miércoles, 9 de febrero de 2022

Los Condenados.

 

Odregón.


Quinta parte.



Cuando todo acabó, Vilma ya no sentía el acoso de la multitud de bichos que la perseguía, pero lo primero que la golpeó, fue un olor nauseabundo. A pesar de que aún se cubría las vías respiratorias con el pañuelo, el sitio olía a algo tan podrido como las cloacas del mismísimo infierno. Quci había pasado hacia el asiento del copiloto luego del impacto, aunque estaba de cabeza sobre este y haciendo esfuerzos para no descender aun más hasta el suelo, “Lo siento…” Dijo con tono avergonzado, mientras luchaba por recuperar su verticalidad natural, “…Creo que uno de mis conductos sufrió daño y tengo una fuga de sulfuro de hidrógeno. Su olor es poco grato para algunos humanos” Vilma la miró indignada, literalmente como si se le hubiesen cagado encima, “¿Poco grato? ¡Es repugnante!” Le reprochó, pronunciando con sumo cuidado y énfasis cada una de sus sílabas, el robot solo repitió sus excusas. “¿Estás bien?” Marcus se asomaba por el agujero que daba al exterior, pero de inmediato tuvo que retirar la cara como si hubiese recibido una bofetada, “Oh por Dios, Vilma ¿Fuiste tú?” “¡Callate y ayúdame!” Gritó la mujer. “Lo siento mucho” Repitió el androide.



Tanto Vilma, como Quci o hasta la propia Beatrice, estaban cubiertas de una baba como si hubiesen roto un gran recipiente repleto de clara de huevo sobre sus cabezas. Las moscas sin alas encargadas de la mantención del nido, vagaban sin rumbo ni propósito, arrastrándose de forma lamentable sobre los restos babosos de su ama, sin saber qué hacer con sus vidas, mientras que aquellos bichos carnívoros que les perseguían, en su mayoría habían evadido la colisión con una espectacular pirueta grupal, como el vuelo sincronizado de una bandada de aves, buscando zonas más oscuras junto con su reina. Algunos menos hábiles se habían estrellado violentamente contra las negras paredes internas de Dilion, y otros menos afortunados perecían lentamente, agotados, cubiertos de baba y medio cegados por la luz que entraba del exterior. Por el momento, Beatrice estaba tan atascada como un barco en aguas poco profundas, con sus ruedas luchando inútilmente contra un charco de baba del que no podía sujetarse, “¿Dónde está?” Preguntó Quci apenas salió al exterior, Caín la miró afectado, el robot aún permanecía rodeado por un aura de flatulencia apestosa imposible de ignorar, “Me temo que ya no podemos hacer nada por él…” Respondió. Vilma, quien en ese momento retiraba una buena dosis de líquido viscoso del interior de su bota, lo miró preocupada y luego a Marcus, este explicó levemente lo que había ocurrido con el joven sacerdote y Quci decidió que debían confirmar esa información, “Creo que, ahora que sabemos qué ocurre, deberíamos centrarnos en salir con vida de aquí” Dijo Caín. “Yo jamás he tenido vida” Alegó Quci, como si la última frase de Caín la incluyera a ella también. “¿Qué le podría pasar?” Sugirió Marcus encogiéndose de hombros, “Con ese olor dudo siquiera que se le acerquen…” Comentó Vilma, limpiando su arma con un pañuelo, y agregó, “Lleva un comunicador”



El robot no estaba construido para escalar nada, sus manos eran pobres en destreza fina y sus pies eran aparatosamente grandes para distribuir su peso y mejorar su equilibrio, eso sin contar lo baboso que estaba todo su metálico cuerpo aún, pero Quci no sentía miedo. Sí algo parecido, como un programa de conservación que le advertía de potenciales peligros y posibles daños bajo determinadas circunstancias, pero eso no la detendría en su impresionante evolución. Se cogió de la rugosa corteza del árbol y comenzó a ascender por ella lenta y tenazmente, bajo la mirada preocupada e incrédula de Vilma, quien le había apostado en secreto a Marcus un trago a que el robot lograba treparse al árbol. Caín también le echó un vistazo, pero estaba más preocupado de liberar a Beatrice lo antes posible, sin la cual no llegarían muy lejos, que de un androide al que apenas conocía. Quci ascendió lentamente, calculando muy bien cada uno de sus movimientos, sin mirar nunca hacia abajo y con todos sus sentidos, artificialmente simulados, muy atentos, hasta llegar a la parte más alta, pero no encontró nada ni a nadie. Había alcanzado una notable altura con respecto a donde estaban los demás. “¿Hay algo?” Preguntó Vilma por el comunicador, pero el robot no detectaba nada, hasta que de pronto vio algo, “Un agujero. Investigaré.” Parecía una simple rama cortada, pero al igual que el resto del árbol, estaba totalmente hueca, como una especie de conducto hacia el interior de Dilion por el que cabía un ser humano holgadamente, mientras se doblara lo suficiente. Quci se adentró caminando sobre cuatro patas, una variante que podía usar cuando las circunstancias lo requerían. De sus ojos brotaba una tenue luminosidad amarillenta como la de un mechero con la que iluminaba un túnel cada vez más oscuro y silencioso, el problema, era que para cualquier ser vivo, hubiese sido sencillo deducir qué había en el fondo de ese agujero, pero Quci no podía hacerlo, sencillamente porque carecía por completo de olfato.



La reina no me pareció especialmente peligrosa, además…” Señalaba Vilma, mientras arrancaba trozos de capullo con sus propias manos para liberar su vehículo, “…Es un blanco fácil para el cañón de Beatrice, pero los otros bichos que la secundan y protegen son un enjambre contra el que no se puede luchar.” Marcus hacía lo mismo, pero usando un pequeño cortador industrial, “Por cierto, ¿por qué no están ahora mismo sobre nosotros?” Comentó de pronto, “Es lo que yo me pregunto…” Dijo Caín, echando un tímido vistazo al interior de Dilion, y añadió, “Si quisieran devorarnos, no tendríamos a dónde huir aquí.” Vilma trataba de arrancar un trozo grande de la corteza del capullo usando una palanca de hierro, pero en determinado momento, cuando estaba a punto de lograrlo, su pie de apoyo resbaló en la baba y se fue de trasero al suelo. Se puso de pie de un salto, soltando todo tipo de insultos y maldiciones y descargando un buen fierrazo sobre la estructura, apagando así, cualquier intento de risa en la cara de sus camaradas. Después de estregarse la nariz con la rudeza propia de un boxeador, dijo, “Creo que mientras estemos afuera, estamos a salvo. Me parece que esos bichos, como su reina, no soportan bien la luz del exterior, pero yo y Beatrice tenemos que volver allá dentro. Eso es lo que me preocupa.” En ese momento sonó el tono lastimero de la voz de Quci por el comunicador, “Me temo que deberán continuar sin mí” “¡Qué diablos te ocurrió ahora?” Exclamó Vilma, molesta.



Quci se adentró en el agujero hasta que este se volvió tan vertical que se le hizo imposible sujetarse y cayó de cabeza dentro de lo que podía ser perfectamente una madriguera, una en la que un robot como Quci podía moverse con comodidad, pero de la que era imposible salir sin la capacidad de volar. En el interior, el olor debía de ser insoportable, porque todo el piso estaba cubierto con restos animales y humanos; pellejos, vísceras y huesos que el robot trituraba bajo su peso con cada paso que intentaba dar. Quci lo dedujo rápidamente. La criatura que vivía allí había estado saliendo fuera de la montaña y cazando en el exterior, en Odregón, donde las desapariciones de hombres o animales, no se investigaban demasiado debido a la inconmensurable dimensión del desierto que los rodeaba, el cual era capaz de tragarse casi cualquier cosa sin dejar ni un solo rastro. En ese momento, la tenue luz del robot iluminó una pared que permanecía en penumbra. A un ser humano, la imagen lo hubiese, al menos, conmovido, pero no a un robot como Quci, el cual era tan frío y racional como se podía ser, a pesar del tono lastimero con el que solía hablar. Allí pendía “cabeza abajo” el joven sacerdote sin cabeza y sin manos, con los pies pegados a la pared con una sustancia pegajosa y con su cuerpo drenándose sobre una fuente que perfectamente podría haber sido usada más de alguna vez por los propios sacerdotes para su higiene personal.



Al fin Beatrice estaba lista para moverse de su atascadero hacia el lado iluminado y Vilma estaba a los mandos. “Escucha, quiero que golpees la pared ahí donde estás” Ordenó la chica al comunicador, pero al cabo de unos segundos debió insistir. “Ya lo hice” Respondió Quci con su irritante tono servicial “¡Pues hazlo más fuerte!” Le exigió Vilma, y luego otra vez, “¡Más!” Hasta que, en medio del silencio de la montaña un lejano y profundo golpeteo comenzó a oírse, “Creo que es allí” Dijo Caín, señalando una gruesa rama, a gran altura sobre su cabeza, “¿Crees que puedas darle con el cañón?” Preguntó Vilma, Marcus analizaba la situación, “No lo creo. No hay ángulo y es un objetivo demasiado vertical. Tal vez si desmontamos el cañón y…” Iba a decir algo más cuando oyeron el aleteo del chupa-sangre aterrizar sobre el árbol, obviamente se había enterado de que había intrusos en su guarida, “Se dirige hacia donde está Quci” Advirtió Marcus, “Debimos darle un arma” Se lamentó Vilma. Tanto Caín como el propio Marcus le echaron una mirada rara. Quci no era precisamente del tipo de robot programados para usar armas, y los que estaban programados para eso, generalmente las tenían incorporadas, no había que “dárselas.” Vilma cogió su pistola y disparó tres veces hacia aquella criatura humanoide posada en una rama, no pretendía matarla, ni siquiera atinarle, lo cual no era fácil debido a la distancia y el ángulo, pero sí llamar su atención o alejarla de allí, sin embargo, inesperadamente logró darle en un hombro e incrédula, vio como su munición había rebotado en la coraza de la criatura con un destello fugaz de chispas y sin apenas provocarle más que alguna molestia al chupa-sangre, como a quien le ensucian el traje con un poco de vino, sin embargo ahora tenía toda su atención. Los chicos también habían visto aquello, y tampoco lo podían creer, “¿Acaso el maldito es a prueba de balas!” Exclamó Caín a su compañero. Sus mascotas aparecieron a sus espaldas rodeando el tronco, sujetos a este con la habilidad de las arañas. A ellos ni siquiera le habían oído. Mientras veían como estos se acercaban amenazantes, el chupa-sangre se dejó caer sin apenas hacer ruido. A Vilma le llamaba la atención un grueso polvo que le caía encima, cuando el humanoide cayó en una esquina de la plataforma. La criatura le escupió, cubriéndole la mitad de la cara, el golpe le dolió como una bofetada, una que se quedaba pegada a la piel como goma derretida, tibia y maloliente. Estaba aturdida y medio ciega, pero al menos podía respirar. Marcus se acercaba con su arma en alto, pero un saltamontes gigante le cayó sobre la espalda y lo derribó fácilmente, a pesar de la considerable altura del artillero, Caín se lo quitó de encima de una patada antes de que le arrancara medio cuello, pero fue una experiencia que no querría repetir muy pronto, porque se había sentido como patear un tronco, duro y pesado. Le disparó luego, mientras el bicho se alejaba revoloteando, pero no pareció hacerle gran daño. El otro saltamontes había aterrizado y se acercaba con aires de depredador, cuando trozos de corteza comenzaron a llover desde el cielo. Aunque lo habían olvidado por completo, no tardaron en recordar a su nueva compañera Quci, quien en todo ese tiempo, no había parado de golpear y golpear la pared de la madriguera con sus puños, hasta debilitarla lo suficiente para abrir un agujero por el que asomó su inexpresivo rostro. La altura era notable, pero el robot, ignorando nuevamente el sentido de conservación impuesto por su fabricante, se dejó caer calculando la altura y su peso versus la resistencia de su propio cuerpo, eligiendo el techo de la grúa para aterrizar; el golpe sonó lo suficientemente fuerte como para sospechar que no había sido una idea inteligente, pero pronto Quci se puso de pie y descendió hasta la plataforma, interponiéndose con autoridad entre la criatura y los humanos.



Era increíble, pero tanto su altura como su complexión física, eran tan similares al chupa-sangre, que perfectamente podían ser uno la copia del otro.


León Faras.



martes, 25 de enero de 2022

Los Condenados.

 Odregón.


Cuarta parte.



Vilma se encajó sus gafas protectoras, se cubrió la nariz y la boca con un pañuelo y aceleró amenazante el motor de Beatrice, “Prepara el cañón” Ordenó, pero Quci no estaba del todo convencida, por el daño que ocasionaría una detonación a la estructura del mismo camino, y a la consistencia del propio árbol; pero esta vez era demasiado grande el nido como para solo intentar moverlo, argumentaba la chica, “O usamos el cañón, o nos regresamos por donde vinimos” Concluyó Vilma, sabiendo ambos que regresar no era una opción, a menos que se pretendiera hacer todo el camino de regreso marcha atrás. El robot tenía otra preocupación, “Si usamos el cañón, es posible que nos veamos bajo ataque de…” Discutían como dos compañeras de cuarto que deciden si ir o no a una fiesta, cuando la voz de Caín comenzó a sonar por el comunicador, informándoles que habían encontrado un superviviente, pero que no entendían ni una sola palabra de lo que decía, así que necesitaban a Quci para que le tradujera. El robot lo hizo lo mejor que pudo, “El sujeto está muy alterado, pero habla sobre un “gran bebedor de sangre” que les atacó…” Marcus miró el cadáver que reposaba a su lado, “A este tipo le bebieron más que solo la sangre” Señaló. Quci recibió instrucciones de preguntar por qué algunos cuerpos parecían devorados hasta los huesos; el joven sacerdote respondió, y Quci lo interpretó como, “Aquellos que comen carne, son los hijos de la reina. Dice el joven sacerdote, que se multiplican tan rápido y son tan voraces, que son capaces de arrasar con los habitantes de una ciudad entera en tan solo una noche” Vilma, que había detenido el motor de Beatrice para facilitar la comunicación, echó un largo vistazo a la bóveda del árbol sobre sus cabezas, de donde continuaba surgiendo ese inquietante murmullo de zumbido en medio de una oscuridad que no tenían los medios para penetrar, y se preguntó si no serían aquellos los hijos de la reina a los que se refería el sacerdote… o acaso la reina misma, inmediatamente, tuvo un mal presentimiento. Se volteó hacía su compañero androide, “¿A qué hora oscurece en Odregón?” Preguntó.



Si te persiguen, deberás hacerlo rápido, pero tendrás que reducir la velocidad cuando llegues aquí o saldrás volando. No hay suficiente espacio. Nosotros esperaremos con el portón abierto y listo para cerrarlo” “Entendido” Fue la respuesta de Vilma a la advertencia de Caín, mientras se cubría la cara con su pañuelo y se preparaba para acelerar. Quci había presionado finalmente el interruptor verde, el que ahora era de un llamativo color rojo, y ajustaba los controles del cañón para un disparo más de impacto y menos penetrante, como le había aconsejado Marcus. El vehículo aceleró de forma súbita, provocando que sus robustos neumáticos rascaran la superficie del pavimento antes de agarrarse a este y arrancar, “¡Allí, justo allí!” Gritó Vilma, Señalando con todo su brazo el lugar donde quería el golpe, Quci disparó y antes de que la estructura colapsara, Beatrice la golpeó en su base con su reforzada nariz en forma de corta-olas. El nido literalmente estalló por los aires como si hubiese estado fabricado en su interior de gruesa y crujiente galleta bañada en la baba chiclosa de un bebé alienígena gigante, pero dejando el vehículo cubierto de los restos viscosos de una multitud de bichos en estado larvario, como quien atraviesa a toda velocidad una nube de mosquitos, cada uno grande, gordo y jugoso como un pequeño melón. Del otro lado, Vilma debió luchar para controlar a Beatrice, cuyos neumáticos parecían haber perdido completamente su adherencia, derrapando hasta chocar contra la pared y avanzando con dificultad. En la parte de atrás, Quci examinaba con su rostro carente de expresión, algunos restos óseos humanos que habían aterrizado a su lado, perteneciente a algún sacerdote desconocido, pero pronto debió desecharlos como basura. El zumbido que habían oído sobre sus cabezas, ahora era mucho más fuerte e intenso.



Marcus abría el portón, mientras Caín trataba de convencer al joven, cuyo nombre no llegarían nunca a conocer, de abandonar su precario escondite con todo tipo de gestos y señas, pero el sacerdote solo argumentaba una infinidad de excusas en su enrevesado idioma del que solo se podía extraer su más que evidente negativa, entonces, un crujido acabó con su estéril discusión. El portón que Marcus había accionado, se había logrado abrir con un fuerte sonido crocante, como si hubiese debido quebrar algunas resistencias a su paso. El gesto en el rostro del artillero era elocuente. La salida del túnel, a la que Vilma se dirigía tan rápido como podía, estaba totalmente obstruida por un nido gigante hecho como un envoltorio de una infinidad de fibras adheridas a todo su entorno, con un único agujero en el medio, pequeño y grotesco como el culo de un gusano, por el que comenzaron a salir una serie de bichos pardos del tamaño de un gato, similares a moscas sin alas, que afanados y con total desenfado, reconstruían con su saliva lo que el portón acababa de destruir sin prestar la más mínima atención a los recién llegados, “Vilma debería saber esto…” Comentó Marcus, y su jefe estaba de acuerdo, sin embargo, en un primer momento, la chica no respondió, lo que los hizo poner un poco más de atención en lo que estaban oyendo. Allá abajo, en el interior del árbol sobre el que estaban, se podía escuchar el rugido permanente y acelerado de Beatrice, además de numerosos y amortiguados disparos.



¡Qué diablos quieres? ¡Estoy ocupada!” Gritó Vilma al comunicador, asediada por un enjambre de bichos similares a langostas, cuyo batir de alas podía absorber casi cualquier otro ruido que no fuera el motor de Beatrice. Eran grandes y raros, pues tenían todo de a cuatro: cuatro alas, cuatro patas y cuatro ojos, y en todo ello, un par era más pequeño que el otro. También tenían un muy respetable par de mandíbulas, como tenazas capaces de cortarle un dedo a un hombre adulto si era necesario. Quci tampoco estaba totalmente a salvo del ataque, ya que las intenciones de los bichos no eran necesariamente alimenticias; estaban furiosas y trataban de coger al androide de donde podían, el cual se defendía con una porra eléctrica que Vilma guardaba bajo el tablero del vehículo. La chica mantenía firme el volante con la mano izquierda y su pistola en la derecha, aunque había sido más efectiva la velocidad de Beatrice que el arma para mantenerse con vida. Caín le informó de la cosa, fuese lo que fuese, que estaba obstruyendo la salida del túnel. Vilma estaba convencida de que aquello sería otro asqueroso nido de larvas como el que acababan de destruir, pero la voz del joven sacerdote, que exclamaba algo con desesperación en ese momento, se coló por el comunicador y llegó a los oídos de Quci, “Él dice que se trata de la reina” Anunció el robot. Marcus tuvo entonces la osada idea de echar un vistazo con su linterna al interior del sospechoso agujero del nido gigante, pero de inmediato, como si se tratara de un grupo de guardias de seguridad evitando a periodistas indiscretos, las moscas sin alas se agruparon allí para cubrir el ingreso de la luz, sin embargo, alcanzó a ver lo que parecía un trozo de piel oscura y rugosa cubierta de vello ralo moviéndose allí dentro, “¡Hazte cargo!” Gritó Vilma, al tiempo que le soltaba un disparo a un bicho que la seguía de cerca y que hace rato amenazaba con morderle el cuello. Caín y Marcus se miraron con gracia, como comunicándose mentalmente… “¿Y qué diablos espera que yo haga con esta cosa?” Pero en ese momento, el aleteo que oyeron antes al llegar, sonó a sus espaldas, muy cerca, y el grito del joven sacerdote fue silenciado en el acto por un potente escupitajo que se adhirió a su rostro como un pegote espeso y difícil de sacar, que lo asfixiaba lo mismo que lo enmudecía. Los hombres apuntaron sus armas, pero viendo el pánico en los ojos del muchacho y las dificultades que tenía para respirar en ese momento, además de a su amenazante enemigo tan cerca, tomaron la precaución de cubrirse antes el rostro con sus pañuelos. Eso al menos los protegería de la asfixia. Se podía decir que aquel tenía la apariencia de un hombre, uno extraordinariamente alto y delgado, ligeramente inclinado hacia delante por el bulto de sus alas sujetas a sus omóplatos. Sus miembros eran desproporcionados como los de un insecto y su complexión, sólida, acorazada. Tenía una cabeza pequeña, con ojos hundidos en su cráneo casi humano y un par de afilados incisivos terminados en punta, que se asomaron cuando el individuo abrió levemente su boca para expresar un par de palabras en la lengua sacerdotal con una voz áspera y rasposa. Sin duda aquel era el bebedor de sangre del que hablaban. Además no estaba solo, lo escoltaban dos bichos con cara de saltamontes, grandes como perros pastores, con sus alas recogidas y alineadas sobre sus lomos. Se movían muy bien sobre cuatro patas, y contaban con unas respetables mandíbulas bien adaptadas para destrozar y comer carne. Ya podían imaginar qué le había sucedido al pobre desgraciado devorado fuera del portón. El humanoide cogió al sacerdote por la nuca y lo elevó con la inesperada fuerza de uno de sus delgaduchos brazos, sus mascotas, en cambio, no perdían de vista a sus extraños visitantes. Tanto Marcus como Caín no sabían a qué disparar primero, retrocediendo hasta chocar con la barandilla, mientras el joven sacerdote se esforzaba por seguir con vida. Entonces se escuchó el cañón de Beatrice, amortiguado dentro del impresionante Dilion, destruyendo un nuevo nido que obstruía su camino. Eso sugería que estaba bastante cerca de la salida, la que aún permanecía bloqueada. El bebedor de sangre también lo oyó, y con una orden, sus mascotas se lanzaron encima de los intrusos. Caín soltó un disparo y esquivó, mientras que Marcus solo esquivó el ataque intentando disparar luego. Los saltamontes pasaron por encima de la baranda y cayeron al vacío torpemente, pero abriendo sus alas algunos metros más abajo, para describir un elegante círculo y volver a sujetarse con asombrosa facilidad a la rugosa corteza del árbol, por la que podían desplazarse mejor que sobre un plano horizontal. Para cuando esto acabó, el humanoide ya había despegado en perfecto ascenso vertical, como un cohete, hacia la copa del árbol, llevándose al joven sacerdote a punto de asfixiarse, con él. Aún no se recuperaban de su encuentro con el chupa sangre, cuando los bocinazos de Beatrice comenzaron a sonar apremiantes, acercándose a toda velocidad y perseguida por un enjambre de bichos carnívoros, hacia una salida que aún permanecía bloqueada.



El final del recorrido era una pequeña línea recta en la que Vilma pudo acelerar con más soltura y sacarles un poco de ventaja a los insectos gigantes que estaban detrás de su cuello, pero aquello no podía durar demasiado. Cuando los poderosos focos de Beatrice iluminaron el final del camino, la mujer vio que aquello que lo bloqueaba era totalmente diferente a los nidos que había destruido antes, este parecía más un capullo enorme, prodigiosamente construido con forma oval, que incluso recordaba a algunas elegantes construcciones modernas del nuevo mundo. “¡El cañón, el cañón!” Gritó Vilma con desesperación, pero el robot había fracasado miserablemente en su intento de mantener el equilibrio y defenderse de la horda de bichos salvajes al mismo tiempo, y yacía incapacitado de actuar, en el suelo, bochornosamente atorado de cabeza entre la base del cañón y los asientos traseros y completamente a merced de su destino. La boca oscura del capullo, similar a la de un pez gigante antediluviano devorador de naves, fue iluminada por la luz de Beatrice, la que se reflectó contra cuatro enormes ojos parecidos a gemas flotando en la nada, hasta que estos pestañearon al unísono y comenzaron a moverse hacia la salida. Quci ya empezaba a conseguir ponerse de pie, cuando Vilma soltó el grito más desaforado de su vida, al tiempo que Beatrice frenaba bruscamente sin conseguir nunca detenerse del todo. En ese momento, del capullo emergía una criatura de apariencia indeterminable. Era mucho más grande de lo que el tamaño de sus ojos sugería, pero su cuerpo no era más que una masa enorme y grotesca destinada a ser arrastrada por el suelo por cuatro patas mucho más poderosas de lo parecían. La criatura se arrastró fuera del capullo y escaló por la pared con inesperada agilidad, dejando un camino de baba que sin duda facilitaba su movimiento, y huyendo de los molestos focos de Beatrice, al tiempo que esta se estrellaba inexorablemente contra su capullo, a pesar de todos los intentos de su conductora por detenerse a tiempo.


León Faras.



domingo, 9 de enero de 2022

Los Condenados.

 

Odregón.


Tercera parte.



Vilma aceleró, llevaba mucho recorrido, pero era mucho más lo que le faltaba para llegar a alguna parte. Aquello de la sangre seca no sonaba nada alentador, “Bien…” Dijo de pronto, tratando de poner en orden sus ideas, “…Dijiste que durante la oscuridad surgió vida gracias a la luz de los árboles. ¿Qué clase de vida era esa?” Quci empezaba a acostumbrarse a darse por aludida aunque no le hablaran a ella directamente, algo que en el castillo del señor Dugan era impensado. “Una vida que desapareció sin dejar vestigios” Respondió el robot, tal como sus archivos señalaban, la chica apretó los labios con disgusto, “Ya, pero sí hay vestigios, ¡este árbol! ¿Por qué aquí no parece haber nada más?” Quci, a pesar de ser una máquina, parecía confundida, jamás se había visto obligada a razonar antes, a obtener conclusiones “Es posible que aquí se haya evitado, de alguna manera, el surgimiento de aquella vida” Replicó, sin estar muy segura de dónde había sacado eso. “¡Exacto!” Afirmó Vilma, y luego añadió, “Cosechando los huevos antes de que estos cayeran naturalmente.” Quci se maravillaba de su propia capacidad de deducir, “¿Sugiere usted, que surgió un ser vivo del interior del huevo que, de alguna manera, imposibilitó que los sacerdotes regresaran?” Por primera vez, Vilma quitaba los ojos del camino para echarle un breve vistazo a los ojos de su acompañante por el espejo sobre ella, “O tal vez más de uno” Concluyó.



¿Cuántos sacerdotes eran?” Preguntó Marcus, examinando los cristales de sus anteojos antes de volvérselos a poner. Caín miraba con preocupación la altura a la que estaban, sin atreverse a imaginar la altura a la que llegarían, “Diecisiete. Por algún motivo no pueden ser más, ni menos” Marcus miró hacia la aún lejana copa del árbol totalmente carente de hojas, “Diecisiete y ninguno logró volver…” “Tal vez estén todos allá arriba aún, pensando en cómo explicar lo del huevo roto” Sugirió Caín, con fingida inocencia. Su compañero soltó una risa sin ganas que se extinguió de inmediato.



Vilma frenó tan repentinamente que Quci por poco, se da con la frente contra el asiento del copiloto. Luego la chica cogió sus prismáticos y examinó la parte alta del árbol hacia donde iban, pero aquello no era más que un pozo negro sin fondo. Quci la imitó, pero sin prismáticos, “Aún falta bastante” Señaló. Vilma fingió no escuchar eso, “Algo se movió allá arriba. Estoy segura” Afirmó la chica, el robot asintió con la cabeza sin ver absolutamente nada que se moviera arriba ni en ninguna parte, “Es posible que se trate de murciélagos albinos, buscan sitios oscuros como ese para…” “No lo creo” La interrumpió Vilma, tajante, lo que provocó la curiosidad de la máquina, “Porque desde que entramos, no he visto mierda de murciélago por ninguna parte, ¿y tú?” Aclaró. El robot no pudo más que admitir la razón de ese argumento y volver a su lugar sobre Beatrice, “¿Tienes un arma?” Preguntó la chica, el robot respondió con la cortesía de una camarera que se excusa por no poder cumplir una orden, “Oh no. Los robot en Odregón no estamos diseñados para fines ofensivos” Vilma conducía bastante rápido ahora, pero apenas necesitaba mover el volante para mantener la dirección, “Pues yo te diseñaré rápidamente para fines defensivos…” Replicó la chica, “Quiero que tomes los controles del cañón que está detrás mío” Le ordenó. Quci no podía manejar un arma, eso contradecía una de las bases fundamentales de su programación diplomática, “Me temo que eso es imposible” Se excusó el robot con tono lastimero, algo que siempre funcionaba con seres civilizados… pero no con Vilma. La chica volvió a frenar el vehículo de golpe, con un breve pero sonoro patinado de los seis neumáticos de Beatrice, sacó su arma y la apuntó directo al medio de los ojos del androide, “¡Haz lo que te digo, o te juro por tus dichosos huevos que te volaré la cabeza!” Quci solo pestañeó, “Está usted amenazando con un arma a una máquina” Le informó, “Escucha, bola de cables…” Respondió Vilma, “…en la situación en la que estamos, o eres una ayuda o eres una molestia, y por lo general soy muy buena deshaciéndome de las molestias, de hecho me gusta hacerlo. No te estoy pidiendo que mates a nadie, pero es probable que ahora, todos tus queridos sacerdotes estén destripados por ahí o a medio digerir, y lo que lo haya hecho, querrá hacerlo también conmigo, tal vez no contigo, porque no te ves muy apetitosa, pero yo y mis compañeros estamos arriesgando el pellejo aquí, ¿entiendes? Así que la situación es la siguiente: o tomas ese cañón, y te pones de parte de nosotros, que pretendemos solucionar este problema y devolverle los huevos a Odregón, o no haces nada y te pones de parte de esa cosa que destripó a tus sacerdotes, en tal caso, tendré que volarte los sesos aquí y ahora. ¿Tienes algo de sentido de conservación?” Tanto el tono como el gesto de Vilma no dejaba lugar a dudas, Quci lo entendía, pero tampoco era que se sintiera intimidada por la amenaza, después de todo, era una máquina, pero, había aprendido algunas cosas nuevas desde que estaba allí con esa mujer, y podía sentir como su cerebro artificial trabajaba en una infinidad de situaciones y circunstancias en las que podía operar de nuevas e inimaginadas formas, lo que le provocaba una cierta sensación de evolución intelectual bastante sabrosa, por lo que aceptó, “…pero no le dispararé a ningún ser humano” Advirtió, acomodándose en el lugar de Marcus, frente al cañón, “¡Estupendo!” Exclamó Vilma, volviendo su arma a su estuche, “Asegúrate de empezar por no apuntar esa cosa hacia mí.” El robot sintió que no había nada racional que pudiera responder a eso, por lo que guardó silencio. “¡Ah!” Recordó Vilma de pronto, “¿Ves ese interruptor verde? Es el seguro. No lo presiones a menos que quieras disparar.”



Mientras más alto estaban, la luz de los huevos era más potente de lo que parecía desde abajo, llegando a deslumbrar con mucha facilidad, lo que obligó a los chicos a usar las gafas oscuras que eran parte de su equipo. Casi llegaban a la copa y aún no veían ni oían nada, lo cual no podía calificarse como bueno ni como malo, aunque, y ambos lo sabían, la incertidumbre siempre era algo malo, “¿Cuánto crees que tardarías en llegar abajo si caes desde aquí?” Preguntó Caín, visiblemente incómodo, Marcus no respondió, la altura a la que estaban era intimidante, sufrieras o no de acrofobia. Cuando llegaron arriba, una plataforma, como una especie de muelle aéreo, les permitía pasar del ascensor al árbol con seguridad. Este lucía lleno de puentes, plataformas y escalinatas que no eran visibles desde abajo, y por las que se podía circular cómodamente, incluso por encima de las numerosas ramas que salían en todas direcciones. Desde donde estaban, el árbol continuaba ascendiendo bastante más de lo que cualquier árbol podía crecer en tierra. Adherida al tronco, había una colosal grúa con tres enormes carretes de piola de acero, con el que claramente bajaban los huevos hasta el piso. Gigantesca, pero comparada con Dilion, no era más que una verruga. “¿Sientes eso?” Preguntó Marcus, Caín estiró hacia abajo las comisuras de los labios y negó con la cabeza, el artillero continuó, “Hace frío, y tenemos al menos una docena de soles aquí iluminándonos. Los huevos no generan calor” Era verdad, aunque Caín no se mostró especialmente interesado en ello; miraba la bóveda de la montaña, lejana y misteriosa. Junto a la grúa, había una bodega, estaba cerrada, pero podían verse dentro las herramientas y utensilios que usaban en la cosecha, “Ni siquiera sacaron sus trastos” Comentó Caín, “Tal vez ni siquiera llegaron hasta aquí” Añadió Marcus. En ese momento se oyó un aleteo, breve pero violento, como el de una criatura que le cuesta trabajo despegar. Ambos hombres apuntaron sus armas en todas direcciones, pero ninguno alcanzó a ver nada. Como si pretendiera darles un buen susto, la voz de Vilma sonó en el comunicador, “Oigan chicos, me temo que el camino está bloqueado” “¿Más escombros?” Preguntó Caín, aún inspeccionando los alrededores, nervioso “No…” Respondió la chica, y tardó algunos segundos en continuar, como cuando no encuentras las palabras adecuadas para describir lo que ves, “Yo diría que es algo así como… un nido… o lo era” Luego de otros segundos más de silencio, añadió, “…como una bola gomosa sujeta con varios tirantes al camino y llena de agujeros” Marcus relacionó aquello con el aleteo que acababan de oír, “¿Bichos?” Caín estaba de acuerdo, “¿Crees que puedas usar el cañón para abrirte paso?” Vilma tardó en responder, “No sé si esa sea una buena idea, Jaden… espera, ¿Qué dices?” Cortó. Al cabo de un rato volvió a comunicarse, “Oh, mierda. Mi colega dice que dentro de esta porquería hay un hombre… ¿Estás segura?” Volvió a cortar, “Ultrasonido, dice que hizo un rápido examen con ultrasonido” “¿Está muerto?” Preguntó Caín. Entonces se escuchó la voz de Quci por el comunicador, “Es muy probable, señor, detecto una masa andromorfa en el interior, pero se puede deducir que está seriamente dañada, incompleta y sin señales de vida que pueda detectar” “Me parece que el tipo fue la cena de una descendencia numerosa” Agregó Vilma, dentro de la misma comunicación, “Bueno, creo que ya encontramos a uno de los sacerdotes, solo nos quedan dieciséis” Comentó Marcus distraídamente. “Tenemos una idea para continuar. Te hablo luego” Vilma cortó. Habían pasado tres meses desde la desaparición de los sacerdotes y cierto era que las posibilidades de encontrar alguno con vida, que no hubiese sido capaz de regresar por sus propios medios, eran más que escasas, por lo que aquello nunca había sido una misión de rescate en realidad, más bien era una de exterminio, el problema, era que nadie sabía contra qué debían enfrentarse, ni su tamaño, ni su fuerza, y era muy importante averiguarlo antes de que fuera demasiado tarde.



Mientras Quci sujetaba el nido con su nada despreciable fuerza física, Vilma cortaba parte de los tirantes que lo sujetaban para balancearlo a un lado suavemente y darle suficiente espacio a Beatrice para pasar. El problema con usar el cañón, era que destruiría el nido fácilmente, junto con el cadáver en su interior y la pared que estaba más allá, generando nuevos escombros, y de paso dañaría el árbol, aunque esto último era algo que no le preocupaba particularmente a Vilma. “¿Crees que hayan más como este?” Preguntó la chica, reanudando su monótono recorrido y alzando la voz por sobre el persistente rugido de Beatrice. Quci parecía más interesada en vigilar los alrededores ahora, “Es probable” Respondió escuetamente, “¡Esa no es una respuesta!” Se quejó Vilma, pero a Quci le parecía que sí lo era. “¿Crees que lo que construyó ese nido y mató a ese hombre salió del huevo de dragón?” Preguntó el androide a su vez. Luego de varios segundos, la chica respondió al fin “Es probable” Sintiéndose conforme y dejando conforme al robot tras ella. Exactamente nueve minutos después, cuando parecía que la cima del árbol estaba al alcance de la vista, el camino volvía a aparecer bloqueado por un nido, solo que este era al menos cinco veces más grande que el anterior, parecía como si algo cremoso y viscoso se hubiese esparramado sobre la ruta y solidificado, como si una criatura colosal se hubiese defecado en el camino. También estaba cubierto de agujeros, pero muchos de estos aún estaban tapados. “Apague el motor del vehículo” Rogó Quci. A Vilma esa no le parecía una buena idea, solo mantener el motor de Beatrice encendido podía hacer una gran diferencia al momento de huir del peligro, pero el robot insistió, y a la chica le pareció que no lo hacía en vano. Apagó el motor. “¿Los oye?” Preguntó Quci, y Vilma comenzó a asentir cada vez de forma más enérgica. En la oscuridad de la bóveda sobre sus cabezas se podía oír el zumbido casi eléctrico de una multitud de rígidas alas vibrando a una velocidad vertiginosa. Se podía suponer que era allí donde se agrupaban las crías que salían de los huevos cuando acababan con el cadáver que mamá les había dejado.



...Entonces esa cosa te coge y te mete dentro de un capullo en el que pone sus huevos para que sus larvas se alimenten de ti” Repasaba Marcus mientras descendían por una escala hacia una plataforma especialmente robusta conectada a un amplio túnel incrustado en el árbol hace mucho tiempo, tanto que la corteza del árbol había crecido hasta acogerlo con naturalidad. El túnel estaba cerrado con una sólida puerta metálica de las que ascienden y descienden empotradas en dos rieles verticales con un sencillo mecanismo de dos botones. Caín respiró hondo, estaban los restos decapitados de un hombre allí tirados, con las costillas al aire y los miembros destrozados, como un cadáver encontrado por una panda de carroñeros. Casi se podía ver al tipo desesperado, aterrado corriendo hacia el túnel, mientras la puerta de este se cerraba ante sus ojos, dejándolo solo e indefenso frente a un enemigo numeroso y hambriento. Eso comentaban los hombres, cuando un ruido muy leve llamó su atención, no era imaginado, ambos lo oyeron, tenue como el tropezar de una rata en la noche. Venía de un rincón con insumos acumulados para operar la grúa, sacos, bidones y barriles. Caín se acercó para revisar, Marcus le seguía de cerca con su arma apoyada en el hombro y su ojo en la mira. No tardaron en encontrar el origen del ruido. Dentro de uno de los barriles había un hombre oculto, más bien un muchacho que apenas pasaría de los quince años, un aspirante a sacerdote, quizá. El chico enseñó sus manos indefenso dando excusas y explicaciones sin parar, asustado, en un idioma extraño, abrupto, y que abusaba demasiado de las consonantes.

León Faras.

domingo, 2 de enero de 2022

Los Condenados.

 Odregón.

Segunda parte.



El motor de Beatrice sonaba como un dulce gatito acurrucado entre los pliegues de una sibilante serpiente perfectamente limpia y lubricada, lo que le provocaba una profunda sensación de satisfacción interior a Vilma, literalmente, música para sus oídos. El camino era un sendero para carretas y bestias, escarbado en la roca dura de los escarpados cerros, ásperos como la piel de un reptil colosal, de seguro, de forma ardua y penosa, sin ningún tipo de mejora tecnológica en siglos y siglos de uso, lo que sí cabía destacar, era la dureza del terreno, que no parecía verse afectada, ni por el tiempo ni por el clima, ni mucho menos por hombres o bestias. Beatrice subía la suave pendiente sin problemas, salvo por algunos tramos peligrosamente angostos o en algunas curvas en extremo cerradas, sin embargo, lograron llegar a la entrada de la gruta, una caverna con una entrada esculpida en la pared, perfectamente rectangular, y holgadamente amplia como para que el robusto vehículo entrara en ella. El interior era completamente oscuro, pero al encender los poderosos focos de Beatrice, se dieron cuenta de que el suelo estaba llano, como pavimentado y que el recorte de las paredes y del cielo eran perfectos y regulares. El pasillo, ya no cueva, descendía describiendo una amplia curva apenas perceptible de no ser por los instrumentos del vehículo, un círculo enorme y monótono que, cuando parecía que no acabaría nunca, y todos comenzaban a dudar de que Quci los estuviera guiando por el camino correcto, desembocó en una cámara, tan desmesuradamente enorme, como el círculo que habían descrito rodeándola, como una montaña ahuecada, y dentro de esta cámara, un piso cubierto impecablemente de baldosas del color del cielo más frío y más o menos en el medio de éste, lo que parecía ser un árbol, cuya base era del tamaño de una aldea pequeña, una altura incalculable para un simple mortal y una corteza tosca y rugosa, petrificada como la montaña. La luz llenaba el espacio con dificultad, nacida de los frutos que colgaban del mismo árbol, aquellos, ubicados a increíble altura, eran los llamados “Huevos de Dragón” Quci se adelantó con ceremonia, sus pasos sonaban claros y secos en el ambiente abovedado, se detuvo frente a los demás y alzó una mano hacia el árbol, “Ante ustedes, Dilion, Padre de Odregón y de su señor, Dugan. El primer árbol, el eterno y el último de su especie” Mientras Caín se masajeaba la cara, Vilma escudriñaba las alturas con unos prismáticos, tratando de distinguir algo, “Espera…” dijo la chica, “… ¿Por qué le llaman huevos de dragón si más bien parecen frutos de un árbol?” Quci miró a Marcus, pestañeando un par de veces, tal vez esperando una correcta interpretación para esa pregunta, pero no había otra interpretación para esa pregunta, la robot sólo se limitó a responder, como si aquello fuese algo tan obvio que era innecesario de preguntar en un principio, que aquel era el nombre que siempre habían tenido, desde el origen de los tiempos y que nunca habían sido llamados de otra manera. Al dar un rodeo al enorme tronco, para comprobar que no estuvieran pasando nada por alto, encontraron lo que parecía ser la cáscara de un huevo, destruida contra el suelo, un huevo tan grande como para que cupieran dentro holgadamente todos los que estaban allí, incluyendo el robot. Tomando un pequeño trozo entre sus dedos y haciéndole un rápido análisis visual, Quci confirmó que era un huevo de dragón o los restos destruidos de él, luego de una impresionante caída. Cuando le preguntaron cuánto tiempo había pasado desde que ese huevo se había desprendido, el robot negó con la cabeza, “Es un material totalmente inalterable al tiempo. Puede haber caído hace diez minutos o hace diez años, seguiría estando exactamente igual” “Y lo que había ahí dentro…” preguntó Marcus, sin moverse de su cómoda posición en la parte de atrás del vehículo, “…¿por qué no hay restos de lo que había dentro?” Quci iba a responder, pero Vilma la interrumpió bruscamente, “¿Esto es habitual que suceda, digo, estas cosas se caen a menudo?” Nuevamente la robot hizo el amago de responder, pero ahora Caín se le adelantó sin prestarle ni la mínima atención, “¿Padre del señor Dugan, qué quisiste decir con eso?” Quci se volteó hacia él para responder, pero entonces Beatrice rugió gravemente y su conductora dijo, “Vámonos de aquí, esto me da mala espina”



¿Hacia dónde, Tuercas?” Le pregunto Vilma al robot, pero éste no le hizo ningún caso hasta que le cayó encima la mirada de Caín y Marcus, que esperaban una respuesta, “Pensé que se dirigía a alguien más…” se excusó con dignidad, y agregó “…en esa dirección están los ascensores” “¿Ascensores?” Repitió Vilma. Efectivamente, tal como lo temía la chica, las cajas eran amplias pero no lo suficiente como para Beatrice, “Dilion, el único, también cuenta con un camino interno hacia su copa, pero es muchísimo más largo” Informó Quci, diligente. “¿Esa cosa es hueca?” Preguntó Marcus, sorprendido, pero el robot solamente lo miró sin comprender a qué se refería exactamente con “cosa,” Caín intervino entonces, “Yo y Marcus tomaremos los ascensores, tú y Quci vayan por el camino interior. Estaremos en contacto” Vilma los miró como si aquellos solo buscaran deshacerse de una molestia, “Vamos, Vilma, es como Beatrice, solo que habla…” Agregó el líder, lo que no pareció ayudar mucho, “Además, no quiero que vayas sola, no sabemos qué puede haber…” La mujer silenció sus argumentos con un profundo rugido de los motores de Beatrice, luego agregó mirando hacia el frente “Vamos Tuercas, dejemos que los chicos tengan su tonta fiesta solo para niños” Por supuesto que Quci no comprendió ni una palabra de lo que dijo por lo que no se movió hasta que Vilma se lo aclaró amablemente y en términos sencillos, “¡Tú, aquí!” Le señaló el asiento trasero, “¡Nosotros, adentro!” Apuntó con ambas manos el interior del árbol, “Este será un camino muy largo” masculló luego entre dientes, sin embargo, solo podía empeorar: el camino interior no era más que un interminable espiral, y no había nada que Vilma odiara más que los monótonos y aburridos espirales interminables. “¿Tienes música?” Preguntó de pronto, Quci sentada atrás, recta como una geisha, bien instruida y acostumbrada al diálogo fluido y diverso con todo tipo de humanos, ahora dudaba constantemente de la interpretación correcta de cualquier cosa que dijese Vilma. Luego de varios segundos, al fin respondió, “No cuento con un reproductor de música, pero puedo cantar, conozco todas las canciones tradicionales de…” “Olvídalo” Le cortó Vilma, obviamente no era eso lo que ella tenía en mente, se reacomodó en su asiento para aliviar el tedio que se acumulaba a un costado de su columna y pensó en otra cosa, “Háblame de este árbol, ¿de dónde salió?” Quci comprendió perfectamente eso, pero aun así dudó antes de responder, “En los tiempos antiguos…” Se hubiese aclarado la garganta antes de hablar, de haber podido, esta historia la tenía perfectamente preparada, “…una fuerza oscura privó de luz este mundo durante mil años, la vida que bullía por todas partes y en todas sus formas, se extinguió hasta volverse un polvo cada vez más fino, casi impalpable, creando el infatigable desierto que hoy nos rodea…” Luego de unos segundos de dramático silencio, Vilma debió intervenir con algo de impaciencia en el tono, “Te estoy escuchando” Quci continuó entonces, “…pero del fondo de la tierra y de sus restos inertes, nació una semilla, la semilla de un árbol capaz de vivir en las tinieblas generando su propia luz. Muchos de estos árboles gigantes prosperaron, se multiplicaron y crecieron hasta tocar el cielo y nueva vida surgió bajo ellos gracias a su luz, pero entonces, la fuerza oscura devolvió la luz al mundo y los árboles nacidos en tinieblas no la soportaron, resecándose, resquebrajándose y convirtiéndose en los infinitos peñascos que riegan estas tierras, todos, excepto por uno, Dilion, que se mantiene en pie gracias a la montaña que lo protegió de la luz del exterior y que aún lo alberga.” El camino interior era completamente artificial, con una pared sólida a un lado y un pequeño muro de contención al otro, iluminado tenuemente por suaves lámparas instaladas cada cierta cantidad de metros, aun así Vilma llevaba encendidos los poderosos focos de Beatrice “¿Todo eso es cierto?” Preguntó la chica de pronto, “Porque a mí, todo esto me parece más un edificio, que un árbol de verdad” A Quci, esa le pareció una duda razonable, “Oh, tiene usted razón, pero esta estructura fue construida en tiempos recientes por los ancestros, con el fin de proteger a Dilion y cosechar sus huevos. Verá usted, en…” El robot iba a comenzar con una de sus peroratas históricas que tanto amaban escuchar los altos dignatarios de Odregón, pero Vilma estaba viendo algo más interesante más adelante y detenía el vehículo, “Olvídalo” Le volvió a decir, y Quci no entendía por qué aquella humana sin autoridad alguna, le pedía que eliminara de su memoria sus valiosos archivos. “Mira eso” Anunció la humana, y la máquina reaccionó espantada, “¡Apague las luces, se lo ruego!” Más adelante, había una pared destrozada por lo que parecía un buen golpe y los escombros bloqueaban el camino, tras el forado, que era de un tamaño por el que Beatrice podría caber holgadamente, se veía una maraña de gruesas raíces adheridas a la pared exterior, de la que brotaban marañas más pequeñas, y de estas, más pequeñas aun, cubriendo casi todo el espacio disponible, eso era Dilion. “¿Qué rayos crees que sucedió aquí?” Preguntó Vilma, bajándose del vehículo, Quci inspeccionaba los alrededores con detenimiento, “Veo muy baja la probabilidad de que esto haya sido provocado por un rayo” dijo al fin, lo que le valió una de las mejores miradas de intenso fastidio de Vilma, luego de algunos segundos de reflexión, el autómata agrego, “Creo más posible que se deba a una fatiga del material. Esta construcción es tan vieja como Odregón mismo” La chica había comenzado a mover algunos escombros para despejar el camino, pero Quci no hacía nada más que mirarla. En toda su existencia, el robot jamás había realizado ni un solo trabajo físico.



Marcus comprobaba sorprendido como la rugosa superficie del gran árbol podía ser escalada sin problemas, aunque se necesitaba de una gran potencia física para llegar a la copa por ese medio, “Tengo una teoría…” Anunció, mientras se sostenía agarrado a la corteza del árbol a dos metros de altura, “…Creo que los sacerdotes esos, la cagaron. Vinieron a cosechar el huevo pero se distrajeron y se les cayó y se les rompió en mil pedazos, y toda la energía para alimentar la ciudad se esfumó” Caín estudiaba los mecanismos del ascensor, “¿Y por qué no, simplemente, cosecharon otro huevo y limpiaron el desastre?” Marcus aterrizaba en el piso de vuelta, “Bueno, ya sabes, esta gente tiene creencias muy arcaicas, tal vez romper un huevo es un delito muy grave o un pecado irremediable y…” El ascensor funcionaba, “Y si del huevo que se rompió salió algo muy malo que acabó con todos” Sugirió Caín con algo de picardía en el gesto, “Eso suena mucho más interesante” Admitió el artillero, mientras su líder ponía en funcionamiento el ascensor sin que ninguno de ellos hubiese subido aún. “Hay dos ascensores…” Explicó Caín, “…y mientras uno sube el otro baja. El detalle es que el mecanismo no permite detenerse hasta el final del viaje, por lo que prefiero ver que esté todo bien con el otro antes de subir.”



¿Es que no piensas ayudarme?” Protestó Vilma, cabreada, ante una máquina de casi dos metros de altura que se comportaba como una señorita demasiado fina como para ensuciarse las manos, “Lo siento, pero yo…” Quci comenzó a excusarse, pero la mujer la silenció con unos ojos desmesuradamente abiertos y apuntándola con su dedo amenazante, “¡Solo mueve tu trasero hasta aquí, y ayúdame!” El robot pestañeó dos veces con las lucecitas de sus ojos, “¿Que mueva qué?” Dijo. Vilma sintió ganas de desenfundar su pistola, pero no estaba segura si prefería volarle la cabeza a esa tonta máquina o pegarse un tiro ella. Respiró hondo, miró al cielo, se rascó el cuello y se tranquilizó, “Solo ven aquí y haz lo mismo que yo.” El resultado fue estupendo, Quci levantaba los escombros más grandes sin apenas esforzarse y además estaba fascinada de hacerlo, “¡Ahora podré mover cualquier cosa que estorbe mi camino!” Exclamó. “A esta idiota le pones una silla en la puerta y la dejas atrapada para siempre” Pensó Vilma, preocupada de tenerla como compañera. Reanudaron el viaje. “Y dime, ¿Es común que esos huevos de dragón caigan?” Preguntó la chica sin mover la vista de su monótona ruta. Esta vez Quci respondió en el acto, “Según los registros oficiales, nunca ha sucedido antes” “Mierda” Replicó Vilma, y fingió no escuchar al robot cuando le preguntó, “¿Dónde?”



El ascensor llegó abajo, no era más que una caja de hierro, abierta por todos lados y una barandilla para evitar caídas. Caín entró primero, su vista se quedó pegada en una esquina de la estructura y luego en los ojos de su compañero. Había una mancha oscura provocada por un líquido que ya se había secado hace un tiempo. Marcus se acercó a examinarla más de cerca pero ambos sabían bien lo que era, la habían visto muchas veces antes: sangre. Luego ambos miraron hacia arriba, hacia la copa del árbol donde los huevos que quedaban brillaban con intensidad, no se veía ni se oía nada fuera de lo normal. Tomó el comunicador y llamó a Vilma, “¿Todo en orden por allá?” La chica le contó lo de los escombros, pero aparte de eso, el viaje era un completo tedio, “Muy bien…” Replicó el líder, “…en uno de los ascensores hay sangre seca, así que mantén los ojos abiertos y cualquier cosa que veas o escuches, nos llamas” La chica respondió afirmativamente y cortó. Ambos hombres prepararon sus armas antes de accionar el mecanismo del ascensor, “¿Cómo fue que dijiste?…” Preguntó Marcus, y él mismo se respondió, “¿Una cosa muy mala que salió del huevo y acabó con todos?”


León Faras

martes, 28 de diciembre de 2021

Humanimales.

 XXII.



Tanco fue el primero en dormirse, tenía el cuerpo adolorido y no solo por el buen golpe que recibió, sino también por la extensa e intensa jornada que le había tocado. Cuando despertó sentía ganas de orinar, el sol aún no salía y todos seguían durmiendo pues nadie debía preocuparse de montar guardia en un sitio como ese. Se acercó al borde de la plataforma, de inmediato sintió un ligero aroma en el ambiente, un olor conocido que por lo general transmite seguridad en vez de peligro, pero su sentimiento cambió cuando comprobó que la fogata estaba completamente fría hace horas y que el olor a humo no venía de allí. El sol aún no salía y por más que trató, no consiguió ver nada más que las siluetas de los árboles recortadas en un fondo oscuro en el que el amanecer apenas se insinuaba. Su olfato no lo engañaba, aunque su visibilidad estaba limitada por el propio árbol que los albergaba, entonces, decidió trepar hasta la copa de este y desde allí escudriñar los alrededores como el vigía de un barco que busca desesperadamente tierra, pero ese no era el elemento que buscaba Tanco, sino otro mucho más brillante que no tardó en destacarse en el negro horizonte. El fuego se veía como un tajo de luz en la oscuridad. Su grito despertó a todos, incluso a la pequeña Brú, que se enderezó como impulsada por un resorte, despistada y con una intensa comezón en la nariz, mientras los otros aún trataban de identificar de dónde había salido ese grito, “¡Hay que largarse de aquí ahora mismo!” Ordenó Límber, apenas comprendió lo que sucedía, mientras recogía todos sus bultos, “¡Pero no pueden irse! ¡Este es mi hogar! ¡Tenemos que hacer algo!” Se interpuso Maru, francamente angustiado, “¡Esto es un bosque!” Exclamó Límber impaciente, señalando lo obvio, “Y eso de allá es fuego, y lo que hay que hacer cuando ambos se unen, es huir mientras puedas” Tanco llegaba en ese momento, “Oye viejo, él tiene razón ¡No hay nada que hacer aquí! Podemos enfrentar carnófagos hambrientos, gigantes de Bulvar enloquecidos ¡pero no podemos luchar contra un jodido incendio!” Maru le puso su dedo acusador frente a su ancha nariz de diminutas y separadas fosas, “Me lo debes” Le reprochó, por haberle salvado la vida y Tanco comprendía eso perfectamente. Asintió con los labios apretados, “Esta bien…” Aceptó, “Haremos lo que tú digas, pero tú y yo. Ellos se van” Concluyó, señalando a sus compañeros. Mica intentó protestar, pero Tanco le recordó que lo primero era poner a salvo a la pequeña Brú, “Creo que deberían preparar una balsa” Sugirió convencido de que el Zolga era la ruta de escape más segura, Límber estaba de acuerdo con irse, aunque no exactamente por vía fluvial, “¡Es una locura! ¿Qué rayos piensan hacer quedándose aquí?” Tanco iba a explicarle que no podía negarse y que luego los alcanzaría como siempre, pero el extenso y lejano aullido de Yuba interrumpió a todos en lo que fuera que estuvieran pensando. El sol despuntaba en ese momento. “Hay algo que podemos hacer” Afirmó Maru, y su plan podía funcionar, si lograban ejecutarlo antes de que el fuego se volviera incontrolable, lo bueno, era que en las encajonadas colinas de Mirra, el viento no era un factor predominante y eso les daba algo más de tiempo. La cascada que habían visto al llegar, tenía un nacimiento mucho más arriba, brotando de algún afluente subterráneo de remoto origen y en su tiempo, los pobladores de las colinas de Mirra construyeron innumerables canaletas de madera destinadas a proveer de agua los campamentos de leñadores que constantemente se movían de un lado a otro, por lo tanto, la idea era usar las canaletas para dirigir el agua del afluente hacia donde estaba el incendio, “…Y todo eso bajo el constante asedio de estúpidos carnófagos y ese gigante enloquecido que ahora nos odia más que antes” Concluyó Límber, poco convencido. Y agregó con forzada mala gana, “Yo los acompaño” Luego pretendió sugerir que Mica podría quedarse en ese sitio seguro junto con la pequeña Brú, pero la respuesta de la chica fue concluyente, “Ni hablar.”



Solo llevaron sus armas y su munición, todo lo demás se quedó en el refugio. Siguieron por un sendero de troncos idéntico al que usaron para llegar, que los dejaba en una pequeña plataforma provista de una escalera para bajar. Antes de hacerlo, se aseguraron de que no hubieran carnófagos merodeando cerca. Muchas de esas canaletas estaban instaladas y comenzando a podrirse bajo la hojarasca y muchas otras estaban apiladas en distintos puntos del bosque donde serían utilizadas por primera vez, pero el verdadero problema era llegar con el agua desde el afluente hasta el fuego, a través de una colina cubierta de tupido bosque. Tanco y Límber trotaban con cinco o seis canaletas al hombro entre los dos, mientras Maru cargaba esa mima cantidad él solo; Mica, por su parte, husmeaba los alrededores con su escopeta cargada en el cinto, su arco listo en las manos y la pequeña Brú atada a su espalda, sin embargo, muy pocos carnófagos logró ver y casi siempre aislados y solitarios que no representaban mucho peligro, aun así, la postura de las canaletas resultó en un desastre, porque debían modificar la dirección constantemente para lograr la pendiente deseada o solamente para sortear los árboles rocas o troncos que se interponían constantemente, describiendo una curva enorme y absurda que parecía no llegar nunca a su destino. Les llevó toda la mañana y buena parte de la tarde darse cuenta de que la idea no era viable en la práctica, al menos no en tan poco tiempo y con tan pocas manos disponibles, o mejor dicho, eso les llevó a los muchachos convencer al viejo de que no podían hacerlo, Maru reaccionó frustrado pero lo aceptó, todos estaban demasiado agotados y hambrientos y no habían avanzado ni la mitad de lo que pretendían, en ese momento llegaba Mica, “Oigan, tienen que ver esto” Les dijo con algo de consternación en el rostro. Avanzaron unos docientos metros entre los árboles hasta donde el bosque se extinguía súbitamente y una gran roca cortaba el terreno dejando un despeñadero de considerable altura, bajo este se podía ver el nacimiento de la gorda oruga de humo que se alzaba hasta los cielos como la erupción de un volcán, y en su base, los focos de fuego reptando entre los árboles y escalando sobre estos, pero de alguna manera, el fuego no se estaba esparciendo, sino que estaba siendo cercado por un anillo de bosque carbonizado que se anchaba cada vez más, restringiendo el avance del incendio y obligándolo a devorarse a sí mismo, “Esto es antinatural…” Murmuró Maru, “No…” replicó Mica, y añadió, “Eso lo es” Señalando algo que de no ser señalado, fácilmente pasaría inadvertido, Maru estiró el cuello en esa dirección aguzando la vista, mientras Límber, movido por la curiosidad, sacaba su binocular roto para ver mejor. Allí estaban, una pareja de diminutos carnófagos, debido a la distancia, tiraban tierra hacia atrás con ambas manos por entre sus piernas con incansable determinación, extinguiendo los ya débiles intentos del fuego por expandirse fuera del cerco, y no eran los únicos, si se observaba con cuidado, podían verse varios más haciendo la misma labor en el perímetro del anillo calcinado, “¿Cómo diablos aprendieron a hacer eso?” se preguntó Límber, cediendo su binocular a su compañero, este tuvo que quitarse el sudor de los ojos antes de mirar, “Pensé que el fuego los aterrorizaba” Comentó este y de inmediato fue ratificado por su compañero, “Lo hacía.” “No hay que olvidar que descienden de los antiguos humanos, como nosotros, algo de su inteligencia aún habita en ellos” Sentencio Maru, ignorante de cuánta razón tenía en realidad, Mica se restregó la nariz con energía antes de comentar, “Según Yagras de Yacú, los carnófagos son mucho más inteligentes de lo que parecen”


León Faras.


lunes, 13 de diciembre de 2021

Humanimales.

 

XXI.



Hasta que alguien te pateó el trasero” Bromeó Límber cuando su compañero llegó a su lado, Tanco caminaba apretándose una costilla con la mano y cojeando levemente de un pie, “Debiste ver cómo volaste, ¡Fue asombroso!” Agregó Mica, divertida, “Si alguien te va a dar una paliza, más vale que sea un tipo grande o mejor no se lo cuentas a nadie…” Replicó Tanco con una mueca de dolor, luego le dio un puño suave en el recio hombro de Maru para agradecerle por salvarle la vida, este lo miró con un gesto grave que luego volvió hacia el horizonte, “No debí haber hecho eso…” Señaló preocupado, pero antes de explicarse, vio con espanto cómo la pequeña Brú descendía de un árbol por una de sus escaleras, “Por todos los dioses, ¿qué le pasó a esa niña en la cara!” Dijo, agachándose incluso para verla más de cerca, con la expresión en el rostro de quién ve algo realmente desagradable y que la pequeña respondió con un suave tirón a su barba plateada, Maru la olisqueó desconfiado y luego se enderezó, “Deberían conseguirle una máscara o algo, o tarde o temprano esta niña hará que la maten” Concluyó, luego se dio la vuelta y se fue hacia la aldea. Pronto regresarían los carnófagos y más valía ponerse a salvo. Tanco se dirigió a sus compañeros antes de iniciar la marcha, “¿Por qué dijo que no debió salvarme la vida?” Preguntó en voz baja, pero solo obtuvo hombros encogidos por respuesta.



Se dirigieron hacia la cabaña con mirador a la que pensaban ir al principio, Límber le explicaba a Tanco que el regalo de Yagras había sido precisamente munición y de cómo lo habían descubierto en el momento más oportuno, “¿Cómo es que no la vimos antes?” Se preguntó Tanco, intrigado. En ese momento, Maru se detuvo de improviso y se giró hacia ellos, “Espera un momento… ¡Tú eres la nieta de Kim!” Exclamó, admirado de sí mismo, Mica se paró sorprendida, no sabía si enfadarse o alegrarse, “¡Debiste decirme que eras la nieta de Kim!” Le reprochó el viejo, apretujándola con sus poderosos brazos, “¿Ahora sí que te acuerdas de mí?” Preguntó la muchacha, contenta, pero fingiéndose ofendida, el viejo la miraba emocionado, sin poder creer lo que veía, como si el hecho de que una niña creciera, fuera algo asombroso “¡Recuerdo a la nieta de Kim, pero ella era poco más que una larva cuando se fue de aquí!” “Pues la larva creció” Replicó Mica, con sus enormes ojos bien abiertos. Después de unos segundos, cuando reanudaron la marcha, Maru añadió, “¿Y qué es del viejo Kim? supongo que…” La muchacha le confirmó lo que ya se suponía, “…el que muere en el Zolga, se queda en el Zolga, y sus restos viajan al gran océano de agua”



La cabaña nueva estaba en mucho mejores condiciones que la anterior, incluyendo sus puertas y ventanas, que sí proveían de algo de seguridad contra los carnófagos. En el mirador que tenía encima, Maru se tomó un buen rato en escudriñar los alrededores, tanto que atrajo la curiosidad de los muchachos, “Cuando yo era muy joven…” Comenzó Maru, “…hubo aquí uno de los incendios más grandes que se hayan visto en Mirra o en cualquier otro lugar. Eran aterradoras murallas de fuego avanzando por todos lados, como un ejército imparable, contra el que no se puede hacer nada, ¿entiendes?” Y luego de unos segundos añadió, “No debí usar esas flechas de fuego” Se lamentó. Desde allí, podían tomar un precario sendero construido con troncos atados a los árboles a modo de puente, hasta el refugio seguro del que Maru habló, pero para llegar allí debían abandonar el carro, así es que Límber se ató a la pequeña Brú como un bulto a la espalda y subió la escalera detrás de Maru. Mientras este cruzaba de un lado a otro dando confiadas zancadas, el resto veía y oía con espanto como los troncos parecían ceder con cada paso y crujir como huesos viejos con cada gramo extra de peso sobre ellos y todo aquello a una respetable altura, parecía un tramo infinito, pero en realidad no era tan largo y pronto llegaron a la zona segura. Se trataba de una plataforma bastante amplia construida sobre los árboles y entre estos, rodeada de toscas barandillas y parcialmente cubierta de techo, además de lo que cubría el propio follaje de los árboles, como una gran casa del árbol sin terminar. Había sido construida por los últimos habitantes de los bosques de Mirra cuando los carnófagos los invadieron, pero de estos solo quedaba Maru y para este, el sitio estaba bien como estaba. Contaba con un receptáculo hecho de barro y piedra en el centro, como el nido de algún ave prehistórica, para encender fuego en él, sobre el cual, colgaban numerosas ratas despellejadas y atadas de sus colas, que se conservaban gracias al humo que absorbían. De las ramas de los árboles colgaban numerosos sacos atados que contenían provisiones, desde raíces o algunos frutos secos, hasta huesos de carnófago que Maru utilizaba para fabricar puntas de flechas. También podían encontrarse numerosos utensilios y herramientas abandonadas por sus antiguos dueños. Era un lugar perfecto para comer algo y descansar como se debía, y para compartir una de las botellas de licor de flores que les quedaba. Maru lo recibió fascinado, “Ese Bardú es un inescrupuloso sinvergüenza, pero fabrica uno de los mejores licores de flores que haya probado”



¿En serio creen que es una niña humana pura?” Preguntó Maru, con media rata ahumada entre sus mandíbulas, “Bueno, existe una posibilidad de…” Comenzó Mica, pero el viejo la interrumpió apenas pudo tragar el bocado que masticaba, “¿Es que alguno de ustedes ha visto uno alguna vez? ¿Alguien en todo el mundo sabe cómo un humano puro debe verse?” Tanto Límber como Tanco masticaban su comida en silencio sin intenciones de intervenir, pero Mica estaba animada, “Mi abuelo decía que había humanos puros más allá del océano de arena, ¡dijo que los vio una vez!” “¡Cadáveres!” Replicó Maru al instante, “Cadáveres fue lo que vio, conservados como ratas secas por la sal y el sol del desierto. Yo también los vi, eran como carnófagos momificados con ropa, y si te dijo que le hablaron, lo siento chica, pero solo se estaba pavoneando contigo, el viejo Kim lo hacía tanto como cualquiera” Mica comprendía que ella era una niña, y que quizá su abuelo solo quería contarle una buena historia, pero aún así quedaba un cabo suelto, “El punto es que, si no podemos decir que es humana pura porque nadie ha visto uno nunca, tampoco podemos decir que no lo es, por el mismo motivo.”


León Faras.



miércoles, 1 de diciembre de 2021

Humanimales.

 

XX.



Tanco salió de la cabaña detrás de Maru, pero cuando se volteó para asegurarse de que su compañero salía con el carro seguido de Mica, se dio cuenta de que Maru había desaparecido, en dos segundos se había evaporado, incluso lo buscó arriba, en las copas de los árboles, pero no pudo ver ni rastros de él. En ese momento, la mitad de la cabaña colapsaba por la lluvia de golpes y Yuba veía furioso como se escapaban sus presas. Límber era el más vulnerable en ese momento, porque su huida con el carro sería la más lenta y torpe y la pequeña Brú estaba demasiado aterrada para salir de ahí. El gigante los persiguió a ellos precisamente, amenazándolos con su vara en alto, Tanco los observaba, tal vez podían internarse en una zona del bosque en la que al gran Yuba le costaría moverse, pero este tenía más recursos que solo su tamaño, porque en ese momento sacó de su cinturón una honda que de inmediato preparó y comenzó a hacer girar para lazarles una pedrada que de pura suerte se estrelló contra un árbol, pero que dejó al incursor congelado hasta las orejas tras este. El gigante se le aproximó dando zancadas, Tanco estaba expectante, esperando a que su compañero huyera del peligro, para correr a esconderse él también. Yuba ya estiraba su gran mano sobre aquel, listo para atraparlo, pero en el último momento debió retirarla con una detonación y algo de ardor en los dedos, similar al de quien coge por accidente algo demasiado caliente, Mica acababa de gastar su único tiro de escopeta y les daba a ambos la oportunidad de seguir huyendo, sin embargo, y Tanco lo sabía, Yuba no los dejaría ir fácilmente, y a aquellos ya no les quedaba nada de munición. Esperó, solo salvarían la vida si lograban ocultarse, pero sería muy difícil si el gigante de Búlvar no les quitaba el ojo de encima. Límber corría a todo lo que podía, zigzagueando entre los árboles con el carro para evitar más pedradas y seguido de cerca por Mica, que corría con su arco preparado, aunque sabía muy bien que poca cosa podría hacer con él contra un piel-dura. Corrían sin mirar atrás, pero podían oír el estruendo que hacía el gigante tras ellos, hasta que en frente, vieron que Tanco se dirigía en perpendicular y a toda velocidad hacia ellos, anunciándoles con señas y gestos que siguieran su huida mientras él se ocultaba tras un árbol para sorprender al gigante. Sabía que no podía matarlo con su escopeta ni aunque le quedaran una docena de tiros, pero con uno solo podía fastidiarlo lo suficiente como para que dejara de perseguir a sus compañeros y lo siguiera a él, quien tenía más posibilidades de escapar solo. Apenas Yuba pasó por su lado, Tanco salió tras él y le disparó directo en el culo, una zona sensible incluso para la impenetrable piel del gigante, cuya infinidad de marcas y cicatrices evidenciaba lo mucho que era capaz de resistir. Quiso reírse con burla y aire triunfal, pero su plan había resultado mejor de lo que esperaba y el gran Yuba se había volteado y amenazaba con destrozarle todos los huesos con su vara.



Límber trataba desesperadamente de recobrar el aliento escondido tras un árbol con una escalera, mientras Mica se aseguraba de que la pequeña Brú estuviera bien. La niña se asomó por debajo de su manta, donde se sentía segura a pesar de todo lo que debía sacudirse su escondite, y desde allí le estiró a la chica una caja, una caja de la que Mica ya no se acordaba, pero que esta tomó con curiosidad: era la caja que Yagras de Yacú les regaló a cambio de devolverles su brújula y nadie la había abierto aún. Cuando Mica lo hizo, se llevó una sorpresa que de inmediato compartió con Límber.



Tanco comprendió que debía correr, y emprendió la huida tan rápido como pudo, pero eligiendo tan mal su ruta de escape, que el gigante de Búlvar lo alcanzó con pocas zancadas y lo pateó, arrojándolo al suelo en mitad del claro de la aldea, Tanco se puso de pie de inmediato, con soberbia, pero apenas lo hizo el dolor lo obligó reclinarse sobre un costado acusando al menos una fractura, con torpeza comenzó a recargar su escopeta con su último tiro, retrocediendo inútilmente; con uno de sus tobillos adoloridos y con el gigante jadeando frente a él, con gesto satisfecho de haberse desquitado y con su vara preparada para acabar con el trabajo, entonces Tanco escuchó un disparo que no era el suyo, al tiempo que Yuba se agarraba la cabeza y se volteaba, rugiendo molesto. Era Límber quien le apuntaba con su rifle y quien le había disparado a la nuca, pero al gigante le pareció que aquel era un problema secundario y que debía encargarse del que tenía enfrente primero. Tanco no tuvo tiempo de nada, vio al gigante voltearse y en el mismo movimiento, preparar su vara para darle el golpe de gracia, pero en ese momento, un fuerte empellón lo arrojó al suelo. Maru había regresado de quién sabe dónde y atravesando el mango de su hacha con sus poderosos brazos, contenía el terrible golpe del gigante, no sin salir volando un par de metros, aunque saliendo relativamente ileso de aquella osadía digna de presumir en cualquier taberna. Límber volvía a disparar a la cabeza de Yuba y Mica se le unía con su escopeta corta causándole escozor en las rodillas, logrando la atención del gigante para que Maru sacara a Tanco de allí. Lo arrastró casi sin esfuerzo a una suave pendiente en el bosque donde tenía uno de sus numerosos escondites, un agujero cubierto con una tapa, perfectamente disimulada por la abundante hojarasca, en el que él mismo había permanecido oculto poco antes, y del que pudo ver todo lo que sucedía “Descansa un poco, muchacho” Le dijo el viejo, antes de correr hasta un punto del claro en el que se desembarazó de todas sus cosas y comenzó a encender una pequeña fogata, mientras el gran Yuba correteaba a Límber y Mica, quienes se escabullían entre los árboles con agilidad y más soltura sin tener que tirar del carro. Tanco lo veía todo desde su escondite y no entendía bien qué rayos estaba sucediendo. En tanto, Maru seleccionaba algunas de sus flechas, metía sus puntas en una botella de un líquido que había comprado hace un tiempo a un comerciante forastero, y las ensartaba en el suelo frente a él, cuando tuvo varias de ellas listas, comenzó a encenderlas en la fogata y a lanzarlas contra el gigante de Búlvar. Algo que muy pocos habían visto hacer antes, pero que resultó muy efectivo, porque un par de flechas encendidas, clavadas a su espalda, eran capaces de enloquecer a cualquiera, sintiendo el ardor de la quemadura, pero sin poder alcanzar su fuente para aliviarla. El gran Yuba se retiró, dando gruñidos y desesperados manotazos al aire, frustrado y asustado por el dolor que sentía y del que no podía deshacerse.


León Faras.