sábado, 14 de noviembre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

XLV.

 

El experimentado detective Jacobo Estola escuchaba con atención, pero sin confiarse del todo en la declaración de los hombres que tenía en frente, miraba de reojo a su joven compañero Fermín Núñez, quien permanecía de pie con los brazos cruzados y la misma expresión de incredulidad en el rostro, “A ver, espere. ¿Me está diciendo que ustedes fueron contratados para fotografiar a una sirena?” Preguntó Estola, poniéndole especial énfasis de duda en la última palabra. Los hermanos Corona se miraron y luego asintieron al unísono. Damián contestó. “Ya le dijimos que se trata de un circo de rarezas, sus atracciones son personas… especiales” Damián comenzaba a sentir el peso de lo difícil que era explicar lo que ese circo contenía exactamente, y encima Estola lo miraba como a un imbécil, “Ya, ¿Pero una sirena, de esas que se supone que pululan por el mar? ¿Cómo es que nunca he oído hablar de un circo que exhiba una sirena? ¡Eso debería ser una sensación!” Se dirigió a su compañero, “Núñez, ¿Usted ha oído algo así alguna vez?” Núñez negó con gesto de desprecio, como si todo le pareciera una vil mentira, Estola continuó, “Es que, me tienen que perdonar, pero yo creía que se trataba de seres mitológicos. ¿Y la fotografiaron?” Preguntó el detective, fingiendo mucho interés, los Corona asintieron y el detective quiso que le enseñaran la imagen, pero no la tenían, “Nosotros no conservamos ni las fotografías ni los negativos de los trabajos que nos encargan nuestros clientes. Ellos pagan por ser dueños exclusivos del material” Le explicó Vicente, Estola pareció decepcionado, por lo que Vicente añadió con cierto asomo de orgullo, “Pero no se preocupe, podrá ver las fotos, porque serán publicadas en una de las revistas más populares de todo el país” Estola ojeó su libreta sin hacerle demasiado caso a su último comentario, “Bueno, y dice que su amigo… Diego Perdiguero, fue secuestrado por el circo de este señor que se hace llamar, ¿Cornelio Morris?” “Así es” Replicó Damián en el acto, pero el detective se quedó mirándolo, como esperando algo más, por lo que se vio obligado a agregar, “Como ya le dije, Perdiguero trabajaba para nosotros mientras tratábamos de conseguir esa fotografía. Un día desapareció y cuando volvimos a verlo, estaba encerrado en una jaula del circo, de esas que usan para sus atracciones” “¿Y logró hablar con él?” Replicó el detective, Damián negó de inmediato, “estaba como drogado, solo emitía gruñidos y parecía que no podía ver.” Estola volvió a ojear su libreta, “Según entendí antes, las fotografías debían ser tomadas sin que nadie se enterara, porque el señor Morris no estaba de acuerdo…” Vicente asintió, Estola continuó  con gesto suspicaz, “¿No habrán ustedes o el señor Perdiguero, hecho algo que dañó o perjudicó de alguna manera al señor Morris o a su propiedad, y por eso este tomó medidas para protegerse?” “¡De ninguna manera!” respondió Damián, “Nuestro trabajo es hacer el encargo que nuestro cliente necesita, sin que nuestro objetivo se dé cuenta.” Recitó Vicente, como si se tratara de un eslogan para su empresa, y agregó, “Y eso incluye evitar cualquier delito o falta en contra de nuestro objetivo. El trabajo de Perdiguero era simplemente mantenernos informados de la ubicación del circo, porque este circo…” Estola le hizo gesto de cansancio para que detuviera el discurso. Ya lo había entendido. “Lo pregunto porque, si vamos a hacer algo, no quiero encontrarme con la sorpresa de que, su “objetivo,” solo estaba protegiendo sus intereses, cosa que ya nos ha sucedido innumerables veces antes, ¿no es cierto, Núñez?” Y Núñez asintió convencido. Luego el detective cogió un mapa y lo desdobló sobre su escritorio, “Muy bien. ¿En dónde fue la última vez que vieron el circo?” Los hermanos Corona, luego de estudiar el mapa, señalaron algunas localidades por las que habían perseguido el circo, Estola los miró poco convencido, “¡Todos son puebluchos que apenas, y con mucha fortuna, aparecen en los mapas!” Damián lo miró con aires de suficiencia, “Pues, el circo de rarezas de Cornelio Morris, solo se mueve por pueblos pequeños y alejados, dejando de lado las grandes ciudades, los medios o la publicidad. ¿No le parece todo eso, sospechoso?” Insinuó al final. Jacobo Estola se quedó algunos segundos concentrado en sus pensamientos, “Pues sí…” dijo al final, “…para ser un circo que, como dicen ustedes, posee una sirena de verdad, es muy extraño que no la den a conocer a las masas.” “Sin duda se harían ricos.” Apuntó Núñez, casi como para sí. Finalmente, Estola garabateó algunas líneas y cruces en el mapa y se lo entregó a su compañero, “Haga algunas llamadas y averigüe dónde se encuentra ese circo. Debería estar cerca de alguna de estas localidades.” Le dijo. Núñez asintió y se marchó. Luego se dirigió a los hermanos Corona, estrechándoles la mano, “Bien señores, les avisaremos cuando averigüemos algo.”

 

Al principio no la reconoció, y le pareció una completa extraña vagando por el circo, como si se tratara de una turista en una exposición gratuita de curiosidades, pero al poco de analizar su rostro y descifrar su enigmática sonrisa, el pobre de Román Ibáñez se dio cuenta, consternado, de que la pequeña niña que antes estaba a la altura de su cara, ahora era un gigante más en su mundo de gigantes. “¿Sofía?” Pronunció lo más cargado de duda que pudo, temiendo equivocarse, pero sabiendo que no era así. La niña no pudo menos que sonreír al verse descubierta, pero el enano la miraba como si se tratara de un extraterrestre del que no se sabe bien si es amigo o enemigo, y es que para él, aquello no tenía razón ni propósito, cómo o por qué la pequeña Sofía de pronto era una adolescente casi del doble de su altura, “Pero… ¿Qué diablos te pasó?” La cara de espanto del enano borró de un plumazo la sonrisa de satisfacción de la muchacha, haciéndola sentir que su nuevo aspecto era un desastre, “¡Es que yo soy así!” Explicó Sofía, como si no hiciera falta nada más, pero para Román, eso generaba más dudas que respuestas, “¿Qué?” Eso fue todo lo que pudo balbucear, pero la muchacha, ya había posado la vista y su sonrisa en otra persona que la contemplaba admirado, y este sí entendía claramente lo que había sucedido. Solo Cornelio podía haber provocado el cambio y solo podía haberlo hecho por medio de un contrato. Sofía era ahora tan presa del circo como todos los demás. “Te ves contenta” Comentó Eugenio Monje con amabilidad, el enano lo miró como si se hubiese vuelto loco, “¿Eso es todo! ¡Contenta? ¡Es que no ves que envejeció casi diez años en un día?” “¡Román!” Protestó la muchacha, “¿Por qué no vas donde Horacio y le pides que te lo explique? yo enseguida iré para allá”

 

Horacio preparaba su jaula para su presentación, a veces solía usar un fémur de burro y un cráneo de oveja como decoración para impresionar a su público, pero no le gustaba abusar de ese recurso. En esta ocasión había decidido que debía hacerlo. Entonces llegó Román, caminando con paso decidido, casi enojado, exigiéndole explicaciones a Horacio sin explicarle antes lo que había visto, este lo miró como si anduviera borracho de primera mañana y siguió aseando el interior de su jaula, “No tengo ni la menor idea de lo que hablas” Comentó Horacio, insensible a la urgencia de su amigo. Este sabía que algo gordo había sucedido y necesitaba saber qué, “¡Es Sofía! ¡Está grande! ¡Creció! ¿Es que no la ves?” concluyó, apuntando con todos sus dedos hacia un punto que Horacio tuvo que buscar en el horizonte. Aun saliendo de la jaula, poniéndose en un sitio abierto y aguzando la vista, le costaba creer lo que veía. Era la Sofía de la foto, encarnada en la realidad, hablando con Eugenio a su misma altura, “¿Ahora me vas a explicar qué diablos pasó?” Exigió Román, acomodándose las manos en la cintura, como si aquella postura le sumara fuerza a sus palabras. Horacio, por la cara que tenía, parecía tan confundido como él. Al fin habló con voz misteriosa. “No sé bien cómo ni por qué, pero Sofía era una adolescente atrapada en el cuerpo de una niña que no podía crecer…” El enano lo miró con ojos grandes de incredulidad, como si el otro se estuviera inventando una historia. Horacio continuó, “…ella me lo dijo en una ocasión, e incluso me enseñó una fotografía de su verdadero aspecto…” Se detuvo para echarle un vistazo a su amigo, “No sé lo que pasó, pero sé que solo una persona pudo hacer algo así…” “Cornelio.” Afirmó Román, mientras veía que Sofía ya caminaba hacia ellos, pero luego de unos segundos, su memoria rebobinó lo que acababa de oír. “Espera, ¿Una fotografía? ¡Qué fotografía?”


León Faras.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

XLIV.

 

Damián y Vicente Corona celebraban con un vaso de coñac y un baile ridículo con música oralmente improvisada, que habían, y cuando ya casi no les quedaban esperanzas, recuperado el dinero invertido y lo habían conseguido con algo de ganancia. Bolaño había aceptado las fotos de la sirena, dijo que captaban muy bien su aire místico y la lámpara de queroseno le daba una inquietante aura fantasmagórica que sin duda iba a impresionar y a cautivar a su público. Damián no conseguía explicarse cómo era que esa niña lo había conseguido, mientras ellos, los fotógrafos experimentados, habían fracasado miserablemente, “¿Qué tiene de particular esa cámara que le diste, exactamente?”¿Dónde estaba la lógica de todo esto? Vicente tenía una teoría, “La cámara no tiene nada de especial, creo que la única diferencia es quien aprieta el botón” Damián forzó una risa, “Ya, pero es la primera vez que esa niña coge una cámara, y fotografió una sirena, donde tú solo captaste a una mujer desnuda encerrada en un gallinero. ¿Cómo es eso posible?” Vicente lo miró como a alguien que le han salpicado lodo a su traje nuevo, con algo de lástima, pero divertido, “Es lo que digo, la niña pertenecía a ese circo, era parte de él y nosotros no” No parecía del todo convencido Damián, pero tomando en cuenta todas las cosas raras que había con ese circo, no sonaba tan descabellado. De las otras fotos que consiguió Sofía, a Bolaño no le parecieron relevantes: el hombre-mono no era tan impresionante, había visto disfraces que impresionaban más, y se veían más reales, y la chica alada, la verdad es que lo que tenía en la espalda no se apreciaba bien y en realidad podía ser cualquier cosa, además, sus poses forzadas y esas muecas en el rostro, le restaban credibilidad, “Aunque si lo que me dicen es cierto, y consiguen unas buenas fotos de esa chica, podemos llegar a un buen acuerdo” Les había dicho Bolaño antes de irse. Los hermanos Corona no tenían intención de salir corriendo detrás de ese circo de nuevo, pero aún tenían un vínculo innegable con el circo de rarezas de Cornelio Morris, y ese vínculo tenía nombre y apellido: Diego Perdiguero. Habían decidido acudir a las autoridades y denunciar el secuestro de Perdiguero.

 

Ya casi era medianoche, habían encontrado un nuevo pueblo, en el que esperaban por fin tener el éxito acostumbrado, y mientras el campamento iba tomando forma poco a poco, todo el mundo se encargaba de felicitar y alagar a Eloísa por su valiente intervención y su brillante actuación. Todos lo comentaban: era una multitud dispuesta a destruirlo todo y ella les había plantado cara como un mensajero de Dios. Cornelio era el que parecía más impresionado, no en vano había sentido el susurro de una bala rozando su cabeza, y se había quedado sin respuestas cuando iban a ser quemados sus camiones, y posiblemente todo lo demás. “No sé qué decir… temí lo peor.” Le había dicho justo después del incidente y a Eloísa le había parecido honesto. Se le ocurrió en el momento en que estaba con Beatriz y Sofía, recordó que hace poco rato, había hablado con Horacio sobre los extraños visitantes, y este le había dicho que se trataba de una especie de fanáticos religiosos que incluso habían comentado que Lidia era una criatura del demonio, “¿Puedes creerlo? ¿Lidia, una criatura del diablo?” A ella, Cornelio solía presentarla ante su público como un “verdadero ángel del paraíso,” y su público siempre se lo creía, por lo que decidió intervenir como eso, un ángel, pero no sabía qué decir, hasta que oyó el disparo, entonces solo voló, esperando que su presencia fuese suficiente.

 

Por la mañana, Beatriz entró a su tienda donde la pequeña Sofía ordenaba sus cosas y acababa de vestirse, “Sofía, Cornelio quiere verte.” A la niña, eso le pareció de lo más extraño, “¿A mí?” La mujer también lo consideraba inusual, pero, eso era lo que Cornelio le había pedido, “Sí, en su oficina, eso fue lo que me dijo.” Estaba segura de que no era una broma, sin embargo, se acercó hasta la oficina de Cornelio Morris con reticencia, y dudó unos segundos antes de golpear, cuando entró, supo de inmediato lo que había sobre el escritorio, pero aun así no pudo evitar preguntar, “¿Qué es eso?” Cornelio parecía el padre que tiene el regalo perfecto que su hijo espera, “Sofía, siéntate. Esto es algo que sé que has esperado durante mucho tiempo.” La niña miró la hoja de papel sobre la mesa, un contrato. Jamás había expresado a nadie, y de ninguna manera algún deseo de tener contrato, ni siquiera estaba consciente de que era la única que no tenía uno, y ahora, Cornelio se lo ofrecía como si se tratara de una bicicleta para su cumpleaños, cumpleaños que por cierto, jamás se lo habían celebrado y solo ahora comenzaba a comprender por qué. “¿Algo que yo he esperado durante mucho tiempo? ¿Un contrato?” La pequeña no compartía ni una mínima parte del entusiasmo de Cornelio, es más, algo le empezaba a oler a chamusquina. Cornelio por su parte, aún no había acabado, “No es el contrato, sino lo que este representa…” Le dijo abriendo esos enormes ojos poderosamente convincentes, “Te has convertido en una señorita, Sofía, y es hora de que empieces a verte como tal… ¿Eso te gustaría? ¿Verte como la adolescente que eres?” Eso ya era otra cosa, verse como la adolescente que era, era un sueño que había comenzado a acariciar mucho en el último tiempo, desde el primer viaje en el camión de Eugenio, pero por otro lado, estaba el privilegio que Eusebio había mencionado, “Ella era la única que podía irse del circo cuando quisiera y nadie podía impedírselo… ni siquiera Cornelio” recordó. No sabía qué hacer. Lo cogió para echarle un vistazo, Cornelio aguardaba de pie como un abogado dispuesto a solucionar cualquier duda. El contrato era indefinido e irrompible, aunque le daba derecho a una bala, y solo una, en el caso de que quisiera renunciar al pacto, “¿Una bala?” preguntó la niña, algo preocupada, “Una bala que nadie está obligado a usar, por supuesto, solo existe como una posibilidad para casos muy particulares.” El contrato invalidaría un artículo firmado por su madre, antes de que ella naciera, que la mantendría con la misma apariencia física desde cuando cumpliera los siete años, en adelante. “¿Mi madre firmó esto? ¿Estaba en su contrato?” Con cualquier otro, Cornelio se hubiese comenzado a fastidiar con tanta pregunta, pero con Sofía, se obligaba a ser paciente y amable, “Sí, bueno, tú no habías nacido aún, y ya sabes cómo son las mujeres, a Beatriz le pareció una idea encantadora en ese momento…” “Pero Beatriz no es mi madre.” Se sintió tentada de decírselo, pero solo lo pensó. “Somos esclavos de nuestras palabras y amos de nuestros silencios,” había leído una vez. Luego el contrato le prohibía abandonar el circo y autorizaba al circo a utilizar cualquier medio a su alcance para evitarlo. Sofía se preguntó a qué medios se referiría, porque, hasta donde ella sabía, nadie había abandonado nunca el circo. Leyó el contrato completo, pero no encontró nada que la obligara a transformarse en nada, nada que la convirtiera en atracción, nada que cambiara en su vida, salvo su aspecto. Cornelio le estiró una pluma, la misma pluma que todos habían utilizado, incluida su madre. Su rostro era dulce, como el de un padre orgulloso. “Entonces, ¿qué me pedirás a cambio? porque este contrato no dice nada” dijo la niña, cogiendo la pluma pero con una intensa mirada de recelo, Cornelio reaccionó casi ofendido, “¡Nada, por supuesto! Tú naciste aquí, eres parte de este circo, ¡de esta familia! Esto no es más que un pequeño gesto que pensé que te agradaría…” Cornelio observó el rostro de la niña, dudaba. “No tienes que hacerlo si no quieres” Agregó, con toda la probidad de la que era capaz reflejada en el rostro. Sofía no sabía qué hacer, por un lado estaba la libertad de poder irse cuando quisiera, lo cual, jamás se le había pasado por la mente, hasta hace poco, y por otro lado, estaba la posibilidad de conseguir tener un aspecto normal, el de la adolescente que era, lo cual tampoco se le había pasado nunca por la cabeza… hasta hace poco. Cinco minutos después, Sofía salía de la oficina de Cornelio con el flamante aspecto de una jovencita de quince años.


León Faras.

domingo, 8 de noviembre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

XLIII.

 

“Pensé que ya no los volvería a ver. Se tomaron su tiempo” Enrique Bolaño estaba en la tienda de fotografía de los Corona, pasando el dedo por uno de los escritorios y comprobando con disgusto que había una película de polvo sobre este, se había enterado bastante rápido del arribo de los hermanos, y había asistido en persona a su encuentro, a pesar de que ya comenzaba a oscurecer. Damián estaba allí para plantar cara. “Ese circo no es nada fácil de encontrar, y además se mueve constantemente” “Es un circo, los circos hacen eso” replicó Bolaño, con un sarcasmo bien disimulado, luego añadió, “Pasando a cosas más importantes, ¿tienen mis fotos?” Damián tomó una bocanada de aire, “Hay un problema con sus fotos…” dijo, demostrando desilusión en el rostro mientras metía la mano en uno de sus cajones, “No sé cómo explicarlo, pero…” En ese momento se oyó un grito muy fuerte, era su hermano Vicente, desde la trastienda, “¿Qué le ocurre?” preguntó Bolaño, el otro respondió con la más sincera de las verdades, “No tengo ni idea.” Un nuevo grito y esta vez seguido de algunas carcajadas, parecía contento, incluso festejando, Damián se acercó a la puerta, una luz roja encendida, indicaba que no se debía abrir. Golpeó con los nudillos, “Oye, ¿estás bien?” “¡No te lo creerás cuándo veas esto! ¡Pero no entres todavía!, ¡Aún no termino!” Respondió Vicente desde dentro, gritando como si se encontrara en la profundidad de un pozo, Bolaño llegó junto a la puerta también, Damián pensó que era mejor advertírselo a su hermano, “Oye, Enrique Bolaño está aquí, viene por sus fotos…” Vicente se tomó unos segundos en responder, “Dale un café, aún me queda trabajo aquí…” Bolaño y Damián se miraron extrañados, este último añadió, “Sí, pero, ¿y sus fotos?” su hermano ya no reía, ni festejaba, al contrario, ahora sonaba muy serio, “Estarán listas en unos minutos”

 

Dos días sin recibir visitas ni dinero en su circo, “¿Qué más podría salir mal?” Pensó Cornelio, gruñendo, porque si se hubiese ido inmediatamente, podrían haber llegado a otro pueblo a buena hora para exhibir sus atracciones, en vez de haber desaprovechado todo el día allí, por no dejarse intimidar por las amenazas de un pequeño puñado de dementes y no darles en el gusto. Se sirvió un trago, pero esparramó la mitad sobre su escritorio de un sobresalto, cuando algo golpeó con estruendo el techo de su oficina, algo grande, y luego su puerta comenzó a ser aporreada con atrevida insistencia, Cornelio la abrió furioso,  dispuesto a golpear en la cara al responsable de esparramar su licor, pero no había nadie ahí, entonces una voz le habló desde arriba, Cornelio debió salir para ver a Eloísa encaramada sobre su techo, “¡Una multitud, armada y con antorchas! ¡Vienen hacia acá!” La chica señalaba un punto visible desde su posición, pero no desde el suelo, sin embargo, Cornelio no necesitó caminar demasiado para divisar las antorchas, “¡Ve con Beatriz y Sofía, no deben estar solas!” Le ordenó a la muchacha y luego le gritó a un trabajador que había oído el escándalo, “¡Busca a los Monje! ¡Los quiero a los dos!” Luego, cogió su abrigo y sombrero y se dirigió hacia los recién llegados dando zancadas, mientras trabajadores y atracciones salían de sus tiendas con rostros desorientados, como supervivientes de un desastre. “¡Qué rayos creen que están haciendo, ¿Acaso se volvieron locos?!” Tronó la voz de Cornelio, sin embargo, Federico no hacía otra cosa más que la que siempre estaba haciendo: sonreír como un obseso. “Señor Morris, esperaba que fuera usted un hombre más sensato, que levantaría su fuente de aguas corruptas y nauseabundas, de las que nadie aquí quiere beber, y se las llevaría lejos, pero no, y aquí estamos” Cornelio no podía ocultar la preocupación, era por lo menos la mitad del pueblo, incluida varias mujeres, provistos de armas de fuego, y lo más inquietante era que se temía que no portaban esas antorchas solamente para alumbrarse, “Escuchen, señores, no hay para qué llegar hasta estos extremos, nos iremos por la mañana” Cornelio quería sonar sensato, lo que a Federico parecía divertirle, “Muchos son los llamados a limpiar la tierra del mal, pero pocos son los que responden a ese llamado. Señor Morris, ya hemos purificado nuestros cuerpos y fortalecido nuestras almas, estamos listos para llevar a cabo nuestra misión, y nadie que esté listo dará un paso atrás, solo hacia delante” “Fanáticos religiosos” Pensó Morris, ya se lo había sospechado, pero no hasta qué punto. Estos son de los que creen llevar a cabo la voluntad de Dios, de los más peligrosos. En ese momento los hermanos Monje se acercaban junco a su jefe, Federico les ordenó detenerse, pero al no obedecerle con la debida celeridad, lanzó su antorcha sobre la tierra inerte, levantó su carabina y le apuntó directo a la cabeza a Cornelio Morris. El disparo, le hizo cerrar los ojos y apretar todos los músculos de su cuerpo, sin embargo, pudo sentir como su sombrero se desprendía de su cabeza y volaba varios metros atrás, dejando al descubierto una pronunciada calvicie, similar a la del propio Federico. Cuando pudo abrir los ojos, y relajar al menos en parte su cuerpo, vio como aquel introducía con calma una nueva bala en la única recamara de su arma. Tenía la esperanza de usar la magia de los mellizos para dar vuelta la situación, pero aquello había estado demasiado cerca. “Nos iremos ahora…” Propuso Cornelio, reconociendo que no estaba en posición de negociar, “Lo harán, señor Morris, lo harán” dijo Federico con su arma lista, y ya sin asomo de sonrisa en la cara, añadió dirigiéndose a sus pandilla de adeptos, “Quemen los camiones” Cornelio quiso reaccionar, pero el arma de Federico le apuntaba directo a la cara. La multitud ya empezaba a moverse en forma de rebaño con sus antorchas listas, pero entonces sucedió un milagro, algo imposible, algo tan impresionante que congeló a la multitud en un suspiro y por poco bota de espaldas a Federico cuando este daba varios pasos hacia atrás: Un ángel del Señor descendía del cielo, y se posaba en frente de Cornelio Morris mirando a Federico, con el rostro entre sereno y severo, “Dios, no te ha ordenado que hagas esto” dijo el ángel, a Federico casi se le salían los ojos, aquello era tan impresionante que no podía articular ni una sola palabra sin tartamudearla, “Pero… pero… son aberraciones que ofenden a Dios…” El ángel dio un paso hacia él, sus majestuosas alas le daban un aspecto mucho más intimidante del que en realidad tenía, “Dios no te ha ordenado nada de esto, estás solo si quieres manchar tus manos de sangre” Le advirtió, y luego, abrió sus alas en toda su envergadura, y casi sin esfuerzo, se elevó para desaparecer en la profundidad de la noche. Tanto Federico como Cornelio estaban mudos, de hecho, el mundo entero parecía haberse quedado en silencio. Sin decir una sola palabra, Federico empezó a retroceder, confundido, atontado, la gente que le acompañaba también empezaron a retirarse de vuelta a su ciudad, mirándose unos a otros sin poder hablar, como si el cerebro se les hubiese desconectado momentáneamente. Sin perder ni un minuto el campamento comenzó a levantarse. Eloísa y su brillante actuación, había salvado al circo.

 

Cuando por fin Enrique Bolaño pudo entrar a la sala de revelado de la trastienda, las fotografías aún estaban colgadas de cordeles como si fueran ropa recién lavada, “Esto les resultó más fácil de lo que creía” Damián no podía creer lo que oía, “¿Fácil?” Se acercó a ver las fotos. Bolaño lo miró con cara de suficiencia, “Sí, me doy cuenta de que todos estaban dispuestos a posar.” En la primera foto se veía un hombre cubierto de pelo encerrado en una jaula, era una foto bastante oscura, pero se adivinaban bien un rostro y unas manos sujetando los barrotes. El hombre-mono miraba directamente al lente de la cámara. La segunda y la tercera eran de una jovencita que parecía tener unas alas pegadas a la espalda, una de las imágenes estaba un poco desenfocada pero la otra se veía bien, aunque estaba ligeramente torcida y la mayoría de las alas no salían en la foto. Evidentemente la chica alada posaba descaradamente para la cámara, con posturas forzadas e infantiles muecas en el rostro. Las otras dos eran solo de una niña común y corriente, también posaba graciosamente para la cámara. Aunque esta era menos hábil, sonreía con furia. En las últimas Bolaño se detuvo, eran dos, iluminadas artificialmente con una lámpara de aceite. Se veía claramente un cristal, y tras este, una mujer con sus manos provistas de membranas pegadas al vidrio, su cabello tenía un volumen inverosímil a menos que estuviera sumergido en agua y su rostro hipnotizaba sin necesidad de ser especialmente hermoso. Aquella era la sirena que Bolaño necesitaba para su revista. “¡Pero qué demonios! ¿La niña tomó estas fotos?” Preguntó Damián incrédulo, apenas dando crédito a lo que veía. “¡Pero cómo diablos es posible?” Agregó, casi enojado por los resultados que ellos no habían podido conseguir. Bolaño dejó de examinar las fotos por un segundo, “¿La niña? ¿Qué niña?” Damián estaba pensando en una respuesta, pero Vicente se adelanto, “Creo que quedó bastante claro, cuando usted contrató nuestros servicios, que nosotros no estábamos obligados a revelar nuestros métodos, señor Bolaño” Bolaño hizo una mueca y volvió su atención a la foto de la sirena. Aquello último era cierto.


León Faras.

jueves, 5 de noviembre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

XLII.

 

Como siempre, con las primeras luces del alba, el circo y sus habitantes, atracciones y trabajadores, se ponían en movimiento para afinar todos los detalles antes de darle la bienvenida a su siempre maravillado público. A media mañana, cuando ya casi todo estaba listo y preparado, los primeros visitantes se presentaron, Cornelio los miró como si fueran moscas revoloteando sobre su comida: era Federico, el alcalde, acompañado de un señor pequeñito y muy mayor que parecía que podía desmoronarse en cualquier momento, y cuatro mujeres, las dos anteriores y dos nuevas, pero calcadas a las anteriores. Se detuvieron en la periferia del circo observándolo todo y haciendo comentarios entre ellos, como poniéndose al corriente de algo, cuando ya se disponían a entrar, Cornelio les cortó el paso para cobrarles el justo pago por la entrada a su circo, Federico a esa hora, ya sonreía. “Señor Morris, nosotros no somos su público, como ya le dije, soy el alcalde de esta ciudad, y este, es mi concejo…” dijo, señalando a las personas que le acompañaban, “…estamos aquí para constatar que las atracciones que usted exhibe en su… circo, son aptas para no contaminar o corromper la delicada estabilidad espiritual de los queridos habitantes de nuestra ciudad…” Cornelio lo miraba ahora, como si le estuvieran hablando en un idioma remoto y desconocido. Federico continuó luego de casi medio minuto de silencio, “…por supuesto que usted está en todo su derecho de negarse a recibir nuestra inspección, pero de ser así, puedo asegurarle que ninguna de las decentes personas de nuestra comunidad, pondrá un solo pie en su circo” Concluyó Federico, mientras todos los demás asentían al unísono, Cornelio seguía sin poder articular palabra, esa era la primera vez que alguien quería inspeccionar su circo antes de permitir que las personas lo visitaran, “¿Y bien, señor Morris?” Cornelio se lo pensó unos segundos, ya estaban instalados, negarse a la inspección sería otro día perdido, y hasta ahora no había visto ni a un solo curioso con intenciones de acercarse a su circo, ni uno, por lo que no era sensato ignorar las advertencias de Federico Fuentes “Muy bien, señor. Síganme por aquí” se acercó a la jaula de Von Hagen, este empezó a actuar como mono, sujetando los barrotes y amenazando con romperlos, Federico y las mujeres lo miraron horrorizados, una de ellas se persignó. El señor pequeñito escribió algo en una libreta que portaba en el bolsillo, y se la mostró a Federico, “Sí, Padre, es cierto… Dios no comete este tipo de errores” Cornelio intervino, “Guarde sus energías para más tarde, Horacio, estas personas solo están haciendo una visita de inspección” Horacio instantáneamente volvió a su comportamiento tranquilo y racional de siempre, sin entender muy bien qué era exactamente una “Visita de inspección,” quiso ser amigable levantando la mano para saludarles, pero aquellas personas le miraron asustadas, incluso retrocedieron un poco, como si aquel repentino cambio de actitud hubiese sido algo totalmente sobrenatural. Cornelio se acercó a Beatriz que observaba todo desde cerca, “Les mostraré solo un par de atracciones o se arruinará toda la sorpresa. Procura que Eloísa no salga de su tienda” le dijo. Pasó la comitiva junto a Ángel Pardo que estaba sentado en un ridículamente pequeño taburete, dado su tamaño, en la entrada de su tienda, parecía una especie de saltamontes gigante, más llamativo aún lo hacía el hecho de que el pequeño Román Ibáñez estaba sentado en el suelo junto a él. Las mujeres iban firmemente agarradas unas a otras de los brazos, como si temieran perderse, el gigante les dirigió un saludo de cortesía y las mujeres aceleraron el paso, ignorándole, como si aquello hubiese sido alguna descarada obscenidad, salvo por una, la más joven, que no tenía menos de cuarenta años, y que se atrevió a devolver el saludo tímidamente con una diminuta sonrisa. Román miró a su amigo hacia las alturas, entre incrédulo y maravillado, “¡No me jodas!” Gruñó el enano para sí. Cornelio llegó hasta el acuario de Lidia, sus visitantes se pararon en frente, “¿Acaso tiene peces, señor Morris?” preguntó Federico, el señor pequeñito se acercó para inspeccionar el cristal más de cerca, a través del cual no se veía nada, “Al menos una de sus atracciones puede ser considerada como adecuada” Comentó una de las mujeres, justo cuando Lidia hacía su aparición, pegándose al cristal desde la profundidad del brumoso líquido en el que se ocultaba. El señor pequeño retrocedió de un salto, horrorizado, con un grito mudo en el rostro, y por poco se cae si no se estrella contra Federico, que lo sujetó a tiempo, “¡Santo Dios! ¡Pero qué abominación es esta!” Exclamó este, una de las mujeres soltó un gritito y otra se llevó una mano a la boca, espantada, las otras se persignaron repetidas veces, retrocediendo como si corrieran algún peligro, “No sé que ha hecho usted para conseguir tamañas aberraciones, señor Morris, pero no hay duda de que solo Satanás en persona, puede estar detrás de todo esto” Comentó Federico, alarmado, sujetando al señor pequeño que apenas podía mantenerse en pie y le costaba respirar. Cornelio estaba mudo, en todos sus años de circo, jamás había visto tal tipo de rechazo a sus atracciones y menos cuando se trataba de Lidia, “¡Es una sirena! ¿Cómo pueden temerle a una sirena?” Exclamó Cornelio, entre incrédulo y alarmado, “¡Las sirenas no son criaturas de Dios, son engendros del Diablo!” aseguró una de las mujeres y las otras lo confirmaron asintiendo con energía y sin lugar a dudas. “¿Qué tiene ahí, señor Morris?” preguntó Federico, señalando una jaula como la de Horacio, pero cubierta por completo con una lona, Cornelio echó un vistazo, “Creo que es mejor que no lo sepa…” dijo, al ver que lo que el alcalde indicaba, era la jaula de Perdiguero. Federico lo miró suspicaz, “Creo que es mejor que me lo enseñe…” Cornelio no estaba de humor para discutir, “Si insiste…” respondió, y se dirigió a la jaula del “Hombre de la cuevas de Pravia”, sólo el alcalde le siguió. Le bastó un vistazo para volver visiblemente escandalizado, “¡Esto es demasiado, señor Morris, le aconsejo que coja su circo de aberraciones, y se lo lleve inmediatamente y lo más lejos posible de nuestra apacible ciudad!” “Oraremos por estas personas, señor Morris, para que Dios las ilumine” Agregó una de las mujeres, y el viejito pequeño, le estiró una hoja de papel a Cornelio, antes de darse la vuelta e irse tan indignado como todos. La hoja solo decía “Váyase ahora” “¿Y si no, qué?” Preguntó Cornelio, solo para demostrar que él no se intimidaba fácilmente. “¡Habrá consecuencias!” Gritó Federico, elevando un dedo hacia al cielo. Se quedó parado ahí, mirando como esas personas se alejaban, hasta que Beatriz llegó a su lado, “¿Qué harás?” Cornelio se entretenía con el trozo de papel que el viejo le había dejado, haciendo con él una bolita cada vez más compacta, “Nos quedamos” Fue su seca respuesta, luego añadió, “Si no tenemos público, nos iremos mañana, ¡pero NO saldremos huyendo!”

 

Dos días de ocio seguido, era más de lo que la mayoría de los habitantes del circo habían tenido desde que estaban allí, porque Federico no mintió cuando dijo que ninguno de ellos pondría un pie en el circo. El lugar estaba desierto, y las atracciones ya habían abandonado sus puestos hace rato, convencidos de que aquel día no actuarían para nadie. Eloísa, sentada frente a Horacio y su tablero de ajedrez, era la última en enterarse de lo que acababa de suceder, fuera de la tienda estaban Román y Pardo, tal como estaban durante la visita, pero mucho más aburridos que antes. “¡Diablos, nunca creí decirlo, pero esto es peor que Mustafá!” Exclamó el enano, poniéndose de pie y alejándose, pronto regresaría con una botella de licor. Cuando la noche hizo su entrada, un extraño se metió en el circo como una sombra y se dirigió directamente a donde Pardo alimentaba su pequeña fogata fuera de su tienda. Román, Horacio y Eloísa estaban dentro. El fuego reveló su rostro, era la mujer que había tenido la gentileza de devolverle el saludo antes, parecía muy preocupada, “¡Ya vienen, tienen que salir de aquí ahora, ya vienen!” Les advirtió, antes de volver a escabullirse, como si un peligro inminente le pisara los talones. Román salió a mirar, pero cuando estaba a punto de desestimar la advertencia con una mueca de desprecio, vio algo que lo hizo cambiar de idea, “Eloísa, tú eres la más rápida, ve por Cornelio, ¡Ahora!” Una antorcha se había encendido en la oscura periferia del circo, pronto se prendieron más, revelando que se trataba de una multitud de gente armada con horquetas, machetes, varias escopetas y uno que otro revólver. A la luz de la antorcha que sostenía Federico, se podía ver que este portaba una bonita carabina y al menos una decena de balas en su cinturón.


León Faras.

lunes, 2 de noviembre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

XLI.

 

Aquel día en el pueblo fantasma, ya estaba perdido y así lo consideró Cornelio, dándole a su gente, y de forma inesperada, toda la tarde libre, para que cada uno hiciera lo que le diera la gana sin alejarse del circo, puesto que en deshacer todo el campamento, moverse y luego volver a descargar y armar todo otra vez, se les iría buena parte del día que poco podrían aprovechar con público. La mayoría se dedicaba a zurcir en esos momentos libres: calcetines, camisas, pegar botones. Algunos preferían dormir, y otros mataban las horas de ocio con lo que mejor sabían hacer: jugar a las cartas. Horacio y el gigante Ángel Pardo, sentado uno frente al otro, compartían una partida de ajedrez, un juego que ambos se tomaban bastante en serio, pues Pardo era un hombre que se tomaba todo el tiempo necesario para calcular todas las posibles consecuencias, antes de mover una de sus piezas, tiempo que Horacio aprovechaba planeando su próxima jugada, porque, aunque no tenía muchos rivales dignos dentro del circo para comprobarlo, a Horacio se le daba bastante bien el juego de estrategia, y Pardo lo sabía, por lo que no se molestaba en apresurarse. Román en cambio, odiaba ese tonto juego, no entendía cómo podía ser tan popular un juego tan aburridamente largo y desesperantemente lento, en el que una sola partida podía durar horas y a veces ni siquiera se le podía dar un buen final, “¡Es como ver la carrera de los cien metros planos, pero con caracoles!” Exclamaba Román, “Si supieras jugarlo, no pensarías así” Contrarrestaba Pardo con total parsimonia, “¡Bah!” Replicaba el enano. Sin embargo le gustaba quedarse con ellos, sobre todo si conseguía algo de licor. Era un estorbo insufrible para cualquiera que quisiera concentrarse en una partida de ajedrez, que no paraba de parlotear y de desviar la atención hacia cualquier tontería sin importancia, pero tanto Pardo como Horacio estaban acostumbrados y lo soportaban sin perder el buen humor. Estaban en eso cuando llegó Eloísa, Román quiso esconder su botella de licor debajo de la litera donde estaba tendido, para que su hija no lo viera siempre bebiendo, aunque ella y todos sabían que así era, pero sus brazos cortos fueron insuficientes para alcanzar el suelo y al intentar alargarlos, cayó al piso rodando de forma muy poco digna. Se paró de un salto mientras todo el mundo le miraba con la boca abierta. Pardo sostenía un caballo en el aire que estaba a punto de darle caza a un peón-señuelo. “Piernas cortas, ya saben…” ­­­­­Se justificó el enano con una sonrisa forzada, “¿Les molesta, chicos, si le pido a Román que me acompañe un momento?” Preguntó Eloísa, dirigiéndose a los jugadores, Horacio negó elocuentemente, el otro, incluso se atrevió a comentar, “¡Nos harías un gran favor!” y soltó unas risitas hacia dentro. Pardo tenía esa extraña costumbre de siempre reprimir la risa o tratar de tragársela, como si se tratara de algo malo. “Ja… ja.” Forzó Román unas onomatopeyas de risa carentes de entusiasmo mientras salía, dejando en claro lo poco gracioso del comentario. “¡Ey! He visto ese juego antes, nunca lo he jugado, pero me parece súper interesante” Comentó Eloísa, admirando el ajedrez de los hombres, estos le ofrecieron enseñarle cuando quisiera y la muchacha aceptó encantada, “Es un gran juego…” Comentó Román, muy serio, y agregó “…yo no sé jugarlo muy bien, pero me parece muy entretenido e interesante de ver cómo juegan los muchachos…” La chica asintió con una sonrisa, totalmente de acuerdo, mientras Horacio y Ángel Pardo se miraban digiriendo el total cinismo de su buen amigo.

 

“Estuve pensando en lo que hablamos la última vez…” comenzó la muchacha, “…y creo que, puede que todos tengamos un poco de víctima y un poco de culpables, ¿entiendes?” Román caminaba a su lado sin decir palabra, pero incapaz de cerrar la boca, sin estar muy seguro si aquello desembocaría en algo bueno o en algo malo. “No creo estar lista aún para llamarte, papá…” continuó Eloísa, “…porque esas son cosas que tienen que sentirse, y yo no las siento, aún, pero sí creo que, después de todo, podría ser algo bueno haberte encontrado, sobre todo por una cosa…” La chica se detuvo, el enano permanecía expectante, mirándola hacia arriba como si estuviera esperando el veredicto de un juez, Eloísa continuó, “Mi abuela Prudencia, siempre decía que mi madre era una mujer debilucha, que hablaba poco, trabajaba mucho y que amaba a su familia por sobre todo lo demás. Ahora que ella no está, tú eres el único que me puede hablarme sobre mi madre, ¿Cómo era ella?” El enano asintió, caminó hasta una roca donde sentarse y cruzó sus cortos brazos de manera forzada pero grave, Eloísa se sentó en el suelo, con sus espectaculares alas acomodadas en forma de una gran “X,” de manera que ambos quedaban a una misma altura para hablar cómodamente. “Tu madre, Amelia, no era una mujer débil, aunque su cuerpo sí lo era. Su fortaleza estaba en su carácter, en su capacidad de mantenerse firme y llevar sus decisiones y creencias hasta el final, sin desviarse por el camino, algo que muchos de nosotros solemos hacer. ¿Sabías que le gustaba cantar?” Eloísa negó con los ojos muy abiertos y un amago de sonrisa en la boca. Román continuó, “Sí, aunque siempre lo hacía muy bajito, como si temiera molestar a alguien con su voz, a veces, la descubría cantando sola mientras desarrollaba alguna tarea, y me quedaba quieto, espiándola en silencio para no interrumpirla, al final siempre me descubría, decía que podía olerme, ¡a veces adivinaba hasta lo que había desayunado! Le gustaba bromear, aunque nunca estabas completamente seguro de cuándo lo hacía y cuándo no…” Siguieron así por más de una hora, hasta que una sombra larga, proyectada contra el decadente sol del ocaso, cubrió por completo el rostro de Román, “¿Interrumpo?” Fue el cínico comentario de Cornelio, fingiendo auténtico interés en no ser una molestia, “Solo estábamos hablando…” Respondió el enano, mientras Eloísa se ponía de pie con una apenas perceptible sonrisa en el rostro, Cornelio señaló a sus espaldas, las tiendas una a una estaban cayendo, como si estuvieran siendo cosechadas, “Terminó la tarde libre, nos vamos” dijo, mirando con poco agrado como esos dos caminaban juntos de regreso.

 

Gracias a la magia de los mellizos, aun quedaba luz solar cuando llegaron a instalarse en las cercanías de un nuevo pueblo, para volver a instalar las tiendas que apenas habían recogido. Desde donde estaban, parecía un pueblo muy bonito, con las calles iluminadas por una multitud de faroles de papel de colores rojos y azules, que creaban un ambiente grato y acogedor. Aún no habían terminado de instalarse, cuando llegó un hombre acompañado de dos mujeres al circo para hablar con el jefe, dueño o líder del campamento. Cornelio salió a atenderles con su mejor disposición, “Soy Cornelio Morris, dueño de este circo, ¿En qué puedo servirles?” El recién llegado era un hombre de unos cincuenta años que vestía elegante, estaba pulcramente afeitado, pero el escaso cabello que le quedaba, crecía largo y sin cuidado como la maleza. Por alguna razón imposible de precisar, aquel hombre no paraba de sonreír, todo lo contrario de las mujeres que le acompañaban, totalmente carentes de colores, brillos o ilusión, que parecían severas e indignadas por algo que no quedaba totalmente claro, “Mi nombre es Federico Fuentes, soy alcalde de Villablanca, nuestra pequeña ciudad de la que estamos muy orgullosos. ¿Mencionó que esto es un circo?” Preguntó el alcalde sin borrar su sonrisa persistente y artificial, Cornelio respondió afirmativamente, las mujeres cuchichearon cosas entre ellas sin relajar un solo músculo de su apretado rostro, “¿Qué clase de circo es…?” Preguntó Federico, estirando el cogote hacia delante como si con ello pudiera ver u oír mejor, Cornelio se irguió, resaltando el pecho, mostrando firmeza, “El mejor circo que hayan visto nunca y el más grandioso que verán en toda su vida. Nuestras atracciones son…” El alcalde le interrumpió con una risita burlona y desagradable, “Bueno, está claro que usted sabe muy bien como promocionar su empresa, señor, pero yo no le estoy pidiendo publicidad, yo le estoy preguntando qué clase de atracciones son las que usted exhibe” Cornelio sentía deseos de borrarle la sonrisa del rostro al dichoso alcalde con un puñetazo en la cara, pero se contuvo, aquel hombre solo intentaba hacer bien su trabajo, después de todo, era seguro que el pueblo terminaría rindiéndose ante la magnitud del espectáculo que el circo de Cornelio Morris ofrecía, como siempre. Además, él también podía falsificar una sonrisa, “Nuestras atracciones son únicas e increíbles, mañana podrá disfrutar de todas ellas, usted y el resto de su gente, ahora, si me disculpa, ha sido un viaje largo, y estamos cansados y hambrientos” Con eso Cornelio se dio la media vuelta, mientras Federico seguía sonriendo, “Claro que volveremos mañana, señor Morris” Murmuró.


León Faras.

jueves, 29 de octubre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

XL.

 

Poco a poco los camiones fueron deteniéndose en un sitio erial muy próximo a un pueblo, que como cualquier otro similar, ya dormía profundamente a esas primeras horas de la noche. Antes de deshacer su magia, Eusebio se acercó a Sofía para hacerle una pequeña advertencia, “Sobre lo que hablamos antes…” alcanzó a decir, la muchacha ya lo había hablado con Eugenio y lo comprendía. No era una buena idea inquirir o increpar a nadie por el momento, por todas aquellas cosas que nadie le había dicho antes y de las que ahora se enteraba, era mejor tomárselo con calma, y meditarlo bien. Además, si se ponía a hacer preguntas ahora, no sería difícil saber quién le había estado contando cosas y los mellizos tendrían problema, y no solo eso, los viajes a los mandos del camión, seguramente se acabarían. Luego los hombres devolvieron al mundo su natural movimiento y el cuerpo de la muchacha, y su ropa, volvían a ser el de una niña pequeña. La gente poco a poco empezó a salir, a encender fuegos y a parar el campamento para por fin descansar. Por la mañana temprano montarían el resto para recibir a su siempre entusiasta público.

 

Varias de las fogatas aún estaban encendidas, y eran muy pocos los que dormían. La mayoría de los hombres mataban el tiempo jugando cartas y apostando cualquier cosa, casi siempre tabaco. Muy comúnmente, el pequeño Román Ibáñez estaba metido en medio de los trabajadores en esos juegos, tenía la fama de tramposo, aunque nadie lo había descubierto nunca haciendo trampa in fraganti. Otra que siempre andaba cerca era Eloísa, aunque solo iba a mirar y a reír con las bromas que los hombres se hacían mutuamente. Observaba el juego con gran interés, cualquiera podría decir que tenía la intención de aprender a jugar, pero no hacía preguntas, solo se dedicaba a mirar y oír, y para una mente ágil, eso puede ser más que suficiente.

 

Unas notas musicales sueltas, que pretendían improvisar una melodía, que a veces parecía que funcionaba y luego ya no, se oía al alejarse lo suficiente del alboroto que armaban los hombres al reunirse, para Sofía fue una sorpresa encontrar a Horacio fuera de su tienda con una guitarra entre sus peludos brazos, “¿Es tuya? ¡No sabía que eras músico!” Horacio se apresuró a dejar el instrumento a un lado, “¡Nada de eso! es de Pardo, él era el músico, pero dice que ya no puede tocar por culpa de sus enormes manos… está empeñado en que yo aprenda a tocar” “¿Y qué tocabas?” Preguntó la niña sentándose a su lado, Horacio se cruzó de brazos, como si de pronto le hubiese dado frío, “Nada, Pardo dice que lo primero es coordinar los dedos con el oído, no sé bien a qué se refiere, pero al menos me entretiene”  La niña registró dentro de su pequeño bolso, “Toma. Beatriz la vio, pero no le dije de dónde la saqué y ella no dirá nada a nadie” “¿Estás segura?” dijo el hombre, recibiendo la foto de Lidia con el cuidado de quien coge algo sumamente peligroso, “Sí…” aseguró la niña, “…de haber querido hacerlo, lo hubiese hecho” Luego se quedó unos segundos en silencio para agregar de pronto, “¿sabías que Lidia y ella son hermanas…?” Horacio lo sabía, y cuando la pequeña le reprochó por qué no le había dicho nada antes, su respuesta cayó con naturalidad, como una fruta madura, “pensé que ya lo sabías” La niña negó en silencio, sin encontrar una razón de por qué ocultárselo. “¡Ah!” dijo de pronto, dejando sus meditaciones para después. “Mira, ¿qué te parece?” Horacio cogió la imagen en la que Sofía se veía como una joven y guapa adolescente, no necesitaba preguntar de dónde la había sacado, pero era increíble lo que la cámara fotográfica había hecho con ella. La contempló por varios segundos hasta que, sin dejar de mirarla, comentó, “Dios mío, eres igual al recuerdo que tengo de la primera vez que vi a Lidia” Eso llenó de orgullo a la niña sin estar muy segura de por qué, “Creo que ella es mi madre…” comentó, con la vista fija en el fuego que ya se consumía frente a la tienda de Horacio, este, la miró con toda la ternura de la que era capaz, “Creo que eso es muy posible…” dijo. Sofía lo miró iluminada, necesitaba a ese alguien que creyera en lo que ella creía, “¿De verdad?, ¿pero cómo estar seguros?” Horacio tenía la idea más simple que se le podía ocurrir a alguien, “¿Por qué no se lo preguntas?” A la niña eso no le pareció lo más simple, “¿Cómo?” dijo, si Lidia no podía hablar ni oír. Horacio no entendía mucho de esas antiguas artes de la escritura, pero sabía que Lidia sí, y la niña también, “Prueba con una nota de papel” Sugirió. No era una mala idea, incluso, podía funcionar. Cuando la niña ya estaba lista para irse a dormir, Horacio tuvo una inspiración, “¿Quieres conservarla tú?” Le dijo, estirándole la foto de Lidia de vuelta, la niña asintió con una de esas sonrisas que nacen de dentro y son irrefrenables y la guardó en su bolso. Para él no había ninguna duda, esa niña tenía que ser hija de Lidia, no tenía ninguna prueba, simplemente estaba seguro de eso.

 

Al amanecer, todo el mundo hacía su trabajo con la eficiencia que da la rutina. Cornelio movía los hilos repartiendo órdenes con su megáfono, pero se veía bastante tranquilo, conforme de ver como todo funcionaba como el mecanismo de un reloj. Para cuando acabaron, ya era media mañana y ni un solo curioso se había acercado a echarles un vistazo a los recién llegados. “¿Qué sucede?, ¿es que no hay gente o qué?” Preguntó Cornelio, a uno de los hermanos Monje que tenía al lado acomodando el telón tras el cual aparecía Eloísa, “Es un pueblo, tienen hasta una iglesia. Por supuesto que hay gente” “Tal vez llegamos en un mal día…” Apuntó Pardo, Cornelio lo miró hacia las alturas “¿Un mal día?” El gigante, que desde su altura oteaba las casas, se encogió de hombros, “Tal vez tienen alguna fiesta religiosa y están todos reunidos en la iglesia” Cornelio lo aceptó medianamente, esperando ver u oír a alguien, porque aparte de los pájaros, en ese pueblo reinaba un silencio sepulcral. Horacio, que esperaba a su público encerrado en su jaula, salía de ella mirando a todo el mundo sin entender qué sucedía, desde un rincón, el enano se encogió de hombros y negó con la cabeza elocuentemente, Von Hagen le devolvió exactamente el mismo gesto, mientras Cornelio caminaba hacia el pueblo seguido de Beatriz, que aunque no había intervenido, tenía tanta curiosidad como todos, “Tú y tú, síganme…” señaló a Horacio y a Pardo su jefe, para que lo acompañaran, por ser los más llamativos visualmente. Eloísa y Sofía cuchicheaban al fondo sin entender, porque para esta última, aquel pueblo al que habían llegado, le había parecido tan bueno como cualquier otro, aunque a diferencia de cualquier otro, en este no había visto ni una señal o cartel que le diera nombre. “¡Damas y Caballeros, el increíble circo de Cornelio Morris, se presenta por primera vez en este hermoso pueblo, para brindarles a todos una…!” Cornelio se detuvo, nadie se había asomado de ninguna puerta, ni movido una sola cortina “Este sitio me resulta familiar” comentó Beatriz, restregándose los brazos como si sintiera frío, “¿Has estado aquí?” le preguntó Horacio, que era el que estaba más cerca de ella, la mujer se tomó unos segundos para responder, “No lo sé, no lo recuerdo, pero hay algo aquí que me resulta muy familiar” Pardo, que se había alejado unos metros ya regresaba, “La iglesia está completamente cerrada y vacía” Informó a los demás. “Este sitio me está dando escalofríos” dijo Beatriz, a su lado, Cornelio probaba su último recurso, “¿¡Hay alguien aquí!?” Gritar con su megáfono en cualquier dirección, pero al cabo de un par de intentos, finalmente se dio por vencido, “En este puto pueblo no hay un alma” gruñó, mientras apretaba el paso de vuelta a su circo, “¡A empacar todo de nuevo, muchachos! ¡Nos vamos!” Señaló.


León Faras.

lunes, 26 de octubre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

XXXIX.

 

Lo primero que hizo Horacio apenas salió de su jaula, fue curvar su espalda hacia atrás y hacia delante en busca de alivio en sus adoloridas articulaciones por no poder estar nunca completamente estirado en esa condenada jaula. Esta noche esperaba dormir en una cama, aunque no era sano fiarse de las buenas intenciones de su jefe. Cuando entró en la oficina, este consultaba su reloj con gravedad, como si el otro viniera llegando tarde a su cita, pero no le reprochó nada, “Siéntate…” le dijo. Horacio notó que habían puesto un burdo parche en el piso tapando el agujero que él había dejado. Cornelio ni le miraba, concentrado revisando unos papeles, de pronto, y sin motivo aparente, como si abandonara una búsqueda infructuosa, los cogió todos, los puso a un lado y se le quedó mirando a los ojos con los dedos entrelazados, “Decidí sacarte de ahí porque sé lo jodido que es tener que cagar y dormir dentro de una caja de zapatos…” Le dijo con tono grave, Horacio se atrevió a murmurar un “¿Lo sabe…?” Con un tono incrédulo que no le cayó nada bien a su jefe, “¡Claro que lo sé! ¿O acaso crees que la vida ha sido dura solo contigo?” Von Hagen se apresuró a negar, consciente de que su pequeño comentario no había sido nada inteligente. Cornelio se sirvió un trago para templar el ánimo, “Como decía, decidí liberarte porque me pareces un buen chico, pero hay un par de cosas que aclarar entre tú y yo, primero: me desafiaste al desobedecer una orden muy clara y directa de no darle de tu sangre al Curandero, si vuelves a hacerlo te romperé una pierna, ¿está claro? No hay nada en tu contrato que me lo impida” Horacio asintió, nada más podía hacer en ese momento. Todavía amaba sus dos piernas. Cornelio continuó, “Y segundo y más serio aún: rompiste un acuerdo que ambos teníamos…” “Yo no había tomado ninguna decisión…” balbuceó Horacio con poca convicción, Cornelio golpeó la mesa de pronto, como si hubiese querido eliminar una araña venenosa, al punto que hizo dar un respingo a Von Hagen sobre su silla, “¡Pero tampoco tuviste los huevos de rechazarlo!” Horacio se mantenía firme solo gracias a que estaba sentado, aun así se atrevió a justificarse de nuevo, “Era un precio demasiado alto” dijo, quitando la cara, como si temiera recibir un golpe, “Pero el premio lo valía, ¿no?” respondió Cornelio, abriendo unos ojos enormes e inquietantes, Von Hagen parecía empequeñecerse, “Aun así era muy alto… yo no puedo matar a un hombre…” “¿Estás seguro?” Inquirió Cornelio, y agregó, “¿A ninguno?” Horacio solo ocultó la vista sin atreverse a responder, su jefe se acomodó en su silla, dándose por satisfecho con la ausencia de respuesta. Luego de unos segundos de silencio agregó, “Tienes valor, Horacio, muy adentro, pero lo tienes… y no hay nada más impredecible que el valor en un hombre cobarde, y eso no me gusta” Horacio no sabía si aquello era una broma o un cumplido, “Yo le aseguro que…” Su jefe lo silenció con un gesto de su mano, “Mira Von Hagen… Por cierto, ¿de dónde coño sacaste ese apellido?” Quiso saber Cornelio sin ninguna razón, Horacio se encogió de hombros, “De mi abuelo” respondió sin orgullo, “Tu abuelo… ¿Qué diría tu abuelo si te viera ahora?” Era una pregunta que no esperaba respuesta, pero Horacio tenía una, “Nada, porque era mudo” Cornelio lo miró como si encima tuviera el descaro de tratar de burlarse de él, Horacio se excusó atropelladamente, “¡Es cierto! Un accidente le destrozó las cuerdas vocales cuando era joven” A Cornelio eso no le interesaba en absoluto. “Como decía, mira Horacio, te haré una advertencia, o una amenaza, tómalo como te plazca: podemos hacer que las cosas sigan como hasta ahora, haces tu trabajo, tienes tu comida, tu cama y nadie te molesta; o, podemos hacer que tu vida sea tan desgraciada que solo desearás la muerte, y te recuerdo que tu contrato te da derecho solo a una bala, que tú ya desperdiciaste. Tú decides si nos llevaremos bien, o nos llevaremos mal, ¿está claro?” A Horacio se le había acabado la provisión de palabras que traía, solo pudo asentir en silencio, su jefe también asintió, aunque mucho más breve, y después cogió sus papeles de vuelta, al cabo de unos segundos levantó la vista de nuevo para decir, “¡Lárgate!” Solo entonces Horacio se paró y se fue.

 

“Pensé que podría ver mi foto” protestó Eloísa, sentada de pies cruzados en el suelo de su tienda, como una joven gitana, frente a ella estaba sentada de manera idéntica Sofía, su nueva cómplice. “¡No, las máquinas modernas no traen papel dentro, traen un rollo de celuloide que guarda las imágenes para luego pasarlas al papel” Explicó la jovencita, “¿Qué es celuloide?” Pregunto la otra, Sofía negó estirando la cara, “No tengo ni idea” Confesó, simplemente era una palabra que le había oído mencionar a Vicente. Hablaron trivialidades por el estilo hasta tarde y luego Sofía se fue a su tienda a dormir. Le había mostrado su foto a Eloísa, en la que lucía como una adolescente igual que ella, la chica alada no entendía como aquello era posible pero pronto comprendió que era de la misma manera como ella podía tener alas. Decidió ayudarla bajo juramento de no hablar nunca y con nadie, sobre las fotos o sobre la cámara fotográfica que un día rondó, y también voló, por el circo. Con nadie, salvo Horacio, que ya estaba enterado de todo.

 

Un nuevo día, y un nuevo éxito total del circo, era una pena, pero esa noche debían continuar con su eterno pulular. Era seguro que, otro pequeño pueblo, no muy cercano ni tan lejano, los recibiría con el mismo entusiasmo. Llegado el momento, al atardecer, Sofía caminó con paso decidido rumbo a los mandos del camión de Eugenio, Cornelio quiso detenerla con la sonrisa que siempre tenía para ella, pero la niña había perdido buena parte de su manipulable candor, “Lo hice una vez, puedo hacerlo de nuevo” “Pero no es necesario” Respondió Cornelio con dulzura, mirando de reojo a Beatriz que no movía ni un pelo, “Para mí lo es, y tú sabes muy bien por qué…” La sonrisa de Cornelio se apagó como una cerilla, Beatriz lo miraba reprochándole con una de sus delicadas cejas empinada, que él mismo se lo había permitido en primer lugar. Sofía continuó, “Así que, si Eugenio está de acuerdo, no creo que haya problemas” Eugenio no dijo nada, en silencio se subió a su camión, pero por el lado del copiloto. Cuando los hermanos Monje hicieron su magia, la ahora, convertida en una muchacha, se bajó del camión y caminó hacia los acoplados, “Solo quiero ver algo…” dijo. Se detuvo en un punto en el que cogió un pliegue de lona para correrlo, “No creo que quieras ver eso…” Le dijo Eugenio, quien la había seguido. Eusebio, también se acercaba desde el otro camión. “Sí quiero…” respondió ella, y luego añadió, “…es mi madre” Al tiempo que abría un trozo de lona y veía el cuerpo desnudo y flacucho de Lidia, acurrucado en un rincón de su precario gallinero. Parecía que dormía, en realidad hibernaba, como todos los demás en el circo. “¿Quién te dijo que ella era tu madre?” Preguntó Eugenio, afectado. Sofía miraba largamente a la sirena que se había vuelto humana, “Nadie me lo ha dicho, pero yo lo sé, al menos sé que Beatriz no es mi madre. Además, basta solo con mirarla y mirarme, nos parecemos mucho” ”Es normal que las jóvenes se parezcan a sus tías…” El comentario de Eusebio había dejado con la boca abierta a la muchacha, aquel, luego de un rato lo comprendió, “¿…no lo sabías?” Sofía negó en silencio, pensando por qué nadie se lo había dicho nunca, “Entonces, ¿Lidia es la hermana mayor de Beatriz?” Reflexionó. Efectivamente, el rostro de la sirena acusaba más edad que el de su hermana. Los hermanos Monje se miraron largamente, como decidiendo quién debía responder, al final Eugenio lo hizo, “No, Beatriz es mayor, pero ella hizo un trato para no envejecer. Algo así como lo que te sucede a ti” La muchacha volvió a cubrir el hueco por donde espiaba a la sirena, como si de pronto hubiese sentido que no era correcto lo que hacía, “Pero yo no tengo contrato, ¿o sí?” Sofía miraba a uno y otro de los mellizos hasta que Eusebio hizo amago de querer hablar, “Creo que ya es hora de que te vayas enterando de algunas cosas…” le dijo, mirándola con los ojos pequeñitos, como si estuviera recibiendo una gran luminosidad, “…Tú eres la única en todo el circo que no tiene contrato, porque tú naciste aquí dentro, y eso te da un gran privilegio…” Guardó silencio unos segundos, como juntando valor para acabar lo que había comenzado, Sofía esperaba impaciente, “¿Qué privilegio?” Eusebio comprobó el inexpresivo rostro de su hermano, antes de terminar, “Tú eres la única que puede largarse del circo cuando te dé la gana y ni siquiera Cornelio puede impedírtelo” Concluyó el hombre.


León Faras.

viernes, 23 de octubre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

XXXVIII.

 

Beatriz se despertó, y apenas vio la claridad del día, supo que era más tarde de lo que debía, y lo confirmó cuando vio la litera vacía y desarmada de su hija, la cual regularmente, despertaba tan temprano como ella. Se aseó de prisa, se vistió con rapidez, y ordenó todo somera pero eficientemente, con la habilidad propia de las mujeres para hacer cualquier cosa rápido, cuando saben que tienen poco tiempo. Le sorprendió no haber oído los gritos de Cornelio organizándolo todo, lo que significaba que él tampoco se había levantado aún. Había asumido por sí sola el puesto de lugarteniente, para el cual, ella era la más indicada desde la muerte de Conde, por lo que, y sin que nadie se lo pidieran, decidió que era su obligación asegurarse de que todo estuviera listo lo antes posible, porque no era posible que no estuviera todo listo antes. Al poco andar le pareció oír la voz de su hija jugando tras la tienda de Eloísa, “¡Hazte más atrás! Ahí está bien, ¡No, espera!” Beatriz estaba segura de que esa niña ni siquiera se había vestido para salir a jugar y menos desayunado, caminó decidida para reprenderla, pero se detuvo cuando divisó la jaula de Von Hagen que todavía estaba cubierta con la lona, “¡Pero dónde está ese cretino que aún no prepara su número?” Aquello era más urgente, por lo que partió hacia allá castigando al piso con cada paso, pero a la mitad del camino, recordó que Cornelio había mandado a encerrar a Horacio en su jaula, y debió tragarse el discurso que ya recalentaba en su mente y con actitud amable, pero firme, como quien tiene tanta autoridad que no necesita alzar la voz para demostrarlo, le rogó a Pardo que cuando terminara sus deberes, se hiciera cargo de los de Horacio. Luego comprobó con desconfianza, que Román ya limpiaba con un trapo la caja de vidrio, madera y hojalata, en la que permanecía el inmutable Mustafá, “Sospechosamente eficiente” se dijo la mujer, y continuó animando con frases cortas y palmadas rápidas a los trabajadores que aún no acababan su desayuno. La Patrona se había despertado.

 

Cuando le pareció que ya todo estaba listo para comenzar a funcionar, Beatriz se dirigió a golear la puerta de la oficina de Cornelio, este salió de inmediato acomodándose el abrigo, como si en ese preciso momento ya cogía la manilla para salir. Le echó un vistazo a su reloj, un aparato que sin duda había tenido días mejores y que no le ofrecía total seguridad al momento de consultarlo y se lo guardó mirando al cielo para confirmar la hora que era. El público, que había quedado encantado el día anterior con las atracciones, regresaba en mayor número dispuestos a ver exactamente lo mismo cuantas veces fuera posible, pues sin duda no tendrían otra oportunidad en la vida, “Cuando terminemos, manda a alguien a que libere a Von Hagen y me lo envías a la oficina. Quiero aclarar un par de puntos con ese…” En ese momento se quedó callado, como si las palabras se le hubiesen evaporado en la boca. Una imagen un tanto absurda le provocó ese efecto: la pequeña Sofía se paseaba por el medio de todo el mundo, envuelta en una cobija que arrastraba por el suelo como el velo de una novia, y tal como una de estas, caminaba complacida sin dirigirle la mirada a nadie en especial, “Sofía, por Dios, ¡ve a vestirte!” Le gritó su madre, y luego debió soportar la mirada de desapruebo de Cornelio, quien aún no recuperaba el habla. La niña sí respondió, escuetamente, pero lo hizo, mas ni siquiera se dignó a mirarles. Media hora después, la mujer volvió a su tienda para encontrar exactamente lo que se esperaba. La niña aún no se había vestido, y el desorden que tenía se había multiplicado, “¿Se te perdió algo?” Beatriz tenía cierta habilidad para el buen cinismo, Sofía se volteó a mirarla con los ojos encogidos de rabia, confirmando todas y cada una de sus sospechas, “¡¿Dónde está?!” le increpó, “¿De dónde la sacaste?” Le respondió su madre con los brazos cruzados y sobreactuada calma, la niña rezumaba indignación por todas partes, “¡Nunca te lo diré!, ¡ni aunque me torturen!” Beatriz no pudo evitar soltar una sonrisa ante el exagerado dramatismo de su hija, “¡Ay, niña! ¿De dónde sacas esas ideas tú? ¿Quién te va a torturar a ti?” Y luego poniéndose seria, agregó, “¿Eugenio te ha vuelto a conseguir de esos libros raros que lees?” Sofía pareció sofocar parte de su cólera ante tal disquisición, pero pronto la recuperó, “¡Esos libros no son raros! ¡Y dime qué hiciste con ella?” La mujer caminó hasta su litera para sentarse, “No te lo diré, si no me dices de dónde la sacaste” fue su tranquila respuesta, su hija la miró con más rabia aún, si cabía, “Se la diste a él…” Se lo dijo arrastrando la voz como si las palabras estuvieran atadas a bolas de plomo, su madre lo negó en el acto, “¡Claro que no! ¿Qué crees que haría si le muestro tal cosa? Por eso es que necesito que me digas de dónde la sacaste” La mujer sonaba conciliadora, como quien quiere demostrar que sus intenciones son buenas, pero Sofía no estaba dispuesta a negociar, “Devuélvemela…” le dijo, y su voz era amenazante, demasiado para una niña tan pequeña, la mujer quiso insistir en su postura pero la niña se la cortó a la mitad, como si poseyera una espada capaz de tal cosa, “Devuélvemela, o te juro por mi madre que no volveré a hablarte nunca más…” Algo dentro de la mujer en ese momento se rompió, se humedeció los labios pero no soltó palabra, se puso de pie, sacó la fotografía de Lidia del bolsillo trasero de su pantalón y se la estiró a la que, hasta aquella misma mañana, era su hija, “Guárdala bien… por el bien de todos” le dijo.

 

“¿Cuánto más vamos a esperar?” Preguntó Damián, apoyado en la parte delantera de su furgoneta, perfectamente convencido de que aquello era una pérdida de tiempo, “Aún hay mucha gente, espera un poco…” Le respondió su hermano, alejado unos diez metros desde donde él podía ver el circo sin que se viera el vehículo. Desde donde estaba, también podía oír los gritos de Cornelio Morris a través de su megáfono anunciando a la distinguida concurrencia su última y más esperada atracción, sin lugar a dudas, la niña alada, esa era la señal que había acordado con Sofía, “Cuando Eloísa vuela, nadie tiene ojos para nadie más” Era el momento que la pequeña elegiría para escabullirse y devolver la cámara, y así lo hizo, demostrando que era de fiar, pero no se acercó hasta donde estaba Vicente, sino que abandonó el aparato a medio camino entre el circo y los hombres, de esa manera ella regresaba rauda sin meterse en problemas y el hombre recuperaba su cámara. Vicente dio un sonoro aplauso y soltó una carcajada, “¡Te dije que lo haría!” su hermano no lucía el mismo entusiasmo, “Date prisa y acabemos con esto…” Vicente cogió su cámara y tras comprobar con una sonrisa que estaba en perfecto estado, oyó una voz rasposa y desagradable que le decía, “¿Qué diablos es eso que tiene ahí?” Era el mismísimo Cornelio Morris, aún con el megáfono en la mano, que lo observaba desde los límites de su circo. Algo sobrenatural había en él sin duda, de otra manera no podía haberle descubierto, “Lo que ocurre señor, es que soy… entomólogo” Improvisó Vicente con una encantadora sonrisa, pero ante el mutismo de su interlocutor, agregó, “Me dedico al estudio y la clasificación de insectos…” Cornelio lo miraba en parte desconfiado y en parte confundido, Vicente continuó, “Esta es una caja de entomología, diseñada especialmente para el estudio y la clasificación de los insectos” repitió Vicente enseñando su cámara recién recuperada, la cual no parecía más que un cajón forrado en cuero marrón con una correa para transportarlo. Cornelio seguía observándole, con serias dudas sobre si aquel hombre le mentía o le decía la verdad y la situación se tensaba cada vez más, hasta que Vicente tuvo una arriesgada idea, “Tal vez usted pueda ayudarme…” Sugirió, metiéndose la mano a uno de sus bolsillos.

 

Más de media hora después, cuando Damián Corona ya estaba al borde del colapso nervioso, seguro de que encontraría a su hermano en una jaula de ese circo, convertido en lagarto y alimentándose de moscas por el resto de su vida, Vicente regresaba con una sonrisa de oreja a oreja, con la cámara en una mano y una abultada y pesada bolsa en la otra, “¡Santa madre de Dios! Creí que tú también acabarías convertido en una atracción de ese endemoniado circo, ¡Qué rayos te pasó?” Su hermano le alcanzó la bolsa mientras se montaba en el vehículo. Era dinero, la mayoría, monedas. No sólo había convencido a Cornelio Morris de que su cámara era una caja para guardar bichos raros, literalmente, sino que además tuvo la osadía de ofrecerle su precioso reloj, bajo la excusa de que “…debía seguir investigando, pero se había quedado sin fondos…” “Ese Cornelio se quedó encantado, le hubieses visto la cara, parecía un niño en navidad” Comentó Vicente, secándose el cuello y la frente con su pañuelo, porque había sudado más de lo normal, “Y todo por el bien de la ciencia…” Concluyó su hermano, que ponía en marcha el vehículo, encantado de largarse de una vez.


León Faras.

jueves, 22 de octubre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris

XXXVII.

 

“¡Pero en qué diablos estabas pensando? ¿Cómo es eso que le regalaste una de nuestras cámaras a una niña?” Damián estaba furibundo, no podía creer que con todo lo que ya llevaban perdido, encima su hermano regalaba su equipo de trabajo. Vicente trataba de justificarse, pero cuando su hermano se ponía así, no atendía razones ni escuchaba respuestas, solo escupía y escupía todo lo que se le venía a la mente, “¿Y me puedes explicar qué diablos ibas a hacer tú allá?, ¿acaso pretendías continuar con el trabajo por tu cuenta?” Vicente lo intentaba, pero su hermano le cortaba sus explicaciones a la mitad con una retahíla de reproches como una locomotora, “Sabes que a ese demente de Cornelio Morris no le gustan las fotografías, y tú vas y le das una cámara a una niña para que se divierta un rato, y luego, cuando se aburra o la estropee, la deje tirada por ahí y le diga a todo el mundo de dónde salió… ¡Hay que ser imbécil!, ¿no?” Cuando ya comenzaba de nuevo, Vicente comprendió que aquella discusión no iría a ninguna parte, si no hacía algo al respecto. Cogió a su hermano mayor, bastante más corpulento que él, por las solapas de su chaqueta, lo zarandeó, y luego lo arrojó sobre la cama, “¡Quieres callarte y escucharme de una puta vez!” Damián guardó silencio, pero sus ojos seguían arrojando chispas. No cualquiera podía darse el lujo de zarandearlo así y quedarse tan tranquilo. Vicente aprovechó para hablar “Esa niña de la que te hablé, no es lo que parece…” Le explicó lo que había visto en la fotografía, que en realidad se trataba de una muchacha bastante astuta e inteligente y al parecer muy amiga del hombre-mono. Que sí, él pretendía coger algunas fotos de lo que fuera, para no llegar con las manos vacías ante Bolaños, pero el ofrecimiento de la niña, era mejor, porque ella podía acercarse a las atracciones sin ningún problema, “…además, manejar esa máquina es tan sencillo que hasta un niño puede hacerlo, y tú lo sabes, sólo le expliqué algunos conceptos básicos de luz y enfoque, pero creo que lo comprendió bien…” Concluyó, sentándose al lado de su malhumorado hermano, este había pasado de la verborrea incontenible al obstinado mutismo, dos caras de una misma moneda llamada ira, Vicente añadió, “Escucha, si no recupero esa máquina antes de que termine el día, nos largamos y yo mismo la pagaré con mi dinero. No perderás nada con probar” su tono era conciliador, el de su hermano seguía tan seco como la boñiga de un camello, “Ve haciéndote a la idea…” Se recostó este, para dormir algunas horas, puesto que la noche había estado agitada y pronto habría que conducir de regreso, sin embargo, antes de cerrar los ojos, añadió, “Y vete haciendo a la idea de empeñar ese precioso reloj tuyo, o no nos alcanzará el dinero para la gasolina” Vicente acarició su precioso reloj de bolsillo, el primer gran lujo innecesario que adquirió cuando comenzó a irles bien. Empeñarlo. Sabía bien que ese día llegaría tarde o temprano, sólo esperaba que aquel sacrificio valiera la pena. También necesitaba dormir, pero antes tenía algo pendiente que hacer, había pensado que era una buena idea si alejaba la furgoneta de donde estaban y no sería malo si podía ocultarla un poco de los ojos de los demás. Algunos en el circo podían empezar a reconocerla y preguntarse por qué ese mismo vehículo aparecía adonde fuera que iban. Encontró un buen sitio no lejos de allí, en un bosquecillo cercano en el que el vehículo podía pasar desapercibido si no se observaba con demasiado cuidado. Buscó un cigarrillo en la guantera del vehículo, allí estaban las fotos que habían tomado en el circo la vez anterior, salvo la de la sirena. Las observó una por una, solo para terminar de convencerse del poco o nulo valor comercial que tenían y preguntarse una vez más, cómo era que su ojo, y el ojo artificial de una cámara fotográfica pudieran ver cosas tan diferentes. Un detalle llamó su atención, un detalle que estaba en segundo plano de una atracción que poco interés le había provocado en su momento, la luz no era buena allí, pero un caprichoso rayo de sol oblicuo lo hacía visible para el lente de su máquina, a pesar de estar metido dentro de una oscura, aunque deteriorada, tienda decorada como debe de ser la de un buen adivino que se precie de tal. Lo recordaba, incluso recordaba haberse sentido tentado a meterle una moneda y preguntarle por Liliana, una chica que le gustaba mucho, pero de la que parecía alejarse cada día más, pero no lo hizo, primero, porque estaba trabajando y segundo por un poco de miedo a la respuesta. Los augurios bien dichos, siempre terminan por cumplirse. Volvió a registrar la guantera de la furgoneta y consiguió una pequeña lupa, un objeto imprescindible en su oficio y observó la imagen con detenimiento; “Mustafá. Cualquier verdad a cambio de una moneda” Rezaba el cartel, pero eso no era lo que había llamado su atención, sino el rostro de este, se veía diferente, claramente podía verse que le faltaba la nariz, uno de sus ojos no era más que una mancha oscura, y algunas marcas en la cara podían interpretarse como dientes, dientes expuestos y no en una amistosa sonrisa precisamente. No era una imagen nítida, pero cualquiera que la estudiara lo suficiente, podía determinar lo mismo: aquel no era el rostro de un muñeco, sino el de un cadáver.

 

Román consultó su reloj, uno de los pocos que había en el circo y salió fuera de su tienda, bien peinado, pulcramente vestido y con su fina barba delicadamente delineada. La vida le había enseñado a cuidar el aspecto físico ante todo, sobre todo cuando se tenía un aspecto como el suyo. “¡Eh! ¿Y Cornelio…?” Le preguntó a uno que pasaba, este elevó los hombros hasta las orejas, y tiró de la comisura de los labios hacia abajo en un evidente gesto de no tener ni idea, “Parece que se fue de fiesta con la Patrona anoche, porque ella tampoco se ha visto esta mañana” fue el desvergonzado comentario que hizo el hombre ocultándose la boca de medio lado con la mano, “La Patrona” era el simpático apodo con el que llamaban a Beatriz cuando esta no estaba presente. El enano asintió con un gesto de la mano, liberando al hombre para que este pudiera seguir su camino. Volvió a consultar su reloj. Esa fiesta se había prolongado hasta tarde. Cuando hizo el amague de ponerse a caminar, se detuvo en seco, la pequeña Sofía venía entrando al circo desde un punto indeterminado, mucho más allá, una furgoneta negra se ponía en marcha. La niña venía envuelta en una manta de la que arrastraba casi la mitad por el suelo, se detuvo junto a la jaula de Horacio, el cual había logrado remover parcialmente, y con mucho esfuerzo, la lona que cubría su jaula, sacando los brazos por entre los barrotes. Allí Sofía le enseñó algo que traía oculto bajo su cobija, Román no lo pudo ver, pero no necesitaba hacerlo, estaba seguro de que se trataba de otra mascota abandonada que la niña había encontrado y que pretendía adoptar. Era una pena, pero los animales huían a la menor oportunidad del circo y la pequeña se quedaba triste sin su nueva mascota. Cualquier animal, menos las ratas, a estas no parecía importarles la enrarecida atmosfera dentro del circo mientras pudieran encontrar comida, pero a la niña no le gustaban las ratas como animales de compañía. Luego, la pequeña siguió su camino hasta introducirse en la tienda de Eloísa, claramente, si de un gatito o un perrito se trataba, aquella se convertiría rápidamente en su aliada. Las chicas eran así. Después de eso, el enano se fue donde lo esperaba Mustafá para atormentarlo un día más y extraerle parte de su vida.


León Faras.

lunes, 19 de octubre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

XXXVI.

 

Los hermanos Corona habían desistido de su intento de rapto y de todo lo demás también, porque sabían que esta vez no podían continuar persiguiendo al circo. Habían decidido abandonar a Perdiguero a su suerte y solo un milagro podía cambiar eso. “No debimos hacerle caso a ese hombre-mono, ¡esa era nuestra oportunidad! y ahora el imbécil de Diego, se pudrirá encerrado en una jaula como un perro con rabia, comiendo ratones hasta el final de sus días, ¡Y todo por culpa nuestra!” Alegaba Vicente, sentado en el suelo de la habitación que Pío les había alquilado, con un cigarro en la mano a punto de quemarle los dedos. Damián, sentado en la cama, se veía en estado deplorable: agotado, derrotado y avergonzado, por haber sentido auténtico miedo a la hora de seguir adelante con el rescate, “El hombre-mono tiene razón, piensa, ¿qué íbamos a hacer con él si lo sacábamos de ahí? ¿Qué le íbamos a decir a su familia?” Vicente forzó una carcajada, “¿Y qué le vamos a decir ahora, eh?” le reprochó, y luego agregó con ironía, “no se preocupen, que ahora Diego es la estrella de un circo de bichos raros, le está yendo muy bien ¡Maldición!” Se puso de pie, cogió su chaqueta y salió. Damián alcanzó a preguntarle a dónde iba, y Vicente murmuró algo parecido a “tomar el aire” antes de cerrar la puerta.

 

La pequeña Sofía se quedó observando la foto de Lidia harto rato antes de dormirse, gracias a la lámpara que su madre dejaba encendida por la noche, un lujo que ella y solo ella, podía tener, ya que los demás, incluso Cornelio, debían recurrir a las velas, o, en la mayoría de los casos, a pequeñas fogatas en las bocas de sus tiendas para no ser engullidos por las tinieblas en las noches más oscuras. La niña se preguntaba cómo era posible que al fotografiar a la espectacular sirena dentro de su enorme, y no menos espectacular, recipiente de vidrio, lo que obtuvieran fuera aquella triste imagen de una mujer, la que por cierto, se podía asegurar que era Lidia, desnuda, flacucha y encerrada en un precario corral que apenas y podría contener a un puñado de gallinas. Si esa era la verdadera Lidia, cabía preguntarse quién era la verdadera Sofía, la pequeña niña de todos los días o aquella muchacha que se reveló cuando los hermanos Monje hicieron su magia. Se levantó temprano, como siempre, y salió envuelta en una cobija. Su madre aún dormía. Afuera, varios hombres ya se desperezaban, se aseaban o preparaban el desayuno, era curioso, pero el dueño del circo todavía no daba señales de vida. La niña solo echó a andar. Cerca de ahí, en su tienda, Eloísa sacudía las mantas y los cojines, se hicieron un gesto amistoso con la mano al pasar, más allá, Pardo se lavaba la cara con el cuerpo doblado a la mitad en un incómodo ángulo agudo, se quedó mirándole curiosa sin dejar de caminar, hasta que tuvo que detenerse de improviso para no chocar de bruces con Eugenio, “¿A dónde vas tan temprano?” La niña le respondió con una sonrisa y encogiéndose de hombros, como diciendo que a ningún sitio en especial, de inmediato pareció encenderse, como quien recibe un golpe de corriente, “¿¡Me dejarás conducir el camión otra vez!?” El hombre no dijo nada, pero pronto empezó a menear la cabeza afirmativamente, “Claro, aún mi brazo no recupera toda su fuerza…” Le dijo, con un falso gesto de dolor y una sonrisa de complicidad, la niña le sonrió a su vez, antes de seguir su camino. Más allá estaba la jaula de Von Hagen, aún tapada con la lona. La niña sabía muy bien, como casi todos dentro del campamento, que no se debía irrumpir en las tiendas de los demás, sin llamar antes, y en este caso, la jaula era como la tienda de Horacio, “¿Estás ocupado?” Gritó la niña desde prudente distancia, el hombre de adentro respondió como sorprendido, como si el grito de la niña lo hubiese sobresaltado, “¿Eh? No, no… no” Se asomó por una rendija que la lona le permitía en una esquina, “¿Puedes mover la lona un poco de este otro lado, por favor?” Le pidió. Ciertamente, quitar la lona por completo, era un trabajo muy pesado para una niña tan pequeña, pero sí que podía abrirla un poco como si se tratara de una cortina, “¿Qué ocurre?” preguntó Sofía, Horacio miraba hacia el camino que corría a unos doscientos metros del campamento, una furgoneta negra se había detenido allí, “Esos tipos son unos testarudos, espero que no estén pensando en cometer otra locura como la de anoche…” Dijo Horacio, como pensando en voz alta, pero la niña quiso saber quiénes eran aquellos, y el hombre, aunque dudó al principio, finalmente decidió decírselo, después de todo, ya le había mostrado la foto de Lidia, “¿Ellos hicieron esa fotografía?” exclamó Sofía, y luego, soltando la lona despreocupadamente, añadió, “Nunca me han hecho una fotografía…” Horacio la quiso detener, pero la niña caminaba decidida hacia la furgoneta, donde estaba, el que parecía ser el menor de los hermanos.

 

Vicente organizaba y ordenaba el interior de su vehículo y la cantidad de artefactos y piezas que amontonaban allí, no porque necesitara ese orden para funcionar mejor o porque quisiera darle un aspecto más presentable, sino que lo hacía para tener su mente ocupada, y liberarse, al menos por un momento, de la frustración que lo había invadido, y la culpa por tener que dejar a su amigo Perdiguero abandonado. Una voz infantil que lo saludaba llamó su atención, era una chiquilla de aspecto avispado y cierta madurez de hablar que contrastaba con la graciosa cobija que la envolvía como si hubiese salido recién de su cama, una cama que ciertamente debía estar bastante lejos. Vicente no pudo menos que otear en todas direcciones para ver de dónde había salido, aunque el único lugar posible debía ser el circo, “¿Es cierto que tú puedes hacer fotografías?” le preguntó la chiquilla como si se tratara de una habilidad sobrenatural, el hombre, desconcertado, como si hubiese sido sorprendido en algo indebido por las autoridades, no supo más que balbucear un “¿Qué…?” La niña echó un ojo dentro del vehículo y luego añadió con una sonrisa ladina, “No te preocupes, Horacio es mi amigo, y no le diré a nadie que le tomaste una fotografía a Lidia” Vicente tuvo de pronto la absurda ocurrencia de intentar ocultar el interior de la furgoneta, pero de inmediato notó que aquello ya no valía de nada y solo pudo dejar escapar otro monosílabo, “¿Quién…?” Sofía rió divertida ante el evidente nerviosismo de un hombre adulto frente a una chiquilla, “¿Quién qué?, ¿Horacio o Lidia?” La niña claramente estaba jugando, no esperó respuesta, “Oye, ¿Me harías una fotografía a mí?” Vicente miró hacia el campamento, apenas había movimiento, “¿Tus padres saben que estás aquí?” preguntó, como queriendo tomar las riendas de la situación, la pequeña se puso repentinamente seria, “De ser así, sabrían también que tú estás aquí, ¿Piensas hacerle otra foto a Lidia?” Preguntó en tono de complicidad. Vicente estaba perplejo, esa chiquilla sabía demasiado, al final respondió resignado, “Me encantaría, pero dudo mucho que se pueda…” La niña miró hacia el circo, como confirmando que nadie la estuviera espiando, salvo por Horacio, que de seguro lo hacía, “Yo podría hacerlo por ti, si me enseñas cómo” sugirió muy seria y en un tono de voz muy bajo, Vicente la miró largos segundos como sopesando una proposición que ya desde el primer momento se le hacía disparatada, “No creo que sea una buena idea, pero te tomaré esa fotografía para que me dejes en paz, ¿sí?” La niña se puso erguida y sonriente, pero el hombre le señaló que se relajara, porque debía instalar un trípode, oculto del circo tras la furgoneta, en el que montaría un cajón enorme, como los empleados por los fotógrafos que se instalan en las plazas a fotografiar a los transeúntes a cambio de algunas monedas, el que tenía la facultad de tardar pocos minutos en otorgar una fotografía lista para llevar, diferente a sus máquinas modernas, que tenían la facultad de usar rollos para sacar varias fotografías a la vez, pero que debían ser reveladas en circunstancias mucho más apropiadas y especiales. Preparó los líquidos de revelado y fijado, y con los rayos de sol del amanecer le tomó una foto a la pequeña más orgullosa de sí misma a la que había fotografiado nunca. El proceso fue tan inocuo e insípido que fue igual a que no hubiese sucedido nada, “¿Ya está?, ¿ya está?” Preguntó la niña, como sintiéndose un poco estafada con la experiencia, el hombre le confirmó que sí, con la paciencia que solo la profesión da. El resultado estaría pronto.

 

La imagen poco a poco apareció al pasar de una de las pequeñas fuentes que la misma máquina contenía, a la otra. Vicente no vio nada extraño al principio, hasta que empezó a sacudir el papel en el aire para que este se secara, entonces se quedó boquiabierto. Al igual que con las fotografías anteriores, la imagen no correspondía con lo visto a través del visor. La niña tendría unos ocho años, pero la de la fotografía, era una muchacha, idéntica, pero que debía tener a lo menos el doble.


León Faras.