lunes, 26 de junio de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

L.



Yurba cogió un caballo y se fue, no es que Falena estuviese de acuerdo con ese hurto, pero tampoco hizo gran cosa por evitarlo. Él buscaría a esa supuesta bruja y ella a su madre y a su hermana, pero justo cuando iba a hablar con Tibrón para ir por ellas, tres soldados cizarianos llegaron ataviados con relucientes armaduras, como si en vez de pelear una batalla fuesen a un jodido desfile, excepto por su comandante, el bueno de Váspoli, cuyo uniforme ya estaba gastado, deslucido y marcado en la lucha por el enemigo al igual que su carácter, ahora mucho más serio y comedido. “Quisiera que todo esto no fuera un maldito error.” Fue lo primero que dijo al estrechar la mano de Tibrón, con quien habían compartido buena parte de sus carreras militares. “Sí. Mientras antes acabemos, mejor.” Respondió el otro con voz ronca. Váspoli había cambiado mucho desde que lo conocía, pero más desde que, hace tres años, nació su hija, Mara. Nunca había creído que tener un hijo podía transformar tanto a alguien, el muchacho engreído y superficial de antes, ahora era un hombre maduro y confiable, y no solo él podía notarlo, los demás también pensaban lo mismo, aunque se volvía un completo idiota tratándose de su hija pero aquello era muy comprensible, la chiquilla era adorable. Solo esperaba que ella nunca tuviera la desgraciada idea de hacerse soldado como Falena, porque él no pensaba verla marchar a ninguna batalla nunca. Váspoli traía noticias sobre el ejército cizariano, la distancia a la que estaba y las posiciones que tomarían, pero de pronto fue interrumpido por Éscar, quien intervino con ruda cortesía. “Disculpad, pero esa muchacha rimoriana que viene contigo acaba de abandonar el campamento. ¿La has enviado tú a alguna parte?” Inquirió el viejo instructor con su ojo bueno. Se refería a Falena, sin duda, la única muchacha allí, y no, él no la había enviado a ninguna parte y no tenía ninguna idea de hacia dónde podía haber ido, pero no la acusaría de nada frente a él. El instructor Éscar era un férreo defensor de la disciplina, especialmente con quienes no habían pasado bajo su fusta. “Ella ahora es una oficial cizariana y estoy obligado a confiar en su juicio. Cuando regrese le pediré explicaciones.” Respondió Tibrón. Éscar hizo un gesto de conformidad fingida, saludó a Váspoli con una leve sacudida de la cabeza, y se retiró. “¿Todo está bien?” Preguntó este último. “No lo sé.” Respondió el otro.



Teté se había pasado la mitad de su vida en estado de angustia permanente, pero nunca había sentido algo tan intenso como ahora, su hija querida iba a morir, y era ella misma la que la estaba llevando directo hacia la muerte en vez de protegerla, sin poder hacer nada al respecto. Apretujó a su hija con desesperación hasta que esta logró liberarse, “¡Pero si estoy bien! ¡Me siento bien, mamá!” Protestó Rubi, atosigada y medio asfixiada. Teté se apretujó a sí misma entonces, lloriqueando. Cualquier cosa que la matara ahora, sería culpa suya por haberla arrastrado hasta allí, pero si no lo hubiese hecho, se sentiría peor por no haber intentado hacer nada. En eso estaban cuando se presentó un muchacho quien dijo llamarse Brelio, él era el hijo de la bruja, y lo había mandado a buscar una vecina preocupada por la congoja de esa mujer que no paraba de llorar. El chico no era brujo, aunque su madre lo había adiestrado para entregar y repartir talismanes y medicinas que preparaban, pero una vez allí, nada sabía él de gente capaz de ver al recolector de almas acercarse. “¡Es ella la que va a morir! ¿Es que no la ves?” Le gritó Teté, afligida, señalando a su hija con ambas manos, pero el muchacho no podía ver nada raro en Rubi, aunque sí tuvo una idea para tranquilizarlas a ambas. “Este es un amuleto muy poderoso…” Dijo, sacándose un hatillo colgado a su cuello. “Mi madre dice que mantiene alejado a los malos espíritus, incluso al Recolector de almas…” El muchacho hablaba con pompa, sonaba como un embaucador de feria y Teté lo escuchaba hipnotizada, sobre todo aquello del “Recolector.” Brelio continuó: “Ella dice que no debo quitármelo nunca, pero es tu hija quien lo necesita ahora.” Concluyó solemne, colgando el amuleto del cuello de Rubi con toda gravedad. La pantomima era algo muy importante en el oficio, aseguraba su madre, y lo era, pero Teté no parecía reconfortada. “¿No tienes otro de esos amuletos?” Preguntó Telina, afligida, como si algo le estuviera doliendo intensamente en algún remoto lugar de su cuerpo. El chico negó con la cabeza, ese amuleto era especial, no habría otro hasta que su madre regresara y fabricara uno nuevo, pero no importaba porque su hija estaba protegida ahora. “¡Pero es que ahora eres tú quién va a morir!” Escupió Teté, entre nuevos espasmos de llanto. Tanto Rubi como Brelio se miraron, ¿acaso era una broma? Rubi no creía eso, pero Brelio tenía sus dudas. Entonces el muchacho en un arrebato de inspiración le quitó el amuleto a Rubi para colgárselo a su madre. Él solo quería una solución para su espíritu condescendiente y por un segundo el rostro de Telina se iluminó, pero en ese momento un caballo se detenía junto a ellos y alguien más llegaba. Nadie mejor que Telina sabía lo ocupado que estaría el Recolector de almas durante aquel día en ese lugar, pero es que esto ya era ridículo: ni Rubi, ni Brelio, ahora era su hija Falena que recién llegaba, la señalada para morir. Teté cayó al suelo de rodillas, derrotada por la infame e incomprensible crueldad de los dioses.



¿Por qué te llaman Migas, dime?” Preguntó Nimir mientras su viejo amigo registraba entre sus cosas en busca de algo. Migas le echó un breve vistazo a su padre, como esperando ver una reacción de parte de este por la pregunta, pero no se le movió ni un nervio. “He tenido ese apodo por más tiempo que mi verdadero nombre… gracias a mi padre. Así era como me llamaba de pequeño, ¿no es cierto, padre?” Siendo un niño de cinco o seis años, Migas recordaba a su padre vendiendo trozos de carne curada acompañados de una rebanada de pan de centeno sobre un mesón en la calle, y a él bajo ese mesón, medio desnudo y siempre hambriento, atento para recoger cualquier cosa que cayera al suelo para comer, migajas principalmente. A veces incluso amarrado para que no molestara a los clientes más quisquillosos. Su madre estaba muerta; una única y certera pedrada que rodó misteriosamente cerro abajo y que en un espectacular brinco, acabó estrellándose contra su cráneo, de hecho, su padre aún conservaba su cuerpo en casa, junto a la piedra. Había hecho un pésimo trabajo de conservación por lo que el cadáver seguía descomponiéndose y apestando todo el lugar, pero aun así ambos la trataban como si solo estuviese dormida, y así fue durante varios años, hasta el punto que el joven Migas olvidó a la mujer y comenzó a concebir a su madre solo como ese cadáver silencioso y hediondo, pero al que aprendió a amar gracias a las incontables virtudes que él le atribuía y a un ferviente amor de madre que él creía sentir, un amor tan grande que ninguna mujer podría nunca siquiera semejar.


León Faras.

sábado, 17 de junio de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XLIX.



Falena se sentía completamente ridícula. Se suponía que ella era una soldado, preparándose para una muy posible batalla, su primera batalla real, en la que sin duda podía morir mucha gente, o resultar gravemente herida, incluso ella, lo cual era probablemente lo más serio que estaba a punto de enfrentar en su vida, sin embargo, ahí estaba, cuchicheando con Yurba acuclillados bajo la panza de su propio caballo, como niños traviesos jugando a ser novios a escondidas de sus padres, pero la sensación embarazosa se le pasó de golpe cuando Yurba se vio obligado a confesar la razón por la que estaba allí. “Al principio tu madre quería tener un hijo porque no podía tenerlo y por eso quería buscar una bruja que la ayudaría con eso antes de que se muriera, pero ahora dice que Rubi es la que se va a morir y Rubi también cree lo mismo, y ahora la bruja es para que Rubi no se muera o algo así… todo es muy confuso.” Explicó Yurba sin estar convencido él mismo de lo que decía. “Yo solo quería agradarle a tu hermana.” Concluyó el pequeño soldado, con su mejor cara de justificación, como quien a causado un tremendo desastre pero ha sido con las mejores intenciones. Era tan difícil tomar en serio a Yurba y tan inverosímil su historia, que Falena se sentía tentada de mandar a su amigo a volar y seguir en lo suyo, pero tratándose de su madre y su hermana, no podía solo ignorarlo. Era observada de reojo desde cierta distancia por Aregel, el comandante de los rimorianos. Su mirada era de recelo y desaprobación, pero al contrario de lo que se pudiera pensar, no era por ella o contra ella, Aregel, como casi todos los rimorianos presentes, sabía que Falena era la hija del rey de Rimos y le parecía indignante que Cízarin usara, no solo a una jovencita para pelear sus batallas, sino que además una princesa rimoriana y más todavía a él, que era un amante devoto de su dura tierra corazón de hierro, tal como lo fue su padre y el padre de su padre. A su lado, su amigo Cal Desci masticaba carne seca con hastío, él no era tan patriota como su camarada, pero sin duda tampoco amaba a Cízarin, él sentía que mientras “gobernara” Ovardo en Rimos, el ciego, estaban perdidos sin remedio, pero tal vez algún día esa chiquilla podría tomar su lugar, tal vez algún día los rimorianos pelearan una batalla que sí valiera la pena y no solo como simples lacayos; como los perros que Cízarin usaba cuando salía a cazar, pero eso solo si sobrevivían. Eso si ella sobrevivía.



Ontardo fue sepultado en Confín, según su voluntad, a la sombra de un árbol no muy grande invadido por una enredadera que lo cubrió con racimos de diminutas y aromáticas flores blancas y azules hasta matarlo, pero volviéndolo hermoso al mismo tiempo. Todo herrero de Confín estaba presente en el funeral, pues Ontardo había sido un sabio y respetado maestro para todos desde el día en que llegó a la aldea. Aquella era la pérdida más dolorosa de toda su vida y como bruja que era, Darlén sabía que había formas de mantener el alma atrapada en el cuerpo y así retrasar la muerte absoluta durante años, incluso décadas, pero aquella era una práctica que ella no estaba dispuesta a llevar a cabo con su padre, pues como bruja también sabía que las almas que no son liberadas de la carne a tiempo acaban corrompidas, enfermas e infelices, sin poder abandonar este mundo ni ingresar al siguiente, como los Invisibles del bosque Muerto. Pero no solo la partida de su padre tenía angustiada a la hermosa Darlén, su instinto de madre y sobre todo el de bruja, le decían que algo estaba sucediendo o a punto de suceder y su hijo Brelio no estaba con ellos. Janzo, su marido, la tranquilizaba diciéndole que solo eran ideas suyas, que Brelio ya era todo un hombre que sabía cuidarse solo, que se preocupaba demasiado por el chico y otras frases resabidas, pero solo hablaba de los dientes para afuera, porque si había algo que él había aprendido con los años era a no subestimar nunca las corazonadas de una bruja y menos si esa era su mujer.



Oye Migas, ¿qué vamos a hacer, eh? Dicen que vienen con armas capaces de echar abajo una casa solo con el estruendo que provocan. ¿Crees que sea magia, Migas? ¿Lo crees? Yo creo que solo puede ser magia algo así.” Nimir hablaba más de la cuenta, y lo sabía, pero era por el ansia que sentía por la amistad de Migas, este en cambio se mostraba atareado, muy ocupado para prestarle oídos. “Y si llegan hasta aquí te robarán tus cerdos sin duda, ¿lo sabes? ¡Se los comerán!” Insistía Nimir, con exagerada angustia en la voz. En opinión de Migas: tan molesto como una mosca de pantano en un día caluroso. “Si hacen eso les ofreceré vino envenenado para acompañar.” Gruñó Migas para sí, pero para su desgracia, Nimir tenía muy buen oído. “¡Harás eso! ¿Los envenenarías con vino? ¡A todos ellos! Eso estaría genial. Solo tú puedes preparar los mejores venen…” Nimir hablaba emocionado como un alcahuete, pero de pronto fue silenciado de una bofetada por Migas. El perro ladraba, un galope de caballo se acercaba y el imbécil de Nimir no paraba de hablar sobre envenenar personas. Aquellos eran tres soldados con la flor de Cízarin en sus bruñidas pecheras, acercándose hacia ellos al trote. Migas cogió su pala pero no con intenciones de trabajar con ella. Nimir se sobaba su adolorida mejilla en silencio y sin mirarle, como un perro que ha salido perdiendo y se lame sus heridas en un rincón. “Hay un destacamento del ejército del rey Siandro de Cízarin apostado aquí en su ciudad. ¿Lo han visto?” Preguntó el que parecía estar al mando, pero no obtuvo respuesta. Migas se preguntaba qué clase de pregunta era esa. Pero si es un maldito ejército. ¡Claro que lo hemos visto! ¡Todo el maldito mundo lo ha visto! Otro de los soldados, uno con el aire presumido de los que se creen guapos aunque no lo sean, los intentó calmar diciéndoles que ellos solo estaban de paso y que no había nada que temer. ¡Ja! ¡Como si le estuviera hablando a un par de mocosos estúpidos! Migas pensaba en cómo reaccionaría si aquellos mostraban la más mínima intención de acercarse a sus cerdos, cuando los soldados decidieron girar sus caballos y marcharse con una ligera inclinación de sus cabezas. Al voltearse vio a Nimir, aún con el brazo estirado señalándole a los jinetes en qué dirección debían ir para encontrar al ejército que buscaban. Todavía se sobaba el carrillo, pero ya con más resentimiento que dolor. Migas sintió deseos de volver a golpearlo para quitarle lo rencoroso de la cara, pero en lugar de eso, lo invitó a entrar a su casa. “Vamos, Cízarin ya está aquí, hay que hacer algo rápido.” Y Nimir, que en el fondo no era nada rencoroso, le siguió.


León Faras.



viernes, 9 de junio de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXVIII.



Falena se sentía cansada, habían cabalgado durante toda la noche y ahora sentía que el sol del mediodía le arrullaba los sentidos y apenas podía mantener los ojos abiertos, eso acompañado de largos e incontenibles bostezos a los que intentaba resistirse pero no podía. La mayoría de los rimorianos dormía plácidamente y sin remilgos, pero ella era una orgullosa oficial cizariana en su primer trabajo de verdad, y no podía comportarse así o no obtendría ningún respeto de nadie. Éscar también estaba con ellos, el viejo e implacable instructor cizariano se había hartado de atormentar novatos y había pedido participar en esta batalla, porque él estaba seguro de que los bosgoneses darían batalla al igual que los Velsianos y quería estar presente. Se lo solicitó personalmente al general Fagnar y algo muy convincente debió decirle porque este lo autorizó, lo cual, a juicio de Tibrón, podía oler a error, porque aunque no estaba al mando de nadie, tampoco estaba oficialmente bajo su mando, es decir que era un elemento independiente y autónomo y su presencia podía resultar desequilibrante. Para Tibrón, y conociendo al viejo instructor, este lo que buscaba era un pasaje digno hacia el otro mundo. Nada más. Falena se puso de pie para atender a su caballo o en cualquier momento se quedaría dormida y se iría de boca sobre las ascuas que tenía enfrente, y aunque el animal tampoco había dormido en toda la noche, no parecía necesitarlo tanto como ella. Según Sagistán, los caballos dormían siestas de pie y hasta caminando, pero ella jamás había visto tal cosa. Comenzó a pasarle el cepillo con energía para sacudirse el sueño de encima, como quien se sacude un mal presentimiento, cuando una voz familiar surgió del otro lado del animal, se asomó por encima de este pero no vio a nadie, curiosa, miró por debajo. El pequeño Yurba estaba allí sonriendo.



Las noticias sobre la destrucción de Velsi aún eran motivo de conversación en Bosgos, y ahora más que antes, sobre todo el tema relacionado con esas armas a las que llamaban Tronadores, y que ninguno que no hubiese estado allí podía siquiera imaginar, pero la gente parecía no tomar en serio los rumores, tampoco Nina, que infundía valor y seguridad en las personas y los inflaba con su discurso de líder, pero sin verdadero conocimiento de lo que se venía. Emmer, en cambio, se hacía una idea de lo que un Tronador podía hacer, una fea cicatriz en su vientre se lo recordaba constantemente, y al parecer ese viejo chiflado que le disparó durante la batalla, había logrado promover su invento. Él sobrevivió, pero de no ser un inmortal, hubiese muerto en la más dolorosa de las agonías, pero es que además decían que ahora esas cosas eran capaces de tirar al suelo casas enteras o hasta edificios altos como silos de un solo disparo y eso hasta a él le sonaba a cuentos y exageraciones propios del populacho. La vieja Gilda, activa aún, a pesar de que parecía no poder envejecer más de lo que ya estaba, junto con Nila, las hijas de esta y otras mujeres, se organizaron para sacar a los niños de la ciudad y ponerlos a salvo, junto con aquellos que no podían defenderse. Quien sí parecía abrumado por los años y lleno de achaques era el viejo Qrima, el cual había quedado finalmente varado en casa de su hermana mayor, dormitando todo el día como un perro viejo junto a Cicuta, la mascota de su hermana, también vieja y asidua a las siestas a cualquier hora, mientras que su dueña, más vieja que los dos juntos, apenas dormía y no paraba en todo el día de trajinar, lo que sin duda fomentaba su fama de bruja, sobre todo de esas doctas en preparar menjunjes y brebajes para todo uso.



Emmer preparaba su casa, asegurando ventanas y escondiendo lo de valor. Tenía un par de buenos cuchillos y un hacha en caso de tener que defenderse, pero echaba de menos tener una espada en casa para ocasiones como esas, aunque sabía que eso sería inútil, allí no había ejército, y un solo hombre con una espada no haría ninguna diferencia. Tenía que ir por Qrima, no debía estar solo y menos en un día como ese, y estaba a punto de hacerlo cuando una voz familiar le habló: “Sabía que eras tú. Ha pasado tiempo.” Vio al hombre que hablaba, pero le tomó varios segundos reconocerlo, se veía diferente, sin embargo esa voz rasposa y el mostacho abultado eran incuestionables. “¿Vanter? no puedo creerlo…” Ambos se abrazaron como camaradas que una vez más han sobrevivido en la batalla. Emmer, en particular, no veía a su amigo desde que huyó de Cízarin con su mujer y una bebé que ahora era toda una señorita. Vanter por su parte, venía acompañado de una mujer, una señora guerrera que se hacía llamar Nova. Tenían mucho de qué hablar, pero ambos estaban ahí para defender Bosgos y evitar que Cízarin se apropiara de la última gran ciudad libre, y de la libertad de sus habitantes, pues quienes no producían para el reino eran enrolados en el ejército a perpetuidad o como obreros en los caprichosos proyectos del rey y los que aún se negaban, los rebeldes o sediciosos, eran desaparecidos o enviados a la poco popular prisión de Sera, según el criterio y estado de ánimo del oficial al mando. Así era en Rimos, así con los pocos que quedaban en Velsi y así sería en Bosgos si este también caía. “…La mayoría del comercio desaparecerá, obligados a pagar pesados impuestos para existir, pues todo lo que se produzca en el reino, pertenecerá al reino.” Explicó la mujer. Obviamente esos dos viejos no podían luchar solos contra un ejército, el plan era organizar a la gente, darles posiciones y tareas concretas y evitar el desorden y la confusión a toda costa, pues esa era la raíz del desastre, era invitar al enemigo a aplastarles rápidamente y para mantener el orden necesitaban a alguien con autoridad suficiente sobre los habitantes de Bosgos, y esa persona no era otra más que Nina. En eso estaban cuando un viejo de andar pesado, seguido de una cabra doméstica, se detuvo junto a ellos. “¿Qué mierda está pasando?” Ese era Qrima.



Migas, una vez hecho lo que debía hacer, regresó a su casa a ocuparse de sus propios asuntos. El estar viviendo a relativa distancia del núcleo urbano podía mantenerlo a salvo de los conflictos, al menos por un tiempo o eso era lo que esperaba, porque de verdad que no deseaba tener que sepultar de nuevo a su padre para protegerlo, la última vez había estado a punto de morir y esta vez para siempre, y eso lo angustió tanto, que ahora prefería no tener que hacerlo. Su preocupación ahora era su cerda y sus lechones, pues en su experiencia, los invasores solo buscaban tres cosas cuando atacaban: alcohol, mujeres y carne de cerdo. En ese orden. En ese momento su perro comenzó a ladrar y Migas maldijo, no se esperaba que llegaran tan pronto. Cogió un palo para encararlos pero quien apareció fue Nimir, un tipo flaco como él, con el raro don de la edad indefinida, que se mantenía con un eterno gesto de aflicción en el rostro, como si vivir le doliera. Migas no lo soportaba, le parecía la cosa más pusilánime del mundo, y se lo hacía saber tratándolo como a una molestia, pero Nimir, por alguna razón pensaba que él era su amigo e insistía en seguirle y hablarle. Había que admitirlo: Si Migas hubiese tenido un hijo, este sería muy parecido a Nimir.


León Faras.

lunes, 29 de mayo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XLVII.



Barros desde hace más de un año que no distinguía más que luces y sombras. Hace tiempo que su vista fallaba, pero ahora estaba a un paso de quedarse ciego, lo que no era nada raro, considerando que el hombre tenía más años que todos sus burros juntos, según él mismo reconocía a veces entre risas. Era viejo, pero aún caminaba a todas partes como siempre lo había hecho, aunque ahora usaba un cayado y su carga la llevaba Parroquiano, el hijo mayor de Cantinero. Gan seguía viajando con ellos, con su burra Giste y un joven borrico de esta aún sin nombre. Ese par de hombres lo había acogido con el corazón abierto, sin hacerle preguntas ni ponerle condiciones raras, ni siquiera cuando una liebre le rajó el brazo con sus uñas y la herida se cerró de inmediato con la horrible y maloliente cicatrización propia de los inmortales de Rimos, la misma que le cubría la mitad de la cara al rededor del ojo que le faltaba. Lo cierto era que Petro era el hombre menos curioso que jamás hubiese conocido nadie y su padre, demasiado cortés como para meterse en lo que no le incumbía, además de ser ambos, por fuerzas del oficio, inmunes a las vistas desagradables y a los malos olores. Gan ya había entrado a Rimos varias veces para entregar sus pieles, aunque le había tomado algunos años decidirse a hacerlo, porque no quería ser reconocido como un inmortal de los que sobrevivió y ser juzgado por ello, sin embargo, la barba desaliñada que se había dejado crecer y la horrible cicatriz ramificada en su rostro lo habían cambiado más de lo que él se imaginaba, pero por encima de eso, con el tiempo descubrió que su nuevo oficio era un verdadero repelente social increíblemente efectivo: los pieleros, debido a su aspecto y hediondez natural, eran tratados como portadores de una enfermedad contagiosa cada vez que entraban en una ciudad. Así había sido toda la vida de Petro y su padre, y eso había forjado sus personalidades. Desde hace un tiempo, Gan estaba pensando en dedicarse a otro oficio y estaba convenciendo poco a poco a su compañero de ello, endulzándole el oído con buenos beneficios y menos trajín, el cual ya no era tan bueno para su anciano padre. Lo más demandado en Rimos después del metal, era el carbón para trabajar este último, y no era tan difícil de fabricar conociendo la técnica, solo necesitaban leña seca y tenían un bosque entero y seco hasta las raíces.



Había que admitir que desde que Cízarin estaba a cargo, las cosas funcionaban bien en Rimos. Había trabajo para todos, y el que no tenía oficio, era arrastrado al ejército. El ejército era la gran bolsa de desperdicios sociales en la que caían vagos y ladrones y de la que no salía nadie con vida, pues el servicio era indefinido y la deserción, al menos para los rimorianos, era castigada con la horca, ejemplificadora y sin apelaciones, aunque cada vez había menos lugar hacia donde huir. En el palacio, Ovardo seguía con su vida inútil y ociosa, pasando los largos días como páginas de un gran libro en blanco, uno infinito; solo y a oscuras, alegrado brevemente por las cada vez más breves y distantes visitas de su hijo Dimas, quien, a sus doce años, se aburría cada vez más en la presencia de su padre y debía ser forzado por su madre para hacerlo, pues ella no dejaba de recordarle que él era el primer hijo varón de un rey y que algún día todo Rimos podría ser suyo, cosa que el niño creía pero a su manera, pues el chico era inteligente a pesar de la poca educación que recibía, y se daba cuenta de que su padre no era más que un monigote que se pasaba el día sentado, balbuceando atrapado entre los sueños y la realidad, débil, sin ningún tipo de poder en sus manos ni siquiera para decidir sobre sus propios alimentos. Todos lo decían: Ovardo era un rey de las tinieblas, un rey solo de nombre que no gobernaba nada ni a nadie, además, su madre era una sirvienta, Dimas estaba consciente de eso, ella no tenía ni un pelo de la realeza, pero él sí, él era hijo de un rey y un día las cosas podían cambiar.



Aquello era una desgracia, Teté volvía a sentir cómo el mundo se burlaba de ella en su cara y de sus patéticas intenciones de luchar contra aquellos que gobernaban el universo y que bien parecían esmerarse en destrozar sus sueños. Darlén, la bruja buena a la que buscaban en Bosgos, había abandonado la ciudad hacía dos días junto con su familia, según los habitantes de la ciudad, visitando familiares, aunque con las brujas nunca se sabe. Telina rompió en llanto, derrotada, acostumbrada por la dura vida que le había tocado vivir, a desechar toda esperanza, que en el fondo solo servían de base para la burla de los dioses. Rubi la consoló, que aquello no era el fin, que buscarían la manera de ayudarla a parir sus propios hijos hasta por debajo de las piedras si era necesario, y conociendo a Rubi, era muy capaz de hacerlo, pero su madre no lo aceptaba, solo lloraba y se negaba a todo. “Es que es por ti que estamos aquí.” Logró decir entre sollozos. Rubi la miró como si de pronto dudara de la cordura de su madre. “Pero si yo no quiero tener hijos…” Afirmó enojada, casi como si la estuvieran obligando a preñarse, pero su madre, a quien le costaba un montón explicarse porque entre los sollozos, los mocos que se le caían y los incontenibles espasmos del llanto no se lo permitían, alcanzó a decile lo justo sobre su presagio de muerte antes de romper en llanto otra vez. Yurba las miraba con la cara preparada para la risa, como aquel que espera el remate de un chiste, y es que aquella escena, con lo del “presagio de muerte” incluido, era lo más melodramático que hubiese oído en mucho tiempo, pero la cara de Rubi al voltearse le borró la mueca. Ella no estaba enojada, sino preocupada, verdaderamente preocupada. “Mamá nunca se equivoca en estas cosas.” Afirmó. El hombre se quedó pensativo, echó un vistazo en rededor y saltó de la carreta. “Tiene que haber alguien más.” Dijo, antes de empezar a interrogar a todas las personas que había cerca, su personalidad insistente, invasiva y molesta le era de gran ayuda cuando de conseguir información se trataba, y lo logró, consiguió un nombre, el de una anciana llamada Gilda, pero había más de un problema porque la vieja vivía al otro lado de la ciudad y ahora debían regresar por donde habían venido y Tibrón estaba en medio. Mientras que en Confín, el viejo Ontardo estaba realmente enfermo y no había nada que su hija Darlén o su esposo Janzo pudieran hacer por él, porque su mal no era otro que la edad y los efectos de una vida junto a la fragua en sus pulmones, solo acompañarlo hasta que le llegara el momento.


León Faras.



domingo, 21 de mayo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XLVI.



Rubi, su madre y Yurba, entraron a Bosgos poco antes de que el sol iniciara la jornada. El dichoso farolito se había apagado hacía rato por cuenta propia, lo que había facilitado mucho la tarea del conductor. A pesar de la hora, ya había gente despierta, pues el trabajo de las cabras era una tarea que comenzaba muy temprano. Encontraron una vieja ordeñando su cabra cerca de la calle y se detuvieron para preguntar, pero aparte del cordial saludo, no lograron comunicarse más allá con ella, pues la mujer al parecer estaba tan sorda como un pino y solo les asentía sonriendo sin sentido, hasta que de pronto y sin previo aviso, pareció disgustarse por algo y comenzó a gritar con escándalo, “¡Norba, Norbanaííí!” Yurba y compañía se miraron asustados, pensando que aquello podía ser una lengua extraña, de esas que se usan para echar maldiciones y blasfemar, pero pronto apareció corriendo una mujer más joven, alarmada por los gritos al principio, pero que los atendió con cordialidad luego. Ella era Norba. “Tienen que atravesar la ciudad, luego los campos de pastoreo y llegar hasta la otra parte de la ciudad. Allí pregunten por ella” Les dijo, mientras la vieja, su madre quizá, seguía sin parar de asentir, sonreír y ordeñar. En efecto, desde que Cízarin estaba apropiándose de las tierras de sus vecinos, Bosgos, como ciudad libre y próspera, había crecido mucho y había debido formar otra ciudad más pequeña, como un apéndice, oculta a un par de kilómetros de allí tras una de las muchas colinas que la rodeaban. Una de la que no todos tenían noticias, Yurba, Rubi y Teté, por ejemplo. La razón era sencilla, no podían usar las tierras de las cabras para construir o el negocio que le había dado vida a la ciudad en primer lugar, y que aún lo hacía, moriría, y eso era algo que no se podía admitir. Los tres atravesaron la ciudad y se adentraron en los campos de pastoreo junto con la salida del sol, eran inmensos, pero las cabras también eran muy numerosas, porque no había nadie en Bosgos que no tuviera al menos un par, a menos que no fuera un bosgonés. Al ascender por la suave y ovalada colina que debían sortear, Yurba vio al grupo de rimorianos apostados con descaro en un valle alejado de la ciudad, incluso tenían fuegos encendidos y las columnas de humo los delataban a kilómetros. Yurba comenzó a sonreír con tanto gusto, que logró que Rubi le preguntara la razón, “Tampoco saben que la ciudad está partida en dos…” Le explicó, y luego agregó deteniendo la carreta, “Si van a regresar, este es el momento… porque más tarde no podremos” Les advirtió con un gesto ambiguo entre el chiste y la gravedad. Teté miró con angustia a su hija, el brillo sobre ella era intenso y su muerte más cercana y Rubi al ver la angustia en los ojos de su madre, supo que hallar a la bruja era lo más importante para ella, “Continuemos” Ordenó la muchacha, y Yurba se encogió de hombros con su garbo característico, como si nada le importara, “Como quieran.” “¿Y usted no va a tener problemas por acompañarnos?” Preguntó Telina, quien recién tomaba en cuenta que su conductor era un soldado, pero este era un despreocupado totalmente inmune al estrés, “Tengo un colega con el nombre más ridículo que se puedan imaginar: se llama Motas, y dice que su tío se llamaba igual y que era un bravo guerrero, bla bla blá ¡Pero quién le va a creer algo así con semejante nombre! Como sea. Él es el único que sabe que estoy aquí, y aunque es un sinvergüenza sin escrúpulos, capaz de robarle la limosna a un ciego y quedarse de lo más campante, odia a los soplones por sobre todas las cosas. Él no dirá nada, además, el ejército cizariano ya debe venir hacia acá, yo solo me les adelanté.” Concluyó, ufano.



Apenas comprendió lo que ocurría, Nina llamó a Tombo, un moreno alto y fornido que se encargaba de la seguridad del negocio, entre otras cosas, y lo mandó con un caballo a confirmar la información del viejo Migas, pues este, debido a la urgencia y los apuros, no era capaz de especificar cuántos soldados habían o hacia dónde se dirigían. Tombo quiso protestar, pues había trabajado hasta tarde y según su criterio, si Cízarin los estuviera invadiendo finalmente, de seguro que lo sabrían y él no veía nada extraño. “Tombi, cariño, has lo que te digo, ¿quieres?” Y a pesar de lo amable de las palabras, aquello sonaba más como una amenaza. Nina era buena en eso, en soltar regaños y duras advertencias con dulzura, por lo que el hombre, luego de hacer su mejor mueca de desagrado, totalmente inocua, por cierto, partió resignado, pero no llegó muy lejos, porque la noticia ya circulaba por todas partes gracias a los cabreros y a que el ejército rimoriano no había hecho el más mínimo esfuerzo en ocultarse, “¿Qué es lo que planean?” Preguntó Nina, pero sin dirigirse a nadie en particular. En ese momento, un carro entraba a la ciudad en el que viajaban un par de viejos, un hombre y una mujer, pero eran de esos viejos que han sabido conservar su fuerza y estampa y no lucen agobiados bajo el peso de los años como los demás. Él ocultaba el rostro bajo un amplio sombrero de juncos, comunes en los campos de Velsi, bajo este se asomaba un robusto bigote muy encanecido y una cabeza perfectamente afeitada. Un pañuelo atado al cuello le ocultaba hasta el mentón. Ella usaba idéntico sombrero, pero más pequeño, con el pelo gris y abundante, sujeto en una única y robusta trenza. Evidentemente era una mujer pero vestía como hombre. Usaban uno de esos carros con aspecto de casa pequeña con ruedas que sirven para viajar largas distancias y pernoctar en cualquier parte. Solo la mujer bajó del coche, el hombre permaneció en su sitio y en silencio. Si se era observador, se podía ver que a su lado reposaba una estupenda espada, larga y recta, metida en su funda, algo que en Bosgos nadie tenía ni tampoco sabían usar, a excepción de uno que llegaba acompañado de su mujer y sus dos hijas a averiguar qué estaba ocurriendo, uno que el viejo reconoció de inmediato y del que se alegraba de ver, pero permaneció en silencio sin dar muestras de ello. “…Velsi está en ruinas y sus habitantes dispersos porque fuimos sorprendidos, no hubo tiempo para organizarse y reaccionamos mal, pero ustedes sí tienen tiempo para hacer algo y nosotros estamos aquí para ayudar.” Habló la mujer. Para esa hora, la cantidad de gente reunida en la calle era numerosa, y aumentando, y los más avispados allí sabían que si no controlaban a la multitud rápido, esta comenzaría a hacer estupideces muy pronto y nadie los podría detener, como lo ocurrido en Velsi. Una de las que entendía esto muy bien era Nina, pero algo le preocupaba más en ese momento, “¿Quién diablos son ustedes?” Preguntó con tono chulo, desafiante sin ser agresiva, solo para dar a entender a la mujer quién estaba al mando. “Mi nombre es Nova y este es mi compañero Nagar. Defendimos Velsi y vinimos a defender Bosgos…” “Pues eso tampoco es que les haya salido muy bien.” Comentó una de las putas de Nina que escuchaba apiñada con sus compañeras tras su jefa, y las demás asintieron con esmero, “Además, están como muy viejitos ¿no?” Añadió otra, con un timbre de voz casi infantil, “No necesitamos que nadie nos defienda…” Gritó alguien de entre la multitud y las voces de rechazo comenzaron a multiplicarse, “Ustedes no entienden, las armas que ellos traen…” Intentó explicar Nova, hablarles de los Tronadores y su poder destructivo, pero fue inútil, la multitud ya comenzaba a comportarse de manera estúpida, y la mujer prefirió volver al lado de su compañero, “Podemos arreglárnoslas solos.” Dijo Nina con dulzura, como despedida. El viejo echó a andar el coche en silencio, “Que no se diga que no intentamos ayudarles” Comentó Nova, quien en realidad era Gúnur, regenta del Molino uno y de los asesinos de Velsi.


León Faras.

domingo, 14 de mayo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XLV.



Sí era una noche negra, con un cacho de luna que no iluminaba nada, y un aliento frío que no daba ganas de salir. Madre e hija viajaban juntas envueltas en la misma manta de pies a cabeza como un solo bulto, mientras Yurba conducía la carreta con expresión sobrada, desafiante ante la hostilidad del medio, iluminado por un triste farolito que lo iluminaba a él pero no al camino, lo que era una molestia, porque ni siquiera le permitían a sus ojos acostumbrarse a la oscuridad, pero Rubi lo había encendido para él y no quería ser descortés quejándose. “¿Y ustedes saben dónde encontrar a esa señora… la curandera?” Dijo, con intenciones de hacer conversación y con exageradas muecas de deslumbramiento, cubriéndose con la mano la luz del farol en los ojos, para poder ver mejor a sus compañeras de viaje que estaban justo a su lado, pues estas no tenían ni un candil sobre sus cabezas que las iluminara, “No, pero no hay nadie que no la conozca. Es cuestión de preguntar” Respondió Rubi. Todas sus conversaciones con él eran más o menos así hasta ahora: una pregunta superficial y una respuesta breve seguida de incómodo silencio. “Si quieres puedo…” Sugirió la chica, con intenciones de mover el farol del lugar donde evidentemente le estaba perturbando la visión, pero Yurba la desestimó con ademanes y gestos de suficiencia, “No, no es necesario, estoy bien.” Y siguió conduciendo con los ojos pequeñitos y el cuello estirado hacia delante para intentar ver algo más que el trasero de sus negros caballos.



Migas había reconstruido su cabaña, era más pequeña, pero más sólida, y además había hecho junto a esta una pequeña pocilga en la que había criado una pareja de cerdos. Al macho ya lo había sacrificado y destazado hace tres meses para venderlo y cubrir algunos favores pero la hembra, una jovencita de diez meses de edad y ciento cincuenta kilos de peso, había entrado en labores de parto esa madrugada, y él le había prometido no dejarla sola con eso. También había conseguido un perro, un perdiguero color hígado y blanco que encontró enrollado en un rincón de la ciudad, muerto de hambre y de frío en una noche en la que él hacía negocios, la conexión entre ambos fue inmediata y lo llevó a su casa sin dudarlo. Al principio el animal, joven aún, se mostró asustado con el viejo Buba, su padre, lloriqueando y ladrando metido bajo la cama, renuente a salir, como queriendo resaltar lo anormal de la existencia de ese ser, pero ahora, casi dos año después, se echaba a su lado con el aire circunspecto de un guardia real, acostumbrado ya a su irregular e inamovible forma de vida. Pero no solo eso, el perro demostró ser un excelente compañero al comprobar que, al igual que a su nuevo amo, le resultaba muy molesta la existencia de las cabras, y también hacía todo lo posible por mantenerlas alejadas de su vista. Eso terminó de encantar a Migas. Esa noche, mientras Migas ayudaba a su cerda a parir en la porqueriza, su perro vigilaba desde la puerta de casa. Parecía dormido, pero dormía con el sueño liviano de los perros guardianes, y a esa hora de la madrugada, en la que las aves nocturnas ya se retiran y las diurnas aún no salen de sus agujeros, el silencio era abrumador. En medio de este, el ladrido del perro sonó estridente, Migas se puso alerta, pero sus pobres sentidos no captaron nada, sin embargo el animal estaba expectante, “¿Qué pasa amigo, qué oyes?” Susurró el viejo, como si fuera pecado romper un silencio tan grande. Al perro lo llamaba de muchas maneras: amigo, compañero, colega, pero nunca tuvo un nombre específico para él. Migas no oía nada, pero su perro ya caminaba con el sigilo propio de las razas cazadoras hacía la negrura característica de la hora previa al alba. El viejo se limpió las manos en su mugriento delantal y lo siguió, lamentando no tener ni un palo a mano con el que defenderse, entonces, luego de caminar algunos metros se detuvo de golpe, había comenzado a oír un sonido ronco, profundo y acompasado, muy característico, y que todos se estaban temiendo escuchar tarde o temprano pero que nadie quería oír en verdad. Era el sonido de un ejército marchando a caballo, rodeando la ciudad a prudente distancia para pasar desapercibido, iluminado ralamente con un puñado de antorchas aquí y allá que dejaban ver sus escudos y armaduras rimorianas. Lacayos de Cízarin. Migas no amaba especialmente a Bosgos ni a su gente, por eso se mantenía a parte, pero era la ciudad donde vivía y hacía sus negocios y deseaba seguir haciéndolos, además ya tenía todo más o menos bajo control allí y tener que empezar todo de nuevo en otra parte sería un desastre, por lo que, luego de comprobar que la cerda y sus lechones estuvieran bien, corrió para informar a su padre de lo que ocurría y luego en busca de su caballo.



La nueva líder natural de Bosgos, aunque no de manera oficial, era Nina, desde que su padre, el tabernero Mozi, murió en extrañas circunstancias luego de rodar por las escaleras de su propio negocio y torcerse el pescuezo igual que un pollo. La chica pasó de ser solo una muchachita inmadura y libidinosa, a convertirse en una mujer con carácter, inteligente, capaz de hacerse cargo de cualquier situación y no esperar a que alguien más lo haga, tomar decisiones y organizar a la gente como si ella estuviera a cargo, y para muchos, ella lo estaba… pero todavía libidinosa. A pesar de lo sucedido en el pasado, mantenía una relación de mutuo respeto con el viejo Migas, aunque solo eso, nada de aprecio, lo que no era poco, considerando que ella había convertido la taberna en un lupanar antes de que los huesos de su padre se enfriaran del todo y Migas despreciaba con asco en los labios las debilidades de la carne, sobre todo la lascivia, la que le parecía indigna y no llegaba a comprender, pero ambos tenían cierto poder y ciertas debilidades y conocían bien las del otro, por lo que el respeto mutuo era más una consecuencia que una opción. Cuando llegó Migas, el día ya había comenzado para la mayoría de la gente, pero no para Nina y sus chicas, por lo que tuvo que golpear hasta hacer enfurecer a la dueña del negocio, “¡Sal, es importante!” Gritó el viejo, “¡Entra de una vez! Y más vale que lo sea.” Le respondió la mujer desde una ventana en el segundo piso, pero Migas no entraba a ese lugar, jamás. Entonces un jovencito semidesnudo, de rasgos y ademanes afeminados le abrió la puerta y lo invitó a pasar con una sonrisa demasiado amable, Migas retrocedió un paso, como quien se ve amenazado, pero como el mancebo no hacía otra cosa más que mirarle y sonreír, se inclinó hacia delante para gritarle en un susurro, “Dile a tu jefa que mueva su trasero hasta aquí. Cízarin ya viene.” El joven dejó de sonreír.


León Faras.

martes, 9 de mayo de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXIV.



Y finalmente llegó el día. Cuando eso sucedía, Telina despedía a su esposo en la puerta de su casa, porque no le gustaba ver a todos esos en el ejército que sin saberlo, o sabiéndolo, marchaban hacia su inevitable muerte. Ella siempre había disfrutado de hacer el papel de madre y por eso quizá la vida la había mantenido rodeada de niños a su cuidado, hasta convertirse en la orgullosa madre de dos mujeres, sin embargo, en todo este tiempo no había podido darle hijos a su esposo, ni uno solo, porque su cuerpo los expulsaba a los pocos meses de embarazo o estos simplemente no se aferraban a ella y se dejaban ir sin más, y ella se culpaba, porque uno a veces en ciertos momentos de la vida, suelta juramentos al cielo que, sin saber cómo ni por qué, se graban a fuego en las murallas del destino y luego no se pueden deshacer: ella había presenciado la dolorosa muerte de la princesa Delia y había jurado entre lágrimas sinceras de angustia, que ella jamás tendría hijos, porque era una experiencia demasiado atroz por la que no quería pasar nunca y sin duda, los dioses habían tomado nota, porque ahora que deseaba darle un hijo a su esposo, no podía y nada de lo que intentaba funcionaba.



Ese día, también partía su hija Falena a la batalla por primera vez, y su madre podía quedarse tranquila, porque el brillo de la muerte no estaba posado sobre ninguno de los dos, por lo que estaba segura de que volverían con vida. Cal Desci, uno de los pocos que conocía y creía firmemente en los augurios de Teté sobre la muerte y que sabía tomárselos muy en serio, se hacía ver por la mujer de Tibrón cada vez, antes de partir a una batalla, era tonto en cierto sentido, le había dicho Teté una vez, porque la muerte podía estar esperándolo a la salida de una taberna, montada en la grupa de su caballo o incluso junto a él en su cama por la noche, pero a él solo le preocupaba morir en una batalla, quizá porque aquello era lo único en su vida que él no estaba eligiendo hacer. Ese día Teté dudó, tal vez por la extraña luz oblicua del ocaso o tal vez por la sinuosa luminosidad de las primeras antorchas encendidas, pero al final le dio la tranquilizadora señal de que volvería con vida de esta y Cal Desci la agradeció. Tibrón, tras la desafortunada muerte de Helsen, iba al mando del grupo de rimorianos como capitán y el comandante de estos era un soldado experimentado que estuvo con él desde el infame ataque a Velsi, de nombre Aregel. Las cosas no habían estado bien entre ellos desde el principio y Tibrón no entendía por qué el otro era áspero y cortante con él, tampoco le preocupaba demasiado, él estaba al mando y sus órdenes debían cumplirse, pero le molestaba que no hubiera una razón, lo cierto era que no lo discutirían hasta no forjar ambos amistad en el combate. Esta vez, iban solos, el propio ejército cizariano junto con el escuadrón de Tronadores se quedarían un día más, mientras los rimorianos se posicionaban al otro lado de la ciudad libre para evitar sorpresas, mantener las cosas bajo control y hacer que la absorción de Bosgos como nuevo estado cizariano fuera, al contrario de la arruinada Velsi, lo menos traumática posible para todos. Al menos ese era el plan.



En tanto la mitad de su familia se alejaba, Teté se quedó junto a la puerta cerrada de su casa pensando en lo mucho que confiaba en su don, lo tenía desde muy joven y nunca le había fallado, sin embargo ahora, su esposo y su hija menor iban a la guerra y ambos iban libres del brillo de la muerte sobre sus cabezas, mientras que su otra hija, la que se quedaba a su lado, en casa y que no parecía ni siquiera enferma, Rubi, estaba desde aquella mañana señalada para morir. Desde hace un buen tiempo que Rubi insistía en mencionar a una poderosa bruja en Bosgos de la que todos hablaban y a la que señalaban como muy afable y ayudadora, sugiriéndole que esa mujer quizá podía ayudarla a tener un hijo antes de que fuera tarde, pero Teté desestimaba la idea por considerar que su problema era muy poca cosa para salir en busca de esa mujer, la que seguramente, dada su reputación, estaría ocupada en asuntos más importantes que algunos partos fallidos, pero ahora Telina se preguntaba si esa bruja sería lo suficientemente buena como para quitarle el brillo de la muerte a su hija. Sabía por su esposo que la toma de Bosgos no sería esta misma noche, sino la siguiente, por lo que tenía un día completo para ir y volver. Rubi, que preparaba la cena sin tener ni idea aún de que el dios de la muerte había posado sus brillantes ojos sobre ella, recibió la noticia como un mal chiste del que uno debe reír por condescendencia, “¿Quieres ir a Bosgos, ahora?” Los ojos de Telina comenzaron a brillar de humedad, “Puede que esta sea la última oportunidad…” Rubi ahora la miraba con los labios apretados, enfadada, ya se lo había advertido decena de veces antes, pero ella siempre plantaba excusas y se negaba a que la bruja tratara su problema para tener hijos, y ahora que estaba a punto de desatarse una batalla y que la noche estaba tan negra como el corazón del Bosque Muerto, ahora su mamá quería ir. “Espera aquí, y prepara lo que vamos a llevar.” Le dijo a su madre con el tono seco y autoritario que usaba cuando estaba fastidiada, antes de salir de la casa con un portazo. Apenas se fue, Teté soltó el llanto angustiada, no quería hacer un viaje como ese y menos a esa hora de la noche, eso era algo que no iba con su forma de ser, ese tipo de cosas le daban un miedo terrible, pero más miedo le daba ver morir a su hija sin poder hacer nada por evitarlo, y si ella no podía ayudarla, tal vez esa poderosa bruja sí.



Rubi tardó una media hora o algo así en regresar, ella, al contrario de su mamá, era insufriblemente determinada y si tomaba una decisión, era capaz de llevarla hasta el final a como diera lugar, haciendo lo que tuviera que hacerse, incluso ir a una cantina por la noche, en busca del hombre más fastidioso que hubiese conocido nunca, el cual la pretendía con descarada y desagradable flagrancia, pero al que ella despreciaba con igual descaro, para que las acompañara en el viaje que debían hacer esa misma noche. Yurba solo puso una condición, saber el porqué, pero cuando Rubi se lo explicó de la forma más abreviada posible, y sin admitir preguntas ni interrupciones de ninguna clase, sonrió y respondió con exagerada galantería que en realidad no le importaba un carajo el motivo y que solo le bastaba con que se lo hubiese pedido ella. Rubi, por supuesto, no le devolvió ni una sonrisa, “Pues vamos entonces.” Le dijo, con las manos en jarra y las cejas bien empinadas, mientras el otro se sobaba las manos rebosante de alegría.


León Faras.

domingo, 30 de abril de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXIII.



Cuando el viejo Sagistán le dijo a su pupila que no se dejara molestar por Yurba, quien era un provocador profesional, lo cierto era que ya era tarde para ese consejo, porque Falena estaba furiosa con ese enano petulante, cuya estúpida sonrisa, solo deseaba ver desaparecer tras un violento golpe de su espada de madera, “Solo me defenderé… prometo no atacarte para que puedas practicar tus movimientos” Le dijo Yurba con fingida amabilidad y esa tonta sonrisita otra vez, mientras la niña lo miraba recta y dura como un poste. Si la vista se basase en el movimiento, Falena sería completamente invisible en ese momento, salvo, tal vez, por los músculos de su mandíbula que parecían retorcerse como orugas bajo una gran presión, eso hasta que Zaida dio la orden de comenzar y la chica saltó encima de su rival como un felino hambriento sobre su presa, pero no fue un ataque salvaje y desaforado como parecería, fue un ataque con técnica, pero con rabia y la rabia vuelve frágil al control. La chica se lanzó contra Yurba con su espada recta en estoque, e inmediatamente, cuando este simple ataque fue evadido y desviado, se giró sobre sí misma provocando un ataque doble con sus espadas abiertas para ganar espacio haciendo retroceder a su contrincante, y girando una vez más al final para concluir con un ataque rasante de barrido que Yurba evitó saltando con ambas rodillas en alto, pero en cuanto cayó al suelo, la punta de la segunda espada de Falena se clavó recta en su canilla. Yurba comenzó a saltar en una pierna y a alegar como si aquello hubiese sido un movimiento ilegal, pero no le hicieron ningún caso, por lo que, indignado, le advirtió a la chica que ahora pelearían en serio, a lo que Falena respondió que ella siempre peleaba en serio. Yurba se lanzó hacia delante repartiendo puntazos rectos, uno tras otro, que obligaron a Falena a retroceder, luego continuó con espadazos circulares que iban y venían de un lado hacia el otro y que la chica esquivaba solo con la flexibilidad de su cuerpo, pero agobiando sus sentidos e incapaz de contraatacar. Yurba, entonces, vio un espacio y lanzó un ataque descendente sobre la cabeza de Falena que iba destinado a abrirle un buen corte a esta en la mollera, pero que la chica evitó cruzando sus dos espadas en alto. Yurba sonrió, porque eso era lo que esperaba, levantar la guardia de su rival, despejar su abdomen y meterle una patada en el estómago que la hizo doblarse sobre sí misma sin aire. Mientras Falena recobraba el aliento con una rodilla apoyada en el suelo, Yurba celebraba como un campeón, dando saltitos por el cuadrilátero con los brazos en alto, “¡Vamos, apenas te toqué!” Le espetó este, animándola a ponerse de pie. Continuaron practicando hasta que ambos terminaron agotados, con los brazos adoloridos y la espalda magullada, “Eres bastante buena… para ser una niña.” Admitió Yurba entre jadeos, apoyándose sobre sus propias rodillas; la chica curvaba su espalda con fuerza hacia atrás para reacomodar sus vértebras, “Tú también… para ser un bravucón.” Seguirían entrenando juntos en los próximos días hasta terminar inevitablemente convirtiéndose en buenos camaradas.



Con dieciséis años cumplidos, Falena se presentó en el ejército cizariano para ser admitida allí como oficial, respaldada por su papá, su maestro y por Yurba, quien cuando se consideraba amigo de alguien, era difícil de alejar. Apenas llegaron, este puso al día a su amiga con la información concerniente sobre todos los presentes: que si aquel era tan imbécil como un asno tuerto, que si este todavía mojaba la cama por las noches o que si ese de allá tenía un dedo de más en cada pie como un engendro. La idea era que la chica contara con información ventajosa en caso de que cualquiera de esos palurdos quisiera meterse con ella, cosas que a Falena no le interesaban en lo más mínimo, pero era fácil comprender que la ayuda de Yurba era algo inevitable. La chica pasaría las pruebas con facilidad, como era de esperarse luego del arduo entrenamiento, y antes de los diecisiete sería aceptada como oficial del ejército cizariano.



Diecisiete años trabajando en la Descorazonada, eso era casi la mitad de toda su vida y mucho más de lo que había trabajado en cualquier otra parte. Pidras era el nuevo cocinero y Chad ayudaba en lo que podía atendiendo la barra, porque Grisélida no había vuelto a ser la misma desde la muerte de Gorman; había envejecido de golpe y porrazo y se pasaba el día hablando sobre el dolor de su cadera que la hacía caminar como un maldito pato por culpa de las estúpidas escaleras de Jazzabar y de lo mucho que deseaba morir de una buena vez después de tantos años de trabajo y sacrificio. Ya hasta le había heredado la Descorazonada a Nazli porque no había nadie más que pudiera hacerse cargo del negocio como ella y no es que le estuviera haciendo ningún favor, porque para Grisélida, el negocio que había construido y al que tanto había amado, ahora no era más que una maldición, una carga pesada y egoísta que le succionaría la vida y los sueños hasta dejarle agotado y vacío a quien se hiciera cargo, como a ella, preguntándose sentada sola en un rincón qué había obtenido después de tanto tiempo, qué quedaba para ella de todo lo que había dado y dónde estaban los nietos que deberían estar rodeándola y confortándola en la vejez. Grisélida de mayor se estaba volviendo insoportable para todos, incluidos los clientes, y había que hacer algo o el negocio se iría a pique antes que ella, porque por regla general, la muerte solía ignorar a quienes más la adulaban. Entonces, apareció Gina en el negocio, una prostituta de origen rimoriano, cuarentona, amiga de Pidras, con una habilidad casi sobrenatural para embarazarse y traer hijos al mundo, porque, aunque solo andaba con cuatro crías detrás de ella, se sabía que al menos eran una docena más los que había parido a lo largo de su vida, cuyos destinos desaparecían en los oscuros recovecos de Jazzabar y en los turbios meandros del río Jazza, pues aunque ella era una mujer dulce y buena por naturaleza, tenía muy pocas luces y no siempre se esforzaba por diferenciar lo bueno de lo malo y atormentarse con ello en la oscura soledad de la noche, como los demás, más bien aceptaba las cosas sin cuestionarlas, sin aferrarse y sin sufrir por lo que no podía evitar, como un pajarito cuyo nido ha sido destrozado y simplemente debe salir a cantar a la mañana siguiente y a buscar su comida para seguir viviendo, pero al igual que ese pajarito, Gina tenía un don, que era el que la había llevado a la Descorazonada, un don maravilloso que jamás le había bastado ni para conseguir un mendrugo de pan, pero que aun así era incuestionable para quien la oyera, porque Gina cantaba como los ángeles, y su voz era dulce y cristalina como el agua más pura, y su tono era perfecto y sin nunca desafinarse. Con su voz podía tranquilizar a los niños, adormecer a los viejos y apaciguar a los borrachos más pendencieros. Su voz era un milagro en un mundo en el que nadie estaba muy seguro de qué era eso.


León Faras.

jueves, 20 de abril de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 XLII.



Atrapar el pez con las manos fue mucho más sencillo para la chica de lo que el viejo Sagistán se podía imaginar, y divertido también, y es que esta, junto con otros niños cizarianos, practicaban ese juego en las orillas del río Jazza desde muy pequeños, cuando debían acompañar a sus mamás quienes se pasaban tardes enteras lavando en la ribera. A los quince años iniciaría su entrenamiento con el arco, debiendo aprender a fabricar el suyo propio y sus propias flechas, de esa manera siempre sabría diferenciar uno bueno de uno malo y eso también la ayudaría a afinar su puntería, pues esta dependía de la práctica y la técnica, pero también en buena medida de los objetos usados. Paralelamente inició su entrenamiento con la espada, la que tenía algunas cosas en común con la lanza, pero otras totalmente diferentes, pues su ataque era más corto y su uso involucraba solo a una de las manos, lo que complicaba mucho a la chica, pues no sabía qué hacer con la otra hasta el punto de estorbarle el brazo entero, entonces el viejo decidió que Falena era candidata para practicar el viejo arte de las dos espadas, muy en desuso en estas tierras, donde se acostumbra acompañar la espada con un escudo, un hacha pequeña o cualquier otra cosa menos con otra espada, pero muy valorado en las tierras de su niñez y su juventud, donde el arte de la esgrima a dos manos era tan respetado que no era apto para cualquiera, de hecho, él nunca lo practicó, pero conocía los fundamentos, y algo mejor que eso, conocía a una persona que lo practicó toda su vida: la Doncella ensangrentada.



Darlén regresó cinco días después a Bosgos sana y salva pero sin Ontardo, su padre, quien decidió quedarse allí donde tenía trabajo, respeto y amigos, mientras que en su casa, solo se pasaba el día entero sentado esperando su muerte día tras día, para ese momento, Janzo ya estaba dispuesto a salir a buscarla a donde fuera, pero Gilda lo tranquilizaba como solo ella sabía hacerlo. Por su parte, su hijo Brelio, convertido ya en todo un hombre, estaba mucho más al tanto de las habilidades mágicas de su madre y además había hablado con ella antes de irse, por lo que se mantenía tranquilo y confiado, pues ella, Darlén, le había prometido que si le sucedía algo malo se lo haría saber sin demora, y respecto a eso el muchacho no tenía ninguna duda, porque la conexión psíquica y emocional con su madre siempre había sido muy fuerte. La pareja natural que le correspondía a Brelio en el mundo, por decisión unánime de todos los dioses y sus constelaciones, era Emma, la hija adoptiva de Emmer y Nila, con la que había huido siendo ella apenas una bebé del ataque a Cízarin y con la que prácticamente se había criado todo este tiempo, pero con la que mantenían un trato de primos, casi de hermanos, sin interés alguno en comprometerse o en convertir su relación en algo romántico, ni siquiera ante el apruebo manifiesto de sus padres. Emma de niña siempre fue una chiquilla chispeante, traviesa y burlona, pero capaz de reparar cualquier desarreglo con su sonrisa amplia y espontánea y su mirada inocente, y ya de grande no había cambiado mucho; inteligente, se divertía con los muchachos que la pretendían, dándoles ilusiones y luego quitándoselas y luego volviendo a dárselas. Lo mismo que hizo con Brelio en su momento hasta que este aprendió a jugar su juego y se volvió inmune a sus mañas, lo que los convertía más en una pareja de compinches que de novios. Ella era todo lo contrario de Lina, la hija biológica de Emmer y Nila, cuatro años menor que Emma y una oda a la bondad, también víctima frecuente de las jugarretas de su hermana en su niñez, la que le pretendía adiestrar para las injusticias de la vida y curarla de su ingenuidad infantil, eso y reírse a escondidas de ella de vez en cuando, al ver a la pequeña bailando alegre, por ejemplo, sobre una caca de vaca por sugerencia de su hermana mayor. Sin embargo, la chica crecería y todo eso quedaría atrás. El hecho, era que todos en Bosgos, incluso los más jóvenes, sentían la tensión acumulándose en la tierra y sus habitantes, los rumores cundían cada vez con más frecuencia y más preocupación en las voces de quienes los transmitían: Rimos, Velsi y algunas aldeas menores ya estaban siendo estrujados bajo la pesada bota de Cízarin, y su rey despilfarraba sus recursos con pasmosa facilidad en proyectos lujosos y extremadamente caros, por lo que era cuestión de tiempo para que moviera su poderoso ejército y se adueñara de la, hasta ahora, ciudad libre de Bosgos, pero, y aunque Siandro rey de Cízarin lo estaba considerando muy seriamente, aún no decidía cuál era la mejor forma de hacerlo, porque no quería otro desastre como el de Velsi, ya que una ciudad destruida por completo, no podía generar nada bueno para él.



Para Falena fue toda una sorpresa saber quién había sido la vieja Zaida en su juventud, ella le había hablado sobre la “Doncella Ensangrentada,” pero jamás mencionó que esa doncella fue ella, ni tampoco que el señor Sagistán hubiese peleado junto con ella en una guerra larga y sanguinaria, “Esa es una historia antigua, niña, muy, muy antigua” Replicó la vieja con dulzura, como si se estuviera disculpando por no haberlo mencionado antes. Para este momento, Falena ya casi cumpliría los dieciséis y ya dominaba los fundamentos de la esgrima a dos manos gracias a su orgulloso maestro, usando espadas de verdad pero sin filo para acostumbrar los brazos al peso real de los metales, pero necesitaba que Zaida puliera su técnica y para esto, la vieja le visitó acompañada de un joven soldado, uno muy particular, cuya esgrima era similar, pero acompañaba su espada con un hacha pequeña de mango largo. Era un hombre de baja estatura, casi completamente calvo a pesar de estar al principio de sus veintes, musculoso y con aire pedante al hablar, al caminar y sobre todo al sonreír, su nombre era Yurba, “Así que tú eres la chiquilla a la que entrena Sagistán, dime ¿Ya te hizo atrapar una rata?” Y es que Yurba tenía la infantil costumbre de burlarse de todo lo que no comprendía, que no era poco. Zaida lo sabía, y le borró la risa con una mirada fulminante, pero también sabía que aquel era un buen soldado y muy buen esgrimista, por lo que sería un excelente esparrin para su protegida, Falena, por su parte, miraba a su contrincante con algo parecido al odio, esa era la gran cualidad de Yurba, algunos lo amaban, la mayoría no lo soportaba, pero no podía pasar simplemente desapercibido. “Concéntrate, haz lo que ya sabes y hazlo bien… Y no dejes que te moleste, si lo hace, tú habrás perdido ¿Entiendes?” Le advirtió el viejo Sagistán mientras le daba a su pupila sus dos espadas de madera y le quitaba las de metal, porque era mejor evitar que el asunto acabara con una cabeza rota.


León Faras.

miércoles, 5 de abril de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

XLI.



Los Invisibles la guiaron correctamente, aunque en más de un momento parecía que no, porque los espíritus no señalaban un camino, sino una dirección, como una brújula, el camino había que buscárselo, y eso no siempre era algo fácil con terrenos tan abruptos y accidentados, ignorados por los dioses y los hombres. Darlén cabalgó un día entero con su noche, con el gran temor de que la llama la guiara hacia un barranco que su caballo no alcanzara a prevenir en la oscuridad. La primera luz de la mañana la encontró atravesando un tupido bosque sin la certeza de si estaba siguiendo una brújula sobrenatural o solo la maldita dirección del viento. Cuando salió de la espesura, se encontró con un río, el viejo río Jazza, aunque en ese momento ella no lo supiera, y al otro lado, una pared de tierra vertical como un despeñadero imposible de subir para la chica o su caballo, pero al que la llama apuntaba decididamente, sin embargo, más allá, en el cielo, varias columnas de humo acusaban presencia humana. Un pueblo al que sus habitantes llamaban Confín.



Falena había atrapado a la gallina con relativa facilidad, luego de perseguirla por más de una hora hasta acorralarla, con la paloma le tomó todo un día solo darse cuenta de que no podría jamás atraparla con las manos y que necesitaba usar una malla o un saco para tirárselo encima y evitar así que se le escapara volando una y otra vez, al fin y al cabo, el señor Sagistán no le había especificado cómo debía hacerlo, pero con la rata estuvo atascada casi una semana, pues esta estaba metida dentro de una caja con un agujero y ella debía esperar a que el bicho saliera de allí por voluntad propia para caerle encima y capturarla, pero pese a sus mejores esfuerzos el animal logró huir y tal como había dicho el señor Sagistán, si la rata huía, se escondería y sería casi imposible de volver a encontrar, aunque se pasara todo el día registrando cada pulgada de terreno; el bicho desaparecía sin dejar rastro y había que esperar a que de nuevo decidiera salir por propia voluntad y eso hacía que Falena se frustrara por la estupidez que le tocaba hacer, lanzando el pañuelo de su cabeza al suelo o pateando cualquier cosa que se le cruzara por delante. Al ver esto, el señor Sagistán decidió darle un respiro, “¡No puedes hacer que tus enemigos hagan lo que tú quieres cuando tú quieres! Te dije que debías tener paciencia ¿Acaso nunca has visto a un gato cazando? ¡Déjala ya!” Le espetó el viejo mientras la guiaba hacia el granero donde le presentó un par de varas de madera de dos metros de largo cada una, “La primera arma que todo soldado debe aprender a usar es la lanza, porque es la que te mantiene más lejos de tu oponente” Falena se emocionó, por fin iba a aprender a usar un arma, “…Y lo primero que debes aprender es a defenderte con ella, después a atacar, porque no hay ataque sin defensa ¿Entiendes?” Señaló el viejo, y en seguida le enseñó una correcta postura y cómo debía desviar los ataques de una lanza, siempre hacia afuera y hacia abajo, buscando abrir espacios en la defensa de su oponente, o a esquivarlos girando con el cuerpo para obtener ventaja en el combate. Ese tipo de entrenamiento era el que a la chica le encantaba y algo en lo que podía ser muy buena. En los días siguientes el viejo le enseñaría el arte del contraataque, cómo cada movimiento defensivo estaba diseñado para convertirse en otro ofensivo y viceversa, y cómo este proceso debía ser tan fluido como una danza, “El combate es en cierto modo un baile, uno en el que solo los mejores bailarines quedan de pie al final.” La niña se pasaría horas practicando sus movimientos de ataque contra un árbol seco, cuyas ramas asemejaban un enemigo de múltiples brazos o a la deforme mano de un colosal gigante, mientras el viejo la observa con curiosidad y satisfacción, pues él no le había ordenado que lo hiciera. Una tarde, agotada por el entrenamiento, mientras se tomaba un descanso, oyó un ligero ruido en el huerto, sonrió, Punto, el perro, dormía tirado al sol a un par de metros y ni siquiera se había despertado con el sonido. La rata estaba allí, royendo con desparpajo uno de los tomates de Sagistán. La niña se quedó inmóvil, observando, si quería atraparla, se dijo, debía conocer sus movimientos, sus escondites, sus hábitos de rata, como había dicho su mentor, proceder con paciencia y tino y no con desbocada energía. Quiso moverse para buscar una mejor posición, pero en cuanto lo intentó, Punto levantó la cabeza, ¡Ella ni siquiera había hecho un ruido! Sin embargo, en ese mismo momento, el otro perro, Remo, apareció como una tromba de un salto, oculto entre las calabazas quién sabe por cuánto tiempo y dejó caer rápida y certera una de sus patas sobre el torso de la rata, volteándola sin dejarle oportunidad a esta de hacer nada por defenderse o escapar, para luego cogerla con el hocico y ponerse de pie, soberbio, mirando a la chica como queriendo decirle “¡Así se hace, niña!” Mientras esta apenas podía cerrar la boca para contener la baba, por su parte, Punto no se dejó impresionar, luego de un largo y satisfactorio bostezo, reacomodó su cuerpo para seguir durmiendo ¿Acaso Punto estaba haciendo de elemento distractor mientras Remo emboscaba a la rata por detrás, o solo era su imaginación?



Por aquel tiempo, Cízarin era un reino próspero donde la fortuna y el poder de Siandro, su rey, crecía día tras día, y ya no tenía que compartirla con nadie, pues su hermano, después de tantos años, había sido dado por muerto de manera oficial, por lo que decidió llevar a cabo un caprichoso proyecto personal con el que soñaba desde hacía tiempo, como una adolescente sueña con un vestido: construir una pequeña ciudad de lujo con un palacio incluido en la cima del Decapitado, para él y sus más cercanos. Además, ordenó crear un sistema para coger el agua del río y transportarla hasta arriba por medio de enormes ruedas y correas con baldes flotantes, donde sería dividida por canales y piletas que regarían sus jardines y bañarían a sus habitantes para luego descender en forma de vistosas cascadas y retornar a su fuente, todo impulsado por la fuerza del inagotable río Jazza, tal como funcionaban los molinos de Velsi. Por el momento, los trabajos se concentraban en la construcción de un camino de tablones instalados sobre andamios que se enrollaba en el monte varias veces como una serpiente, pues debían controlar la pendiente, hacerlo con descansos y lo suficientemente ancho como para que las innumerables carretas con materiales que subirían y bajarían por ahí en los próximos años, lo hicieran con holgura y sin extremar esfuerzos. Debía ser firme y duradero, pero no necesariamente bonito, pues sería reemplazado al final por uno digno de un rey, o al menos así se veía en las representaciones artísticas de su gran obra terminada, las que engolosinaban los ojos del soberano como los de un niño frente a los dulces.


León Faras.