lunes, 30 de octubre de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXII.



Rubi había desarrollado la habilidad de dormir sentada recta en un asiento sin respaldo, como el de la carreta, y además podía sostener el cuerpo de su madre que reposaba sobre su hombro en el proceso. Era increíble e intrigante verla balancearse de un lado a otro, para luego retomar su centro de equilibrio por sí sola. Falena siempre la molestaba diciéndole que tenía el sueño de los perros, porque podía estar roncando, pero al mínimo movimiento a su alrededor abría los ojos al instante, como los perros. Así lo hizo Rubi, cuando la carreta se detuvo. El alba ya se insinuaba, y la visibilidad era decente. Se habían topado de frente con una carreta que venía en sentido contrario, y no era que en el camino no hubiera espacio suficiente para los dos, sino que ambos se detuvieron por información. De la carreta que venía, bajó una mujer muy hermosa pero igualmente angustiada, Falena detectó un aroma como a flores, bastante poco usual, que emanaba de la mujer cuando esta le tomó las manos. La mujer quiso saber de inmediato sobre lo que había sucedido en Bosgos, como si ya tuviera noticias al respecto y solo quisiera los detalles, la chica le dijo lo que sabía, lo que había visto y oído antes de salir de la ciudad, entonces, la mujer reconoció el hatillo que colgaba de su cuello y le rogó que le dijera cómo estaba aquel que se lo había dado, Falena lo vio en sus ojos y no tuvo necesidad de preguntar nada. “Tú hijo estaba sano y salvo cuando salí, con alguien que dijo que era su tía, ayudando a los heridos.” Darlén sonrió aliviada, no necesitaba preguntar nada más, la chica frente a sus ojos era una portadora de la verdad, no tenía dudas, registró sus cosas y sacó otra bolsita de tela amarrada con un cordel de cuero para colgársela del cuello. “Un amuleto, te protegerá.” Le dijo, Falena le aclaró que ya tenía uno, pero la mujer se lo negó con una sonrisa amable. “Oh, no, ese no es más que un remedio para la alergia.” Falena miró hacia atrás, tensa como la cuerda de un arco, casi asustada, Rubi le devolvió la misma mirada, antes de echarle un vistazo temeroso a su madre, pero por suerte la buena de Teté, tal como su angustia innata, seguían dormidas, y no se enterarían de que el amuleto era falso y que en realidad no estuvieron nunca bajo ninguna protección de nada. Eso les confirmaba a las chicas, que el poder premonitorio de su madre para anticipar la muerte de las personas, aunque preocupantemente efectivo a veces, estaba más en su imaginación que en la realidad, pero hacérselo entender a Teté y a sus devotos, era algo que tomaría tiempo. Luego de ello, Falena les pidió referencias sobre el camino que debía seguir, el marido de la mujer hermosa le dio las indicaciones y continuaron su viaje. Junto con la pareja, en la parte de atrás, viajaba otro hombre, uno flaco, maduro y de pelo largo que la miró con cierta incómoda insistencia que a la chica no le gustó, aquel era Cherman, y para él, había algo muy importante en esa muchacha, pero no sabía qué.



Qrima estaba mal, no se quejaba, no dormía, no intentaba pararse, no decía ni pío, solo mantenía la vista fija en el infinito con el ceño fruncido como si estuviera oyendo voces del más allá que le dicen algo indescifrable, pero sin duda muy malo, que está a punto de suceder, sin que hubiera ni luces del viejo testarudo, rezongón y siempre confiado en sí mismo que todos conocían. Gilda estaba preocupada, Nila lo estaba aún más, le había dejado a escondidas a su tío, una botella con un vino de arándanos bastante decente para animarlo, pero el viejo apenas lo había probado. Algo se había roto dentro de él y no era solo un hueso. Los demás se dedicaban a curar heridas, componer descoyunturas y a entablillar a los fracturados. Con la luz del día y luego de la vacua celebración, los sobrevivientes en la ciudad que aún podían moverse, debieron comenzar con la ingrata tarea de amontonar cadáveres y quemarlos, como los rimorianos, porque sepultarlos como los cizarianos les tomaría mucho tiempo y trabajo y no tenían ni uno ni el otro. Apenas empezaban cuando apareció un muchacho corriendo, traía unos ojos enormes, pero no era tanto eso, era más que su rostro estaba empapado de sangre y sus ojos era lo único que sobresalía. “Todos están muertos…” Anunció, pero nadie pareció reconocerlo ni comprender a qué se refería. Cípora, con su aliento mortal y su cara de descarada, le espetó que de quién hablaba, luego de cruzarse de brazos y echarle una mirada de pies a cabeza. El chico la miró como se le mira a la mismísima Muerte cuando se presenta. “Aquellos que perseguían a los que huían… todos murieron.” Explicó el muchacho, con ademanes exagerados y angustia en el tono, pero aún la gente parecía no comprender; era lo que tenía el polvo de ninfas cuando se mezclaba con alcohol, distorsionaba la realidad, a veces la suplantaba o simplemente la ignoraba, pero con un poco de esfuerzo, unos menos otros más, los recuerdos afloraron como una plaga, contagiándose unos a otros hasta que todos tuvieron consciencia de ese grupo en el que todos tenían algún pariente, un novio o un vecino que había sido despedido con vítores y que ahora jamás regresaría, entre ellos, el bueno de Tombo, muy servicial y apuesto, pero con poco talento para la belicosidad, en especial estando drogado. Nina espabiló a sus chicas con golpecitos en la cabeza y a Cípora con uno especialmente fuerte, por haber sido la de la idea, y luego les ordenó que la siguieran. Ella y sus putas se encargarían de apilar e incinerar los cuerpos de los atrevidos desdichados muertos en el campo. “Y a los de ellos, los dejaremos que se pudran al sol y que se los coman los bichos.” Exclamó Cípora, rencorosa, abrazada a una vasija con aceite para lámparas. “No seas tonta, Cipo…” Le espetó otra, una chica de baja estatura llamada Lorina, cuyo andar era irregular debido a una cojera que la acompañaba desde pequeña, “…nadie quiere tener un montón de cuerpos pudriéndose al sol y llenos de bichos donde comen sus cabras y juegan sus niños.” “¡Pues por mí, que los venga a recoger su madre!” Respondió Cípora, con desprecio. Lorina iba a replicar algo sobre las madres, pero Nina detuvo la discusión, el lugar ya estaba a la vista… y era desalentador. Parecía como si un gran globo lleno de sangre y restos humanos hubiese estallado en ese lugar esparciéndose en todas direcciones. Cípora dejó escapar un par de tosidos antes de que le dieran arcadas; aunque no fue gran cosa la que salió de su estómago, sí alcanzó para llamar la atención de todas las chicas, porque ver a Cípora con asco era de todo menos usual. “¡Vaya! Sí tiene estómago esta mujer después de todo…” Exclamó Nina, sin un ápice de comicidad en su tono.


León Faras.

miércoles, 18 de octubre de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXI.



Así terminó la batalla por Bosgos, con la más vergonzosa retirada del ejército cizariano y la victoria de un pueblo sin armas, pero que supo organizarse y aprovechar sus recursos. Sin caballos, Demirel y sus hombres corrieron a campo traviesa, exhaustos, deshaciéndose por el camino de sus armaduras que a esas alturas no hacían más que estorbar, y de cualquier otro peso muerto que llevaran excepto por sus espadas, con el miedo en el corazón de ser perseguidos con perros y cazados como cerdos salvajes. Tibrón agradecía que su hija Falena no estuviera presente en este desastre, y más aun que no estuviera entre los centenares de muertos. Todos conocían a Bosgos por sus venenos, pero nadie estaba ni cerca de sospechar lo que les esperaba: venenos que podían respirarse o que actuaban al contacto con la piel eran cosas que ninguno había siquiera imaginado. Demirel era, sin duda, el que estaba más desbastado, se sentía tan humillado que podría dejarse caer de rodillas ahí mismo y romper a llorar como un niño si no estuviera tan ocupado huyendo, y peor aún, sentía que esta sería una ofensa que Gindri jamás le perdonaría, porque una espada nunca debería huir, no una tan orgullosa y altiva como la suya, entonces comprendió lo que ella le pedía y se detuvo de súbito, sus hombres también lo hicieron al verlo, pero él les mandó a continuar, no tenía sentido quedarse a proteger una huida si nadie huía. Se plantó con Gindri apoyada en el piso frente a él, no tardaría el enemigo en aparecer, estaba seguro de eso, con su griterío intimidante y sus puños en alto, para perseguirlos y cazarlos, pero para eso tendrían que pasar por encima de él y de su espada primero y no sería fácil, Gindri ya no se sentía ofendida, estaba impaciente. Entonces, sintió un brusco golpe en el brazo seguido de un largo y satisfactorio eructo, a su lado estaba Éscar, ofreciéndole un trago de un vino de uva ya un poco agrio, en un pellejo que quién sabe de dónde había robado, Demirel lo aceptó, estaba sediento. “Y bien ¿Cuál es tu plan?” Preguntó el instructor, pero antes de que el otro respondiera algo, se comenzó a oír el murmullo distante de la multitud enardecida que está ansiosa por cazar a otros seres humanos. “Ah, ya veo…” Comprendió Éscar.



Mientras las cabras volvían al campo, la gente de Bosgos festejaba eufórica, felices por la victoria a pesar de haber perdido un tercio de su gente y la mitad de su ciudad, pero aún así todo el mundo estaba contento celebrando con alcohol y polvo de ninfas, un hongo que crecía cabeza abajo en los troncos de ciertos árboles caídos y que en pequeñas cantidades producía un estado de felicidad narcótica, mientras que en grandes cantidades provocaba una muerte dulce por sobredosis. Nina y sus chicas desinhibidas, abrazaban y besaban a quien tuvieran más cerca, excepto por Cípora, cuyos encantos era mejor evitar por un par de días debido al espantoso aliento que brotaba de su boca por la bayas que solo ella toleraba masticar, aunque siempre habría más de uno dispuesto a arriesgarse. Fue ella quien gritó la idea de ir tras el invasor, atraparlos y destriparlos como se lo merecían; que no quedara ni uno solo con vida que contara el cuento a su manera, y todos a su alrededor, embriagados y eufóricos, celebraron la idea y se pusieron en marcha de inmediato y sin remilgos, cogiendo del suelo cualquier cosa que sirviera para causar daño a alguien, incluso Cípora que, recogiendo un cascote del suelo, ya empezaba a andar cuando fue agarrada del pelo con fuerza por su jefa. “Tú te quedas aquí.” Le ordenó Nina, pero debió soltarla de inmediato cuando la otra le lanzó el tufo encima como si fuera una gata furiosa. “¡Cielos, mujer! Aléjate de mis flores.” Reclamó la otra, abanicándose la cara con asco. El grupo de hombres y mujeres que marchó no eran más que un montón de inconscientes mal armados y demasiado narcotizados como para darse cuenta de que morir era la opción más segura para la mayoría de ellos, de que no eran soldados, de que estaban abandonando la seguridad de la ciudad por un terreno abierto y sin garantías y de que se encontrarían con dos de los guerreros más tenaces y hábiles con la espada que existían, además de fuertes. Si Emmer o Vanter hubiesen estado allí, le hubiesen advertido que no lo hicieran, que ya habían ganado y que debían descansar, recuperarse y prepararse para la siguiente batalla, no poner en riesgo la vida de más gente a cambio de nada, pero ellos estaban junto a sus mujeres atendiendo a los heridos. El cielo empezaba a clarear y a mejorar la visibilidad, Demirel ya se sentía recuperado y sereno, besó su espada en la cruz pidiéndole que no lo abandonara en el que podía ser su último combate y Éscar, a su lado, luego de mirarlo con grima, negó con la cabeza en silencio, desaprobando su comportamiento como si se tratara de un penoso espectáculo digno del borracho de turno. La espada de Éscar era un bonito mandoble de poco más de un metro de largo con una hoja ancha como la palma de una mano, recta como la justicia y afilada por ambos lados como la determinación, llamada Gloria por su antiguo dueño, aunque su actual dueño apenas lo sabía y mucho menos le importaba. Eso de bautizar espadas era de lo más pretencioso en su opinión y no iba con él, lo que sí sabía, es que había pertenecido a un bravo guerrero rimoriano asesinado por otro mucho más hábil, cuyo nombre era imposible de olvidar debido a lo ridículo que sonaba: Motas, ¿qué clase de nombre era ese? Ambos guerreros se separaron para dejar espacio entre sus espadas, de esa manera no se estorbarían pero tampoco podrían apoyarse el uno en el otro, lo que era lo más conveniente, dada la situación, pues ninguno de los dos esperaba salir con vida, solo dejar de huir.



El combate fue una carnicería, donde un montón de piezas de cacería, atrevidas e ignorantes de su propia suerte, son lanzados al enorme y afilado cuchillo del carnicero para ser degollados, destripados y desmembrados con asombrosa pericia y rapidez a pesar de sus violentos e inútiles intentos por atacar y causar algún daño. Fue un espectáculo digno de la época más infame de los circos romanos, Demirel, supo que había acabado cuando oyó el aullido solitario de un muchacho que se le lanzaba encima con un bastón en alto que el guerrero frenó en el aire sin dificultad. El chico debía de estar muy drogado, porque solo en ese momento la euforia se diluyó en su rostro y comprendió lo que acababa de suceder y la real magnitud de su oponente, no pudo hacer más que soltar su bastón y salir corriendo, tropezando con los cadáveres y resbalando en los charcos de sangre. Aunque solo estaba a pocos metros, era difícil identificar a Éscar sin algo de detenimiento, caído entre tantos cuerpos desparramados. Se había cobrado el último favor con la muerte y esta vez, ésta no lo perdonó, le atravesaron la garganta con una simple y efectiva estaca de madera que aún tenía clavada en el cuello, lo que significaba que probablemente el agresor tampoco contaría su hazaña. En ese momento, unos pasos que apenas oyó a tiempo, aparecieron por su espalda, Gindri estaba lista, pero el hombre tras él, solo parecía perdido y confuso. Demirel lo miró con la cabeza torcida y los ojos pequeñitos: “Yurba, ¿dónde demonios estabas?”


León Faras.

lunes, 2 de octubre de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LX.



Migas pensaba abandonar la ciudad él solo con su perro, dejar a su padre en su sepulcro y a su cerda al cuidado de Nimir por un par de días, pero su plan se había arruinado por completo por culpa de la torpeza de Nimir, este ahora no era ni la mitad del hombre que era, y no es que antes fuera una gran cosa tampoco, el pobre se veía disminuido, silencioso y angustiado, con esa particular tendencia a la inacción de los fracturados en el alma, a quedarse inmóvil como un vegetal en cualquier parte donde uno lo dejase, incapaz de ver, oír o ponerle atención a algo, solo capaz de estar y de temer. El viejo lo miró con más frustración que compasión, ahora ese bobo no era más que un lastre para él, ¡Un peso muerto! “Bien, Nimir, cuidate mucho, ¿si? Nos veremos en un par de días…” Comenzó Migas, hablando con indiferencia, luego de dejar a su padre seguro en su hipogeo, y mientras aseguraba a su cerda con una cuerda en la parte trasera de su carreta, “…no te metas en problemas y todo estará bien… pero tú ya sabes eso, eres un tipo listo.” Agregó, intentando sonreír, montando en su carreta para irse y mirando de reojo al pobre de Nimir, quien no le ofrecía ni una sola reacción como respuesta, además de los mocos que debía sorber cada dos minutos. “Esto es culpa tuya, ¿está bien? ¡Te dije que no bebieras ese licor! Ahora ese ya no es mi problema…” Alegó el viejo, enojado y alardeando de estar dispuesto a irse, pero sin decidirse del todo a hacerlo, entonces, su perro soltó un ladrido y Migas se lo quedó mirando por varios segundos, como si el animal le hubiese planteado una idea que debía ser analizada cuidadosamente. “Nos vamos a arrepentir de esto, ya lo verás.” Le advirtió el viejo a su mascota, mientras bajaba de su carreta, negando con la cabeza, obstinado, como si hubiese recibido una orden superior que debe ser obedecida por más estúpida que suene. “Recuerda lo que te digo… esto es un error.” Insistió, dirigiéndose a algo o a alguien en algún punto sobre su cabeza o dentro de ella, luego cogiendo a su dócil amigo por las axilas, lo llevó hasta su carreta para montarlo encima y sentarse a su lado. Dos minutos después, Migas lo increpaba con asco en el rostro: “¡Quieres dejar de hacer eso!” Nimir volvía a sorberse los mocos.



El sonido agudo de un cuerno fue replicado desde varias direcciones, acompañado del grave repiqueteo de un tambor y luego, un extraño silencio se apoderó de la ciudad, era como si todo el ataque a Bosgos hubiera terminado de pronto. Yurba estaba desorientado, había dejado atrás las nubes de veneno, pero aún se sentía como en la peor de sus borracheras. Por la posición de la luna calculó que aún faltaban un par de horas para el amanecer, pero, por como se sentía, no podía estar seguro ni de su nombre. Debía volver con Rubi, el puñal que le salvaría la vida estaba listo, pero sinceramente, no se fiaba mucho de lo que esa bruja pensaba hacer con él y seguro que Rubi tampoco estaría muy de acuerdo con que usaran un puñal ensangrentado en ella. En ese momento se dio cuenta de que vagaba por las afueras de la ciudad, pero que no tenía ni la más tenue idea de en qué dirección iba, solo caminaba buscando un punto de referencia que le dijera dónde carajos estaba y hacia donde debía ir, pero no reconocía nada. Entonces un ruido lo alertó y debió pegarse a la oscuridad de la pared tan rápido como pudo, porque vio pequeños grupos de personas huyendo de la ciudad a toda prisa, como ratas escapando de un granero en llamas, aunque no se veían asustados, sino más bien organizados y concentrados. Le pareció extraño, pero Yurba no estaba interesado en participar en lo que fuera que estuviesen planeando hacer esa gente, por lo que, lo mejor que podía hacer era alejarse de la ciudad, descansar por un par de horas, porque en verdad se sentía agotado, despejar un poco el malestar que sentía en su cabeza y sus tripas y buscar a Rubi al amanecer, luego ya vería qué hacer con el dichoso puñal. Se internó en el pequeño bosque aledaño con paso torpe y sin ninguna idea concreta de en dónde estaba, hasta encontrar un sitio que le pareciera tranquilo y seguro para descansar y dormir un poco, pero algo en el entorno de pronto se le hizo incómodamente familiar, como si ya hubiese estado allí antes y no hace mucho. No podía ser, estaba muy desorientado y bastante atontado, pero no había forma de que, saliendo de la casa de esa bruja, hubiese regresado hasta allí de nuevo sin haber dado nunca la vuelta, ¿o sí? Ahora, como en un susurro de los dioses, sabía exactamente dónde estaba y qué debía hacer, debía devolverle su puñal a la bruja o no pararía nunca de regresar a ese sitio, una y otra vez, porque si no lo hacía, tal vez nunca más volvería a ver la luz del siguiente día, como los pobres desgraciados que desaparecen en el Bosque Muerto y no encuentran más que sus restos pálidos, desecados y consumidos por una noche eterna, o al menos eso es lo que cuentan. Yurba buscó la casa, su idea, que parecía buena, era devolver el puñal y que la bruja Circe lo guardara hasta que él pudiera llevar a Rubi hasta ella, pero para ella, las cosas no funcionaban así. “¿Crees que puedes atrapar el alma de un inocente por el tiempo que quieras, sin que haya consecuencias?” Le preguntó la bruja, con su rostro caprino inclinado hacia un lado, apenas comprendió sus intenciones. “¿Crees que puedes corromperla hasta convertirla en un ser imbuido de maldad y venganza porque tú no estás listo?” Yurba se sentía como un niño torpe siendo duramente regañado por alguna tía-abuela demasiado gruñona. “Pero tú puedes arreglarlo, ¿no?” Balbuceó, un poco ofendido por la reprimenda, ofreciendo el puñal de regreso como quien ha sido sorprendido robando. Circe se lo arrebató de las manos. “¡Inconsciente! ¡Egoísta! ¿Acaso te crees mejor que él!” Y luego de una extraña pausa, agregó: “Tú no eres mejor que nadie, Yurba Bucader.” Todo con esa mujer era demasiado extraño, pero que conociera su apellido cuando ni él mismo solía usarlo, era el colmo de los colmos. “¿Pero cómo demonios…” Quiso preguntar, pero entonces y de improviso, la bruja le clavó el puñal en el corazón hasta poder sentir el mango del arma haciendo presión en su pecho, su rostro, dividido entre la luz y la sombra, entre la belleza y la fealdad, lo miraba con la frialdad de un asesino; sintió el dolor de un corazón que se desangra, el tibio líquido vital esparramándose a borbotones dentro de él, arrebatándole la vida que parece caer a pedazos, la ausencia de aire, la debilidad en las piernas y finalmente el desvanecer de la mente. Abrió los ojos, aún no amanecía, estaba sentado bajo un árbol, le dolía un poco el pecho, como si se hubiese quemado con algo caliente, quiso recordar lo que estaba soñando pero su cabeza no estaba en condiciones de esforzarse mucho en ese momento, solo recordaba la sensación de caer al vacío justo antes de despertarse, luego de eso, bostezó aparatosamente y se acomodó para dormir un poco más.



León Faras.

martes, 19 de septiembre de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LIX.



Menudo soldado que había resultado ser, en su primera batalla y ya estaba desertando sin haber siquiera desenvainado su espada. Su padre la cubriría, de eso no tenía por qué preocuparse, pero de verdad tenía ganas de probarse en un combate real contra enemigos de verdad… y matar. Su tío Demirel le habló de eso, matar era una cosa seria, le dijo, porque no estaba bien que uno asesinara personas porque se siente con ganas de hacerlo, o con el derecho o porque te despiertas una mañana con deseos de cortarle la garganta a algún pobre desgraciado que a tu juicio está de sobra en este mundo, eso no era correcto, pero se debía estar dispuesto a hacerlo en todo momento y sin dudarlo, porque ese era el trabajo de un soldado, y también la gran diferencia entre un soldado y un asesino. Falena tenía muchas dudas al respecto, pero su tío también le dijo que la primera muerte le diría todo lo que necesitaba saber, que le enseñaría cosas de sí misma que no conocía, que la haría madurar y que la cambiaría para siempre y eso era lo que ella quería, dejar de ser la niña y la princesa para convertirse en un soldado de verdad, y no lo haría hasta que le quitara la vida a su primer enemigo. Su papá le había dicho, con su tono grave y su estilo escueto, que el trabajo de un soldado era mucho más que solo matar, pero a ella no le pareció muy convincente, en cuestiones de soldado confiaba más en su tío Demirel. Ahora salía de la ciudad aledaña caminando delante de los caballos con un farol en la mano para iluminar un camino que le era completamente desconocido y que apenas se podía diferenciar del resto del suelo, un tanto desilusionada, pero convencida de que su madre y su hermana estaban primero que todo lo demás y que era su deber mantenerlas a salvo.



Por su parte, Tibrón y sus hombres estaban en graves problemas, luchando pegados espalda con espalda contra oleadas de enemigos que no parecían acabar nunca, ni estar dispuestos a ceder. No resistirían mucho así, pero los demás no estaban mejor, habían perdido mucho más que solo el respeto de esa gente, los Tronadores se quedaban sin munición y algunos ya habían sido destruidos, además, todos estaban tan dispersos que cada uno tenía su propia batalla particular y sus propios problemas personales. Váspoli, con tan solo una docena de hombres montados a caballo y con los rostros cubiertos como bandidos, había logrado agrupar a poco más de cincuenta, rescatándolos, literalmente, de las garras del enemigo y de la muerte, y trayéndolos de regreso a la seguridad del grupo. Ellos llegaron a apoyar al menguado grupo de Tibrón, abriendo paso con el pecho de sus caballos y las puntas de sus espadas hasta ellos y dándoles un respiro a sus agotados músculos. “¡Creí que era el fin!” Alegó Cal Desci, dejando caer los brazos por un segundo y tomando el aire a bocanadas, “¡Todavía lo es!” le replicó Aregel, indicándole que debían salir del atolladero en el que estaban metidos antes de creerse estar a salvo. Esa era la idea de Váspoli, rescatar y reagrupar a los que aún estaban luchando, pero entonces se oyó un cuerno, agudo como una trompetilla, que se replicó por todas partes de la ciudad como aullido de lobos, y luego todos los habitantes de la ciudad que aún peleaban comenzaron a retirarse, a desaparecer como recibiendo una orden superior a la cual todos obedecían. Demirel, Váspoli, Tibrón y todos los demás quedaron perplejos, salvo por algunos perros disputándose el cadáver de algún pobre desgraciado caído en esa batalla infame, estaban completamente solos dentro de una ciudad a medio destruir y casi en completo silencio. Aquello no podía ser nada bueno, esa gente no se había ido para darles un respiro, ahora eran ellos los que estaban dentro del círculo y los bosgoneses afuera y seguro que tenían un plan. Demirel llamó a Váspoli y a otro de sus soldados, uno que estaba herido en una pierna, y los envió de regreso a Cízarin, algo le decía que si no los enviaba ahora, no saldría nadie de allí para contar la historia. Apenas el sonido de sus cascos desapareció, un ruido lejano de silbidos y ladridos de perros empezó a hacerse latente, seguido del insistente balido de cabras y murmullo de algo muy grande acercándose. “¡Oh, mierda, no puede ser!” Dijo alguien al que todos voltearon a mirar nada más oír su voz, ese era Éscar y estaba vivo, parecía como si hubiese rodado montaña abajo sobre rocas escarpadas y multitud de espinas, pero estaba vivo y sobándose el cuello donde la soga le había dejado un verdugón rugoso y negro. Todos lo miraban como si se hubiese levantado de su tumba, pero él solo se limitó a terminar lo que iba a decir, “¡¿Nos van atacar con un ejército de putas cabras?!” Sonaba estúpido, pero pronto se vieron invadidos por un mar de cabras que entraban por todos lados, pero que no hacían más que estorbar sin causar ningún daño, eso, hasta que les lanzaron el Urticario encima. Aquella era una jugarreta muy popular entre los muchachos en Bosgos, y todos habían sido muchachos alguna vez; consistía en deleitarse insanamente viendo a los pobres animales enloquecer y desesperarse durante algunos minutos por la comezón. El Urticario en líquido era más fuerte, pero una vez que caía no se esparcía, en cambio, el en polvo, no era tan poderoso pero sí mucho más duradero, porque era capaz de mantenerse suspendido como una nube gracias al mismo ajetreo de las cabras, y de esa manera también trasladarse por el aire. Usaron ambos, y obviamente, no era que solo afectara a las cabras, sino que a todo lo que tuviera piel también. Las bombas tóxicas de Urticario estallaron sobre todos y en un segundo todo cambió, los animales literalmente enloquecieron, y al estar apretujados unos contra otros, la locura se volvió en masa. Las cabras comenzaron a golpear lo que estuviera cerca con tal de alejarse de la comezón que les rodeaba, pero sin lograr ir a ningún lado, los hombres que aún estaban montados fueron derribados de sus caballos al no poder controlarlos y los otros, que resistían lo mejor que podían el embate de una multitud de bestias coléricas y fuera de sí, pronto descubrirían el infierno de sentir el Urticario bajo el metal de sus armaduras, adherido a su piel gracias al sudor que los cubría, moviéndose bajo esta como lombrices endemoniadas; la desesperación de estar luchando contra un enemigo despiadado al que no se le puede enfrentar. Resistieron hasta donde pudieron y más, hasta que la comezón se volvió insostenible y comenzó a ocupar todos los espacios de su mente, hasta que ya no pudieron controlar los espasmos musculares que surgían por todas partes de su cuerpo, hasta que su propio sudor se volvió su enemigo y hasta que los hombres empezaron a caer uno a uno, presas de la desesperación y de una locura temporal incontenible; a desaparecer en un mar agitado y violento de cabras furiosas del que, la mayoría, no volvería a salir. Entonces Demirel, viendo que la voluntad de sus hombres flaqueaba tanto como la suya ante ese enemigo implacable adherido a su piel, ordenó la retirada, que más bien fue un ¡Huyan! O un, ¡sálvese quién pueda! Pero que ninguno de los que quedaban en pie se atrevió a cuestionar. Era la retirada más vergonzosa de sus vidas, además de complicada porque las cabras no se lo ponían nada fácil, pero entonces hubo un estallido justo enfrente de ellos, y los animales les abrieron el paso como si se tratara de un milagro. Furio estaba del otro lado con uno de sus hombres y armado con un Tronador que aún se mantenía en pie, cojeaba y había perdido un ojo, pero por alguna razón, su compañero se veía peor que él, como si estuviera a la mitad de un terrible calvario. “Te ves feo, amigo, ¿qué mierda te pasó?” Preguntó Éscar, el primero en llegar. Furio lo miró incapaz de responder tal cosa, hasta que el otro lo zamarreó cogiéndolo amistosamente por los hombros y riendo, “¡Solo bromeo!” Por algún motivo que nadie concebía, ese maldito instructor, además de ser el hombre más inestable e impredecible sobre la tierra, y de regresar tan campante de la muerte, parecía ser inmune al Urticario, o resistía sus efectos sorprendentemente bien. Mientras los demás estaban al borde de la locura, él solo bromeaba.


León Faras.

martes, 5 de septiembre de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LVIII.



Emmer cayó al suelo agarrándose el pecho ante la mirada de incredulidad de Demirel, quien no podía creer que estuviera viviendo la misma escena otra vez, y de Qrima, quien tampoco podía creer que de nuevo estuvieran en la misma situación. El viejo arrastró al herido por en medio de la trifulca y zalagarda de gente cargando a montones contra otras gentes, hasta encontrar una pared donde reposarlo y reposar él también, porque se sentía como si hubiese arrastrado un buey atrapado en un lodazal, en vez de solo tirar de un hombre. “¿Vas a estar bien?” Preguntó Qrima, con cara de afligido debido a que le faltaba el aire en ese momento y su corazón corría como no lo había hecho en mucho tiempo. Emmer respiraba con dificultad, demostrando dolor en cada suspiro, entonces, se abrió la camisa y con la yema de los dedos palpó la bola de hierro incrustada en su esternón, estaba ahí, podía sentirla, cogió la mano de Qrima y se la llevó a la bala, “¡Sácala!” le ordenó. Aquello sorprendió un poco al viejo, pero pronto comprendió que su amigo no era precisamente un hombre ordinario, por lo que se puso en posición, cogió su puñal y apretando los labios con fuerza, como si aquello sirviese para algo, lo enterró en el pecho de su compañero, justo al lado de la bola de hierro, para removerla luego con un movimiento de palanca hacia afuera. Emmer no se contuvo, soltó el grito que le brotó del cuerpo sin remilgos ni delicadezas, aunque en medio de ese bullicio tuvo el mismo impacto que una meada bajo la lluvia, su cicatrización de inmortal hizo el resto y pronto estaba listo para volver a la batalla, no así su viejo amigo, Qrima, cuyo cansancio era más profundo que solo el ajetreo de aquel día. Vanter y Gúnur aparecieron pronto, traían sus armas teñidas de rojo casi por completo. La brecha había sido abierta y la gente huía en masa por ahí. El guerrero de la espada desmesurada, era bueno, pero no podía contenerlos a todos él solo, además, habían llegado refuerzos de la ciudad aledaña y las cosas se estaban poniendo al fin de su lado. En ese momento, la pared contra la que Qrima estaba apoyado, voló en pedazos tras el disparo de un Tronador, a los que cada vez se les estaba haciendo más difícil ganarse el respeto de esa gente. Luego del estruendo y la polvareda, encontraron al viejo tirado en el suelo, estaba cubierto de tierra, medio sordo y profundamente consternado, pero vivo, claramente, todo eso había sido demasiado para él en un solo día. Debían llevarlo con Nina, ella y su gente tenían organizado un grupo para sacar a los heridos hacia un lugar seguro.



Yurba tenía un problema, él quería ayudar a Rubi porque Rubi en verdad le gustaba, pero toda esa experiencia con la mujer con cara de cabra fue demasiado rara, él no había sido del todo él en ese lugar, se sentía manipulado como un pelele, y además, ¿cómo carajos había llegado hasta esa casa en primer lugar? si ahora no sabría decir dónde está ni aunque se lo preguntaran a azotes. Caminaba de regreso a la ciudad con un puñal manchado de sangre y la misión de asesinar a un inocente con él para salvar la vida de su chica, que ni siquiera era su chica, porque Rubi lo trataba la mayoría del tiempo como a una molestia, como si fuera caca en sus zapatos, y no la culpaba, si era él el que no dejaba de hostigarla y ella de rechazarlo, pero si no insistía estaba jodido. La peste que emanaba de la ciudad lo hizo sentir un poco enfermo, al principio lo resistió pero no se le pasaba el malestar, sino por el contrario, el efecto era acumulativo. El aire no se movía esa noche y los gases no se dispersaban, olía como a huevos podridos y orines acumulados; como a orines acumulados dentro de un huevo podrido. Como a estar encerrado dentro de ese huevo. Se sintió mareado y con deseos de vomitar, y lo hizo, aunque no fue mucho lo que salió de su estómago, pues hace rato que no había mucho ahí. Estaba solo y no era difícil de adivinar el porqué. Halló una escalera y trepó al techo de una casa, una vez arriba, notó que varias sombras oscuras se movilizaban por sobre los tejados de la ciudad, eran bosgoneses que sabían que arriba el aire era más respirable que abajo. Divisó un grupo de ellos destruyendo un Tronador atrapado entre los escombros y a sus operadores que luchaban por liberarlo, lanzándose sobre ellos como una manada de ratas hambrientas sobre una alimaña indefensa y luego desapareciendo como asaltantes en la noche, cada uno con un trozo de la víctima. Comenzó a moverse sobre cuatro patas, no porque le temiera a las alturas, que tampoco eran casas demasiado altas, sino porque aún se sentía mareado y porque creía que así pasaría más desapercibido, pero no fue así, se encontró casi de frente con un pequeño grupo de bosgoneses agazapados sobre un techo que lo vieron mucho antes de que él pudiera verlos: eran tres adolescentes, dos chicos y una chica. “¿Quién eres?” Preguntó uno de ellos y Yurba, aún un poco atontado por los gases tóxicos, respondió torpemente dándole su nombre, como si lo conocieran. “¡Quién?” Replicó el otro con el ceño apretado, porque jamás había oído nombre parecido a ese. Yurba soltó una risa de borracho por su torpeza. “Escuchen, yo solo quiero un poco de aire fresco, eso es todo.” Se excusó mostrando las palmas de sus manos desnudas en señal amistosa. No tenía espada, nada excepto el puñal que la bruja le dio, pero ni siquiera alcanzó a sacarlo, porque los muchachos convinieron de inmediato en que aquel hombre pequeño y calvo no era de los suyos y por lo tanto, no merecía gastar su aire fresco. Yurba recibió un bastonazo en la cabeza que nunca vio venir, y que lo arrojó de vuelta al suelo apestoso de donde venía, esta vez para quedarse allí por un rato, inconsciente.



Respirar a ras de suelo era mejor que hacerlo de pie, eso fue algo que Yurba descubrió cuando despertó. Lo hizo de pronto cuando sintió que manos ajenas lo estaban registrando con vivacidad, su mente reaccionó rápido, recordó la guerra, el golpe en la cabeza, el puñal y a Rubi, todo en el tiempo que le tomó abrir los ojos. Cogió al que le estaba robando sus cosas por las solapas y sin pensar en nada, clavó su puñal en el cuello del malhechor. Lo hizo sin decir una palabra, sin un gesto en la cara, sin emociones, ni buenas ni malas, lo hizo como quien usa su cuchillo para despellejar una liebre. Solo vio sus ojos, abiertos como platos, cejas gruesas y abundante cabello alborotado, el resto de su cara estaba tapada por un pañuelo empapado en orina, también pudo oír la carrera de sus compinches que huían como ratas ante la desgracia de un camarada. Yurba tardó unos segundos en asimilar lo que estaba sucediendo y lo que acababa de hacer, en darse cuenta de que, al que acababa de matar, no era más que un niño de diez años, doce a lo mucho, chiquillos que aprovechaban la noche y la guerra para saquear cadáveres y obtener algo de ganancias en medio de tantas pérdidas; en notar que el maldito puñal estaba seco, como si hubiese absorbido la sangre en vez de derramarla y que, fuera como fuera, ya tenía la vida del inocente que la bruja le pidió.


León Faras.

viernes, 25 de agosto de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LVII.



El primer gran alivio que sintió Migas, fue ver que su cabaña aún estaba intacta y no había sido incendiada por Nimir. Su perro parecía muy interesado en un rastro en ese momento, pero Migas no tenía tiempo para perseguir liebres, además de que opinaba, al igual como lo hacía su padre, que la carne de liebre sabía peor que la carne de perro, y ellos jamás comían perros. Decidido estaba a ignorar por completo a su compañero canino, cuando este comenzó a ladrar con real urgencia, como aquel que sabe que ha encontrado algo realmente interesante. Migas lo despreció y lo regañó, fastidiado y cansado de esa noche infame, pero el perro insistía en su urgencia ya de forma obsesiva, como diciéndole: “¡Oye amigo! Tienes que ver esto, en serio, ¡tienes que verlo!” Migas lo entendió así y se acercó resignado, forzando la vista al máximo, pues no tenía lumbre a mano, pero al menos era una noche despejada y un trozo generoso de la luna los iluminaba, sin embargo, no veía nada ni remotamente interesante hasta que vio en la dirección correcta y en el ángulo correcto. Aquello era una mano. “Mierda. ¡Nimir!” Pensó el viejo, pero al mover el cuerpo hacia la claridad, descubrió que se trataba de otro hombre, uno con el cuello y media cara destrozada… ¿mordida? ¿mascada? Migas no estaba seguro, no tenía suficiente luz, pero eso fue lo primero que se le ocurrió al ver las heridas. El cadáver tenía un cuchillo en el cinturón que el viejo cogió, porque el suyo se había ido con su caballo y el resto de sus cosas. Pensó en su cerda, en lo fácil que sería para ella arrancarle la cara a alguien de una mordida, pero su cerda jamás haría algo así, es decir, jamás atacaría a un hombre sin razón. Migas se dirigió a la puerta de su cabaña, estaba abierta y el farol de la entrada estaba encendido, y bajo este, otro hombre, uno con aspecto de soldado rimoriano, también tenía la garganta desgarrada y varias mordidas más en los hombros y en los brazos, donde le faltaban algunos trozos de carne. El rastro de sangre que había dejado aquel pobre desgraciado venía del interior de su casa. Con terror en los ojos, Migas, vio el interior de su cabaña, todo estaba patas arriba y había manchas de sangre hasta en las paredes. Su perro ladró dos veces y se quedó parado en la puerta, como diciendo: “Hasta aquí llego yo, compañero.” Entonces Migas oyó algo, un murmullo persistente y monótono como el masticar, ese que en ocasiones se ve alterado por el crujir de algo duro que se rompe entre los dientes de quien mastica, algo como huesos. El viejo cogió con todo sigilo una lámpara que de milagro no se había roto e incendiado todo, y al dar otro paso, su pie chocó con algo en el suelo. Migas cerró los ojos, percibiendo lo que había encontrado sin necesidad de mirar: era el pequeño barril de licor de nísperos… vacío. “Maldito, Nimir. ¡Mierda!” Maldijo para sí. Su segundo gran alivio fue cuando pudo distinguir en la penumbra la figura de su padre esparramado sobre su silla, no se veía muy cómodo con la situación pero al menos parecía intacto. Entonces pudo revisar el extraño murmullo que aún persistía tras su mesa volteada en el suelo. Elevó su lámpara, estiró el cuello, apretó el cuchillo en la mano y buscó el ángulo correcto para ver lo que ocurría sin necesidad de acercarse demasiado. Su perro volvió a ladrar desde la puerta, como diciendo: “¡Cuidado!” Y a Migas se le escapó un gritito, su corazón dio un brinco y por poco suelta la lámpara del susto. Pero ese ladrido hizo que el murmullo cesara y que diera paso a otro sonido, uno muy familiar. Su cerda gruñó desde el otro lado, como disculpándose, en el desorden, una cesta de ciruelas que Migas tenía guardada terminó en el suelo y el animal estaba acabando con ellas una a una hasta los huesos. Tercer gran alivio, por un momento pensó que atraparía a su cerda comiéndose a Nimir, o al revés. Dentro de la cabaña, sentado en el suelo bajo una ventana, había un tercer hombre, joven, con aspecto de niño grande, estaba pálido y bañado en su propia sangre debido a que le habían arrancado una oreja completa, salvo por eso, y su mirada vacía, parecía estar bien, al menos su garganta lo estaba. Migas lo tuvo que patear tres veces, subiendo gradualmente la intensidad del golpe, para que el chico reaccionara. “¿Quién mierda eres tú y por qué estás en mi casa?” Lo increpó. El chico lo miró con asco, como a la cosa más fea del mundo, se buscó la oreja que ya no estaba con una mano izquierda, y con la otra empuñó un cuchillo, grande, afilado y con la punta manchada de sangre fresca. “¡Aléjate de mí, bestia, aléjate de mí!” le gritó, horrorizado, para luego ponerse de pie, lanzarse por la ventana y salir corriendo hacia la noche. Su perro le ladró, pero no se atrevió a perseguirlo. “¿Pero qué mierda…?” Murmuró Migas, incapaz de darle sentido a todo lo que estaba viendo, ni siquiera su padre tenía respuestas para él, por primera vez en mucho tiempo, estaba completamente mudo y encima el bobo de Nimir no estaba por ningún lado. Revisó cada pulgada de la casa y los alrededores sin encontrarlo, en todas partes excepto por una: el hoyo. Muchas veces Migas lo dijo, que ese era el lugar más seguro de su cabaña, porque allí era donde sepultaba a su padre cada vez que quería mantenerlo a salvo. No era una simple tumba como la primera que excavó, ahora podía llamarse sepulcro. Migas lo había agrandado para que su padre se sintiera más cómodo, la escondió bajo el suelo de su cabaña, construyó un cajón nuevo y hasta hizo una escalera para facilitarle las cosas a ambos. Ahora esa escalera estaba manchada de sangre. Su perro gimió como compadeciéndose de su amo y el viejo lo miró preocupado, como compartiendo el mismo sentimiento. Migas tragó saliva antes de empezar a bajar con su lámpara por delante, evitando pisar la sangre que aún estaba fresca y podía ser resbaladiza, solo entonces oyó el suave sonido que provenía del vientre negro y frío de su cabaña; su perro olisqueaba el aire que emanaba del sepulcro con ansia, pero no le siguió, tal vez no era tan valiente como él creía, o más listo de lo que pensaba. No es que ese sitio acostumbrara a oler bien, pero ahora su olor era diferente y desagradable, tal como la vista: yacía allí, en el piso, un cuerpo al que le habían arrancado la mitad de la carne de los huesos a mordidas, junto con las vísceras, como si hubiese sido atacado por una manada de perros salvajes y hambrientos, pero no había perros salvajes allí, solo un sonido que persistía vago en el aire, un sonido que no podía ser más que un triste sollozo. Migas elevó su lámpara, Nimir estaba allí, acurrucado en un rincón contra la pared, abrazado a sus rodillas gimoteando como un niño, Migas sintió genuina compasión, el pobre estaba cubierto de sangre, sobre todo en la boca, el pecho y las manos, olía a mierda porque se había cagado encima y la expresión de su rostro era de total y absoluto miedo. “Ay, Nimir. Pero qué mierda has hecho.” Se lamentó Migas.


León Faras.



jueves, 17 de agosto de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LVI.



Éscar luchaba exaltado y sanguinario, la paliza que le dieron no hizo más que avivar su sed de lucha y ahora se desquitaba con su espada en la mano y una sonrisa en la cara. Certero y brutal. Era bueno, Tibrón nunca lo dudó aunque esa era la primera vez que lo veía pelear en serio. Usaba un escudo redondo de tamaño mediano, del que sobresalía una hoja de espada no mayor a la palma de una mano, que usaba para partirles la cara en dos a sus enemigos de un tajo, lo mismo que para cubrir su flanco izquierdo; el de su ojo ciego. A Tibrón le llamó mucho la atención la idea de ese escudo. Apenas contenían a toda esa gente, cuando por encima del griterío de la batalla, otro ruido similar llegó a sus oídos, uno que venía bajando desde la colina a sus espaldas. Una multitud enardecida se lanzaba sobre ellos con sus antorchas encendidas, sus perros furiosos y todo tipo de armas improvisadas, además de sus pestilentes venenos. Tibrón no entendía quiénes eran o de dónde había salido toda esa gente, pero ahora deberían resistir un ataque por ambos lados a la vez; ellos serían ahora los cercados. Alertó a Aregel, que luchaba junto a Cal Desci cerca de ahí, ambos cubiertos de sangre y tierra por igual, agotados pero sin heridas graves, y los tres se voltearon para ver a Éscar que gritaba algo en ese momento, pero el instructor no alcanzó a terminar lo que fuera que quería decir, en cuestión de segundos, un lazo se cerró en su cuello y lo succionó hacia atrás, rápido y violento como la lengua de un sapo, solo desapareció en la multitud agarrando la soga que lo estrangulaba y pataleando sin control, mientras era arrastrado hacia donde nadie podía seguirlo.



Falena dejó a su madre y su hermana en casa de Brelio y se fue, ahí al menos estarían a salvo. El muchacho intentó detenerla, pero Rubi intervino: “Sabe bien como cuidarse sola, además, el Recolector ya no la perseguirá, ¿verdad, madre?” Teté ya no lloraba, pero se veía terriblemente agotada. “No te quites el amuleto por nada, ¿me oyes?” Le rogó. La chica asintió. Ante eso, Brelio no pudo hacer más que aceptar. “Ve entonces, yo cuidaré de ellas. Puedes confiar en mí.” Aseguró el muchacho. Falena no sabía si podía confiar en él o no, pero lo que sí sabía es que ahora no podía luchar, no mientras su familia estuviera allí o quien sabe qué les harían si alguien se enteraba de que ella era una soldado cizariana; lo que sí tenía que hacer, era recuperar sus espadas y usarlas para sacar con vida a su madre y a su hermana de ahí lo antes posible y como fuera. Ya era de noche, y la luna emergía con la mitad de su rostro cubierto, evitando así la oscuridad total sobre el mundo. Las calles de la ciudad aledaña estaban despejadas, y todo el resto también, salvo por los ancianos, los niños pequeños y los lisiados. Todo el mundo estaba en Bosgos luchando, y se podía sentir incluso antes de verlo: los sonidos de los metales, las detonaciones, los gritos de furia y dolor, el llanto de los desvalidos y el incesante ladrar de los perros. Las columnas de humo ascendían casi rectas, manchando un cielo perfectamente estrellado y acusando numerosos incendios; pasada la primera colina ya se podían ver las llamas iluminando las nubes de colores que se arrastraban por el suelo, corrompiendo el aire y enfermando a quienes estuvieran cerca. También podía verse el estallido de los Tronadores, que destellaban como relámpagos en la noche y una batalla ininteligible entre dos masas de gente que parecían haber enloquecido de forma espontánea.



La chica fue, recuperó sus espadas y regresó, dando un gran rodeo de ida y de vuelta para evitar ser vista por alguien de la ciudad. La batalla continuaba, pero el griterío de la gente había disminuido, como si la lucha ya no se tratara de atacar sino de esconderse, de resistir, aun así los Tronadores rompían el silencio de tanto en tanto, la gente gritaba durante un rato y luego todo se silenciaba otra vez, como si la ciudad durmiera, despertara por un mal sueño y luego se volviera a dormir de nuevo. Brelio estaba en la entrada de su casa, con un pequeño fuego encendido y una olla colgada encima hirviendo con algunas hierbas aromáticas dentro. Le había ofrecido un poco de té a sus invitadas, pero para cuando estuvo listo ya ambas dormían y no quiso molestarlas. Falena se sentó a beber un poco de té en silencio, el muchacho tampoco era muy conversador, por lo que estuvieron bastante rato sin interrumpirse los pensamientos hasta que el chico comentó en tono casual y mientras revolvía las ascuas, que sería mejor que se fueran antes de que amaneciera, que así sería más seguro. “Conozco una ruta, la que lleva a Confín, se conecta con un camino que sale de Cízarin, pueden seguirlo hasta allá. Es más larga, pero también más segura. Puedo llevarlas hasta la bifurcación.” Ofreció el muchacho. Falena no tenía ninguna idea mejor, por lo que estaba a punto de aceptar, pero en ese momento una carreta irrumpió en la ciudad, debía estar bastante oscuro porque parecía toda de negro, incluso el cochero, quien viajaba solo, era solo un bulto oscuro con un pequeño farol encendido que le ocultaba el rostro tras su haz de luz. “¿Brelio?” Era la voz de una mujer. “¿Madre?” El chico estaba confundido, ¿por qué su madre viajaría sola? “¡Brelio!” Repitió la mujer, pero esta vez con más convicción. El muchacho la reconoció: “¡Tía Nila! ¿Qué haces aquí?” Nila, junto con sus dos hijas, la vieja Gilda y otras mujeres, sacaron a los más pequeños y a los más débiles de la ciudad para protegerlos y ocultarlos en una de las muchas canteras vacías que había en los alrededores, pero ahora se estaban llenando con los heridos y enfermos que lograban ser sacados de la ciudad y necesitaban de todo para atenderlos, desde medicinas y vendas para las heridas, hasta las mismas manos de quienes estuvieran dispuestos a ayudar. “Estarán seguras. Lo prometo.” Aseguró Brelio a Falena, mientras se ponía de pie para ayudar a su tía. Falena no podía quedarse o tarde o temprano la reconocerían y sabrían por qué ella estaba allí. “No puedes prometer eso.” Susurró para sí, también poniéndose de pie. Era la hora más oscura de la noche, pero ya no esperaría nada ni a nadie, Yurba incluido, se iría aunque tuviera que ella misma iluminarle el camino a los caballos.


León Faras.

viernes, 11 de agosto de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LV.



Migas, encaramado sobre un tejado, vio con ojos de espanto como la casa que estaba justo a su lado, era golpeada por un estruendoso proyectil que le derribaba media pared de un solo golpe y le hacía colapsar el techo, haciendo huir despavoridos a sus pobres habitantes. Su cobarde caballo huyó con el estallido de vuelta a casa, por lo que ahora tardaría el doble en regresar a su cabaña, y su perro ladraba con urgencia desde unos quince metros de distancia sin atreverse a acercarse, como si en verdad quisiera irse de allí lo antes posible y se lo estuviera exigiendo. Migas caminó de vuelta a casa preocupado por lo que acababa de ver, pero también intrigado por el asombroso invento del viejo Larzo. Ese era un viejo maldito que no se llevaba bien ni con su perro y que siempre le encontró defectos a la carne que él le vendía, se quejaba al pagar lo justo y luego se iba echando pestes en voz alta para que todos lo oyeran. En serio lo odiaba, tanto como el otro lo odiaba a él, seguramente, pero su curiosidad de diletante era más fuerte y debía averiguar qué era eso que causaba tal daño y cómo funcionaba. No era una buena idea acercarse a esos Tronadores por ahora, pero podía aprovechar esta desafortunada noche de violencia para abandonar Bosgos, hacerle una visita al viejo Larzo en su casa en Cízarin y probar a sonsacarle algo de información sobre su invento. Podía llevarle un trozo de carne de su reserva personal y una botella de vino de ciruela negra para suavizar su carácter y facilitar su colaboración, si es que los años no lo habían hecho ya, porque, aunque se sabía bien que los hombres tendían a ser más amables y cordiales en sus últimos años de vida, había algunos infelices que lo seguían siendo hasta su último aliento y Larzo seguro debía de ser uno de esos. Podía ir con su padre, tal vez, después de todo, él y Larzo se conocieron de jóvenes. Recordaba oírlos con frecuencia mencionar algo sobre una gallina tuerta, reprochándose cosas uno al otro, muy enojados, como si hubiesen tenido una disputa sin solución al respecto, Migas era apenas un muchacho y no entendía bien de qué gallina hablaban, si su padre jamás había tenido un gallinero, pero al parecer todo era sobre una mujer a la que habían puesto ese apodo tan poco carismático. Siempre, al final todo se trata sobre una mujer. Pero eso fue hace mucho tiempo, antes de que su padre conociera a su madre y debían tenerlo ya superado, o quizá no. En fin, podía viajar durante la noche y dejar a Nimir en la cabaña cuidando de su cerda y su camada, no era nada difícil ni complicado, solo debía estar ahí. En ese momento, un presentimiento terrible le atenazó las tripas y el pecho, ¡pero qué estaba diciendo! en realidad, no podía dejar a Nimir solo ni por diez minutos, y menos en su casa, porque su mente de inmediato empezaba a inventarle cosas, preocupaciones, urgencias o ideas que le suenan geniales a pesar de ser completas estupideces. Su cabeza era tan inestable como un avispero en un día caluroso, y ese avispero estaba ahora solo en su cabaña, con su cerda y su padre. “Mierda.” Migas aceleró el paso.



Demirel, usaba a Gindri como escudo para contener a la multitud que con palos, piedras y escupitajos intentaban hacerles retroceder, mientras que un buen número de sus hombres se sentían tan mareados como en la peor de sus borracheras; algunos vomitaban poco menos que las tripas y otros jadeaban como perros lebreros, incapaces de llenar sus pulmones de aire. Y encima, todo el maldito lugar apestaba de forma indescriptible, ¡Incluso su espada! porque una maldita puta sucia le había escupido una inmundicia que olía a la cosa más repugnante que jamás hubiese olido antes, que sumado a todo lo demás, de seguro lo convertía en el sitio más hediondo sobre la faz de la tierra en ese momento. Y él estaba justo en el medio. Echó un vistazo atrás por encima de su hombro, Givardo, sentado en el suelo, ya no se movía hace rato y una porquería espesa y oscura como una babosa se le escurría de la boca. Le sangraba la cabeza, por una pedrada seguramente, y sus ojos abiertos tenían la expresión de alguien que está viendo suceder algo muy malo bajo sus pies. Malagonía, a su lado, lucía inmaculada, sin una sola gota de sangre encima. “¡Puta forma de morir!” Murmuró Demirel. En ese momento aparecía Váspoli tras él, abriéndose paso a codazos y empujones en medio de la trifulca que tenían armada. Se había quitado el yelmo y tenía un pañuelo amarrado a la cara, como un bandido en una película de vaqueros: “¡Están abriendo una brecha! ¡Hay que detenerlos o todo se nos irá al carajo!” Para Demirel, ya todo se había ido al carajo hace rato, pero Váspoli tenía razón, si se rompía el cerco sería muy difícil recuperar el control y esto se convertiría durante mucho tiempo en una tierra de nadie. Cogió a seis soldados cizarianos y a cuatro hombres de Furio con sus Tronadores pequeños y se fue tras Váspoli. “¡Este lugar huele peor que las letrinas en la taberna de Zu!” Se quejó Demirel, Váspoli le aconsejó que se cubriera la cara con un pañuelo, como lo hacía él… “Pero antes tienes que mojarlo con tu propia orina, solo así funcionará contra el humo venenoso.” El otro se le quedó mirando como si le quisieran jugar una broma pesada, pero Poli ya no era de ese tipo de personas y además, su mirada era más de resignación que de chiste. “No me preguntes cómo lo sé, amigo, solo hazlo.”



Emmer y Vanter, quien ahora se hacía llamar Nagar, de nuevo luchando juntos, hacían retroceder a los cizarianos, que en su mayoría novatos y embutidos en sus relucientes armaduras nuevas, a las que tomaba un buen tiempo acostumbrarse, caían agotados por el propio peso del metal que cargaban encima y por el aire irrespirable, más pestilente que el del nido de un búho. Tras ellos los cubrían Nova, con un par de afiladas hoces en las manos, y el viejo Qrima, que había abandonado sus constantes siestas, para volver a la vida esa noche, retomando su viejo arco otra vez, el que aún manejaba con pericia pese a los años, y todos ellos apoyados por la multitud, que con horquetas, antorchas o solo con varas y bastones, contenían al ejército ganando su espacio centímetro a centímetro. Emmer luchaba con soltura y destreza, para ahorrar energía y resistir el mayor tiempo posible, pero entonces, del muro de soldados contra el que luchaba, emergió una mole cubierta de metal que se plantó frente a él armado con una espada gigantesca. Tenía el rostro cubierto con un pañuelo mojado, pero ambos se reconocieron de inmediato; no había resentimiento entre ellos, pero sí una especie de cuenta pendiente, un duelo interrumpido, para Demirel, contra uno de esos monstruos rimorianos a los que había que decapitar y luego incinerar para que murieran. Este presentó a Gindri con orgullo, lista para una pelea justa, como siempre, pero entonces una detonación estalló casi encima de su oído tras él y su enemigo cayó lanzado de espaldas al suelo, al igual que la vez anterior, pero ahora con un agujero en el pecho.


León Faras.

martes, 1 de agosto de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LIV.



Teté se cubrió los ojos agobiada, ya no quería más su don. De toda la gente que veía alborotada en la ciudad aledaña de Bosgos, muchos de ellos estaban señalados por el dedo del Recolector, demasiados. “¡Hay que irnos de aquí! ¿Dónde está ese paparote de Yurba?” Preguntó Rubi, oteando en todas direcciones, y su hermana le respondió que aquel andaba en busca de una bruja para ayudarla a ella. “¡Ya lo sé! ¡Pero por qué aún no vuelve?” Replicó Rubi, enojada. “¡Hay que irnos!” Insistió, con los puños apretados. Las antorchas comenzaban a encenderse y la gente a amontonarse y organizarse para cargar contra el invasor. No podían ver nada desde ahí, pero se oía claramente la refriega que se estaba armando, silenciada de tanto en tanto por el estruendo de un Tronador y luego nuevamente avivada por la ira de la gente. “Mi casa está cerca, vengan conmigo. Tendrán refugio.” Las invitó Brelio, tratándose de tres mujeres forasteras y desamparadas en una noche de lo más inusual.



¡Por los huesos de mi madre!” Soltó Yurba, cuando la vio. Había llegado hasta allí de la forma más rara, como guiado por un instinto que desconocía completamente tener, pero tan claro y fuerte como una soga de esparto… atada a su corazón. “Tú me buscabas, y el que me busca siempre me encuentra.” Señaló la mujer, si es que se le podía llamar mujer, con ese desagradable rostro triangular, con los ojos muy separados, igual al de una cabra. La casa era pequeña, bonita y aislada dentro del monte. De haberla buscado, jamás la hubiese encontrado, pensó Yurba, pero allí estaba. “¿Tú eres la bruja Gilda?” Preguntó. La mujer estaba parada fuera de su casa, como esperando a alguien. El estruendo de la guerra y sus Tronadores se oía lejano, a pesar de que no podía estar tan lejos. “No es a Gilda a quien buscas.” Replicó Circe, abriendo la puerta de su casa, y al ser iluminada por el farol sobre su cabeza, Yurba podía jurarlo, por un segundo vio el rostro de una mujer hermosa, de hecho, podía ser la más hermosa mujer que él hubiese visto nunca. “Por los huesos de mi madre…” Repitió, pero esta vez en un susurro solo para él. Aunque, una vez dentro de la penumbra interior, su rostro caprino volvía a ser tanto o más feo que afuera. Yurba no quería entrar, siendo honesto, pero su naturaleza le impedía que pudiera demostrar duda o temor alguno ante nadie, y negarse a entrar era una forma muy clara de hacerlo, por lo que entró, pedante, pero mirando en todas direcciones como si previera una emboscada. “¿Para qué me buscas?” Pregunto Circe. Yurba seguía tenso, dejando en claro que no se fiaba de nada. El interior de la cabaña olía raro, como a hierbas aromáticas, frutos maduros, flores y mierdas así, no como una cabaña debía oler, aun así, eso no era ni de cerca lo más extraño de ese lugar. Yurba le contó sobre la mujer que veía la señal de la muerte sobre su hija y que quería ayudarla. “Extraño don…” Aceptó la bruja, y añadió: “Pero es un don, no se lo puedo quitar, los dones no se quitan. Todo el mundo sabe eso.” Explicó Circe, con la indescriptible autoridad de quien sabes que sabe, pero Yurba no lo sabía. “¿Pero puedes alejar al Recolector de almas?” Preguntó entornando los ojos, con la cabeza torcida y el mentón en alto, soberbio. Circe negó con la cabeza. “Pero puedo ocultarla de él.” Admitió la bruja. Yurba se cruzó de brazos. “¿Y puedes esconderme a mí?” La bruja asintió. “Puedo, pero no es algo que yo recomiende, ni a ti ni a nadie, no es bueno jugar con ciertas cosas, además, el precio es elevado. Pero si tú quieres…” Yurba se restregó la nariz con rudeza. “Tengo dinero, me fue bien en los dados.” Aseguró. Circe encendió una lámpara junto a ella y su rostro hermoso apareció otra vez. También un curioso puñado de pequeñas mariposas amarillas, quién sabe de dónde. “No hablo de dinero, aunque tendrás que pagarme, por supuesto. Hablo de la muerte de un inocente.” Yurba respiró hondo. “Muchos inocentes morirán hoy.” Afirmó, perturbado por la repentina belleza de la mujer a quien ahora podía ver de cerca e iluminada. “Entonces te diré cómo.” Susurró Circe, muy cerca de él y Yurba notó que el perfume de flores que inundaba el lugar venía de ella. En realidad era muy atractiva, tanto como para embobar a un hombre y obligarlo a cometer una locura. Yurba despertó de pronto, sacudiendo la cabeza y los brazos como si se quitara telarañas de encima. Esa mujer no lo dejaba pensar con claridad. “¡Es para ella! ¡No para mí! Dime cómo salvarla a ella.” Recapacitó Yurba, evitando la mirada de la bruja que parecía robarle la voluntad. Entonces, Circe sonrió complacida, luego le dio un puñal que se veía completamente negro, como si hubiese sido bañado muchas veces en sangre sin ser limpiado nunca. Tenía algo escrito con una letra muerta que Yurba no sabía leer. “Asegurate de que un inocente muera con este puñal y no limpies su sangre.” Yurba asintió. “Muerto, no herido.” Aclaró la bruja, cuyo rostro volvía a ser el de una cabra, y agregó: “Luego tráeme el puñal y a la chica y yo haré el resto.”



¡Hay que abrir una brecha! ¡Estamos atrapadas como ratas en un pozo!” Gritó Nina desde fuera de su negocio protegida tras Tombo y rodeada de sus chicas, cada una de ellas con un objeto contundente en las manos, una de ellas llamada Cípora, de tanto en tanto se echaba pequeñas bolitas como canicas a la boca que masticaba con aparatosidad, como haciendo alarde de su buena habilidad para masticar, y luego las escupía en forma de saliva a la cara de los enemigos que tenía más cerca con delicada puntería, provocándoles en el acto una repulsión tan grande y desagradable que los hacía retroceder asqueados, algunos incluso podían llegar a sentir náuseas. Sin duda se necesitaba de mucha práctica y de un estómago de hierro para masticar frutillas de Bocamuerta sin vomitar cada dos por tres. Estaban conscientes de que debían escapar del cerco cízaro-rimoriano o acabarían todos muertos o aplastados bajo sus propios edificios. Las bombas de gases tóxicos funcionaban bien, pero se disipaban rápido en el exterior y el cerco se volvía a cerrar antes de que pudieran hacer nada, pero entonces un grupo organizado comenzó a abrirse paso: hombres y mujeres con escudos y lanzas improvisadas contenían a los soldados, mientras otros, que parecían soldados experimentados, abrían paso a punta de espada, porque habían entendido lo de la brecha mucho antes. “¡Allá! ¡Todos allá!” Gritó Nina, señalando el lugar, guiando a su gente mientras el Tronador escupía otro de sus proyectiles, golpeando otro edificio, pero ya incapaz de detenerlos.


León Faras.

martes, 25 de julio de 2023

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LIII.



Yurba se paseó con el caballo de tiro, de un lado al otro entre la tropa, sonriendo y saludando a diestra y siniestra como una estrella de cine entre sus fanáticos, recibiendo comentarios como: “¿Dónde diablos estabas?” o “¿Hacia dónde carajos vas ahora?” pero sin responder nada más que sonrientes superficialidades. Demirel ya no podía verlo gracias a que ambos estaban a nivel del suelo y alguien, en ese momento, hablaba en voz alta sobre tomar posesión de todas sus tierras pero que nadie opusiera resistencia. Yurba se preguntó por qué alguien exigiría algo así. En ese mismo momento, Éscar arreaba gente con provocativa insolencia, dando insultos innecesarios y haciendo burlonas risitas que nadie compartía porque todos sabían lo que estaba buscando y nadie más que él lo deseaba. Tibrón solo lo miraba con el rostro contraído, temiéndose lo peor que no tardaría en llegar, porque pronto un bosgonés, cansado de los comentarios de un anciano tuerto que no duraría ni dos minutos a solas con él, se volteó para apuñalar al caballo de Éscar en el cuello y lanzar a su jinete a tierra. Por unos segundos fue una pelea limpia, en la que el único real afectado fue el animal que montaba el instructor, y en la que ambos contrincantes se golpearon a gusto sin que nadie interviniera, pero pronto uno de los rimorianos fue derribado de una pedrada en la cara y los que antes solo observaban y alentaban, decidieron participar también, partiendo por golpear a Éscar con un garrote en la espalda, lanzarlo al suelo y luego darle de patadas hasta que Tibrón y sus hombres intervinieron de mala gana para rescatarlo de la situación en la que él mismo se había metido. Las piedras comenzaron a ser más frecuentes y sin que Tibrón se diera apenas cuenta, un ciudadano bosgonés caía al suelo agarrándose aparatosamente la garganta con ambas manos, mientras se le escurría la sangre entre los dedos. Intentó restaurar el orden, pero ya era tarde y la gente comenzó a lanzar objetos contundentes contra los invasores, y no solo contundentes. Del grupo que rodeaba a Nina salió volando una bola, semejante a una naranja, dejando una curiosa estela de espeso humo rojizo, la que cayó en medio del ejército cizariano, justo detrás del comandante Demirel. Este empuñó a Gindri, que hasta ese momento solo reposaba sobre su hombro, pero se volteó sorprendido cuando oyó a sus hombres tosiendo y vomitando inconteniblemente hasta rasgarse las tripas, mientras sus caballos, desesperados, se liberaban de sus amos a corcovos y coces que repartían en todas direcciones con tal de salir de en medio de esa nube de veneno. Tres hombres murieron, dos con las vísceras mordidas por la ponzoña y uno por la patada de su caballo que le desencajó las vértebras del cuello, los otros estaban vivos aún, pero algunos se veían muy enfermos como para pelear o… para hacer cualquier otra cosa en realidad. Incluyendo a Givardo, que, sentado en el suelo y con cara de asustado, tomaba el aire a bocanadas y aun así se le hacía insuficiente. Demirel se volteó otra vez. Nina y sus chicas ya no estaban y la hostilidad ya era inevitable. Sabía que Bosgos era famoso por los venenos, pero creía que mientras no comieran ni bebieran nada estarían bien, sin embargo, esto de usar gases tóxicos era totalmente nuevo para él. Entonces Furio bajó su brazo y su Tronador escupió un proyectil que pasó rasante sobre las cabezas de la multitud, para acabar destrozando las paredes de una casa pequeña, atravesando esta de lado a lado. Se hizo el silencio por algunos segundos, todo bosgonés se había agachado sujetándose la cabeza con ambas manos como si temieran perderla e intentando comprender qué demonios acababa de suceder, pero solo serían unos segundos, luego la violencia se desataría con toda su fuerza y de forma irremediable y las bombas de humo tóxico comenzarían a caer por todas partes.



Darlén, como bruja y como madre, tenía un terrible presentimiento por partida doble de que algo malo estaba sucediendo o a punto de suceder en su hogar, y con su hijo. “El ejército de mi hermano, ¿verdad?” Comentó Janzo, consciente, como todos en Bosgos, de que eso sucedería en cualquier momento. Su mujer no sabía con certeza qué era lo que atormentaba su sensible alma, pero una guerra en casa era lo más probable. Emprendieron el regreso aquella tarde, casi junto con el ocaso, no era prudente viajar de noche pero a Darlén en verdad le urgía. Cherman, les planteó la idea de acompañarlos, que podían necesitar su ayuda si las cosas estaban mal, y lo cierto es que el guerrero con la pierna de hierro era de ese raro tipo de hombres en el que se puede confiar muy fácilmente, por lo que la mujer y su esposo aceptaron su oferta. Féctor se ofreció a ir también, pero Cherman lo disuadió rápidamente, recordándole que ahora tenía una novia a la que le había prometido una vida. “¡Pero si soy un inmortal!” Argumentó Féctor, con una sonrisa suficiente. “Uno de los pocos que quedan.” Le recordó su amigo. Y Nut, aunque estaba siempre dispuesto a apoyar a su compañero, era muy grande para viajar con ellos en su carreta, además, y por raro que sonara, el gigante era pretendido por dos damas que se esmeraban en agradarle y que se verían muy desilusionadas si él se iba.



Migas oyó a lo lejos el estruendo del Tronador derribando una casa y supo de inmediato que la batalla por Bosgos había comenzado, su perro también levantó las orejas y ladró como advirtiéndole que debía hacer algo, pero necesitaba ver a qué se enfrentaba esta vez, qué eran esos Tronadores de los que hablaban y qué hacían exactamente, así que debía ir a echar un vistazo; encaramarse sobre un árbol o algo así, pero su problema era el mismo de siempre desde hace ya un buen tiempo, Nimir. Desde luego no podía llevarlo consigo o, de una forma u otra haría que los mataran a los dos y dejarlo en su casa le caía como un baño de Urticario sobre la piel, por cierto, uno de los venenos más comunes y fáciles de hacer en Bosgos, que hasta los niños podían, si eran un poco listos, era el Urticario, un veneno líquido inofensivo, pero que arrojado sobre la piel de alguien, podía provocar una comezón de intensa a insufrible y que podía durar desde unos pocos segundos hasta los mismísimos límites de la locura, todo dependía de la calidad de los ingredientes y de una correcta maceración. Migas se mordía el labio con mueca de fastidio, no tenía más remedio que pedirle al bobo de Nimir que se quedara a cuidar de su padre o de todas manera lo seguiría igual que un perrito al que ya has alimentado una vez. Su padre no estaría nada contento, a él tampoco le agradaba mucho Nimir, pero tendría que resignarse. “¡Vamos, Padre! Alguien tiene que ir a ver qué está sucediendo!” Y luego, dirigiéndose a su torpe amigo, agregó: “Tú quédate aquí vigilando la casa. ¡Y no te bebas el licor!”


León Faras.