lunes, 29 de mayo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XLVII.



Barros desde hace más de un año que no distinguía más que luces y sombras. Hace tiempo que su vista fallaba, pero ahora estaba a un paso de quedarse ciego, lo que no era nada raro, considerando que el hombre tenía más años que todos sus burros juntos, según él mismo reconocía a veces entre risas. Era viejo, pero aún caminaba a todas partes como siempre lo había hecho, aunque ahora usaba un cayado y su carga la llevaba Parroquiano, el hijo mayor de Cantinero. Gan seguía viajando con ellos, con su burra Giste y un joven borrico de esta aún sin nombre. Ese par de hombres lo había acogido con el corazón abierto, sin hacerle preguntas ni ponerle condiciones raras, ni siquiera cuando una liebre le rajó el brazo con sus uñas y la herida se cerró de inmediato con la horrible y maloliente cicatrización propia de los inmortales de Rimos, la misma que le cubría la mitad de la cara al rededor del ojo que le faltaba. Lo cierto era que Petro era el hombre menos curioso que jamás hubiese conocido nadie y su padre, demasiado cortés como para meterse en lo que no le incumbía, además de ser ambos, por fuerzas del oficio, inmunes a las vistas desagradables y a los malos olores. Gan ya había entrado a Rimos varias veces para entregar sus pieles, aunque le había tomado algunos años decidirse a hacerlo, porque no quería ser reconocido como un inmortal de los que sobrevivió y ser juzgado por ello, sin embargo, la barba desaliñada que se había dejado crecer y la horrible cicatriz ramificada en su rostro lo habían cambiado más de lo que él se imaginaba, pero por encima de eso, con el tiempo descubrió que su nuevo oficio era un verdadero repelente social increíblemente efectivo: los pieleros, debido a su aspecto y hediondez natural, eran tratados como portadores de una enfermedad contagiosa cada vez que entraban en una ciudad. Así había sido toda la vida de Petro y su padre, y eso había forjado sus personalidades. Desde hace un tiempo, Gan estaba pensando en dedicarse a otro oficio y estaba convenciendo poco a poco a su compañero de ello, endulzándole el oído con buenos beneficios y menos trajín, el cual ya no era tan bueno para su anciano padre. Lo más demandado en Rimos después del metal, era el carbón para trabajar este último, y no era tan difícil de fabricar conociendo la técnica, solo necesitaban leña seca y tenían un bosque entero y seco hasta las raíces.



Había que admitir que desde que Cízarin estaba a cargo, las cosas funcionaban bien en Rimos. Había trabajo para todos, y el que no tenía oficio, era arrastrado al ejército. El ejército era la gran bolsa de desperdicios sociales en la que caían vagos y ladrones y de la que no salía nadie con vida, pues el servicio era indefinido y la deserción, al menos para los rimorianos, era castigada con la horca, ejemplificadora y sin apelaciones, aunque cada vez había menos lugar hacia donde huir. En el palacio, Ovardo seguía con su vida inútil y ociosa, pasando los largos días como páginas de un gran libro en blanco, uno infinito; solo y a oscuras, alegrado brevemente por las cada vez más breves y distantes visitas de su hijo Dimas, quien, a sus doce años, se aburría cada vez más en la presencia de su padre y debía ser forzado por su madre para hacerlo, pues ella no dejaba de recordarle que él era el primer hijo varón de un rey y que algún día todo Rimos podría ser suyo, cosa que el niño creía pero a su manera, pues el chico era inteligente a pesar de la poca educación que recibía, y se daba cuenta de que su padre no era más que un monigote que se pasaba el día sentado, balbuceando atrapado entre los sueños y la realidad, débil, sin ningún tipo de poder en sus manos ni siquiera para decidir sobre sus propios alimentos. Todos lo decían: Ovardo era un rey de las tinieblas, un rey solo de nombre que no gobernaba nada ni a nadie, además, su madre era una sirvienta, Dimas estaba consciente de eso, ella no tenía ni un pelo de la realeza, pero él sí, él era hijo de un rey y un día las cosas podían cambiar.



Aquello era una desgracia, Teté volvía a sentir cómo el mundo se burlaba de ella en su cara y de sus patéticas intenciones de luchar contra aquellos que gobernaban el universo y que bien parecían esmerarse en destrozar sus sueños. Darlén, la bruja buena a la que buscaban en Bosgos, había abandonado la ciudad hacía dos días junto con su familia, según los habitantes de la ciudad, visitando familiares, aunque con las brujas nunca se sabe. Telina rompió en llanto, derrotada, acostumbrada por la dura vida que le había tocado vivir, a desechar toda esperanza, que en el fondo solo servían de base para la burla de los dioses. Rubi la consoló, que aquello no era el fin, que buscarían la manera de ayudarla a parir sus propios hijos hasta por debajo de las piedras si era necesario, y conociendo a Rubi, era muy capaz de hacerlo, pero su madre no lo aceptaba, solo lloraba y se negaba a todo. “Es que es por ti que estamos aquí.” Logró decir entre sollozos. Rubi la miró como si de pronto dudara de la cordura de su madre. “Pero si yo no quiero tener hijos…” Afirmó enojada, casi como si la estuvieran obligando a preñarse, pero su madre, a quien le costaba un montón explicarse porque entre los sollozos, los mocos que se le caían y los incontenibles espasmos del llanto no se lo permitían, alcanzó a decile lo justo sobre su presagio de muerte antes de romper en llanto otra vez. Yurba las miraba con la cara preparada para la risa, como aquel que espera el remate de un chiste, y es que aquella escena, con lo del “presagio de muerte” incluido, era lo más melodramático que hubiese oído en mucho tiempo, pero la cara de Rubi al voltearse le borró la mueca. Ella no estaba enojada, sino preocupada, verdaderamente preocupada. “Mamá nunca se equivoca en estas cosas.” Afirmó. El hombre se quedó pensativo, echó un vistazo en rededor y saltó de la carreta. “Tiene que haber alguien más.” Dijo, antes de empezar a interrogar a todas las personas que había cerca, su personalidad insistente, invasiva y molesta le era de gran ayuda cuando de conseguir información se trataba, y lo logró, consiguió un nombre, el de una anciana llamada Gilda, pero había más de un problema porque la vieja vivía al otro lado de la ciudad y ahora debían regresar por donde habían venido y Tibrón estaba en medio. Mientras que en Confín, el viejo Ontardo estaba realmente enfermo y no había nada que su hija Darlén o su esposo Janzo pudieran hacer por él, porque su mal no era otro que la edad y los efectos de una vida junto a la fragua en sus pulmones, solo acompañarlo hasta que le llegara el momento.


León Faras.



domingo, 21 de mayo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XLVI.



Rubi, su madre y Yurba, entraron a Bosgos poco antes de que el sol iniciara la jornada. El dichoso farolito se había apagado hacía rato por cuenta propia, lo que había facilitado mucho la tarea del conductor. A pesar de la hora, ya había gente despierta, pues el trabajo de las cabras era una tarea que comenzaba muy temprano. Encontraron una vieja ordeñando su cabra cerca de la calle y se detuvieron para preguntar, pero aparte del cordial saludo, no lograron comunicarse más allá con ella, pues la mujer al parecer estaba tan sorda como un pino y solo les asentía sonriendo sin sentido, hasta que de pronto y sin previo aviso, pareció disgustarse por algo y comenzó a gritar con escándalo, “¡Norba, Norbanaííí!” Yurba y compañía se miraron asustados, pensando que aquello podía ser una lengua extraña, de esas que se usan para echar maldiciones y blasfemar, pero pronto apareció corriendo una mujer más joven, alarmada por los gritos al principio, pero que los atendió con cordialidad luego. Ella era Norba. “Tienen que atravesar la ciudad, luego los campos de pastoreo y llegar hasta la otra parte de la ciudad. Allí pregunten por ella” Les dijo, mientras la vieja, su madre quizá, seguía sin parar de asentir, sonreír y ordeñar. En efecto, desde que Cízarin estaba apropiándose de las tierras de sus vecinos, Bosgos, como ciudad libre y próspera, había crecido mucho y había debido formar otra ciudad más pequeña, como un apéndice, oculta a un par de kilómetros de allí tras una de las muchas colinas que la rodeaban. Una de la que no todos tenían noticias, Yurba, Rubi y Teté, por ejemplo. La razón era sencilla, no podían usar las tierras de las cabras para construir o el negocio que le había dado vida a la ciudad en primer lugar, y que aún lo hacía, moriría, y eso era algo que no se podía admitir. Los tres atravesaron la ciudad y se adentraron en los campos de pastoreo junto con la salida del sol, eran inmensos, pero las cabras también eran muy numerosas, porque no había nadie en Bosgos que no tuviera al menos un par, a menos que no fuera un bosgonés. Al ascender por la suave y ovalada colina que debían sortear, Yurba vio al grupo de rimorianos apostados con descaro en un valle alejado de la ciudad, incluso tenían fuegos encendidos y las columnas de humo los delataban a kilómetros. Yurba comenzó a sonreír con tanto gusto, que logró que Rubi le preguntara la razón, “Tampoco saben que la ciudad está partida en dos…” Le explicó, y luego agregó deteniendo la carreta, “Si van a regresar, este es el momento… porque más tarde no podremos” Les advirtió con un gesto ambiguo entre el chiste y la gravedad. Teté miró con angustia a su hija, el brillo sobre ella era intenso y su muerte más cercana y Rubi al ver la angustia en los ojos de su madre, supo que hallar a la bruja era lo más importante para ella, “Continuemos” Ordenó la muchacha, y Yurba se encogió de hombros con su garbo característico, como si nada le importara, “Como quieran.” “¿Y usted no va a tener problemas por acompañarnos?” Preguntó Telina, quien recién tomaba en cuenta que su conductor era un soldado, pero este era un despreocupado totalmente inmune al estrés, “Tengo un colega con el nombre más ridículo que se puedan imaginar: se llama Motas, y dice que su tío se llamaba igual y que era un bravo guerrero, bla bla blá ¡Pero quién le va a creer algo así con semejante nombre! Como sea. Él es el único que sabe que estoy aquí, y aunque es un sinvergüenza sin escrúpulos, capaz de robarle la limosna a un ciego y quedarse de lo más campante, odia a los soplones por sobre todas las cosas. Él no dirá nada, además, el ejército cizariano ya debe venir hacia acá, yo solo me les adelanté.” Concluyó, ufano.



Apenas comprendió lo que ocurría, Nina llamó a Tombo, un moreno alto y fornido que se encargaba de la seguridad del negocio, entre otras cosas, y lo mandó con un caballo a confirmar la información del viejo Migas, pues este, debido a la urgencia y los apuros, no era capaz de especificar cuántos soldados habían o hacia dónde se dirigían. Tombo quiso protestar, pues había trabajado hasta tarde y según su criterio, si Cízarin los estuviera invadiendo finalmente, de seguro que lo sabrían y él no veía nada extraño. “Tombi, cariño, has lo que te digo, ¿quieres?” Y a pesar de lo amable de las palabras, aquello sonaba más como una amenaza. Nina era buena en eso, en soltar regaños y duras advertencias con dulzura, por lo que el hombre, luego de hacer su mejor mueca de desagrado, totalmente inocua, por cierto, partió resignado, pero no llegó muy lejos, porque la noticia ya circulaba por todas partes gracias a los cabreros y a que el ejército rimoriano no había hecho el más mínimo esfuerzo en ocultarse, “¿Qué es lo que planean?” Preguntó Nina, pero sin dirigirse a nadie en particular. En ese momento, un carro entraba a la ciudad en el que viajaban un par de viejos, un hombre y una mujer, pero eran de esos viejos que han sabido conservar su fuerza y estampa y no lucen agobiados bajo el peso de los años como los demás. Él ocultaba el rostro bajo un amplio sombrero de juncos, comunes en los campos de Velsi, bajo este se asomaba un robusto bigote muy encanecido y una cabeza perfectamente afeitada. Un pañuelo atado al cuello le ocultaba hasta el mentón. Ella usaba idéntico sombrero, pero más pequeño, con el pelo gris y abundante, sujeto en una única y robusta trenza. Evidentemente era una mujer pero vestía como hombre. Usaban uno de esos carros con aspecto de casa pequeña con ruedas que sirven para viajar largas distancias y pernoctar en cualquier parte. Solo la mujer bajó del coche, el hombre permaneció en su sitio y en silencio. Si se era observador, se podía ver que a su lado reposaba una estupenda espada, larga y recta, metida en su funda, algo que en Bosgos nadie tenía ni tampoco sabían usar, a excepción de uno que llegaba acompañado de su mujer y sus dos hijas a averiguar qué estaba ocurriendo, uno que el viejo reconoció de inmediato y del que se alegraba de ver, pero permaneció en silencio sin dar muestras de ello. “…Velsi está en ruinas y sus habitantes dispersos porque fuimos sorprendidos, no hubo tiempo para organizarse y reaccionamos mal, pero ustedes sí tienen tiempo para hacer algo y nosotros estamos aquí para ayudar.” Habló la mujer. Para esa hora, la cantidad de gente reunida en la calle era numerosa, y aumentando, y los más avispados allí sabían que si no controlaban a la multitud rápido, esta comenzaría a hacer estupideces muy pronto y nadie los podría detener, como lo ocurrido en Velsi. Una de las que entendía esto muy bien era Nina, pero algo le preocupaba más en ese momento, “¿Quién diablos son ustedes?” Preguntó con tono chulo, desafiante sin ser agresiva, solo para dar a entender a la mujer quién estaba al mando. “Mi nombre es Nova y este es mi compañero Nagar. Defendimos Velsi y vinimos a defender Bosgos…” “Pues eso tampoco es que les haya salido muy bien.” Comentó una de las putas de Nina que escuchaba apiñada con sus compañeras tras su jefa, y las demás asintieron con esmero, “Además, están como muy viejitos ¿no?” Añadió otra, con un timbre de voz casi infantil, “No necesitamos que nadie nos defienda…” Gritó alguien de entre la multitud y las voces de rechazo comenzaron a multiplicarse, “Ustedes no entienden, las armas que ellos traen…” Intentó explicar Nova, hablarles de los Tronadores y su poder destructivo, pero fue inútil, la multitud ya comenzaba a comportarse de manera estúpida, y la mujer prefirió volver al lado de su compañero, “Podemos arreglárnoslas solos.” Dijo Nina con dulzura, como despedida. El viejo echó a andar el coche en silencio, “Que no se diga que no intentamos ayudarles” Comentó Nova, quien en realidad era Gúnur, regenta del Molino uno y de los asesinos de Velsi.


León Faras.

domingo, 14 de mayo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XLV.



Sí era una noche negra, con un cacho de luna que no iluminaba nada, y un aliento frío que no daba ganas de salir. Madre e hija viajaban juntas envueltas en la misma manta de pies a cabeza como un solo bulto, mientras Yurba conducía la carreta con expresión sobrada, desafiante ante la hostilidad del medio, iluminado por un triste farolito que lo iluminaba a él pero no al camino, lo que era una molestia, porque ni siquiera le permitían a sus ojos acostumbrarse a la oscuridad, pero Rubi lo había encendido para él y no quería ser descortés quejándose. “¿Y ustedes saben dónde encontrar a esa señora… la curandera?” Dijo, con intenciones de hacer conversación y con exageradas muecas de deslumbramiento, cubriéndose con la mano la luz del farol en los ojos, para poder ver mejor a sus compañeras de viaje que estaban justo a su lado, pues estas no tenían ni un candil sobre sus cabezas que las iluminara, “No, pero no hay nadie que no la conozca. Es cuestión de preguntar” Respondió Rubi. Todas sus conversaciones con él eran más o menos así hasta ahora: una pregunta superficial y una respuesta breve seguida de incómodo silencio. “Si quieres puedo…” Sugirió la chica, con intenciones de mover el farol del lugar donde evidentemente le estaba perturbando la visión, pero Yurba la desestimó con ademanes y gestos de suficiencia, “No, no es necesario, estoy bien.” Y siguió conduciendo con los ojos pequeñitos y el cuello estirado hacia delante para intentar ver algo más que el trasero de sus negros caballos.



Migas había reconstruido su cabaña, era más pequeña, pero más sólida, y además había hecho junto a esta una pequeña pocilga en la que había criado una pareja de cerdos. Al macho ya lo había sacrificado y destazado hace tres meses para venderlo y cubrir algunos favores pero la hembra, una jovencita de diez meses de edad y ciento cincuenta kilos de peso, había entrado en labores de parto esa madrugada, y él le había prometido no dejarla sola con eso. También había conseguido un perro, un perdiguero color hígado y blanco que encontró enrollado en un rincón de la ciudad, muerto de hambre y de frío en una noche en la que él hacía negocios, la conexión entre ambos fue inmediata y lo llevó a su casa sin dudarlo. Al principio el animal, joven aún, se mostró asustado con el viejo Buba, su padre, lloriqueando y ladrando metido bajo la cama, renuente a salir, como queriendo resaltar lo anormal de la existencia de ese ser, pero ahora, casi dos año después, se echaba a su lado con el aire circunspecto de un guardia real, acostumbrado ya a su irregular e inamovible forma de vida. Pero no solo eso, el perro demostró ser un excelente compañero al comprobar que, al igual que a su nuevo amo, le resultaba muy molesta la existencia de las cabras, y también hacía todo lo posible por mantenerlas alejadas de su vista. Eso terminó de encantar a Migas. Esa noche, mientras Migas ayudaba a su cerda a parir en la porqueriza, su perro vigilaba desde la puerta de casa. Parecía dormido, pero dormía con el sueño liviano de los perros guardianes, y a esa hora de la madrugada, en la que las aves nocturnas ya se retiran y las diurnas aún no salen de sus agujeros, el silencio era abrumador. En medio de este, el ladrido del perro sonó estridente, Migas se puso alerta, pero sus pobres sentidos no captaron nada, sin embargo el animal estaba expectante, “¿Qué pasa amigo, qué oyes?” Susurró el viejo, como si fuera pecado romper un silencio tan grande. Al perro lo llamaba de muchas maneras: amigo, compañero, colega, pero nunca tuvo un nombre específico para él. Migas no oía nada, pero su perro ya caminaba con el sigilo propio de las razas cazadoras hacía la negrura característica de la hora previa al alba. El viejo se limpió las manos en su mugriento delantal y lo siguió, lamentando no tener ni un palo a mano con el que defenderse, entonces, luego de caminar algunos metros se detuvo de golpe, había comenzado a oír un sonido ronco, profundo y acompasado, muy característico, y que todos se estaban temiendo escuchar tarde o temprano pero que nadie quería oír en verdad. Era el sonido de un ejército marchando a caballo, rodeando la ciudad a prudente distancia para pasar desapercibido, iluminado ralamente con un puñado de antorchas aquí y allá que dejaban ver sus escudos y armaduras rimorianas. Lacayos de Cízarin. Migas no amaba especialmente a Bosgos ni a su gente, por eso se mantenía a parte, pero era la ciudad donde vivía y hacía sus negocios y deseaba seguir haciéndolos, además ya tenía todo más o menos bajo control allí y tener que empezar todo de nuevo en otra parte sería un desastre, por lo que, luego de comprobar que la cerda y sus lechones estuvieran bien, corrió para informar a su padre de lo que ocurría y luego en busca de su caballo.



La nueva líder natural de Bosgos, aunque no de manera oficial, era Nina, desde que su padre, el tabernero Mozi, murió en extrañas circunstancias luego de rodar por las escaleras de su propio negocio y torcerse el pescuezo igual que un pollo. La chica pasó de ser solo una muchachita inmadura y libidinosa, a convertirse en una mujer con carácter, inteligente, capaz de hacerse cargo de cualquier situación y no esperar a que alguien más lo haga, tomar decisiones y organizar a la gente como si ella estuviera a cargo, y para muchos, ella lo estaba… pero todavía libidinosa. A pesar de lo sucedido en el pasado, mantenía una relación de mutuo respeto con el viejo Migas, aunque solo eso, nada de aprecio, lo que no era poco, considerando que ella había convertido la taberna en un lupanar antes de que los huesos de su padre se enfriaran del todo y Migas despreciaba con asco en los labios las debilidades de la carne, sobre todo la lascivia, la que le parecía indigna y no llegaba a comprender, pero ambos tenían cierto poder y ciertas debilidades y conocían bien las del otro, por lo que el respeto mutuo era más una consecuencia que una opción. Cuando llegó Migas, el día ya había comenzado para la mayoría de la gente, pero no para Nina y sus chicas, por lo que tuvo que golpear hasta hacer enfurecer a la dueña del negocio, “¡Sal, es importante!” Gritó el viejo, “¡Entra de una vez! Y más vale que lo sea.” Le respondió la mujer desde una ventana en el segundo piso, pero Migas no entraba a ese lugar, jamás. Entonces un jovencito semidesnudo, de rasgos y ademanes afeminados le abrió la puerta y lo invitó a pasar con una sonrisa demasiado amable, Migas retrocedió un paso, como quien se ve amenazado, pero como el mancebo no hacía otra cosa más que mirarle y sonreír, se inclinó hacia delante para gritarle en un susurro, “Dile a tu jefa que mueva su trasero hasta aquí. Cízarin ya viene.” El joven dejó de sonreír.


León Faras.

martes, 9 de mayo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXIV.



Y finalmente llegó el día. Cuando eso sucedía, Telina despedía a su esposo en la puerta de su casa, porque no le gustaba ver a todos esos en el ejército que sin saberlo, o sabiéndolo, marchaban hacia su inevitable muerte. Ella siempre había disfrutado de hacer el papel de madre y por eso quizá la vida la había mantenido rodeada de niños a su cuidado, hasta convertirse en la orgullosa madre de dos mujeres, sin embargo, en todo este tiempo no había podido darle hijos a su esposo, ni uno solo, porque su cuerpo los expulsaba a los pocos meses de embarazo o estos simplemente no se aferraban a ella y se dejaban ir sin más, y ella se culpaba, porque uno a veces en ciertos momentos de la vida, suelta juramentos al cielo que, sin saber cómo ni por qué, se graban a fuego en las murallas del destino y luego no se pueden deshacer: ella había presenciado la dolorosa muerte de la princesa Delia y había jurado entre lágrimas sinceras de angustia, que ella jamás tendría hijos, porque era una experiencia demasiado atroz por la que no quería pasar nunca y sin duda, los dioses habían tomado nota, porque ahora que deseaba darle un hijo a su esposo, no podía y nada de lo que intentaba funcionaba.



Ese día, también partía su hija Falena a la batalla por primera vez, y su madre podía quedarse tranquila, porque el brillo de la muerte no estaba posado sobre ninguno de los dos, por lo que estaba segura de que volverían con vida. Cal Desci, uno de los pocos que conocía y creía firmemente en los augurios de Teté sobre la muerte y que sabía tomárselos muy en serio, se hacía ver por la mujer de Tibrón cada vez, antes de partir a una batalla, era tonto en cierto sentido, le había dicho Teté una vez, porque la muerte podía estar esperándolo a la salida de una taberna, montada en la grupa de su caballo o incluso junto a él en su cama por la noche, pero a él solo le preocupaba morir en una batalla, quizá porque aquello era lo único en su vida que él no estaba eligiendo hacer. Ese día Teté dudó, tal vez por la extraña luz oblicua del ocaso o tal vez por la sinuosa luminosidad de las primeras antorchas encendidas, pero al final le dio la tranquilizadora señal de que volvería con vida de esta y Cal Desci la agradeció. Tibrón, tras la desafortunada muerte de Helsen, iba al mando del grupo de rimorianos como capitán y el comandante de estos era un soldado experimentado que estuvo con él desde el infame ataque a Velsi, de nombre Aregel. Las cosas no habían estado bien entre ellos desde el principio y Tibrón no entendía por qué el otro era áspero y cortante con él, tampoco le preocupaba demasiado, él estaba al mando y sus órdenes debían cumplirse, pero le molestaba que no hubiera una razón, lo cierto era que no lo discutirían hasta no forjar ambos amistad en el combate. Esta vez, iban solos, el propio ejército cizariano junto con el escuadrón de Tronadores se quedarían un día más, mientras los rimorianos se posicionaban al otro lado de la ciudad libre para evitar sorpresas, mantener las cosas bajo control y hacer que la absorción de Bosgos como nuevo estado cizariano fuera, al contrario de la arruinada Velsi, lo menos traumática posible para todos. Al menos ese era el plan.



En tanto la mitad de su familia se alejaba, Teté se quedó junto a la puerta cerrada de su casa pensando en lo mucho que confiaba en su don, lo tenía desde muy joven y nunca le había fallado, sin embargo ahora, su esposo y su hija menor iban a la guerra y ambos iban libres del brillo de la muerte sobre sus cabezas, mientras que su otra hija, la que se quedaba a su lado, en casa y que no parecía ni siquiera enferma, Rubi, estaba desde aquella mañana señalada para morir. Desde hace un buen tiempo que Rubi insistía en mencionar a una poderosa bruja en Bosgos de la que todos hablaban y a la que señalaban como muy afable y ayudadora, sugiriéndole que esa mujer quizá podía ayudarla a tener un hijo antes de que fuera tarde, pero Teté desestimaba la idea por considerar que su problema era muy poca cosa para salir en busca de esa mujer, la que seguramente, dada su reputación, estaría ocupada en asuntos más importantes que algunos partos fallidos, pero ahora Telina se preguntaba si esa bruja sería lo suficientemente buena como para quitarle el brillo de la muerte a su hija. Sabía por su esposo que la toma de Bosgos no sería esta misma noche, sino la siguiente, por lo que tenía un día completo para ir y volver. Rubi, que preparaba la cena sin tener ni idea aún de que el dios de la muerte había posado sus brillantes ojos sobre ella, recibió la noticia como un mal chiste del que uno debe reír por condescendencia, “¿Quieres ir a Bosgos, ahora?” Los ojos de Telina comenzaron a brillar de humedad, “Puede que esta sea la última oportunidad…” Rubi ahora la miraba con los labios apretados, enfadada, ya se lo había advertido decena de veces antes, pero ella siempre plantaba excusas y se negaba a que la bruja tratara su problema para tener hijos, y ahora que estaba a punto de desatarse una batalla y que la noche estaba tan negra como el corazón del Bosque Muerto, ahora su mamá quería ir. “Espera aquí, y prepara lo que vamos a llevar.” Le dijo a su madre con el tono seco y autoritario que usaba cuando estaba fastidiada, antes de salir de la casa con un portazo. Apenas se fue, Teté soltó el llanto angustiada, no quería hacer un viaje como ese y menos a esa hora de la noche, eso era algo que no iba con su forma de ser, ese tipo de cosas le daban un miedo terrible, pero más miedo le daba ver morir a su hija sin poder hacer nada por evitarlo, y si ella no podía ayudarla, tal vez esa poderosa bruja sí.



Rubi tardó una media hora o algo así en regresar, ella, al contrario de su mamá, era insufriblemente determinada y si tomaba una decisión, era capaz de llevarla hasta el final a como diera lugar, haciendo lo que tuviera que hacerse, incluso ir a una cantina por la noche, en busca del hombre más fastidioso que hubiese conocido nunca, el cual la pretendía con descarada y desagradable flagrancia, pero al que ella despreciaba con igual descaro, para que las acompañara en el viaje que debían hacer esa misma noche. Yurba solo puso una condición, saber el porqué, pero cuando Rubi se lo explicó de la forma más abreviada posible, y sin admitir preguntas ni interrupciones de ninguna clase, sonrió y respondió con exagerada galantería que en realidad no le importaba un carajo el motivo y que solo le bastaba con que se lo hubiese pedido ella. Rubi, por supuesto, no le devolvió ni una sonrisa, “Pues vamos entonces.” Le dijo, con las manos en jarra y las cejas bien empinadas, mientras el otro se sobaba las manos rebosante de alegría.


León Faras.

domingo, 30 de abril de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXIII.



Cuando el viejo Sagistán le dijo a su pupila que no se dejara molestar por Yurba, quien era un provocador profesional, lo cierto era que ya era tarde para ese consejo, porque Falena estaba furiosa con ese enano petulante, cuya estúpida sonrisa, solo deseaba ver desaparecer tras un violento golpe de su espada de madera, “Solo me defenderé… prometo no atacarte para que puedas practicar tus movimientos” Le dijo Yurba con fingida amabilidad y esa tonta sonrisita otra vez, mientras la niña lo miraba recta y dura como un poste. Si la vista se basase en el movimiento, Falena sería completamente invisible en ese momento, salvo, tal vez, por los músculos de su mandíbula que parecían retorcerse como orugas bajo una gran presión, eso hasta que Zaida dio la orden de comenzar y la chica saltó encima de su rival como un felino hambriento sobre su presa, pero no fue un ataque salvaje y desaforado como parecería, fue un ataque con técnica, pero con rabia y la rabia vuelve frágil al control. La chica se lanzó contra Yurba con su espada recta en estoque, e inmediatamente, cuando este simple ataque fue evadido y desviado, se giró sobre sí misma provocando un ataque doble con sus espadas abiertas para ganar espacio haciendo retroceder a su contrincante, y girando una vez más al final para concluir con un ataque rasante de barrido que Yurba evitó saltando con ambas rodillas en alto, pero en cuanto cayó al suelo, la punta de la segunda espada de Falena se clavó recta en su canilla. Yurba comenzó a saltar en una pierna y a alegar como si aquello hubiese sido un movimiento ilegal, pero no le hicieron ningún caso, por lo que, indignado, le advirtió a la chica que ahora pelearían en serio, a lo que Falena respondió que ella siempre peleaba en serio. Yurba se lanzó hacia delante repartiendo puntazos rectos, uno tras otro, que obligaron a Falena a retroceder, luego continuó con espadazos circulares que iban y venían de un lado hacia el otro y que la chica esquivaba solo con la flexibilidad de su cuerpo, pero agobiando sus sentidos e incapaz de contraatacar. Yurba, entonces, vio un espacio y lanzó un ataque descendente sobre la cabeza de Falena que iba destinado a abrirle un buen corte a esta en la mollera, pero que la chica evitó cruzando sus dos espadas en alto. Yurba sonrió, porque eso era lo que esperaba, levantar la guardia de su rival, despejar su abdomen y meterle una patada en el estómago que la hizo doblarse sobre sí misma sin aire. Mientras Falena recobraba el aliento con una rodilla apoyada en el suelo, Yurba celebraba como un campeón, dando saltitos por el cuadrilátero con los brazos en alto, “¡Vamos, apenas te toqué!” Le espetó este, animándola a ponerse de pie. Continuaron practicando hasta que ambos terminaron agotados, con los brazos adoloridos y la espalda magullada, “Eres bastante buena… para ser una niña.” Admitió Yurba entre jadeos, apoyándose sobre sus propias rodillas; la chica curvaba su espalda con fuerza hacia atrás para reacomodar sus vértebras, “Tú también… para ser un bravucón.” Seguirían entrenando juntos en los próximos días hasta terminar inevitablemente convirtiéndose en buenos camaradas.



Con dieciséis años cumplidos, Falena se presentó en el ejército cizariano para ser admitida allí como oficial, respaldada por su papá, su maestro y por Yurba, quien cuando se consideraba amigo de alguien, era difícil de alejar. Apenas llegaron, este puso al día a su amiga con la información concerniente sobre todos los presentes: que si aquel era tan imbécil como un asno tuerto, que si este todavía mojaba la cama por las noches o que si ese de allá tenía un dedo de más en cada pie como un engendro. La idea era que la chica contara con información ventajosa en caso de que cualquiera de esos palurdos quisiera meterse con ella, cosas que a Falena no le interesaban en lo más mínimo, pero era fácil comprender que la ayuda de Yurba era algo inevitable. La chica pasaría las pruebas con facilidad, como era de esperarse luego del arduo entrenamiento, y antes de los diecisiete sería aceptada como oficial del ejército cizariano.



Diecisiete años trabajando en la Descorazonada, eso era casi la mitad de toda su vida y mucho más de lo que había trabajado en cualquier otra parte. Pidras era el nuevo cocinero y Chad ayudaba en lo que podía atendiendo la barra, porque Grisélida no había vuelto a ser la misma desde la muerte de Gorman; había envejecido de golpe y porrazo y se pasaba el día hablando sobre el dolor de su cadera que la hacía caminar como un maldito pato por culpa de las estúpidas escaleras de Jazzabar y de lo mucho que deseaba morir de una buena vez después de tantos años de trabajo y sacrificio. Ya hasta le había heredado la Descorazonada a Nazli porque no había nadie más que pudiera hacerse cargo del negocio como ella y no es que le estuviera haciendo ningún favor, porque para Grisélida, el negocio que había construido y al que tanto había amado, ahora no era más que una maldición, una carga pesada y egoísta que le succionaría la vida y los sueños hasta dejarle agotado y vacío a quien se hiciera cargo, como a ella, preguntándose sentada sola en un rincón qué había obtenido después de tanto tiempo, qué quedaba para ella de todo lo que había dado y dónde estaban los nietos que deberían estar rodeándola y confortándola en la vejez. Grisélida de mayor se estaba volviendo insoportable para todos, incluidos los clientes, y había que hacer algo o el negocio se iría a pique antes que ella, porque por regla general, la muerte solía ignorar a quienes más la adulaban. Entonces, apareció Gina en el negocio, una prostituta de origen rimoriano, cuarentona, amiga de Pidras, con una habilidad casi sobrenatural para embarazarse y traer hijos al mundo, porque, aunque solo andaba con cuatro crías detrás de ella, se sabía que al menos eran una docena más los que había parido a lo largo de su vida, cuyos destinos desaparecían en los oscuros recovecos de Jazzabar y en los turbios meandros del río Jazza, pues aunque ella era una mujer dulce y buena por naturaleza, tenía muy pocas luces y no siempre se esforzaba por diferenciar lo bueno de lo malo y atormentarse con ello en la oscura soledad de la noche, como los demás, más bien aceptaba las cosas sin cuestionarlas, sin aferrarse y sin sufrir por lo que no podía evitar, como un pajarito cuyo nido ha sido destrozado y simplemente debe salir a cantar a la mañana siguiente y a buscar su comida para seguir viviendo, pero al igual que ese pajarito, Gina tenía un don, que era el que la había llevado a la Descorazonada, un don maravilloso que jamás le había bastado ni para conseguir un mendrugo de pan, pero que aun así era incuestionable para quien la oyera, porque Gina cantaba como los ángeles, y su voz era dulce y cristalina como el agua más pura, y su tono era perfecto y sin nunca desafinarse. Con su voz podía tranquilizar a los niños, adormecer a los viejos y apaciguar a los borrachos más pendencieros. Su voz era un milagro en un mundo en el que nadie estaba muy seguro de qué era eso.


León Faras.

jueves, 20 de abril de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 XLII.



Atrapar el pez con las manos fue mucho más sencillo para la chica de lo que el viejo Sagistán se podía imaginar, y divertido también, y es que esta, junto con otros niños cizarianos, practicaban ese juego en las orillas del río Jazza desde muy pequeños, cuando debían acompañar a sus mamás quienes se pasaban tardes enteras lavando en la ribera. A los quince años iniciaría su entrenamiento con el arco, debiendo aprender a fabricar el suyo propio y sus propias flechas, de esa manera siempre sabría diferenciar uno bueno de uno malo y eso también la ayudaría a afinar su puntería, pues esta dependía de la práctica y la técnica, pero también en buena medida de los objetos usados. Paralelamente inició su entrenamiento con la espada, la que tenía algunas cosas en común con la lanza, pero otras totalmente diferentes, pues su ataque era más corto y su uso involucraba solo a una de las manos, lo que complicaba mucho a la chica, pues no sabía qué hacer con la otra hasta el punto de estorbarle el brazo entero, entonces el viejo decidió que Falena era candidata para practicar el viejo arte de las dos espadas, muy en desuso en estas tierras, donde se acostumbra acompañar la espada con un escudo, un hacha pequeña o cualquier otra cosa menos con otra espada, pero muy valorado en las tierras de su niñez y su juventud, donde el arte de la esgrima a dos manos era tan respetado que no era apto para cualquiera, de hecho, él nunca lo practicó, pero conocía los fundamentos, y algo mejor que eso, conocía a una persona que lo practicó toda su vida: la Doncella ensangrentada.



Darlén regresó cinco días después a Bosgos sana y salva pero sin Ontardo, su padre, quien decidió quedarse allí donde tenía trabajo, respeto y amigos, mientras que en su casa, solo se pasaba el día entero sentado esperando su muerte día tras día, para ese momento, Janzo ya estaba dispuesto a salir a buscarla a donde fuera, pero Gilda lo tranquilizaba como solo ella sabía hacerlo. Por su parte, su hijo Brelio, convertido ya en todo un hombre, estaba mucho más al tanto de las habilidades mágicas de su madre y además había hablado con ella antes de irse, por lo que se mantenía tranquilo y confiado, pues ella, Darlén, le había prometido que si le sucedía algo malo se lo haría saber sin demora, y respecto a eso el muchacho no tenía ninguna duda, porque la conexión psíquica y emocional con su madre siempre había sido muy fuerte. La pareja natural que le correspondía a Brelio en el mundo, por decisión unánime de todos los dioses y sus constelaciones, era Emma, la hija adoptiva de Emmer y Nila, con la que había huido siendo ella apenas una bebé del ataque a Cízarin y con la que prácticamente se había criado todo este tiempo, pero con la que mantenían un trato de primos, casi de hermanos, sin interés alguno en comprometerse o en convertir su relación en algo romántico, ni siquiera ante el apruebo manifiesto de sus padres. Emma de niña siempre fue una chiquilla chispeante, traviesa y burlona, pero capaz de reparar cualquier desarreglo con su sonrisa amplia y espontánea y su mirada inocente, y ya de grande no había cambiado mucho; inteligente, se divertía con los muchachos que la pretendían, dándoles ilusiones y luego quitándoselas y luego volviendo a dárselas. Lo mismo que hizo con Brelio en su momento hasta que este aprendió a jugar su juego y se volvió inmune a sus mañas, lo que los convertía más en una pareja de compinches que de novios. Ella era todo lo contrario de Lina, la hija biológica de Emmer y Nila, cuatro años menor que Emma y una oda a la bondad, también víctima frecuente de las jugarretas de su hermana en su niñez, la que le pretendía adiestrar para las injusticias de la vida y curarla de su ingenuidad infantil, eso y reírse a escondidas de ella de vez en cuando, al ver a la pequeña bailando alegre, por ejemplo, sobre una caca de vaca por sugerencia de su hermana mayor. Sin embargo, la chica crecería y todo eso quedaría atrás. El hecho, era que todos en Bosgos, incluso los más jóvenes, sentían la tensión acumulándose en la tierra y sus habitantes, los rumores cundían cada vez con más frecuencia y más preocupación en las voces de quienes los transmitían: Rimos, Velsi y algunas aldeas menores ya estaban siendo estrujados bajo la pesada bota de Cízarin, y su rey despilfarraba sus recursos con pasmosa facilidad en proyectos lujosos y extremadamente caros, por lo que era cuestión de tiempo para que moviera su poderoso ejército y se adueñara de la, hasta ahora, ciudad libre de Bosgos, pero, y aunque Siandro rey de Cízarin lo estaba considerando muy seriamente, aún no decidía cuál era la mejor forma de hacerlo, porque no quería otro desastre como el de Velsi, ya que una ciudad destruida por completo, no podía generar nada bueno para él.



Para Falena fue toda una sorpresa saber quién había sido la vieja Zaida en su juventud, ella le había hablado sobre la “Doncella Ensangrentada,” pero jamás mencionó que esa doncella fue ella, ni tampoco que el señor Sagistán hubiese peleado junto con ella en una guerra larga y sanguinaria, “Esa es una historia antigua, niña, muy, muy antigua” Replicó la vieja con dulzura, como si se estuviera disculpando por no haberlo mencionado antes. Para este momento, Falena ya casi cumpliría los dieciséis y ya dominaba los fundamentos de la esgrima a dos manos gracias a su orgulloso maestro, usando espadas de verdad pero sin filo para acostumbrar los brazos al peso real de los metales, pero necesitaba que Zaida puliera su técnica y para esto, la vieja le visitó acompañada de un joven soldado, uno muy particular, cuya esgrima era similar, pero acompañaba su espada con un hacha pequeña de mango largo. Era un hombre de baja estatura, casi completamente calvo a pesar de estar al principio de sus veintes, musculoso y con aire pedante al hablar, al caminar y sobre todo al sonreír, su nombre era Yurba, “Así que tú eres la chiquilla a la que entrena Sagistán, dime ¿Ya te hizo atrapar una rata?” Y es que Yurba tenía la infantil costumbre de burlarse de todo lo que no comprendía, que no era poco. Zaida lo sabía, y le borró la risa con una mirada fulminante, pero también sabía que aquel era un buen soldado y muy buen esgrimista, por lo que sería un excelente esparrin para su protegida, Falena, por su parte, miraba a su contrincante con algo parecido al odio, esa era la gran cualidad de Yurba, algunos lo amaban, la mayoría no lo soportaba, pero no podía pasar simplemente desapercibido. “Concéntrate, haz lo que ya sabes y hazlo bien… Y no dejes que te moleste, si lo hace, tú habrás perdido ¿Entiendes?” Le advirtió el viejo Sagistán mientras le daba a su pupila sus dos espadas de madera y le quitaba las de metal, porque era mejor evitar que el asunto acabara con una cabeza rota.


León Faras.

miércoles, 5 de abril de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XLI.



Los Invisibles la guiaron correctamente, aunque en más de un momento parecía que no, porque los espíritus no señalaban un camino, sino una dirección, como una brújula, el camino había que buscárselo, y eso no siempre era algo fácil con terrenos tan abruptos y accidentados, ignorados por los dioses y los hombres. Darlén cabalgó un día entero con su noche, con el gran temor de que la llama la guiara hacia un barranco que su caballo no alcanzara a prevenir en la oscuridad. La primera luz de la mañana la encontró atravesando un tupido bosque sin la certeza de si estaba siguiendo una brújula sobrenatural o solo la maldita dirección del viento. Cuando salió de la espesura, se encontró con un río, el viejo río Jazza, aunque en ese momento ella no lo supiera, y al otro lado, una pared de tierra vertical como un despeñadero imposible de subir para la chica o su caballo, pero al que la llama apuntaba decididamente, sin embargo, más allá, en el cielo, varias columnas de humo acusaban presencia humana. Un pueblo al que sus habitantes llamaban Confín.



Falena había atrapado a la gallina con relativa facilidad, luego de perseguirla por más de una hora hasta acorralarla, con la paloma le tomó todo un día solo darse cuenta de que no podría jamás atraparla con las manos y que necesitaba usar una malla o un saco para tirárselo encima y evitar así que se le escapara volando una y otra vez, al fin y al cabo, el señor Sagistán no le había especificado cómo debía hacerlo, pero con la rata estuvo atascada casi una semana, pues esta estaba metida dentro de una caja con un agujero y ella debía esperar a que el bicho saliera de allí por voluntad propia para caerle encima y capturarla, pero pese a sus mejores esfuerzos el animal logró huir y tal como había dicho el señor Sagistán, si la rata huía, se escondería y sería casi imposible de volver a encontrar, aunque se pasara todo el día registrando cada pulgada de terreno; el bicho desaparecía sin dejar rastro y había que esperar a que de nuevo decidiera salir por propia voluntad y eso hacía que Falena se frustrara por la estupidez que le tocaba hacer, lanzando el pañuelo de su cabeza al suelo o pateando cualquier cosa que se le cruzara por delante. Al ver esto, el señor Sagistán decidió darle un respiro, “¡No puedes hacer que tus enemigos hagan lo que tú quieres cuando tú quieres! Te dije que debías tener paciencia ¿Acaso nunca has visto a un gato cazando? ¡Déjala ya!” Le espetó el viejo mientras la guiaba hacia el granero donde le presentó un par de varas de madera de dos metros de largo cada una, “La primera arma que todo soldado debe aprender a usar es la lanza, porque es la que te mantiene más lejos de tu oponente” Falena se emocionó, por fin iba a aprender a usar un arma, “…Y lo primero que debes aprender es a defenderte con ella, después a atacar, porque no hay ataque sin defensa ¿Entiendes?” Señaló el viejo, y en seguida le enseñó una correcta postura y cómo debía desviar los ataques de una lanza, siempre hacia afuera y hacia abajo, buscando abrir espacios en la defensa de su oponente, o a esquivarlos girando con el cuerpo para obtener ventaja en el combate. Ese tipo de entrenamiento era el que a la chica le encantaba y algo en lo que podía ser muy buena. En los días siguientes el viejo le enseñaría el arte del contraataque, cómo cada movimiento defensivo estaba diseñado para convertirse en otro ofensivo y viceversa, y cómo este proceso debía ser tan fluido como una danza, “El combate es en cierto modo un baile, uno en el que solo los mejores bailarines quedan de pie al final.” La niña se pasaría horas practicando sus movimientos de ataque contra un árbol seco, cuyas ramas asemejaban un enemigo de múltiples brazos o a la deforme mano de un colosal gigante, mientras el viejo la observa con curiosidad y satisfacción, pues él no le había ordenado que lo hiciera. Una tarde, agotada por el entrenamiento, mientras se tomaba un descanso, oyó un ligero ruido en el huerto, sonrió, Punto, el perro, dormía tirado al sol a un par de metros y ni siquiera se había despertado con el sonido. La rata estaba allí, royendo con desparpajo uno de los tomates de Sagistán. La niña se quedó inmóvil, observando, si quería atraparla, se dijo, debía conocer sus movimientos, sus escondites, sus hábitos de rata, como había dicho su mentor, proceder con paciencia y tino y no con desbocada energía. Quiso moverse para buscar una mejor posición, pero en cuanto lo intentó, Punto levantó la cabeza, ¡Ella ni siquiera había hecho un ruido! Sin embargo, en ese mismo momento, el otro perro, Remo, apareció como una tromba de un salto, oculto entre las calabazas quién sabe por cuánto tiempo y dejó caer rápida y certera una de sus patas sobre el torso de la rata, volteándola sin dejarle oportunidad a esta de hacer nada por defenderse o escapar, para luego cogerla con el hocico y ponerse de pie, soberbio, mirando a la chica como queriendo decirle “¡Así se hace, niña!” Mientras esta apenas podía cerrar la boca para contener la baba, por su parte, Punto no se dejó impresionar, luego de un largo y satisfactorio bostezo, reacomodó su cuerpo para seguir durmiendo ¿Acaso Punto estaba haciendo de elemento distractor mientras Remo emboscaba a la rata por detrás, o solo era su imaginación?



Por aquel tiempo, Cízarin era un reino próspero donde la fortuna y el poder de Siandro, su rey, crecía día tras día, y ya no tenía que compartirla con nadie, pues su hermano, después de tantos años, había sido dado por muerto de manera oficial, por lo que decidió llevar a cabo un caprichoso proyecto personal con el que soñaba desde hacía tiempo, como una adolescente sueña con un vestido: construir una pequeña ciudad de lujo con un palacio incluido en la cima del Decapitado, para él y sus más cercanos. Además, ordenó crear un sistema para coger el agua del río y transportarla hasta arriba por medio de enormes ruedas y correas con baldes flotantes, donde sería dividida por canales y piletas que regarían sus jardines y bañarían a sus habitantes para luego descender en forma de vistosas cascadas y retornar a su fuente, todo impulsado por la fuerza del inagotable río Jazza, tal como funcionaban los molinos de Velsi. Por el momento, los trabajos se concentraban en la construcción de un camino de tablones instalados sobre andamios que se enrollaba en el monte varias veces como una serpiente, pues debían controlar la pendiente, hacerlo con descansos y lo suficientemente ancho como para que las innumerables carretas con materiales que subirían y bajarían por ahí en los próximos años, lo hicieran con holgura y sin extremar esfuerzos. Debía ser firme y duradero, pero no necesariamente bonito, pues sería reemplazado al final por uno digno de un rey, o al menos así se veía en las representaciones artísticas de su gran obra terminada, las que engolosinaban los ojos del soberano como los de un niño frente a los dulces.


León Faras.

sábado, 25 de marzo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XL.



Migas ya habitaba su cabaña nueva y la seguía compartiendo con su padre, al que había desenterrado después de pasar más de un mes sepultado vivo, o semivivo, o no muerto, pues esto último era lo más cercano a la extraña condición del viejo Buba, al que mantenía en este mundo gracias a un viejo ritual pagano y a un asqueroso brebaje en base a fluidos corporales humanos y hierbas que debía administrar una vez cada dos ciclos lunares como máximo antes de que el cuerpo se dañara irremediablemente, cosa que ya había sucedido varias veces antes porque sus ingredientes no eran del todo fáciles de conseguir y las consecuencias estaban a la vista. Migas, como alquimista aficionado, botánico de formación tradicional y científico naturalista de vocación, desde hace algunos años trabajaba en una fórmula para deshacerse de la apestosa y desagradablemente ruidosa plaga caprina que a diario debía soportar en los alrededores de su propiedad, pero buscaba algo más elaborado que solo veneno, debía ser más sutil, él deseaba hacer algo que pareciera una enfermedad, como una peste, para que las personas no lo culparan a él y volvieran a incendiar su casa, esta vez con él dentro. Tenía algunas ideas, solo debía dar con la combinación exacta en las cantidades justas de los distintos polvos fúngicos que manejaba para lograrlo, una tarea ardua, considerando la casi infinita cantidad de especies de hongos que existen, unos más fáciles de conseguir que otros. Sus primeras pruebas en ratas fallaron estrepitosamente, enloqueciendo al individuo, haciéndolo huir hasta provocarse un infarto o matándolo horriblemente con incontenibles vómitos que no paraban hasta expulsarse a sí mismo por el hocico. No solo eran crueles, sino también ineficientes, pues lo que él buscaba era matar más de un pájaro de un tiro, muchos más, y lo lograría. Podía provocar locura, pérdida de la realidad y confusión; la agresividad también era fácil de inducir, solo le faltaba una cosa más para crear su fórmula perfecta: el hambre, un hambre tan incontenible como insaciable y cuando lo logró, vio en sus ratas de laboratorio, con asombro y admiración, como estas enloquecían y se atacaban unas a otras, devorándose entre ellas con frenética locura, un espectáculo macabro y maravilloso a la vez. De los ocho individuos que tenía en su corral, todos murieron, unos por las heridas y otros debido a las consecuencias de comer sin mesura, el último en morir, fue una rata grande, gorda y jadeante, con los ojos inyectados de sangre y colgajos de piel desprendida en el cuerpo; de andar lento, torpe y bamboleante, tal vez por los numerosos mordiscos recibidos o tal vez por efecto del poderoso cóctel de hongos que había ingerido, tenía la cola seccionada y estaba obligada a arrastrar una de sus patas como si fuera un bulto, pero como fuera, no tardaría en perecer también y Migas, en saber que había encontrado lo que estaba buscando.



Sería un espectáculo digno de ver, pero no podía él arriesgarse a que lo vieran merodeando y lo relacionaran con lo que estaba a punto de suceder, por lo que salió antes del amanecer y se dirigió al campo de pastoreo más cercano donde “plantó” sus pequeños cebos camuflados en la hierba y se fue. Al mediodía, mientras se paseaba inocentemente comprando algo de grano molido de Velsi, escuchó con reprimida satisfacción y orgullo, los horrorosos relatos de las personas que cuchicheaban la última noticia del momento, cómo las cabras habían enloquecido de pronto y sin explicación, atacando salvajemente a las otras como poseídas por malvados espíritus de las tinieblas. Decían que el cabrero se había salvado de milagro para contar la historia, pues también fue atacado por sus propias cabras, salvajes, con ojos desquiciados y sus barbas y pechos teñidos de sangre, pero salvado al final por sus perros, quienes entregaron sus vidas para que él pudiera escapar, esto entristeció sinceramente a Migas, pues de todas las especies animales que conocía, la única que respetaba y que no consideraba digna de ser convertida en forraje a la menor oportunidad, eran los perros. Él mismo tuvo uno hace un tiempo de nombre Beto, un perro pequeño que llegó a estar grotescamente obeso cuando murió en silencio una fría noche mientras todos dormían, de un infarto, a la tierna edad de doce años, Migas intentó taxidermizarlo, pero falló miserablemente y el resultado fue tan repugnante para la memora del pobre Beto, que debió sepultarlo. El joven cabrero, según los comentarios de las personas, estaba ileso pero aterrorizado, y los hombres ya habían salido armados con machetes y horquetas a acabar con la plaga de cabras caníbales antes de que se propagara. Por lo pronto, los dueños de cabras evitarían esa zona de pastoreo en particular, lo que libraba al viejo Migas de tener que soportar la presencia de esos asquerosos bichos, que era, desde un principio, exactamente lo que deseaba.



Darlén ya había alcanzado cierto nivel en las artes oscuras, gracias a las enseñanzas de Circe, a la que visitaba al menos una vez a la semana sin falta desde hacía varios años. En todo ese tiempo, había consultado al péndulo innumerables veces, y este siempre le respondía lo mismo: que su padre seguía en el mundo de los vivos. Circe, a la que ya podía ver a plena luz y en toda su peculiar hermosura, le había enseñado un hechizo apto para encontrar a cualquiera en cualquier parte, pero le había advertido que involucraba el poder y el conocimiento de los Invisibles, “Las almas de los atascados en este mundo” Le dijo, “Y con ellos no se debe jugar, pues todo hechicero debe saber que más vale tenerles como amigos bien dispuestos, que como rencorosos enemigos” Darlén estaba presta a lo que fuera con tal de terminar con la angustia de no saber dónde estaba su padre y Circe la llevó hasta un círculo de rocas parcialmente sepultadas oculto en el monte, que en realidad era un punto de energía astronómica en el que se reunían con aquellos que carecían de un cuerpo de carne y hueso. Debía llevar suficiente aceite para diez lámparas y encender siete en el altar, las otras tres serían para el camino. Luego ambas debían orar hasta que los Invisibles revelaran su presencia en el fuego de las lámparas, entonces podían hacer su ofrenda y su petición, siempre con sumo respeto y postración para no ofenderlos, pues lo menos que los espíritus podían hacer, era guiarlos erróneamente hasta extraviarlos en sitios que solo ellos conocían y de los que nadie escapaba nunca, ya fuera por venganza, capricho o mera diversión. Darlén presentó lo único que tenía de su padre al momento de separarse, un anillo forjado por él mismo y encendió su lámpara. Luego de unos momentos, los Invisibles decidieron ayudarla y la llama de la lámpara comenzó a inclinarse mostrando una dirección que la chica seguiría en su caballo. Sola, pues ni su esposo ni su hijo sabían de lo que estaba haciendo y Circe, luego de desearle suerte, casi se desvaneció en el aire.


León Faras.



domingo, 19 de marzo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXIX.



Al cumplir catorce años Falena fue llevada de mañana por Rubi hasta el granero más viejo de todo Cízarin, no le dijo el porqué, solo la arrastró hasta allá sujeta de un brazo y con un paquete bajo el otro y caminando a paso redoblado, pues se suponía que llegaban tarde a algo. Allí había dos personas, uno era un anciano flaco, de pelo blanco y una barba perfectamente redonda como una hogaza de pan, como si creciera enrollándose sobre sí misma, fue lo primero que le llamó la atención a la niña, aunque eso no significara nada; la otra persona que estaba allí, y a la que no reconoció a primera vista, era la vieja Zaida, según Rubi, ella la había mandado a buscar. “Este es el señor Sagistán, soldado experimentado, guerrero innato y respetado instructor, ahora ya retirado, pero en honor a nuestra vieja amistad, a accedido a ayudarnos con tu entrenamiento…” El señor Sagistán permanecía sentado sobre un taburete, con las piernas cruzadas una sobre la otra y la boca apretada. Tenía muchas cicatrices a la vista que resaltaban pálidas sobre su piel bronceada, pero ninguna parecía de gravedad, excepto, quizá, por el dedo meñique de su mano izquierda que había desaparecido por completo. Zaida se acercó a la niña hasta ponerse a pocos centímetros de su cara, “El señor Sagistán es el mejor instructor que hay, pero como ya dije, está retirado descansando y dedicándose a sus cosas, así que lo último que necesita es que le hagan perder su tiempo, por lo que te lo preguntaré por última vez, ¿Segura que quieres ser soldado?” La niña miró al viejo, este también la miraba con sus ojos color tierra, parecía severo pero no le daba miedo. Falena respondió con una firme y convincente inclinación de la cabeza y la mujer replicó el gesto hacia el anciano. Todo estaba listo. Antes de irse, Rubi le entregó el paquete que traía, “Los hicimos para ti con mamá, los vas a necesitar” Le dijo. Eran unos pantalones, también había un par de sandalias. Luego, echándole una mirada desafiante al anciano, comentó en voz baja, “Guerrero innato, ja, con todas esas cicatrices en su cuerpo, seguro que no era muy bueno.” La niña abrió tremendos ojos ante tal comentario de su hermana y miró a su futuro maestro, pero este, curiosamente, solo esbozó una sonrisa. Seguramente se desquitaría con ella por la gran boca de Rubi.



Tu hermana tiene razón…” Fue lo primero que el señor Sagistán le dijo cuando quedaron solos, “Nunca fui muy bueno, en realidad, pocos son los tocados por la gracia de los dioses que tienen un talento innato y sobresaliente ¿por qué crees que la mayoría de los soldados visten esos pesados pijamas de hojalata? Porque a veces una espada no basta. Y como yo nunca tuve una armadura porque nunca me dieron una, tuve que esforzarme el doble y aprender a defender mi cuerpo con mi cuerpo y mi vida con mi vida y también aprender a huir rápido y a esconderme y permanecer en silencio durante horas…” “¡Eso es de cobardes!” Protestó la niña con el ceño apretado. El abuelo se quedó con la boca abierta, interrumpido a mitad de su discurso inicial, entonces emitió un chiflido y dos perros llegaron caminando a su lado, desperezándose. Uno era mediano y negro, con el hocico puntudo y los ojos saltones con aire desquiciado, el otro era grande, café oscuro y con aspecto chulo y matonil. Se llamaban Punto y Remo, respectivamente. “Estos perros son capaces de cazar cerdos, patos y liebres en campo abierto, perseguir y acosar su presa sin descanso hasta capturarla y destrozarle el cuello. Si a estos perros les ordenara en este momento perseguirte a ti, ¿qué harías?” La niña no dijo nada, pero instintivamente se puso en guardia, lista para huir, el viejo asintió. “Así es, huirías a esconderte, porque sabes que no puedes pelear contra ellos e intentarlo sería muy estúpido, no valiente, estúpido” El señor Sagistán golpeó sus palmas una vez y los perros se echaron en el suelo con un quejido ronco, como de hastío por ser molestados en vano. “Aprenderás a ser buena huyendo y escondiéndote, incluso de ellos…” continuó. “Pero yo no quiero huir, lo que yo quiero es aprender a pelear con una espada” Protestó la niña, comenzando a sentirse algo decepcionada. El viejo se acuclilló frente a ella, “Lo que tú quieres, es ser soldado, ¿no? pues lo primero que el soldado aprende es a obedecer. Si no sabe obedecer, no sirve, no importa lo bien que maneje la espada. ¿Quieres pelear con una espada? Vete de aquí, consigue una y ve a practicar al bosque con los árboles, cualquier imbécil puede enseñarte a dar espadazos, pero si te quedas, hay mil cosas que debes aprender antes de empuñar una espada.” Luego se puso de pie y se fue, “Es todo por hoy” Dijo.



Para el señor Sagistán, Falena no era el primer joven que soñaba con ser el mejor espadachín del mundo al que él debía entrenar, como si él hubiese sido alguna vez el mejor en algo, eso sí, todos los realmente buenos que él conoció, incluso aquellos que él mismo entrenó, habían muerto antes de los treinta años, mientras que él seguía vivo para enseñarle a los jóvenes, ese debía de ser un punto a su favor. El último de sus alumnos sobresalientes fue Toramar, el mejor espadachín de Cízarin, un chico con un talento único para moverse y una facilidad innata para incorporar la espada al resto de su cuerpo, que se unió al ejército solo para que su mamá no tuviera que seguir trabajando duro por ambos y que según le confesó una vez, nunca soñó con ser soldado. A los dioses les gusta ser irónicos con ciertas cosas. Pensaba en todo esto el viejo mientras afilaba en una piedra su azadón, cuando la voz de Falena apareció tras él, “Perdone…” Dijo la niña, humilde, “Tiene razón, mi tío Demirel dice que ser soldado es mucho más que blandir una espada… aunque no sé muy bien qué es blandir” Admitió la niña. Sagistán se volteó a mirarla, Falena se había puesto los pantalones que traía, eran de tela basta, reforzada con parches en las rodillas y en el trasero y amarras en los tobillos. “Entonces te quedas…” Dijo el viejo, quien se había puesto un gracioso sombrero de paja que le restaba seriedad a su aspecto, “¿Ves esa gallina colorada que está rascando en mis pimientos? Quiero que la atrapes y la traigas aquí.” La niña se quedó parada esperando a que le hablaran en serio, pero el viejo no parecía reír, “¿Qué esperas?” Preguntó el viejo, Falena protestó, jamás había tenido que atrapar una gallina y no sabía cómo hacerlo, Sagistán siguió afilando su herramienta, “¿Qué tienes que saber? Eres más fuerte que ella, más rápida y de seguro más inteligente, solo usa lo que tienes a tu favor y atrápala, es todo lo que tienes que hacer.” Pero la niña no se movía. Sagistán detuvo su trabajo con un suspiro, tendría que explicarle todo a esta niña, “La gallina es buena corriendo, saltando y esquivando, aprenderás mucho de ella si le pones algo de atención, después harás lo mismo pero con una paloma, que es capaz de volar, por lo que tendrás que ser menos rápida y más cuidadosa, luego será una rata, a la que si le permites que se esconda, no volverás a encontrar nunca, te enseñará paciencia y finalmente tendrás que capturar un pez con tus manos, que es capaz de todo lo anterior.” “¿Por qué no empiezo por el pez y me salto todo lo demás?” Respondió la chiquilla, mientras se dirigía resignada a corretear a la gallina.


León Faras.

domingo, 12 de marzo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XXXVIII.



Zaida había envejecido muchísimo, pero Teté aún no había visto el brillo de la muerte sobre ella, así que aún le quedaba tiempo en este mundo y sus facultades mentales intactas. Falena tenía doce años, casi trece, y desde hace un par que recibía clases sobre literatura, matemáticas y música por órdenes de su vieja mentora, aunque la niña no entendía bien el porqué y menos aún por qué ella sí y los otros niños no, “¿Acaso no sabes que eres una princesa?” Le preguntó la vieja, Falena la miró suspicaz, como quien sospecha que está siendo víctima de una chanza, “Es cierto, créelo. Tu madre también lo era” Le aseguró Zaida. Aun así, ella no tenía interés alguno en ser una princesa, ella quería ser soldado, “¿Crees que una mujer pueda ser un buen soldado?” Le preguntó la niña, totalmente ignorante de con quien hablaba en realidad, “¿Has oído hablar de la Doncella Ensangrentada?” Preguntó Zaida, y la niña negó con la cabeza. La vieja le contó una historia, “En un lugar lejos de aquí, una muchacha huérfana y flacucha peleó en su primera batalla real con tan solo catorce años de edad, lo hizo como una fiera, furiosa e incansable, tan impetuosamente que todos pensaron que solo haría que la mataran, pero cuando la batalla terminó, la niña estaba viva y de pie, jadeando como un animal y cubierta de sangre de los pies a la cabeza, muchos curtidos hombres dijeron que su rostro en ese momento solo podía inspirar miedo. La niña siguió luchando en más batallas, ganándose el respeto de sus hombres y llegó a convertirse en su generala, a la que todos estaban dispuestos a seguir… y no era más que la hija de un par de aldeanos muertos por la guerra.” La niña no decía nada, solo sonreía engolosinada con las imágenes que veía en su cabeza, la mujer le dio un par de segundos para regodearse y luego añadió, “Si quieres ser soldado yo puedo ayudarte, pero si lo haces, te lo advierto, será duro y no habrá lugar para arrepentimientos porque nadie estará dispuesto a escuchar tus quejas, así que te daré un año más para que te lo pienses bien.”



Cuando Falena le dijo a su madre que sería soldado, esta se espantó como ante una desgracia, pero no fue nada comparado con la reacción de Rubi, “¡Pero es que te has vuelto completamente loca?” Gritó esta, furiosa, “¡Soldado? ¡Esa gente no puede ni siquiera controlar sus propios gases! ¡Son rudos, son groseros y huelen mal!, ¿Qué vas a hacer tú en medio de ellos?” Falena también se indignó, “¡Oye! ¡Mi papá es soldado!” Entonces Rubi se volvió como un relámpago con su dedo inquisidor en alto hacia Telina, “¡Te lo dije! ¡Te dije que esto pasaría!” Y era cierto, Rubi ya se lo había dicho. Luego se volvió de vuelta hacia su hermana pequeña con los brazos en jarra, “¿Acaso crees que todos son como tu papito? ¡Pues adelante! Ve y sé soldado, pero luego no regreses lloriqueando a pedirnos que te saquemos del embrollo en el que te estás metiendo” “¡No lo haré!” Chilló la niña, apoyando sus manos en la cintura como su hermana. Pero luego de la confrontación, siempre venía la conciliación, Rubi se sobaba la frente frustrada, respiraba hondo y negaba con la cabeza, como si de pronto se diera cuenta de que todos sus esfuerzos son inútiles y debe ceder a pesar de estar en lo correcto, “Esta bien, esperaremos un tiempo, aún eres muy chica para eso. Si en un año todavía tienes esa loca idea de ser soldado, yo misma te llevaré y haré que te acepten o se enterarán de quién es tu hermana mayor…” “Eso no será necesario, Rubi, la señora Zaida me ayudará.” Replicó la niña, con una enorme mueca de pura satisfacción. Para Teté, que una mujer quisiese ser soldado era una absurda aberración, ella misma se imaginaba obligada a marchar al campo de batalla con una espada en la mano y sentía pavor, por lo que no comprendía cómo era que una niña desease eso a propósito, pero si esos eran los planes que Zaida tenía para ella, y la niña estaba de acuerdo, pues ella estaría de acuerdo también, si al final quién era ella para decidir lo que una princesa debía o no debía hacer. “¿Cómo era mi mamá…? mi verdadera mamá, ¿es cierto que era una princesa?” Preguntó la niña acurrucada en su cama junto a Teté, como cada noche antes de dormir, esta no le había dicho nada a Falena sobre ninguna princesa, así que supuso que alguien más lo había hecho, “Era bella, muy bella… tenía los ojos muy claros, como el cielo al amanecer, nunca vi ni he visto ojos así. Su nombre era Delia, y sí, era una princesa” “Era buena…” Agregó Rubi, desde su rincón, “Repartía fruta o a veces galletas con miel entre los niños… yo era la más pequeña de todos y ella siempre se asegurara de que también me tocara” Luego de una dulce pausa, su gesto se entristeció, “Eso, cuando estaba bien…” Añadió. Falena no comprendió aquello último, pero la mirada compasiva de Teté en ese momento la hizo deducirlo, “Tu mamá estaba enferma, mucho antes de que tú nacieras… pasaba mucho tiempo en cama, a veces se mejoraba que parecía que casi podía volar, pero luego volvía a decaer… decían que era algo en su sangre” Concluyó Telina, trayendo a su memoria las horribles imágenes que aún conservaba de la muerte de la princesa Delia. “¿Si yo no hubiese nacido, ella seguiría viva?” Preguntó Falena mientras acariciaba el vientre de Teté con marcado interés, “No hay forma de saber eso, eso…” Iba a agregar algo, pero Rubi le interrumpió dirigiéndose a su hermana, “¡No seas tonta! Nadie elige nacer o no nacer ¡Qué podías hacer tú? No es tu culpa.” Acabó, remarcando cada una de las sílabas de la última frase para que no cupieran dudas, Falena la miró buscando la veracidad que nunca faltaba en los ojos de Rubi y luego miró a su mamá, “¿Tú también te vas a morir?” Le preguntó. Teté la miró espantada, Rubi, en cambio, como a un horrible bicho raro. Falena agregó, “También tienes un bebé allí dentro…” Teté lo sospechaba, pero aún no lo sabía, nadie lo sabía. Preguntó por qué la chiquilla decía eso, pero esta solo se encogió de hombros, mirándole el estómago como si pudiera ver su interior. Era cierto, Telina estaba embarazada en ese momento, lamentablemente perdería su primer bebé antes de la décima semana, con todo el espanto de no saber qué está pasando y creyendo firmemente que se está a punto de morir, pero nada de eso sucedió, gracias a la sangre fría de Rubi y la experiencia de Dana que sabía una o dos cosas sobre abortos, cosas que Telina acabaría aprendiendo también.


León Faras.