sábado, 30 de julio de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XIII.



Oh, padre, no creo que eso sea prudente, acabamos de llegar y aún debemos instalarnos debidamente…” Dijo Migas, mientras repasaba sobre una piedra plana una y otra vez un viejo cuchillo, ya que el anterior lo había perdido, y miraba de reojo a la pareja de jóvenes que permanecían atados e inconscientes, “Oh sí, padre, la chica estaría muy bien de seguro…” dijo con una sonrisa algo reprimida, y agregó volviendo de súbito a la seriedad de antes, “…pero debemos ser cautelosos, padre, porque si nos vuelven a correr de aquí, ¿a dónde iremos esta vez?” En ese momento, Nina comenzó a volver en sí, estaba sentada en el suelo, con las manos atadas a la espalda y una mordaza en la boca con un sabor muy raro y lo primero que vio casi la vuelve a poner en estado de inconsciencia: era el horrible viejo momificado que antes había caminado hacia ella y que estaba convencida de que había salido en forma de alucinación de algún rincón recóndito de sus pesadillas más turbias, pero ahora estaba arrellanado como un trapo sobre una viejísima silla de brazos, con su nubosa vista perdida, la oscura e inhóspita boca abierta y… Nina forzó la vista con una mueca de asco, sí, una mosca salía de una de sus fosas nasales y se echaba a volar, luego de un corto paseo por el acartonado rostro del anciano, sin que este moviera un solo músculo siquiera. Era tan difícil de creer que esa cosa estuviese viva, que ahora ya no estaba tan segura de lo que había visto antes. Con uno o dos puntapiés en la canilla hizo que su enamorado se despertara y dejara de babearle el hombro. Él había oído historias de pequeño sobre el viejo Migas, como que raptaba a los niños mal portados para comérselos y cosas así, pero al llegar a cierta edad había dejado de creer en ellas, por supuesto, sin embargo, aquel hombre macilento, de pelo grasiento y lacio y pestañear forzado, se veía tal como el de aquellas historias, y el cuchillo que tenía en la mano definitivamente era muy real, “¿Quiénes son ustedes y qué hacen aquí?” Preguntó el viejo con tono muy disgustado, “¡Es que no saben que esta propiedad nos pertenece? ¡Que perteneció al padre de mi padre y que tenemos todo el derecho de estar aquí, mientras que ustedes no son más que unas sucias sabandijas invasoras!” Migas gesticulaba aparatosamente y con su más que convincente cuchillo en la mano, mientras que los asustados muchachos no hacían más que balbucear excusas y ruegos a través de sus mordazas, “¡Qué es lo que están buscando aquí? ¿Creen que no lo sé! ¡Qué no los vi? ¡Vienen a desahogar sus sucios impulsos en este hogar, buscando reproducirse en todo momento y por cualquier parte, como animales!” Su gesto asqueado era legítimo, ya que desde su más tierna juventud, hace mucho, mucho tiempo, la rígida moralidad impuesta por su padre, había rigurosamente desterrado de su cuerpo y de su mente cualquier necesidad o apetito de carácter sexual, llegando a considerar esto último, como el más sucio, improductivo e intolerable de los vicios y a la castidad como a la más poderosa de las virtudes, “Sí padre, tienes mucha razón, si se reproducen como cerdos, deberían ser tratados como cerdos” Dijo, acercando el brillante, aunque algo mellado filo de su cuchillo a la mejilla de Tobi, quién no podía abrir más los ojos en ese momento, ni aunque se lo pidieran. Entonces, Migas sintió de pronto un olor repugnante que lo detuvo, y comenzó a olfatear al muchacho cada vez más de cerca y con más ímpetu, hasta comprobar que no se equivocaba: todo el lugar olía a mierda de cabra, pero el chico apestaba a las mismas cabras de pie a cabeza. “¡Eres un maldito cabrero! ¡Maldición!” El viejo Migas se alejó de él como si hubiese sido golpeado en la nariz, “Sí padre, lo sé. Eso significa que esos bichos inmundos no tardarán en…” Exclamó, mientras se asomaba por la ventana para comprobar con infinita decepción como su propiedad era invadida por una multitud de bulliciosas y apestosas cabras, que apenas llegaban comenzaban a devorarlo todo… todo, y a sembrar el terreno por completo con su caca, como si de una plaga bíblica se tratara. Migas no lo dudó, desató al muchacho en el acto y a tirones y empujones lo sacó de su casa, “¡Lárgate de aquí, y llévate todos tus mugrosos animales contigo!” Tobi salió a trompicones de la cabaña para aterrizar en los brazos de su padre que había llegado hasta allí siguiendo al rebaño de cabras, “¡Qué rayos haces tú con mi hijo!” Le espetó el hombre, Migas estaba realmente indignado, “¿Ese rapaz apestoso e indecente es tu hijo? ¡Pues deberías saber controlarlo para que no ande invadiendo las propiedades ajenas en busca de saciar sus inmundos apetitos!” El hombre se ofendió, “¡Ese serás tú! ¡Qué más inmundo hay que cocinar a tus vecinos, viejo sucio!” “¡Calumnias! ¡Infundios! ¡Embustes de gente que para no ver su propia porquería, se empeña en inventar la de los demás!” respondió Migas, y la discusión ya comenzaba a dilatarse subiendo de volumen cada vez más, hasta que el otro hombre recordó que tenía una hija, “¿Y Nina?” Preguntó, Migas estaba furioso, “¡Quién demonios es Nina?” Gritó. Entonces Tobi, aliviado como se sentía de estar libre y entero, se atrevió a intervenir tímidamente en favor de su novia, diciendo que Nina era la muchacha que mantenía dentro amordazada, “¡Ah, esta es tu hija?” Preguntó el viejo, señalando algún punto dentro de su casa, “¡Pues déjeme decirle que las caricias libidinosas son su fuerte!” El hombre amenazó con golpearlo por tal atrevimiento, pero Migas continuó sin intimidarse, “Estos dos sinvergüenzas, invadieron mi propiedad sobajeándose el cuerpo entero, enroscados como serpientes que se aparean, con sus bocas pegadas y sus asquerosas lenguas cambiándose de una boca a la otra sin ningún pudor; intentaron meterse en mi hogar y le dieron un susto terrible a mi padre, que a su edad no puede estar sufriendo ese tipo de sobresaltos…” Los hombres pudieron echar un vistazo y ver el cadáver tirado en una silla al que Migas señalaba como su padre, el cual no había cambiado nada desde la última vez que lo habían visto, hace muchos años, y se preguntaron cómo era posible que aquello pudiera llegar a sobresaltarse de alguna forma. Migas continuó, “¿La quieren? ¡Claro que se las daré! ¡Faltaría más!” Y fastidiado, como ya estaba, entró en su casa, levantó a la chiquilla de un brazo y sin quitarle la amarra ni la mordaza siquiera, la lanzó fuera sin consideraciones de un empujón, como quien echa afuera a una mascota que se ha cagado en la alfombra, por suerte afuera había quien la recibiera o se hubiese dado de cara contra el suelo de seguro, luego, y muy ofendido, los increpó a todos, exigiéndoles que abandonaran su propiedad de inmediato con todos sus molestos bichos y que no regresaran nunca o ya no sería tan cortés, para terminar con un sonoro portazo en las narices de sus desagradables visitantes. Migas se quedó unos segundos con la oreja pegada a la puerta, para luego voltear y sonreírle maliciosa pero brevemente a su padre, “¡Vamos, padre, no estuvo tan mal!”


León  Faras.

sábado, 23 de julio de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XII.



Los soldados cizarianos que buscaban al príncipe Rianzo, luego de la exhibición de combate con Féctor, decidieron regresar al cuartel sencillamente porque estaban agotados, hambrientos y no podían seguir registrando cada rincón sin tener ni una sola pista que seguir. Solo informarían que no habían encontrado nada y dejarían que sus rostros demacrados hablaran por ellos. Por otro lado, cuando Féctor se recuperó del tren de noventa kilos que le había golpeado la cara y arrojado al suelo, se dio cuenta de que Vanter se había guardado en el cinto la espada cizariana que le habían dejado y que le apuntaba al cuello con la suya, con una más que sospechosa sonrisita en el rostro “¿Te vas a enfrentar con una rama de árbol contra mí también?” Féctor lo miró fastidiado, como al amigo borracho que no deja de repetirse, mientras se limpiaba la porquería negra que le había brotado de la nariz, “¿Qué rayos quieres de mí, Vanter? ¡Rimos ya no existe! Ahora pertenece a Cízarin y tú eres tan indeseable como yo para ellos, ¿quieres ir hasta allá para que te conviertan en una antorcha? ¡Perfecto! Pero yo no iré contigo a ninguna parte… ¿Y sabes qué? hasta donde sabemos, tú y yo somos los únicos que quedan del infame ejército de inmortales, ¿Por qué no me das esa ridícula espada cizariana y acabamos con esto? ¡El primero que le corte la cabeza al otro, gana!” Vanter solo lo miraba, impasible como siempre, “No pienso llevarte a ninguna parte conmigo…” Le dijo con ese tono insoportablemente calmado que siempre usaba, y agregó, “Y si hubiese querido matarte, te hubiese prendido fuego mientras pendías de ese árbol… no” Le estiró la mano para ayudarlo a ponerse de pie, Féctor estaba confundido, pero Vanter era el sinónimo de honor y entereza en el que todo el mundo podía confiar. Aún con recelo, el traidor aceptó la ayuda, “Lo que yo quiero…” Anunció Vanter mientras le agarraba la mano con fuerza, “¡Es tu grandeza!” Concluyó, al tiempo que cogía la pequeña espada cizariana de su cinto y la dejaba caer sobre la muñeca del traidor, rápida y certera, amputándole la mano derecha de un solo golpe y para siempre. Féctor gritó el “NO” más furioso brotado de sus entrañas, más por rabia y frustración que por dolor físico real; el perro feo, que hasta ese momento solo dormitaba junto a las brasas, ladró como si se hubiese sentido aludido u ofendido y Vanter, frío e impasible, arrojó el miembro amputado a las ascuas donde no tardó en arder hasta consumirse por completo, luego montó su caballo y antes de irse seguido del perro con dirección a Cízarin, dejó ensartada la espada cizariana, manchada con la sangre negra de los inmortales, en la rama de un árbol. Féctor se quedó allí, tirado en el suelo sujetando su muñón ya monstruosamente cicatrizado, negándose una y otra vez lo evidente, incapaz de convencerse de lo que acababa de suceder, mordiendo su rabia e impotencia hasta hacerle brotar lágrimas de los ojos. El mejor espadachín de Rimos no era nadie ahora.



Pocos minutos después, Féctor se daría cuenta de que estaba siendo observado con curiosidad desde el camino, por un hombre harapiento y encapuchado que tiraba de un asno cargado con leña. Él no lo sabía, pero Gan ya llevaba un rato ahí parado y había visto lo que acababa de suceder y también había visto al hombre que hace poco se había ido en su caballo. Sin embargo, ese no era su problema, por lo que solo se limitó a hacer una tímida y respetuosa reverencia y seguir su camino.



Escuche capitán, mi nombre es Qrima, fui soldado de Cízarin en mi juventud y respetado entrenador de arqueros por más de quince años, tengo muchos amigos ahí y ahora mismo un destacamento cizariano viene subiendo hacia acá a tomar posesión de Rimos y hacer respetar su autoridad. No busco problemas con usted ni con nadie, solo busco noticias para mi sobrina sobre su prometido, el desertor” Dagar lo miraba como aturdido, no estaba borracho, solo increíblemente agotado, “¿Es eso cierto? que los cizarianos ya vienen…” Qrima asintió, “Sí señor, los avisté mientras subía. No tardan en llegar” El capitán estaba moralmente derrotado, pronto tendría que rendirle cuentas a los oficiales enemigos y eso le escocía las entrañas. Se dirigió al cantinero, “Roma, ¿cuál es el destino de los desertores en Rimos?” “La muerte, señor” respondió aquel de inmediato, “¿Y su cuerpo?” Agregó Dagar, “Su cuerpo es abandonado como comida para las alimañas” Recitó el cantinero, “Ahí tienes tu respuesta” Concluyó el capitán, al tiempo que ordenaba el desalojo del local por parte de todos sus subalternos y se retiraba con ellos para darle la bienvenida al general Fagnar y su tropa.



Ya eran las primeras hora de la tarde cuando Emmer y Janzo avistaron la ciudad libre de Bosgos y pensaron en detenerse a comer un trozo de la increíble pieza de carne curada que le habían comprado a aquel viejo raro en el camino y que aún no habían probado, pero no pudieron hacerlo porque fueron invadidos por un verdadero río de impertinentes cabras que en segundos lo inundó todo y se quedó ahí como estancado, con todos los animales mirándose entre sí y sin que ninguno se decidiera a moverse a ninguna parte. Cuando lograron sortearlas y salir de en medio a punta de empujones, puntapiés y algunas corneadas poco amistosas por parte de las cabras, se encontraron con dos hombres que se acercaban discutiendo airadamente, “¡Tu hijo es un vago irresponsable! ¡Mira hasta dónde han llegado mis cabras porque nadie las está vigilando! ¡Y encima tiene la cara para cobrarme!” Discutía uno, “¡La culpa es de tu hija! ¡Que no para de moverle el trasero a mi hijo como una gata en celo! ¡Crees que no la he visto como lo mira? ¡si parece que cualquier día se lo va a comer!” Alegaba el otro, “¡Mi hija es una señorita bien educada y no le mueve el trasero a nadie! ¡Es tu hijo el que no deja de acosarla y perseguirla como un sinvergüenza pervertido!” Gritaba el primero, “Mi hijo era un buen muchacho, ¡Maldita la hora en que conoció a tu hija!” Se quejó el segundo. La discusión era tan fuerte, que cualquiera que pasara por ahí podía enterarse de lo que sucedía, aunque no tuvieran ningún interés en ello. Como los hombres estaban a punto de empezar a darse de golpes en la cara en cualquier momento, Emmer decidió intervenir, “…Venimos de una tierra que está en guerra, los huérfanos y las viudas se cuentan por cientos, los padres lloran a sus hijos y ustedes discutiendo entre sí por los suyos, en vez de solo ponerles un poco más de atención” Los hombres enmudecieron y lo miraron sin poder comprender quién diablos era ese tipo y por qué les estaba hablando, incluso Janzo lo miró preocupado, “Hablas como una anciana” Le dijo al fin. En ese momento a uno de los hombres le llamó la atención el trozo de carne curada que Janzo aún tenía en la mano, “¿De dónde sacaron eso?” Preguntó, el cizariano le respondió y ambos hombres se miraron entre sí, “Por lo que dice, ese es el viejo Migas. Si yo fuera usted, no comería eso…” Dijo uno, “Al viejo Migas lo echaron de Bosgos hace varios años por sospecha de curar y vender carne humana” Añadió el otro, “Algunos aseguran que eran más que solo sospechas, sobre todo porque el viejo no tenía ningún cerdo” Concluyó el primero abriendo unos ojos enormes. Iban a seguir con la historia, cuando una tosca campanilla empezó a sonar y a alejarse, y tras ella, todo el rebaño de cabras empezó a moverse y a introducirse por un estrecho pasadizo entre la vegetación, aquello que sonaba era el cencerro de la cabra líder, que era la que tenía la relación más larga y estrecha con el cabrero y que era capaz de seguir el rastro de este como si fuese un perro, mientras las demás cabras la seguían a ella, los hombres sabían eso, pero no comprendían lo que estaba sucediendo, hasta que consideraron hacia dónde conducía ese camino y uno lo señaló en voz alta “…hacia la antigua cabaña abandonada del viejo Migas…” Mientras que Janzo, aún miraba incrédulo su apetitoso trozo de carne, “Espera… ¿dijo carne humana?”


León Faras.



viernes, 15 de julio de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera Parte.

 

XI.



Cuando entramos en combate…” Comenzó Janzo, mientras ambos caminaban junto al caballo, “…encontramos a un solo enemigo en nuestro camino…” Emmer le escuchaba en silencio. “Era un soldado, pero estaba más que borracho, estaba completamente idiotizado, como si le hubiesen dado uno de esos hongos bosgoneses que no te matan pero te sacan del cuerpo…” Emmer recordaba haber visto a un solo hombre enfrentarse a un escuadrón mientras buscaba a Nila y gracias a él pudo escabullirse, pero estaba muy lejos y oscuro y no lo reconoció, lo que sí recordaba, era que aquel hombre se movía como si estuviera completamente ebrio. Janzo continuó, “Tenía unas grotescas marcas en la cara y el cuerpo que nunca había visto antes, cicatrices como la que tú llevas en el pecho…” Lo dijo sin siquiera mirarlo, como quien comenta algo casual y de poca importancia. Emmer había intentado ocultar su cicatriz lo mejor posible, pero no mientras dormía. Ahora escuchaba a su compañero con especial atención, “…después de decapitarlo, sin que ese pobre infeliz se inmutara siquiera ante la hora de su muerte, pudimos ver que su cabeza, aun separada de su cuerpo, seguía moviendo los ojos e intentando hablar…” Emmer, mientras estuvo en la batalla, nunca vio un rimoriano decapitado, pero aquello de la cabeza parlante sonaba definitivamente a un inmortal de Rimos. Lo que sí recordaba perfectamente, era la imagen de sus compañeros ardiendo como antorchas, abrasados por un fuego que él no se explicaba qué era y contra el que no les había valido de nada su inmortalidad, “Poco después…” Continuó su compañero, “…enfrentamos enemigos que caían con heridas mortales y volvían a ponerse de pie y seguir peleando como poseídos… dime ¿qué clase de droga usaron y qué marcas son esas?” Emmer lo consideró unos segundos pero luego decidió hablar con la verdad y contarle, después de todo, la batalla había quedado muy atrás para ambos y ninguno de los dos pensaba regresar a ella. Le habló sobre la fuente de Mermes, la inmortalidad y las asquerosas cicatrices con las que su cuerpo se sanaba milagrosamente, “Esta me la hizo un capitán cizariano mientras intentaba huir de la ciudad para poner a salvo a mi prometida… y esta otra me la hizo un oficial rimoriano cuando me atraparon desertando de la batalla… oficialmente fui ejecutado por deserción” Concluyó Emmer, levantándose la ropa y enseñando sus horrorosas marcas. Janzo lo miró desconcertado, había oído de la diosa Mermes y sus prodigiosas lágrimas, pero creía que solo eran historias de los viejos, el rimoriano estaba de acuerdo, “Todos creíamos eso, hasta que la fuente apareció y nos dieron de beber de ella” Janzo asintió, meditando todo aquello por unos segundos, para luego añadir con marcado desagrado, “Hueles horrible” Emmer lo admitió con gesto resignado.



Mientras Qrima cruzaba los pilares de la entrada a Rimos, la niña pequeña avanzaba con paso firme y la vista al frente por la vera del camino, con una marcialidad envidiable que no se veía alterada ni por los guijarros que la hacían tropezar de vez en cuando, y que llamaba la atención de varios de los soldados cizarianos que marchaban en sentido contrario. Estos llegaron a creer que la pobre debía de ser sorda, porque aunque algunos la hablaron para saludarla o por simple curiosidad, la niña no les hizo ningún caso, solo un mulero que venía al final la cogió por el brazo y la detuvo con algo de brusquedad, para saber qué diablos le sucedía y por qué ignoraba a todo el mundo, pero el perro pequeño que la seguía reaccionó con tal grado de agresividad, que el mulero retrocedió de un salto. La niña miró al perro como culpándolo de arruinar su poder de “inadvertencia” y sin una sola palabra reanudó su camino, seguida de su incondicional compañero canino. Otro mulero que iba cerca le comentó a su colega con todo lastimero, “Seguro que la pobre nació idiota.” Seguramente quería decir sordomuda, pero idiota era cualquiera que no tuviera la capacidad o facilidad de entendimiento, incluyendo a los sordos de nacimiento.



Rimos era una ciudad muerta donde nadie hacía guardia ni controlaba quien entraba o quien salía, como un pollo sin cabeza cuyo cuerpo corre sin ir a ninguna parte hasta caer. Había soldados borrachos riendo junto a otros que lloraban desconsoladamente, y un cuerpo al que nadie le prestaba la menor atención, que ardía en una pira cerca de allí, aquel era Serna, el clérigo, aunque eso Qrima no lo sabía y por un segundo se imaginó que podían estar incinerando el cuerpo del desertor, iba a acercarse a preguntar, pero en cuanto reconoció al capitán Dagar entre los que estaban allí, prefirió acomodarse la capucha y seguir su camino sin desviarse. Le parecía un buen soldado, pero quisquilloso como pocos y de carácter algo caprichoso también, capaz de fastidiarlo si le reconocía y Qrima, a su edad, era un hombre que buscaba alejarse de las complicaciones. Se dirigió al Tres Cuernos como Gan le aconsejó, un sitio tosco y no muy limpio, pero acogedor y bien abastecido para ser una taberna de Rimos, donde pidió una cerveza para quitarse el polvo del camino atascado en su garganta, el lugar estaba poco menos que vacío, solo estaban los soldados más jóvenes y novatos, aquellos cuyo patriotismo no estaba del todo desarrollado, o era casi inexistente y les daba lo mismo un rey que otro. Uno de los jóvenes, tenía una pequeña audiencia cautivada con la historia de un hombre al que habían atravesado con un puñal en frente de sus ojos, y el tipo seguía vivo como si nada. A Qrima le parecía haber visto a ese muchacho la noche de la huida, pero no estaba muy seguro, todo suele ser muy diferente debajo de un aguacero como el de esa noche, aun así se aprovechó del tedio del cantinero, un hombre tan mayor como él pero el doble de obeso y con toda su cabellera aún intacta, para que le pusiera al corriente, “Aquel es Cuci, dice que atraparon a un soldado de Rimos desertando y que fue ajusticiado con un puñal en el corazón pero no murió, que la fuente los hizo inmortales o algo así. Yo no me fiaría de él ni un poco, señor, es un soñador que vive con la cabeza en las nubes y cualquier día la pierde por eso, se lo aseguro, además, si eran tan inmortales, ¿por qué perdieron la batalla? ¡eh? Las personas como él creen en todo lo que oyen…” Iba a seguir con alguna de sus muchas historias, cuando un oficial de más alto rango entró y se acercó a ellos. Cuci se quedó mudo al instante. “Sabía que eras tú” Dijo Dagar, mirando al viejo a la cara, “¿Que pasó con el coche lujoso que conducías, abuelo?” Qrima respiró hondo, era justamente eso lo que deseaba evitar.


León Faras.

viernes, 8 de julio de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

X.



Apenas comenzando el empinado ascenso a Rimos, Qrima se cruzó en el camino con la niña cuyo poder más grande radicaba en la habilidad de moverse por el mundo pasando inadvertida, a veces no lo conseguía, pero eso era por culpa del tonto perro que obstinadamente la seguía, o eso era lo que ella creía. El viejo la miró y se preguntó para qué rayos llevaría ese trozo de leña bajo el brazo o para qué lo querría, y aunque tuvo la débil intención de preguntárselo, la pequeña no le dirigió ni la más mínima mirada al pasar junto a él, ignorándolo por completo, como si no existiera, al igual que a los dos pieleros que hace rato la seguían. Barros y su hijo Petro sí se detuvieron a saludar al viajero, “Te deseamos un buen camino y mejor jornada, aunque este sea un infausto día en el lugar a donde vas” Qrima devolvió el gesto y explicó que estaba enterado de todo y que viajaba con la intención de averiguar sobre el destino de un soldado rimoriano, “…Es que es el prometido de mi sobrina… la pobre está muy preocupada” Se excusó con gesto afligido, ambos pieleros le devolvieron rostros doblemente afligidos, “La noticia es que no regresó ni uno solo de los soldados que partieron. Ni tan solo el rey” Respondió Barros, “Solamente el príncipe Ovardo, pero su estado es lamentable y ni siquiera participó en la batalla; nosotros mismos custodiamos su camino hasta aquí” Agregó su hijo Petro, profundamente afectado, para luego añadir en tono de sano cotilleo, “Dicen que se trata de algún tipo de hechizo maligno…” Al mismo tiempo, su padre contemplaba el horizonte donde algo llamó su atención, “Por todos los dioses. Este sí es un buen día para ser un rimoriano muerto, ¿no?” Comentó, señalando en la distancia a un escuadrón de soldados cizarianos, comandados por el general Fagnar, que marchaban a Rimos para tomar posesión de este, seguido de un largo séquito de carreteros y muleros, básicamente, el grupo de saqueadores enviado por el rey Siandro para coger su compensación. Qrima decidió que debía irse, pronto los soldados rimorianos estarían muy ocupados como para poder hablar con él. Allá abajo, la niña pequeña continuaba con su camino, resuelta. Muy pronto necesitaría de todo su poder de “invisibilidad” para atravesar el batallón que se le aproximaba.



Tobi era un cabrero flacuchento e imberbe que aún no llegaba a los veinte años, pero que ya se sentía en el mejor momento de su vida gracias a que había conseguido una novia que al igual que él, siempre estaba dispuesta a escabullirse para encontrarse con él a solas y disfrutar de los placeres del cuerpo. Ella era una jovencita regordeta, menor que él, llamada Nina. Y debían hacerlo así, porque el padre del muchacho no esperaba de él nada más que trabajo y trabajo y la boca siempre bien cerrada, y el padre de ella no quería verlo cerca de su hija bajo amenaza de molerle su delgaducho cuerpo a palos, por lo que, dentro de sus muchos niditos de amor, aquella mañana escogieron la vieja cabaña abandonada en el bosque, en las afueras de Bosgos. Al llegar, se reunieron ansiosos, y entre besos desmesurados y elocuentes e inapropiadas caricias se dirigieron a la puerta, pero esta, por primera vez desde que la visitaban, estaba cerrada por dentro y aunque Tobi insistió enojado y le soltó un par de insultos, no pudo abrirla. Por un segundo puso atención a su alrededor y vio lo que era parte de una carreta al borde de ser considerada carne de fogata, pero cuando Tobi estaba dispuesto a investigar quién les había robado a él y su enamorada su lugar especial, descubrió que Nina estaba paralizada, intentando desesperadamente, pero sin éxito, formar un solo sonido con

 su boca. Caminando hacia ellos, con un andar vacilante e inestable, se acercaba un anciano cuyo mal olor le precedía, pero no era un anciano normal, sus ojos eran grises como la ceniza, su boca abierta, en la que no se podía ver nada de lo que debería haber ahí, parecía como un pozo de hedor sin fondo, sus huesos estaban a la vista bajo un pellejo reseco que lucía agrietado como una vieja pared de barro, grietas de las que hace mucho no escurría ni una sola gota de sangre, además, el anciano estiraba una de sus esqueléticas manos de uñas sucias y rotas hacia ellos, como si anhelara algo incapaz de expresar. Por fin Nina desató el nudo que la paralizaba dentro de su cerebro y un grito largo y agudo brotó de lo más profundo de su ser, al mismo tiempo que la puerta de la cabaña se abría y de ahí salía un trozo de leña que noqueaba de un golpe en la cabeza al pobre de Tobi. Acabado su grito, la buena de Nina procedió a desmayarse, como si hubiese gastado con ese grito todo el oxígeno del que disponía su cuerpo y se quedó tirada en el suelo junto a su novio. En la puerta estaba parado el viejo Migas, con el ceño apretado y la boca torcida, “¿Padre, dónde estabas?”



Nazli ya se había levantado, aseado, desayunado sopa de pescado con cebolla y ya había empezado a limpiar el desorden que quedaba de cada noche, cuando aparecieron en la puerta sus nuevos amigos: el tipo grande de la nariz maltratada y su compañero calvo con cara de roedor. Para ese momento, la chica ya se había enterado por Grisélida que aquellos tipos podían comportarse como imbéciles a veces, pero que en realidad ambos eran buenas personas. Supo que el grandulón se llamaba Chad y que su nariz maltratada y otras marcas en su cuerpo se las debía a su padre, cuyo pasatiempo favorito fue golpearlo durante mucho tiempo. También que era pescador como casi todos allí y que tenía un hijo del que se sentía orgulloso y al que, bajo juramento, jamás le pondría un dedo encima. Su compañero se llamaba Pidras y trabajaba en el muelle desde que su madre murió cuando era un niño. Que no lo maltrató nunca su padre porque jamás lo conoció, pero sí la vida, mediante el hambre, el frío y otras necesidades. Que una mujer le había roto el corazón hace muchos años y que eso lo había vuelto un resentido que no confiaba sus sentimientos a ninguna mujer que no fuera prostituta, porque al menos ellas sí eran honestas. Llegaban a esa hora en busca de atención, pero no de la habitual, sino de una más inusual. Pidras había sido pateado aquella mañana por la nueva burra del muelle, pero esta apenas le había hecho daño, el problema es que había caído torpemente sobre unas herramientas y un garfio le había rajado la espalda. Grisélida al verlo se volteó repugnada y luchando por dominar sus sentidos y no desmayarse ahí mismo; ella podía tratar con fracturas, huesos dislocados, dolores de barriga, algunos tipos malolientes de pestes y hasta los comunes parásitos intestinales, pero por algún extraño motivo, solo explicable en alguna vida pasada de la que no tenía noticias, no soportaba ver sangre sin sentir repudio. De esas cosas se encargaba Gorman, “¡Gorman! ¡Pon a calentar el hierro!” Y su método favorito, y el único que conocía, era la cauterización. Nazli examinó la herida con su ojo experimentado, “¿Tienes una aguja?” Le preguntó a la mujer, esta la miró ocultándose tras su mano para no ver, “¿Por qué?” Respondió alarmada, como si hubiese oído un disparate, la chica dijo que podía coser la herida y esta vez fue Pidras quien reaccionó alarmado, “¡¿Acaso te crees que soy un saco de patatas para coserme?!” Nazli respondió en idéntico tono, “¿Acaso prefieres que te rosticen la carne como una chuleta!” Pero Chad no estaba nada alarmado, “Los soldados hacen eso, ¿verdad? Coser las heridas” Comentó a la chica, no sin algo de suspicacia en los ojos y esta asintió sin agregar nada. El hombre aceptó el silencio y convenció a su amigo de que aquella era la mejor opción, y más aun cuando aquel vio aparecer a Gorman sonriente con su hierro incandescente en la mano como quien va marcar una res. Todos, excepto Pidras, que no podía y Grisélida, que no lo soportaba, contemplaron admirados el arte de la muchacha para unir las carnes con hilo y aguja y mientras lo hacía, Nazli quiso hacer algunas preguntas distraídamente sobre ese gran Tigar nuevo del que hablaban y que según decían, su cuerpo cicatrizaba sus heridas de forma anormal.


León Faras.

miércoles, 29 de junio de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

IX.



Los soldados cizarianos que buscaban al desaparecido príncipe Rianzo, encontraron con la luz del día un curioso pero poco alentador rastro bien marcado en el camino: algo o alguien, del tamaño de un cuerpo, había sido arrastrado por ahí durante largos kilómetros, y las huellas del caballo que hizo el trabajo sugerían galope. La teoría era la misma para los tres cansados jinetes. Que tal si el príncipe había logrado salir del agua y tomar un caballo, tal como dijo el muchacho que aseguraba haberlo visto, pero que cansado y herido, podía haberse desmayado por el camino y terminar siendo arrastrado por su propia montura, como incontables veces había sucedido antes, eso sin contar el extraño caso del viejo Pot, conocido y recordado por todos en Cízarin, porque en un confuso accidente sin testigos humanos, explicable solo mediante una seguidilla de fatales casualidades, o la intervención de algún dios inspirado con ideas rebuscadas, terminó ahorcado con su propio lazo dentro de su granero mientras su caballo tiraba de él tratando de alcanzar su alimento, y aunque había gente cerca, nadie vio ni oyó nada hasta que ya fue demasiado tarde para el pobre de Pot. Eso sí que fue raro. Los soldados siguieron el rastro hasta que una luz entre la tupida vegetación llamó su atención, aquello era una fogata y dos hombres estaban allí, uno de ellos, atado de manos. Por un segundo estuvieron seguros de que este último era el príncipe que buscaban, pero al acercarse pudieron ver que no, que aquel era Féctor, aunque podía decirse que tenía cierto parecido con el príncipe Rianzo. Vanter sacó su espada de inmediato, pero los soldados cizarianos ya la tenían en la mano cuando bajaron de sus caballos, “Miren a quién tenemos aquí, pero si es el campeón de Cízarin, el traidor” Dijo uno, el que parecía de mayor rango, acercándose a Féctor mientras los otros dos apuntaban a Vanter con sus espadas, “Este también es un monstruo rimoriano, miren esa marca en su cuello… es repugnante.” Comentó otro, con una marcada mueca de asco. La espada del rimoriano era más larga y pesada que el promedio, con doble filo y recta; simple y sin florituras como su parco dueño, a Féctor le parecía una buena espada, aunque aburrida… como su dueño, “Si yo fuera ustedes, no lo intentaría. Los desmembrará antes de que terminen de hablar” Advirtió el traidor a los hombres que amenazaban a Vanter, este lo miró como si lo estuviera ofendiendo en vez de halagando, “Lo mismo decías de ti, y mira como acabaste” Se burló el cizariano que lo apuntaba con su espada, Féctor asintió dándole la razón, “Es cierto, admito que a veces hablo un poco de más, pero también es cierto que ustedes tres juntos no son digno rival para él… o menos aun para mí” Concluyó el traidor con tono provocador, “Creo que cortarle la lengua a este imbécil sería mejor que matarlo” Comentó el cizariano a sus compañeros, pero Féctor no fanfarroneaba, y le estiró sus ataduras como en un ruego, “No, hablo en serio. Si me liberas, apuesto a que puedo derrotarlos a los tres usando solo la rama de un árbol como espada” Como solo obtuvo incredulidad de los cizarianos, apuntó sus ataduras hacia su coterráneo, “Vamos Van, será divertido” Lo incitó con su característica sonrisa desvergonzada, aquel mantenía su atención en la espada de su enemigo más próximo, cuando este también le habló, “Sí, Van… préstanos tu juguete, será divertido” Solo entonces Vanter reparó en el rostro de aquel sujeto que se tambaleaba entre la estupidez y la locura, con el pelo aplastado sobre la frente por el uso prolongado del yelmo, los ojos muy juntos, un mentón enorme y una poco fiable sonrisa a la que le faltaba la mitad de los dientes, sin embargo, tenía una espalda, como para cargar un bote sobre ella. Féctor era un presumido, pero uno de los espadachines más hábiles que Vanter había visto en su vida, y eso nadie lo ponía en duda, y aunque liberarlo no estaba en sus planes cercanos, se sintió muy tentado a seguirle el juego a su prisionero solo para ver por qué derroteros lo arrastraba su gran bocota esta vez, por lo que retrocedió lento y bajando su espada gradualmente, cortó las ataduras del traidor con su cuchillo y se posicionó detrás, a prudente distancia como espectador con su espada sin envainar pero apoyada la punta en el suelo. Féctor se tomó su tiempo en escoger su rama, tanto, que comenzaba a parecer todo un absurdo juego del traidor, pero en realidad lo hacía porque su arma debía tener ciertas cualidades para que funcionara como tal, debía estar un poco verde, no seca, para que conservara algo de flexibilidad y no se rompiera demasiado fácil, debía tener el largo adecuado y lo más recta posible para darle certeza a sus golpes y lo más importante, debía tener un peso apropiado para que fuera realmente efectiva. Cuando al fin la encontró, Féctor tentó aun más la paciencia de sus rivales con unos ridículos ejercicios de calentamiento y estiramiento, y eso era lo que buscaba, cabrearlos, ya que un rival mosqueado es más fácil de derrotar que uno sereno y concentrado y como siempre, le funcionó. El mayor de los soldados y el más próximo, se cansó de su estúpido juego y le lanzó un ataque horizontal de revés que Féctor esquivó hábilmente, pero dejándolo con su guardia abierta, lo que el rimoriano aprovechó con un ataque certero y fulminante, deteniendo el brazo armado de su enemigo con su arma de madera y entrando con el puño de esta directo a la garganta del cizariano, al tiempo que se apropiaba de su espada quitándosela de las manos casi sin esfuerzo, debido al dolor y a la incontenible sensación de asfixia de su enemigo. Todo fue muy rápido y ahora Féctor estaba armado con una espada de verdad, pero sin abandonar su sonrisa desvergonzada e irritantemente encantadora, la clavó en el suelo junto a los pies de Vanter quien lo miraba inexpresivo, para luego volver a enfrentar a sus rivales con su vara de madera, “Un trato, es un trato…” Anunció, justo a tiempo para esquivar el ataque del segundo tipo y el más joven de todos, quien luchaba como un enajenado, jadeando como un animal y lanzando ataques impulsivos y desproporcionados, como quien intenta matar una mosca con un bate. Féctor era un maestro de la evasión y se movía como un ágil pugilista por el cuadrilátero, jugando con la desesperación de su rival por acertar un golpe, hasta que luego de eludir un ataque vertical girando elegantemente sobre sí mismo, el rimoriano dejó caer su vara de madera con un golpe seco en la mollera de su enemigo, cuyo sonido fue tan explícito, que incluso dibujó una leve mueca de dolor en el rostro del siempre inalterable Vanter, y antes de que el cizariano reaccionara, Féctor le dejaba caer un segundo golpe idéntico al anterior que de haber sido hecho con una espada de verdad, le hubiese partido la cabeza en dos, dos veces. La sola amenaza de un tercero hizo que el cizariano abandonara el combate y soltara su espada para protegerse la cabeza con los brazos. En ese momento, apareció de la nada el tipo corpulento de los ojos muy juntos, dándole un brusco empellón a su compañero más joven para quitarlo de en medio, y metiéndole un puñetazo en la cara a Féctor que lo arrojó de espaldas al suelo, a los pies de Vanter, con la sensación de estar demasiado borracho para ponerse de pie. El cizariano tenía su espada en la mano, pero viendo al petulante sin ganas de continuar con su exhibición y a su impávido compañero sin inmutarse siquiera, se la envainó, recogió la que estaba en el suelo y se fue dejándole una como reconocimiento por su innegable habilidad, aunque lo cierto era, que con todos lo muertos que hubieron, la armería de Cízarin nunca había estado tan abarrotada.


León Faras.

domingo, 19 de junio de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

VIII.



Efectivamente, antes de llegar a Bosgos aquella mañana, el viejo Migas cogió un camino lateral, apenas una huella que se internaba en un túnel formado por la tupida vegetación y que luego descendía suavemente por una loma perfectamente redondeada donde todo era hermoso, llegando hasta un plano donde había una vieja casa de aspecto destartalado, pero capaz de mantenerse en pie mientras los elementos no fueran demasiado rudos con ella, el viejo sonrió con nostalgia y respiró hondo. Su sonrisa se desvaneció cuando el olor le recordó por qué se había ido de ese lugar años atrás: había mierda de cabra por todas partes y el viejo odiaba a esos mugrosos animales, a sus desagradables sonidos y peores olores. En ese momento no había ninguna, pero en cuanto llegara una, el resto aparecería en tropel, como un ruidoso río, como una inundación de criaturas voraces y feas, “No padre, no podemos regresar a Cízarin… al menos, no por ahora” Dijo con tono quejumbroso, como si consolara a un niño hambriento, “Pero aquí podremos trabajar tranquilos. Se trabajaba muy bien aquí ¿no? ¿recuerdas padre? Y además, Bosgos está muy cerca para conseguir lo que necesitemos” Migas bajó de su carreta con entusiasmos renovados. De pronto soltó una risa como si hubiese oído un comentario gracioso, “Oh sí, padre, claro que la recuerdo…” Replicó satisfecho, saboreando algún grato recuerdo.



Fue traído de vuelta al mundo de los vivos con un contundente puntapié en las costillas que lo hizo coger una profunda bocanada de aire, como si llevara mucho tiempo conteniendo la respiración, y en verdad que eran muchas las horas que llevaba sin respirar. Cuando logró contener el ataque de tos que le sobrevino junto con despertarse, notó dónde estaba y rápidamente empezó a recordar lo que había sucedido, se restregó la garganta, la soga ya no estaba allí pero sí una marca oscura y rugosa enrollada a su pescuezo. Un maldito lo había cogido por el cuello con un lazo y lo había arrastrado por el suelo hasta perder el conocimiento, él no lo imaginaba siquiera, pero ya había pasado más de veinticuatro horas desde que eso sucedió. En ese momento, no pudo contener un estremecimiento de miedo cuando oyó el terrible sonido de la madera crepitando en la fogata que Vanter había encendido, este estaba acuclillado junto al fuego, atizándolo con una varilla. Vanter era un hombre de cincuenta años, con el pelo largo hasta los hombros y un grueso bigote que constantemente estaba peinándose hacia los lados para que no le estorbara en la boca y que le colgaba a ambos lados de esta. Se cubría el cuerpo de pies a cabeza con una capa marrón, ciertamente él era el único soldado en todo Rimos que creía que usar una capa era una buena idea. Un feo perro se lamía la entrepierna con indiferencia echado a su lado. Recién en ese momento Féctor se dio cuenta de que tenía las manos atadas frente a él, y que, por cierto, estaba desarmado, “Vanter, ¡qué rayos quieres de mí!” Le espetó con cansada soberbia, “Motas era mi amigo… y tuyo también” Replicó el otro, en sosegado reproche, como quien no necesita discutir una verdad que es irrefutable, Féctor sonrió con desprecio, como si no oyera más que estupideces sin sentido, “¿Qué! ¡Pero si tuvimos un combate justo y yo lo derroté! ¡No lo asesiné! Además, él no era mi amigo, no era más que un viejo y gordo presumido que bamboleaba un espadón enorme e inútil, solo porque era el más grande, pero sin ninguna técnica ni destreza. Daba igual si le dabas una maza o solo un trozo de leña” “¿Cómo Cransi?” Fector enseñó las palmas de sus manos atadas en señal de inocencia, “El chico me atacó por la espalda en medio de un combate ¡Apenas lo vi! Yo no tenía ninguna intención de pelear contra él… ni siquiera empuñaba una espada. Sentí mucho cortarle la cabeza, él sí me agradaba” Concluyó el traidor, con sinceridad. Vanter se puso de pie y lo señaló a la cara con su varilla, la cual tenía una pequeña llamita encendida en la punta de la que Féctor se alejó sin poder controlar su miedo, “¡Tú lo traicionaste! ¡Nos traicionaste a todos! ¡Un soldado no se cambia de bando! ¡Un soldado lucha y muere por sus hermanos y por los suyos!” La llama en la varilla ya se había apagado y también el temor de Féctor, “¡Se suponía que no podíamos morir, idiota! ¿recuerdas? ¡La inmortalidad! ¡Yo creía en eso! Yo solo, derroté a varios de ellos a la vez sin recibir ni un solo rasguño ¡No tenía sentido! Era como pelear contra un grupo de niños con sus ridículas espaditas, Pétalo de no sé qué… ¿Qué grandeza hay en eso?” “¡La grandeza del rey al que servimos!” Contestó Vanter, escupiendo pequeñas gotitas de saliva por el fervor de sus palabras, Féctor negó con la cabeza, obstinado, “Siempre es por la grandeza de alguien más, ¿verdad? Nunca es por la nuestra” Vanter lo miró a los ojos con desprecio, “Tú no eres rey, Féctor” Y se fue a preparar su caballo, el otro también miraba con desprecio, “Pues los reyes solo son reyes gracias al útero que les tocó… ¿qué grandeza hay en eso?”



El joven Demirel se presentó esa mañana en los cuarteles de reclutamiento cizarianos, donde había una larga fila de muchachos postulantes debido al fervor que había despertado en todos ellos la aplastante victoria de su ejército contra los monstruos rimorianos invasores. La mayoría no cumplía con los requisitos mínimos y serían rechazados en ese mismo momento, de los que sí cumplían, la mitad tendría que irse por una cuestión de cupos limitados. Demirel ya se había presentado más de una vez y ni siquiera había llegado hasta el escritorio del oficial reclutador porque siempre era descartado por otros oficiales que recorrían las filas agilizando el proceso, y esta vez no sería distinto, solo que el oficial lo sacó de su puesto para plantarlo en el primer lugar, frente al escritorio del oficial reclutador, este miró a su colega como si se hubiese vuelto idiota de forma espontánea, pero el otro le mostró una nota que el muchacho traía firmada por el mismísimo general Fagnar en la que se les ordenaba aceptarlo de forma inmediata por “méritos obtenidos en batalla” Demirel se mantenía rígido y serio ante el desconcierto de sus oficiales que solo pudieron encogerse de hombros y dejarlo ingresar. Cuando el muchacho se fue, el comentario fue inevitable, “¿De dónde diablos piensan sacar una armadura para este chico?”



Pasaría mucho tiempo hasta que Rimos fuera el lugar que era para dos pieleros como Barros y su hijo Petro y su asno "Cantinero," los que abandonaban el lugar llevándose parte del funesto aire que se respiraba en sus pulmones, aunque al menos habían vendido su mercancía en el barrio de los curtidores y habían llenado su pellejo de vino para el camino. Discutían la curiosa forma en la que los dioses castigaban a ricos y pobres por igual, cuando a algunos metros de distancia frente a ellos, caminaba con pasos cortos pero seguros una niña pequeña de no más de cinco o seis años, la que salvo por un perro pequeño que la seguía, parecía estar completamente sola. Ambos hombres la miraron con compasión, “¿Crees que…?” Insinuó Petro, y su padre asintió de inmediato, con el rostro compungido de pena, “Sí… siempre son los niños los que más sufren con las estúpidas decisiones de los adultos, quedando abandonados y solos en este mundo que no trata bien a nadie. Las guerras no son más que criaderos de huérfanos, hijo” Concluyó el viejo con aires de sabiduría, y su hijo asintió con gravedad.


León Faras.

jueves, 9 de junio de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 VII.



Una vez que los soldados cizarianos continuaron con su búsqueda, Gan cargó nuevamente su asno con leña para seguir con su triste y lento andar hacia Bosgos, “A ese paso morirás por el camino” Bromeó el viejo, Gan sonrió, “No por correr más rápido llegarás antes a tu destino” Qrima apretó el ceño, él estaba convencido de que sí, pero no lo discutiría, en lugar de eso le preguntó si como rimoriano conocía a Emmer, Gan respondió que eso era posible, el viejo le confesó que era a él a quien estaba buscando y el porqué, y el otro no dudó en su respuesta, “Búscalo en las pilas de ceniza a la entrada de Cízarin” Qrima negó con la cabeza, y le contó lo sucedido aquella noche en el Cruce, “Sé que la pena por deserción es la muerte, pero tengo razones para creer que aún está vivo” Gan contrajo el rostro, como quien quiere mostrar excesiva gravedad, “Yo también vi y oí algunas cosas durante esa noche. Puedes darte una vuelta por el Tres Cuernos, en Rimos, es una taberna, los soldados van allí, tal vez alguno de ellos te dé noticias, si sabes cómo preguntar”



En Rimos reinaba la derrota y la vergüenza en todos los rostros de los soldados que guardaban una ciudad de huérfanos, donde solo podían esperar a que el enemigo les enviara a alguien que se hiciera cargo y les dijera qué hacer. Yaras y Dagar bebían té amargo en silencio bajo un alero junto al puesto de guardia, derrotados sin haber luchado, habían perdido todo el amor y el orgullo por un trabajo que ahora le pertenecía a otro amo, fue así como, desilusionados, vieron partir esa mañana a una niña pequeña de apenas cuatro o cinco años que cargaba con un pedazo de madera bajo el brazo, un diminuto morral en el que llevaba un trozo de pan y una manzana a modo de provisión y un perro pequeño que seguía a la niña con resolución a pesar de que esta no se lo había pedido. En cualquier otro momento, alguien se hubiese preocupado de detenerla o preguntarle hacia dónde iba, pero en ese día miserable, solo la vieron pasar convencidos de que cualquier otro lugar del mundo era mejor que ese en ese momento. La niña abandonó la ciudad sin siquiera dirigirles la mirada y sin despedirse de nadie, como si eso le diera el poder de hacerse invisible, y al menos esa mañana, su táctica funcionó.



La única compañía de Gilda en su casa, hasta ese momento, era una cabra blanco y negro a partes iguales llamada Cicuta, que solía estar dentro de la casa tumbada sobre un baúl rumiando imperturbable de acuerdo a su rutina diaria, sin prestarle mayor atención a los visitantes. Tenía una expresión altanera y una mirada desconcertante; Gilda aseguraba que era tan inteligente como lo sería un perro, aunque menos afectivo, lo que no ayudaba a mejorar el estado de ánimo de sus visitantes. La hermosa Darlén apenas había pegado los ojos durante la noche y durante lo poco que lo había hecho, sus sueños la habían devuelto a la realidad alarmada por cosas horribles que sucedían mientras dormía. Estaba angustiada por su padre, que siendo viejo y lisiado se había negado a huir, prefiriendo morir en su casa a ser transportado como un malhumorado y estorboso bulto de un lugar a otro, pero que había exigido al príncipe Rianzo que se llevara a su hija y a su nieto a un lugar seguro, porque ambos sabían que las violaciones y los abusos eran parte sustancial de todas las batallas y en todos los bandos y que podían ser mucho peores que la simple y llana muerte. Temía no volver a verlo nunca, como también temía por la vida de Rianzo, de quien lo último que supo, era que se alistaba para comandar un grupo de hombres y luchar una batalla en la que príncipes y vasallos podían morir por igual. Entonces se quedaría sola, bajo el amparo de desconocidos a quienes les debería su vida y la de su hijo. Su compañera, y ahora también amiga, Nila, tampoco estaba mejor, sin saber nada de su familia y habiendo visto cómo los soldados del Cruce retenían a Emmer acusándolo de deserción, la cual se castigaba con la muerte. Era cierto, lo había visto ser atravesado por una espada y ponerse de pie, pero que tal si decidían encadenarlo en el fondo de un foso sin agua ni comida, o dárselo de comer a las fieras salvajes de las montañas, o quemarlo vivo una y otra vez como castigo por su defección. Nila podía imaginar muchas cosas horribles también, pero procuraba no hacerlo y al menos en apariencia, parecía ser más fuerte y llevar mejor la situación que Darlén.



Féctor no podía estar muerto, Emmer sabía lo suficiente sobre su propia inmortalidad como para estar seguro de eso. Ciertamente alguien lo había hecho, alguien que no sabía nada de la inmortalidad rimoriana, porque era del todo absurdo pensar que fuera él mismo quien se había intentado suicidar. El cuerpo estaba maltratado y sucio, aunque no tanto como se podría esperar según la teoría de Janzo, la que suponía que el infeliz había sido laceado por el cuello, una costumbre muy popular en la ganadería, tanto en Rimos como en Cízarin pero también algunas veces empleada en la captura de criminales y delincuentes que intentan huir, por lo general para ser arrastrado por el suelo con un caballo como escarmiento, se notaba por el nudo que no era de horca, sino un corredizo común, sin embargo, el colgado había sido arrastrado por varios kilómetros desde Cízarin, lo que sin duda era un castigo exagerado, “Yo me largo… ¿tú sigues o te quedas?” Ultimó Janzo, sin intenciones de hacer nada por el cadáver, Emmer no tenía ni un cuchillo para cortar la soga por lo que tampoco podía hacer mucho, además de que Féctor en verdad parecía un muerto, así que siguió su camino, pues le urgía más encontrar a Nila que escuchar la historia de un ahorcado. Antes de que se alejaran demasiado, y cuando el perro feo demostraba tener intenciones de acompañarles, un silbido humano le recordó desde la espesura que había llegado hasta allí con alguien, y el animal desapareció tras él.



Los había estado observando oculto desde prudente distancia, uno de ellos era un buen amigo al que se alegraba de volver a ver, el otro, un enemigo al que le hubiese gustado atravesar con su espada más de una vez, pero en el campo de batalla, porque fuera de él no tenía sentido, esa era la más importante de las cosas que diferenciaban a un guerrero de un asesino. Vanter había estado en la batalla, y se había enfrentado al cizariano que conducía el caballo, a aquel hombre le debía la grotesca cicatrización que ahora lucía en el cuello, y que mostraba que por muy poco se había salvado de terminar decapitado por su espada, luego de eso perdió el conocimiento, o al menos no recuerda nada más hasta que despertó en medio de una oscuridad tan negra, que por un momento creyó que era la muerte, pero la lluvia seguía cayendo y la guerra se oía lejana; aquello no era la muerte sino un callejón tan oscuro que le llevó buen tiempo hallar una salida, pero no estaba solo, podía oír unos pasos chapotear en el agua, algún jadeo de vez en cuando y ese olor característico a perro mojado por encima de otros olores peores. Siguió al animal hasta salir de ahí, conseguir un caballo entre los muchos abandonados por sus amos muertos y ver con sus propios ojos los actos del traidor, la muerte de Motas y cómo el cuerpo de Éger y los demás ardía como si se hubiesen bañado en aceite de lámpara. La batalla estaba perdida y él era un superviviente, cuando se disponía a abandonar la ciudad se cruzó con la huida de Féctor a pie, y su caballo estaba convenientemente provisto de un lazo.


León Faras.

sábado, 28 de mayo de 2022

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 VI.



La primera noche de Nazli en la Descorazonada no estuvo tan mal. Un tipo grande, con una nariz muy maltratada y aspecto de malandrín, le cogió un pecho para disfrute personal y de sus colegas, a lo que la chica respondió, con una dulce sonrisa, tomándole su dedo meñique y tirando de él hacia atrás hasta sentir cómo los huesos se salían de sus órbitas normales con un crujido seco y un dolor infernal, obligando a su dueño a caer de rodillas. Su colega más cercano, un tipo rechoncho, calvo y con cara de roedor rabioso, se puso de pie amenazante para ayudar a su amigo, pero Nazli al verlo le cogió su propia jarra de cerveza y se la estrelló en la nariz, sentándolo nuevamente, también con mucho dolor. Ambos hombres se pusieron de pie furiosos, dispuestos a liarse a puños con la impertinente camarera nueva, a lo que la chica estaba más dispuesta que intimidada, pero de pronto y sin razón aparente, los ánimos de los hombres se calmaron, los músculos de sus rostros se relajaron y volvieron a sus asientos como perros insolentes regañados por su amo. Detrás de Nazli estaba Grisélida, parada con las manos en la cintura y el rostro de una severa profesora que acaba de sorprender a sus alumnos pintando obscenidades en el baño de las chicas, “¿Cuál es la única regla de mi negocio?” Preguntó con su poco agraciada voz y ante un silencio total, “Nada de riñas” Murmuró el calvo entre dientes, cuando la mujer estaba ya a punto de repetir su pregunta, “Así es…” Dijo Grisélida, y añadió como si estuviera enseñando una importante lección, “Porque las riñas producen destrozos que luego nadie quiere pagar, así que si quieren pelea vayan a la Rueda, porque aquí al próximo que sorprenda buscando trifulca, le pondré tanta mierda de rata en su comida que en menos de una semana le saldrá un rabo.” Por alguna razón que Nazli ignoraba aún, aquellos hombres bravucones por naturaleza, respetaban a esa mujer como si los hubiese parido y se daría cuenta con el tiempo de que para Grisélida, esa panda de piratas con pinta de malhechores, groseros y desvergonzados, eran su familia, a los que amaba a su manera y por los que estaba dispuesta a dar más de lo que se imaginaban. También la chica se daría cuenta de que ella en ese mismo momento, acababa de entrar a formar parte de esa familia.



Trancas se escabulló de Cízarin arrastrándose por el lecho del río con los ojos y la nariz afuera como los cocodrilos, y usando la caña para sumergirse cada vez que veía u oía gente aproximarse, y no eran pocos los soldados que patrullaban ambas riberas del río una y otra vez buscando quién sabe qué o a quién, sin embargo, el viejo logró alejarse lo suficiente de la civilización para salir del agua, y para la última hora de luz de la tarde, adentrarse en el bosque muerto desde donde aún podían verse las alturas de Rimos y sus primeras antorchas encendidas, pero no se dirigía hacia allá. La noche se cerró envolviéndolo todo de una negrura espesa y más espesa aun en el corazón del bosque muerto. Trancas estaba hambriento pero no había nada que comer en esa tierra maldita donde no prosperaba ni la maleza y aunque hubiese podido al menos encender un fuego para acompañar una noche tan negra, no se atrevió a hacerlo por miedo a que una chispa lo alcanzara mientras dormía y lo incinerara en segundos. No podía vivir el resto de su vida sin fuego, pero por el momento prefería no tenerlo cerca, el recuerdo de sus compañeros envueltos en llamas y sus gritos aún estaba demasiado fresco. Fue una noche larga e ingrata, pero al fin acabó, al contrario de las historias de quienes aseguraban haberse encontrado con los invisibles y terminar perdidos durante semanas en una noche inacabable dentro de ese inquietante bosque. Trancas empezó a caminar hacia Tormenta de Piedras, un valle árido en el que literalmente parecía como si hubiese habido un diluvio de rocas en algún desquiciado momento de la creación dejando todo regado de piedras, y en el que un hombre podía desaparecer fácilmente.



Emmer despertó apenas amanecía y sin enderezarse inspeccionó su derredor solo con sus ojos y oídos, de inmediato notó que su compañero de ruta ya no estaba, ni tampoco su caballo, pero al menos tenía los restos de la liebre colgados de un árbol para desayunar, no se extrañó, los cizarianos y los rimorianos no eran buenos camaradas por naturaleza, ambos criaban y mantenían desde pequeños una idea negativa con respecto del otro, estaba en el aire despreciar o sentirse despreciado por sus vecinos, por lo que no era raro que Janzo se hubiese largado durante la noche, lo que sí fue raro, es que de pronto este apareciera de la nada como si hubiese estado oculto debajo de una piedra, “Amigo, déjame decirte algo, roncas como un maldito cerdo que está siendo estrangulado” Le reprochó mientras se acercaba al arroyo a lavarse y beber agua. El caballo solo se había alejado un poco tras un rastro de hierba. Luego de desayunar los restos de la liebre, se pusieron en marcha sin apurar demasiado al caballo, avanzando al mismo tiempo que se acercaban al camino que los llevaba a Bosgos, sin embargo, algo llamó su atención que no pudieron ignorar: un perro ladraba con la insistencia y determinación que tienen estos animales cuando creen que han encontrado algo importante, pero sin que se pudiera oír presencia humana, y un perro solo por esos desolados lugares no era algo probable, a menos que se hubiera alejado demasiado y perdido, “Tal vez alguien necesita ayuda…” Sugirió Emmer, notando por el ladrido que el animal no se movía de un mismo sitio, Janzo no estaba convencido, pero accedió a echar un vistazo debido al enfermizo empecinamiento con el que el animal quería llamar la atención, “Tal vez sea otra liebre…” Se animó el cizariano. Cuando se acercaron lo suficiente, vieron que se trataba de un perro bastante poco atractivo, con un torso cubierto de lana apelotonada amarillenta como la arcilla, incluyendo las orejas, del cual salían cuatro patas flacas y una cabeza pequeña de hocico aguzado como el de las ratas, como si a un perro lebrero alguien le hubiesen puesto un ridículo y abultado abrigo de piel de oveja. A pesar de verlos, el animal no detuvo su incansable labor de ladrarle a un árbol dando saltitos de izquierda a derecha y viceversa, como si el suelo estuviese demasiado caliente para estarse quieto. No tardarían mucho en darse cuenta de que, de ese árbol, pendía el cuerpo de un hombre colgado del cuello. Emmer se apeó para verlo mejor, su compañero no lo hizo, “Es un monstruo rimoriano…” Afirmó este, e inmediatamente añadió, “Sin ofender.” Evidentemente aquel era un soldado rimoriano, con una armadura liviana de cuero labrado con las espinas de Rimos y la misma cicatriz asomándose en su pecho que Emmer se preocupaba de ocultar. Este lo reconoció de inmediato, pero no se explicaba cómo había llegado hasta allí, ni por qué. El perro por fin había dejado de ladrar y recibía feliz unos huesos de liebre que inexplicablemente Emmer llevaba en los bolsillos, como recompensa. Janzo estudiaba el cadáver, en verdad parecía muerto, pero no se podía estar seguro con esos monstruos rimorianos, “¿Lo conoces?” Preguntó, Emmer asintió, “Es Féctor, el mejor espadachín de Rimos, sin duda, aunque lo presumido le quitaba todo mérito.”


León Faras.