sábado, 30 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXII.

 

Horacio Von Hagen fue el último en enterarse de lo sucedido con Lidia, solo lo notó cuando Ángel Pardo le hizo señales por encima de la multitud de gente que siempre se reunía frente a la sirena. Llegó corriendo, pasando por entre la gente como por una estrecha grieta, el estanque tenía menos de un metro de agua, un par de escaleras instaladas para entrar y salir y a Lidia tendida en el fondo. No dudó en saltar dentro, se arrodilló a su lado y le cogió la mano en un esfuerzo inútil por hacer algo para ayudarla. Lidia flotaba en medio del agua, sin tocar el fondo, pero tampoco saliendo a la superficie, tenía los ojos cerrados, pero las branquias en su cuello se abrían y cerraban a un ritmo lento y lastimoso, lo que al menos significaba que seguía con vida. Sofía había notado lo mismo, por lo que había preguntado a gritos si había un médico entre la gente del pueblo, pero nadie le respondió, todos se miraron con la esperanza de que alguno supiera algo, pero todos sabían lo mismo: que en ese pueblo no había ningún médico y que el más cercano estaba en una pequeña ciudad a medio día de distancia a caballo, y así se lo dijeron y así se lo dijo ella a Cornelio, este quiso pensárselo unos segundos pero la muchacha insistió, “No la dejes morir ahí…” Fue un ruego, pero con sabor a amenaza, entonces Cornelio se dirigió a Beatriz, “Carguen todo y vamos por ese médico…” Luego agregó, “…tal vez, de paso, ese doctor me pueda ver a mí también” Pero nadie le oyó eso último, porque las mujeres ya habían salido casi a la carrera. Así fue como el campamento comenzó a ser montado en los camiones en las propias narices de los visitantes que no atinaban a moverse del lugar. Eloísa, que como siempre aguardaba escondida en su tienda para no arruinar la sorpresa de su aparición, se quedó sin actuar ese día y solo se enteró de lo que ocurría cuando su tienda comenzó a ser desmontada por los trabajadores, que ante la urgencia de la situación, levantaron todo en un tiempo récord. Sofía puso en marcha su camión sin siquiera esperar a que los hermanos Monje hicieran su magia, lo que estuvo bien, porque mucha gente aún los observaba con una mezcla de preocupación y desilusión mientras el circo se iba a toda prisa.

 

Gracias a la magia de los hermanos Monje, el tiempo que tardaran en dar con la ciudad en la que el médico atendía, no corría. Era una ciudad pequeña, efectivamente, pero bonita y ordenada, con sus casitas sólidas y uniformes y sus calles centrales pavimentadas. Tanto Beatriz como Sofía se adentraron en ella apenas se instalaron en las afueras, algunas personas que estaban cerca les miraban como a extraterrestres, porque aquellos camiones habían surgido de la nada. Preguntando con insistencia, llegaron hasta una casa en la que se podía leer en un cartel dorado, “Dr. Ignacio Ballesteros” Una mujer de mediana edad llamada Hortensia los atendió, llevaba delantal de enfermera y tenía esa calidez innata de algunas personas para tratar a otras, con toda congoja, les informó que el doctor no se encontraba, pues gran parte del día, se la pasaba visitando a sus pacientes incluso en los pueblos cercanos. Debió ser mucha la desolación en el rostro de las mujeres al oírla, o la suficiente como para que Hortensia se ofreciera a ayudarlas, “Yo no soy doctor, pero llevo muchos años cuidando y atendiendo enfermos junto a mi esposo. Tal vez yo pueda ayudarles” Sugirió con dulzura, Sofía ni se lo pensó para aceptar y Hortensia les acompañó. Lo cierto era que Hortensia, tenía una muy buena reputación en la ciudad, una mujer que conocía su oficio tanto como su marido, el doctor Ballesteros, del que había aprendido buena parte de lo que sabía. Por el camino le hablaron con prisa y poco detalle, que ellas pertenecían a un circo, que la paciente era una mujer y que se encontraba inconsciente, aunque respiraba. Lo del circo, no lo imaginó correctamente hasta que llegó allá y se encontró de frente al gigantesco Ángel Pardo que sobresalía muchísimo de entre todos, más todavía con el pequeño Román parado al lado, sin embargo, aquello no la sobresaltó tanto como ver de cerca a Eloísa, cuyas alas parecían tan reales que daban miedo. Apenas se recuperó de la impresión, le señalaron a la paciente: en un estanque de vidrio un hombre cubierto de pelo de pies a cabeza le sujetaba la mano a una mujer sumergida en agua. Hortensia no lo podía creer, “¡Pero cómo no va a estar inconsciente si está sumergida bajo el agua! ¿Por qué no la han sacado del ahí?” Exclamó espantada, Beatriz le explicó que no podían sacarla del agua porque su paciente era una sirena que vivía allí, en ese momento Hortensia estuvo a punto de recular, todo aquello le parecía un sueño demasiado extraño para ser cierto, pero Sofía le rogó que al menos le echara un vistazo. Pasada la impresión del primer momento, la enfermera respiró hondo y aceptó que estaba allí para hacer su trabajo, por lo que, sin dudárselo más, se encaramó en la escalera y se metió en el estanque. Lo primero que pensó fue en revisar el pulso de la sirena con los dedos en el cuello, pero sus branquias no se lo permitieron, por lo que lo hizo en la muñeca, eran débiles, como los latidos de su corazón, y como su respiración. La vida se le estaba extinguiendo ¡y no tenía ni idea de qué hacer con una sirena! No parecía sufrir dolor, ni tenía contusiones de ningún tipo, no parecía acusar ni un solo síntoma de alguna enfermedad conocida por ella, solo se extinguía como una vela, en paz, como si… Entonces tuvo una inspiración, había visto algo así alguna vez, no estaba segura de nada, pero al menos tenía una idea, “¡Necesitamos agua!” Ordenó, Horacio no lo comprendió, “Pero si se la acabamos de sacar cuando se puso así” explicó con timidez, Hortensia negó enfática, “No, no la misma agua. Hay un pozo en el pueblo, consigan agua allí, ¡Rápido!” Y luego dirigiéndose a Sofía que la miraba desde arriba, le gritó “¡Dame una cubeta!” Y mientras Von Hagen salía del estanque para hacer espacio, Hortensia comenzó a coger el agua y a volverla a dejar caer dentro desde una mediana altura, una y otra vez, ante las miradas de incredulidad de todos, “¿Qué está haciendo?” Preguntó Beatriz sin llegar a comprender cómo rayos eso podía servir de algo, Hortensia le respondió sin detener su labor, “Creo que se está asfixiando, a esta agua casi no le queda oxígeno” “No sabía que en el agua hubiera oxígeno” confesó Von Hagen, con la cara pegada al cristal. Luego de algunos minutos, Hortensia pudo comprobar que las branquias de Lidia empezaban a tener un movimiento notoriamente más vigoroso, y mientras el agua limpia y fresca del pozo comenzaba a caer dentro del estanque, la sirena abrió los ojos, estaba débil, con el oxígeno poco a poco esparciéndose por su cuerpo, pero al menos ya consciente. Miró con curiosidad a aquella desconocida a su lado, dentro de su estanque, y luego quiso examinar su alrededor, allí estaban todos aquellos a quienes ella podía reconocer, pegados contra los cristales observando cómo estaba. Hortensia salió empapada, pero llena de satisfacción, no olvidaría nunca el día en que atendió a una sirena, Beatriz la acompañó para pagarle por sus servicios, pero se quedó de piedra cuando vio a Cornelio Morris, de pie sujeto con un bastón a varios metros de su oficina, observando desde lejos lo que sucedía en el estanque de Lidia. Ambas mujeres tuvieron que ayudarle a regresar, Hortensia le ofreció sus conocimientos en salud, pero Cornelio los rechazó con acidez, “No se preocupe por mí, señora, yo solo necesito descanso, dígame ¿Cuánto le debo por su trabajo?” La mujer cobró y se fue, pero comprendió perfectamente la actitud de Cornelio, la había visto muchas veces antes, sobre todo al principio y le había costado varios años de trabajo que la valoraran sus propios vecinos, Cornelio Morris no había aceptado su ayuda, solo por el hecho de que ella era mujer.


León Faras.

miércoles, 27 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXI.

 

Cuando empezó a oscurecer, Urrutia y Vicente se dieron cuenta de que no llegarían al pueblo donde estaba el circo si no seguían conduciendo durante toda la noche, pero aun así les fue imposible, porque los caminos interiores estaban llenos de desvíos y bifurcaciones que no llevaban a ninguna parte ni aparecían en los mapas y que además eran muy fáciles de confundir, con lo que terminaron en un descampado en el que se podía ver cómo el mundo y el universo se mezclaban como uno solo, “¿Tienes alguna idea de dónde estamos?” Preguntó Vicente, encendiendo un cigarrillo, luego de bajar del vehículo para estirar las piernas y acomodarse la columna. Urrutia examinó los alrededores deteniéndose a su lado, luego negó con la cabeza, como cabreado “No se ve un carajo” dictaminó. A Vicente no le quedó más remedio que aceptar la respuesta, pues él mismo no podía distinguir nada más allá de la brasa de su propio cigarro.

 

Hacía muchos años que Eusebio Monje no era citado por Cornelio Morris a su oficina. Por la mañana, antes de que el circo iniciara sus presentaciones, Eusebio llegó allí. Al verlo, no pudo evitar un gesto de profunda preocupación, su aspecto era lamentable, “Deja de mirarme así que todavía no me he muerto” Gruñó su jefe, el conductor desvió la vista, pero no cambió su gesto. “Necesito que enfilen los camiones hacia Valle Verde” Eusebio entendió aquello, pero el problema era que, “…eso queda bastante lejos de donde estamos…” le explicó, pero Morris no necesitaba explicaciones, “No estoy diciendo que vayamos hacia allá directamente, sino que enfiles los camiones en esa dirección, ¿entendido?” Y luego de que Eusebio asintió, agregó “Tengo un asunto que resolver allí” Eusebio no tenía ni la más remota idea de qué asunto podía ser ese, pero tampoco era problema suyo, por lo que solo aceptó la orden con gravedad y se fue.

 

El debut de Sara como Blanca Salomé, fue de lo más improvisado y paupérrimo, porque de todo lo que tenían planeado, apenas pudieron conseguir una alfombra medio decente, una mesa, a la que debieron cortarle las patas para que tuviera la altura adecuada y un par de cojines para sentarse en el piso. También había una vela que le daba cierto ambiente, pero no estaba como decoración, sino porque el interior de la tienda de Mustafá era oscuro como una cueva, “¿Ya estás lista? La gente comienza a llegar” Le preguntó Román a la mujer que intentaba acomodarse sobre un cojín demasiado pequeño y en un espacio donde apenas cabían sus piernas, “¡No!” respondió angustiada, “¡Tienes que ayudarme! No tengo ni idea de qué hacer con esto” Agregó, mostrando las cartas que Beatriz le había dado. El enano recordaba la forma cómo la vieja Luciana leía las cartas, “¡Es muy simple! Solo tienes que tomar la baraja así, revolverla de esta manera y luego sacar tres cartas. Siempre son tres, ¡Así!” Y el enano hizo todo el proceso hasta dejar tres cartas sobre la mesa frente a Sara, las que esta miró maravillada, el enano se dio cuenta de aquello y espantado retiró las cartas de la mesa, “¿Lograste ver algo?” La mujer asintió encantada, Román soltó el mazo de cartas sobre la mesa como si de pronto le quemaran la mano, alterado, con la vena en la sien a punto de reventarse “Muy bien, ya sabes cómo hacerlo. Ahora me voy, tengo cosas que hacer” La mujer lo quiso retener con timidez, “Pero…” El enano la detuvo con ambas manos en alto y unos ojos enormes, “¡No me digas nada! No quiero saber qué diablos viste, solo… haz tu trabajo y yo haré el mío, ¿está bien?” La mujer se atrevió a insistir una vez más en un tono mucho más débil, “pero…” “¡NO!” la silenció Román, antes de salir enfadado y casi huyendo de la tienda.

 

“¡Acérquense por aquí, damas y caballeros! Ante sus ojos tienen una oportunidad irrepetible en sus vidas. Ninguno de los misterios del futuro puede ocultarse a sus ojos, ninguna llave del destino está cerrada para sus sentidos, ella conoce los planes del Creador para con cada uno de ustedes. Acepten el desafío de conocer su propio destino y lo que este les depara. Ante ustedes, la princesa del misterio, la reina de lo oculto e ignoto, el faro de los perdidos en la vida, la única y verdadera: Blanca Salomé” Una inspirada presentación de Román Ibáñez que rindió efecto entre los primeros visitantes que se acercaron interesados. Beatriz, que debía hacer ahora el trabajo de Cornelio con su megáfono, se contuvo impresionada con la elocuencia del enano. Román siguió animando a las personas a visitar los aposentos de la pitonisa o a continuar observando las múltiples maravillas del circo de rarezas de Cornelio Morris mientras veía los rostros de aquellos que habían visitado a Blanca Salomé, salir embargados bajo la contundente verdad de sus predicciones, algunas para bien, y otras no tanto. Al menos, algunos parecían hasta sonreír, pensó Román, lo que sí estaba claro y no necesitaba ser adivino para saberlo, era que a esta mujer le iría muy bien con los visitantes. Sin embargo, cuando todo parecía estar funcionando bien de nuevo después del incendio, otra vez algo se truncaba, como si la predicción de Sara, no hubiese sido solo para Cornelio, sino también para todo su circo. Sucedió ya a media tarde, cuando Beatriz presentaba a la fabulosa sirena, los telones se corrían y Lidia debía aparecer con toda su espectacularidad, pero no apareció. Beatriz no comprendía qué sucedía, hasta que alguien del público gritó, “¡Ahí! ¡Está ahí!” Y entre las brumosas aguas del estanque se pudo adivinar el cuerpo de Lidia flotando, totalmente inerte. Aquello no era parte del espectáculo, “Dios bendito, ¡Lidia!” Gritó Beatriz, arremetiendo con las palmas contra los cristales, en seguida apareció Sofía gritando por su madre, “¡Mamá, despierta! ¿Qué te ocurre? ¡Mamá!” sin importarle lo extraño que aquello sonaba para los visitantes. Al mismo tiempo, los hermanos Monje y Ángel Pardo movían a la gente que ya comenzaba a entender que algo malo estaba ocurriendo. Guiados por Sofía, algunos trabajadores trajeron una escalera para subirse al estanque y comenzar a sacar agua con cubetas para dejar una cantidad en la que se pudiera entrar, mientras Beatriz corría hasta la oficina de Cornelio Morris, terriblemente acongojada, imaginando lo peor. Cornelio parecía demasiado cansado para impresionarse, “No está muerta… créeme, si así fuera, yo lo sabría” Le dijo, haciendo un gran esfuerzo para sentarse en su sofá, en el que permanecía tumbado, “Tienes que ayudarla, tienes que sacarla de ahí” Le rogó la mujer, Cornelio la miró como si se hubiese vuelto loca, “Sabes muy bien que no puedo hacer eso… hay un contrato que…” “Pues, que firme otro contrato” Arremetió Beatriz, la que ya estaba hablando sin pensar, pero Cornelio estaba demasiado débil para enfurecerse como lo haría comúnmente ante la testarudez de sus subordinados, “Los pactos deben ser respetados, el contrato es solo uno y para siempre y tú sabes muy bien cuál es la única salida…” Beatriz lo sabía, pero debía haber algo más que se pudiera hacer. En ese momento irrumpió Sofía en la oficina gritando sumamente alterada, “¡Un doctor! ¡Necesitamos un doctor!”


León Faras.

lunes, 25 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LX.

 

Cornelio Morris, no sabía si creer o no en la predicción de Sara, pero lo cierto era que lo había cogido en un muy mal momento, pues, aunque no lo sabía con certeza, sospechaba que su recuperación física, no sería tan fácil ni tan rápida y también estaba consciente de que su sensacional empresa, hacía rato que solo se mantenía, sin crecer como lo hacía en un comienzo. El dinero que almacenaba en su baúl de madera y hierro, también parecía haber empezado a decaer, a pesar de que sus atracciones eran cada vez más espectaculares y que los espectadores jamás le fallaban, como si fuerzas misteriosas hubiesen hecho un agujero por el que se le escapaba su fortuna y le impedía su crecimiento como una enfermedad, sin embargo, no estaba dispuesto a rendirse y a permitir que un mal augurio lo arrastrara con él. Fuera cierta o no la habilidad de Sara, Cornelio no pensaba desaprovecharla, y ordenó que movieran a Mustafá de su tienda con decoración de brujería y misterio y que fuera acondicionada para que Sara la utilizara, para leerle el futuro a las personas que visitaban el circo, pero antes, y al igual que todas las atracciones en el circo, necesitaba un nombre que llamara la atención, así fue como nació “Blanca Salomé, la Princesa del Misterio” Su nombre más ingenioso hasta ese momento, y mandó a hacer un cartel con ese nombre. Cuando Beatriz le informó a Sara que se preparara, porque tendría su propia tienda para atender a los visitantes que quisieran conocer su futuro, que de seguro serían docenas, la pobre mujer reaccionó espantada, como si lo que le estaban proponiendo fuera una completa locura y una estupidez suicida, y el nombre que le habían puesto le daba vergüenza de solo leerlo, con toda esa pomposidad apabullante y ese título de princesa que en su vida se había imaginado tener, le parecía sencillamente demasiado. Beatriz le respondió sin conmoverse en lo más mínimo, que la decisión ya estaba tomada y que así sería, Sara protestó, “¡Pero si yo no soy nada de eso! ¡Les juro que jamás en toda mi vida he leído el futuro de nadie!” Insistía con testarudez, hasta que Ángel Pardo, que estaba a su lado, la cogió por los hombros con sus manotas, “Escucha, tú ves y entiendes cosas, que nadie más puede ver ¡Puedes hacerlo! Tú solo lo miras y lo sabes, sin ningún esfuerzo, como cuando supiste lo del incendio ¿recuerdas?” Sara lo miraba asustada, renuente. El gigante, en un arrebato de inspiración, cogió un pequeño puñado de maníes que tenía cerca y los arrojó al piso, “¿Puedes decir lo que ves ahí?” Preguntó, señalando al suelo. La mujer los miró brevemente, y al momento abrió los ojos sorprendida, como si una visión le hubiese golpeado los sentidos, luego miró a Pardo con angustia, y negó con la cabeza, el gigante escudriñó sus ojos, “Viste algo, ¿verdad?” Su tono era suave y confiable, Sara asintió con timidez, “Pero no quieres decir qué viste…” la mujer negó de forma apenas perceptible, Ángel Pardo aceptó eso, “Está bien, no tienes que decirlo, pero sabes que puedes ver el futuro en los demás y lo harás bien” Una vez que pareció estar un poco más convencida, Beatriz le alcanzó un mazo de cartas, “Dice Cornelio que pruebes con esto” Luego se dirigió afuera, donde Román y Horacio aún trabajaban en las reparaciones, “Y tú te encargarás de ayudarla al principio” Le ordenó al enano, señalando a la mujer, Román se opuso asqueado, “¡Qué? ¡Y por qué tengo que hacerlo yo?” protestó, Beatriz tenía respuesta para eso, “Te librarás de Mustafá por unos días” El cambio de actitud del enano fue drástico, “¡Cuenta con eso!” Respondió, mucho más conforme.

 

Por la noche, Beatriz le llevó una sopa de pollo a Cornelio, el mítico remedio para reconfortar el cuerpo y un alimento que Cornelio no probaba hacía muchos años, se la tomó con el ansia pasiva de los ancianos, eso dejaba en evidencia lo mal que estaba, también el hecho de que la hubiese dejado a ella de manera oficial como encargada del circo, hasta que él pudiera coger las riendas nuevamente, debía estar muy mal para cederle ese puesto a alguien. La mujer solo le respondió que él mismo estaría de vuelta organizando todo en muy poco tiempo, pero en el fondo no se lo creía ninguno de los dos. Sofía se fumaba un cigarrillo con desgano en la entrada de su tienda, más como un acto de consagración de su repentina y joven madurez, que por verdadero aprecio al acto en sí. Vio a su tía al regresar, su cara, era la del que ha visto algo tan malo que no es fácil quitárselo de la mente, la muchacha no pudo evitar preguntarle por la salud de Cornelio, “Se pondrá bien…” Respondió complaciente aquella, y su respuesta fue tan liviana e insatisfactoria, como un trozo de espuma, “¿Segura…?” Agregó Sofía, ofreciéndole el pitillo, Beatriz lo aceptó con agrado, “Es como si hubiese envejecido veinte años en un solo día” “Sé lo que eso se siente…” replicó Sofía en el acto, en un tono simpático, Beatriz sonrió cansada. Sofía continuó, “…tú lo amas, ¿verdad?” La mujer le dio una última calada a su cigarro y se lo devolvió, “Lo amé, más de lo que te imaginas, pero también aprendí a temerle mucho, lo que queda ahora, supongo que es una extraña mezcla de ambas cosas” Sofía asintió, dudando en hacer la siguiente pregunta, pero sintiendo como se prolongaba demasiado el silencio, al final la hizo, “El hijo que tuviste, ¿era de él?” Beatriz asintió en silencio, mirando al cielo estrellado, luego comentó, “Apenas nos conocíamos hace menos de un año. No fue ninguna noticia agradable de oír para él…” Eso no era nada extraño, eran abundantes los hombres que se desentendían cuando su pareja se embarazaba, y los mejunjes para abortar también eran frecuentes, aunque no siempre efectivos, eso Sofía lo sabía, pero lo que le interesaba era otra cosa, “¿Cómo murió?” Beatriz la miró largo a los ojos, como buscando el valor necesario para hablar, al final, su vista cayó al suelo, “No sé si debas saberlo…” Sofía se pegó aún más a ella para poder hablarle en un susurro, “Pero, tú quieres decirlo…” Los ojos de Beatriz se inundaron hasta rebosar en un par de gordas lágrimas cargadas con el recuerdo de su hijo. Resultaba extraño verla así, a la que siempre era la más fuerte y segura. Beatriz se resistió una vez más, Sofía ya no podía imaginar lo que había pasado con ese niño, “Oye, él era mi familia también. Hasta hace unos días ni siquiera sabía que tuve un primo y ahora, solo quiero saber qué pasó con él” Beatriz le echó un vistazo al campamento, las fogatas estaban encendidas y los diferentes grupos reunidos, apenas se oían voces o alguna risa aislada. Nadie circulaba por el campamento, “Prométeme que no se lo dirás a nadie” le dijo Beatriz, sorbiéndose los mocos y secándose las mejillas, Sofía apretó el ceño, pero asintió, entonces la mujer se lo dijo, “Todas las cosas que has visto en este circo, y muchas otras que no viste, las maravillosas y las no tan bonitas, todas provienen de un sacrificio que Cornelio hizo hace años…” Sofía tenía una vaga idea de lo que aquello significaba, “¿Sacrificó a su propio hijo…?” Preguntó con auténtico miedo en la cara, Beatriz se lo confirmó sin mover un solo músculo.


León Faras.

martes, 19 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LIX.

 

Gloria era una mujer de treinta años, casada hace seis con Damián Corona con el que nunca había conseguido tener hijos, lo que la hacía sentir cierta culpabilidad y apagaba aún más su reducida personalidad. Su marido, era poco el tiempo que pasaba en casa, aunque, al menos le quedaba el consuelo de tener cerca a su familia: su hermana y sus sobrinos por un lado y su madre y una tía por otro, a las que visitaba constantemente para no pasarse la vida sola. Aquel día, Damián llegó a casa apenas pasado el mediodía, lo que era completamente inusual, tanto que su mujer se espantó un poco, pues no le había dicho nada y ella nada tenía preparado, “Pero, Cariño, ¿por qué no me avisaste que venías? hubiera preparado algo de comer” Le dijo con la ternura que siempre tenía para él y para todo el mundo, probablemente surgida de su maternidad frustrada, él le respondió que no se preocupara, mientras recogía algo de ropa y la metía en una maleta, “¿Vas donde tu hermana?” le preguntó, al verla arreglada para salir, la mujer asintió, de hecho, estaba a punto de salir cuando fue sorprendida por su marido, “¿Piensas irte otra vez? Pero si acabas de llegar hace apenas unos días” le reprochó su mujer con un tono muy, muy leve de enfado. Damián la cogió por los hombros, “Es Vicente, me temo que se va a meter en un lío muy gordo si no hago algo por detenerlo” Gloria lo miraba a los ojos con la cabeza inclinada hacia atrás, él era notoriamente más alto, “¿Qué clase de lío…?” preguntó asustada. Nunca le había agradado del todo Vicente, al que consideraba un irresponsable que solo vivía para sí mismo. Damián no podía hablarle de las locuras que había visto en el circo, por lo que solo le habló de “gente peligrosa” con la que podía tener muchos problemas, “Escucha, te prometo que esta será la última vez, luego de esto, me dedicaré al negocio y a la casa. Te lo juro…” Aquello estaba lejos de ser alentador para su mujer, “Y esa gente, ¿puede matarte?” Le preguntó con verdadera angustia en los ojos, Damián no estaba completamente seguro de esa respuesta, dudó, y esa duda lo delató, “No, claro que no, no pienses cosas así, sabes que sé cuidarme. Ahora ve donde tu hermana, yo volveré en unos días, te lo prometo” Afirmó, con una confianza endeble y fingida, Gloria lo miraba como un cachorrito al que se le abandona en la carretera, el hombre no tuvo más remedio que devolverse desde la puerta y abrazarla, “Te amo, por favor no lo olvides” luego de eso se fue. Aquella, lejos de tranquilizarla, fue la despedida más preocupante que pudiera recordar.

 

“¿Pero estás seguro, hombre? porque esto no suena más que a una jodida locura” Exclamaba con el rostro apretado de preocupación el sargento Leopoldo Jiménez, mientras su compañero, serio y marcial, le presentaba su permiso para ausentarse por varios días de su trabajo. El cabo Orlando Urrutia asintió sin dejarse conmover por su superior, él era hombre de una sola voz, de decisiones firmes, que una vez tomadas, eran llevadas hasta el final sin dar un solo paso atrás. Al sargento no le quedó de otra más que aceptarlo, aunque muy poco convencido, mal que mal, aquel no era hijo suyo. Urrutia salió en su pequeño automóvil, el cual había adquirido ese mismo año, y que le quedaba levemente estrecho para su prominente porte y se dirigió hacia el pueblo que le habían señalado. Menos de una hora después de partir, se topó con una furgoneta negra averiada a la orilla del camino, su propietario, un hombre joven que a pesar de vestirse bien parecía haber tenido un muy mal día, registraba afanado las entrañas del vehículo, aunque con más instinto que conocimientos, y al parecer con poca fortuna también. Urrutia se detuvo junto al desafortunado para ofrecer su ayuda, que era lo que debía hacerse en esos casos. El hombre confesó que no tenía ni idea de mecánica, siempre le pareció un trabajo sucio en el que prácticamente se vivía cubierto de mugre. Urrutia examinó el motor y sus componentes con seriedad profesional, tiró con suavidad de un cable, comprobó la firmeza de una manguera y luego asintiendo con gravedad, dictaminó su veredicto, “Se ve mal, ¿Ah?” Vicente Corona también asintió, aunque sin saber a qué se refería exactamente, “Y usted, no es de por aquí” Afirmó Urrutia, conociendo muy bien a las gentes de los alrededores, Vicente negó. El problema era que por esos lugares, no encontrarían a ningún mecánico, “…la reina aquí, sigue siendo la carreta tirada por caballos, y a estos aparatos, nadie los sabe tratar” Explicó Orlando, invitando a su nuevo amigo a subirse a su auto para llevarlo a algún sitio, que era lo único que podía hacer. “Busco un circo que, según me han dicho, es sencillamente espectacular” respondió Vicente, cuando Urrutia le preguntó hacia donde se dirigía, este lo miró como si le hubiese dicho una revelación mística, “Sí, sí que es espectacular…” Aseguró el cabo, con los ojos llenos de convicción. Eso era lo que el fotógrafo esperaba, que aquel hombre supiera al menos de qué circo estaba hablando, “Yo también lo busco” confesó luego Urrutia, con tono de complicidad, pero cuando Corona preguntó para qué, Orlando se volvió quisquilloso en seguida, “Eso es asunto mío…” le respondió cortante, sin dejar espacio a más preguntas. La cuestión, era que Urrutia tenía una pista, una información para poder dar con el mentado circo de Cornelio Morris, y era que, como cualquier cosa que medio salga de lo normal en estos pueblos de vida tranquila, la noticia del incendio y la supuesta lluvia milagrosa, se había propagado como las pulgas en verano, por todas partes y tal incendio se había provocado en un circo que sin duda, no podía ser otro que el que ellos buscaban. Vicente solo cogió su bolso con ropa y dinero y el combustible que cargaba, y el resto lo abandonó junto con su furgoneta, la que no corría más peligro que el del mismo ambiente, porque, y el cabo Urrutia lo sabía mejor que nadie, en estos pueblos lo máximo que se podían robar era una gallina de vez en cuando o un par de membrillos de los que cría la gente en los cercos, “…de seguro que cuando vuelva, la encuentra igualita” Afirmó.

 

Según el mapa, el lugar del incendio estaba a menos de un día, aunque también había que considerar las condiciones del camino, sobre todo el de los interiores, los cuales podían ser traicioneros, sin embargo, con algo de suerte, podían dar con el circo antes de que este se moviera.


León Faras.

jueves, 7 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris

 

LVIII.

 

No mentía Sara cuando decía que zurcir se le daba realmente bien. Con las primeras luces de la mañana la gente se abocó a la tarea de reparar sus tiendas lo mejor posible, parchándolas con los trozos de lona que se salvaron, ya que en el pueblo en el que estaban según sus pobladores, las telas, fueran las que fueran, debían ser encargadas y podían tardarse hasta un mes en llegar, lo que no era de extrañarse en sitios tan alejados de la mano de Dios como los que solía visitar el circo. Sara unía trozos con más precisión que rapidez, sin importar lo grandes que fueran, como una máquina que no admite distracciones. Eloísa, a su lado, practicaba su costura con más voluntad que talento, quejándose constantemente de que las telas que a ella le tocaban eran las más gruesas o sus agujas las menos puntiagudas y distrayéndose con cualquier cosa, Sara la miraba con una sonrisita de complacencia, sin decirle nada, convencida de que la milagrosa lluvia había tenido algo que ver con ella. Cornelio Morris, no se movió de su oficina, según algunos, estaba jodidísimo, como si lo hubiesen agarrado tres gripes enormes al mismo tiempo y lo hubiesen dejado con todos los huesos adoloridos, según Beatriz, se recuperaría pronto, solo necesitaba descansar, mientras tanto, el circo no atendería a su público ese día, dejándolo por completo para reparar los estragos del incendio. Von Hagen recortaba los trozos de lona que eran necesarios para remendar, ayudado por Román Ibáñez, quien se había atado a la cabeza un pañuelo para enjugarse el sudor que le brotaba copioso al enano en la frente. El comentario obligado entre todos era que, según Eloísa, Sara podía predecir el futuro leyendo migas de pan, y no es que les costara creer aquello, porque Sara, habiendo firmado un contrato con el circo, algo raro tenía que salir de ahí, más bien, la discusión giraba en torno a quien estaba dispuesto a conocer su destino con semejante precisión. Román, aseguraba que no, porque con seguridad no le diría nada bueno, y prefería evitarse la angustia de vivir con la certeza de que algo horrible le sucederá y no poder hacer nada para evitarlo, “¿Entiendes? Dejas de vivir esperando que eso ocurra, y cuando piensas que ya no va a ocurrir, ¡Zas! Ocurre. Recuerda esto, Horacio: al destino siempre le gusta sorprenderte, por muy bueno que seas adivinándolo” Lo dijo circunspecto, como un abuelo que le da un importante lección de vida a su nieto, Horacio lo miró sin creerse ni pizca de lo que hablaba, “¿Y tú qué rayos vas a saber de eso!” El enano dejó lo que estaba haciendo y se enderezó a toda su escasa altura, con pose orgullosa “Probablemente muy poco, pero sí sé algo. Yo conocí a la vieja Luciana, la empleada de los Neira, descendiente directa de esclavos, ella leía las cartas en secreto a cambio de cualquier cosa de utilidad, tenía fama de bruja en todos los alrededores y yo fui a verla un día, solo, era muy joven, y quería saber lo que todo joven quiere saber…” Notó que Eloísa le estaba poniendo atención mientras tiraba de su aguja y quiso cohibirse, pero aun así continuó, “…le pregunté por el amor” Afirmó con gravedad, como si estuviera confesando algo vergonzoso, “Tenía la pueril esperanza de que me dijera algo bueno, y lo hizo, me dijo que había una mujer que me amaría, pero inmediatamente después me dijo que ese amor estaba condenado a terminar en desgracia, en ese momento pensé que eso era mejor que nada. Ya me había olvidado por completo de las palabras de la vieja Luciana cuando conocí a Amelia, y no volvieron a aparecer de nuevo en mi memoria hasta que se cumplieron. Como ya te dije, al destino le gusta sorprenderte” Horacio se quedó pensando, aquello era posible, pero no tenía que ser siempre así, y así se lo hizo saber, “Pero también pueden predecir cosas buenas, quiero decir, no puede ser siempre todo malo” Eso sonaba lógico, al menos para él, el enano le remarcó lo ingenuo que le había parecido el comentario con la sola mirada, “Tú no sabes mucho de adivinos, ¿verdad, Horacio? Entre los verdaderos adivinadores, y no los farsantes, los que anuncian tragedias son los más comunes, encontrar uno verdadero que anuncie venturas, es como encontrar una moneda marcada, arrojada al fondo del mar” “¿Y qué hay de los que anuncian tragedias y dichas por igual?” Propuso Eloísa, especialmente interesada, manteniendo su aguja suspendida en el mismo punto que antes, Román se encogió de hombros, “Si encuentras a uno capaz de presagiar venturas, entonces puede con las desgracias, la tragedia siempre es más fácil, decía la vieja Luciana” En ese momento llegó Beatriz, quien se estaba haciendo cargo de todo mientras Cornelio se recuperaba en su oficina, “Sara, ven conmigo un momento”

 

Cornelio Morris estaba tendido sobre su sofá, se veía como un estropajo sin fuerzas y con dificultades para respirar cuando Sara entró a su oficina, Beatriz entró luego y entre las dos tuvieron que ayudarlo para poder sentarse. Era la imagen de un hombre muy, muy mayor que luce agotado bajo el peso de la vida, incluso Sara que apenas le había conocido hace muy poco, se mostró afectada por su deteriorado aspecto, “Según me han dicho, puedes presagiar el futuro” Le dijo Cornelio, con una voz mucho más pausada que de común, Sara se había sentado en una silla frente a él, y tras una pequeña mesita de centro en la que no había más que un jarro y un vaso con agua. La mujer sonrió nerviosa, “¡Oh no, señor! Yo no sé nada de eso, y creo que, no podría nunca hacer nada parecido, señor” Cornelio y Beatriz se miraron, ambos habían oído las afirmaciones de Eloísa sobre la increíble predicción que la mujer había hecho del incendio, Beatriz, de pie junto a Cornelio, intervino, “Entonces, ¿cómo es que supiste que el circo se quemaría?” Aquello la ponía bajo la sospecha de que ella misma lo habría provocado. Sara la miró con rostro desvalido, “¡Pero si estaba tan claro que cualquiera podía verlo! ¡Yo no hice nada! ¡Cómo podría yo adivinar algo?” “¿Cualquiera podía verlo? ¿Cómo que cualquiera?” Preguntó Cornelio clavándole los ojos, los que ahora lucían unos capilares muy marcados, Sara asintió como una niña pequeña que asegura decir la verdad, “Sí señor, tan claro que se podía leer con un solo vistazo. Incluso yo, que nunca he sabido nada de esas cosas, lo vi de inmediato” En ese momento, Cornelio empezó a toser, como llevaba haciéndolo todo el día después del incendio, una tos de enfermo que Beatriz se apresuró a calmar con un poco de agua, cuando por fin la tos aminoró, la mesa había quedado salpicada por una pequeña multitud de gotitas de agua que Sara observaba con sobrada atención, “¿Lo ven? ¡Es evidente! ¿Es que no lo ven?” Beatriz la miró como se le mira a una loca, “¿Ver qué…?” le preguntó. Cornelio también parecía intentar buscar algo sobre la mesa donde Sara apuntaba con todos sus dedos, el rostro de esta pasó de la ilusión a la incredulidad y luego a la compasión, “¿De verdad no lo ven?” Aquello sonó más a un ruego que a una simple pregunta, “¡Ver qué…!” repitió Beatriz. Sara no podía entender cómo era que solo ella parecía ver algo que parecía estar escrito en un cartel. Las gotas de agua habían formado una constelación cuyas posiciones precisas eran muy claras, “Ya llegó a lo más alto, señor…” Le dijo a Cornelio con infinita lástima en los ojos, no por sus palabras, sino por la incapacidad de aquel de ver lo evidente, “…ahora solo le queda caer” Sentenció.


León Faras.

viernes, 1 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LVII.

 

Tal como Cornelio lo había dicho, el circo montó todas sus cosas en los camiones con el último rayo de sol, el que los acompañó hasta el lugar y momento en que debían armar todo de nuevo. Para Sara, fue su primera lección sobre lo extraño que podía ser el lugar en el que se había metido. Cuando llegó la hora de viajar y todo fue empacado y apilado en los camiones, ella se preguntó con curiosidad infantil dónde era que viajaban las personas, fue una horrible sorpresa darse cuenta de que las personas, trabajadores y atracciones se apiñaban en los pequeños espacios disponibles, de pie, pegados unos a otros y con pocas posibilidades siquiera de respirar. Creyó que moriría, que el viaje sería eterno, por muy corto que fuera, sin embargo, apenas unos segundos después las puertas de los camiones y acoplados volvían a abrirse, como si hubiesen oído sus pensamientos y reconsideraban la denigrante e inhumana forma de tratarles, solo que cuando volvió a salir, se trataba de un sitio completamente diferente; franqueado de álamos que antes no estaban y cubierto de hierbajos secos que tampoco estaban. Se dio cuenta con sorpresa de que la gente descargaba las cosas apenas haberlas montado arriba hace apenas unos minutos atrás y de que a nadie pareciera extrañarle que se hubieran movido a un pueblo completamente diferente, sin moverse en absoluto. Eloísa solo supo explicarle que los viajes siempre habían sido así en el circo, y que no había nada de que sorprenderse; como si se tratara de lo más natural del mundo y Sara le miraba con profunda preocupación, como a una pobre criatura cuya torpeza le impedía enterarse siquiera de lo que ocurre a su alrededor.

 

Y tal como Sara lo había predicho, el incendio se produjo, exactamente trece horas después de que lo anunciara y sucedió gracias a un rastrero viento nocturno de aquellos que no arrastran más que malos propósitos, como el aliento de Satanás, que avivó las inocentes ascuas de las fogatas que a esa hora se consumían pacíficamente como todas las noches, luego de que sus amos ya se hubieran retirado a sus camas. El fuego comenzó a devorar la hierba cercana, resecada por el sol y poco a poco se volvió más hambriento, encariñándose con las cajas, barriles e infinidad de lonas y rollos de sogas apilados por aquí y por allá, hasta comenzar a escalar también alguno de los arboles cercanos. Von Hagen se despertó al ver la preocupante y luminosa danza que se reflejaba en las telas de su tienda, era demasiado grande y demasiada la luz que proyectaba. Con una olla y una cuchara comenzó a despertar a todo el campamento junto con su compañero Ángel Pardo que no paraba de gritar “¡Fuego, fuego!” en todas direcciones. Eloísa despertó de pronto, como quien ha tenido que salir de un sitio muy, muy profundo, su tienda estaba siendo iluminada por una lengua de fuego que escalaba por los pliegues de la entrada, Sara también estaba despierta desde antes, pero estaba paralizada, incapaz siquiera de gritar, a pesar de que se moría de ganas de hacerlo. Una cubeta de agua le cayó encima desde afuera apagando el fuego y luego, la cara del gigante y una de sus manotas se asomaron para obligarlas a reaccionar, “¡Salgan, salgan!” Beatriz salía de su tienda organizando lo mejor posible a los trabajadores que luchaban contra el incendio, aun sabiendo que no tenían agua suficiente ni aunque usaran la de la sirena, mientras otros trabajadores luchaban por controlar a Perdiguero, quien estaba enloquecido con las llamas. Sofía corría hacia los camiones para moverlos, no solo por lo valiosos y necesarios que eran, sino también porque en uno de ellos estaba su madre. El pequeño Román golpeaba con desesperación el suelo con su chaqueta, haciendo lo posible por mantener el fuego a distancia de sus escasas pertenencias, una batalla que con solo verla ya se podía considerar perdida. Cornelio fue el último en salir a ver qué ocurría, y se quedó horrorizado, a esas alturas el fuego era incontenible y varias tiendas estaban comenzando a ser consumidas, entonces Beatriz le ordenó con autoridad, “¡Vamos, hazlo!” Cornelio no se movió, entonces la mujer lo increpó severa, “¡Tienes que hacerlo!” y Cornelio la miró ofuscado, como si le estuvieran obligando a hacer algo que no quería, pero luego volvió a encerrarse en su oficina. Momentos después, y mientras el fuego se volvía más y más poderoso y Sara se abrazaba a la cintura de Pardo, como una niña asustada se aferra a la cintura de su padre implorando a Dios un milagro, sucedió algo de lo más raro. Comenzó a caer agua del cielo, pero era una lluvia sin ninguna nube, en una época del año en la que, hasta las nubes eran cosa rara. Todos se voltearon a ver el cielo, plagado de estrellas, que parecían estar cayendo sobre sus cabezas en forma de gotas de agua. Para la mayoría, aquello era un fenómeno que solo se podía explicar con la rareza misma del circo que todos habían experimentado de alguna manera, aunque para unos pocos, entre ellos, Sara, aquello solo podía ser un milagro, un milagro gracias a que el circo contaba con un ángel de verdad, a pesar de que Eloísa, insistía en negarlo, con las plumas medio chamuscadas, y luchando por sofocar el fuego que consumía su tienda con una manta, con gritos que ya comenzaban a sonar con un buen grado de molestia, “¡Que yo no soy un ángel!” La lluvia creció en intensidad hasta sofocar las llamas, y cuando la última de estas se apagó, la lluvia se detuvo de forma tan inexplicable como había aparecido, en ese momento, un puñado de pobladores llegaba con cubetas, herramientas y un carro tirado por un asno con dos barriles de agua encima, alertados por el humo, pero se detuvieron en seco al ver la imagen de cómo todo el sector donde estaba el circo y todos sus habitantes, estaban empapados, con pozas en el suelo y pequeños lodazales aquí y allá, que podían ver gracias a las lámparas que portaban para iluminarse el camino y a que era una noche completamente despejada. Ninguno se atrevió a preguntar qué había ocurrido, parecía que había llovido, pero solo allí, lo que era completamente absurdo hasta de suponer, solo pudieron volver a sus casas decepcionados y confundidos, echando vistazos atrás de vez en cuando con la vaga esperanza de una explicación. Cuando Cornelio volvió a salir, se veía débil, hasta un poco más viejo, incluso cojeaba, una cojera que desde ese día, lo obligaría a usar un bastón por el resto de su vida, aquel milagro excepcional había tenido también un precio excepcional, un precio que probablemente no estaría dispuesto nadie a pagar dos veces, pero él sí, si es que con eso podía salvar su circo. Por la mañana, Eloísa le haría un comentario de lo más interesante: la increíble precisión con la que Sara había predicho aquel incendio. Después de todo, la mujer sí se había vuelto una atracción después de firmar el contrato.


León Faras.

domingo, 27 de diciembre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LVI.

 

Narciso Flores era un médico al que le iba bastante bien en la vida, aunque ya no era joven era un hombre atractivo, que mantenía un cuerpo atlético, una sonrisa seductora y un cabello rizado con la medida justa de canas. Asistía con sobrada regularidad al club social Del Rey, del que era miembro fundador y en el que no había ningún rey, por supuesto. Un club altamente exclusivo para caballeros con cierto nivel económico y cierta relevancia social superior a la media. Disfrutaba de un coñac y de un cigarro de hoja en uno de sus apartados privados, mientras esperaba a un buen amigo suyo con el que estaba planeando algunos negocios, pero el que llegó, era alguien a quien no se esperaba de ninguna manera. Había conocido a Cornelio Morris, o Julio Monte en esos años, hace bastante tiempo, y había entablado con él una amistad de aquellas basadas en adulaciones y castillos en el aire, pues Narciso se había dado cuenta en seguida de qué clase de persona era Monte. Tres palancas son las que mueven al hombre: el amor, el miedo y el dinero, pero siempre hay una que es la más dominante en cada uno, en el caso de Julio la más fuerte era la última. Hablaron sobre una mina, una en la que según los más expertos y experimentados hombres de mina, el oro estaba incrustado a puñados en las venas de la tierra y apenas a un par de metros de la superficie, ya que sus desafortunados dueños anteriores, habían quebrado estrepitosamente justo antes de alcanzar la veta, madre de todas las vetas y el oro aún permanecía allí, casi de rascarlo con la uña. Para Cornelio aquella era la oportunidad de su vida para coger todos sus ahorros, y multiplicarlos por mil, Narciso solo le hablaba de lo fácil que era enriquecerse con este negocio cuando se tenían datos así y Julio se lo creía todo. La verdad era que tal mina no existía ni mucho menos el oro, no era más que un terreno baldío adquirido a muy bajo costo por el club social y en el que un muy astuto miembro había convencido a unos incautos de invertir en la extracción de oro en ese lugar, con lo que se hicieron las primeras excavaciones, el engaño le resultó tan bien y tan lucrativo, que varios otros miembros habían usado la misma estratagema para estafar a quien lograran convencer y de esa manera, el agujero cada vez se ponía un poco más grande hasta que se derrumbaba y llegaba otro con sus jornales a volver a sacar la tierra con la ilusión de que el oro pronto saldría a borbotones. Para muchos de los miembros del club, aquello no era una estafa, sino un uso legítimo de la inteligencia, la astucia y las oportunidades para obtener beneficios de un terreno prácticamente muerto y motivo de orgullo y prestigio entre sus pares.

 

Cornelio Morris se presentó en el club social Del Rey vestido con soberbia elegancia, cubierto de anillos en los dedos y cadenas en el cuello, rezumando opulencia de tal manera, que nadie se halló capacitado para recordarle que él no era miembro. Narciso lo miró como a una aparición, aunque tardó algunos segundos en reconocerlo bajo toda ese alarde de lujo, “Julio, ¿Cómo estás hombre? te ves bien…” El médico hizo un gesto y al poco rato apareció un vasito de coñac frente a Cornelio, un coñac que se convertiría en el favorito de Cornelio Morris. “Le estaba buscando, amigo Narciso…” Le dijo, estrechándole la mano con fuerza, y luego agregó mientras se sentaba, “…para agradecerle” Narciso no parecía muy confiado, aunque se esforzaba. Con seguridad, el hombre que tenía en frente hace rato ya sabía que había sido estafado “¿Ah, sí? ¿Por qué?” preguntó, dándole una profunda chupada a su cigarro, Cornelio se metió la mano dentro de su abrigo y extrajo una bolsa de tela, de la que salieron tres o cuatro pepitas de oro muy puro, una de ellas, la más grande, la cogió entre sus dedos; era del tamaño de una almendra. Narciso la cogió con respeto y cuidado, y luego de examinarla muy de cerca, llamó al mesonero del club, un hombre llamado Estefan, silencioso, de gruesos antebrazos y cabello largo, con el anticuado aspecto de un pirata del siglo XVII. Estefan cogió la pepita y también la examinó concienzudamente, cuando el color le pareció el correcto, se la puso entre las muelas y le dio una suave mordida y acto seguido, apoyó una rodilla en el suelo y dejó caer el oro sobre el piso de mármol, dos veces. La limpieza del sonido era la prueba definitiva. Devolvió el metal con un gesto de que aquello era oro de verdad. “Julio, hombre ¿De dónde sacaste esto?” Le preguntó el médico, sin poder ocultar la admiración en los ojos y la voz, Cornelio sonrió, “¿Pues de dónde va a ser…?” respondió con fingida emoción, “…de la mina que usted y yo comenzamos a trabajar…” Aquello era imposible, pensó Narciso, esa mina era tan falsa como su sonrisa cuando le vio llegar, nunca había arrojado ni medio gramo de nada valioso, aunque el oro de Julio Monte era real y también su ostentoso atuendo cargado de finas joyas, pero aun así, algo no estaba del todo bien. Cornelio Morris añadió, siguiendo con su narración “…el problema, estimado Narciso, era que estábamos cavando en la dirección incorrecta, ¡Cuando el oro siempre sigue la línea de las aguas!” Dijo, maravillado, como si aquella fuera una de esas fantásticas verdades ocultas a plena vista. Continuó, “…un par de dinamitazos en la dirección correcta, y el oro comenzó a brotar como el agua en las rocas de la Biblia” Narciso se negaba a creerse esa historia, pero miraba el oro entre sus dedos, y este le convencía con la dulzura de una mujer, “¿Quiere decir que aún está usted trabajando esa mina?” Le preguntó muy bajo, cuidándose de no ser oído por nadie más, Cornelio le siguió el juego, hablando casi en un susurro, “Cuando usted se retiró, yo decidí seguir un poco más, ya sabe, para no irme con las manos vacías. Más o menos un mes después, sucedió el milagro, y desde entonces no ha parado de salir…” Narciso quería creer, como un niño al que le leen un cuento fantástico antes de dormir. Cornelio continuó, “…el problema, amigo Narciso, es que no pasará mucho tiempo hasta que la noticia del oro se expanda, y nos llenemos de papanatas ambiciosos dispuestos a cualquier cosa con tal de coger un trozo del pastel. No podemos permitir eso, por eso estoy aquí, para pedirle que volvamos a ser socios, ¡Quién más que usted se merece todo el éxito de esta empresa!” Narciso tomó una decisión, debía averiguar si era cierto lo de la mina o de dónde había salido aquel oro, aceptó con la más seductora de sus sonrisas, mientras Cornelio le extendía un contrato como socio. Luego Narciso iba a pedir un par de coñac para celebrar pero Julio lo detuvo, sacando una pequeña botella del interior de su chaqueta, “Tome esto, amigo Narciso, le aseguro que no ha probado antes nada igual” Le dijo, llenándole el vaso para brindar. Para mayor muestra de sus sinceras intenciones, Cornelio le dejó a Narciso el oro que había traído, el médico no podía estar más feliz en ese momento.

 

Al día siguiente, Narciso fue incapaz de levantarse de la cama, comenzó a debilitarse rápidamente, su cuerpo perdió peso y tamaño mientras los esfuerzos de sus colegas médicos eran infructuosos. La vida se le escapaba inexorablemente, como la arena en un reloj de arena. Al momento de su muerte, su cambio había sido horrendo y dramático, estaba irreconocible, demacrado, seco y avejentado. Cornelio aguardó pacientemente el momento justo para exhumar su cuerpo del cementerio sin que nadie lo viera, con la ayuda de los hermanos Monje, luego cogió el exangüe cuerpo de Narciso Flores y se lo llevó. Siguiendo las instrucciones de David Franco, le cosió los párpados, las orejas y luego de meterle un extraño líquido por la boca, le cosió los labios. Narciso estaba muerto, pero no completamente muerto, aunque jamás volvería a estar vivo como antes. Lo metió con una llave colgándole del cuello dentro de una bonita caja de madera con la cerradura por dentro; ridículamente pequeña para un hombre adulto, pero suficiente para él, en el estado en que había acabado. Dejó de llamarse Narciso Flores para llamarse el Curandero, un ser con la capacidad de coger con los dedos cualquier enfermedad en su forma más etérea, del cuerpo de cualquier persona, para sacarla y absorberla hasta hacerla desaparecer. Cornelio Morris, finalmente, se había vengado.


León Faras.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LV.

 

No era nada sencillo explicarle a alguien la situación dentro del circo, y como era que personas normales acababan convertidas en fantásticas atracciones por arte de magia. Ya estaba entrada la noche y el grupo seguía tratando de hacerle entender a Sara el hecho de que si firmaba un contrato, dejaría, física y mentalmente, de ser la persona que era para convertirse en otro ser, el cual era imposible de anticipar. Al parecer, la transformación tenía más que ver con el trasformado que con el trasformador, es decir que el resultado final estaba influenciado por lo que la persona sentía, deseaba o temía en el momento de firmar el contrato, de ahí que los resultados fueran tan dispares. Sara no podía imaginar cómo era que Eloísa podía tener esas alas o que Ángel Pardo hubiese tenido una estatura normal alguna vez, e insistía en que ella jamás podría ser una atracción del circo y que solo pretendía trabajar en él, en labores que conocía bien, como zurcir calcetines, lavar camisas o la cocina para grandes grupos de personas que también se le daba bien. El tema de los trabajadores del circo fue ratificado por Román, quien pasaba mucho tiempo con ellos jugando a las cartas o consiguiendo cosas que intercambiaban por más cosas. Todos ellos tenían historias de vidas pasadas ultimadas abruptamente, y la certeza de una tumba con su nombre en alguna parte, todos aseguraban haber dejado de soñar mientras dormían sin ningún motivo y que tanto el hambre como el libido se habían convertido en necesidades opacas y tristemente débiles. Alfredo Toledo era uno de los que había contado su historia, y cómo el camión en el que él era el copiloto, se defenestraba puente abajo, en el momento en que Cornelio lo reclutó. Había visto la muerte a los ojos, y tan de cerca que ya no estaba completamente seguro de seguir vivo. Sara rió, aquello era lo más absurdo que había oído en toda su vida, pero nadie rió con ella. Se puso de pie y salió a contemplar el cielo, el infernal sol ya no estaba y en su lugar había una miríada de estrellas, “Entonces solo debo firmar un contrato para quedarme…” consultó los ojos de Ángel Pardo, “¿…no?” El gigante asintió. Aún lucía preocupado, la mujer asintió conforme, “Entonces lo haré” dijo. Aquella noche se quedaría con Eloísa en su tienda, al menos ya no creía que esta fuera un ángel de verdad, pero estaba convencida de que, por algún extraño capricho de Dios, la chica había nacido con ese hermoso par de alas pegadas a la espalda y le preguntaba una y otra vez, cómo habían puesto la cara sus padres al verla nacer así y Eloísa, una y otra vez le repetía que ella no había nacido así, Sara aseguraba que entendía, pero no entendía nada.

 

Al día siguiente, cuando Horacio y Ángel Pardo salieron de su tienda, aún a medio vestir, Sara estaba plantada fuera de la oficina de Cornelio esperando pacientemente a ser atendida. Desde su tienda, Eloísa asomaba su cabeza despeinada sin entender en qué momento su compañera nueva se había levantado. Cornelio se la encontró ahí mismo, parada recta, radiante, absolutamente convencida de lo que iba a hacer, “Vengo a firmar el contrato para trabajar aquí, para usted” le espetó con convicción. Cornelio se encogió de hombros y la dejó pasar, “Muy bien. Así que al final quieres ser una atracción de…” La mujer lo interrumpió alegremente, “No, no, si yo no tengo ninguna gracia para ser atracción de nada. Yo lo que quiero es trabajar, que para eso sí que soy buena” Cornelio la miró sin muchas ganas de discutir. Si tanto empeño tenía en quedarse en el circo, él no iba a persuadirla de lo contrario. Una nueva atracción siempre era algo bueno para el negocio. Cogió el contrato y se lo puso en frente, “Pues bien, ahí lo tienes. Firma y podrás quedarte” La mujer lo hizo sin pensárselo, “¡Muchas gracias señor!” Le dijo, y se fue tan contenta como había llegado. Afuera estaba Horacio y Pardo esperando con nerviosismo a ver qué cosa salía de la oficina, pero cuando sucedió, no era más que la misma mujer que antes había entrado, “¡Ya está!” Les dijo sonriente, y se encaminó hacia la tienda de Eloísa donde estaban sus cosas. Los dos hombres se quedaron mirando confundidos, al poco rato, Cornelio apareció en la puerta de su oficina con la misma cara, tampoco parecía entender qué había pasado, “Esto nunca antes había sucedido” Admitió.

 

En ese mismo momento, Vicente Corona entraba al estudio de fotografía donde ya estaba su hermano preparándolo todo para ponerse a trabajar. Cogía diferentes objetos de aquí y allá y los metía en un gran bolso que cargaba en la mano. Damián lo observó sin interrumpirlo hasta que pareció que ya había terminado, “¿Y tú qué rayos haces?” le dijo con cara de cabreado, como oliéndose que no le gustaría nada la respuesta, “Voy a buscar el circo y a ver con mis propios ojos si el hombre de la jaula es Perdiguero o no” Respondió Vicente, en un tono que no dejaba lugar a réplicas. Damián lo miró incrédulo, “¿Qué?” Sinceramente pensaba que no hablarían de Perdiguero al menos por algún tiempo. Vicente continuó mientras se montaba el bolso al hombro, “Sé dónde estuvo la última vez, los buscaré a partir de ahí. Lo siento, pero yo no puedo quedarme tan tranquilo como si nada” Y luego, aprovechando que su hermano no tenía palabras, agregó, “Me llevo la furgoneta” Y se fue. Damián golpeó el mesón con su puño, pero además de eso, no hizo nada.

 

Eloísa tampoco entendía muy bien lo que había sucedido con Sara, quien había entrado a su tienda, con total naturalidad, y empezado a clasificar la ropa de la chica seleccionando aquella que necesitaba de alguna costura, ya que las habilidades de Eloísa para manipular las agujas, dejaban mucho que desear. Eloísa bebía una taza de espumosa leche con galletas que le había regalado Sofía y observaba a la mujer que parecía no haber cambiado en nada, “¿Y dices que firmaste el contrato?” preguntó con desconfianza, como si algo no le encajara del todo, Sara parecía totalmente satisfecha consigo misma y con el mundo en ese momento, “¡Claro! Ya puedo quedarme en el circo” La chica insistía en observar a la mujer pero es que no le había cambiado ni una sola uña. Cuando Eloísa terminó de comer, Sara la apartó casi con autoridad materna, “¡Deja eso, niña! yo lo recojo, que para eso estoy trabajando” Aquello no era necesario, pero la muchacha obedeció sin abrir la boca, como si la mujer siempre se hubiese dedicado a eso. Sara cogió la taza y se quedó mirándola largo rato, como si hubiese algo muy interesante en su interior, “¡Vaya, pero cuántos admiradores tienes!” Exclamó sin venir al caso para nada. Eloísa la miró extrañada, le parecía no haber entendido qué le había dicho, Sara agregó, “…pero hay uno que está muy interesado en volver a verte” La muchacha se le acercó mirándola de medio lado, evidentemente la mujer actuaba muy raro, “¿Viste eso dentro de la taza?” preguntó con miedo a sonar tonta, “En la espuma de la leche, y se ve tan claro que no entiendo cómo es que nunca antes lo había visto ¡Mira!” Eloísa miró, pero inmediatamente se sintió como si le estuvieran tomando el pelo, adentro de la taza no había nada más que unos espumarajos medio pegados sin sentido. Definitivamente Sara era una mujer muy rara. Se despidió con cualquier excusa sobre algo que hacer en otra parte, mientras la mujer estudiaba el suelo con exagerado interés, “¡Por Dios!…” exclamó admirada, mirando las migas esparcidas por el piso, “…se ven tan claras como las estrellas en el cielo” Eloísa se detuvo en la salida, no pudo evitar preguntar qué era lo que estaba viendo, la mujer respondió en el acto, “Fuego, veo fuego como el de un incendio”


León Faras.

jueves, 17 de diciembre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.


LIV.

 

Averiguaron que la mujer se llamaba Sara, que ya no soportaba vivir un día más en ese pueblo bajo las imposiciones de Federico Fuentes y su asfixiante y rígido comité de religiosos radicales, de los cuales uno era su madre, capaces de arrancarse un ojo si con eso creyeran complacer a Dios, y del que llevaba mucho tiempo pensando huir sin saber cómo ni a dónde, hasta que llegó el circo y vio la bondad en los ojos de Ángel Pardo y supo que aquel era un hombre en el que se podía confiar, entonces tomó la decisión más arriesgada de su vida, huir de su casa e irse con el circo durante la noche. Cogió lo que pudo y se escabulló aprovechando la consternación general por la visión del ángel, mas cuando logró salir del pueblo, el circo ya se había ido. Hasta ese momento, aún podía regresar y nadie lo notaría, pero se aferró a la decisión tomada y sobre todo a la esperanza. Más que nunca, debía confiar. El amanecer la sorprendió en un camino desierto, con sembradíos enormes a ambos lados, la gente poco a poco aparecía a hacer sus labores diarias. Aunque preguntó muchas veces, nadie había visto pasar los camiones del circo, aquello tenía sentido, en casi todas partes, la gente llevaba un ciclo de sueño anclado al de las gallinas, ella misma durante la noche no se había encontrado con ningún alma en el camino, aunque había dormido someramente solo por un par de horas. A esa hora de la mañana ya se habrían dado cuenta en su casa de su deserción, una de las faltas más graves dentro de la comunidad, una que podía incluir el repudio por parte de su propia familia. Una falta que solo se purgaba con eternas y humillantes penitencias. Aquello era como conocer el camino de Dios y rechazarlo, cambiarlo por la vida fácil de los desvergonzados que no le temen al Todopoderoso. No, no tenía vuelta atrás. Se emocionaba cada vez que encontraba a alguien que le decía maravillado haber visitado el circo en tal pueblo y se desmoralizaba cuando llegaba a dicho pueblo y no encontraba nada. Tuvo un golpe de suerte cuando un muchacho le contó que la policía había visitado al circo y les había ordenado que no se alejaran demasiado, por lo que el circo estaba cerca ¡Y lo encontró! Una noche, cuando se sentó a descansar luego de haber estado caminando todo el día, lo vio a la distancia, en la oscuridad se encendieron fogatas y se iluminaron las tiendas y los camiones. Estaba lejos y demasiada oscura la noche como para acercarse, por lo que se durmió ilusionada. Al amanecer, cuando ella despertó, el circo ya se había ido, con la desfachatez de una bofetada de revés en la cara, como si solo hubiese soñado con verlo. Estaba hambrienta y había pensado que encontraría el circo antes de verse en la obligación de tener que pedir algo de comer, pero nunca llegaba a tiempo, y comenzaba a sentir que se había equivocado, que Dios en persona desaprobaba su decisión y la hundía a punta de frustraciones. Entonces sucedió el milagro, tal como el sol que sale tras la tormenta, un carretero le señaló el lugar exacto donde se encontraba el circo en ese mismo día, otro señor que transportaba forraje en un carro pequeño tirado por un burro, se apiado de su triste apariencia derrotada y la llevó sentada sobre el forraje por algunos kilómetros, hasta el sendero que la llevaría al pueblo que le habían señalado. Aquel era un día especialmente caluroso, tanto, como para hacerle olvidar el hambre a un hambriento. No tuvo fuerzas ni para alegrarse cuando por fin lo vio al alcance de la mano, se adentró en él y se rindió con el orgullo de la misión cumplida, “…así fue como llegué hasta aquí” Señaló, mucho más recuperada, luego del sándwich de cuero de cerdo frito que le consiguió Román, junto con un vaso pequeño de aguardiente para regular la circulación y templar el ánimo, según se decía, y una buena cantidad de agua, porque la deshidratación, más que el hambre, la había derrotado al final, sin embargo, en ese momento algo llamó su atención en la entrada de la tienda, exclamó un “¡Oh, Dios mío, está aquí!” Y se desvaneció como si le hubiesen pulsado un botón de apagado, Horacio hizo el amague de intentar evitarlo, pero por supuesto, no lo consiguió. En la entrada estaba Eloísa, con los ojos como plato luego de provocarle un desmayo a una completa desconocida, “¿Y esta señora quién es?” Preguntó asustada, como quien ha provocado un accidente, “¡Genial! ¡Acabábamos de despertarla!” Exclamó Sofía con sorna. Mientras esta le contaba la historia a la recién llegada, Pardo se acercó al oído de Horacio, “¿Y ahora qué vamos a hacer con ella?” Preguntó preocupado. El enano se bebía su dosis de aguardiente correspondiente, “Si no quiere volverse a su casa, tendrán que hablar con el jefe, tal vez la convierta en una giganta” Sugirió con picardía, pero la mirada fulminante de Pardo, muy poco común en él, le borró la sonrisa maliciosa, “Está bien, no tienes que poner esa cara, pero es lo que hará, ¿no? Si la deja quedarse, la convertirá en atracción” Horacio estaba de acuerdo en que lo único que podían hacer era hablar con Cornelio y ver lo que él les decía, y estaba dispuesto a hacerlo, pero Pardo lo detuvo con una de sus manotas, “Yo lo haré…” dijo.

 

Ángel Pardo nunca había entrado a la oficina de Cornelio, nunca lo había necesitado, pero ahora que debía se dio cuenta de que no cabría dentro ni parado ni sentado. Cornelio lo atendió de pie en la puerta con forzada paciencia, “¿Qué quieres, Pardo?” Pardo, con extrema humildad, parecía tener dificultades para encontrar las palabras, más bien parecía haberse olvidado de ellas, Cornelio mostró impaciencia y el gigante se animó, “Señor, yo nunca le he pedido nada, nunca he tenido problemas con nadie y siempre hago mi trabajo lo mejor que puedo…” Era verdad, si había alguien en el mundo del que Cornelio no tenía nada de qué quejarse, ese era Pardo, pero su discurso era un auténtico fastidio, “Al grano, Pardo, ¿dime qué diablos quieres? Estoy ocupado” Pardo tragó saliva, sumamente espesa, por cierto, no era la persona más adecuada para hacer eso, pero ahí estaba, “Señor, quiero pedirle algo…” Le explicó que la mujer les había advertido del ataque de Federico Flores, que no podía regresar a su pueblo y por las penurias que había pasado para llegar hasta aquí, “¡Está aquí?” Lo interrumpió Cornelio, “Sí, señor…” Respondió Pardo, y agregó, “…y quería preguntarle si quizá, usted, podría dejarla quedarse, como trabajadora” “No puedo hacer eso” Replicó Cornelio, terminante, Pardo se atrevió a insistir, “Pero, Señor, seguramente sabe cocinar, puede remendar la ropa de todos o asear, será útil, creo que…” Cornelio lo hizo callar aleteando las manos, “No puedo hacer eso, porque todos los trabajadores aquí están muertos, Pardo” el gigante se quedó congelado con cara de idiota, como si las palabras oídas se les hubiesen quedado atascadas en alguna parte sin llegar a su cerebro, Cornelio continuó, “Todos ellos firmaron su contrato en el último segundo de sus vidas y eligieron entre la muerte inminente o seguir vivos sirviendo en el circo. Me extraña que no lo supieras después de todos los años que llevas aquí” Pardo no lo sabía, tenía la cara de quien está completamente perdido en la vida en ese momento. Cornelio tomó una bocanada de aire antes de hablar, “Puede quedarse como atracción” dijo sonando compasivo, al gigante esa idea le aterraba, podía resultar una maravilla como Eloísa o un desastre como lo de Perdiguero, “¿Y qué clase de atracción sería?” Preguntó con más miedo que duda, como si la respuesta le fuera a causar daño, Cornelio fue tajante nuevamente, “Eso no te lo puedo decir” Pardo no tenía nada más que decir, pero no se movía de donde estaba, Cornelio lo despidió con dura cortesía, “Sea como sea, si no firma un contrato no puede quedarse. Tienes hasta mañana en la noche para decidirlo” La puerta de la oficina se cerró y Pardo seguía ahí, perdido, como un niño que se ha soltado de la mano de su madre en una populosa feria.


León Faras.

lunes, 14 de diciembre de 2020

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LIII.

 

La verdad era que Sofía no sabía que Beatriz hubiese tenido un hijo, ahora que sabía que ella no lo era, pero no le sorprendió. Aun en los espacios más pequeños, la gente guardaba secretos. La muchacha no podía evitar preguntarse cómo había sido, si un amor malogrado o un romance fugaz. Había más posibilidades, pero esas eran sus favoritas definitivamente. Con respecto a la muerte del bebé, las posibilidades eran infinitas, en los tiempos que corrían, la mortandad infantil era tan alta, como si el espíritu de Herodes el Grande y sus huestes todavía recorrieran las calles del mundo asesinando inocentes. Lo que no podía entender, era por qué no había vuelto a tener más hijos, con todo el tiempo que llevaba en el circo junto a Cornelio.

 

“Por favor, dime que no hablas en serio” Damián sujetaba los hombros de su hermano con fuerza, como si este pretendiera salir volando, “¿Viste a Diego metido en esa jaula, o no lo viste?” Vicente tenía complejo de héroe y un sentido de lealtad desarrollado, tristemente, ambos solían rayar en la estupidez, o la locura, ambas muy parecidas a veces. Damián no tenía más remedio que admitir, él sí había visto a Perdiguero encerrado en esa jaula, eso esperaba su hermano, pero Damián ya no se sentía seguro de nada, “No lo sé…” respondió con gesto de infinito cansancio. Era debilidad pura. Su hermano reaccionó como si aquello hubiese sido una traición, “¿Qué no lo sabes? ¡Qué clase de mierda es esa? ¡Antes estabas muy seguro!” Damián se sintió tentado a decir que antes no sabía que las personas podían volar o que los camiones desaparecían como por arte de magia, pero solo se dejó caer en el sofá de su estudio con expresión derrotada y repetir que no lo sabía, “…el tipo que vi se parecía, pero solo un poco, además, ni siquiera me reconoció cuando me acerqué, ni reaccionaba a los gritos de la gente ¡Era otra persona! ¡No era más que un monigote parecido a Diego Perdiguero!” Vicente se restregó la cara con frustración y rabia. Lo que lo enfurecía, no era que dudara, sino que lo hiciera ahora, “¡Pero si estuvimos a punto de raptarlo con jaula y todo! ¿Por qué no dijiste en ese momento que no estabas seguro!” Damián parecía un delincuente sometido a un rudo interrogatorio, buscando excusas para justificarse, “¡Es que eso me pareció! Pero ahora, mientras más lo pienso, más me parece una locura que sea él” Vicente no lo podía creer, su hermano solo decía eso para evadir la responsabilidad que a ambos le cabía en el cautiverio de Perdiguero, “Hay que estar seguros…” Dijo, testarudo. Su plan era una fotografía, una fotografía lo mostraría tal como era, como sucedió con la sirena y sería una buena prueba, pero Damián reaccionó como si le estuvieran proponiendo cortarse el brazo derecho, “¡No puedes hacer eso! ¡Nos arruinaremos buscando el circo por todas partes! Y aunque lo encontremos, no puedes fotografiarlo” “Buscaremos la forma de que no nos descubran, siempre lo hacemos” Argumentó Vicente, Damián negó tajante, “No entiendes, no puedes fotografiarlo porque necesitas luz, y él odia la luz. No te lo permitirá” Vicente lo pensó, eso era cierto, no podían fotografiarlo si no lo ponían en un plano iluminado y Perdiguero no hacía más que refugiarse en las sombras, aun así, a Vicente le dolía en los huesos claudicar, “¡Debe haber algo que podamos hacer!” Concluyó.

 

Por la mañana, el circo se puso en funcionamiento como de costumbre. Aquel fue un día particularmente caluroso, en un pueblo particularmente seco. El abundante polvo no se movía porque hasta la brisa parecía estar adormecida con el calor, Von Hagen era sin duda el que más lo sufría debido a su intenso pelaje, su jaula no era el lugar más fresco y su actuación había sido la más mortecina de toda su carrera como atracción de circo, debido al bochorno que parecía espesarle la sangre y robarle el oxígeno. Sin embargo, nada de aquello era impedimento para que la gente asistiera en multitud ruidosa, pegajosa y hedionda a sudor, a ver las maravillas de un espectáculo que era toda una experiencia. Muchos engalanados con sus mejores atuendos, y al mismo tiempo, los menos adecuados para soportar las condiciones climáticas. Cornelio Morris, en chalequillo y manga de camisa, no parecía verse afectado ni en su estampa ni su vozarrón a la hora de presentar sus atracciones. Ángel Pardo, inmune al ridículo, se paseaba en camiseta sin mangas, luciendo sus desmesurados y delgados brazos, que causaban más asombro en las personas con las que se cruzaba. También había tomado la precaución de ponerse un pañuelo húmedo sobre la cabeza, sobre todo, porque su altura lo posicionaba siempre más cerca del sol que los demás. La multitud de mocosos semidesnudos que le revoloteaban encima, tampoco parecía verse afectada por el desconsiderado calor. Una vez terminada todas las presentaciones, y concluido el acto de Eloísa, y luego de dos casos de principio de insolación por parte de los visitantes, Cornelio, con forzada resignación, dio por terminado el espectáculo, porque a esas alturas, no había nadie que no estuviera con desesperación buscando un trozo de sombra donde guarecerse. Román sudaba como un herrero cuando fue liberado de Mustafá, incluso se mareó cuando quiso andar. En poco tiempo, los habitantes del circo desaparecieron de cualquier sitio iluminado por el sol y se refugiaron en las sombras. En ese momento, una silueta se adentró en el campamento desierto como un forastero que se adentra en un pueblo del Oeste. Se tambaleaba como si no le quedara más que un último aliento en el cuerpo, como si el sol le estuviera evaporando el espíritu, una vez allí, la silueta cayó sobre sus rodillas y se precipitó hacia delante sin fuerzas. Sofía fue la primera en verla desde la puerta de su tienda, a pesar de que no era la más cercana. Cuando ya se acercaba casi corriendo, Von Hagen también salía de su tienda, mucho más cerca. Era una mujer de unos cuarenta años, su rostro le sonaba de alguna parte a Horacio, pero su mente no tuvo tiempo de rememorar, pues la mujer parecía muerta, y eso no era nada bueno. Cuando lograron revivirla con suaves palmadas en la cara, la mujer solo tuvo energía para soltar una palabra, “Hambre…” En ese momento llegaba Ángel Pardo con su trote de ave zancuda. Miró a la mujer con espanto, como se le mira a un mal presagio, pero no soltó palabra, no bajo ese sol, Von Hagen sí tuvo que hacerlo, no si un evidente esfuerzo, “¡Hay que llevarla a la sombra!”

 

Era como si se pusieran de acuerdo, Román Ibáñez llegaba a ver qué ocurría, cuando metían a la mujer a la tienda de Horacio, vestido con camiseta blanca y pantalones marrón con suspensores negros, exactamente igual que Pardo, como una ridícula versión diminuta de este. De no estar la mujer moribunda ahí, a más de alguno le hubiese causado gracia la imagen. Mientras Sofía mojaba un trapo para ponérselo en la frente a la desmayada, Horacio le ordenó a Román que consiguiera algo de comer, el enano tardó medio minuto en procesar la orden, “¿Qué…? ¿Y yo qué tengo que ver en esto?” “¡Por favor!” Imploró Sofía, “Tú siempre consigues cosas, nadie sabe cómo” El enano soltó un resoplido de disgusto, pero se puso en marcha, sin ninguna prisa, eso sí. Ángel Pardo seguía contemplando a la mujer con la misma cara de preocupación, tanto que logró generarle curiosidad a Sofía, “¿La conoces?” El gigante asintió con pesar, como si se tratara de algo muy malo. Aquella mujer era la que les había advertido que la turba de fanáticos, dirigida por Federico Fuentes, llegaba dispuesta a quemar el circo. De alguna manera, y pese a la distancia que habían recorrido, los había encontrado, eso sin duda era una toda una hazaña.


León Faras.