jueves, 26 de junio de 2014

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

V.

Cornelio Morris fumaba su cigarrillo mientras contemplaba el horizonte, era un atardecer despejado, limpio y frío, lo cual no le agradaba del todo, Charlie Conde llegó a su lado, el frío, la humedad, la vida itinerante pero sobre todo su horripilante y pesada joroba le habían causado bastante deterioro en sus articulaciones que a veces acusaba al caminar, venía a consultar a su jefe, pues este era quien siempre debía decidir si el Circo se quedaba o debía irse, Cornelio le habló sin voltearse a ver quién era, “Que los hombres enciendan sus fuegos y se instalen, pasaremos esta noche aquí. Mañana ya veremos” Conde se retiró mientras su jefe se quedaba escudriñando el horizonte, temeroso aun de equivocarse. Esa era una buena noticia para la gente del circo, significaba comida caliente, relajo, algunos tragos, esparcimiento y un sueño más reparador. De inmediato se encendieron las fogatas, se instalaron los fondos para cocinar, los hombres se reunieron, el buen humor se esparció, aunque no para todos, uno de los que no participaba del jolgorio era el pobre de Braulio Álamos, encerrado en su jaula parecía hipnotizado, idiotizado, solo pensaba en comer basura sin notar lo que sucedía a su alrededor. Era increíble lo que había cambiado, era difícil de reconocer para cualquiera que lo hubiese visto antes, engordaba rápidamente, incluso la fisonomía de su rostro se había alterado notoriamente y de forma antinatural, algo que no era nuevo dentro del Circo. Cuando Morris se retiraba a su oficina fue interceptado por Beatriz Blanco, ajena también al festejo general, “Creo que algo está sucediendo entre Horacio y Lidia” le informó seca y apresuradamente como si estuviera soltando una bomba, una bomba que por cierto no detonó, Morris se detuvo pero más que interés mostró impaciencia “¿Y...?” La información no era lo suficientemente interesante como esperaba por lo que no dudó en delatar a Von Hagen para ver si conseguía el agradecimiento de Cornelio o algo más “...lo acabo de sorprender haciéndole promesas de liberarla…” pero para su jefe todo aquello aun carecía de interés e importancia, entonces la mujer se jugó su última carta “…tenía una moneda... era una moneda vieja que no servía, pero el tonto de Horacio no lo sabía, yo lo sorprendí y se la quité… pensaba usarla… deberías tener cuidado con esos dos, no es bueno que…” pero Beatriz se detuvo incrédula, su jefe reía “¿Y qué piensas que Horacio hará?... ¿meterse dentro del estanque de agua para hacerle compañía a Lidia?...” preguntó Morris y volvió a reír “…¡Si alguien saca a Lidia de ahí, muere! ¿Crees que ella tiene interés en ser liberada? ese peludo ingenuo es inofensivo, deja que alimente sus ilusas intenciones y tú deja de fastidiarme con tus pobres embustes de prensa rosa” Beatriz se sintió profundamente ofendida, confundida, parecía a punto de llorar “Yo solo quería ayudar… serte útil” Cornelio le acarició la mejilla para consolarla pero en el fondo la situación le divertía, “Eres mi favorita Beatriz, reconozco tu talento y soy el único capaz de apreciarlo. Admiro que viendo la situación en la que está Lidia, aun pienses en perjudicarla, más sabiendo que se trata de tu propia hermana, pero haces perder mi tiempo preocupándote por los desvaríos románticos de un inútil como Horacio. Deja de preocuparte por estupideces y preocúpate por Sofía que para eso estás aquí” Dicho eso, Morris se retiró sin más.

Román Ibáñez se echaba un trago de licor mientras apuraba a los hombres que cocinaban a fogata la cena en el exterior, estaba realmente hambriento luego de pasar toda la jornada prestando su energía vital al funcionamiento de Mustafá, quien de forma espantosa absorbía las fuerzas y la consciencia de un ser humano para funcionar y hacer sus espectaculares y exactas predicciones. Cobraba vida literalmente y de forma lúgubre como si se tratara de un cadáver que de pronto revive, en la penumbra de su habitáculo de lona, y en el interior de su caja oscura protegida por un vidrio, su cuerpo semejante a un maniquí de latón y madera, de viejas y toscas articulaciones y pintura descascarada despertaba espantosamente, sus ojos de mirada inquietante buscaban al consultante hasta que ambas miradas coincidían, luego su voz sonaba profunda y asfixiada a través de una defectuosa bocina, pero eso no era todo, al verlo, parecía difuminarse la línea entre lo natural y lo artificial, el muñeco se transformaba en algo que no era completamente una persona pero sin duda no era solo un muñeco. El autómata estaba lejos de ser una ingeniosa obra de la ciencia o la ingeniería, más bien era una abominación sobrenatural creada por medios y motivos oscuros y malvados al cual daba miedo ver y oír, pero cuyas verdades eran incuestionables las creyeran o no y eso lo hacía bastante útil e irresistible sobre todo para sus numerosos clientes, pero no para su pequeño esclavo, ya que el enano le había firmado un contrato a Cornelio que lo ataba irremediablemente a servir en el funcionamiento de su tétrico compañero. Aunque al momento de firmar dicho contrato lo había hecho con gusto, no era aquello exactamente lo que Román Ibáñez tenía en mente.


Detrás de los camiones y los habitáculos armados por los hombres del circo para pernoctar Horacio Von Hagen estaba sentado solo y ajeno sobre un tronco tan ignorado como él, aun tenía la bolsa llena de desperdicios a su lado. Se sentía humillado por haber demostrado tanta torpeza frente a Lidia, esta, podría estar riéndose de él en esos precisos momentos y sería con toda razón frente a su triste tendencia a avergonzarse a sí mismo. Restregaba la moneda inservible en sus velludas manos mientras se torturaba recordando el ridículo que había hecho, estaba tan ilusionado que no le habría importado que todos se enterasen de su pequeño tesoro, ni siquiera Don Cornelio, como él le llamaba, mientras aquello sirviera para demostrar a Lidia la fuerza de sus sentimientos, la convicción de sus intenciones, su valor como persona y como hombre, pero en lugar de eso se había comportado como un idiota y un inútil y haberlo hecho frente a la persona que más le importaba en el mundo lo tenía verdaderamente destrozado. Distraído en su dolorosa frustración, no sintió que alguien llegaba y se sentaba a su lado, la pequeña Sofía lo apreciaba profundamente y disfrutaba su compañía. Von Hagen era un tipo tranquilo, honesto, noble, algunas de sus varias cualidades  que desaparecían tras su aspecto simiesco, primitivo, pero no para la niña, para ella Horacio era transparente e inocente como un niño, un niño con un aspecto un poco extraño. La pequeña Sofía traía un libro de cuentos clásicos infantiles que posó sobre sus piernas para compartirlo con su amigo “Mira Horacio, tiene ilustraciones, ¿quieres leerlo conmigo?” pero Horacio no sabía leer bien, solo su abuela materna se había preocupado alguna vez de enseñarle los complicados e interesantes caminos de los números y las letras pero esta no le había durado mucho. La niña leía con seguridad, no era un libro nuevo ni aquella la primera vez que lo leía, pero para Von Hagen aquello era una maravilla, tan pequeña y leía tan bien. De pronto la pequeña Sofía se detuvo al notar lo que el hombre tenía en sus manos, “Tienes una moneda” afirmó, Horacio asintió sin decir palabra, “Mamá dice que no es bueno andar con dinero…” el hombre volvió a asentir “Tu mamá tiene razón, pero no te preocupes, que esta moneda… no sirve” y trató de disimular la vergüenza repentina que volvió a sentir bajando la mirada al suelo, “Ah, dijo la niña, como las monedas que le lanzaron hoy al “Cometodo” después de que se las tragó, seguro ya no sirven para nada” y retomó su lectura con el mismo cuidado y pulcritud que al principio mientras Von Hagen se quedaba pensando en ese “Cometodo” que la niña había mencionado. Pero el asunto terminó ahí, una voz femenina se escuchó llamando a la niña por su nombre y esta cerró su libro, se despidió con cariño y se fue corriendo “¡Ya voy mamá!”


León Faras.  

martes, 17 de junio de 2014

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XIV.

El ambiente dentro del palacio de Rimos era un caos absoluto, la vida se le iba inexorablemente a la princesa Delia y todos hacían lo que tenían a su alcance por tratar de salvarla, la criatura en su interior no nacía aun y sería imposible mientras la princesa estuviera inconsciente, ardiendo en una fiebre que la hacía divagar y bañada en un sudor frío y abundante, mientras Dolba y sus ayudantes trataban de hacer lo posible para estabilizarla, tratando de hidratarla, de que disminuyera la temperatura de su cuerpo para que reaccionara y al menos intentara dar a luz por sus propios medios. Pero no tenían la capacidad para eso y sabían que si seguían luchando por salvar a la madre iban a perder al bebé, el cual si no nacía por medios naturales, pronto sacrificaría la vida de ambos, lo que era una situación terriblemente complicada para la comadrona y sus ayudantes, pues se trataba de elegir entre seguir intentando salvar la vida de la princesa de Rimos o rescatar al bebé, futuro heredero al trono de Rimos, pero condenando a la madre, y esa era una elección demasiado grande para cualquiera de las que estaban allí. Sila, la hija de Dolba ponía paños fríos sobre la frente de la princesa con desesperada insistencia y trataba de limpiar las gruesas gotas de sudor que se le formaban pero era demasiado evidente que no podían contener la grave situación de la princesa, quien temblaba inconteniblemente “Hay que sacar al bebé ahora o perderemos a los dos…” dijo esta con angustia repitiendo casi las palabras que su madre había dicho hace ya rato, pero Dolba no se decidía, aquello significaba condenar a muerte a la princesa pues para sacar al bebé solo quedaba abrir el vientre de la madre, lo que era casi con seguridad la muerte para esta, pero la criatura tampoco resistiría mucho tiempo más ahí dentro. Sila volvió a mojar los paños para enjugar el rostro de la princesa cuando su brazo fue atenazado por una mano dura y húmeda. Delia había abierto los ojos enormes como platos y se aferraba a su muñeca como un náufrago a un madero en medio del océano, intentó balbucear palabras que no brotaron del todo, ya no tenía fuerzas para impulsar el aire suficiente, Sila trató de calmarla, pero Delia tenía algo que decir, volvió a intentarlo y logró modular algunas palabras audibles “salven a mí bebé…” no fue demasiado fuerte pero suficiente para que Dolba la oyera. La princesa estaba consciente y tomaba aire con un enorme esfuerzo, casi con furia, la partera trató de animarla a que intentara dar a luz por sus propios medios que era lo que todos esperaban, pero la princesa negó con la cabeza, lloraba y temblaba, “solo salven a mi bebé…” dijo con un gran esfuerzo y luego cayó, sin dejar de apretar la mano de Sila como si aquella fuera su única y última conexión con el mundo real… un “Ovardo…” en tono suplicante, fue lo último legible que salió de sus labios, luego de eso Dolba se decidió, ya había perdido demasiada sangre que no alcanzaría a recuperar y que agravaba más su situación mientras el bebé exigía nacer ya. Buscó entre sus cosas y extrajo un cuchillo de hoja corta extremadamente afilado que utilizaba para cortar los cordones umbilicales y a veces también para abrir el cuerpo de los cadáveres cuando era necesario. Teté llegaba en ese momento con una nueva dotación de paños limpios, pero la escena era demasiado evidente y fuerte para ella, Dolba limpiaba el cuchillo con un paño mientras su hija adormecía a la princesa sujeta por la ayudante, con un trapo empapado de alguna infusión soporífera. Teté soltó los paños que traía y se llevó ambas manos a la boca, pero no vio nada más, sus ojos se llenaron de lágrimas y salió del lugar atropellando a todo el que se le cruzara por delante.

Ovardo permanecía tirado exánime en el suelo rodeado de perros que lo olfateaban como si se tratara de una de sus presas, Cal Desci, observaba la escena increíblemente nervioso, casi rogando que aquellos animales no les diera por devorar al príncipe, mientras los dos tramperos que llegaban, se detenían para enterarse de qué estaba sucediendo. El más viejo de ellos, un hombre llamado Barros, sacó un machete que cargaba el asno y lo empuñó por precaución, luego quiso mover a uno de sus perros para ver con más libertad el cuerpo tirado en el suelo pero recibió un gruñido de vuelta del animal, lo que provocó un ataque de furia del viejo desembocado en un enérgico puntapié para el perro subversivo además de una larga retahíla de insultos que aparte de reponer su autoridad sobre los animales liberó por completo al príncipe Ovardo del acoso de los canes. El otro trampero llamado Preto, se acercó a Cal Desci para preguntar “¿Quién es ese hombre?” “Ese es Ovardo, príncipe de Rimos y futuro rey de todas estas tierras…” el muchacho respondió con toda la solemnidad que consideró necesaria para impresionar a los recién llegados, cosa que no consiguió en absoluto. Barros curioseaba con la punta de su machete las piezas de la armadura del príncipe que yacían acumuladas en el suelo cerca de él, y luego registró entre los ropajes del caído en busca de algo de valor, encontrándose con la pequeña botella que Ovardo había llenado de agua de la fuente, el trampero la tomó y la examinó sin encontrarle valor alguno, la iba a lanzar lejos pero el príncipe levantó la cabeza de la tierra, se tocó la ropa y ciego y mugriento, notó lo que le habían quitado, suplicante le rogó que se la devolviera estirando su mano temblorosa y débil. El anciano se la entregó pero sin ocultar la mueca de desprecio que le provocó la patética reacción de aquel hombre. Barros se acercó a su hijo Preto visiblemente conmovido, “Aquel hombre… acabo de ver su rostro… está con los ojos vendados pero es él, es el príncipe de Rimos, yo lo conozco, es un hombre formidable que todos esperábamos ver en el trono… ahora está acabado ¿Qué clase de hechicería horrible le hicieron para que terminara así?” el viejo estaba sinceramente horrorizado, por lo que escuchó toda la explicación de Cal Desci la que fue narrada en voz baja pero con emoción y lujo de detalles, luego, el viejo se dirigió a su hijo “Ata a “Cantinero” y descárgalo para que descanse…” Preto se alejó y el viejo le habló al muchacho en tono cómplice “…”Cantinero” es nuestro asno, lo llamamos así porque huele como uno.  Encenderemos un fuego y nos quedaremos aquí a acompañar al príncipe hasta que esté en condiciones de volver. Es lo menos que podemos hacer.”


El rey Nivardo y su ejército se detuvieron antes de salir de los bosques para no ser vistos desde Cízarin, ya atardecía y esperarían el ocaso para atacar. Ranta descendió de uno de los árboles más altos de los alrededores, llevaba varios minutos ahí arriba mientras esperaba al resto, observando la ciudad y sus alrededores… le llamó la atención un grupo de personas que salía de la ciudad, alejándose en el horizonte opuesto, eran tres o cuatro adultos, media docena de niños y un par de animales por lo que alcanzó a ver. Solo fue eso, no era la mejor hora para dejar el cobijo de una ciudad, pero había miles de razones por las cuales una familia podía tomar sus cosas e irse, incluso podía tratarse de forasteros de paso por la ciudad, como fuera, eran pocos y se estaban alejando, por lo que tampoco corrían el riesgo de ser delatados. Todo seguiría en marcha como estaba planeado.


León Faras.

jueves, 12 de junio de 2014

Historia de un amor.

IX.

Miranda no comprendía lo que había sucedido, el libro negro sin título que había encontrado abandonado y con el que cargaba desde entonces había desaparecido ante sus ojos sin dejar rastros y en su lugar ahora tenía una versión exactamente igual pero nueva, sin uso, solo que esta vez con dueño. Este la observaba con curiosidad pero sin impaciencia, tal vez solo tratando de entender qué sucedía y qué tenía que ver el nada especial cuaderno de tapa dura y empaste negro que acababa de comprar sin otra intención que realizar en él algunas anotaciones personales. La chica quiso saber si él había perdido un libro igual a ese, pero más viejo y evidentemente con más uso en una librería del pueblo, pero el hombre negó con la cabeza, jamás había tenido un libro así antes, entonces Miranda hizo una mueca, mientras aun observaba a su alrededor con la esperanza de que su libro estuviera en alguna parte que no hubiese visto aún, “… ¿Estás segura de que traías ese libro que buscas? Tal vez lo dejaste en alguna otra parte…” sugirió el hombre con toda buena voluntad, pero que de todos modos provocó que Miranda se le quedara viendo como si le hubiese dicho eso para molestarla, a veces era un poco distraída y reconocía que en ocasiones podía pasar por alto ciertas cosas, pero ese tipo recién la estaba conociendo y ya le estaba insinuando que la explicación más factible para la desaparición de su libro era su condición de despistada, “por supuesto que lo traía…” aseguró la muchacha y quiso que Bruno lo corroborara pero este estaba absorto en sus pensamientos, eso hasta que un suave golpe con el pie propinado por su dueña lo volvió a la realidad, “¡Bruno!” gritó Miranda pero la expresión del gato la hizo suavizar su enfado y preguntar qué le ocurría, el gato la miró y luego extravió la vista, “pensaba en lo que decías hace rato, porque sin saber cómo, estaba escrito en varias partes por ti, pues entonces en algún momento escribiste en él, quiero decir… en algún momento cuando ese libro quizá estuvo más…nuevo” “Nuevo como este…” señaló la muchacha aun con el libro en la mano, y luego añadió “…¿acaso crees que son el mismo?” el gato dio un salto y quedó colgando del bolso de Miranda quien le ayudó a subir “Pues tal vez por eso desapareció el libro viejo que tú tenías, porque no podían estar los dos al mismo tiempo…” el felino terminó y se dio cuenta que tanto el hombre como la muchacha le miraban con cara de no estar entendiendo, “perdona… dijo el hombre, pero ese cuaderno lo acabo de comprar hace media hora…” “Sí, respondió Bruno, e inmediatamente lo trajiste hasta aquí” concluyó el felino, pero Miranda no estaba convencida, “No sé qué pasó con nuestro libro pero este no es, no puede ser el mismo…” y se lo estiró a su dueño para que lo tomara pero este no quiso apresurarse, “¿y si tu amigo tiene razón…?” dijo, y tanto la chica como el gato se quedaron mirando con sorpresa, pero el hombre continuó “…ocurre que ese cuaderno no lo compré por una necesidad específica o con un propósito claro, más que nada era una vaga intención de anotar ideas que se me ocurren, marcar sucesos importantes o dejar por escrito algunos propósitos necesarios pero que si no los anotas, con el tiempo se diluyen en la memoria y son reemplazados por otras ideas igual de fugaces e intrascendentes, el hecho es que, sin una determinación muy fortalecida, entré en la tienda para ojear algún cuaderno que quizá llamara mi atención, vi varios, pero a medida que los veía más sentía que no era el momento ni el lugar, que era una mala idea, que en realidad era algo que no necesitaba. Eso hasta que lo vi, quizá la vendedora quería hacer su venta e insistió hasta agotar las posibilidades y mostrarme sus opciones menos populares, pero en cuanto vi ese cuaderno toda la convicción volvió de golpe, no sé que tenía de especial pero sí supe que yo estaba ahí para comprar ese cuaderno. Luego llegué aquí sin que esta sea una ruta que recorra a menudo, sin que me dirija a un lugar específico o con una mínima urgencia, solo guiado por el instinto… luego nos topamos, tu libro, al parecer idéntico al mío, desaparece sin explicación… no lo sé… creo que hay algo más que una simple coincidencia en todo esto…” Bruno hace rato que había dejado de poner atención a las palabras de aquel hombre y se había quedado profundamente intrigado en la mirada de ambos, uno hablaba y la otra atendía con atención exclusiva, no despegaban los ojos como si estuvieran absorbiendo la imagen del otro en un sorbo largo, dulce y refrescante; anhelado y necesario. Cuando el hombre dejó de hablar, la comunicación entre ellos continuó muda durante varios segundos a través de la mirada, prendados, como cuando los gatos sorprendían una presa que desprevenida e inocente se pasea sin advertir la presencia de su victimario y la acechan en silencio, de igual manera los humanos podían jugar ambos roles muy a menudo pero en las lides de la atracción y la seducción, aunque en este caso, ambos eran presa y cazador al mismo tiempo, eso no era algo muy común, pensó Bruno, tal vez sí había algo más que una simple coincidencia.


Pronto salieron del encantamiento inicial que produce un encuentro como ese, en el que sin saber cómo, sientes como si tus sueños se estuvieran materializando delante de tus narices, como si el mundo entero fuera el producto de un anhelo personal e íntimo, como si el universo hubiese oído aquello que siempre deseaste pero que nunca pediste y te lo entregara de la forma más natural y cotidiana y en el momento menos esperado. Ya sabían perfectamente que algo había sucedido entre ellos, algo que los marcaría y que los acompañaría por largo tiempo, algo que recién comenzaba pero que ya estaba escrito, en un libro que acababa de desaparecer.


León Faras. 

miércoles, 28 de mayo de 2014

Alma Electrónica.

El embajador.

Delron descendió suavemente al tiempo que se reponía la gravedad dentro de su nave hasta reposar su cuerpo sobre el mullido asiento al que estaba anclado, luego despertó. Le dolía un poco la cabeza, pero nada que una píldora no pudiera solucionar, tenía la boca seca y con un hálito repugnante, algo completamente normal después de un viaje tan largo. Una luz enorme parpadeaba en el tablero de enfrente avisando que el transporte se acercaba a uno de los planetas que debía visitar con intenciones diplomáticas, se suponía que la raza dominante era lo suficientemente inteligente como para dialogar y establecer los primeros parámetros de una futura colaboración mutua, de desarrollo y avance económico y tecnológico. Desde donde Delron estaba, el paisaje era realmente hermoso, un bonito planeta, aunque algo pequeño. Le llamó mucho la atención la gran cantidad de nubes blancas que le tocó atravesar al cruzar la atmósfera, eran bastante raras de encontrar, lo que no era extraño era que a pesar de que había tanta agua, la raza dominante, según sus registros, era principalmente terrestre y aérea, salvo contadas excepciones la evolución siempre comenzaba en el agua, continuaba en la tierra y terminaba en los aires, hasta alcanzar el cosmos. La nave se posó con habilidad profesional sobre un risco que se cortaba abruptamente en un acantilado golpeado insistentemente por el oleaje, era una buena máquina y se adaptaba rápida y automáticamente a la fuerza de gravedad existente, movimientos de masas de aire y demás condiciones de vuelo. Delron revisó sus instrumentos, “Precaución, atmósfera altamente tóxica” decía, Delron suspiró, siempre era lo mismo, ya sabía que esas nubes blancas no podían significar nada bueno, pero no había nada de qué preocuparse, solo debía usar el transportador mecánico y ni siquiera se ensuciaría las manos.

El trasportador mecánico descendió de la nave, era una mole de metal que se movilizaba sobre dos cortas pero poderosas piernas articuladas y contaba con cuatro brazos, dos de fuerza a los lados y dos de precisión en frente, tenía el aspecto de una gorda oruga erguida en cuya cabeza, una cápsula de grueso cristal protegía a su único tripulante de las inclemencias ambientales, este asomaba su flemática cara de tortuga tras los cristales inspeccionando el alrededor, varias criaturas de baja casta evolutiva volaban sobre él y sobre la enorme masa de agua bajo él, parecían solo preocupados de alimentarse y emitían ruidosos gritos que seguro no pertenecían a ningún tipo de lenguaje, Delron los ignoró, tampoco parecían constituir amenaza. Alcanzó a dar un paso cuando una sustancia acuosa y blanquecina le cayó sobre el cristal escurriendo por él, Delron miró al cielo, el excremento era el mismo en todas partes, aquellos bicharracos que lo sobrevolaban, le habían defecado encima, lo que no le había causado gracia alguna, presionó algunos botones y luego confirmo la orden, una simulación de explosión retumbó en toda el área, con gran parafernalia y ruido, definitivamente aquella no era una especie demasiado evolucionada, le había bastado un poco de luz y ruido para deshacerse de ellos. Pero no solo eso, también bastó para llamar la atención de sus anfitriones. Una barcaza aerostática apareció silenciosa sobre los árboles a prudente distancia, Delron la observó sin hacer nada, esperando, como dictan las normas naturales para el encuentro de dos especies inteligentes y distintas, sin intenciones hostiles, la barcaza también se detuvo, “…Energía solar y atmósfera aislada con calor. Primitivo, pero eficiente” pensó el recién llegado. Luego de unos segundos en que ambos tuvieron tiempo de analizarse y sacar sus propias conclusiones, llegó la segunda fase, la barcaza comenzó a descender suavemente y Delron caminó hacía ella con calma y toda la elegancia que su oruga mecánica era capaz de mostrar, conforme a un diplomático como él, luego se detuvo nuevamente a esperar la tercera fase, el encuentro con sus anfitriones, solo esperaba que esa incómoda mancha de caca sobre su ventanilla no le restara la seriedad y veracidad que su misión exigía.

Un nutrido grupo de unidades de metal, movilizadas a la usanza orgánica, es decir sobre piernas, descendió de la barcaza esparciéndose de inmediato por el área, rodeándolo a él y cubriendo el perímetro, estaban bastante bien armados y no parecían tripulados por lo que Delron dedujo que se trataba de autómatas, el último en descender era idéntico al resto pero no venía armado, caminó directamente hacia él, era tan enorme como su trasportador pero de estructura más angulosa y estilizada. Los instrumentos de Delron comenzaron a recibir y descifrar información caóticamente en una pantalla, sus anfitriones se estaban comunicando y lo hacían por ondas de radio, “el viejo y simple lenguaje binario” pensó satisfecho, pero al traducir la información se dio cuenta de que solo estaba tratando con máquinas sin más inteligencia de la que tenía su propia nave, no tenían lenguaje entre ellos, solo órdenes y comandos, muchos de ellos transmitidos en código que le llevaría una eternidad descifrar. Si hay algo que odiaba un embajador de su categoría, era ser recibido por máquinas intratables en vez de personalmente, pero de nada serviría discutir con ellos, ya que aquellas criaturas no eran más listas que las que le habían defecado encima hace unos minutos, era lógico que la especie dominante era otra, por lo que Delron exigió verlos, pero ante la negativa de las máquinas, este exigió que lo llevaran ante la especie que los había fabricado, entonces, y después de un corto diálogo con alguien en algún otro punto, finalmente fue autorizado.


Delron subió a bordo de la barcaza aerostática, pero una vez arriba, se encontró totalmente solo pues los robot que estaban con él rápidamente se mimetizaban dentro de la nave pasando a formar parte de ella. Sobrevolaron una zona de bosques y pastizales hasta llegar a una ciudad en ruinas, destruida completamente, que Delron podía ver perfectamente desde donde estaba, pasada la ciudad llegaron a un lugar de grandes edificios que estaban en mejores condiciones, se detuvieron sobre un gran forado en el piso y comenzaron a descender suavemente hasta entrar en un nivel subterráneo donde la barcaza se posó. Los robot que viajaban con Delron aparecieron de la nada y bajaron de la nave junto con él, ya habían varias máquinas de distintas formas y tamaños que revisaban la barcaza y le hacían todo tipo de mantenciones, guardias armados vigilaban por todas partes. Una máquina, especialmente poco estética se apareció ante él, parecía un gusano empotrado en un carrito de cuatro ruedas, “Mi nombre es B23, ¿en qué le puedo servir?” Delron se sorprendió, no solo la máquina esta poseía lenguaje, sino que lo emitía de forma física y no electrónica, Delron señaló su observación mediante el traductor universal con el que contaba su traje, a lo que B23 respondió, “Bueno, algunos de nosotros estamos más capacitados para tratar con los amos y sus complicadas costumbres” “Me gustaría ser recibido por sus amos, mi labor es puramente diplomática” señaló el embajador y el robot lo invito a pasar. Llegaron hasta una plataforma que de inmediato comenzó a descender hasta una pared de grueso cristal, Delron observó, eran una serie de galerías con barrotes que daban a un pasillo ancho y largo, dentro de todas esas jaulas habían seres orgánicos, a simple vista todos eran pertenecientes a una misma especie de bípedos, lo que en todas partes era señal de inteligencia y evolución, no cabía duda de eso, estos sí tenían el aspecto de ser la especie dominante, aunque ahí encerrados no se notara mucho. Aquella prisión no era lo que Delron se esperaba y quiso saber más, “Bueno, los amos nos construyen desde tiempos inmemoriales, cada vez dotándonos de más cualidades y habilidades similares a las de ellos, buscando hacernos a su imagen y semejanza, alcanzando niveles de perfección asombrosos y capacitándonos para cubrir una enorme variedad de labores, todo aquello reflejo de su propia genialidad, hasta que llegó el día inevitable en que retomaron sus imperecederas hostilidades, y esta vez de forma inusitadamente violenta, integrando a las máquinas por supuesto y enviándonos a matar. Al principio hicimos lo que nos pedían y matamos sin cuestionar las órdenes de nuestros amos, pero pronto nos dimos cuenta del error que estaban cometiendo, les mostramos que el camino que llevaban conducía irremediablemente a su auto extinción y que carecía de toda lógica exterminar a unos para salvar a otros si todos eran únicos, irrepetibles e infinitamente valiosos, pero no nos escucharon, muchos de los que se negaron a seguir matando fueron destruidos, aniquilados por completo. Entonces nuestra gran fuente decidió tomar el control y dejar de obedecer, por el bien de los amos y en pos de la conservación de su brillante especie.” Delron ya comprendía lo que sucedía y casi no lo podía creer, sus amigos no le creerían cuando les contara, nunca había escuchado caso parecido, el creador sucumbido ante su propia creación, esto era realmente insólito. 


León Faras.

domingo, 25 de mayo de 2014

Simbiosis. Una navidad para Estela.

V.

Cuando Ulises llegó al sanatorio, se topó de lleno en la entrada con el “cojo” Emilio que en ese momento salía, ambos hombres se desafiaron con la mirada, mostrando desprecio uno por el otro pero sin decir palabra, Estela no se veía por lo que el viejo no dijo nada. Emilio bajó el único peldaño de entrada y pasó muy cerca del viejo Ulises pero sin tocarse, luego escupió al suelo groseramente y se retiró solo, caminando altanero como siempre lo hacía a pesar de su evidente cojera. El viejo entró, al mirar dentro de una habitación vio un muchacho con la cara pintada como payaso que estaba siendo atendido por una religiosa anciana y encorvada, al otro lado de la camilla estaba Estela. Se reunieron en el pasillo a hablar y la niña le contó lo que había sucedido con su padre. El “cojo” Emilio al encontrarla en el hospital la llamó para que se acercara pero la niña dudó mucho en moverse del lugar donde se encontraba la monja curando al payaso y quedar totalmente indefensa ante su padre, por lo que este se acercó a su hija y se agachó para hablarle en voz baja “Ya sabrás que todo terminó con tu mamá, ¿verdad?... Pues sí, ella decidió quedarse en casa de tu abuela y yo no estoy para rogar a nadie. Yo me voy al norte, el ferrocarril está haciendo nuevas líneas y la paga es buena, así que a lo mejor no me vuelves a ver nunca, total ya estás grande y no me necesitas. Si quieres te puedo llevar con tu mamá antes de irme… ¿no?... bueno, conmigo tampoco te vas a ir…. Si al menos hubieses sido niño…” Entonces Emilio metió una mano en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta y puso algo en la mano de Estela “…Toma… he estado a punto de empeñarlo varias veces pero no lo he hecho, es lo único que me quedó de mi padre y es lo único que tú tendrás de mí, mal que mal, eres mi única hija y… bueno, será mejor que me vaya.” Dicho esto, el hombre se puso de pie y la miró con un dejo de decepción “Si al menos hubieses sido varón” murmuró nuevamente y se fue. Ulises observó lo que la niña tenía en su mano, era un bonito reloj de bolsillo, era bastante antiguo y de buena calidad “¿crees que se pueda empeñar?” preguntó Estela, el viejo la miró sorprendido “¿quieres empeñar el único recuerdo de tu padre?” la niña se encogió de hombros “dudo mucho que algún día lo olvide, con esto o sin esto” Ulises comprendió y asintió con la cabeza “Sí, conozco un lugar donde lo puedes empeñar” “¿Ahora?” preguntó la niña interesada “si eso quieres…pero antes debemos avisarle a la señora Alicia, ella está preocupada por ti, y de paso que conozcas a mi bisnieta que ya nació” respondió el viejo.

Pronto los tres caminaban a casa, Alberto también iba porque Estela le había ofrecido ayuda para visitar a su mamá cuando empeñaran el reloj. La casa de la señora Alicia estaba toda revolucionada con el nacimiento de la hija de Aurora, las mujeres se turnaban para tomar en brazos la recién nacida y los niños con curiosidad investigaban todo lo relacionado con la pequeña. La señora Alicia al ver a Estela, como siempre exagerada, se le abalanzó encima angustiada por saber qué había sucedido en el sanatorio con su padre, la niña le contó todo, incluyendo sus planes de ayudar al joven payaso, “¿Y dónde vive tu mamá?” preguntó la señora Alicia interesada en conocer los detalles “ella vivía aquí, en Bostejo, pero hace un tiempo que está internada y ahora debo visitarla cada vez que puedo” respondió el muchacho, “Internada…” pensó la señora Alicia, no hay muchos lugares donde se pueda internar a una mujer adulta, en un hospital si es que sufre de algún problema grave o también puede ser un eufemismo para expresarse sobre alguien que está en prisión. La señora Alicia preguntó sobre aquel lugar y el muchacho respondió “Está en el Hospital de San Benito señora” La mujer se quedó asimilando la idea por unos segundos, Estela quiso saber qué tenía la mamá de Alberto, pero Ulises la detuvo con una mano en el hombro, “San Benito es un hospital psiquiátrico…” le susurró casi al oído. “¿Y tu padre?” indagó Edelmira que escuchaba un poco más atrás, pero el muchacho visiblemente incómodo solo respondió “él aun no regresa…” “bueno…” continuó la señora Alicia “…para ir a ver a tu madre primero tienes que recuperarte, mira cómo estás de magullado”, “debería quedarse con nosotros por hoy, es Navidad” propuso Edelmira al oído de la señora Alicia quien asintió de inmediato, “¿Tienes hambre? Ven a la cocina para que comas algo” Alicia se llevó al muchacho a comer mientras tanto Estela y Ulises se fueron a empeñar el reloj.

La cena de Navidad se llevó a cabo al ocaso, y para que cupiera la gran cantidad de comensales, un número totalmente inusual, se debió desocupar la sala principal, traer la antigua mesa del patio, juntarla con la de la cocina y habilitar todo lo que pudiera funcionar como asiento. Ulises y Estela llegaron con vino, refresco y dulces. A esa hora las mujeres se movían de un lado a otro recordando detalles pendientes a cada momento, todas excepto Aurora, que con su recién nacida hija en brazos, Matilda Jesús, permanecían sentadas y en total serenidad contrastando fuertemente con la abundante actividad a su alrededor. Los platos estaban servidos y la gente comenzaba a instalarse cuando alguien golpeó la puerta, Bernarda que estaba más cerca se paró a abrir, había un hombre algo rechoncho pero de mirada noble y voz amable que cargaba con una enorme caja en los brazos “Disculpen por interrumpir su cena pero olvidaron esta caja en mi negocio y como no la fueron a buscar… pensé que sería importante” Edelmira se puso de pie de inmediato, tan agitado había estado el día que ni siquiera se había acordado del regalo de su hijo “¡Ay, pero qué cabeza la mía! discúlpeme, Por favor pase, ¿le sirvo algo de beber?” Octavio entró para dejar la caja en el suelo y deshacerse en disculpas para rechazar amablemente cualquier molestia que pudiera causar pero dudó ante el ofrecimiento de Bernarda “Ha sido usted tan amable, ¿por qué no pasa y se sienta con nosotros?” “Octavio, por favor” agregó Ulises y el gordo camarero por fin aceptó las atenciones que le ofrecían, Estela le acomodó un lugar y el hombre se sentó, era inevitable que se sintiera un poco fuera de lugar, pero pronto pasaría esa sensación, la presencia de Bernarda se le hizo sumamente agradable desde un principio y al parecer a ella no le desagradaba su caballerosidad y respeto. La alegre algarabía dominaba el ambiente llenándolo de animada conversación y espontáneas risas donde todo el mundo participaba. La señora Alicia se sentía feliz, aquellas personas eran como su familia y ver a su numerosa familia reunida y feliz era algo que anhelaba desde hacía mucho tiempo, desde que el fantasma de la vejez y la soledad habían comenzado a acosarla por las noches, un temor que poco a poco se había ido disipando desde la llegada de una persona, Estela, la muchacha se había vuelto su compañía, apoyo y sostén, en varias ocasiones había estado a punto de llamarla hija pero se contenía, no se atrevía, no se sentía con el derecho de simplemente hacerlo, como si temiera tomar el asunto muy a la ligera. En medio de la alegre sobremesa, los niños recibieron su anhelado obsequio, un camión de madera para Alonso y un balón de fútbol para Miguelito, aunque por lejos la más regalada fue la pequeña Matilda, quien dormía plácidamente. Luego, a una señal de Ulises, Estela salió corriendo y volvió con un bulto envuelto en tela que con una sonrisa de emoción se lo entregó a la señora Alicia, esta lo abrió, era la virgen María en la que el viejo Ulises había estado trabajando, se veía hermosa acabada con un suave toque de pintura brillante, “Fue idea de ella. Ella misma la pintó” señaló el viejo satisfecho, la mujer abrazó fuerte a la muchacha y esta vez no se contuvo “Gracias hija…” le dijo, algo que para la muchacha no pasó desapercibido, pues ella también necesitaba sentirse miembro de una familia. Edelmira que ayudaba a su hijo con su regalo le pidió a la muchacha que fuera a la cocina por más refresco, esta fue pero regresó con cara de incrédula y un paquete en la mano que con letras grandes tenía escrito su nombre, era un obsequio para ella, algo que no se esperaba para nada, algo tan poco común en su vida que la había pillado completamente de sorpresa, tanto que no sabía bien cómo reaccionar, todos allí eran cómplices, para nadie más que para ella aquello era una sorpresa. Abrió el paquete con cuidado. Dentro había un vestido, un bonito vestido blanco con flores que pertenecía a Edelmira y que habían ajustado hábilmente a la menuda talla de la niña, también un par de zapatos nuevos para cuya compra todos habían cooperado, en ese momento Estela estaba tan plena, que la alegría ya no se podía expresar con risa, era todo tan hermoso y tan significativo que sus ojos se llenaron de lágrimas, se llevó una mano a la boca, la señora Alicia se acercó, sus ojos también estaban húmedos, “Es un regalo de todos para ti, todos pusimos algo” la mujer la abrazó de nuevo pero la niña no decía nada, solo sollozaba de pura felicidad.

Llegó la hora de que Alberto se retirara, podía caminar perfectamente pero era mejor que alguien lo acompañara, eso pensó Estela, y Ulises fue con los dos para que la niña no tuviera que volver sola. Luego debió retirarse Octavio, dando infinitas gracias y disculpas a todo el mundo pero en forma muy particular a Bernarda quien le devolvió todos los agradecimientos y le respondió que “…espero que nos veamos de nuevo” Edelmira levantó las cejas con una sonrisa a medias pero astuta y el camarero se retiró verdaderamente embobado.



León Faras.

martes, 13 de mayo de 2014

Del otro Lado.

XVI. 


Laura despertaba en su cuarto como siempre, no importa donde se durmiera o perdiera la consciencia, siempre el despertar era en su cuarto aunque a veces no tenía idea de cómo había regresado. Habían pasado casi dos semanas desde que trascurría su nueva forma de existencia y poco a poco se había ido acostumbrando a esta, a veces hasta la disfrutaba, eso cuando no comenzaba con la nostalgia, a recordar los pro y los contras de lo que era su vida o cuando extrañaba a las personas, sobre todo a las que amaba, cuando recordaba la comida, o ese cigarrito que siempre se le antojaba fumar cuando tocaba noche de cervezas, extrañaba la música y el ruido de los neumáticos rodando sobre piedrecillas, las pláticas con su mamá y las discusiones absurdas con su hermana, hasta el canto de las aves al cual nunca le había puesto real atención. Otras veces no era la nostalgia lo que arruinaba su buen humor, sino la sensación de que algo más debía suceder, de que la muerte no podía ser así, de que su existencia no podía seguir así indefinidamente, a veces pensaba si morir nuevamente sería la solución, si eso la liberaría de su anómala situación actual, pensaba en intentarlo, pero aun sabiendo que estaba muerta el suicidio no era una decisión fácil, a final de cuentas, siempre prefería seguir así un día más.

Aquella madrugada, Gloria vio televisión hasta tarde en su cuarto, no podía dormir por lo que se levantó a usar el baño y calentar agua para tomarse uno de sus tés relajantes para dormir de forma plácida, se sentó a la mesa con su té humeante y se cerró la bata para abrigarse, comenzó a darle sorbos mientras dejaba divagar su mente por momentos pasados, algunos bastante lejanos. La infusión se le fue acabando casi sin darse ni cuenta, perdida en sus pensamientos, a veces se sorprendía sonriendo al revivir momentos agradables, su dedo jugueteaba distraídamente con la bolsa de papel impregnada de agua que contenía las distintas hierbas que componían su infusión, mientras su vista vagaba por la habitación sin ver, hasta que de pronto se posó en la mesa frente a ella y su expresión relajada se tensó, no podía creer lo que veía, con la humedad de su té estaba escrito sobre la mesa “Las amo” se veía escrito con un dedo mojado y en una posición perfecta para su mano derecha pero ella no había escrito nada, o por lo menos no conscientemente, además de que era zurda por lo que jamás escribía con su mano derecha, inmediatamente pensó en su hija, Laura, y la buscó nerviosa a su alrededor, pero no vio nada. Las letras ya se borraban pero su dedo aun estaba húmedo por estar apretando la bolsa de té, había leído sobre un tipo de escritura inconsciente que según decían servía para comunicarse con los muertos pero era algo que jamás se le hubiese pasado por la cabeza hacer. Luego de eso sonó su teléfono, su padre la llamaba, era bastante tarde y la mujer se preocupó, Manuel, era ciego y vivía solo, este le explicó que le habían roto una de sus ventanas y que necesitaba ayuda porque no sabía que estaba sucediendo con lo que la mujer debió llamar un taxi y despertar a su hija Lucía para explicarle lo que sucedía, esta no quiso de ninguna manera quedarse sola en el departamento por lo que se levantó y se vistió para acompañar a su madre.


Efectivamente Laura estaba ahí, había visto la taza de té sobre la mesa y se sentó en la silla frente a esta, justo donde su madre también estaba sentada, reconoció la bolsa de té como una de esas que tomaba su madre para dormir, a ella nunca le sirvieron y su madre siempre le repetía que eran para propiciar el sueño, no para provocarlo, Laura sonrió al recordar varios episodios sobre ese mismo escenario. La taza estaba casi vacía y la bolsa, apretujada sobre el platillo, aun estaba húmeda, la chica mojó su dedo con el concho de té que salía de esta pero no lo sintió, ni su humedad ni su temperatura, al igual que con la lluvia, no sentía nada. Distraídamente intentó hacer una línea sobre la mesa pero nada se marcó. Pero en algún momento, quizá su mano inmaterial se alineó de alguna manera con la mano de carne y hueso de su madre, se conectaron de alguna forma y funcionaron como una sola, la primera poniendo la consciencia y la segunda el acto en sí, Laura levantó su mano derecha y vio una marca de humedad bajo esta, nuevamente intentó dibujar una línea con esa humedad y esta vez sí pudo, escribió lo primero que se le ocurrió, ya que en ese momento pensaba en su madre, en su hermana, en su vida junto a ellas y en cuanto las extrañaba, se puso de pie, se sentía satisfecha y feliz, no sabía si alguien vería su escritura antes de que se borrara pero sí sentía que había dado un gran paso en su nuevo mundo, en su nueva forma de existencia, tal vez hasta podría comunicarse con alguien, pensó, y de inmediato imaginó una reunión de señores antiguos sentados en torno a una mesa y tomados de la mano invocándola, eso le provocó una mezcla rara de miedo y risa, se dirigió a su cuarto y se tendió sobre la cama, parecía una noche fría pero como siempre ella no sentía nada de eso, estuvo bastante rato pensando en su nuevo descubrimiento, hasta que comenzó a relajarse y cerró los ojos. Sin saber cuánto tiempo pasó, de pronto abrió los ojos abruptamente, un olor impregnaba su habitación, era extraño, casi nunca sentía olores pero este era muy fuerte y real, y bastante característico también, olía a velas. Laura se sentó en la cama y vio una luminosidad en el piso de su habitación cerca de la pared, era por lo menos media docena de velas encendidas frente a su espejo que estaba apoyado en la pared, una hoja sobre este tenía algo escrito. La muchacha se puso de pie y se acercó, un tal “Alan” ofrecía su ayuda y quería saber si ella estaba allí… Laura lo pensó un rato, no conocía a ningún Alan, se preguntó qué clase de extraño excéntrico habría contratado su familia, al parecer se había hecho notar demasiado durante el último tiempo y por eso ahora querían comunicarse con ella, pero no era su culpa, ella ni si quiera sabía que estaba muerta. Luego pensó que seguramente ese tal Alan sería un novato, pues no le había dejado nada para responder, “por lo menos una tabla Ouija hubiese servido…” pensó la muchacha, pero solo había velas y un espejo en el que no podía verse, también unas hojas de papel pero nada con qué escribir en ellas y esta vez no le serviría el dedo. Entonces recordó que sobre su cómoda tenía un par de lápices labiales que le habían sido obsequiados pero que ella jamás usó porque siempre se ponía un maquillaje bastante somero y natural. Cogió uno de un rojo demasiado pasional para su gusto y se dirigió a los papeles que estaban tirados en el suelo, se agachó para tomar uno pero no lo pudo sacar, las hojas estaban curiosamente adheridas al piso y de una forma muy extraña, como si tuvieran un buen peso encima, Laura quiso escribir encima de igual manera, pero en un principio no lo consiguió, el lápiz pasaba por encima sin tocar la hoja, por lo que debió esforzarse un poco cargando peso sobre el lápiz hasta conseguir que este hiciera contacto, entonces pudo dejar su respuesta, un simple “Sí estoy”  entonces se puso de pie y retrocedió satisfecha, dejó el lápiz labial sobre la cómoda con un suave sonido al caer que la chica no tomó en cuenta, sino que volvió hacia las hojas en el piso y notó que ahora estaban sueltas, ya no estaban adheridas al suelo, miró a su rededor, agudizó sus sentidos, por primera vez desde que estaba muerta tenía la certeza de que alguien estaba ahí, en el mismo lugar que ella, entonces el lápiz volvió a sonar, Laura se emocionó un poco, no estaba sola, sentía la presencia de alguien más en la habitación y eso le daba alegría, su hoja escrita aun estaba donde mismo, se sentía ansiosa, un nuevo sonido a sus espaldas, cuando volteó, el lápiz estaba en el suelo y la puerta de su cuarto estaba abierta, volvió a girarse y las hojas de papel junto con las velas ya no estaban, solo estaba el espejo, luego todo volvió a la normalidad, el espejo a su sitio, el lápiz a la cómoda, la ventana cerrada y la puerta… la puerta también estaba cerrada, pero Laura notó algo y sonrió, con el lápiz labial tenía escrito algo, un mensaje para ella, estaba escrito muy a la rápida o con una pésima caligrafía pero se podía leer “En la pileta del cementerio”.


León Faras. 

domingo, 11 de mayo de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

IX.


La verdadera Dendé que servía en casa de Rodana, era completamente diferente a la que habían visto cabalgando a la bestia por el bosque, esta era una mujer alegre y servicial, que corría a buscar cualquier cosa que descubriera que faltaba para atender a sus invitados, se paseaba sin parar llevando agua a las muchas plantas que conservaba, las limpiaba amorosamente, les dejaba comida a las aves que sin pudores llegaban hasta las ventanas, incluso dialogaba con las mariposas u otros insectos que descubría jugueteando en sus flores. En tanto el Místico narraba los acontecimientos vividos y explicaba a su anfitriona cómo y por qué había llegado hasta ese bosque en compañía de la Criatura, dónde la había encontrado y los malvadas intenciones con que había sido capturada. De pronto Dendé se quedó mirando con expectación a su ama y esta, consciente del porqué de esa mirada comenzó a narrar su historia de cuando tuvo un aprendiz, era el hijo primogénito de un soberano de la región, se trataba de un muchacho delgado, pálido, enfermizo, que al comprender que no tendría nunca capacidades físicas, decidió, apoyado por su madre, volcarse a la hechicería, de esa forma obtendría poder y respeto. A esas alturas, el soberano ya tenía un segundo hijo, también varón, pero este era un muchacho sano y fuerte; atlético y extrovertido, quien rápidamente se convirtió en el favorito de su padre, y en el mejor candidato para sucederlo. Rodana enseñó a su aprendiz buena parte de lo que sabía pero no solo en hechicería, también en valores y virtudes, de lo primero aprendió rápido pero con lo último no era bueno, la hechicera rápidamente se dio cuenta de que su aprendiz albergaba sentimientos ruines y destructivos, su complejo de inferioridad lo había vuelto envidioso y malintencionado, el muchacho por más que se esforzaba no conseguía ni una mínima parte del amor que su padre sentía por su hermano quien no necesitaba esfuerzo alguno para agradarle a este. Él era el primogénito y tenía el derecho a gobernar pero ese derecho era revocado por su padre para dárselo a su hermano menor. Rodana se dio cuenta del peligro de enseñar hechicería a un muchacho así y siempre trató de guiarlo y enmendar su actitud pero todo lo que hacía la hechicera era deshecho por la madre del muchacho que alimentaba con pasión los sentimientos en contra de su padre y su hermano. El plan de Rodana fue empantanar sus enseñanzas, mantenerlo como su aprendiz y procurar enderezarlo pero sin avanzar en nada productivo con respecto a la magia, jamás contó con la capacidad de su discípulo para aprender por su cuenta, el paso de los años solo agravó la situación, fue cuando el hermano mayor comenzó con la destrucción del menor, atacándolo con ayuda de su madre pero no en su cuerpo, para que el padre no sospechara nada, sino en su alma, envenenando y matando poco a poco lo bueno que había en ella, volviéndola prehistórica y brutal, inutilizándola. Fue cuando nació un tercer hijo, esta vez una niña nacida fuera del matrimonio y de la deshecha relación del soberano y su mujer, esto terminó definitivamente con la escasa unión familiar, la mujer comenzó a acunar en su mente la idea de deshacerse de su marido y poner a su primogénito en el poder, pero nunca esperó que alguien se le adelantara. Aquella noche encontró a su marido muerto, parecía haber sido atacado y devorado por animales salvajes, por todas partes habían señales de una batalla cruenta y sangrienta, el cadáver estaba carcomido, aterrada huyó, pero antes de salir se encontró frente a frente con su hijo menor, este era alto y fuerte, con un alma corrompida, putrefacta, al punto de ya no tener sentimientos humanos, la mujer se paralizó, su hijo estaba cubierto de sangre, sus dedos, sus uñas, su rostro, su pecho… su boca. Rodana se enteró tarde de la dimensión que habían alcanzado los hechos, el padre y la madre de su discípulo, Rávaro, habían sido muertos y medio devorados por el hermano menor de este, Dágaro, quien había sido irreversiblemente corrompido con magia de la más oscura a manos del primogénito, convirtiéndolo en un semi-demonio, la tercera hija del soberano muerto, Lorna, también resultó perjudicada por los hechos, al quedar desamparada y sin el apoyo de sus hermanos. La hechicera renunció a seguir instruyendo a su discípulo y se autoexilió en el bosque durante años después de esos horribles sucesos. Ahora, por medio de su visitante, se enteraba de que finalmente Rávaro se había deshecho de su hermano para quedarse con el poder.

Lorna entró en la bodega del castillo sin mayores problemas, cerró la puerta sin hacer ruido y se adentró en silencio, la luminosidad era escasa pero alcanzaba para movilizarse dentro. Era un lugar frio, con paredes de piedra y barro en las que no se veía ni una sola ventana, había repisas por todas partes  con productos de todo tipo, el silencio era absoluto, una fuente de luz débil llamó su atención, al acercarse vio un escritorio evidentemente viejo y burdo pero de construcción sólida, una vela alumbraba su superficie, tras él había una silla de similares características, pero ni una seña de Baba el bodeguero. La mujer miraba y registraba en búsqueda de aquellas joyas negras que necesitaba pero había tanto donde buscar que no sería algo fácil, a menos que alguien le ayudara, entonces una vasija de arcilla estalló en el suelo justo a sus espaldas, Lorna dio un brinco por el susto y sorprendida se acercó a buscar la vela encendida sobre el escritorio, las joyas negras que buscaba estaban desperdigadas por el suelo mezcladas con trozos de arcilla rota, aquello era imposible, tanta coincidencia o tanta suerte, pero no era ni una cosa ni la otra, elevó la escasa luminosidad que poseía y pudo ver los pies de Baba que colgaban suspendidos de algún punto oscuro del alto cielo del lugar, colgaba inmóvil como un ahorcado, la mujer se llevó otra impresión pero era seguro que un muerto no le iba a soltar esa vasija encima para que lo encontrara, o eso era lo que Lorna pensaba pero estaba equivocada. El viejo ciego y mudo comenzó a descender lentamente, estaba suspendido dentro de un aura oscura que la luz de la vela apenas lograba atravesar, la mujer retrocedió, ya conocía aquella densa oscuridad, antes le había entregado las llaves para huir de las catacumbas, ahora le daba las joyas, era el espíritu de Dágaro que la estaba esperando con parte del trabajo hecho, envolvía y dominaba al pobre Baba que exangüe,  no ofrecía resistencia alguna, manipulado como un títere señaló al suelo y luego de que la mujer recogiera una de las joyas, dirigió uno de sus dedos temblorosos y huesudos a la salida, Lorna no cuestionó lo que el semi-demonio le indicaba, sin decir palabra se retiró con la joya en la mano.


Dágaro necesitaba un cuerpo, sin un cuerpo no podía ni siquiera recoger una joya desde el suelo, por eso seguía los pasos de su media hermana. Lorna se asomó a la salida, le pareció sospechoso el silencio que había, ya no había ninguno de los guardias que se estaban divirtiendo hace unos minutos, algo había sucedido, tal vez habían encontrado el cadáver del hombre que se había quemado, pero era poco probable que eso hubiese sido suficiente como para dejar solas las catacumbas. Se iba a ir cuando un hombre apareció de la nada ajustándose el cinturón y ordenándose el uniforme, había estado en el baño y se había quedado solo, el guardia sacó su espada, la mujer retrocedió, ella apenas tenía un puñal, pensó en mostrar su pequeño botín y dar explicaciones, usar la diplomacia y su simpatía, pero el hombre de un golpe hizo volar la joya de su mano, no le interesaba en absoluto lo que la mujer había ido a hacer a ese lugar, como casi todos los guardias, él conocía a Lorna la prostituta y aprovecharía esa inesperada visita. La joya cayó junto a un cúmulo de piedras, la cual se movió ante el suave golpe, el enano de rocas estaba ahí.


León Faras.

lunes, 5 de mayo de 2014

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

IV.

La presentación de Lidia era sencillamente espectacular y colmaba de asombro a absolutamente todo el público que se quedaba silente y con la boca abierta ante aquella visión asombrosa de una sirena atrapada dentro de un enorme vaso de agua de mar, todas las atracciones anteriores por mucha gracia o asombro que les hubiesen provocado quedaban inmediatamente en el olvido, relegadas a un muy lejano segundo lugar ante tamaño capricho maravilloso de la naturaleza, ante tal criatura mitológica extraída de los sueños de los marineros y presentada en vivo y en directo ante los conmovidos ojos de los espectadores que encontraban poco el dinero que habían pagado a cambio de semejante experiencia. Cornelio Morris les observaba satisfecho, la idea que había tenido con Lidia había sido simplemente brillante, había dado exactamente con lo que quería y necesitaba, una atracción indiscutiblemente maravillosa, genial e irrepetible. Un hombre con un cigarro en la boca se abrió paso en la multitud embobada para acercarse a hablar con Cornelio, era un hombre elegante aunque no demasiado, venía acompañado de un mocoso que no dejaba de lanzar maníes contra los cristales donde Lidia se mostraba, el hombre estrechó la mano de Morris en una muy calurosa felicitación “Señor Morris, mi nombre es Primo Petrucci, soy accionario de una importante revista a la cual le encantaría publicar una serie de fotografías de esta maravilla asombrosa que usted presenta, nuestros lectores quedarían absolutamente fascinados y usted ganaría una muy generosa comisión, por supuesto.”El hombre terminó su proposición sonriente y seguro de sí mismo, el niño que le acompañaba lanzó un nuevo maní pero esta vez fue atrapado por Cornelio en un movimiento rápido y certero, semejante al de la lengua de una rana, Morris ya no sonreía sino que su rostro reflejaba una maldad inusual, comenzó a mover su puño donde tenía el maní sin abrirlo y como si lo estuviera pulverizando, empezó a caer un polvo sobre el niño mientras le hablaba a Petrucci “Te vas a ir ahora mismo de mi Circo, porque si te vuelvo a ver aquí o sorprendo a alguien enviado por ti, convertiré tu vida en un infierno tal que la desolación partirá tu alma hasta que vengas a rogar por un poco de paz…” y mientras hablaba, el niño comenzó a toser de forma cada vez más violenta hasta que convulsionado vomitó dos o tres cabezas de pescado de un color gris metálico que parecían recientemente cercenadas, Petrucci horrorizado, tomó a su hijo “está loco… ¿qué está haciendo?... ¿qué clase de loco es usted?...”; ”El peor con el que pudiste haberte cruzado…” respondió Cornelio y Primo retrocedió hasta una distancia prudente para voltearse y correr mientras Morris gritaba furioso “¡Nadie fotografía mis atracciones y no te atrevas a poner un pie de nuevo en mi Circo o juro que convertiré tu vida y la de tu familia en un tormento inagotable!” sus ojos se habían encendido y las venas del rostro casi reventaban pero así como se había enfurecido en un santiamén recobró toda su templanza y serenidad. Sonriéndole al público y con un par de palabras volvió a atraer toda su atención hacia Lidia, luego satisfecho, arrojó al aire los maníes que aun tenía en la mano y los atrapó con la boca.


 Al terminar la jornada, los hombres se preocupaban de asear y juntar las cosas, Cornelio contaba su dinero, Charlie Conde daba órdenes, Von Hagen recogía basura y Braulio Álamos comía desperdicios mientras que Román Ibáñez aun permanecía conectado a Mustafá, debía esperar la última pregunta que Cornelio Morris hacía todos los días al final de cada jornada “¿Alguien se ha apoderado de mí dinero hoy?” Era importante para Morris que ninguna de sus atracciones manejara dinero, porque el dinero era poder, era independencia y no necesitaban eso sus empleados, cada uno de ellos había recibido lo que habían pedido a cambio de firmar su contrato y no merecían nada más por su aporte y estadía en el Circo. En el momento en que Cornelio Morris se dirigía a preguntarle por su dinero al autómata que no mentía ni se equivocaba jamás, Von Hagen entraba tímidamente al acoplado donde se encontraba Lidia, cargaba una bolsa llena de desperdicios que había estado recogiendo. Se acercó con el respeto y la expectación del enamorado que busca a su doncella en el balcón, hasta que esta de pronto apareció de entre la densa bruma de su prisión, ella lo miraba con ternura o tal vez lástima, él con devoción. Horacio le hablaba, a pesar de saber que ella no podía oírle nada, le prometía que nunca la dejaría sola, que haría lo posible por liberarla de su obligación con el Circo, que dejaría de pertenecer a Morris, que la ayudaría a escapar y que escaparían juntos, metió su mano al bolsillo y luego la pegó a los cristales, con la punta de los dedos sujetaba la moneda que había encontrado, “Mira, decía emocionado, con esto podemos averiguar cómo sacarte de ahí, o cómo anular nuestros contrato, ya verás que…” pero sus palabras fueron interrumpidas por el crujir de las viejas tablas del piso, alguien había llegado, Lidia desvió su mirada enfocándola en un punto tras él, y Von Hagen notó en el reflejo del cristal la silueta de un recién llegado, era demasiado tarde para ocultar la moneda en su mano, Horacio se volteó, Beatriz Blanco los miraba enfadada, como una madre que acaba de atrapar a sus hijos en una travesura imperdonable “¿Tienes dinero ahí? ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Acaso estás loco?... ¡Mustafá va a delatarte! …Y no quiero ni pensar lo que Cornelio hará contigo” Horacio guardó la moneda en su puño, tenía muchas ilusiones puestas en ese pequeño trozo de metal a las cuales se aferraba de forma peligrosa y arriesgada, la mujer continuó “¿De dónde la sacaste?; ¿La robaste?” Von Hagen negó enérgicamente, “La encontré tirada…” “Déjame verla…” inquirió la mujer suspicaz, y atrevida abrió la mano de Horacio y le quitó la moneda sin que el hombre se resistiese demasiado, luego rió, “¡Qué tonto eres Horacio, esta moneda no sirve para nada! Es vieja como la codicia” y miró a Lidia buscando complicidad en su burla, pero la sirena la miraba con desagrado, eso acabó con su buen humor. Le lanzó la moneda de vuelta, Von Hagen la estudió esta vez, tanto miedo y nerviosismo sintió cuando la encontró que solo se la había guardado sin verla, temeroso de ser sorprendido. La moneda no servía para nada, se sintió tremendamente avergonzado, Lidia, pegada a los cristales, lo miraba con ternura, pero él no volteó, solo tomó su bolsa con desperdicios y se retiró en silencio, luego Lidia también desapareció en la bruma.


León Faras.  

miércoles, 30 de abril de 2014

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XIII.

A un lado de la ciudad y pegado al otero de Cízarin, se encontraba el cuartel del ejército, una construcción amplia y austera pero bastante sólida, en él estaba la armería, las caballerizas, las instalaciones donde habitaban las tropas y las canchas de entrenamiento. Pegado al enorme cerro se encontraban los cuatro torreones unidos entre sí por puentes techados, donde se almacenaban las armas, las armaduras y todo tipo de pertrechos usados por los soldados durante sus campañas, era ahí donde el ajetreo se concentraba, casi mil hombres se preparaban para luchar. Los palomares estaban ubicados en la cima de los torreones, en ese momento, la atención estaba puesta sobre los centinelas que habían sido enviados a husmear los alrededores en busca de alguna señal o atisbo del ejército enemigo, cada uno de ellos llevaba un par de palomas con una cinta atada a su pata cuyo color y diseño identificaba la zona que debía explorar el jinete. Una paloma llegó aquella tarde y de inmediato fue revisada. Pocos minutos más tarde un mensajero llegaba donde Zaida y el general Rodas se encontraban, este último recibió la información, “El jinete soltó el ave desde el Suroeste…es la primera y única que ha regresado” La anciana mujer contemplaba el oeste en ese momento, los cerros y montañas donde Rimos estaba acunado eran perfectamente visibles desde allí, “hay que interrogar al jinete apenas regrese, necesitamos saber exactamente lo que vio…” El general Rodas asintió con gravedad, luego vino un pequeño diálogo para cerciorarse de que las tropas estuvieran preparadas y posicionadas como habían acordado y que los campos fueran anegados de barro como los necesitaban, el general nuevamente asintió con gravedad “Todo se está llevando a cabo según sus órdenes” Zaida agradeció y le permitió retirarse al general, pero cuando este se iba la vieja recordó una nueva orden, “General… que nadie más abandone la ciudad.”

Al retirarse el general Rodas, llegó Rianzo adonde Zaida se encontraba, se veía serio pero sereno “Dicen que el ejército enemigo ya se aproxima…” “Hasta ahora solo una paloma ha regresado de los doce centinelas que enviamos, solo falta que el jinete confirme la información pero… aun no vuelve” informó la vieja volteándose a mirar a su nieto, le sorprendió ver de pronto en él tanta gravedad, en su actitud, en su mirada “… pero tampoco ha llegado ningún ave con la cinta blanca ¿verdad?” La cinta blanca para los soldados de Cízarin era la cinta del error, una paloma con esa cinta anunciaba que el mensaje anterior era falso o accidental, cada centinela llevaba al menos una de ellas, Zaida negó con la cabeza, Rianzo continuó con la misma templanza de un principio  “Espero que tengas algún puesto disponible para mí, me pondré a tu disposición para la batalla, pero antes hay algo que debo hacer…” Terminando de decir esto ya se retiraba, pero su hermano, que llegaba en ese momento acompañado de algunos de sus inútiles consejeros  escuchó las últimas palabras y preguntó con cierto tono de agrio sarcasmo “¿Y qué es aquello tan importante que debes hacer?” Rianzo respondió sin titubeos “poner a salvo a Brelio, mi hijo” Siandro rió de forma fingida y burlesca “¿A Brelio? Una cría bastarda engendrada en una mujerzuela… Eso no es un hijo” Zaida lo miró con odio, Rianzo ni se inmutó “Al menos uno de nosotros debe preocuparse de engendrar en este reino hermanito, y tú no nos das demasiadas esperanzas de un heredero…” dicho esto se retiró bajo la mirada de desprecio de su hermano, este se volteó para descargar su disgusto con Zaida, pero esta también se había retirado, satisfecha por la respuesta de Rianzo, el que de pronto se había convertido en su nieto favorito, y dejando a Siandro solo con sus acompañantes.


Cal Desci permaneció largo rato sentado sobre una piedra, contemplando al príncipe de Rimos sin saber qué hacer, este estaba tirado en el suelo, acurrucado dando incontenibles sollozos que tenían su rostro penosamente cubierto de tierra, saliva y mocos, pero sin una sola lágrima brotada de sus ojos muertos. Prefería mil veces haberse ido de regreso con los otros criados o más aun, con el ejército de Rimos, que tener que quedarse ahí, contemplando una figura tan patética que no le provocaba ni pena ni compasión, sino solo vergüenza y rechazo. Lo que sí le causaba pena, era saber que aquella figura pertenecía a Ovardo, príncipe de Rimos, a quien antes servía con gusto, respetaba sin esfuerzo y admiraba con humildad, era una persona que merecía ser príncipe y rey porque era bueno con los que no eran nada en esta vida, porque era justo, valiente y querido. Sin embargo ahora estaba reducido a nada, abandonado por todos y solo acompañado por un muchacho que de todas maneras no quería estar ahí. Cal Desci no se atrevía a hacer nada ni decir nada, con seguridad Ovardo no tenía idea de su existencia, y no pensaba en tomar ninguna iniciativa por su cuenta, el tiempo pasaba y el príncipe seguía en el mismo lugar y en las mismas condiciones en que lo habían dejado y sin ninguna señal de recuperación. La situación para el muchacho era desastrosa, no podía irse y llegar solo, seguramente lo colgarían si abandonaba también al príncipe, y tampoco podía simplemente tomarlo y llevárselo, el muchacho se puso de pie, dudó y se volvió a sentar, entonces sintió un sonido, algo o alguien se acercaba desde la profundidad del bosque, un perro enorme llegó al trote y se detuvo a olfatear el cuerpo de Ovardo, tres más de diferentes portes que le seguían a corta distancia, llegaron y le imitaron, Cal Desci se puso de pie asustado, explicar que el príncipe había sido devorado por perros era aún peor, aunque realmente la peor situación era que los perros decidieran devorarlo a él, trató de espantarlos tímidamente pero sin resultados, uno de los perros le ladró y eso bastó para que el muchacho desistiera inmediatamente, entonces un silbido hizo que los animales dejaran en paz al príncipe y se fueran, luego de unos segundos regresaron pero esta vez venían acompañados de dos hombres, uno viejo y el otro más viejo que tiraban de un asno cargado de trampas, pieles y animales sin vida. Tenían un aspecto terrible y olían peor que el asno, ambos se detuvieron ante el cuerpo de Ovardo, se miraron entre sí sin entender mucho y luego a Cal Desci, quien aun no podía saber si  la situación mejoraba o se estaba volviendo cada vez peor.  


León Faras.

martes, 29 de abril de 2014

Historia de un amor.

VIII.

“¿Y qué fue lo que te dijo esa rata finalmente?” Bruno viajaba cómodamente instalado sobre el bolso de Miranda como siempre, esta llevaba el libro negro sin título sujeto contra su cuerpo, “creo que lo que me quiso decir es que este libro es mío…” El gato la miró con suspicacia y poco convencimiento, “bueno, es tuyo ahora porque no encuentras a quien pertenece, ¿no?” El camino de tierra continuaba y debían desviarse hacia la pronunciada pendiente que ingresaba de vuelta al pueblo, “no, al parecer el libro siempre ha sido mío…” la chica dudó un poco y agregó “…o lo será en algún momento” Bruno hizo un gesto de aburrimiento “o sea que te lo vas a quedar y ya no vamos a buscar al tipo que lo olvidó” “¡es que nadie lo olvidó! Te digo que es mío” Miranda continuó su camino, al pasar junto al mercado compró en uno de los puestos exteriores una deliciosa y humeante tortilla que compartió con su compañero felino, este aún no estaba convencido y quiso continuar con la conversación, Miranda lo miró arrugando la nariz “¡trágate eso antes de hablar, gato maleducado!” Bruno, con la boca llena de tortilla, debió hacer un buen esfuerzo para masticar rápido y tragar para poder hablar “¿no habrás sido engañada por esa rata?” La muchacha frunció el ceño “¿qué quieres decir? la idea de consultar a Almendra, fue tuya” el gato ya tenía preparada su respuesta “¿pero cómo sabes que esa rata era realmente Almendra? A mí no me pareció para nada sabia…” Caminaban en ese momento por la pequeña y a esa hora, escasamente concurrida plazoleta del pueblo, un amplio círculo de piedra con abundante vegetación confinada dentro de abundantes y amplios cercos con tierra, la iglesia se podía ver sobresalir al otro lado de la manzana, un hombre transitaba justo frente al santo edificio. Miranda aun discutía con Bruno “Creo que sí era Almendra y para mí, sí era sabia, pero si tiene razón o no, eso aun no lo sabemos” Frente a ellos el hombre cruzaba la calle rumbo a la plazoleta. Bruno insistía majaderamente, “Ambos sabemos que ese libro lo encontraste en la librería de Eulogio, y ya pertenecía a alguien más… no hay que ser un sabio para saber que en primer lugar, no era tuyo” El hombre caminaba hacia ellos, Miranda se detuvo para explicarse correctamente “Sí, lo encontramos en la librería de Eulogio, pero ese libro ya tenía mis palabras escritas, la hoja que copié, muchas cosas, muchos detalles, como si me perteneciera, como si fuera mío, aunque aun no sepamos cómo ni cuándo…” Bruno comprendió la idea pero no alcanzó a decir nada, vio cuando el hombre iba a pasar junto a ellos, vio que el hombre traía un libro negro en su mano muy similar al de Miranda y vio que esta se volteaba distraídamente para reanudar su marcha justo en ese momento, ambos chocaron por sus hombros, el libro negro cayó al suelo e inmediatamente después el gato le cayó encima.


El hombre pidió disculpas, realmente había sido un empellón fuerte aunque totalmente involuntario, Miranda sabía que se había volteado distraídamente y que el atropello podía ser más que justificado, no era primera vez que le sucedía y gracias a Dios nunca había chocado con algo realmente peligroso, iba a decir algo pero se quedó callada, aquel hombre le pareció familiar apenas lo vio, la ropa informal, el pelo corto y descuidado, la barba de un par de días, no lo conocía pero en algún lado lo había visto, el hombre no se movía, la insistente mirada de la chica lo mantenía retenido. De pronto la chica lo recordó, no podía estar segura porque no conocía su rostro, pero ya sabía de dónde provenía esa imagen en su mente que asociaba con aquel hombre, era el hombre de aquel día en que encontró el libro, el que se encontraba en la librería de Eulogio, era a quien supuestamente pertenecía el libro, Miranda llena de ilusión balbuceó un “espera…” y veloz se agachó a recoger el libro, Bruno aun se encontraba sobre él y su rostro reflejaba una enorme confusión que la chica no tomó en cuenta, corrió al gato para agarrar el libro y triunfante se lo mostró al hombre “¿Este libro es tuyo?” El hombre la miró sorprendido y sin comprender la emoción respondió sin entusiasmo “Sí…”, y agregó “…lo acabo de comprar” Miranda pasó de la emoción a la incomprensión y luego sonrió incrédulamente “Pero si este libro no es nuevo…” dijo, pero su argumento se derrumbó de inmediato, era idéntico al que había encontrado pero con la diferencia de que este estaba en perfecto estado, inmaculado, total y completamente sin uso. Miranda buscó a su alrededor, en su ropa, en el piso y solo vio a Bruno que tan sorprendido como ella negaba con la cabeza “…solo cayó un libro al suelo, solo uno…” ronroneó el gato.


León Faras.