuya base, redonda y con un agujero en medio, se llevaba a cabo, uno de los actos de entretenimiento más antiguos y populares del mundo: las peleas a muerte. En aquel preciso instante, luchaban dos hombres desnudos, aquellas eran llamadas, peleas de “perros” pues se trataba de dos o más hombres que luchaban desarmados y atados por el cuello con largas cuerdas, lo que indicaba que no estaban allí por gusto. Las cuerdas no eran para evitar que aquellos huyeran, no había forma de que lo hicieran, en realidad, eran para que el que cayera o fuera arrojado por el agujero, muriera estrangulado y se le diera vencedor al otro, aunque habían casos en que aquello no sucedía. Los guerreros se diferenciaban de los perros porque éstos entraban a la Rueda por voluntad propia: vestidos, armados y sin ataduras de ningún tipo. Aquellos podían acceder con mayor facilidad a obtener el beneplácito y apoyo del público, que los podía llegar a tratar con respeto e incluso admiración, cosa que no sucedía con los perros, los que generalmente eran tratados como basura, insultados y vilipendiados sin importar si ganaban o perdían. Las formas ingeniosas de desprecio y humillación hacia los perros eran parte del espectáculo, el público, que se amontonaba en numerosos pisos de galerías en las paredes de la Rueda, tenía todo el derecho de expresarse libremente y como mejor les pareciera, eso significaba insultos, objetos arrojadizos e incluso sus propios orines. No eran pocos los perros que, si tenían suerte en su primer combate, optaban a convertirse en guerreros, para obtener un trato más digno y algo de ganancias, por otro lado, los guerreros convertidos en perro también podían darse, aunque con mucho menos frecuencia, hombres, por lo general buenos guerreros, pues aún estaban vivos, caídos en desgracia, cuyas deudas les obligaban a luchar para pagarlas. Nunca un guerrero lucha con un perro.

Los Rimorianos fueron ingresados a la Rueda por un pasillo especial para los luchadores, un sitio oscuro, lleno de rejas protegidas por guardias rechonchos y malhumorados para acceder y algunas jaulas deprimentes, donde encerraban a los perros condenados a luchar. El griterío de la Rueda retumbaba ahí dentro de forma intimidante, el piso de tierra, estaba pavimentado con sangre, sudor y orina, su olor era algo difícil de describir, único y se grababa a fuego junto con las emociones que ese lugar inspiraba: angustia, ansiedad, temor; la muerte inminente. Cegarra recibió a los guerreros una vez que la pelea de perros acabó, y uno de éstos aún se movía con desesperación colgado del cuello bajo el suelo de la Rueda, los inspeccionó uno a uno, complacido, notó que la pechera de Damir y el escudo de Éger eran Rimorianos, también notó la sangre en ellos, pero no dijo nada, el espectáculo estaba primero que su curiosidad y los presentó al público como los guerreros extranjeros prometidos para enfrentarse al gran Tigar, luego se dirigió al anciano que acompañaba a los guerreros, “Los metes a pelear de uno en uno, si ves que el espectáculo está muy flojo, dejas entrar dos. Comienza con el lisiado…” dijo, apuntando la pierna falsa de Cherman, “…no quiero que arruine el espectáculo a la mitad. Luego, el pequeño peludo, parece ansioso por pelear…” apuntó a Damir. “…Deja al gordo para el final…” agregó, señalando a Cransi, el cual se sintió un poco ofendido. Cegarra concluyó, “…tal vez dé buena pelea con el gran Tigar ya agotado.”

Cherman era un guerrero de vocación de la vieja escuela, de esos que aún creían en el honor y la lealtad, tanto para con el compañero como para con el enemigo. Un hombre siempre sereno, que llevaba un demonio atado en su interior, como todos, que sólo podía ser controlado gracias al constante entrenamiento de la mente, el cuerpo y los sentimientos. Nunca tuvo descendencia, su vida fue aprender, practicar y enseñar cómo ser un buen guerrero. Tenía más de cincuenta años y un cuerpo flaco y nervudo, sin rastros de grasa. El pelo, aun negro en su mayoría, le colgaba en la espalda en una cola de caballo, usaba una tupida y larga barba tipo candado que hacía juego con sus pronunciadas cejas. Nunca usó armadura para una lucha, según él, volvía a los hombres lentos, torpes y confiados, sin embargo, eran buenas para entrenar y conseguir velocidad. Usaba una espada curva, poco común, pensada para cortar y no para desmembrar, su  espada no era para matar, sino para preservar la vida, para eso era un guerrero, para eso había vivido y entrenado toda su vida. Preservar la vida, era eliminar a ese gran Tigar.

Cransi, tras la reja, volvió a preguntar a Garma que qué era ese gran Tigar, “Dicen que es el hombre más grande nacido de una mujer. Yo creo que ninguna mujer en el mundo ha sido capaz de parir semejante bestia…” respondió Garma, aferrado a los barrotes que lo separaba de la Rueda y pendiente de Cherman, que aguardaba tranquilo la llegada de su colosal enemigo.



León Faras.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Autopsia. Tercera parte.


II.

Después de dos días y sus correspondientes noches casi completas de lluvia sin parar, amaneció un día hermoso con un sol radiante, como si alguna divinidad responsable, quisiera enmendarse con la humanidad de alguna manera, luego de un aguacero tan intenso. Úrsula también estaba radiante, muy recuperada y con un excelente humor tendía al sol parte de su ropa que aún permanecía húmeda en compañía de su madre, mientras su padre y su hermano habían salido temprano en busca de algo de madera para reparar algunos muebles, sobre todo la cama, quebrada a la mitad como si un árbol le hubiese caído encima. Pero, no sólo el buen clima alimentaba el buen humor de la muchacha, también una idea que se le había ocurrido y que, tras hablarla con su madre, habían acordado ambas visitar al padre Benigno en cuanto parara de llover para proponérsela.

Heraldo Castro era un hombre mayor, dueño de la única hostal de la ciudad, la “Coronación.” Un establecimiento pequeño pero adecuado para las necesidades del pueblo, en el que se notaba que se había invertido tiempo y dinero para hacer del lugar, un sitio agradable y acogedor. Allí se alojaba el, luego de los dos días de lluvia, moralmente destruido, Ignacio Ballesteros, frustrado, al verse obligado a perder el tiempo de la forma más absurda e improductiva posible, se había dedicado a beber coñac para soportar el hastío y poder enfurecerse a gusto con el maldito clima que lo retenía en ese lugar perdido, solo y lejos de la vida que estaba acostumbrado a llevar y sin poder hacer nada por encontrar a su hermana que seguía desaparecida. Heraldo caminaba hacia su negocio luego de atender los encargos que le había hecho su mujer, cuando encontró en su camino a Clarita, de pie en una esquina, con las manos atrás y esa expresión en el rostro de estar misteriosamente ocultando algo tras una sonrisita de satisfacción, se veía bien, más limpia que de costumbre, con la ropa lavada y remendada y hasta un poco peinada, tal vez había encontrado alguien que se ocupara de ella, no parecía haber sufrido mayormente con el despiadado aguacero de casi cincuenta horas que había caído. El viejo, la saludó y le preguntó con una sonrisa amable, su mejor sonrisa, la misma que usaba con sus buenos clientes, que qué estaba haciendo allí parada, “Estoy esperando a mi hermana…” respondió la niña sin borrar esa iluminada e inocente sonrisilla, digna de alguien que ha encontrado el secreto de la felicidad, mientras el resto de la humanidad seguía revolcándose en su miseria. La sonrisa en el rostro de Heraldo se desvaneció con desilusión, como una sonrisa dibujada en el agua; la niña podía verse mejor, pero seguía igual de mal de la cabeza, viendo hermanas imaginarias y quién sabe qué cosas más. La locura: ese era el único secreto de la felicidad. Casi al mismo tiempo, Ignacio Ballesteros salía del cuarto que alquilaba, dispuesto a sacar de donde estuviera a su hombre para reanudar la búsqueda de su hermana, cuando Adelaida, la sonriente, condescendiente y zalamera esposa de Heraldo, lo detuvo con dulce urgencia para entregarle una carta, un sobre que había aparecido sobre la mesa de la sala que hacía las veces de recepción, no sabía cómo o desde cuándo estaba allí, sólo que de pronto, había reparado en él. El hombre notó que la escritura de su nombre en el sobre, se había hecho con pincel, en vez de con pluma y con una tinta de pésima calidad, pero aun así, podía decirse que era la exquisita caligrafía de su hermana, inculcada hasta el hartazgo desde pequeña, como el piano y el bordado, aunque no tenía remitente, sin embargo, si cupo alguna duda, al leerla esa duda desapareció. Afuera, Clarita veía llegar a su hermana Gracia y ambas se echaban a caminar alejándose de la hostal de Heraldo, con acartonado disimulo, como quien evita torpemente levantar sospechas, “¿Entregaste la carta?” preguntó la niña mirando hacia los árboles de la plaza, “La puse sobre la mesa…” respondió Gracia con desgano, Clarita, en cambio, se veía complacida, “¿Alguien te vio?” volvió a preguntar la niña, esta vez, mirando con gesto casual un escaparate lleno de zapatos. Gracia la miró incrédula pero no respondió, sólo se limitó a girar la vista al suelo y acelerar el paso.

El hijo de Ismael Agüero detuvo la carreta frente a la casa del padre Benigno para que su madre y su hermana bajaran y siguió su camino con la promesa de recogerlas una hora después. Las mujeres fueron atendidas por Guillermina. El cura y el médico, habían almorzado juntos y ahora bebían una taza de té, para Úrsula y su madre aquello era particularmente bueno, lo que venían a proponerle al sacerdote, también le concernía al doctor. Guillermina, por supuesto, quiso enterarse primero y Lucila la puso al corriente sin problemas. Cuando el doctor las vio, se puso de pie de un salto para saber si todo estaba bien con Úrsula, pero antes que ésta dijera media palabra, Guillermina intervino con total autoridad, “Esta niña dice que, como el doctor no tiene ama de llaves ni nada todavía, ella puede encargarse de la comida y del aseo en su casa…” Luego, y sin que nadie se lo preguntara, soltó su opinión personal, “…A mí me parece bien que la niña trabaje, esa es la mejor medicina decía mi abuela, y ella vivió muchos años. Así me ayuda un poco a mí también que, a mis años, tampoco puedo andar de arriba para abajo todo el santo día…” y se quedó de brazos cruzados y firme como un poste junto a Lucila y su hija que no habían abierto la boca. Era cierto que el doctor necesitaba de alguien que se encargara de las labores domésticas como lo hacía María Cruces, antes de que ésta se fuera y no volviera, y también era cierto que la recuperación de Úrsula era más que evidente y sorprendentemente rápida, salvo por algunos hematomas que no se habían disipado del todo aún, pero que estaban en claro proceso de desaparecer, sin embargo, por otra parte, era demasiado incómodo e incorrecto el hecho de que ambos fueran jóvenes y solteros y tuvieran que convivir juntos, en una misma casa, durante el día y durante la noche. Aun sabiendo que ambos eran personas responsables y temerosas de Dios, no era nada sensato tentar el pecado de una manera tan imprudente. Esa era la opinión del cura y por lo tanto, la de cualquiera que se llamara a sí mismo, un cristiano. Fue Úrsula quien mostró de antemano que aquella no era para nada su intención, declarando que haría el trabajo solamente durante el día, que estaba acostumbrada a madrugar y que por la tarde, volvería a su casa para pasar la noche, “Nada de eso, niña…” la interrumpió Guillermina, con gesto de estar tratando con un completo ignorante, “…eso de estar yendo y viniendo es una tontería, te vas a poner vieja antes de tiempo con tanto sacrificio, si en esta casa hay cuartos de sobra. Podemos arreglar uno junto al mío para que te quedes ahí y asunto arreglado, ¿no es cierto, Padre?” No hubo objeción, tanto el cura como el médico, y Lucila, estuvieron dispuestos a probar. Guillermina, conforme de tener la razón y no recibir objeciones, cogió a la niña y su madre con autoridad, como a un par de peleles y se las llevó para mostrarles el cuarto que Úrsula podía usar. Mientras tanto, el sacerdote y el doctor, terminaban su conversación sobre la interesante visita de éste último a la prisión y el estado de deterioro mental en el que había encontrado al doctor Ballesteros, lo que confirmaba aquello que ya suponía luego de leer el diario personal de aquel. El padre Benigno no había leído tal diario, pero le bastó la exposición que le hizo el médico, “He visto muchos locos en mi vida, doctor, y Horacio Ballesteros, no era uno de ellos…” el doctor mantenía el codo apoyado sobre la mesa y la cabeza sostenida con la punta de los dedos en la frente, como un filósofo o un mentalista “Hay más de un tipo de locura, padre, la mente es un completo misterio, un terreno inexplorado…” “También el corazón del hombre…” lo interrumpió el cura con controlada severidad, “…pero no para Dios, para Él todos somos un libro abierto incapaz de ocultar nada ante sus ojos. Si lo que Ballesteros quiere es que vaya, iré a verlo. Estoy obligado a guiar las almas hacia la salvación, aun la del más réprobo de los hombres, ese es mi deber, si éste así lo desea, pero si es locura o no la culpa de su punible comportamiento, eso no es algo a lo que yo esté llamado a juzgar”



León Faras.

viernes, 1 de febrero de 2019

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


V.

Fue una noche tranquila, las arenas del desierto se comportaron benévolas con los viajeros y llegado el ocaso, pudieron comer tranquilamente y dormir a gusto, hasta tuvieron ánimos de parlotear hasta bien entrada la medianoche, contándose la buena cantidad de cosas interesantes que habían visto y vivido a lo largo de sus ajetreadas vidas, algunas parecían mentira, otras lo eran casi por completo. Baros, por ejemplo, contó como la noche que lo liberaron, presenció la cosa más fabulosa jamás vista por nadie en ninguna parte del mundo: la increíble lucha entre una bestia y un enano de rocas. Por supuesto que, al igual que con el oro y los Grelos, nadie le creyó, incluso Bomas aprovechó para ponerse de pie, soltar un escupitajo al suelo e irse a dormir, alegando que después de semejante embuste, nadie podría contar otra historia que la superara, Gago, entusiasmado, aunque no convencido, quería conocer el desenlace de semejante combate. Nilson, en cambio, con sus gigantescos brazos cruzados sobre su no menos abultado pecho, escuchaba la historia con la vista fija en el fuego, asintiendo suavemente. Él sí le creía, o al menos le daba el beneficio de la duda, él había visto, hace varios años ya, caer del cielo una roca envuelta en llamas que se estrelló en un bosque, y de la que salió una criatura viva, que se alejó caminando y dejando un rastro de fuego azulado a su paso que no tardó en desaparecer, cubierto por el colosal incendio que se armó. Eso sí que fue algo increíble de ver, pero claro, cuando lo contó, a él tampoco nadie le creyó. Hay cosas que simplemente son imposibles de creer, y eso es así. Al alba reanudaron la marcha, si no había contratiempos, llegarían al valle de Las Mellizas aquella misma tarde.

Múltiples entradas, pero sólo una conectada con la única salida disponible. El Místico, una vez completado el laberinto, atravesó la raíz del Gigante Dormido que lo conducía a la salida, un conducto que se volvía cada vez más y más oscuro hasta anular completamente el sentido de la vista, aunque éste, no era en absoluto necesario para salir de allí, bastaba con seguir el camino recto como un túnel hasta atravesar la pared de agua y eso era todo, sin embargo, por precaución, el Místico cogió de la bolsa que colgaba en su cintura, una especie de escarabajo del tamaño de una nuez, parecía hecho de una roca gris-azulosa, pero con un enorme grado de detalle. Lo encerró formando una cavidad con ambas manos, le rezó una breve oración y le lanzó su propio hálito, un largo y regulado soplido como quien se calienta las manos con su aliento. Entonces del interior de sus manos comenzó a brotar luz, al abrirlas, el escarabajo voló, iluminando todo el lugar con su barriga como una luciérnaga. El escarabajo iluminó el camino del Místico hasta llegar a la pared de agua: una suave y fina cortina de agua que cubría todo el espacio para pasar. Tanto el insecto mágico como el hombre de la túnica marrón y la piel morada, cruzaron a través de la suave cascada sin ningún problema, pero apenas estuvo al otro lado, el Místico oyó la voz de un hombre y vio como el túnel transversal, justo frente a él, era iluminado paulatinamente por la luz amarilla e inquieta de un fuego, entonces, sin perder un segundo, cogió su escarabajo de un zarpazo, se lo metió en la boca y se dejó caer al suelo. En el otro extremo del túnel apareció Lázar de Agazar con una antorcha en la mano y la espada en la otra, inspeccionaba todos los conductos adyacentes en busca de alternativas o de posibles peligros potenciales. Se encontró con el cuerpo del Místico, con toda precaución y usando la punta de su espada, le levantó la capucha, el caballero retrocedió asqueado: Aquel hombre en el suelo lucía el desagradable aspecto de la muerte vieja. Tenía la piel roída hasta los huesos en algunos lugares, sus cavidades oculares estaban vacías, los labios recogidos y la parte blanda de la nariz a punto de desprenderse producto de una colonia de afanados gusanos. Lázar le guardó respeto y lo dejó en paz, sólo era un cadáver hace rato abandonado a su suerte como alimento para las alimañas, luego comprobó con decepción que en el fondo de aquel túnel sólo había un muro de roca por el que escurría sin parar una suave cascada de agua pegada a la pared. Cuando el caballero se retiró para continuar su camino, el Místico se puso de pie, le pareció ver, antes de que la oscuridad se volviera absoluta, un pollo gigante. Ya no tenía ningún aspecto de muerte, su piel violeta relucía, sus labios se juntaban, su nariz estaba intacta y sus ojos amarillos estaban tan vivos como siempre. La ilusión era el más simple de sus trucos. Una vez que todo regresó a la calma y la oscuridad volvió en su total dominio, escupió con suavidad el escarabajo sobre su mano, éste inmediatamente se encendió y reanudó su vuelo. Sin embargo, le quedaba una gran duda, por un lado, aquel caballero no era a quien él buscaba, pero por otro lado, se preguntaba qué diablos podría estar haciendo allí un caballero de Egadari y su plumífera montura. Entonces, un buen número de detonaciones, aullidos y golpes de metal llegaron hasta sus oídos. Dentro de las cloacas, era difícil saber de dónde venían exactamente esos sonidos, pero el Místico lo sabía sin ninguna duda: aquella era la entrada del Ladrón y los hombres que buscaba estaban allí, pero eso no era todo, había otro persistente sonido, una melodía lenta y grave que venía de la ciudad, a la que tendría que prestarle atención después.

Si un Nobora, por naturaleza, era una criatura pendenciera, que le parecía especialmente estimulante la idea de dar y recibir golpes, y con no mucha inteligencia como para medir consecuencias o considerar otras alternativas más seguras o menos violentas, entonces, un Nobora narcotizado con una sustancia que le hacía perder el mínimo de cordura y de instinto de conservación que el miedo puede generar en un organismo vivo, era un auténtico demonio desatado. Tanto Licandro como Gíbrida, una vez que su amigo Bolo desapareció en la oscuridad, se quedaron pasmados e incrédulos, incapaces de moverse hasta que una ensordecedora detonación los despertó de su letargo cerebral, a su lado, Gálbatar tiraba con fuerza de la palanca de su rifle hacia atrás y luego hacia delante para cambiar la munición usada por una nueva, el alquimista los increpó por estar parados como imbéciles, y llevándose la mira telescópica de su arma de nuevo al ojo derecho, echó a andar tras su esclavo Nobora.  Licandro, con ambas pistolas en las manos, se rascó la cabeza con la empuñadura de una de éstas mientras maldecía con frustración, se armó de valor, como quien está a punto de meterse al agua fría y luego caminó decidido, reprochándole, un poco al aire y otro poco a sí mismo, que él sabía que el Foso, aunque tuvieran que pasarse toda una vida buscándolo, era mucho más seguro que esta endemoniada entrada. Gíbrida, levantando con fuerza el cañón basculante de su escopeta recién cargada, le recordó que no era momento para arrepentimientos ni reproches, y también avanzó con paso firme tras él.

Como una lucha de gatos salvajes encerrados en un pozo, así se podía describir el combate desenfrenado de Bolo contra, por lo menos, tres Mancos simultáneamente. El Nobora era duro como un árbol, pero aquellas cosas eran de metal forrado en goma y los golpes de puño no eran, precisamente, lo más adecuado para derrotarles, sin embargo, Bolo ya había encontrado una forma bastante eficiente: lograba atenazarlos por detrás, donde las garras de los Mancos se volvían inútiles, con sus fuertes piernas por la cintura y sus poderosos brazos por el cuello, del cual tiraba con todos los músculos de su torso, repartiendo al mismo tiempo, violentos codazos sobre los hombros del Manco hasta conseguir descuajarle la cabeza, para luego usarla, junto con el cuerpo del decapitado, como arma contundente y arrojadiza contra los otros, mientras Gálbatar y los demás se abrían paso a tiros, descubriendo que los disparos a corta distancia eran mucho más eficientes y que las articulaciones de los Mancos eran particularmente débiles a las balas. Sin embargo, los enemigos, lejos de acabarse, parecían multiplicarse, todo lo contrario de las municiones y aún no se vislumbraba una salida. Licandro cogió a Bolo por la parte de atrás de su camiseta de cuero, bastante rasgada ya, y con una fuerza considerable lo elevó por los aires y lo lanzó un par de metros hacia atrás, para que el incansable Nobora ganara algunos metros, pues no paraba de enfrascarse en sucesivas peleas que evitaban que el grupo avanzara hacia una salida y debían hacerlo si querían salir de allí algún día. Gíbrida se adelantó varios metros animando a los demás a que hicieran lo mismo, cargó su escopeta y soltó un tiro hacia el bulto de enemigos, el estridente aullido de respuesta vino desde sus espaldas, un grupo de Mancos venía corriendo hacia ella, la chica apuntó y le soltó su disparo en plena cara al que estaba más próximo, pero inmediatamente supo que debía cargar otra vez, y estaba sola. Con agilidad, esquivó las garras del Manco que pasó volando sobre su espalda por los pelos y echó a correr como alma que lleva el diablo, tras ella, se escuchó como las garras de metal hendían la piedra al frenar la carrera y la retomaban nuevamente para perseguirle. Gíbrida ni siquiera intentó cargar su escopeta, su carrera era demasiado desesperada para eso, entonces vio una silueta que corría hacia ella en sentido contrario, no parecía un Manco, pero dadas las circunstancias, podía ser incluso algo peor. Estaba perdida, los Mancos casi le pisaban los talones y ese ser de túnica oscura corría por el cielo cabeza abajo directo hacia ella, entonces, en cuestión de segundos, Aquel le saltó encima lanzándola inexorablemente al suelo, le presionó fuerte en alguna parte de la nuca con dos dedos y la chica sintió como su cuerpo dejaba de obedecerle, se quedó inerte, tirada en el suelo sin poder moverse, completamente desvalida, mientras el hombre de la túnica continuaba su carrera hacia sus compañeros. Los Mancos frenaron su carrera junto a ella, eran cuatro, no había forma de que se defendiera, ni siquiera podía gritar, sin embargo, aquellos luego de estudiarla algunos segundos con sus rostros inexpresivos e inocentes, se alejaron sin siquiera tocarle un pelo. Parecía muerta, y para los Mancos, un muerto no era una amenaza ni les generaba el menor interés. Bolo estaba listo para lanzarse al ataque nuevamente, pero casi en el aire, unas manos fuertes y de color morado lo tomaron por la camiseta nuevamente y lo lanzaron varios metros atrás. Gálbatar disparaba a todo lo que su fusil le daba, mientras a su lado Licandro, hace rato sin un segundo de tiempo para cargar sus pistolas, había cogido el martillo que cargaba a su espalda y con él hacía lo posible por ganar algo de espacio repartiendo golpes de derecha e izquierda, entonces, un místico pasó corriendo junto a él, luego otro y luego una docena, por todos lados, cruzándose por las paredes, otros por el cielo raso, confundiendo a los Mancos que no sabían a quién perseguir o atacar. El alquimista y su compañero se miraron perplejos, hasta que el Místico, el de verdad, se paró en medio de ellos y casi les ordenó que salieran de ahí. A la carrera cogieron a Bolo, uno de cada hombro, mientras el Místico cogía a Gíbrida del suelo y con otra suave presión de sus dedos en el cuello, le devolvía toda la movilidad a su cuerpo. La chica se alejó de él a manotazos, asustada: aquello de quedar "atrapada" en un cuerpo sin poder moverse, había sido la experiencia más espantosa que había vivido.



León Faras.

domingo, 20 de enero de 2019

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.


XXII.


Al terminar la jornada, Horacio Von Hagen masticaba parsimoniosamente una cucharada de lentejas, sentado en su litera sobre la foto que ocultaba en el bolsillo trasero de su pantalón que no se quitaba ni para dormir, esa foto en la que no podía dejar de pensar, donde Lidia se veía como una mujer normal encerrada en un precario gallinero, pensaba en mostrársela a la mujer, tal vez eso le daría una esperanza, pensaba en enseñársela a su compañero, Ángel Pardo, que también comía frente a él, sentado en su cama, con el plato sobre las rodillas y un trozo de pan en la mano, pensaba en mostrársela a todos y que todos vieran la ilusión en la que estaban atrapados y supieran que podían liberarse, pero no se atrevía siquiera a esconderla en otro lado, temeroso de que, en algún descuido, Cornelio se la descubriera y de las impensables consecuencias que eso podía tener. Entonces, como si los temores pudieran materializarse, Cornelio apareció frente a ellos, Horacio se puso pálido, aunque su piel ya era bastante blanca y estaba cubierta casi por completo de pelo, las lentejas en su boca las tragó a medio masticar y evidentemente nervioso, sólo se quedó inmóvil, esperando.  “Cuando terminen, liberen al enano y asegúrense de que ese infeliz coma algo y duerma” Eso fue todo lo que Cornelio Morris dijo y luego se retiró. Los hombres no se esperaron demasiado, habían visto al pobre Román y su estado era lamentable, realmente parecía que Mustafá estaba succionándole su último aliento de vida. Apenas lo soltaron, el enano cayó al suelo sin fuerzas, pero con un hilo de conciencia apenas suficiente para rogar por agua, Ángel Pardo le acercó un vaso a la boca que el enano cogió con ambas manos y se lo vertió con desesperación, echándose encima la mitad y ahogándose con la otra mitad, tosiendo compulsivamente, pero sin dejar de gastar sus mínimas energías en luchar por alcanzar el jarro para aplacar la desmesurada y acuciante sed que lo consumía. Sorbo a sorbo y en pequeñas cantidades lograron que Román Ibáñez se sosegara, estaba espantosamente demacrado y débil como una hoja seca. Comenzaba a recibir las primeras cucharadas de lentejas, cuando el enano tuvo una reacción que por poco hace tirar la comida al suelo a Von Hagen de un manotazo, estaba hambriento, pero aquello que estaba viendo era aun más fuerte que cualquier necesidad básica de su maltratado cuerpo. A la luz del ocaso, que providencialmente entraba por la puerta de su tienda a esa hora, apareció una visión, una imagen hermosa y fantástica: un ángel. Román tenía los ojos tan abiertos como le era posible, trataba de ponerse de pie inútilmente pero con una tenacidad asombrosa para un hombre en su estado y repetía un nombre, anhelante, fascinado: “Amelia” y luego cosas como “mi amor…perdóname”, “estás aquí, has venido por mí” y “llévame contigo…” luego tomó a Von Hagen por la camisa, agarrando también parte del abundante pelo que le cubría el pecho, lo que provocó una mueca de dolor en el rostro del hombre-simio, para obligarlo a participar también de su visión maravillosa, “¿La ves, hermano, la ves? está ahí… es Amelia, es ella…” Horacio sí la veía, pero no podía hacer más que insistir en que se tranquilizara porque debía recuperar fuerzas, fue Ángel Pardo quien finalmente se puso de pie para pedirle a Eloísa, quien estaba parada ahí con el sol en su espalda, un sencillo vestido blanco y su hermoso par de alas, mirando la escena extrañamente interesada, que se retirara para que el pobre Román se tranquilizara y pudiera volver a comer y reponerse. Eloísa aceptó, sin decir ninguna palabra, pero muy interesada en el enano que insistía en llamarla Amelia y rogarle que no se fuera sin llevárselo a él también. Después de varios minutos de intensas negociaciones, que fructificaron gracias a que el buen gigante tenía oculta una botella con una buena ración de licor, Román masticaba y tragaba sus lentejas entre sollozos porque Amelia, su ángel, le había abandonado. Las lentejas y el licor se acabaron y el enano se durmió profundamente y sin esfuerzo, entonces, Pardo lo cogió con cuidado y lo metió en su cama, con la delicadeza con la que se trata a un niño pequeño, a algo frágil, luego, el gigante se atrevió a preguntarle a Horacio quién era esa tal Amelia, pero éste sólo meneó la cabeza sin quitarle la vista de los ojos, en señal de no tener ni pálida idea. En ese momento, volvió Eloísa, no se había ido muy lejos, caminando con el ceño fruncido, muy seria, como una niña taimada que acaba de ser regañada y con la vista fija en el enano que dormía, preguntó quién era y de dónde había salido, Horacio y Ángel Pardo le respondieron lo mejor que pudieron, luego preguntó por su pasado, de dónde venía y por qué la había confundido con esa tal Amelia, Von Hagen miró a su compañero y ambos negaron con la cabeza, “Aquí nadie tiene pasado, niña…” respondió Pardo, “Yo sí” replicó la niña, “Entonces aférrate a él o poco a poco se te escapara entre los dedos hasta desvanecerse por completo” advirtió el gigante, con uno de sus largos y huesudos dedos en alto, en señal de advertencia “Eso me suena bien…” respondió Eloísa dando media vuelta para irse.

Eloísa se fue, pero se fue directo en busca de Cornelio para preguntarle exactamente lo mismo “¿Por qué tienes interés en ese enano? Ese es un hombre peligroso, mantente alejada de él…” La chica permanecía ensimismada, con una obstinada idea en la cabeza, “No lo sé, jamás lo había visto en toda mi vida, pero algo de él me resulta familiar… además…” Cornelio, que revisaba papeles en su escritorio en ese momento, dejó lo que estaba haciendo para prestarle oídos a su estrella, “¿Además?...” la animó a continuar. “Además, me llamó Amelia…” Cornelio tendía a exasperarse cuando no le hablaban directo y con claridad, pero hizo un esfuerzo por mostrar paciencia ante la muchacha, “¿Y… qué hay con eso?” La chica mantenía la vista en algún rincón del cuarto, ausente, como si estuviera hablando consigo misma, “Mi madre se llamaba Amelia, nunca la conocí, pero mi abuela Prudencia decía que me parecía mucho a ella” A Cornelio no le tomó muchos segundos atar cabos. Se puso de pie, “¿Cuál es tu apellido?” la niña lo miró a los ojos, “No tengo apellidos” “¿Cuál era el apellido de tu padre?” Insistió Cornelio, “Nunca tuve padre” replicó la niña con total honestidad, “¿Cuál era el apellido de tu madre?” volvió a insistir Cornelio esta vez acercándose a la muchacha, Eloísa bajó la vista al suelo como si allí se encontrara la respuesta, luego la levantó decidida, casi hasta la altura del mismo Cornelio, “Cruces” respondió. Cornelio se irguió en todo su alto aspirando profundamente por la nariz, ya no tenía dudas: Aquella era la hija de Román, no sólo había sobrevivido, sino que además estaba ahora en su circo, ¿Cuánto tardaría el enano en enterarse? ¿Cuánto tardaría ella en enterarse? Cornelio la tomó por los hombros y la miró directamente a los ojos, ojos de los que nadie podía librarse una vez que hacían contacto, “Escucha, no sé qué está pasando ni tampoco por qué te llamó así, pero lo voy a averiguar, mientras tanto, mantente lo más lejos posible de él, es un patán peligroso que mató a un hombre y quién sabe qué sería capaz de hacerte. ¿Entendido?” La niña asintió.


Vicente Corona llegaba al cuarto que arrendaba junto con su hermano, agotado y derrotado. Había recorrido todo el pueblo buscando alguna pista de la dirección que había tomado el circo o alguna información sobre Diego Perdiguero, quien no daba señales de vida desde que habían hablado por teléfono, pero nada, ambos se habían esfumado sin dejar rastro, lo único que le quedaba, era esperar una llamada. Había hablado con el turco Emre y con su hermosa hija, y le había ofrecido una generosa compensación para que, en caso de que lo llamaran a él o a su hermano Damián, le anotara con sumo cuidado el recado y se lo hiciera llegar lo antes posible. Aquello era desesperante, desesperanzador y poco más que nada, pero era lo único que tenían por el momento.


León Faras.

martes, 8 de enero de 2019

Del otro lado.


XXXIII. 


Aquello fue una de las cosas más increíbles y extraordinarias que Laura había visto en toda su vida, en su vida de viva y en su vida de muerta, y de no haber sido gracias a la coincidencia, lo más probable, es que nunca hubiese descubierto semejante fenómeno. Sucedió una noche. El sol, que tenía la capacidad de restaurar la vida ante sus ojos, a través de los reflejos, tenía una facultad similar cuando la luna recibía su luz y la proyectaba sobre el mundo, algo asombroso sucedía, para una difunta novata, pero que era muy difícil de percibir en un mundo permanentemente inundado de luz artificial. Laura había adquirido, en el último tiempo, una nueva afición que antes no tenía: las azoteas, los techos o las alturas en general, se sentaba o recostaba durante horas en cualquier tejado donde pudiera subir a contemplar el firmamento o la siempre atractiva panorámica de la ciudad, especialmente de noche. La experiencia mejoraba considerablemente según la altura, cuando alcanzaba las azoteas de los edificios y podía pararse allí, en la orilla, desafiante, privilegiada, sin ningún temor, como un clavadista en el borde de la plataforma sobre la piscina. Algunos árboles, particularmente altos, eran llamativos y muy acogedores también. Aquella noche, Laura estaba tumbada de espalda sobre el tejado de una bonita casa de dos pisos, cercana a la población donde vivía, a la que podía acceder por medio de un árbol cercano, caminando con gracia equilibrista por una rama y terminando con un pequeño brinco que las tejas apenas acusaban y los moradores de la casa no lograban percibir. La luna llena se presentó enorme y brillante en una noche sin nubes, esa fue la primera coincidencia, majestuosa y atractiva como sólo ella podía serlo, ascendió en el firmamento plagado de estrellas, nada fuera de lo común en ese momento, hasta que vino el apagón, esa fue la segunda coincidencia, la ciudad sólo quedó amparada bajo la luz de la luna, entonces Laura los vio, y fue tan espectacular, que de estar sentada, pasó a ponerse de cuclillas; a esa altura, descalza y con una camiseta sin mangas que usualmente se ponía para dormir, daba el aspecto de una cazadora esperando el mejor momento para saltarle encima a una presa, y sus presas en ese momento, eran verdaderos espectros de plata vagando por las calles por todos lados, como habitantes de un pueblo fantasma. Laura se dejó caer con un suave brinco, esta vez mucho más confiado, despreocupado, sin perder de vista aquella visión mágica y sorprendente, cayendo sin peso, a la velocidad de un globo de cumpleaños inflado a pulmón, hasta posarse en el suelo sin necesidad de aterrizaje, más bien con la misma naturalidad y fluidez de un pie que sigue al otro para caminar. Eran fracciones de seres humanos, con parte de sus cuerpos sumergidos en la oscuridad, pálidos y descoloridos, pero reales, vivos y en movimiento, con todos sus detalles dibujados en perfecta luz y sombra. Laura se paró frente a ellos, en medio de ellos, impalpables como hologramas, como imágenes de luz proyectadas sobre un lienzo, se volvían visibles para ella al ser bañados por la luz de la luna y sólo en la porción de sus cuerpos que era iluminado, para luego desaparecer en las sombras, pero no sólo las personas, también los árboles estaban allí, con partes de sus copas flotando en el aire como nubes, meciéndose suavemente con la brisa nocturna, pero desconectados del suelo. Desde abajo, Laura podía ver el manto de hojas en negro recortado de la claridad del cielo, pero desde afuera parecía sólo una sábana luminosa y fantasmal lanzada sobre el follaje de un árbol invisible; los arbustos y hierbas, flores e insectos, algunas mascotas, la vida reaparecía ante sus ojos mientras la luz de la luna le tocara. Ella permanecía invisible para ellos, a pesar de que ella era la real, y los otros eran los espectros intrusos que habían invadido su mundo, moviéndose sin pies, sin emitir sonido al caminar, hablando sin voz, riendo algunos, en completo y permanente silencio. De pronto Laura, por algún tipo de inspiración divina, se dio la vuelta, allí, a apenas unos centímetros de ella, un hombre se había detenido, un espectro con la ropa hecha jirones de sombras, flotando sin pies y con la espalda arrancada donde la luna no le iluminaba, como la cáscara de una escultura medio derruida, miraba hacia atrás; a un metro, en el suelo, su obeso perro, también con parte de su cuerpo sumergido en las sombras como si se tratara de agua negra, se negaba a avanzar, a pesar de los tirones que le daba su amo con la cadena, pero tampoco retrocedía un paso, ladraba con urgencia pero sin emitir sonido, Laura se agachó a su altura, y comprobó con una sonrisa que era a ella a quien le ladraba, no la podía ver, pero la percibía, pues el animal tiraba con más desesperación de la cadena de su dueño, para retroceder mientras ella le acercaba una mano a la cara. Finalmente, el perro buscó la protección de su amo enroscándose en sus piernas y éste con un giro obligado sobre sí mismo, logró a tirones hacer que siguiera caminando hasta alejarse. Laura estaba contenta y emocionada, todo aquello era una visión espectacular, totalmente fantástica, todavía muchas personas paseaban por las calles o formaban grupos en las bancas de la plazoleta o en las esquinas, todos siguiendo con sus rutinas en una representación irreal y fantasmal de sus ordinarias vidas. Casi se sentía Laura como una niña en un parque de diversiones, en su propia ciudad fantasma, sonriendo embobada con cada espectro que se le cruzaba por delante, hasta que la vio, y su risa se diluyó, supo de inmediato que ella no era de este mundo, ni del de los vivos ni del de ella. Brillaba de pies a cabeza con el mismo resplandor de la luna llena, pero no simplemente iluminada por ésta superficialmente como los otros, la luz la inundaba a ella y la hacía resplandecer, como si estuviera hecha de cristal, pero no era cristal, era una muchacha que emitía luz. Laura se acercó, la muchacha estaba sentada en el borde de una banca de madera, recibiendo de lleno la luz de la luna, gente pasaba por allí, espectros, pero ninguno parecía reparar en ella, y menos aún en la luminosidad que emitía, pero ella sí los veía, los seguía con la vista, con una sutil sonrisa en el rostro, presente, pero ajena. Luego, volteó la mirada hacía los bloques de departamentos apilados al fondo, el lugar donde Laura vivía, como si hubiese oído algo, un llamado, quizás, sin prisa, se puso de pie y caminó hacía allá, Laura la quiso seguir, ver a donde iba, pero pronto las sombras se la tragaron y su figura se perdió sin dejar rastro.



León Faras.

viernes, 21 de diciembre de 2018

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.


XXI.

Cornelio, ya no estaba para nada de buen humor, los demonios que mantenían la ilusión a flote y que al mismo tiempo, eran esclavos y amos de él, lo habían obligado durante la noche a largarse de ese pueblo, pues su reino se tambaleaba debido a que había gente tras él, gente que estaba profundamente interesada en socavar la fuente de todo su poder, y aunque deseaba con el alma poder haberlos identificado, no podía, debía hacerlo como cualquier mortal, pues las voces de las sombras, no podían darle ninguna pista al respecto.

Damián dio un sobresalto cuando las puertas traseras de su furgoneta se abrieron de golpe, más aún porque en ese momento comenzaba a haber movimiento en el circo y él trataba de enfocar algo medianamente interesante; era su hermano Vicente que con todo estruendo, lanzaba dentro su carro de basurero, con todo tipo de desperdicios y tierra en su interior, y comenzaba a sacarse, entre saltitos y contorciones, como una serpiente que pretende mudar su piel, su overol polvoriento para lanzarlo a los pies de su hermano, éste lo reprendió alarmado, “¡Pero qué mierda crees que estás haciendo?” Vicente estaba tan acelerado, que apenas le alcanzaba el oxígeno para hablar, “¡Se van! deja eso, hay que guardar todo…” Damián confirmó aquello con su cámara-telescopio, todas las tiendas caían una a una y rápidamente se convertían en bultos que cargaban en fila hacia los camiones, eran sorprendentemente rápidos, como una colonia de hormigas desmantelando un insecto mayor, “¡Mierda!” gruñó, “Tenemos la mitad de nuestras cosas en el cuarto de la pensión” Se pasó al asiento del conductor y prendió un cigarro, su hermano cerró las puertas traseras de un golpe y se instaló a su lado, “Volveremos por nuestras cosas una vez que sepamos exactamente dónde se detendrá el circo. No podemos perderlo de vista ahora… Además, conocí a un tipo allí, una especie de hombre-mono, todo cubierto de pelo. Prometió ayudarnos…” Damián miró a su hermano con una ceja increíblemente levantada, “¿Cuánto dinero te pidió?” Vicente también prendió un cigarro y se relajó con un codo apoyado en la ventanilla, “No quiere dinero, me pidió la foto que le tomé a la sirena. No te lo vas a creer, pero me aseguró que él también salía en una de las fotografías, pero sin todos esos pelos en el cuerpo” Damián no prestó atención a aquello último, “¿Le diste una de nuestras fotos a ese tipo?” Vicente se excusó diciendo que aquella foto no valía para nada, pero Damián pensaba que aquello era una tontería, pues el tipo ese, podía mostrársela a su jefe y delatarlos. Vicente se defendió con que hizo lo que tenía que hacer en el momento, pues él trataba de tomar una foto y el hombre-mono lo sorprendió, y Damián remató reclamando que nada de esto hubiese sucedido si el tonto de Diego Perdiguero hubiese hecho bien su trabajo. La discusión fue acalorada pero se evaporó en la nada cuando Damián, de un vistazo, vio que el terreno donde estaba el circo, estaba vacío. Se puso pálido y durante varios segundos era incapaz de procesar lo que acababa de suceder, no lo podía creer, se bajó del vehículo sólo para dar una vuelta en redondo sobre sí mismo y acabar insultando, golpeando y dándole de patadas en los neumáticos a su pobre furgoneta. Vicente no podía golpear nada, se bajó del vehículo para dar algunos pasos atontados, apretándose la cara con ambas manos y contemplando el horizonte con completa desilusión, tanto, que se dejó caer sobre sus rodillas, como quien encuentra agua tras varios días de vagar por el desierto y luego descubre que sólo es un espejismo. Una pequeña luz de ilusión se encendió cuando descubrieron huellas de los camiones en el camino, pero se apagó pronto cuando llegaron al pavimento, la carretera corría en ambos sentidos y era imposible adivinar qué dirección habían tomado los camiones. “¡Mierda!” volvió a gritar Damián golpeando el volante del coche con las palmas de las manos. El circo se había evaporado delante de sus propias narices y ni siquiera habían visto por dónde se fue.

Cuando Diego Perdiguero despertó, se encontraba en una especie de jaula completamente oscura. Cabía en su interior acostado a lo largo, pero era imposible ponerse de pie sin chocar con el techo a la mitad. Podía sentir con las manos que era una jaula con la mitad inferior de las paredes de madera y la otra mitad con barrotes. Una jaula que, aunque él no tenía cómo adivinarlo, hace poco había albergado al pobre de Braulio Álamos. Algo raro sucedía con su lengua, como si fuera una cosa muerta en su boca que no podía mover. Recordaba haber convencido a Cornelio Morris de que le diera un trabajo en el circo, la chica alada estaba con él en la oficina, era una muchacha simpática y risueña, Cornelio le ofreció un trago de un buen licor, y finalmente acabó firmando un contrato. Sonreía feliz, ese era su plan, eso era exactamente lo que él quería, estar dentro del circo para mantener informados a los hermanos Corona de su ubicación, para que estos tomaran sus fotografías, luego recibir su dinero y simplemente largarse de allí, pero no siempre las cosas salen como uno espera. Luego de poner su rúbrica sobre el papel que tenía enfrente, Diego preguntó confiado que qué era lo que debía hacer ahora y Morris respondió aún más confiado y complacido “Nada por el momento. Cuando debas hacer algo, lo sabrás…” Luego de eso no recordaba mucho, como que se le había nublado la mente o se había dormido durante horas, tal vez el licor que había tomado tenía algo, pero Cornelio había servido los vasos en frente de él y ambos se los bebieron de un trago. No sabía cuánto tiempo había pasado ni por qué estaba dentro de una jaula, pero pronto se enteró. Sentía muy cerca a Cornelio Morris gritando fuera de su jaula con su megáfono, presentando a una nueva atracción, un ser humano único en el mundo, encontrado en una cueva oscura y húmeda de una remota zona montañosa de un pequeño y lejano reino llamado Pravia, dónde se crió completamente solo, “…alimentándose de alimañas y sabandijas, la oscuridad de las cavernas lo habían dejado prácticamente ciego y muy sensible a la luz, y la soledad le había impedido de aprender cualquier tipo de lenguaje humano. Ruego a las buenas almas impresionables, mantengan la precaución en todo momento” Acabó Cornelio y la gran lona que cubría la jaula fue retirada. La luz entró como arena en los ojos de Diego Perdigueo, quien se los cubrió con un grito que sonó similar al de un animal humanoide. El no podía saberlo, pero sus pupilas se habían expandido dramáticamente hasta casi cubrirle todo el ojo, de modo que la luz podía ser tan agresiva para él, como el fuego. Podía ver mucha gente observándolo asombrados por todas partes, aunque apenas podía distinguir manchones de luz y sombra por más que se restregara los ojos, sin embargo, él no podía reconocer a nadie y nadie parecía reconocerlo a él. Entonces sintió pasitos diminutos correteando por el interior de su jaula y toda su atención se volcó a ellos, pequeñas manchas pardas que se movían bordeando las paredes y que hacían un sonido que le parecía de lo más interesante, se le llenó la boca de saliva, se quedó inmóvil y en cuclillas, ya no le importaba la multitud que lo observaba, unos emocionados y otros expectantes, todos sus sentidos estaban en aquellas manchas pardas, hasta que de un manotazo rápido y certero atrapó una, la cogió de un apéndice duro que se le enroscaba en los dedos, la elevó sobre su cabeza, tragó saliva antes de abrir la boca tanto como le era posible y se metió dentro aquella cosa que luchaba inútilmente por no ser engullida. Su sabor, como su textura y el sabor de los fluidos que le brotaban era lo más delicioso que Diego jamás había probado, los pequeños huesos rompiéndose ante la presión de sus muelas era de lo más satisfactorio que había sentido en toda su vida, todo aquello era un placer indescriptible. Apenas tragó y saboreó, inmediatamente se apresto a capturar otra, la gente estaba eufórica, muchos con un asco que no intentaban disimular, pero aun así nadie podía dejar de ver cómo ese hombre devoraba con tal gusto y apetito las ratas vivas que le habían tirado dentro.



León Faras.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Autopsia. Tercera parte.


Tercera parte.

I.

Dos días completos, y sus respectivas noches, fue lo que duró el aguacero que cayó. Dos días en los que nadie salió de su casa a menos que fuera completamente necesario, en los que los ríos y canales crecieron y los pozos se llenaron y en los que el padre Benigno, durante el día, se llevó encerrado en su iglesia, en parte, para aprovechar de organizar toda la documentación acumulada y en parte, para no estar todo el santo día encerrado en la casa junto a Guillermina. Cifuentes usó el primer día para estudiar toda la documentación que el sacerdote le había entregado, hacer apuntes y buscar información en sus libros, para el segundo día, si nada ni nadie se lo evitaba, tenía otros planes: hacer una visita.

Aurelio, cubierto con una manta gruesa, sentado frente a un fuego y sobre un empedrado cubierto de pozas de agua y barro que los hombres acarreaban todo el tiempo al entrar y salir, miró al doctor como a un verdadero bicho raro salido de quién sabe qué agujero inundado por la lluvia, traía un paraguas, que le había servido medianamente bien, pero que a los ojos de los guardias y de casi cualquier persona en el pueblo, lo hacía lucir más extravagante aún. El jefe de guardias, con su aspecto de centurión romano, le ofreció un asiento junto al fuego y le alcanzó una botella de aguardiente que el doctor rechazó amablemente, “Vamos doctor, échese un trago para que mate los bichos. Aquí nadie se enferma gracias a esto” le dijo, sin dejar de estirarle la botella, Cifuentes bebió un sorbo y su reacción fue la que todos esperaban, la de un hombre poco acostumbrado a la bebida y menos a la de tan alta graduación. Aurelio rescató la botella de las manos del médico que no podía parar de toser hasta casi tirar los anteojos al suelo y entre risas se la pasó a otro de sus hombres, quien se echó un trago largo como si se tratase de agua fresca y pura de vertiente “Me gustaría hablar con el doctor Ballesteros” logró balbucear el médico aún con el dorso de la mano en la boca, al controlar su ataque de tos y las risas poco a poco se apagaron. “Escuche, doctor…” dijo Aurelio inclinándose hacia delante y poniendo los codos sobre sus rodillas, “…ese hombre no es el mismo doctor que conocimos. Hay hombres que resisten bien la prisión y otros que el encierro los quiebra en su espíritu y en su cordura, Ballesteros es uno de estos… el hombre, nunca tuvo el pellejo para resistir esto” El doctor le echó un vistazo a los demás guardias que lo miraban como un grupo de jugadores de cartas que esperan a que haga su jugada “¿A qué se refiere exactamente?” Aurelio se puso de pie, “Está enloqueciendo…” dijo sin emoción, como un camarero que informa a un cliente sobre cuál es el plato del día, Cifuentes no se sorprendió, más bien sospechaba que aquello venía desde antes. Luego Aurelio agregó, dándole una palmada en el hombro al médico y yéndose del cuarto, “…dígale a uno de los muchachos que lo acompañe, yo necesito ir a mear”

“Doctor Cifuentes, sabía que vendría… no particularmente en un día como hoy, pero, lo estaba esperando”

El guardia abrió la puerta de la reja de Ballesteros, dejó entrar a Cifuentes y la volvió a cerrar de un golpe fuerte y seco; parecía que esa era la única manera oficial de cerrar las rejas en prisión, luego le volvió a poner la llave y se fue sin decir palabra. Había situaciones en la vida, en la que un hombre sólo podía elegir entre ser juzgado como un cobarde o como un idiota, y en ese momento, el médico comenzaba a sentirse un poco idiota. Cifuentes se sentó en un pequeño y burdo taburete de madera y se puso su bolso en las piernas, pues el suelo era una gran poza de agua sucia, preguntó por qué le estaba esperando. Ballesteros lucía flaco, sucio y con el pelo largo y canoso, parecía hecho de madera pulida y seca, de esa que arroja el río a la orilla a secarse al sol luego de transportarla varios kilómetros “Finalmente Benigno le permitió ver los documentos que escribí ¿Leyó el caso de Isabel Vásquez?” Cifuentes apretaba su bolso de cuero como un jovencito asustado en su primer día de clases, “Sí, doctor Ballesteros, pero no es eso lo que me ha traído hoy aquí” Ballesteros se mostró decepcionado y por un momento pensó que el doctor Cifuentes actuaba como emisario del padre Benigno, pero Cifuentes, armado de un valor prefabricado, se empujó los lentes, hurgueteó en su bolso y sacó un manuscrito escrito y cosido completamente a mano y se lo enseñó: aquello era el diario personal del doctor Horacio Ballesteros. No era más que un montón de papeles garabateados que no se diferenciaba mucho de los otros que había recibido, pero que contenían información muy interesante, “No debió leer eso, doctor, no hay nada allí de su interés…” dijo Ballesteros, cabreado, secándose la frente con el talón de la mano, aquello lo hacía sentir vulnerable, inerme, “Lo sé…” se apresuró a justificarse, Cifuentes, “…sólo pensé que encontraría algún dato médico relevante, pero me encontré con otra cosa. Dígame, doctor ¿Quién, además de usted, escribía en este diario?” Ballesteros lo miraba como a un alumno que pretende saber más que su profesor. Tenía las manos grandes y al estar tan flaco, sus manos se veían enormes, “Ese es mi diario personal. Por supuesto que nadie más escribiría ahí…” Horacio podía palpar el nerviosismo de Cifuentes y además ver que el diario tenía varias hojas marcadas, por lo que agregó, no sin algo de marcado fastidio en la voz, como si le estuvieran haciendo perder el tiempo “…ya que está aquí, ¿Quiere que le responda algo más?” Cifuentes buscó acomodarse en un asiento que ya de por sí, era incómodo, “Doctor Ballesteros… en este diario usted habla de su hija…” Horacio sabía eso, él había escrito ese diario, “…de la violación a su hija…” agregó Cifuentes con toda la precaución que puede tener alguien que camina sobre hielo delgado, “…y lo hace de la forma más repudiablemente obscena y ofensiva que jamás haya oído o leído…” Ballesteros se puso de pie, ofendido. Cifuentes también se levantó, de un salto, abrazado a su bolso como si este pudiera protegerlo y con el manuscrito firmemente en la mano como si se tratara de un arma. Continuó “…pero está escrito con una caligrafía muy diferente a la que usted usa en el resto de sus documentos… como si alguien más hubiese escrito en él” Cifuentes ofreció el diario como si le estuviera dando de comer a un animal salvaje que es imposible saber cómo reaccionará, Ballesteros, en cambio, cogió el diario como una mascota dócil, leyó donde le indicaban y en pocos segundos debió desviar la vista de esas páginas y cerrar el libro, porque eran palabras y expresiones referidas a su hija que dolían en los ojos leerlas. Cifuentes recuperó el manuscrito. Ballesteros lentamente volvió a sentarse, aún con el dolor y la repugnancia reflejados en el rostro, se tiró el pelo, largo y grasoso, hacia atrás con ambas manos, y luego bajó por su cara aplanándose la barba hasta el final. Esa no se parecía en nada a su letra, pero quién más podría haber escrito algo así, si incluso él pensó al principio, al despertar de madrugada, a medio desvestir, con el aliento aún apestando a coñac, que todo había sido un sueño, el más desgraciado sueño, pero no más que eso y que poco a poco los detalles fueron convirtiéndolo en una sospecha que acabó confirmándose en una realidad cuando su hija, la muchacha más buena y pura del mundo, le decía que estaba embarazada sin entender cómo ni de quién. Quién podría haber escrito algo así, si ni su ama de llaves y ni siquiera su hija parecían haberse enterado de algo al día siguiente, todo parecía haber sucedido en un limbo de sueño y alcohol. Algo fácil de ignorar con la esperanza de que el tiempo lo desvaneciera como desvanece todos los sueños. A Cifuentes le pareció un buen momento para agregar algo más, “También hay algunos párrafos dedicados a su mujer…” era innecesario decir lo repulsivo y vejatorio del lenguaje usado “…he podido diferenciar al menos dos tipos más de escritura diferentes a la suya en este diario, ¿Seguro de que no sabe quién más pudo intervenir en él?” Ballesteros negó con la cabeza, Cifuentes asintió, se acercó a la reja para llamar al guardia. “¿Doctor…?” habló Horacio con la mirada oculta tras los mechones de pelo pringoso, “…creo que desde hace un buen tiempo, alguien más está viviendo aquí conmigo, dentro de mi cabeza…” el doctor Cifuentes, no respondió nada, ya se había dado cuenta de eso y se llamaba locura, ahora era muy difícil saber qué cosa era cierto de todo lo que decía y qué cosa se la estaba inventando. Volvió a gritar al guardia quién le respondió cabreado, porque ya había escuchado la primera vez y ya venía caminando, “¿Doctor…?” volvió a hablar Horacio, “…¿Podría usted pedirle al padre Benigno que venga?” Cifuentes aceptó, en prisión se le podía negar cualquier cosa a un hombre, menos la visita de un sacerdote. Ninguno de los presentes lo notó, pero aquella era la primera vez que Horacio llamaba “padre” a Benigno.



León Faras.