miércoles, 2 de noviembre de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXV.



Para cualquier cizariano que se preciase, las tontas historias rimorianas sobre espíritus errantes y muertos que regresan eran solo eso: tonterías, llegando estos incluso al extremo de afirmar que su feo bosque seco estaba habitado por ánimas malditas, y en Bosgos, la tendencia de pensamiento era más cercana al lado cizariano, por lo que aquí, hablar sobre estos temas pretendiendo pasarlos como reales era considerado charlatanería, y si la cosa se ponía seria, pasaba directamente a considerarse locura, pero esto no contaba para los rimorianos, pues estos ya estaban todos locos y no había nada que hacer. Janzo se acomodó en un rincón sobre la paja, se enrolló en su manta y en dos minutos ya dormía, mientras Emmer prestaba atención a todo sonido en la oscuridad del granero, aunque sabía que no eran más que ratas, porque todo el mundo sabe que los fantasmas no hacen ruido y no es que les tuviera miedo, el asunto era que en Rimos, encontrarse con un espíritu errante era considerado de muy mala suerte, pues estos eran los portadores del infortunio, salpicándolo y esparciéndolo por todas partes como no podía ser de otra manera, y él jamás había visto uno en toda su vida, lo que sin duda era algo muy bueno para su suerte, por lo que tentar la fortuna de esa manera yendo a meterse a un lugar en el que las ánimas estaban atascadas y encima de noche, era lo suficientemente insensato como para poner intranquilo a cualquiera. “Los muertos están muertos y los fantasmas no existen” Le aseguró Janzo antes de dormirse, “Desearía creer que eso es cierto” Le respondió Emmer, cerrando los ojos y procurando dormir también. Despertó de pronto, con la misma presteza que el soldado que sabe que le toca su turno de guardia y abre los ojos al mínimo toque, pero a él nadie lo había tocado, tal vez en su sueño. Aún estaba oscuro cuando comenzó a ver una pequeña y débil lumbre que se acercaba flotando a baja altura desde la entrada del granero pero sin llegar a iluminar demasiado, Emmer quiso hablar, preguntar por quién venía pero estaba paralizado, aunque no sentía miedo, no todavía, solo era que su cerebro no le obedecía. La luz se detuvo en medio del lugar y a algunos metros de él, y tras elevarse unos pocos centímetros se iluminaron los pies desnudos de alguien que pendía del cielo, por sus piernas corrían gruesos hilos de sangre que se descolgaban en espesos goterones, de pronto la imagen se vio mejor, como si hubiese clareado o como cuando por fin los ojos se acostumbraban a la oscuridad, el farolillo era sostenido por una niña pequeña, tal vez un niño, era difícil de precisar, que miraba hacia el cielo donde una mujer joven y flacucha, con el pelo sobre el rostro, colgaba desnuda de una viga mientras la pequeña a su lado solo la miraba, más curiosa que asustada. Emmer era solo un espectador, hasta que el infante se volteó hacia él haciéndolo partícipe de la escena. Aún no podía definir si era un niño o una niña cuando el farol se puso enfrente del pequeño y le ocultó la cara, pero antes pudo notar unos rasgos que le daban un aspecto muy raro al rostro del niño-niña, tenía los ojos más separados que jamás hubiese visto, junto con una fina mandíbula desencajada y desplazada hacia un lado y… Emmer había logrado verle durante solo un segundo, pero juraría que si lo que le colgaba a los lados no era pelo, sino orejas, aquello era un niño con cabeza de cabra. El niño, con el farol por delante, comenzó a caminar hacia él, en ese momento Emmer sí sintió miedo, miedo porque su cuerpo no le obedecía, porque no podía hablar ni ponerse de pie, porque no podía ni siquiera mirar a otra parte que no fuera el farol y porque se sintió tan vulnerable como nunca antes, entonces sintió el toque y abrió los ojos con el ímpetu de un portazo, ya había amanecido, Janzo estaba a su lado y lo miraba preocupado, como si su aspecto fuese lamentable, “Tu mandíbula… estaba temblando” Le dijo, con el mismo tono que usaría un médico para decirle a su paciente que su mal es incurable. Emmer se restregó la cara y se puso de pie, ya podía moverse, “No tenía una pesadilla desde hace siglos. Vámonos ya, este sitio no me gusta” Respondió, echándole una tímida ojeada a la viga de la que antes pendía un cuerpo, “Pues yo dormí como nunca” Afirmó el otro muy campante.



Migas contempló con ira y amargura cómo las llamas consumían su cabaña, tirado en el suelo de rodillas sin poder, ni intentar hacer nada para evitarlo. Sentía tanta rabia que podía matar al responsable con sus propios puños, pero ese no era su estilo, él era más efectivo mientras menos alardeara de ello. Una vez saciada el hambre del incendio, un pequeño trozo de su casa se mantuvo en pie, intacto, era donde estaba el fogón de su cocina, era como si, poéticamente, el fuego respetase al fuego o solo fue obra del viento que sopló en la dirección contraria, sin embargo, su padre ahora yacía bajo una pila de escombros humeantes y ennegrecidos, pero al menos estaba a salvo de esos necios arrogantes que se sentían con derecho a destruir la propiedad ajena a escondidas durante la noche y sentirse satisfechos y orgullosos por eso, “Oh, padre, tú lo previste, me dijiste que las advertencias no funcionarían con esta clase de gente, pero ahora no nos dejan más opciones, ahora sabrán quienes somos y de lo que somos capaces de hacer… nos las pagarán, padre, antes huimos para no pelear, pero ahora nos quedaremos”



En Cízarin aún se estaban cavando fosas para sepultar a los numerosos soldados cizarianos caídos durante la batalla y a los muchos ciudadanos que también habían luchado y muerto defendiendo sus casas o tal vez solo huyendo del peligro en la dirección equivocada o escondiéndose en un pésimo lugar. Entre los cadáveres apilados esperando sepultura, uno llamó la atención de unos soldados, uno recién traído a lomos de un burro por un pequeño viejo raquítico de aspecto malhumorado quien alegó, sin que nadie se lo preguntara, que él mismo lo había matado tras sorprenderlo tratando de robarle las pocas pertenencias rescatadas del incendio. El cuerpo, que pertenecía a un hombre joven, tenía una curiosa perforación perfectamente redonda en medio de la frente y era la única herida que tenía y la causante de su muerte. Cuando le preguntaron al abuelo, cuyo nombre era Larzo, con qué lo había golpeado, este sacó de una bolsa, una bola de hierro del tamaño de una cereza y como no le creyeron de buenas a primeras, los animó a que hurgaran en los sesos del difunto donde encontrarían otra de sus bolas incrustada, los soldados dudaron y el viejo los despreció como lo haría un experto frente a un grupo de novatos, “Lo haré yo mismo…” Gruñó con tono agrio, sacando su cuchillo y abriendo el cráneo del muerto con fría destreza, como si solo se tratase de la cabeza de un cerdo, hasta recuperar su bola de hierro y enseñarla orgulloso, como un minero que ha extraído una gran pepita de oro de la dura roca. Los soldados quisieron saber cómo lo había hecho para meterla allí y el abuelo les enseñó un extraño artilugio: un tubo de hierro de un metro y veinte centímetros de largo, sellado por uno de sus extremos en el que tenía una especie de recamara con una palanca, todo diseñado y construido por él mismo, además, el aparato contaba con unas protecciones de madera atadas con correas de cuero, como para facilitar su agarre y manejo, aunque para los soldados, la respuesta a su pregunta seguía siendo un misterio, ¿Cómo alguien podía meterle una bola de hierro en la cabeza a un hombre usando semejante cosa? Y el viejo, viendo una segunda oportunidad para promocionar su invención al ejército, aceptó hacer una demostración, pero exigió que al menos estuviera presente un oficial de alto rango, porque estaba seguro de que le interesaría mucho.


León Faras.

miércoles, 26 de octubre de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXIV.



¿De verdad pasaste la noche en el Bosque Muerto?” Preguntó Gisli, removiendo el fuego para avivarlo y así calentar el puchero con sopa aguada que habían preparado para esa noche, “Fue la noche más negra de toda mi vida…” Afirmó Vádrid, sentado a casi un metro del fuego, cerca de la entrada de Sera, desde donde ya se vislumbraba el amanecer. Un hombre llamado Yan, que hace rato lo miraba de reojo, incrédulo, decidió dar su opinión, “¿Y qué hay de los Invisibles? Dicen que si te capturan, te pierden en una noche sin fin dentro del bosque… ¿los viste?” Todos se le quedaron viendo raro, incluso Boma cuyo manejo del idioma era limitado. Vádrid respondió, “No… por eso les llaman invisibles, pero sí los sentí, moviéndose a mi alrededor, rozándome con su aliento frío, llamándome por mi nombre con la voz de conocidos difuntos. Según los abuelos, la única manera de que no te capturen es ignorándolos, porque en el momento en que les respondes, de cualquier manera, ya eres su presa y no te soltarán, pero yo me quedé sordo, mudo y quieto, pegado contra un árbol, esperando hasta que amaneció” Yan asintió mirando a Gisli, mordiéndose el labio, conforme con la respuesta, “¿De dónde habrán salido todas esas almas voraces, verdad?” Preguntó. El viejo lo miró con sus ojos diminutos, “La pregunta es de dónde salió el bosque, qué clase de árboles son esos que parecen serpientes despellejadas y por qué se murieron sin que nada más volviera a crecer ahí… es como si nunca hubiesen dado semilla…” Todos se quedaron meditando aquello, como cuando te das cuenta de una gran verdad que siempre ha estado allí, pero que no te habías detenido a considerar. Vádrid, mientras recibía una escudilla de consomé, decidió continuar con la leyenda, “Dicen que el corazón del bosque, es un lugar enorme que está en otro mundo en el que siempre es medianoche… allí es donde te llevan los invisibles, te atrapan en una noche eterna en la que pierdes la cabeza y terminas como uno de ellos” “Esos son puros cuentos rimorianos, en Cízarin nadie cree en esas tonterías” Afirmó otro de los guardias que llegaba en ese momento a arrimarse al fuego en busca de algo de calor. Lo dijo con una sonrisa amistosa, y de inmediato se acercó a estirarle la mano a Vádrid, “Hola, soy Batu, bienvenido a Sera, el lugar donde los culpables andan libres y los inocentes están presos” Y volvió a sonreír. Vádrid lo saludó de vuelta, el tal Batu era uno de esos tipos que te agradan o los detestas en el acto y a él le había caído bien de inmediato, curioso, considerando que era un cizariano.



Apenas salía el sol y los aspirantes ya estaban formados en el patio haciendo sentadillas profundas con un hatillo de restos de armaduras viejas y espadas sin filo sobre los hombros, para ir acostumbrándose al peso, y debían hacerlo al ritmo de un tambor, para que nadie se quedara atrás ni pretendiera adelantarse al resto, ejercicio que Demirel odiaba desde siempre, pero que cumplía sin chistar por su inquebrantable amor al deber y a la carrera militar, a pesar de que su cara representaba el penoso rostro del mismísimo Sísifo. Esa mañana, Éscar lo autorizó para que bebiera un tazón de leche de cabra con mantequilla, pues el muchacho, para su sorpresa, se había tomado muy en serio su orden de no comer nada y tal parecía que la seguiría cumpliendo hasta desmayarse, pues lo que el instructor se habría esperado, era que el chico pidiera, comprara o directamente robara la comida a sus compañeros, pero nunca lo hizo. Eso sí, para el almuerzo le recetó una zanahoria, cosa que provocó las burlas de los chistosos de turno pues esa se consideraba comida para caballos, pero lo que estos no sabían, era que su instructor lo había hecho a propósito, pues para la tarde tenía planeado algunos ejercicios de lucha y sospechaba que se les acabaría el chiste a la mayoría cuando tuvieran que enfrentarse al robusto muchacho. Este era el estilo de lucha cuerpo a cuerpo en su estado más elemental: valiéndose de cualquier tipo de habilidad, maniobra o artimaña, el primero en derribar al otro, ganaba. El fundamento principal para tal ejercicio, según la explicación de Éscar, era que el soldado que caía durante una batalla era un soldado muerto, pues antes de que acertara a ponerse de pie ya habría sido atravesado por una espada media docena de veces, y eso debía evitarse. Para sorpresa de nadie, Demirel, que pesaba el doble que la mayoría y que se bamboleaba de un lado a otro como un borracho cargando un pesado barril de cerveza, no pudo ser tumbado y en cambio para él fue muy sencillo derribar a sus compañeros, casi todos menores que él y bastante más enclenques, excepto por uno que tampoco pudo ser derribado por nadie, pues era el mayor de todos, un año por encima de Demirel; alto, corpulento y hasta con la marca insipiente de una barba incompleta apenas revelándose al mundo. Un chico reservado, de pocas risas y menos amigos, que también se había tardado en entrar al servicio, pero no por no ser aceptado, como Demirel, sino porque su padre lo necesitaba en el duro trabajo del campo y se había visto obligado a retenerlo. Él vería en el chico gordo a un compañero con similares intereses y el mismo compromiso con la carrera militar y Demirel vería en él a un referente al que buscaría imitar e igualar, lo que los convertiría, más temprano que tarde, en grandes camaradas. Su nombre era Tibrón.



Féctor despertó de pronto, sobresaltado por el amenazante rugir de una bestia salvaje, tardó algunos pocos segundos en darse cuenta de que aquel ruido eran los ronquidos de Nut que dormía sentado, apoyado contra el mismo árbol y con la cabeza caída sobre el pecho. Era curioso, a pesar de su gran cuerpo, su cabeza era como la de un hombre normal. Recordó su plan de largarse lo antes posible en el mismo momento en que descubrió la figura de Cherman, cubierto con una manta y sentado junto a las ascuas, despierto. “Sí, con sus ronquidos nadie puede dormir, por eso prefiero que nos turnemos durante la noche…” admitió este, sin apenas mirarle y luego con un gesto lo invitó a sentarse junto al fuego, “Tranquilo, son solo brasas, no te morderán” Bromeó. Una vez que lo tuvo enfrente, lo miró a los ojos para comprobar una vez más cómo aquello le resultaba de incómodo a su compañero, “Es obvio que ocultas algo de lo que te avergüenzas, hasta Nut se da cuenta de eso, pero no tienes que dar explicaciones si no quieres. No podemos sentirnos siempre orgullosos de nosotros mismos y de todo lo que hacemos.” Féctor no respondió, solo miraba las brasas ceñudo, como un chico malcriado al que están sermoneando. Cherman continuó, “Sé cómo te sientes, el mejor espadachín de Rimos perdió su mano derecha… Yo perdí mi pierna en el momento en que más sueños tenía; un árbol me cayó encima y nada ni nadie fue capaz de moverlo, tuvieron que cortármela para sacarme de allí a pesar de mis protestas. Casi morí de dolor y de fiebre, y en ese momento, te juro que lo prefería antes que vivir como un inútil, pero me recuperé y mi abuelo me trajo esto…” Cherman se golpeó la pierna falsa, “…si no la hubiese traído él, jamás la hubiese aceptado, pero de él podía aceptar cualquier cosa. Me obligó a usarla, todos los días, a aprender a caminar de nuevo como si fuera un crío, luego a correr y luego a pelear. Ahora, si me devolvieran mi pierna de verdad, seguramente no la aceptaría, porque tendría que aprender todo otra vez” Cherman esbozó una sonrisa, y notó que su compañero ya lo miraba a los ojos sin que estos intentaran huir, “Lo que quiero decir es que no estás muerto, solo te cambiaron un poco las reglas del juego y tu obligación es sacar el máximo provecho de ello” La mirada de Féctor tenía ahora un dejo de desprecio, pero era más que nada por sí mismo y por su situación, “¿Y cómo demonios voy a sacar provecho de una mano cercenada?” Preguntó, pretendiendo victimizarse, Cherman se encogió de hombros, “Consiguiendo algo mejor” Dijo.


León Faras.

miércoles, 12 de octubre de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXIII.



Un sujeto pequeño, con peinado pomposo y con ese aire farsante que tienen los bienhechores gratuitos, se acercó a la mesa de Emmer y Janzo con su jarra de cerveza en la mano mientras estos engullían su cena. Les dijo que había oído lo que hablaban con Mozi y que debían estar avisados si pensaban pernoctar en ese lugar, porque la hija del tabernero, Nina, solía visitar con frecuencia a los hombres durante la noche, “…y eso quizá para ustedes pueda estar muy bien, pero si Mozi los oye, los correrá de su negocio con un hacha en la mano, y con lo puesto encima… y la chica no tiene fama de ser muy discreta” Concluyó con una sonrisa que pretendía ser cómplice pero que no repercutió en los demás, por lo que debió tragársela de inmediato, y luego añadió en tono de chisme pero más formal y serio, “La muchacha está enferma, todos aquí lo saben pero su padre no quiere aceptarlo…” Emmer y Janzo le miraban con el ceño apretado y sus cucharas llenas de mazamorra verde detenida en el aire, con la boca abierta esperando para recibirla. Natural, después de recibir información tan rara, de un tipo tan raro y que ni siquiera la habían pedido. “¿Enferma?” Balbuceó Emmer, pues en su opinión y experiencia la chica se veía muy sana, el sujeto se acomodó su peinado, impaciente, “Es su apetito, ¿entienden? Un hombre no le basta, ni dos; es como si estuviera poseída por algún espíritu… ¿entienden? Siempre queriendo más y más…” Afirmó el sujeto arqueando las cejas y con cierto aire frustrado en el tono, como si estuviera hablando desde un punto de vista personal, percibió Janzo, “Gracias…” Le dijo este, metiéndose por fin la cuchara en la boca que llevaba estacionada en el aire un rato. La verdad era que ambos habían llegado hasta allí en busca de sus familias, y estaban pasando por toda clase de penurias para conseguirlo, además de sentirse cansados y angustiados por no saber nada sobre el paradero de sus mujeres, por lo que, una aventurilla con una chica ninfómana no estaba en los planes de ninguno de los dos, así se lo hicieron saber al sujeto, el cual asintió con profunda resignación, como un piadoso sacerdote oyendo al más arrepentido de sus feligreses, “Escuchen, puedo ofrecerles mi granero si quieren para pasar esta noche, no es la gran cosa, pero estarán bien… si no son demasiado supersticiosos” “Supersti… ¿qué?” Replicó Emmer. Janzo aceptó el ofrecimiento por los dos, pero quiso saber a qué supersticiones se refería y el hombre respondió que a aquellas que se inventa la gente que cree en fantasmas.



Migas recorrió la ciudad casi completamente a oscuras salvo por un trozo de luna que flotaba en el cielo y alguna que otra antorcha aún encendida a pesar de la hora. La mayoría de la gente dormía desde hacía rato, pero los que no, estaban bebiéndose su última cerveza en la taberna de Mozi y discutiendo sus variadas opiniones sobre cómo mejorar la ciudad. Duma observó por la ventana, eran cinco contando al tabernero, todos juntos en torno de una misma mesa. Se arrodilló en el piso bajo el farol del negocio, cogió de su bolso una hoja de papel impregnada con una mezcla de aceites, le puso algunas hierbas especiales, un poco de yesca y la cantidad justa con la mezcla exacta de los polvos que Gilda le vendió, e hizo una bola con el papel del tamaño de un limón con todos los ingredientes dentro. Los poderosos hongos deshidratados de Gilda los usaría solo como advertencia, pero si seguían molestándolo les mostraría cómo un hombre puede perder la cordura hasta desear su propia muerte o quedar tonto de remate o tullido irremediablemente, sin necesidad de llegar a matar a nadie, ¡Bah! Cualquiera podía matar con veneno, eso era cosa de principiantes, se podía hacer cosas mucho más originales con esos hongos si se sabía cómo mezclarlos, con qué y en qué cantidades. Luego cogió un trozo de caña que ya traía preparada, cuyo interior, una diminuta araña Milagro había cubierto con sus telarañas, las que eran el mejor filtro conocido por el hombre. Se puso unas pinzas en la nariz, encendió su pequeña bomba de humo alucinógeno y se las lanzó rodando con fuerza dentro de la taberna, esperó algunos segundos a que se oyeran los primeros tosidos de los hombres encerrados allí y respirando por la caña metida en la boca, entró. Los hombres ahí dentro, vieron el humo aparecer de la nada tras un murmullo no mayor al que hace una rata común al desplazarse en la penumbra y para cuando encontraron el origen, la nube alucinógena ya los había envuelto. Tuvieron la intención de salir, pero de pronto todo empezó a moverse a su alrededor, las mesas crecían enormes como casas, las vigas del techo caían sobre sus cabezas amenazantes, las sillas se movían solas y todos veían con horror cómo el lugar se llenaba de criaturas aladas que no eran pájaros, pequeñas y grandes, que los asediaban revoloteando por todo el edificio entre la penumbra enrarecida por el humo. Entonces vieron entrar a un hombre alto con un gran cuchillo en la mano, delgado y encapuchado como la mismísima muerte, que parecía transportarse, moviéndose muy lento a ratos y apareciendo muy cerca de ellos luego, como un espectro del Bosque Muerto. De pronto todo el negocio ardía en llamas, con el encapuchado en medio sin apenas inmutarse, este se les acercó quitándose la capucha y revelando su rostro, se parecía al viejo Migas, pero se veía más pálido, con unos ojos enormes y diabólicos, y una nariz grotescamente empinada. Este clavó su cuchillo en el suelo y les habló con una voz gangosa debido a la pinza que le obstruía la nariz, “No permitiré más estupideces…” Tomó aire a través de la caña, “No dejaré que me corran de mi hogar… ni a mí, ni a mi padre… y si insisten, me defenderé con todo lo que tengo… y no habrá piedad para nadie… ni para ustedes ni para sus familias. Os aviso, ¡déjennos en paz!” Amenazó el viejo, quién parecía un asmático tomando bocanadas de aire de su inhalador tras cada frase, sin embargo, los hombres no lo veían así, sino como una versión mucho más demoníaca e intimidante de él, envuelta en llamas que devoraban todo y lo volvían a restaurar mágicamente y a la que no podían ignorar ni dejar de temer, de pronto, uno de los hombres comenzó a sollozar de miedo “Es mi hermano… él y su hijo Tobi querían quemar la cabaña de Migas… esta noche… por favor perdónalos, ¡perdónanos a todos!” Mozi habló por primera vez para corroborar aquello, “¡Sí, es cierto! ¡Ese insensato no quiso oírnos!” Migas se irguió, y los asustados hombres lo veían mucho más grande de lo que realmente era, también su cuchillo, “¡Lo pagará! ¡Juro que lo pagará! ¡Todos lo pagarán!” Anunció a gritos levantando el puño, olvidándose al último de aspirar a través de la caña y sintiendo de pronto un suave mareo, como el borracho que no sabe lo ebrio que está hasta que intenta ponerse de pie, por lo que decidió salir de allí rápido. Una vez afuera, dio un respingo al encontrarse con su caballo, que le pareció mucho más grande de lo que recordaba y aunque él sabía que aquello no era más que una alucinación, aun así le costó mucho trabajo montarse en una bestia tan alta para volver a su cabaña, confiando más en el instinto del animal que en sus propios sentidos, que a ratos lo hacían sentir que volaban y luego que iban a estrellarse contra el piso. Cuando llegó, abrazado al cogote de su rocín para no caerse, vio cómo la mitad de su cabaña estaba en llamas y por alguna razón supo que aquello no lo estaba alucinando.


León Faras.

domingo, 2 de octubre de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXII.



Migas, quien en realidad se llamaba Duma, pero ni él mismo tenía interés en recordarlo, había pasado buena parte de la tarde de aquel día recuperando tablas viejas y clavos oxidados en su cabaña, con los que fabricar un improvisado cajón. No era un maestro carpintero, pero podía apañárselas con algo así sin acabar en un completo desastre. Con el comienzo del ocaso, en un cuartucho con piso de tierra añadido a su cabaña, en el que solían guardar herramientas y materiales, se puso a cavar afanosamente una fosa iluminado apenas por una extenuada lámpara cuya lastimera llama temblaba como un niño asustado. Migas, que parecía un viejo débil y quebradizo, en realidad tenía fuerza física y energía suficiente para manejar la pala como un sepulturero con experiencia, “Oh, padre, lo sé… pero será por poco tiempo, lo prometo” Dijo, mientras jadeaba bañado en sudor y tragando el aire a bocanadas, “No podemos ceder esta vez a sus amenazas, padre… ya no tenemos a donde ir. Yo me encargaré de ellos, haré lo que me dices, pero antes debo dejarte en un lugar seguro” Después de un par de horas de trabajo, el agujero estaba terminado y Migas, metido dentro, emparejaba el piso con golpes de pie, como quien intenta eliminar una sabandija escurridiza de un pisotón, “Oh, padre, no puedes quedarte aquí afuera, esos depravados son capaces de venir con antorchas y quemar la cabaña con nosotros dentro… aquí abajo estarás seguro” Aseguró Migas con el gesto compungido de quien debe dar terribles noticias, mientras cargaba a su padre y lo depositaba cuidadosamente dentro del cajón ubicado ya en el fondo de la fosa, “Duerme, padre, yo volveré pronto…” Fue su amoroso comentario antes de ponerle la tapa y comenzar a cubrirlo de tierra. Luego, y sin perder tiempo, cogió el dinero que tenía, se cubrió de pies a cabeza con una oscura manta y se montó en el menos deteriorado de sus dos caballos para alejarse de la cabaña en la más completa oscuridad.



Debía de ser medianoche, la oscuridad era total dentro de su casa a excepción de las últimas llamas azuladas que brotaban de las ascuas de su chimenea. Mientras todos dormían, Gilda bebía una infusión de invención propia junto al fuego, cuando golpearon su puerta con extraña discreción, la segunda vez fueron un poco más insistentes, la mujer se paró antes del tercer intento, “Aquí la gente duerme ¡Váyase de aquí!” Ordenó la vieja, pero una voz familiar de afuera le respondió: “Sé muy bien que tú hace años que no duermes…” En realidad sí dormía, pero nunca más de dos horas por noche. Se podía decir que Cicuta también parecía reconocer esa voz, porque no se mostraba nerviosa ni agresiva, “¿Quién es usted y qué es lo que quiere?” Susurró la vieja, apremiante. El hombre de afuera respondió en idéntico tono, “Somos viejos amigos, Gilda, solo necesito que me vendas algunos de tus productos… es urgente” Sin duda la voz le sonaba como una conocida hace mucho y luego olvidada durante años, pero familiar al fin, por lo que encendió una lámpara y se asomó afuera, el hombre parado allí le sonrió amable, pero su gesto entre las sombras de su capucha se veía como la mueca de un espectro maligno, la vieja se sorprendió de verlo, “Vaya, en estos días parece como si los muertos estuviesen saliendo de sus tumbas para visitarme… ¿Eres tú Duma, el carnicero de Cízarin?” El viejo Migas estaba allí para pedirle algo de su mercancía especial, aquella que solo vendía a sus clientes más devotos y antiguos, aquellos productos capaces de matar o enloquecer, “¿Qué estás planeando, viejo?” Preguntó Gilda con falsa suspicacia, mientras partía en busca de sus cosas. La pregunta era retórica, pues ella decidía a quién le vendía y a quién no, pero de hacerlo, no hacía preguntas cuyas respuestas prefería no conocer, ella se libraba de cualquier responsabilidad sabiendo que no vendía venenos, solo las materias primas, las cuales, cualquiera podía conseguir sabiendo una o dos cosas sobre los hongos, que eran su especialidad. El viejo Migas respondía con buen humor algo sobre “eliminar una plaga de su huerto” cuando de pronto un sutil aroma lo alertó y comenzó a olisquear el aire como un perro que ha perdido a su presa. Era un olor como a flores que flotaba en la oscuridad total de la casa, pero, con algo de experiencia, se sabía que ninguna flor tenía tal perfume. Gilda lo sorprendió metiendo su nariz donde no le importaba y lo reprendió y el viejo la acusó enérgicamente, pero todo en tono de susurro, “¡Tienes una hechicera metida aquí dentro!” La vieja lo hizo callar como si fuese un chiquillo insolente, “¡Chist, la chica no sabe nada!” Chilló. “Eso es muy inusual. Será mejor que te encargues o alguien más lo hará…” Respondió el viejo, recibiendo sus productos y entregando el dinero, luego de eso se fue olvidándose por completo del asunto. La historia era tal que así: las personas que nacían durante una de esas raras noches en la que la luna llena se volvía amarilla o roja, nacían predispuestas para la hechicería y el ocultismo. Estas siempre eran mujeres, siempre hermosas en contraste con el resto de su familia y desprendían un aroma que ellas mismas no podían percibir y que el común de la gente confundía con el perfume de alguna flor. Sin embargo este era solo un don, un talento, la más rara y poderosa de las predisposiciones, que valía de poco sin el debido entrenamiento, como con cualquier otro arte. La advertencia del viejo Migas, era sensata, ya que ese talento podía ser canalizado tanto para solucionar daños como para causarlos, y esta última opción solía ser mucho más lucrativa.



“…Fue una lluvia de flechas de fuego, al principio creí que se trataba de algo mágico, porque ese fuego abrasaba a los hombres por completo, incluso desde dentro hacia afuera hasta escupirlo por la boca, pero no eran las flechas, sino nosotros los que ardíamos como yesca. Yo apenas pude, corrí hacia el canal más cercano y me zambullí… así fue como escapé” Concluyó Féctor, narrando los detalles de su huida con la vista inquieta, saltando de un lado a otro y sin posarse sobre ningún sitio, y menos en los impasibles ojos de Cherman, lo que era muy raro para éste, viniendo del siempre orgulloso y altanero Féctor quien afirmaba que toda batalla, incluso las que no se daban, comenzaban con una mirada firme y decidida, sin embargo, Cherman meneaba la cabeza, comprensivo, “No había nada más que pudieras hacer… menos mutilado así como estabas ¿Sabes algo de Vanter, qué pasó con él?” Féctor negó con la cabeza, mirando al suelo y sujetándose el muñón como si alguien se lo quisiera quitar. Nut, el gigante, quien había permanecido en silencio escuchando, le hizo un comentario a su amigo en su tosco idioma, este asintió intuyendo lo que le decía y que él mismo percibía, “algo muy malo ocurría con los ojos de su compañero” Mientras tanto, Féctor planeaba irse durante la noche, porque tarde o temprano Cherman averiguaría la verdad de lo que había sucedido con él esa noche, y no quería estar cerca cuando eso ocurriese.


León Faras.

sábado, 24 de septiembre de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXI.



El tabernero, un hombre al que ya habían visto antes, con una amplia calvicie rodeada por una mata de pelo tan negro como el carbón acabada a ambos lados en un par de robustas patillas, y al que todos llamaban Mozi, miró a Emmer con el ceño apretado y la mandíbula floja como si estuviera frente a alguien que no tiene ni la más remota idea de lo imbécil que es. Aquel tipo, que sonreía confiado como quien sabe perfectamente lo que hace, quería que les diera de cenar y además un techo donde pasar la noche, a cambio de un puñado de monedas rimorianas, que en Rimos podían ser suficientes para lo que quisiera, pero en Bosgos apenas alcanzaba para pagar la cena y sin incluir las bebidas, el otro, en cambio, que parecía más enterado mirando a su amigo con cara de “Te lo dije…” le ofreció su caballo como pago, pero Mozi se negó meneando la cabeza y haciendo un puchero. Sin decir palabra, pues era un hombre de muy pocas palabras, casi inexistentes, lo que él consideraba muy conveniente en su oficio, señaló el cuchillo que Janzo llevaba al cinto, el fino cuchillo de un príncipe cizariano, y aunque valía más que la poco atractiva pero nutritiva mazamorra verdosa bañada en grasa de cerdo y chicharrones que el tabernero ofrecía aquel día como plato principal, con sus tortillas de cebada para untar y las jarras de cerveza que la acompañaba, Janzo se lo dio sin chistar, pues a él ya no le interesaba ser príncipe de nada y el elegante cuchillo no hacía más que delatarlo. El tabernero hizo una mueca parecida a la sonrisa de un muerto y Emmer se guardó las monedas, ofendido. Las cervezas llegaron traídas por una jovencita regordeta que no paraba de sonreírle a ambos, mordiéndose el labio inferior con una coquetería tan descarada que podía descolocar al más osado, y que continuó con lascivas miradas desde un rincón, luego de que la muchacha regresara a su puesto tras la barra. Los hombres estaban desconcertados, la chica no parecía prostituta y el local desde luego no era un lupanar, además de que ellos mismos estaban tan sudorosos y desaliñados luego del viaje que ya de por sí era raro que llamaran la atención de alguna mujer. Cuando Mozi llegó con los platos, le preguntaron quién era aquella señorita tan sonriente, el tabernero le echó un vistazo a la muchacha, quien se comportaba como la dama más recatada cuando él la estaba mirando, y se inclinó sobre la mesa de sus huéspedes con gesto hostil, “Es Nina, mi hija ¿Por qué?” Emmer y Janzo se miraron y al mismo tiempo lo recordaron como uno de los hombres que discutían por sus hijos al llegar a Bosgos, y de inmediato pudieron cambiar el tono de su pregunta, “¡Ah, entonces la pudo encontrar y está bien!” Celebró Janzo, Mozi se enderezó entonces, más relajado al reconocer sus rostros, “¡Y por los pelos! Ese viejo sucio está de vuelta, ¡Y la tenía atada dentro de su cabaña! De no haber llegado a tiempo…” Mozi sintió de pronto que ya había hablado demasiado y que debía seguir con su trabajo, “Hay que mandarlo de vuelta, nadie está seguro con él aquí” Concluyó.



Teté no sabía qué hacer. Con el trabajo que le habían impuesto de hacerse cargo de una princesa recién nacida, de cuya salud y bienestar dependía su vida, según ella; apenas instalándose en un lugar extraño y lleno de gente que no conocía, y en el que aún no estaba segura ni siquiera de dónde debía hacer sus necesidades fisiológicas, qué haría con la pequeña Rubi, porque no estaba en su casa donde podría acogerla con toda libertad, ni tan solo tenía una propia, y aún no le habían dicho si podía recibir visitas o tener mascota, aunque estaba bastante segura de que no se lo permitirían. Para cuando emergió de esa avalancha de dudas y preocupaciones que ella misma se imponía a menudo, Dana la miraba entre sorprendida y admirada, “Debiste de ser muy joven cuando diste a luz. Es una suerte que hayas sobrevivido…” Teté quería explicar que ni siquiera había estado con un hombre todavía y que después de lo visto con la princesa Delia, le había cogido tirria a los partos, pero solo salieron balbuceos de su boca antes de que la mujer la volviera a interrumpir, “Está bien. Cuando te vi llegar pensé que serías una chiquilla a la que habría que explicarle todo, pero ya veo que hasta tienes experiencia” Sí, tenía experiencia con niños, sobre todo con los revoltosos, pero casi nada con bebés y solo esperaba aprender algo de las nodrizas de Falena. Dana continuó, mientras se despedían secamente del abuelo ese al que ninguna de las dos conocía de nada y reanudaban su camino, “Tranquilízate, si es tu hija puedes llevarla contigo, pero tendrán que compartirlo todo, incluyendo la comida, porque no recibirás nada más y tu primera obligación seguirá siendo la bebé. Por ella estás aquí.Si Dana podía aceptar la presencia de Rubi con tal facilidad, Teté se sentía aliviada de no tener que rechazarla; conocía a esa niña y sabía que su especialidad era la de pasar inadvertida y no estorbar y a veces incluso hasta podía ser útil, por lo que la cogió de la mano y se la llevó con ella a donde vivía, tal como la pequeña esperaba. Mientras andaban, la muchacha no podía entender cómo esa niña tan pequeña se había atrevido a salir de Rimos a buscarla ella sola, o ayudada por desconocidos, y es que la determinación era una cualidad de la que Teté carecía casi por completo, y por ello no la podía comprender, y mientras algunas personas podían coger un objetivo y avanzar hacia él sin distraerse ni perderlo de vista hasta alcanzarlo, tardase lo que tardase, ella era de las personas que solo podían ver con miedo la incertidumbre de la vida y la fragilidad de todas las cosas, en especial de las buenas, dejándose llevar por su entorno, mucho más grande y poderoso que ella, y engordado de pequeños y grandes temores en el que cualquier cosa que pudiera desear se desvanecía rápidamente en la bruma de sus dudas, como un náufrago que no importa cuanto reme, siempre siente que la corriente lo está alejando de cualquier costa en vez de acercarlo, mientras sufre viendo cómo sus provisiones se agotan.



Éscar, el instructor cizariano, era un hombre de unos cincuenta años, de cabello gris, corpulento aunque no obeso, y con el ojo izquierdo totalmente nublado, como si le hubiese caído un chorrito de crema de leche dentro, bajo la cual, su pupila se movía como un barco fantasma atrapado en la niebla, lo que provocaba respeto instantáneo mezclado con un poco de temor instintivo en los novatos, excepto en Demirel, quien no parecía impresionado por un ojo con catarata, manteniendo una obstinada actitud marcial en todo momento, incluso mientras descansaba, una obediencia absoluta por sus superiores y una total inmunidad a las burlas de estos o de sus compañeros, en su mayoría, unos palurdos más verdes que él, que creían que ser soldado era vestir una armadura brillante y andar con una espada para todas partes impresionando a las chicas. Apenas lo vio, Éscar le impuso que no comería nada ese día ni ningún otro hasta que él se lo ordenara porque estaba muy gordo para ser soldado, y tuvo que repetir la orden porque el chico se mantuvo tan impasible, que parecía que estaba con la cabeza en las nubes y no había atendido nada, pero no, solo estaba haciendo alarde de su impecable disciplina que le impedía mover un músculo mientras su instructor le estaba hablando. Éscar comprobó sin sorpresa al final de la jornada, que el muchacho no se había llevado a la boca nada más que agua ese día, sin haberse quejado ni una sola vez, y que mientras todos cenaban, él estaba sentado a la mesa recto y orgulloso sin prestarle atención a la sopa de vísceras con avena que los demás tragaban sin entusiasmo. Le agradaba el muchacho, tenía vocación, pero como todos, él también sabía que el chico había ingresado por orden directa del general Fagnar, y no le gustaban los que partían con ventaja, aunque siendo honesto, Demirel jamás hubiese sido aceptado de otra manera.


León Faras.



jueves, 15 de septiembre de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XX.



¡Vamos, mujer! Solo será por un momento, volveremos antes de que te des cuenta…” Insistía Pidras con un forzado gesto suplicante, “La gente no vendrá al negocio hasta que termine el espectáculo…” Argumentaba Chad, gesticulando elocuentemente para sonar convincente, “La chica ha trabajado duro, Gris… dale un respiro.” Agregaba Gorman, con tono indiferente y los hombros encogidos. Grisélida, en cambio, no comprendía en qué momento todos ellos se habían vuelto aliados de Nazli, la chica nueva, y se agrupaban para defender sus propósitos, “Ya terminé con toda la limpieza, y te prometo que regresaré antes de que el público de la Rueda comience a llegar… ¡Solo será por un rato!” Rogaba la muchacha, consciente del corazón noble de la mujer, debajo de esa cáscara dura y el semblante permanentemente fastidiado que la caracterizaba, “¿Acaso no sabes qué clase de mujeres que van a ese lugar? ¿Quieres ser tú una de ellas?” Replicó Grisélida, muy poco convencida con la idea. Nazli era como una colegiala que deseaba con afán ir al baile, “¡Lo sé! Pero seré discreta, solo quiero ver al nuevo campeón del que tanto hablan…” “Se te hiela la sangre en las venas cuando ves como sus heridas se encostran sin soltar una sola gota de sangre” Aseguró Pidras, arrugando el rostro y apretando los dientes, como si sintiera un escalofrío, “Ese viejo es de otro mundo…” Corroboró Chad, asintiendo emocionado como un fanático refiriéndose a su estrella favorita, “Vamos, Grisélida, sabes que sé cuidarme bien, además, los chicos me acompañarán” Rogó una vez más Nazli, “No le quitaremos los ojos de encima” Aseguró uno, “Te la traeremos de vuelta sana y salva” Afirmó el otro. La mujer los miró a ambos con ojos pequeños pero intensos, los mismos que usaba para soltar amenazas y juramentos, “Saben muy bien lo que pienso de ese circo de sangre e insultos y que solo lo bendigo por la clientela que nos provee, pero, aunque les cueste creerlo, yo también fui joven, y también quise ver por mí misma algunas cosas que no debía…” Y luego dirigiéndose a Nazli, añadió “Sé que no soy tu madre pero soy tu jefa, así que ve y sacia tu curiosidad, pero si no regresas para cuando el aceite de Gorman comience a hervir, te quedarás sin cena, lo juroLos tres se fueron de inmediato con la intención de volver lo antes posible, pues a la chica en realidad, no le interesaba el espectáculo para nada, pues ya había visto suficiente sangre y muerte en su vida como para sentir curiosidad por algo así, cosa que Chad ya había comenzado a sospechar, pero sí por saber quién era el inmortal de Rimos que al igual que ella, había logrado sobrevivir.



Gan era un hombre precavido y le gustaba pensar que también astuto. Se instaló con su asno, ya liberado de cargas y amarres, en un claro a la orilla del camino, unos pocos kilómetros antes de llegar a Bosgos. Comenzó por despellejar algunas ratas con la cabeza machacada a palos que sorprendió medio ahogadas por la inundación en las afueras de Cízarin, y que pensaba comer esa misma noche de no haber sido por su encuentro con Qrima, porque, y aunque no era la primera vez que lo hacía, le costaba un poco admitir que comía ratas de vez en cuando. Luego, y con sus manos embadurnadas de sangre y otros fluidos, se dispuso a encender una esbelta fogata antes de que la oscuridad fuese total, confiando en que la sangre de rata evitaría que una simple chispa sobre sus manos lo convirtiera en una bola de fuego y acabara incinerado por completo como los otros. Ninguna chispa lo tocó esa noche. Empezó a asarlas sin apuro mientras mordisqueaba los tallos de una planta silvestre similar al hinojo que halló por el camino, cuando oyó el andar quedo de al menos un par de hombres, tal vez más, que se acercaban totalmente a oscuras y en silencio. Debieron ver su cara de profunda desconfianza a la luz de la fogata, porque los hombres, que en realidad eran dos y un asno llamado “Cantinero” se acercaron enseñando la palma de una mano y sonriendo con humildad, en señal de buena fe, “Que los dioses hayan bendecido tu jornada y vigilen tu descanso, viajero ¿Nos permites compartir tu fuego?” Saludó el más viejo. De inmediato, el pequeño campamento de Gan se vio invadido por media docena de perros que lo registraron y lo olisquearon todo sin miramientos, como los matones contratados por un mafioso para intimidar a los comerciantes, mientras un mastín especialmente grande, se plantaba delante de Gan mirándolo amenazante hacia abajo, como el matón encargado de negociar y evitar que el dueño del negocio haga algo estúpido. Su dueño le gritó una vez, pero debió repetir la orden para que el animal obedeciera y dejara en paz a su anfitrión, aunque con poco entusiasmo. Gan sonrió sin ganas, como se suele hacer ante las visitas indeseadas a las que no se les puede correr, pero su buen ánimo volvió cuando el viejo se sentó a su lado y compartió con él su pellejo de vino, “Mi nombre es Barros, sí, así me llamaron de crío y ese fue el único nombre que conocí…” Se presentó y justificó el viejo, “Él es mi hijo, Petro…” Añadió, señalando al otro, quien se encargaba de descargar y liberar a Cantinero para que paciera a gusto junto al asno de Gan, luego le echó un vistazo a la triste cena de este: una tríada de gordas ratas empaladas asándose a fuego lento, “¡Ah, benditas ratas! El creador las puso en el mundo para que el hombre jamás padeciera hambre, ¿verdad?” Petro se acercaba en ese momento con una suculenta gallina silvestre con el cogote roto atrapada esa misma tarde, Barros la señaló con orgullo, “¿Qué le parece si compartimos sus ratas mientras esta pájara esta lista para comerla?” Le ofreció el viejo y Gan no se pudo negar. La verdad era que Gan no conocía de nada a esos hombres, pero por su aspecto y su hablar le pareció gente de confianza, de los que no tenían ningún interés en robarle o asesinarlo a uno mientras dormía. Gan se consideraba un hombre astuto, y le gustaba pensar que su criterio era lo bastante acertado a la hora de juzgar a las personas que apenas conocía, y al menos en esta oportunidad, consideraba que no se equivocaba con esos hombres. Entrada ya la noche, apenas habían comenzado a disfrutar de la carne del ave, cuando los asnos comenzaron a rebuznar escandalosamente, tanto como para imaginar que estaban siendo atacados por una serpiente o espantados por un espectro del Bosque Muerto, los hombres se pusieron de pie de un brinco, machetes y palos en mano, Gan con un trozo de carne a medio masticar en la boca que tuvo que obligarse a tragar por el apuro; los perros también despertaron y se voltearon a ver, pero ninguno se molestó en ladrar siquiera, ni ellos ni sus amos podían hacer algo, solo quedarse mirando con la expresión congelada entre el alivio, la incredulidad y la desilusión. No había ningún peligro al que enfrentarse, era solo que el burro de Gan en realidad era una burra, cosa que este nunca se molestó en definir, y la burra junto con Cantinero, al verse ambos libres y juntos, se dejaron llevar por sus instintos más básicos y acabaron fornicando en la penumbra.


León Faras.



miércoles, 7 de septiembre de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XIX.



Gilda no estaba dispuesta a esperar a que su hermano le devolviera su carreta para continuar con su trabajo, por lo que, lo primero que hizo apenas este se fue, fue buscar un carpintero para que desarmara el hermoso carruaje que Qrima le dejó, se quedara con la fina madera con la que estaba construido y a ella le dejara una sencilla carreta con la que poder trabajar y transportarse. El carpintero, encantado se llevó el coche a su taller, pues este no tenía desperdicio alguno y todo en él era de primera calidad, desde los ensambles hasta los tapices, y para la mujer, le armó una carreta de segunda mano con los repuestos que apilaba en su negocio, la que no valía ni la mitad de lo que valía el carruaje, ni en estructura ni en materiales, pero que podía garantizar que estaba bien construida, como todo lo que él hacía y que cubriría perfectamente las necesidades de la mujer por varios años sin ningún problema. Gilda aceptó, pero no sin antes exigir algo de dinero extra para amortiguar la colosal diferencia entre lo que había dado y lo que había recibido, el carpintero accedió a regañadientes y ambos cerraron el negocio. Era la última hora de luz antes del ocaso y la vieja, junto con Cicuta, su cabra que la seguía a todas partes, se apresuraron a regresar a casa en su flamante carreta nueva, la que era tirada por los majestuosos caballos del carruaje, los cuales, por su aspecto podían ser los corceles de guerra de algún dios romano, capaz de surcar los cielos con ellos tirando de su carro dorado y, sin embargo, estaban destinados a tirar de una triste carreta armada con partes recicladas de otras carretas y conducida por una vieja con facha de bruja malvada cuya mascota era una cabra impávida y carente de emociones. En su camino, a una orilla de la calle, se encontró con un extranjero con muy mal aspecto; sucio y cansado, que ofrecía de forma un tanto desesperada un trozo de carne curada con muy buena pinta. La vieja se detuvo a su lado sin bajar de su carreta, y con su resplandeciente sonrisa, la cual era de todo menos normal para una mujer de su edad y estatus, preguntó por el valor de la carne y luego de un breve regateo, acordaron un precio, “¿Aceptas dinero rimoriano, hijo?” Preguntó la mujer con tono inocentón y dulzura senil en los ojos, el hombre aceptó encantado y Gilda rió para sus adentros, orgullosa de sí misma por conseguir tan buen producto con unas monedas tan poco apreciadas en Bosgos. Cuando la mujer se fue, Emmer se quedó mirando con curiosidad lo increíblemente hermosos que eran aquellos caballos al punto de desentonar drásticamente con el vehículo del que tiraban, pero ni por un segundo se le ocurrió pensar que ya había visto antes a esos animales… de noche y bajo un buen aguacero.



¡¿Aceptaste dinero rimoriano?!” Exclamó Janzo, alarmado, casi como si su amigo hubiese sido estafado. Emmer, como buen rimoriano, naturalmente, no comprendía qué había de malo con el dinero rimoriano, “¡Olvídalo!” Replicó su compañero, como quien se rehúsa a iniciar una discusión sobre una obviedad, ya se daría cuenta por sí solo cuando intentaran gastarlo.



No era fácil encontrar a esa tal Dana, ya que por lo visto, era la encargada de todos los aspectos domésticos dentro del palacio de Cízarin y estaba bajo su responsabilidad que toda la servidumbre hiciera su trabajo a tiempo y de forma correcta. Además, los guardias apostados afuera eran demasiado jóvenes para conocer a alguien como Qrima, y muy quisquillosos como para ser amables con desconocidos a esas horas, por lo que, lo único que el viejo consiguió para ayudar a su pequeña compañera, fue una banca en las cercanías, frente a la cual, la tal Dana debía pasar en algún momento rumbo a su habitación una vez finalizada sus obligaciones, claro. Primero fue la niña la que empezó a bambolearse sobre su asiento, inestable como una boya, como si a su cuerpo se le hiciera difícil mantener el equilibrio bajo el peso de sus párpados, que se cerraban ahogando incluso las voces en su mente que trataban de mantener vivo su propósito, pero sin éxito ante el inexorable poder del cansancio. Tras pocos minutos de una resistencia casi heroica, su pequeña cabeza por si sola buscó apoyo en las costillas del abuelo y se entregó al sueño junto con todo el resto de su cuerpo, incluida su débil y floja mandíbula. Qrima la miró con sorpresa al principio, y luego con una sonrisa tenue, pero piadosa, como compadeciéndose de esa pobre niña y su facilidad para sucumbir al sueño. Esa era una facultad especial de los niños, pero también lo era de los abuelos. El viejo pronto dejó escapar un largo bostezo, poderoso y reconfortante, de esos que parecen relajar cada músculo del cuerpo y que provocan la necesidad de estirar los miembros, rascarse donde no pica y restregarse la cara sin necesidad alguna, para luego volver a arrellanarse en el asiento y esperar a que el proceso se repita. Todo estaba muy tranquilo y silencioso, la noche ya lo envolvía todo con su manto y Qrima comenzó a notar cómo, poco a poco, su cuello perdía consistencia dejando caer su cabeza sobre su pecho, al tiempo que sus ojos se cerraban como si hubiesen dejado de pertenecerle y alguien más los gobernara. Sabía lo que estaba sucediendo, pero su mente ya no protestaba, solo se dejaba ir, como un ahogado que deja de luchar por salir a flote y se rinde a las profundidades del océano y su incuestionable paz. La escena debía de ser de lo más conmovedora, un abuelo y una niña pequeña durmiendo juntos en una banca bajo el cielo negro, cada uno apoyado en el otro, tanto, que cuando Dana y su acompañante pasaron por ahí, se detuvieron a contemplarla. Cargaban con ropas y telas para satisfacer las necesidades de una bebé que había llegado desnuda al mundo y seguía casi igual. La acompañante no conocía al abuelo, pero se quedó mirando a la niña con incredulidad: era increíblemente parecida a alguien que ella conocía de antes, pero que era muy difícil de creer que fuese ella… Sin embargo, le pareció que sí cuando un perro pequeño que dormía enrollado bajo la banca, y al que también conocía, le ladró animado y se le acercó agitando la cola. Con el ladrido, la niña y el abuelo despertaron. Teté vio el trozo de leña que ella misma pintarrajeó hace tiempo para una niña pequeña, quien aún lo conservaba y no tuvo dudas… “¿Rubi?” Dijo, sintiéndose muy extraña, como si se tratara de una alucinación o de un sueño raro, la niña la miró de igual forma, todavía inestable entre el sueño y la vigilia, “¿mamá…?”


León Faras.



jueves, 1 de septiembre de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XVIII.



Ahí estaba Cherman, con su pata de fierro y una espada en la mano que no era la de él, sino la de Boras. Le estiró la mano a su impresionado compañero para ayudarlo a pararse, pero el otro le enseñó el muñón, sintiéndose tonto por ello, y se puso de pie por sí solo. Entonces, Cherman le dio un breve pero afectuoso abrazo, y lo invitó a sentarse junto al fuego, cosa que Féctor rechazó con una sonrisa incómoda, instalándose a una distancia más bien ridícula de su camarada y de las llamas. Este lo miró como tratando de leerle el pensamiento, pero dedujo que su comportamiento era normal debido al impresionante tamaño del gran Tigar, su nuevo amigo, “Él es Nut… o algo así… creo, no te preocupes por él, no intentará matarte si no intentas matarlo… y con respecto a su olor, sé que cuesta creerlo ahora pero te acostumbrarás” Concluyó sonriendo maliciosamente. Féctor, lo que en realidad veía espantado en ese momento, era como Cherman removía las brasas y alimentaba las llamas con total desenfado, quizá sin saber que el más mínimo contacto con el fuego, lo convertiría en una antorcha humana que duraría lo mismo que una estrella fugaz antes de consumirse por completo, pero no se atrevía a decírselo porque tal vez era como Vanter, que lo sabía pero no le importaba, “¿Cómo sobreviviste?” Preguntó Féctor, desde una más que prudente distancia y su compañero lo miró pensativo durante unos segundos, porque aquella no dejaba de ser una pregunta rara, si se consideraba que estaba dirigida a un inmortal, entonces Nut, sentándose con pesadez junto a Cherman, gruñó algunas palabras en la tosca lengua de los antepasados de su padre, que el rimoriano se esforzó en entender con su escaso dominio del idioma alcanzado en tan poco tiempo, pues el gigante entendía perfectamente el idioma de los hombres luego de convivir con ellos durante años, pero no se esforzaba en pronunciar ni una sola de sus palabras. Luego de un breve diálogo cargado más de señas y gestos que de palabras coherentes, Cherman dedujo que al gigante le había llamado la atención que a ambos les faltara una parte del cuerpo, que ambos estaban mutilados como si aquello fuese una especie de ritual, “Es solo una coincidencia…” Aclaró el rimoriano, para luego empezar a contarle a su camarada cómo, lo disparatado de un ataque sin tino ni estrategia, los había llevado a acabar en un circo de peleas a muerte en el puerto de Jazzabar, en el que él y su gigante amigo se habían debido enfrentar y terminado cayendo juntos al río por un agujero en el piso. Nut mantenía entre los dientes un trozo de leña como si se tratase de un cigarro, asintiendo y haciendo breves y acertados comentarios que nadie apenas entendía, pero que a él le parecían indispensables para una correcta y completa narración de la historia, lo que admiraba a Féctor, pues ya podía ver en él un rastro muy claro de humanidad con una notoria huella de civilidad y cierta inteligencia incluso, lo que estaba muy lejos de la primera impresión que le había causado: la de una atemorizante bestia enorme. Cherman continuó con su historia. De quienes lo acompañaban en ese momento, solo sabía del destino de Damir, muerto ante sus ojos en la Rueda. Nut, nuevamente comentó algo señalándose una herida en la barriga, la que ya había dejado de sangrar hace rato, hecha por el pequeño guerrero durante el combate. Cherman asintió, comprendiendo el comentario del gigante, aunque no sus palabras, “Fue un combate justo y no teníamos opciones… tampoco él” Reflexionó este. A Féctor no le pareció que fuera tan justo dadas las dimensiones del rival a vencer, pero su compañero pensaba que sí, “Dos guerreros bien entrenados y además inmortales, contra un “hombre grande” armado con una cadena y un cuchillo, me parece una pelea justa” Nut también estaba de acuerdo con eso y Féctor no insistiría más, menos aun cuando Cherman comenzó a sacar lonjas de jugosa carne y a repartirlas, mientras los comensales apenas y podían mantener sus babas dentro de la boca. Luego de tragar el primer bocado, Cherman continuó, “Además de mí, también estaban Éger, Egan, Garma… y Cransi en ese lugar ¿Sabes algo de alguno de ellos?” Féctor lo miró con ojos enormes que le parecieron tan incriminatorios, que los bajó de inmediato, mientras masticaba afanoso la gran porción de carne que se había metido en la boca, cuando por fin pudo tragar, se tomó su tiempo para responder, “Salvo Garma, de quién no sé nada, los otros están muertos” Declaró. Cherman preguntó si acaso sabía cómo había sucedido y Féctor, temeroso de que si confesaba su participación en ello le cortaran su otra mano, o la cabeza, se limitó a señalar con un gesto del mentón las llamas que aún bailaban bajo las carnes del cerdo, “Fuego…” Dijo. Su compañero miró las llamas y luego a él sin comprender nada, entonces añadió, “Los inmortales de Rimos ardemos como antorchas al más mínimo contacto con el fuego… créeme, lo vi” Y luego de engullir su último trozo de carne, añadió con la boca llena, “Sabes que perdimos, ¿verdad?” Cherman asintió pensativo, aún digiriendo aquello del peligro del fuego para los inmortales. Él había visto las grandes columnas de humo que brotaban de los campos de Cízarin y sabía que aquello no podía ser más que una gran cantidad de cadáveres quemándose, pero no se llegaba a imaginar que la gran debilidad de los inmortales de Rimos fuese precisamente el fuego.



El río, bajo la Rueda, era profundo y torrentoso, con un fondo de grandes rocas y muchos pilares, en los que se sostenía Jazzabar, contra los que era fácil estrellarse y romperse un hueso. Cherman había estado sumergido hasta perder el conocimiento y cuando despertó, con un ataque de tos y una urgente necesidad por vomitar el agua acumulada en sus entrañas, estaba en tierra firme y con el gran Tigar sentado contra un árbol observándolo. De inmediato se dio cuenta de que no había rencores entre ellos cuando el gigante le devolvió su punzón, el que necesitaba para completar su pata de hierro. No parecía herido de gravedad, pero sí muy agotado, entonces, con un mudo gesto de gratitud, el rimoriano se fue. Recorrió la ciudad a oscuras y desarmado hasta encontrar la calle principal, la que a esas alturas no era más que un lodazal infestado de cadáveres destrozados de ambos bandos, aunque algunos rimorianos aún podían moverse espasmódicamente y sin voluntad, como lombrices cortadas a la mitad. Un feo perro lanudo y gredoso, hurgaba en los cuerpos, sin duda, buscando algo que comer. A Cherman eso apenas le llamó la atención, si no eran los perros serían las aves; las ratas o los cerdos incluso, esos hombres no eran más que carne muerta ahora que la naturaleza no desaprovecharía sin importar los remilgos humanos. La buena noticia, era que había espadas tiradas por todos lados para regodearse y mientras elegía una, el perro de pronto le ladró agresivo, Cherman se agazapó para no llamar la atención, pero al siguiente instante el animal llegó a su lado amistoso y sumiso, como la mascota que ha cometido un error que busca remediar. El hombre lo ignoró, mientras trataba de orientarse hacia donde estaba la batalla, pero aparte de la persistente lluvia, era poco más lo que los sentidos lograban percibir. Se iba a poner en marcha hacia cualquier parte, cuando un lamento del perro lo detuvo, el animal olía un cuerpo arrimado contra una muralla, uno que no estaba destrozado como los otros, Cherman aguzó la vista protegiéndosela del aguacero con una mano, aquel hombre le resultaba familiar y en efecto, lo conocía bien, era Vanter, que con una cicatriz enorme en el cuello aún respiraba. Trató de despertarlo, pero le fue imposible. Fue entonces cuando oyó voces que se acercaban y se ocultó junto a su amigo en la impenetrable oscuridad de un callejón, luego salió dispuesto a pelear, pero se dio cuenta de que aquellos no eran soldados, sino que solo unos muchachos imberbes que se divertían con los cuerpos no muertos de los rimorianos caídos y desistió. “Luego de eso, intenté regresar a la batalla, pero era imposible orientarse en una ciudad tan enrevesada y a oscuras. Con las primeras luces del alba, me di cuenta de que mis esfuerzos eran inútiles y que ya todo había acabado… deshice lo andado y encontré a Nut en el mismo lugar donde lo había dejado. Yo quería irme de allí lo antes posible y él no tenía intenciones de quedarse, por lo que abandonamos la ciudad juntos…” Concluyó Cherman, repartiendo una nueva porción de carne para todos.


León Faras.