jueves, 11 de julio de 2019

La Hacedora de vida.


11.

Pensaron en irse a celebrar, Yen Zardo era el más animado, pero Dixi los mandó a todos al infierno, sólo quería darse un baño porque de verdad apestaba, comer algo y luego dormir doce horas sin que nadie la molestara. Luego de unos segundos, todos estuvieron de acuerdo en que necesitaban exactamente lo mismo. Era apenas mediodía cuando Nora y Dixi entraron a su casa, abrazadas, parecían dos borrachas, pero sólo traían una enorme mezcla de felicidad y agotamiento en las venas. Se quedaron paradas tratando de entender qué rayos hacía un hombre calvo tragando sus hojuelas de colores y una mujer menuda de cabello rojo devorando los restos de su flan fucsia en su casa, el hombre se puso de pie pasándose la mano por el bigote y el mentón para quitarse los restos de hojuelas, “Soy el agente Ted Sarco y ella es mi compañera, la agente Dina Popov ¿Es usted…” revisó su libreta, “…Nora?” Nora lo miraba con los ojos pequeñitos, como si le costara enfocar, “Sí…” A esas alturas, no sonaba muy convincente, pero fue suficiente para el agente Sarco, quien miró a su compañera para hacerle notar que la chica que buscaban, no era la ciega, “¿Podemos hablar con usted?”Nora parecía un auténtico muerto viviente que tardaba minutos en procesar cualquier información, “¿Ahora…?” Dixi no entendía nada de lo que estaba pasando, y tampoco le interesaba entender, se fue hacia el baño “Necesito un baño, apesto y estoy a punto de orinarme encima… otra vez” Dina, diligente, se adelantó en llegar al mueble de las toallas, “Permítame ayudarla con las toallas, ¿Cuál prefiere, la roja o la blanca?” Dixi eligió la blanca, pero la agente Popov le pasó la roja, al ver que la ciega no se había enterado de nada, le dirigió una mirada a su compañero acompañada de una sonrisita chueca, para hacerle notar que, tal como ella lo había mencionado, con el Audio-visor no se podía diferenciar colores. “Seremos breves…” dijo el hombre, consultando su libreta, “…mi compañera y yo, hemos estado rastreando el paradero de un robot BR-15 uno en particular, número: 2-32-181-7, ¿lo conoce?” Nora pestañeaba, se restregó los ojos, cansada y luego siguió pestañeando, “¿Qué…?” Aquellas cifras no tenían eco en su cerebro agotado. Dina Popov intervino, “Escuche, hemos rastreado ese robot durante meses, por toda la ciudad, ¿Sabe todo lo que puede moverse un robot mensajero en un solo día? Pues ese rastro termina ahí…” Popov señaló la entrada con su dedo “…justo en su puerta. Ahora debe decirnos, qué sabe sobre ese robot BR-15” “Mi nombre es Boris” le respondió la puerta. Allí venían entrando los muchachos, bañados en sudor y con los niveles de oxígeno al mínimo, luego de haber tenido que cargar la silla y el robot por separado, pero esta vez, escaleras arriba. Dina Popov miró a Nora con una ceja levantada, “¿Le puso nombre?” no la dejó responder, le dirigió una sonrisa burlesca a su compañero “Yo le llamo Hugo, a mi esterilizador” Nora no estaba en condiciones de procesar adecuadamente el sarcasmo, pero aun así se defendió diciendo que ella no le había puesto nombre a un robot, “Él dice que se llama así…” agregó Zardo sin que le preguntaran y buscó la confirmación de su amigo Rochi, “…¿verdad?” Rochi asintió con la cabeza, aún no estaba completamente recuperado para usar el habla. Dixi salió del baño envuelta a medias en una toalla roja, “Nora, ayúdame, no llevo puesto el Audio-visor” Nora fue con ella, “Escuchen, tengo que irme, ¿Sí? Estoy molida y mi hermana necesita mi ayuda… ustedes…” no terminó la frase con palabras, pero lo hizo con gestos y ademanes más que suficientes, para Ted y Dina eso era perfecto, necesitaban un momento a solas para confirmar que ese era el BR-15 que buscaban y si era, debía tener un montón de información valiosa que ofrecerles. Reni Rochi levantó una mano y se fue sin que le dijeran nada, a Yen lo tuvo que invitar el agente Sarco a salir para cerrar la puerta, mientras la agente Popov abría su maletín sobre la mesa y encendía el ordenador que estaba dentro.

Seis horas después, Nora salió de su cuarto para buscar algo de beber, sólo encontró un poco de limonada, o sólo su miserable sucedáneo. Aún tenía sueño y pensaba volver a la cama, pero se encontró con que los agentes aún estaban en su casa hablando con Boris mientras Dina tomaba nota de todo. Nora llevaba una camiseta sobre su ropa interior con la que dormía, “¿Algún problema?” preguntó con cara de inocencia, ahora, eran los agentes quienes lucían cansados, Dina se restregó los ojos bajo sus gafas, “Tu amigo… Boris, es un tipo especial. Pensábamos extraerle el núcleo, conectarlo a nuestro ordenador y sacar la información que necesitamos, no más de una hora, pero su núcleo original fue reemplazado, lo que nos dejaba sin nada y nos devolvía de nuevo al principio, pero nuestro amigo nos comenzó a contar una historia de lo más interesante, que es la historia que queríamos escuchar” Nora redobló su cara de inocencia, “Yo les juro que no fue mi culpa que se electrocutara” Ted, luego de mirar a la chica algunos segundos, decidió hablar, “Mírelo, un BR-15, obsoleto, sólo hay dos o tres más en toda la Isla…” “Dos” intervino Dina, Ted continuó, “…ineficientes y limitados para las nuevas exigencias, Boris fue enviado, como la mayoría de los otros BR-15 a los bosques de chatarra de Arenas Blancas, desechado, pero regresó, caminando, ¿Quién te reparó y te envió de vuelta Boris?” El robot lo miró, Ted miraba a Nora y Nora miraba a Boris, “Richcor me reparó y me envió de regreso a la Isla” “¿Qué es Richcor?” preguntó Nora, Dina tomó una bocanada de aire, “No qué, sino quién, niña, Richcor es la clave, es lo que estamos buscando y es un hombre, pero no uno cualquiera, uno que lleva años viviendo allá afuera, su existencia está confirmada, pero necesitamos encontrarlo” Dixi apareció en ese momento, llevaba un pijama de cuerpo completo de una sola pieza, había estado oyendo todo desde hace unos minutos “¿Y por qué no lo han ido a buscar a los bosques de chatarra si saben que está ahí?” Ted Sarco y Dina Popov se miraron, “¿Han estado ahí?” las chicas negaron con la cabeza, Ted continuó, “El tamaño de los bosques de chatarra es… colosal, al menos, la mitad de toda la Isla, pero además, tiene doce metros de profundidad en su parte más profunda, sin contar su altura sobre la superficie de las arenas, desde la caída de la industria, no ha parado de crecer. Buscar un hombre ahí llevaría más tiempo del que se puede sobrevivir en un lugar así, pero Boris sabe dónde buscar, él vivió con Richcor durante un tiempo y de alguna manera, lo recuerda” El robot bajó la vista al suelo, “Sólo recuerdo que alguna vez lo soñé” “No lo soñaste, sucedió” lo corrigió Dina, el robot la miró a los ojos, “Entonces sucedió mientras estaba soñando” “Y si no es posible sobrevivir en un lugar así, ¿Cómo es que ese Richcor lo hace?” pregunto Dixi, Dina miró a Boris, “Esa es la clave.” y luego, mirando a las muchachas, agregó “¿No lo han notado? Ya casi no hay niños, no podemos criarlos porque no podemos alimentarlos, y los que lo logran, lo hacen con mutaciones o defectuosos…” Dina se quitó las gafas, el iris de sus ojos era totalmente blanco “…nos estamos extinguiendo, atrapados en una isla, esperando a que muera el último de nosotros o hasta que las tormentas del desierto finalmente nos alcancen y se traguen toda esta ciudad. La única forma de sobrevivir es salir de la Isla, en algún lugar, después de muchos días y días de desierto, debe haber algo más, un lugar más apto, tal vez otras personas que ni siquiera saben que existimos, y ese hombre, Richcor, es el único que conocemos, capaz de sobrevivir allá afuera…” “Bueno…” dijo Boris, cambiando el tema de la conversación, “…Si quieren que les acompañe, tendrán que venir ellos también” Dina Popov lo miró incrédula, “¿Ellos?” El robot continuó, “¡Claro! Nora es la Hacedora de Vida, me dio vida a mí, su don es único y genial, y de seguro muy útil; Dixi es la chica más inteligente que conocerán, ganó el Juego de Orión dejando sólo la ficha negra, es la primera vez que alguien lo logra, y aun siendo ciega; Reni Rochi es un excelente soldador, puede reparar casi cualquier cosa, muy hábil y Yen Zardo…” Boris no supo qué decir, “…bueno, todo grupo necesita un Yen Zardo” Dina miró a Ted y éste miró a las muchachas, “Al decir verdad, tampoco es que nosotros tengamos un grupo especial formado para estos casos, los voluntarios escasean en estos tiempos y en estas tierras, pero, son ustedes quienes deciden” Nora miró a Dixi para preguntarle qué opinaba, ésta no lo dudó, “¡Yo voy!” Nora no podía entender por qué tanta convicción en su respuesta, su hermana continuó “Ellos tienen razón, este lugar es la muerte que se cierra como un nudo en nuestros cuellos, en todas partes se percibe como la vida nos está abandonando de a poco y a nadie parece importarle. Lo soportamos porque no conocemos nada más, pero si hay una mínima posibilidad de encontrar algo más, algo diferente, entonces yo quiero estar ahí… pero antes quiero mi Audio-visor 5000”


Fin de la Primera parte.



León Faras.

La Hacedora de vida.


10.

Un hombre llegó al departamento de Nora, sacó una pequeña libreta del bolsillo interior de su chaqueta y luego de comprobar la dirección, le dio tres golpes fuertes a la puerta, pero lentamente, como si estuviera cansado de hacerlo, esperó, luego volvió a golpear. Era un hombre joven pero con una prominente calvicie que lucía con carácter, usaba unos bigotes negros que caían a ambos lados de la boca, como motociclista. Lo acompañaba una mujer de baja estatura, menuda, con un maletín en la mano, ella lucía un peinado rojo, perfectamente redondo como una cereza, tenía las caderas anchas y siempre llevaba puestas gafas de sol. Siempre. El hombre, luego de esperar un rato, sacó del bolsillo de su pantalón dos pequeñas piezas de metal que introdujo en la cerradura hasta abrirla. Al entrar, él se quedó estudiando minuciosamente el panel eléctrico, no se veía dañado pero la pared mostraba restos de quemaduras, su compañera miraba el dispensador de agua, estaba roto en una de sus caras, aunque aún funcionaba. El hombre observó el pequeño jardín de rocas, las pequeñas parecían haberse arrastrado levemente hacia la más grande dejando una huella en la arena, el hombre se agachó, devolvió una a su lugar, y se puso de pie. La mujer observaba una foto, donde aparecían dos muchachas, una parecía ser completamente ciega, la cogió y se la enseñó a su compañero sin decir palabra, éste la miró, asintió, y se dirigió al dormitorio, la mujer se quedó observando un mueble con un pequeño montón de toallas apiladas junto a la puerta del baño, luego se dirigió al sillón, estaba aplastado y magullado, como si algo de gran peso hubiese estado sentado allí durante mucho tiempo. Encendió la televisión. Un feo gato de tela se arrastraba pesadamente por el piso, no le prestó mayor atención, en la televisión transmitían en vivo y en directo y de forma ininterrumpida El Juego de Orión, llevaba más de diez horas según el reloj que mostraban en pantalla, pero su presentador, Remo Taro, se veía igual de fresco y animado que al principio. El hombre llegó a su lado y se quedó viendo la televisión también. Babu Ragas bostezaba aparatosamente, poniendo fichas sobre el tablero con tedio, sin interés ni estrategia, frente a él, una muchacha con un Audio-visor jugaba concentrada. La mujer se acomodó en un brazo del sillón, el hombre en cambio acercó una silla, “¿No es la chica de la foto…?” La mujer estaba intrigada, “¿Cómo hace para jugar, cómo sabe el color de cada ficha?”, “Tal vez suenan diferente…” sugirió el hombre, “Sí, creo que es la chica de la foto, ¿Supones que ella es la persona que buscamos?” dijo la mujer, sin despegar los ojos de la televisión, el hombre negó con la cabeza, “No, los ciegos son personas muy ordenadas. Su habitación es un desastre” “¿Esperamos?” Preguntó la mujer, “Sí, esperamos, la verdadera dueña de casa puede volver en cualquier momento. Buscaré algo de comer, ¿Quieres algo?” El hombre se puso de pie y se metió en la cocina de Nora, la mujer aceptó el ofrecimiento, luego ella agregó para sí, “No… aquí tiene que haber un truco, es imposible que un ciego pueda identificar los colores”

Después de doce horas continuas de juego, Babu Ragas intentaba animar al público para que lo apoyaran, algunos incondicionales lo hacían. Dixi se veía agotada, pero su empeño por ganar y su coraje para no claudicar seguían intactos. Nora se le acercó para preguntarle si estaba bien, “Dime que voy ganando…” le dijo su hermana sin quitar la vista del juego, Nora le dio dos palmaditas en la espalda y le respondió que llevaba una considerable ventaja, “Entonces sí estoy bien. Dame un poco de agua, siento la boca como un trapo” La chica cogió la pequeña botella, se echó un trago a la boca, lo revolvió dentro y luego lo escupió hacia un lado, salpicándole los impecables zapatos a Remo Taro, quien en ese momento se acercaba para cotillear, pero tuvo que retirarse dando saltitos y bromeando con el público. Después de beber un sorbo, Dixi le devolvió la botella a su hermana. Nora definitivamente comenzaba a creer que ella no era la persona que creía conocer. Luego se fue donde Boris, Reni roncaba abrazado a sí mismo, arrellanado en su asiento y con los pies en el asiento de delante. Yen Zardo comía “¿Crees que podamos ganar pronto? Dixi no se ve nada bien” preguntó Nora, rascándose el interior de una oreja, con disimulo “Sí, sólo un par de horas más. El algoritmo de la máquina ya lo descifré hace rato, el problema es Babu Ragas: su juego no obedece a ninguna lógica o estrategia… es como estar jugando contra un chimpancé” Nora lo miró como si la hubiese insultado, “¡¿Un qué?!”  El robot volvió la vista al juego, “Nada, sólo es algo que vi en televisión. Quiero decir que su juego es totalmente aleatorio y absurdo, como un niño pequeño que no sabe lo que hace, pero tranquila, le he puesto varias trampas, en cuanto pise una, todo caerá ante sus ojos como un enorme castillo de naipes” Nora sólo lo miró con el ceño apretado y la boca abierta, no sabía si alegrarse porque en poco tiempo Dixi iba a despedazar a su oponente y ganar el juego o asustarse un poco por el repentino tono de genio malvado que había adoptado su amigo metálico, pero él tenía razón, en menos de una hora, Ragas finalmente cayó en la trampa, puso la ficha que Boris necesitaba en el lugar donde Boris quería y todo se iluminó mágicamente, y metafóricamente, ante los ojos de Dixi cuando de pronto vio cómo el aparente caos de fichas sobre el tablero, era en realidad una constelación pacientemente armada y estratégicamente distribuida, que sonaba como una sinfonía en sus oídos. En ese momento era su turno, y jugó. “Llegó el momento” susurró Boris, y el establecimiento completo, la multitud efervescente y bullente, Babu Ragas, incluso el extrovertido y ventilado Remo Taro, enmudecieron, cuando Dixi comenzó a barrer con el tablero, sacando tres fichas y luego tres más y luego tres más, ante su desconcertado oponente que no podía hacer nada porque nunca llegaba su turno, como si el dispensador se hubiese puesto de acuerdo con ella para otorgarle exactamente las fichas que necesitaba, como si lo estuviera manejando de alguna misteriosa manera, hasta dejar solamente la ficha negra, solitaria en su pequeño cuadro central. Dixi se detuvo expectante, en cinco minutos de pronto, todo había acabado, el mundo se había quedado en silencio, incluso su Audio-visor estaba mudo. Nunca, en todos los años que llevaba el juego, alguien lo había ganado de esa manera, con estrategia. Nunca. Largos segundos después, Remo Taro levantó los brazos y gritó al público su mítica frase, “¡Orión tiene un ganador!” y la gente estalló. Dixi también levantó los brazos y soltó un grito, eufórica, mientras Babu Ragas trataba de que alguien le escuchara, que aquello era imposible, que habían hecho un truco, que había sido timado y que nadie le podía ganar a él, hasta que Remo Taro le dio cinco segundos de su tiempo para decirle con una mano en su hombro, “Lo siento, hijo, perder también es parte del juego, esta vez te han destrozado” y luego se fue a celebrar con la ganadora dando saltitos y grititos afeminados, a animar al público que no paraba de gritar y a decirle a las cámaras que nadie se moviera de sus asientos, porque en breves minutos comenzaría la retransmisión completa de todo este apasionante juego, para aquellos que se lo habían perdido.



León Faras.

Zaida.


IX.

“Siendo una niña, apenas mayor que la pequeña Zadí…” Missa Nemir hablaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared interna del gigante caído, “…Missa Samada pisó este lugar e inmediatamente se sintió atraída por el gran poder que lo inundaba, algo muy grande había pasado aquí, provocado por fuerzas enormes que habían impregnado todo el valle con sus residuos. Ella los sentía, como quien siente la brisa o el calor del sol. Se quedó dos días en los que no comió nada, sólo bebió un poco de agua, siendo tan joven, no le iban a permitir un ayuno como ese, pero ella insistió, diciendo que la comida entorpecía sus sentidos y que los necesitaba para navegar. Se sentó ahí, en la roca donde ahora está Pimbo, cerró los ojos, y permaneció así por horas, cuando los abrió, dijo que los había visto moverse, muy, muy lejos en el tiempo, un tiempo en el que ella era una mujer adulta con una enorme cantidad de cabello negro ondulado y vestida de color arena, eso dijo, el viento le golpeaba la cara y sentía miedo de ver esos colosos cobrar vida. Por eso es…” “¿Eran de los buenos o de los malos?” preguntó Gunta, que parecía muy interesado en la historia. Missa Nemir lo miró severo, no era correcto interrumpir de esa manera a quien estaba hablando algo, pero por otro lado, le pareció bueno el interés del muchacho, “No siempre hay buenos o malos, Gunta, de hecho, casi nunca los hay, todo depende de dónde esté parado el observador. En este caso, ella no pudo saber de qué lado estaban, no supo decir si eran defensores o invasores, sólo sabía que daban mucho miedo y que algo o alguien les había dado vida con un gran poder y algún propósito. Este lugar está envuelto en ese poder, este lugar nos recuerda que la naturaleza y el alma humana pueden ser mucho más de lo que se ve a simple vista, que la grandeza no termina con lo que podemos ver sino que, con lo que podemos sentir, por eso es que visitamos este lugar cada año, por eso es que están aquí hoy ustedes, para que no olviden, en la cotidianeidad de sus vidas…” pareció querer recordar una cita antigua, “…Lo grandioso que es el mundo, cuando nadie lo está mirando” Gunta y los demás muchachos se miraron entre sí, Paqui se encogió de hombros, como si alguien esperara una explicación inteligente de parte de él. Aquello último no les pareció tener ningún sentido.

Pasaron la noche en un refugio cercano, construido dentro de una cueva especialmente para cuando hacían esos viajes. Comieron, bebieron té y durmieron abrigados por mantas y un buen fuego que fue alimentado por el monje que estuviera de guardia, no tanto por que llegaran desconocidos, aunque, ahora que el país estaba en guerra, era una precaución justa, sino porque debían asegurarse de que ninguno de los más jóvenes saliera por la noche a hacer travesuras. Driba y Girú hicieron la primera guardia, Missa Nemir la segunda y Badú la tercera, en esta última, fue en la que la pequeña Zaida despertó, abrió los ojos violentamente y al no reconocer su casa, se incorporó asustada, tardó algunos segundos en volver a la realidad, para cuando lo hizo, Missa Badú ya llegaba a su lado para tranquilizarla. No le dijo nada sobre su sueño, pues todavía estaban atoradas las palabras en su boca, pero no era difícil de suponer que sus sueños simples se basaban en su hogar, en su familia, sobre todo con su madre, y en el miedo y dolor que inundó toda su aldea y su vida de una sola vez, la última vez que estuvo con ellos. La princesa Viserina también estaba despierta, abrazó a la niña y se acostó junto a ella, la niña también la abrazó, aunque no se volvió a dormir; Badú les hizo una reverencia con una suave sonrisa y regresó a su puesto. El alba ya se anunciaba, pronto emprenderían el regreso a Pandur.

Gunta se restregó la cara con brusquedad para despertarse, e inmediatamente se abrazó a sí mismo para proporcionarse calor, era una mañana muy fría. Con sorpresa y algo de rencor, miró a Missa Nemir entrar al refugio, arremangado, con el pecho destapado y el caldero lleno de agua fría de las vertientes en sus poderosos brazos, para preparar el té: ese hombre parecía jamás sentir frío, nunca, de hecho, ahora que lo pensaba, Missa Nemir no parecía nunca demostrar ninguna de las necesidades o debilidades humanas. Por supuesto que las tenía, pero para unos novicios como ellos, no eran fáciles de ver o comprender. A su lado, Ribo, mucho más astuto y eficiente, ya tenía preparado el bulto con sus cosas para el viaje, y se daba calor restregándose las manos y dando saltitos en su puesto, más allá, Paqui trabajaba en ordenar sus cosas, lo hacía mucho más lenta y cuidadosamente, todo lo hacía así, debido a su miopía, “¡Gunta, mira a tu alrededor, ¿Podemos saber qué estás esperando para levantarte?!” El muchacho se puso de pie de un salto, había estado largos segundos observando cómo todos hacían algo, pero como un espectador, un ser superior ajeno al ajetreo de los simples mortales. El grito de Missa Nemir lo aterrizó. Luego del desayuno, caminaron todo el día, nada los retrasó, sólo se detuvieron unos segundos para observar una columna de humo lejana y decidir de qué aldea podía estar saliendo. Ribo miraba con desconfianza a la princesa Viserina que caminaba más adelante junto a la pequeña Zaida, “Ella es la princesa de Tribalia, es su ejército el que está arrasando con todo y quemando las aldeas… incluso la de la pequeña Zaida y míralas cómo caminan de la mano las dos, como si fuesen hermanas o algo…” Ribo hablaba en voz baja, como quien está conspirando, Gunta iba delante, “Ella sólo nació y ya era princesa, no tiene la culpa de eso, además, no creo que ella sea del tipo de personas que quema casas y mata gente…” Ribo lo miró de soslayo y con los ojos pequeñitos, “¿Acaso te gusta?” Inmediatamente se dirigió al que venía detrás, “¿Tú qué opinas, Paqui?” Para Paqui, todo el oxígeno del mundo era insuficiente en ese momento, “Tal vez… en su pueblo… también están quemando… aldeas” Ribo se volteó a mirarlo, aun sin dejar de caminar, como si necesitara cerciorarse de quién había dicho tal cosa, “¡No seas tonto, Paqui! ¿Crees que unos queman casas aquí, mientras los otros las queman allá? ¡Eso sí que sería tonto!” Paqui se encogió de hombros, no tenía ánimos ni aire suficiente para responder nada, Gunta lo hizo, “Si no lo han hecho ya, lo harán en cuanto puedan… como cuando te pateo el trasero y tú me persigues hasta patear el mío” “Eso es cierto…” dijo Paqui entre jadeos, sonriendo, Ribo volvió a voltearse “¡Cállate, Paqui!” y Paqui se calló.

“¿Cómo se siente, le duele la pierna?” Missa Nemir se retrasó un poco, dejando al orgulloso Pimbo en la cabeza del grupo, para hablar con la princesa Viserina que a ratos parecía cojear, “No, Missa Nemir, sólo un poco, pero puedo caminar sin problemas… no se preocupe por mí” “Ya veo…” respondió Nemir caminando a su lado, “…Qué bueno que no resultó herida de gravedad en ese ataque” la princesa llevaba muy buen paso apoyándose en un palo, a su lado, la pequeña Zaida caminaba tomada de su mano “Sí, debo estar agradecida con los dioses por eso…” Missa Nemir sonrió con condescendencia, la princesa agregó, “…Ustedes no creen en los dioses, ¿verdad?” El monje guardó silencio unos segundos, luego dijo, “Un hombre es atacado por unos bandidos, quienes lo matan para robarle. Luego, un hombre igual al anterior es atacado por los mismos bandidos, éstos lo hieren, pero el hombre logra huir con vida. Ahora, otro hombre es atacado por aquellos bandidos, pero resulta que el hombre va bien preparado para defenderse y él mata a los bandidos. Los tres casos son probables, y han sucedido en más de una ocasión, si yo le pregunto en cuál de esos casos se hizo la voluntad de los dioses, usted no podrá elegir uno de ellos, porque estará negando la voluntad de los dioses en los otros, y tampoco podrá elegirlos a todos, porque eso equivale a no elegir ninguno, porque si todos son voluntad de los dioses, da igual el resultado que sea, sería igual el hombre que mata injustamente, al hombre que muere injustamente. Para nosotros sólo existe un dios, que le dio la vida al mundo, consciencia a los hombres y estableció el equilibrio, el equilibrio es la paz y el bienestar perfecto, la armonía absoluta. Ese dios, no juega con los hombres a ponerles pruebas y ver qué es lo que hacen, es el equilibrio quien se encarga de eso y cada hombre es responsable del suyo, cada acto que decides hacer o no hacer, afecta tu equilibrio, para bien o para mal y repercute en tu destino” “¿La armonía absoluta…?” repitió la princesa con timidez, el monje prosiguió, “Dos fuerzas luchan permanentemente en todo el universo, la fuerza constructora y la fuerza destructora, cuando esas dos fuerzas son iguales, se anulan mutuamente, entonces surge el equilibrio perfecto, la armonía absoluta, la naturaleza, todo lo que podemos ver en el mundo, ya lo tiene, se le fue dado, fue creada así, es el hombre el único ser vivo que provoca el desequilibrio, debido a la consciencia que se le fue otorgada. Encontrar el equilibrio, a pesar de nuestra consciencia, es el único objetivo válido y la más grande necesidad de todo ser humano. Es el camino a la perfección.”



León Faras.

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.


XXXVII.

Se decía que su madre, había sido una mujer normal, aunque robusta, pero de talla normal, sin embargo, su padre había sido un auténtico gigante de las cuevas de Tribalia que medía tres metros, y sólo con ver al gran Tigar, podías creerte buena parte de esa historia. Era un hombre de no menos de dos metros y medio de altura, con una espalda poderosa y dos brazos que parecían capaces de partir a un hombre a la mitad, una multitud de cicatrices cubrían su piel visible. Tenía la cabeza protegida con un casco de hierro de buena confección, lleno de afiladas e irregulares púas, que le cubría desde el cuello por detrás, hasta sus imperceptibles cejas por delante, llevaba una enorme faja de cuero grueso que le protegía el estómago y sus brazos y pantorrillas estaban igualmente fajados con cuero, pero éste era más delgado y estaba protegido por barras de metal remachadas. Un cuchillo enorme colgaba de su cadera izquierda y en las manos cargaba una maza de hierro cubierta de algunas respetables púas, sujeta a una larga cadena. Cherman lo aguardaba al otro lado de la Rueda, sereno, con su espada apuntando al suelo, como si temiera dañar a alguien con ella si la levantaba. “Tenías razón, esa cosa no pudo haber salido de una mujer” murmuró Cransi, aferrado a los barrotes, mientras la gente gritaba eufórica, en honor al campeón de Jazzabar. Damir a su lado rió nervioso. El gigante tenía entre los dientes un trozo de rama de un árbol, como si fuera un cigarro, se lo quitó de la boca para decir unas palabras en un idioma propio que sonaba duro y tosco como masticar rocas, observó a Cherman con la cabeza inclinada, con curiosidad, como si le llamara la atención su pierna artificial, dijo dos palabras más y se volvió a meter la rama a la boca, luego, lentamente comenzó a enrollarse parte de la cadena en la mano y parte del antebrazo. Cherman comenzó a caminar de lado, manteniendo el agujero central de la Rueda de por medio, con el filo de su espada siempre mirando al suelo. Un ebrio del público gritó, “¡Pelea ya, pedazo de mierda!” y le lanzó su vaso de greda, Cherman lo hizo trizas con su espada en el aire y en menos de un segundo, el filo de su espada volvió al suelo y sus ojos a su oponente. Eso impresionó a la mayoría, pero no al gran Tigar que en ese momento caminaba lentamente hacia él y cambiaba la rama que masticaba de un grupo de molares al otro. Hizo girar tres veces su bola de hierro sobre su cabeza antes de lanzársela, desenrollando la cadena de su brazo, Cherman retrocedió apenas un paso con el filo de su espada protegiéndole el rostro y la bola se estrelló contra la pared, con su pierna falsa, sólo podía ser ágil en movimientos cortos, una desventaja, pero como toda desventaja, podía convertirse en una ventaja en determinadas ocasiones y también al revés, nada que Cherman no supiera ya. La bola volvió a su dueño con la misma violencia con la que había sido lanzada, y con increíble agilidad, para un hombre de su talla, dio una zancada, la hizo girar nuevamente junto con todo su cuerpo, como un atleta que lanza un martillo, para soltarla con una expresión en el rostro de loca felicidad, contra su pequeño rival, quien giró por el suelo una vez y luego otra, para luego, ponerse de pie nuevamente. El gran Tigar asintió con la cabeza, como aprobando a su oponente, se quitó el palo de la boca, escupió al suelo y luego de decir dos o tres palabras más en su incomprensible idioma, se lo volvió a meter entre los dientes, entonces, con calma y sin prestarle la menor atención al público que lo aclamaba, comenzó a recoger su cadena como un vaquero enrollaría su cuerda, hasta quedarse sólo con un trozo corto para pelear a corta distancia y con la otra mano cogió su cuchillo. Cherman se movía con cuidado, las incontables grietas del piso podían hacerlo dar un mal paso con su pierna de hierro, y esa sería una forma muy tonta de acabar, el gran Tigar buscaba reducir los espacios, el Rimoriano, en cambio, sólo quería más oxígeno entre él y el gigante, mientras encontraba la forma de hacerle daño. El cuchillo del Tigar pasó horizontal, hacia afuera, por encima de la cabeza de Cherman, e inmediatamente, la bola de hierro comenzó su viaje circular para caerle encima, el Rimoriano salió por debajo del cuchillo con su espada en alto, golpeando el brazo y, en el momento que la bola golpeaba el lugar donde antes él estaba, hizo un giro para abrir una profunda herida en la espalda del gigante, luego retrocedió ganando metros con algo de desesperación, hasta que alguien le gritó “¡Cuidado!” Cherman se detuvo, miró atrás, estaba a un paso de caer por el agujero central de la rueda. El gigante se enderezó, tenía un buen corte en la espalda, pero no sangraba, como si estuviera cubierto de una piel dura y gruesa, su brazo no tenía nada, las barras de hierro habían evitado cualquier corte. Prato rió animado, incluso aplaudió un poco, Garma le pidió que le dejara entrar para ayudar a su amigo, pero el viejo se puso serio enseguida, “No, no, no… el siguiente en entrar, será el pequeño peludo, así lo dijo Cegarra, y lo hará cuando él diga, no cuando tú quieras, brabucón…” Cherman seguía moviéndose y el Tigar buscando quitarle los espacios, aquello era inevitable, la lentitud del primero y la enorme masa del segundo se lo ponían fácil a éste último, pero el Rimoriano ya tenía un punto donde atacar, entonces, el gigante arrinconó a su presa, ésta hizo el amague de querer escapar, pero una enorme pierna y una bola de hierro amenazante se interpusieron, al otro lado, el cuchillo estaba preparado para cortarle a la mitad. Cherman obtuvo su oportunidad, y el Tigar era demasiado grande para advertirlo. El Rimoriano levantó su espada, la invirtió, y la dejó caer como un rayo, ensartada en el pie del gigante, esta vez el Tigar sí gritó de dolor, el trozo de rama que masticaba cayó al suelo, pero Cherman no pudo retirar su espada a tiempo, una rodilla, grande como un ariete, lo estrelló contra la pared que a duras penas resistió, y luego, esa misma pierna, lo mandó a volar varios metros de una patada colosal. Prato volvió a reír entusiasmado, “¡Tu amigo es bueno!” le dijo a Garma, con unas palmaditas amistosas en el hombro, amistosas pero poco consoladoras. El gran Tigar, era una criatura sin grandes apuros en la vida. Se guardó el cuchillo, recogió su trozo de rama del suelo para volver a metérsela en la boca y luego sacó la espada de su pie. Ahora ambos cojeaban, aunque uno más que el otro. Cherman se ponía de pie adolorido, su inmortalidad no cubría golpes de esa magnitud. El gigante le lanzó su espada al suelo y aguardó a que la recogiera, se quitó la rama de la boca para escupir y decir un par de palabras más que nadie comprendió y se la volvió a poner, luego sacó su cuchillo nuevamente. Cherman recogió su espada, sin demasiado apuro tampoco, sentía la mitad de sus costillas rotas. Aquello era un gesto de honor y respeto que no se esperaba. En ese momento, el rey Cegarra hizo una seña con la mano desde su posición, y Prato dejó entrar al pequeño Damir a la Rueda. Éste sonreía sin motivo, como siempre. Llevaba su espada corta en la mano y de su espalda cogió su cuchillo, era un buen cuchillo, de  respetable tamaño, pero ridículamente pequeño para la envergadura de su oponente. Sin causa ni aviso, Damir lanzó su cuchillo directo al pecho del gigante, pero éste interpuso su brazo acorazado de hierro y el cuchillo voló por los aires sobre un grupo de personas del público, tal vez sobre el mismo borracho que antes había lanzado el vaso de greda, aunque no mató a nadie. Damir sonrió con una sonrisa forzada ante su fracasado ataque. Cherman lo miró con los labios apretados y luego a su rival, aquel había sido un buen intento, quizá algo ingenuo, pero bueno. El nuevo luchador era más ágil y movedizo, de hecho, no paraba de moverse, su pequeña espada de doble filo parecía igual de nerviosa que su dueño, subiendo y bajando, girando y cambiándose de mano, sin parar. El gran Tigar ahora buscaba cubrirse las espaldas con el muro, y mantener a sus dos rivales a la vista, Cherman al lado del cuchillo y Damir al lado de la bola de hierro. Éste último quiso probar suerte, siempre usaba esa artimaña para pelear, aquello de simular un ataque y retroceder, siempre le funcionaba y si no, confiaba en su suerte y agilidad. El Tigar le estrelló la bola de hierro justo frente a los pies, Damir retrocedió de un salto cuando vio que la bola volvía a caerle encima, la tercera vez, el gigante se la lanzó de forma horizontal, como un gran puño de hierro directo al pecho, el pequeño y velludo guerrero tuvo que girarse sobre sí mismo y salir hacia atrás dando saltitos, aunque sonriendo, siempre sonriendo, como un pugilista que acaba de esquivar un buen ataque de su oponente y salir ileso. Por el otro lado, Cherman también atacó, un ataque vertical hacia abajo, violento y furioso, no era la mejor idea contra un rival tan alto, pero pensaba meter dos o tres golpes y tal vez acertar con uno, sin embargo, su espada quedó atascada, totalmente  inmovilizada en el enorme puño del gran Tigar que había soltado su cuchillo, y le fue imposible moverla de allí, el gigante, con una sacudida violenta desprendió al guerrero de su arma, como si se tratara de una pequeña alimaña renuente a soltar su gran presa, y con el mismo puño en el que la espada de Cherman estaba apresada, lo golpeó. El rimoriano alcanzó a anteponer sus brazos, pero el golpe igual lo lanzó contra una pared donde se quedó sentado, terriblemente adolorido. El arma de Cherman cayó al suelo. Ese fue el momento que aprovechó Damir, para entrar de un salto y dejar clavada su pequeña espada en el estómago del gigante, justo por encima de la faja de cuero, el gigante apretó con los dientes el trozo de rama que sostenía en la boca con un gruñido, mientras el pequeño rimoriano retrocedía trastabillando, pero feliz, hacia la reja donde estaban sus amigos, “¡Rápido, un arma!” Egan le alcanzó su alabarda. El gran Tigar ni siquiera se molestó en quitarse la espada clavada, se lanzó sobre Damir haciendo girar su bola de hierro una vez, y otra vez y otra vez, mientras el rimoriano retrocedía y esquivaba los golpes con su nueva arma, la cuarta vez, la bola no pasó a la altura de su cabeza, sino que golpeó sus piernas. Damir cayó al suelo malherido, su inmortalidad no le valió de nada, el gigante, de dos zancadas ya estaba sobre él con uno de sus pies en alto. El grito de Damir fue silenciado abruptamente con un pisotón que le destrozó la cabeza y la multitud estalló de emoción. En ese momento, debían dejar entrar a otro guerrero a la Rueda, pero nada de eso alcanzó a suceder, Cherman corrió torpemente hacia su enemigo con su espada en alto, en un último ataque desesperado, el gigante lo recibió con una bofetada de revés descomunal que dejó desarmado y aturdido al rimoriano, aunque, increíblemente de pie, el Tigar lo abrazó por la cintura y comenzó a apretarlo, como si lo quisiera partir en dos, la gente estaba eufórica, incluso Cegarra se puso de pie, expectante. Con su último sorbo de conciencia, Cherman buscó la punta de su pierna falsa de hierro, la cogió y extrajo de ella un punzón, que clavó en el cuello del gigante, imprimiendo apenas la fuerza suficiente para ello, con un cuerpo demasiado maltrecho que ya apenas le respondía. El gigante gritó y retrocedió, sin dejar de apretar a su presa, sino soltando todo su dolor e ira en ella, hasta derrumbarse sentado en el suelo y luego irse de espalda por el agujero central de la Rueda, junto con su enemigo. Ambos se perdieron en las aguas del río Jazza y la multitud se quedó enmudecida.



León Faras.

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.


XXXVI.

Los informes que constantemente recibía la vieja Zaida, lo confirmaban: el general Rodas estaba muerto, le había roto el pecho con un martillo un gigante rimoriano, necesitaba un nuevo lugarteniente y eligió a Fagnar, un hombre de baja estatura, con una abundante cabellera encanecida peinada hacia atrás, como un león, con ese curioso don que tienen algunos hombres, de no despeinarse nunca, como los animales. Usaba un mostacho igualmente abundante y encanecido, impecablemente peinado y recortado. De un temperamento rígido y recto como una flecha, asumió el cargo del general Rodas sin aspaviento; sin muestras de alegría ni de tristeza, como quien recibe un par de zapatos que debe usar, eso le pareció especialmente valioso a la vieja Zaida. Inmediatamente el nuevo general llamó a un hombre que tenía una información que él consideraba de gran importancia e interés. Aquel hombre era un arquero llamado Mirra, había sido enviado con flechas incendiarias a una de las trampas de aceite que tenían instaladas en la ciudad, “…alrededor de veinte Rimorianos cayeron en ella, el aceite se esparramó por todos lados debido a la torpeza de sus caballos y nosotros, que permanecíamos ocultos, lo encendimos con las flechas. Los vi arder, mi señora, al menos una decena de ellos se prendieron fuego como antorchas, con un fuego amarillo, casi blanco, de los pies a la cabeza, nunca vi nada igual. El fuego los devora, mi señora, en un par de minutos no quedaban más que huesos carbonizados, se lo aseguro. Claro, eso fue antes de que empezara este aguacero…” Aquello era interesante, pensó la vieja, pero había que probarlo, sólo necesitaba un par de cosas.

Algunos minutos después, estaban en las caballerizas, donde algunos braseros encendidos daban calor a humanos y animales; empapados y entumecidos por igual. Un hombre llegó con el encargo dentro de un saco y se lo entregó a Fagnar, éste abrió el saco y se lo ofreció a Zaida y ésta, como quien busca en una bolsa el número premiado de la lotería, metió la mano dentro y sacó tomada del pelo, la cabeza cercenada de Darco, el rimoriano decapitado por el rey Siandro, y haciendo un par de ensayos antes de cómo debía lanzarse una cabeza al fuego, finalmente la lanzó y el resultado fue mejor de lo que se imaginaba: Darco, o mejor dicho su cabeza, se encendió completa y de una sola vez, como un periódico viejo, con llamas de fuego puro, casi blanco, que creció más de un palmo de altura y se mantuvo hasta que la calavera quedó asándose desnuda a las brazas que, luego de aquella brusca interrupción, siguieron con su ritmo habitual. Como si hubiesen presenciado un impresionante truco de magia, los soldados allí presentes, al menos una treintena, se quedaron admirados, a Fagnar sólo se le notó una suave sonrisilla acusada por el mostacho. Zaida miró alrededor, “¡Ya lo vieron! Ahora vayan. ¡Qué todo soldado Cizariano sepa que el fuego es nuestro mejor aliado ahora y que con él ganaremos. ¡Fuego, señores, fuego!”

Trancas, mientras todos avanzaban, buscaba entre los numerosos cadáveres un arma más de acuerdo con su talla. Finalmente encontró un hacha, estaba bien, aunque parecía más apta para cortar leña que para ir a la guerra, luego, con un trotecito corto, alcanzó a los demás. Caminaron largo rato, con precaución pero sin toparse con nadie, los relámpagos iluminaban el horizonte de vez en cuando, en uno de esos latigazos eléctricos del cielo, apareció recortado de negro en el fondo nuboso y convulsionado, el “Decapitado” así es como llamaban comúnmente al otero de Cízarin, debido a su cumbre plana, como si le hubiesen cortado la punta con una espada. El palacio estaba cerca, pero dónde estaban los demás, “¿…Y si somos los únicos que quedamos?” propuso Rino, apoyando la espalda en una muralla y descansando el pesado escudo Cizariano que llevaba sobre el suelo pavimentado de piedras. Por su rostro, parecía hablar en serio. Motas lo miró de reojo mientras empinaba su pellejo de vino, luego observó a los demás, todos estaban en silencio, considerando aquella idea como probable, “Eso no puede ser, sólo estamos dispersos ¡No nos pueden matar! Todos hemos recibido heridas mortales y aquí seguimos, como nuevos, ¿no?” alegó, procurando sonar convincente. Gánula lo observaba a través de los mechones de pelo mojado con su único ojo, “Eres un tonto si te crees eso…” Motas se volteó hacia él, ofendido. Gánula continuó, “…he visto caer a varios de nosotros, seguro que tú también. ¿Acaso no viste caer a Abaragar? ¿Crees que sigue vivo, como nuevo?” “Y Ranta…” intervino Lerman, acuclillado, con la espalda apoyada en la muralla, pensativo, “…No murió, pero quedó convertido en un completo idiota, un inútil. Peor que muerto” “Debí quedarme montado en el búfalo…” murmuró Trancas, abrazando su nueva arma y mirando al suelo con desilusión, todos se voltearon a verlo pero ninguno dijo nada. Qué se podía agregar ante semejante comentario. Él mismo continuó “…ustedes no son más que una panda de quejumbrosos muertos de miedo. Estamos aquí por algo, y aunque sean el último Rimoriano en el mundo, ese algo, sigue siendo el mismo objetivo, lo demás es puro miedo y ganas de irse, y así, ni con dos ejército enteros ganarían nada” concluyó Trancas y echó a caminar, solo, con el hacha al hombro, el semblante oculto bajo la lluvia y sin dirigirle la mirada a nadie. Al pasar, Motas le atenazó el brazo, ambos se sostuvieron severas miradas durante largos segundos a pesar de la lluvia, luego el primero le hizo un gesto de aprobación y echó a caminar tras él. Los demás no tardaron en seguirles.
Aun por sobre la lluvia, y el estrépito de los caballos corriendo, Qrima sintió los gritos de Nila y detuvo el coche, cuando consideró que se encontraban a salvo. La chica dejó el bebé con Darlén y bajó del carro para increpar al viejo por abandonar a Emmer, el viejo también bajó del coche, “Yo no abandoné a nadie, le advertí sobre el puesto de guardia, pero él dijo que los soldados eran sus amigos y no abría problemas… pues ya ves, sí hubo. Y a ti también te reconocieron y también te hubiesen arrestado si no fuera por…” Nila no llevaba ni cinco minutos fuera del coche y ya estaba completamente empapada, “Debemos regresar, ¿No oíste? ¡Lo van a matar!” “¡No lo van a matar!”Gritó el viejo un poco enojado, “¿Es que no viste cómo lo atravesó una espada y no le hizo nada? ¡Y no vamos a regresar!” concluyó el viejo. Nila no estaba nada de conforme, pero el viejo la tranquilizó, “Mira, haremos esto: las llevaré a Bosgos, las pondré a salvo, a ti, a Darlén y a los niños, y yo regresaré mañana, solo, para averiguar qué ha pasado con él. Conseguiré otro coche, por supuesto, este ya está apestado…”



León Faras.

Humanimales.


II.

Caminaron hasta encontrar un refugio donde pasar la noche, una saliente de grueso hormigón con el suelo erosionado bajo éste, donde cabía perfectamente un adulto sentado. Al llegar allí, Límber de inmediato buscó desembarazarse de su incómodo e improvisado calzado, dejó su rifle parado a su lado y se sentó en el suelo. La niña, por su parte, sin que nadie se lo pidiera, sacó de su bolso una lata de la que extrajo un poco de una pasta color ámbar, que puso en medio de un pequeño nido de pasto y ramas secas, luego cogió una pequeña caja metálica con una palanca de la que tiró y la caja escupió un chorro de chispas que encendieron la pasta color ámbar en el acto y pronto había una buena fogata encendida, Límber la miró con recelo, como cuando tienes tan pocas expectativas sobre algo, que cualquier cosa te produce desconfianza, le echó un vistazo a su compañero, éste sólo se encogió de hombros con los ojos muy abiertos, sin saber qué decir, luego se sentó sobre una piedra, sacó un poco de carne seca y machacada de su ración y la compartió con la pequeña mientras Límber se estiraba en el suelo y se cruzaba de brazos y piernas, “Déjame dormir un par de horas, luego me despiertas” Cuatro horas después, Límber despertó sin que nadie le ayudara, sólo abrió los ojos cuando una manada de carnófagos, en su sueño, lo arrinconaban contra un barranco y caía. La niña estaba acurrucada durmiendo a su lado. Tanco le alcanzó una taza con una bebida caliente, “Cortesía de la señorita” dijo, su amigo la recibió, pero antes de probarla, la olió con desconfianza, “¿Qué es esto?” “No lo sé, pero sabe bien. Ella le echó algunas hojas de su bolso al agua” respondió Tanco atizando el fuego, “¿Nos querrá envenenar?” dijo Límber mirando el líquido, como si éste pudiera responderle, “Yo ya tomé, ella también. ¿Quieres quedarte tú solo?” Límber lo miró como queriendo comprobar si aquello había sido una broma o hablaba en serio, su compañero no le ofreció respuesta, por lo que decidió probarlo. Sabía tan bien como olía. “Duerme un poco. Yo vigilaré” Tanco se acomodó la capucha y se estiró en el suelo. Apenas unos minutos antes de despuntar el alba, Límber cerró los ojos nuevamente, vencido por el cansancio, al amanecer, tenían al grupo de carnófagos de sus sueños frente a ellos.

“Tranquilos, hermanos, sólo son mis bestias” dijo alguien con una voz gruesa como una caverna. Los carnófagos, eran lo más parecido que se podía encontrar físicamente a un ser humano, pero su piel era grisácea ceniza, habían perdido todo el pelo que alguna vez tuvieron, y dentro de sus bocas sin labios, había más sucios dientes de los que podían caber correctamente. Se movían con la espalda curva, a medio camino entre el andar erecto y el correr sobre cuatro patas. Eran humanos bestializados. Éstos que acababan de llegar, eran seis, atados del cuello entre ellos, con correas de cuero y listones de madera, y de la cintura con cadenas a un pequeño carro de tres ruedas del que tiraban. Llevaban los ojos vendados y sus espaldas cubiertas de marcas de látigo. Su amo se bajó del carro, “Mi nombre es Yagras, soy líder de la tribu de Yacú, ¿Ustedes de dónde vienen?” Éste era un hombre enorme de piel oscura cubierta de corto y tupido pelo negro, su cara estaba rodeada de una barba roja; su nariz ancha y larga, apenas le dejaba espacio a la boca antes de expulsarla de la cara y la parte más alta de su cabeza estaba dividida en dos por dos enormes cuernos que la envolvían y acababan atrás, agudos, apuntando al cielo, como un casco irrompible. Le seguían al carro, cuatro guerreros de a pie. Límber se paró de un salto con un cuchillo en la mano, echó un rápido vistazo alrededor. La niña no estaba. Tanco respondió, sin dejar de mirar nervioso a los carnófagos, por muy atados que éstos estuvieran “Del Yermo. Somos incursores de la tribu de Portas” Yagras se acercó a uno de sus carnófagos y le acarició amistosamente la cabeza, aquel no dejaba de mostrar todos sus dientes, pero no intentó atacarlo, “No deben preocuparse por ellos, les vendamos los ojos, eso los vuelve dóciles e inofensivos. Tal vez puedan ayudarme, hermanos del Estrecho de Portas, porque, he visto antes el cuchillo que llevan, ¿Lo puedo ver más de cerca?”Límber se lo alcanzó, era el cuchillo grande y artesanal que pertenecía al viejo muerto en el refugio. Yagras lo analizó con una sonrisa que no daba cabida a dudas, “Está vendado con piel de carnófago, ¡Muy buena para mangos y empuñaduras!” y mostró su pequeña hacha de mano, vendada con el mismo cuero en el mango, “…Lo que me hace suponer que este cuchillo, no siempre ha sido suyo, ¿Verdad?” “Lo encontramos ayer, pasado el medio día, varios pasos antes de llegar al barco quebrado. Estaba ensartado en el suelo, como si hubiese sido puesto ahí y luego olvidado” Admitió Límber con fingida, pero segura honestidad, Tanco lo miró por debajo de su capucha: la niña no estaba y su compañero mentía descaradamente. Yagras asintió con gravedad, “Entiendo, verán. Hace dos noches uno de mis hombres, huyó llevándose algo muy valioso para mí, que me pertenece y que quiero recuperar. Era un viejo de orejas puntiagudas, ojos pequeños y dos colmillos que le salían de la mandíbula…” y Yagras lo ilustró con su propia mandíbula y sus dedos ungulados, luego continuó “…¿No lo habrán visto, o sí?” Tanco negó con la cabeza, sin levantar la vista. Límber lo confirmó, “Al menos nosotros, no vimos a nadie en el Yermo, ni con esa descripción, ni con ninguna otra” Yagras, respiró hondo, y su aliento salió de sus fosas nasales en forma de vapor, “Comprendo” Les devolvió el cuchillo, “No quisiera privar a unos hermanos de sus cosas…”  Subió de vuelta a su carro y estando allí, sacó una pequeña bolsa de su cinturón y se las lanzó, Tanco que estaba más cerca la atrapó, “¿Qué es esto?” Preguntó. Parecía un pequeño saco con alguna especie de polvo pesado, “Arena. Sólo un pequeño obsequio por su ayuda, hermanos” respondió Yagras, circunspecto. Tanco se sintió defraudado, era como que le regalaran piedras o un puñado de tierra, miró a su compañero, éste tampoco parecía comprender el significado del regalo, aun así dio las gracias, Yagras, comprendiendo esto, agregó con una muy leve sonrisa “Cuando los carnófagos los ataquen, arrójenles un puñado de eso a los ojos, un carnófago ciego, aunque sea sólo por unos segundos, es una presa fácil. No se imaginan cuántos de los nuestros han salvado más que la vida gracias a un poco de esa arena” Luego, anunció que iría a registrar el Yermo en busca de lo que había perdido, se despidió, les deseó suerte y azotando sus carnófagos, se fue. “¿Crees que sea a la niña humana lo que busca?” preguntó Tanco con inocencia, casi ingenuidad, en cuanto Yagras y sus hombres se habían ido, Límber, lo miró con toda la seriedad del mundo “Que si lo creo... ¡estoy completamente seguro!” Y luego de pensarlo un momento, agregó “¿Y dónde se metió esa niña?” Unos segundos después, la niña apareció corriendo desde un punto indeterminado, tenía su bolso a la espalda y una sonrisa triunfante en el rostro. Se puso a atizar el fuego sin borrar del todo la sonrisa de su rostro, como si no hubiera nada en el mundo lo suficientemente grave como para arruinarle el día “Empiezo a creer que en realidad se trata de una humana pura de verdad. Ahora, si no nos expulsan de Portas por llevarla con nosotros, el líder de la tribu de Yacú nos arrojará como alimento para sus carnófagos cuando descubra que le hemos mentido” dijo Límber, acomodándose de vuelta su calzado, Tanco, levantó la vista de pronto, “¿Qué hiciste con el viejo muerto?” Su compañero lo miró con un fastidio mal disimulado, “¿Y qué iba a hacer?, lo arrojé a la barriga inundada del barco”

“¿Qué crees que les dé de comer?” preguntó Tanco, luego de que ya habían reanudado la marcha, Límber caminaba en la punta, afilando con una piedra su nuevo cuchillo con empuñadura de piel de carnófago “¿Qué… a quién?” “A sus carnófagos… ¿con qué crees que los alimente?” respondió el otro que venía atrás, hurgándose los dientes con una astilla de madera, Límber se encogió de hombros, “Sólo comen carne… ¿qué más puede darles?” La niña caminaba al medio, y los comentarios pasaban por encima de ella sin que pareciera interesada en coger ninguno. Tanco insistió, “Ya lo sé, pero ¿Carne de qué… de quién?” Límber sabía de qué estaba hablando su compañero, pero no quería aventurarse a hacer conjeturas desagradables, “¡Mierda, Tanco, Yo qué sé! Les dará ratas, tendrá un enorme corral lleno de ratas para todos…” Luego de eso, siguieron caminando en silencio.



León Faras.

Humanimales.


I.

El frío era empujado por la ventisca a través de todos los rincones y recovecos, incluso entre los pequeños huecos que quedaban en la abundante ropa, totalmente necesaria para salir a la intemperie. Límber y Tanco caminaban penosamente por sobre el terreno endurecido e irregular y los charcos congelados, respirando con ansia y esfuerzo, para arrebatarle a la fría atmósfera el oxígeno imprescindible y exhalándolo luego convertido en vapor, más vapor del que ya cubría el cielo, el horizonte y parte del suelo. Límber se detuvo y le metió una mascada con sus poderosos incisivos a una dura raíz morada oscura, casi negra, que llevaba en la mano. Un pelaje café amarillento cubría toda su cabeza y el dorso de sus manos. Tenía la boca pequeña, insignificante y esos incisivos eran útiles para cortar trozos del tamaño adecuados. Alto y recto como un poste, escudriñó los alrededores con sus ojos grandes y sus largas orejas para orientarse. Llevaba gruesa ropa de abrigo color tierra, vendada con girones de tela en todos sus extremos para evitar lo más posible que el frío entrara, sus pies, sin embargo, sólo estaban protegidos por vendas de plástico y tela y embutidos en sandalias de cuero de fabricación artesanal, el tamaño de su pie hacía difícil que encontrara un calzado más adecuado. Tanco, dos pasos más atrás, oía con recelo como la raíz era triturada por los molares de su compañero, largamente triturada, hasta ser pulverizada, era desesperante verlo y sobre todo oírlo, masticar y masticar y masticar… Desplazó sus pequeños y separados ojos hacia el suelo, buscando ocultarlos tras su capucha y parecer distraído. Las raíces no eran en absoluto de su agrado. Tenía un buen par de botas negras que no habían cedido ni al uso ni a la rigurosidad del clima y que mantenían sus pequeños pies secos y calientes; los pies pequeños eran una gran ventaja. El resto de su ropa era igualmente negra, aunque su piel, ya de por sí era oscura, sin pelo y de un verde oscuro metálico. Límber le echó un vistazo y sin decir ni media palabra, señaló una dirección con la mano donde empuñaba la raíz, una dirección sin nada en particular que la diferenciara de cualquiera otra, sin embargo el primero caminó convencido y el segundo le siguió en completo silencio. La dirección era correcta, al cabo de un rato aparecería el barco muerto en la niebla, como un gigantesco fantasma de metal negro. Casi tan grande como los mercados flotantes del Zolga, donde se podía encontrar el mejor pescado y unas ratas despellejadas y cocinadas en aceite hirviendo bastante decentes, pero no podían explicarse cómo es que esa mole había llegado hasta allí, a un sitio, que a pesar de que lo llamaban Mar Triste, no tenía aguas navegables en kilómetros a la redonda. Tampoco podían explicarse dónde estaba su otra mitad, porque estaba roto como quien toma una rama por ambos extremos y la estrella contra su rodilla para partirla en dos, sin embargo, la otra mitad, que también de seguro era muy grande, no se veía por ningún lado, ni siquiera en un día despejado. La vegetación era pobre y las aves que pasaban por allí, lo hacían sin ninguna intención de detenerse, la comida también escaseaba, a menos que se fuera un amante de las raíces. “Oye, ¿Qué es eso?” Tanco señaló un punto junto al barco con el cañón de su escopeta, un montículo que claramente no era de origen natural, una pequeña cavidad hecha con ramas y mantas, pegada al casco del barco “¿Un refugio? Echemos un vistazo, pero sólo un vistazo” dijo Límber, dándose una vuelta entera sobre sí mismo mientras caminaba, nervioso, sólo para comprobar que no hubiera nadie en los alrededores. Tanco se agachó junto a las cenizas, estaban frías, cogió un poco y se las llevó a la lengua. Las escupió, “Las usaron para cocinar carne durante la noche…” Su compañero se detuvo para mirarlo preocupado, levantó levemente el cañón de su arma que hasta ese momento sólo miraba al suelo, era un revólver acondicionado como rifle, con un cañón largo y culata de madera forrada con hule “¿Carnófagos?” Tanco negó con la cabeza, apuntó unas varillas de madera ensartadas en el suelo junto al refugio, habían ratas despellejadas y empaladas allí, “…además, ellos no construyen refugios ni se molestan en cocinar la carne…” Límber hizo un gesto, como diciendo que ninguna preocupación estaba de más. En ese momento oyó un ruido, algo muy pequeño, dentro del refugio, se llevó la culata de su arma al hombro, su compañero lo tranquilizó levantando su mano sin uñas en los dedos, se colgó la escopeta a la espalda y sacó su cuchillo, “Hagas lo que hagas, no dispares a menos que sea totalmente necesario. No sabemos quién está escuchando por ahí. ¿Tienes algo de luz?” Límber sacó una pequeña linterna cuadrada de su bolsillo y se la pasó, luego volvió a poner toda su atención en la mira de su arma, mientras Tanco se adentraba en el refugio, había un cuerpo dentro, “No es un carnófago… es uno de los nuestros, es más, se parece a Pango, pero más viejo” “¿Tan feo?...” bromeó el otro, aunque sin ánimos de reírse. Era un viejo rechoncho, de orejas puntiagudas, frente cuadrada, grandes fosas nasales y poderosos colmillos en la mandíbula. Estaba muerto, recientemente, aunque no parecía herido. “Hay algo más ahí dentro, vivo. Lo oí” insistió Límber, escudriñando el interior del refugio con su arma, “Lo sé…” lo apoyó su compañero, moviendo algunas mantas con la punta de su cuchillo, “…apunta eso a otro lado” le movió el cañón del rifle con la yema de los dedos hacia la pared del refugio, al otro, eso no le agradó, “Oye, no toques mi arma y yo no tocaré la tuya…” En ese momento, surgió algo de entre las mantas, no supieron bien qué era, Límber se acomodó su fusil con desesperación para apuntarle. Era una niña de cabello ondulado y grandes ojos grises que los miraba intranquila, aunque no asustada. Tanco la alumbraba con su pequeña linterna, “Parece una humana… una humana pura…” Límber le echó un vistazo rápido sin dejar de apuntar a la niña, sólo para cerciorarse de que era su compañero quien había dicho tamaña estupidez, “¿Te has vuelto loco! Los humanos se extinguieron hace cien generaciones, sólo queda de ellos sus vestigios metálicos regados en este mundo inerte, nosotros y los carnófagos… y si esa niña no es uno de nosotros, entonces de seguro es uno de ellos” “Lo sé, pero y si lo fuera. Sabes lo que eso significaría” dijo Tanco, mirándolo con ilusión en el rostro, “¡Mierda, Tanco! Sé lo que estás pensando y no me gusta nada” La niña echó la cabeza atrás y se llevó la yema de los dedos a los labios, “Tiene hambre” “Quiere agua…” lo corrigió Límber, y luego agregó “…dale de la tuya, si quieres, pero no le quites los ojos de encima, voy a registrar al viejo” Tanco le alcanzó su cantimplora a la niña, que la recibió, se echó un buen trago y luego la devolvió con una sonrisa de agradecimiento, “No nos teme…” dijo éste maravillado, “Los carnófagos tampoco…” insistió su compañero que en ese momento sacaba de los bolsillos del viejo una bonita brújula rota, que igualmente guardó por si se podía reparar. Bajo la manta con la se cubría el viejo, encontró un revólver artesanal que éste apretaba en su puño, sólo tenía una bala. En una cartuchera, encontró un cuchillo pequeño, tipo navaja, de buena fabricación, como para preparar alimentos y junto al cuerpo, en el suelo, otro de mayor tamaño que no era más que una barra de acero aguzada y afilada con un mango de cuero, pensado para defenderse. “Voy a subir a la antena, procura que no te mate…” dijo Límber, dirigiéndose al otro extremo del barco para subir a la parte más alta de éste, y poder otear los alrededores, al regresar, la niña había encendido el fuego y compartía sus ratas con Tanco, “¡Qué rayos creen que hacen! Si el humo no nos delata, lo hará ese olor que se siente a kilómetros” Su compañero ni se movió del lado del fuego donde estaba devorando una rata asada aún empalada, “¿Viste algo?” “No, todo despejado…” admitió el otro de mala gana, y agregó “…pero aun así, no podemos confiarnos” La niña lo miró preocupada, y como si de pronto se le hubiese ocurrido la mejor idea del mundo, cogió una rata del fuego y se la ofreció a Límber, éste la rechazó con forzado desagrado, “No niña, eso no es para mí…” y sacó de su bolsillo lo que le quedaba de su raíz morada y le dio una mordida y otra vez echó a masticar incansablemente, mirando desconfiado los alrededores, “Hay que desarmar el refugio y esparcir las cenizas, que no quede nada. Yo me encargaré del muerto” dijo. Una hora después, ya estaban caminando de nuevo, en fila, la niña en medio, confiada y hasta un poco contenta, con un pequeño bolso con sus cosas colgado a la espalda, como si fuera una niña cualquiera dirigiéndose a un colegio cualquiera, en un día cualquiera, “…Esto no me gusta nada…” gruñó Límber, y volvió a darle otra mordida a su raíz.



León Faras.

Autopsia. Tercera parte.


IV.

A la mañana siguiente, apenas el padre Benigno tomó su desayuno, salió de su casa diciéndole a Guillermina que tenía un asunto pendiente y que volvería en una hora. La mujer no se atrevió a preguntar dónde iba, pero no se había llevado a Abel, por lo que no podía ir muy lejos, y no iba a la iglesia, porque eso siempre se lo decía antes de salir. Ya se enteraría más tarde.


Aurelio se tomaba su primer café de la mañana con un chorrito de aguardiente, sentado tras su burdo escritorio, “Padre Benigno, ¿Qué negocios lo traen por aquí tan temprano?” El sacerdote se paró frene a él, “Buenos días, Aurelio. Uno de sus presos solicitó mi presencia y es mi deber atender a su llamado” Aurelio ojeó sus papeles, “Bien, el día que se acaben las almas pecadoras, ambos nos quedaremos sin trabajo ¿A quién viene a ver?” “A Horacio Ballesteros” El guardia lo miró forzando los ojos hacia arriba y arrugando la frente, “No sé por qué, pero me lo imaginaba. Ese hombre no está bien” “¿A qué se refiere?” preguntó el cura apretando el ceño, “Nada, es sólo que es evidente que la prisión no le sentó nada bien” respondió Aurelio, volviendo a ojear sus papeles. Luego llamó de un grito a uno de sus guardias y éste acompañó al cura hasta la celda del doctor Ballesteros. Allí estaba el doctor, con su aspecto de náufrago y su mirada derrotada, “¿Cómo está, Padre?” Eso desarmó al sacerdote, era la primera vez que oía que él le llamaba “padre” Tomó un taburete y se sentó frente a él, “Bien Horacio, estoy aquí para ayudarlo en lo que pueda, ¿Usted me mandó llamar?” El doctor asintió, se veía humilde, y cansado, “Padre, volvió a suceder, y no soy yo, le juro por Dios que no soy yo…” Horacio llamándole padre y jurando por Dios, le sonaba al cura como un hombre embaucador, o uno sospechosamente demasiado cambiado por el encierro, pero se guardó sus sospechas, “¿De qué habla, Horacio?” el doctor Ballesteros tomó una bocanada de aire, “Nunca he creído mucho en Dios, padre, usted lo sabe, siempre he pensado que la ciencia busca las respuestas mientras que la religión sólo se las inventa, pero ahora tengo miedo, y no sé qué hacer…” Benigno no oía nada nuevo, y nada nuevo podía decir “Bueno, el arrepentimiento sincero es el primer paso hacia el perdón de Dios y la salvación de su alma…” “No padre, yo no temo por mi alma…” Horacio se restregó la barba, “…yo temo por lo que no puedo controlar…” El cura quiso decir algo, pero Ballesteros continuó, “…Escuche padre, cuando mi mujer enfermó, ella decía que otros seres tomaban posesión de su cuerpo y hablaban y actuaban a través de ella, que no podía controlarlo, le diagnosticaron un raro tipo de locura, personalidades múltiples, le llamaron. No tenía cura conocida, sólo empeoraba, tan sólo había unos tratamientos experimentales que yo me negué a aceptar, porque me parecieron peores que la enfermedad misma. Finalmente ella se quitó la vida. Usted lo supo, padre. Ahora creo que me está pasando a mí, y no hablamos de una enfermedad que se pueda contagiar, por eso tengo miedo. Al principio no lo creía, pero se está haciendo cada vez más evidente, y sólo puede empeorar, padre” El sacerdote lo miraba a los ojos buscando confirmar que Horacio era sincero, no que le decía la verdad, sólo que era sincero. Nada le pareció decir lo contrario, “Usted me está diciendo que ahora hay seres que hablan y actúan a través suyo como lo hacían con su mujer, ¿Es eso?” Horacio Ballesteros se estudiaba minuciosamente las manos, como si en ellas pudiera encontrar la forma correcta y precisa de decir lo que tenía que decir, “Hace unos días, un hombre se quitó la vida durante la noche, aquí afuera, frente a mi celda, un guardia. Seguramente lo supo. Yo dormía, se lo juro, pero recuerdo, como si lo hubiese soñado, que yo le dije cosas a ese hombre que lo llevaron al suicidio, cosas que yo no podía saber, cosas que yo jamás le diría a nadie. Fui yo, padre, pero no era yo, algo actuaba a través de mí, yo desperté a la mañana siguiente y lo vi ahí sentado en el suelo, sobre un charco de su propia sangre y avisé a los guardias. Sé que no me cree, yo tampoco lo haría, pero aun así le pido que me ayude, padre” El cura se puso de pie, pero no para irse. Horacio tenía razón, no le creía, “Y me va decir que la violación a su hija, ¿También fue algo actuando a través de usted?” Horacio se estiró la cara con las manos, desde la frente hasta el final de su barba, “También pensé al principio que había sido un desagradable sueño, luego, cuando todo se confirmó, culpé al alcohol, pero ahora que el doctor Cifuentes me mostró mi propio diario y leí lo que había escrito en él, me doy cuenta de que no era yo, es imposible que ese fuera yo. Sé lo que piensa, padre, pero no me intento justificar, ¿De qué me serviría? Sólo quiero que alguien me ayude, y no sé a quién más pedírselo” El cura volvió a sentarse, “¿Y cómo quiere que lo ayude, Horacio?” Horacio lo miró a los ojos e inmediatamente bajó la vista al suelo, “No lo sé, Padre” El cura lo escudriño largos segundos, luego respiró hondo y se puso de pie, no podía negarle la ayuda espiritual a ningún hombre que se la pidiera, “Bien, Horacio, volveré, se confesará y oraremos para que el Dios padre le brinde la paz que necesita su mente y sobre todo su alma” “Gracias, Padre” Antes de irse, el cura se detuvo, “Escuche, su hija ya no está en el convento en el que la dejé, huyó. Ahora hace poco vino a verme, no quería hablar conmigo, no me dijo dónde estaba, sólo me dijo que estaba bien y que no quería irse con su hermano. Se veía bien” Gritó al guardia. Le abrieron la celda. Horacio se puso de pie, el cura lo pensó unos segundos, luego se decidió “No pensaba decírselo, Horacio, pero creo que usted tenía razón con esos fetos que tenía en su consulta: no eran hijos de Dios. Tal vez ya lo había notado, pero, no tienen ombligo ni cordón umbilical” Entonces, sin esperar respuesta, se fue. Ballesteros se dejó caer en su litera, luego se recostó en ella, el cura, contrario a lo que él esperaba, no le había dejado más tranquilo, sino mucho en qué pensar. Su hija, si no estaba ni en el convento ni con su hermano, entonces dónde estaba y con quién, y lo más curioso, por qué había huido. Por otro lado, estaba aquello de los fetos, sin cordón umbilical, cómo era que él no lo había notado, pensó, el primero había sido incinerado junto con el cuerpo de la madre, no tenía mucho que se le pudiera ver, y el segundo, el segundo nunca lo sacó del cuerpo de Domingo, estaba aún ahí cuando él fue llevado preso. No lo extrajo, no alcanzó a hacerlo. Alguien más lo hizo.



León Faras.

Autopsia. Tercera parte.


III.

Justo antes del almuerzo, llamaron a la puerta del padre Benigno, Guillermina salió de la cocina quejándose en voz más alta de lo necesaria, de lo inoportuna que eran algunas personas para hacer visitas, y que se le iba a recocer la comida por estar atendiendo la puerta, pero el padre, con gesto de estar harto de sólo tener que escuchar sus quejas, se puso de pie, a pesar del tirón que sintió en su herida, para atajarla en el camino y decirle que él mismo atendería la puerta, al abrir, su eterna expresión severa y apretada en el rostro, se suavizó hasta convertirse en asombro: era Elena, Elena Ballesteros. Llevaba un vestido sencillo, muy diferente a los que solía usar y se cubría la cabeza con un bonito pañuelo bordado a mano, sin embargo, su rostro era el mismo de siempre, aunque ahora se podía ver más resuelta, ya no tenía ese aire vulnerable de antes. El cura percibió aquello en el acto, “Bendito sea Dios, ¿Estás bien… hija?” Elena lo miraba a los ojos sin titubear, y sus manos estaban relajadas, tomadas en frente a la altura del vientre, “Padre Benigno, espero que su herida ya esté mejor” El cura recuperó su expresión dura y hosca, “¿Dónde has estado todo este tiempo? Te han estado buscando por todas partes” Tras él, apareció Guillermina secándose las manos en el delantal, traía los ojos desmesuradamente abiertos, “¡Niña! Apareciste. Tú acuchillaste al padre…” El padre Benigno se volteó a mirarla incrédulo. Su herida protestó. Aún se sorprendía, a pesar de los años, de que la mujer, de una manera u otra, siempre terminaba enterándose de todo. Guillermina lo miró con los mismos ojos bien abiertos, pero con una expresión en el rostro como el perrito que sabe que ha hecho algo malo y ahora teme ser castigado, “¡Deja de hablar burradas, mujer, y ve a ocuparte de tus cosas!” la reprendió el cura, luego se dirigió a Elena para invitarla a entrar, pero ella se negó, “No padre, sólo vine para pedirle un favor. Sé que mi hermano me está buscando, pero yo no quiero verlo ni hablar con él, no quiero que me lleven a la fuerza a donde no quiero ir. Él va a venir aquí, le hice llegar una nota, y quiero que usted le diga que me ha visto y que estoy bien, y que deje de buscarme, ¿Puede hacerlo?” Benigno lucía confundido, estaba acostumbrado a que le pidieran opinión y consejo, no que le encomendaran una tarea como al chico de los encargos, “No creo que esa sea la mejor manera de…” “Bien, padre, esperaba que pudiera ayudarme…” Elena cortó la respuesta del cura con serena seguridad, “…como sea, ahora me tengo que ir. Deseo que siga estando bien.” El sacerdote la intentó detener, preguntarle dónde estaba viviendo, qué hacía, pero Elena sólo se volteó para decirle que tampoco pensaba regresar al convento, “…soy dueña de mi vida, padre, al menos eso me queda, ¿no?” Luego agregó, “Ah, y dígale a Ignacio que si lo necesito, yo lo buscaré.” El cura se quedó parado ahí hasta que Elena desapareció de su vista y algunos segundos más hasta que Guillermina lo habló para decirle que su comida estaba servida, “Désela al doctor, y coma usted también… yo necesito orar” dijo el padre y se fue. Guillermina aprovechó el momento para instalarse junto al doctor a comer y parlotear, sin que éste le preguntara nada, sobre Elena, el cura y la puñalada y también otro poco sobre el doctor Ballesteros, hasta dejarlo bien enterado de todo. Aún no terminaban cuando golpearon la puerta por segunda vez, esta vez era Ignacio Ballesteros. 


El padre Benigno, de rodillas frente al altar de su iglesia, oraba y le pedía a Dios sabiduría para guiar bien a su rebaño. Qué distinto hubiera sido todo si él hubiese sido más acogedor y amoroso cuando Elena lo necesitó, en vez de discutir con ella, levantar la voz y acabar golpeándola. Ella no se merecía eso, se merecía algo mejor, un mejor sacerdote. Ahora sólo podía esperar que estuviera bien, que Dios pusiera buena gente en su camino y que algún día él pudiera resarcir su forma de actuar impropia de un hombre de Dios. Un hombre llegó hasta allí, y caminó con paso firme hasta pararse a su lado, sin importarle que el sacerdote aún no terminaba su entrevista con el creador. La presencia a su lado era imposible de ignorar. Benigno respiró hondo, se persignó y se puso de pie, de antemano ya sabía que era Ignacio Ballesteros ese hombre, éste, de estar mirándolo hacia abajo al cura arrodillado, pasó a tener que mirarlo hacia arriba al sacerdote de pie. Traía la nota de Elena en la mano, “Recibí esta carta, no tiene nombre pero sé que es de mi hermana, y me decía que la encontrara en su casa, padre, y fui para allá y su ama de llaves me dice que Elena estuvo allí y que se fue, luego de hablar con usted. ¿Me puede explicar qué pasó?” Benigno le echó un vistazo a la carta. El tono del muchacho era prepotente, tenía parámetros particulares para determinar quien se merecía su respeto y admiración y quien no, y el cura no era uno de ellos. Benigno volvía a sentirse el chico de los recados, “No fue mucho lo que hablamos, apenas estuvo un minuto, dijo que estaba bien…” “¿Dónde estaba bien, con quién, vive sola? ¿No se lo preguntó?” Ignacio era irritante, y lo sabía, estaba acostumbrado a ganar sus discusiones así, interrumpiendo, bombardeando, presionando, “No me dijo nada de eso” respondió el cura molesto, el joven en cambio, hizo gesto de no poder creer tal cosa, “Bueno, ¿Al menos le dijo algo más?” Ignacio parecía estar hablando con un niño pequeño, y el cura, que hace poco estaba pidiendo sabiduría a Dios, comenzaba a sentirse como un imbécil por tener que soportarlo, “No quiere que la busquen, no quiere que la lleven a la fuerza…” Ignacio nuevamente lo interrumpía, “¡Que la lleven a la fuerza? ¡A su casa, con su familia? ¡A la vida de lujos a la que está acostumbrada? ¡Rodeada de personas que la cuiden y la atiendan? Perdóneme, padre, pero…” “Eso fue lo que me dijo…” Esta vez lo interrumpió el cura levantando la voz, “…no quiere verlo ni hablar con usted ni tampoco conmigo, sólo me dijo eso y se fue, y ahora si me disculpa, tengo cosas que hacer” “Esto es responsabilidad suya, padre…” Ignacio se jugaba su última carta para retener al sacerdote, “…Si usted me la hubiese entregado a mí, a su familia, cuando sucedió… lo que sucedió, en vez de encerrarla en ese agujero lúgubre y seco, no mucho mejor que cualquier prisión que es ese convento, nada de esto hubiera pasado, ella hubiese sido bien atendida, cuidada y mimada hasta que estuviese recuperada, pero usted no pensó en eso, ¿No es cierto, padre?” “Ella necesitaba estar cerca de Dios…” alcanzó a decir el cura, “¡Ella necesitaba estar cerca de su familia!” replicó Ignacio. El sacerdote apretó los labios y los dientes tras éstos, se estaba hartando de ser interrumpido una y otra vez; el joven continuó, “No crea que esto se termina, padre, mi hermana aún está perdida y mientras siga así, su responsabilidad en este asunto tampoco ha terminado.”



León Faras.

La prisionera y la Reina. Capítulo cinco.


VI.

Los soldados espectrales, no eran hombres. Alguna vez lo fueron, de eso no había duda, pero ya hace mucho tiempo que no. Eran producto de una magia negra, antigua y profunda capaz de capturar almas en una roca, una gema, unirlas a cuerpos artificiales o naturales y tomar posesión de éstos como quien entra a su propia casa. Espíritus fundidos a cuerpos metálicos, incapaces de sentir dolor o cansancio, tampoco piedad, sólo la euforia de la victoria y eso era precisamente lo que Dágaro les daba, victorias gloriosas, el placer de arrasar ejércitos enteros sin una sola baja, el orgullo de sembrar el miedo en el enemigo con tan sólo la presencia, sin necesidad, siquiera, de desenvainar la espada y eso sólo su amo podía dárselos y por eso era que le guardaban absoluta lealtad. Veían sin ojos y oían tan bien como cualquier hombre, pero sin oídos, tampoco tenían boca, pero eran capaces de hablar un lenguaje propio sacado del inframundo, y de emitir ese horrible chillido que soltaban cada vez que iban a luchar, un aullido espantoso que era el mismísimo ángel de la muerte anunciando su llegada. Días antes de que los soldados espectrales desaparecieron de los muros del castillo y se ocultaron en la ciénaga, Obli, el pequeño porquero al servicio de Rávaro, salía del castillo sentado en su carreta tirada por su asno “Bonachón” en busca de víveres y herramientas pero se detuvo antes de alejarse demasiado, tenía un encargo que cumplir. Con toda la cautela que el miedo puede dar, se acercó a uno de los soldados espectrales, eran enormes para él, que apenas superaba el metro de altura, y desprendían ese desagradable vapor negro por las hendiduras de su armadura, aquel en particular, llevaba un yelmo coronado con tres púas, permanecía inmóvil, pero estaba vivo y si quería le podía arrancar la cabeza de un solo golpe con su espada y su enorme fuerza. Le pidió permiso, aunque no esperaba una respuesta, y extremando precauciones, como quien mete la mano en un saco de víboras, cogió con la punta de los dedos el puñal que llevaba en su cinto el guardia espectral y se fue lo más rápidamente que pudo él y su asno, minutos después se lo entregaba a su hermana Dendé, quien le esperaba no lejos de allí, montada en los lomos de una bestia acuclillada, oculta en la ciénaga, esperando para llevarle el encargo a su ama, Rodana, la bruja de las jaulas. Obli también le había llevado un mechón de pelo.


Una vez en la superficie, el sonido, aquel cántico persistente, se volvía más presente y envolvía a toda la ciudad, aunque a simple vista no se viera a ninguno de los habitantes de la ciudad Antigua. Lázar, apuntando hacia las alturas, decidió que debían buscar la forma de subir hasta el puente por el que Idalia había llegado, ésta estaba de acuerdo, aunque tampoco era que tuviera una mejor idea. Iban a ponerse en marcha rumbo a la ciudad en busca de un camino que subiera, cuando Driana recordó algo, un acceso más seguro, pero el pollo debería nadar. Nadie comprendió de qué estaba hablando.


Cuando Driana salió antes del socavón, lo hizo con la intención de recuperar sus alas, pues para ella y su hermano, no había muchas posibilidades de atravesar la jungla sin ellas. Eran alas grandes y pesadas y que no podrían despegar jamás, si no eran llevadas hasta un sitio alto, pero atravesar la jungla a pie no era opción para ella. Se ocultaba de unos habitantes junto al río, cuando vio que una barca se detenía, aquellos se subían y le indicaban una dirección al barquero y éste iniciaba su marcha, sólo unos segundos después, otra barca se detenía allí a esperar pasajeros, Driana dudó varios minutos, pero al no aparecer nadie, se arriesgó a acercarse. El barquero, inmóvil como una estatua, no hizo ni dijo nada cuando aquella intrusa abordó su nave, y cuando la muchacha le indicó, con toda timidez y cuidado, la dirección en la que quería ir, la barca simplemente se puso en marcha, el problema fue que sólo llegó hasta el último muelle antes del muro y no pasaría de allí. Driana no se atrevió a bajarse, pues no faltaba mucho para que la niebla de la selva regresara, y si se quedaba tirada allí, moriría sin duda, sin embargo, algo llamó su atención antes de regresar, una angosta escalera que ascendía pegada al muro y se perdía en la oscuridad. Eso fue justo antes de encontrar a Idalia en el río.


Al salir del túnel de los Mancos, se encontraron con un puente, un único puente que cruzaba la nada, como si el mundo entero estuviera partido en dos mitades y ese puente fuera la única conexión entre ambas, al atravesarlo, continuaron por otro túnel idéntico al anterior, una alcantarilla, pero esta vez, perfectamente normal y segura, por allí, siguieron al Místico hasta la superficie, donde todos quedaron boquiabiertos al ver el cielo nocturno perfectamente estrellado, la ciudad era hermosa de noche, Licandro consultó su reloj, no había pasado tanto tiempo como para que anocheciera, todo lo que se contaba sobre Antigua, era cierto, Gíbrida, incluso, soltó una pequeña alabanza a la Gran Madre sin darse cuenta. A Gálbatar en cambio, le interesaba mucho más saber cómo demonios había hecho el Místico para multiplicarse, sin duda se trataba de esa ciencia incomprensible para él de la hechicería, el Místico le aclaró que ellos estaban por encima de los hechiceros, y aquellos, a su vez, están por sobre los magos. A él no le importaba, pero había algunos que podían sentirse ofendidos por la confusión, o aprovecharse de ella. Lo que no le dijo, fue que los alquimistas estaban en última posición en esa lista. Luego, les dijo que tenía algo importante que hacer y les advirtió que los había ayudado a entrar, pero que no los ayudaría a salir, no si llevaban aquello que habían venido a buscar y remató diciendo que se aseguraran de no estar en la ciudad para cuando acabara la noche. A Gíbrida, aquello le pareció una amenaza, pero Gálbatar la corrigió diciendo que aquello había sido una advertencia; según había leído, la niebla que emanaba de la jungla durante el día era turbia y tóxica y podía matar cualquier forma de vida. Debían darse prisa, y su única opción era salir exactamente por donde habían entrado, Gíbrida miró su bolsa atada al muslo y musitó algo así como que había gastado más munición de la que esperaba, Licandro negaba con la cabeza, tozudo, no podían usar de nuevo ese maldito callejón endiablado o todos morirían sencillamente, tenían que hallar otra salida, Gálbatar alegó que no había tiempo para debates, que sólo tenían unas cuantas horas. De todos, Bolo era el único realmente ansioso por volver a cruzar la Entrada del Ladrón. Para la muchacha, todo aquello se estaba volviendo una muy mala idea, antes de partir, se atrevió a recordarle a su jefe sus propias palabras, sobre que ninguna recompensa valía la pena si se perdía la vida por ella, el Alquimista se le acercó hasta estar a diez centímetros de su rostro, para recordarle que la palabra empeñada, Sí valía la pena.



León Faras.