viernes, 26 de febrero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXVII.

 

Desde que habían comprado su furgoneta, los hermanos Corona tomaron la decisión de mantener una llave en su poder, y dejar la otra copia oculta bajo el tapabarro, de manera que cualquiera de los dos tuviera acceso a ella en caso de necesitarla. Mientras que Vicente jamás se había interesado por el funcionamiento del vehículo y solo sabía manejarlo, Damián sí entendía un poco más, al tener que encargarse él de las mantenciones y reparaciones. Cuando abrió la furgoneta y la revisó, se dio cuenta en el acto que se trataba de un problema que ya había tenido un par de veces antes y que ya podía reconocer y solucionar; debido a la mala calidad del combustible, los inyectores solían taparse con cierta frecuencia y debían ser destapados, eso era todo. La furgoneta había demostrado ser un buen vehículo, pero no era perfecto. Mientras Damián trabajaba en ello, su hermano deshacía el trayecto en el único medio de transporte que había podido conseguir en aquellos lugares: un caballo, animal que no montaba desde que tenía once años y en el que ahora debería usar al menos tres días para llegar de vuelta a su furgoneta. Por su parte, Urrutia había decidido enfocarse en los pueblos que estaban en camino hacia Valle Verde y a una distancia máxima de hasta treinta kilómetros, lo que reducía mucho su trabajo, sin embargo, al mediodía aun no había tenido éxito y los pueblos con los que se había topado, no eran más que pequeños caseríos de veinte casas y poco más o grandes terrenos con casas muy separadas unas de otras. Para colmo, una mala desviación en el camino, lo llevó a un terreno baldío que parecía un descuido de Dios; mientras que por todos lados se podía ver vegetación y cultivos, allí no había nada, como si una sombra misteriosa hubiese envenenado esas tierras sin permitir que nada creciera allí, aunque para Urrutia no era más que una molesta anécdota y un retraso en su itinerario. Con un poco de mal humor, estaba a punto de seguir su camino, cuando vio algo en el suelo, algo grande, algo que no podía pertenecer a cualquiera, se bajó del auto para estudiarlas mejor y encontró más, eran huellas de neumáticos enormes, pesadas y abundantes que estaban claramente marcadas en el terreno arcilloso. No había duda razonable al respecto, en esos sitios remotos, lo único que podía dejar huellas así eran los camiones del circo de Cornelio Morris y eran huellas frescas. El circo había estado allí, se había detenido, y luego de algunas maniobras, había seguido su camino dejando la dirección que habían tomado marcada en el suelo, Urrutia se sintió con suerte, aunque no lograría explicarse para qué se habrían detenido allí.

 

El circo logró encontrar otro poblado, instalarse y ponerse a funcionar antes del mediodía, Cornelio simplemente se había quedado con la información de que el pueblo en el que habían caído antes, era demasiado miserable y las ganancias que podrían obtener allí, no valían la pena. El nuevo pueblo, en cambio, tenía cultivos, animales y su gente era claramente más entusiasta, el enano rápidamente los convenció de acercarse, de que solo tendrían una pequeña oportunidad de algunas horas, para vivir una experiencia que recordarían durante toda la vida, mientras Horacio Von Hagen gruñía y sacudía su jaula como una bestia salvaje y aterradora y Ángel Pardo se paseaba por allí causando la admiración de toda esa gente sencilla de campo. “No lo dude más, señor, señora, las maravillas que les aguardan dentro, no tendrán otra oportunidad de verlas en otro sitio…” Un extraño personaje entró en el circo ya en horas de la tarde, mientras Román anunciaba las asombrosas cualidades adivinatorias de Blanca Salomé, las cuales ignoró por completo el recién llegado, fijando su atención en el espectáculo que hacían los mellizos Monje, trasladándose mágicamente de un punto a otro, ante el desconcierto de la multitud. El personaje, que vestía bien, a diferencia de la gran mayoría de las personas de aquel pueblo, se cubría la cabeza con un buen sombrero y el resto del cuerpo con una capa muy ostentosa, dejó caer con desinterés, las monedas que le exigió Beatriz para entrar. Su mano era pálida, carente de trabajo y de uñas inusualmente bien cuidadas, a diferencia de su pelo, largo, canoso y sin brillo. Si alguno de los habitantes del circo le hubiese visto el rostro, lo hubiesen podido reconocer, pero era fácil pasar desapercibido entre tanta gente que visitaba el circo. Román anunciaba a su embobada multitud de seguidores, “…la visión más asombrosa hacía el increíble y maravilloso mundo de la fantasía y la mitología…” parado frente al estanque de Lidia. El extraño visitante miró la aparición de la sirena sin asombro, más allá, en el extremo del campamento, se podía ver la jaula completamente cubierta de Diego Perdiguero, el hombre consultó su reloj con distracción, a pesar de su apatía por el espectáculo, se mantenía allí con determinación, como quien llega demasiado temprano a una cita importante y debe esperar, pasaría una hora o más, antes de que apareciera lo que estaba buscando, el plato fuerte del circo de rarezas de Cornelio Morris, y lo hizo cuando Román Ibáñez la anunció, “Damas y caballeros, no piensen ni por un segundo que lo han visto todo en este mundo, porque nadie lo ha visto todo, si no ha visto el maravilloso circo de Cornelio Morris, y lo que verán a continuación, puedo jurarles, que nunca más volverán a verlo… Señoras y señores: Eloísa…” El desconocido se abrió paso con soberbia hasta la primera fila. Cuando se abrió el telón y la muchacha apareció envuelta en el hermoso plumaje gris de sus alas, la multitud retrocedió asombrada, y volvieron a hacerlo otro poco, cuando esas alas se abrieron con majestuosidad, todos menos el extraño visitante, que no se movió un centímetro y se quedó solo y desafiante frente a los demás, Eloísa lo miró y el visitante le sonrió, pero no era una sonrisa amigable, sino más bien, una sonrisa de malvada satisfacción, entonces ella lo reconoció con espanto, al tiempo que Federico Fuentes asomaba el cañón de su carabina de debajo de su capa, “Maldita mierda farsante, ¿crees que es divertido jugar a ser un ángel del Señor…?” Eusebio Monje se le abalanzó encima, pero Federico reaccionó con frialdad y precisión, descargándole un seco culatazo en la nariz, que lanzó a tierra al pobre viejo arrojando sangre por las fosas nasales, para luego levantar su arma hasta el rostro de Eloísa, “No dejaré que sigas esparciendo tu falsa fe, sucia perra hereje y embustera…” Iba a disparar, de hecho, estuvo a medio segundo de hacerlo, antes de que un poderoso y pesado codazo le cayera en la mandíbula y le descompusiera los sentidos por un rato, y de que un segundo y certero golpe en la sien lo aturdiera definitivamente. Eloísa, que se protegía inútilmente con sus alas, observó a su salvador y su rostro le pareció familiar, aunque no supo de donde. Aquel era Orlando Urrutia, quien había llegado justo a tiempo para salvar precisamente lo que andaba buscando.


León Faras.

sábado, 20 de febrero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXVI.

 

La luz del día despertó a los habitantes del circo en un nuevo pueblo my diferente de los anteriores, de hecho, era el sitio más miserable en el que jamás habían encallado. Las casas, a pesar de ser todas diferentes, no había una sola que destacara, todas parecían chabolas endebles construidas con desechos y desperdigadas sin orden, unas amontonadas por aquí y otras aisladas por allá, sin cultivos, como si a ese lugar no hubiese alcanzado a llegar la agricultura, aunque al menos se debía decir que ya dominaban el fuego, pues se podían ver algunas columnas de humo a primera hora de la mañana. El pueblo estaba atravesado a lo largo por un camino de barro, largo y afilado como una cicatriz, un barro formado por los mismos habitantes que arrojaban sus aguas a la vía pública. Estos habitantes, que observaban el campamento con recelo y curiosidad, como aborígenes que ven llegar barcos a sus costas, lucían como esclavos de una mina de carbón: sucios, flacos y zarrapastrosos; seres capaces de asustarse de su propio reflejo en un espejo, “¿Dónde diablos nos hemos venido a meter?” Comentó Román en un susurro que apenas llegó a los elevados oídos de Ángel Pardo, este, desde su privilegiado punto de vista, podía ver que el poblado era más grande de lo que parecía a simple vista y que estaba establecido en una tierra estéril en la que no crecía más que algunos hierbajos inservibles. El principal sustento de aquellas gentes, podía oírse y olerse: criaban cerdos, mucho mejor alimentados que sus supuestos amos, mientras que los niños, eran expertos cazadores de ratas. Beatriz dejó a Cornelio cuando este comenzó a extrañarse de que pasaban los minutos y no se oía la voz de Román a través del megáfono invitando a la gente a pasar, la mujer se encontró con todos los habitantes del circo admirando la miseria en su máximo esplendor, incluso Eloísa había salido de su tienda y observaba a un niño en cuclillas, con la piel oscura de mugre, que la observaba con su grandes ojos sin sorpresa, a pesar de la majestuosidad de sus alas, mientras se hurgaba la nariz con afán. Tanto Sofía, como los hermanos Monje, no se explicaban cómo habían caído ahí sin darse cuenta de la evidente pobreza del lugar, que contractaba duramente con la bella y ordenada ciudad que habían dejado atrás hace tan poco. El único personaje del circo que parecía causarles alguna impresión a los desgraciados habitantes de ese lugar, era Horacio, a pesar de que este ya estaba fuera de su jaula y fuera de su papel de bestia de los fríos bosques del norte. El enano miró a Beatriz con duda, pero esta lucía tan confundida como él, por lo que se animó a levantar su megáfono e invitar a esa gente a ver el espectáculo, que de seguro, algún dinerito tendrían para gastar, “¡Acérquense, damas y caballeros! Les aseguro que no encontrarán nada igual al circo de Cornelio Morris. Será una… experiencia…” Pero su voz se extinguió ante la indiferencia de las personas de ese lugar, Volvió a mirar a Beatriz, “¿Qué hacemos?” preguntó preocupado, esta pensaba que debían irse mientras tuvieran tiempo que aprovechar en otra parte, sobre todo ahora, que el circo se estaba movilizando todos los días, pero antes de eso, Sofía se acercó a uno de los habitantes del pueblo para preguntarles qué sucedía en ese lugar, por qué vivían así. Un hombre muy, muy flaco y de ojos asustados, solo le contestó señalando un punto del pueblo en el que se alzaba una delgada columna de humo blanco, allá fue la muchacha, seguida de su tía, Horacio, Román y Eloísa, hasta llegar a un precario cobertizo donde un viejo semidesnudo y con una barba muy larga y enmarañada, esculpía una cruz de madera alimentando el fuego con las virutas, Román, que parecía más joven y rechoncho al lado de ese viejo, le preguntó al Escultor por qué vivían así, pudiendo emigrar a tierras mejores, más fértiles, “…no hay tierras fértiles para nosotros, ya no…” respondió el viejo sin dejar de trabajar la madera con sus manos nudosas y plagadas de venas, rodeado de varios hombres, mujeres y niños que parecían muy respetuosos e interesados en su monótono trabajo, junto a él, una maceta colgada con un cedazo en su interior, goteaba insistentemente dentro de un cuenco de greda, un agua de color ocre suave, “Sean bienvenidos, hace mucho tiempo que no recibimos visitas, pero por su bien, es mejor que se vayan de aquí lo antes posible… esta es una tierra maldita” Les recomendó el viejo, tomando el cuenco de greda y bebiendo un sorbo de él, “¿Maldita? ¿Por qué?” preguntó Sofía, con una sonrisa mal disimulada, como si las palabras del viejo le hubiesen sonado de lo más desproporcionadas. El Escultor detuvo su trabajo para mirarla con unos ojos que parecían tener mil años, “Hace muchos años, fue cometido un pecado imperdonable y fuimos castigados por él…” El viejo quiso retomar su trabajo, pero antes agregó, “…la muerte de un inocente…” Román bufó burlesco, “Inocentes mueren todo el tiempo” dijo sonriendo confiado, el Escultor detuvo su trabajo en el acto, “No todo lo que llamas inocente, realmente lo es…”  dijo con severidad, como si estuviera corrigiendo a un pupilo insolente, y añadió, “…hay algunos que no deben ser asesinados…” El enano arrugó el ceño, como quien sabe que está oyendo una hipérbole descarada, Sofía intervino de nuevo, “Bueno, ¿Y qué pasó?” El viejo miró a los tristes e inexpresivos rostros de sus compañeros, pero no encontró nada en ellos, “Vino la gran noche…” Eloísa se acuclilló como para escuchar mejor, “¿Qué es eso de la gran noche?” Preguntó interesada. El Escultor la miró sin siquiera la más mínima atención en sus espectaculares alas, “El sol dejó de salir durante treinta y tres días, nos quedamos en la más absoluta oscuridad. Antes de que el último fuego se apagara, cogimos lo poco que teníamos y a diez de nuestros cerdos y empezamos a caminar, como una manada de ciegos encerrados en la noche absoluta, caminamos todo ese tiempo sin toparnos con nada ni con nadie, cogidos unos de otros para no perdernos, cuando por fin el sol volvió a salir, nos encontrábamos aquí, en este yermo estéril y supimos que aquí debíamos quedarnos…” “¿Una noche de treinta y tres días?” Preguntó Horacio, incrédulo, “Así fue…” respondió el escultor, y agregó, “…Cuando llegamos, once de los nuestros habían desaparecido, sin hacer un solo ruido en la oscuridad, a pesar de que nuestros oídos eran lo más atento que teníamos… de los cerdos, no se perdió ni uno” concluyó, dispuesto a reanudar su trabajo. Mientras esculpía, agregó, “Nos establecimos aquí, y esperamos la conclusión de nuestra pena, que sabemos que será muy, muy larga…” Román echó un vistazo en derredor, mientras los cerdos estaban gordos, las personas lucían escuálidas hasta los huesos, “¿Con qué alimentas a los cerdos? si aquí no hay nada” preguntó desafiante, el viejo negó con la cabeza, “Eso no te lo puedo decir…” dijo, arrojando un nuevo puñado de virutas a su fuego. “Interesante historia, abuelo…” intervino de pronto Beatriz, y luego, dándose la vuelta, agregó, “…muy bien, no hay nada que hacer aquí, nos vamos, mientras aún podemos aprovechar este día en otra parte” El Escultor estiró uno de sus magros brazos y cogió una de las muchas cruces que colgaban allí, era apenas del tamaño de un cigarrillo, pero de ángulos y proporciones perfectas, digna de alguien que no hacía otra cosa en su vida, más que hacer cruces, y se la estiró a Sofía, “Toma…” le dijo, “…nadie puede irse de aquí sin llevarse una cruz” la muchacha la aceptó con un “gracias” aunque no entendió a qué se refería el viejo exactamente.


León Faras.

martes, 16 de febrero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris

 

LXV.

 

Orlando Urrutia estaba conmocionado, incapaz de quedarse un segundo quieto, se rascaba como si de pronto le tuviera alergia a los camiones que desaparecen y murmuraba sin parar un monólogo repetitivo y soez que apenas se podía entender. Casi era de noche, y Vicente fumaba dentro del auto, pensativo, acababa de caer en la cuenta de que la última vez que vio a Sofía era una niña, y ahora, de repente, era una adolescente como la que había aparecido en la foto que le tomó. No entendía qué había pasado, pero lo aceptaba porque era parte del circo aquel de las cosas más raras que había visto y de los camiones que se vuelven invisibles. De pronto, Urrutia interrumpió su soliloquio, y las cavilaciones de Vicente, con la gran duda que lo atormentaba, “¿Pero me puedes decir qué diablos ocurrió? ¡Y cómo demonios tú sabías que eso ocurriría?” Vicente se restregó los ojos, cansado, “Ya lo había visto antes el truco ese, con mi hermano, y quedamos tan pasmados como tú… no tengo ni idea de cómo lo hacen” Orlando tampoco se lo explicaba por más vueltas que le daba, y sintió que tampoco valía la pena seguir intentándolo, “¡Maldición! Debimos haber entrado, ¡Debimos evitar que se fueran!” Exclamó de sopetón, como un desahogo que madura de repente, Vicente lucía sin energía, como si de pronto el cuerpo le pesara el doble, “Créeme, no es bueno que le busques las cosquillas a ese Cornelio Morris” dijo, con los ojos cerrados, “Tampoco es como para tenerle miedo…” Afirmó Urrutia, con gesto altivo, Vicente lo miró a través de un solo ojo abierto, “¿Lo conoces?” Orlando le explicó cómo, junto al sargento Jiménez, había tenido que visitar el circo buscando a un tipo que supuestamente estaba secuestrado, “¿Diego Perdiguero?” Preguntó el otro con el ceño apretado y el cabo, tras pensárselo unos segundos, asintió, ese era un nombre fácil de recordar. Aquello era una casualidad más, en un mundo lleno de casualidades. Vicente le confesó que era él y su hermano quienes habían estado buscando a Perdiguero, y que ahora él solo, buscaba el circo para ver con sus propios ojos que su amigo no estaba allí, Urrutia se sentó a su lado mirándolo como a un bicho raro que hace cosas raras, “¿Cómo…?” fue todo lo que pudo soltar tras varios intentos, con el rostro plagado de arrugas, como una fruta que se seca bajo el sol, a pesar de lo joven que aún era. Vicente le explicó que Perdiguero les ayudaba a conseguir una fotografía dentro del circo y que de pronto desapareció, Urrutia recordaba haberlo visto, “Ese hombre no correspondía con la descripción, yo lo vi, era bastante más viejo, me pareció más pequeño, aunque se movía encorvado como un simio, con el pelo largo como los salvajes, y sus ojos… por Dios…” Urrutia hizo una mueca de desagrado, como quien se mete a la boca algo muy amargo, “…eran negros, ¿entiendes? completamente negros, con las pupilas enormes, y gruñía de una manera que podía helar la sangre a cualquiera… No, ese hombre no podía ser tu amigo, ¡Diablos! Tal vez ni siquiera era una persona” Vicente se quedó algunos segundos pensativo, considerando la posibilidad de que aquel tipo de las cavernas, en realidad no fuese Perdiguero, y que todo su esfuerzo, no era más que un ejercicio inútil para saciar un empeño absurdo de comprobarlo con sus propios ojos, pero por otro lado estaba viva la posibilidad de que sí fuese él, aunque transformado de alguna manera por los extrañísimos poderes del circo. “¿Qué piensas hacer?” Preguntó Urrutia de pronto, el rostro de Vicente mostraba que había tomado una decisión, “La muchacha dijo que se dirigían a Valle Verde, creo que tengo algunos días para regresar, recuperar mi furgoneta y luego dirigirme allá. No puedo quedarme con esto a medias” Urrutia asintió, se metió a su vehículo y salió con un mapa y un cuaderno, “He hecho una pequeña investigación…” dijo, abriendo su cuaderno, “…he estado averiguando por cuáles pueblos pasó el circo y cuánto tiempo se quedó y he descubierto que el circo se mueve un promedio de treinta kilómetros cada vez, y suele quedarse como máximo tres días en un sitio, aunque lo común son dos…” “En este, estuvo solo un día…” Le aclaró Vicente, Urrutia continuó, “Sí, pero lo más común, son dos. El hecho es que con esto, podemos calcular un avance de tan solo diez o quince kilómetros diarios, y a ese paso pueden tardar un mes en llegar a Valle Verde, un avance que incluso se puede hacer a pie” Vicente asintió convencido, “Suena bien, ¿Y tú qué piensas hacer?” Preguntó, Urrutia se rascó la nariz antes de responder, “Yo voy a continuar tras el circo, no tengo tantos días para esperar, debo regresar al trabajo” Mientras recogía su cuaderno, algo cayó al suelo de entre sus páginas, era una pluma, una enorme y bella pluma gris ceniza, que Vicente se apresuró en recoger. No la reconoció en un principio, y no lo haría tampoco después. Se durmieron encogidos dentro del diminuto vehículo, y por la mañana tomaron rumbos contrarios.

 

Román Ibáñez, era un hombre nuevo. Sonreía sin parar gracias a su nuevo trabajo como presentador y animador del circo, una labor que realmente le encantaba, la disfrutaba y sabía perfectamente que la hacía muy bien, tanto que solo podía ser reemplazado por el dueño del circo, y este no parecía tener intenciones de volver muy pronto. Las salidas fuera de la oficina de Cornelio Morris, eran más frecuentes pero siempre breves y silenciosas, como si solo hablar ya le representara un gran esfuerzo. Se paseaba con su bastón con pasitos cortos y andar rígido de aspecto decrépito, enmudeciendo a todos los habitantes del circo que se cruzaban con él, con ese silencio respetuoso, reservado para los difuntos, sin embargo, aquello no disminuía la felicidad del enano por cada día que pasaba sin acercarse a Mustafá, y que en vez de eso, animaba a las manadas de visitantes a maravillarse con las atracciones y dejar su dinero en cada una de ellas. El campamento cenaba una reconfortante ración de puré de arvejas con chorizo frito. Aquella noche, Sofía cenó lo mismo que el resto, algo que cada vez se hacía más común. Beatriz llegó cuando ya terminaba, había estado atendiendo a Cornelio; ella era la única que se preocupaba de él en aquellas cosas con las que nadie quiere ensuciarse las manos, Sofía la miró con reproche mientras su tía se servía un vaso de vino y se sentaba fuera de su tienda, “¿Por qué te preocupas tanto por él?” Quiso saber la muchacha, Beatriz sorbió un poco de su vino y lo saboreó varios segundos antes de tragarlo, “Alguien tiene que hacerlo…” Respondió con un tono tan pasivo y simple que esa conversación se terminó en ese mismo momento. Pero Sofía quería saber algo más, le había preguntado a Eugenio y a Eusebio Monje y ninguno de los dos conocía el porqué, pero estaba segura de que su tía lo sabría, “¿Conoces Valle Verde?” Beatriz lo conocía, aunque nunca había estado allí; era un sitio con mucho campo, tierras de cultivo y crianza de animales, con pequeños caseríos aislados, “…Tiene un nombre de lo más apropiado. ¿Por qué?” “Cornelio ha ordenado que nos dirijamos allá, dice que tiene un asunto pendiente en ese sitio, ¿sabes a qué se refiere?” Preguntó la chica sentándose a su lado, Beatriz se quedó pensando, confundida, miró su vaso largos segundos y luego a su sobrina, para luego responder con gesto elocuente, “No tengo ni idea”


León Faras.

miércoles, 10 de febrero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXIV.

 

Algunas veces los demonios pueden juegan a tu favor y otras veces hasta los ángeles pueden jugar en tu contra. Urrutia y Vicente, comenzaron muy bien su día, durmieron cómodos en un cuarto arrendado en el pueblo, pudieron darse un baño, se levantaron al alba y desayunaron una contundente ración de huevos fritos con cebolla y pan caliente, luego salieron del pueblo, con las oportunas indicaciones del dueño de casa para llegar a la ciudad sin problemas y las bendiciones del resto de habitantes que a esa hora estaban allí, que no eran muchos. La ciudad solo estaba a medio día a caballo, según les repitieron varias veces y haciéndoles pensar que el vehículo tardaría bastante menos, lo que no les dijeron, fue que con el caballo podían atravesar el monte por un angosto sendero abierto entre la dura vegetación sin problemas, pero con un coche, el monte debía ser rodeado sí o sí, lo que emparejaba los tiempos, tampoco les hablaron que ese camino los obligaba a cruzar un río, que aunque ancho, era de muy poco caudal en esa época del año, poco menos que una anécdota para una carreta con su caballo, pero un grueso escollo para el minúsculo automóvil para soltero de Orlando Urrutia que apenas se despegaba del piso, y que se detuvo agobiado ante la adversidad a apenas dos metros de la orilla. Lo bueno, era que el peso del vehículo les permitió empujarlo, lo malo es que debieron esperar más de una hora para que algunas piezas botaran el agua que habían tragado y se secaran. Cuando por fin lograron que arrancara el motor, ya habían pasado el medio día que se supone, requería el trayecto, y encima, Urrutia era un hombre con una baja tolerancia a la frustración; ya no hablaba, sujetaba el volante como si lo estuviera estrangulado y miraba el horizonte como un bárbaro miraría a su peor enemigo, esa mala disposición solo podía traer más cosas malas: un bache, solo uno en varios kilómetros de camino limpio, que fue suficiente para hacer explotar un neumático delantero y arrojar el vehiculito a la orilla del camino donde un grupo de cañas silvestres evitó que se hicieran más daño. Orlando golpeó el volante con ambas manos para desahogar su ira y luego de bajarse con un sonoro portazo, descargó un puntapié en el neumático roto, sumado a un buen puñado de insultos arrojados al viento, que hace rato traía atragantados. Vicente solo se rascaba la cabeza y se sobaba la cara como si hubiese recibido una bofetada doble, consciente de que llevaban una gran nube negra sobre sus cabezas, contra la que solo se podía luchar apaciguando los ánimos y actuando con calma, así se lo hizo ver a su compañero, pero este parecía estar a punto de golpearlo de pura rabia, el problema era que, aunque el vehículo contaba con su rueda de repuesto, no tenía el gato necesario para elevar la máquina, “Cuando compré el automóvil, me dijeron que debía conseguir el gato. Se supone que lo iba a comprar lo antes posible, pero nunca lo hice…” Se excusó Urrutia, furioso consigo mismo. Vicente se dejó caer al suelo, vencido, apoyó la espalda en el auto y encendió un cigarro. A veces es prudente rendirse… le había dicho una vez su padre, detenerse y considerar otras opciones, “¿Es importante encontrar ese circo para ti?” le preguntó, mirándolo de soslayo, Urrutia asintió con los dientes apretados, “¿y para ti?” le preguntó de vuelta, Vicente soltó el humo de su cigarro, pensativo “No lo sé…” confesó con un poco de vergüenza, como si le estuviera confesando a su hermano que estaba cansado, que temía quedarse sin dinero y que el tiempo le estaba quitando el interés por el paradero de Perdiguero, lo que también lo hacía sentirse un poco mal, “…tal vez estoy llegando demasiado lejos” Agregó. Urrutia forzó una sonrisa dentro de todo el mal humor con el que cargaba, “¿Te vas a arrepentir y rendir ahora que estamos a solo unos kilómetros de llegar?” Vicente puso cara de incredulidad. El cabo se acuclilló frente a su derrotado compañero, “No sé por qué estás buscando el circo, ni me interesa, pero si has llegado hasta aquí, es porque esa razón te importaba. Solo hemos tenido un mal día, ¡Golpea algo, maldice al cielo y luego sigue con lo tuyo!” Después se puso de pie observando a su alrededor, “buscaré un leño, una rama gruesa o algo para levantar el coche” dijo, con su ira completamente superada. Al cabo de media hora de buen esfuerzo, y gracias a la potencia física del cabo Urrutia, ya tenían cambiada la rueda y estaban listos para continuar, cuando este último se dio cuenta de que no tenía las llaves, en todo su ataque de ira y frustración, no sabía dónde las había dejado y se registraba los bolsillos una y otra vez con desesperación, pero solo fue una falsa alarma, porque no tardaron en notar que las llaves aún estaban puestas en el contacto del vehículo y pudieron irse.

 

Ya eran las primeras horas del ocaso, cuando entraron en la pequeña ciudad que les habían indicado. No estaban seguros de si aquel era el lugar correcto, pero había algo bastante claro que les hacía sospechar que sí: el lugar lucía desierto como una ciudad fantasma, “¿Hacia dónde?” Preguntó Urrutia, observando en todas direcciones, Vicente hacía lo mismo por su lado, “No lo sé, sigue por ahí…” Respondió, señalando la misma dirección que ya seguían, mientras el coche avanzaba lento y prudente, como quien se adentra en territorio enemigo. Debieron detenerse bruscamente, cuando unos niños se cruzaron frente a ellos jugando y riendo divertidos, tras ellos venían más niños, y luego de ellos una multitud como para llenar una pequeña ciudad, esa ciudad. Ese efecto de vaciar un pueblo completo solo lo podía producir el circo de Cornelio Morris, ambos lo sabían, pero aun así preguntaron a un grupo de ancianas que caminaban en bloque, sujetas unas a otras, las señoras se quedaron mirando el coche como si fuera una aberración a la que se le debía temer, solo porque el bicharraco ese era capaz de moverse sin que nada tirara de él, pero luego respondieron con amabilidad a los jóvenes que viajaban dentro, “…sí, sí, un espectáculo maravilloso” dijo una, “…a mis años, nunca creí ver algo así” comentó la otra, “…casi nos da un patatús cuando esa niña con alas echó a volar” afirmó una tercera, entonces Urrutia las interrumpió, “¿Dónde está?” exclamó ansioso. Las veteranas les indicaron la dirección que ellas habían recorrido, pero esa dirección no les serviría con el vehículo, por lo que debían dirigirse “…hasta al extremo de la ciudad y cortar por los sembradíos de uvas hasta el álamo viejo, desde donde…” Vicente no quiso oír más, y se bajó del auto, “Muchas gracias señoras, iremos a pie” les dijo con galantería y empezó a caminar sin mirar si Urrutia le seguía, “¡Pero el circo ya se va!” Le gritó una de las viejas, con increíble fuerza para el aspecto frágil que tenía, entonces ambos hombres echaron a correr. Efectivamente, el campamento no era más que un montón de bultos cosechados y atados como haces de alfalfa que los trabajadores cargaban sin apuro. Ambos se detuvieron devorando oxígeno para recuperarse de la carrera, mientras intentaban ansiosos ver lo que buscaban. Una muchacha que ajustaba algo en las tripas de uno de los camiones, se les acercó al reconocer a uno de ellos, “Creí que ya no te volvería a ver…” le dijo amistosa, Vicente no le respondió igual, “Quiero verlo, necesito saber si es él” Sofía comprendió el asunto, “No puedes, ya está empacado” Respondió con sequedad, Vicente quiso insistir, pero la muchacha lo detuvo una vez más, “Olvídalo, no te lo permitirán, y si te pones molesto, te sacarán a patadas. Son buenos muchachos, pero algo brutos…” Comentó la chica. Vicente comenzaba a desesperarse, “Pero no puedo continuar siguiendo este circo por todas partes, al menos dime a dónde se dirigen…” Urrutia solo miraba, un poco a ellos y el resto al circo que se reducía rápidamente a dos camiones sin poder siquiera ver lo que deseaba. La muchacha negó con gesto de lástima, en verdad no lo sabía, nunca antes había estado en ese lugar y jamás usaban mapas, pero recordó algo que le habían dicho los hermanos Monje “Mira, solo sé que nos dirigimos a Valle Verde, si te sirve, puedes encontrarnos allá…” Eso estaba más o menos lejos, pero irían deteniéndose en cada pueblo como siempre lo hacían. El circo ya estaba listo para irse, cuando llegó Beatriz junto a Sofía para preguntarle qué ocurría, la chica mintió a medias, “Estos señores solo querían ver el circo, pero les dije que ya nos vamos” Luego de eso se fue con su tía, Urrutia pensó en el acto en ir por el automóvil para seguir los camiones, pero Vicente lo detuvo, “No puedes seguir a este circo” dijo aquello con tonito de sabelotodo, Orlando estaba seguro de que sí, pero Vicente lo sujetó del brazo y lo arrastró con la autoridad del que sabe hasta detrás de unos arbustos, en el momento justo en que los motores se ponían en marcha, “Mira…” le dijo con una mezcla de suficiencia y derrota anticipada, Urrutia miró, y tan espantado como desolado, vio los enormes camiones desvanecerse en el aire ante sus propias narices, “Ya te lo dije… no puedes seguir a este circo” Repitió Vicente, mientras caminaba hacia el vehículo con toda calma, como si aquello hubiese sido lo más normal del mundo.

 

En ese mismo momento, Damián detenía su coche junto a la furgoneta negra de ambos.


León Faras.

jueves, 4 de febrero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXIII.

 

Con la luz del día, Urrutia pudo comprobar algo que ya más o menos sospechaba: que el lugar donde habían ido a parar, le era totalmente desconocido, “¿Estamos perdidos?” Preguntó Vicente, alarmado, Urrutia lo miró, como se le mira a un niño ajeno haciendo una pataleta, “No, solo debemos tomar el mismo camino de regreso para volver a orientarnos” Era muy simple, pero les llevó varias horas encontrar el camino principal, entre una maraña de senderos que solo existían para guiar a los nativos a sitios indeterminados y engañar a los forasteros, y tampoco fue fácil dar con el pueblo correcto con la cantidad de caseríos aislados que tenía la región y que ni siquiera aparecían en los mapas. Por la tarde, y mientras Damián Corona llegaba al edificio para hablar con el sargento Leopoldo Jiménez sobre la última ubicación conocida del circo de Cornelio Morris, su hermano Vicente junto a Orlando Urrutia entraban en un pueblo desierto, en el que solo algunos perros se habían quedado para montar guardia. Cuando parecía que se habían equivocado una vez más de lugar, una multitud de gente comenzó a llenar las calles como por arte de magia, todos parecían venir del mismo sitio, en cuanto pudieron hablar con un lugareño, este les contó lo sucedido con la sirena y como el circo había tenido que largarse lo más rápido posible en busca de un médico, “Podemos seguirlos…” Sugirió Urrutia con determinación, “No, no podemos…” Afirmó Vicente con conocimiento de causa, “…esos camiones son más rápido de lo que parecen, además, necesitamos conseguir combustible si no queremos quedar varados en medio de la nada. Al menos ya sabemos hacia dónde se fue el circo” Concluyó, haciendo alarde de sensatez. Urrutia lo miró con disgusto, pero aceptando que su compañero tenía toda la razón. El lugar del incendio, estaba marcado por una gran cicatriz de tierra chamuscada, y restos inservibles de lonas y sogas a medio quemarse, “Dicen los lugareños, que el incendio fue apagado por una lluvia milagrosa…” comentó Urrutia en tono de burla, Vicente no compartía su humor, “Cosas más raras se han visto” comentó sin interés. Al parecer, allí el combustible era tan escaso como los médicos, y cuando pudieron conseguirlo, la noche ya se les venía encima otra vez, Urrutia era partidario de conducir durante toda la noche una vez más, pero Vicente lo convenció de que buscaran una cama donde dormir, la ciudad no estaba tan lejos, aparecía en el mapa y podían hacer el trayecto con más seguridad a primera hora de la mañana, y así evitar perderse y tener que pasar la noche durmiendo encogidos dentro del diminuto vehículo de Urrutia otra vez.

 

A esa hora, el circo había instalado su campamento en las afueras de la ciudad y humeaban los fondos con un guiso pastoso de constitución indeterminada, pero de apetitoso aroma, que era la cena de sus habitantes. Sara, sentada en la litera junto a Pardo, miraba el suelo con preocupación, como si algo muy malo estuviera sucediendo allá abajo, fue Von Hagen, quien había aceptado el desafío de Eloísa de jugar una nueva partida de ajedrez, el que lo notó, “No te preocupes, Lidia está muy bien ahora” Sara lo miró un poco espantada, como si hubiese sido arrancada bruscamente de sus cavilaciones, “No, sé que ella está bien, el que me preocupa mucho es el señor Morris” Comentó con timidez, “¿Cornelio, qué pasa con Cornelio?” Preguntó Eloísa, con un vistazo rápido, como temiendo que alguna de sus piezas se moviera sola al menor descuido, “No sé qué es, pero algo malo va a suceder… lo vi, yo lo vi…” Von Hagen estaba a punto de ganar la partida nuevamente, pero se detuvo, “¿A qué te refieres? ¿Algo malo le sucederá a él?” “Más jodido de lo que ya está, no puede estar…” Comentó Román Ibáñez, quien en ese momento entraba con un plato de guiso caliente en las manos y un pan amasado bajo el brazo, luego agregó “…Florentino hizo el pan, y ese hombre tiene las manos de una monja” Von Hagen hizo el amago de ponerse de pie para ir por su cena, pero Eloísa lo detuvo sin quitar la vista del tablero, “Si abandonas la partida, gano yo…” Sentenció. Al final, el bueno de Pardo trajo la ración de todos en una olla que luego repartieron. Por la mañana, la responsabilidad de animar a las personas para que se acercaran al circo, recayó, para sorpresa de todos, en las pequeñas manos de Román Ibáñez. Ni él mismo era capaz de creerlo cuando Beatriz le alcanzó el megáfono de Cornelio Morris, se sentía como si estuviera recibiendo alguna especie de báculo de mando o algo así, Beatriz sonreía levemente, aunque su sonrisa parecía algo cínica, “…te escuché ayer cuando presentaste a Sara y quiero que hagas lo mismo con los demás, eso es todo” Y el enano lo hizo, encaramándose sobre una caja, con la ayuda del amigo de todos, Ángel Pardo, y el megáfono en la boca, comenzó a gritar con su voz aguda y aguardentosa  las maravillas del circo, “¡Acérquense, Damas y caballeros! No dejen para después lo que solo podrán ver hoy. El animal más extraño de la naturaleza, mitad hombre, mitad mono; habitante del frío, cazador de focas, lobos… y hombres” La gente se agrupaba para oírlo divertida, como si él mismo fuese una atracción en sí. Desde corta distancia, en su jaula y ya listo para actuar, Von Hagen oía incrédulo de que aquella fuese su presentación, Beatriz por otro lado, cobraba las entradas conforme de haber puesto al enano allí, quien no paraba de gritar y gesticular como un muñeco mecánico incapaz de cansarse, “¡Pasen, señores! No sean cicateros, que este no es solo un espectáculo más, es una experiencia única que jamás olvidarán en toda su vida” El circo se llenó de abundante público, y el enano seguía yendo de un lado para otro gritando sin parar cuanto salía de su cabeza, “Si creían haberlo visto todo, ¡El circo de las Maravillas de Cornelio Morris les mostrará lo equivocados que están y…!” Su voz y su entusiasmo se extinguieron en ese momento, a tan solo un par de metros de él estaba parado Cornelio Morris con su decrépita figura sujeta en un bastón, quien ya comenzaba a ponerse de pie, aunque solo fuese capaz de hacerlo durante algunos minutos. El enano se quedó sin habla, como si hubiese visto al mismísimo diablo, pero Morris, sin abrir la boca, asintió con la cabeza y le animó a seguir con un leve gesto de la mano, Román no comprendía nada, solo pudo asentir con nerviosa rapidez y seguir con su repertorio. Hasta Cornelio debía admitirlo: el enano hacía un excelente trabajo, y su pequeña y estrambótica figura, era un imán para la gente, que disfrutaba con solo verlo y oírlo, y que lo seguían como un rebaño de jóvenes gansos a su madre. Unos segundos después, Román echó un nuevo vistazo a su jefe, pero este ya no estaba, y por más que lo buscó con la vista no logró verlo. Cornelio Morris ya descansaba nuevamente en su sofá, gracias a los hermanos Monje quienes lo transportaron de regreso a su oficina sin pérdida de tiempo, literalmente. “¿Entonces, zarpamos esta misma tarde?” preguntó Eusebio, con el rostro contraído, mientras Cornelio recibía un té con un corto de coñac de manos de Eugenio, “Sí…” respondió su jefe, y agregó “…ya no podemos pasar tanto tiempo en un solo sitio, no tengo las mismas fuerzas de antes” Los mellizos asintieron obedientes. Antes de salir, Cornelio les recordó su propósito, “Recuerden, quiero que enfilen hacia Valle Verde, tengo un asunto que atender allí” Los hermanos se miraron, pero ni Eugenio ni Eusebio tenían alguna idea de qué asunto podría tener su jefe en ese lugar, por lo que solo se limitaron a volver a asentir.


León Faras.

sábado, 30 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXII.

 

Horacio Von Hagen fue el último en enterarse de lo sucedido con Lidia, solo lo notó cuando Ángel Pardo le hizo señales por encima de la multitud de gente que siempre se reunía frente a la sirena. Llegó corriendo, pasando por entre la gente como por una estrecha grieta, el estanque tenía menos de un metro de agua, un par de escaleras instaladas para entrar y salir y a Lidia tendida en el fondo. No dudó en saltar dentro, se arrodilló a su lado y le cogió la mano en un esfuerzo inútil por hacer algo para ayudarla. Lidia flotaba en medio del agua, sin tocar el fondo, pero tampoco saliendo a la superficie, tenía los ojos cerrados, pero las branquias en su cuello se abrían y cerraban a un ritmo lento y lastimoso, lo que al menos significaba que seguía con vida. Sofía había notado lo mismo, por lo que había preguntado a gritos si había un médico entre la gente del pueblo, pero nadie le respondió, todos se miraron con la esperanza de que alguno supiera algo, pero todos sabían lo mismo: que en ese pueblo no había ningún médico y que el más cercano estaba en una pequeña ciudad a medio día de distancia a caballo, y así se lo dijeron y así se lo dijo ella a Cornelio, este quiso pensárselo unos segundos pero la muchacha insistió, “No la dejes morir ahí…” Fue un ruego, pero con sabor a amenaza, entonces Cornelio se dirigió a Beatriz, “Carguen todo y vamos por ese médico…” Luego agregó, “…tal vez, de paso, ese doctor me pueda ver a mí también” Pero nadie le oyó eso último, porque las mujeres ya habían salido casi a la carrera. Así fue como el campamento comenzó a ser montado en los camiones en las propias narices de los visitantes que no atinaban a moverse del lugar. Eloísa, que como siempre aguardaba escondida en su tienda para no arruinar la sorpresa de su aparición, se quedó sin actuar ese día y solo se enteró de lo que ocurría cuando su tienda comenzó a ser desmontada por los trabajadores, que ante la urgencia de la situación, levantaron todo en un tiempo récord. Sofía puso en marcha su camión sin siquiera esperar a que los hermanos Monje hicieran su magia, lo que estuvo bien, porque mucha gente aún los observaba con una mezcla de preocupación y desilusión mientras el circo se iba a toda prisa.

 

Gracias a la magia de los hermanos Monje, el tiempo que tardaran en dar con la ciudad en la que el médico atendía, no corría. Era una ciudad pequeña, efectivamente, pero bonita y ordenada, con sus casitas sólidas y uniformes y sus calles centrales pavimentadas. Tanto Beatriz como Sofía se adentraron en ella apenas se instalaron en las afueras, algunas personas que estaban cerca les miraban como a extraterrestres, porque aquellos camiones habían surgido de la nada. Preguntando con insistencia, llegaron hasta una casa en la que se podía leer en un cartel dorado, “Dr. Ignacio Ballesteros” Una mujer de mediana edad llamada Hortensia los atendió, llevaba delantal de enfermera y tenía esa calidez innata de algunas personas para tratar a otras, con toda congoja, les informó que el doctor no se encontraba, pues gran parte del día, se la pasaba visitando a sus pacientes incluso en los pueblos cercanos. Debió ser mucha la desolación en el rostro de las mujeres al oírla, o la suficiente como para que Hortensia se ofreciera a ayudarlas, “Yo no soy doctor, pero llevo muchos años cuidando y atendiendo enfermos junto a mi esposo. Tal vez yo pueda ayudarles” Sugirió con dulzura, Sofía ni se lo pensó para aceptar y Hortensia les acompañó. Lo cierto era que Hortensia, tenía una muy buena reputación en la ciudad, una mujer que conocía su oficio tanto como su marido, el doctor Ballesteros, del que había aprendido buena parte de lo que sabía. Por el camino le hablaron con prisa y poco detalle, que ellas pertenecían a un circo, que la paciente era una mujer y que se encontraba inconsciente, aunque respiraba. Lo del circo, no lo imaginó correctamente hasta que llegó allá y se encontró de frente al gigantesco Ángel Pardo que sobresalía muchísimo de entre todos, más todavía con el pequeño Román parado al lado, sin embargo, aquello no la sobresaltó tanto como ver de cerca a Eloísa, cuyas alas parecían tan reales que daban miedo. Apenas se recuperó de la impresión, le señalaron a la paciente: en un estanque de vidrio un hombre cubierto de pelo de pies a cabeza le sujetaba la mano a una mujer sumergida en agua. Hortensia no lo podía creer, “¡Pero cómo no va a estar inconsciente si está sumergida bajo el agua! ¿Por qué no la han sacado del ahí?” Exclamó espantada, Beatriz le explicó que no podían sacarla del agua porque su paciente era una sirena que vivía allí, en ese momento Hortensia estuvo a punto de recular, todo aquello le parecía un sueño demasiado extraño para ser cierto, pero Sofía le rogó que al menos le echara un vistazo. Pasada la impresión del primer momento, la enfermera respiró hondo y aceptó que estaba allí para hacer su trabajo, por lo que, sin dudárselo más, se encaramó en la escalera y se metió en el estanque. Lo primero que pensó fue en revisar el pulso de la sirena con los dedos en el cuello, pero sus branquias no se lo permitieron, por lo que lo hizo en la muñeca, eran débiles, como los latidos de su corazón, y como su respiración. La vida se le estaba extinguiendo ¡y no tenía ni idea de qué hacer con una sirena! No parecía sufrir dolor, ni tenía contusiones de ningún tipo, no parecía acusar ni un solo síntoma de alguna enfermedad conocida por ella, solo se extinguía como una vela, en paz, como si… Entonces tuvo una inspiración, había visto algo así alguna vez, no estaba segura de nada, pero al menos tenía una idea, “¡Necesitamos agua!” Ordenó, Horacio no lo comprendió, “Pero si se la acabamos de sacar cuando se puso así” explicó con timidez, Hortensia negó enfática, “No, no la misma agua. Hay un pozo en el pueblo, consigan agua allí, ¡Rápido!” Y luego dirigiéndose a Sofía que la miraba desde arriba, le gritó “¡Dame una cubeta!” Y mientras Von Hagen salía del estanque para hacer espacio, Hortensia comenzó a coger el agua y a volverla a dejar caer dentro desde una mediana altura, una y otra vez, ante las miradas de incredulidad de todos, “¿Qué está haciendo?” Preguntó Beatriz sin llegar a comprender cómo rayos eso podía servir de algo, Hortensia le respondió sin detener su labor, “Creo que se está asfixiando, a esta agua casi no le queda oxígeno” “No sabía que en el agua hubiera oxígeno” confesó Von Hagen, con la cara pegada al cristal. Luego de algunos minutos, Hortensia pudo comprobar que las branquias de Lidia empezaban a tener un movimiento notoriamente más vigoroso, y mientras el agua limpia y fresca del pozo comenzaba a caer dentro del estanque, la sirena abrió los ojos, estaba débil, con el oxígeno poco a poco esparciéndose por su cuerpo, pero al menos ya consciente. Miró con curiosidad a aquella desconocida a su lado, dentro de su estanque, y luego quiso examinar su alrededor, allí estaban todos aquellos a quienes ella podía reconocer, pegados contra los cristales observando cómo estaba. Hortensia salió empapada, pero llena de satisfacción, no olvidaría nunca el día en que atendió a una sirena, Beatriz la acompañó para pagarle por sus servicios, pero se quedó de piedra cuando vio a Cornelio Morris, de pie sujeto con un bastón a varios metros de su oficina, observando desde lejos lo que sucedía en el estanque de Lidia. Ambas mujeres tuvieron que ayudarle a regresar, Hortensia le ofreció sus conocimientos en salud, pero Cornelio los rechazó con acidez, “No se preocupe por mí, señora, yo solo necesito descanso, dígame ¿Cuánto le debo por su trabajo?” La mujer cobró y se fue, pero comprendió perfectamente la actitud de Cornelio, la había visto muchas veces antes, sobre todo al principio y le había costado varios años de trabajo que la valoraran sus propios vecinos, Cornelio Morris no había aceptado su ayuda, solo por el hecho de que ella era mujer.


León Faras.

miércoles, 27 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LXI.

 

Cuando empezó a oscurecer, Urrutia y Vicente se dieron cuenta de que no llegarían al pueblo donde estaba el circo si no seguían conduciendo durante toda la noche, pero aun así les fue imposible, porque los caminos interiores estaban llenos de desvíos y bifurcaciones que no llevaban a ninguna parte ni aparecían en los mapas y que además eran muy fáciles de confundir, con lo que terminaron en un descampado en el que se podía ver cómo el mundo y el universo se mezclaban como uno solo, “¿Tienes alguna idea de dónde estamos?” Preguntó Vicente, encendiendo un cigarrillo, luego de bajar del vehículo para estirar las piernas y acomodarse la columna. Urrutia examinó los alrededores deteniéndose a su lado, luego negó con la cabeza, como cabreado “No se ve un carajo” dictaminó. A Vicente no le quedó más remedio que aceptar la respuesta, pues él mismo no podía distinguir nada más allá de la brasa de su propio cigarro.

 

Hacía muchos años que Eusebio Monje no era citado por Cornelio Morris a su oficina. Por la mañana, antes de que el circo iniciara sus presentaciones, Eusebio llegó allí. Al verlo, no pudo evitar un gesto de profunda preocupación, su aspecto era lamentable, “Deja de mirarme así que todavía no me he muerto” Gruñó su jefe, el conductor desvió la vista, pero no cambió su gesto. “Necesito que enfilen los camiones hacia Valle Verde” Eusebio entendió aquello, pero el problema era que, “…eso queda bastante lejos de donde estamos…” le explicó, pero Morris no necesitaba explicaciones, “No estoy diciendo que vayamos hacia allá directamente, sino que enfiles los camiones en esa dirección, ¿entendido?” Y luego de que Eusebio asintió, agregó “Tengo un asunto que resolver allí” Eusebio no tenía ni la más remota idea de qué asunto podía ser ese, pero tampoco era problema suyo, por lo que solo aceptó la orden con gravedad y se fue.

 

El debut de Sara como Blanca Salomé, fue de lo más improvisado y paupérrimo, porque de todo lo que tenían planeado, apenas pudieron conseguir una alfombra medio decente, una mesa, a la que debieron cortarle las patas para que tuviera la altura adecuada y un par de cojines para sentarse en el piso. También había una vela que le daba cierto ambiente, pero no estaba como decoración, sino porque el interior de la tienda de Mustafá era oscuro como una cueva, “¿Ya estás lista? La gente comienza a llegar” Le preguntó Román a la mujer que intentaba acomodarse sobre un cojín demasiado pequeño y en un espacio donde apenas cabían sus piernas, “¡No!” respondió angustiada, “¡Tienes que ayudarme! No tengo ni idea de qué hacer con esto” Agregó, mostrando las cartas que Beatriz le había dado. El enano recordaba la forma cómo la vieja Luciana leía las cartas, “¡Es muy simple! Solo tienes que tomar la baraja así, revolverla de esta manera y luego sacar tres cartas. Siempre son tres, ¡Así!” Y el enano hizo todo el proceso hasta dejar tres cartas sobre la mesa frente a Sara, las que esta miró maravillada, el enano se dio cuenta de aquello y espantado retiró las cartas de la mesa, “¿Lograste ver algo?” La mujer asintió encantada, Román soltó el mazo de cartas sobre la mesa como si de pronto le quemaran la mano, alterado, con la vena en la sien a punto de reventarse “Muy bien, ya sabes cómo hacerlo. Ahora me voy, tengo cosas que hacer” La mujer lo quiso retener con timidez, “Pero…” El enano la detuvo con ambas manos en alto y unos ojos enormes, “¡No me digas nada! No quiero saber qué diablos viste, solo… haz tu trabajo y yo haré el mío, ¿está bien?” La mujer se atrevió a insistir una vez más en un tono mucho más débil, “pero…” “¡NO!” la silenció Román, antes de salir enfadado y casi huyendo de la tienda.

 

“¡Acérquense por aquí, damas y caballeros! Ante sus ojos tienen una oportunidad irrepetible en sus vidas. Ninguno de los misterios del futuro puede ocultarse a sus ojos, ninguna llave del destino está cerrada para sus sentidos, ella conoce los planes del Creador para con cada uno de ustedes. Acepten el desafío de conocer su propio destino y lo que este les depara. Ante ustedes, la princesa del misterio, la reina de lo oculto e ignoto, el faro de los perdidos en la vida, la única y verdadera: Blanca Salomé” Una inspirada presentación de Román Ibáñez que rindió efecto entre los primeros visitantes que se acercaron interesados. Beatriz, que debía hacer ahora el trabajo de Cornelio con su megáfono, se contuvo impresionada con la elocuencia del enano. Román siguió animando a las personas a visitar los aposentos de la pitonisa o a continuar observando las múltiples maravillas del circo de rarezas de Cornelio Morris mientras veía los rostros de aquellos que habían visitado a Blanca Salomé, salir embargados bajo la contundente verdad de sus predicciones, algunas para bien, y otras no tanto. Al menos, algunos parecían hasta sonreír, pensó Román, lo que sí estaba claro y no necesitaba ser adivino para saberlo, era que a esta mujer le iría muy bien con los visitantes. Sin embargo, cuando todo parecía estar funcionando bien de nuevo después del incendio, otra vez algo se truncaba, como si la predicción de Sara, no hubiese sido solo para Cornelio, sino también para todo su circo. Sucedió ya a media tarde, cuando Beatriz presentaba a la fabulosa sirena, los telones se corrían y Lidia debía aparecer con toda su espectacularidad, pero no apareció. Beatriz no comprendía qué sucedía, hasta que alguien del público gritó, “¡Ahí! ¡Está ahí!” Y entre las brumosas aguas del estanque se pudo adivinar el cuerpo de Lidia flotando, totalmente inerte. Aquello no era parte del espectáculo, “Dios bendito, ¡Lidia!” Gritó Beatriz, arremetiendo con las palmas contra los cristales, en seguida apareció Sofía gritando por su madre, “¡Mamá, despierta! ¿Qué te ocurre? ¡Mamá!” sin importarle lo extraño que aquello sonaba para los visitantes. Al mismo tiempo, los hermanos Monje y Ángel Pardo movían a la gente que ya comenzaba a entender que algo malo estaba ocurriendo. Guiados por Sofía, algunos trabajadores trajeron una escalera para subirse al estanque y comenzar a sacar agua con cubetas para dejar una cantidad en la que se pudiera entrar, mientras Beatriz corría hasta la oficina de Cornelio Morris, terriblemente acongojada, imaginando lo peor. Cornelio parecía demasiado cansado para impresionarse, “No está muerta… créeme, si así fuera, yo lo sabría” Le dijo, haciendo un gran esfuerzo para sentarse en su sofá, en el que permanecía tumbado, “Tienes que ayudarla, tienes que sacarla de ahí” Le rogó la mujer, Cornelio la miró como si se hubiese vuelto loca, “Sabes muy bien que no puedo hacer eso… hay un contrato que…” “Pues, que firme otro contrato” Arremetió Beatriz, la que ya estaba hablando sin pensar, pero Cornelio estaba demasiado débil para enfurecerse como lo haría comúnmente ante la testarudez de sus subordinados, “Los pactos deben ser respetados, el contrato es solo uno y para siempre y tú sabes muy bien cuál es la única salida…” Beatriz lo sabía, pero debía haber algo más que se pudiera hacer. En ese momento irrumpió Sofía en la oficina gritando sumamente alterada, “¡Un doctor! ¡Necesitamos un doctor!”


León Faras.

lunes, 25 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LX.

 

Cornelio Morris, no sabía si creer o no en la predicción de Sara, pero lo cierto era que lo había cogido en un muy mal momento, pues, aunque no lo sabía con certeza, sospechaba que su recuperación física, no sería tan fácil ni tan rápida y también estaba consciente de que su sensacional empresa, hacía rato que solo se mantenía, sin crecer como lo hacía en un comienzo. El dinero que almacenaba en su baúl de madera y hierro, también parecía haber empezado a decaer, a pesar de que sus atracciones eran cada vez más espectaculares y que los espectadores jamás le fallaban, como si fuerzas misteriosas hubiesen hecho un agujero por el que se le escapaba su fortuna y le impedía su crecimiento como una enfermedad, sin embargo, no estaba dispuesto a rendirse y a permitir que un mal augurio lo arrastrara con él. Fuera cierta o no la habilidad de Sara, Cornelio no pensaba desaprovecharla, y ordenó que movieran a Mustafá de su tienda con decoración de brujería y misterio y que fuera acondicionada para que Sara la utilizara, para leerle el futuro a las personas que visitaban el circo, pero antes, y al igual que todas las atracciones en el circo, necesitaba un nombre que llamara la atención, así fue como nació “Blanca Salomé, la Princesa del Misterio” Su nombre más ingenioso hasta ese momento, y mandó a hacer un cartel con ese nombre. Cuando Beatriz le informó a Sara que se preparara, porque tendría su propia tienda para atender a los visitantes que quisieran conocer su futuro, que de seguro serían docenas, la pobre mujer reaccionó espantada, como si lo que le estaban proponiendo fuera una completa locura y una estupidez suicida, y el nombre que le habían puesto le daba vergüenza de solo leerlo, con toda esa pomposidad apabullante y ese título de princesa que en su vida se había imaginado tener, le parecía sencillamente demasiado. Beatriz le respondió sin conmoverse en lo más mínimo, que la decisión ya estaba tomada y que así sería, Sara protestó, “¡Pero si yo no soy nada de eso! ¡Les juro que jamás en toda mi vida he leído el futuro de nadie!” Insistía con testarudez, hasta que Ángel Pardo, que estaba a su lado, la cogió por los hombros con sus manotas, “Escucha, tú ves y entiendes cosas, que nadie más puede ver ¡Puedes hacerlo! Tú solo lo miras y lo sabes, sin ningún esfuerzo, como cuando supiste lo del incendio ¿recuerdas?” Sara lo miraba asustada, renuente. El gigante, en un arrebato de inspiración, cogió un pequeño puñado de maníes que tenía cerca y los arrojó al piso, “¿Puedes decir lo que ves ahí?” Preguntó, señalando al suelo. La mujer los miró brevemente, y al momento abrió los ojos sorprendida, como si una visión le hubiese golpeado los sentidos, luego miró a Pardo con angustia, y negó con la cabeza, el gigante escudriñó sus ojos, “Viste algo, ¿verdad?” Su tono era suave y confiable, Sara asintió con timidez, “Pero no quieres decir qué viste…” la mujer negó de forma apenas perceptible, Ángel Pardo aceptó eso, “Está bien, no tienes que decirlo, pero sabes que puedes ver el futuro en los demás y lo harás bien” Una vez que pareció estar un poco más convencida, Beatriz le alcanzó un mazo de cartas, “Dice Cornelio que pruebes con esto” Luego se dirigió afuera, donde Román y Horacio aún trabajaban en las reparaciones, “Y tú te encargarás de ayudarla al principio” Le ordenó al enano, señalando a la mujer, Román se opuso asqueado, “¡Qué? ¡Y por qué tengo que hacerlo yo?” protestó, Beatriz tenía respuesta para eso, “Te librarás de Mustafá por unos días” El cambio de actitud del enano fue drástico, “¡Cuenta con eso!” Respondió, mucho más conforme.

 

Por la noche, Beatriz le llevó una sopa de pollo a Cornelio, el mítico remedio para reconfortar el cuerpo y un alimento que Cornelio no probaba hacía muchos años, se la tomó con el ansia pasiva de los ancianos, eso dejaba en evidencia lo mal que estaba, también el hecho de que la hubiese dejado a ella de manera oficial como encargada del circo, hasta que él pudiera coger las riendas nuevamente, debía estar muy mal para cederle ese puesto a alguien. La mujer solo le respondió que él mismo estaría de vuelta organizando todo en muy poco tiempo, pero en el fondo no se lo creía ninguno de los dos. Sofía se fumaba un cigarrillo con desgano en la entrada de su tienda, más como un acto de consagración de su repentina y joven madurez, que por verdadero aprecio al acto en sí. Vio a su tía al regresar, su cara, era la del que ha visto algo tan malo que no es fácil quitárselo de la mente, la muchacha no pudo evitar preguntarle por la salud de Cornelio, “Se pondrá bien…” Respondió complaciente aquella, y su respuesta fue tan liviana e insatisfactoria, como un trozo de espuma, “¿Segura…?” Agregó Sofía, ofreciéndole el pitillo, Beatriz lo aceptó con agrado, “Es como si hubiese envejecido veinte años en un solo día” “Sé lo que eso se siente…” replicó Sofía en el acto, en un tono simpático, Beatriz sonrió cansada. Sofía continuó, “…tú lo amas, ¿verdad?” La mujer le dio una última calada a su cigarro y se lo devolvió, “Lo amé, más de lo que te imaginas, pero también aprendí a temerle mucho, lo que queda ahora, supongo que es una extraña mezcla de ambas cosas” Sofía asintió, dudando en hacer la siguiente pregunta, pero sintiendo como se prolongaba demasiado el silencio, al final la hizo, “El hijo que tuviste, ¿era de él?” Beatriz asintió en silencio, mirando al cielo estrellado, luego comentó, “Apenas nos conocíamos hace menos de un año. No fue ninguna noticia agradable de oír para él…” Eso no era nada extraño, eran abundantes los hombres que se desentendían cuando su pareja se embarazaba, y los mejunjes para abortar también eran frecuentes, aunque no siempre efectivos, eso Sofía lo sabía, pero lo que le interesaba era otra cosa, “¿Cómo murió?” Beatriz la miró largo a los ojos, como buscando el valor necesario para hablar, al final, su vista cayó al suelo, “No sé si debas saberlo…” Sofía se pegó aún más a ella para poder hablarle en un susurro, “Pero, tú quieres decirlo…” Los ojos de Beatriz se inundaron hasta rebosar en un par de gordas lágrimas cargadas con el recuerdo de su hijo. Resultaba extraño verla así, a la que siempre era la más fuerte y segura. Beatriz se resistió una vez más, Sofía ya no podía imaginar lo que había pasado con ese niño, “Oye, él era mi familia también. Hasta hace unos días ni siquiera sabía que tuve un primo y ahora, solo quiero saber qué pasó con él” Beatriz le echó un vistazo al campamento, las fogatas estaban encendidas y los diferentes grupos reunidos, apenas se oían voces o alguna risa aislada. Nadie circulaba por el campamento, “Prométeme que no se lo dirás a nadie” le dijo Beatriz, sorbiéndose los mocos y secándose las mejillas, Sofía apretó el ceño, pero asintió, entonces la mujer se lo dijo, “Todas las cosas que has visto en este circo, y muchas otras que no viste, las maravillosas y las no tan bonitas, todas provienen de un sacrificio que Cornelio hizo hace años…” Sofía tenía una vaga idea de lo que aquello significaba, “¿Sacrificó a su propio hijo…?” Preguntó con auténtico miedo en la cara, Beatriz se lo confirmó sin mover un solo músculo.


León Faras.

martes, 19 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

 

LIX.

 

Gloria era una mujer de treinta años, casada hace seis con Damián Corona con el que nunca había conseguido tener hijos, lo que la hacía sentir cierta culpabilidad y apagaba aún más su reducida personalidad. Su marido, era poco el tiempo que pasaba en casa, aunque, al menos le quedaba el consuelo de tener cerca a su familia: su hermana y sus sobrinos por un lado y su madre y una tía por otro, a las que visitaba constantemente para no pasarse la vida sola. Aquel día, Damián llegó a casa apenas pasado el mediodía, lo que era completamente inusual, tanto que su mujer se espantó un poco, pues no le había dicho nada y ella nada tenía preparado, “Pero, Cariño, ¿por qué no me avisaste que venías? hubiera preparado algo de comer” Le dijo con la ternura que siempre tenía para él y para todo el mundo, probablemente surgida de su maternidad frustrada, él le respondió que no se preocupara, mientras recogía algo de ropa y la metía en una maleta, “¿Vas donde tu hermana?” le preguntó, al verla arreglada para salir, la mujer asintió, de hecho, estaba a punto de salir cuando fue sorprendida por su marido, “¿Piensas irte otra vez? Pero si acabas de llegar hace apenas unos días” le reprochó su mujer con un tono muy, muy leve de enfado. Damián la cogió por los hombros, “Es Vicente, me temo que se va a meter en un lío muy gordo si no hago algo por detenerlo” Gloria lo miraba a los ojos con la cabeza inclinada hacia atrás, él era notoriamente más alto, “¿Qué clase de lío…?” preguntó asustada. Nunca le había agradado del todo Vicente, al que consideraba un irresponsable que solo vivía para sí mismo. Damián no podía hablarle de las locuras que había visto en el circo, por lo que solo le habló de “gente peligrosa” con la que podía tener muchos problemas, “Escucha, te prometo que esta será la última vez, luego de esto, me dedicaré al negocio y a la casa. Te lo juro…” Aquello estaba lejos de ser alentador para su mujer, “Y esa gente, ¿puede matarte?” Le preguntó con verdadera angustia en los ojos, Damián no estaba completamente seguro de esa respuesta, dudó, y esa duda lo delató, “No, claro que no, no pienses cosas así, sabes que sé cuidarme. Ahora ve donde tu hermana, yo volveré en unos días, te lo prometo” Afirmó, con una confianza endeble y fingida, Gloria lo miraba como un cachorrito al que se le abandona en la carretera, el hombre no tuvo más remedio que devolverse desde la puerta y abrazarla, “Te amo, por favor no lo olvides” luego de eso se fue. Aquella, lejos de tranquilizarla, fue la despedida más preocupante que pudiera recordar.

 

“¿Pero estás seguro, hombre? porque esto no suena más que a una jodida locura” Exclamaba con el rostro apretado de preocupación el sargento Leopoldo Jiménez, mientras su compañero, serio y marcial, le presentaba su permiso para ausentarse por varios días de su trabajo. El cabo Orlando Urrutia asintió sin dejarse conmover por su superior, él era hombre de una sola voz, de decisiones firmes, que una vez tomadas, eran llevadas hasta el final sin dar un solo paso atrás. Al sargento no le quedó de otra más que aceptarlo, aunque muy poco convencido, mal que mal, aquel no era hijo suyo. Urrutia salió en su pequeño automóvil, el cual había adquirido ese mismo año, y que le quedaba levemente estrecho para su prominente porte y se dirigió hacia el pueblo que le habían señalado. Menos de una hora después de partir, se topó con una furgoneta negra averiada a la orilla del camino, su propietario, un hombre joven que a pesar de vestirse bien parecía haber tenido un muy mal día, registraba afanado las entrañas del vehículo, aunque con más instinto que conocimientos, y al parecer con poca fortuna también. Urrutia se detuvo junto al desafortunado para ofrecer su ayuda, que era lo que debía hacerse en esos casos. El hombre confesó que no tenía ni idea de mecánica, siempre le pareció un trabajo sucio en el que prácticamente se vivía cubierto de mugre. Urrutia examinó el motor y sus componentes con seriedad profesional, tiró con suavidad de un cable, comprobó la firmeza de una manguera y luego asintiendo con gravedad, dictaminó su veredicto, “Se ve mal, ¿Ah?” Vicente Corona también asintió, aunque sin saber a qué se refería exactamente, “Y usted, no es de por aquí” Afirmó Urrutia, conociendo muy bien a las gentes de los alrededores, Vicente negó. El problema era que por esos lugares, no encontrarían a ningún mecánico, “…la reina aquí, sigue siendo la carreta tirada por caballos, y a estos aparatos, nadie los sabe tratar” Explicó Orlando, invitando a su nuevo amigo a subirse a su auto para llevarlo a algún sitio, que era lo único que podía hacer. “Busco un circo que, según me han dicho, es sencillamente espectacular” respondió Vicente, cuando Urrutia le preguntó hacia donde se dirigía, este lo miró como si le hubiese dicho una revelación mística, “Sí, sí que es espectacular…” Aseguró el cabo, con los ojos llenos de convicción. Eso era lo que el fotógrafo esperaba, que aquel hombre supiera al menos de qué circo estaba hablando, “Yo también lo busco” confesó luego Urrutia, con tono de complicidad, pero cuando Corona preguntó para qué, Orlando se volvió quisquilloso en seguida, “Eso es asunto mío…” le respondió cortante, sin dejar espacio a más preguntas. La cuestión, era que Urrutia tenía una pista, una información para poder dar con el mentado circo de Cornelio Morris, y era que, como cualquier cosa que medio salga de lo normal en estos pueblos de vida tranquila, la noticia del incendio y la supuesta lluvia milagrosa, se había propagado como las pulgas en verano, por todas partes y tal incendio se había provocado en un circo que sin duda, no podía ser otro que el que ellos buscaban. Vicente solo cogió su bolso con ropa y dinero y el combustible que cargaba, y el resto lo abandonó junto con su furgoneta, la que no corría más peligro que el del mismo ambiente, porque, y el cabo Urrutia lo sabía mejor que nadie, en estos pueblos lo máximo que se podían robar era una gallina de vez en cuando o un par de membrillos de los que cría la gente en los cercos, “…de seguro que cuando vuelva, la encuentra igualita” Afirmó.

 

Según el mapa, el lugar del incendio estaba a menos de un día, aunque también había que considerar las condiciones del camino, sobre todo el de los interiores, los cuales podían ser traicioneros, sin embargo, con algo de suerte, podían dar con el circo antes de que este se moviera.


León Faras.

jueves, 7 de enero de 2021

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris

 

LVIII.

 

No mentía Sara cuando decía que zurcir se le daba realmente bien. Con las primeras luces de la mañana la gente se abocó a la tarea de reparar sus tiendas lo mejor posible, parchándolas con los trozos de lona que se salvaron, ya que en el pueblo en el que estaban según sus pobladores, las telas, fueran las que fueran, debían ser encargadas y podían tardarse hasta un mes en llegar, lo que no era de extrañarse en sitios tan alejados de la mano de Dios como los que solía visitar el circo. Sara unía trozos con más precisión que rapidez, sin importar lo grandes que fueran, como una máquina que no admite distracciones. Eloísa, a su lado, practicaba su costura con más voluntad que talento, quejándose constantemente de que las telas que a ella le tocaban eran las más gruesas o sus agujas las menos puntiagudas y distrayéndose con cualquier cosa, Sara la miraba con una sonrisita de complacencia, sin decirle nada, convencida de que la milagrosa lluvia había tenido algo que ver con ella. Cornelio Morris, no se movió de su oficina, según algunos, estaba jodidísimo, como si lo hubiesen agarrado tres gripes enormes al mismo tiempo y lo hubiesen dejado con todos los huesos adoloridos, según Beatriz, se recuperaría pronto, solo necesitaba descansar, mientras tanto, el circo no atendería a su público ese día, dejándolo por completo para reparar los estragos del incendio. Von Hagen recortaba los trozos de lona que eran necesarios para remendar, ayudado por Román Ibáñez, quien se había atado a la cabeza un pañuelo para enjugarse el sudor que le brotaba copioso al enano en la frente. El comentario obligado entre todos era que, según Eloísa, Sara podía predecir el futuro leyendo migas de pan, y no es que les costara creer aquello, porque Sara, habiendo firmado un contrato con el circo, algo raro tenía que salir de ahí, más bien, la discusión giraba en torno a quien estaba dispuesto a conocer su destino con semejante precisión. Román, aseguraba que no, porque con seguridad no le diría nada bueno, y prefería evitarse la angustia de vivir con la certeza de que algo horrible le sucederá y no poder hacer nada para evitarlo, “¿Entiendes? Dejas de vivir esperando que eso ocurra, y cuando piensas que ya no va a ocurrir, ¡Zas! Ocurre. Recuerda esto, Horacio: al destino siempre le gusta sorprenderte, por muy bueno que seas adivinándolo” Lo dijo circunspecto, como un abuelo que le da un importante lección de vida a su nieto, Horacio lo miró sin creerse ni pizca de lo que hablaba, “¿Y tú qué rayos vas a saber de eso!” El enano dejó lo que estaba haciendo y se enderezó a toda su escasa altura, con pose orgullosa “Probablemente muy poco, pero sí sé algo. Yo conocí a la vieja Luciana, la empleada de los Neira, descendiente directa de esclavos, ella leía las cartas en secreto a cambio de cualquier cosa de utilidad, tenía fama de bruja en todos los alrededores y yo fui a verla un día, solo, era muy joven, y quería saber lo que todo joven quiere saber…” Notó que Eloísa le estaba poniendo atención mientras tiraba de su aguja y quiso cohibirse, pero aun así continuó, “…le pregunté por el amor” Afirmó con gravedad, como si estuviera confesando algo vergonzoso, “Tenía la pueril esperanza de que me dijera algo bueno, y lo hizo, me dijo que había una mujer que me amaría, pero inmediatamente después me dijo que ese amor estaba condenado a terminar en desgracia, en ese momento pensé que eso era mejor que nada. Ya me había olvidado por completo de las palabras de la vieja Luciana cuando conocí a Amelia, y no volvieron a aparecer de nuevo en mi memoria hasta que se cumplieron. Como ya te dije, al destino le gusta sorprenderte” Horacio se quedó pensando, aquello era posible, pero no tenía que ser siempre así, y así se lo hizo saber, “Pero también pueden predecir cosas buenas, quiero decir, no puede ser siempre todo malo” Eso sonaba lógico, al menos para él, el enano le remarcó lo ingenuo que le había parecido el comentario con la sola mirada, “Tú no sabes mucho de adivinos, ¿verdad, Horacio? Entre los verdaderos adivinadores, y no los farsantes, los que anuncian tragedias son los más comunes, encontrar uno verdadero que anuncie venturas, es como encontrar una moneda marcada, arrojada al fondo del mar” “¿Y qué hay de los que anuncian tragedias y dichas por igual?” Propuso Eloísa, especialmente interesada, manteniendo su aguja suspendida en el mismo punto que antes, Román se encogió de hombros, “Si encuentras a uno capaz de presagiar venturas, entonces puede con las desgracias, la tragedia siempre es más fácil, decía la vieja Luciana” En ese momento llegó Beatriz, quien se estaba haciendo cargo de todo mientras Cornelio se recuperaba en su oficina, “Sara, ven conmigo un momento”

 

Cornelio Morris estaba tendido sobre su sofá, se veía como un estropajo sin fuerzas y con dificultades para respirar cuando Sara entró a su oficina, Beatriz entró luego y entre las dos tuvieron que ayudarlo para poder sentarse. Era la imagen de un hombre muy, muy mayor que luce agotado bajo el peso de la vida, incluso Sara que apenas le había conocido hace muy poco, se mostró afectada por su deteriorado aspecto, “Según me han dicho, puedes presagiar el futuro” Le dijo Cornelio, con una voz mucho más pausada que de común, Sara se había sentado en una silla frente a él, y tras una pequeña mesita de centro en la que no había más que un jarro y un vaso con agua. La mujer sonrió nerviosa, “¡Oh no, señor! Yo no sé nada de eso, y creo que, no podría nunca hacer nada parecido, señor” Cornelio y Beatriz se miraron, ambos habían oído las afirmaciones de Eloísa sobre la increíble predicción que la mujer había hecho del incendio, Beatriz, de pie junto a Cornelio, intervino, “Entonces, ¿cómo es que supiste que el circo se quemaría?” Aquello la ponía bajo la sospecha de que ella misma lo habría provocado. Sara la miró con rostro desvalido, “¡Pero si estaba tan claro que cualquiera podía verlo! ¡Yo no hice nada! ¡Cómo podría yo adivinar algo?” “¿Cualquiera podía verlo? ¿Cómo que cualquiera?” Preguntó Cornelio clavándole los ojos, los que ahora lucían unos capilares muy marcados, Sara asintió como una niña pequeña que asegura decir la verdad, “Sí señor, tan claro que se podía leer con un solo vistazo. Incluso yo, que nunca he sabido nada de esas cosas, lo vi de inmediato” En ese momento, Cornelio empezó a toser, como llevaba haciéndolo todo el día después del incendio, una tos de enfermo que Beatriz se apresuró a calmar con un poco de agua, cuando por fin la tos aminoró, la mesa había quedado salpicada por una pequeña multitud de gotitas de agua que Sara observaba con sobrada atención, “¿Lo ven? ¡Es evidente! ¿Es que no lo ven?” Beatriz la miró como se le mira a una loca, “¿Ver qué…?” le preguntó. Cornelio también parecía intentar buscar algo sobre la mesa donde Sara apuntaba con todos sus dedos, el rostro de esta pasó de la ilusión a la incredulidad y luego a la compasión, “¿De verdad no lo ven?” Aquello sonó más a un ruego que a una simple pregunta, “¡Ver qué…!” repitió Beatriz. Sara no podía entender cómo era que solo ella parecía ver algo que parecía estar escrito en un cartel. Las gotas de agua habían formado una constelación cuyas posiciones precisas eran muy claras, “Ya llegó a lo más alto, señor…” Le dijo a Cornelio con infinita lástima en los ojos, no por sus palabras, sino por la incapacidad de aquel de ver lo evidente, “…ahora solo le queda caer” Sentenció.


León Faras.