martes, 30 de septiembre de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

XII.

Al otro lado del abismo y después de las enormes llanuras y lejanas colinas, el sol salía majestuoso iluminándolo todo, todo excepto el interior del abismo y por añadidura la ciudad vertical de los salvajes. Idalia, la mujer maldita, permanecía inmóvil recostada sobre su costado, aunque hacía rato que ya no dormía, tal vez había dormido demasiado durante el tiempo que fue prisionera, o tal vez era que su pronta ejecución, aquella misma mañana, le habían quitado el sueño, aquello le asustaba terriblemente, sí, estaba decidida a quitarse la vida, y ese era su único consuelo, que su muerte acabaría con Rávaro, pues ese siempre había sido su plan, llevárselo a la tumba preso de su maldición, pero ese abismo le aterraba y aquella criatura de lava o lo que fuera de la que tanto hablaba esa gente, le aterraba aun más, sin embargo, la muerte siempre es la misma, aunque las formas de morir sean tan variadas, no esperaba hacer de su muerte un acto de valentía o trascendencia, sino uno de pura y llana venganza, acabar con la vida del que tanto daño y sufrimiento había causado.

Sucedió aquel día en que se supo del embarazo de Moriel, la hermosa chica que Rávaro había elegido como amante, esta había huido atemorizada, cuando le hicieron ver que a pesar de la cantidad y variedad de amantes ocasionales que Rávaro había tenido en su privilegiada posición, no contaba con descendencia conocida, lo que con seguridad significaba que el señor de aquellas tierras no podía engendrar, por lo que no tenía chance de convencerle de que el hijo fuera suyo. Rávaro, en compañía de varios de sus soldados, llegó hasta una casa cercana a su castillo, una casa con una pequeña granja y un precario establo como había muchas allí, en ella un hombre reparaba una valla mientras su hija de diez años se entretenía con su gato pequeño. Rávaro se detuvo en la entrada y contempló algo que traía guardado en su puño, era un trozo de cristal que brillaba intensamente, luego de eso entró en el hogar, fue atendido con humildad por el hombre y su esposa, los soldados se esparramaron por los alrededores de la vivienda. Rávaro estudió la casa con detenimiento, agudizando sus sentidos. Dejó el cristal brillante sobre la mesa y les explicó a los dueños de casa que él había mandado a hacer un hermoso collar con la otra mitad de esa piedra y se lo había regalado a la hermosa Moriel, por la cual sentía un profundo afecto, lo había hecho así porque dicho cristal brillaba más intensamente al estar unido a su otra mitad y se opacaba con la distancia, por lo que era fácil encontrar el otro trozo y a juzgar por el brillo que tenía ahora se podía decir que el collar estaba bastante cerca, tal vez dentro de esa casa. La pareja se miró entre sí y luego al piso, según ellos no sabían nada sobre aquel collar ni sobre aquella muchacha. Mentían evidentemente. Entonces Rávaro hizo brotar de la nada fuego desde la base de una de las paredes cercanas y esta comenzó a quemarse con viveza, preguntó dónde ocultaban a la chica, pero la pareja se mantuvo en silencio, entonces las llamas brotaron en otra de las paredes y crecieron rápidamente hasta el cielo, la mujer rogaba clemencia con desesperación, alegando inocencia, el lugar se convertía en un infierno abrasador ante el cual Rávaro ni se inmutaba, volvió a preguntar mientras el fuego comenzaba a desmoronar la casa, desde afuera, uno de los soldados apareció, con dificultad debido al intenso calor, le informó a su jefe que habían atrapado a dos mujeres, una de ellas era Moriel, la otra parecía ser una de las hijas del matrimonio, al ver la casa en llamas habían salido de su escondite. Rávaro ordenó que subieran a Moriel al carro, se encargaría de ella personalmente, con la otra podían hacer lo que quisieran. Esas fueran sus palabras, y provocaron que la madre se lanzara a sus pies rogando misericordia,  pero Rávaro la apartó con un suave movimiento que la dejó inconsciente, luego tomó su cristal y se retiró, y como si hubiese sido su presencia lo único que mantenía la casa en pie, esta de desmoronó devorada por el fuego con sus dueños atrapados en su interior. Al salir, vio un soldado que, con una rodilla en el suelo, hablaba con la hija menor de aquella familia, le había dado un par de monedas, y le decía que todo eso pasaría pronto y que ella estaría bien.


Aquel fue el día en que Idalia, la mujer maldita, se enteró de la maldición que cargaba sobre ella y las demás mujeres de su familia. Su hermana se lo contó antes de convencerla de que debía irse sola a casa de sus tíos y primos, pues ella tenía que hacer algo importante antes. Idalia se fue, pero tuvo la mala idea de regresar por su gato, en el establo encontró a su hermana colgada de una viga, la maldición se encargaría de acabar con aquellos que habían abusado de ella. Ahora era su turno, descendería a las profundidades del abismo y acabaría con su vida en las fauces de esa criatura, de esa forma Rávaro moriría y el círculo por fin se cerraría.


León Faras.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

VII.

El olor que había en la jaula de Braulio Álamos era realmente repugnante, casi tanto como el aspecto que había adoptado el pobre hombre. Su subida de peso en apenas veinticuatro horas era alarmante, permanecía abstraído de la realidad completamente anestesiado, sin enterarse de su encierro, manteniendo un apetito voraz que parecía no tener fin, pero incapaz de comunicarse ni menos de encargarse de sus propios deshechos, lo cual ofrecía un espectáculo realmente desagradable, y que la gente pagaba por ver. Von Hagen llegó hasta él con una cubeta, un trapero y un mísero trocito de vela que Charlie Conde le había dado para iluminarse mientras aseaba el piso de la jaula, por el momento era solo eso pero pronto necesitaría un baño también el hombre que estaba ahí dentro, o se quedaría sin público debido a la peste. Álamos se movía lento y aletargado buscando desperdicios para llevarse a la boca sin prestarle la menor atención a Horacio que hacía lo posible por limpiar el tosco piso de madera donde reposaba el “Tragatodo”y por evitar que este no intentara comerse el único y miserable trozo de vela que lo iluminaba. El “Tragatodo”, así lo habían presentado al público y con seguridad así pasaría a llamarse desde ahora, porque al igual que todos, debía tener el nombre de una atracción y no el de una persona. La pequeña Sofía le había hablado de él, según ella, había visto cómo las personas le lanzaban monedas con intención de que Braulio se las comiera, entonces Horacio pensó que era posible que encontrara una moneda en algún lugar de la jaula, solo necesitaba una, con una moneda podía consultar a Mustafá qué necesitaba hacer para liberar a Lidia de su encierro o como anular los contratos que los mantenían presos del Circo, el autómata podía responder a cualquier pregunta y esa era su gran esperanza. El mal olor y lo desagradable del trabajo que le habían encargado no eran nada comparado con la ilusión de que solo una moneda fuera hallada, por lo que luego de retirar los desperdicios, registró las rendijas del suelo, incluso movió cuanto pudo a Braulio para poder ojear bajo el pesado cuerpo de este, pero no encontró ninguna, luego volvió a revisar toda la basura que había sacado pero sin suerte, se sintió frustrado, nuevamente cuando la suerte parecía sonreírle, le daba la espalda a último minuto y lo dejaba sin nada, burlándose de él y de sus vanas esperanzas. Entonces se le ocurrió otra idea, no era tan descabellada como parecía, pero si fallaba, significaba entonces que sí realmente el destino, algún dios o lo que fuera, disfrutaba destruyendo sus planes y viéndolo fracasar humillado una y otra vez. Miró en todas direcciones que nadie estuviera cerca, casi no le quedaba lumbre, por lo que antes de quemarse los dedos, cogió una varita de madera y armándose de valor, comenzó a hurguetear los excrementos del “Tragatodo”, era una medida desesperada pero por suerte funcionó. Dos monedas aparecieron entre los deshechos, la adrenalina de Horacio se disparó, era demasiada emoción y nerviosismo difícil de disimular, quería correr hasta donde estaba Lidia y mostrárselas pero sabía que no podía hacer eso, ni siquiera podría guardárselas sin delatarse él mismo, por lo que decidió ocultarlas, después de limpiarlas, en la misma jaula de Braulio, aquello era perfecto, habían entre las tablas y los fierros abundantes grietas y rendijas donde meter las monedas y además nadie deseaba acercarse a esa jaula ni menos hurgar en ella, por lo que estarían seguras hasta que llegara el momento de usarlas.

Cuando los hombres terminaron de guardar todo en los camiones tomaron posiciones también dentro de estos donde simplemente debían sujetarse para no caerse, porque el viaje para ellos sería instantáneo, los mellizos hacían su truco y en el mismo minuto en que todo quedaba listo para partir ya era tiempo de bajar todo de nuevo y armarlo esta vez en un lugar distinto.

La luna estaba gigantesca saliendo desde el mar, un mar tranquilo, oscuro y frío. El pueblucho al que habían llegado, no era más que un reducido y pobre caserío de pescadores que apenas se mantenía en pie, el clima allí era húmedo y frío. Estaban en un gran descampado en la cima de unos acantilados. Muchos hombres del circo incluyendo a su jefe, se acercaron a la orilla a echar un vistazo, el fondo era rocoso y la caída mortal, eso no le agradó a Cornelio, pero antes de que dijera nada, uno de sus hombres se lanzó al vacío… y luego otro. “¡Fuera de aquí todo el mundo o el próximo que quiera morir, será por mi mano y con mis métodos!” gritó Morris e hizo retroceder a la muchedumbre, para luego dirigir una mirada de profundo disgusto a los mellizos Monje por llevar su Circo a orillas de un acantilado donde la libertad era tan “tentadora”, estos habían conducido por horas hasta encontrar un lugar adecuado donde instalarse, no había mucho más para elegir en esa región “Está bien…” respondió Morris “…pero si alguien más decide ponerle fin a su contrato en ese risco, ustedes serán los responsables” Luego se retiró vociferando a sus trabajadores para que se apresuraran en bajar todo y lo dejaran armado lo antes posible. Los mellizos se vieron obligados a montar guardia para que no se produjeran más suicidios en ese lugar, y todo el mundo sabía que estos dos viejos eran difíciles de burlar, Román Ibáñez había conseguido una botella de licor y se alejaba silencioso para beberla en paz, mientras Von Hagen cubierto con un abrigo a pesar de su abundante pelaje, ayudaba a descargar los camiones pensando en cómo se sentiría Lidia si fuera liberada en el mar gracias a él, nadie la podría perseguir allí, sería libre, aunque él no la pudiera acompañar, ella se lo agradecería por siempre y probablemente nunca lo olvidaría. Sus pensamientos e ilusiones se terminaron en el momento en que sintió un llamado apagado y vio la cara de preocupación del gigante del Circo, un hombre de dos metros y medio con el curioso nombre de Ángel Pardo, este le hacía señas con cierta urgencia desde uno de los acoplados que estaban descargando, Horacio se acercó y el gigante señaló algo entre los bultos y las lonas. Una muchacha sucia y mal alimentada estaba atrapada allí, se había escondido mientras los hombres guardaban todo, pero con seguridad se hubiese asfixiado si no hubiesen retirado las cosas que la cubrían inmediatamente. La adolescente no se sorprendió nada con el aspecto de los dos hombres pero sí comenzó a rogar que no la delataran con su familia, “…por favor, déjenme viajar con ustedes… no me envíen de vuelta a casa” Von Hagen la miraba amable y sorprendido “…pero muchacha, si ya estás bastante lejos de casa…” la chica no lo creyó, “pero si ni siquiera nos hemos movido…” Ángel Pardo miró a su compañero con gravedad “no podemos mantenerla oculta. ¿Qué crees que hará Morris con ella si la descubre?” Horacio miraba preocupado a la chica “Ese no es el problema, hará lo que hace con todos. La hará firmar un contrato y la convertirá en una atracción…” la idea dibujó una sonrisa de felicidad en la muchacha, luego Von Hagen agregó “…El problema, es qué hará don Cornelio con nosotros si nos descubre ocultando a alguien”



León Faras.

martes, 16 de septiembre de 2014

Lágrimas de Rimos. Segunda Parte.

XVI.

Una vez caída la noche por completo, Ranta se adentró solo y a pie en los campos de Cízarin, avanzando por los caminos entre las altas terrazas donde estaban los cultivos, moviéndose rápido y con cautela como era su conocida habilidad hasta alejarse lo suficiente del resto de los hombres, con la misión de verificar que el camino estuviera despejado para que el ejército se acercara a la ciudad sin ser vistos ni oídos, notó el abundante lodo que había, pero lo creyó normal dado que aquello se trataba de una amplia zona agrícola, aunque consideró que en ese lugar usaban el agua como salvajes, desperdiciándola y llenando de barro por todas partes. Ranta llegó hasta un árbol cercano que estaba sobre una de las terrazas para subirse en él y escudriñar los alrededores, pero no le fue sencillo llegar allí, el barro se le pegaba a las botas y en más de una ocasión había estado a punto de caer por lo resbaladizo del terreno. Una vez encaramado sobre el árbol, las únicas luces que se podían ver eran las de la aun lejana ciudad, el resto era solo campo, casi tan oscuro como el mismo cielo, el cual los ocultaría bien, pero algo le preocupaba y le daba mala espina, el silencio, aunque estaba un poco lejos aun, era muy raro que no se oyera nada, ni las risas de los hombres que beben, ni los gritos de las mujeres que llaman a sus hijos, ni los llantos de las crías, el silencio era una muy mala señal, y aquella noche parecía que hasta los animales estaban escondidos en algún sitio sin hacer ruido. Aguardó sobre el árbol hasta que el resto del ejército llegó a paso lento hasta ese punto, el rey Nivardo lo miró extrañado mientras los soldados que estaban más cerca soltaron una risita divertida aunque ahogada para no hacer ruido, en la escasa luminosidad de la estrellas, se podía ver que el pobre soldado estaba cubierto de barro hasta arriba de las rodillas, además de los brazos y parte del rostro, “…Es como si hubiese caído un aguacero en este lugar…” se excusó, luego informó lo que había visto y oído, o sea, nada, y lo sospechoso que se le hacía toda esa situación, “…Algo no anda bien mi señor, no se oye ni siquiera el mísero ladrido de un perro” El rey observó a su rededor, “La noche está propicia y nada nos hace pensar lo contrario, además, ¿olvidas que bebiste de la fuente y que ahora eres un inmortal como nosotros?...” El rey Nivardo no bebió de la fuente por miedo a enfermar o resultar herido dolorosamente sin poder morir, pero eso era algo que solo sabía su consejero Serna y él mismo, nadie más tenía por qué enterarse “…Entraremos a la ciudad antes de que se asome la luna y una vez ahí, serán incapaces de detenernos” “Así será mi señor” dijo Ranta antes de desaparecer nuevamente en la oscuridad rumbo a la ciudad de Cízarin.

Fuera de los campos de Cízarin, en el extremo que limitaba con el río Jazza, un tercio del ejército comandado por Rianzo, permanecían ocultos e inmóviles, habían salido antes de la inundación con sus caballos que en esos momentos estaban atados un poco más alejados para que no importunaran con sus relinchos. Ya habían visto las siluetas de varios jinetes ingresando a los campos por alguno de los numerosos senderos pero aguardaban la confirmación del vigía, este regresó al poco rato para dar su informe “Es un ejército mediano conformado solo por jinetes, aunque yo creo que es pequeño para tomar por si solo una ciudad, por lo que podrían haber más acercándose y que no hemos visto aun. No han tomado el camino principal a pesar de ser el único que no está saturado de lodo. Tienen un hombre en avanzada que les limpia el camino, es bueno, pero no tanto…” y en esta parte el vigía sonrió al sentirse orgulloso de sí mismo “…ha pasado por mi lado sin siquiera notarlo, llevaba barro hasta en las orejas, podría haberle cortado la garganta sin problemas, pero conviene que sigan adentrándose confiados” después de poner la información en un pequeño papel la enviaron con una paloma especialmente elegida que estuviera criando, para que su vuelo fuera sin retrasos ni distracciones y permanecieron ocultos en el mismo lugar aguardando por si aparecían más hombres. Luego se movilizarían para ponerse en la retaguardia de los invasores y así cercarlos o cerrar algún intento de huida.

Un joven muchacho vestido de soldado con un uniforme que evidentemente le quedaba grande esperaba atento en uno de las torreones de Cízarin iluminado apenas con un par de antorchas, en el momento en que vio llegar una paloma, corrió hacia la escalera de madera, la ascendió a toda velocidad hasta la plataforma superior rumbo al nido donde ya se aprestaba a alimentar a su impaciente prole el ave recién llegada, la tomó, le quitó el mensaje y la devolvió a su lugar. Volvió a descender y luego sin perder tiempo, como encarecidamente se lo habían ordenado, siguió descendiendo por las escaleras de piedra hasta la base de la torre donde el resto del ejército estaba reunido junto a sus comandantes, allí aguardaba Zaida junto al monarca, Siandro, quien estaba ataviado con una liviana pero lujosa armadura, tras ellos estaba de pie el general Rodas, este último recibió el mensaje y se lo entregó sin ojearlo a la mujer, la anciana lo leyó y lo volvió a guardar en su mano antes de que el rey pudiera verlo “No sabemos cuántos hombres nos atacan, pero el primer grupo invasor ya está aquí. Los atacaremos antes de que salgan de los campos pero no pelearemos contra ellos. General Rodas, llévese su grupo, recuerde atacar y alejarse, no los enfrente. Rianzo cuidará la salida, nosotros, la entrada de la ciudad, si está en problemas use los cuernos para dar aviso” y luego dirigiéndose al rey “Será mejor que se ponga a salvo, ya tenemos a uno de los miembros de la realeza poniendo en riesgo su vida” pero Siandro la miró con desprecio, “Por supuesto que no, desde niños mi esgrima siempre fue muy superior a la de Rianzo. Los esperaré junto con la guardia del palacio. No pienso correr tras ellos” y dicho esto, desenvainó de su costado una espada “pétalo de Laira” y de su otro costado otra idéntica, Zaida no se lo esperaba, pero no agregó nada más.


Ranta llegó hasta un cruce de caminos entre las terrazas cultivadas, cuatro árboles no muy grandes, pero de abundante ramaje estaban allí, pensó en espiar desde uno de ellos. La ciudad estaba bastante cerca ya, pero por más que agudizaba la visión y el oído no conseguía captar nada, algo malo iba a pasar, estaba seguro. Hace un rato en una suave pendiente resbaló debido al abundante lodo y se golpeó en una rodilla contra una roca, soltó en un susurro todos los insultos y maldiciones que conocía debido al dolor que eso le causó. Si solo eso le había causado tanto dolor pensó en qué podía esperar de una flecha o una espada enemiga aun sabiendo que se suponía que él ahora era un inmortal “…esto no pinta para nada bueno” El rey Nivardo y el resto del ejército llegó hasta él “Nos lanzaremos desde aquí en estampida y no nos detendremos hasta llegar al palacio real. No se le perdonará la vida a nadie hasta que los señores de Cízarin se rindan y entreguen todo…” En ese momento, uno de los árboles que estaban en aquel vértice cayó súbitamente interrumpiendo al rey, no hizo ningún sonido pues ya estaba cercenado desde antes y preparado para caer, en el acto, un par de antorchas encendidas le cayeron encima encendiendo sus ramas impregnadas de aceite para lámparas, las llamas se alzaron violentas lo que espantó a los caballos y los hizo visibles en la oscuridad, entonces por lo menos un centenar de arqueros aparecieron de entre los cultivos cercanos y dispararon casi al unísono una multitud de flechas contra los jinetes y volvieron a esconderse, tan pronto como estos desaparecieron una segunda oleada apareció repitiendo la operación. Nivardo espoloneó con furia su caballo y lo lanzó contra las llamas mientras le gritaba a sus hombres que se mantuvieran agrupados y lo siguieran rumbo a la ciudad. Los hombres del general Rodas volvieron a aparecer para rematar a los heridos pero en su lugar encontraron solo unos cuantos caballos agonizantes por las flechas. Ni un solo hombre, aquello era imposible.


León Faras.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Historia de un amor.

 XI.

Miranda abrió los ojos y se quedó unos segundos viendo el techo de su habitación, respiró hondo hasta que sus pulmones ya no pudieron absorber más aire y luego de botarlo, continuó respirando con la infinita calma con la que había despertado, su cuerpo estaba tan relajado que hasta podía dimensionar el peso que ejercía sobre el colchón de su cama, se sentía contenta y en paz, bajo los agradables efectos de un sueño profundo y reparador, además de agradable, porque había soñado con su nuevo amigo, bueno, su nuevo amigo era parte de ese sueño agradable, del conjunto, dentro del cual se podía respirar bienestar, felicidad y equilibrio. Era una especie de celebración familiar, donde una abundante parentela se juntaba a festejar y lo hacían como de costumbre en compañía de sus respectivas parejas e hijos, dándose ciertos casos o circunstancias que siempre llamaban la atención precisamente por la costumbre de repetirse, como la prima esa que siempre estaba embarazada o con una cría de pecho en los brazos al momento de dicha reunión, lo que a menudo era buen motivo de conversación para los que intentaban recordar o averiguar cuántos hijos llevaba ya, sus respectivos nombres, sexos o edades… y a veces también sus padres. O aquel que llegaba con una pareja distinta cada vez y con la que aparentaba mantener una relación fresca y duradera aun sabiendo que conocía tan poco de ella como ella de él. También estaban esos dos que insistían en vender la imagen de un matrimonio feliz y perfecto a pesar de que era de dominio popular toda la cantidad de veces que se habían atacado mutuamente dando un espectáculo sin pudores, cosas de las que nadie está libre pero que es conveniente mantener en la intimidad porque evidentemente nadie más tiene por qué enterarse, menos aun si se sabía que el siguiente paso era volver a empezar todo de nuevo pidiendo perdón como el más devoto de los pecadores arrepentidos. En el sueño todo eso se veía representado pero no como protagonista sino como parte del escenario, formando el contraste necesario para marcar la tranquilidad y bienestar que sentía ella, de saberse ajena, liberada de todos esos sucios comportamientos que deterioraban irremediablemente las relaciones que pretendían ser serias, resquebrajándolas, carcomiéndolo todo hasta solo dejar una fachada, delgada e inestable, incapaz de sostenerse por sí sola. Dentro de lo que vivía en su sueño, su caso era diferente, era lo que ella siempre había buscado, que no se trataba de nada especial ni fantástico sino solo honestidad y transparencia, sin máscaras, sin fachadas, si el amor estaba pues perfecto, a disfrutarlo y si no, pues nada más no, no era necesario ni saludable para nadie fingir sentir cosas que no se sentían. En compañía de su nuevo amigo se sentía tranquila, sin dudas atascadas o sospechas roedoras, sin desconfianzas ni temores, simplemente en paz y esa agradable sensación era la que la inundaba ahora que acababa de despertar, aunque en realidad no era mucho lo que sabía sobre su nuevo amigo pero le gustaba y eso no era poco decir, porque algo en ella, tal vez su corazón o tal vez su instinto, ya confiaba en él, ya le había dado el visto bueno y eso no era algo que le sucediera a menudo. Se levantó y bajó de su cama con cuidado de no pisar al gato que como siempre dormía en la bajada de cama.

Salió de su casa con una tostada en la boca rumbo a su trabajo, como de costumbre, verificó que llevara sus llaves, dinero y documentos en los compartimentos de su bolso, en medio de eso, se topó con una hoja de papel doblada que de buenas a primeras no le dijo nada, pero al abrirla la reconoció de inmediato, era el conjuro que ella misma había copiado del libro que había encontrado, lo había guardado allí después de mostrárselo a Bruno y luego lo olvidó. Recordó por qué lo había copiado, precisamente por la desfachatez para solicitar el amor sin conformidades ni titubeos, y se preguntó si acaso no había recibido precisamente eso, era cierto que aun era muy pronto para una respuesta de ese conjuro y mucho más como para hablar de amor, pero por otro lado, la atracción y el interés que le había generado desde el principio su nuevo amigo era algo que no podía pasar por alto, hacer como si nada y seguir su camino, sino que quería saber más de él, algunas cosas importantes, aquellas en las que casi con obligación debes indagar antes de interesarte seriamente en alguien, otras cosas menos importantes, como aquellas que buscan conocer a ese alguien para identificarlo e individualizarlo dentro de la gigantesca masa de individuos que pululan por el mundo y otras absolutamente irrelevantes o hasta un poco ridículas, detalles escondidos pero interesantes que solo se comparan con las personas que luego de ver cien veces una misma película comienzan a notar las sutilezas que dejó el director para sus seguidores o los errores que dejaron pasar extenuados profesionales. Estaba realmente interesada y eso le daba ansiedad, hasta un poco de temor, sabía que debía moverse con cuidado para no equivocarse luego y resultar dañada, pero también sabía que no podía quedarse sin hacer nada y dejar pasar esa nueva relación insipiente que aunque lo disimulaba y lo intentaba reprimir, le alegraba el día sin esfuerzo alguno y la llenaba de una sabrosa ilusión. Volvió a ojear el conjuro antes de guardarlo, pensó que si era cierto que su nuevo amigo era ese alguien especial que había estado esperando para vivir el amor de la forma como lo había planeado siempre, entonces se merecía un agradecimiento escrito por responderle de forma tan rápida y acertada, un agradecimiento tal como el que estaba escrito en la hoja del libro que había encontrado, aquel que estaba escrito con su propia letra.


El informe del tiempo había anunciado lluvia y ahora las abundantes nubes del este se veían amenazantes, la lluvia le encantaba, pero esperaba que no arruinara sus planes. Había quedado de juntarse con su nuevo amigo para almorzar. 


León Faras.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

Una visita al Psiquiátrico.

I.

La plaza en el centro de Bostejo era uno de los pocos lugares de la ciudad que se podía decir que conservaba de buena forma su belleza y estilo de diseño. En la ciudad de las escaleras la plaza no se quedaba atrás, poseía tres pisos o tres niveles circulares sobre una base cuadrada que era la manzana, cada anillo era más pequeño que el anterior, conectados con elegantes y amplias escaleras de piedra las que albergaban abundante vegetación entre unas y otras, arboles añosos que convivían con arbustos más jóvenes de la misma manera que estos se imponían en tamaño sobre la fresca y abundante hierba, todos ellos enclaustrados tras robustos pero elegantes balaustrales igualmente de piedra tan pálida como dura. Se encontraba a buena altura dentro de la desnivelada ciudad, por lo que además de los numerosos asientos, ofrecía también un atractivo paseo con una privilegiada vista de la ciudad. En domingo era común encontrarse actos artísticos o culturales en el último anillo, músicos interpretaban reconocidos temas musicales, malabaristas entretenían al público con su habilidad y era además un lugar donde el comercio ambulante también tenía su espacio. Alberto había aceptado la ayuda económica que Estela le había ofrecido del empeño del reloj para que visitara a su mamá, con la condición de que le permitiera usar ese dinero para comprar globos y así poder ganar algo más con su trabajo, y así lo hizo, Estela aceptó el trato pero también puso su condición, que le permitiera comprar caramelos y hacer una especie de sociedad para venderlos, así ambos podrían obtener algo más de dinero para realizar el viaje a San Benito, un viaje que planeaban realizar juntos siempre y cuando la señora Alicia estuviera de acuerdo.

Bernarda disolvía una cucharada de miel en su té con limón, sentada frente a la señora Alicia que lucía pensativa, debido a los planes que tenía Estela, le parecía bien que la muchacha quisiera ayudar a su nuevo amigo para que este le hiciera una visita a su madre a quien con seguridad necesitaba ver, pero acompañarlo, dos muchachos tan jóvenes que viajaban solos y además a un hospital psiquiátrico, era algo que no le parecía una buena idea desde ningún punto de vista, “Hasta puede ser peligroso, ¿no cree?” y Bernarda asintió con la cabeza “…aunque por otro lado, la situación de ese chico es bastante dura, según sabemos, no está ni su papá ni su mamá para que se preocupen de él, debe encargarse él mismo de todo y encima la vida no está fácil para nadie. Debe hacerle mucha falta su madre a ese niño y es muy noble que Estela quiera ayudarlo” La señora Alicia estaba de acuerdo con todo eso, pero exponerlo de esa manera solo la hacía sentir culpable y no solucionaba nada “Yo lo sé, pero permitir que Estela viaje sola en compañía de ese muchacho no es un acto de buena voluntad, sino una irresponsabilidad, si llegara a suceder algo… Dios no lo permita…” y ambas mujeres se santiguaron “… ¿a quién podrían recurrir? Estela nunca ha estado allí y no conoce a nadie en esa ciudad” Bernarda bebió un sorbo de su té y volvió a posar la taza con cuidado sobre el platillo “Es cierto y no digo que deba permitir que Estela viaje así de buenas a primeras, solo digo que tal vez no debería negarse tan tajantemente sin antes considerar otras opciones” “¿qué otras opciones?” preguntó la señora Alicia con cierto aire de extrañeza “digo que tal vez hayan ciertas condiciones que necesite para permitir ese viaje y no lo sé… tal vez los muchachos puedan hacer algo al respecto” La señora Alicia guardó silencio y siguió en su actitud pensativa porque la idea aun no la convencía en absoluto.

Los muchachos preparaban sus cosas en uno de los asientos de la plaza de Bostejo, Estela se encargaba de ordenar y clasificar sus caramelos en una caja de cartón tal como lo hacía Aurora con los cigarrillos que vendía, mientras Alberto se ponía su traje de payaso y se pintaba el rostro. Una vez listos comenzaron con su trabajo, recorriendo los diferentes niveles ofreciendo sus productos hasta llegar a la parte más alta de la plaza, varios niños con sus padres se detenían a observar en un sector y Alberto notó inmediatamente por qué “Mira, hay un acto de títeres… ven, conozco al dueño, nos dejará vender nuestras cosas” El escenario de títeres no era más que una estructura angosta y liviana de madera vistosamente pintada con una ventana provista de cortinas por las que se asomaban los títeres que nunca eran más de dos al mismo tiempo por una cuestión de espacio pero sobre todo porque solo había un titiritero, pero cuyo espectáculo era la delicia de su pequeña y entusiasta audiencia. El hombre era un tipo de unos cuarenta y tantos años, tremendamente delgado, con una barba tan larga, lisa, tosca y negra como su cabello, usaba unos diminutos anteojos que entonaban muy bien con el aspecto afable que casi siempre acompaña a la gente que sin caer en la tacañería, deben llevar una vida austera y parca, pero con todo eso, era un hombre que había elegido su oficio porque era lo que le gustaba y lo hacía con pasión a pesar de lo poco que a veces obtenía a cambio. Sentado sobre una caja de madera, un cigarro se consumía en su boca mientras le zurcía el vestido a lo que parecía una pequeña hada madrina, de esas que usan gorro en forma de cono y una varita mágica con una estrella en la punta. El payaso saludó con afecto a su amigo titiritero y luego miró curioso a su rededor “¿Y Luna?...”preguntó. El hombre le dio una última calada a su cigarro antes de hacerlo desaparecer bajo la suela de su zapato “Estuvo bastante mal, tos y fiebre, pero ya se recupera. Hoy amaneció mucho mejor, aunque de todas formas aún le quedan algunos días de reposo…” Luna, era la única hija de Jonás, el titiritero, y su única familia también, “entonces te vendrá bien nuestra ayuda hoy…” dijo Alberto con entusiasmo y agregó señalando a Estela “… ¿Tienes el disfraz de Luna? Tengo una amiga aquí que lo puede usar” Jonás vio a la muchacha y la idea le pareció genial.

Unos guantes blancos que solo dejaban libre el dedo pulgar y una peluca dividida en dos gruesos moños, hechos de la lana color zanahoria más gruesa fue todo el disfraz que Estela necesitó, eso, rematado con dos círculos rojos pintados en sus mejillas a manera de cándido rubor, y un pequeño grupo de oscuras y ralas pecas a cada lado, todo hecho con las pinturas de Alberto, el resultado fue mejor que el esperado, la muchacha se veía tal cual la más querible y tierna muñeca de trapo que jamás se haya visto. El titiritero haría tres espectáculos ese día y los muchachos, en cuyos respectivos disfraces se veían sencillamente irresistibles, se encargarían de promocionarlos, eso atraería más gente y mientras más gente, mejor les iría a ellos mismos con la ventas de sus productos. Ayudar a los demás era una buena forma de obtener los beneficios del trabajo en equipo y eso era algo que nadie les había enseñado, ambos habían llegado a comprenderlo en su día a día, solo viviendo.  




León Faras.

viernes, 29 de agosto de 2014

Del otro Lado.

XVIII. 


“En la pileta del cementerio” Laura observaba la leyenda escrita en la puerta de su cuarto desde el otro extremo donde estaba sentada en el suelo, bajo la ventana. Hacía bastante tiempo que no iba al cementerio, con la muerte de su padre habían hecho varias visitas en compañía de su madre y hermana, pero después de un tiempo esas visitas solo se limitaban a fechas importantes hasta finalmente ir desapareciendo paulatinamente. Por supuesto que aquello no obedecía a ningún sentimiento en contra de su padre ni nada parecido, lo amaba, lo extrañaba y lo recordaba como siempre lo había hecho, pero el cementerio era un lugar tan ajeno, tan público, que lo único reconocible allí era el nombre escrito en la lápida, nada nuevo podía ofrecer para el recuerdo del ser querido y el sentimiento de que los restos mortales de la persona que estuviera sepultada allí necesitaran de alguna manera ser visitados o atendidos, se disipaba con el tiempo, todos tarde o temprano llegaban a comprender o a reconocer que el ser amado muerto no estaba allí, se había ido y de estar en alguna parte no era en ese lugar donde nada le pertenecía a nadie. Había excepciones, como en todo, personas cuya pérdida había sido tan grande y dolorosa que la memoria y el tiempo se volvían enemigos en vez de amigos, enemigos irreconciliables que se hacían daño mutuamente causando un dolor llamado añoranza, porque mientras el tiempo trata de borrar, la memoria se esmera en retener aquello que necesita, pero hasta la memoria más testaruda necesita renovar sus recuerdos, alimentarlos, y en estos casos, el único lugar disponible para ello, aunque ineficiente, es el cementerio. Pero casos así no eran tan comunes por suerte y la mayoría de las personas podían asumir sus pérdidas con mayor conformidad.

“…La pileta del cementerio. Quieren que visite mi propia tumba…” Laura pensaba que ese era el plan, ella sabía por supuesto que justo frente a la pileta del cementerio se encontraba el mausoleo familiar, el lugar donde estaba enterrada su abuela, su padre y donde con toda seguridad estaría ella, si era verdad que estaba muerta, porque a pesar de todo, aquella era una idea que no la satisfacía por completo, porque se preguntaba ¿Dónde estaban todos ellos? Sus muertos, su padre, su abuela, el resto de sus parientes difuntos o en último caso cualquiera de la infinita lista de difuntos que habían existido en toda la historia de la humanidad, no pedía necesariamente un comité de bienvenida al mundo de los muertos, pero nadie podía esperarse una soledad tan absoluta y desoladora. Ya iba a ser medio día cuando se decidió, iría al cementerio y no solo al cementerio sino que al mausoleo familiar, si su tumba estaba ahí, por lo menos le quedaría la tranquilidad de haber acabado con la incertidumbre de su situación, “…¿no estaré sumida en un coma profundo o algo así?” pensó Laura de pronto y hasta se imaginó por unos segundos dormida en una cama de hospital soñando todo aquello que estaba viviendo, pero rechazó la idea y además se castigó con varias palmaditas en la frente, después salió de su casa regañándose a sí misma por insistir en conjeturas raras que solo la confundían más. Lo mejor era ir, ese tal Alan le ofrecía ayuda y no estaba en condiciones de rechazarla, sería bastante bueno que alguien pudiera decirle qué estaba sucediendo y por qué.


Se detuvo justo bajo el umbral de los portones abiertos del cementerio. Toda la valentía y decisión que había acumulado en el transcurso de su día se había evaporado en cuestión de segundos, hasta pensó en no entrar pero enseguida se arrepintió de ese pensamiento, en su situación actual, encontrar su nombre escrito en una lápida era más un alivio que el perturbador evento que sería para cualquiera en situaciones normales. Comenzó a andar por el camino principal del camposanto, el lugar lucía completamente diferente a lo que recordaba, tardó un par de minutos en darse cuenta de que lo que faltaba allí era la vida, tal como había sido desde el día de su muerte, en aquel lugar no había árboles, ni flores, ni aves, habían muchas flores muertas por todos lados, secas y olvidadas como las tumbas que alguna vez adornaron,  pero ni una sola con vida, a pesar de ello, podía sentir ese olor característico de los cementerios y las florerías, el olor de las coronas funerarias y de los arreglos florares, como si todo hubiese sido retirado justo antes de que ella llegara, nuevamente sentía la sensación de que la vida le llevaba un paso delante, que llegaba tarde a todo, que estaba atrapada en un destiempo permanente. Laura llegó hasta la pileta del cementerio, la única que había, con su diseño básico y su agua estancada color barro como siempre, que la gente usaba para llenar sus tiestos con flores o regar las plantas vivas que algunos tenían, no era para nada bella pero era útil. Revisó la estructura de concreto por todas partes pero no encontró nada para ella, tal vez era muy pronto, había que reconocer que en su día no había demasiadas actividades que le quitaran tiempo, pero de todas formas ese tal Alan hubiese podido poner una hora para la cita y evitar este tipo de desajustes “…como si los muertos usaran relojes…” se dijo a sí misma y soltó una risa poco convincente, a su espalda estaba el mausoleo familiar que instintivamente estaba hace rato evitando enfrentar, no había pasto ni estaban los rosales de la entrada, pero en el interior vio algo que le llamó la atención, y hasta se emocionó un poco sinceramente , desde donde estaba podía ver un ramo de flores, eran hermosas calas blancas y a ella le encantaban las calas blancas, eran las primeras flores que veía desde su muerte, y precisamente eso la hizo sospechar, se acercó para verlas de cerca, las flores eran plásticas, “…¿acaso había algo más ingrato para un difunto que las flores plásticas?” era como dejar la conciencia tranquila mientras no se volvía en un largo tiempo, “…era más digno y honesto no dejar nada” se dijo, y de pura curiosidad leyó el nombre tras aquellas flores “Laura Alejandra Moros Verdugo” Su mente se enmudeció por unos segundos, las flores plásticas eran de ella, de su tumba. Entonces era oficial, toda aquella rareza que estaba viviendo en realidad era la muerte, su muerte “…a menos que lleve días en coma y todo esto sea un largo sueño…” se sintió cansada y apoyó la cabeza contra los barrotes de la entrada del mausoleo, algo llamó su atención, las flores tenían una hoja enrollada entremedio, nada especial, una simple hoja de papel que la chica alcanzó con la mano y al sacarla dejó caer algo más que había allí, un curioso reloj infantil. Laura abrió la hoja de papel, en el interior estaba escrito con lápiz labial “Sí estoy” era la hoja que ella misma había escrito en su habitación, ese tal Alan había estado ahí pero no decía nada más, entonces se agachó y metió todo su brazo hasta donde pudo para alcanzar el reloj, era plástico y de color rojo decorado con dibujitos de personajes infantiles, estaba detenido y marcaba las doce en punto. Era raro que un reloj se detuviera por sí solo a una hora tan exacta, era más probable que se lo hubiesen dejado a propósito así, podía ser la hora para reunirse, medio día o media noche, volvió a mirar el reloj, solo esperaba que no se tratara de una macabra entretención de niños. Bueno, aun le quedaba un buen rato para media noche, daría una vuelta por ahí mientras.


León Faras.

lunes, 25 de agosto de 2014

La Prisionera y la Reina. Capítulo tres.

XI.

Ya casi no quedaba luz de día y las antorchas se multiplicaban en el ahora castillo de Rávaro donde se estaba desarrollando una batalla realmente encarnizada. La Bestia estaba totalmente fuera de control, los soldados con sus lanzas y espadas se convertían en una amenaza irrisoria para la enorme criatura que repartía manotazos a diestra y siniestra desperdigando por el suelo a varios de sus enemigos cada vez, los jinetes sin espacio para alcanzar velocidad o maniobrar con holgura eran incapaces de gestar algún ataque sin sufrir severos daños, y todo aquello se volvía más grotesco cuando algún desdichado era atrapado por el monstruoso animal y terminaba su vida en las fauces de este. La Bestia estaba hambrienta también y todo allí era comida abundante que en lugar de huir del peligro se le lanzaban encima, haciendo más fácil su cacería. La situación era crítica y a cada momento se veía más difícil de solucionar. Ravaro desde su balcón observaba la escena realmente molesto, podría haber apaciguado a la Bestia en cuestión de segundos, podía incluso doblegarla y hacer que el gigantesco animal hiciese su voluntad, pero ahora no había forma de que se acercara y la distancia era una gran barrera para su magia, poderosa pero terrenal, solo le quedaba abrir los portones para dejarla ir y que de esa forma dejara de hacer estragos entre sus tropas y su castillo, pero esa era una opción que se negaba a tomar, mientras sus hombres seguían cayendo, muchos de ellos sin volverse a poner de pie. Entonces sucedió el episodio más raro y excéntrico que hombre jamás haya visto o verá alguna vez.

De entre la multitud de hombres agotados que con sus armas en mano se agrupaban para tomar un aliento antes de lanzarse en un nuevo y estéril ataque del cual esperaban más salir con vida que causar algún daño, emergió una figura de burdo diseño pero de andar confiado y hasta gallardo. El patio donde estaba la Bestia quedó totalmente despejado salvo por los cadáveres, mientras los soldados formaban un círculo iluminado por numerosas antorchas sujetas por los propios hombres, expectantes pero incrédulos, absolutamente renuentes a creer lo que sus ojos veían o a imaginar lo que podía llegar a suceder. El enano de rocas caminaba sin ningún apuro ni precaución rodeando a la Bestia, como si la estuviera estudiando, mientras esta última lo observaba jadeante y amenazante, consciente de que aquello era un desafío, el gigantesco alboroto que había hace solo segundos se silenció por completo, nadie podía imaginar siquiera en qué terminaría un combate tan singular como aquel, la Bestia tenía todo su tamaño y poder a su favor, pero el enano de rocas era prácticamente indestructible, ambos se observaban, como gladiadores en la arena que aguardan el momento para atacar y fue la Bestia quien lo hizo primero, descargando un colosal manotazo sobre el enano quien simplemente se desarmó, rodando por el suelo convertido en un montón de piedras y luego se volvió a erguir esquivando el ataque y tomando una pose elegante como un torero que sin esfuerzo a evadido un ataque ciertamente mortal, la maniobra emocionó al público que comenzó a gritar y a alentar al pequeño gladiador mientras los más oportunistas ya organizaban apuestas para generar algunas ganancias con la insólita situación que se estaba dando.

Lorna observaba de prudente distancia, había conseguido una capa de soldado y con ella se cubría la cabeza y el cuerpo para pasar desapercibida, pero cuando la multitud de soldados se cerró en un círculo perdió la visión de lo que sucedía y solo podía ver a la Bestia que parecía ahora enfrentarse a un solo contrincante  en vez de atacar a la multitud como lo estaba haciendo, los hombres se animaban como si estuvieran presenciando un gran espectáculo, dando gritos y celebrando cada movimiento que se daba en la arena. La mujer quiso saber quién o qué cosa le estaba haciendo frente a tamaña criatura y se trepó pegada a la pared por sobre los precarios techos de los establos y herrerías que se encontraban en una esquina, aun así no tenía plena visión de lo que sucedía hasta que en determinado momento pudo ver una pequeña bola que rodó por el piso pasando entre las patas de la Bestia, para luego brincar y aferrarse a una de estas, inmediatamente comenzó a trepar con rapidez y agilidad por el abundante pelaje. La pequeña criatura que enfrentaba a la Bestia no era otro que su pequeño compañero, el enano de rocas, aunque solo ella sabía que en realidad se trataba del semi-demonio, Dágaro. La Bestia se agitó furiosa mientras el enano le llegaba a la espalda, Lorna se emocionaba al igual que todos los soldados viendo como su compañero ascendía por el cuerpo de la enorme criatura, esta, al no poder alcanzarlo con sus manotazos se lanzó contra los muros del castillo golpeando al enano contra la pared hasta alcanzar una de sus extremidades y arrancárselo del lomo, el público enmudeció en un sonoro suspiro, la Bestia cogió al enano con sus dos manos y tiró de él para despedazarlo en dos, pero toda su fuerza y sus alaridos de furia y frustración no fueron suficientes más que para separar las rocas sólidas que formaban el cuerpo del enano, descontrolada, la Bestia lanzó con todas sus fuerzas al enano contra el suelo, haciendo que este se estrellase violentamente, pero las rocas en el acto se agruparon nuevamente y el enano otra vez estaba de pie, erguido, ileso, caminaba desafiante, provocando un estallido de jolgorio y celebración en todo su entusiasmado público, incluyendo a Lorna que debía reprimir los gritos de emoción y celebración que le nacían para no delatarse.

El combate se prolongaba sin que se pudiera dilucidar algún resultado probable, el enano se defendía bien pero era incapaz de provocarle algún daño a la Bestia, excepto por el agotamiento, pues mientras el enano no parecía afectado en lo más mínimo, la Bestia jadeaba ruidosamente, aunque para derrotar a una criatura de esas magnitudes, el cansancio no era precisamente la técnica más sensata. Las apuestas estaban parejas y las posibilidades totalmente abiertas. La Bestia atacaba y el enano esquivaba, repitiéndose la misma secuencia una y otra vez hasta el momento crucial en que el enano decide cambiar de estrategia y dejarse atrapar. Un manotazo lo hizo volar por los aires hasta una pared cercana cayendo al piso, sin sufrir daño alguno pero simulando aturdimiento, entonces es tomado por la Bestia nuevamente y arrojado con furia contra el suelo, el gigantesco animal se entusiasma con la victoria y le da una paliza a su pequeño enemigo, el público se mantiene atento, el enano se queda inmóvil en el suelo. Entonces la Bestia comete el error que el enano esperaba, lo intenta devorar. Es cuando el enano de rocas contraataca, aferrándose a las fauces de la Bestia, se introduce hasta la tráquea, la Bestia se desespera, comprende su error y trata desesperadamente de remediarlo, intenta masticar, intenta tragar, el enano la asfixia al comenzar a pasar roca por roca a través de la garganta de la Bestia como lo hizo con los barrotes de su prisión, el animal se esfuerza por tragar para no ahogarse, hasta que el enano desaparece en el interior de la enorme criatura. El público no lo puede creer, el enano ha sido devorado, la Bestia da un alarido gigante de furia, como demostrando su poder, como celebrando su victoria y ve a todo ese público expectante nuevamente como a sus enemigos, los soldados comprenden que el espectáculo terminó y que la lucha se reanudará. La Bestia ataca pero entre gritos y bufidos cae al suelo encima de los soldados, inerte, sin fuerzas, derrotada. El enano le ha destrozado las entrañas.

La lucha terminó y aquellos que apostaron se preguntan quién ganó.


León Faras. 

jueves, 21 de agosto de 2014

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

VI.

Cornelio se sirvió un trago y se dejó caer en el asiento de su escritorio, estaba cansado, tenía el dinero de ese día frente a él iluminado por tres velas en un candelabro, se llevó un nuevo cigarrillo a la boca y lo acercó a una de las velas para encenderlo pero esta se apagó sin ningún motivo aparente mientras las otras siguieron encendidas, Morris escudriñó de reojo y con sus oídos su rededor, desconfiado, nervioso, estaba completamente solo. Entonces decidió probar con la siguiente vela la cual también se apagó como si algún bromista le hubiese dado un soplido, la habitación se quedaba en penumbra, las sombras se multiplicaban y Cornelio desistió de su intento, dejó el candelabro sobre la mesa con una sola vela encendida y se volvió a acomodar en su asiento “¿Hace cuánto rato que están aquí?” Preguntó. De su propia sombra proyectada en la pared tras él, salieron dos figuras en direcciones opuestas que volvieron a perderse en las sombras de los rincones, pasos y murmullos en la penumbra delataba que se trataba de varios seres ocultos en la escasa luminosidad del lugar donde podían verse oscuras siluetas moviéndose. Solo en ese ambiente de luz débil podían verse, demasiada luz los volvía invisibles. “No hace mucho…” respondió una voz imposible de definir si era femenina o masculina, “…Ya sabes, el frío se vuelve insoportable” La temperatura a esa hora de la tarde había descendido bastante, pero estaba lejos aún de volverse insoportable. Para Morris las voces eran conocidas, y no era grato escucharlas ni menos la información que traían, significaba que su ilusión se desvanecía y junto con ella también su poder, eso le preocupó y justificadamente “Pero si apenas llegamos hace una noche…” “El tiempo nada tiene que ver en esto…” se escuchó una voz desde un punto de la habitación y luego continuaron otras similares pero desde otros puntos “…Sabes que estás trasgrediendo demasiadas leyes con tus trucos…” “…no lo podemos sostener por demasiado tiempo…” “…este no es un buen lugar. Estás demasiado a la vista”. “Demasiado a la vista…” repitió Cornelio, no podía permanecer oculto siempre… pero no le convenía exponerse demasiado, su negocio no era nada inocente y para llevarlo a cabo había empleado fuerzas que no eran de este mundo y hecho tratos difíciles de cancelar. Debía mantenerse en movimiento, no podía ejercer su poder en un solo lugar, eran las reglas, y si las rompía, su entorno entero se tambaleaba… y si llegaba a caerse, perdería todo.

Salió de su oficina alterado, llamando con grandes alaridos a su segundo, Charlie Conde, quien estaba reunido con los hombres que ya iniciaban los juegos de carta y las apuestas, las que por cierto eran de cualquier cosa menos dinero. Llegó asustado donde su jefe, este lo tomó por la solapa “Guarden todo ahora mismo. Nos largamos de aquí” Conde lo miró sin comprender “Pero si hace un rato me dijiste que nos quedábamos aquí, que…” fue interrumpido con brusquedad “Hay cambio de planes y no serás tú quien diga lo contrario. Ubica a los mellizos y diles que mientras antes hagan su truco y nos saquen de aquí, mejor será para todos” El pequeño Román Ibáñez escuchó los gritos de Morris  y le pareció realmente muy mala la noticia, desde donde estaba, junto a los fondos de comida, comenzó a gritar realmente molesto, “¡He estado todo el día esclavizado por ese esperpento que llaman Mustafá, estoy hambriento y cansado y ni siquiera he probado un bocado aun!” Cornelio se le acercó, realmente asombrado del valor de ese hombre diminuto para hablarle así, pero no menos irritado por ello, “¿Acaso piensas que te trato injustamente? ¿Qué lo que has hecho en tu vida merece mejores recompensas tal vez?... ¿olvidas con tanta facilidad por qué estás aquí?” Morris cada vez subía más el tono de voz mientras Román se mostraba confundido y sin respuestas “¿crees que cumplir con tus obligaciones es peor que lo que conseguirías allá afuera, lo que mereces? Es parte de mi negocio recordarle a los miserables como tú porqué están en mi Circo y porqué es que firmaron un contrato conmigo. Más te vale tener presente tu pasado y no olvidar que puedo hacer que regrese…” dicho esto, Cornelio descargó un puntapié en el fondo de comida caliente que se esparramó por el suelo de tierra, Ibáñez tuvo que dar varios saltitos pequeños para no quemarse los pies “…Son muchos los que se alegrarían de verte de nuevo, ¿verdad? Apuesto a que incluso Mustafá estaría feliz de recordar viejos tiempos.” Cuando Cornelio terminó de hablar, no volaba una mosca en todo el Circo, lo que hizo desesperar nuevamente a Cornelio “¿Qué están haciendo todos parados sin hacer nada? ¡He dicho que nos vamos ahora mismo!; ¡Carguen todo de una vez!” y luego haciendo un gesto de asco agregó “Y que alguien se encargue de limpiar la jaula del “Tragatodo”. Huele como si cargáramos con una piara completa”


            Los hombres se pusieron a trabajar en el momento, nada contentos pero sin chistar, Román Ibáñez sacó lo que quedó dentro del fondo de comida y se lo guardó, luego se alejó para no trabajar, era su forma de salirse con la suya. Charlie Conde ubicó al único al que le encargaba todos los trabajos desagradables, a Horacio Von Hagen, para que limpiara la jaula de Braulio Álamos que realmente olía peor que un corral de cerdos y luego se fue en busca de los mellizos Monje, los choferes de los dos camiones del Circo que compartían a medias una habilidad bastante práctica para Morris y también para sí mismos, ellos detenían el paso del tiempo, su vida continuaba como si nada mientras todo lo demás se quedaba estancado en una prolongada pausa, habían vivido la mitad de sus vidas en esas pausas y por eso lucían como ancianos aunque aun no cumplían los cuarenta. Detener el tiempo los ayudaba a realizar sus exitosos trucos de magia que asombraban a grandes y chicos, y también a alejarse con todo el Circo sanos y salvos cada vez que era necesario del lugar donde se encontraban a otro más seguro.


León Faras.

martes, 12 de agosto de 2014

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XV.

Teté lloraba sin consuelo, agachada y apoyada contra una pared de la cocina, sola dentro del alboroto que había en toda la casa, la situación era terrible para ella, iban a abrir el vientre de la princesa para sacar a su hijo lo cual significaba su muerte segura, ya lo había decidido: Ella jamás tendría un hijo, aquello era una situación demasiado espantosa. Luego de unos momentos allí escuchó su nombre que alguien pronunciaba con insistencia, eso no era raro, todo el mundo la llamaba para darle tareas desde que se levantaba de la cama, por lo que salió de su escondite limpiándose la nariz y secándose los ojos, una de las mujeres de la cocina la tomó de un brazo y la envió afuera “Date prisa, ya fueron por una nodriza, cuando lleguen, llévala con la partera” La pobre Teté pasó con la cabeza mirando al piso frente a la habitación de la princesa, con pasitos cortos y veloces, temerosa de volver a presenciar una escena tan perturbara otra vez. Al poco rato un par de soldados llegaron con una mujer joven, sana y bien alimentada, sus desarrollados pechos delataban que estaba amamantando o en condiciones de hacerlo, Teté la recibió y la condujo a la habitación de la princesa Delia como se lo habían ordenado, fue un alivio que esta vez la puerta se encontrara cerrada, porque solo imaginar lo que sucedía ahí dentro le provocaba espanto, iba a volver a la cocina con la esperanza de que alguien le encargara alguna tarea alejada de esa habitación cuando se escuchó el sonido que ya nadie guardaba esperanzas de que se oyera, el llanto de un recién nacido, el hijo de la princesa Delia había nacido, eso emocionó a la pequeña Teté quien sintió la felicidad de que por fin algo bueno estaba sucediendo en medio de toda esa congoja, pero para su desgracia, no fue duradero, la puerta se abrió y desde donde estaba vio perfectamente el cuerpo cubierto de la princesa Delia, las ropas de todas manchadas de sangre, las palanganas llenas de agua teñida de rojo, el olor de un cuerpo abierto, de la sangre y los rostros de desesperanza. La pálida y debilucha aprendiz de Dolba apareció en la puerta con un bebé envuelto en paños blancos que ya lucían sus primeras manchas de sangre de las manos de la mujer que lo sostenía, esta preguntó por la nodriza y le entregó el bebé “Es una niña” su voz sonó amarga y apenas audible, como si estuviera anunciando una cruda derrota, luego se volvió a entrar y cerró la puerta. Teté, con la voz ahogada y los ojos inundados, tuvo que llevarse a la nodriza a otra habitación donde pudiera hacer su trabajo.

El niño jugaba en el campo persiguiendo mariposas que no se dejaban atrapar, apenas había cumplido dos años, pero ya se movía con propiedad por todas partes y su vocabulario se ampliaba con rapidez. Un grupo de caballos llegó  a su casa, a las tierras sembradas de su madre y de sus abuelos, soldados de Cízarin encabezados nada menos que por Rianzo, el hermano del rey y padre del niño. El pequeño Brelio reconoció a su padre y corrió a su encuentro, en la puerta de la casa un hombre lisiado era atendido por su hija, una muchacha realmente atractiva y madre del pequeño. Rianzo no se bajó del caballo por la cantidad de barro que había por todas partes, desde donde estaba saludó al viejo dueño de casa, se conocían hace tiempo, desde cuando el primero era un niño y el segundo herrero del rey, su hija también pasaba todo el día ahí y ambos niños corrían y jugaban juntos todo el día, hasta que crecieron y debieron separarse a la fuerza, nació el romance imposible, las visitas a escondidas y finalmente un hijo de ambos, un hijo al que su padre jamás dejaba de visitar y de atender, pues el amor por él y por su madre estaban tan vivos como siempre, pero a los cuales los separaba una brecha social gigantesca e irrompible, nunca estarían juntos como familia y eso a la larga había convertido a Rianzo en el hombre irresponsable y de vida disipada que era ahora, un hombre que sentía desprecio por las obligaciones de su jerarquía, por lo que era y por lo que debía hacer. Pero allí en esa casa y con esa familia se sentía bien, se sentía como un hombre feliz y completo, y no como el inútil e irresponsable hermano del rey que todo el mundo conocía. Habló con la mujer y el anciano sobre lo que ocurriría aquella noche, que los rumores del ataque de Rimos eran cada vez más seguros y que él se encargaría de ponerlos a salvo hasta que todo terminara.

El sol se ocultaba lentamente, lo noche encubriría al ejército de Rimos que se aprestaba para dar su ataque mortal y sorpresivo sobre una ciudad aparentemente desprevenida. En el prostíbulo de Aida, las mujeres se agrupaban luego de haber sellado tanto como habían podido las puertas y ventanas, comieron austeramente y se iluminaban con un reducido cúmulo de velas que les debería durar toda la noche, Nila y su hermana abrazaban y protegían a los hijos de esta última, todas las demás se mantenían cerca, protegiéndose unas a otras, cargando cualquier tipo de implementos que pudieran servir para defenderse, desde trastos de cocina hasta pequeñas hachas de leña, Grela, la enorme mujer encargada del aseo, se paseaba nerviosa con un grueso bastón en la mano, dispuesta a proteger como fuera lo que consideraba su hogar y su familia. Y en el bosque un fuego rostizaba lentamente una liebre que se convertiría en la cena que Barros y su hijo preparaban. Cal Desci los acompañaba, el fuego lo habían hecho donde mismo habían hecho hace poco la cena de los soldados de Rimos, bebían vino pero todo se hacía en un ambiente de sobriedad y tristeza, como si se estuviera velando a un muerto y el muerto era Ovardo príncipe de Rimos, este yacía donde mismo pero los hombre lo habían cubierto para protegerlo con una piel pringosa y de mal olor, no tenían otra mejor que ofrecerle, los perros también le rodeaban mientras dormitaban, parecían cuidarlo o montarle una respetuosa e improvisada guardia. De pronto el príncipe ciego se incorporó quedándose sentado en el suelo, sintió las voces y el olor de la carne, sabía que no estaba solo, preguntó si la noche había caído o aun alumbraba el sol, Cal Desci respondió “el sol se oculta señor, ya casi no queda luz” Ovardo se dejó caer de nuevo “El ataque ya comienza…” murmuró para sí.


León Faras.

martes, 5 de agosto de 2014

Historia de un amor.

X.

Caminaron juntos por un rato, no había un lugar específico donde ir, solo la necesidad de conocer un poco más al otro, de saber si todo aquello era más que una simple ilusión del momento, más que esa atracción inicial que todo el mundo experimenta en más de una oportunidad para luego seguir con su vida sin que el suceso tenga trascendencia alguna, apoyados en el hecho de que en este caso, se trataba de una atracción mutua y evidente. Bruno observaba la escena con gran atención, todo aquello que estaba sucediendo era demasiado enigmático para el gato, la forma como se habían dado las cosas y como dos personas desconocidas habían concordado inmediatamente en pensar que era una buena idea conocerse. La pareja caminó sin prisa por las angostas calles del viejo pueblo, mientras la chica contaba a grandes rasgos la historia del libro que había desaparecido y del extraño parecido con el nuevo, el hombre la escuchaba con atención, era asombroso saber que se trataba de un libro sin dueño, abandonado, lleno de coincidencias y luego desaparecido sin dejar rastros, de la misma forma como había llegado. El atardecer ya se instalaba, el sol se ocultaría pronto y la pareja se despidió, Miranda devolvió el libro que aun cargaba, el hombre preguntó si se volverían a ver y ella respondió sin titubeos que con seguridad así sería, luego señaló un punto de la ciudad, un punto de orientación que sobresalía por sobre la baja construcción de las casas y del pueblo en general, el enorme Jacarandá donde ella acostumbraba refugiarse cuando buscaba paz y tranquilidad para su lectura o simplemente para disfrutar la compañía que le resultaba más agradable, la de sí misma, ese era un lugar que ella frecuentaba y en el que era fácil encontrarse si eso quería, insinuó la chica. 

Le costó conciliar el sueño aquella noche a Miranda, simplemente porque lo que le había sucedido aquella tarde le resultaba increíble y no solo todo lo relacionado con el libro mágicamente desaparecido, que ya era una de las cosas más raras que habían sucedido en su vida, sino que además el hecho de haberse sentido atraída e interesada en un desconocido con tal facilidad y rapidez, algo que definitivamente no era compatible con su personalidad pero que en este caso no lo iba a negar. Decidió que visitaría el Jacarandá después del almuerzo, se llevaría algo para leer y pasaría ahí las horas cálidas de la tarde, también que no usaría ni se pondría nada especial ni diferente, muchas veces las personas se volvían irreconocibles de la noche a la mañana al quitarse todo lo que se habían puesto y eso no le agradaba mucho a ella. Inevitablemente se imaginó en ese lugar luego de una larga espera sin frutos y hasta sintió la desagradable frustración de haberse ilusionado en vano con alguien que no había tomado en serio como ella la intensidad de aquel encuentro, pero luego se regañó a sí misma ¿Cuál era ese afán de la mente por sabotear constantemente los potenciales buenos momentos del futuro de cada uno? Siempre preparándose para lo malo, viviendo y sintiendo el peor de los escenarios, lo que se convertía en una lucha contante entre la consciencia y la inconsciencia para aquellas personas que se negaban a atender el pesimismo innato del cerebro. Cuando se le pasó el disgusto consigo misma regresó de nuevo a su mente la posibilidad de que aquel hombre no se presentara, pero esta vez con más calma, se dijo que existía aquella posibilidad de que no coincidieran o de que el tipo ese tuviera algo más importante que hacer o un mejor lugar donde estar, también podía suceder algún imprevisto, hasta uno podría morir y el otro jamás se enteraría del porqué no volvieron a verse. Miranda volvió a regañarse a sí misma y decidió que haría todo lo posible por no pensar nada más al respecto, ni bueno ni malo, y simplemente esperar a que las cosas sucedieran como tenían que suceder, algo que sabía que no cumpliría.


Terminada la comida se dio un tiempo para realizar algunas tareas pendientes aunque poco urgentes en su cuarto, con la intención de disipar un poco la ansiedad, distraer la mente y desprenderse de las expectaciones por no decir esperanzas, para tratar de realizar su visita al Jacarandá con toda la naturalidad posible, como siempre lo hacía. Desde que salió de su casa caminó tranquila, pero en cuanto vio el gigante árbol a la distancia comenzó de inmediato a preocuparse por no tratar más de lo normal de divisar la presencia de alguien allí, dominar la curiosidad, evitar las expectativas, los planes sobre qué hacer si sucedía esto o lo otro, pero sobre todo, tomar con toda naturalidad y sin desilusión el hecho de que a medida que se acercaba, más le parecía que nadie la esperaba ahí. Cruzó la vieja verja y subió la suave colina aplastando la hierba hasta llegar al árbol, rodeó su tronco para instalarse en el cómodo lugar donde siempre lo hacía pero se detuvo, el hombre estaba allí, sentado y apoyando la espalda en el vetusto tronco, tenía su libro negro en la mano y una mochila a su lado, tampoco lucía mayores cambios a como lo había visto el día anterior, se saludaron con grata sorpresa “No quiero parecer una especie de loco obsesivo pero como no sabía una hora aproximada para este encuentro vine preparado para una larga espera” dijo el hombre justificando su mochila en la que traía algo de comer y un poco de ropa, llevaba bastante rato allí y hasta había aprovechado de recorrer los alrededores de apacible y bucólica belleza, divagando por supuesto con la posibilidad de que la chica no apareciera o no se encontraran y tuviera que hacer esa larga espera de nuevo alargando la siempre desesperante incertidumbre, pero todas esas preocupaciones ya no importaban ahora, se sentaron juntos, era agradable saber que habían compartido los mismos temores antes de ese encuentro, el mismo temor a la desilusión, el temor a que lo que habían vivido cuando se encontraron finalmente no fuera real. Hablaron y se agradaron, sus sentidos del humor empalmaban y no les costaba trabajo hacerse reír, tampoco tocar esos temas raros de conversación que a veces a uno le interesan pero que los demás desconocen por completo o les parece demasiado extraño que alguien se interese en cosas así, aportando con lo que conocían y mostrando interés por lo que ignoraban, riéndose sin problemas de sí mismos, conociéndose sin importunarse. Las horas pasaron rápido y decidieron darse una vuelta por el pueblo antes de despedirse aquella tarde, bajaban la suave pendiente rumbo a la verja cuando Miranda se detuvo y se agachó abruptamente, algo había llamado su atención, habían quebrado accidentalmente el tallo de una flor silvestre cuando pasaron por ahí, ella no era de las que se emocionaba ante un precioso ramo de flores pero le gustaban mucho cuando estaban vivas y en la tierra, el hombre preguntó por aquella flor y la chica respondió que solo se trataba de una Chiribita silvestre, muy abundante en todas partes, entonces el hombre abrió su libro en una página al azar y le dijo “Ponla aquí. La guardaremos como un recuerdo de este día” La chica así lo hizo y cuando el libro se cerró, se quedó pensando por unos segundos, recordando que el antiguo libro que ella había encontrado y que ahora estaba desaparecido, también tenía una flor entre sus páginas, eso la hizo sonreír, la hizo sentirse en la dirección correcta, en el lugar que debía estar. 


León Faras.