domingo, 19 de junio de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

VIII.



Efectivamente, antes de llegar a Bosgos aquella mañana, el viejo Migas cogió un camino lateral, apenas una huella que se internaba en un túnel formado por la tupida vegetación y que luego descendía suavemente por una loma perfectamente redondeada donde todo era hermoso, llegando hasta un plano donde había una vieja casa de aspecto destartalado, pero capaz de mantenerse en pie mientras los elementos no fueran demasiado rudos con ella, el viejo sonrió con nostalgia y respiró hondo. Su sonrisa se desvaneció cuando el olor le recordó por qué se había ido de ese lugar años atrás: había mierda de cabra por todas partes y el viejo odiaba a esos mugrosos animales, a sus desagradables sonidos y peores olores. En ese momento no había ninguna, pero en cuanto llegara una, el resto aparecería en tropel, como un ruidoso río, como una inundación de criaturas voraces y feas, “No padre, no podemos regresar a Cízarin… al menos, no por ahora” Dijo con tono quejumbroso, como si consolara a un niño hambriento, “Pero aquí podremos trabajar tranquilos. Se trabajaba muy bien aquí ¿no? ¿recuerdas padre? Y además, Bosgos está muy cerca para conseguir lo que necesitemos” Migas bajó de su carreta con entusiasmos renovados. De pronto soltó una risa como si hubiese oído un comentario gracioso, “Oh sí, padre, claro que la recuerdo…” Replicó satisfecho, saboreando algún grato recuerdo.



Fue traído de vuelta al mundo de los vivos con un contundente puntapié en las costillas que lo hizo coger una profunda bocanada de aire, como si llevara mucho tiempo conteniendo la respiración, y en verdad que eran muchas las horas que llevaba sin respirar. Cuando logró contener el ataque de tos que le sobrevino junto con despertarse, notó dónde estaba y rápidamente empezó a recordar lo que había sucedido, se restregó la garganta, la soga ya no estaba allí pero sí una marca oscura y rugosa enrollada a su pescuezo. Un maldito lo había cogido por el cuello con un lazo y lo había arrastrado por el suelo hasta perder el conocimiento, él no lo imaginaba siquiera, pero ya había pasado más de veinticuatro horas desde que eso sucedió. En ese momento, no pudo contener un estremecimiento de miedo cuando oyó el terrible sonido de la madera crepitando en la fogata que Vanter había encendido, este estaba acuclillado junto al fuego, atizándolo con una varilla. Vanter era un hombre de cincuenta años, con el pelo largo hasta los hombros y un grueso bigote que constantemente estaba peinándose hacia los lados para que no le estorbara en la boca y que le colgaba a ambos lados de esta. Se cubría el cuerpo de pies a cabeza con una capa marrón, ciertamente él era el único soldado en todo Rimos que creía que usar una capa era una buena idea. Un feo perro se lamía la entrepierna con indiferencia echado a su lado. Recién en ese momento Féctor se dio cuenta de que tenía las manos atadas frente a él, y que, por cierto, estaba desarmado, “Vanter, ¡qué rayos quieres de mí!” Le espetó con cansada soberbia, “Motas era mi amigo… y tuyo también” Replicó el otro, en sosegado reproche, como quien no necesita discutir una verdad que es irrefutable, Féctor sonrió con desprecio, como si no oyera más que estupideces sin sentido, “¿Qué! ¡Pero si tuvimos un combate justo y yo lo derroté! ¡No lo asesiné! Además, él no era mi amigo, no era más que un viejo y gordo presumido que bamboleaba un espadón enorme e inútil, solo porque era el más grande, pero sin ninguna técnica ni destreza. Daba igual si le dabas una maza o solo un trozo de leña” “¿Cómo Cransi?” Fector enseñó las palmas de sus manos atadas en señal de inocencia, “El chico me atacó por la espalda en medio de un combate ¡Apenas lo vi! Yo no tenía ninguna intención de pelear contra él… ni siquiera empuñaba una espada. Sentí mucho cortarle la cabeza, él sí me agradaba” Concluyó el traidor, con sinceridad. Vanter se puso de pie y lo señaló a la cara con su varilla, la cual tenía una pequeña llamita encendida en la punta de la que Féctor se alejó sin poder controlar su miedo, “¡Tú lo traicionaste! ¡Nos traicionaste a todos! ¡Un soldado no se cambia de bando! ¡Un soldado lucha y muere por sus hermanos y por los suyos!” La llama en la varilla ya se había apagado y también el temor de Féctor, “¡Se suponía que no podíamos morir, idiota! ¿recuerdas? ¡La inmortalidad! ¡Yo creía en eso! Yo solo, derroté a varios de ellos a la vez sin recibir ni un solo rasguño ¡No tenía sentido! Era como pelear contra un grupo de niños con sus ridículas espaditas, Pétalo de no sé qué… ¿Qué grandeza hay en eso?” “¡La grandeza del rey al que servimos!” Contestó Vanter, escupiendo pequeñas gotitas de saliva por el fervor de sus palabras, Féctor negó con la cabeza, obstinado, “Siempre es por la grandeza de alguien más, ¿verdad? Nunca es por la nuestra” Vanter lo miró a los ojos con desprecio, “Tú no eres rey, Féctor” Y se fue a preparar su caballo, el otro también miraba con desprecio, “Pues los reyes solo son reyes gracias al útero que les tocó… ¿qué grandeza hay en eso?”



El joven Demirel se presentó esa mañana en los cuarteles de reclutamiento cizarianos, donde había una larga fila de muchachos postulantes debido al fervor que había despertado en todos ellos la aplastante victoria de su ejército contra los monstruos rimorianos invasores. La mayoría no cumplía con los requisitos mínimos y serían rechazados en ese mismo momento, de los que sí cumplían, la mitad tendría que irse por una cuestión de cupos limitados. Demirel ya se había presentado más de una vez y ni siquiera había llegado hasta el escritorio del oficial reclutador porque siempre era descartado por otros oficiales que recorrían las filas agilizando el proceso, y esta vez no sería distinto, solo que el oficial lo sacó de su puesto para plantarlo en el primer lugar, frente al escritorio del oficial reclutador, este miró a su colega como si se hubiese vuelto idiota de forma espontánea, pero el otro le mostró una nota que el muchacho traía firmada por el mismísimo general Fagnar en la que se les ordenaba aceptarlo de forma inmediata por “méritos obtenidos en batalla” Demirel se mantenía rígido y serio ante el desconcierto de sus oficiales que solo pudieron encogerse de hombros y dejarlo ingresar. Cuando el muchacho se fue, el comentario fue inevitable, “¿De dónde diablos piensan sacar una armadura para este chico?”



Pasaría mucho tiempo hasta que Rimos fuera el lugar que era para dos pieleros como Barros y su hijo Petro y su asno "Cantinero," los que abandonaban el lugar llevándose parte del funesto aire que se respiraba en sus pulmones, aunque al menos habían vendido su mercancía en el barrio de los curtidores y habían llenado su pellejo de vino para el camino. Discutían la curiosa forma en la que los dioses castigaban a ricos y pobres por igual, cuando a algunos metros de distancia frente a ellos, caminaba con pasos cortos pero seguros una niña pequeña de no más de cinco o seis años, la que salvo por un perro pequeño que la seguía, parecía estar completamente sola. Ambos hombres la miraron con compasión, “¿Crees que…?” Insinuó Petro, y su padre asintió de inmediato, con el rostro compungido de pena, “Sí… siempre son los niños los que más sufren con las estúpidas decisiones de los adultos, quedando abandonados y solos en este mundo que no trata bien a nadie. Las guerras no son más que criaderos de huérfanos, hijo” Concluyó el viejo con aires de sabiduría, y su hijo asintió con gravedad.


León Faras.

jueves, 9 de junio de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 VII.



Una vez que los soldados cizarianos continuaron con su búsqueda, Gan cargó nuevamente su asno con leña para seguir con su triste y lento andar hacia Bosgos, “A ese paso morirás por el camino” Bromeó el viejo, Gan sonrió, “No por correr más rápido llegarás antes a tu destino” Qrima apretó el ceño, él estaba convencido de que sí, pero no lo discutiría, en lugar de eso le preguntó si como rimoriano conocía a Emmer, Gan respondió que eso era posible, el viejo le confesó que era a él a quien estaba buscando y el porqué, y el otro no dudó en su respuesta, “Búscalo en las pilas de ceniza a la entrada de Cízarin” Qrima negó con la cabeza, y le contó lo sucedido aquella noche en el Cruce, “Sé que la pena por deserción es la muerte, pero tengo razones para creer que aún está vivo” Gan contrajo el rostro, como quien quiere mostrar excesiva gravedad, “Yo también vi y oí algunas cosas durante esa noche. Puedes darte una vuelta por el Tres Cuernos, en Rimos, es una taberna, los soldados van allí, tal vez alguno de ellos te dé noticias, si sabes cómo preguntar”



En Rimos reinaba la derrota y la vergüenza en todos los rostros de los soldados que guardaban una ciudad de huérfanos, donde solo podían esperar a que el enemigo les enviara a alguien que se hiciera cargo y les dijera qué hacer. Yaras y Dagar bebían té amargo en silencio bajo un alero junto al puesto de guardia, derrotados sin haber luchado, habían perdido todo el amor y el orgullo por un trabajo que ahora le pertenecía a otro amo, fue así como, desilusionados, vieron partir esa mañana a una niña pequeña de apenas cuatro o cinco años que cargaba con un pedazo de madera bajo el brazo, un diminuto morral en el que llevaba un trozo de pan y una manzana a modo de provisión y un perro pequeño que seguía a la niña con resolución a pesar de que esta no se lo había pedido. En cualquier otro momento, alguien se hubiese preocupado de detenerla o preguntarle hacia dónde iba, pero en ese día miserable, solo la vieron pasar convencidos de que cualquier otro lugar del mundo era mejor que ese en ese momento. La niña abandonó la ciudad sin siquiera dirigirles la mirada y sin despedirse de nadie, como si eso le diera el poder de hacerse invisible, y al menos esa mañana, su táctica funcionó.



La única compañía de Gilda en su casa, hasta ese momento, era una cabra blanco y negro a partes iguales llamada Cicuta, que solía estar dentro de la casa tumbada sobre un baúl rumiando imperturbable de acuerdo a su rutina diaria, sin prestarle mayor atención a los visitantes. Tenía una expresión altanera y una mirada desconcertante; Gilda aseguraba que era tan inteligente como lo sería un perro, aunque menos afectivo, lo que no ayudaba a mejorar el estado de ánimo de sus visitantes. La hermosa Darlén apenas había pegado los ojos durante la noche y durante lo poco que lo había hecho, sus sueños la habían devuelto a la realidad alarmada por cosas horribles que sucedían mientras dormía. Estaba angustiada por su padre, que siendo viejo y lisiado se había negado a huir, prefiriendo morir en su casa a ser transportado como un malhumorado y estorboso bulto de un lugar a otro, pero que había exigido al príncipe Rianzo que se llevara a su hija y a su nieto a un lugar seguro, porque ambos sabían que las violaciones y los abusos eran parte sustancial de todas las batallas y en todos los bandos y que podían ser mucho peores que la simple y llana muerte. Temía no volver a verlo nunca, como también temía por la vida de Rianzo, de quien lo último que supo, era que se alistaba para comandar un grupo de hombres y luchar una batalla en la que príncipes y vasallos podían morir por igual. Entonces se quedaría sola, bajo el amparo de desconocidos a quienes les debería su vida y la de su hijo. Su compañera, y ahora también amiga, Nila, tampoco estaba mejor, sin saber nada de su familia y habiendo visto cómo los soldados del Cruce retenían a Emmer acusándolo de deserción, la cual se castigaba con la muerte. Era cierto, lo había visto ser atravesado por una espada y ponerse de pie, pero que tal si decidían encadenarlo en el fondo de un foso sin agua ni comida, o dárselo de comer a las fieras salvajes de las montañas, o quemarlo vivo una y otra vez como castigo por su defección. Nila podía imaginar muchas cosas horribles también, pero procuraba no hacerlo y al menos en apariencia, parecía ser más fuerte y llevar mejor la situación que Darlén.



Féctor no podía estar muerto, Emmer sabía lo suficiente sobre su propia inmortalidad como para estar seguro de eso. Ciertamente alguien lo había hecho, alguien que no sabía nada de la inmortalidad rimoriana, porque era del todo absurdo pensar que fuera él mismo quien se había intentado suicidar. El cuerpo estaba maltratado y sucio, aunque no tanto como se podría esperar según la teoría de Janzo, la que suponía que el infeliz había sido laceado por el cuello, una costumbre muy popular en la ganadería, tanto en Rimos como en Cízarin pero también algunas veces empleada en la captura de criminales y delincuentes que intentan huir, por lo general para ser arrastrado por el suelo con un caballo como escarmiento, se notaba por el nudo que no era de horca, sino un corredizo común, sin embargo, el colgado había sido arrastrado por varios kilómetros desde Cízarin, lo que sin duda era un castigo exagerado, “Yo me largo… ¿tú sigues o te quedas?” Ultimó Janzo, sin intenciones de hacer nada por el cadáver, Emmer no tenía ni un cuchillo para cortar la soga por lo que tampoco podía hacer mucho, además de que Féctor en verdad parecía un muerto, así que siguió su camino, pues le urgía más encontrar a Nila que escuchar la historia de un ahorcado. Antes de que se alejaran demasiado, y cuando el perro feo demostraba tener intenciones de acompañarles, un silbido humano le recordó desde la espesura que había llegado hasta allí con alguien, y el animal desapareció tras él.



Los había estado observando oculto desde prudente distancia, uno de ellos era un buen amigo al que se alegraba de volver a ver, el otro, un enemigo al que le hubiese gustado atravesar con su espada más de una vez, pero en el campo de batalla, porque fuera de él no tenía sentido, esa era la más importante de las cosas que diferenciaban a un guerrero de un asesino. Vanter había estado en la batalla, y se había enfrentado al cizariano que conducía el caballo, a aquel hombre le debía la grotesca cicatrización que ahora lucía en el cuello, y que mostraba que por muy poco se había salvado de terminar decapitado por su espada, luego de eso perdió el conocimiento, o al menos no recuerda nada más hasta que despertó en medio de una oscuridad tan negra, que por un momento creyó que era la muerte, pero la lluvia seguía cayendo y la guerra se oía lejana; aquello no era la muerte sino un callejón tan oscuro que le llevó buen tiempo hallar una salida, pero no estaba solo, podía oír unos pasos chapotear en el agua, algún jadeo de vez en cuando y ese olor característico a perro mojado por encima de otros olores peores. Siguió al animal hasta salir de ahí, conseguir un caballo entre los muchos abandonados por sus amos muertos y ver con sus propios ojos los actos del traidor, la muerte de Motas y cómo el cuerpo de Éger y los demás ardía como si se hubiesen bañado en aceite de lámpara. La batalla estaba perdida y él era un superviviente, cuando se disponía a abandonar la ciudad se cruzó con la huida de Féctor a pie, y su caballo estaba convenientemente provisto de un lazo.


León Faras.

sábado, 28 de mayo de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 VI.



La primera noche de Nazli en la Descorazonada no estuvo tan mal. Un tipo grande, con una nariz muy maltratada y aspecto de malandrín, le cogió un pecho para disfrute personal y de sus colegas, a lo que la chica respondió, con una dulce sonrisa, tomándole su dedo meñique y tirando de él hacia atrás hasta sentir cómo los huesos se salían de sus órbitas normales con un crujido seco y un dolor infernal, obligando a su dueño a caer de rodillas. Su colega más cercano, un tipo rechoncho, calvo y con cara de roedor rabioso, se puso de pie amenazante para ayudar a su amigo, pero Nazli al verlo le cogió su propia jarra de cerveza y se la estrelló en la nariz, sentándolo nuevamente, también con mucho dolor. Ambos hombres se pusieron de pie furiosos, dispuestos a liarse a puños con la impertinente camarera nueva, a lo que la chica estaba más dispuesta que intimidada, pero de pronto y sin razón aparente, los ánimos de los hombres se calmaron, los músculos de sus rostros se relajaron y volvieron a sus asientos como perros insolentes regañados por su amo. Detrás de Nazli estaba Grisélida, parada con las manos en la cintura y el rostro de una severa profesora que acaba de sorprender a sus alumnos pintando obscenidades en el baño de las chicas, “¿Cuál es la única regla de mi negocio?” Preguntó con su poco agraciada voz y ante un silencio total, “Nada de riñas” Murmuró el calvo entre dientes, cuando la mujer estaba ya a punto de repetir su pregunta, “Así es…” Dijo Grisélida, y añadió como si estuviera enseñando una importante lección, “Porque las riñas producen destrozos que luego nadie quiere pagar, así que si quieren pelea vayan a la Rueda, porque aquí al próximo que sorprenda buscando trifulca, le pondré tanta mierda de rata en su comida que en menos de una semana le saldrá un rabo.” Por alguna razón que Nazli ignoraba aún, aquellos hombres bravucones por naturaleza, respetaban a esa mujer como si los hubiese parido y se daría cuenta con el tiempo de que para Grisélida, esa panda de piratas con pinta de malhechores, groseros y desvergonzados, eran su familia, a los que amaba a su manera y por los que estaba dispuesta a dar más de lo que se imaginaban. También la chica se daría cuenta de que ella en ese mismo momento, acababa de entrar a formar parte de esa familia.



Trancas se escabulló de Cízarin arrastrándose por el lecho del río con los ojos y la nariz afuera como los cocodrilos, y usando la caña para sumergirse cada vez que veía u oía gente aproximarse, y no eran pocos los soldados que patrullaban ambas riberas del río una y otra vez buscando quién sabe qué o a quién, sin embargo, el viejo logró alejarse lo suficiente de la civilización para salir del agua, y para la última hora de luz de la tarde, adentrarse en el bosque muerto desde donde aún podían verse las alturas de Rimos y sus primeras antorchas encendidas, pero no se dirigía hacia allá. La noche se cerró envolviéndolo todo de una negrura espesa y más espesa aun en el corazón del bosque muerto. Trancas estaba hambriento pero no había nada que comer en esa tierra maldita donde no prosperaba ni la maleza y aunque hubiese podido al menos encender un fuego para acompañar una noche tan negra, no se atrevió a hacerlo por miedo a que una chispa lo alcanzara mientras dormía y lo incinerara en segundos. No podía vivir el resto de su vida sin fuego, pero por el momento prefería no tenerlo cerca, el recuerdo de sus compañeros envueltos en llamas y sus gritos aún estaba demasiado fresco. Fue una noche larga e ingrata, pero al fin acabó, al contrario de las historias de quienes aseguraban haberse encontrado con los invisibles y terminar perdidos durante semanas en una noche inacabable dentro de ese inquietante bosque. Trancas empezó a caminar hacia Tormenta de Piedras, un valle árido en el que literalmente parecía como si hubiese habido un diluvio de rocas en algún desquiciado momento de la creación dejando todo regado de piedras, y en el que un hombre podía desaparecer fácilmente.



Emmer despertó apenas amanecía y sin enderezarse inspeccionó su derredor solo con sus ojos y oídos, de inmediato notó que su compañero de ruta ya no estaba, ni tampoco su caballo, pero al menos tenía los restos de la liebre colgados de un árbol para desayunar, no se extrañó, los cizarianos y los rimorianos no eran buenos camaradas por naturaleza, ambos criaban y mantenían desde pequeños una idea negativa con respecto del otro, estaba en el aire despreciar o sentirse despreciado por sus vecinos, por lo que no era raro que Janzo se hubiese largado durante la noche, lo que sí fue raro, es que de pronto este apareciera de la nada como si hubiese estado oculto debajo de una piedra, “Amigo, déjame decirte algo, roncas como un maldito cerdo que está siendo estrangulado” Le reprochó mientras se acercaba al arroyo a lavarse y beber agua. El caballo solo se había alejado un poco tras un rastro de hierba. Luego de desayunar los restos de la liebre, se pusieron en marcha sin apurar demasiado al caballo, avanzando al mismo tiempo que se acercaban al camino que los llevaba a Bosgos, sin embargo, algo llamó su atención que no pudieron ignorar: un perro ladraba con la insistencia y determinación que tienen estos animales cuando creen que han encontrado algo importante, pero sin que se pudiera oír presencia humana, y un perro solo por esos desolados lugares no era algo probable, a menos que se hubiera alejado demasiado y perdido, “Tal vez alguien necesita ayuda…” Sugirió Emmer, notando por el ladrido que el animal no se movía de un mismo sitio, Janzo no estaba convencido, pero accedió a echar un vistazo debido al enfermizo empecinamiento con el que el animal quería llamar la atención, “Tal vez sea otra liebre…” Se animó el cizariano. Cuando se acercaron lo suficiente, vieron que se trataba de un perro bastante poco atractivo, con un torso cubierto de lana apelotonada amarillenta como la arcilla, incluyendo las orejas, del cual salían cuatro patas flacas y una cabeza pequeña de hocico aguzado como el de las ratas, como si a un perro lebrero alguien le hubiesen puesto un ridículo y abultado abrigo de piel de oveja. A pesar de verlos, el animal no detuvo su incansable labor de ladrarle a un árbol dando saltitos de izquierda a derecha y viceversa, como si el suelo estuviese demasiado caliente para estarse quieto. No tardarían mucho en darse cuenta de que, de ese árbol, pendía el cuerpo de un hombre colgado del cuello. Emmer se apeó para verlo mejor, su compañero no lo hizo, “Es un monstruo rimoriano…” Afirmó este, e inmediatamente añadió, “Sin ofender.” Evidentemente aquel era un soldado rimoriano, con una armadura liviana de cuero labrado con las espinas de Rimos y la misma cicatriz asomándose en su pecho que Emmer se preocupaba de ocultar. Este lo reconoció de inmediato, pero no se explicaba cómo había llegado hasta allí, ni por qué. El perro por fin había dejado de ladrar y recibía feliz unos huesos de liebre que inexplicablemente Emmer llevaba en los bolsillos, como recompensa. Janzo estudiaba el cadáver, en verdad parecía muerto, pero no se podía estar seguro con esos monstruos rimorianos, “¿Lo conoces?” Preguntó, Emmer asintió, “Es Féctor, el mejor espadachín de Rimos, sin duda, aunque lo presumido le quitaba todo mérito.”


León Faras.

lunes, 16 de mayo de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 V.



Teté quedó instalada en una habitación muy cerca del palacio real, la cual le pareció maravillosa, porque era una habitación completa para ella sola, bueno, estaba la pequeña Falena con ella, pero no se comparaba con la media docena de chiquillos con los que compartía el cuartucho donde dormía en Rimos. Eran una molestia y un constante dolor de cabeza para ella que era la mayor y estaba segura de que al menos esa noche, no les echaría nada de menos, bueno, excepto por la pequeña Rubi que era la más tranquila y callada de todos, a ella sí la extrañaría, y Rubi a ella también. Tal como se lo prometieron, le fueron dispuestas dos nodrizas para que se turnaran en el amamantamiento de la criatura, y mientras una de ellas comenzaba con su tarea, Teté acompañó a una empleada, mandada por Zaida, para que le dieran algo de ropa para ella y sobre todo para la bebé, la muchacha no quería ni abrir la boca: por lo que había entendido, tendría ahora incluso ropa para cambiarse, tal vez, y hasta le dieran zapatos de verdad. Estaba encantada, temerosa por la responsabilidad que le habían dado y por propia naturaleza, pero feliz por todas las cosas maravillosas que de pronto estaba recibiendo. Por otro lado, había alguien que estaba viviendo el peor momento de su vida. Con el rey muerto, la princesa muerta y el príncipe Ovardo completamente inutilizado por tiempo indefinido, él era la única cabeza que quedaba en pie de un reino desbaratado, y también el único responsable de tal desastre, sin haber sido nunca realmente querido por el pueblo al que pertenecía. Solo, sentía la culpa que le caía encima como rayo acusador desde cada oficial bajo su mando que parecía más que dispuesto a cogerlo, condenarlo y ejecutarlo por haber convencido al rey de llevar a cabo tamaña nefasta estupidez. Aquello sucedería más temprano que tarde, y Serna lo sabía bien, porque no estaba en condiciones de gobernar nada, por lo que, lo mejor era irse a donde nadie podría cogerlo y lo más pronto posible. Aquella misma noche, el clérigo se encerró en su habitación con una botella de licor y un puñal bien afilado y mientras vaciaba la botella, dejó escapar la sangre de sus muñecas hasta morir.



La búsqueda del príncipe Rianzo había resultado infructuosa, y con el final del día los esfuerzos serían aun más estériles. Los hombres habían recorrido toda la ciudad y la mitad del río Jazza buscándolo sin hallar nada más que su yelmo fuera del agua junto al canal, lo que sugería que habría logrado salir del agua, pero sin dejar ni una sola pista de su paradero, sin embargo, la idea general era que la batalla había terminado y ellos habían ganado, por lo que si el hermano del rey Siandro había sobrevivido de alguna manera al golpe del gigante rimoriano y a la caída al canal, no había ninguna razón para que se mantuviera oculto. Algunos que estuvieron presentes en el combate y vieron el terrible golpe que Rianzo recibió en el puente, aseguraban en voz baja que el príncipe no podía haber sobrevivido a algo así, y de hacerlo, el torrentoso canal en el que cayó, lo hubiese ahogado irremediablemente estando malherido y no eran pocos los que estaban totalmente de acuerdo con eso sin haber sido testigos de lo ocurrido. El único testimonio que tenían era el de un muchacho que decía haber visto al príncipe Rianzo tomando uno de los caballos del establo de su padre, cerca de donde el yelmo fue encontrado, aunque también decía que estaba muy oscuro, que aún llovía muy fuerte y que él solo lo había visto apenas asomándose y sin salir del escondite donde estaba. Su padre de inmediato lo desestimó diciendo que el chico era un poco lelo, y que su testimonio no era mucho de fiar, aun así la búsqueda continuaría toda la noche y todo el siguiente día, incluso en las inmediaciones de Cízarin, con la vaga esperanza de que el hermano del rey hubiese logrado salir de la ciudad y refugiado en algún lugar cercano.



Al amanecer, tres cansados jinetes cizarianos encontraron en el camino, muy cerca del cruce, una carreta con sus caballos, dos hombres con pinta de vagabundos tendidos en el suelo y un asno tan corriente como cualquier otro, masticando con resignación un hierbajo con pinta poco apetitosa. Gan fue el primero en despertar, abrió el ojo y se sentó en el suelo, con la cara de ebrio propia de quien recién sale de un profundo sueño, con una pedrada suave despertó a su compañero, uno de los soldados lo reconoció de inmediato, “¿Qrima? ¿Qué rayos haces aquí?” El viejo respondió que su casa había sido quemada, por lo que huyó con lo puesto y ahora regresaba para ver si podía recuperar alguna de sus pertenencias, Gan solo sonreía, con unos dientes que parecía haber usado para comer tierra, “Yo pasé la terrible noche en Cízarin metido en un agujero y solo huí en cuanto pude” Dijo, y sus formas eran tan sobreactuadas y afectadas que el viejo Qrima se apresuró a explicar que no viajaban juntos, sino que iban en sentidos opuestos y solo se habían topado en el camino, a los soldados no les interesaba en absoluto la historia de sus vidas, habían dormido no más de diez horas entre los tres en dos noches y no estaban de buen humor, solo tenían órdenes de buscar al príncipe Rianzo y eso era lo que hacían, Gan no conocía el aspecto del tal príncipe de Cízarin, pero podía asegurar haber visto huir a un hombre de la ciudad sobre un caballo a toda carrera con las primeras luces del alba, un hombre cuyo aspecto podía calzar con el del que buscaban, que además llevaba un brazo colgando como si estuviera roto. Qrima protestó como si no estuviera escuchando más que embustes, diciendo que eso era imposible, porque él venía en sentido contrario y no había visto a ningún jinete en su camino, y de haber visto al príncipe lo hubiese reconocido enseguida, (además de decirle que la hermosa Darlén y su hijo Brelio estaban a salvo en casa de su hermana,) pero no había visto ni al príncipe ni a nadie, excepto por ese viejo loco y su carreta cuyo nombre no recordaba. Gan se encogió de hombros con humildad, de todos modos él no conocía a ese tal Rianzo, hermano del rey. Uno de los soldados se dirigió a sus compañeros con el ceño apretado y la boca torcida, “¿No se referirá al viejo Migas?” Qrima asintió, y los soldados le hablaron de la carnicería humana que tenía montada en su casa aquel tipo, “El muy maldito curaba carne humana y la vendía como cerdo” Dijo uno, “Dicen que conservaba el cuerpo de su padre, el viejo Buba, momificado en una silla” Señaló otro, “Debido al caos que había en la ciudad lo dejaron ir, pero si lo vuelven a ver tendrá que explicar muchas cosas, por eso huyó” Agregó el que parecía de mayor rango. “¿Y si…?” Sugirió Gan, pero sin acabar la idea, una idea que parecía de lo más absurda e improbable pero de la que ya todos se habían contagiado un poco, “y si ese viejo loco encontraba al príncipe Rianzo en su camino y lo convertía en carne de cerdo curada” “No puede ser…” Aseguró Qrima con una sonrisa forzada e incrédula que rápidamente se desvaneció, al ver que no podía recordar lo que llevaba el viejo Migas en su carreta, “…y si ya se lo encontró”


León Faras.

viernes, 6 de mayo de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 IV.



Cuando Trancas salió del agua se sentía atontado y con unos incontenibles deseos de vomitar la gran cantidad de agua que había tragado. Cuando acabó de expulsar líquido de sus entrañas y comenzó a respirar con normalidad, empezó a sentirse más despejado y a ver dónde se encontraba. Estaba en la orilla de un canal que desembocaba en el río Jazza, se veía lejos del Decapitado pero muy cerca de las columnas de humo donde los cuerpos estaban siendo quemados. El sol estaba alto, con lo que debía de ser mediodía o algo así, eso significaba que había pasado muchas horas en el agua, tal vez hasta había perdido el conocimiento. Había bastante maleza ribereña en la que podía ocultarse pero debía deshacerse de su armadura y de todo lo que lo delatara como soldado rimoriano o lo sorprenderían y lo quemarían a la mínima y sin mediar palabra. Podía oír gente caminando de aquí para allá, o parloteando sobre sus asuntos, pero se mantenían a prudente distancia, entonces comenzó a quitarse su vieja y hermosa armadura de cuero con hierro remachado hasta quedar desnudo, bueno, no desnudo, pero así era como se sentía alguien como Trancas sin su armadura. Acababa ya, cuando, presintiendo una presencia extraña se giró a un lado y vio una criatura pequeña y horrible que lo observaba como un gnomo, pasada la primera impresión, y notando que solo había sido un juego de su nerviosa imaginación, se dio cuenta de que solo era una niña pequeña de tres o cuatro años, con la cara sucia y cuyo pelo parecía jamás haber sido cortado o peinado en toda su corta vida, que acuclillada lo observaba con la insondable curiosidad de los niños. Estaba sola y no parecía en lo más mínimo asustada o impresionada por aquel viejo cansado, empapado y semidesnudo cuyo aspecto era más desvalido que intimidante. Sin embargo, la niña demostró comprender más de lo que parecía. Sin abrir siquiera la boca, le ofreció un trozo de caña con el que hasta hace un rato jugaba tratando de alcanzar una mariposa, el viejo lo aceptó sin decir palabra y así, como un trato entre mudos, la niña se fue. Trancas observó su regalo, la caña era hueca y aunque no le hacía nada de gracia volver al agua, sabía perfectamente que esa era la vía de escape más segura. Sin duda el búfalo unicornio otorgaba buena suerte a quienes se lo encontraban.



El dinero cizariano era bien aceptado en Bosgos, porque estos eran grandes consumidores de la potencia agrícola de sus vecinos, mientras que los bosgoneses, además de por los venenos, eran reconocidos por sus amplios cerros cubiertos de hierba en donde las cabras se multiplicaban como moscas en estado semisalvaje y proveían de carne, leche y sus derivados en abundancia, comercializando con estos hasta Cízarin. En cambio, el dinero rimoriano no era bien cotizado allí porque aquellos solo vivían de hacer agujeros en la tierra y sacar rocas que luego convertían en armas y trajes de metal para soldados que Bosgos no tenía ni nunca había tenido, por lo tanto si no había interés, no había comercio, aun así podían aceptarlo regateando un poco y a regañadientes, como se decía, “más vale una moneda rimoriana, que nada.” Eso fue lo que Gilda le dijo a Nila, cuando esta le ofreció el dinero que tenía para comprar algo de comida y leche para ellas y el bebé. Darlén también contaba con algo de dinero, pero el suyo era Cizariano.



Qrima avanzó tanto como pudo hasta que el camino se volvió tan negro como un pozo sin fondo, que era inútil continuar, entonces debió detenerse, encender un fuego y cenar algo de la carne charqueada que había conseguido. Apenas había dado la primera mordida cuando sintió un paso cansino que se acercaba por el camino, tenía su arco a mano y un buen cuchillo en el cinto, pero debía mostrarse tranquilo, pues él era el que estaba iluminado por el fuego, mientras que el que se acercaba tenía la ventaja de las sombras. Cuando lo pudo ver, se dio cuenta de que se trataba de un hombre harapiento que tiraba de un asno cargado con leña, lo primero que notó el viejo cuando el desconocido comenzó a acercársele, además de un ojo vendado, fue que usaba un buen par de botas que nada tenían que ver con el resto de su atuendo, el recién llegado se justificó antes de que se lo pidiera, “Se las robé a un cadáver, hay muchos de donde vengo. No me enorgullece, pero mis sandalias llevaban rotas demasiado tiempo” Explicó con una sonrisa cansada, “Mi nombre es Gan” Se presentó, sacando un pellejo de vino de su morral, “Tal vez pueda compartir un poco de eso a cambio de un poco de esto” Dijo, señalando la carne seca que el viejo masticaba. Qrima aceptó, “También lo robaste” Preguntó, medio en broma y medio en serio, Gan sonrió, mientras desembarazaba a su asno de su carga “No soy un ladrón, pero el lugar estaba abandonado, medio destruido por el fuego e inundado por la lluvia. Solo lo tomé” Después de un trago de vino, agregó, “Sabe en qué condiciones está el sitio hacia donde se dirige, ¿verdad?” Qrima sabía que Cízarin estaba en guerra, pero el otro le explicó que la batalla había terminado. El viejo estaba asombrado, “¡Solo duró un día!” “Solo una noche” Le corrigió Gan, alcanzándole el pellejo, luego añadió, “Ahora Rimos pertenece a Cízarin. No es un buen lugar para quedarse ahí ¿Es usted cizariano?” Qrima aclaró que era bosgonés, el otro, se identificó como rimoriano, “Sí, aunque he recorrido estos territorios incansablemente, desde Velsi hasta Bosgos con mi asno, mis raíces son espinosas.” Siguieron hablando sin rascarse demasiado profundo uno al otro, sin meterse en asuntos que no le concernían, hasta que decidieron que era buen momento para dormir algunas horas antes del amanecer, “Dime, ¿qué te pasó en ese ojo?” Preguntó Qrima, acomodando la cabeza en uno de sus bultos, Gan, cruzado de brazos y piernas, miraba el cielo, “Fue hace tiempo, era joven y estaba tendido en el suelo, tal como estoy ahora, observando a un pájaro construir el nido más extraño que haya visto en mi vida, cuando un maldito ganso se me acercó y de un picotazo me arrancó el ojo, ¡se lo comió! ¿puede creerlo? ¡Se comió mi ojo! Nunca antes había sucedido algo así y nunca he sabido que vuelva a suceder… Maldito ganso. No es algo bonito de ver, por eso aún lo cubro” Concluyó.



Aquella noche, la Descorazonada se llenó de tal manera que toda la estructura se balanceaba terroríficamente sobre sus pilotes, aunque nadie parecía notarlo o importarle, excepto Nazli que no podía creer cómo era que nadie salía huyendo de ese lugar. El tema en boca de todos era el nuevo Tigar, y cómo había derrotado a Pasco y a otros dos guerreros sin apenas esfuerzo, sin embargo, eso no era lo más interesante que había ocurrido aquella noche, lo más interesante, y que también llamó la atención de la nueva camarera, era la forma como un profundo corte en su espalda, se había cerrado inmediatamente con una cicatrización monstruosa que dejó a todos boquiabiertos y con serias dudas de lo que acababan de ver, Cegarra en cambio estaba encantado con su nuevo campeón.


León Faras.

jueves, 28 de abril de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 III.



Teté entró a Cízarin donde todo el ambiente olía a humo y ceniza y a algo más, algo que Teté no podía identificar porque era algo complementaba nuevo, se trataba del olor de cientos de inmortales calcinados, cuyo desagradable aroma se quedaría impregnado en la memoria de todos por mucho tiempo. Zaida de inmediato envió a un par de sus soldados en busca de nodrizas para la princesa que acababa de nacer, “Encargate de la muchacha y la niña… después de todo, fue idea tuya” Anunció Siandro a su abuela, mientras él tomaba otro camino seguido de su guardia. Tenía un asunto pendiente que atender y que le preocupaba, había encargado a medio Cízarin la búsqueda de su hermano, aunque las posibilidades de encontrarlo eran bajas, el río Jazza no era famoso por devolver con vida los cuerpos que engullía, especialmente en época lluviosa, pero al menos deberían hallar sus restos. “Yo sabía que la princesa iba a morir… lo supe en cuanto la vi” Comentó de pronto Teté sin venir a cuento, como cuando algo te pesa en la mente y lo sueltas solo porque ya no lo aguantas más, los únicos que la acompañaban era la vieja Zaida y el general Fagnar y ambos se miraron extrañados, “¿Cómo lo sabías? ¿Estaba muy mal su salud?” Preguntó la mujer, Teté la miró arrepentida de haber hablado sin que se lo pidieran, pero ya era tarde, “Es que yo puedo ver cuando la vida se agota en una persona…” Anunció la muchacha con timidez, “Curioso don” Comentó el general, “¿Cómo es posible?” Agregó. Teté solo miraba a la princesa que dormía en sus brazos, como si le hablara a ella, “No lo sé, no puedo explicarlo, es como si una luz los iluminara y los hiciese ver diferentes del resto, muy diferentes. No sé por qué los demás no lo notan si es tan claro” “¿Ves esa luz en mí?” Preguntó la vieja, Teté le echó una ojeada y negó con la cabeza, “Hazme un favor, avísame si la ves, quisiera estar sobre aviso para dejar solucionados algunos asuntos antes de irme” Concluyó la mujer, como si el don de la muchacha fuese algo de lo más corriente. Luego de avanzar algunos metros en silencio, la chiquilla volvió a hablar sin venir a cuento de nada, “Falena” Dijo, apenas audible, Zaida debió pedirle que se lo repitiera. Telina volvió a mirarla asustada, como si estuviera abusando de la paciencia de alguien superior, “Falena, ese nombre me gusta…” Concluyó.



La carreta estaba en un estado lamentable, y el viejo maldecía cada bache del camino que hacía crujir las viejas y resecas articulaciones de su vehículo, que en cada metro que avanzaba parecía siempre estar dando su último esfuerzo. Los caballos tampoco se veían mejor, estaban flacos y desganados, como muertos por dentro. Uno de ellos tenía un ojo completamente nublado por el que no veía ni un pijo. De pronto le pareció sentir algo entre los arbustos que flanqueaban el camino, el ruido de un animal que se escondía entre ellos, uno grande, pero no alcanzó a ver nada porque entonces una de sus ruedas se empinó, como si pasara por encima de una piedra y se dejó caer haciendo crujir dolorosamente el eje trasero y dejando la carreta a punto de desbaratarse. Por suerte que iba casi vacía o el vehículo entero se hubiese partido en dos. Un hombre salió de entre los arbustos celebrando, burlándose del innecesario sufrimiento de su carreta y otro desde el otro lado, se acercaba riendo a plena mandíbula. El viejo pensó que serían bandidos, pero para serlo parecían idiotas como festejaban, además, qué podrían quitarle a alguien como él, aparte de ese cuarto de oro que tenía enterrado en su casa hace incontables años y con el que podría haber comprado otra carreta nueva, pero que no se atrevía a desenterrar por miedo a quedarse sin nada, aunque era imposible que esos bandidos lo supieran. Los hombres se reunieron detrás de su carreta y entre risas y festejos recogieron del suelo una enorme liebre a la que habían estado persiguiendo por una hora al menos, y la que finalmente había acabado, cansada y con mala suerte, aplastada por la rueda de aquel vetusto vehículo de andar patético que le rompió algo importante. El viejo macilento hubiera pensado que tal vez aquellos no eran más que unos pobres enajenados de los que las ciudades desechan hacia los campos para que no molesten, si no fuera porque el rostro de uno de ellos, a pesar de lo descuidados que se veían, le resultó familiar, “Eh, señores, no buscamos problemas, no somos más que pobres comerciantes huyendo de la guerra” Dijo con gravedad, como si se tratara de alguien importante, hablándole cosas importantes a gente importante. Janzo, que en ese momento sostenía la liebre por las patas traseras, lo miraba incrédulo y amenazante luego de haber dejado parte de su orgullo persiguiendo a ese animal como un perro hambriento por más de una hora, Emmer, a su lado, le dio un toque con el codo y le señaló la parte trasera de la carreta: cubierto por una sucia manta, llevaba un cuerpo humano que, por lo poco que podían ver, (solo los pies y una mano,) parecía estar momificado, como esos pobres desgraciados que mueren de sed en el desierto y que son encontrados casi enteros años después. Los hombres se miraron, aquel viejo acababa de hablar en plural, “Ese es mi padre…” señaló el viejo, pestañeando con fuerza y apuntando el cadáver que cargaba atrás, “Tenemos una pequeña casa no lejos de aquí. Cízarin se ha vuelto peligroso, pero eso ustedes seguramente lo saben bien” Emmer le dejó en claro que no querían hacerle daño, que solo buscaban algo de comer, y al viejo le pareció aquello maravilloso, “Oh, ¿Están hambrientos? ¿Tal vez sea que carguen con algo de valor los señores?” Preguntó interesado, empinando las cejas. El viejo sabía muy bien cómo tratar a potenciales clientes. Janzo cargaba con algunas moneda Cizarianas, porque a Emmer lo habían dejado sin nada luego de ser capturado, ejecutado y liberado, pero el asunto era que, aparte de la momia que llevaba atrás, no se le veía absolutamente nada que pudiera ofrecer, “Yo y mi padre, somos los mejores curadores de carne de toda la región” Señaló el viejo, así, en tiempo presente e incluyendo a la momia, mientras se ponía de pie sobre su carreta y abría el cajón sobre el que iba sentado, del cual sacó un hermoso y gordo trozo de carne curada con sal, de la que el viejo parecía estar muy orgulloso. La pieza, de verdad se veía y olía grandiosa, “¿Qué carne es?” Preguntó Janzo, “Cerdo.” Aseguró el viejo de inmediato, y agregó, “…del mejor cerdo de Cízarin. Esa liebre deberán comerla pronto, pero esta maravillosa pieza de carne puede conservarse perfectamente durante días” Concluyó, con un pestañeo incómodo y obsesivo. A Janzo le pareció un trato justo. Antes de que el viejo se fuera, le preguntaron dónde podían conseguir agua bebestible, porque a pesar de la copiosa lluvia, no habían encontrado más que barro en ese camino miserable. El viejo, cuyo nombre jamás preguntaron, les señaló una vertiente que brotaba de debajo de la tierra con agua fresca de entre un cúmulo de rocas, pero les advirtió que deberían alejarse bastante del camino para encontrarla.



Luego de una hora de pacífico y quejumbroso andar, el viejo se encontró con otro viajero que venía en sentido contrario, cuya carreta rivalizaba con la suya en cuestiones de antigüedad y mantención permisiva. Ambos se reconocían como habitantes de Cízarin, aunque lo suyo estaba muy lejos de considerarse una amistad en su más pálida expresión, aun así el viejo sintió la obligación moral de advertirle al otro las condiciones en las que estaba el lugar al que se dirigía, aunque de mala gana, como refunfuñando, Qrima, que conducía la otra carreta hacia Cízarin, respondió también con un gruñido, como si lo hubiesen tratado de imbécil indirectamente, “Ya lo sé, pero tengo asuntos pendientes allí…” El viejo respondió algo entre dientes que no se entendió y ambos siguieron su camino.


León Faras.

lunes, 18 de abril de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 II.



¿Listo? Una…” ¡Pum! Con una presión fuerte, certera y sobre todo inesperada, el húmero se encajó en su articulación con un sonido como de piedras que chocan bajo el agua, tensando los tendones al máximo de nuevo y arrastrando el pesado hueso de vuelta a su sitio por encima de los demás. El sonido que provocó era suficiente para imaginarse el dolor, pero Emmer ya tenía algo de experiencia y no se impresionaba con facilidad ante un hueso descoyuntado, pero con las fracturas sí, eso ya era una cosa más seria. El hombre, maldijo, pateó el suelo como si tratara de matar una víbora y se dio un buen golpe con la frente contra un árbol, pero el intenso dolor fue amainando hasta que el movimiento retornó a la articulación y la tortura con la que llevaba varias horas tratando, terminó, “Me dirijo a Bosgos…” Señaló Emmer, amistoso, luego preguntó, “¿y tú?” El hombre lo miró como cuando un completo idiota dice algo sumamente inteligente. Era muy poco más adonde se podía llegar por ese camino triste y desolado, que no fuera a la ciudad independiente de Bosgos. El hombre asintió con poco entusiasmo y lo invitó a compartir su caballo, era lo menos que podía hacer, hace unos minutos se sentía morir de dolor y ahora ya se sentía con fuerza para avanzar, aunque esa fuerza no duraría por mucho tiempo, porque por lo visto, ninguno de los dos llevaba provisiones, ni tan solo un poco de agua, y viajando juntos, ambos sabían que no podían forzar demasiado su caballo o lo reventarían, por lo que deberían conformarse con un trote ligero y hacer un alto en el camino para buscar algo de comer y pasar la noche, “¿Cuál es tu nombre?” Preguntó Emmer, sentado en la grupa del caballo, el hombre guardó silencio unos segundos antes de responder, como si no le hubiese agradado la pregunta, “Me llaman Janzo…” respondió al fin



En el puerto fluvial de Jazzabar, poco había repercutido el fallido ataque de Rimos sobre Cízarin, en verdad aquel lugar de terreno artificial era casi como un reino independiente. A buena altura sobre el río, encaramada sobre una multitud de largos pilotes que a su vez estaban apoyados en plataformas que descasaban sobre pilotes más viejos aún, plataformas donde las personas habían construido sus casas, calles y negocios, ahí encima de todo estaba “la Descorazonada” la taberna de Grisélida, un local bien ubicado cerca de la Rueda, donde los asistentes al espectáculo podían pasar a descargar sus impresiones y llenar los buches con cerveza y masas cargadas con fritanga. Junto a la mujer, cuyos años ya contaban más de cincuenta, trabajaba Gorman, un ebrio de similar edad que había demostrado ser un cocinero eficiente, “Está cerrado” exclamó la mujer mientras barría su local. Su voz era aguda y ligeramente gangosa. Nazli acababa de entrar y ya se sentía insegura, caminando sobre tablas que se curvaban y rechinaban a gran altura bajo el peso de su menuda figura, “Busco trabajo…” Anunció la chica, la que aún llevaba la ropa corta que le había quedado luego de su encuentro con el viejo caníbal y la pequeña cicatrización en su frente cubierta con un coqueto e improvisado cintillo, a Grisélida le pareció que otra vez habían confundido su negocio con un prostíbulo. Se lo había planteado muchas veces pero definitivamente no tenía el espacio suficiente para lanzar ese tipo de negocio ahí, le indicó brevemente dónde podía hallar trabajo y siguió meneando su escoba. Nazli se quedó parada contemplándose a sí misma, definitivamente necesitaba ropa más acorde a la situación. Grisélida le echó otro vistazo, como tratando de decidir si había aparecido otra chica similar en su negocio o era la misma de antes que aún no se iba, “¿Todavía estás ahí?” “Puedo barrer, ordenar o atender las mesas…” Insiste la muchacha, aunque en realidad jamás a trabajado de camarera en su vida, Gorman, con su larga cabellera crespa y encanecida, se asoma desde la cocina. El hombre tiene la boca más grande que Nazli haya visto nunca, “Puede ayudarme con los trastes aquí que no paran de amontonarse” Sugiere con aire inocente, “Si tú quieres darle parte de tu paga, puedes quedártela” Le espeta la mujer y el hombre recula sin insistir. Luego Grisélida se dirige a la muchacha, “Escucha, chica, no voy a negar que estamos hasta el cuello de trabajo y que por los dioses que nos vendría bien algo de ayuda, pero con todo lo que hay que pagar, apenas nos queda para vivir… ¿lo entiendes?” Pero Nazli solo está interesada en pasar unos días desapercibida y sobreviviendo sin robar, hasta que las cosas se calmen y vuelvan a la normalidad, y para eso, Jazzabar era el lugar ideal, “Escuche, solo me conformaría con la comida, y un lugar donde dormir… afuera la ciudad es un desastre, está llena de muertos y de casas a medio quemar y yo no tengo a donde ir” Grisélida mira a Gorman y este le hace un gesto levantando las cejas y tirando hacia abajo las comisuras de su enorme boca, “Está bien…” acepta la mujer, y agrega, “Pero te advierto que nuestra clientela no es la más educada ni tiene los mejores modales, así que tendrás que ganarte su respeto rápidamente o la pasarás realmente mal con esos chicos… si sabes a lo que me refiero” Nazli lo comprende, a pasado toda su vida entre hombres, comiendo, bebiendo y peleando entre ellos y muchos de ellos eran unos completos palurdos que se merecían por lo menos una nariz rota al momento de conocerlos, pero que luego se convirtieron en sus camaradas, “Estaré bien…” Responde la chica al tiempo que recibe la escoba, entonces se empieza a oír un griterío no muy lejos, no sabe si se trata de una bulliciosa celebración o de una violenta revuelta, pero no es ni una ni la otra, es solo que la Rueda ha vuelto a funcionar.



La gente no podía creer lo que veía, el nuevo Tigar en la Rueda era un viejo, uno completamente calvo que se dejaba crecer un par de ridículas trenzas en el mentón. Su espalda y sus brazos eran como los de un leñador, eso sí, ¡pero era un viejo! Que además solo cargaba con un par de hachas irrisoriamente pequeñas, como las que uno le daría a su hijo para picar leña fina en el monte, y como si todo eso fuera poco, el viejo tenía un aspecto tan calmado y afable que no inspiraba ningún temor ni respeto, a diferencia del anterior, el gran Tigar, que de solo verlo te cagabas encima. Todo el mundo se preguntaba de dónde carajos había salido y por qué Cegarra lo había nombrado el nuevo Tigar, tendrían que esperar a verlo para saberlo, pero en la Rueda nadie estaba dispuesto a esperar con paciencia y educación y los luchadores aficionados a ganar dinero con las apuestas hacían fila para pelear en la Rueda, ahora que el gran Tigar ya no estaba más y que el nuevo, era un viejo con pinta de monje. Uno de los más populares era Pasco, un pescador propietario de su propio barco, amante de las trifulcas pero que sin embargo, había sabido mantenerse lejos de la Rueda mientras el gigante de Tribalia fuese el campeón, ganando muchas otras peleas menores. Usaba una espada mediana en la mano izquierda y un pesado machete en la derecha, el mismo con el que decapitaba sus pescados. Tenía el pelo negro, largo y pringoso que le colgaba a mechones y una permanente y forzada expresión de enojo en la cara, Garma, en cambio, estaba tranquilo, a pesar de la lluvia de insultos y desechos que le caía encima, sentado bajo un pequeño alero, instalado precisamente para proteger a los luchadores mientras esperaban, del descontento del público, una precaución instaurada después de que, en una ocasión, a uno lo dejaran inconsciente de una pedrada antes incluso de luchar. El alero es retirado y el viejo Garma se pone de pie. Recorre el agujero con expresión amable, Pasco está ansioso, tiene al público de su parte, es su momento de convertirse en el Tigar y va por él, pero al primer intento, el hacha del viejo entra recta como una estocada y le golpea en la nariz con la punta del mango. Sin esfuerzo, solo con precisión. Ahora la cara de Garma es mucho más severa y sus movimientos más enérgicos. Se acabó el viejo amable. Pasco sangra copiosamente, sorbe fuerte por la nariz y escupe una bola sanguinolenta por la boca, fue sorprendido, pero no le volverá a suceder. Intenta un nuevo ataque, pero el hacha de Garma vuelve a entrarle, rápida y violenta, esta vez ascendiendo directo al mentón y sacudiéndole toda la cabeza con fuerza, mientras la otra hacha es ensartaba en su rodilla y arrancada de esta junto con el tendón y un dolor infernal. Una patada en el pecho lo arroja de espaldas al suelo sin posibilidades de defenderse y sin decir ni una palabra ni darle tiempo de decir nada a su enemigo, Garma le parte en dos el corazón de un hachazo y vuelve a su lugar a sentarse. La gente ya no apoya a Pasco.


León Faras.

sábado, 9 de abril de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 Tercera parte.



FALENA.



I.



El yelmo de Nivardo, rey de Cízarin, rodó por el barro a los pies de Serna, el único capacitado para recibir la real comitiva cizariana en ese momento, “Espero que con esto baste, el resto del cuerpo del rey Nivardo no estaba en condiciones de ser transportado” Anunció Siandro con liviandad, y se quedó esperando una réplica que nunca llegó, por lo que continuó, “Asumo que su hijo Ovardo estará en casa para recibirme” Serna estaba tan impactado como todos los presentes, preguntándose cómo un ejército de quinientos inmortales había sido aplastado en tan solo una noche, solo podía pensar en una traición, en una insurrección masiva de las tropas o hasta en un cambio de bando, “¿Cómo murió?” Preguntó el clérigo mirando el yelmo, al rey de Cízarin eso le pareció divertido, no la pregunta en sí, sino que ese hombre siguiera haciéndole preguntas en vez de estar hablando con el que debía ser el nuevo rey de Rimos, “Venimos a hablar con el príncipe Ovardo, no contigo…” Dijo Zaida, con dureza, pero sin pretender sonar amenazante, Serna comprendía eso, “Mucho me temo que eso será imposible en este momento, el estado del príncipe es… delicado” Zaida y su nieto se miraron con el ceño apretado, no tenían ni idea de que el príncipe Ovardo estuviera enfermo o herido, pero debía de ser algo muy grave como para ser incapaz de hacerse cargo de las consecuencias de perder una batalla que ellos mismos han iniciado, eso o estaba demasiado avergonzado del patético intento de conquista de su padre, cómo fuera, “Tal vez la princesa Delia esté dispuesta a recibirnos en nombre de su esposo” Sugirió Siandro, no sin algo de socarronería en el tono, Serna debió admitir que eso sería aun más imposible. Todo aquello parecía ser un mal chiste, como si les estuvieran poniendo excusas absurdas para evitar hacerse responsables de los daños materiales y humanos que había ocasionado su tonto intento de invasión, pero el clérigo hablaba en serio y podía probarlo. Fagnar aceptó la oferta, ya que Siandro no entraría allí para ser emboscado por un enemigo desleal que atacaba de noche y por la espalda. Poco rato después salía el general, su rostro perturbado reflejaba que lo que había visto resultaba convincente, tras él, una jovencita cargaba con un recién nacido en brazos que por primera vez recibía los rayos del sol, “No sé cómo explicarlo…” Se excusó Fagnar, y agregó, “…parece como si el príncipe Ovardo fuese víctima de un horrible maleficio que lo ha destruido por dentro sin tocar su cuerpo, excepto… sus ojos, que se asemejaban a ciruelas resecas al sol de todo un verano” Maleficio o no, ellos no habían tenido nada que ver, se apresuró a aclarar Siandro; con respecto a la princesa Delia, efectivamente había muerto durante el doloroso parto de la bebé que cargaba Teté en ese momento, ya que había sido necesario rajarle el vientre a la madre para sacarle la cría, confirmó el general con toda la circunspección de la que disponía, que no era poca. Y luego, ya aclarada la situación y sin nadie presente de la realeza rimoriana más que una niña recién nacida, Siandro comenzó a hacer sus exigencias mientras Serna lo oía con la cara de quien resiste un viejo y conocido dolor que de pronto regresa. Comenzó apropiándose de la mitad de la riqueza de Rimos y también de sus recursos naturales por tiempo indefinido, como compensación por los numerosos daños. La fabricación de armas y armaduras estaría de ahora en adelante controlada completamente por la corona cizariana; Rimos no podría fabricar ni un cuchillo sin que Cízarin lo supiera. Ordenó que lo que quedaba del ejército rimoriano estaría bajo las órdenes de Cízarin, e instauró el servicio militar obligatorio y de por vida para al menos un varón por cada familia de Rimos, ejército que debería estar disponible para servir en cualquier momento que Cízarin lo requiriera. Determinó que el príncipe Ovardo seguiría con su condición de gobernante de Rimos, pero como reino vasallo de Cízarin. Finalmente decretó que el linaje real de Rimos se acababa con el príncipe Ovardo, que su hija sería llevada a Cízarin y criada como una cizariana, y que si el príncipe decidía contraer un nuevo matrimonio en el futuro, este sería morganático, es decir, con una plebeya. Cuando Siandro terminó con sus exigencias, el silencio era vergonzoso, Serna estaba aplastado bajo la responsabilidad, y la mirada de los oficiales presentes que sabían que él era en parte responsable de esta desastrosa situación, solo se atrevió a hacer un torpe comentario, “Algunas familias querrán reclamar por los cuerpos de sus seres queridos…” El rey de Cízarin le respondió mirando en otra dirección, “Pueden reclamar un puñado de cenizas, si quieren, todos los miembros de su ejército han sido apilados en el campo y calcinados. Las columnas de humo aún pueden verse desde aquí” Efectivamente, las columnas de humo habían estado casi toda la mañana ahí, pero jamás ninguno se imaginó que en realidad era su ejército el que ardía. Luego, y sin nada más que agregar, el rey de Cízarin espoleó suavemente su caballo para que comenzara a andar, mientras la vieja Zaida pedía al capitán Dagar, con educada autoridad, un caballo para transportar a la joven Teté junto con la recién nacida, “No te preocupes, no te faltará nada, ya tienes un trabajo allá” Le advirtió la vieja a la muchacha. “El ejército de Cízarin tomará posesión de Rimos paulatinamente y de forma permanente, por favor, prepárense para llevar este proceso de la forma menos desagradable posible” Anunció Fagnar antes de irse también.



Mientras descendían el zigzagueante y empinado camino de Rimos hacia el bosque muerto, Teté se atrevió a preguntar por cuál sería su trabajo en Cízarin, Zaida la miró con una suave sonrisa, “¿Cuál es tu nombre, muchacha?” le preguntó a su vez, la chiquilla respondió que su nombre era Telina, pero que todo el mundo la había llamado desde siempre Teté, “Bien Telina, pues tu trabajo será cuidar de esa pequeña hasta que crezca…” Y ante la cara de agobio que puso la muchacha, la vieja agregó, “No te preocupes, niña, obviamente te conseguiremos algunas nodrizas para que la amamanten por ti” Teté no podía creer semejante responsabilidad, ¡cuidar de la hija del príncipe Ovardo ella sola! Seguro que si algo le sucedía a esa pequeña, a ella la azotarían, o le cortarían una mano… o algo peor. Es que habiendo tantas mujeres más experimentadas, ¿por qué siempre le tocaba a ella? A veces el destino era muy cruel con las criaturas más débiles. Se lamentaba la muchacha, cuando Zaida interrumpió sus pensamientos, “Por cierto, ¿cómo se llama la bebé?” Preguntó la vieja, la chiquilla la miró asustada; la niña apenas había nacido, su madre había muerto horriblemente y su padre apenas y podía balbucear su propio nombre en este momento. Si alguien había pensado en un nombre para la pequeña, a ella sería la última persona a la que se lo dirían, “No lo sé, señora…” respondió Teté, acostumbrada a ser lo más escueta posible ante la autoridad. Como le habían inculcado siempre: “solo responde sí o no, nadie está interesado en conocer tu opinión.” Entonces la vieja le dijo con absoluta naturalidad que debía pensar en un nombre para la niña. Teté creyó que había oído mal, ¿cómo alguien como ella iba a ponerle el nombre a la hija de un príncipe y de una princesa? La respuesta de Zaida la dejó más perturbada de lo que ya estaba, “Ahora, tú eres su madre.”


León Faras.

domingo, 3 de abril de 2022

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

 LXIV.



Los cuerpos rimorianos que aún no están calcinados, son amontonados en el campo para ser quemados. Los campesinos y sus niños, curiosos por naturaleza, se espantan al ver movimientos y balbuceos en aquellos despojos humanos, como lombrices que se retuercen al ser cortadas a la mitad por el azadón del labrador. Más de alguno de ellos tiene la fuerza suficiente para ponerle la piel de gallina a todos con un grito de dolor, al ser encendida la pira. Desde prudente distancia, en el monte, un niño de diez o doce años ve las llamas y oye los alaridos con espanto, comprende perfectamente lo que está ocurriendo y además sabe que el cuerpo de su padre, con seguridad, también está ardiendo allí. Le brotan lágrimas de los ojos cuando una mano se posa sorpresivamente en su hombro, es un hombre encapuchado y vestido con harapos que tira de un asno cargado de leña, él no lo reconoce, pero el hombre a él sí, “¿Aregel? ¿qué rayos estás haciendo aquí?” El sol le da a contraluz y es difícil verle el rostro, pero su voz es familiar. Tiene la cara embarrada, y se ha cubierto un ojo con una sucia venda para ocultar una horrible cicatrización, “¿Mi padre está ahí?” Pregunta el muchacho, aunque con algo de certeza en el tono, señalando la pira que arde con sorprendente fuerza, el hombre no lo sabe, pero ha estado en la batalla, y visto lo visto, apostaría su ojo bueno a que sí, “Perdimos, hijo, todos están ahí. Yo me salvé por los pelos” Dice Gánula, y luego añade, “Debes irte y hacerte cargo de tu familia ahora, se avecinan tiempos difíciles me temo…” 


Bosgos, la capital de los venenos, era un amplio poblado sin calles ni plazas en el que todo el mundo había construido su casa donde le había dado la gana, en torno al pozo que inauguró el pueblo. Ahora habían más pozos pero las casas seguían esparramadas como si se tratara de una partida de dados. Era difícil orientarse para un bosgonés que no había ido en años, como el viejo Qrima, sobre todo con el pujante mercado que se habría paso por todas partes y que mutaba constantemente, parecía que todo el mundo tenía algo que vender o algo que comprar en Bosgos, desde granos y hortalizas, hasta carne de perro azaroso charqueada para algunas preparaciones no culinarias. No muchos conocían al viejo y menos aun eran los que lo recordaban, luego de años viviendo en Cízarin, pero confiaba en que su hermana mayor sí lo hiciera. Esta era una mujer con una infinidad de años encima, una dentadura inexplicablemente envidiable, tres veces viuda sin hijos vivos, y con un pequeño pero próspero negocio de venta de hongos de todo tipo, menos comestibles, que cultivaba en una gruta oculta a los ojos de los curiosos, gracias a su aspecto de bruja malvada que inspiraba temor en sus vecinos, una reputación que la mujer no se preocupaba por desmentir. Su nombre era Gilda. Qrima detuvo su coche frente al puesto que recién se abría a esa hora, cerca del mediodía, el coche era bonito, los cizarianos tenían buen gusto para la artesanía, a diferencia de los rimorianos cuyo gusto estético estaba atrofiado por su brutal pragmatismo. La vieja pensó en una buena venta para un cliente importante pero poco a poco su radiante sonrisa se desvaneció cuando vio el desalentador aspecto de su hermano luego de conducir toda la noche bajo un contundente aguacero, “Vaya, así que sigues con vida…” Fue el ácido comentario de la mujer, antes de seguir con sus asuntos fingiendo desilusión y desinterés, “Necesito tu ayuda…” Replicó el viejo, forzadamente humilde, la vieja soltó una carcajada burlesca, no había visto a su hermano en veinte años y ahora aparecía para pedirle ayuda, “Es por tu sobrina…” Añadió Qrima. Gilda pareció confundida al principio, pero luego recordó a la hija del difunto hermano menor de ambos, y de la que este nunca se hizo cargo, “¿Nila?” Los rumores de la batalla contra Cízarin apenas habían llegado a Bosgos, donde, alguno de los que habían huido durante la noche llegaron allí sembrando algunos comentarios, pero en general, nadie le había dado mayor importancia, lo que Nila y la hermosa Darlén le contaron a la vieja, ya era mucho más serio, “Por supuesto que las chicas y sus niños pueden quedarse, pero con respecto a ti…” Exclamó Gilda, haciéndose la ofendida por los años de ausencia, pero su hermano menor estaba demasiado hambriento y cansado como para más reproches, “No te preocupes por mí, buscaré un lugar donde comer algo y dormir algunas horas y me volveré a ir, solo necesito que me prestes tu carreta, te dejaré a cambio el coche” La vieja protestó, un coche tan fino como ese, no le prestaba ninguna utilidad a alguien como ella, pero Qrima ya cerraba el trueque, “Solamente uno de estos caballos vale más que tu carreta entera, así que no te quejes”



Emmer tenía un gran camino por adelante, por un terreno abandonado de la mano de Dios en el que apenas y se podía encontrar vida inteligente. Era mediodía, y aunque él era un inmortal, eso no lo libraba de estar sediento y también algo hambriento. De pronto, un sonido en la hojarasca llamó su atención, tal vez solo una rata demasiado gorda, pero no esta vez, era un caballo que mordisqueaba la escasa hierba del arcilloso suelo, tenía bridas pero no montura. Emmer se acercó apaciguándolo, con las manos en alto y haciendo sonidos dignos de un apaciguador de caballos, cosa que el animal no apreció en lo más mínimo, quizá porque no estaba solo; bajo un árbol, un hombre sentado en el suelo, con aspecto maltratado, empuñaba un cuchillo. No fue algo muy impresionante para el rimoriano, el tipo parecía haber recibido una paliza peor que él, se veía más agotado aunque tenía un caballo, y con el hombro izquierdo dislocado hacia atrás, que debía dolerle una barbaridad. Ambos podían adivinar con un vistazo que el otro también era soldado aunque les faltara la mitad de su atuendo, por lo que no era necesario ni mencionarlo. Para Emmer, un hombre en semejantes condiciones no representaba un obstáculo demasiado peligroso, aun estando desarmado, pero él era un soldado y no un bandido, “¿Está roto?” Preguntó, señalando el brazo del que estaba sentado, este negó con la cabeza, siempre con el cuchillo en alto, “Bien, eso es bueno. Puedo ponerlo en su sitio, sé cómo se hace…” Dijo Emmer, amistoso y confiable, pero el otro seguía con el filo de su arma por delante, “¿Cómo sé que lo que quieres no es estrangularme para quedarte con mi caballo?” Preguntó, poniéndose de pie con dificultad, Emmer lo miró con la cara de quién no ha entendido el remate de un chiste, “No te ofendas, pero, no estás en tu mejor momento, si quisiera hacerlo, lo haría sin artimañas…” En eso tenía razón, y lo cierto era que ese hombro lo estaba matando de dolor y no podía arreglarlo él solo, por lo que el hombre se tragó su orgullo, bajó su arma y accedió.



El capitán Dagar y su escuadrón volvían sin prisa a su hogar, cuando el más lento de sus hombres, Cuci, le advirtió de una extraña comitiva que comenzaba a ascender el penoso camino a Rimos, al cabo de un buen rato aguzando la vista, el oficial exclamó, “Oh, mierda… ¿tan pronto?” Aquel era el mismísimo Siandro rey de Cízarin, acompañado de su abuela Zaida, del general Fagnar y un pequeño grupo de soldados y portaestandartes con la flor de Cízarin en alto, que venían a negociar los términos de su aplastante victoria, aunque lo menos a lo que Siandro estaba dispuesto, era a negociar.



Fin de la Segunda parte.


León Faras.