jueves, 11 de julio de 2019

Humanimales.


II.

Caminaron hasta encontrar un refugio donde pasar la noche, una saliente de grueso hormigón con el suelo erosionado bajo éste, donde cabía perfectamente un adulto sentado. Al llegar allí, Límber de inmediato buscó desembarazarse de su incómodo e improvisado calzado, dejó su rifle parado a su lado y se sentó en el suelo. La niña, por su parte, sin que nadie se lo pidiera, sacó de su bolso una lata de la que extrajo un poco de una pasta color ámbar, que puso en medio de un pequeño nido de pasto y ramas secas, luego cogió una pequeña caja metálica con una palanca de la que tiró y la caja escupió un chorro de chispas que encendieron la pasta color ámbar en el acto y pronto había una buena fogata encendida, Límber la miró con recelo, como cuando tienes tan pocas expectativas sobre algo, que cualquier cosa te produce desconfianza, le echó un vistazo a su compañero, éste sólo se encogió de hombros con los ojos muy abiertos, sin saber qué decir, luego se sentó sobre una piedra, sacó un poco de carne seca y machacada de su ración y la compartió con la pequeña mientras Límber se estiraba en el suelo y se cruzaba de brazos y piernas, “Déjame dormir un par de horas, luego me despiertas” Cuatro horas después, Límber despertó sin que nadie le ayudara, sólo abrió los ojos cuando una manada de carnófagos, en su sueño, lo arrinconaban contra un barranco y caía. La niña estaba acurrucada durmiendo a su lado. Tanco le alcanzó una taza con una bebida caliente, “Cortesía de la señorita” dijo, su amigo la recibió, pero antes de probarla, la olió con desconfianza, “¿Qué es esto?” “No lo sé, pero sabe bien. Ella le echó algunas hojas de su bolso al agua” respondió Tanco atizando el fuego, “¿Nos querrá envenenar?” dijo Límber mirando el líquido, como si éste pudiera responderle, “Yo ya tomé, ella también. ¿Quieres quedarte tú solo?” Límber lo miró como queriendo comprobar si aquello había sido una broma o hablaba en serio, su compañero no le ofreció respuesta, por lo que decidió probarlo. Sabía tan bien como olía. “Duerme un poco. Yo vigilaré” Tanco se acomodó la capucha y se estiró en el suelo. Apenas unos minutos antes de despuntar el alba, Límber cerró los ojos nuevamente, vencido por el cansancio, al amanecer, tenían al grupo de carnófagos de sus sueños frente a ellos.

“Tranquilos, hermanos, sólo son mis bestias” dijo alguien con una voz gruesa como una caverna. Los carnófagos, eran lo más parecido que se podía encontrar físicamente a un ser humano, pero su piel era grisácea ceniza, habían perdido todo el pelo que alguna vez tuvieron, y dentro de sus bocas sin labios, había más sucios dientes de los que podían caber correctamente. Se movían con la espalda curva, a medio camino entre el andar erecto y el correr sobre cuatro patas. Eran humanos bestializados. Éstos que acababan de llegar, eran seis, atados del cuello entre ellos, con correas de cuero y listones de madera, y de la cintura con cadenas a un pequeño carro de tres ruedas del que tiraban. Llevaban los ojos vendados y sus espaldas cubiertas de marcas de látigo. Su amo se bajó del carro, “Mi nombre es Yagras, soy líder de la tribu de Yacú, ¿Ustedes de dónde vienen?” Éste era un hombre enorme de piel oscura cubierta de corto y tupido pelo negro, su cara estaba rodeada de una barba roja; su nariz ancha y larga, apenas le dejaba espacio a la boca antes de expulsarla de la cara y la parte más alta de su cabeza estaba dividida en dos por dos enormes cuernos que la envolvían y acababan atrás, agudos, apuntando al cielo, como un casco irrompible. Le seguían al carro, cuatro guerreros de a pie. Límber se paró de un salto con un cuchillo en la mano, echó un rápido vistazo alrededor. La niña no estaba. Tanco respondió, sin dejar de mirar nervioso a los carnófagos, por muy atados que éstos estuvieran “Del Yermo. Somos incursores de la tribu de Portas” Yagras se acercó a uno de sus carnófagos y le acarició amistosamente la cabeza, aquel no dejaba de mostrar todos sus dientes, pero no intentó atacarlo, “No deben preocuparse por ellos, les vendamos los ojos, eso los vuelve dóciles e inofensivos. Tal vez puedan ayudarme, hermanos del Estrecho de Portas, porque, he visto antes el cuchillo que llevan, ¿Lo puedo ver más de cerca?”Límber se lo alcanzó, era el cuchillo grande y artesanal que pertenecía al viejo muerto en el refugio. Yagras lo analizó con una sonrisa que no daba cabida a dudas, “Está vendado con piel de carnófago, ¡Muy buena para mangos y empuñaduras!” y mostró su pequeña hacha de mano, vendada con el mismo cuero en el mango, “…Lo que me hace suponer que este cuchillo, no siempre ha sido suyo, ¿Verdad?” “Lo encontramos ayer, pasado el medio día, varios pasos antes de llegar al barco quebrado. Estaba ensartado en el suelo, como si hubiese sido puesto ahí y luego olvidado” Admitió Límber con fingida, pero segura honestidad, Tanco lo miró por debajo de su capucha: la niña no estaba y su compañero mentía descaradamente. Yagras asintió con gravedad, “Entiendo, verán. Hace dos noches uno de mis hombres, huyó llevándose algo muy valioso para mí, que me pertenece y que quiero recuperar. Era un viejo de orejas puntiagudas, ojos pequeños y dos colmillos que le salían de la mandíbula…” y Yagras lo ilustró con su propia mandíbula y sus dedos ungulados, luego continuó “…¿No lo habrán visto, o sí?” Tanco negó con la cabeza, sin levantar la vista. Límber lo confirmó, “Al menos nosotros, no vimos a nadie en el Yermo, ni con esa descripción, ni con ninguna otra” Yagras, respiró hondo, y su aliento salió de sus fosas nasales en forma de vapor, “Comprendo” Les devolvió el cuchillo, “No quisiera privar a unos hermanos de sus cosas…”  Subió de vuelta a su carro y estando allí, sacó una pequeña bolsa de su cinturón y se las lanzó, Tanco que estaba más cerca la atrapó, “¿Qué es esto?” Preguntó. Parecía un pequeño saco con alguna especie de polvo pesado, “Arena. Sólo un pequeño obsequio por su ayuda, hermanos” respondió Yagras, circunspecto. Tanco se sintió defraudado, era como que le regalaran piedras o un puñado de tierra, miró a su compañero, éste tampoco parecía comprender el significado del regalo, aun así dio las gracias, Yagras, comprendiendo esto, agregó con una muy leve sonrisa “Cuando los carnófagos los ataquen, arrójenles un puñado de eso a los ojos, un carnófago ciego, aunque sea sólo por unos segundos, es una presa fácil. No se imaginan cuántos de los nuestros han salvado más que la vida gracias a un poco de esa arena” Luego, anunció que iría a registrar el Yermo en busca de lo que había perdido, se despidió, les deseó suerte y azotando sus carnófagos, se fue. “¿Crees que sea a la niña humana lo que busca?” preguntó Tanco con inocencia, casi ingenuidad, en cuanto Yagras y sus hombres se habían ido, Límber, lo miró con toda la seriedad del mundo “Que si lo creo... ¡estoy completamente seguro!” Y luego de pensarlo un momento, agregó “¿Y dónde se metió esa niña?” Unos segundos después, la niña apareció corriendo desde un punto indeterminado, tenía su bolso a la espalda y una sonrisa triunfante en el rostro. Se puso a atizar el fuego sin borrar del todo la sonrisa de su rostro, como si no hubiera nada en el mundo lo suficientemente grave como para arruinarle el día “Empiezo a creer que en realidad se trata de una humana pura de verdad. Ahora, si no nos expulsan de Portas por llevarla con nosotros, el líder de la tribu de Yacú nos arrojará como alimento para sus carnófagos cuando descubra que le hemos mentido” dijo Límber, acomodándose de vuelta su calzado, Tanco, levantó la vista de pronto, “¿Qué hiciste con el viejo muerto?” Su compañero lo miró con un fastidio mal disimulado, “¿Y qué iba a hacer?, lo arrojé a la barriga inundada del barco”

“¿Qué crees que les dé de comer?” preguntó Tanco, luego de que ya habían reanudado la marcha, Límber caminaba en la punta, afilando con una piedra su nuevo cuchillo con empuñadura de piel de carnófago “¿Qué… a quién?” “A sus carnófagos… ¿con qué crees que los alimente?” respondió el otro que venía atrás, hurgándose los dientes con una astilla de madera, Límber se encogió de hombros, “Sólo comen carne… ¿qué más puede darles?” La niña caminaba al medio, y los comentarios pasaban por encima de ella sin que pareciera interesada en coger ninguno. Tanco insistió, “Ya lo sé, pero ¿Carne de qué… de quién?” Límber sabía de qué estaba hablando su compañero, pero no quería aventurarse a hacer conjeturas desagradables, “¡Mierda, Tanco, Yo qué sé! Les dará ratas, tendrá un enorme corral lleno de ratas para todos…” Luego de eso, siguieron caminando en silencio.



León Faras.

Humanimales.


I.

El frío era empujado por la ventisca a través de todos los rincones y recovecos, incluso entre los pequeños huecos que quedaban en la abundante ropa, totalmente necesaria para salir a la intemperie. Límber y Tanco caminaban penosamente por sobre el terreno endurecido e irregular y los charcos congelados, respirando con ansia y esfuerzo, para arrebatarle a la fría atmósfera el oxígeno imprescindible y exhalándolo luego convertido en vapor, más vapor del que ya cubría el cielo, el horizonte y parte del suelo. Límber se detuvo y le metió una mascada con sus poderosos incisivos a una dura raíz morada oscura, casi negra, que llevaba en la mano. Un pelaje café amarillento cubría toda su cabeza y el dorso de sus manos. Tenía la boca pequeña, insignificante y esos incisivos eran útiles para cortar trozos del tamaño adecuados. Alto y recto como un poste, escudriñó los alrededores con sus ojos grandes y sus largas orejas para orientarse. Llevaba gruesa ropa de abrigo color tierra, vendada con girones de tela en todos sus extremos para evitar lo más posible que el frío entrara, sus pies, sin embargo, sólo estaban protegidos por vendas de plástico y tela y embutidos en sandalias de cuero de fabricación artesanal, el tamaño de su pie hacía difícil que encontrara un calzado más adecuado. Tanco, dos pasos más atrás, oía con recelo como la raíz era triturada por los molares de su compañero, largamente triturada, hasta ser pulverizada, era desesperante verlo y sobre todo oírlo, masticar y masticar y masticar… Desplazó sus pequeños y separados ojos hacia el suelo, buscando ocultarlos tras su capucha y parecer distraído. Las raíces no eran en absoluto de su agrado. Tenía un buen par de botas negras que no habían cedido ni al uso ni a la rigurosidad del clima y que mantenían sus pequeños pies secos y calientes; los pies pequeños eran una gran ventaja. El resto de su ropa era igualmente negra, aunque su piel, ya de por sí era oscura, sin pelo y de un verde oscuro metálico. Límber le echó un vistazo y sin decir ni media palabra, señaló una dirección con la mano donde empuñaba la raíz, una dirección sin nada en particular que la diferenciara de cualquiera otra, sin embargo el primero caminó convencido y el segundo le siguió en completo silencio. La dirección era correcta, al cabo de un rato aparecería el barco muerto en la niebla, como un gigantesco fantasma de metal negro. Casi tan grande como los mercados flotantes del Zolga, donde se podía encontrar el mejor pescado y unas ratas despellejadas y cocinadas en aceite hirviendo bastante decentes, pero no podían explicarse cómo es que esa mole había llegado hasta allí, a un sitio, que a pesar de que lo llamaban Mar Triste, no tenía aguas navegables en kilómetros a la redonda. Tampoco podían explicarse dónde estaba su otra mitad, porque estaba roto como quien toma una rama por ambos extremos y la estrella contra su rodilla para partirla en dos, sin embargo, la otra mitad, que también de seguro era muy grande, no se veía por ningún lado, ni siquiera en un día despejado. La vegetación era pobre y las aves que pasaban por allí, lo hacían sin ninguna intención de detenerse, la comida también escaseaba, a menos que se fuera un amante de las raíces. “Oye, ¿Qué es eso?” Tanco señaló un punto junto al barco con el cañón de su escopeta, un montículo que claramente no era de origen natural, una pequeña cavidad hecha con ramas y mantas, pegada al casco del barco “¿Un refugio? Echemos un vistazo, pero sólo un vistazo” dijo Límber, dándose una vuelta entera sobre sí mismo mientras caminaba, nervioso, sólo para comprobar que no hubiera nadie en los alrededores. Tanco se agachó junto a las cenizas, estaban frías, cogió un poco y se las llevó a la lengua. Las escupió, “Las usaron para cocinar carne durante la noche…” Su compañero se detuvo para mirarlo preocupado, levantó levemente el cañón de su arma que hasta ese momento sólo miraba al suelo, era un revólver acondicionado como rifle, con un cañón largo y culata de madera forrada con hule “¿Carnófagos?” Tanco negó con la cabeza, apuntó unas varillas de madera ensartadas en el suelo junto al refugio, habían ratas despellejadas y empaladas allí, “…además, ellos no construyen refugios ni se molestan en cocinar la carne…” Límber hizo un gesto, como diciendo que ninguna preocupación estaba de más. En ese momento oyó un ruido, algo muy pequeño, dentro del refugio, se llevó la culata de su arma al hombro, su compañero lo tranquilizó levantando su mano sin uñas en los dedos, se colgó la escopeta a la espalda y sacó su cuchillo, “Hagas lo que hagas, no dispares a menos que sea totalmente necesario. No sabemos quién está escuchando por ahí. ¿Tienes algo de luz?” Límber sacó una pequeña linterna cuadrada de su bolsillo y se la pasó, luego volvió a poner toda su atención en la mira de su arma, mientras Tanco se adentraba en el refugio, había un cuerpo dentro, “No es un carnófago… es uno de los nuestros, es más, se parece a Pango, pero más viejo” “¿Tan feo?...” bromeó el otro, aunque sin ánimos de reírse. Era un viejo rechoncho, de orejas puntiagudas, frente cuadrada, grandes fosas nasales y poderosos colmillos en la mandíbula. Estaba muerto, recientemente, aunque no parecía herido. “Hay algo más ahí dentro, vivo. Lo oí” insistió Límber, escudriñando el interior del refugio con su arma, “Lo sé…” lo apoyó su compañero, moviendo algunas mantas con la punta de su cuchillo, “…apunta eso a otro lado” le movió el cañón del rifle con la yema de los dedos hacia la pared del refugio, al otro, eso no le agradó, “Oye, no toques mi arma y yo no tocaré la tuya…” En ese momento, surgió algo de entre las mantas, no supieron bien qué era, Límber se acomodó su fusil con desesperación para apuntarle. Era una niña de cabello ondulado y grandes ojos grises que los miraba intranquila, aunque no asustada. Tanco la alumbraba con su pequeña linterna, “Parece una humana… una humana pura…” Límber le echó un vistazo rápido sin dejar de apuntar a la niña, sólo para cerciorarse de que era su compañero quien había dicho tamaña estupidez, “¿Te has vuelto loco! Los humanos se extinguieron hace cien generaciones, sólo queda de ellos sus vestigios metálicos regados en este mundo inerte, nosotros y los carnófagos… y si esa niña no es uno de nosotros, entonces de seguro es uno de ellos” “Lo sé, pero y si lo fuera. Sabes lo que eso significaría” dijo Tanco, mirándolo con ilusión en el rostro, “¡Mierda, Tanco! Sé lo que estás pensando y no me gusta nada” La niña echó la cabeza atrás y se llevó la yema de los dedos a los labios, “Tiene hambre” “Quiere agua…” lo corrigió Límber, y luego agregó “…dale de la tuya, si quieres, pero no le quites los ojos de encima, voy a registrar al viejo” Tanco le alcanzó su cantimplora a la niña, que la recibió, se echó un buen trago y luego la devolvió con una sonrisa de agradecimiento, “No nos teme…” dijo éste maravillado, “Los carnófagos tampoco…” insistió su compañero que en ese momento sacaba de los bolsillos del viejo una bonita brújula rota, que igualmente guardó por si se podía reparar. Bajo la manta con la se cubría el viejo, encontró un revólver artesanal que éste apretaba en su puño, sólo tenía una bala. En una cartuchera, encontró un cuchillo pequeño, tipo navaja, de buena fabricación, como para preparar alimentos y junto al cuerpo, en el suelo, otro de mayor tamaño que no era más que una barra de acero aguzada y afilada con un mango de cuero, pensado para defenderse. “Voy a subir a la antena, procura que no te mate…” dijo Límber, dirigiéndose al otro extremo del barco para subir a la parte más alta de éste, y poder otear los alrededores, al regresar, la niña había encendido el fuego y compartía sus ratas con Tanco, “¡Qué rayos creen que hacen! Si el humo no nos delata, lo hará ese olor que se siente a kilómetros” Su compañero ni se movió del lado del fuego donde estaba devorando una rata asada aún empalada, “¿Viste algo?” “No, todo despejado…” admitió el otro de mala gana, y agregó “…pero aun así, no podemos confiarnos” La niña lo miró preocupada, y como si de pronto se le hubiese ocurrido la mejor idea del mundo, cogió una rata del fuego y se la ofreció a Límber, éste la rechazó con forzado desagrado, “No niña, eso no es para mí…” y sacó de su bolsillo lo que le quedaba de su raíz morada y le dio una mordida y otra vez echó a masticar incansablemente, mirando desconfiado los alrededores, “Hay que desarmar el refugio y esparcir las cenizas, que no quede nada. Yo me encargaré del muerto” dijo. Una hora después, ya estaban caminando de nuevo, en fila, la niña en medio, confiada y hasta un poco contenta, con un pequeño bolso con sus cosas colgado a la espalda, como si fuera una niña cualquiera dirigiéndose a un colegio cualquiera, en un día cualquiera, “…Esto no me gusta nada…” gruñó Límber, y volvió a darle otra mordida a su raíz.



León Faras.

Autopsia. Tercera parte.


IV.

A la mañana siguiente, apenas el padre Benigno tomó su desayuno, salió de su casa diciéndole a Guillermina que tenía un asunto pendiente y que volvería en una hora. La mujer no se atrevió a preguntar dónde iba, pero no se había llevado a Abel, por lo que no podía ir muy lejos, y no iba a la iglesia, porque eso siempre se lo decía antes de salir. Ya se enteraría más tarde.


Aurelio se tomaba su primer café de la mañana con un chorrito de aguardiente, sentado tras su burdo escritorio, “Padre Benigno, ¿Qué negocios lo traen por aquí tan temprano?” El sacerdote se paró frene a él, “Buenos días, Aurelio. Uno de sus presos solicitó mi presencia y es mi deber atender a su llamado” Aurelio ojeó sus papeles, “Bien, el día que se acaben las almas pecadoras, ambos nos quedaremos sin trabajo ¿A quién viene a ver?” “A Horacio Ballesteros” El guardia lo miró forzando los ojos hacia arriba y arrugando la frente, “No sé por qué, pero me lo imaginaba. Ese hombre no está bien” “¿A qué se refiere?” preguntó el cura apretando el ceño, “Nada, es sólo que es evidente que la prisión no le sentó nada bien” respondió Aurelio, volviendo a ojear sus papeles. Luego llamó de un grito a uno de sus guardias y éste acompañó al cura hasta la celda del doctor Ballesteros. Allí estaba el doctor, con su aspecto de náufrago y su mirada derrotada, “¿Cómo está, Padre?” Eso desarmó al sacerdote, era la primera vez que oía que él le llamaba “padre” Tomó un taburete y se sentó frente a él, “Bien Horacio, estoy aquí para ayudarlo en lo que pueda, ¿Usted me mandó llamar?” El doctor asintió, se veía humilde, y cansado, “Padre, volvió a suceder, y no soy yo, le juro por Dios que no soy yo…” Horacio llamándole padre y jurando por Dios, le sonaba al cura como un hombre embaucador, o uno sospechosamente demasiado cambiado por el encierro, pero se guardó sus sospechas, “¿De qué habla, Horacio?” el doctor Ballesteros tomó una bocanada de aire, “Nunca he creído mucho en Dios, padre, usted lo sabe, siempre he pensado que la ciencia busca las respuestas mientras que la religión sólo se las inventa, pero ahora tengo miedo, y no sé qué hacer…” Benigno no oía nada nuevo, y nada nuevo podía decir “Bueno, el arrepentimiento sincero es el primer paso hacia el perdón de Dios y la salvación de su alma…” “No padre, yo no temo por mi alma…” Horacio se restregó la barba, “…yo temo por lo que no puedo controlar…” El cura quiso decir algo, pero Ballesteros continuó, “…Escuche padre, cuando mi mujer enfermó, ella decía que otros seres tomaban posesión de su cuerpo y hablaban y actuaban a través de ella, que no podía controlarlo, le diagnosticaron un raro tipo de locura, personalidades múltiples, le llamaron. No tenía cura conocida, sólo empeoraba, tan sólo había unos tratamientos experimentales que yo me negué a aceptar, porque me parecieron peores que la enfermedad misma. Finalmente ella se quitó la vida. Usted lo supo, padre. Ahora creo que me está pasando a mí, y no hablamos de una enfermedad que se pueda contagiar, por eso tengo miedo. Al principio no lo creía, pero se está haciendo cada vez más evidente, y sólo puede empeorar, padre” El sacerdote lo miraba a los ojos buscando confirmar que Horacio era sincero, no que le decía la verdad, sólo que era sincero. Nada le pareció decir lo contrario, “Usted me está diciendo que ahora hay seres que hablan y actúan a través suyo como lo hacían con su mujer, ¿Es eso?” Horacio Ballesteros se estudiaba minuciosamente las manos, como si en ellas pudiera encontrar la forma correcta y precisa de decir lo que tenía que decir, “Hace unos días, un hombre se quitó la vida durante la noche, aquí afuera, frente a mi celda, un guardia. Seguramente lo supo. Yo dormía, se lo juro, pero recuerdo, como si lo hubiese soñado, que yo le dije cosas a ese hombre que lo llevaron al suicidio, cosas que yo no podía saber, cosas que yo jamás le diría a nadie. Fui yo, padre, pero no era yo, algo actuaba a través de mí, yo desperté a la mañana siguiente y lo vi ahí sentado en el suelo, sobre un charco de su propia sangre y avisé a los guardias. Sé que no me cree, yo tampoco lo haría, pero aun así le pido que me ayude, padre” El cura se puso de pie, pero no para irse. Horacio tenía razón, no le creía, “Y me va decir que la violación a su hija, ¿También fue algo actuando a través de usted?” Horacio se estiró la cara con las manos, desde la frente hasta el final de su barba, “También pensé al principio que había sido un desagradable sueño, luego, cuando todo se confirmó, culpé al alcohol, pero ahora que el doctor Cifuentes me mostró mi propio diario y leí lo que había escrito en él, me doy cuenta de que no era yo, es imposible que ese fuera yo. Sé lo que piensa, padre, pero no me intento justificar, ¿De qué me serviría? Sólo quiero que alguien me ayude, y no sé a quién más pedírselo” El cura volvió a sentarse, “¿Y cómo quiere que lo ayude, Horacio?” Horacio lo miró a los ojos e inmediatamente bajó la vista al suelo, “No lo sé, Padre” El cura lo escudriño largos segundos, luego respiró hondo y se puso de pie, no podía negarle la ayuda espiritual a ningún hombre que se la pidiera, “Bien, Horacio, volveré, se confesará y oraremos para que el Dios padre le brinde la paz que necesita su mente y sobre todo su alma” “Gracias, Padre” Antes de irse, el cura se detuvo, “Escuche, su hija ya no está en el convento en el que la dejé, huyó. Ahora hace poco vino a verme, no quería hablar conmigo, no me dijo dónde estaba, sólo me dijo que estaba bien y que no quería irse con su hermano. Se veía bien” Gritó al guardia. Le abrieron la celda. Horacio se puso de pie, el cura lo pensó unos segundos, luego se decidió “No pensaba decírselo, Horacio, pero creo que usted tenía razón con esos fetos que tenía en su consulta: no eran hijos de Dios. Tal vez ya lo había notado, pero, no tienen ombligo ni cordón umbilical” Entonces, sin esperar respuesta, se fue. Ballesteros se dejó caer en su litera, luego se recostó en ella, el cura, contrario a lo que él esperaba, no le había dejado más tranquilo, sino mucho en qué pensar. Su hija, si no estaba ni en el convento ni con su hermano, entonces dónde estaba y con quién, y lo más curioso, por qué había huido. Por otro lado, estaba aquello de los fetos, sin cordón umbilical, cómo era que él no lo había notado, pensó, el primero había sido incinerado junto con el cuerpo de la madre, no tenía mucho que se le pudiera ver, y el segundo, el segundo nunca lo sacó del cuerpo de Domingo, estaba aún ahí cuando él fue llevado preso. No lo extrajo, no alcanzó a hacerlo. Alguien más lo hizo.



León Faras.

Autopsia. Tercera parte.


III.

Justo antes del almuerzo, llamaron a la puerta del padre Benigno, Guillermina salió de la cocina quejándose en voz más alta de lo necesaria, de lo inoportuna que eran algunas personas para hacer visitas, y que se le iba a recocer la comida por estar atendiendo la puerta, pero el padre, con gesto de estar harto de sólo tener que escuchar sus quejas, se puso de pie, a pesar del tirón que sintió en su herida, para atajarla en el camino y decirle que él mismo atendería la puerta, al abrir, su eterna expresión severa y apretada en el rostro, se suavizó hasta convertirse en asombro: era Elena, Elena Ballesteros. Llevaba un vestido sencillo, muy diferente a los que solía usar y se cubría la cabeza con un bonito pañuelo bordado a mano, sin embargo, su rostro era el mismo de siempre, aunque ahora se podía ver más resuelta, ya no tenía ese aire vulnerable de antes. El cura percibió aquello en el acto, “Bendito sea Dios, ¿Estás bien… hija?” Elena lo miraba a los ojos sin titubear, y sus manos estaban relajadas, tomadas en frente a la altura del vientre, “Padre Benigno, espero que su herida ya esté mejor” El cura recuperó su expresión dura y hosca, “¿Dónde has estado todo este tiempo? Te han estado buscando por todas partes” Tras él, apareció Guillermina secándose las manos en el delantal, traía los ojos desmesuradamente abiertos, “¡Niña! Apareciste. Tú acuchillaste al padre…” El padre Benigno se volteó a mirarla incrédulo. Su herida protestó. Aún se sorprendía, a pesar de los años, de que la mujer, de una manera u otra, siempre terminaba enterándose de todo. Guillermina lo miró con los mismos ojos bien abiertos, pero con una expresión en el rostro como el perrito que sabe que ha hecho algo malo y ahora teme ser castigado, “¡Deja de hablar burradas, mujer, y ve a ocuparte de tus cosas!” la reprendió el cura, luego se dirigió a Elena para invitarla a entrar, pero ella se negó, “No padre, sólo vine para pedirle un favor. Sé que mi hermano me está buscando, pero yo no quiero verlo ni hablar con él, no quiero que me lleven a la fuerza a donde no quiero ir. Él va a venir aquí, le hice llegar una nota, y quiero que usted le diga que me ha visto y que estoy bien, y que deje de buscarme, ¿Puede hacerlo?” Benigno lucía confundido, estaba acostumbrado a que le pidieran opinión y consejo, no que le encomendaran una tarea como al chico de los encargos, “No creo que esa sea la mejor manera de…” “Bien, padre, esperaba que pudiera ayudarme…” Elena cortó la respuesta del cura con serena seguridad, “…como sea, ahora me tengo que ir. Deseo que siga estando bien.” El sacerdote la intentó detener, preguntarle dónde estaba viviendo, qué hacía, pero Elena sólo se volteó para decirle que tampoco pensaba regresar al convento, “…soy dueña de mi vida, padre, al menos eso me queda, ¿no?” Luego agregó, “Ah, y dígale a Ignacio que si lo necesito, yo lo buscaré.” El cura se quedó parado ahí hasta que Elena desapareció de su vista y algunos segundos más hasta que Guillermina lo habló para decirle que su comida estaba servida, “Désela al doctor, y coma usted también… yo necesito orar” dijo el padre y se fue. Guillermina aprovechó el momento para instalarse junto al doctor a comer y parlotear, sin que éste le preguntara nada, sobre Elena, el cura y la puñalada y también otro poco sobre el doctor Ballesteros, hasta dejarlo bien enterado de todo. Aún no terminaban cuando golpearon la puerta por segunda vez, esta vez era Ignacio Ballesteros. 


El padre Benigno, de rodillas frente al altar de su iglesia, oraba y le pedía a Dios sabiduría para guiar bien a su rebaño. Qué distinto hubiera sido todo si él hubiese sido más acogedor y amoroso cuando Elena lo necesitó, en vez de discutir con ella, levantar la voz y acabar golpeándola. Ella no se merecía eso, se merecía algo mejor, un mejor sacerdote. Ahora sólo podía esperar que estuviera bien, que Dios pusiera buena gente en su camino y que algún día él pudiera resarcir su forma de actuar impropia de un hombre de Dios. Un hombre llegó hasta allí, y caminó con paso firme hasta pararse a su lado, sin importarle que el sacerdote aún no terminaba su entrevista con el creador. La presencia a su lado era imposible de ignorar. Benigno respiró hondo, se persignó y se puso de pie, de antemano ya sabía que era Ignacio Ballesteros ese hombre, éste, de estar mirándolo hacia abajo al cura arrodillado, pasó a tener que mirarlo hacia arriba al sacerdote de pie. Traía la nota de Elena en la mano, “Recibí esta carta, no tiene nombre pero sé que es de mi hermana, y me decía que la encontrara en su casa, padre, y fui para allá y su ama de llaves me dice que Elena estuvo allí y que se fue, luego de hablar con usted. ¿Me puede explicar qué pasó?” Benigno le echó un vistazo a la carta. El tono del muchacho era prepotente, tenía parámetros particulares para determinar quien se merecía su respeto y admiración y quien no, y el cura no era uno de ellos. Benigno volvía a sentirse el chico de los recados, “No fue mucho lo que hablamos, apenas estuvo un minuto, dijo que estaba bien…” “¿Dónde estaba bien, con quién, vive sola? ¿No se lo preguntó?” Ignacio era irritante, y lo sabía, estaba acostumbrado a ganar sus discusiones así, interrumpiendo, bombardeando, presionando, “No me dijo nada de eso” respondió el cura molesto, el joven en cambio, hizo gesto de no poder creer tal cosa, “Bueno, ¿Al menos le dijo algo más?” Ignacio parecía estar hablando con un niño pequeño, y el cura, que hace poco estaba pidiendo sabiduría a Dios, comenzaba a sentirse como un imbécil por tener que soportarlo, “No quiere que la busquen, no quiere que la lleven a la fuerza…” Ignacio nuevamente lo interrumpía, “¡Que la lleven a la fuerza? ¡A su casa, con su familia? ¡A la vida de lujos a la que está acostumbrada? ¡Rodeada de personas que la cuiden y la atiendan? Perdóneme, padre, pero…” “Eso fue lo que me dijo…” Esta vez lo interrumpió el cura levantando la voz, “…no quiere verlo ni hablar con usted ni tampoco conmigo, sólo me dijo eso y se fue, y ahora si me disculpa, tengo cosas que hacer” “Esto es responsabilidad suya, padre…” Ignacio se jugaba su última carta para retener al sacerdote, “…Si usted me la hubiese entregado a mí, a su familia, cuando sucedió… lo que sucedió, en vez de encerrarla en ese agujero lúgubre y seco, no mucho mejor que cualquier prisión que es ese convento, nada de esto hubiera pasado, ella hubiese sido bien atendida, cuidada y mimada hasta que estuviese recuperada, pero usted no pensó en eso, ¿No es cierto, padre?” “Ella necesitaba estar cerca de Dios…” alcanzó a decir el cura, “¡Ella necesitaba estar cerca de su familia!” replicó Ignacio. El sacerdote apretó los labios y los dientes tras éstos, se estaba hartando de ser interrumpido una y otra vez; el joven continuó, “No crea que esto se termina, padre, mi hermana aún está perdida y mientras siga así, su responsabilidad en este asunto tampoco ha terminado.”



León Faras.

La prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


VI.

Los soldados espectrales, no eran hombres. Alguna vez lo fueron, de eso no había duda, pero ya hace mucho tiempo que no. Eran producto de una magia negra, antigua y profunda capaz de capturar almas en una roca, una gema, unirlas a cuerpos artificiales o naturales y tomar posesión de éstos como quien entra a su propia casa. Espíritus fundidos a cuerpos metálicos, incapaces de sentir dolor o cansancio, tampoco piedad, sólo la euforia de la victoria y eso era precisamente lo que Dágaro les daba, victorias gloriosas, el placer de arrasar ejércitos enteros sin una sola baja, el orgullo de sembrar el miedo en el enemigo con tan sólo la presencia, sin necesidad, siquiera, de desenvainar la espada y eso sólo su amo podía dárselos y por eso era que le guardaban absoluta lealtad. Veían sin ojos y oían tan bien como cualquier hombre, pero sin oídos, tampoco tenían boca, pero eran capaces de hablar un lenguaje propio sacado del inframundo, y de emitir ese horrible chillido que soltaban cada vez que iban a luchar, un aullido espantoso que era el mismísimo ángel de la muerte anunciando su llegada. Días antes de que los soldados espectrales desaparecieron de los muros del castillo y se ocultaron en la ciénaga, Obli, el pequeño porquero al servicio de Rávaro, salía del castillo sentado en su carreta tirada por su asno “Bonachón” en busca de víveres y herramientas pero se detuvo antes de alejarse demasiado, tenía un encargo que cumplir. Con toda la cautela que el miedo puede dar, se acercó a uno de los soldados espectrales, eran enormes para él, que apenas superaba el metro de altura, y desprendían ese desagradable vapor negro por las hendiduras de su armadura, aquel en particular, llevaba un yelmo coronado con tres púas, permanecía inmóvil, pero estaba vivo y si quería le podía arrancar la cabeza de un solo golpe con su espada y su enorme fuerza. Le pidió permiso, aunque no esperaba una respuesta, y extremando precauciones, como quien mete la mano en un saco de víboras, cogió con la punta de los dedos el puñal que llevaba en su cinto el guardia espectral y se fue lo más rápidamente que pudo él y su asno, minutos después se lo entregaba a su hermana Dendé, quien le esperaba no lejos de allí, montada en los lomos de una bestia acuclillada, oculta en la ciénaga, esperando para llevarle el encargo a su ama, Rodana, la bruja de las jaulas. Obli también le había llevado un mechón de pelo.


Una vez en la superficie, el sonido, aquel cántico persistente, se volvía más presente y envolvía a toda la ciudad, aunque a simple vista no se viera a ninguno de los habitantes de la ciudad Antigua. Lázar, apuntando hacia las alturas, decidió que debían buscar la forma de subir hasta el puente por el que Idalia había llegado, ésta estaba de acuerdo, aunque tampoco era que tuviera una mejor idea. Iban a ponerse en marcha rumbo a la ciudad en busca de un camino que subiera, cuando Driana recordó algo, un acceso más seguro, pero el pollo debería nadar. Nadie comprendió de qué estaba hablando.


Cuando Driana salió antes del socavón, lo hizo con la intención de recuperar sus alas, pues para ella y su hermano, no había muchas posibilidades de atravesar la jungla sin ellas. Eran alas grandes y pesadas y que no podrían despegar jamás, si no eran llevadas hasta un sitio alto, pero atravesar la jungla a pie no era opción para ella. Se ocultaba de unos habitantes junto al río, cuando vio que una barca se detenía, aquellos se subían y le indicaban una dirección al barquero y éste iniciaba su marcha, sólo unos segundos después, otra barca se detenía allí a esperar pasajeros, Driana dudó varios minutos, pero al no aparecer nadie, se arriesgó a acercarse. El barquero, inmóvil como una estatua, no hizo ni dijo nada cuando aquella intrusa abordó su nave, y cuando la muchacha le indicó, con toda timidez y cuidado, la dirección en la que quería ir, la barca simplemente se puso en marcha, el problema fue que sólo llegó hasta el último muelle antes del muro y no pasaría de allí. Driana no se atrevió a bajarse, pues no faltaba mucho para que la niebla de la selva regresara, y si se quedaba tirada allí, moriría sin duda, sin embargo, algo llamó su atención antes de regresar, una angosta escalera que ascendía pegada al muro y se perdía en la oscuridad. Eso fue justo antes de encontrar a Idalia en el río.


Al salir del túnel de los Mancos, se encontraron con un puente, un único puente que cruzaba la nada, como si el mundo entero estuviera partido en dos mitades y ese puente fuera la única conexión entre ambas, al atravesarlo, continuaron por otro túnel idéntico al anterior, una alcantarilla, pero esta vez, perfectamente normal y segura, por allí, siguieron al Místico hasta la superficie, donde todos quedaron boquiabiertos al ver el cielo nocturno perfectamente estrellado, la ciudad era hermosa de noche, Licandro consultó su reloj, no había pasado tanto tiempo como para que anocheciera, todo lo que se contaba sobre Antigua, era cierto, Gíbrida, incluso, soltó una pequeña alabanza a la Gran Madre sin darse cuenta. A Gálbatar en cambio, le interesaba mucho más saber cómo demonios había hecho el Místico para multiplicarse, sin duda se trataba de esa ciencia incomprensible para él de la hechicería, el Místico le aclaró que ellos estaban por encima de los hechiceros, y aquellos, a su vez, están por sobre los magos. A él no le importaba, pero había algunos que podían sentirse ofendidos por la confusión, o aprovecharse de ella. Lo que no le dijo, fue que los alquimistas estaban en última posición en esa lista. Luego, les dijo que tenía algo importante que hacer y les advirtió que los había ayudado a entrar, pero que no los ayudaría a salir, no si llevaban aquello que habían venido a buscar y remató diciendo que se aseguraran de no estar en la ciudad para cuando acabara la noche. A Gíbrida, aquello le pareció una amenaza, pero Gálbatar la corrigió diciendo que aquello había sido una advertencia; según había leído, la niebla que emanaba de la jungla durante el día era turbia y tóxica y podía matar cualquier forma de vida. Debían darse prisa, y su única opción era salir exactamente por donde habían entrado, Gíbrida miró su bolsa atada al muslo y musitó algo así como que había gastado más munición de la que esperaba, Licandro negaba con la cabeza, tozudo, no podían usar de nuevo ese maldito callejón endiablado o todos morirían sencillamente, tenían que hallar otra salida, Gálbatar alegó que no había tiempo para debates, que sólo tenían unas cuantas horas. De todos, Bolo era el único realmente ansioso por volver a cruzar la Entrada del Ladrón. Para la muchacha, todo aquello se estaba volviendo una muy mala idea, antes de partir, se atrevió a recordarle a su jefe sus propias palabras, sobre que ninguna recompensa valía la pena si se perdía la vida por ella, el Alquimista se le acercó hasta estar a diez centímetros de su rostro, para recordarle que la palabra empeñada, Sí valía la pena.



León Faras.

Del otro lado.


XXXIV. 


Olivia del Arroyo se ganaba la vida tirando las cartas y adivinando el futuro de las personas en su casa, también de tanto en tanto, ofrecía sus servicios como médium para que las personas pudieran comunicarse con sus seres queridos difuntos, y en contadas ocasiones, muy específicas, prestaba el servicio de limpieza, desalojando espíritus molestos de lugares a los que ya no pertenecían, pero esto último, sólo cuando era estrictamente necesario. También tenía otro tipo de habilidades y conocimientos, como sanaciones especiales por medio de rezos y yerbas, amuletos específicos contra males específicos y otros para atraer bienes específicos, pero la verdad era que el negocio estaba muy contaminado últimamente con charlatanería y prefería dedicarse a la tira de cartas. Hasta allí llegó Richard Cortez, Olivia estaba atendiendo a una mujer, así que la esperó sentado en el sofá del patio, entre la basura, el ciruelo y los numerosos gatos que a esa hora se asoleaban regados por todas partes. No había encontrado al padre José María ni en la iglesia ni en su casa, así que decidió acudir con ella. Veinte minutos después, la mujer salía atesorando un objeto entre las manos y la bruja se asomaba a la puerta para invitarlo a entrar, Richard se había entretenido mirando la cantidad de basura que la bruja acumulaba en su patio: lavadoras, bicicletas, un televisor, un carro de supermercado y hasta un automóvil “¿Por qué…?” la bruja preparaba té, “Hay gente que necesita retribuir lo que he hecho por ellos y no tienen suficiente dinero, entonces lo hacen con objetos que ellos consideran valiosos. No puedes decirles que no, es contra las reglas…” concluyó, alcanzándole una taza de té amargo a Richard, éste insistió “Pero si no son más que una pila de basura” “La mayoría funcionaba antes de quedar tirados allí ¿Viniste a hablarme de eso?” Eso último, era obvio que no, pero el tema de la basura, ya se estaba alargando demasiado para Olivia. Richard negó con la cabeza con una sonrisita socarrona. Se sentó, “Vengo a hablarte del hombre que mató a Laura, hay algo interesante que deben saber…” Le contó todo, todo sobre su visita a la señora Estela, la viuda de Joel, de la muerte de éste, de lo mal que salió del mar la hija de ambos y de la milagrosa recuperación que tuvo ésta última. Y lo más interesante, el hombre que la visitó en el hospital “…era un hombre vestido de negro, muy elegante, de pelo largo, rubio y de ojos azules, la mujer lo recuerda como a un Jesucristo, de esos que pintan los artistas. Ese hombre apareció de la nada para decirle que su hija se recuperaría y luego desapareció, como un ángel. Lo curioso fue que la niña a la mañana siguiente despertó y en un tiempo relativamente corto, se recuperó completamente, sin secuelas, lo que los médicos catalogaron como un milagro inexplicable” Olivia fumaba pensativa, “Un ángel…, recuperación milagrosa…, Jesucristo…” pero no lograba atar los cabos, “…los milagros pueden ocurrir, ocurren, pero no hay ningún ser material, especial, hacedor de milagros… y menos uno con ese aspecto tan peculiar que a nadie le pasaría inadvertido” la bruja pensaba en voz alta, Richard sugirió coincidencia, “…tal vez se trataba de algún doctor que ya se iba a su casa o de alguien de paso que quiso darle consuelo a una mujer afligida y la niña sólo se recuperó porque debía recuperarse” Olivia lo miró a los ojos como si en ellos pudiera ver sus propis pensamientos, “sí, es probable… hablaré con José María, él a veces sabe cosas que nadie más conoce… Gracias ¡Espera!” El hombre ya se iba cuando la bruja lo detuvo, “¿Dijiste que Joel ya estaba muerto en ese momento?” Richard lo pensó un par de segundos, “Supongo que sí. Su cuerpo no fue encontrado hasta dos días después, pero supongo que en ese momento ya estaba muerto” Luego de eso Richard se fue y la bruja encendió otro cigarro.


Dos horas después, luego de hablar por teléfono con el padre José María, Olivia salía de su casa con su chaqueta de lana roja y su bolso de cuero cruzado a la espalda, rumbo a encontrarse con él, quien había ocupado parte del día repartiendo sacramentos a algunos de sus fieles enfermos. En una banca de una plaza de esparcimiento y juegos se encontraron, no lejos de allí, se podía oír las obras en un edifico cercano que estaban reparando luego de haber sufrido un importante incendio hace un tiempo. Olivia le explicó lo que Richard le había contado hace un par de horas, especialmente lo de aquel hombre parecido a Jesucristo, tenía un mal presentimiento con ese hombre, definitivamente aquel no era un hacedor de milagros y desde luego, tampoco era sólo un hombre común y corriente que pasaba por ahí, el sacerdote la oyó con atención, lo de aquel hombre, también le pareció curioso. Le contó una pequeña historia, “Hace ya varios años, cuando yo aún estaba en el seminario, debimos visitar a un hombre como parte de la instrucción que estábamos recibiendo, se trataba de un sacerdote, un hombre muy, muy anciano que vivía postrado en una cama al cuidado de las monjas de un convento. Benigno, se llamaba, nunca he olvidado su nombre. Era una auténtica reliquia religiosa de gran valor para la fe, que contantemente era visitado y consultado por los más grandes e importantes miembros de la iglesia. Era un hombre muy amable, muy culto y lúcido, a pesar de los años. Lucía cicatrices de quemadura en ambas manos. Estas cosas no se divulgan, ¿entiendes? Ese sacerdote, a la vista, fácilmente podía tener cien años de edad, lo cierto era que según su acta de nacimiento, el padre Benigno tenía más de ciento sesenta años, aquello es imposible, lo sé, pero todos quienes le conocían, así lo aseguraban. Él nos habló que en una ocasión, tuvo que enfrentarse a un hombre que no era de este mundo, que no era humano ni demonio, no sabe lo que era, que había venido al mundo como un niño con la ayuda de una mujer, eso nos dijo, aquel hombre tenía habilidades que no eran naturales, ¿entiendes? Y no las usaba para el bien, sino para su propio beneficio y el de quienes él consideraba oportuno beneficiar. Ese hombre, según el cura, fue quien lo envenenó, no sabe cómo ni con qué cosa, pero no para matarlo, sino para que no pudiera morir, a pesar incluso del deterioro de su cuerpo. Cuando lo vio por última vez, se lo reveló y también le dijo que cuando estuviera listo, volvería para darle el antídoto que le permitiría por fin descansar, él ya era un anciano, pero el hombre mantenía su juventud. Cuando alguien le preguntó por el aspecto de ese hombre, nos dijo que había sido el niño más hermoso que jamás hubiese visto, él mismo lo bautizó, y que se había convertido en un hombre igualmente bello, con el cabello como el oro y los ojos como el cielo, algo para nada común en el lugar dónde nació. Usaba una barba pulcramente recortada y vestía muy elegante, siempre de negro. ¿Sabes qué más dijo? que su rostro se parecía al Jesucristo pintado por Leonardo da Vinci en la última cena. Su nombre, el de aquel hombre, era David… ¿Qué piensas?” Olivia miraba intensamente las baldosas del piso, pero toda su atención estaba en sus pensamientos, “¿Qué clase de habilidades tenía ese hombre?” José María negó con la cabeza, “No lo sé exactamente, el padre Benigno era un hombre agotado, que hablaba bajo y pausadamente, no podíamos presionarlo con preguntas” A la bruja, todo aquello no le parecía tan imposible, cosas más raras se habían visto, pero aun así, no lograba encajar una cosa, “Lo que quiero decir es, si ese David, del que hablaba tu cura de ciento sesenta años, es el mismo que hizo posible que esa niña se recuperara rápida y milagrosamente, primero, tendría más de cien años de edad ahora y seguiría luciendo igual, y segundo, ¿Por qué lo haría? ¿Qué es lo que gana?” el cura se sacó sus pequeñas gafas circulares que le daban ese toque intelectual y bohemio, y las limpió con un pañuelo, “Yo no sé si sean el mismo hombre, para serte sincero, me cuesta creerlo…” “A mí, no” lo interrumpió Olivia, el cura la observó unos segundos con sus ojos sin cristales, “¿Por qué estás tan segura?” Olivia encendió un cigarro. Se encogió de hombros, “Corazonada…” El cura asintió y se echó atrás cómodamente contra el respaldo, no tenía nada más que decir, la bruja tenía ese don, innegablemente, de escuchar con claridad y paciencia, esa vocecita interior que parecía nunca equivocarse, mientras el resto de nosotros sólo podíamos oír nuestra mente parloteando sobre esto y aquello sin estar seguros de nada.



León Faras.

martes, 26 de marzo de 2019

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.


XXIII.

A la mañana siguiente, las cosas no empezaban bien para Cornelio, Eusebio Monje lo despertaba de madrugada, prácticamente al alba, con sendos golpes en la puerta de su oficina. Más le valía tener una buena razón para hacer eso y sí que la tenía, Beatriz Blanco abrió la puerta, cubierta con una bata de levantarse, exagerando contrariedad en su voz y ademanes, el gemelo fue escueto y directo como un dardo, “Eugenio está mal.” Nada más, y se dio la vuelta y volvió por donde había venido. No era un hombre de muchas palabras, más bien pocas, duras y directas, lo contrario de su hermano, conciliador, evasivo y sensible, pero tampoco era que la mujer le agradara demasiado. Beatriz cambió el rostro, cerró la puerta y dos minutos después salía vestida y corriendo a la tienda de los gemelos. Eugenio había llegado a significar mucho para ella, era el tipo de hombre al que le hubiese gustado amar, pero por el que nunca pudo sentir más que un gran cariño, él sí la amó, alguna vez, y estuvo dispuesto a huir, a dejar el circo, incluso a abandonar a su hermano para irse con ella, pero ella no lo siguió, lo quería, pero en realidad, no deseaba abandonar a Cornelio Morris y no lo hizo. Eugenio lo aceptó, con todo el dolor de la decepción, pero él era un hombre bueno y no la iba a odiar por eso, ella no lo amaba y no había forma de que eso cambiara, luego, su habilidad para manipular el tiempo, hizo que se fuera poniendo viejo junto con su hermano, mucho más rápido que el resto de las personas y poco a poco sus ambiciones con Beatriz se fueron disipando hasta quedar relegadas a algún cajón olvidado en las bodegas del inconsciente. Sin embargo, su hermano Eusebio desde ese día comenzó a odiar a la mujer por el desprecio hacia su hermano, un odio mudo, inocuo, pero odio al fin y al cabo, y ese no se disipaba, estaba ahí, plantado como un árbol, que aunque no hiciera nada, era imposible de ignorar. Cuando llegó Cornelio, encontró a Beatriz arrodillada en el suelo junto al lecho de Eugenio Monje, tomando la mano de éste y acariciando su frente. Se veía de pronto mucho más viejo y débil, inconsciente, sudoroso y con una respiración apenas perceptible. Al otro lado estaba Eusebio, sentado sobre su litera, se veía profundamente agotado, era evidente que no había dormido nada en toda la noche, Morris le dirigió una mirada y sin una palabra se lo dijeron todo, estaban varados ahí, sin su hermano, el circo no iría a ningún lado. Eloísa se acercó a observar qué pasaba, “Trae al Curandero…” Susurró Eusebio a su jefe, Beatriz también lo miró anhelante, “Eso tiene un precio, además…” alcanzó a responder Morris, Eusebio lo interrumpió “Yo le daré la sangre que quiera…” Cornelio se lo negó, el mellizo insistió y Morris acabó la discusión con su vozarrón de capitán de barco “¡Idiota! de qué me sirve que salves a tu hermano si luego te mueres tú” “Yo le puedo dar la sangre…” dijo Beatriz con la voz más suave del mundo, pero Cornelio ni siquiera la tomó en serio, se dio la vuelta con una sonrisa de desprecio y salió de la tienda.

De pronto, las ratoneras para capturar ratones vivos, habían vuelto a hacerse muy populares en el circo. Se habían esparcido por todas partes y cada cierto tiempo, alguien tenía que revisarlas, como no, Von Hagen era uno de ellos. Éste estaba parado allí con una pequeña ratonera en la mano, en la que dos ratoncitos se colgaban de los alambres de la reja en busca de una salida. Estaba de pie frente a la jaula “del nuevo” Diego Perdiguero, quien permanecía acuclillado en un rincón con la cara pegada a la pared donde los barrotes estaban cubiertos por una lona gruesa, evitando a toda costa los rayos del sol. Lo escuchaba balbucear palabras como para sí mismo, mientras se preguntaba en qué nefasto momento de su vida había tenido la infeliz idea de pedir trabajo en este circo, cuando escuchó su nombre gritado estridentemente por Cornelio Morris, “¡Horacio, ven aquí!” Eloísa lo seguía expectante. Von Hagen se quedó ahí parado como un idiota hasta que escuchó el grito de su jefe por segunda vez, “¡Ahora!” entonces dio un respingo, soltó la ratonera y salió corriendo. “Ve al pueblo, busca un médico y tráelo aquí” Horacio dudó unos segundos, cuánto tiempo hacía que no salía de dentro de los dominios del circo, pero cuando por fin echaba a correr, Cornelio lo detuvo para darle algo de dinero para el doctor. Horacio se atrevió a preguntar para quién era el médico, Morris lo miró como si estuviera intentando cuestionarlo, pero pronto recapacitó y suavizó el rostro. Le entregó el dinero, “Es para Eugenio, está muy mal. ¡Date prisa!”

Horacio se internó en el pueblo como un animal salvaje se interna en los dominios del hombre, asustado y fuera de su hábitat y de la misma manera la gente con la que se encontró lo recibió, con sorpresa, incluso miedo, como si se tratara de alguna criatura peligrosa escapada de un circo. Muchos que ya habían visto el circo, pensaron de hecho que así había sido. Les costaba ver a un ser humano debajo de todo ese pelo que le cubría la cara y todo el cuerpo, además Von Hagen no era un gran socializador dentro del circo y mucho menos fuera de él, con completos desconocidos, sólo se limitaba a pedir un doctor a viva voz, preocupando aún más a las personas que de inmediato se imaginaban que el pobre tenía una enfermedad rarísima que con toda seguridad sería contagiosa y pronto todo el pueblo estaría criando pelos hasta los ojos. Casi como si se tratara de un leproso, una bondadosa mujer, con la boca y la nariz tapada con el delantal, le indicó una dirección que seguir con el dedo y dos palabras rápidas, que más parecía que lo estaba tratando de sacar lo antes posible de su barrio, pero en realidad la indicación sí era correcta. Un poco más allá, un señor un poco borracho, a pesar de la hora, pero con los prejuicios ahogados en alcohol, incluso asegurando que en su vida había conocido hombres mucho más peludos que él, le señaló con exactitud, y un tufo que pateaba como una mula, el lugar exacto donde el único médico del pueblo atendía: un edificio de dos pisos, rojo con los bordes blancos, apretujado contra el final de la calle, con una escalera en la entrada y una placa de metal junto a la puerta que rezaba “Remigio Parragorda. Médico” Sí, en cuestión de apellidos, uno se podía encontrar cosas muy raras.

Una mujer madura, pero muy maquillada, con un peinado de salón y unos coquetos anteojos en la punta de una naricilla afilada, se puso de pie de un salto y con un agudo gritito de adolescente, al ver irrumpir en su recepción a un hombre parecido a un orangután atolondrado, urgido por ver a un doctor. Sólo se tranquilizó cuando éste depositó en su escritorio un puñado de billetes arrugados y ovillados entre sí. La mujer volvió a sentarse con desconfianza y la punta de los dedos de su mano izquierda en medio de su prominente busto, como queriendo calmar su acelerado corazón después del susto, “El doctor está ocupado ahora. Tiene que esperar unos minutitos, ¿Sí?” le dijo con sus delineadas cejas bien levantadas y mirando por encima del marco de los anteojos, Von Hagen intentó explicar que el doctor no era para él, sino para que lo acompañara al circo donde un amigo se había puesto muy enfermo, pero la mujer, ya completamente repuesta del susto, le repitió con voz de estar hablándole a un niño pequeño, que aquellos minutitos eran sagrados y le recalcó que no había absolutamente nada que se pudiera hacer al respecto, entonces sonó el teléfono y la mujer respondió. Horacio recordó la foto en su bolsillo trasero, el número anotado allí, pensó que allí no habría peligro. Se preguntó si la mujer le permitiría hacer una pequeñísima llamada.

Veinte minutos después, un chico corría a toda velocidad, enviado por el turco Emre con un mensaje para Vicente Corona.



León Faras.

lunes, 18 de marzo de 2019

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.


XXXV.

Damir era un hombrecito pequeño, delgado, musculoso y profusamente velludo, una cualidad poderosa en él que heredaba a todos sus hijos e hijas, pero no era la que lo identificaba, Damir era definido por su personalidad nerviosa, ansiosa y acelerada, no paraba de moverse aun cuando estaba quieto; comía, bebía y dormía como si el mundo estuviera a punto de acabarse y lo más notorio, no paraba de sonreír, aun en los momentos más inadecuados, mantenía esa sonrisa nerviosa, obsesa y falsa. Corría con pacitos cortos y rápidos detrás de los gemelos Éger y Egan que iban delante improvisando una ruta de escape, tras él venía Cransi, moviendo su enorme humanidad tan rápido como le era posible. Más atrás venían el religioso Garma y al último, Cherman, el cojo, el cual se movía con bastante habilidad sobre su pierna de madera, pero muy lejos de la velocidad de un hombre con sus dos piernas completas. Huyeron entre callejones y callejuelas hasta que notaron que ya no les perseguían, la lluvia no les golpeaba en la cara y no había más barro ni agua bajo sus pies; estaban en unas galerías de madera iluminadas con antorchas y lámparas por todos lados, construidas sobre innumerables pilotes anclados al lecho del torrentoso río Jazza, había escaleras, plataformas, toldos que protegían del sol y la lluvia, comercios y más galerías sobre esa galería y gente, gente que parecía no haberse enterado de nada, algunos amontonados en casuchas, otros en botes amarrados a los postes, la mayoría apiñados en los bordes y rincones, sentados en el suelo y con los pies colgando. En cierto modo, el lugar recordaba a Rimos; era conocido como Jazzabar, el puerto fluvial de Cízarin y también, en cierto sentido, era un pequeño reino independiente dentro de otro, que contaba con su propio territorio, en su mayoría construido artificialmente sobre el río, sus propias reglas y por supuesto, como todo reino, su propio rey: lo llamaban Cegarra, “El Feo”, un hombre de unos cincuenta años, tal vez un poco menos, flaco, aunque de prominente pecho y brazos musculosos, con el rostro cuadrado, una gran y tosca mandíbula, una nariz pequeña y machacada a golpes, cejas casi inexistentes y un parche en el ojo derecho del que sobresalía una profunda cicatriz desde la frente al pómulo. Los Rimorianos aminoraron la marcha, no había rastro de los soldados que les perseguían, de seguro, con ayuda de la oscuridad y la lluvia, los habían logrado despistar. Eran observados por todos pero nadie les dirigía ni una sola palabra, caminaban despacio acariciando las armas como si quisieran tranquilizarlas, debían salir de allí, pero volver por donde habían llegado, no era opción. Un griterío se sentía cada vez un poco más fuerte por sobre el estrépito de la lluvia, entonces, un hombre los señaló con el dedo y un anciano magro, con el sol de un siglo acumulado en la piel, se apresuró a interceptarlos, parecía contrariado, “¡Pero qué rayos! se suponía que debían llegar ayer, el gran Tigar actuó ayer y sólo lo hizo con algunos perros, fue de lo más deplorable e indigno que se haya visto en años, ¡Por los dioses! nunca había visto gente yéndose de La Rueda antes de que el espectáculo terminase, ¡Nunca!... incluso fue meado uno de esos pobres desgraciados…” El viejo se detuvo unos segundos para echarles un vistazo, la lluvia los había empapado, pero aun así se podía ver la maza de Cransi manchada de sangre aún brillante entre las púas, el escudo de Éger atravesado de extremo a extremo por un chorro de sangre espesa como la crema y la armadura de cuero marrón y negra de Damir, igualmente manchada de sangre como si la hubiese usado para destazar animales, lo mismo que su espada corta. El viejo dudó, pero disipó sus dudas con un gesto de su mano casi en el acto “Ya veo por qué han tardado. Síganme” Antes de Ponerse a caminar, Cransi preguntó a Garma si sabía qué cosa era aquello del gran Tigar, éste sólo se limitó a poner cara de dolor y a asentir, “¿Y crees que vamos a verlo actuar?...” agregó Cransi achicando los ojos y enseñando los dientes. Garma ya caminaba, pero aun así se dio el tiempo para voltear y asentir con más entusiasmo y más gesto de dolor en el rostro.

La Rueda era una barraca enorme, construida con forma de barril en cuya base, redonda y con un agujero en medio, se llevaba a cabo, uno de los actos de entretenimiento más antiguos y populares del mundo: las peleas a muerte. En aquel preciso instante, luchaban dos hombres desnudos, aquellas eran llamadas, peleas de “perros” pues se trataba de dos o más hombres que luchaban desarmados y atados por el cuello con largas cuerdas, lo que indicaba que no estaban allí por gusto. Las cuerdas no eran para evitar que aquellos huyeran, no había forma de que lo hicieran, en realidad, eran para que el que cayera o fuera arrojado por el agujero, muriera estrangulado y se le diera vencedor al otro, aunque habían casos en que aquello no sucedía. Los guerreros se diferenciaban de los perros porque éstos entraban a la Rueda por voluntad propia: vestidos, armados y sin ataduras de ningún tipo. Aquellos podían acceder con mayor facilidad a obtener el beneplácito y apoyo del público, que los podía llegar a tratar con respeto e incluso admiración, cosa que no sucedía con los perros, los que generalmente eran tratados como basura, insultados y vilipendiados sin importar si ganaban o perdían. Las formas ingeniosas de desprecio y humillación hacia los perros eran parte del espectáculo, el público, que se amontonaba en numerosos pisos de galerías en las paredes de la Rueda, tenía todo el derecho de expresarse libremente y como mejor les pareciera, eso significaba insultos, objetos arrojadizos e incluso sus propios orines. No eran pocos los perros que, si tenían suerte en su primer combate, optaban a convertirse en guerreros, para obtener un trato más digno y algo de ganancias, por otro lado, los guerreros convertidos en perro también podían darse, aunque con mucho menos frecuencia, hombres, por lo general buenos guerreros, pues aún estaban vivos, caídos en desgracia, cuyas deudas les obligaban a luchar para pagarlas. Nunca un guerrero lucha con un perro.

Los Rimorianos fueron ingresados a la Rueda por un pasillo especial para los luchadores, un sitio oscuro, lleno de rejas protegidas por guardias rechonchos y malhumorados para acceder y algunas jaulas deprimentes, donde encerraban a los perros condenados a luchar. El griterío de la Rueda retumbaba ahí dentro de forma intimidante, el piso de tierra, estaba pavimentado con sangre, sudor y orina, su olor era algo difícil de describir, único y se grababa a fuego junto con las emociones que ese lugar inspiraba: angustia, ansiedad, temor; la muerte inminente. Cegarra recibió a los guerreros una vez que la pelea de perros acabó, y uno de éstos aún se movía con desesperación colgado del cuello bajo el suelo de la Rueda, los inspeccionó uno a uno, complacido, notó que la pechera de Damir y el escudo de Éger eran Rimorianos, también notó la sangre en ellos, pero no dijo nada, el espectáculo estaba primero que su curiosidad y los presentó al público como los guerreros extranjeros prometidos para enfrentarse al gran Tigar, luego se dirigió al anciano que acompañaba a los guerreros, “Los metes a pelear de uno en uno, si ves que el espectáculo está muy flojo, dejas entrar dos. Comienza con el lisiado…” dijo, apuntando la pierna falsa de Cherman, “…no quiero que arruine el espectáculo a la mitad. Luego, el pequeño peludo, parece ansioso por pelear…” apuntó a Damir. “…Deja al gordo para el final…” agregó, señalando a Cransi, el cual se sintió un poco ofendido. Cegarra concluyó, “…tal vez dé buena pelea con el gran Tigar ya agotado.”

Cherman era un guerrero de vocación de la vieja escuela, de esos que aún creían en el honor y la lealtad, tanto para con el compañero como para con el enemigo. Un hombre siempre sereno, que llevaba un demonio atado en su interior, como todos, que sólo podía ser controlado gracias al constante entrenamiento de la mente, el cuerpo y los sentimientos. Nunca tuvo descendencia, su vida fue aprender, practicar y enseñar cómo ser un buen guerrero. Tenía más de cincuenta años y un cuerpo flaco y nervudo, sin rastros de grasa. El pelo, aun negro en su mayoría, le colgaba en la espalda en una cola de caballo, usaba una tupida y larga barba tipo candado que hacía juego con sus pronunciadas cejas. Nunca usó armadura para una lucha, según él, volvía a los hombres lentos, torpes y confiados, sin embargo, eran buenas para entrenar y conseguir velocidad. Usaba una espada curva, poco común, pensada para cortar y no para desmembrar, su  espada no era para matar, sino para preservar la vida, para eso era un guerrero, para eso había vivido y entrenado toda su vida. Preservar la vida, era eliminar a ese gran Tigar.

Cransi, tras la reja, volvió a preguntar a Garma que qué era ese gran Tigar, “Dicen que es el hombre más grande nacido de una mujer. Yo creo que ninguna mujer en el mundo ha sido capaz de parir semejante bestia…” respondió Garma, aferrado a los barrotes que lo separaba de la Rueda y pendiente de Cherman, que aguardaba tranquilo la llegada de su colosal enemigo.



León Faras.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Autopsia. Tercera parte.


II.

Después de dos días y sus correspondientes noches casi completas de lluvia sin parar, amaneció un día hermoso con un sol radiante, como si alguna divinidad responsable, quisiera enmendarse con la humanidad de alguna manera, luego de un aguacero tan intenso. Úrsula también estaba radiante, muy recuperada y con un excelente humor tendía al sol parte de su ropa que aún permanecía húmeda en compañía de su madre, mientras su padre y su hermano habían salido temprano en busca de algo de madera para reparar algunos muebles, sobre todo la cama, quebrada a la mitad como si un árbol le hubiese caído encima. Pero, no sólo el buen clima alimentaba el buen humor de la muchacha, también una idea que se le había ocurrido y que, tras hablarla con su madre, habían acordado ambas visitar al padre Benigno en cuanto parara de llover para proponérsela.

Heraldo Castro era un hombre mayor, dueño de la única hostal de la ciudad, la “Coronación.” Un establecimiento pequeño pero adecuado para las necesidades del pueblo, en el que se notaba que se había invertido tiempo y dinero para hacer del lugar, un sitio agradable y acogedor. Allí se alojaba el, luego de los dos días de lluvia, moralmente destruido, Ignacio Ballesteros, frustrado, al verse obligado a perder el tiempo de la forma más absurda e improductiva posible, se había dedicado a beber coñac para soportar el hastío y poder enfurecerse a gusto con el maldito clima que lo retenía en ese lugar perdido, solo y lejos de la vida que estaba acostumbrado a llevar y sin poder hacer nada por encontrar a su hermana que seguía desaparecida. Heraldo caminaba hacia su negocio luego de atender los encargos que le había hecho su mujer, cuando encontró en su camino a Clarita, de pie en una esquina, con las manos atrás y esa expresión en el rostro de estar misteriosamente ocultando algo tras una sonrisita de satisfacción, se veía bien, más limpia que de costumbre, con la ropa lavada y remendada y hasta un poco peinada, tal vez había encontrado alguien que se ocupara de ella, no parecía haber sufrido mayormente con el despiadado aguacero de casi cincuenta horas que había caído. El viejo, la saludó y le preguntó con una sonrisa amable, su mejor sonrisa, la misma que usaba con sus buenos clientes, que qué estaba haciendo allí parada, “Estoy esperando a mi hermana…” respondió la niña sin borrar esa iluminada e inocente sonrisilla, digna de alguien que ha encontrado el secreto de la felicidad, mientras el resto de la humanidad seguía revolcándose en su miseria. La sonrisa en el rostro de Heraldo se desvaneció con desilusión, como una sonrisa dibujada en el agua; la niña podía verse mejor, pero seguía igual de mal de la cabeza, viendo hermanas imaginarias y quién sabe qué cosas más. La locura: ese era el único secreto de la felicidad. Casi al mismo tiempo, Ignacio Ballesteros salía del cuarto que alquilaba, dispuesto a sacar de donde estuviera a su hombre para reanudar la búsqueda de su hermana, cuando Adelaida, la sonriente, condescendiente y zalamera esposa de Heraldo, lo detuvo con dulce urgencia para entregarle una carta, un sobre que había aparecido sobre la mesa de la sala que hacía las veces de recepción, no sabía cómo o desde cuándo estaba allí, sólo que de pronto, había reparado en él. El hombre notó que la escritura de su nombre en el sobre, se había hecho con pincel, en vez de con pluma y con una tinta de pésima calidad, pero aun así, podía decirse que era la exquisita caligrafía de su hermana, inculcada hasta el hartazgo desde pequeña, como el piano y el bordado, aunque no tenía remitente, sin embargo, si cupo alguna duda, al leerla esa duda desapareció. Afuera, Clarita veía llegar a su hermana Gracia y ambas se echaban a caminar alejándose de la hostal de Heraldo, con acartonado disimulo, como quien evita torpemente levantar sospechas, “¿Entregaste la carta?” preguntó la niña mirando hacia los árboles de la plaza, “La puse sobre la mesa…” respondió Gracia con desgano, Clarita, en cambio, se veía complacida, “¿Alguien te vio?” volvió a preguntar la niña, esta vez, mirando con gesto casual un escaparate lleno de zapatos. Gracia la miró incrédula pero no respondió, sólo se limitó a girar la vista al suelo y acelerar el paso.

El hijo de Ismael Agüero detuvo la carreta frente a la casa del padre Benigno para que su madre y su hermana bajaran y siguió su camino con la promesa de recogerlas una hora después. Las mujeres fueron atendidas por Guillermina. El cura y el médico, habían almorzado juntos y ahora bebían una taza de té, para Úrsula y su madre aquello era particularmente bueno, lo que venían a proponerle al sacerdote, también le concernía al doctor. Guillermina, por supuesto, quiso enterarse primero y Lucila la puso al corriente sin problemas. Cuando el doctor las vio, se puso de pie de un salto para saber si todo estaba bien con Úrsula, pero antes que ésta dijera media palabra, Guillermina intervino con total autoridad, “Esta niña dice que, como el doctor no tiene ama de llaves ni nada todavía, ella puede encargarse de la comida y del aseo en su casa…” Luego, y sin que nadie se lo preguntara, soltó su opinión personal, “…A mí me parece bien que la niña trabaje, esa es la mejor medicina decía mi abuela, y ella vivió muchos años. Así me ayuda un poco a mí también que, a mis años, tampoco puedo andar de arriba para abajo todo el santo día…” y se quedó de brazos cruzados y firme como un poste junto a Lucila y su hija que no habían abierto la boca. Era cierto que el doctor necesitaba de alguien que se encargara de las labores domésticas como lo hacía María Cruces, antes de que ésta se fuera y no volviera, y también era cierto que la recuperación de Úrsula era más que evidente y sorprendentemente rápida, salvo por algunos hematomas que no se habían disipado del todo aún, pero que estaban en claro proceso de desaparecer, sin embargo, por otra parte, era demasiado incómodo e incorrecto el hecho de que ambos fueran jóvenes y solteros y tuvieran que convivir juntos, en una misma casa, durante el día y durante la noche. Aun sabiendo que ambos eran personas responsables y temerosas de Dios, no era nada sensato tentar el pecado de una manera tan imprudente. Esa era la opinión del cura y por lo tanto, la de cualquiera que se llamara a sí mismo, un cristiano. Fue Úrsula quien mostró de antemano que aquella no era para nada su intención, declarando que haría el trabajo solamente durante el día, que estaba acostumbrada a madrugar y que por la tarde, volvería a su casa para pasar la noche, “Nada de eso, niña…” la interrumpió Guillermina, con gesto de estar tratando con un completo ignorante, “…eso de estar yendo y viniendo es una tontería, te vas a poner vieja antes de tiempo con tanto sacrificio, si en esta casa hay cuartos de sobra. Podemos arreglar uno junto al mío para que te quedes ahí y asunto arreglado, ¿no es cierto, Padre?” No hubo objeción, tanto el cura como el médico, y Lucila, estuvieron dispuestos a probar. Guillermina, conforme de tener la razón y no recibir objeciones, cogió a la niña y su madre con autoridad, como a un par de peleles y se las llevó para mostrarles el cuarto que Úrsula podía usar. Mientras tanto, el sacerdote y el doctor, terminaban su conversación sobre la interesante visita de éste último a la prisión y el estado de deterioro mental en el que había encontrado al doctor Ballesteros, lo que confirmaba aquello que ya suponía luego de leer el diario personal de aquel. El padre Benigno no había leído tal diario, pero le bastó la exposición que le hizo el médico, “He visto muchos locos en mi vida, doctor, y Horacio Ballesteros, no era uno de ellos…” el doctor mantenía el codo apoyado sobre la mesa y la cabeza sostenida con la punta de los dedos en la frente, como un filósofo o un mentalista “Hay más de un tipo de locura, padre, la mente es un completo misterio, un terreno inexplorado…” “También el corazón del hombre…” lo interrumpió el cura con controlada severidad, “…pero no para Dios, para Él todos somos un libro abierto incapaz de ocultar nada ante sus ojos. Si lo que Ballesteros quiere es que vaya, iré a verlo. Estoy obligado a guiar las almas hacia la salvación, aun la del más réprobo de los hombres, ese es mi deber, si éste así lo desea, pero si es locura o no la culpa de su punible comportamiento, eso no es algo a lo que yo esté llamado a juzgar”



León Faras.

viernes, 1 de febrero de 2019

La Prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


V.

Fue una noche tranquila, las arenas del desierto se comportaron benévolas con los viajeros y llegado el ocaso, pudieron comer tranquilamente y dormir a gusto, hasta tuvieron ánimos de parlotear hasta bien entrada la medianoche, contándose la buena cantidad de cosas interesantes que habían visto y vivido a lo largo de sus ajetreadas vidas, algunas parecían mentira, otras lo eran casi por completo. Baros, por ejemplo, contó como la noche que lo liberaron, presenció la cosa más fabulosa jamás vista por nadie en ninguna parte del mundo: la increíble lucha entre una bestia y un enano de rocas. Por supuesto que, al igual que con el oro y los Grelos, nadie le creyó, incluso Bomas aprovechó para ponerse de pie, soltar un escupitajo al suelo e irse a dormir, alegando que después de semejante embuste, nadie podría contar otra historia que la superara, Gago, entusiasmado, aunque no convencido, quería conocer el desenlace de semejante combate. Nilson, en cambio, con sus gigantescos brazos cruzados sobre su no menos abultado pecho, escuchaba la historia con la vista fija en el fuego, asintiendo suavemente. Él sí le creía, o al menos le daba el beneficio de la duda, él había visto, hace varios años ya, caer del cielo una roca envuelta en llamas que se estrelló en un bosque, y de la que salió una criatura viva, que se alejó caminando y dejando un rastro de fuego azulado a su paso que no tardó en desaparecer, cubierto por el colosal incendio que se armó. Eso sí que fue algo increíble de ver, pero claro, cuando lo contó, a él tampoco nadie le creyó. Hay cosas que simplemente son imposibles de creer, y eso es así. Al alba reanudaron la marcha, si no había contratiempos, llegarían al valle de Las Mellizas aquella misma tarde.

Múltiples entradas, pero sólo una conectada con la única salida disponible. El Místico, una vez completado el laberinto, atravesó la raíz del Gigante Dormido que lo conducía a la salida, un conducto que se volvía cada vez más y más oscuro hasta anular completamente el sentido de la vista, aunque éste, no era en absoluto necesario para salir de allí, bastaba con seguir el camino recto como un túnel hasta atravesar la pared de agua y eso era todo, sin embargo, por precaución, el Místico cogió de la bolsa que colgaba en su cintura, una especie de escarabajo del tamaño de una nuez, parecía hecho de una roca gris-azulosa, pero con un enorme grado de detalle. Lo encerró formando una cavidad con ambas manos, le rezó una breve oración y le lanzó su propio hálito, un largo y regulado soplido como quien se calienta las manos con su aliento. Entonces del interior de sus manos comenzó a brotar luz, al abrirlas, el escarabajo voló, iluminando todo el lugar con su barriga como una luciérnaga. El escarabajo iluminó el camino del Místico hasta llegar a la pared de agua: una suave y fina cortina de agua que cubría todo el espacio para pasar. Tanto el insecto mágico como el hombre de la túnica marrón y la piel morada, cruzaron a través de la suave cascada sin ningún problema, pero apenas estuvo al otro lado, el Místico oyó la voz de un hombre y vio como el túnel transversal, justo frente a él, era iluminado paulatinamente por la luz amarilla e inquieta de un fuego, entonces, sin perder un segundo, cogió su escarabajo de un zarpazo, se lo metió en la boca y se dejó caer al suelo. En el otro extremo del túnel apareció Lázar de Agazar con una antorcha en la mano y la espada en la otra, inspeccionaba todos los conductos adyacentes en busca de alternativas o de posibles peligros potenciales. Se encontró con el cuerpo del Místico, con toda precaución y usando la punta de su espada, le levantó la capucha, el caballero retrocedió asqueado: Aquel hombre en el suelo lucía el desagradable aspecto de la muerte vieja. Tenía la piel roída hasta los huesos en algunos lugares, sus cavidades oculares estaban vacías, los labios recogidos y la parte blanda de la nariz a punto de desprenderse producto de una colonia de afanados gusanos. Lázar le guardó respeto y lo dejó en paz, sólo era un cadáver hace rato abandonado a su suerte como alimento para las alimañas, luego comprobó con decepción que en el fondo de aquel túnel sólo había un muro de roca por el que escurría sin parar una suave cascada de agua pegada a la pared. Cuando el caballero se retiró para continuar su camino, el Místico se puso de pie, le pareció ver, antes de que la oscuridad se volviera absoluta, un pollo gigante. Ya no tenía ningún aspecto de muerte, su piel violeta relucía, sus labios se juntaban, su nariz estaba intacta y sus ojos amarillos estaban tan vivos como siempre. La ilusión era el más simple de sus trucos. Una vez que todo regresó a la calma y la oscuridad volvió en su total dominio, escupió con suavidad el escarabajo sobre su mano, éste inmediatamente se encendió y reanudó su vuelo. Sin embargo, le quedaba una gran duda, por un lado, aquel caballero no era a quien él buscaba, pero por otro lado, se preguntaba qué diablos podría estar haciendo allí un caballero de Egadari y su plumífera montura. Entonces, un buen número de detonaciones, aullidos y golpes de metal llegaron hasta sus oídos. Dentro de las cloacas, era difícil saber de dónde venían exactamente esos sonidos, pero el Místico lo sabía sin ninguna duda: aquella era la entrada del Ladrón y los hombres que buscaba estaban allí, pero eso no era todo, había otro persistente sonido, una melodía lenta y grave que venía de la ciudad, a la que tendría que prestarle atención después.

Si un Nobora, por naturaleza, era una criatura pendenciera, que le parecía especialmente estimulante la idea de dar y recibir golpes, y con no mucha inteligencia como para medir consecuencias o considerar otras alternativas más seguras o menos violentas, entonces, un Nobora narcotizado con una sustancia que le hacía perder el mínimo de cordura y de instinto de conservación que el miedo puede generar en un organismo vivo, era un auténtico demonio desatado. Tanto Licandro como Gíbrida, una vez que su amigo Bolo desapareció en la oscuridad, se quedaron pasmados e incrédulos, incapaces de moverse hasta que una ensordecedora detonación los despertó de su letargo cerebral, a su lado, Gálbatar tiraba con fuerza de la palanca de su rifle hacia atrás y luego hacia delante para cambiar la munición usada por una nueva, el alquimista los increpó por estar parados como imbéciles, y llevándose la mira telescópica de su arma de nuevo al ojo derecho, echó a andar tras su esclavo Nobora.  Licandro, con ambas pistolas en las manos, se rascó la cabeza con la empuñadura de una de éstas mientras maldecía con frustración, se armó de valor, como quien está a punto de meterse al agua fría y luego caminó decidido, reprochándole, un poco al aire y otro poco a sí mismo, que él sabía que el Foso, aunque tuvieran que pasarse toda una vida buscándolo, era mucho más seguro que esta endemoniada entrada. Gíbrida, levantando con fuerza el cañón basculante de su escopeta recién cargada, le recordó que no era momento para arrepentimientos ni reproches, y también avanzó con paso firme tras él.

Como una lucha de gatos salvajes encerrados en un pozo, así se podía describir el combate desenfrenado de Bolo contra, por lo menos, tres Mancos simultáneamente. El Nobora era duro como un árbol, pero aquellas cosas eran de metal forrado en goma y los golpes de puño no eran, precisamente, lo más adecuado para derrotarles, sin embargo, Bolo ya había encontrado una forma bastante eficiente: lograba atenazarlos por detrás, donde las garras de los Mancos se volvían inútiles, con sus fuertes piernas por la cintura y sus poderosos brazos por el cuello, del cual tiraba con todos los músculos de su torso, repartiendo al mismo tiempo, violentos codazos sobre los hombros del Manco hasta conseguir descuajarle la cabeza, para luego usarla, junto con el cuerpo del decapitado, como arma contundente y arrojadiza contra los otros, mientras Gálbatar y los demás se abrían paso a tiros, descubriendo que los disparos a corta distancia eran mucho más eficientes y que las articulaciones de los Mancos eran particularmente débiles a las balas. Sin embargo, los enemigos, lejos de acabarse, parecían multiplicarse, todo lo contrario de las municiones y aún no se vislumbraba una salida. Licandro cogió a Bolo por la parte de atrás de su camiseta de cuero, bastante rasgada ya, y con una fuerza considerable lo elevó por los aires y lo lanzó un par de metros hacia atrás, para que el incansable Nobora ganara algunos metros, pues no paraba de enfrascarse en sucesivas peleas que evitaban que el grupo avanzara hacia una salida y debían hacerlo si querían salir de allí algún día. Gíbrida se adelantó varios metros animando a los demás a que hicieran lo mismo, cargó su escopeta y soltó un tiro hacia el bulto de enemigos, el estridente aullido de respuesta vino desde sus espaldas, un grupo de Mancos venía corriendo hacia ella, la chica apuntó y le soltó su disparo en plena cara al que estaba más próximo, pero inmediatamente supo que debía cargar otra vez, y estaba sola. Con agilidad, esquivó las garras del Manco que pasó volando sobre su espalda por los pelos y echó a correr como alma que lleva el diablo, tras ella, se escuchó como las garras de metal hendían la piedra al frenar la carrera y la retomaban nuevamente para perseguirle. Gíbrida ni siquiera intentó cargar su escopeta, su carrera era demasiado desesperada para eso, entonces vio una silueta que corría hacia ella en sentido contrario, no parecía un Manco, pero dadas las circunstancias, podía ser incluso algo peor. Estaba perdida, los Mancos casi le pisaban los talones y ese ser de túnica oscura corría por el cielo cabeza abajo directo hacia ella, entonces, en cuestión de segundos, Aquel le saltó encima lanzándola inexorablemente al suelo, le presionó fuerte en alguna parte de la nuca con dos dedos y la chica sintió como su cuerpo dejaba de obedecerle, se quedó inerte, tirada en el suelo sin poder moverse, completamente desvalida, mientras el hombre de la túnica continuaba su carrera hacia sus compañeros. Los Mancos frenaron su carrera junto a ella, eran cuatro, no había forma de que se defendiera, ni siquiera podía gritar, sin embargo, aquellos luego de estudiarla algunos segundos con sus rostros inexpresivos e inocentes, se alejaron sin siquiera tocarle un pelo. Parecía muerta, y para los Mancos, un muerto no era una amenaza ni les generaba el menor interés. Bolo estaba listo para lanzarse al ataque nuevamente, pero casi en el aire, unas manos fuertes y de color morado lo tomaron por la camiseta nuevamente y lo lanzaron varios metros atrás. Gálbatar disparaba a todo lo que su fusil le daba, mientras a su lado Licandro, hace rato sin un segundo de tiempo para cargar sus pistolas, había cogido el martillo que cargaba a su espalda y con él hacía lo posible por ganar algo de espacio repartiendo golpes de derecha e izquierda, entonces, un místico pasó corriendo junto a él, luego otro y luego una docena, por todos lados, cruzándose por las paredes, otros por el cielo raso, confundiendo a los Mancos que no sabían a quién perseguir o atacar. El alquimista y su compañero se miraron perplejos, hasta que el Místico, el de verdad, se paró en medio de ellos y casi les ordenó que salieran de ahí. A la carrera cogieron a Bolo, uno de cada hombro, mientras el Místico cogía a Gíbrida del suelo y con otra suave presión de sus dedos en el cuello, le devolvía toda la movilidad a su cuerpo. La chica se alejó de él a manotazos, asustada: aquello de quedar "atrapada" en un cuerpo sin poder moverse, había sido la experiencia más espantosa que había vivido.



León Faras.