sábado, 28 de agosto de 2021

Del otro lado.

 

LV.



Jeremías caminaba con paso decidido rumbo a la ciudad, como a quién le han encargado una misión importante, más adelante, dos perros callejeros que se disputaban un botín hallado en la basura, tuvieron que dejar de lado sus conflictos y separarse cuando el viejo pasó entre los dos sin la menor consideración, ante el desconcierto de los animales que no comprendían cómo tal ser humano, sin olor a humano, podía existir. Una vez en la ciudad, tomó el camino que siempre acostumbraba a seguir, sin embargo, en determinado momento, el viejo comenzó a aminorar la marcha paulatinamente igual que los camiones cuando van cargados, hasta finalmente detenerse, aunque no sabía por qué, solo había sentido una necesidad imperiosa de dejar de avanzar y ahora no se atrevía a poner un pie delante. Se giró lentamente hacia la derecha e inexplicablemente sintió cómo su cuerpo toleraba eso y podía continuar. Con algo de recelo tomó el nuevo camino, pero cuando quiso retomar su antigua ruta, nuevamente una sensación muy extraña lo obligó a parar, era como un sentimiento profundo e inexplicable de rechazo a no sabía muy bien qué, pero no quiso tentar a lo desconocido, y prefirió volver a girar a la derecha, hacia donde sus entrañas parecían estar de acuerdo. Tardó bastante más de lo que acostumbraba, pero finalmente llegó a la casa de Olivia, donde golpeó la puerta con entusiasmo y luego de dos segundos, volvió a hacerlo pero cabreado, como si llevara mucho rato esperando afuera. Era más de mediodía. La bruja abrió la puerta de golpe, como si pretendiera dar un portazo en sentido inverso, estaba un poco mosqueada también por la insistencia, no se sorprendió de ver a Jeremías ahí parado, su forma de aporrear las puertas era característica, “¡La encontré!” Le gritó el viejo con una sonrisa muy poco habitual en él, suficiente como para que la bruja dudara de su cordura, “¿Encontraste qué?” Replicó la mujer. La sonrisa del viejo se apagó como una brasa en el aire, “A la chica, la que buscabas conmigo hace unos días” La bruja echó un vistazo, como si pretendiera ver a Laura parada por ahí, en alguna parte, obviamente, no vio nada, “¿Y dónde está?” Preguntó sin soltar la puerta ni invitar a pasar al viejo, su respuesta fue desconcertante, pero su gesto era convincente, “Está dentro de mí…” Olivia quiso balbucear algo, pero no salió nada inteligible de su boca, el viejo continuó, “¿Recuerdas cuando te pedí ayuda para saber de mi familia? Entonces me dijiste que yo tenía un don, un don para hallar personas, pues eso es lo que hice” La bruja recordaba eso, pero ese don no funcionaba así, no funcionaba solo, además, una cosa era encontrar el paradero de alguien en particular, y otra cosa muy distinta era… “¿Cómo que la tienes dentro de ti?” Preguntó con gesto que, más que de duda, parecía de indignación, sin embargo, según el razonamiento de Jeremías, no había razones para que dudaran de él, “¿Y para qué diablos crees que yo querría venir hasta aquí inventándome semejante excusa?” Eso era cierto, aunque las dudas de la bruja estaban basadas en su sanidad mental, partiendo de que era un muerto que no aceptaba ni admitía su flagrante condición de muerto, pero, en lo que respectaba a Laura, no tenía ni una sola pista en la que poder avanzar, así que decidió darle una oportunidad, “Ven, pasa, vamos a hacer una prueba…” Y se dirigió a su cocina donde comenzó a amontonar frascos y pocillos frente a ella, que de inmediato pusieron en guardia al viejo, quien ya se intuía lo que la bruja estaba haciendo, “¡No, no, no! Ni se te ocurra que me vas a dar de beber de ese destilado de mierda otra vez, ¡Esa porquería sabe como el culo de un sapo!” Olivia lo miró con el ceño apretado, como a la cosa más inusual del mundo, la verdad era que no debería saber tan mal para un muerto, quiso replicar algo pero Jeremías se le adelantó, “Puedes creerme si quieres, o no, yo solo cumplo con avisar y me vuelvo por donde vine” El viejo amenazó con irse, pero la bruja lo detuvo, “¿Pero estás seguro de lo que dices?” Y se acercó para examinarlo de cerca, como un dermatólogo que busca una forma muy específica de grano, “¿Puede verme? ¿Me escucha?” El viejo la miró como si quisieran besarlo sin su consentimiento, “¿Y yo cómo diablos voy a saber eso!” Le espetó, indignado, como si lo estuvieran reprendiendo por algo que no ha hecho, y agregó “Ella me buscó a mí, supongo que sabrá lo que hace, ¿no?” La bruja no estaba del todo convencida, de hecho lo miraba con algo de pena en los ojos, como se le mira a un abuelo con demencia senil, “No me crees, ¿verdad?” Aseguró el viejo, “Supongo que sí…” Admitió la bruja, poco convincente, “Tal vez si…” Iba a agregar algo, pero su teléfono comenzó a sonar, era el padre José María, lo que le dijo también era desconcertante, pero con un tono de voz convincente, le dijo que había tenido una aparición en su iglesia durante la noche, la aparición de un ángel, un ángel llamado Julieta, también le dijo que había pensado en llamarla antes, pero había sido una noche muy rara, y ni él mismo estaba completamente seguro de lo que había visto, “¿Un ángel? ¿Estás seguro?” Preguntó Olivia con extrañeza, e inmediatamente agregó, “¿Cómo sabes que era un ángel?” Jeremías la miraba profundamente interesado, por su parte, José María se pensaba muy bien lo que quería responder, “La chica dijo que había sido enviada por Jesucristo…” Luego de unos segundos de dramático silencio, añadió, “...pero creo que no por el que todos conocemos, sino que por el otro…” La bruja tardó unos momentos, pero al final comprendió la ambigua respuesta, “David” Lo dijo mirando directo a los ojos a Jeremías, como si le hablara a él, este se veía muy preocupado, “¿Crees que puedes confiar en él?” Le preguntó al cura, mientras el viejo le respondía meneando la cabeza de lado a lado con vehemencia, el sacerdote se permitió un largo suspiro antes de responder, “Eso fue lo último que me dijo: Confíe en mí, padre” Cuando Olivia colgó la llamada, se encontraba en medio de un dilema de fe, y esos no eran de sus favoritos. Por un lado tenía a Jeremías, con toda su particular forma de ser, asegurando tener a Laura metida dentro de su cuerpo, sin poder explicarlo o demostrarlo, y por otro lado estaba José María, probablemente la persona en la que más confiaba en el mundo, afirmando que había hablado con un ángel enviado por un Jesucristo que le apuñaló el estómago hace menos de un par de días, “Los ángeles no bajan del cielo para ofrecerte su ayuda” Advirtió Jeremías, con los ojos muy abiertos y un índice enhiesto frente a él, “Lo sé...” Respondió la bruja, al tiempo que cogía sus cosas para salir, “...pero hay que averiguar qué es todo esto y tú vienes conmigo” El viejo quiso poner en duda la necesidad de su presencia, pero la bruja lo agarró de la solapa, “Tú eres el portador, ¿no?” Cuando salieron, el viejo se detuvo apuntando con el pulgar un rincón en la propiedad de Olivia, “¿Por qué no usamos eso?” La mujer miró, junto a la gran cantidad de basura metálica y desperdicios que amontonaba en su patio, bajo un precario cobertizo dormitaba un vehículo de aspecto anticuado, facha polvorienta y el blanco de los dientes de un vaquero. Como todos los demás cachivaches apilados, había sido un regalo en agradecimiento por un trabajo bien hecho, que lo mismo podía llevar cinco años tirado allí que diez, la bruja no lo recordaba bien. Era un Nissan Tsuru del 86 que Olivia no había tocado nunca pero que, estaba segura, había llegado andando. Jeremías le echó un vistazo a los neumáticos que estaban en condiciones, no óptimas, pero en condiciones, “Oye, no creo que ese cacharro funcione” Se quejó la bruja mientras el viejo abría la tapa del motor sin decir una palabra, como un profesional que no necesita de segundas opiniones, con un trozo de fierro tirado en el suelo, puenteó la batería y esta le respondió con un chispazo que le hubiese chamuscado los dedos de no ser el viejo un muerto andante, aun así lo hizo soltar el fierro con una velocidad sorprendente, luego le lanzó una mirada a la mujer como diciendo “Este muchacho aún respiraEnseguida preguntó por las llaves, Olivia suponía que estaban en alguna parte dentro del vehículo, de hecho, ni siquiera había que buscarlas, estaban puestas en el contacto, el viejo la giró, y luego de un par de intentos el motor arrancó tosiendo y escupiendo una gran nube de humo negro acumulado por años. La bruja estaba sorprendida, “Mi hija me enseñó una o dos cosas sobre estos fierros” Explicó el viejo, mientras bajaba el capó y luego se dirigió al asiento del copiloto, “Tú conduces” La bruja protestó, “¡No he conducido desde que tenía diecisiete años!” Jeremías la miró inexpresivo, dejando en claro que él llevaba muchos más años sin hacerlo, “Ponte el cinturón” Advirtió Olivia, mientras metía la primera marcha, el viejo le echó una mirada petulante, “¿Acaso crees que un muerto puede volver a morir?” La bruja lo miró como si le acabaran de jugar una broma de muy mal gusto, “Entonces, sabes que estás muerto” El viejo miró al frente, el parabrisas estaba cubierto de una película de polvo, “Por supuesto, no soy ningún tarado…” Respondió, y luego de unos segundos añadió, “...es solo que nunca me he sentido como uno.”


León Faras.

sábado, 21 de agosto de 2021

Del otro lado.

 LIV.



Cuando despertó, la luz del sol entraba limpia y cristalina por su ventana, lo primero que vio Laura, fue el pequeño altar armado en su memoria, en la esquina de su cuarto, bajo el espejo. Su retrato estaba ahí, con un candelabro con sus extremidades consumidas enfrente, y dos floreros gemelos montándole guardia, que, aunque lucían vacíos para ella, el espejo y su fragancia los delataba: ambos lucían sus gargantas llenas con los tallos de calas y claveles blancos, que su madre había adquirido en tiempo record gracias a una clienta. Su filodendro también estaba ahí, más sano y orgulloso que nunca, aunque solo podía verlo a través del espejo. Tardó unos segundos más de la cuenta en mirar fuera de su ventana. Su visión se había reducido a una infinita pared oscura ubicada a un par de metros de su ventana, que de alguna manera no bloqueaba la luz aunque ya se había tragado gran parte de la ciudad, y estaba a un paso de engullirla a ella. No sabía si sentir alivio o frustración, pues se había preparado mucho, emocionalmente, para despertar del otro lado y enfrentar de una vez a su verdugo del infierno, y ahora debería hacerlo todo de nuevo. Estaba cansada de este juego del gato y el ratón, cuyo resultado estaba decidido desde un principio y que solo podía dilatarlo hasta que se cortara como queso derretido. Se encaramó sobre su ventana y con un mínimo esfuerzo se puso de pie, sacando la mitad de su cuerpo hacia afuera, quedando sujeta con una mano del marco, como un marino que divisa tierra desde la parte más alta de su barco, desde allí, un suave brinco sería suficiente, después de todo, se había preparado mucho para eso y ahora casi que se sentía decepcionada de tener que esperar un día más. Cerró los ojos, flectó las rodillas un poco y entonces el maullido de un gato la detuvo, estaba ese gato plomo de nombre inapropiado parado tras ella, como cualquier mascota exigiendo que se le alimente o dejando en claro que necesita salir a hacer sus necesidades, y como casi cualquier mascota lo haría, lo hacía en un momento de lo más inoportuno. Laura lo miró perpleja, pero su expresión se redobló, cuando de un segundo vistazo rápido al espejo de la pared, comprobó que, al igual que ella, el animal tampoco se reflejaba allí. La muchacha bajó de la ventana, su acto de valor suicida podía esperar, “¿Pero qué diablos haces tú aquí?” Preguntó, como si de verdad esperara una respuesta de parte del felino, pero solo obtuvo su indiferente y pretenciosa mirada, luego, acuclillándose, agregó, “¿Qué quieres…? ¿Qué eres…?” Entonces sucedió aquello que en lo más profundo de su corazón ya se temía, el gato le habló: “Tú sabes lo qué soy.” Sucedió en un momento en el que no lo estaba mirando, por lo que no pudo ver cómo lo hizo, pero lo oyó perfectamente, con un agradable tono de voz masculina y todo, tanto que la chica se fue de espalda con los ojos como platos, hasta chocar con la pared bajo la ventana, y por suerte que esta la contuvo a pesar de ser ella un espíritu o hubiese salido volando directo a la pared oscura, “¡Esto no puede ser...! ¿o sí?” Preguntó espantada a un gato que se acicalaba el trasero con insolente desparpajo, y que luego se puso de pie para dirigirse a la puerta, y con un desganado maullido solicitarle que la abriera, pero un maullido, entonces la voz se la había imaginado, aquello era posible, llevaba mucho tiempo sin que nadie le hablara o siquiera oír la voz de otro ser humano, y algo así ya le había sucedido antes, sobre todo cuando se encontraba en duermevela y los sueños podían mezclarse con la realidad, pero eso era cuando estaba viva, ahora no estaba tan segura. Se puso de pie y caminó hasta la puerta, apenas la abrió el gato salió, Laura se quedó ahí echándole un vistazo al altar que su madre le había preparado y a la pared negra que pacientemente la esperaba afuera, solo a ella… “Sígueme” Volvió a oír y esta vez estaba segura, ese gato le había hablado de nuevo, y la esperaba ahí para que le siguiera. El felino se dirigió hasta la entrada de la casa y se quedó allí para que le abrieran la siguiente puerta, Laura lo siguió suspicaz, como cuando sorprendes a alguien conocido en acciones sospechosas, “¿Desde cuándo que puedes hablar?” El gato ignoró la pregunta, y solo la miró impaciente para ver por qué diablos no abría la maldita puerta todavía, “¿Eres como un ángel o algo así?” Preguntó la chica mientras giraba la manilla. La puerta se abrió, el felino salió y Laura se rechazó a sí misma su última sugerencia agitando una mano como si espantara una mosca, luego de recordar la imagen de su amigo en posición contorsionista lamiéndose el trasero, muy poco digna de un ser celestial. Urano dio un brinco y pasando entre los fierros de la valla, aterrizó en el suelo, varios metros más abajo, pero sin apenas inmutarse, la chica lo siguió con toda la gracia y experiencia que había acumulado hasta ese momento, “¿Eres una especie de espíritu protector?” Insistió con una astuta sacudida de sus cejas, pero el gato se detuvo de golpe para echarle una mirada como si lo que acababa de decir era un inconcebible y absoluto disparate, Laura también se detuvo, un poco pasmada, ella solo estaba lanzando ideas al aire, y no todas tenían que ser geniales, pero un gato que hablaba no podía ser solo un gato. Caminaron en dirección contraria al rayo de luz oscura, que ya parecía una gigantesca torre elevada hasta el mismísimo firmamento, y más allá, donde la ciudad se volvía menos urbanismo y más vertedero improvisado, “Solo hablas cuando te da la gana, no sé por qué te sigo” Se quejó la chica, Urano continuó con su trotecito soberbio hasta la desembocadura de una alcantarilla muy vieja en la que se introdujo decididamente. Laura echó un vistazo dentro, podía intuir el olor que había ahí y no debía ser muy agradable, aunque por otro lado, qué más daba un poco de porquería para una chica muerta. Se adentró con cautela, pero pronto el gato desapareció y le habló desde la oscuridad, “Ven” A pocos metros de avanzar, la oscuridad era absoluta, “¿Eres fruto de mi imaginación?” Sugirió la muchacha mientras caminaba con una mano pegada a la pared, “Algo así…” Respondió Urano. La chica no estaba muy convencida de lo que hacía, pero aun así siguió, “Creo que sí, porque ahora te oigo dentro de mi cabeza…” Y luego de unos segundos, agregó, “...como a Pepe Grillo” “Pepe Grillo era la conciencia, no la imaginación” La corrigió el gato, “¿Eres mi conciencia?” Replicó Laura de inmediato, Tenía la necesidad de hablar para disipar la incomodidad de estar arrastrándose por una alcantarilla en completa oscuridad, “No lo creo. Puedes detenerte” Laura obedeció, aunque el silencio y la oscuridad absoluta eran inquietantes, “¿Quién te puso ese nombre tan… raro?” Continuó la muchacha después de unos pocos segundos de incómodo silencio, “Tú lo hiciste…” respondió el gato, e inmediatamente agregó, “Siéntate.” Laura protestó como si hubiese sido insultada de alguna manera, “¡Yo jamás te pondría un nombre tan feo para un gato!” “Lo hizo tu subconsciente ¿Quieres sentarte de una vez?” Laura comenzó a tantear el piso para sentarse, “¿Eres mi subconsciente?” Preguntó curiosa, “Supongo que sí…” Respondió el gato, e iba agregar algo, pero la chica lo interrumpió impulsiva, “¿Y de dónde diablos mi subconsciente sacaría un nombre tan malo para un gato!” “¡Eso qué diablos importa!” Casi gritó Urano, “Ahora, cierra los ojos” Le ordenó. Para Laura, en ese sitio, no había absolutamente ninguna diferencia entre tener los ojos abiertos o cerrados, pero obedeció, “Dime una cosa, Subconsciente, ¿Cuánto mide la cumbre más alta del mundo?” Recordaba haberlo estudiado hace años, pero ya lo había olvidado por completo, “8.849 metros” Respondió Urano sin esfuerzo, y agregó, “Necesito que te duermas” Pero la chica estaba demasiado emocionada, “¡Diablos, entonces tú recuerdas el rostro del que me disparó en el autobús!” El gato respondió que no, y ella quiso saber por qué, “Porque no puedes recordar algo que no ves, y aunque pudiera, ¡qué más da! Ahora duérmete” Laura había perdido todo su entusiasmo de repente, “Pero si lo hago, despertaré en mi cuarto por la mañana y todo habrá acabado” Su voz sonó como la de una niña que no quiere jugar para no ensuciar su vestido, la del gato, en cambio, sonó áspera y un poquito burlona, “¡Pero si estabas a punto de lanzarte por la ventana!” Luego de varios segundos, la chica susurró, “No había hablado con nadie hasta entonces…” Luego de un rato, la voz de Urano sonó más conciliadora, “Duérmete, solo será un momento. De verdad” Laura aceptó eso, después de todo, no hablaba con nadie, solo era ella. Se durmió.



En ese instante, los ojos de Jeremías se abrieron de golpe en la total oscuridad de su agujero, “¡La encontré!” Exclamó, y luego de cerciorarse de que sus propias palabras fueran ciertas, se puso de pie y salió corriendo.


León Faras.



sábado, 14 de agosto de 2021

Del otro lado.

 

LIII.

 

El padre José María, luego de su extraña experiencia en el parque, se encaminó de regreso a su casa, pero antes decidió comprobar que todo estuviera en orden en el templo, justo al lado de su casa, el cual no había visto desde su repentino “desmayo”, y aunque había gente que podía encargarse de todo en su ausencia, prefería echarle un vistazo él mismo para su propia tranquilidad. Allí en la puerta de la iglesia, había un hombre sentado en el suelo, era muy mayor, con aspecto malhumorado, estaba descalzo y su ropa no era más que un montón de harapos. El cura intuyó que se trataba de algún mendigo nuevo en la ciudad; un caminante que se acercaba a la iglesia en busca de algo de comer o un lugar donde pasar la noche, “Buenas noches, soy el padre José María Werner…” Se presentó, amable, Jeremías se le quedó mirando como si de pronto le hablaran en una lengua hace mucho tiempo olvidada, “¿Me está hablando usted a mí?” Preguntó auténticamente sorprendido, el cura no dejó de sonreír, “Por supuesto…” Respondió el sacerdote, admirado de tal pregunta, Jeremías dejó pasar unos segundos antes de explicarse, “Llevo más de veinte años visitando la iglesia todas las semanas, y esta es la primera vez que usted me dirige la palabra, padre” Al cura se le derritió la sonrisa como un helado en el pavimento, veinte años y él no recordaba haber visto a ese hombre en su vida, “¿Es usted un espíritu?” Preguntó con tímida seguridad, recordando las palabras de Olivia, el viejo lo miró como si se estuviera burlando de él, “¿Acaso le parece que estoy muerto?” José María tomó aire para responder, pero ninguna palabra brotó de su boca, Jeremías también tomo aire, pero para ponerse de pie y saltar el asunto, como quien está cansado de que le saquen el mismo tema a colación una y otra vez, “Mire, yo solo quería saber cómo estaba, después de lo de anoche…” El sacerdote titubeó, perplejo, al parecer toda la ciudad estaba enterada de lo que había ocurrido, el viejo continuó muy serio, “Yo estaba aquí, padre, vine a escuchar su misa y cuando terminó, lo vi todo…” Como el cura parecía incapaz de articular palabra, añadió, “…Yo llamé la ambulancia” El padre José María se quitó las gafas como si estas de pronto le pesaran varios kilos, justo cuando comenzaba a pensar que la aparición de David no había sido más que un extraño sueño, tenía frente suyo un testigo de los hechos. Jeremías continuó con exagerada gravedad, “Ese hombre no es nada normal, padre” Aseguró preocupado, el cura estaba completamente de acuerdo con eso, pero quiso saber por qué decía algo así y el viejo no lo dudó, “Yo lo conocí, una vez, hace muchos años, cuando yo aún era joven. Solo lo vi aquella vez, y era el mismo hombre, y no ha envejecido ni un día desde entonces, padre” El sacerdote estaba más confundido que antes, cuando leía y estudiaba a escondidas, todas esas cosas extrañas sobre el más allá y sus indesentrañables misterios, incompatibles con su oficio, ahora los espíritus estaban por todas partes, y no eran ni remotamente como él se los imaginaba, “Yo que usted, me andaría con cuidado con ese hombre, padre.” Sentenció Jeremías antes de irse. El cura se quedó ahí parado, sobajeándose la cara como si lo hubiesen abofeteado, no le preocupaba volver a encontrarse con David, al menos no muy pronto, le preocupaba más, en ese momento, la advertencia de Olivia sobre las ánimas que habitaban en su iglesia, ahora que estaba a punto de entrar en ella, y encima, iluminada solamente con la luz que entraba desde el exterior, el resto era como la obra de algún artista gótico moderno: casi completamente negra, con mínimos perfiles iluminados por la pobre claridad de las ventanas para recrear un mobiliario confuso y mezclado con la oscuridad, casi como restos de un naufragio en un mar de brea, al igual que los pilares, que parecían recortados en ángulos perfectos de luz y sombra. Al acostumbrarse los ojos, lo primero que aparecía era una figura humana, blanquecina y que parecía estar suspendida en el aire en actitud voladora. La había visto miles de veces, pero aquella noche, la imagen de la Virgen María lucía especialmente fantasmagórica. Había usado la puerta principal por donde el grueso de los parroquianos entraba y salía de sus ceremonias, y debía avanzar algunos metros más para alcanzar uno de los interruptores secundarios que tenía el templo. Al fondo se insinuaba la silueta del enorme crucifijo que colgaba sobre su cabeza cuando él predicaba. Nunca, en todos sus años de cura, había percibido su propia iglesia como un lugar tan tenebroso, y como queriendo confirmarlo, y aunque no oyó ningún sonido, podía jurar que vio una silueta moverse frente al altar, fue fugaz, y probablemente se la estaba imaginando, ya que en realidad se sentía muy predispuesto al susto en ese momento, con grandes dosis de adrenalina recorriéndole el cuerpo, y agudizándole los sentidos más de la cuenta, y todavía le quedaban algunos metros para llegar al bendito interruptor, pues no había logrado avanzar nada. Cuando se disponía a hacerlo, debió detenerse en seco, tomar una bocanada de aire y soltar un “¡Ay, Dios!” involuntario, pues los pasos se oyeron a apenas tres metros de él, y cuando volteó la mirada, una vela solitaria de luz opaca, salida de no se sabe dónde, se movía hacia él flotando en el aire por el pasillo lateral del templo, dos segundos después, pudo ver que se trataba de una persona, una que él conocía porque él mismo le había hecho las exequias el día de su muerte hace al menos una década atrás. La difunta murmuró un “Buenas noches, padre” y siguió caminando sin esperar respuesta, tal como lo había hecho siempre durante toda su vida. Se paseaba por el templo comprobando que los santos tuvieran sus velas, que las santas sus flores, que el altar quedara limpio y que nadie hubiese olvidado algo en los bancos, siempre la primera en llegar y la última en irse desde la muerte de su marido, con ese vestido de riguroso luto que le cubría desde las orejas hasta los tobillos, el pelo cogido en un firme tomate ceniciento y el rostro decorosamente velado, como se acostumbraba en el siglo pasado, o el anterior. El cura se persignó, un poco en nombre de la difunta, y un poco en nombre propio, pues en ese momento descubría que las manos le temblaban aparatosamente. Estaba tomando fuerzas para continuar, cuando unos pasitos cristalinos, como de zapatitos de charol, sonaron tras él, pensó en lo difícil que sería acostumbrarse a su nueva habilidad. “Es la primera vez que entro aquí…” Le dijo una voz que creyó reconocer, pues, aunque la niña apenas se veía en la oscuridad, indiscutiblemente aquella era Julieta, la chiquilla del parque, “…este sitio me da un poco de miedo” Agregó luego. En otras circunstancias, el comentario le hubiese parecido hasta simpático al padre, pero no ahora. “¿Usted es amigo de él?” Dijo Julieta, señalando el crucifijo del fondo, el padre le echó un vistazo sin entender a qué se refería con exactitud, porque de alguna manera parecía estar hablando de manera literal. El cura asintió de la forma más lenta y poco convincente posible, pero a la muchacha, eso le bastó, “Él me pidió que le ayudara, padre y que él a cambio, liberaría a Lucas” El cura estaba tan tenso, que cualquier movimiento brusco podía romperle algo, “¿Hablaste con él?” Pronunció con cuidado, como si se tratase de un idioma que acaba de aprender, la niña asintió con entusiasmo, como a quien le ofrecen otro trozo de pastel, al cura, en cambio, ya comenzaba a dolerle el estómago, “¿Liberar… a Lucas?” Preguntó temeroso, porque no alcanzaba a sospechar siquiera quién era ese Lucas, la niña pareció no entender, como cuando te preguntan una obviedad, “Claro…” dijo, “…igual como yo fui liberada” En ese momento, y como por arte de magia, la luna que reinaba los cielos de esa noche se asomó por una de las ventanas más altas, e iluminó un trozo de la muchacha, el cual comenzó a brillar como si la propia niña estuviera hecha de luz, “Entonces, yo le ayudaré, padre…” dijo, acercándose hasta casi meterle la mano extendida dentro del pecho, “Si usted está ahí, yo también estaré ahí” El cura no se movió, aunque aún sentía algo de miedo, luego la niña retrocedió y su silueta se fundió con las sombras, para cuando José María alcanzó por fin el interruptor, Julieta ya se había ido.


León Faras.

jueves, 5 de agosto de 2021

Del otro lado.

 

LII.

 

La habitación de Laura estaba muy diferente a la última vez que el cura y la bruja la habían visto, ahora se veía ordenada y limpia. En un rincón, Gloria y su hija Lucía, habían construido un pequeño altar sobre una sencilla pero bonita mesa de rincón bajo el espejo, con el retrato de Laura escoltado por dos estilizados floreros gemelos y precedido por un humilde candelabro de tres velas que rendía honores a la difunta. Frente a esto, y en el suelo, un vigoroso filodendro recibía los primeros rayos del sol de la tarde, que entraban por la ventana. “Fue ahí, justo ahí, en el espejo, donde su figura se formó…” Señaló la mujer, con cierto brillo en los ojos, su hija Lucía se mantenía aferrada a su brazo, sencillamente ella no estaba preparada para una experiencia como esa, y esperaba que a su hermana no se le ocurriera aparecerse frente a ella. Gloria continuó, “…era como un fantasma que hasta parecía flotar, pero solo estaba allí, dentro del espejo. Fue impresionante, pero no sentí miedo” El cura asentía orgánicamente, ahora que había comenzado a ver espíritus, sentía que nada sabía de ellos, la bruja en cambio oía y miraba con atención, como quién quiere descubrir algo que sabe que se le está escapando, “¿Hizo algo? ¿Algún gesto o ademán?” Preguntó la bruja, Gloria repitió el gesto de quien envía un beso a la distancia y luego añadió con plácida resignación, “Estoy segura de que se estaba despidiendo de mí…” Eso era lo que Olivia presentía, Laura no se había entregado al Escolta aún, sino que pensaba hacerlo ahora. No sabía cómo lo había hecho, pero de alguna forma había logrado hacerse visible ante los ojos de su madre, para despedirse de ella en paz, no con la angustiante desesperación con la que pedía ayuda antes, aunque también existía la posibilidad de que todo hubiese sido una alucinación de Gloria, ese tipo de cosas eran más comunes que las mismas manifestaciones espectrales, pensó Olivia. Cuando la bruja salió de su burbuja mental, se dio cuenta de que, tanto el cura como la mujer, le miraban como esperando una respuesta de algo que no se había ni enterado, “¿Eh?” Dijo con una sonrisa incómoda, el padre José María intervino entonces, “Gloria preguntaba qué habría sucedido con el Escolta del que le hablamos…” Eso mismo era lo que se estaba preguntando Olivia, si ese Escolta ya había hecho su trabajo o todavía esperaba su oportunidad, pero no le iba a transmitir sus dudas a la mujer, solo puso gesto inocente y replicó, “Un milagro, creo que ha sido un milagro” Gloria estaba convencida de eso y sabía que no había nada mejor que hacer en esos momentos, más que orar, “Por supuesto…” Respondió el cura, y en el momento en el que todos se ponían de rodillas para hacerlo, Olivia recordó algo, realmente no era algo demasiado convincente, pero era algo, “Empiecen sin mí…” Se excusó y salió del departamento apresuradamente, no era muy lejos donde quería ir, de hecho, era en un bloque vecino. Golpeó la puerta con firmeza, e impaciente y luego de un par de segundos, volvió a golpearla de nuevo, Macarena Ríos abrió la puerta fastidiada por la urgencia, “¡Qué?” “Busco a Richard Cortez” Respondió la bruja. Macarena no sabía quién podía ser esa mujer, pero por su aspecto, no podía ser nadie importante, “Está descansando ¿Qué quiere?” Preguntó agria, Olivia solo quería hablar, pero en ese momento Richard llegó detrás de su mujer y le puso una mano en el hombro, “Tenemos negocios juntos…” Le informó, y Macarena, con una mirada de profunda desconfianza, se retiró a la habitación de su hijo. La bruja fue directa, “¿Aún lo hueles?” Richard no dijo nada, en realidad, no sabía de qué le estaba hablando. La bruja añadió, “El pedo de Satanás, ¿aún lo hueles?” El Chavo asintió despreocupado, “Sí, todavía está aquí” La bruja quiso saber cómo diablos era que podía saber algo así, y el hombre, escudriñando los alrededores, le respondió, “El día en que morí, solo podía sentir ese olor, no el de la descomposición de decenas de cuerpos, no el de los cadáveres masacrados por todas partes, no el de los inocentes quemados vivos en sus propias iglesias o escuelas, sino ése, y fue durante mucho tiempo. En esos años, estoy seguro de que había más de un solo Escolta con cuentas pendientes sobre el mundo, y varios se lo ganaron con creces, con esfuerzo y dedicación, como si se tratase de un maldito premio…” Luego de una pausa, agregó, “No había vuelto a sentirlo hasta el día de la muerte de Laura…” Que un Escolta tuviera un olor particular, era algo que no le hacía ni pizca de sentido, pero le creía, tal vez porque no tenía nada más.

 

La verdad era que, tanto Gastón Huerta, como la propia Julieta, habían dedicado parte de sus noches a mantener alejados a los intrusos de la casa de Alan, para que estos no estropearan el trabajo que estaban haciendo y lo habían logrado en base a jugarles bromas muy pesadas a quienes pretendían usar el lugar para sus propios fines. El truco del “Ahorcado” era el que mejor le resultaba a Huerta, aunque también solía arrastrar cosas pesadas en medio de la noche o simplemente esconderles las pertenencias a los intrusos o cambiárselas de sitio, lo de Julieta, en cambio, era algo diferente, y al propio Gastón le daba un poco de miedo verla. Ella no podía manipular las cosas físicas como lo hacía él, sin embargo hacía trucos increíbles manipulando las energías. Podía apagar o encender velas, había aprendido a reventar vasos presionándolos lo suficiente desde dentro, hacer levitar cosas de poco peso, también le gustaba jugar con una fea y aterradora muñeca hallada en un basurero, a la cual lograba mover sutilmente, pero lo más impresionante era que, ella fue quien consiguió encender el televisor con su propia energía. Alan estaba igualmente impresionado, no solo por el resultado que habían conseguido con la casa, también con las increíbles habilidades de Julieta, las cuales él nunca había visto, ni menos haber tenido, sin embargo, la chica confesaba no haber hecho nunca nada especial, solo las había aprendido con el tiempo, sola y de manera natural, como si siempre hubiesen estado ahí, pero aun así, era muy raro. Cuando el sol comenzó a ponerse, el grupo se disolvió, y cada uno tomó direcciones diferentes. Julieta regresó a la población, pero no se fue inmediatamente a acompañar a Lucas, esa noche había un espectáculo que a ella le encantaba presenciar desde el día en que sus ojos se abrieron por primera vez luego de morir: la luna llena. La primera vez que la vio, no era tan majestuosa, estaba opaca y partida a la mitad, pero cuando la vio llena y luminosa por primera vez, quedó encantada y desde entonces no se perdía ninguna de sus solemnes apariciones. En ese mismo momento el padre José María Werner abandonaba la casa de Gloria para regresar a la propia, atravesando el pequeño parque que decoraba el interior del conjunto habitacional, cuando por casualidad, o tal vez no tanta casualidad, las luces del parque y de todos los bloques se apagaron al unísono. No era tan grave, la luz de la luna acompañaba bien esa noche, sin embargo, una fuente luminosa resaltaba en la noche, el cura quedó congelado, aquella era una niña, una jovencita que parecía emitir su propia luz. Había más personas en el parque, pero solo él parecía verla, y la niña lo notó, devolviéndole la mirada. El cura se acercó embobado, como quien ve una aparición milagrosa y cuando estaba a dos metros, no tuvo más dudas y se dejó caer de rodillas, ante las miradas de incredulidad de un par de transeúntes que pasaban por allí, “¿Quién eres?” Preguntó el cura, anhelante, la aparición le miraba inocente y divertida, “Julieta” Respondió. El sacerdote insistió entonces, “¿Eres un ángel?” La niña sonrió, “No, solo Julieta” En ese momento, las luces regresaron a las farolas del parque y a todos los bloques, y aquella aparición milagrosa se redujo a un pálido espectro de una muchacha que además de muerta, no parecía tener nada de especial. Entonces, los transeúntes se acercaron a ayudar al sacerdote que parecía desorientado o con una nueva descompensación, sin embargo, este estaba bien, pero la chiquilla ya se había ido.


León Faras.

viernes, 30 de julio de 2021

Del otro lado.

 

LI.

 

Alan continuaba sentado en el mismo sitio, bajo esa canasta que nadie usaba, porque llevaba rota más de un año, cuando alguien demasiado grande para su edad se colgó de ella luego de encestar, los materiales no eran los mejores y el jugador cayó de espaldas con la canasta en las manos. Alan no sabía nada de esto ni le importaba, en ese momento veía que Olivia se acercaba junto con el cura y se puso de pie para salirles al paso. En la otra canasta, la que aún funcionaba, tres muchachos ensayaban tiros de fuera del área, en uno de estos, la pelota dio un bote en el aro y salió disparada, el chico que estaba más próximo fue por ella, pero se quedó congelado cuando la pelota cambió de dirección en el aire como si hubiese chocado contra algo invisible. El muchacho miró a sus amigos con una sonrisa nerviosa, estos también habían visto el fenómeno y esperaban a que el balón se detuviera completamente para decidir si querían cogerlo o no. Alan salía de la cancha en ese momento, la pelota lo iba a golpear y tuvo que desviarla con la mano, no solía hacer ese tipo de intervenciones, pero a veces no podían evitarse. Se paró en el borde del camino para que la bruja lo viera. Esta se detuvo a su lado, pero no le dijo nada, se quedó mirando al cura como esperando que este dijese o hiciese algo, pero el padre José María no entendía por qué se habían detenido frente a ese hombre, al que jamás había visto en su vida y con el que no sabía qué asuntos debía tratar, por lo que su única reacción fue estirarle la mano y presentarse con una sonrisa amable, “Hola, soy el sacerdote José María Werner” Alan se quedó como un pasmarote, no podía recordar cuándo había sido la última vez que alguien le había estirado la mano para presentarse, y además, casi podía jurar que el cura ahora lo podía ver sin olvidarlo. Olivia intervino antes de que la situación se hiciera más incómoda, “José, él es Alan… Sí, Ese Alan” Alan iba a cogerle la mano por fin, pero al cura ya se le había caído debido a la impresión de estar viendo a un espíritu con tal grado de realismo, al punto de ser igual que cualquier vivo. Era el segundo espíritu que veía, sabiendo que lo era, y por supuesto aún no se acostumbraba, pero en el último segundo reaccionó y logró coger la mano de Alan antes de que este también la retirara. Olivia se dirigía a casa de Gloria, luego de que esta la llamara para asegurarle que había visto a su hija, “¿La vio? ¿Cómo que la vio?” Inquirió Alan, totalmente incrédulo de tal afirmación, después de todo, en el momento en que ella se dejara ver, el Escolta le caería encima, “…o es que acaso, ahora de pronto todo el mundo ve espíritus” Agregó con algo de sarcasmo, debido a la reciente habilidad del cura, aunque este ni se dio por aludido. La bruja aprovechó el momento para encender un cigarro, “Pues lo cierto es que la gran mayoría de las personas pueden ver espíritus, lo que ocurre es que para muchos es necesario que se den ciertas condiciones, mientras que para algunos pocos como nosotros, esas condiciones son menos” Explicó la mujer, con paciencia y aire académico, Alan no replicó nada, él nada sabía de espíritus hasta que él mismo se convirtió en uno, “Iré a ver a Manuel, tal vez sepa algo” Comentó conciliador. Cerca de allí, fuera de su casa, Gloria soportaba una nueva charla pseudocientífica de Mario Fuentes, quien aseguraba que las voces grabadas de Laura, no tenían espectro, “¡Es que es increíble! Uno las puede oír, saber que existen, pero para los programas de computadora, no hay nada, ¡Es que no hay ningún registro gráfico de nada!” Gloria no estaba muy segura de entender y menos de estar interesada en hacerlo, su última visión de su hija, le había quitado una gran carga de encima y ahora se sentía mucho más tranquila y en paz, sabiendo que su hija estaba bien donde estaba, por lo que, con habilidad diplomática, desvió la conversación hacia aguas menos profundas, para luego escabullirse al divisar a lo lejos al cura y la bruja acercándose. Los recibió en la base de las escaleras, había oído que el sacerdote fue llevado al hospital aquella noche y no esperaba verlo en su casa, “No fue nada, Gloria, solo fue un desmayo, un descuido… nada importante” Comentó el cura algo incómodo, pero de inmediato agregó, “Realmente tienes un semblante renovado, ¿Qué fue lo que ocurrió?” “¡La vi, padre, la vi! ¡Era ella!” Respondió la mujer y aunque la bruja y el cura se miraron incrédulos, la expresión de su rostro no dejaba lugar a dudas.

 

Alan llegó hasta la casa de Manuel, a esa hora el viejo solía tomar el sol de la mañana en la banca fuera de su casa, pero ahora no estaba allí, era posible que estuviera acompañado, por lo que decidió comprobarlo antes, sin embargo, en ese momento vio pasar por la acera de enfrente a Gastón Huerta, ya hacía días que no lo veía y se preguntaba dónde estaría, o qué estaría haciendo. Lo acompañaba Julieta, si ella estaba con él seguramente no se trataría de nada raro, aunque viendo que Manuel no parecía disponible en ese momento, decidió seguirlos. No era aquella la decisión más madura que había tenido, pero solo quería echarles un vistazo. Mientras Gastón caminaba por la orilla de la calle, Julieta lo hacía por el medio de la acera, atravesando a cuanto transeúnte se le cruzaba por delante, que no eran muchos. Hablaban sin parar, sobre todo la chica, pero era imposible oírles: la voz de los espíritus, al parecer, no obedece las mismas leyes físicas del sonido que la de los vivos, debido a su propia naturaleza no física, por lo que no alcanza la misma distancia ni velocidad. Nadie había hecho un estudio al respecto, pero era así. Al llegar a la parte baja de esa calle, que descendía con una pronunciada pendiente, la pareja dobló la esquina, lo que llamó la atención de Alan, que ya empezaba a sospechar hacia dónde se dirigían y le interesaba saber por qué. La calle por la que caminaron, Alan la conocía bien, y cuando la pareja desapareció de su vista, sabía muy bien dónde encontrarlos. Allí estaba su casa, el sitio apestado y apestoso que nadie quería comprar porque su reputación aseguraba que en ese lugar las almas en pena purgaban sus culpas noche tras noche y de forma elocuente, de hecho, existía una grabación hecha por un vecino, donde se podía ver un televisor encendido en plena noche, en una casa a la que ya le habían robado hasta el cableado. La grabación termina con la imagen del televisor encendido, pero claramente sin que su cable estuviera conectado a nada, y la consiguiente y apresurada estampida de los valientes exploradores, también había frecuentes rumores de quienes aseguraban haber visto a un hombre colgado del cuello dentro, que luego ya no estaba. Cuando Alan traspasó las latas del perímetro, de inmediato notó un cambio, porque el sitio estaba despejado y toda la basura y maleza estaba acumulada en un rincón, iba a adentrarse, pero alguien le habló por la espalda en ese momento, “¡Eh!” Alan se asustó como hace mucho tiempo no lo hacía, girándose casi en el aire, tras él estaba Julieta con cara de inocente sorpresa, “¡Cómo rayos haces eso?” Preguntó el hombre como un reproche, alterado, pues la chica tenía la extrañísima facultad de atravesar una pared y luego salir por otra totalmente diferente; que estaba muy bien que fuera un espíritu sin rastros de materialización hasta el momento, pero ¿por qué salir de una muralla distinta! Julieta solo podía encogerse de hombros, aquello era algo que le salía natural, luego sonrió, y con un simpático “¡Ven!” desapareció tras una muralla de la casa, Alan la miró, como se le mira a aquel que abusa de sus habilidades en tus propias narices y presume de ellas, resignado, avanzó hasta la puerta principal. La sala estaba limpia, el sofá viejo y el televisor sobre la pila de neumáticos habían sido retirados; las paredes lucían raspadas por algún objeto afilado, que les había quitado toda la pintura, y no solo esas, también las del pasillo estaban raspadas, sin grafitis ni manchas de orines, el piso, aún con cerámicas rotas, había sido barrido incansablemente hasta dar una sensación de limpieza impensada. Allí en la entrada de la habitación de su hijo, estaba Julieta esperándolo, dentro, Gastón pintaba las paredes de blanco, en el lugar de la desgracia, había una casita hecha con esmero, pintada de amarillo y rojo, con una imagen de yeso de la Virgen y su hijo en su interior, también restaurada, rodeada de flores y con velas nuevas. Todo era completamente diferente. Gastón lo vio de repente y se sintió sorprendido, “Fue idea de ella…” dijo como una excusa, señalando a la chica, quien enseñaba sus manos en señal de inocencia, mientras contenía la risa con los labios apretados.


León Faras.

sábado, 24 de julio de 2021

Del otro lado.

 

L.

 

El padre José María despertó de repente, respirando como si no lo hubiese hecho en mucho tiempo, asustado. Ya era de mañana, estaba tendido en una cama que no era la suya; tardó en darse cuenta de que aquella era una sala de hospital, Olivia estaba con él, “Tranquilízate, los médicos dicen que estás bien…” El sacerdote, luego de ver a su amiga con él, se calmó un poco, pero estaba confundido, aquella no era una cama, sino una camilla, tenía una sonda intravenosa en el brazo y aún llevaba la ropa puesta con la que había dado la misa, “¿Qué pasó?” Preguntó, tratando de responderse a esa pregunta él mismo, la bruja le puso la mano en el hombro con una leve sonrisa de alivio, “No pasa nada, alguien avisó que te habías desmayado en la iglesia y una ambulancia fue a recogerte. Suponen que tuviste una descompensación, porque no tenías ninguna herida, ni nada… pero ya está todo normal. Dormiste toda la noche” Concluyó la bruja, luego de unos segundos, agregó divertida, “Oye, no sabía que yo estaba entre tus contactos en caso de emergencia” Comentó. El cura le iba a explicar que a cualquier miembro de su familia que llamaran, le tomaría al menos un día entero en llegar, eso, si tenían suerte para conseguir boletos, pero no alcanzó a hacerlo, porque en ese momento recordó algo como una punzada, con desesperación nerviosa se llevó las manos al estómago, levantándose la ropa hasta el pecho, incrédulo, comprobó que no había nada inusual allí. Se dejó caer sobre la camilla más confundido que antes, aunque no tanto como Olivia, quien no entendía qué acababa de pasar, el sacerdote, luego de hacer lo posible por aclarar sus propias ideas, le contó sobre la visita de David que había recibido, “¿Apuñalado? Pero si no hay restos de sangre por ninguna parte” Exclamó la bruja sin disimular su extrañeza, “Sin embargo fue tan real…” Respondió el cura, acariciándose con la yema de los dedos el lugar exacto en donde el puñal de David se había clavado. Al cabo de media hora, el cura y su amiga pudieron irse, José María parecía aturdido, pero no se trataba de nada físico, sino que de puro desconcierto emocional, pues en su mente había recuerdos que ahora no calzaban con la realidad. Olivia sugirió coger un taxi, pero el cura prefería caminar de regreso a casa y ella lo acompañó. Poco a poco su ánimo fue mejorando, y fue haciéndose a la idea de que simplemente no podía explicar lo que había sucedido, solo sabía qué había sucedido, en ese momento su vista se fijó en una mujer que descuidadamente cruzaba la calle cuando un camión repartidor de carne se acercaba rápidamente y sin intenciones de detenerse, “¡Eh, cuidado! ¡Para!” Gritó el cura, pero no podía hacer nada, la mujer prácticamente desapareció al ser impactada por el vehículo, Olivia lo contuvo, alarmada, mientras los hombres del camión los miraban sin detenerse, tratando de descifrar qué había sucedido, “¡Es que no lo has visto? ¡Acaban de arrollar a esa mujer!” Gritaba el sacerdote, alterado, tratando de convencer a la bruja de que debía hacerse algo, esta lo sujetaba para que no saliera corriendo, “¡Cálmate ya! claro que la vi” Y cuando logró que el hombre se fijara en ella, agregó, “Está justo allí…” El sacerdote miró hacia donde la bruja le señalaba, y allí estaba la mujer, de pie, distraída y sin ningún rasguño. José María no podía creer o entender lo que había ocurrido, pero Olivia sí, “José, ¡Escúchame! Esa mujer está muerta, lo que tú estás viendo, es su espíritu.” El cura la miró inseguro de cuál de los dos había perdido la cordura primero, “Pero si yo nunca he…” entonces se detuvo, era demasiado difícil de creer, pero si David repartía los dones de esa manera, al menos podría haberle advertido antes, Olivia lo miraba intensamente, “Lo sé…” dijo, “…tú nunca has visto espíritus” Concluyó su frase, luego de eso siguieron caminando en silencio, cada uno sacando sus propias conclusiones en un mar de confusión, finalmente la bruja se decidió a hablar, “Escucha… puede que te encuentres con personas que no has visto nunca antes en tu vida dentro de tu iglesia… no te alarmes, en general son buena gente” El sacerdote la miró muy preocupado, “¿Y en casa?” Olivia hizo gesto de forzada confianza, “Puedes dormir tranquilo, en esa casa no hay nadie más aparte de ti” No sabía exactamente por qué, pero aquello no le sonaba del todo convincente. En ese momento sonó el teléfono de Olivia. Era Gloria.

 

Alan se llevaba mucho más tiempo rondando la población de Laura desde que sentía que la había perdido, sentado bajo la canasta rota de baloncesto de la multicancha, vio pasar a Richard Cortez caminando muy rápido, como quien necesita urgentemente usar un baño, aunque no parecía este el caso, el Chavo llevaba el brazo pegado al pecho como si protegiera algo bajo este y se movía levemente inclinado hacia delante. Macarena Ríos, salía de la habitación de su hijo Lucas con un plato de sopa vacío cuando Richard entró, este parecía de muy mal humor, lo que auguraba la respuesta a la pregunta que inmediatamente le hizo su mujer, “¿Cómo te fue?” el Chavo no respondió, Macarena aventuró arrugando la frente, “Te fue mal, ¿cierto?” Richard prefirió mirar en otra dirección, aún apretaba algo contra su pecho, “¿Qué traes ahí?” le preguntó su mujer acercándose, el hombre la miró como si pretendiera detenerla solo con la vista, “Las cosas no salieron tan bien, ¿sí?” Macarena le cogió el brazo y lo jaló suavemente, de inmediato notó dos agujeros en su camiseta a la altura del pecho, levemente manchados de sangre. La mujer se espantó, aunque siempre tenía reacciones exageradas para todo, sentó al hombre en una silla y le descubrió el pecho, tenía dos puñaladas en medio de este, de seguro que al menos una de ellas le había atravesado el corazón, sin embargo, apenas se habían humedecido de sangre y el hombre había llegado caminado a su casa. Macarena se apretó la mano contra la boca para no gritar, o llorar, o no llorar a gritos, y se dejó caer en otra silla, “Tienes que ir al hospital” Lo dijo como una súplica, con los ojos llenos de lágrimas, el Chavo le respondió que no era necesario y su mujer insistió entre sollozos, “¡Pero te vas a morir!” Richard Cortez sabía que ese día llegaría, no el de morir, sino el de confesarle a su mujer que él hace mucho que estaba muerto y que no podía volver a morir, “Sucedió durante la guerra civil…” Comenzó. Macarena nunca había sido una apasionada de la historia, pero sabía que aquello había sucedido hace por lo menos un par de siglos, pero no intervino, aún tenía la mano apretada contra su boca como si se hubiese echado pegamento en ella. El Chavo continuó, “…yo era del bando de los rebeldes, creía justo tomar por la fuerza lo que nos correspondía y no nos daban, fueron días miserables, nunca pensé que deberíamos usar la fuerza para todo, hasta para conseguir un poco de agua, o un maldito refugio durante la lluvia. Un día nos colamos en la ciudad a oscuras para conseguir munición y pólvora, era fácil, por lo general había solo un centinela o dos como mucho, pero aquel día nos estaban esperando, nos atraparon en segundos. A mis hombres les dieron una oportunidad, pero a mí, que estaba al mando ese día, me pusieron de rodillas y me metieron una bala justo aquí…” Y el Chavo se presionó con el índice la coronilla, “…sin preguntas ni nada, aunque la verdad es que nadie le hace preguntas al zorro cuando es atrapado en el gallinero. Aquel era el sargento Blanco, Aurelio Blanco y tenía fama de preguntar poco. Ahí me quedé parado, mirando cómo mi cuerpo, con la cara destrozada y el cráneo agujereado, se desangraba y luego no pasó nada, pasaron los años y no pasó nada… y aún sigo aquí” La mujer seguía muda, a pesar de que ya se había despegado la mano de su boca hace un rato, y al menos, ya no pensaba que aquellas puñaladas en el corazón de Richard fueran algo de qué preocuparse, “Entonces… ¿no te vas a morir?” Preguntó con toda la inocencia que ocultaba su corazón, el Chavo negó con la cabeza, después de eso se metió la mano al bolsillo y sacó un pequeño fajo de billetes, “Esto nos alcanzará para un par de semanas” Luego se paró a buscar aguja e hilo.


León Faras.

lunes, 19 de julio de 2021

Del otro lado.

 

XLIX.

 

No duró mucho, pero fue una tormenta terrorífica, sobre todo para alguien poco acostumbrado a semejantes eventos marinos, como era Laura. El océano se sacudía, no como si le estuvieran cayendo gotas de agua del cielo, lo hacía como si estuviera siendo golpeado por una lluvia de meteoritos como refrigeradores, elevando olas enormes que no iban a ninguna parte antes de estrellarse contra otra similar, y luego descendiendo para formar valles profundos, siempre a punto de ser azotados por las montañas de agua que le rodeaban. Laura no sentía nada, vivía la experiencia como un espectáculo holográfico muy realista pero incapaz de interactuar con él, o de sentir su arrolladora violencia, aun así, la chica había sentido mucho miedo de ver paredes de agua tan grandes movidas con tal ímpetu de un lado para el otro; además, fuera del agua el silencio era surrealista para ella y la noche ocultaba buena parte del espectáculo, sin embargo, algún rayo lograba abrirse paso en la noche cerrada, e iluminar el mundo por un segundo como una majestuosa postal de un lugar solo existente en algún planeta remoto. Al sumergirse apenas algunos metros, comprobó que la oscuridad era casi total allí y la paz era absoluta, en ese momento deseaba tener algo de luz, esa luz que solo sirve para acompañar, más allá de la leve y fugaz luminosidad que ofrecía algún rayo esporádico, sin que ni siquiera sirviera para ver la presencia de un solo pez, solo pudo imaginar que todos ellos estaban reunidos en algún punto del océano, esperando a que el mar de apaciguara y les permitiera seguir con sus vidas, Laura, en cambio, deseaba más que nunca volver a casa, estaba segura de que, en uno de esos lapsos de claridad que surgían cada cierto rato, había visto a su amiga la Sombra acechándola desde la oscuridad, aunque tal vez solo fuese su imaginación mezclada con una buena porción de miedo, esa era una buena razón para pensar por qué no había peces cerca, aun así, pasaron las horas y el ataque que temía, nunca se produjo, tal vez aquel lugar, el océano, era un sitio neutral, una “tierra de nadie” donde los Escoltas no tenían autoridad para hacer su trabajo, sin embargo, y ambos lo sabían, la Sombra tenía todo el tiempo del mundo por delante para zanjar su asunto pendiente, solo era cuestión de tiempo.

 

Despertó con la salida del sol en un día completamente despejado y en ese momento tuvo una revelación, algo que había oído hace tiempo, pero que jamás le había visto el valor que podía tener, “el sol nace de la tierra y se oculta en el mar.” Eso dependía del punto geográfico del globo en el que uno se encontrara, pero era lo que ella había oído y debía valer, por lo que enfiló lo más rápido y entusiasmadamente posible hacia el oriente, hacia la salida del sol donde debía estar la tierra. Después de una hora de intenso nado, sin ningún esfuerzo, por cierto, aún no se veía tierra en el horizonte, sin embargo, la dirección que debía seguir estaba claramente marcada por el rayo negro que dividía el cielo en dos hasta perderse en la inmensidad del cosmos. No sabía a qué distancia estaba exactamente, pero calculaba que su diámetro ya debía ser bastante grande, lo que le preocupaba, porque si ya había alcanzado su casa, su cuarto, aquel podía ser su último día en este mundo, o en cualquier otro. Otra hora más de nado a buen ritmo, disfrutando de paso de las maravillas del fondo marino, fueron suficientes para avistar tierra firme. Debía de ser cerca del mediodía cuando sus pies tocaron el suelo, era un lugar completamente distinto del que había salido, de hecho, era mucho más limpio y con una arena que se veía casi blanca. Laura se registró un bolsillo donde aún guardaba su pequeño espejo para mirar el lugar a través de él, porque se le hacía completamente nuevo; los cerros y lomas que colindaban eran verdes, plagados de árboles y chorreados de hiedras areneras con flores azules, la playa estaba desierta, a pesar de ser un lugar de ensueño y por los alrededores no había más de una docena de casas, todas incrustadas en las laderas de los cerros, de muy buena construcción, con terrazas fabulosas y algunas incluso con piscina, a pesar de tener el mar a un tiro de piedra de distancia; serpenteantes, pero seguras escaleras, conectaban las viviendas con la playa. Laura no vio a su persecutor por ninguna parte, al parecer, los sitios abiertos e iluminados eran los que más le invitaban a ocultarse, o era que la Sombra sabía perfectamente que tenía los minutos contados y que ya no la perseguía, sino que la esperaba. Entonces comenzó a correr, tan rápido como le era posible, deseando poder volar como lo había hecho bajo el mar, de hecho podía hacerlo, porque su cuerpo estaba pegado al suelo porque así debía de ser según su comprensión, no porque tuviera masa sobre la cual, la gravedad tuviera algún efecto, pero no lo hizo, simplemente no podía concebirlo. Mientras más corría, más grande se hacía el rayo de luz negra y su tamaño ya era bastante intimidante, pero no lo comprobó hasta llegar a su casa: la pared de luz negra ya le había quitado media ciudad, aunque aún no llegaba a su departamento, a su cuarto. No estaba segura, pero tal vez le quedara un día más, y aunque sentía miedo, en el fondo deseaba que ya se terminara todo. Aún quedaban algunas horas de luz de día cuando subió a su habitación y se sorprendió de verla ordenada, inmaculada como la habitación de un muerto, retrato incluido; ya no estaban los aparatos para grabar su voz y hasta el espejo había sido lavado, aquello significaba que ya no la buscaban y que las vidas de sus familiares regresaban a la normalidad, iba a volver a salir, pero algo había sucedido: su retrato ya no estaba. Fue lo primero que vio cuando entró y ahora no estaba, eso daba una sensación muy rara, al filo entre la emoción y el miedo. Retrocedió despacio para inspeccionar su cuarto a través del espejo de la pared, en la cama la vio, su madre abrazaba su retrato sentada en la cama, sollozando con el mentón pegado a su pecho, culpándose, seguramente, de no haber podido ayudarla con algo que nunca llegó a comprender, Laura lo sabía, la muerte y sus vicisitudes eran un completo misterio para cualquiera, más allá de lo que cada uno podía creer, y su madre, con seguridad, había hecho todo lo mejor que pudo. Entonces la chica lo advirtió, debía irse, y debía hacerlo en paz, y transmitirle esa paz a su madre y al resto de su familia, para que no continuaran sus vidas angustiados por ella. En el suelo había una botella de algún producto de limpieza recientemente usado por su madre, lo identificó en el espejo y lo volteó con un suave movimiento de su pie. Eso llamó inmediatamente la atención de su madre, podía verla en su reflejo, pero ella no. Laura quería hacer algo más pero no sabía qué, entonces recordó algo que ya había probado antes, y si funcionaba, podía ser genial. Cogió su pequeño espejo, y apuntó con este al espejo de la pared, poniéndose a sí misma al medio, lo que resultó, fue que el espejo pequeño proyectó su imagen en el grande, una imagen parcial, difusa y totalmente fantasmagórica, pero era su imagen, y su madre podía verla. Esta dejó caer el retrato al suelo, espantada, pero pronto se tranquilizó, su hija la miraba con una suave sonrisa en los labios y una de sus manos en el pecho, la que se fue a la boca para recibir un beso enviado a la distancia, su madre repitió el gesto, pronunció unas palabras que no se oyeron y como había aparecido, Laura desapareció.


León Faras.

miércoles, 14 de julio de 2021

Del otro lado.

 

XLVIII.

 

“¿Qué los Escoltas huelen a qué?” La noche se esparcía afuera, mientras Olivia cargaba su vieja estufa con un nuevo trozo de madera y se servía una taza de té amargo con canela y un chorrito de aguardiente, mirando a Alan con la expresión de quien acaba de oír el mayor de los disparates creados por el hombre, “Dijo que olían como a un pedo de Satanás” Alan hablaba en serio, pero Olivia no pudo evitar esbozar una sonrisa de incredulidad, “Jamás había oído nada similar… ¿y cómo diablos puede saber algo así?” Alan se encogió de hombros, “Eso fue lo que dijo, creí que tú sabrías algo…” Olivia negó con la cabeza mientras saboreaba un sorbo de su té, “Lo único que sé es lo mismo que tú, que la chica dejó de manifestarse por varios días ya, y con mucha probabilidad, eso significa que fue alcanzada por el Escolta” Luego cogió su taza, pero la detuvo a dos centímetros de sus labios para afirmar, “¡Es que no pudo solo irse y evadir a un Escolta!” Entonces la bruja se puso de pie, cogió un cigarrillo, su teléfono y se puso uno en la boca y el otro en el oído, “Necesito que vengas aquí ahora. No me salgas con esas, tú y yo tenemos un trato… ¡Si no fuera importante, no te llamaría! Gracias.” Alan no sabía si era prudente quedarse o debía irse, pero Olivia no le dijo nada, se puso de pie y comenzó a preparar una pasta, moliendo y mezclando una serie de cosas que poca o ninguna relación tenían entre sí, para luego remojarlo todo con una pizca de algo parecido a vino hasta hacer una bolita que disolvió en una taza de agua caliente, la cual espesó en el acto. Poco rato después golpearon la puerta, Olivia abrió sin siquiera prestar atención a quién estaba fuera, como quien lo sabe de sobra. Tanto Jeremías como Alan, luego de verse con extrañeza, preguntaron casi al unísono, “¿Y este, qué hace aquí?” Y es que para cada uno de los dos, la presencia del otro tenía poco o nada de sentido. Olivia los miró con pereza, “¿Se conocen? Supongo que el mundo de los muertos en la ciudad es muy pequeño” “¡Que ya te he dicho mil veces que yo no estoy muerto!” Protestó Jeremías, cabreado de la misma cantinela, la bruja hizo gesto de cansancio y Alan se dejó caer en el sofá, derrotado, “¡Vamos hombre!” Replicó Olivia, “…Pero si tienes más años de los que cualquier vivo debería tener” El viejo miraba muy serio, casi enojado, “Eso es gracias a que dejé de desgastar mi cuerpo consumiendo alimentos” Explicó, convencido, “Sí, el día que moriste” Replicó Alan, procurando ser oído a medias, luego agregó más fuerte, “¿Y tiene teléfono móvil?” Preguntó sorprendido luego de recordar que con una llamada el viejo había aparecido, Jeremías lo miró altanero, enseñando un pequeño teléfono con forma de almeja que llevaba en el bolsillo de su maltrecha camisa, Olivia se desentendió de todo y cogió la infusión que había preparado antes, “Vamos, siéntate. Terminemos con esto…” Dijo, poniendo la taza con un líquido similar a la baba de alguna criatura extraterrestre sobre la mesa, el viejo reaccionó como el niño que descubre que le van a dar de comer, justo aquello que más odia, “¿Otra vez esa porquería? Lo que tú quieres es envenenarme, ¿verdad?” Olivia ignoró con resignación ese comentario, “Vamos, hombre, bébetelo. Le he puesto un poco de miel para que no sepa tan mal” Jeremías se sentó en el suelo y se bebió la infusión de malas ganas, mientras lo hacía, Alan quiso saber qué hacía el viejo Jeremías allí, “Es un buscador…” Le respondió la bruja, pero al ver que Alan no terminaba de entender el concepto, agregó, “…puedo buscar personas a través de él, todos los espiritistas y videntes tienen uno, aunque no todos son tan encantadores…” Concluyó Olivia, mirando al viejo de soslayo en espera de alguna réplica, pero este, que ya se había bebido el líquido, parecía entrar en un profundo estado de meditación, al cabo de unos minutos, su cuerpo comenzó a desvanecerse, como si se desmaterializara o se volviera transparente, Alan lo miraba preocupado, más bien asustado, el viejo era apenas un espectro en ese momento, mientras Olivia se sentaba en el suelo con los pies cruzados, “Es el momento, veamos si esa muchacha sigue entre nosotros o ya no” Puso sus manos con las palmas hacia arriba y cerró los ojos, en ese momento el viejo los abrió con violencia, como si despertara de un sueño del que le urge salir, sin embargo, no estaba allí, su vista remota pertenecía a la bruja, y esta recorría parajes muy lejanos con ella en ese momento. Lo único que tenía para encontrar a Laura era el recuerdo de la foto de su habitación, el retrato de muerta que se había mantenido intacto a pesar del caos, pero antes ya había tenido éxito con bastante menos. Jeremías poco a poco comenzó a materializarse de nuevo hasta que terminó expulsando a la bruja de su interior, esta se llevó una mano a la cabeza, mareada, el viejo en cambio volvía en sí con total normalidad, “¿Lograste algo?” Preguntó con semblante preocupado, Olivia lo miró sorprendida, luego a Alan y luego al suelo para negar con la cabeza, “Nada…” respondió decepcionada.

 

“¿Quién es usted?” Preguntó el padre José María sin siquiera haberse quitado la casulla, cuando pensaba que ya todos sus feligreses se habían ido, una vez concluida su misa de la tarde. El hombre era joven, elegante, parecía de buena situación económica, vestido de negro y con gafas oscuras que se quitó y se guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, “Estoy muy seguro de que usted ya lo sabe, padre” Respondió con amabilidad, el cura nunca lo había visto antes, pero algo le decía que ese hombre tenía la razón: el cabello largo, la barba impecable y ese innegable aspecto a Jesucristo que era mucho más evidente de lo que se imaginaba, “¿David?” Aventuró el sacerdote, el hombre sonrió con una sonrisa perfecta, “Soy el que convierte los sueños en realidad, padre, y también al revés” Dijo, y la respuesta le sonó extrañamente literal al cura. Aquel era el hombre bautizado por el padre Benigno hace más de un siglo, el que había mantenido con vida a este último todo este tiempo, el ángel que Estela vio en el hospital cuando su hija estaba muriendo, todo aquello muy difícil de creer, pero viendo a ese hombre en persona, se hacía un poco más fácil, “¿En qué le puedo ayudar?” Preguntó el sacerdote, adoptando una postura forzosamente segura, David se acercó dos pasos, “No, padre, es lo que yo puedo hacer por ustedes…” Y luego de unos segundos de innecesario suspense, agregó, “…y por Laura” El cura se quitó las gafas como si estas de pronto le pesaran, no entendía cómo este hombre podía saber algo de Laura y de su problema y no podía creer que se presentara ante él de esa manera ofreciéndose a ayudar, “Acaso, ¿puede usted destruir a esa cosa?” David volvió a sonreír, pero esta vez con algo de compasión en los ojos, “Es difícil encontrar un ángel en estos días, lo sé, padre, pero ése no soy yo…” David se acercó aún más, “…sin embargo, ese Ejecutor debe ser eliminado y yo le ayudaré” Luego de eso extrajo un puñal corto de su bolsillo y, tapándole la boca al cura, se lo enterró en el estómago. Lo último que oyó el sacerdote antes de desvanecerse fue un lejano “Confíe en mí, padre.”


León Faras.

miércoles, 7 de julio de 2021

Del otro lado.

 

XLVII.

 

El océano siempre le había parecido infinito, sabía que no lo era, que en algún lugar terminaba, pero al verlo desde la orilla daba la sensación de no tener fin, el problema era que ahora, desde donde Laura estaba, el océano parecía infinito en todas las direcciones, ni siquiera podía ver la enorme luz oscura que partía el cielo en dos y que no paraba de crecer. Había visto un barco enorme aquella mañana, cargado con una increíble cantidad de contenedores metálicos llenos de quién sabe qué cosa, yendo hacia Dios sabe dónde, aunque sin ningún ser humano a bordo que ella pudiera ver, y bajo sus pies, el fondo desaparecía al terminar rendida la luz del sol. La sensación de volar, le había parecido genial en un primer momento, pero ya empezaba a desear algo de tierra firme, y además estaba segura de haber visto unas criaturas realmente gigantescas merodeando en el horizonte brumoso del océano profundo, tan grandes como para asustar a una muerta, y no quería ni imaginarse lo que sería tenerlas cerca, sin embargo allí estaba, sin saber qué dirección tomar o hacia dónde ir. El sol brillaba en lo alto, pero en el horizonte se veía un banco de nubes que venía oscuro y amenazante, como un gran ejército que marcha hacia la conquista, no era época de lluvias en su casa, pero ella no estaba en su casa ahora. En el punto en que estaba, el fondo se le hacía insondable, pero no tenía deseos de explorarlo por miedo a lo que vivía allí, con lo que podía verse a media profundidad era suficiente, era increíble como los cardúmenes se movían como si fueran un solo individuo, como si ejecutaran una pieza de baile la que todos manejan muy bien. Laura se acercó a ellos, no sabía bien que peces eran, flacos y largos como la mitad de su brazo, con rostro gracioso y piel metalizada, agrupados, sin dejar de moverse parecían mantenerse en el mismo sitio, como si el océano no fuera lo suficientemente grande para todos ellos. No le temían, no interrumpieron su rutina ante la presencia de la fascinada chica, que al sumergirse dentro del grupo, podía ver lo inmenso, compacto y bien organizado que era, hasta que empezó el ataque. No supo bien qué eran al principio, enormes y corpulentos como ella, irrumpiendo con violencia desde la profundidad y destrozando la armonía del grupo que se desperdigaba en todas direcciones para luego volver a agruparse, preparándose para nuevas envestidas que venían de todas partes, cuando la chica logró salir de en medio, vio que eran delfines, una docena de ellos, arremetiendo contra el banco de peces que mantenía la agrupación, a pesar de que aquello era su perdición, Laura jamás había visto algo así, la cacería más cruda, en el más salvaje de los lugares, y nada más había empezado. A pesar de estar bajo el agua, la chica soltó un grito mudo cuando del cielo comenzaron a caer proyectiles como saetas afiladas que hendían el mar ensartando a los peces que luego subían a la superficie, eran aves y debían ser dos o tres veces más que los delfines, que caían como una lluvia de flechas en medio de una batalla medieval, mientras el cardumen se contraía y se estiraba sin siquiera intentar huir, debido al trabajo de los delfines que giraban constantemente alrededor de los peces evitando fugas. Entonces apareció el rey, los delfines se abrieron, al tiempo que el cardumen era atravesado por un gigante que Laura no vio venir, el tiburón emergió de la cortina de peces con sus intimidantes mandíbulas abiertas y llenas de un bocado de tan generoso banquete, llegando hasta muy cerca de la chica, quien solo pudo gritar, aunque no quedó muy segura si salió algún sonido de su boca, y taparse la cara con ambas manos, en una de las más inútiles técnicas de defensa jamás vista en todo el océano, sin embargo, el escualo la ignoró completamente, pasando por su lado con bravuconería, sabiendo que allí no tenía nada que demostrarle a nadie, y que al igual que todos, solo estaba ahí para aprovechar la comida fácil. Laura no corría peligro, pero cerca de allí, otro bicho de unos tres metros de largo con un largo pico afilado como una espada, merodeaba los alrededores sin dejar claras sus intenciones, por lo que ese era un buen momento para alejarse de allí, primero sin prisa y hasta con disimulo y luego ya a toda velocidad, el problema era que, tomara la dirección que tomara, jamás sabía si se estaba acercando a la costa o adentrando más y más en el mar, sabía que debía encontrar tierra, y que cualquier trozo de tierra le valía para ser transportada mágicamente de vuelta a su casa, pero no tenía ni la más mínima idea de hacia dónde ir. Estaba muy lejos de su casa.

 

Estaba pensando que los pájaros debían de vivir en la costa, que debían tener sus nidos en tierra firme y que seguirlos de regreso a sus hogares la llevaría a ella directo a casa, le pareció una idea genial, pero fue abruptamente interrumpida por un sonido fantasmal que la envolvió, persistente e indefinido, no podía decir con certeza de dónde venía o si la fuente estaba lejos o la tenía tan cerca que no podía verla. Tenía una ligera sospecha de qué podía ser, pero no se atrevía a aseverar nada, porque la sensación de oír algo tan intenso y potente, era como que manaba del interior de la tierra, más abajo del lecho marino, además, se mantenía por demasiado tiempo como para nacer de algo vivo, sin embargo, allí estaba, bajo sus pies, como un gigantesco fantasma negro en lento y majestuoso vuelo, el animal más grande del mundo y la cosa viva más grande que ella había visto jamás: una ballena. Laura se quedó congelada, fascinada pero incapaz de moverse, ante la majestuosidad del enorme cetáceo. Aún no se recuperaba del todo, cuando otra ballena avanzaba por su lado, inmenso y pacífico, pero intimidantemente cerca, increíblemente, su canto no parecía acercarse ni alejarse, era como parte del mar. Debían de ser por lo menos media docena de gigantes viajando juntos y cuando por fin ya pasaban, Laura pudo ver algo absolutamente increíble y maravilloso: un hombre, el primer ser humano que veía desde el día de su muerte, un hombre apenas mayor que ella, sujeto con una mano a la aleta de una ballena, siendo arrastrado por esta con toda naturalidad. Laura se movió y el hombre la vio, se soltó del cetáceo que lo tiraba para mirar con más atención a la muchacha, pero luego, en una reacción inesperada, huyó a toda prisa hacia la oscuridad del fondo marino como si hubiese visto un fantasma, eso pensó la chica, seguramente ver a un muerto causaba ese tipo de reacción, sin embargo, ella era una chica muerta, pero qué era ese hombre capaz de refugiarse en el fondo del mar como si fuese un pez. No volvió a aparecer. Aquel día comenzó a oscurecer más temprano, el banco de nubes ya cubría la mitad del cielo y caían las primeras gotas de agua al tiempo que el mar comenzaba a inquietarse. Para ese momento, Laura ya se había dado cuenta de que su plan de seguir a los pájaros no serviría, pues fuera del agua el mundo seguía careciendo de vida por completo y las aves ya no existían para ella.

 

Las casualidades en este mundo, son más comunes de lo que cualquiera se atrevería a afirmar, Laura no lo sospechaba siquiera, pero dentro de la inmensidad del océano, ella había dado con Joel, el materializado que la asesinó y que luego se autoexilió en el mar.


León Faras.

jueves, 1 de julio de 2021

Del otro lado.

 

XLVI.

 

Aunque era una persona que procuraba mantenerse activa, a sus años, Beatriz estaba muy lejos de ser una mujer ocupada, por lo que cuando Gloria le dijo que había algo que deseaba mostrarle en casa de su padre, coordinaron una visita de inmediato. “¿Estás solo?” Preguntó Gloria a su padre incluso antes de saludarlo, escudriñando los rincones de la casa con desconfianza, este la miró con preocupación y desconcierto, ¿es que acaso no podía ver que estaba solo? Si se suponía que el ciego era él, “Pues… creo que sí” Respondió él, sin comprender que su hija se estaba refiriendo específicamente a las visitas de su amigo fantasma. Manuel se instaló en su mesa con los dedos entrelazados, mientras su hija preparaba café, “¿Y cómo van las cosas?” Preguntó el viejo con humildad, como si temiera estar diciendo algo inadecuado, Gloria lo miró, y su mirada reflejaba cansancio y un poco de desamparo, “Siento que me estoy volviendo loca, papá, todos los días me pasan cosas que hasta hace poco creía imposible. Es que si alguien me hubiese dicho que un difunto era capaz de provocar un incendio, ¡Me hubiese reído en su cara!” Su voz sonó un tanto desesperada, como quien se está viendo superada por las circunstancias. Su padre se puso de pie, y dando saltos de mueble en mueble con el tanteo de sus manos, como acostumbraba hacerlo cuando no usaba su bastón, llegó hasta ella para calmarla con la única y universal frase para eso, “Todo estará bien, hija, te lo prometo” Palabras siempre vacías, pero inexplicablemente reconfortantes viniendo de la persona adecuada. Al poco rato llegó Beatriz, no tenía ni idea de qué era lo que Gloria quería mostrarle, tal vez una remodelación, o algún mueble nuevo, no se le ocurría nada mejor, pero cuando se sentaron a la mesa, lo que vio fue solo un pequeño reproductor de cintas de audio, bastante anticuado, por lo demás, que no parecía tener nada interesante que contar, mientras Gloria le servía el café, Beatriz le preguntó amistosamente el porqué había sido citada, y la respuesta que recibió, fue una cara que le dio a entender que no se trataba de ninguna remodelación. Gloria se sentó, y mientras jugueteaba con el reproductor entre los dedos, les explicó lo más claro posible quién era Olivia, qué hacía y qué había sucedido aquel día en la cafetería, donde había sido grabada aquella cinta, por supuesto, el contenido de la cinta era lo que debían oír, pues necesitaba la opinión de ambos, Beatriz se encogió de hombros, aceptando lo que fuera, Manuel no hizo absolutamente nada, su rostro era como el de un bandolero al que acaban de desplumar en un juego de póker. La cinta comenzó a sonar, y Beatriz la oía con toda atención, hasta que la voz de Alan se escuchó, su cara se demudó, los músculos de su rostro que estaban contraídos se relajaron y los que estaban relajados se contrajeron, se llevó la mano a la boca y sus ojos se humedecieron, mientras Manuel seguía impertérrito, hasta que decidió intervenir, “Es suficiente…” dijo firme, pero sin alzar la voz. Ya no era necesario preguntar nada, Gloria estaba segura de que efectivamente aquella era la voz de Alan, “No había nadie más allí…” Aclaró, “…solo estábamos ella y yo, y no oí ninguna otra voz hasta escuchar la grabación” Luego de un sorbo de café, y de algunos segundos de silencio, agregó, “Creí que podría ser un engaño…” Manuel negó en silencio, Beatriz se inclinó sobre la mesa, “¿Cómo es eso posible? ¿Acaso esa mujer, puede contactarlo?” Le preguntó, aún con los ojos húmedos, “No lo sé, supongo que sí,” replicó Gloria, como justificándose.

 

Algunos días después, Manuel estaba sentado fuera de su casa, donde el sol entibiaba a esa hora de la mañana, cuando oyó la voz de su amigo. El viejo fingió estar enfadado, “Hasta que te decides a aparecer…” Le reprochó, Alan se sentó a su lado, “Lo siento, pero es que no tengo nada nuevo. No sé en qué dirección avanzar, amigo” Manuel apretó el ceño con fuerza, “¿Entonces no tienes ni idea de lo que sucedió?” Era obvio que el viejo esperaba que él le trajera noticias, pero Alan no traía nada, ni siquiera sabía que, según lo que Gloria le confesó a su padre el día anterior, Laura llevaba varios días sin manifestarse de ninguna manera, “…nada, ni un ruido, ni un movimiento, nada… ha desaparecido” “¿Entonces…?” Sugirió Alan, indefenso, Manuel miraba el vacío de su ceguera incrédulo, “Entonces, qué, ¿No han destruido a esa cosa que la perseguía para…?” El viejo se detuvo, era ciego, pero intuía hasta el rostro que debía tener su amigo en ese momento, se llevó la mano a la frente, “O sea que, ¿Mi nieta desapareció para siempre?” Alan no decía palabra, no sabía nada de lo que su amigo le decía. Manuel continuaba, “Devorada su alma por esa cosa, sin haber hecho nada malo…” “Eso no significa nada, son pocos días…” Justificó Alan, convencido de que era demasiado pronto como para que Laura hubiese sido devorada por el Escolta, a menos, claro, que ella misma se hubiese encargado de eso. Manuel negaba obstinado, “¡Esa chica estaba volviendo loca a mi hija! Todos los días y a toda hora, pidiendo ayuda, moviendo cosas, causando incendios, y de pronto, su presencia solo desaparece en el aire, como si nunca hubiese existido, ¿Crees que eso no significa nada?” Concluyó el viejo, con anhelo en el rostro por escuchar una respuesta, “No puede ser que se haya entregado…” Respondió Alan, aferrado a la posibilidad menos plausible en ese momento, Manuel tomó una bocanada de aire para calmar el ánimo y ponerle a su amigo la estocada final sin irritación en la voz, “Dime una cosa, si tuvieras un día más, ¿Podrías ayudarla? ¿O tres días… o una semana? ¿Sabes en este momento cómo detener a esa cosa o qué hacer para evitar que devore a mi nieta?” Después de unos segundos de silencio en espera de una respuesta que no llegó, agregó, “No me malentiendas, amigo, hiciste lo que pudiste, y te lo agradezco, pero no fue suficiente, y ahora me temo que ya es tarde” El viejo se quedó en silencio luego de eso, jamás podía saber cuándo Alan llegaba o se iba, pero intuía, y con cierto grado de seguridad, que Alan ya se había largado. Era cierto, caminaba con prisa alejándose de allí, restregándose una y otra vez las palabras de su amigo en la cara: que no importaba si Laura había sido devorada por el Escolta o aún le quedaban algunos días por delante, porque él no tenía ni idea de cómo ayudarla, no sabía qué hacer para detener un Escolta. Caminó inconscientemente hasta la población donde Laura vivió, en el parquecito vio a Julieta sentada en una banca, pero no estaba sola, a su lado estaba Richard Cortez, aunque este último no podía saberlo. Los dos hombres no se conocían, pero uno sabía perfectamente quien era el otro, “¿Alguna noticia de Laura y ese maldito Escolta que la persigue?” Preguntó el Chavo, dirigiéndose a Alan pero mirando hacia otro sitio, como para disimular que hablaba con un espíritu, este le dirigió una mirada poco alentadora a Julieta antes de responder, “Creo que le perdimos la pista, no lo sé, puede que ya sea tarde para ayudarla…” Confesó, tanto como una forma de desahogo, como para informar a la niña del inminente fracaso de su empresa, Richard lo miró sorprendido, Alan miraba a Julieta, “Todavía no es tarde, aún no ha terminado” Dijo el Chavo con seguridad tal, que a Alan le pareció hasta irresponsable, “¿Cómo lo sabes?” Richard no lo miró, saludaba a alguien a la distancia en ese momento, “Por su olor…” Respondió, luego de unos segundos agregó, “No el de ella, sino el del Escolta, tal vez no puedas sentirlo, pero de verdad que huele, y una vez que lo sientes, no puedes dejar de percibirlo, es amargo, es un olor amargo, y no se irá hasta que él se vaya” Después de eso se puso de pie porque alguien se acercaba para reunirse con él, antes de irse le susurró algo a Alan, “Si puedes verla, dile a la chica que acompaña a Lucas que gracias, no sabe el bien que le hace” No esperó respuesta, solo se fue. Julieta no podía ser más feliz en ese momento.


León Faras.