domingo, 19 de marzo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXIX.



Al cumplir catorce años Falena fue llevada de mañana por Rubi hasta el granero más viejo de todo Cízarin, no le dijo el porqué, solo la arrastró hasta allá sujeta de un brazo y con un paquete bajo el otro y caminando a paso redoblado, pues se suponía que llegaban tarde a algo. Allí había dos personas, uno era un anciano flaco, de pelo blanco y una barba perfectamente redonda como una hogaza de pan, como si creciera enrollándose sobre sí misma, fue lo primero que le llamó la atención a la niña, aunque eso no significara nada; la otra persona que estaba allí, y a la que no reconoció a primera vista, era la vieja Zaida, según Rubi, ella la había mandado a buscar. “Este es el señor Sagistán, soldado experimentado, guerrero innato y respetado instructor, ahora ya retirado, pero en honor a nuestra vieja amistad, a accedido a ayudarnos con tu entrenamiento…” El señor Sagistán permanecía sentado sobre un taburete, con las piernas cruzadas una sobre la otra y la boca apretada. Tenía muchas cicatrices a la vista que resaltaban pálidas sobre su piel bronceada, pero ninguna parecía de gravedad, excepto, quizá, por el dedo meñique de su mano izquierda que había desaparecido por completo. Zaida se acercó a la niña hasta ponerse a pocos centímetros de su cara, “El señor Sagistán es el mejor instructor que hay, pero como ya dije, está retirado descansando y dedicándose a sus cosas, así que lo último que necesita es que le hagan perder su tiempo, por lo que te lo preguntaré por última vez, ¿Segura que quieres ser soldado?” La niña miró al viejo, este también la miraba con sus ojos color tierra, parecía severo pero no le daba miedo. Falena respondió con una firme y convincente inclinación de la cabeza y la mujer replicó el gesto hacia el anciano. Todo estaba listo. Antes de irse, Rubi le entregó el paquete que traía, “Los hicimos para ti con mamá, los vas a necesitar” Le dijo. Eran unos pantalones, también había un par de sandalias. Luego, echándole una mirada desafiante al anciano, comentó en voz baja, “Guerrero innato, ja, con todas esas cicatrices en su cuerpo, seguro que no era muy bueno.” La niña abrió tremendos ojos ante tal comentario de su hermana y miró a su futuro maestro, pero este, curiosamente, solo esbozó una sonrisa. Seguramente se desquitaría con ella por la gran boca de Rubi.



Tu hermana tiene razón…” Fue lo primero que el señor Sagistán le dijo cuando quedaron solos, “Nunca fui muy bueno, en realidad, pocos son los tocados por la gracia de los dioses que tienen un talento innato y sobresaliente ¿por qué crees que la mayoría de los soldados visten esos pesados pijamas de hojalata? Porque a veces una espada no basta. Y como yo nunca tuve una armadura porque nunca me dieron una, tuve que esforzarme el doble y aprender a defender mi cuerpo con mi cuerpo y mi vida con mi vida y también aprender a huir rápido y a esconderme y permanecer en silencio durante horas…” “¡Eso es de cobardes!” Protestó la niña con el ceño apretado. El abuelo se quedó con la boca abierta, interrumpido a mitad de su discurso inicial, entonces emitió un chiflido y dos perros llegaron caminando a su lado, desperezándose. Uno era mediano y negro, con el hocico puntudo y los ojos saltones con aire desquiciado, el otro era grande, café oscuro y con aspecto chulo y matonil. Se llamaban Punto y Remo, respectivamente. “Estos perros son capaces de cazar cerdos, patos y liebres en campo abierto, perseguir y acosar su presa sin descanso hasta capturarla y destrozarle el cuello. Si a estos perros les ordenara en este momento perseguirte a ti, ¿qué harías?” La niña no dijo nada, pero instintivamente se puso en guardia, lista para huir, el viejo asintió. “Así es, huirías a esconderte, porque sabes que no puedes pelear contra ellos e intentarlo sería muy estúpido, no valiente, estúpido” El señor Sagistán golpeó sus palmas una vez y los perros se echaron en el suelo con un quejido ronco, como de hastío por ser molestados en vano. “Aprenderás a ser buena huyendo y escondiéndote, incluso de ellos…” continuó. “Pero yo no quiero huir, lo que yo quiero es aprender a pelear con una espada” Protestó la niña, comenzando a sentirse algo decepcionada. El viejo se acuclilló frente a ella, “Lo que tú quieres, es ser soldado, ¿no? pues lo primero que el soldado aprende es a obedecer. Si no sabe obedecer, no sirve, no importa lo bien que maneje la espada. ¿Quieres pelear con una espada? Vete de aquí, consigue una y ve a practicar al bosque con los árboles, cualquier imbécil puede enseñarte a dar espadazos, pero si te quedas, hay mil cosas que debes aprender antes de empuñar una espada.” Luego se puso de pie y se fue, “Es todo por hoy” Dijo.



Para el señor Sagistán, Falena no era el primer joven que soñaba con ser el mejor espadachín del mundo al que él debía entrenar, como si él hubiese sido alguna vez el mejor en algo, eso sí, todos los realmente buenos que él conoció, incluso aquellos que él mismo entrenó, habían muerto antes de los treinta años, mientras que él seguía vivo para enseñarle a los jóvenes, ese debía de ser un punto a su favor. El último de sus alumnos sobresalientes fue Toramar, el mejor espadachín de Cízarin, un chico con un talento único para moverse y una facilidad innata para incorporar la espada al resto de su cuerpo, que se unió al ejército solo para que su mamá no tuviera que seguir trabajando duro por ambos y que según le confesó una vez, nunca soñó con ser soldado. A los dioses les gusta ser irónicos con ciertas cosas. Pensaba en todo esto el viejo mientras afilaba en una piedra su azadón, cuando la voz de Falena apareció tras él, “Perdone…” Dijo la niña, humilde, “Tiene razón, mi tío Demirel dice que ser soldado es mucho más que blandir una espada… aunque no sé muy bien qué es blandir” Admitió la niña. Sagistán se volteó a mirarla, Falena se había puesto los pantalones que traía, eran de tela basta, reforzada con parches en las rodillas y en el trasero y amarras en los tobillos. “Entonces te quedas…” Dijo el viejo, quien se había puesto un gracioso sombrero de paja que le restaba seriedad a su aspecto, “¿Ves esa gallina colorada que está rascando en mis pimientos? Quiero que la atrapes y la traigas aquí.” La niña se quedó parada esperando a que le hablaran en serio, pero el viejo no parecía reír, “¿Qué esperas?” Preguntó el viejo, Falena protestó, jamás había tenido que atrapar una gallina y no sabía cómo hacerlo, Sagistán siguió afilando su herramienta, “¿Qué tienes que saber? Eres más fuerte que ella, más rápida y de seguro más inteligente, solo usa lo que tienes a tu favor y atrápala, es todo lo que tienes que hacer.” Pero la niña no se movía. Sagistán detuvo su trabajo con un suspiro, tendría que explicarle todo a esta niña, “La gallina es buena corriendo, saltando y esquivando, aprenderás mucho de ella si le pones algo de atención, después harás lo mismo pero con una paloma, que es capaz de volar, por lo que tendrás que ser menos rápida y más cuidadosa, luego será una rata, a la que si le permites que se esconda, no volverás a encontrar nunca, te enseñará paciencia y finalmente tendrás que capturar un pez con tus manos, que es capaz de todo lo anterior.” “¿Por qué no empiezo por el pez y me salto todo lo demás?” Respondió la chiquilla, mientras se dirigía resignada a corretear a la gallina.


León Faras.

domingo, 12 de marzo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXVIII.



Zaida había envejecido muchísimo, pero Teté aún no había visto el brillo de la muerte sobre ella, así que aún le quedaba tiempo en este mundo y sus facultades mentales intactas. Falena tenía doce años, casi trece, y desde hace un par que recibía clases sobre literatura, matemáticas y música por órdenes de su vieja mentora, aunque la niña no entendía bien el porqué y menos aún por qué ella sí y los otros niños no, “¿Acaso no sabes que eres una princesa?” Le preguntó la vieja, Falena la miró suspicaz, como quien sospecha que está siendo víctima de una chanza, “Es cierto, créelo. Tu madre también lo era” Le aseguró Zaida. Aun así, ella no tenía interés alguno en ser una princesa, ella quería ser soldado, “¿Crees que una mujer pueda ser un buen soldado?” Le preguntó la niña, totalmente ignorante de con quien hablaba en realidad, “¿Has oído hablar de la Doncella Ensangrentada?” Preguntó Zaida, y la niña negó con la cabeza. La vieja le contó una historia, “En un lugar lejos de aquí, una muchacha huérfana y flacucha peleó en su primera batalla real con tan solo catorce años de edad, lo hizo como una fiera, furiosa e incansable, tan impetuosamente que todos pensaron que solo haría que la mataran, pero cuando la batalla terminó, la niña estaba viva y de pie, jadeando como un animal y cubierta de sangre de los pies a la cabeza, muchos curtidos hombres dijeron que su rostro en ese momento solo podía inspirar miedo. La niña siguió luchando en más batallas, ganándose el respeto de sus hombres y llegó a convertirse en su generala, a la que todos estaban dispuestos a seguir… y no era más que la hija de un par de aldeanos muertos por la guerra.” La niña no decía nada, solo sonreía engolosinada con las imágenes que veía en su cabeza, la mujer le dio un par de segundos para regodearse y luego añadió, “Si quieres ser soldado yo puedo ayudarte, pero si lo haces, te lo advierto, será duro y no habrá lugar para arrepentimientos porque nadie estará dispuesto a escuchar tus quejas, así que te daré un año más para que te lo pienses bien.”



Cuando Falena le dijo a su madre que sería soldado, esta se espantó como ante una desgracia, pero no fue nada comparado con la reacción de Rubi, “¡Pero es que te has vuelto completamente loca?” Gritó esta, furiosa, “¡Soldado? ¡Esa gente no puede ni siquiera controlar sus propios gases! ¡Son rudos, son groseros y huelen mal!, ¿Qué vas a hacer tú en medio de ellos?” Falena también se indignó, “¡Oye! ¡Mi papá es soldado!” Entonces Rubi se volvió como un relámpago con su dedo inquisidor en alto hacia Telina, “¡Te lo dije! ¡Te dije que esto pasaría!” Y era cierto, Rubi ya se lo había dicho. Luego se volvió de vuelta hacia su hermana pequeña con los brazos en jarra, “¿Acaso crees que todos son como tu papito? ¡Pues adelante! Ve y sé soldado, pero luego no regreses lloriqueando a pedirnos que te saquemos del embrollo en el que te estás metiendo” “¡No lo haré!” Chilló la niña, apoyando sus manos en la cintura como su hermana. Pero luego de la confrontación, siempre venía la conciliación, Rubi se sobaba la frente frustrada, respiraba hondo y negaba con la cabeza, como si de pronto se diera cuenta de que todos sus esfuerzos son inútiles y debe ceder a pesar de estar en lo correcto, “Esta bien, esperaremos un tiempo, aún eres muy chica para eso. Si en un año todavía tienes esa loca idea de ser soldado, yo misma te llevaré y haré que te acepten o se enterarán de quién es tu hermana mayor…” “Eso no será necesario, Rubi, la señora Zaida me ayudará.” Replicó la niña, con una enorme mueca de pura satisfacción. Para Teté, que una mujer quisiese ser soldado era una absurda aberración, ella misma se imaginaba obligada a marchar al campo de batalla con una espada en la mano y sentía pavor, por lo que no comprendía cómo era que una niña desease eso a propósito, pero si esos eran los planes que Zaida tenía para ella, y la niña estaba de acuerdo, pues ella estaría de acuerdo también, si al final quién era ella para decidir lo que una princesa debía o no debía hacer. “¿Cómo era mi mamá…? mi verdadera mamá, ¿es cierto que era una princesa?” Preguntó la niña acurrucada en su cama junto a Teté, como cada noche antes de dormir, esta no le había dicho nada a Falena sobre ninguna princesa, así que supuso que alguien más lo había hecho, “Era bella, muy bella… tenía los ojos muy claros, como el cielo al amanecer, nunca vi ni he visto ojos así. Su nombre era Delia, y sí, era una princesa” “Era buena…” Agregó Rubi, desde su rincón, “Repartía fruta o a veces galletas con miel entre los niños… yo era la más pequeña de todos y ella siempre se asegurara de que también me tocara” Luego de una dulce pausa, su gesto se entristeció, “Eso, cuando estaba bien…” Añadió. Falena no comprendió aquello último, pero la mirada compasiva de Teté en ese momento la hizo deducirlo, “Tu mamá estaba enferma, mucho antes de que tú nacieras… pasaba mucho tiempo en cama, a veces se mejoraba que parecía que casi podía volar, pero luego volvía a decaer… decían que era algo en su sangre” Concluyó Telina, trayendo a su memoria las horribles imágenes que aún conservaba de la muerte de la princesa Delia. “¿Si yo no hubiese nacido, ella seguiría viva?” Preguntó Falena mientras acariciaba el vientre de Teté con marcado interés, “No hay forma de saber eso, eso…” Iba a agregar algo, pero Rubi le interrumpió dirigiéndose a su hermana, “¡No seas tonta! Nadie elige nacer o no nacer ¡Qué podías hacer tú? No es tu culpa.” Acabó, remarcando cada una de las sílabas de la última frase para que no cupieran dudas, Falena la miró buscando la veracidad que nunca faltaba en los ojos de Rubi y luego miró a su mamá, “¿Tú también te vas a morir?” Le preguntó. Teté la miró espantada, Rubi, en cambio, como a un horrible bicho raro. Falena agregó, “También tienes un bebé allí dentro…” Teté lo sospechaba, pero aún no lo sabía, nadie lo sabía. Preguntó por qué la chiquilla decía eso, pero esta solo se encogió de hombros, mirándole el estómago como si pudiera ver su interior. Era cierto, Telina estaba embarazada en ese momento, lamentablemente perdería su primer bebé antes de la décima semana, con todo el espanto de no saber qué está pasando y creyendo firmemente que se está a punto de morir, pero nada de eso sucedió, gracias a la sangre fría de Rubi y la experiencia de Dana que sabía una o dos cosas sobre abortos, cosas que Telina acabaría aprendiendo también.


León Faras.

sábado, 4 de marzo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXVII.



A los ocho o nueve años, Falena se enteró de que, al igual que como ya sabía que Tibrón no era su verdadero papá, Telina tampoco era su mamá. Teté no sabía que debía decirle llegado ese momento, en verdad que ella siempre creyó que cuidaría de la princesa mientras fuera un bebé y luego alguien más se encargaría, pero pasaban los años y la niña seguía a su cargo. Finalmente, le dijo que su madre fue una mujer rimoriana que lamentablemente murió durante el parto y su padre no estaba con ella. No le dijo nada sobre su linaje real porque hasta ella podía comprender que tal linaje estaba roto, y porque temía ser regañada por hablar cosas que a ella no le correspondían. Falena no quedó muy conforme con la respuesta, quería saber más, pero Rubi le quitó la curiosidad con la simple rudeza que la caracterizaba, “¡Nosotras somos tu familia, ella es tu única mamá y yo tu hermana mayor! ¿Sabes por qué? ¡Porque nosotras cuidamos de ti desde que naciste y seguiremos estando contigo hasta que muramos! ¡Y si alguien dice lo contrario, lo golpearé en la nariz!” Y le puso frente a los ojos su pequeño pero nudoso puño. Había algo que Falena reconocía sin lugar a dudas y era que, para ella, Rubi siempre tenía la razón.



Cuando la niña ya tenía diez años y medio, expresó por primera vez un deseo que arrastraba desde hace un buen tiempo, el deseo de ser soldado. Pero al primero que se lo dijo no fue ninguno de sus padres, sino que a su tío Demirel, a quien admiraba como a un héroe, siempre con su armadura puesta, con su inmensa espada al hombro, la que era capaz de intimidar a cualquiera con su sola presencia, siempre listo para entregarse a su deber, y ella quería ser como él. Su papá Tibrón era genial, y el mejor padre que ella pudiera haber deseado, pero su tío Demi era su héroe. Demirel la escuchó con toda gravedad, sobándose la barba pensativo, él también sintió el llamado de la carrera militar desde muy joven, y nunca lo abandonó, incluso cuando el ejército lo rechazaba una y otra vez por ser muy gordo. Falena le escuchaba con la boca abierta, no podría creer nada de eso si no lo estuviera escuchando de él mismo. Su héroe desde niño, era un soldado cizariano de nombre Toramar, el mejor espadachín de Cízarin, verlo entrenar era todo un espectáculo, pero que no estaba abierto al público, por lo que los jóvenes admiradores debían encaramarse en techos o trepar árboles para verlo desarmar y derrotar a sus oponentes con pasmosa facilidad y arte. Él lo admiraba, pero no ansiaba ser como él, al igual que ella no debía intentar imitarlo a él, “Si intentas ser como alguien más, no harás más que fracasar, porque para eso primero debes dejar de ser tú, y eso es algo que nunca podrás hacer por más que lo intentes; por el contrario, debes intentar ser lo más tú que puedas.” Le explicó. Demirel nunca había sido partidario de las mujeres en el ejército, sencillamente creía que ese no era su lugar pues una mujer no debía enfrentarse en combate contra un hombre ni viceversa, porque esa no sería una pelea justa, eso creía, pero aquella era una idea que ya había empezado a cambiar, tal vez gracias a aquella vez que se topó con Nazli durante el ataque de los rimorianos, ahora admitía la idea de que podían haber algunas mujeres que estaban hechas para ser soldados, y al igual que Tibrón, habría sospechado eso más de Rubi que de Falena.



Más de diez años y aún seguía en la Descorazonada, Nazli no podía creerlo. No es que estuviera mal en ese lugar, prácticamente ya era como de la familia, pero estar tanto tiempo como camarera era algo que jamás se lo hubiera imaginado. Desde hace un tiempo que Grisélida se sentía cansada y débil y a veces incluso le faltaba el aire, eran cosas de la edad, ella era una mujer que había trabajado durante todos los días de su vida, su negocio era su hogar y no se detuvo ni siquiera para casarse o tener hijos. Gorman fue su más tenaz pretendiente, y aún seguía acompañándola, aunque ya sin más intensiones que estar a su lado como la pareja de viejos que eran. Sorpresivamente, fue este último quien se fue primero, su corazón se detuvo en silencio una noche cuando el negocio estaba más lleno y solo lo notaron porque las órdenes comenzaron a amontonarse. Fue una sorpresa porque si hubo alguna señal, él nunca dijo nada. Grisélida corrió a todo el mundo de su negocio a gritos, pero fue Nazli quien tuvo que explicar el porqué a los ofendidos y disgustados parroquianos que estaban siendo expulsados sin motivo, solo Pidras y Chad se quedaron para ayudar a la chica en lo que hiciera falta, pues apenas cerraron el negocio y pusieron el cuerpo de Gorman sobre unas mesas, Grisélida comenzó a llorar como nunca la habían visto antes, jamás, rogándole al cadáver de Gorman que se la llevara con él porque ahora ella no sabría cómo continuar sola, pidiéndole perdón y diciéndole que lo amaba y que era una tonta por no habérselo dicho nunca, y así hasta que el cansancio la venció. En Jazzabar no había dónde sepultar a nadie, así que lo que se solía hacer era arrojarlos río abajo durante la noche en una balsa especial para esos propósitos a la que se le prendía fuego para que el cadáver no acabara como alimento de alimañas. Así se fue Gorman, como una antorcha que se alejó flotando en la negrura de la noche hasta desaparecer.



Para ese momento, Nazli ya había confesado su verdad hace varios años, aunque Chad ya la sospechaba desde antes. Un día de poco público, cuando el negocio cerró temprano y Gorman abrió una botella de vino de bayas, su favorito para favorecer el sueño, Chad le preguntó a la chica sobre esas pequeñas pero muy raras cicatrices que tenía, una en la frente, la que casi siempre ocultaba tras un pañuelo amarrado en la cabeza, y la otra en su hombro, que a veces se asomaba bajo su manga corta, porque se parecían mucho a las feas cicatrices que el nuevo Tigar generaba cada vez que le herían. Pidras escuchaba sin comprender hasta que de pronto se iluminó, “¡Es cierto!” Exclamó, emocionado como un niño que resuelve un acertijo. Gorman, siempre conciliador, quiso apaciguar las curiosidades de los chicos, pero Nazli insistió en hablar sobre quién era y cómo había llegado hasta allí, incluso les habló sobre la fuente y su relación de camaradas con Garma, el nuevo Tigar. Grisélida soltó una carcajada ante la palabra “inmortalidad” pero fue la única. “¿Si te cortas un brazo te vuelve a crecer uno?” Preguntó Pidras en tono de broma, “No, pero me lo podría volver a pegar…” Respondió la chica en idéntico tono. Con Garma ya había establecido contacto también, se habían encontrado cara a cara una noche en la taberna, y al verse, se saludaron como viejos conocidos, parientes lejanos o algo así, sin alharaca para no dar de qué hablar a los demás, pero a partir de ese momento comenzaron a reunirse para conversar y contarse lo que cada uno había visto y vivido, sobre los que vieron huir y los que vieron morir en la batalla y también contarse sus planes: Para Garma, su vida acabaría en la Rueda, estaba viejo y seguiría peleando ahí como el gran Tigar hasta que uno más joven y hábil lo derrotara y le cortara la cabeza, pues no se le ocurría otra forma de morir para alguien como él, y Cegarra no lo dejaría ir mientras siguiera ganando, aunque lo cierto era que hace mucho que él ya no era un prisionero en Jazzabar como al principio. “¿Sabes algo sobre mi hijo?” Le preguntó Garma un día, Nazli sabía algo, pero no estaba segura, ella observó todo desde cierta distancia y su perspectiva no era la mejor, aun así el viejo insistió. Le dijo que había visto inmortales arder en llamas aquella madrugada, y aunque no sabía cómo es que aquellos habían sido incinerados por completo en cuestión de segundos, lo que sí sabía era que ese fuego cizariano en particular había sido bastante efectivo si de matar inmortales se trataba. También le dijo que su hijo estaba ahí, que lo vio blandir su espada contra Motas, aunque no entendió el porqué, y que cuando las flechas con fuego cizariano comenzaron a llover, él huyó corriendo, pero no sabía si había logrado escapar. Garma agradeció la información en silencio. Nunca se había llevado bien con Féctor ni este con él, uno era demasiado ambicioso y el otro muy conformista; uno demasiado soberbio y el otro insoportablemente humilde, y nunca pasaron el suficiente tiempo juntos como para aceptarse, solo dejaron pasar el tiempo y se fueron dejando de lado, como algo que está descompuesto pero que no puedes reparar ni tirar, solo lo dejas en un sitio donde no moleste.


León Faras.

sábado, 25 de febrero de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

Crónica de un desastre.



Después de esa inesperada demostración de poder, vino otra, la de la gente que se abalanzó encima de los soldados para expulsarlos de su ciudad, la mayoría con las manos vacías hasta ese momento, los soldados rimorianos debieron contenerlos con sus escudos para que no lanzaran al suelo a algún jinete cizariano y lo despedazaran, pero los rimorianos no podían contenerlos a todos, ni tampoco por mucho tiempo, no tenían la instrucción adecuada ni la resistencia física necesaria y solo Demirel los estaba apoyando en primera fila. El joven Cal Desci empujaba de su escudo con todas sus fuerzas como si contuviera una pared que se le cae encima, y con la misma desesperación de quien sabe que puede resistir pero no evitar que suceda, recibiendo en el proceso desagradables escupitajos, inmerecidos insultos y fuertes patadas en las canillas, preguntándose qué mierda hace ahí si él era un criado del rey de Rimos que lo más terrible que debía hacer a veces, era destripar pescados o despellejar alguna liebre. Entonces, ante el peso de lo inevitable y empujado por el miedo y la angustia de su situación, cogió su espada y la lanzó en estocada hacia delante abriendo un hueco entre los escudos, con la esperanza de que cediera esa maldita presión que amenazaba con aplastarlo, un ataque que no hirió a nadie al primer intento, pero que al segundo, la afilada hoja fue adsorbida por carne y tripas; húmedas y pesadas, que por poco le arrancan el arma de la mano al retroceder, entonces el joven se asomó tras su escudo para mirar quién sujetaba su arma, y vio a una mujer flaca, en el límite de la edad reproductiva, que con los ojos muy abiertos y un grito mudo en la boca, tenía la mitad de su espada dentro de su cuerpo. La mujer cayó absorbida por la multitud como quien cae dentro de una piscina, provocando una nueva oleada de furia, insultos, pedradas y patadas, que Cal Desci apenas pudo contener, con los nervios destrozados por el miedo a morir y asustado de matar por primera vez, a punto estuvieron de quitarle el escudo de las manos y ese hubiese sido su fin, pero entonces el Tronador grande volvió a rugir y esta vez destrozando la estabilidad de un silo de torre que colapsó, viniéndose abajo, esparramando su carga de grano por el suelo y provocando la estampida de todo el mundo, dispersando a la gente mientras los Tronadores pequeños probaban puntería con los que huían, una puntería que, por cierto, estaba muy por debajo de la de un arquero promedio.



La infantería rimoriana pudo descansar, tomarse un respiro, mientras la caballería cizariana se esparramaba por la ciudad proclamando la consigna de que ese era ahora suelo cizariano y ellos impondrían el orden a punta de espada si era necesario, por orden del rey. Demirel, debido a las dimensiones de Gindri, no podía pelear montado en un caballo, por lo que prefería seguir de pie con la infantería. La noche se empezó a acentuar pero las antorchas no se encendieron a lo largo de la ciudad como todas las noches. Algunas mujeres comenzaron a abandonar la ciudad hacia los campos llevándose a los niños y algunas provisiones a un lugar seguro, los demás se quedaron para organizarse y pelear, había algunos diestros en el arco, cazadores no soldados, pero la mayoría podía empuñar el arma principal de cualquier velsiano o velsiana: su hoz o su guadaña. Las primeras antorchas debieron ser encendidas por los mismos soldados, pues la luna se tardaba en salir y la oscuridad se estaba volviendo incómoda para todos, y así fue como comenzó el desastre. Tres jinetes cizarianos en un camino completamente oscuro se topan con una lámpara que ilumina parte del interior de un establo, el silencio es inquietante, pero uno de ellos debe ir por esa lámpara, desenfunda su espada, más que nada por precaución, aunque todo parece indicar que los Tronadores, tal como se esperaba, espantaron lo suficiente a esas personas como para huir a esconderse, incluso ellos mismos habían sido sorprendidos con su poder, pero entonces una mano salida de las sombras lo sujeta desde atrás, tapándole la boca al mismo tiempo que le raja el cuello con la afilada garra de una hoz, afuera, uno de los jinetes, quien resulta ser el bueno de Váspoli, es derribado de su caballo por una horqueta bidente que se atenaza a su cuello con violenta precisión y lo sigue asfixiando una vez en el suelo, en el que reparte patadas y se retuerce como un pescado que acaba de ser capturado, mientras grita como un verraco tratando de liberarse. El tercer soldado lucha con habilidad y valentía repartiendo espadazos desde su caballo, pero está acorralado por una jauría de hienas armadas con horquetas y guadañas, si cae, es hombre muerto, si huye de su atolladero, su compañero lo será. Entonces ve una gigantesca hoja de metal, en el que la poca luz que queda en esa parte del mundo se ve reflejada, abriéndose paso con golpes capaces de partir a un hombre en dos, Tibrón, el jinete acorralado, agradece que su caballo sea blanco, o probablemente Gindri no lo vería y los decapitaría a ambos. Demirel llega acompañado de algunos soldados rimorianos, alertados sin duda por los potentes aullidos de Váspoli, a quien en ese momento le ayudan a ponerse de pie, solo está algo atontado y adolorido, los hombres que lo atacaron le han pateado la cabeza para que deje de gritar y su propio caballo le ha dado un pisotón en la entrepierna al salir huyendo, pero a parte de eso, está sorpresivamente ileso. Entonces, se oyen gritos a cierta distancia, más hombres están siendo emboscados y atacados como ellos, van a moverse, necesitan reagruparse o serán cazados uno por uno como adolescentes en una película de miedo, pero el condenado Tronador gigante vuelve a estallar golpeando con su proyectil las paredes de la casa que está justo a su lado, un brasero se esparrama y el incendio comienza. Los soldados lo esparcirán.



La luna sale tarde, el fuego de las casas ardiendo ya ilumina gran parte de la ciudad, hay docenas de muertos de ambos bandos y la situación está lejos de estar bajo control, pero los sitios donde esconderse de los velsianos son más escasos y Helsen toma una determinación: tomar la ciudad por la fuerza. Los que quieran rendirse, se salvarán, el que quiera seguir peleando, morirá. Demirel mira a Tibrón preocupado, esto no era lo que él esperaba del ejército, se supone que su deber sería defender a los campesinos y sus familias del enemigo, no matarlos para quitarle sus casas, pero no suelta ni una palabra, solo cumple con su deber y mata campesinos, jóvenes y viejos, rompiendo en pedazos sus guadañas y horquetas con su imparable Gindri, mientras los rimorianos tras él, reparten espadazos felices de desquitarse de los insultos y golpes de antes. Los caballos golpean y aplastan cuerpos, y los Tronadores, grandes y pequeños, escupen hierro a mansalva por órdenes de Furio que quiere que no haya dudas de la efectividad de su grupo. Antes del amanecer, los campos de trigo comienzan a ser quemados por los propios velsianos que no le dejarán el fruto de su trabajo a un rey que apenas conocen, también la mayoría de los molinos, excepto por uno, defendido por un hombre de edad madura, con una desagradable cicatriz en el cuello, abundante bigote y una espada larga y recta, que maneja muy bien a juzgar por los numerosos cadáveres tirados a su alrededor, tras él una mujer de mediana edad empuña dos hoces, y también tiene algunos cadáveres a su nombre, tras esta algunos muchachos se apiñan empuñando palos y bastones. Son prácticamente los únicos que quedan y no piensan irse. La ciudad entera arde, también sus campos y hay muertos por todos lados y entre los vivos, todos están de acuerdo en que ya fue suficiente, pero Helsen no está por ninguna parte para dar la orden. Solo hasta el amanecer lo encuentran y está muerto, tiene un agujero perfectamente redondo en la nuca y una bola de hierro dentro del cráneo.


León Faras.



viernes, 17 de febrero de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXVI.



Teté se casó con Tibrón dos días después de que Falena cumplió los seis años. Fue una ceremonia sencilla y con pocos invitados, pero oficiada por la mismísima Zaida en persona, cuya autoridad para matrimoniar era indiscutida. Dana estuvo presente junto con la pequeña Rubi, que ya no era tan pequeña porque ya tenía diez, y por el otro lado estaba Demirel, acompañado de Gindri, su enorme espada, la cual lucía lustrosa para la boda. Se casaron a pesar de los fuertes rumores que habían de guerra: la construcción de los cañones de fuego, el apresurado entrenamiento de las nuevas tropas rimorianas, los deseos de expansión del rey Siandro de Cízarin, todo olía a conquista. También lo hicieron para complacer al viejo padre de Tibrón, el cual, según podía ver Teté, estaba viviendo sus últimos días en este mundo. Tan solo dos semanas después, pocos días luego del funeral del padre de Tibrón, los rumores se confirmaron, el rey Siandro enviaba a su ejército a tomar Velsi para anexarlo a Cízarin, así como a su gente y a sus recursos: un grupo de doscientos soldados cizarianos profesionales bien pertrechados y montados, trescientos rimorianos más o menos entrenados, vestidos con su ropa de diario, con Pétalos de Laira en una mano y viejos escudos de madera en la otra, marchando a pie, más un pequeño destacamento de una treintena de cañoneros. Ya no más arqueros. Viajaban en una misteriosa carreta cubierta de lona tirada por cuatro caballos, sus misteriosas armaduras ennegrecidas con hollín y brea y sus misteriosos rostros cubiertos con pañuelos color vino tinto, como forajidos. Ellos se sabían la élite del ejército cizariano, entrenados para usar las nuevas armas del rey, los Tronadores, cuya eficacia debía ser demostrada en un combate real, y para ello, Velsi era perfecta, no era muy grande, no estaba muy lejos y su gente ofrecería una resistencia moderada. Eso creían. Además sus cerros cubiertos de grano y sus molinos serían una nueva fuente de ingresos para el rey Siandro de Cízarin, el único de todas estas tierras, pues el otro que había, estaba acabado, “muerto en vida” según lo que le decían sus informantes y las otras ciudades libres carecían de realeza, por lo que lo más justo era anexarlas al reino y hacer de este uno cada vez más grande y fuerte, pero todo a su tiempo. Una cosa más le habían dicho sus informantes, el rey Ovardo de Rimos acababa de ser padre de un varón.



Al contrario del día en que nació Falena, el más aciago y lúgubre de todos, el que nació Dimas fue un día bonito, el sol brillaba, los pájaros cantaban y nadie moría dolorosamente en ese momento, hasta el rey Ovardo el Triste, sonrió cuando lo cogió en brazos por primera vez, sabía que era hijo de Neila, su criada, y lo amaba porque en los últimos años era ella quien lo había logrado poco a poco sacar del abismo en el que estaba, nunca sería el de antes, pero fue ella quien lo animó a salir de la cama y volver a sentir la brisa y el sol en la cara, ella lo ayudó a comer solo y a caminar de nuevo, ella fue la que lo hizo hablar otra vez y no solo balbucear cosas sin sentido, ella lo había traído de vuelta a la vida y ahora le daba un hijo, todo parecía ir bien, pero de pronto, mientras sentía el bebé moviéndose en sus brazos, recordó a Delia, su esposa y creyó recordar que ella estaba embarazada la última vez que la vio. Había preguntado por ella hasta el hartazgo, y de misma manera le habían repetido muchas veces que ella estaba muerta, pero ahora que lo pensaba, nunca le dijeron nada sobre un hijo, el hijo que esperaba su esposa, y él nunca preguntó. Estaba tan confundido la mayor parte del tiempo, sin saber nunca si era de día o de noche, si las voces que oía eran de personas o de fantasmas, si sus recuerdos provenían de una realidad remota o de un sueño reciente o si habían pasado seis años desde la muerte de Delia o un siglo y aquel hijo al que nunca vio ni oyó, sin voz ni forma, no podía competir con ese que estaba moviéndose en sus brazos, riendo y jugando con la pequeña botella de agua que siempre colgaba del cuello del rey y de la que este no quería desprenderse nunca, aunque ya no estaba muy seguro del porqué.



Tibrón se despidió de su esposa y de la pequeña Falena, a la que ya quería como a una hija, porque esta desbordaba alegría cada vez que él la cargaba en brazos o sobre los hombros o le daba un paseo en su caballo. Se despidió y les dijo que volvería sano y salvo, aunque Teté eso ya lo sabía. También se despidió de Rubi y esta le devolvió el saludo con una sobria inclinación de la cabeza, pues la chica era así, fría y severa por naturaleza, todos sabían que jamás conseguiría novio debido a su carácter siempre malhumorado y alejado de las demostraciones afectivas, pero no cabía duda de que amaba a las personas que consideraba su familia. Tan tenaz, leal y responsable, como era la muchacha, Tibrón siempre pensó que sería un buen soldado, no es que hubiera muchas mujeres soldado, pero ella si quisiera, seguro lo conseguiría, aunque no había demostrado nunca interés en la milicia. Al mando del escuadrón iba el capitán Helsen, quien desde el ataque de Rimos había sido ascendido, este no estaba muy convencido con la misión, le parecía desproporcionada la fuerza militar desplegada contra una ciudad que ni siquiera tenía ejército. Fagnar le dijo que aquella demostración de poder era precisamente para impresionar y persuadir a los velsianos de que aceptaran la anexión al reino y así evitar un innecesario derramamiento de sangre, pero incluso él sonaba poco convencido. Se fueron antes de que el sol saliera y entraron a Velsi durante las primeras horas del ocaso, con los rimorianos golpeando sus escudos con sus espadas al compás de su marcha para anunciar su entrada. La gente comenzó a salir de sus casas y a dejar sus ocupaciones para agruparse y ver qué diablos estaba sucediendo. Helsen desmontó y comenzó a leer un decreto del rey Siandro que anunciaba que Velsi dejaba de ser una ciudad libre e independiente para pasar a formar parte del reino de Cízarín, traspasando así, en un abrir y cerrar de ojos, todas las tierras y recursos a manos de este. A su derecha, Demirel observaba solemne a la multitud, con Gindri apoyada en el suelo imponiendo respeto, y a su izquierda se posicionó Furio, el capitán de los Tronadores, observando desafiante a la gente. Todo parecía ir bien, la gente escuchaba y murmuraban entre ellos, seguramente tratando de entender qué rayos estaba sucediendo y fuera lo que fuera, si era justo o no, cuando una piedra salió volando desde el techo de una de las casas y hubiese golpeado a Demirel en el rostro, si no fuera porque Gindri se interpuso rauda desviando el proyectil. Los soldados desenvainaron sus espadas pero Helsen los tranquilizó, llamando a la calma y a la cordura. Entonces nuevas piedras comenzaron a caer y esta vez acompañadas de insultos con voces juveniles, Helsen iba a ordenar arrestar a esos muchachos e imponer orden, cuando vio al capitán a su izquierda que mantenía una mano levantada apuntando al cielo, no alcanzó a preguntar qué hacía, cuando el brazo cayó y estalló un trueno sobre la tierra que hizo que todos, incluso los mismos soldados cizarianos, ocultaran sus orejas entre los hombros, seguido de un enorme golpe. Tras el humo y la polvareda, vieron la casa donde los muchachos estaban, incompleta, como si hubiese recibido una mascada de un ser colosal. Habían construido dos Tronadores gigantes que lanzaban bolas de hierro grandes como pomelos y eso ni Helsen lo sabía. Furio ni siquiera se había inmutado, sus ojos lucían satisfechos con los resultados, “Quería atención y respeto, ahora lo tiene…” Dijo.


León Faras.

lunes, 6 de febrero de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXV.



La aldea era llamada Confín, porque fue creada donde la tierra había sido partida en dos por un acantilado, no tan alto, pero suficiente para matar a un hombre, creado por el río Jazza en los primeros pasos de su larguísimo recorrido, más allá del cual, la tierra se cubría de tupido bosque prácticamente inexplorado en su mayoría. Sin embrago, el río, siempre generoso, en su paso rasgando la tierra, abrió un brote de hierro que los habitantes comenzaron a explotar, a alguien se le ocurrió comenzar a usar bueyes para transportar el metal y así surgieron un par de pequeños hornos para la purificación del hierro, y las forjas para su trabajo y de esa manera Confín se convirtió en una suerte de “pequeño Rimos,” a pesar de que ninguno de sus habitantes proviniera de allá, hasta ahora. Para las personas, sobre todo para los niños, fue toda una novedad ver llegar a un hombre con media pierna hecha de hierro, cosa que jamás hubiesen imaginado siquiera que existiese, pero sin duda lo más asombroso para todos, fue la presencia del gigantesco Nut, un monstruo que hubiese aterrado a toda la aldea, sino fuese porque se trataba solo de un hombre grande, que disfrutaba con el asombro de los más pequeños y que incluso se detenía para que estos tuvieran la experiencia de sus vidas al sujetar uno de sus enormes dedos. Confín les dio su hospitalidad y ellos solicitaron empleo para quedarse por un tiempo, pues estaban cansados de vagar y deseaban establecerse en un sitio por un tiempo, así fue como Féctor, Cherman y su gigante amigo, comenzaron a trabajar en la extracción del metal. Allí conocieron a Ontardo, el maestro de forja, un abuelo siempre sentado en una silla desde la que repartía órdenes e instrucciones a sus aprendices. Él había llegado hasta allí pocos días antes que ellos desde Cízarin, huyendo de noche en su caballo de una ciudad en llamas, eso fue antes de que cayera el aguacero, por supuesto, y lo dejara, además de empapado, ciego, porque esa noche no podía ver ni las orejas de su caballo. Llegó a Confín gracias al instinto de su animal y aferrado a este como un niño pequeño que monta por primera vez, porque él no tenía ni idea de la existencia de aquel poblado ni hacia donde ir en una noche tan cerrada, allí descubrió lo incivilizado de aquella gente para trabajar el metal. Ontardo, quien había sido herrero del rey durante la mitad de su vida, conocía todos los secretos del hierro y todas las formas de trabajarlo, por lo que rápidamente se volvió el maestro de forja de Confín y empezó con gusto a corregir las torpezas y a enseñar los misterios de su arte a esas personas, pues antes de eso, solo se dedicaba a esperar su muerte sentado en la entrada de su casa viendo cada día pasar.



Ontardo supo en el acto que aquellos dos recién llegados eran soldados rimorianos desertores, aunque el manco llevara una Pétalo de Laira al cinto, no es que saberlo fuese algo extraordinario, pero es que aquellas gentes de Confín no distinguían nada y se maravillaban con todo, como niños que por primera vez ven un gato con la cola mocha. Con el gigante era otra cosa, hasta él se había asombrado de ver un hombre de tamaña altura. El asunto era que aquellos hombres no eran de fiar, eran desertores, o sea que no tenían honor, y además enemigos de Cízarin, o sea de él, por lo que los tuvo en el rabillo del ojo durante días, averiguando por los pobladores cómo se comportaban y de qué hablaban. Con el tiempo se fue convenciendo poco a poco de que aquellos no estaban planeando nada malo y de que solo se dedicaban al trabajo en la mina, aunque no eran muy buenos. Entonces, comenzó a cruzar palabras con ellos. Con una botella de un licor de bayas silvestres hecho en Confín para ellos, y otra solo para Nut, Cherman y Féctor le contaron una noche sobre el desastre que había sido el ataque a Cízarin, “Todo mal planeado por un rey codicioso que creía tener un ejército de invencibles… no somos desertores, sencillamente no había nada que pudiéramos hacer” Explicó Cherman, “Nadie guiaba a nadie, cada uno por su cuenta… era todo una gran torpeza sin sentido” Agregó Féctor, inspeccionándose el muñón una vez más. Ontardo nunca fue soldado, pero su trabajo siempre estuvo muy ligado al de ellos, y sabía que muchos de ellos no estaban completamente orgullosos de algunas cosas que habían hecho. La verdad era que, uno cojo y el otro manco, eran bastante malos para el trabajo, y Nut, demasiado grande para las dimensiones de la mina, por lo que el viejo herrero les sugirió que mejor se construyeran una forja, él les enseñaría a trabajar el metal y así podrían ganarse la vida, ya que había suficiente hierro para todos.



Cherman tenía algo de experiencia en una forja desde su juventud, antes de perder la pierna, y Féctor podía servir como aprendiz y manejar el fuelle, así entrenaría sus brazos y no perdería fuerza, mientras que Nut los abastecería de las materias primas a ellos y a quien lo necesitara. El primer trabajo que hicieron fue un martillo para el muñón de Féctor, hecho con la ayuda de Ontardo, que se tomó su tiempo para diseñarlo y que Féctor comenzó a usar de inmediato y a diario con la intención de hacerlo suyo lo antes posible. Una noche, mientras aún trabajaban en la forja, la gente se alborotó, las mujeres gritaban, los hombres corrían y los niños lloraban: el granero principal estaba en llamas. Cada año era lo mismo, llegaban los mismos bandidos, a veces más, a veces menos, provocando un incendio y amenazando como piratas con quemarlo todo y llevarse a las mujeres si no cumplían sus demandas, y la gente de Confín, ajena a los conflictos y a los enfrentamientos, les daba lo que les pedían con tal de que los dejaran en paz, pero esta vez no fue así. Esa noche, mientras Bacho, el líder de los bandidos, pronunciaba su discurso habitual, advirtiendo que si todos cooperaban nadie resultaría herido, dos hombres les plantaron cara, uno con un brazo terminado en un martillo y una Pétalo de Laira oxidada en la otra mano y el otro con una extraña espada curva y una pierna acababa en una prótesis. Dos hombres incompletos contra una decena. Bacho sonreía, casi que deseaban algo de resistencia en esas aldeas de gente sosa y asustadiza donde hacer fechorías resultaba tan sencillo. Se disponía a disfrutar del enfrentamiento junto con sus hombres, que seguro sería breve, cuando aquel que estaba justo a su derecha, desapareció. Sí, un segundo estaba y luego ya no. Bacho lo vio por el rabillo del ojo como fue succionado violentamente hacia atrás, al voltearse, su camarada estaba a dos metros, atravesado y estacado al suelo por una lanza con punta de hierro que parecía haber sido lanzada por un gigante. Sus compañeros se habían apartado oportunamente para no verse salpicados de su desgracia. Bacho ya no sonreía, esto era inaudito y debía ser castigado de inmediato o esta gente les perdería el respeto y luego sería muy difícil de recuperar, no tenía más opción que cumplir sus eternas amenazas de incendiar la aldea y raptar algunas mujeres, las más jóvenes, golpeando o matando si era necesario, a quien se interpusiera en su camino. Estaba enardeciendo la furia de sus hombres con su discurso de poder y respeto, cuando vio que la atención de estos se desviaba ligeramente. Tras él estaba parado un gigante de dos metros y medio, con cadenas enrolladas en sus enormes puños y un trozo de rama entre los dientes como si fuese un cigarro. Bacho cayó al suelo sin remedio, aturdido por un contundente gancho derecho a su quijada, mientras el resto de sus hombres se aprestaban para pelear contra dos de los mejores y más experimentados soldados rimorianos que además, tenían el don de ser inmortales. Sin duda el más beneficiado de todos al final fue Féctor, pues esa noche volvió a la vida después de haber estado incluso sepultado, volviendo a sentirse valioso, admirado y con ánimos para volver a levantar la frente y enseñarles a las susceptibles señoritas de Confín su seductora sonrisa.


León Faras.

domingo, 29 de enero de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXIV.



Váspoli ya era todo un soldado, con su pechera de hierro bruñido, su yelmo y su Pétalo de Laira al cinto, consumado en la batalla y con su primera cicatriz de combate real, de la que no podía presumir como quisiera porque la tenía en una nalga, pero eso no le restaba valor. Meneaba la cabeza de un lado al otro viendo como su antiguo colega, Demirel, se paseaba tan campante por todas partes con una gigantesca espada al hombro, similar a la de madera que usaba cuando ellos eran los Machacadores, con tablas de barril atadas al dorso simulando una armadura. Sonreía luciendo sus enormes incisivos, ahora coronados por un modesto bigote que crecía como musgo sobre una roca, pensando en que jamás creyó que el ejército aceptaría a su gordo amigo debido a su peso, pero al fin lo había logrado y de la mejor manera, y eso era de admirar, pues tenía que reconocer que no conocía a nadie que amara la carrera militar como él. Pero no estaba allí para admirar a Demirel, estaba allí para recibir al primer grupo de jóvenes rimorianos que venían a cumplir con su servicio militar obligatorio impuesto por el rey de Cízarin, al menos una centena de hombres de todas las edades entre los quince y los treinta, entre ellos, el joven Cal Desci y Aregel, hijo de Sinaro.



En Rimos, el rey Ovardo de los ojos muertos, como han empezado a llamarle, aún tiene que ser levantado, aseado y vestido como un muñeco de trapo por Neila, su criada, porque él es un muerto en vida, un hombre despojado de su voluntad y con el espíritu quebrado, que solo anhela vivir en sus sueños. En algunas ocasiones, mientras era acicalado por su sirvienta, se animaba a cogerle la mano y murmurar el nombre de su difunta esposa. Al principio Neila lo corregía, le recordaba que la princesa Delia estaba muerta y que ella solo era su criada, pero aquello, además de hundir moralmente aun más a su rey durante horas, no tenía efectos permanentes, pues pocos días después Ovardo, confundido en su permanente oscuridad, volvía a llamarla Delia esbozando una sonrisa de viejo, aunque aún no llegara a los treinta, buscando su mano para sujetarla y ella le respondía con una caricia y un tono dulce “Aquí estoy, amor mío” Lo que parecía reconfortarlo e inyectarle pequeñas dosis de vitalidad que solo ella podía apreciar porque ella era la única que se preocupaba realmente por él y la que siempre le acompañaba. Ovardo solo era un rey de nombre que no gobernaba nada, pues todas las órdenes reales venían de Cízarin ahora, así que a nadie le preocupaba en realidad que una sirvienta se hiciera pasar a veces por una princesa muerta y se metiera no solo en el corazón del rey, sino también en su cama, para reconfortar un poco a ese hombre destruido y miserable y de paso compartir con él algo del inmenso amor que ella tenía para dar.



Darlén, apenas se convenció de que había algo diferente con ella, empezó a visitar a Circe, la bruja, una vez a la semana, aunque no sin algo de recelo al principio y siempre a escondida de Janzo, pues este no entendería ni aprobaría lo que iba a hacer allí, pero para ello contaba con Gilda, quien estaba siempre dispuesta a respaldar todas sus pequeñas mentiras con tal de que no desperdiciara su potencial. La primera vez que fue allí sola, fue más o menos un año después de su primera visita. Se encontró con una chica muy bonita que canturreaba dulcemente mientras desmalezaba el huerto y cosechaba los tomates más rojos, gordos y saludables que Darlén hubiese visto nunca. Rayos de luz la bañaban y mariposas amarillas revoloteaban a su alrededor como polillas al rededor de una vela. Darlén iba a preguntar por la bruja, cuando tuvo la certeza de que sin duda estaba frente a ella, entonces un pájaro grande y pardo cantó fuerte al otro lado de la casa, aunque más que canto, sonó como un grito de advertencia, Darlén lo miró, el pájaro voló y cuando se volteó otra vez, la chica había desaparecido junto con sus tomates y sus mariposas, pero ahora, la puerta de la cabaña estaba ligeramente abierta invitándola a pasar, “Finalmente has venido… ¿por qué?” Preguntó Circe desde las sombras una vez la muchacha entró. Había vuelto a su aspecto caprino y la cesta de tomates lucía pesada en sus manos, “Tengo sueños en los que le ordeno a un árbol que se aparte y este se mueve a un lado, o le digo al lago que no me engulla y puedo caminar sobre él…” Confesó la chica, como si tales cosas le avergonzaran, “Y despiertas aterrada” Adivinó la bruja. Darlén preguntó quién se lo había dicho y Circe rio suavemente, “¿Qué clase de bruja sería si necesitara que me contaran todas las cosas?” “Eso es cierto…” Pensó la chica. “El poder puede provocar euforia o terror, ambos son muy malos, porque ambos se alejan del control y es eso lo que has venido a buscar, ¿no?” Darlén creía que sí, pero no estaba muy segura, “Supongo que sí… aunque en realidad he venido porque querría saber si usted podría ayudarme con…” “¿Comes carne?” Preguntó Circe, como ignorando completamente lo que la chica intentaba decir, y cuando la chica intentó responder, la bruja la volvió a interrumpir, “Debes dejar de comer carne, no es buena para personas como tú” Darlén se preguntó si tenía algo que ver el aspecto de cabra de la bruja con lo que comía, pero no insinuó nada, mejor quiso insistir en pedir la ayuda de la mujer, pero esta la volvió a interrumpir una vez más, “¡Ya lo sé! Todos quieren algo ¿verdad?” Darlén sentía que estaba ante una persona muy maleducada. Circe cogió algo de una repisa, un cristal sujeto con una cadena, Darlén creyó que era una especie de collar, pero la bruja la corrigió, “Es un péndulo…” Le dijo. La muchacha jamás había oído sobre tal cosa. La chica cogió el péndulo de una argolla en su extremo, y dejó el resto colgando, siguiendo las instrucciones de la bruja, “Cierra los ojos…” Le recomendó, pero al ver la duda de la muchacha en sus ojos, añadió, “Es sobre tu padre, ¿verdad? Eso es lo que quieres saber… Cierra los ojos” Darlén se dejó guiar, la voz de Circe era arrullante, “Siente como si esa cadena brotara desde dentro de ti, de lo más profundo. Muévela desde allí, no solo con tu mano. No intentes controlar nada, solo piensa en tu padre y déjate guiar…” Darlén seguía las instrucciones sin saber muy bien lo que estaba haciendo, pero casi en un estado de trance gracias a la poderosa voz de Circe. Ya se sentía totalmente ajena a la realidad, cuando una ligera descarga eléctrica le sacudió la mano y por instinto abrió los ojos. Sin saber cómo, estaba sentada en el suelo, sobre un paño que tenía dibujado cinco anillos con raros dibujos en cada uno; el péndulo se había detenido sobre uno de ellos. Circe la miraba inexpresiva, “Enhorabuena, tu padre sigue en el reino de los vivos” Dijo, luego le arrebató el péndulo de las manos, “Esto es mío, tú deberás conseguirte el tuyo.”


León Faras.

domingo, 22 de enero de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXIII.



Lo cierto era que Teté y Rubi hacían un excelente equipo. La muchacha hacía su papel de madre mejor de lo que ella misma se lo hubiese esperado, y la niña, seria y madura por naturaleza, se tomaba muy en serio su papel de hermana mayor y segunda al mando, criando a Falena con responsabilidad y hosca disciplina, como a una mascota a la que se le debe corregir todo para que algún día, se comporte adecuadamente. También era ella la que, desde hace un tiempo, había notado las constantes miradas que un joven soldado le dirigía a su madre cada vez que salían, y la torpeza con la que esta fingía no darse cuenta. Rubi no entendía muy bien lo que estaba sucediendo, sabía que esas miradas eran de interés por conocerse, pero no entendía por qué, mientras él mantenía la distancia, observando siempre desde lejos como un ladrón, ella aparentaba que no le importaba aunque el nerviosismo la traicionaba sin misericordia. Había intentado tratar el asunto con ella, pero Teté no hacía más que sonreír nerviosa y negar lo evidente, a pesar de lo evidente que era, y eso exasperaba un poco a la pequeña. “¿Crees que debamos golpearlo si se acerca?” Preguntó Rubi de pronto mientras entrenaba a la bebé en sus primeros pasos, Teté, que lavaba paños en ese momento, respondió con su voz tenue característica un vagamente convincente, “No creo que debamos golpear a nadie…” Rubi continuó planteando sus teorías, “Puede que lo que quiera sea robarnos a Lena. Hay gente que come bebés, ¿sabes?” Teté abrió tremendos ojos, a ella también le habían contado terribles historias sobre eso de niña, pero hasta ahora no sabía de ninguna que fuera real, ademas… “No creo que sea eso lo que quiere…” Respondió, intentando sonreír confiada, Rubi la miró con suspicacia, como si sospechara que le están ocultando algo, “¿Y entonces?” Dijo, mientras dejaba al bebé tirado en el piso y se cruzaba de brazos, adoptando una postura que la hacía verse amenazante a pesar de su pequeño tamaño. Telina estaba buscando algo sensato que responder y que generara respuestas y no más preguntas, cuando golpearon a su puerta y su mente se quedó en blanco. Sus temores la acorralaron. No podía ser aquel joven y apuesto soldado cuya sola mirada la hacía ponerse toda nerviosa, no en ese preciso momento, aunque los dioses a veces demostraban tener un sentido del humor muy activo y ella, ser una de sus víctimas favoritas. Rubi se giró hacia la puerta sobre su cintura, lento y sin afectar su postura de poder, su mamá estaba pálida y muda, casi se podía decir que contenía la respiración. Lo sabía, ella le ocultaba algo y la respuesta estaba detrás de esa puerta, por lo que se dirigió hacia ella con autoridad pero sin prisa, la abrió con temple y resultó que solo estaba Dana parada ahí fuera, con sus encargos de siempre. Rubi no entendía mucho por qué su mamá parecía tan aliviada de ver a Dana.



Realmente Demirel cumplía con la recomendación al pie de la letra, y nadie mejor que Tibrón lo sabía: no se separaba de su descomunal espada en todo el día, bueno, para ser justos, él tampoco lo hacía, pero al menos su espada tenía una funda que colgaba de su cinturón, y no la cargaba sobre el hombro temiendo golpear cosas o personas cada vez que se giraba. “¿Qué crees que signifique Gindri?” Preguntó Demirel mientras tomaban un descanso de su entrenamiento con sus nuevas armas, “Ese es un nombre de mujer, se refiere al primer rayo de luz del alba. En Rimos se usa, aunque no es rimoriano.” Respondió Tibrón, luego de saborear un largo trago de agua, su compañero lo miró como a un imbécil que de pronto se ha vuelto inteligente, “…lo sé porque mi padre es rimoriano, y la mitad de mi familia es de allá” Explicó Tibrón, y luego agregó, “Seguramente era el nombre de alguien importante para el forjador, su esposa, una hija o…” “La amante anhelada…” Interrumpió Demirel mirando su espada como si esta pudiera haberle revelado algún secreto, para luego continuar con gravedad, “La senda de un verdadero soldado es una senda solitaria, amigo, en la que te casas con tu espada y siempre estará ella primero que todos los demás… Sé que te interesa esa chica, Telina, pero no es fácil para una mujer ser la segunda esposa de un soldado, ni menos lo será ser una viuda antes de tiempo.” Ahora era Tibrón quien le devolvía la misma mirada de incredulidad a su compañero, “Tú no piensas casarte nunca, ¿verdad?” Demirel se rascó su insipiente barba en el mentón y respondió con la circunspección que lo caracterizaba, como quien anuncia una gran verdad, “No lo entiendes… las espadas son compañeras fieles; feroces pero celosas, si la honras, te protegerá de todo ataque enemigo, te mantendrá a salvo en la batalla y te otorgará gloria al final, pero si no muestras compromiso con ella, será descuidada y negligente en el combate, te ignorará en cuanto te descuides y te dejará solo cuando más la necesites. Puedes casarte si quieres, lo que no podrás hacer es poner a tu esposa por encima de tu espada.” Dicho esto, besó su espada en la cruz y se puso de pie para seguir entrenando.



Nila y Emmer tenían su propia casa en Bosgos y se dedicaban al siempre próspero negocio del queso y lo mejor de todo es que casi no habían tenido que hacer nada, porque dicha casa perteneció a una familia que, según les dijeron, se mudó repentinamente lejos, sin intenciones de regresar, les aseguraron, y ellos solo la tomaron con la espontánea aprobación de todos. Nadie les dijo que en esa casa había perecido una familia completa con la sangre endurecida en las venas y los tendones del rostro contraídos en una mueca de risa intolerable de ver, porque en verdad preferían que esa casa estuviera ocupada, con la rebosante vida de una pareja joven y su hija pequeña, antes que seca y abandonada como un cadáver que nadie quiere sepultar y que no hace más que propagar su mal olor y su miseria. Incluso Darlén guardó silencio cuando apenas visitar la casa percibió la presencia muy clara de invisibles allí. Janzo no la tomó en serio, ni siquiera cuando la buena de Nina, la ex-amante de Tobi, le chismorreó los horribles acontecimientos sucedidos en esa casa. Emma, la pequeña hija de Emmer y Nila que ya pasaba de los dos años de edad, era una regordeta parlanchina que prescindía casi por completo de la presencia de sus padres y se pasaba el día balbuceando frases que se inventaba, a seres que solo ella veía y que la mantenían entretenida entre comida y comida, lo que aliviaba mucho a sus padres en sus labores, pero que al mismo tiempo no podían evitar sentirse muy incómodos con ello.


León Faras.

sábado, 14 de enero de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXII.



Tras dos años de arduo entrenamiento, no era ninguna novedad quienes habían terminado destacándose del resto, Tibrón y Demirel, y no solo por su fuerza y tamaño, sino que por su determinación, compromiso y disciplina. Ambos eran grandes amigos y camaradas, sin necesidad de demostraciones; ambos serios, formales y sobrios, que además combatían entre sí como enemigos que se odian a muerte. Helsen, su instructor de combate, muchas veces creyó que había entre ellos una rivalidad nociva, casi como una tirria hacia el otro, pero cuando los reprendió por su falta de compañerismo, ambos respondieron con humildad casi lo mismo, “…Es que él es mucho mejor que yo y debo esforzarme para no ser derrotado.” Hasta ese momento, los dos usaban armaduras de cuero y la clásica espada Pétalo de Laira de reglamento, como todos, pero el soldado que se destacaba del resto en cada generación tenía derecho a elegir una espada diferente de la armería, su propia espada, y ese año la armería estaba especialmente llena de espadas. Al ser la Pétalo de Laira una espada corta y maniobrable de empuñadura para solo una mano, estaba diseñada para ser acompañada de un escudo, cosa que a Tibrón le acomodaba mucho y solo buscaba una espada similar pero un poco más larga, de acuerdo con su tamaño y la que encontró era especial para él. Él no lo sabía en ese momento, y a nadie allí le importaba demasiado, pero esa bonita espada que escogió, le perteneció desde su forjado a un inmortal de nombre Sinaro. Demirel, por su parte, nunca fue partidario de las espadas pequeñas y los escudos, se sentía restringido, contenido al luchar, como si le faltara la mitad de cada brazo, a él le gustaban los mandobles y mientras más grande, mejor y buscando esperanzado como un niño en la juguetería, en un polvoriento rincón, estaba la espada de sus sueños, esa en la que se inspiraba de niño cuando construía gigantescos espadones de madera, parecía construida para un gigante de Tribalia, era tan grande y pesada que debía ser afilada entre dos. Su filo era completo por un lado y solo la mitad superior del otro, pues, al no tener vaina, estaba diseñada para ser cargada sobre el hombro durante la batalla, y apoyada en el piso durante el reposo, por esto su punta no era aguzada, más bien su corte era diagonal, como la hoja de una guillotina, aunque muchos creyeran que estaba quebrada. “¿Estás seguro, hijo?” Preguntó Éscar con su sequedad habitual, pues elegir una espada no era un juego, sino un privilegio, no se podía estar cambiando de opinión luego como si se tratara de un par de botas, y esa espada en concreto, era un arma difícil y pesada, por lo mismo llevaba tantos años allí sin que nadie se arriesgara a escogerla, pero para Demirel, esa era la suya, siempre lo había sido, “Deberás llevarla contigo hasta para ir a cagar…” Le dijo Helsen, sin tono de bromas, y agregó, “…solo así te acostumbrarás a su tamaño y peso” Demirel no respondió, no era necesario, pero embobado como estaba, preguntó si la espada tenía un nombre, Éscar y Helsen se miraron, era curioso que lo preguntara, pues de común, una espada no tenía por qué tener un nombre, pero había algunas bautizadas caprichosamente y esta era una de esas, “Su forjador la llamó Gindri… no tengo idea del porqué” Respondió su instructor.



No lejos de allí, un viejo debilucho pero de aspecto pedante, los miraba royendo una manzana verde y apoyando un hombro en una verja como un vaquero de película, estaba tan orgulloso de sí mismo que en ese momento todas las actividades humanas le parecían cosas de imbéciles, y en especial las relacionadas con las espadas, las que en nada, pasarían de moda gracias a su invento: “los cañones lanza-bolas de hierro” Sí, era un nombre demasiado largo y necesitaba otro más concreto, como “Los Estrepitosos” o algo así, pero por el momento no estaba seguro, el hecho era que sus nuevas armas estaban siendo todo un éxito, pues el mismísimo Siandro, rey de Cízarin había quedado tan impresionado, que aprobó la construcción de una docena de ellos y mandó a buscar a los tres mejores herreros de Rimos para ponerlos bajo sus órdenes, además de encargar la fabricación de una centena de bolas de hierro también, y esto solo para empezar. Con respecto a sus “polvos de fuego,” como los llamaba, dejó muy en claro que él y solo él se encargaría de su fabricación y que solo necesitaría que le consiguieran algunos materiales, Fagnar estuvo de acuerdo en dejarlo solo y darle todo lo que necesitara, pero le exigió la fórmula de los polvos por escrito, comprobada y garantizada, o lo obligaría a tener que ordenar a sus hombres que se la arrancaran con dolor de las entrañas, junto con todos sus privilegios, pues si le ocurría algo o simplemente decidía marcharse un día, todos los cañones que estaban haciendo y los que harían en el futuro, no servirían para absolutamente nada sin esos polvos. Larzo aceptó a regañadientes, tampoco es que le dejara muchas opciones, pero exigiendo que se le debía respetar su derecho a ser el único que se beneficiaría de su invento, en el que había trabajado toda su vida. Fagnar, quien siempre ha sido un hombre templado y poco impresionante físicamente, poseía el don de expresarse muy bien con el rostro, con el gesto, y su expresión en ese momento era de odio, puro y profundo odio, “Solo deme la fórmula, y todo estará bien…” Dijo, con palabras que sin querer sonaron a una amenaza gansteril, Larzo no dijo nada más, solo asintió apretando los labios.



Darlén se consideraba una mujer feliz, por fin viviendo con el hombre que amaba, el que había abandonado su vida de príncipe por ella y su hijo, en su propia casa, construida por ellos mismos, pero había algo que le preocupaba demasiado como para ignorarlo y no la dejaba disfrutar plenamente de su nueva vida y era que, mientras ella estaba ahí, siendo una mujer feliz, no sabía nada de su padre desde hacía dos años. Qrima había regresado a Cízarin en varias oportunidades y luego de vuelta a Bosgos, y en todos esas idas y venidas no halló ni pistas del viejo Ontardo, al que conocía de los tiempos en que ambos servían al rey, uno como arquero y el otro como herrero. Los campos habían ardido y la antigua casa de Darlén también estaba medio quemada, el aguacero de esa noche había salvado la mitad de todo, pero del dueño de casa no encontró nada. Lo más probable era que, de haber muerto esa noche, hubiese sido sepultado al día siguiente junto con todos los demás, pero nadie estaba seguro de haber visto su cadáver. El viejo Ontardo tenía fastidiadas ambas rodillas, por el trabajo, el clima y los años, los tres factores que erosionan el cuerpo humano, pero podía caminar trechos cortos si se ayudaba de un bastón y si se esforzaba un poco, seguro que también podía montar, seguramente había huído. Eso era lo que el viejo Qrima le decía a Darlén, para tranquilizarla, pero ambos sabían que, si logró montar y aún no había noticias de él, era porque no había logrado llegar muy lejos.


León Faras.

martes, 3 de enero de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXI.



Cuando decidieron separarse para cubrir la ciudad, Emmer ya sabía de antemano qué haría ese día y no se iba a poner a patear las calles sin rumbo como un perro callejero. Si quería encontrar a alguien, lo lógico era acercarse al lugar donde todo el mundo debía ir al menos una vez al día, el pozo de agua, y esperar allí a que llegara la persona que busca, el asunto era que en Bosgos había tres pozos de agua, por lo que tampoco era un plan perfecto, pero el pozo elegido era un muy buen pozo, generoso, concurrido, en el que se manejaba muchísima información a su alrededor: nacimientos, defunciones, líos de alcoba o chismes varios, lo que lo convertía en un buen lugar para probar suerte, pero no tuvo más suerte de la que le tocó a su compañero. A eso del mediodía y medio hambriento, ya había visto a la mitad de la gente de la ciudad aglomerándose al rededor del pozo en animadas conversaciones que aunque no comprendía del todo su contexto, le servía al menos para mantenerlo entretenido husmeando en el intrincado mundo del parloteo ajeno. En eso estaba, cuando vio pasar una carreta conducida por una anciana, era la primera cara conocida que veía en el día, aquella era la mujer que le había comprado la pieza de carne curada, e iba acompañada esta vez de una chica realmente bonita, la que se cubría la cabeza con un pañuelo en muestra de recato, o tal vez solo para protegerse el cabello del sol y el polvo, pero su rostro parecía esculpido por el más talentoso de los artistas. Emmer las vio pasar y un segundo después se quedó con el rostro contraído y la vista en el suelo, estudiando una alarma que acababa de encenderse en su cabeza, “Esa chica… ¿Acaso no era… Cómo se llamaba? Era… era…” Tuvo que agudizar los sentidos de sus recuerdos para obtener la revelación que buscaba, “¡Esa era la chica que cuidaba Qrima, la que tenía un hijo del príncipe Rianzo! ¡O sea Janzo!” Un rostro como ese era difícil de pasarlo por alto, pero para cuando lo recordó, la carreta ya se había alejado y era engullida por la multitud.



Según como acordaron, Janzo estaba de regreso al mediodía; más desanimado que cansado y más sudado que sediento. Su amigo no estaba por ningún lado así que buscó un lugar donde sentarse a esperarlo. Frente a él, en el pozo, la gente iba y venía sin parar y pensó que hubiese sido una buena idea quedarse allí a solo esperar, en vez de salir a recorrer la ciudad sin un rumbo claro. La gran mayoría de las personas que frecuentaban el pozo eran mujeres con sus hijos pequeños a cuestas, atados a sus espaldas o caminando agarrados a sus faldas, como si pendieran de ellas. Muchos niños, pero ninguno era su pequeño Brelio, y es que si no estaba su mujer allí, difícilmente estaría su hijo, aunque por un momento le pareció verlo caminando aferrado a la falda de una mujer que no era Darlén, la que cargaba un bebé a la espalda y un cubo de agua en los brazos. El niño, sin embargo, estaba lejos y de espaldas a él, y la verdad era que, a esa distancia, podía ser cualquier otro niño similar a su hijo, y aquella ilusión no eran más que sus deseos por encontrar a su familia, pero cuando quiso abandonar la idea, no pudo, porque su cabeza estaba obstinada en decirle que ese niño era Brelio, y además, en recordarle que Darlén estaba junto con la mujer de Emmer cuando huyeron y que aquella tenía un bebé, y que esa mujer que había visto con su hijo, en realidad era Nila y que ahora debería correr si quería alcanzarla. Su cabeza se lo demandó, Janzo incluso se puso de pie de un brinco, pero ya era tarde, ya no los veía y de pronto ya no estaba tan convencido de que aquel niño hubiese sido en realidad su hijo. Estaba allí, consolándose de la duda y resignándose al engaño de sus sentidos, cuando Emmer regresó, venía jadeante y brillante de sudor, diciendo que le pareció haber visto pasar a Darlén en una carreta, pero que la perdió y no pudo comprobarlo, así que no podía estar seguro de lo que había visto, “¿Qué hacemos ahora?” Preguntó este último, Janzo volvió a sentarse y se cruzó de brazos, ya había vendido incluso al caballo y no le quedaba nada más por hacer, “No sé tú, pero yo no pienso moverme de aquí hasta no ver pasar delante de mí un rostro conocido…” Emmer se dejó caer a su lado, tampoco era que tuviera algo mejor que hacer, y dejaron pasar varias horas hasta que, por las últimas de la tarde, una carreta se detuvo frente a ellos por sí sola y un rostro conocido y malhumorado los miró. Era el viejo Qrima.



Oh, padre, aún queda algo por hacer antes de sacarte de ahí… ten paciencia por favor” Decía Migas, hurgando entre los restos chamuscados de su cabaña buscando cualquier cosa que pudiera salvarse, “Lo sé, padre, lo sé… ¿pero es que acaso tenemos otra opción?” Se miraba con desagrado las manos ennegrecidas por el hollín, pensando en que se ensuciaría todo con esa porquería y luego sería un fastidio darse un baño de cuerpo completo para quitársela, cuando una idea se le cruzó por la cabeza, “Oh, padre, ¡pero que gran idea! ¿En serio crees que funcione?” Y empezó a fregarse las manos con ganas, entre ellas y por toda la cara, como si se tratara del más aromático jabón. Continuó esparciéndose el hollín cubriendo hasta las orejas y los brazos hasta los codos; cuello y nuca también. Lo hizo con meticuloso cuidado, pues no contaba con nada parecido a un espejo y la idea era parecer un hombre de piel oscura y no solo alguien que se ha ensuciado con carbón a propósito, luego, y asumiendo el sacrificio de su misión, se cogió su querido cabello en una cola de caballo que cortó con su cuchillo, con eso, más una capa, no lo reconocería ni su propia madre, si esta aún viviera, y si no hubiese sido ciega desde tan joven. Había tomado, junto con su padre, la drástica decisión de regresar a Cízarin por el cuarto de oro enterrado en el suelo de su casa, bajo la calavera de su madre, y que ahora necesitaba para reconstruir su cabaña, oro que, por cierto, su padre en sus años mozos hurtó al mismísimo rey de Cízarin, al anterior del anterior, pero que al conseguirlo, no supo qué hacer con él más que enterrarlo, pues no podía usarlo y explicar de dónde lo había sacado. Desde entonces que estaba allí escondido. Migas sentía pesar, pues siempre había sentido ese oro como una pequeña fortuna que lo ponía, en secreto, un poquito por encima de los demás, aunque no le fuera de ningún provecho, lo reconfortaba saber que estaba ahí, pero ahora debía hacer lo que un hombre debe hacer, hacerse cargo de la situación, y eso es lo que haría, reconstruiría su hogar.


León Faras.