domingo, 20 de septiembre de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

145.



Según sus cuentas, Fagnar calculaba que sus hombres tardarían como mínimo, una jornada completa en ir a Cízarin y regresar con los suministros y munición que necesitaba lo que significaba, más o menos, reanudar el ataque al mediodía del día siguiente, pero eso no le preocupaba tanto, la ciudad no iría a ninguna parte y el descanso siempre ayudaba a la moral de los soldados, lo que le preocupaba era que el enemigo también tendría toda esa jornada para prepararse y estos bosgoneses habían demostrado ser más ingeniosos de lo que esperaba, eso, y los rimorianos, esa raza de necios, supersticiosos e idólatras de la obstinación, que además en ese momento eran mayoría entre su tropa y que seguían predicando la idea de que estaban peleando contra fuerzas sobrenaturales de dioses antiguos a los que no se les debía hacer enfadar, y a pesar de que él mismo había difundido la idea hasta el cansancio de que lo de la lluvia no había sido más que una hábil artimaña del enemigo y no ayuda divina, (difícil de replicar por lo demás sobre un cielo completamente despejado,) los rimorianos insistían en que lo de la lluvia podía pasar, pero lo de la estrella cegadora en medio del cielo había sido de todo menos normal, lo que los convertía en una fracción de su ejército tan confiable como un cúmulo de hojas dispuesto a esparramarse en todas direcciones a la menor excusa, además de que ya eran gente sin compromiso por la causa cizariana, obligados a luchar sin estipendio, solo sujetos por la promesa de que esa sería la última vez y que luego de tomada la ciudad de Bosgos, se daría por terminada su obligación y serían libres de volver a su tierra con su Pétalo de Laira al cinto y la eterna gratitud del reino, lo que en la práctica tampoco era mucho. Fagnar necesitaba para vencer la lealtad rimoriana casi tanto como la munición para sus Tronadores, pues estos eran la mayor parte de su ejército en ese momento, y a su pesar, ya se le agotaban tanto las promesas como las amenazas.



Aprendí a leer por mi cuenta siendo apenas un crío con medio trozo de papel garabateado por un burro ignorante que ni siquiera sabía escribir correctamente, pero en ese momento eso yo no lo sabía. Mi papá no me ayudaría, mi mamá, menos, así que yo solo empecé a copiar esas palabras una y otra vez con un palo en la tierra o con carbón en las murallas, hasta hacerlo de memoria, luego separaba las letras y después las buscaba por ahí donde fuera que hubiera algo escrito sin apenas saber ni cómo pronunciarlas; pero al final aprendí porque tenía ganas de aprender y porque la vida siempre premia a los porfiados con lo que buscan y un extraño día, un viajero me regaló un libro así porque sí, porque él ya no sabía qué hacer con él y solo le hacía bulto, no era un gran libro pero todas las palabras que necesitaba estaban ahí.” Pronunció Migas con la seriedad de un discurso ante una Dudú que lo miraba con los ojos bien grandes y masticando con la boca abierta como las cabras un resto de tortilla que le quedaba. “Ahora, si lo que quieres es quedarte y aprender, tendrás que partir por ahí, aprendiendo a leer, y cuando sientas que no avanzas porque nadie te ayuda, recuerda: la vida siempre premia a los porfiados.” Sentenció Migas, sintiendo cómo la sabiduría fluía a través de sus palabras. La chica asentía vigorosa, pero su atención hace rato que se desviaba hacia un artilugio apoyado en un rincón y que sin hacer nada le estaba robando la calma. “¿Qué es eso?” Preguntó al fin, señalándolo con el dedo. Ese, era el Tronador que Migas arrebató de las manos frías del cadáver de Larzo, su inventor.



Necesitamos saber cómo derrotar a esos aparatos que escupen fuego y hierro sobre nuestras cabezas.” Preguntó Emmer con cierta urgencia en el tono, pero Demirel le puso tal gesto de impotente resignación que le quitó todo su entusiasmo. “Tienen al hombre equivocado, debo decir, porque yo de los Tronadores no sé más que ustedes, solo sé que es un sucio invento con el que matar a tus enemigos sin tener que mirarle a los ojos… Para mí, es la espada la que debe decidir los destinos de una batalla, no esos infames aparatos.” “Pero no podemos luchar contra ellos solo con espadas.” Replicó Janzo, recalcando la inutilidad de su comentario. Demirel buscó algo de comodidad en su postura para su adolorida espalda. “Por lo que recuerdo, supieron defender muy bien su ciudad la vez anterior.” Sugirió, recordando claramente las nubes de humo venenoso que hacían que los hombres vomitaran sus propias entrañas descompuestas. “No estamos en las mismas condiciones que antes.” Respondió Emmer, consciente de que estaba dándole información sensible al enemigo sobre sus recursos, y el prisionero comprendió eso. “Si no pueden luchar contra algo, deben huir, no como cobardía, sino para mantenerse con vida porque los muertos no pelean, resistir hasta que las condiciones sean favorables para devolver el golpe.” Janzo lo miró de cerca. “¿Condiciones favorables?” Demirel lo miró como si no entendiera qué parte de lo que dijo no se entendía. “Cada ejército, cada hombre, cada decisión que se toma en la batalla tiene condiciones que le favorecen y otras que no; a veces atacar es mejor que defender, a veces la noche es mejor que el día o el calor que el frío, a veces desangrar al enemigo de uno en uno sin hacer ruido es mejor que desatar una carnicería, y otras veces es al contrario, y qué sé yo, aguantar hasta que puedan hacer otros de sus espectaculares trucos con nubes de colores y lluvias venenosas cayendo del cielo.” Luego de una pausa en la que nadie dijo nada, Demirel agregó. “Sea como sea deben estar listos, los Tronadores están en silencio ahora, pero seguirán disparando sobre ustedes y derribando sus edificios hasta quedarse sin fuego en las entrañas… y quién sabe cuándo sucederá eso.”



León Faras.

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