martes, 31 de mayo de 2016

La Prisionera y la Reina. Capítulo cuatro.

IV.

Baros desde la muerte de Orám sospechaba cada vez con más fuerza, que la maldición de la mujer maldita, era un embuste, probablemente, diluido y extinguido en las generaciones de mujeres que vivieron antes que Idalia, en las cuales la maldición sí había adquirido celebridad, pero ahora todo aquello perdía fuerza. La maldición era clara y ampliamente conocida: “Si uno de los dos muere, el otro también” y eso no había sucedido con el viejo jefe de guardias, además, la mujer maldita permanecía encerrada y narcotizada solo para evitar que cumpliera su objetivo de quitarse la vida y así eliminar a Rávaro, cosa que, ahora que era libre, nada se lo impedía y de seguro ya había conseguido pero nada había sucedido aun con su supuesta maldición. Baros Salió del castillo de Rávaro acompañado de cuatro soldados con órdenes específicas de matarlo en el acto y sin dudar si intentaba algo extraño y de una pequeña fortuna para negociar con los salvajes la recuperación de la mujer maldita. Pero sus planes eran otros.

El Místico corría y su capacidad para hacerlo era sobrenatural, disminuyendo el peso de su cuerpo al mínimo necesario para mantenerse pegado al suelo, logrando moverlo a una velocidad constante y respetable con poco esfuerzo durante horas. Se dirigía hacia la selva que rodeaba la ciudad Antigua, hacia la entrada que allí había a la verdadera ciudad, una entrada muy conocida y usada por los místicos y solo por ellos, pues no cualquiera tendría la ocurrencia o la osadía de internarse en una selva llena de criaturas peligrosas y gases tóxicos, ni menos pretender entrar a la ciudad Antigua sin ser invitado.

Idalia no podía creer lo que veía, no solo era la oscuridad de la noche que cubría todo hasta donde sus ojos veían, sabiendo que del otro lado del foso, había un sol radiante, sino que era también la ciudad, completamente levantada e iluminada, con sus torres y edificios de piedra, sus calles y puentes, arcos y pilares, todo nuevo, hermoso y finamente ornamentado y el río en el que la mujer aun flotaba, entraba directo en ella. Tan absorta estaba, que no vio la barca que se acercaba silenciosa hacia la ciudad, hasta que esta se detuvo junto a ella, y un farol la iluminó. Era un bote largo y delgado terminado en una punta curvada hacia arriba en ambos extremos y con un cuerpo más ancho y achatado. Dos figuras viajaban en la embarcación, una iba sentada en la proa y sostenía el farol en una mano, la otra iba erguida en la popa, inmóvil como una estatua, se apoyaba en una especie de vara o lanza larga. Ambas se cubrían con túnicas negras de pies a cabeza. Idalia se sobresaltó sin saber bien qué esperar, la figura que llevaba el farol se inclinó completamente para iluminarle el rostro, le habló en un idioma que la mujer no entendió, su voz era inesperadamente juvenil. La mujer trató de explicarse que no entendía lo que le hablaba, pero apenas pronunció dos palabras y la figura del farol se espantó, la otra en cambio, no hacía ningún movimiento. Entonces la vio, quien sostenía el farol era una chiquilla, de bonito rostro, cabello muy corto y unos delicados tatuajes bajo los ojos. Idalia nunca antes había visto tatuajes. La chiquilla, esta vez en el idioma de la mujer, le preguntó si es que acaso había atravesado el foso, y esta, aun en el agua, respondió que sí, lo que dejó pasmada a la muchacha, llevándose una uña a los dientes, eso hasta que Idalia debió sujetarse del bote agotada y la chiquilla por fin le tendió una mano para ayudarla a subir, Idalia dudó ante la amenazante figura erguida en la popa, pero la muchacha la tranquilizó, diciéndole que solo se trataba del barquero, luego se sacó la túnica para dársela a Idalia. Su nombre, era Driana. La barca reinició su marcha.

Gálbatar abrió la caja de madera y se quedó mirando el cúmulo de rocas en su interior, Gíbrida, desde lo alto de su torreta giratoria se volvió para curiosear, pero su jefe la reprendió para que volviera la vista hacia dónde iba, sin embargo, el paraje era desértico y hace rato que, aburrida, la muchacha solo se preocupaba de mantener la dirección en la brújula. Ella, esperaba ver una generosa fortuna en el interior de aquella caja, pero al ver el montón de piedras creyó que habían engañado al alquimista. Sin embargo, cuando las rocas comenzaron a agruparse y formar un ser que se puso de pie y miró a su alrededor, casi se cayó de su asiento. El enano de rocas, poco entusiasta por naturaleza, no mostraba interés alguno en salir de la caja, ni miaja de incomodidad por ser el centro de atención, pues hasta Bolo había detenido su trabajo unos segundos para observarlo con la expresión en el rostro que tendría alguien que de pronto ve que su comida se mueve. Gálbatar comentó la inverosímil historia que Rávaro le había contado sobre aquel enano y la bestia tirada en el patio del castillo, inverosímil no solo por la disparatada diferencia entre ambos oponentes, sino que por la naturaleza pacífica de los enanos de rocas, quienes habían existido miles de años sin que jamás hubieran tenido la necesidad de enfrentarse con nada ni nadie, ni competir por alimento, territorio o seguridad. La historia sonaba inasible desde todo ángulo, sin embargo, el enano despedía un olorcillo poco habitual, agrio y pertinaz, como a vómito, para ser más exacto, lo que no dejaba de ser curioso.


Mientras tanto en su castillo, Rávaro estaba literalmente echado en su trono, un trono que le quedaba grande físicamente, casi como un niño pequeño sentado en el sillón de su padre. Había un asunto al que no cesaba de darle vueltas en su mente y era lo que había dicho su media hermana, Lorna, antes de morir, que su hermano Dágaro tenía una joya de reencarnación en su poder gracias a ella y que estaba preparándose para regresar. Pero no era a su hermano al que le temía de forma inmediata, sino al ejército de soldados espectrales que mantenía fuera de su castillo y de los cuales no podía asegurar su lealtad, de hecho, estaba seguro, y con toda razón, de que aquellos seguirían al semi-demonio, si este regresaba y ese sería un gran problema. Se trataba de criaturas mudas e indolentes con las que no podía negociar ni por las buenas ni por las malas, y a los que no podía destruir sin un enfrentamiento que le dejaría numerosas bajas. Tampoco lograría expulsarlos o desterrarlos, pues su existencia dependía de permanecer cerca del castillo y los espectros no estarían dispuestos a irse. En todo aquello meditaba cuando un hombrecillo se presentó ante él, era un viejo que apenas mediría un metro, nervioso, humilde, de grandes orejas y ojos pequeños, Rávaro lo miró como algo desagradable que se hubiese quedado pegado a su zapato. Ni siquiera lo conocía. El viejo, se presentó como Obli, cosa que en Rávaro no despertó ni el más mínimo interés, luego, extremando al límite su ya intrínseca humildad, agregó que era el porquero, información que lejos de ser interesante, comenzaba a impacientar a Rávaro, entonces Obli, viendo que su vida podía correr peligro si seguía abusando de la tolerancia de su señor, le dio el recado con el que le habían enviado. La Bestia estaba despertando.  

León Faras.

domingo, 15 de mayo de 2016

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XIII.

El Circo se movía nuevamente en la oscuridad de la noche y como siempre amparados en medio de ese paréntesis temporal que los mellizos provocaban con tanta habilidad. Dejando atrás la pobreza y la muerte de ese pueblo costero sin vida y también a no pocos de sus hombres, un par de trabajadores despeñados por voluntad propia en un risco, que después se supo que era conocido como “El Salto”, al pobre de Braulio, irrazonablemente consumido hasta los huesos, muerto de hambre y de pena, ambas sensaciones ahogadas en un sueño del que apenas despertó para pedirle ayuda a un enano borracho que no lo escuchó, cuando ya la vida se le escapaba inexorablemente y a Charlie Conde, la más rara e inesperada de las muertes, era tan difícil de creer, primero, que Román hubiese tenido un arma en su poder, una Colt 45, nada menos, y segundo, que teniendo a Cornelio Morris en frente haya preferido disparar contra Conde, o eso era lo que se contaba, porque de los protagonista de esa breve historia, ninguno la narraría para deleite de los curiosos, tal vez Román lo hiciera algún día, pero por ahora permanecía entre las garras de Mustafá, ausente, atrapado en el sueño horrible de darle su vida al muñeco adivino, indefenso y sometido. Morris había ordenado no sacarlo de ahí y era bien probable, que aquel castigo durara hasta consumirle toda la vida al enano.

Luego de atravesar un valle cubierto de interminables kilómetros de cultivos, los camiones se detuvieron en medio de un pintoresco pueblo construido a base de piedra y barro, con calles adoquinadas, árboles añosos y hasta una bonita iglesia de dos campanarios. El ritual de descarga de todo lo que recién había sido cargado comenzaba de nuevo, el traslado de pueblo a pueblo se evaporaba volviéndose instantáneo para los hombres del circo, que no recuperaban fuerzas del desarme, cuando ya les tocaba volver a armar todo. A excepción de Lidia encerrada en su acuario, todo el mundo trabajaba, incluso Cornelio, aunque su trabajo era a base de gritos, ya no estaba Conde para organizar todo por él. Ángel Pardo se paró frente a Mustafá para trasladarlo, nunca lo habían hecho con Román literalmente adherido a él por la parte posterior y la imagen de ambos, a pesar de la escasa luz, era escalofriante. El enano parecía un poseso, trémulo, sudoroso y babeante, tenía los ojos blancos y a ratos emitía sonidos ininteligibles como los de aquel que vive una pesadilla en sus sueños. Habían tomado la precaución de atarlo a su sitio. Por su parte Mustafá, lucía tranquilo e inquietante, vivo, casi complacido, sus ojos parecían seguirte a todos lados sin moverse, como los de una fotografía. Podía creerse que el gigante era un hombre fuerte, pero en realidad no era así, no más que cualquiera de los otros hombres del circo, pero más torpe y necesitaría ayuda para trasladar la caja del muñeco, Von Hagen llegó a ayudarlo, ver al enano le resultó doloroso “…y aun no lleva ni un día ahí” ”¿Cuánto tiempo crees que dure?” preguntó Pardo sin especificar si hablaba del castigo o de la vida del enano, estaba curvado completamente para oír mejor la voz baja de Horacio, este se rascó la barba y luego negó con la cabeza “No mucho… sin agua ni comida… morirá sin remedio” Sin embargo, y a pesar de la lástima que le provocaba la situación de Román Ibáñez, ya pensaba en que dicha situación se podía presentar como una oportunidad para él, pues tenía a Mustafá disponible a toda hora y eso le hacía más fácil encontrar el momento adecuado para preguntarle qué hacer para liberar a Lidia, lo cual, desde hace mucho era su plan, claro, considerando que las monedas que había ocultado en la jaula del fallecido Braulio Álamos continuaban allí, luego de la limpieza que le habían hecho y de hacerlo, debería ser lo antes posible, pues nadie podía asegurar cuánto tiempo tardaría la vida del enano en extinguirse por completo.

Al medio día, un hombre llamado Diego Perdiguero caminaba rápido por las adoquinadas calles de Esmeralda, eso que debía disponerse a buscar, había aparecido misteriosamente en su propio pueblo y aquello significaba un gran golpe de suerte, tenía la ventaja y eso significaba dinero fácil y casi directo a su casa, solo necesitaba hacer uso del único teléfono disponible en el pueblo y sería un hecho. “Sí, dame con Damián o Vicente… ¿Vicente?... Soy Perdiguero, les tengo la información que buscan, el circo está aquí, en Esmeralda… Sí, sí, lo acabo de ver, no hay duda. Deben de haber llegado durante la noche… No, no, las atracciones no están disponibles aun para el público, pero te digo que está aquí… Todavía no está funcionando… No, no he visto esa sirena que buscan, pero… Pero es el circo de ese tal Morris… Sí, ese mismo… ¡estoy seguro hombre!… Bien. No olvides el dinero… Sí… sí, sí, aquí estaré.”

La jornada fue bastante buena, sobre todo para Cornelio pues el circo se llenó de gente dispuesta a salir de su rural y tranquila rutina para admirarse gratamente con atracciones que jamás antes habían visto y probablemente nunca volverían a ver, sin embargo, no había hombre más contento y satisfecho que Perdiguero tras ver la breve pero increíble aparición de Lidia, comprendió de inmediato la urgencia de los hermanos Corona por encontrar aquel circo y que su pequeño esfuerzo de llamarles por teléfono valía cada centavo prometido. Una vez que ya todo acabó y el último de los curiosos fue evacuado del circo, Von Hagen se quedó sentado en un taburete respaldado en uno de los neumáticos de los camiones comiendo una manzana y observando con infinita desilusión cómo Cornelio Morris había dejado a un hombre armado con una escopeta cuidando a Mustafá de que nadie se le acercara durante la noche, como previniendo sus planes, cosa que para Horacio no era de extrañarse, sino más bien, algo que ya debía haber imaginado. Rumiaba su profundo desencanto cuando la pequeña Sofía llegó a su lado, venía contenta, la niña siempre andaba contenta. Von Hagen se esforzó en sonreír “Hola Sofía, ¿Qué haces?” La niña abrazaba un conejo de tela de aspecto extraño, flaco y de miembros desmesuradamente largos, cabeza pequeña y unas orejotas sinceramente groseras, una auténtica birria. Sofía, en cambio, sonreía encantadora, con esa sonrisa reprimida de quien busca que le pregunten por qué sonríe “Mi mamá me ha dicho que tendré una fiesta de cumpleaños…” luego se puso seria para agregar “…bueno, me ha dicho que lo pensaría. Pero yo espero que sí” Concluyó, recuperando su sonrisa. Von Hagen se mostró artificialmente animado, para dicho acontecimiento faltaban aun dos meses pero comprendía perfectamente la emoción de la niña. Siempre se habían pasado por alto sus cumpleaños, ni un saludo, ni un abrazo, ni un pequeño obsequio, ni siquiera una mención, nada. “Solo quería que lo supieras porque me gustaría que fueras… ¿irás?” “¡Claro!...” respondió Horacio feliz aunque poco convencido, luego agregó como si le hubiese parecido pobre su respuesta “…Ya eres toda una señorita, ¿Cuántos cumplirás? ¿Siete?... ¿Ocho?” Sofía ya se iba, pero antes respondió con naturalidad “No, ya voy a cumplir trece años…” Von Hagen se quedó con cara de idiota mientras la niña se alejaba dando saltitos. Sofía era una niña muy inteligente, eso era evidente, no podía estar tan equivocada, sin embargo, aun ocho años parecían demasiados al verla, trece era, del todo imposible. La niña no crecía. Entonces comenzó a considerar los rumores que circulaban sobre Braulio Álamos y su muerte, que había sido encontrado flaco como una momia y que había muerto de hambre pese a todo lo que parecía comer. Una ilusión, eso era lo que algunos decían, él mismo no tenía recuerdos de haber sido un hombre-simio antes de su llegada al circo, y más de una vez, Ángel Pardo había comentado como anécdota, que durante su adolescencia había sido un muchacho más bien pequeño y debilucho. Todo aquello le daba una idea tan esperanzadora como peligrosa.

La mañana siguiente comenzó con gotas de agua que pronto se convirtieron en una lluvia tupida y violenta, un auténtico diluvio cerrado de esos que parecen que no van a terminar nunca, cosa que a Cornelio Morris no le hizo gracia alguna, pero, un acontecimiento cambió por completo su humor: La caja, donde permanecía Eloísa comenzó a proferir extraños ruidos que no provenían de la chica. Algunos sonaban como gatos en celo, otros eran voces de ultratumba pronunciando misteriosos conjuros en un lenguaje ininteligible, luego se producían gritos que parecían producidos a metros de distancia y también un llanto, largo y sosegado, inagotable, torturante. “Sáquenla al aire libre” ordenó Cornelio de inmediato y dos hombres cogieron la caja, no sin antes dudar si aquello era una buena idea, sorpresivamente, la caja pesaba lo mismo que vacía, sin embargo, igual se apresuraron en su tarea, pues los agobiantes ruidos no cesaban. La lluvia caía inclemente empapando en el acto a quien osara oponérsele, pero nadie quería perderse el suceso. El momento había llegado, y al igual que una mujer ya lista para dar a luz, a la caja tampoco se le podía pedir que esperara mejores condiciones climáticas. Todos en el circo se calaban hasta los huesos preguntándose qué iba a salir de la caja, Morris se veía preocupado, Von Hagen, angustiado, en el rostro de los mellizos Monje, en cambio, solo se veía compasión. Los sonidos se volvían apremiantes. Uno de los trabajadores abrió la caja por órdenes de Cornelio y se alejó de un salto, del interior cayó Eloísa agotada al barro sin parafernalia alguna. Su espalda estaba cubierta de grisáceas plumas. La niña respiraba agotada pero sonreía, como una maratonista que acaba de cruzar la meta en primer lugar, Morris se le lanzó encima para recogerla, la muchacha lo miró llena de orgullo por sí misma “Lo hice bien jefe, ¿verdad? esperé…” tomó aire  “…esperé a que vinieras por mí…” tomó aire de nuevo “…sabía que lo harías” Cornelio le tomó la cabeza en sus brazos, “Haz sido la mejor, y ahora tienes tu recompensa, lo que te prometí…” La ayudó a levantarse “…Vuela Eloísa. Vuela y deja a todos estos idiotas con la boca abierta” La muchacha abrió dos alas espectaculares de plumas grises como un ángel que, a pesar de su envergadura, parecían no pesar nada en su espalda. La lluvia seguía cayendo como chuzos de punta, pero una brusca sacudida liberó su bello plumaje del agua que acumulaba, y luego en solo dos movimientos se elevó en línea recta hacia el cielo, como si siempre hubiese sido un ser alado. Ángel Pardo no podía cerrar la boca aunque se lo hubiesen pedido “Hasta yo mismo hubiese pagado lo que fuera por ver esto…” dijo, a su lado, Von Hagen respondió en medio de un suspiro “Lo sé”


A varios metros de allí, había una furgoneta negra estacionada y bajo un árbol, tres hombres observaban con binoculares, a pesar del intenso aguacero, lo que sucedía en el circo “Dios mío, ¿Has visto eso?” preguntó Damián Corona sinceramente consternado, a su lado, su hermano Vicente sonreía sin despegar sus ojos de sus gemelos “Si fotografiamos estas criaturas, vamos a hacernos ricos” Un poco más atrás, Diego Perdiguero sonreía orgulloso, pues ya había conseguido participar del trabajo y su recompensa se había multiplicado considerablemente.

León Faras. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Zaida

IV.

Una vez dentro del monasterio, algunos monjes se dedicaban a sus menesteres y cada uno detenía sus labores para dedicarle una respetuosa inclinación a Badú y otra a la pequeña Zadí que solo observaba agarrada con fuerza a la mano del viejo monje. Los interiores del edificio en sí, eran oscuros y más bien fríos, pero antes de llegar allí, se toparon con una llamativa presencia, un niño, ya al límite de sus fuerzas, permanecía en una posición con los pies separados, las rodillas dobladas, los brazos extendidos hacia los lados y cinco pequeños pocillos con agua distribuidos por su cuerpo, incluyendo uno sobre la cabeza, que le impedían perder la incómoda posición sin que más de uno de estos cayera, Badú lo miró con una mezcla de compasión y desilusión pero con poca sorpresa, “Gunta, ¿Qué fue lo que hiciste esta vez?” el niño tenía la misma cara de quien necesita con urgencia usar un baño, “Missa Badú… no fue mi culpa… esa rata me engañó… lo juro…” El monje lo miró severo “¿De quién estás hablando?” Gunta sudaba y le temblaban sus delgaduchos brazos y piernas “De una rata. Se metió a la despensa pero luego no estaba ahí… no fue mi culpa que Missa Yendé se la llevara a la cocina, ni tampoco que Paqui vomitara todo…” Badú intentaba juntar las piezas en su mente, pero por más que lo intentaba no lo conseguía “¿Y por qué Paqui vomitó?” preguntó el monje, pero otra voz mucho más profunda le contestó “Porque estuvo muy cerca de comerse a esa rata… realmente cerca, ¿Verdad Gunta?” este intentó mostrarse firme, pero su cuerpo lo traicionaba con elocuencia “Missa Nemir, yo no hice nada… ¡Esa rata debería estar aquí!” Missa Nemir era un hombre corpulento, severo y marcial, impartía disciplina con mano dura pero justa, “Dijiste que era tuya, por lo tanto también lo es la responsabilidad”. Luego, Nemir se inclinó profundamente para saludar a Badú, “Alabada sea tu presencia Missa Badú, ¿Has tenido un buen viaje?” Badú le narró brevemente los sucesos ocurridos incluyendo los horrores de la guerra que había presenciado y las circunstancias en que había encontrado a la niña, Nemir se mostró afectado “Son tiempos difíciles y dolorosos. Debemos orar por que sean breves” “Debo hablar con Missa Budara, debemos hacer algo por esta pequeña” “Sin duda…” respondió Nemir mientras se ponían a caminar para atravesar el monasterio y luego la pared de la montaña que lo protegía hasta el gran patio de rocas, Gunta al verlos alejarse protestó desesperado “¡Missa Nemir, por favor!...” Este se detuvo para responder “Esta bien Gunta, quítate los pocillos, pero si derramas una sola gota de agua, deberás comenzar de nuevo” Nadie se preocupó de vigilarlo, pero lo cierto es que Gunta, con sumo cuidado y a pesar del cansancio que le hacía temblar inconteniblemente los miembros, tomó los pocillos de sus brazos y se los bebió, luego los de sus muslos y también se los bebió y finalmente el de su cabeza que también se lo bebió y se arrojó al suelo agotado con una expresión en el rostro de un profundo alivio casi narcotizado y todo eso sin dejar caer una sola gota de agua al piso.


El patio de rocas, era un amplio cuadrado pavimentado con gruesos bloques esculpidos de piedra volcánica, que se utilizaba desde hacía tiempos remotos en el entrenamiento de los monjes y su preparación física. Allí se encontraban varios monjes jóvenes barriendo, uno de ellos era Driba, el más fiel ejemplo de la vocación, un muchacho que realmente había nacido para ser monje, que lo había deseado desde siempre y que se esforzaba por ser el mejor hasta el punto de ser desagradable e irritante para sus compañeros en similar situación, particularmente para Gunta, su perfecto antagonista. También estaba Paqui, un chico tímido y manipulable, con un talento natural para personarse con frecuencia en el momento y lugar equivocados. Nemir y Badú le preguntaron a éste por Budara pero resultó que el monje no estaba allí, entonces apareció Gunta, estirando los músculos de sus brazos y torciendo la espalda en busca de alivio para su cuerpo adolorido, venía a continuar con sus quehaceres cuando oyó lo que se hablaba “Uri lo vino a buscar…” dijo y los monjes lo miraron como si se tratara de un insecto que de pronto se ponía de pie y hablaba, en tanto, Gunta los miraba como si sus palabras hubiesen expresado una idea sumamente compleja que necesitaban de un tiempo para que se digirieran. “¿Y tú cómo sabes eso?” preguntó Nemir inclinándose hacia delante para mirarlo a los ojos, Gunta se curvó un poco hacia atrás, intimidado “Porque Missa Budara estaba a punto de quitarme el castigo cuando Uri llegó y se lo llevó” Nemir lo iba a regañar, porque no era correcto rogar indulgencia a otros monjes, pero se contuvo. A su lado, Driba señaló serio “¿Le habrá sucedido algo a las cabras?” “Será mejor averiguarlo…” dijo Badú y agregó dirigiéndose a Gunta, “…por favor, hazte cargo de esta pequeña un momento, ha tenido días muy difíciles pese a su corta edad…” Luego ambos monjes se fueron llevándose a Driba con ellos. Gunta se quedó pasmado, miró a la pequeña Zaida como si se tratara de algo asquerosamente sucio que debía limpiar, y luego a los monjes que se alejaban con Driba, “Yo fui el de la idea…” dijo dirigiéndose a Paqui que se aferraba a su escoba como un soldado se aferra a su fusil en una trinchera, “…pero ellos siempre prefieren llevarse al estúpido de Driba y a mí me dejan cuidando una niña” “Creo que le caes bien…” dijo Paqui con inocente honestidad, pero ante la mirada de mosqueado de Gunta se apresuró a seguir barriendo, sin embargo, la idea de Paqui no era nada errada, a la pequeña Zaida le había agradado desde el primer momento la presencia de Gunta, no había una razón específica para ello, tal vez era esa caprichosa tendencia de los niños a darse fácilmente con algunas personas y con otras no, o tal vez era simplemente que Gunta no le daba miedo. En ese momento se acercó otro de los muchachos, Ribo, un chico astuto, rara vez se metía en problemas porque sabía callar y obedecer sin rechistar, pero cuando ninguno de los monjes mayores estaba cerca, se volvía fanfarrón y haragán. Sacó de entre sus ropas un trozo de queso a medio comer y le dio una mascada, luego se lo lanzó a Paqui “No te lo acabes todo, no es una rata…” y se lanzó a reír tapándose la boca para no escupir el queso que aún masticaba, luego se lo ofrecieron a Gunta, “… ¿Y esta quién es?” preguntó mirando a la niña con el ceño exageradamente apretado, Gunta le dio una mascada al queso, “Y yo que sé…”dijo mirando a la niña que permanecía inmóvil a su lado, Paqui respondió, “Missa Badú la dejó aquí y dijo que la cuidara” “Menudo par de espantapájaros…” dijo Ribo arrebatándole el queso de las manos a Gunta, luego agregó “…Yo sólo, cuidaba de mis cinco hermanos pequeños” “¿No eran solo dos?” “Cállate Paqui” gruñó Ribo y Paqui se calló. Luego tomó un trocito de queso y se lo ofreció a la niña como si se tratara de un animalito salvaje con el que se quiere entablar amistad, llevándoselo a la boca primero, para mostrar que se trataba de un alimento y luego acercándoselo a la cara de la niña con su mejor sonrisa, Gunta le dio una palmada en la cabeza, “¡Eres un tonto Ribo!, ¿Acaso crees que se trata de un perro?”Lo regañó quitándole el queso y se lo dio a la pequeña Zaida en la mano, Ribo se enderezó sobándose la cabeza disgustado, pero luego soltó una risa de lo más boba “¡Miren, se lo está comiendo! ahora ya puede ser un miembro de nuestro grupo” “¿Y por qué crees que se va a quedar?” preguntó Gunta limpiándose la boca con el dorso de la mano, Ribo se puso repentinamente serio, “¿No han visto las humaredas que aparecen aquí y allá?... son aldeas, aldeas arrasadas completas… destruidas por los ejércitos” su rostro reflejaba una gran preocupación que contagió a los demás “…Sí se va a quedar.” Sentenció asintiendo con la cabeza. Paqui de pronto tuvo una ocurrencia “Al menos, ahora podré mandar a alguien…” “Cállate Paqui” dijo Gunta, luego escupió al suelo con fuerza y también con amargura. Y Paqui se calló. 

León Faras.

viernes, 15 de abril de 2016

Lágrimas de Rimos. Segunda Parte.

XXII.

Dagar, el capitán encargado de ir en busca del príncipe Ovardo y llevarlo de vuelta a Rimos, tenía un problema. Nadie le había avisado que el príncipe era un estropajo inerte incapaz de valerse por sí mismo, de haberlo sabido se hubiesen provisto de un carro o un coche o al menos un caballo extra, pero, por descuido debido al ajetreo que había en el palacio de Rimos o simple humor negro, a él nada le dijeron y al príncipe, no le dejaron más que un criado. Uno de sus hombres debería caminar, lo cual no era nada alentador para nadie, el camino de vuelta a Rimos era largo y empinado y las armaduras poco amigables para el ejercicio, Barros sugirió con humildad, “Si quiere lo podemos llevar sobre Cantinero…”, “¿Quién?” el capitán cortó la sugerencia autoritario, tenía por costumbre quedarse con la mueca de la pregunta pegada en la boca, el trampero continuó, “…nuestro asno, Cantinero, nosotros vamos hacia allá y la verdad estamos acostumbrados a hacer el camino a pie, señor” Cal Desci se preguntó qué era más indigno para un príncipe, que lo llevaran como un bulto cruzado delante del jinete o montado a lomos de un asno cubierto por el olor de animales muertos o el de sus cueros arrancados recientemente. Uno de los soldados pensaba lo mismo, “Use mi caballo señor… yo lo llevaré caminando.”Le dijo a su capitán. Nuevamente tuvieron que espantar a los perros que rodeaban el cuerpo del príncipe para levantar a este del suelo, era un hombre sin fuerzas que difícilmente se mantendría erguido sobre el caballo, sin voluntad para regresar a Rimos o para resistirse a que lo llevaran, un hombre derrotado moralmente. El capitán Dagar reemplazó la piel que lo cubría por su capa, para ocultar parte de su patética figura y emprendieron la marcha, los perros caminaban junto al señor de Rimos, al igual que Cal Desci, quien iba temeroso de que este cayera en cualquier momento, Barros, su hijo y el asno cerraban la triste comitiva.

Emmer Ilama corría por los oscuros laberintos de Cízarin en busca del hogar de la familia de Nila, algunos soldados corrían delante de él. Tenía la esperanza de que ella ya hubiera salido de la ciudad, mas, aquella era una esperanza débil y el temor a que aun estuviera allí era más fuerte. Cuando le parecía que iba bien encaminado y sentía que la orientación le funcionaba, aparecía una callejuela cerrada con troncos y púas y los jinetes debían detenerse como podían sobre el abundante y jugoso barro que estaba por todos lados, en algunos casos los esfuerzos eran inútiles, los cascos no lograban agarrarse de nada y la colisión era inevitable y mortal, al menos para el animal. Emmer y otros cuatro hombres, detuvieron su carrera a tiempo sobre un gran charco de barro, advertidos por una sospechosa antorcha en medio del camino, pero esa antorcha no estaba sola, estaba en la mano de un hombre, un hombre viejo atrapado entre las púas de madera, atravesado por al menos media docena de estas y encima rematado por una gran cantidad de flechas, su caballo no lucía mejor. Los jinetes se acercaron, dos de ellos bajaron de sus cabalgaduras, algo no estaba bien, no tenía sentido la forma como se habían ensañado con aquel hombre. El viejo soldado, estaba vivo, como un inmortal de Rimos que era, pero acunado en medio de una exagerada multitud de flechas, muchas de ellas clavadas a su cuerpo y en dirección contraria a las púas que salían de él, la antorcha estaba atada a su mano, de modo que le era imposible desprenderse de ella, mientras que su otra mano había sido inmovilizada, clavándola al tronco donde estaba atrapado, pero lo más extraño era que aquel hombre tenía los ojos vendados y una mordaza en la boca. Los soldados de Rimos lo reconocieron, “¿Gabos?, Pero… ¿Qué demonios te sucedió?” dijo uno mientras le quitaba la venda de los ojos y la mordaza de la boca, Gabos los miró con dificultad para reconocerlos e inmediatamente escudriñó los tejados cercanos “Es una trampa…” habló en un susurro como para sí, pero cuando los arqueros de Cízarin aparecieron sobre los techos cercanos, su susurro se convirtieron en gritos “¡Es una trampa!” Las flechas se dejaron caer como una lluvia empujada por un fuerte viento sobre hombres y animales por igual, Emmer azotó su caballo con premura apenas vio el peligro, no pensaba quedarse ahí, corrió a todo lo que pudo en dirección contraria hasta encontrar otro camino para llegar hasta Nila, sin embargo, las cosas no le estaban resultando bien, su caballo de pronto se hundió en el suelo lanzando a su jinete de punta violentamente, Emmer sintió un fuerte dolor, como si algo le hubiese pinchado directamente contra el hueso, y no estaba errado, tenía dos flechas clavadas en el muslo, una de ellas se había quebrado por la caída y una más que le perforaba un riñón, en su precipitada huída no lo había notado, lo que significaba que menos había notado el triste estado de su caballo. Siete flechas habían terminado por hacer colapsar su organismo y el animal cayó estrepitosamente, perdiendo sus fuerzas de forma súbita, y arrastrando su pesado cuerpo por el suelo hasta detenerse ya sin vida. La callejuela era angosta y oscura y daba en línea recta con uno de los accesos principales de la ciudad, por este se veía un nutrido grupo de soldados de Cízarin acercándose, Emmer no lo sabía pero se trataba de Rianzo y su grupo de soldados que, avisados por la almenara sobre el otero, entraban en la ciudad en tropel cerrando el cerco. Emmer estaba solo, y si lo atrapaban, también estaría perdido, debía escabullirse en la oscuridad, buscar un lugar donde ocultarse, evitar el gran número de jinetes que se aproximaba, pero eso no fue necesario porque estos de pronto se detuvieron, un hombre solo les hacia frente a todo un nutrido grupo de soldados armados y montados, un soldado de Rimos… parecía estar borracho, Emmer no lograba ver quien era pero tampoco le importaba demasiado averiguarlo, aquella distracción le daría tiempo para huir y así lo hizo, con las flechas aun clavadas a su cuerpo.


Para Rianzo y sus hombres lo más extraño en su entrada a la ciudad, era la ausencia de cadáveres humanos, porque animales habían encontrado varios, pero ningún hombre, ningún enemigo, lo cual era a lo menos insólito por no decir imposible. Tanto así que su primer encuentro con un inmortal de Rimos los dejó tan consternados que su impetuosa entrada se diluyó hasta detenerse por completo, un soldado de Rimos que deambulaba con paso torpe y la mirada perdida, además de asquerosas cicatrices en su cuerpo. El vigía que lo había visto entrar en la ciudad lo reconoció en seguida, “¿Qué broma es esta? Ese es el hombre de avanzada que vi pasar solo antes que los demás entraran, pero… ahora se ve diferente” “Parece un completo idiota…” Puntualizó Rianzo bajando de su caballo y desenvainando su espada, luego se acercó al pobre de Ranta para estudiar de cerca sus desagradables cicatrices, otro soldado se apresuró a desmontar también “Cuidado señor, puede ser un truco” dijo sacando un afilado puñal y posándoselo con firmeza en la garganta de Ranta parado detrás de este, por si intentaba pasarse de listo, pero Ranta parecía totalmente ido, ausente, la baba le mojaba el mentón mientras su boca no paraba de balbucear ruidos sin sentido. El hombre del puñal lentamente bajó su arma convencido de la completa ineptitud de aquel pobre infeliz y un pequeño corte apareció en el cuello del inmortal que de inmediato se cerró monstruosamente como el resto de sus heridas. Rianzo y el soldado a su lado se miraron asqueados e incrédulos sin tener respuesta para aquello, entonces, el hermano del rey de Cízarin se dio la vuelta “Acaba con este horrible esperpento” dijo antes de subir a su caballo. El soldado desenvainó su espada y la levantó, Ranta ni se inmutó ante su inminente muerte, o mejor dicho decapitación, porque hablar de muerte ante un inmortal no es lo más adecuado, tampoco su cuerpo se inmutó cuando perdió su cabeza de un mandoble, literalmente hablando, incluso dio un par de pasos antes de desmoronarse. Rianzo y sus hombres no pudieron evitar antes de continuar, ver con repugnancia como la cabeza de Ranta seguía balbuceando como si nada, aun con el mentón húmedo de baba.


León Faras.

sábado, 2 de abril de 2016

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

VII.

Mientras Estela le explicaba a la señora Alicia con toda seriedad y convencimiento que junto a Alberto, habían encontrado a la persona perfecta para que los acompañara a visitar a la madre de este, alguien comenzó a golpear la puerta. Aurora con su hija Matilda en brazos abrió, un hombre gordo, pequeño, cuidadosamente peinado, enfundado en un traje gris en el que apenas cabía y con una sonrisa evidentemente nerviosa, estaba parado allí preguntando por su madre, Bernarda. Para la muchacha, el hombre aquel tenía algo muy familiar, pero por más que lo observaba, no lograba descifrar de dónde era que lo conocía. Eso, hasta que apareció su madre, también peinada cuidadosamente y con un bonito vestido que en más de una ocasión había estado a punto de vender y un abrigo de lana que seguramente dio trabajo para quitarle el olor a guardado. “¡Octavio! ya estoy lista…” El hombre al verla no se guardó los gastados elogios que se le ocurrieron en el momento, pobres aunque sinceros, pero que la mujer recibió más que satisfecha. Aurora se quedó parada allí con la boca abierta, tal y como en ese momento estaba la pequeña Matilda, aunque por causas distintas, solo le faltaba la gota larga de saliva que se le escurría a la pequeña. Bernarda se despidió sonriente pero Aurora solo fue capaz de levantar una mano mientras sostenía a su hija con la otra, y ambas cosas las hacía automáticamente. Alicia y Estela tampoco entendían muy bien qué sucedía, al parecer, nadie estaba enterado de qué estaba ocurriendo, excepto claro, por Edelmira, que en ese momento no estaba, porque sospechosamente se había ofrecido para cuidar a Miguelito y lo había sacado junto con su hijo a tomar chocolate y comer galletas. “¿Ese era Octavio, el señor de la cafetería?” preguntó Aurora apuntando con su pulgar hacia la puerta, aun sin estar completamente segura tras ver a un hombre tan distinto del acostumbrado camarero, pero antes de que la señora Alicia o Estela respondieran, se abrió la puerta nuevamente y entró furtivo Ulises, cerró sin hacer ruido y se quedó espiando como un chiquillo que ha hecho algo malo y teme que lo descubran, “Sabía que ese traje le quedaría ajustado…” murmuró para sí, pasaron algunos segundos antes de que notara la presencia de la señora Alicia, Estela y Aurora, que lo observaban sin entender ni jota de su comportamiento, “¿Entonces era cierto eso de que Bernarda andaba toda como enamorada?” Preguntó la señora Alicia sin medir sus palabras y dejando con la boca abierta a Aurora, “¿Enamorada?” repitió esta incrédula, Ulises iba a responder algo, aunque no estaba muy seguro de qué, cuando la puerta volvió a abrirse y entraron Miguelito, el pequeño Alonso y Edelmira, “Bien, como hablamos…” dijo esta dirigiéndose a los niños “…directo al baño y luego a la cama. Les leeré un cuento” y luego a los demás, en un tono más bajo y travieso, “¿Ya se fue Bernarda? ¿Salió todo bien?” La cara que le pusieron todos fue una respuesta más que satisfactoria para ella “¡Uy! apuesto a que terminan comprometidos” dijo Edelmira con su mejor sonrisa y un brillo desvergonzado en los ojos, francamente entusiasmada. Dejando su pronóstico en el aire, se retiró feliz, rumbo al baño.

Cuando Octavio salió de su cafetería, había dejado a Alamiro y Diógenes afinando los últimos detalles y esperaba de todo corazón no encontrárselos aun allí. No lo hizo, estaban parados afuera, disimulando descaradamente, montando una conversación ficticia y aguardando para verlo llegar con Bernarda. Hasta un formal y frío saludo le dieron al pasar para completar su pantomima. El resultado era por lejos mejor del esperado, habían despejado todo y habían dejado solo dos mesas en medio, una con la cena y otra preparada para los comensales, Alamiro se había preocupado incluso de desconectar la mitad de las luces para crear un ambiente más tenue, resaltando así la luz de las dos velas que ya estaban encendidas desde hace escasos minutos, el mismo tiempo más o menos que llevaba el vino descorchado y la cena reposando. En el tocadiscos sonaba la segunda canción y en el puesto de la dama descansaba un pequeño y delicado ramito de Alelíes, idea de Diógenes, según él, un detalle que nunca debía faltar. “¿Usted hizo todo esto, Octavio?” Preguntó Bernarda gratamente impresionada, sin duda, el hecho de que todo estuviera preparado instantes antes de llegar levantó las suspicacias de la mujer, “Sí…” respondió el hombre con un cierto grado de orgullo culpable, por lo que agregó misterioso, “…aunque algunas manos ocultas me ayudaron” “No sabía que usted tuviera duendes aquí” dijo Bernarda con una sonrisa cómplice, al notar que las velas apenas habían comenzado a consumirse, “Usted ni se imagina” respondió el camarero, sujetando la silla diligentemente para que la mujer se sentara.

Los nervios de Octavio pronto se disiparon, Bernarda se encargó de eso con hábil encanto, pues ella misma también sintió en principio una inseguridad rápidamente aplacada por los detalles y atenciones gastados en su persona, por lo tanto la comodidad entre ambos floreció con la naturalidad de lo inherente. Hablaron, rieron y cenaron como si disfrutaran de una vieja amistad y eso en parte gracias a que ambos estaban alertas a no tocar temas incómodos, por lo menos no en la primera cita. Y una realidad incómoda en particular. Bernarda era una mujer casada, abandonada por su marido sin mayores explicaciones, pero casada, de todos modos, ella estaba preparada para tocar el tema solo en caso de que Octavio se lo preguntara, sin embargo, este había sido fuertemente aleccionado por sus “duendes” sobre que aquella cena era la más importante, y que por ningún motivo debía hacerla sentir incómoda con preguntas inoportunas o innecesariamente graves, menos tocar el tema de su marido, a menos que ella sea quien quisiera hacerlo, ya habría tiempo más adelante para ello, pero eso dependía precisamente de los buenos resultados de esa primera cita. Sin embargo, nada de eso pasó, el humor se mantuvo saludable y la conversación flotó fresca y superficial como la brisa de otoño. A media noche, Octavio acompañó a Bernarda hasta su casa y esta lo recompensó con un beso genuino en la mejilla, muy merecidamente ganado, por lo demás. Pronto volverían a verse, ambos así lo querían.  

Casi era medio día cuando Alberto y Diana llegaron, Estela los esperaba ansiosa y también la señora Alicia, quien deseaba ya conocer a la joven que de la nada había aparecido para acompañar a los muchachos hasta el hospital de San Benito. Debía darle el visto bueno luego de los excelentes antecedentes y el maravilloso retrato que Estela le había hecho de Diana, incluyendo aquello de que le enseñaría a leer a Alberto, demasiado maravilloso para ser verdad. Lo cierto es que Estela, como era su costumbre, no mentía, Diana era una chica tranquila, madura y responsable y con un verdadero interés en hacer de los muchachos mejores personas, causó la mejor impresión en la señora Alicia, pero de todas maneras para cerciorarse, esta la dejó invitada para el día siguiente para merendar.


León Faras.

martes, 22 de marzo de 2016

Prehistoria.

II.

Habían tenido suerte aquel día, los cazadores habían regresado pronto de la montaña con un carnero despeñado, eso reducía enormemente sus días de ausencia, ya que por lo general sus armas solo herían a los animales y debían seguirlos por varias jornadas hasta que estos se derrumbaran y pudieran terminar con el trabajo, por otra parte, habían llegado antes que los otros carroñeros, lo que daba para suponer que los dioses los habían acompañado y le habían brindado buena fortuna. El fuego ardía en el campamento, de hecho, siempre ardía, hace tiempo que habían comprendido que era mucho más conveniente mantenerlo encendido siempre a tener que empezar de cero cada día, a su rededor, las mujeres se reunían, preparaban las pieles, organizaban los frutos recolectados, amamantaban a sus bebés, el fuego protegía a las mujeres y a sus hijos cuando los hombres estaban ausentes. Una gran roca teñida casi por completo con sangre, servía como mesón de trabajo para Padre, quien con gran habilidad comenzaba a desollar al animal utilizando distintas piedras afiladas, las que siempre estaban siendo renovadas, Alma le ayudaba, tenía sus propias herramientas cortadoras y le gustaba probarlas cada vez que había oportunidad. Pronto comenzaban a sacar trozos de carne que las mujeres dejaban en las piedras dispuestas cerca del fuego, una costumbre adoptada luego de descubrir por casualidad el apetitoso aroma que salía de la carne calentada al fuego, eso sumado a que su sabor y textura también se veían mejorados. Los grandes trozos de carne que no serían ingeridos ese mismo día eran colgados al sol y a cierta distancia del fuego para que se secaran lentamente, de esa manera, según habían aprendido de sus padres, la carne duraría algunos días más sin volverse alimento de gusanos. Río se apoderaba del estómago del animal, esa bolsa de pellejo le parecía de lo más útil e interesante, ya la habían utilizado muchas veces antes, pero desde hace algún tiempo andaba tras la idea de utilizar algo como medio para transportar agua largas distancias y de forma segura, ese era un verdadero desafío cuya solución, poco a poco tomaba forma en su cabeza. Guía, en cambio, acumulaba un poco de sangre espesa del animal muerto en un trozo de corteza que luego utilizaba en hacer misteriosos dibujos con los dedos, como símbolos extraídos en sueños tal vez, desde algún distante punto del tiempo.

La comida había sido abundante, la noche se aproximaba y había leña suficiente para alimentar el fuego hasta la mañana siguiente, los habitantes del campamento podían relajarse, hurgarse los dientes despreocupados o desparasitar a sus hijos a la luz de la fogata. Fue en ese momento que notaron que Brisa, la hija de Flor, no estaba, la llamaron, Guía olfateó el aire con un mal presentimiento, Río cogió su lanza preparándose para salir en busca de la pequeña, pero fue Alma quien la encontró, la chiquilla no estaba lejos, pero el miedo le impedía moverse o responder, frente a ella y a corta distancia había un lobo que la observaba, un macho joven, Alma cogió a la niña con cuidado, sin despegar su mirada de los ojos del animal, en su puño apretaba la afilada asta de venado que siempre portaba. Mejor era actuar con suma cautela, un lobo nunca andaba solo, y si se habían acercado tanto seguramente estarían hambrientos, la situación se tensaba cada vez más pues ambos estaban atrapados, sin atreverse a huir o atacar, entonces Guía apareció con decisión y con más descaro del aconsejado le arrojó los restos de la carne que él mismo se había estado comiendo, el lobo dio un respingo, pero luego de media olfateada, la cogió y desapareció en la oscuridad. Guía se quedó unos segundos escudriñando los alrededores y penetrando la oscuridad con su oído y olfato, pero pronto se despreocupó y volvió a continuar con sus extraños dibujos. Alma, desconfiada aun, caminó de espalda sin soltar a la niña ni quitar la vista de la oscuridad hasta entregársela a Flor que junto a Padre aguardaban expectantes. La noche continuó sin interrupciones, y aunque a ratos parecía sentirse el merodeo de alguna criatura en la penumbra, nada sucedió ni nadie volvió a desaparecer, pero a la noche siguiente, el lobo volvió. Río lo vio allí parado mientras trabajaba junto al fuego en su estómago de carnero, observándoles y dejándose observar, tenía su lanza a mano y si actuaba con cautela podía darle caza antes de que el animal intentara atacar a alguien, pero eso no estaba bien, el hombre no cazaba lobos ni estos comían hombres, ambos se mantenían alejados unos de otros, además, aquel lobo era el mismo de la noche anterior y nuevamente parecía estar solo y en realidad, lo estaba, había sido expulsado de su manada. Su situación era dramática, estaba cansado, hambriento y adolorido y encima debía intentar cazar solo para alimentarse, algo nada fácil y con el constante peligro de otras manadas que de seguro, no les causaría ninguna gracia sorprenderlo merodeando en sus territorios, de modo que había optado por la opción menos ortodoxa y más desesperada, acercarse a los hombres.

Cuando Alma lo vio, Río ya llevaba buen rato observándolo, seguía en el mismo sitio, pero viendo que no habían intentado expulsarlo, se había echado en el suelo con actitud más expectante que amenazante, mantenía la distancia, sin intentar acercarse ni ocultarse, sabía que estaba invadiendo un territorio ajeno y que debía ser cauteloso, solo buscaba sobras y después de un rato de espera consiguió que Río le lanzara restos del animal que no comerían ni utilizarían, el lobo nuevamente lo cogió y desapareció y la noche continuó sin interrupciones. Al siguiente día, los hombres debían salir de cacería, pero había buena parte de la tribu que no confiaba en el lobo y que le había parecido una pésima idea haberlo alimentado en vez de ahuyentarlo como debía haber sido desde un principio, los niños no estaban seguros de noche y ahora en cualquier descuido, el animal podía ver una oportunidad de atacar y sin duda que lo haría. Entonces Padre decidió quedarse, y estaría atento en caso de que el lobo apareciera. Río, Alma, Noche, Viento y Guía partieron a cazar. El lobo no se apareció en el campamento, sin embargo, la manada se dejó sentir, los aullidos parecían rodearlos, acercarse y alejarse amenazantes, Padre mantenía el fuego encendido y al grupo cerca de este, mientras él vigilaba sin soltar su lanza, no era la primera vez que los lobos se escuchaban cerca en la noche, pero ahora temía que el lobo solitario trajera esta vez al resto de su manada al campamento y las cosas se pusieran feas. Pero nada sucedió durante las tres noches que los cazadores estuvieron ausentes, ni el lobo solitario apareció ni el resto de la manada se acercó, lo cual era a lo menos, curioso. Cuando los cazadores llegaron, traían un venado con el cuello destrozado y un nuevo miembro para la tribu, con su escaso lenguaje, narraron como el lobo solitario los siguió, manteniendo la distancia, a ratos desapareciéndose y a ratos dejándose ver, pero sin alejarse del todo. Una mañana, el venado apareció en un claro, ellos lo emboscaron, la lanza de Alma y la roca lanzada por Viento fueron las armas más certeras, el venado huyó malherido y solo debían seguirlo para rematarlo, pero antes de que se alejara, el lobo apareció de la nada, de un salto se aferró al cuello del animal y no lo soltó hasta que el venado cayó al suelo indefenso asfixiándose, los cazadores temieron que el lobo quisiera robarles su presa pero este simplemente la soltó y se alejó unos pasos con respeto, era un animal inteligente y sabía que aquel no era su territorio ni aquella su manada, por lo que no tenía derecho a comer primero, debía esperar su turno.

Los cazadores caminaban animados y el lobo más atrás, aun sin estar seguro si era un invitado o un intruso. Lo cierto, es que estando de día, el lobo se echó a la vista de todos y nadie parecía mostrarse hostil, incluso algunos parecían amigables, como si hubiese hecho algo extraordinario que él no podía entender, pero aun así, él no se confiaba. Lo alimentaron con el animal que él mismo había cazado pero esta vez no se alejó para comer lo hizo donde estaba y luego se durmió junto al fuego, el cual ahora le parecía inofensivo, incluso hasta agradable. Al día siguiente cuando todos comieron, también le dieron su ración, entonces supo que desde ese momento esa sería su manada.



León Faras.


martes, 1 de marzo de 2016

Del otro lado.

XXIV. 


Richard Cortez, el Chavo, acababa con premura un cigarrillo antes de entrar a su casa, venía de muy mal humor. Arrojó la colilla lejos y entró. Al no encontrar a nadie se fue directo a la habitación de su hijo, ahí estaba la Macarena que terminaba de cambiarle las sábanas a la cama del muchacho, esta notó de inmediato el disgusto de su pareja, algo para nada difícil, pues era más que evidente, “Te fue mal…” dijo la mujer más como una afirmación que como pregunta, el Chavo tiró unos pocos billetes sobre el velador, “Eso fue todo lo que conseguí…” aspiró hondo por la nariz, frustrado, luego agregó, “…No hubo forma de que me pagaran lo acordado. ¡Hasta me amenazaron si seguía insistiendo!”; “¡Pues entonces no insistirás más! Habrá que conseguir el dinero de otra forma…”replicó la mujer con determinación pero preocupada “…imagínate si te pasa algo, ¿Qué hacemos entonces?” El Chavó le dirigió una mirada severa, su mujer tenía razón, él lo sabía, sabía que debía mantenerse bien, por su familia y sobre todo por su hijo, pero estaba muy enojado y necesitaba echar fuera su disgusto, “Me dieron esa plata casi como si me hicieran un favor… ¡Una limosna! Yo debía conseguir un arma y eso fue lo que hice, ¡Esa era mi parte!...” “Lo sé…” dijo la Macarena tratando de apaciguarlo, “…pero el accidente lo arruinó todo… fue mala suerte” “Mala suerte…” repitió el Chavo conteniendo las ganas de golpear algo “…como si fuera culpa mía que el muy imbécil haya decidido emborracharse y estrellase contra un autobús… contábamos con ese dinero… y ahora…” En ese momento el Chavo se enmudeció abruptamente, se quedó mirando la pared al otro lado de la cama de su hijo con una atención anormal, incrédulo de lo que veía. Tal vez fue la luz que entraba por la ventana a esa hora de la tarde o quizá, las partículas de polvo que flotaban por toda la habitación, tal vez era responsabilidad de los astros o solo un capricho de la naturaleza que convergió todos los factores necesarios en un solo momento y lugar y en sus justas medidas para que por breves segundos, Julieta se hiciera pálidamente visible a los ojos del hombre, la niña lo notó, y tras moverse levemente se desvaneció en el aire. El Chavo le explicó a su mujer lo que había visto y esta respondió dichosa, “Te dije que nuestro hijo tenía un ángel guardián que lo protege…” Mientras tanto, Julieta salía de la casa, tenía una nueva información que seguramente le interesaría a Alan, al parecer se habían equivocado, el arma no era para matar a Laura después de todo.

Olivia cumplió tal como lo había prometido, llegó al cementerio por la noche bien preparada, tanto para el frío como para lo que venía a hacer, Alan y Gastón la esperaban allí. Una vez dentro, la mujer estiró una manta en el piso como si de un picnic se tratara, prendió algunas velas, llenó un pequeño cuenco con algo que parecía agua, dispuso un espejo frente a ella y tras ella dibujó un círculo en el suelo con un polvo blanco. Luego se sirvió un vaso de un líquido de aspecto verde y espeso y mirándolo con profundo asco dijo “Mientras más rápido, mejor…”y se lo bebió de un solo trago. La cara que puso luego de eso, expresaba muy bien lo repugnante de lo que había ingerido. Después cogió un platillo con algunas hojas secas y molidas, tanto vegetales como de papel, lo sostuvo frente a su cara, cerró los ojos y comenzó a hablar muy bajo y muy rápido de forma que era difícil entender algo. Los hombres se miraron entre sí y luego a la mujer y después a su entorno y luego de nuevo entre sí, no entendían nada ni sabían qué hacer, más que cruzarse de brazos y esperar, y fueron largos minutos de espera hasta que del platillo comenzó a salir humo, un cordón de humo denso y ondulante, las hojas habían comenzado a quemarse sin que apareciera una llama y sin que nadie hubiese hecho nada por encenderlo. Olivia ya solo movía los labios sin decir palabra, aspiraba el humo del platillo que sostenía frente a su cara respirando rápido y con dificultad, volviendo la escena cada vez más tétrica hasta que de pronto el círculo en el suelo estalló completo de una sola vez, liberado una cortina de humo como si fuera el truco de un mago, una cortina de humo que tomó el aspecto y tamaño de una persona, de Laura, y cuyo cuerpo de humo fue rápidamente despedazado por garras invisibles. En ese momento Olivia despertó aterrada, sudorosa y tratando de tomar una bocanada de aire como si estuviera emergiendo desde el fondo del océano, el platillo cayó rompiéndose, los hombres la auxiliaron y la mujer en cuanto pudo hablar, preguntó “¿Qué clase de persona era tu amiga?”

Los hombres ayudaron a Olivia hasta que esta se restableció, y Alan pudo explicarle lo que sabía sobre Laura, que era una muchacha normal, que vivía con su madre y con su hermana y que trabajaba… poco más sabía de ella “… ¿por qué preguntas eso?” Olivia lo miró pensativa y preocupada “Ella no está sola…” dijo y buscó entre sus cosas un cigarrillo, luego continuó “… ¿Saben lo que es un Escolta?... no, por sus caras seguro que no… un Escolta es un ser surgido del dolor y el sufrimiento infligido a otros sin remordimiento alguno… un ser que te creas tú mismo y que te sigue como una sombra hasta que llega el momento y te engulle y te hace desaparecer o te lleva a algún lugar parecido al infierno…” “¿Me estás diciendo que a la muchacha la está siguiendo un ser para llevársela al infierno?” La mujer asintió preocupada “Lo que ocurre es que para crear un Escolta, debes ser alguien realmente malo, hacer mucho daño sin arrepentirte de nada… pero si me dices que la muchacha era solo una chica normal… entonces, me temo que se lo hayan endosado…” Huerta escuchaba especialmente interesado, “¿Pero quién haría algo así? ¿Cómo?” Olivia le dio la última calada a su cigarro antes de hacerlo desaparecer bajo su pie “Pues no tengo ni la más remota idea, pero te diré algo: A tu amiga la mataron para endosarle esa cosa, para deshacerse del Escolta y que siga a otro, ¿entienden?” “Pero si le dispararon a propósito, ¿Cómo es que nadie vio nada?” preguntó Alan intrigado, Olivia sonrió con tristeza “Pues yo sospecho que fue alguien como tú, espíritu… un materializado… aunque lo vieran, nadie lo recordaría” Todos guardaron un largo silencio, luego Alan preguntó “¿Podemos ayudarla?” Olivia negó con la cabeza “No lo sé… pero hablaré con alguien que tal vez sepa algo…” Luego la mujer recogió sus cosas, cuando tomó el espejo, este estaba empañado y tenía escrita una palabra “Ayuda”


Ya era medio día cuando llegó Olivia a la casa junto a la iglesia donde vivía el cura de la ciudad, este se encontraba retirando maleza de su pequeño huerto, era un hombre de cuarenta y tantos años, delgado y muy alto, usaba anteojos y llevaba siempre, tanto el cabello como la barba descuidados, “Hola José…” dijo la mujer con una alegría sincera pero controlada, en cambio el cura dejó lo que estaba haciendo para abrazarla, como si se tratara de alguien muy querido a quien hace mucho tiempo no ve. Su relación se basaba en una vieja y profunda amistad, cargada de mucho cariño y hasta ternura en el trato, sin que esta alcanzara nunca ribetes sexuales, al contrario de lo que algunos malpensados murmuraban, espiritualmente mucho más pobres. Ambos entraron a la casa a beber té y hablar, trivialidades al principio, luego Olivia le contó a lo que venía, le habló sobre lo que había hecho y visto la noche anterior en el cementerio, un tema que el sacerdote conocía muy bien, incluso lo concerniente a los Escoltas, “Aquello es terrible… terrible…” El cura se hurgueteaba la barba, pensativo, de pronto le dirigió una mirada inquisitiva por sobre sus anteojos, “No estarán pensando en endosárselo a otro, ¿verdad?”; “¡Por supuesto que no!” respondió la mujer inmediatamente, y agregó “…ayudar a alguien condenando a otro sería tan siniestro como inútil. Yo pensaba que quizá hubiera alguna manera de… no sé, ¿destruirlo?...” José respiró hondo y se puso de pie, sirvió dos copas pequeñas con un licor dulce y volvió a sentarse “Pues hasta donde yo sé, solo hay dos formas de destruir a un Escolta… lamentablemente, ambas son imposibles…” La mujer lo miró desconcertada, “¿Imposibles?; ¿ambas?... pero es que, o hay una manera o no la hay, pero ¿Cómo pueden ser ambas imposibles?” El cura bebió un sorbo de su copa y se empujó los lentes “Bueno, la primera es la Redención, el arrepentimiento verdadero y el pedir perdón con sinceridad… eso destruiría a un Escolta inmediatamente…” Olivia parecía no comprender “Eso no me parece tan imposible” “…debe ser en vida. Después de muerto ya no vale” Replicó el sacerdote con infinita paciencia, entonces sí comprendió la mujer a qué se refería el cura, casi con timidez se atrevió a preguntar por la segunda opción, “Pues la segunda, es que el Escolta sea enfrentado por un ser superior a él pero contrario, alguien con la pureza, el amor y la entrega suficiente como para vencerlo y destruirlo…” “¿A qué te refieres?” preguntó Olivia, la respuesta del cura selló las posibilidades “A un Ángel…” “¿Un Ángel?...”; “Sí, un Ángel…”

León Faras.

martes, 16 de febrero de 2016

Autopsia. Segunda parte.

III.

Elena salió del convento corriendo sin escuchar los gritos de algunas monjas que quisieron detenerla. Pensó en un primer momento que la vieja y abandonada capilla de piedra sería un buen lugar para refugiarse, pero aquello la hizo sentirse más mal por lo que acababa de hacer, porque era tan ingenuo como una niña pequeña que huye de su casa y se esconde en su propio patio para evitar ser regañada por romper algo valioso. Sin embargo, lo que ella había hecho era algo mucho más grave, mucho más terrible y que empeoraba aún más su difícil situación, había apuñalado a un hombre y no solo a un hombre sino que a un sacerdote, y no cualquier sacerdote, sino que al padre Benigno, el hombre que hasta hace poco respetaba más que a nadie en el mundo y en el que confiaba por sobre todo, al primero en quien pensaba en recurrir ante cada aflicción, el hombre que imaginaba presente en todos los momentos felices e importantes de su vida y que ahora probablemente podía hasta morir por culpa suya. Elena lloraba y corría y ambas cosas las hacía sin poder contenerlas, hasta que sus piernas ya no pudieron más y se doblaron y solo continuó su llanto. Luego de unos minutos logró dominarse y respirar hondo, ella no era tan culpable de todo como siempre le hacían creer, ella tenía esperanzas puestas en la visita de Benigno, esperaba que el sacerdote la ayudara a sentirse menos despreciada y burlada por Dios, que la ayudara a arrepentirse de todos los sentimientos malos que la atormentaban, que la dejara desahogar todo lo que sentía y que luego le ofreciera consuelo y esperanza para seguir viviendo, pero solo recibió intransigencia y un golpe brutal en la cara que a punto estuvo de aturdirla, su reacción solo había sido eso, una reacción de la que inmediatamente se arrepintió, pero ahora ya no estaba tan segura de ese arrepentimiento, tampoco por el aborto, por el cual sentía algo más parecido al alivio que otra cosa. Se limpió la cara y se puso de pie, estaba en medio de un enorme campo de olivos que circundaba el convento, pero no quería regresar allí, seguramente sería severamente condenada por lo que había hecho y a nadie le importaría lo que ella pensara o sintiera, pero por otro lado, no tenía ningún otro lugar a donde ir, ni a quién recurrir. Nunca se había sentido tan sola y desvalida en toda su vida y encima de eso, pronto oscurecería, pero no iba a regresar, tomó un montón de aceitunas de los árboles y se llenó los bolsillos con ellas, cosa que le pareció una idea estupenda, y echó a caminar hasta perderse, hasta el momento en que ya no sabía en qué dirección estaba el convento ni ningún otro lugar de referencia. Desorientada, se sentó en el suelo y sacó un puñado de aceitunas y se echó una a la boca confiada, inmediatamente la escupió asqueada, estaba horriblemente amarga, por lo que escogió otra con más cuidado, mucho más gorda y bonita y la probó, pero también debió escupirla, jamás había probado aceitunas tan malas. Estaba buscando una que le diera buena espina, para hacer un tercer intento, cuando notó que era observada. Una niña pequeña que no tenía más de diez años, la observaba con una expresión de infinito asco, como si fuera ella la que estuviera probando las aceitunas, abrazaba un cántaro de agua que parecía lleno por su peso y junto a ella estaba parado un perro pequeño, un cachorro negro que observaba a Elena perplejo, como si él tampoco pudiera entender qué estaba haciendo “¿No te las estás comiendo directo del árbol, o sí?” Elena miró las aceitunas que tenía en sus manos y luego a la niña, francamente no entendía, tal vez había que comer las que estaban en el suelo, la niña sonreía amigable, “Ven, sígueme. Tengo un poco de pan y fruta… podemos compartirlo” Elena, luego de desechar sus aceitunas, siguió a la niña hasta una casucha en pésimo estado, la puerta estaba cerrada con cadena y candado casi tan viejos como el resto de la vivienda, pero una de las paredes estaba deshecha, por lo que entrar no era difícil. La niña dejó el cántaro en un rincón y la invitó a sentarse en una caja, “¿Vives aquí sola?” preguntó Elena, mirando a su alrededor, la niña volvió a reír, “¡Claro que no! vivimos aquí con mi hermana… allí está ella” Concluyó apuntando a un rincón donde había un montón de paja y algunas cobijas sucias, pero ninguna persona, entonces Elena se volvió hacia la niña sin entender y la pequeña, sonriendo, le dijo “¡Bah! no le hagas caso, ella siempre es así con todos” y luego sacó su lengua en un gesto infantil de burla dirigido al lecho vacío, y siguió preparando la cena alegremente.

“¡Pero por todos los santos! ¡¿Qué les pasó que vienen llegando a esta hora?!”

Era casi media noche y Guillermina salía a la calle envuelta en una gruesa bata y cubriéndose la cabeza y el cuello con un chal, indignada, agregó “La cena ya está toda fría y ahora seguramente no va querer ni mirarla…” Rupano se bajó de un salto y se apresuró a ayudar al cura “Cállese mejor y vaya rapidito a buscar al doctor… Al padrecito lo acuchillaron…” dijo este, pero el cura autoritario y de mal humor los detuvo a ambos, “¡No es nada!” sentenció mientras bajaba del coche por sus propios medios, aunque con muestras de dolor contenido entre los dientes y una mano apretando el parche que le habían puesto las monjas “Mañana lo veré a primera hora, ahora todos nos iremos a descansar.” “Nada de eso…”replicó la mujer tomando al cura por el brazo “Abel, anda tú mejor que yo estoy en pijama. Yo me llevo a este caballero para adentro… ¡¿A quién se le ocurre acuchillar a un cura por Diosito?!” El cochero partió corriendo sin decir palabra mientras Guillermina luchaba con el sacerdote para ayudarlo a caminar “¡Ya basta mujer!, ¿No ves que me hirieron las tripas y no en las piernas?…” La mujer siguió alegando y regañando como si tratara con un borracho terco hasta salirse con la suya y dejar al cura recostado en su cama “Voy a tener que prepararle una sopita mejor…” Benigno se negó, pero la mujer echó por tierra sus reclamos con un gesto de sus manos y partió hacia la cocina. El doctor Cifuentes llegó al poco rato, Rupano lo encontró despierto terminando de acomodar sus cosas y no tardó en acompañar al cochero. Luego de examinar al sacerdote salió de la habitación donde aguardaban Abel y Guillermina, “El padre Benigno está bien. Las monjas hicieron un buen trabajo y solo necesita que se le hagan curaciones una vez al día y reposo, para que la herida cierre lo antes posible. Cualquier incomodidad o molestia deben hacérmela saber” Guillermina asintió con gesto pedante, como si todo lo que le decía el médico, ella ya lo sabía de antemano “Así será doctor, aunque lo del reposo va a estar bien difícil…” y luego agregó dirigiéndose al cochero “…anda a dejar al doctor a su casa en el coche y después te vienes para acá a comerte esa cena que no pienso perderla” Una vez que el doctor se retiró la mujer le llevó un plato de sopa caliente al cura que la recibió resignado. La mujer se quedó parada ahí para asegurarse de que se la tomara, el cura la miró severo “¿Es que piensas quedarte ahí parada?”; “Un hombre lo estuvo esperando casi todito el día…” comentó la mujer tomando una silla, como si la hubiesen invitado a sentarse, en vez de pedirle que se fuera, luego agregó “…era el Ismael, de Casas viejas. Tómese la sopa que se le va a enfriar” El cura se echó una cucharada a la boca pensativo, pero no recordaba ningún asunto pendiente “¿Y qué quería Ismael?” Guillermina bostezaba larga y aparatosamente, “Tenía un asunto importante parece, porque se quedó aquí hasta que se le hizo tarde. Se veía bien preocupado…” Benigno se echó otra cucharada a la boca inconscientemente, la mujer continuó “…era algo relacionado con su hija, la Úrsula, ¿Se acuerda de ella? Parece que la chiquilla tuvo un hijo… o se encontró un hijo…” El cura la regañó apenas pudo tragar la sopa caliente que tenía en la boca “¡Nadie se encuentra un hijo, mujer por Dios! Claramente si encuentras un niño abandonado es hijo de alguien más” La mujer se puso en guardia “¡Tan quisquilloso que lo han de ver! Si a mí no me cree, pregúntele al Ismael entonces pues…” “Eso pienso hacer. Voy a ir a verlo lo antes posible, la juventud está cada día más descarrilada…” respondió el sacerdote, pero Guillermina le replicó de inmediato “¡Ni se le ocurra! el doctor me encargó que tenía que reposar así que nada de viajes en carreta. Además, el Ismael dijo que volvía mañana…” y luego cambiando el tono, la mujer agregó “…Oiga Padre, ¿Y quién fue el desalmado que le hizo eso? Tiene que denunciarlo a la justicia para que…” “¡Ese no es asunto tuyo!” El vozarrón del cura aparte de hacer callar en el acto a la mujer, la hizo dar un respingo, luego, el sacerdote continuó en un tono más bajo pero igual de amenazante, “Y ni se te ocurra poner a la justicia de los hombres por sobre la de Dios. Él sabe lo que hace y por qué. Y no se hable más del asunto.” La mujer, que sabía cuando había llegado al límite, solo respondió un “Como usted diga nomás pues Padre” y se retiró lo más digna que pudo, sin embargo, al poco rato se enteraba de todo de la boca de Abel Rupano, que luego de devorar la cena y dos vasos de vino, le contó todo lo que sabía y otras cosas que no, pero que eran fáciles de suponer.


León Faras.

jueves, 11 de febrero de 2016

La Prisionera y la Reina. Capítulo cuatro.

III.

El Místico ya estaba listo para marchar, ya sabían lo que Rávaro deseaba y sabían dónde irían a buscarlo y para su fortuna, la ciudad Antigua no le era para nada desconocida. Aquella ciudad era la cuna de toda la sabiduría mágica dispersa por el mundo y la fuente de donde los místicos habían obtenido su conocimiento y poder desde tiempos remotos, cuando aquella ciudad estaba habitada, el río la bañaba humilde y pacífico y la selva la nutría y protegía. Ahora todo ese poder y conocimiento se había sublevado, y se había vuelto peligroso y letal para protegerse de los sentimientos destructivos que gobernaban al hombre, cuando este obtenía ese poder solo para someter a los demás y procurarse el beneficio propio más allá de lo necesario o razonable y en desmedro de los demás, conducta tan tristemente común en la naturaleza humana. Era por estos motivos que los místicos tenían prohibido bajo juramento el beneficio propio y vivían sólo con lo necesario, procurando usar sus conocimientos para servir y ayudar y no para beneficiarse de los demás. Ese juramento era el que, en este momento, obligaba al Místico no solo a evitar que Rávaro obtuviera lo que deseaba, por tratarse de un hombre cada vez más peligroso, sino también, intentar evitar que Gálbatar y quienes le acompañaban, perdieran más que la vida en ese lugar, ignorantes de a lo que se enfrentarían, porque de seguro estos no tenían ni idea de lo que se podían encontrar en la Ciudad Antigua. Por otro lado, Rodana decidió que lo mejor era hacerle una visita a su antiguo discípulo, Rávaro, pues, se hacía necesario saber qué estaba planeando.

Idalia cayó libremente, y su entrada al agua fue limpia, sumergiéndose de inmediato y a gran profundidad. Efectivamente allí donde había caído había un foso de enormes dimensiones cubierto por el río que pasaba sobre él, pero en cuanto entró allí, se dio cuenta de que ese no era un lugar normal, porque el río pasaba por encima sin ingresar, lo que significa que Idalia atravesó el río de lado a lado sin nunca tocar el fondo. Con la velocidad de la caída, ella había salido por debajo, llegando a un punto en medio del foso donde finalmente se detuvo, quedándose extrañamente suspendida en un ambiente muy parecido al agua pero que ciertamente no era agua, pues este no le impedía respirar. Estaba rodeada de paredes de roca sólida que descendían hasta que la oscuridad se volvía absoluta, mientras que sobre ella, a regular distancia, el agua del río corría, mansa y silenciosa bajo un cielo azul iluminado por el sol. Una vez en ese lugar, Idalia no sabía qué hacer o adonde ir, si buscar la superficie o descender hasta la oscuridad, de pronto, una pequeña luz se encendió. Un pequeño punto luminoso, adherido a la pared apareció, y comenzó a moverse, otros cuantos se veían encendidos más al fondo, pequeños y lejanos como estrellas, el primero se fue acercando, la mujer trató de hablar pero su voz salió inaudible, a pesar de que podía respirar sin problemas, su voz se apagaba antes de salir, entonces intentó moverse, aquello era fácil, desplazarse le costó un poco más, como si estuviera en el agua, algunos aleteos con pies y manos y logró un buen impulso que por poco la hace chocar cara a cara con aquella fuente de luz, esta retrocedió ágilmente para evitar el contacto y luego se volvió a acercar, curiosa. Ambos parecían totalmente incrédulos de lo que veían. Aquella fuente de luz era una especie de criatura aparentemente artificial, tenía la cabeza de cristal, esférica y con una salida superior a modo de chimenea, pues en su interior ardía una llama, no más grande que la producida por una vela, Idalia podía ver en el interior de aquel ser, a través del cristal, un complicado sistema de piezas de metal que se movían a distintas velocidades y sentidos pero todas siguiendo una única coordinación, un orden coherente, en frente, tenía una grieta por la que parecía observarla, muy similar a la de la escultura de metal que la había hecho caer allí. La mujer, curiosa, comenzó a girarse para estudiarla y la criaturita la imitó, pronto, ambos estaban invertidos pero sin ninguna diferencia, ella no sentía estar cabeza abajo y la llama seguía ardiendo con total normalidad, pero apuntando hacia el fondo del foso, como si este fuera la superficie, como si no hubiera un arriba y un abajo establecido. En ese momento, la criatura mecánica se dio la vuelta con la gracia de un bonito pez en un acuario y se alejó rumbo a la oscuridad, Idalia notó que tenía cuatro aletas que abría y cerraba para direccionarse y un pequeño tubo en la barriga que lo impulsaba como una turbina. El fondo del foso parecía un cielo estrellado y la pequeña luz de la criatura desapareció en él. La mujer maldita dio un suspiro, confundida y aún renuente, decidió seguirla a pesar de que las lucecillas estaban tan lejanas que parecían no acercarse nunca y más temprano que tarde se dio cuenta de que nunca las alcanzaría, porque aquellas luces eran efectivamente estrellas en un cielo nocturno, que Idalia contempló maravillada luego de cruzar nuevamente el río y encontrarse con que la ciudad estaba allí, hermosa, imponente e iluminada, con el puente completo e intacto, que pasaba por encima de la selva, una selva viva que se detenía contenida por el muro, el muro que ella había cruzado antes, pero que ahora estaba completo, y rodeaba a toda la ciudad.

Mientras Gíbrida y Bolo ya subían al Escorpión, Gálbatar caminaba más atrás acompañado de Rávaro, estos pasaron junto a la Bestia que aun continuaba tirada en el patio donde mismo la había visto al llegar, estaba custodiada por algunos soldados mientras un hombre muy obeso trataba, con gran esfuerzo y un poco de repugnancia, de meterle el contenido de una botella en el hocico para que lo bebiera, el alquimista preguntó que a qué clase de tortura había sido sometida para que aun estuviera tirada sin reacción alguna, ya que el “Quebranta espíritus” aparte de generar niveles de dolor espantosos, no podía producir daño físico alguno. Rávaro le explicó que el aparato de tortura había sido implantado solo como precaución para cuando despertara, porque la Bestia al liberarse, había dejado varios muertos y casi la mitad de su ejército malherido, pero que quien la había vencido hasta dejarla en ese estado, había sido un enano de rocas, Gálbatar replicó casi ofendido si es que le estaba tomando el pelo, Rávaro guardó silencio unos segundos inseguro, pues el comentario venía de un hombre totalmente lampiño, pero luego aseguró que lo que decía era cierto y los guardias allí presentes, ratificaron la historia. El Alquimista, aun incrédulo, preguntó si se trataba de un enano de rocas especialmente grande y ante la enérgica negativa de los allí presentes pidió verlo ya que aquellas criaturas le provocaban gran interés, Rávaro respondió entusiasmado que hasta podía llevárselo, si eso le complacía, pues solo podía mantenerlo encerrado, ya que ni siquiera con un “Quebranta espíritus” podría dominar a una criatura como esa y envió a algunos hombres a buscarlo, mientras él le narraba los increíbles hechos de aquel tan singular combate. Los soldados tardaron más de la cuenta, debido a que, tal como lo había hecho antes, el enano había salido de su celda pasando a través de los barrotes de una en una las piedras de su cuerpo y luego había bajado por las escaleras hasta encontrar lo que había vuelto a buscar: Su ojo, su piedra primaria, la que había perdido en su huida con Lorna y que ya se desprendía de su cuerpo, pues había llegado el momento de generar la existencia de un nuevo enano de rocas, situación que le apremiaba. Con gran alivio, lo encontraron allí mismo, hecho un pequeño cúmulo informe de rocas, que con mucha precaución y no poco esfuerzo metieron en una caja y entregaron a Gálbatar.

Mientras el Escorpión se alejaba de la ciénaga y del castillo de Rávaro, Gálbatar en su interior, escribía una pequeña nota de papel dirigida a un tal Licandro, para que llevara la Barcaza y se reuniera con ellos en el llamado “Valle de las mellizas” un bonito aunque árido paraje llamado así por la existencia de dos rocas de buen tamaño bastante similares entre sí. También le exigió que le trajera sus mapas. Terminada la nota, la puso en la pata de un ave que luego liberó. Una vez hecho esto, repitió todo el proceso. Siempre dos aves eran mejor que una.


León Faras.

sábado, 23 de enero de 2016

El Circo de rarezas de Cornelio Morris.

XII.

Román Ibáñez, desnudo de la cintura para arriba, se lavaba la cara enérgicamente cuando una voz a su espalda lo hizo sobresaltarse, se volteó con los ojos abiertos como platos y las venas de su frente a punto de reventarse. El nerviosismo del enano era más que evidente y Charlie Conde lo notó de inmediato. “¿Es cierto lo que los hombres hablan del pobre de Braulio?” la muerte del “Cometodo” era el tema obligado entre los trabajadores que habían debido sepultar el cadáver y limpiar la jaula. El enano continuó lavándose las axilas, “¡Y qué sé yo!, seguro debe haber muerto de tanto comer basura” “Ah…” respondió Conde con satisfacción poco disimulada “…entonces ya sabes que está muerto…” el enano se dio cuenta de que se había delatado inmediatamente, con resaca era más difícil ser astuto “¡Maldita sea!” murmuró. Cogió una toalla y comenzó a secarse. En el fondo, Charlie Conde no le caía tan mal, en algún momento habían sido casi amigos, solo lo detestaba porque lo consideraba como el “perro faldero” de Cornelio, “Te mandó tu jefe a buscarme, ¿verdad?” Conde hizo una fea mueca que podría interpretarse como suspicacia, “¿Y por qué habría de hacerlo?, ¿Acaso tuviste algo que ver?” Román lanzó la toalla a un lado frustrado, ya comenzaba a sentirse como un idiota que hablaba demás, “No…” respondió escuetamente, Charlie continuó “Los hombres dicen que su cuerpo parecía un esqueleto…” El enano le lanzó una mirada a los ojos, Conde continuó “…pero no es posible que se haya descompuesto tan rápido…” “¿Y por qué me vienes con esto a mí?” preguntó Román, volteándose hacia un sucio espejo para abrocharse la camisa, Conde lo miraba a través de este “Tú estuviste ahí, ¿no? dejaste una botella vacía junto a la jaula de Braulio” El enano ya estaba malhumorado, producto en parte por su resaca y en parte por el interrogatorio, se le acercó francamente cansado de la conversación “¿Quieres saberlo? ese pobre diablo estaba tan famélico como cuando llegó, yo lo vi, y ¿Quieres saber lo que creo? Creo que nunca comió nada ni nunca engordó un gramo, murió más hambriento que cuando llegó. Creo que todo es una mentira, un truco, Mustafá, esa horrible joroba tuya que cargas, la asquerosa obesidad de Braulio, todo. Aunque al parecer solo la muerte tiene el poder de liberarnos…” Charlie Conde se había quedado estupefacto luego de oír aquello, esa era una idea que no se le había pasado por la mente, miraba sin ver, pensando, por primera vez sentía una esperanza remota, una tabla flotando en medio del océano, una oportunidad de volver a ser el hombre que alguna vez fue. Román continuó mientras volvía al espejo para terminar de vestirse, seguro de haber causado una fuerte impresión en su interlocutor “…Ahora ya puedes salir corriendo a contarle a Cornelio lo que pienso, seguro estará muy interesado…” esto último lo dijo en realidad sin esperar que Conde hiciera algo, pero mucho menos pensando que Cornelio Morris aparecería en ese mismo momento tras él, luego de haber escuchado todo “En eso tienes razón enano… muy interesantes conclusiones a las que has llegado…” Román se volteó incrédulo, realmente Charlie Conde no le despertaba ninguna simpatía, pero de ninguna manera se esperaba una jugada tan sucia y desleal como hacerlo hablar mientras su jefe oía todo escondido. Morris continuó, “...y si no fuera por los buenos beneficios que me da Mustafá, ahora mismo te daría el gusto de que comprobaras en carne propia si es cierto que tu muerte te liberaría…” El enano solo pudo sentir en ese momento una rabia contenida por la traición de Conde, la sucia pero astuta jugada de Morris y sobre todo por su propia estupidez de caer en ella, esa rabia lo hacía sentirse capaz y dispuesto a, primero, soportar las consecuencias que se le vendrían, que ni siquiera podía imaginar y segundo, a planear la más cruel y dolorosa venganza, aunque aquello le tomara lo que le quedara de vida, pero por otro lado, ahora sabía que lo que había descubierto era verdadero, que estaba en lo correcto o Morris no se hubiera ni siquiera molestado en prepararle esa encerrona. La muerte de Braulio lo había dejado en evidencia y para Cornelio Morris aquello era riesgoso. Pero de los tres el único sorprendido era Conde, ahora recién comprendía por qué su jefe lo había enviado a sacarle información al enano y no era solo por la constante hostilidad entre ambos, como él había supuesto en un principio, había algo mucho más importante, algo que le había calado profundamente y que le devolvía una fuente de poder tan poderosa como peligrosa que no sentía en años: La esperanza. Román estaba atrapado, y solo le quedaba mostrarse desafiante, firme hasta donde pudiera sin dar pie atrás, “Dije que al parecer solo la muerte podía liberarnos, pero no hablaba de mi muerte…” Cornelio lo miró maravillado, la osadía de ese pequeño hombrecito casi le causaba gracia “¿Es que acaso te refieres a mi muerte?” el enano solo respondió con una mirada cargada de ira, entonces Morris metió una mano bajo su abrigo y sacó de allí un precioso revólver Colt calibre 45 con el que apuntó a Román directo entre los ojos, este retrocedió alarmado y con la mirada bizca en la boca del cañón, pero Cornelio, con un movimiento rápido y hábil, hizo girar el arma ofreciéndosela por el mango, “Solo una bala enano. Te recomiendo el blanco más seguro” el enano dudó, desconfiado e incrédulo, la tomó con toda la precaución del mundo, era pesada y sus manos pequeñas apenas podían sujetarla y alcanzar el gatillo al mismo tiempo, aquello divertía a Cornelio quien abrió los brazos como ofreciéndose para que le disparara, Román tiró el martillo del arma hasta atrás y la levantó apuntándole a la cabeza, trataba de mostrarse seguro aunque los segundos pasaban y no se decidía a disparar, entonces en el último segundo, movió el arma a un lado y le descerrajó un tiro en el pecho a Charlie Conde quien voló un poco más de un metro antes de estrellarse aparatosamente contra el suelo y quedar allí tendido, Cornelio se volvió a mirar sorprendido a este último y luego de vuelta al enano, “Pero… ¿qué has hecho? has desperdiciado tu única bala…”

Román Ibáñez le hubiese disparado gustoso y sin dudar a Cornelio justo en la cabeza de haber creído que podía, pero era tan evidente que había un truco de por medio, que se negó a caer en él, sin embargo, para Morris el único truco era jugar con las apariencias, con la fanfarronería, como cuando se juega a las cartas y se engaña a los rivales presumiendo una mano mejor que la que se tiene. La bala sí podía haberlo matado y acabar con todo de una vez, pues dentro de todo, Cornelio Morris seguía siendo un hombre, y era precisamente aquello lo que le brindaba la mayor satisfacción, el engaño, ser capaz de apostarlo todo y ganar siempre, solo basado en lo que los demás pensaban de él, en el miedo y respeto que le tenían, confiado en el poder que los demás le daban, no obstante, la muerte de Conde lo había tomado totalmente por sorpresa, pues la mejor jugada de Román era el suicidio, matarse lo liberaba de su contrato, de su condena y de su castigo, pero había elegido quedarse, y había que reconocer que el enano era valiente.


El cuerpo de Charlie Conde era prácticamente irreconocible, no porque hubiera resultado dañado por el disparo, sino que porque era un hombre totalmente normal, su grotesca joroba había desaparecido y su rostro se había liberado de los horribles gestos y cicatrices que lo deformaban. Los hermanos Monje llegaron en ese momento alertados por el disparo, Román aún tenía el arma en su mano y observaba el cadáver con satisfacción, su teoría había sido comprobada, la ilusión se había desvanecido. “Llévenlo con Mustafá, no saldrá de ahí hasta que yo diga” ordenó Cornelio y los mellizos, como si de uno de sus actos se tratara, en menos de un segundo ya habían tomado y desarmado al enano y se lo llevaron colgando como a un muñeco que sonreía. Morris observó el cuerpo de Charlie Conde, casi había olvidado cómo se veía el día en que lo encontró, deseoso de acabar con la vida del hombre que había arruinado la suya y acabado con la de su familia, su propio padre. Cornelio le ayudó, el padre de Charlie agonizó dolorosamente diecisiete días antes de morir, pero antes, le hizo firmar a este un contrato advirtiéndole que cargaría con esa muerte el resto de su vida, Conde pensó que sería en su conciencia, jamás imaginó que sería sobre su espalda. Como fuera, ahora Charlie Conde conseguiría en parte lo que tanto había anhelado, terminar su vida en el mar. La mar estaba alta y los acantilados cerca. Cuando regresaron los hermanos Monje, ellos mismos se encargaron de arrojar su cadáver al océano.

León Faras.