lunes, 21 de junio de 2021

Del otro lado.

 

XLV.

 

Indefectiblemente, desde el día de su muerte, volvía a abrir los ojos en su cuarto con la salida del sol. Cada día, el espejo en la habitación de Laura se cubría de una línea cada vez más gruesa en medio, dejando menos espacio libre para ella, lo que en cierto modo también hacía el gran rayo oscuro con su mundo. Lo marcaba en el espejo y lo marcaba en el lugar, dejando una línea de rocas allí donde el gran rayo oscuro avanzaba cada día, como una desalentadora rutina diaria más parecida a una cuenta regresiva, como quien tacha los días en un calendario esperando el día inevitable, y cada vez estaba más convencida de que no quería huir hasta quedar atrapada en un rincón de su cuarto, como una rata a la que está a punto de caerle un escobazo encima, muerta de miedo, siendo engullida poco a poco por una incontenible pared de oscuridad con la que no se podía razonar, solo de imaginarlo le dejaba una sensación muy desagradable. Aquella mañana decidió dejar de lado los rayos oscuros que caen del cielo, las grabadoras anticuadas y los incendios forestales e irse a algún lugar lejos de todo esto que le estaba pasando. Aun estando muerta, toda esta situación era estresante, porque por alguna razón que no entendía, Dios o quien fuera, estaba tratando de eliminarla, primero con esa sombra aterradora que no paraba de acosarla a través de los espejos, y ahora con esta oscuridad incontenible que parecía tan insondable y fría como el mismísimo cosmos y no sabía por qué, solo podía insistir en cuestionarse qué era aquello tan malo que había hecho, o simplemente le quedaba aceptar que la muerte era así para todos, que todo lo que le habían dicho antes eran puros cuentos inventados, porque después de todo, nadie nunca había regresado del más allá, ni regresaría. Debía de ser algo muy malo, porque esa sombra no parecía tener buenas intenciones.

 

Llegó más o menos al mediodía, no lo podía saber con exactitud porque no usaba reloj y porque aquel día estaba particularmente nublado. De niña disfrutaba del mar, le quedaba más o menos cerca y era un paseo recurrente con su familia, pero nunca aprendió a nadar correctamente, y siempre fue de las que solo se sentían seguras y podían disfrutar, si sus pies estaban bien apoyados en el fondo y su cabeza fuera del agua. Al crecer, siguió yendo a la playa con regularidad y gusto, pero se pasaba casi todo el tiempo tendida en la arena y cada vez menos en el mar. Aquella en la que estaba ahora, no era una playa apta para el baño, por la gran cantidad de rocas que albergaba, todas hostiles, acorazadas y afiladas por el oleaje, como si estuvieran resistiéndose a un desembarco ancestral, y estaba alejada del núcleo urbano, por lo que muy pocas casas podían verse alrededor. Laura llegó hasta la orilla, donde las olas morían y el agua cubrió sus pies, pero no la sintió y como se lo esperaba, ni siquiera fue capaz de mojarse. Era un oleaje pausado que la chica comenzó a atravesar sin que este ofreciera resistencia, tampoco sentía ninguna diferencia entre la parte de su cuerpo sumergida en el agua y la que permanecía fuera, sin más ideas a las que recurrir, infló sus mejillas de aire y se dejó caer sentada sobre el fondo. Era un paisaje totalmente diferente al de afuera y a lo que ella siempre había visto, y para su total asombro, no estaba ausente de vida; la vida allí no había desaparecido, podía ver algas y moluscos adheridos a las rocas, incontables bichos rastreros en los que nunca había reparado moviéndose en el fondo y una infinidad de detalles, como la bruma que difuminaba el horizonte infinito, creando siluetas indeterminadas que luego se convertían en cosas, la riqueza en brillos y colores del lecho marino o solo los rayos de luz de un sol que comenzaba a asomarse en ese instante, se preguntó por un momento si podría ver personas, aunque ese no era el mejor momento ni lugar, pero eso no le preocupaba demasiado tampoco, porque su cuerpo no sentía frío y sus pulmones no reclamaban el aire, y en frente tenía un mundo vasto y maravilloso para explorar, y lo mejor, lleno de vida. Se inclinó hacia delante y se lanzó suavemente en perfecto horizontal, la sensación fue alucinante, porque no era como nadar, era como volar, y moviendo los pies suavemente era suficiente para desplazarse, para cuando se dio cuenta, el fondo estaba a varios metros de ella, lo mismo que la superficie, el sol iluminaba con fuerza y los numerosos peces reflejaban su brillo con sus cuerpos metálicos. Sabía que había muchos peces en el océano, pero nunca habría imaginado tal cantidad y tal variedad, se movían en solitario o en grupos organizados y no le temían en lo más mínimo, uno especialmente grande y feo, se paseó frente a su cara con altanería, como si fuera uno de los mandamás del lugar, tenía una mandíbula prominente, llena de diminutos dientes, y unos ojos enormes que miraban con aire desconcertante, como quien no está completamente en sus cabales y refleja su estado mental en la mirada, Laura tuvo que mover el rostro hacia atrás para no recibir un colazo en la cara. La flora marina tampoco dejaba de impresionarla con su abundancia y variedad, cubriéndolo todo mientras recibieran la luz del sol, en ese momento sintió la incomodidad de la imponencia del océano, un lugar tan grande, en el que se podía vagar por una eternidad, y en el que era muy fácil perderse, en el momento en el que perdiera de vista la costa de la que venía. Laura sacó la cabeza fuera del agua, estaba lejos, pero allí estaba la costa, podía verla, pensó en que jamás se había alejado tanto de tierra firme y sentía la extraña sensación del miedo y el deseo al mismo tiempo, por adentrarse aun más en el mar. Dudaba, hasta que de pronto una idea borró toda duda de su mente, y por poco la obliga a darse una palmada en la frente: no importaba cuánto se alejara, siempre la salida del nuevo sol la llevaría irremediablemente de vuelta a su cuarto, por lo que se liberó y se lanzó a disfrutar sin restricciones de la impresionante sensación de volar como si de súper poderes se tratase, haciendo piruetas, giros sobre sí misma y lanzándose en picada hasta el azul fondo marino, para ver de cerca una extraña roca que se movía, no era una roca, sino que era una concha que debía llevar una eternidad allí, porque estaba deformada por una multitud de micro-moluscos adheridos a su superficie, como si de una diminuta y escarpada cordillera se tratase, como un veterano asteroide, incluso podía verse una pequeña estrella de mar anaranjada que había encontrado un hueco libre para instalarse, dando la sensación de que llevaba mucho tiempo allí, en ese momento se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo nacían las estrellas, no se imaginaba una poniendo huevos o expulsando, por Dios sabe dónde, un puñado de pequeñas estrellitas. Aquel, sin duda, debía de ser el rey de los caracoles marinos.

 

Fue un día genial, que terminó tumbada bocarriba, flotando en la nada, a pocos metros de la superficie, mirando cómo el día se hacía noche y la luna iniciaba su ronda nocturna, así se durmió. Lo que vio cuando despertó, le pareció un extraño sueño, aunque desde el día de su muerte que no soñaba, una gigantesca mancha negra cubría el cielo, como una gran nave alienígena, lenta y majestuosa sobre su cabeza, cuando logró reaccionar, se dio cuenta de que aquello era un enorme e intimidante barco de hierro, como un edificio de alto, desplazándose a pocos metros de ella, el sol apenas había salido, estaba en medio del océano y aunque buscó con insistencia, fue incapaz de determinar hacia dónde estaba su hogar.


León Faras.

sábado, 12 de junio de 2021

Del otro lado.

 

XLIV.

 

No había duda, tanto Gloria como su hija Lucía podían confirmar, por los restos de ropa calcinados o a medio quemar, que las prendas usadas para causar ese incendio eran las extraídas de la habitación de Laura, lo comprobaron yendo hasta allá mismo cuando notaron que, al mismo tiempo que la ropa desaparecía en su casa, las radios locales se regodeaban en conjeturas sobre un supuesto caso de despecho amoroso, en el que alguien había decidido prender fuego a la ropa de su novia en un acto de venganza o de desapego, y debido a la torpeza de esto, el incendio se había desatado, esa era la teoría más popular en la comunidad. Los últimos días estaban siendo una completa locura para Gloria, que cada día era sorprendida por un fenómeno paranormal nuevo, del que ella no había tenido nunca intenciones de saber. Apenas entrando a la población, cuando regresaba a casa junto con su hija, Mario Fuentes la detuvo alarmado, como si algo muy grave estuviera pasando, sin lugar a ninguna duda, las grabadoras habían captado algo, “Te vimos venir por la ventana, Lorenzo todavía está estudiando las grabaciones. Tienes que oírlas, definitivamente hay algo” Lorenzo Valdés estaba sentado en su comedor con unos robustos audífonos apretujados contra sus orejas, con el ceño apretado y la vista fija en el audio de la grabación. No oyó entrar a los demás. Lucía venía aferrada al brazo de su madre como si de eso dependiese su seguridad. En cuanto se acercó lo suficiente la mujer, Lorenzo se quitó los audífonos y le cedió su asiento sin decir una palabra, aún tenía un gesto muy grave, como el del médico que tiene malas noticias y algunos garabatos anotados en una hoja de papel con palabras que había podido descifrar, Mario se apresuró a ayudarle con los audífonos, “Solo escucha con mucha atención, antes de que te digamos nada…” Ambos aparatos habían obtenido grabaciones similares, pero el trasto antiguo, gracias a los años que tenía, y a su sistema más mecánico de funcionamiento, había desarrollado un constante ruido blanco mucho más evidente, muy similar al que haría un televisor sin señal, lo que era muy útil, porque ese ruido blanco contenía todas las frecuencias de sonido sin que ninguna sobresaliera y en el momento en el que una se destacaba por sobre el resto, se notaba, y esas grabaciones eran las que luego se interpretaban como voces electrónicas, cosa que el aparato pequeño había logrado con menos eficiencia. Lo primero que oyó Gloria fue un sonido constante como el de una cascada cayendo dentro de una cueva, ese era el ruido blanco, monótono, con apenas variaciones salvo por un diminuto tic que se repetía cada cierto tiempo debido a una imperfección en unas de los rollos de cinta, pero nada más, hasta que la oyó, lejana y profunda, pero audible: Laura la llamaba diciendo “¡Aquí, mamá!” y luego algo que se perdía en la niebla del ruido blanco, como un barco en la bruma. Gloria soltó un grito, rebobinó la grabación y volvió a oírla con el doble de atención, pero no logró desentrañar nada más del mensaje. Su hija Lucía la miraba preocupada, como si su madre estuviera tan desesperada, que ahora incluso era capaz de oír voces imposibles grabadas en aparatos de museo, sin embargo, ella también escucharía esa parte de la grabación, pudiendo reconocer con bastante proximidad la voz de su hermana, la que sonaba como si viniera del fondo de un pozo muy profundo, esa fue la impresión que le dio, y la imagen le causó tanta mala espina, que no quiso volver a oír nunca más mensajes grabados en esos aparatos, fueran verdaderos o falsos. Lorenzo cogió los controles de su grabadora, y con la misma gravedad de antes, los hizo retroceder nuevamente, había otra grabación, anterior a esa, que habían dejado para el final porque les pareció mucho más digna de análisis y estudio, Mario estaba de acuerdo y ambos actuaban exageradamente formales, “De esta creo que podrás sacar algo más…” le dijo, cruzándose de brazos y llevándose una mano al mentón, como alguien que se dispone a estudiar concienzudamente algo. Gloria respiró hondo, su hija la miraba temerosa, como si en cualquier momento su madre cruzaría un límite del que no podría retornar. La grabación comenzaba igual que la otra, con ese ruido persistente de cascada, algún sonido aleatorio, y de pronto, de las profundidades, la voz de Laura que parecía decir “Ayudarme…” luego algo ininteligible y después unas palabras que claramente decían, “Devorado por oscuridad…” y al final algo terminado en “er” hacer, comer, creer… pero que no quedaba completamente claro. Gloria estaba consternada e impresionada, realmente aquella le había parecido la voz de su hija muerta hablándole desde el más allá. Lorenzo le señaló con toda seriedad y respeto, que había algo que Laura quería decir, pero que no quedaba completamente claro, “Sin embargo…”intervino Mario, “…existen complejos programas de computadora, capaces de desentrañar grabaciones sonido por sonido. Creo que podremos capturar el mensaje completo” Aseguró confiado. Gloria ya se hacía una idea, tenía en su poder la grabación que le había dado Olivia, donde aparecía la voz de ese hombre, antiguo amigo de su padre, quería compartirla con él, y de ser posible, también con Beatriz, solo ellos podían asegurarle si esa voz era efectivamente la de Alan Sagredo o se trataba de un truco de la bruja.

 

La noticia del incendio no había causado ni el más mínimo interés en Olivia, hasta que recibió la llamada de Gloria que le decía que la ropa en la habitación de su hija, había estado desapareciendo como por arte de magia y que luego fue usada para iniciar el fuego, junto con combustible de encendedor, pues el envase también podía verse claramente, la bruja reaccionó suspicaz, pero lo cierto era que Gloria le estaba llamando desde el mismísimo lugar donde el incendio se había iniciado, “¿Hay algo más?” Preguntó Olivia, “Algo como qué…” respondió la mujer, la bruja se quedó pensando unos segundos, “Olvídelo…” respondió finalmente, “…Iré yo misma.” Media hora después, cogía un vehículo que la acercaba lo más posible al lugar del siniestro. El sitio estaba silencioso y solitario, el sol estaba alto, aunque no hacía demasiado calor y el olor a chamusquina lo inundaba todo. Pronto se daría cuenta de que no estaba sola, ciertas presencias espirituales le alborotaban algo dentro que las delataba antes de verlas. Allí estaba, acuclillada sobre los restos de la ropa a medio quemar. Se sorprendió de que pudiera ser Laura, pero luego desechó esa idea, ella no podía ver a Laura, y si podía verla, entonces el Escolta también podría. Era una jovencita de vestido muy sencillo y anticuado, como los que ella misma solía usar, y pies descalzos, que parecía no prestarle atención, “¿Vives por aquí?” Preguntó la bruja, bueno, obviamente la muchacha no vivía, estaba muerta, pero se entendía lo que quería decir. La jovencita se puso de pie y la miró sin sobresalto, con cierto encanto infantil, era un espíritu relativamente reciente que aún no comenzaba su materializado, caminó dos pasos hacia ella y se detuvo, “Tú debes ser Olivia, ¿verdad?” La bruja tenía cierta reputación entre los espíritus, pero no tanta entre los más nuevos, “¿Cómo lo sabes?” Preguntó, la niña le señaló la cabeza, “Por ese mechón de pelo blanco que tienes, te queda bien…” Admitió, y luego agregó, “Ah, y por tu habilidad para vernos…” Olivia asintió, “Eso es lo que algunos llaman ser médium, y lo de mi pelo se llama poliosis, por cierto” Aclaró innecesariamente. “No, no vivo por aquí…” Dijo la muchacha de pronto, retomando una pregunta lanzada hace rato “Estoy aquí, porque oí que este incendio lo provocó Laura…” Explicó, volviendo a examinar el lugar donde estaba antes, Olivia se sorprendió, “¿Conoces a Laura?” “Alan me habló de ella” Respondió la niña con naturalidad, eso tenía más sentido, pensó Olivia, ambos tenían un amigo en común “¿Buscas algo en especial?” Preguntó la bruja, atraída por el interés de la niña en escarbar el piso, esta se puso de pie con cierto gesto de frustración infantil en el rostro, “No, solo algo que nos dijera que sí es ella y que sí está aquí, cualquier cosa, cualquier sentimiento o sensación, pero no hay nada, como si no existiera…” La bruja ya comenzaba a pensar que su viaje había sido en vano, “Eso es porque no existe, en este mundo” La muchacha la miró confundida, ambas comenzaron a caminar, “Pero ella solo murió, no dejó de existir” Comentó la niña, Olivia estaba a punto de hablar nuevamente sobre el mundo de Laura, cuando vio algo demasiado evidente más adelante, que le dejó sus explicaciones para después, una gran línea hecha con piedras puestas una al lado de la otra, la bruja supo que se trataba de una marca dejada por Laura porque cada cierto tramo, una piedra estaba marcada con una “x” dibujada con lápiz labial, esa era su marca. La bruja no estaba segura, pero sospechaba que Laura estaba dibujando con rocas el límite de su mundo con el de los vivos, lo que no se le ocurría era para qué.


León Faras.

jueves, 3 de junio de 2021

Del otro lado.

 

XLIII.

 

Laura se despertó ese amanecer con una idea en la cabeza, hacer un experimento. Ensanchó la línea del espejo con su lápiz labial, y luego cogió del caos de su habitación, y con la ayuda de su miniespejo, una chaqueta de mezclilla que solo se había puesto una vez en toda su vida y sencillamente no le había apetecido, también una piedra pulida en forma de huevo que le había parecido muy bonita en su momento, pero que nunca le dio confianza, porque sinceramente si eso le caía en el pie a alguien, le podía dejar uno o dos dedos bastante feos durante un buen tiempo y por último cogió un muñeco de peluche de ojos y nariz enormes que se supone que era muy famoso en una serie de televisión que ella nunca vio y por el que no sentía ningún aprecio y se los llevó con ella. Antes de salir, notó cómo la grabadora vieja y la pequeña se ponían en marcha, comprendió que las activaba el movimiento, pero no su movimiento, sino el de las cosas con las que interactuaba en la realidad de los vivos, “¡Aún sigo aquí! ¡Mamá, Lucía, las amo!” Gritó, y salió de su cuarto saltando por la ventana con toda la confianza de una muerta experimentada, para dirigirse hacia el rayo negro que caía del cielo y que ya tenía poco más de unos tres metros de diámetro, más o menos el tamaño de su cuarto. Aunque no estaba del todo segura, tenía la sensación de que aquella cosa crecía más rápido, mientras más grande se hacía, y así era, porque el rayo de luz negra no crecía a una velocidad constante, lo hacía doblando su tamaño cada día y lo que parecía muy poquito en un principio, ahora se sentía bastante más rápido, pronto sería vertiginoso, y luego… el fin.

 

Era un experimento sencillo, en cuanto llegó junto al rayo de luz oscura, se paró desafiante frente a él, como un vaquero en un duelo, se quitó la chaqueta, la hizo una bola, y la lanzó contra la impenetrable oscuridad del rayo, pero con suficiente fuerza y altura como para que pudiera llegar hasta el otro lado, sin embargo, y aunque se asomó lo más rápido posible para seguir la trayectoria de la prenda, nada apareció por el otro lado. Está bien, tal vez la chaqueta no era una buena idea, podía abrirse en el aire y perder fuerza o quizá corría un viento fuerte que ella era incapaz de percibir, pero nada de eso podría afectar la trayectoria de una roca, por lo que cogió su huevo de piedra y lo lanzó con la certeza de que debía volar varios metros antes de caer, pero una vez que entró en la oscuridad, no volvió a salir de allí y nunca cayó. Laura se mordió el labio inferior, su experimento no estaba saliendo como esperaba, o los resultados eran desalentadores, aquella cosa era capaz de tragar lo que le tirara y hacerlo desaparecer, desintegrarlo o engullir todo como un agujero negro, de estos últimos, jamás llegó a comprender exactamente qué eran, pero según la idea que se hacía, debían de ser algo así como lo que tenía en frente. Cogió a su último piloto de prueba, lo miró con gesto de resignación, como si aquello fuese una despedida forzosa e inevitable, aquel parecía contento, con la felicidad del ignorante, luego hizo todo el amague de lanzarlo con todas sus fuerzas, pero se detuvo, como si el muñeco de peluche le hubiese gritado una idea para salvar el pellejo en el último segundo, lo volvió a mirar, esta vez sorprendida de no haber pensado en eso antes, por supuesto: el espejo. Del otro lado de su diminuto espejo, el rayo de oscuridad no existía, y podía ver perfectamente su chaqueta tirada en el polvoriento suelo varios metros más allá. Laura lanzó su peluche hacia su espalda, como una novia que lanza su ramo y lo vio volar sin interrupciones hasta aterrizar cerca de su chaqueta, sin duda habían ido a caer más allá de las dimensiones del rayo de oscuridad, pero, y por lo que había podido ver, muy lejos de su mundo y fuera del alcance de su mano. Laura se preguntaba qué lugar sería ese, suponía que era el mundo de los vivos, pero aún no veía a ninguno y no acababa de fiarse, lo que sí podía ver, siempre a través de su espejo, era un par de árboles de cerro, atormentados y endurecidos pero bellos a su manera, y más allá un arbusto lleno de diminutas flores celestes; algún pájaro en la lejanía. Había vida, pero las personas no eran especialmente abundantes en ese lugar, y necesitaba saber si es que estaban allí, para lo que se le ocurrió una idea, algo que no le agradaba para nada hacer, pero que debería para averiguar si aquel era el mundo de los vivos, el mundo del que ella había salido, donde estaban sus seres queridos y al que inexorablemente regresaría.

 

Comenzó ese mismo día, regresando a su habitación y recogiendo algo de su ropa para llevársela al cerro donde el agujero negro crecía sin parar. Le pareció una cantidad muy pobre de ropa por lo que tuvo que regresar al día siguiente con más y aunque varias de esas prendas le gustaban, debía aceptar que ya no le servirían para nada. En una de sus idas y vueltas, pasó a la tienda en la que había visto antes la guitarra en exhibición, para hacer un pequeño robo, no del instrumento, sino de algo más pequeño. La tienda también tenía cortaplumas, relojes y encendedores a bencina, uno de estos últimos era lo que necesitaba, junto con una botella de combustible. Robar no le sentaba bien, pero no podía hacer otra cosa, había pensado en comprarlo, dejando dinero sobre el mostrador, pero de todas maneras tendría que robar ese dinero, a su madre o a alguien más, así que no tenía sentido, además, estaba tomando medidas desesperadas, su mundo estaba siendo engullido, desaparecía y pronto la alcanzaría a ella también, por lo que pretendía mandar un mensaje, una alerta, una ubicación, para que las personas que estaban preocupadas por ella supieran al menos dónde buscarla, y vaya que sí lo hizo.

 

El incendio quemó medio cerro, aunque tampoco era que se tratara de un terreno con una vegetación muy densa, más bien todo lo contrario, salvo por algunas quebradas que conservaban humedad aun en los tiempos secos, la mayoría eran pétreos arbustos de zonas áridas, sin embargo, cumplió muy bien con su objetivo, porque al menos la humareda fue vista en toda la ciudad, movilizó a muchísima gente, tanta que por un momento Laura se sintió culpable del desastre que había causado, pero, se había preocupado de dejar muy en evidencia la intencionalidad de ese incendio y en toda la ciudad se hablaba de un pirómano que había utilizado combustible de encendedor y ropa de mujer para provocar aquel fuego. Aunque aún no estaba claro el origen de esas prendas de vestir ni la identidad del autor del incendio, alguien podría notarlo fácilmente, pues la falta de esa ropa en el desorden de la habitación de Laura era más que evidente, aun así, la chica dejó un par de señales más, pues estaba empezando a pensar que esa cosa crecía muy rápido, que no podía huir por siempre, que más temprano que tarde debía aceptar su destino y hacerle frente a su Escolta y a lo que tuviera que pasar y que era mejor si las personas a las que le interesaba estaban allí.


León Faras.

viernes, 28 de mayo de 2021

Del otro lado.

 

XLII.

 

“¿Qué cosa es esa?” Preguntó Gloria al abrir la puerta a su amigo Lorenzo Valdés, que traía en las manos un aparato seguramente fabricado antes de que ella naciera, el hombre entró confiado, seguido de su colega Mario Fuentes que traía una caja de cartón mucho más pequeña bajo el brazo y cierta sonrisita de satisfacción, “Este, es un magnetófono, Gloria, lo encontré en la feria hace un par de años, no creerás lo barato que estaba, el tipo no tenía ni idea de lo que era…” Por su cara, Gloria claramente tampoco, “Es una grabadora de sonido muy vieja” Le aclaró Mario, con aires de erudito, “Pero no es solo una grabadora…” Continuó Lorenzo, luego de reposar el aparato sobre la mesa, “…es una grabadora de EVPs” Comentó orgulloso. La mujer se quedó esperando la explicación que seguramente debía seguir a continuación, Lorenzo no la hizo esperar demasiado “Hace casi un siglo, un señor de apellido Jürgenson, estaba de vacaciones en la hacienda familiar con la intención de grabar el canto del pinzón para un estudio, pero, a pesar de que él jamás vio ni oyó a nadie, pues se encontraba solo con el ave, en sus grabaciones aparecieron voces de gente que no se lograba explicar, una de ellas en particular, la identificó sin duda, como la voz de su madre fallecida hace algunos años…” hizo una pequeña pausa para aumentar el dramatismo a su historia, que fue aprovechada por su compañero, quien no soportaba bien el suspenso, “A esas grabaciones llamó EVP, fenómenos de voz electrónica, o psicofonía” Gloria se quedó procesando todo aquello por unos segundos, “¿Me estás diciendo que esta cosa puede grabar la voz de los difuntos?” Lorenzo hizo un gesto de no estar completamente convencido, “Eso aún está en debate, pero lo que sí está muy claro, es que esas grabaciones existen, y muchos creen que vienen de un mundo espiritual más allá de la vida” Gloria no lo podía creer, pero tampoco lo quería descartar del todo, entonces intervino Mario Fuentes, dejando su caja de cartón sobre la mesa “Y nosotros, con tu permiso, claro, queremos aportar nuestras propias pruebas al debate e intentar averiguar qué es realmente todo esto, por eso…” Mario abrió la caja, dentro había un aparatito a medio camino entre un teléfono celular y un control remoto, con una pantalla pequeña de color verde y no más de cinco o seis botones, Gloria lo miró sin asombro, “No me digas que eso también es un grabador de esos EVPs” Y no era que lo estuviera asumiendo o adivinando, sino que la misma caja de cartón lo exponía con ese nombre específico para esa función específica, Mario asintió con una sonrisa, como si le estuvieran felicitando por algo, “Sí, y además este funciona con batería y trae incorporado un sensor de movimiento que funciona en trescientos sesenta grados…” Hizo evidente con un gesto el desorden de la habitación, “…si algo se mueve aquí, este aparatito se pondrá en marcha de inmediato” Luego, enseñando las palmas de las manos y haciendo alarde de profundo respeto, agregó, “No menosprecio la Vieja Escuela, pero también hay que darle una oportunidad a la modernidad, además de que estaba a un excelente precio. Todo con tu permiso, desde luego” Concluyó, acariciándose su cuidada barba, Lorenzo aprobó las palabras de su amigo con gesto circunspecto, “Por supuesto, aquí está sucediendo algo que no está bien y debemos intentar ayudar, más si se trata de una de nuestras vecinas.” Su discurso era sincero, pero eso no quitaba su interés, y el de su amigo, por la seudociencia del más allá. Gloria aceptó, últimamente estaba escuchando tantas locuras sobre el otro mundo y los muertos, que esto de tener aparatos capaces de grabar sus voces no le sonaba ya tan descabellado. Consultó su reloj solo para poder afirmar con justificación que tenía algo importante que hacer y que debía irse, así que dejó a sus dos vecinos instalando sus aparatos y se marchó, “No olviden cerrar todo cuando terminen” Les advirtió desde la puerta, lo hombres respondieron como hombres maduros y responsables, “Por supuesto, Gloria, tú ve tranquila…”

 

Aquella fue la experiencia más rara de toda su vida para Gloria, de esas cosas que no las olvidas y que de tanto en tanto tienes que narrársela a alguien. Se reunió con Olivia tal como habían acordado en una mesa de una cafetería poco concurrida a esa hora, ahí la bruja le dijo que el sacerdote no había podido acompañarla, pero que había invitado a alguien más, Gloria supuso que ese alguien más llegaría luego. Se sentaron una frente a la otra, antes de decir nada, Olivia sacó de su bolso una grabadora anticuada de las que todavía usaban cinta magnética y dejándola sobra la mesa la puso a grabar, Gloria levantó las cejas, suspicaz, qué estaba pasando con las grabadoras aquel día, que se habían vuelto tan populares, “Esto es absolutamente necesario, cuando terminemos entenderás por qué, ¿está bien?” Señaló la bruja, la mujer asintió con la cabeza, y Olivia insistió, “Dilo, que tu voz quede grabada” Gloria obedeció con gesto incómodo, entonces la bruja comenzó con un discurso de lo más extraño, lleno de frases cortadas y pausas innecesarias. Algo así como: “Tu hija no murió en un accidente… Una criatura nacida de un intenso sufrimiento ajeno… Ese momento está a punto de llegar ahora…” Y así por cinco o seis minutos, Gloria la quiso interrumpir en un par de ocasiones porque no estaba entendiendo nada de nada, pero la bruja la contenía con las palmas de las manos y continuaba su perorata incomprensible y absurda hasta que por fin se detuvo, “¿Cómo estás?” preguntó de la nada, Gloria no tenía palabras, “Más confundida que antes” Respondió un poco mosqueada, “Bien…” dijo Olivia, mientras detenía la grabación y la rebobinaba hasta el principio, “…Sé que no has entendido gran cosa, pero antes te dije que había invitado a alguien más” Gloria reconoció que así había sido, pero no podía creer que alguien más vendría a dejarle todo claro porque no había forma de que eso sucediera, “Pues ese alguien estuvo aquí y ya se ha ido…” señaló Olivia, con la parsimonia propia del que sabe que tiene una mano ganadora, Gloria en ese momento se cuestionó sinceramente la salud mental de la mujer que tenía en frente, pero no le quedó más remedio que creerle cuando la bruja puso en marcha la grabación, y se escuchó a sí misma y a la bruja y luego la voz de un hombre que completaba todos los vacíos dejados por Olivia antes, “Tu hija no murió en un accidente… Tu hija fue asesinada para endosarle un Escolta… Una criatura nacida de un intenso sufrimiento ajeno… Ella es inocente, pero el Escolta no lo sabe y la seguirá hasta alcanzarla y hacerla desaparecer… Ese momento está a punto de llegar ahora… Lamentablemente  nadie sabe cómo detener a un Escolta… Hemos intentado buscar una forma de destruirlo… Pero por lo que sabemos solo un ángel puede ayudarla… Y no existe nada ni nadie en el mundo capaz de invocar uno… Debe haber algo que hacer, mientras tanto seguimos buscando… Debe haber algo que hacer, solo hay que encontrarlo… Mi nombre es Alan Sagredo, soy amigo de tu padre y aunque estoy muerto hace mucho, he decidido quedarme en este mundo” El cerebro de Gloria en ese momento, y por más que lo intentaba, era incapaz de contactar con los músculos de su mandíbula para cerrar la boca de la mujer y contener la baba que estaba a punto de escaparse, apenas y después de varios intentos, logró articular: “¿Alan Sagredo?”


León Faras.

domingo, 23 de mayo de 2021

Del otro lado.

 

XLI.

 

Cuando por fin comprobó que aquel rayo oscuro caído del cielo crecía sin parar, Laura comenzó a angustiarse, no sabía qué era ni por qué estaba ahí, pero sí sabía que con toda seguridad la alcanzaría tarde o temprano y no estaba tan segura de que si eso era mejor o peor que la sombra siniestra que la acosaba desde el otro lado de los reflejos. Decidió rápidamente que para empezar, llamaría la atención causando un desastre en su inmaculada habitación de muerta, pero cuando terminó de destripar su cuarto dejando todo regado por el piso, comprobó con desilusión y un poco de fastidio, que a través del espejo, el sitio seguía en perfecto orden sin que ella lo hubiese alterado en lo más mínimo con su pataleta desesperada, entonces recordó que ella debía acceder al mundo de los vivos a través del espejo, y cogió su pequeño espejo de bolsillo, pudiendo ver con él la habitación en la que ella no existía y arrancar completamente un cajón de su espacio en la cómoda, fue increíble, porque a través del diminuto reflejo de su espejo, el cajón había salido volando por sí solo, como en una película de terror con casas poseídas y cosas por el estilo. Laura se quedó congelada ante tal demostración de poder fantasmagórico, porque antes había roto una lámpara empujándola hasta hacerla caer del velador, pero esto había sido completamente diferente, sintió que si ella o cualquier otra persona de su ciudad, o de cualquier otra ciudad probablemente, hubiesen visto un cajón salir disparado sin motivo alguno, sería razón suficiente para salir corriendo espantado lo más rápido posible de allí, ella lo hubiese hecho sin dudarlo, de no ser porque ella era la “fantasma enfurecida” en este caso. Le pareció una buena idea que estuviera haciéndolo durante la madrugada, cuando el sueño de los que amaba era más profundo. Quería llamar la atención, no matar a su madre de un infarto por el susto. El espejo de bolsillo tenía la ventaja de que, en caso de que la Sombra apareciera, no podía verse tan espantosa a través de un objeto tan pequeño, además de que era fácil y rápido de manipular en caso de que así fuera, a estas alturas, Laura ya había cogido algo de valor, junto con la certeza de que su persecutor no podía alcanzarla por más que lo deseara, mientras estuviera del otro lado, por lo que comenzó a arrancar cajones, patear zapatos y a lanzar toda su ropa de cama al suelo de un tirón, vaciando sus estanterías a manotazos, lo mismo que el velador y la cómoda. Todo el mayor desastre con el menor ruido posible. La habitación, vista a través del espejo, parecía una casa del terror poseída por espíritus malignos, en la que todo volaba por los aires impulsado por manos invisibles. Cuando terminó, satisfecha y sin muestras de cansancio, vio su retrato tirado en el suelo, de toda su habitación, aquello era lo único que no le pertenecía, a pesar de ser una foto suya, porque había sido añadido después de su muerte. Decidió volverlo a su sitio, quedando como un solitario estandarte de pie, en medio de un campo de batalla asolado por la guerra y la destrucción, serviría para que su madre comprendiera que no estaba haciendo esto porque sí, aunque era difícil que entendiera el porqué. Laura vio todo el desastre que causó y se dio cuenta de que no estaba enviando ningún mensaje, más bien era una gran y molesta anécdota para comentar con los vecinos y convencer a los escépticos de que los fantasmas fastidiosos sí existen, y no era eso lo que quería. Tardó casi un minuto completo en encontrar un lápiz labial dentro del caos de su cuarto, y otro en decidir dónde era el mejor lugar para dejar su mensaje. Optó por el espejo, solo porque era más fácil de limpiar, en el fondo, tampoco quería fastidiar a su madre con inapropiados grafitis en las paredes, pero cuando lo iba a hacer, se llevó una sorpresa que casi la deja bizca, porque usó su pequeño espejo para mirar en el espejo grande de su habitación, y lo que vio fue que su imagen se reflejaba en el grande, visto a través del pequeño, es decir, al usar dos espejos, su imagen se hacía visible, ella podía verse, sin embargo, dejó esa información para luego, porque la sombra estaba en ese momento parada en un rincón de su habitación, oscura y siniestra, mirándola con unos ojos que parecían los de una fiera acechante en la oscuridad, por lo que se guardó el espejito en el bolsillo y cubriéndose el rostro con un brazo, como quien se protege de una gran llamarada de fuego, comenzó a lanzar con el otro rayas largas y violentas contra el cristal, como si se tratara de espadazos contra un enemigo brutal, mientras se repetía en su cabeza una y otra vez, que su aterrador perseguidor no podía alcanzarle, que todavía estaba a salvo. En cuanto terminó de escribir su escueto mensaje, se pegó de espaldas a la pared, protegiéndose así de la Sombra, a la que había podido ver más de cerca y con ciertos detalles poco alentadores. Parecía verse más robusta, con garras largas y afiladas que destacaban en la ambigüedad nubosa de su cuerpo y una especie de vestimenta de niebla oscura que se desprendía a jirones de él, desapareciendo como el humo, o eso le pareció a ella. Comprobó discretamente con su espejo pequeño que su mensaje estuviese del otro lado, y luego observó por la ventana la gran línea negra que dividía el cielo en dos, creciendo hasta hacerlo desaparecer junto con todo lo demás y pensó que si pedía ayuda, debía al menos dar alguna pista de por qué hacía lo que hacía, y al ver esa gran raya en el horizonte, la imitó en el espejo de su cuarto.

 

En los siguientes días, Laura notó con cierta curiosidad y recelo como su cuarto seguía igual como ella lo había dejado, sin que hubiesen levantado ni siquiera un calcetín del piso, como si se hubiesen olvidado completamente de ella o cansado de sus berrinches metafísicos, no sabía ni siquiera si estaban tomando en cuenta sus intentos de ponerse en contacto con ellos para que le ayudasen. Engrosó la línea dibujada en el espejo y decidió que seguiría haciéndolo hasta quedarse sin espacio, lo mismo que la línea de allá afuera que amenazaba con dejarla a ella sin espacio en su mundo, sin embargo, no tardó en notar que no se habían olvidado completamente de ella. Un día, en el que regresó a su cuarto por la noche, se encontró con un extrañísimo aparato puesto sobre su cómoda, parecía una grabadora, pero de las que se usaban hace un siglo, con enormes rollos de cinta puestos en vertical y controles toscos de botones cuadrados y perillas prominentes, a su lado, en cambio, había un aparatito como un teléfono celular de pantalla pequeña y pobre en botones que no sabía muy bien que era, Laura los miró de cerca y con desconfianza, luego los examinó con su espejo de bolsillo pero no comprendió para qué estaban allí hasta el momento en que notó que su retrato de muerta, estaba a un lado tendido bocabajo, lo regresó a su posición con ayuda de su espejo y en ese momento ambos aparatos se encendieron y pequeñas luces comenzaron a parpadear, los rollos de cinta se pusieron en marcha y el pequeño teléfono celular escribió un mensaje en su pantalla que decía “Grabando…” Laura se espantó un poco al principio, pero pronto comprendió lo que sucedía, “¿Hola? ¿Pueden oírme?” Dijo junto al aparato, pero de inmediato se miró a sí misma como a una tonta; los aparatos solo grababan audio, no la comunicaban con nadie. Sospechó que aquel Alan estaría empleando todos sus recursos técnicos con ella y su caso y quiso responder de la mejor forma, “¿Hola? ¡Tienen que ayudarme! Mi mundo está siendo devorado por una oscuridad que no para de crecer y no sé qué hacer…” Casi gritó, pero en cuanto pensaba decir algo más, los aparatos se detuvieron por sí solos, tal y como se habían puesto en marcha. Laura tuvo la intención de intervenirlos para que funcionasen, pero se contuvo, tal vez era mejor dejarlos así, “Espero que estén bien…” susurró, y luego acercándose a la ventana, agregó, “…y que de paso puedan echarme una mano con esto”


León Faras.

domingo, 16 de mayo de 2021

Del otro lado.

 

XL.

 

Gloria estaba realmente preocupada, hablaba con su vecino y amigo Lorenzo Valdés, el cual le explicaba sus complicadas teorías sobre la vida después de la muerte y el más allá, teorías discutidas muchas veces con su amigo Mario Fuentes, Gloria ya no sabía qué pensar, y cualquier explicación le valía mientras le ofreciera una posible solución, en ese momento llegaba el padre José María vestido de paisano, citado por teléfono por la mujer. Lorenzo se despidió prometiendo una visita en los siguientes días, “Padre, gracias por venir tan rápido…” dijo Gloria, saludando al sacerdote con ambas manos e invitándolo a entrar a su departamento, el padre lucía desconcertado, “No hay problema, Gloria, pero dime, ¿qué ha pasado? Te oí realmente angustiada” La mujer lo guió hasta la habitación de su hija muerta, “Lo que hablamos el otro día, está empeorando. La encontramos así, le juro que no he tocado nada…” le advirtió antes de abrir la puerta. El cuarto parecía arrasado por un tornado, o por un nutrido grupo de mafiosos que revuelven un lugar en busca de algo valioso, era un completo desastre, la cama estaba completamente destripada, los cajones arrancados de sus huecos, con sus interiores esparcidos por el piso, los zapatos, violentamente despertados de su letargo, también habían volado en distintas direcciones, nada que hubiese estado posado sobre una superficie seguía ahí, todo estaba esparcido por el piso, a excepción del retrato de Laura, ese seguía ahí y Gloria no lo había tocado, “Mi hija Lucía lo encontró así hoy en la mañana, la pobre quedó tan consternada que se fue a casa de una de sus tías por unos días” El cura entró teniendo cuidado donde pisaba, realmente no sabía muy bien qué decir cuando la mujer le habló de pronto, “Pero eso no es lo peor, mire esto…” dijo, señalando el espejo, este tenía escrito con lápiz labial la palabra “AYUDA” con una letra larga y angulosa, con trazos violentos y desiguales, el cura se fijó en una línea muy recta que atravesaba el espejo de arriba abajo, más o menos en el medio de este, “¿Qué significará esta línea?” preguntó sin ánimos de recibir una respuesta, de todas maneras la mujer no tenía ni idea. “¿Le molestaría si llamo a alguien para que vea esto?” Preguntó el sacerdote, para Gloria, cualquier ayuda que pudiera tener, era buena, por lo que, lo animó a que llamara a quien quisiera. Menos de una hora tardó Olivia en llegar al lugar, Gloria no se la esperaba, creía que el sacerdote llamaría a algún cura especialista de la iglesia o algo así, pero si esa mujer con fama de bruja podía decirle algo que fuese de ayuda, era completamente bienvenida. Olivia entró en la habitación, inmediatamente se fijó en el retrato, como quien se fija en un rayo de sol durante un día completamente nublado y preguntó si había sido recogido, Gloria se apresuró a asegurar que todo estaba como lo encontraron, la bruja se dirigió al cura, “Quiere que sepamos que es ella…” “¿Quién quiere?” preguntó Gloria en el acto, Olivia se dirigió a ella, “Laura, su hija, removió todo pero dejó el retrato en su lugar para decirnos que es ella” Gloria estaba preocupada y confundida, “¿Y quién más podría ser?” Se atrevió a preguntar, la bruja inspeccionaba el lugar como un policía la escena de un crimen, “Solo se asegura de que no hayan confusiones” Respondió, sin ánimos de profundizar, al momento que toda su atención se iba hacía el espejo, “¿Tienes alguna idea de qué significa esa línea en el medio?” Preguntó el cura, Gloria también prestaba atención, Olivia parecía estar resolviendo un complicado cálculo mental durante algunos segundos hasta que finalmente habló meneando la cabeza de lado a lado, “No tengo ni idea de qué podría significar esa línea y por qué atraviesa la palabra ayuda…” Olivia conocía el caso de Laura, sabía que un Escolta le perseguía, y suponía que la chica llamaba la atención y pedía ayuda al sentirse sola y desvalida ante tal criatura, lo que era comprensible, sin embargo, la línea, en verdad no le decía nada en ese momento, “…pero me apostaría el pelo a que fue hecha a propósito y por algún motivo” concluyó la bruja, con la vista fija en el espejo, “Pero, ¿Cuál podría ser ese motivo? ¿Por qué mi hija me pide ayuda?” Preguntó Gloria, mirando a la bruja a través del espejo, esta parecía buscar algo escondido en alguna parte que le diera una respuesta, pero no encontraba nada, “Eso es algo que me gustaría saber…” dijo como para sí, con cierto tono de derrota, luego se giró hacia la dueña de casa, “Pero intentaremos averiguarlo, necesito que me haga un favor, quiero que no toque nada de este cuarto, no recoja nada, no limpie nada, pero necesito que se fije muy bien si en los próximos días, nota algún cambio” “¿Algún cambio?” Repitió Gloria, la bruja asintió, “Sí, tal vez el mensaje no está completo y por eso no podemos entenderlo”

 

Dos días después, a la hora del almuerzo, por fin pudieron reunirse el sacerdote y la bruja en casa del cura, “¿Qué es lo que piensas?” Preguntó este, luego de saludarse y servirse café instantáneo para ambos, Olivia lo miró indefensa, “No sé cómo le vamos a explicar a esa mujer, que su hija será devorada por una criatura que no es más que un espíritu vengativo, que la persigue a ella porque le hicieron algún tipo de hechicería o qué sé yo…” “Para luego tener que decirle que no hay forma humana ni divina de destruir esa cosa… al menos, que conozcamos” agregó el cura. Olivia sorbió su café, “Pero habrá que decírselo, y como dices tú: que sea lo que Dios quiera ¿Qué tal mañana?” Ante el desconcierto del cura, la bruja añadió, “¿No me dejarás hacerlo yo sola, verdad?” El padre puso cara de circunstancia, “Mañana no puedo, ¿Recuerdas ese sacerdote del que te hablé una vez? El padre Benigno… ¿Aquel que tenía más de ciento sesenta años? Pues resulta que finalmente falleció esta madrugada, mañana se le hará una gran ceremonia y debo asistir” Olivia recordaba aquello, asintió al mismo tiempo que se encogía de hombros, “Esperaré a que vuelvas…” Dijo, en ese momento su teléfono sonó dentro de su bolso, “¿Sí…?” “Ajá…” “¿Está segura?” “Lo sé, mañana iré a verla… puede ser. Adiós.” La mujer colgó, se veía preocupada, “¿Malas noticias?” Preguntó el cura, Olivia lo miró con los ojos chiquitos, como si algo indeterminado le doliera, “Era Gloria, dice que sí notó un cambio en la habitación de Laura…” El cura se quedó expectante, la mujer continuó, “…la línea vertical que dividía el espejo en dos, ahora está más ancha” “¿Más ancha? ¿Y eso significa algo?” El cura no entendía nada, pero por la cara de su amiga bruja, sospechaba que algo no estaba del todo bien, Olivia parecía meditar una idea, aunque en realidad, lo que hacía era buscar las palabras para expresarla, “Creo que ya sé lo que significa esa línea, su arroz ya se cocinó, José” el cura creyó entender pero no estaba seguro, “Estás diciendo que…”y completó su frase con los gestos forzados y ademanes de quien quiere que el otro termine con la frase, Olivia lo hizo, “Sí, su tiempo se termina mucho antes de lo que esperábamos, y su mundo se desvanece para darle paso al siguiente” El cura jamás dudaba de los conocimientos de Olivia, por disparatados que sonaran a veces, pero el caso era que, la mayoría de estas veces, no entendía cómo era que alguien podía llegar siquiera a tener tales conocimientos, “¿Eso es lo que significa esa línea en el espejo? ¿Estás segura?” El sacerdote no podía llegar a ver la relación entre una cosa y la otra, la bruja se la tuvo que explicar, “Mi madre tuvo el don antes que yo, ella me lo heredó, se llamaba Luna del Arroyo… Sí, lo sé, mi abuelo tenía un gusto muy artístico para los nombres, de hecho, era titiritero, pero era un nombre muy apropiado para quien era mi madre. Ella murió muy joven, pero me explicó muchas cosas antes de morir… y algunas también después. Ella me habló de la luz negra que baja del cielo, así la llamó, una luz capaz de dividir el cielo en dos” El cura escuchaba con el rostro contraído, como si fuera necesario tensar músculos para entender mejor, “Entonces, ¿Crees que esa luz es la línea que dibujó Laura?” Olivia asintió, “Una luz que crece día tras día hasta absorberte, y eso está bien, es lo que debe pasar, de hecho, para la mayoría, la luz te golpea encima y el cambio de mundo es tan rápido que apenas te enteras” El cura asentía mientras asimilaba todo, “Pero… ¿Por qué para Laura esa luz negra crece lentamente?” Preguntó con auténtica curiosidad, Olivia reflejó en el rostro toda la inmensidad de la ignorancia humana, “Tal vez fallaron en la puntería, o tal vez solo quieren darle dramatismo… ¡Yo qué sé!” dijo en un amargo tono irónico, pero luego reconsideró su respuesta, “…o tal vez sea que sí existe alguien allá arriba después de todo, que se apiada de un inocente que está siendo perseguido por un Escolta, dándole algunos días más de regalo…” El cura se persignó inconscientemente, “Algunos días más, antes de ser completamente borrado del mundo” Concluyó.


León Faras.

viernes, 7 de mayo de 2021

Del otro lado.

 

XXXIX.

 

Estaba relativamente claro para Laura, que lo que había visto en aquella televisión había tenido lugar en su mente, o en su imaginación, pero no en aquel aparato, lo que no podía entender, era por qué había visto todo aquello con los ojos de otro y por qué sus propios ojos no habían visto el rostro de quien le había disparado, supuestamente, y ahora no podía recordarlo. Lo que sí estaba más o menos claro, era que ella había muerto en aquel autobús, pues recordaba ese como su último día de viva, pero nada más, porque lo que había visto en aquella televisión, parecía más una escena sacada de una telenovela vieja de bajo presupuesto, que un recuerdo suyo. Salió aquella mañana con intenciones de despejar la mente de todas esas cosas raras de muerto que no entendía y vaya que sí lo logró. Pensó que montar un autobús y quedarse algún rato dando vueltas en él, le ayudaría, sino a olvidarse del asunto, a tal vez recordar su último viaje en vida, no obstante, no hizo nada de eso, porque algo llamó su atención antes que cualquier bus, allá lejos en el horizonte, en algún punto tras los cerros, se divisaba una oscura línea que ascendía hasta los cielos, como una fina columna de humo inexplicablemente recta, o tal vez descendía de él como un rayo de luz negra, Laura no estaba segura, tampoco lo estaba de investigar, sin embargo se decidió a hacerlo luego de echar un vistazo a través de su diminuto espejo de bolsillo y comprobar que aquella misteriosa línea negra que parecía dividir el cielo en dos, no estaba en el mundo de los vivos, solo en el suyo, lo que significaba que por alguna razón, aquella rareza, fuera lo que fuera, solo le concernía a ella, la única habitante de su mundo. Estaba lejos y le tomaría buena parte del día, pero ella podía correr sin parar, o mejor aún, pedalear indefinidamente sin asomo de cansancio, además estaba libre de cualquier necesidad humana, lo que le permitía una enorme capacidad de desplazamiento y aunque no estaba muy convencida de nada, se puso en marcha.

 

Fue un viaje largo y monótono, a excepción de una parte en la que Laura pedaleaba cuesta arriba por una calle llena de curvas muy pronunciadas, en una de estas, la chica decidió salirse del eterno y serpenteante camino y de esa manera descender el cerro de forma directa, jamás lo hubiese hecho en vida, pero ahora que estaba muerta no tenía miedo, no había riesgos, por lo que pedaleó a toda la velocidad que podía y se lanzó de la vía literalmente volando en un salto espectacular y reconfortante, que la hizo gritar de júbilo, sin embargo, llegado un momento, la bicicleta comenzó a caer, a precipitarse contra el suelo de tierra y rocas, como era de esperarse, pero con alarmante velocidad, Laura se olvidó completamente de que estaba muerta y sintió que moriría, entró en pánico, se descontroló, gritó, pero esta vez no de júbilo, sino de susto ante la inminencia de lo que iba a ser un gran golpe, hasta que, en el último segundo, soltó la bicicleta para soportar el impacto con sus manos y su caída se detuvo abruptamente en ese mismo momento, como si el aire se hubiese condensado a su alrededor, deteniéndola suavemente como si se tratase de una gran masa de agua, o como si su peso se hubiese esfumado repentinamente, mientras la bicicleta sí se estrellaba una y otra vez contra la cara del cerro, dando botes y piruetas que parecían no tener fin. Laura aterrizó con la delicadeza y discreción de una pluma, tratando de asimilar lo que acababa de suceder, “Yo no, pero las bicicletas sí. Muy bien.” Pensó. La física de su mundo tenía sus propias reglas.

 

Ya era media tarde cuando por fin logró llegar al lugar, un sitio despejado, o al menos así lo veía Laura, con lo que parecía ser el cauce de un río seco a un costado y uno de los muchos cerros arcillosos que rodeaban la ciudad por el otro. El punto medía algo más de un metro de diámetro en el suelo y se extendía hasta el cielo, desapareciendo en la inmensidad del universo, como una especie de cilindro hecho de la negrura más espesa e impenetrable. Laura comprobó lo que le decía su pequeño espejo de bolsillo y no se sorprendió ni un pelo, es más, ya se esperaba que en el lugar del rayo negro ese, no hubiera nada y que justo cuando utilizara su espejo, aparecería su extraño amigo Urano, el gato ceniciento, allí sentado impasible y con su pinta de sabiondo, “¡Es que lo sabía!” Exclamó, descargando una patadita sobre el piso, a ese animal solo le faltaban un par de anteojos para verse más listo, “¿Se puede saber qué rayos haces aquí tú?” Preguntó la chica, segura de que el gato le entendía aunque no hacía ningún sonido, pero, presumido y con su cola innecesariamente enhiesta, el animal se metió dentro de la columna de oscuridad desapareciendo por completo en su interior, como quien atraviesa una pared, la chica no pudo más que aspirar una corta y rápida bocanada de aire, como quien intenta un grito hacia dentro de sorpresa, luego se acercó tanto como su sentido común se lo permitía y lo trató de buscar dentro con la vista, agachándose y girándose alrededor, pero era inútil, aquella negrura era impenetrable, entonces, como último recurso, comenzó a acercar su mano, si el felino podía meterse dentro, ella también podría, pero desistió de esa idea justo antes de hacer contacto, una, porque aquello se veía demasiado impenetrable, y otra porque el pobre gato aún no salía, y podría estar fulminado en un millón de micro partículas para ese momento. A modo de experimento, arrojó una ramita seca dentro del cilindro oscuro y fue absorbida de inmediato por este, se dio cuenta de que aquello no le decía nada, entonces cogió otra ramita y esta vez la introdujo dentro sin soltarla, cuando la sacó, le faltaba la mitad de su extensión a la rama, y el corte había sido tan limpio, que parecía obra de la ciencia ficción, entonces Laura soltó el trozo de rama que le quedaba y retrocedió alarmada, no conocía mucho a ese gato, pero lo sentía por él, de seguro que estaba desintegrado en ese momento y ni siquiera se había enterado, sin embargo, Urano no tardó en aparecer por el otro lado con suficiente soltura como para detenerse abruptamente para lamerse su entrepierna con afán.

 

Laura se fue esa noche, pero regresaría varias veces en los siguientes días para comprobar con horror, que aquella cosa, fuese lo que fuese, crecía día con día devorando su mundo, lo cual no sería ningún problema, si no fuese porque fuera de la protección de su mundo, la aguardaba una sombra tenebrosa con ansias de devorarla y aunque podía mantenerse lejos por el momento, comprendió que llegaría el día en que aquella cosa oscura crecería hasta alcanzar su casa, su habitación y entonces inevitablemente le alcanzaría a ella. Tenía que hacer algo, lo que fuera.


León Faras.

sábado, 1 de mayo de 2021

Del otro lado.

 

XXXVIII.

 

Julieta jamás en toda su vida, ni después de esta, había oído algo de aquellos Escoltas ni de su atemorizante reputación de verdugos implacables, a su lado, Gastón Huerta había oído de ellos hacía muy poco tiempo, cuando ya llevaba más años de muerto que los que vivió, aunque por supuesto, nunca había visto uno, de hecho, nadie veía un Escolta que no fuera su propio ejecutor. Alan describía un grave problema, la completa ausencia de ideas para deshacerse de tal cosa y cómo el tiempo se agotaba sin que nada pudiera hacerse. La chica desaparecería del universo en el mejor de los casos o quién sabe qué espantoso destino les aguardaba a los desdichados que eran devorados por un Escolta en el peor, “Un ángel… ¿cómo diablos se invoca un ángel?” Se preguntó Huerta mirando al piso, “Supongo que rezando mucho” Sugirió Julieta, sin ánimo de sonar graciosa, Alan suspiró, realmente no tenían ni la más remota idea, luego de eso echó a caminar sin despedirse, solo dijo que iría a ver a alguien. Ese alguien era un viejo al que llamaban Jeremías, aunque ese no era su verdadero nombre, tenía la barba y la cabellera larga y rojiza, como cuando el pelo ha recibido demasiado sol, la ropa harapienta, los pies descalzos y varios dientes menos, absolutamente todo el aspecto de algún profeta cualquiera. Desde que Alan lo conocía, vivía en completa oscuridad en el fondo de un antiguo túnel destinado a evacuar las aguas lluvia de la ciudad, aunque cada vez se usaba menos para eso y más para acumular desperdicios. Era un ermitaño auto-exiliado que disfrutaba de la soledad y el silencio, dotado de una notable inteligencia natural que le daba la habilidad de dar buenos consejos, mientras no se le fastidiara muy a menudo. Alan lo había visto un par de veces mientras él aún estaba vivo, siempre solo, siempre en silencio y jamás pidiendo nada a nadie y se sorprendió mucho cuando lo volvió a ver después de muerto, prácticamente igual que como lo recordaba, solo entonces comprendió que aquel hombre debía estar muerto también hace mucho tiempo, sin embargo, cuando tuvo la oportunidad de preguntárselo, el viejo lo miró como si se tratara de la idea más absurda que jamás había oído, “¿Acaso te parezco un muerto?” Alan no supo qué responder en ese momento, pero lo cierto era, y según se enteró mucho después, que el abuelo había salido un día de su agujero dejando su cuerpo sin vida dentro de la más negra oscuridad sin darse ni cuenta siquiera, y siguió recorriendo su mundo en silencio sin echarle de menos a nadie ni que nadie le echara de menos a él. El cadáver había sido hallado una semana después cuando el mal olor se hizo evidente, hedor que por supuesto, el viejo nunca sintió. Era frustrante saber que Jeremías seguía negando su propia muerte a pesar de no poder decir con certeza cuántos años tenía, y triste conocer las razones por las que había elegido ese estilo de vida, que no era otro que la pérdida del amor, un amor largamente esperado, alcanzado, disfrutado y perdido. Por supuesto, jamás le había conversado ni a Alan ni a nadie mucho sobre su vida, y todo lo que este sabía era lo que había podido deducir con retazos de innumerables charlas con el viejo, cuando este se lo permitía.

 

“Cada vez que vienes a verme, es porque tienes un problema” Dijo el viejo cuando Alan se asomó dentro de su cueva artificial, “Sí, lo sé, pero esta vez es diferente…” se justificó este último, mientras Jeremías lo miraba tratando de adivinar qué tan diferente era eso. Alan le explicó de la mejor manera posible la complicada situación de Laura y el aterrador monstruo que le esperaba para devorarla, el viejo le escuchó inexpresivo, inmóvil, cuando el relato terminó, Jeremías lo meditó algunos segundos, “Tú no te imaginarías la cantidad de cosas que he visto en mi vida, incluso hombres muertos que parecen tan vivos como tú o como yo…” Alan no dijo nada ante ese comentario, o su conversación acabaría antes de lo debido. Jeremías continuó, “…como también hombres vivos que parecen muertos, pero nunca he visto ni oído nada parecido a lo que mencionas, ¿dices que es indestructible?” Alan pensó en las opciones que le había dado Olivia y asintió con resignación, “Al parecer, sí.” El viejo lo desestimó con un gesto de su cara, “No hay nada en todo el universo que tenga el poder de destruir y que no pueda ser destruido, una cosa tiene que venir con la otra… es una ley.” Afirmó Jeremías, con la convicción de un erudito, Alan aceptó la respuesta como válida, pero poco útil y endeble, “Hay fuerzas de la naturaleza que no pueden ser destruidas… vamos, ni siquiera detenidas” Jeremías mostró las palmas de sus viejas y muy blancas manos, “Tú hablas del hombre, pero hasta la ola más poderosa del mar se anula si choca contra otra igual, o el terremoto más devastador quedaría en nada si la tierra decidiera jalar en sentido contrario” Alan no lucía convencido, el viejo agregó, “Si vas a enfrentar a un hombre contra esa cosa, estás perdido, debes conseguir uno de esos monstruos que esté dispuesto a ayudarte… a ayudarla a ella” Concluyó Jeremías, como si aquello fuese tan fácil como obvio, Alan seguía sin tener nada, “¿Un ángel?” Sugirió sin más ideas, el viejo lo miró como asustado, “¿Conoces a uno?” El otro negó con la cabeza, Jeremías se mostró desilusionado, “Yo sí conocí uno, hace muchos años…” Se quedó unos segundos regodeándose en algún recuerdo, luego continuó, “Pero no, no hablo de un ángel del Señor, yo hablo de un ángel de los hombres” Alan ya no tenía ni idea de qué decir, Jeremías volvió a apoyar la cabeza en la pared y los brazos en las rodillas como estaba cuando Alan llegó, “Solo digo que si el hombre pudo crear a ese monstruo, el hombre debe ser capaz de destruirlo también” Concluyó.

 

Alan caminó de vuelta con las manos en los bolsillos y la vista en el suelo, la verdad era que la conversación con Jeremías no le había dejado nada claro, siempre era de utilidad hablar con él, pero no había entendido qué podía hacer un hombre contra un ser que, según se decía, era capaz de crecer hasta perder su cabeza en las nubes y desde allí atacar como un rayo desintegrador de almas enviado desde el mismísimo cielo, implacable como la justicia de Dios e indestructible como el odio. Nadie había visto nunca a un Escolta y contado su historia, pero… eso era lo que se decía.


León Faras.

viernes, 23 de abril de 2021

Del otro lado.

 

XXXVII.

 

Laura salió de su casa y apoyando una mano en la barandilla, elevó todo su cuerpo sobre esta y se dejó caer al vacío desde el tercer piso, cayendo con gracia y sutileza y posándose en el piso con una suave reverencia, como si estuviera ante un público maravillado con su desarrollada habilidad para dejarse caer desde alturas considerables, luego de eso empezó a andar, tarareando la melodía de una canción vieja que se le vino a la mente esa mañana, aunque no pudo recordar el nombre del artista, cosa que podía ser muy molesto, porque no tenía forma de averiguarlo y a veces las dudas más fútiles podían ser las más persistentes. No encontró cerca ninguna bicicleta liberada para hurtar con su impunidad natural de muerta, lo que la llevó a considerar otras posibilidades: un automóvil, era más rápido y podía llegar más lejos antes de que el amanecer la llevara de vuelta a su cuarto, tal vez podría correr por las carreteras del mundo persiguiendo a la noche sin que el alba nunca la alcanzara. Se preguntó si eso sería posible, luego se preguntó si en su calidad de muerta tendría gasolina infinita o tendría que detenerse a cargar, luego desechó todas esas disparatadas ocurrencias, lo de correr incesantemente por las carreteras como una fugitiva del amanecer no iba con su personalidad, además qué gracia había si no podría detenerse nunca para disfrutar de algún lugar, al menos esa idea le había servido para olvidarse de la cancioncita esa y de su dichoso artista. Echó a caminar hacía donde los pies la llevaran, se detuvo frente a un escaparate, el cual estaba a contraluz por lo que no generaba reflejo a esa hora de la mañana, y se quedó mirando una guitarra puesta allí, eso era algo que le había quedado pendiente en la vida, siempre tuvo la intención de aprender aunque fuera lo más básico, pero sin embargo nunca lo hizo, nunca tuvo una guitarra y nunca aprendió ni siquiera su afinación, solo por postergarlo una y otra vez, ahora no tenía quién le enseñase. Se acordó fugazmente de Ángelo, él tocaba bien la guitarra, y hasta componía sus propias canciones, aunque a ella no le llamaba mucho la atención el toque melancólico-depresivo que les imprimía. Siguió caminando, alejándose del centro hasta llegar a un barrio de casas con varios años encima, pero que en su tiempo habían sido hermosas y bien cotizadas. Laura había generado una nueva costumbre con el paso del tiempo y su experiencia adquirida, ahora siempre contaba con un pequeño espejo en el bolsillo, para echar un vistazo a la realidad cuando quisiera. Efectivamente, eran casas grandes y bonitas con un amplio terreno, suficiente para aparcar dos autos uno al lado del otro. Solo fue un vistazo rápido para no tentar a su atemorizante persecutor, pero inmediatamente algo capturó su atención, en la calle circulaba gente, pasaban algunos vehículos en ese momento, incluso pudo ver un par de perros avanzando apurados y juntos, como si tuvieran cosas importantes que hacer, y en medio de todo, e ignorado por todos, un cabezón gato color ceniza, sentado en plena acera a la sombra de un árbol con aspecto ridículo por un feo podado. Laura, parada de espalda, escondió el espejo entre sus manos y se giró lentamente, el paisaje era desértico y sin vida, como siempre, salvo por el gato, sin embargo, algo muy raro pasaba con ese animal. No era el primero que veía, de hecho, y por alguna razón que se le escapaba, gatos eran los únicos seres vivos que había visto desde su muerte, y oído, sobre todo sus desagradables sonatas de apareo durante algunas noches, que aún le provocaban grima, pero este era el único que parecía verla a ella, sentado allí, impasible, la miraba como si también ella fuera la única forma de vida en el mundo, Laura estaba atónita, hasta el punto de no estar muy segura de querer fiarse, como si en cualquier momento ese bicho pudiera convertirse en quién sabe qué cosa aterradora y atacarla o darle un susto de muerte, sin embargo, había algo mucho más llamativo con ese gato que Laura no podía ignorar y que finalmente la obligó a acercarse, temerosa pero demasiado impresionada, y era que el gato permanecía sentado a la sombra de un árbol que ahora era inexistente. No había árbol, pero su sombra seguía amparando al ceniciento felino que parecía consciente de los privilegios que tenía, la muchacha en cambio, apenas podía cerrar la boca para contener la baba, aquella era la primera sombra de algo vivo que veía desde el día de su muerte, y era la única sombra que podía ver en toda la calle. Laura se acuclilló frente a él, sin duda el gato la miraba a ella a través de esas enigmáticas pupilas verticales que parecían saber más de lo que deberían. No era un gato callejero, este tenía collar y éste tenía un nombre escrito, Urano, era un nombre muy apropiado… para un planeta, pensó Laura, “Pensaremos en un apodo, si es que nos volvemos a ver” En ese momento, la chica quiso acercar la punta de su dedo a la cabeza del animal, con la intención de una leve caricia, más de comprobación que de afecto, pero antes del contacto el gato se paró y se fue, sin embargo, solo unos pocos metros más allá se detuvo a mirarla, Laura se puso de pie, miró al gato con suspicacia, luego a todo su alrededor, y luego otra vez al felino, ¿Acaso ese bicho quería que lo siguiera? La chica soltó una sonrisa chueca, como el que detecta cuando le quieren jugar una broma, echó a andar con naturalidad forzada y en el acto el gato reanudó su camino para volver a detenerse algunos metros más allá, Laura también se detuvo, y ya no sonreía. No, ella no estaba siguiendo a un gato, porque lo normal era lo contrario, ella solo seguía su camino y aquel era un animal paranoico que cada dos por tres se volteaba a mirarla. Al llegar a una esquina el gato dobló y se detuvo a esperarla, Laura caminó decidida a seguir de largo pero un débil maullido del animal la detuvo en seco. Aquello ya era demasiado, ese gato sí quería que le siguiera y eso no era nada normal, y sinceramente, no sabía si fiarse o no, pero después de largos segundos de indecisión, aceptó el juego del gato, “¡…pero más te vale que no me salgas con algo feo!” Le advirtió, aunque el animal no le hizo ni pizca de caso, “Este día había empezado genial…” Se lamentó la muchacha, mientras echaba a andar resignada.

 

El lugar al que llegaron era un desastre, un pequeño oasis de porquería y fealdad en medio de esa villa de casas bien cuidadas y calles limpias, una casa aislada del resto como un apestado, encerrada con latas de zinc deterioradas por los años y coronada con un cartel que al parecer hacía rato que nadie leía: “Se vende.” El interior era peor. No fue difícil entrar para la muchacha por una abertura que los vecinos habían reparado hasta el hartazgo y siempre alguien volvía a romper para meterse. El amplio patio estaba lleno de maleza muerta y todo tipo de basura desperdigada sin orden ni forma, de la pintura original de la casa, quedaba más bien poco, así como de todo lo demás que pudo ser arrancado o destrozado, como las puertas, las ventanas o los aparatos sanitarios. El techo parecía haber sido atravesado en buena parte por un meteorito, uno muy curioso que había dejado las vigas enteras, y arrasado con todo lo demás. Laura no podía sentir ningún olor aún, pero ese lugar podía verse que apestaba, con la basura equitativamente distribuida por toda la casa, y los excrementos y manchas de incontables orines estratégicamente colocados en las esquinas, también había mucha pintura aerosol en los muros aprovechada en consignas de protesta, mensajes obscenos o simplemente las ilegibles firmas de quienes habían pasado por allí. El sitio daba mala espina y Laura lo sentía, explorando el lugar como si fuese el refugio de un horrible monstruo, y para colmo, el dichoso gato que la había llevado hasta allí la había dejado sola. Se asomó a lo que quedaba de un antiguo dormitorio, pero no dio ni un paso más hacia dentro. Bajo la ventana había tres cruces pintadas de blanco en la pared, flores resecas y restos consumidos de velas en el suelo y el tiempo, también podía verse un biberón muy viejo y un cascabel de juguete roto, Laura retrocedió, al fondo del pasillo el gato la esperaba en la sala, esta no se diferenciaba mucho del resto, salvo por un sofá corroído rescatado de algún vertedero y un televisor antiguo de catorce pulgadas y deslucido color blanco, acomodado sobre dos neumáticos viejos, que inexplicablemente estaba encendido. Aquello debía de ser una más de esas cosas raras de muertos, porque, aunque el televisor estuviera bueno, era del todo imposible que esa casa tuviera electricidad, probablemente ni siquiera los cables. Urano estaba junto al televisor, mirándola a ella con cara de sabelotodo, mientras el aparato definía una imagen sin sonido, que era el interior de un autobús. La imagen se veía granulosa y pobre de color, casi como un sueño o un lejano recuerdo, en ella, la tranquilidad del vehículo se veía interrumpida por un violento empellón recibido desde afuera y que no dejó a nadie ileso. Laura reconocía ese sitio y también la situación, y pronto no tuvo dudas, porque pudo verse a sí misma tirada en el piso del autobús, tenía una expresión de dolor pero estaba consciente, y con los ojos abiertos. La imagen se acerca hacia ella, ella mira la imagen como pidiendo ayuda, pero la imagen se desvía hacia el suelo donde hay un arma, el arma es recogida y casi en el mismo movimiento es dirigida hacia ella y disparada, luego se puede ver cómo el líquido de un diminuto recipiente es vaciado en el interior de su boca. Laura no recordaba nada de eso, ni tampoco el rostro de aquella persona que al parecer le había disparado. El televisor estaba apagado y el gato ya se había ido.


León Faras.

viernes, 16 de abril de 2021

Del otro lado.

 

XXXVI.

 

El padre José María trabaja en redactar algunos documentos atrasados, siempre había información que actualizar o datos que corregir, por lo general, estaba solo en su casa, y ese día así era cuando hicieron sonar su timbre, pero eso no era de extrañar, todos los días sonaba el timbre de esa casa. El cura le dio un buen estirón a su columna antes de ponerse de pie. En casa vestía como cualquier mortal, aunque su ropa gastada y anticuada le daba cierto aire hippie, cuando vio a sus visitantes, supo que hace rato se estaba preguntando cuándo aparecerían. Aquellos no eran otros más que Gloria Verdugo y su hija Lucía. Las mujeres pasaron y se acomodaron en el sofá del padre, este movió una silla, luego de servir tres pequeñas tazas de té aromatizado con alguna hierba, sin preguntarle a nadie si quería. Él, desde luego, sí. Como él, su mobiliario también era anticuado, seguramente había sido usado por varias generaciones de curas antes que él. “Muy bien, ustedes dirán” Dijo el sacerdote, cruzando una pierna por encima de la otra, Gloria respiró hondo, “Escuche padre, sé muy bien lo que opina la iglesia de los fantasmas, pero estamos conviviendo con uno en casa, y no sabemos qué hacer…” “Vivimos en una casa embrujada…” Añadió Lucía, totalmente en serio.  Gloria le contó al cura lo de la lámpara destrozada sin razón, lo de las escrituras aparecidas de la nada, lo de los ruidos constantes en una habitación vacía, sobre todo por la madrugada. Finalmente, aclaró, “…No se trata de que estemos asustadas o nos sintamos en peligro, es solo que se trata de mi hija, y no está bien que siga aquí, cuando debería estar… bueno, en compañía de Dios… ¿no?” Aquellas eran palabras casi textuales del funeral de Laura. El cura sorbió un poco de su té, y se empujó las gafas, “…Yo también sé muy bien lo que opina la iglesia sobre los fantasmas: las almas de los difuntos no permanecen en la tierra porque para ellos existe el paraíso, el purgatorio y, en el peor de los casos, el infierno, pero…” y el cura se inclinó hacia delante y cruzó los aguzados dedos de sus manos de artista, “…me gustaría, si me lo permiten, hablarles como José María Werner y dejar de lado por un rato al sacerdote” La mujer cogió su taza por primera vez y probó el té mientras aceptaba la propuesta. El cura no le había puesto azúcar ni nada. A su lado, Lucía tomaba fotos de la habitación con su teléfono y las borraba luego de verlas, algo que no había parado de hacer desde la aparición de Alan, captado por su cámara, y las escalofriantes declaraciones de su abuelo que decía “a veces” hablar con un muerto. Había probado muchas veces en la habitación de su hermana, sin éxito. José María comenzó, “Dejando afuera lo que afirma la Santa Iglesia, ha habido estudios bastante serios, dentro de lo que cabe, que han llegado a la conclusión de que hay tres tipos de muertos…” Dijo el hombre, tratando de sonar verosímil, las mujeres en cambio, se miraron con el ceño apretado temiendo que una de esas tres categorías fuese la de “muerto viviente,” José María imaginaba que pensarían algo así, así que se apresuró a continuar, “El primer tipo, y la inmensa mayoría, son aquello que luego de morir, simplemente se van, no sabemos a dónde, pero abandonan este mundo, eso es seguro; luego hay un segundo tipo, que son aquellos que, por las más variadas razones y voluntad propia, deciden quedarse…” “De ese tipo es Laura, ¿verdad?” Saltó Lucía, quien cada vez parecía menos convencida de los argumentos del cura, este negó con la cabeza, “Creo que no. Laura no ha llegado al momento en el que pueda decidir si irse o quedarse, creo que ella es del tercer tipo, creo que ella es de los que no pueden irse…” Gloria lo miró desorientada e incrédula, realmente no estaba preparada para algo así, ella esperaba que los curas tuviesen algún tipo de ceremonia ritual para guiar a las almas perdidas hacia el descanso eterno, o algo por el estilo, no todo este discurso mitológico y pagano sobre el más allá, “Perdóneme padre, pero…” El otro la interrumpió, “Recuerde que no le hablo como sacerdote, soy José” Gloria empezó de nuevo, “José, perdóneme, pero a mí todo esto me suena demasiado difícil de creer, ¿Cómo que no puede irse? ¿Está atrapada o algo así?” José María asintió comprensivo, “Lo sé, sé que es extraño y difícil de tragar, pero es todo lo que tenemos, y no, no está atrapada ni nada de eso, pero es lo que suele suceder con las muertes inesperadas y repentinas, es un cambio brusco para el que nadie está preparado y toma cierto tiempo adaptarse…” “O sea que no solo te mueres y te vas al cielo, sino que hay todo un proceso de adaptación y tal” Propuso Lucía, tratando de digerir lo que había estado oyendo, José limpiaba sus gafas empañadas por el vapor del té, “Como ya dije, la inmensa mayoría se va de este mundo, pero como en todas las cosas, hay excepciones…” No mencionaría lo del Escolta que persigue a Laura para engullirla y hacerla desaparecer de la faz del universo, eso sí que lo acabaría desprestigiando como sacerdote definitivamente, “…Laura no es un fantasma como los de las películas, no tiene un propósito particular ni busca aterrar a nadie, solo falleció repentinamente y está en proceso de transición, deben tener paciencia” Gloria se quedó asimilando todo por unos segundos, “Entonces ¿no hay nada que se pueda hacer?” preguntó finalmente, la expresión en el rostro de José María, respondía por sí sola, “Como familiares y amigos no podemos hacer nada más que esperar, pero como sacerdote, les prometo que oraré insistentemente para que el Señor la ilumine y la guíe hacia su seno” “Deberíamos hacer una sesión espiritista…” sugirió Lucía, en broma, para alivianar el ambiente que se había vuelto demasiado denso de repente, sin embargo, nadie rió.

 

A pesar de que sus respectivos hijos se habían distanciado con el tiempo, Lorenzo Valdés y Mario Fuentes seguían siendo grandes amigos, como el día en que comenzaron a vivir como vecinos del mismo bloque. El primero era un viudo de cincuenta y tantos años, irremediablemente flaco y con la gracia de mantener su cabellera completa como cuando tenía quince años, apenas jaspeada de canas pero sin una mínima calva. Su amigo, similar en edad y altura, era un amante de las barbas, y la suya era prácticamente el único capricho que aún se resistía a ser destruido por la constante y metódica corrección de su mujer, Virginia, quien elegía hasta los calcetines que debía usar. Fuera de eso, era un tipo corriente como pocos, con una moderada pero persistente panza que se resistía a retroceder a pesar de todos los esfuerzos de su mujer, que desde hace años se la había tomado como algo personal. Salvo contadas ocasiones, cada vez que se reunían, lo hacían en casa de Lorenzo, sitio en el que Virginia no había entrado jamás, y en el que se juntaban con la excusa de beberse una cerveza y ver algún partido de fútbol, pero que realmente empleaban para debatir temas con los que se apasionaban presentando los argumentos más irrefutables, que rápidamente eran refutados con desdén por el otro, tales como la probabilidad de vida en el universo, los recursos energéticos ignorados, la solución definitiva para la hambruna en el mundo y últimamente, también, la vida después de la muerte.


León Faras.