martes, 1 de septiembre de 2015

Zaida.

II.

Para cuando la niña despertó, la lluvia ya se había terminado. Miró a su alrededor y se encontró sola en el refugio, otra vez sola. Cuando los sueños son tan agradables, la realidad se muestra cruel arrebatándote todo en un santiamén, su hogar, su madre… todo su entorno, nuevamente perdía todo lo que amaba, toda protección, toda pertenencia y su mundo se reducía a la inactividad total de la acción y la palabra, pues a su corta edad era difícil para cualquiera decidir qué hacer o qué decir y solo le quedaba vivir obligada, entregada al despiadado mundo que se le mostraba ante sí. Trató de decidir si aquel anciano amable que la había recogido y llevado en asno, aun existiría o ya se había desvanecido también, y tuvo serias dudas hasta que Badú entró al refugio con un gran manojo de leña, provocando un pequeño atisbo de alegría y alivio en el corazón de la pequeña, el viejo le recordaba a Vendi, su abuelo, aunque el monje era mucho menos efusivo y jamás olía a alcohol. Badú había dormido solo unas pocas horas, pero se había levantado al alba como siempre y con el mismo ánimo y humor, amable, saludó a la pequeña y le dio su último trozo de pan de cebada para que desayunara, había una pequeña aldea de paso hacía el monasterio donde podrían conseguir algo de leche y queso, necesarios para la correcta alimentación de una niña pequeña, era una aldea protegida de la guerra por un importante escollo difícil de sortear, un puente colgante sobre el cual los ejércitos no pueden marchar, pero un anciano y su asno sí.

 Al llegar al puente debió detenerse, tanto el mal olor como la abundancia de moscas eran intensos y anormales. Dos cuerpos colgaban de un árbol cercano, uno era reciente, el otro ya llevaba varios días y su aspecto era repugnante, Badú observó a la pequeña temiendo que aquello la afectara de alguna forma pero la niña oculta en su piel no demostró ninguna reacción, ni ante el horrible espectáculo ni ante el desagradable hedor. Cinco hombres devoraban un trozo de carne cerca de allí alrededor de una fogata que era más humo que fuego debido a la abundante humedad. Su aspecto era animalesco. Se pusieron de pie limpiándose la boca con el antebrazo, se veían desaseados y de mala calaña y estaban armados con herramientas para trabajar la tierra, uno de ellos no paraba de sonreír absurdamente y menear la cabeza como si tuviera una enfermedad nerviosa. Su líder era un hombre pequeño de bigotes largos que empuñaba un machete viejo y deteriorado como él mismo, al ver que el recién llegado era un monje, hizo una mueca de desagrado y se rascó la oreja, su hijo estaba junto a él, aun masticaba trabajosamente con la boca llena, era más alto y no se le parecía en nada, hablaba, caminaba y reía como un auténtico idiota. Los últimos dos eran un viejo calvo que en ese momento se hurgueteaba el ombligo y otro más joven y fornido con una larga y horrible cicatriz que surcaba su rostro serio e impenetrable. “El puente está cerrado, viejo; nadie pasará sin pagar” dijo el líder apuntando con el machete el otro extremo del risco, Badú no le prestó atención, “¿Por qué han colgado a esos hombres? parecen solo campesinos” “No fuimos nosotros señor, deben haber sido los soldados…” se apresuró a responder el muchacho idiota sacándose una bola de carne a medio moler de la boca para poder hablar, pero su padre lo reprendió de inmediato “¡Cállate estúpido!; no necesitas dar explicaciones a nadie” El muchacho volvió a meterse la bola de carne en la boca y no habló más. Aquello le pareció al monje más asqueroso que el cadáver que colgaba. “Será mejor que te largues por donde viniste, monje. Es seguro que no tienes nada con qué pagar y nadie pasará si no paga” dijo el hombre calvo; a su lado, el líder lo corrigió “Tiene un asno…” “…Y una niña” agregó el que sonreía nervioso. “Pero no pueden cobrar por usar un puente que ni siquiera les pertenece” replicó Badú ingenuo, “Son tiempos difíciles abuelo, con la guerra todo escasea y cada uno debe ganarse la vida como pueda, valiéndose de los talentos y recursos que los dioses proveen…” el hombre calvo hablaba con falsa elegancia y sobrada diplomacia “…El asno será justo pago por llegar a tu destino sano y salvo”; “Ya lo oíste viejo…” agregó el líder fingiendo estar muy atareado y sin tiempo para seguir dialogando “…sigue tu camino y no nos hagas perder más tiempo” concluyó acercándose para tomar al asno pero apuntando al monje a la cara con su machete, entonces Badú comprendió que el diálogo ya no era la mejor solución. Un suave pero certero puntapié a la rodilla del líder, justo cuando esta estaba estirada y a su alcance, hizo que el hombre soltara su arma y cayera al suelo dando alaridos de dolor, el calvo a su lado ni siquiera se percató de lo sucedido, pero su azadón se alzó amenazante, el monje le detuvo el brazo con la palma de la mano por debajo del codo y con su cuerpo le dio un empellón como quien quiere derribar una puerta, aquello fue suficiente para mandar a su rival trastabillando hasta el medio de la fogata donde se quemó las manos y el trasero, aunque esta ya casi no ardía, luego cogió por ambas orejas al hombre que no paraba de sonreír y lo jaló hasta derribarlo. El chico idiota también quiso participar, pero Badú solo necesitó soltarle los pantalones para que todo su coraje y decisión se extinguieran. Entonces el calvo volvió a la carga cogiendo al monje por detrás, mientras el líder, aun cojeando de su rodilla, tomaba a la niña amenazándola con su machete, “Ya estuvo bien viejo, ahora te vas a enterar de…” su frase fue interrumpida por un brutal golpe en la cabeza que lo derribó en el acto y no se movió más, Badú, al igual que todos los demás, no entendía nada, el hombre de la cicatriz en la cara, luego de haber atacado ferozmente a su líder, ayudaba a la niña a ponerse de pie con sumo cuidado. El hombre calvo decidió desistir y alejarse del monje, mientras el tipo de la cicatriz en la cara se acercaba inexpresivo y amenazante, “Soy Duram, mis hermanos y yo servimos con nuestras vidas a la Doncella Ensangrentada y esperamos luchar a su lado cuando nos necesite…” le habló a Badú con una voz átona y dura, luego le dirigió una mirada a los cadáveres que colgaban y agregó, “…mis hermanos bendicen tu misión, te desean buen viaje y aseguran que nos volveremos a ver.” El monje le echó un vistazo dubitativo a los dos colgados y luego sin saber bien qué decir, le agradeció las palabras a Duram, en seguida cogió a la niña, el asno y se retiró en medio del silencio que la sorpresa y lo inesperado suelen provocar, pero antes, vio como Duram hacía una profunda y devota reverencia ante la niña, cuando esta pasó por su lado.

La aldea a la que Badú y la pequeña llegaron, era una de las pocas que aun se mantenía intacta, sus casas, hechas de piedra y barro, se agrupaban en un óvalo encajonado de extensas lomas que en primavera se teñían de verde, donde las cabras podían comer a sus anchas, enmarcado todo por montañas enormes y siempre nevadas que proveían constantemente del agua más pura y fría. Badú llegó a la aldea al medio día, con su andar pausado y su rostro cordial, la niña sobre el asno, se mantenía oculta dentro de su coraza de piel, observando todo con recelo y curiosidad desde su interior. Los pobladores, saludaron al monje con reverencias de profundo respeto, lo llamaban Missa Badú, que era la forma común de dirigirse a las personas más honorables, el viejo respondía los saludos posando suavemente su mano sobre sus cabezas inclinadas, como bendiciéndolos. Les habló de la niña que traía, les dijo que era una huérfana de la última aldea al pie de las montañas, la cual había sido arrasada, sin que quedaran más sobrevivientes que la pequeña, tal vez podría ser criada allí. La respuesta ya la sabía, debía consultar a Missa Samada. El viejo llegó tirando del asno que cargaba a la niña, a una casa igual a cualquier otra de las existentes en aquella aldea, entró, pues la puerta ancha y alta siempre estaba abierta, e hizo una profunda reverencia “Alabada sea tu presencia, Missa Samada” y no se irguió hasta que sintió una mano posarse sobre su cabeza. Esta era una mujer joven y alegre que apenas tendría un poco más de treinta años, de estatura baja y atractivo rostro, su madre, una mujer considerada por todos como afortunada y bendecida, servía en ese mismo momento dos pocillos de té y uno de leche para sus visitantes. Samada desde niña demostró que tenía una sabiduría sobrenatural para su edad, pudiendo narrar con naturalidad y detalles, hechos sucedidos muchos años atrás en vidas pasadas, siendo aun muy pequeña, se calculó provisoriamente su existencia en no menos de trescientos años, a la fecha ha llegado a estimarse en mil doscientos. Ella era lo que se consideraba un alma antigua, tenía el don de navegar por su existencia como cualquier hombre lo haría por un río calmo, y también con frecuencia, lo podía hacer por la vida de los demás, ella guardaba secretos de todos, pero nadie guardaba secretos para ella. Para el monje, Missa Samada era espiritualmente superior. Badú se sentó a beber té y conversar mientras la pequeña se mantenía inmóvil sobre el asno, contó todo lo sucedido detalladamente y luego explicó que la niña necesitaba un nuevo hogar y que tal vez aquella aldea era el lugar más adecuado. Missa Samada se acercó a la niña, su sonrisa era dulce, lentamente, logró que la pequeña le mostrara su rostro, sin dejar de sonreír, la acarició en la mejilla y la dejó, para que la niña volviera a cubrirse. “Aunque se quedara aquí, no podría continuar con una vida similar a la que llevaba” dijo la mujer, mientras se volvía a sentar, luego continuó, “Hay, mucha muerte en su vida… y hedor, como en la de todos los nacidos en estas tierras y en estos tiempos, algunos tendrán el tiempo para sanar y hasta olvidar, otros no, pero en su caso, la muerte y el hedor volverán con insistencia, se buscarán y vendrán acompañados de algo más: Gloria. Ahora tu camino y el de ella se han cruzado y bien sabes que no ha sido por azar, tú tienes una misión, deberás ser su mentor Missa Badú, enseñarle la compasión, el perdón, el respeto a la vida, ella necesitará equilibrar su corazón para que pueda aprender a luchar de la forma correcta y por las razones correctas” El viejo miró a la pequeña y luego de nuevo a la mujer, se veía confundido, incluso afligido “¿A luchar? ¿De qué clase de lucha hablas?” La mujer respondió inexpresiva “Hablo de la guerra, Missa Badú. La niña ha nacido en un terreno fértil que la hará crecer grande y fuerte, lamentablemente, ese terreno está abonado con cadáveres y regado con sangre y no hay nada que podamos hacer contra eso, sin embargo, y como bien sabes, sea cual sea el camino que nos toque seguir serán muy diferentes si somos guiados por el amor o por el miedo. Edúcala Missa Badú, pues la pequeña Zaida tiene un largo y duro camino por delante.”


Para el monje fue una sorpresa oír el nombre de la niña, aunque jamás llegaría a saber si aquel nombre se lo habían dado sus padres o la propia Missa Samada.


León Faras.

martes, 11 de agosto de 2015

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XX.

El general Rodas y sus hombres entraron en la ciudad para continuar con el plan de perseguir y atosigar al enemigo hasta derrotarlo, jugando el juego en su territorio, con sus reglas, siempre ahorrando energías y recursos. De pronto, uno de sus hombres más jóvenes habló en un susurro, “Oh, por todos los dioses, miren eso” Un soldado de Rimos yacía en el suelo a la entrada de la ciudad, tirado junto a su caballo muerto, el cual había sucumbido ante las numerosas flechas enterradas en su cuerpo al salir de los campos, pero si el cadáver del animal lucía una docena de heridas, el cuerpo del soldado estaba acribillado de flechas, apoyado de costado contra un muro en incomodísima posición debido a que gran parte de las flechas las tenía en su espalda, el hombre aun respiraba, aunque aquel acto, era más bien un quejido lastimero y ahogado, un doloroso e inútil esfuerzo de un ser irremediablemente agonizante. El joven de Cízarin se le acercó curioso para poder observarlo de cerca, tal vez, podría reconocer una de las flechas lanzadas por él en el cuerpo de aquel soldado o de su animal. Notó, que aquel hombre se esforzaba sin éxito, en retirar  con un brazo herido en el hombro, una flecha alojada en su garganta, aquello era lo que convertía su respirar en un acto forzado y quejumbroso, el joven la tomó y la sacó de un tirón prolongado y cruel que hizo que el moribundo abriera desmesuradamente unos ojos divergentes y forzara las comisuras de sus labios hacia atrás en un gesto de resistencia al dolor. Como un niño que disfruta descuartizando insectos, al joven soldado de Cízarin le pareció cómica la bizquera en los ojos de ese hombre que sufría el dolor de la flecha que rasga la carne al ser jalada hacia atrás y luego, embelesado, observó la bola de materia oscura y pegajosa que brotó de la herida en su garganta, que luego se enraizó por su cuello, agarrando su pecho y mentón, aferrándose al cuerpo como un material incandescente que se funde con la piel quemándola y suturándola a la vez, bajo el velo de repugnantes vapores que escocían la nariz y los ojos, hasta que el tortuoso acto de respirar de aquel soldado por fin se silenció. Pero no estaba muerto, más bien, parecía descansar. El joven se volteó hacia sus compañeros francamente emocionado, el rostro del general Rodas era de curioso interés por aquella cicatrización monstruosa y anormal y por el líquido blanquecino que emanaba de las heridas del soldado, en lugar de sangre, intrigado, arrancó una saeta del hombro del soldado moribundo y comprobó incrédulo que el proceso de cicatrización y enraizado se repetía, el brazo sanaba y recobraba su fuerza, nadie se podía explicar qué estaba sucediendo. En ese momento, el joven tuvo un raro y repentino estallido de felicidad cuando reconoció que la flecha que el general había extraído era suya, tenía las muescas que regularmente él les ponía estratégicamente en la punta para luego saborear el placer de encontrárselas hábilmente clavadas en sus enemigos, la tomó para estudiarla mejor, estaba fascinado consigo mismo, no pudo hacer nada cuando su misma flecha aun apretada en su mano, le entró por el ojo y se clavó a su cerebro. Cayó muerto con una extraña y tensa sonrisa de dientes apretados en el rostro. El general Rodas y sus hombres reaccionaron tarde, nadie esperaba que aquel soldado cubierto de flechas tuviera fuerzas para tomar la cabeza y el puño del joven y en un solo movimiento empujar la una contra el otro, como si de un pelele se tratara, matando al muchacho con una facilidad casi absurda. El soldado, cuyo nombre era Darco, luego de quitarse de encima el cadáver de su reciente víctima, se inspeccionó a sí mismo las repugnantes cicatrices que tenía en el hombro y en el pecho, ser un inmortal era tan nuevo para él como para sus enemigos y reflejaba la misma incredulidad que quienes le observaban, logró ponerse de pie con un poco de esfuerzo hasta erguirse completamente, su altura era respetable, tenía el pelo largo, suelto y sucio y un marcado estrabismo en uno de sus ojos, lo que le daba un aspecto más bien inquietante, aun tenía su espada en el cinto pero no la cogió, el general Rodas mandó apresarlo y desarmarlo, seguramente Zaida estaría muy interesada en conocer la extraña habilidad para sanar de este hombre.


Cal Desci explicó a los soldados lo mejor que pudo las causas que habían llevado al príncipe Ovardo a terminar en tan lamentables condiciones, pero era muy poco lo que él entendía al respecto. Al príncipe, se le habían secado los ojos de forma repentina y misteriosa, como si se tratara de una maldición o un castigo divino propiciado de alguna forma por él mismo, y su padre, el rey, lo había repudiado frente a todos, responsabilizándolo y diciendo que ya no serviría para nada como hijo suyo, que ya no podía guiar un ejército ni mucho menos un reino y que apenas podría algún día llegar a cuidar de sí mismo. “Pobre tipo, y aun no tiene ni idea de lo que le espera…” dijo uno de los soldados casi en un murmullo para sí mismo, pero en el silencio de la noche, el comentario fue oído por todos, “¿A qué te refieres?” preguntó su comandante,  y el soldado, luego de echar un vistazo al príncipe tirado aun en el suelo bajo la pringosa piel, hizo un gesto para que el grupo se moviera a un lugar más apartado, donde Ovardo no oyera la información fresca y de primera fuente que tenía, “La princesa Delia está muerta...” dijo sin ningún recaudo, con la necesidad desesperada de quien se ha enterado de algo que sabe, será de gran interés para los demás, pero cuidando de que su voz fuera tan baja como le era posible, aun así, la información golpeó tan fuerte como era de esperar entre aquellos hombres, incluso Petro se llevó una mano a la boca consternado, el comandante, hombre sabio y prudente, lo aconsejo sobre las desagradables consecuencias de andar por ahí divulgando informaciones falsas de tal magnitud, pero el soldado se mantuvo firme, asegurando la veracidad de lo que decía  “Mi hermana pequeña fue movida hoy de la cocina para atender a la princesa Delia, justo en el momento en que esta comenzaba a parir, la chiquilla me dijo que ya en ese momento a la pobre mujer se le iba la vida…” Barros asentía con gravedad, “Hay mujeres que nacen para traer criaturas al mundo y otras que simplemente no pueden. Mi madre parió doce varones y jamás tuvo complicación alguna… eso, sin contar a mis hermanas…” El soldado continuó con su historia, “…A la princesa le tuvieron que arrancar la criatura del vientre con un cuchillo…” “Nadie puede sobrevivir a eso” comentó un compañero alarmado y el soldado que narraba volvió a echar un vistazo al príncipe antes de continuar su historia, en un elocuente susurro, “…nadie puede sobrevivir a eso, pero para una comadrona, siempre es más importante salvar al hijo sea como sea… incluso por sobre de la vida de la madre” “Y aun más, si se trata del heredero de un reino, qué duda cabe” agregó el comandante rascándose la barba, pero el soldado no había terminado, “…pero han de saber que el príncipe se quedó sin esposa y sin heredero…” “¿¡El niño también murió!?” preguntó Petro tan alarmado que levantó la voz sin querer y recibió una palmada en la cabeza de su padre, el soldado negó con la cabeza y luego sentenció, “…la princesa murió dejándole una niña.”Eso fue suficiente para que todos comprendieran a qué se refería con la ausencia de heredero para el trono de Rimos. El comandante suspiró acongojado, “Sus ojos… su esposa y su heredero. Esperemos que los dioses ya hayan saciado su sed de venganza con este pobre hombre y que no le tengan reservadas más desgracias por lo que le quede de vida…” “Que será mucha si es que es cierto aquello que dicen sobre la fuente de Mermes.” concluyó el joven Cal Desci.


León Faras.

miércoles, 29 de julio de 2015

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

V.

Ulises estaba sentado a la mesa con su plato ya vacío en frente, acababa de enterarse de la noticia de que Estela y Alberto eran hermanos de padre, y junto a la señora Alicia y Edelmira discutían la situación. Los muchachos buscarían irremediablemente de ahora en adelante estar juntos, saber lo más posible del otro y relacionarse como familiares, practicar lo que era la complicidad y unión entre hermanos. Todo aquello había sido un hecho maravilloso para ellos que hasta ese momento no habían conocido el amor incondicional y mutuo entre dos personas unidas por la sangre, la unión ineluctable que esta produce y las ganas de preocuparse y proteger todo aquello, ahora visitar y tratar de ayudar a la madre de Alberto tenía otro significado, era casi como una obligación familiar.

Bernarda llegó a casa en ese momento con una satisfacción en el rostro difícil de disimular que Edelmira, suspicaz como siempre, notó en el acto, radiante, saludó a su padre con un beso y a los demás con una sonrisa que no pasó desapercibida para nadie, luego, y dejando todo su excelente humor vibrando en el aire, se retiró a ver a su hija y a su nieta “¿Y a esta que bicho la picó?” comentó la señora Alicia sin entender nada, mientras Estela y Edelmira se dirigían una mirada divertida y cómplice. Ulises, por su parte, sacaba sus propias conclusiones. “Yo creo que lo que le pasa está bastante claro” dijo Edelmira con picardía, aumentando más la interrogante en el rostro de la señora Alicia quien miraba a todos buscando una explicación lógica, “¿Claro?; ¿Es que no has visto que parecía una chiquilla enamorada…?” dijo como si se tratara de un hecho evidente pero absolutamente improbable, pero en el acto se dio cuenta de que precisamente aquello era lo mismo que todos habían visto, “…pero no puede ser… ¿Enamorada a su edad?; ¿de quién?” agregó la mujer como una pregunta para cualquiera pero dirigiendo la mirada al viejo Ulises sentado a su lado, este respondió encogiéndose de hombros, “Qué sé yo, ni siquiera sabemos si eso es cierto” Edelmira, sin borrar de su rostro su mirada traviesa y su sonrisa astuta, replicó “…si me preguntan a mí, yo digo que las buenas noticias uno siempre desea compartirlas lo antes posible, pero cuando se trata de amor, uno prefiere guardárselo para sí misma, aun sabiendo que se nos nota a una legua de distancia” “Pues de ser así…” dijo Ulises con un leve tono de decepción, “…alguien se va a sentir muy decepcionado” “O extremadamente complacido” finalizó Edelmira. La señora Alicia ya notaba que todos parecían saber algo, menos ella y demandaba información, Ulises daba por sentado que alguien más se le había adelantado al pobre de Octavio y le tocaría a él darle las tristes noticias, mientras Edelmira simplemente apostaba a que el repentino y evidente enamoramiento de Bernarda, era correspondido de la misma forma, a juzgar por la alegría que irradiaba la mujer.

La pequeña Luna leía sentada en la única cama de la habitación, el mismo cuento por tercera vez, era cierto que el libro le gustaba, pero también era cierto que no tenía ningún otro. Vivía junto a su padre en un cuarto arrendado que solo contaba con una mesa pequeña, una silla, un banquillo, una cómoda y la cama, junto a esta, una ventana que daba al patio iluminaba el pequeño cuarto durante el día. Había pasado algunos días enferma pero ya se sentía mejor, gracias a los cuidados de su padre y de la vieja Úrsula, la dueña de casa, una mujer afable, entrada en años que aparte de un hijo sacerdote, no tenía más familia, para ella, Luna era lo más parecido a la nieta que jamás tendría. La niña leía concentrada, cuando una voz aguda y rasposa le interrumpió, “Pss, Pss, niña, ¿te gusta el chocolate?” en la ventana había aparecido un hombrecillo de barba, ojos desorbitados y coronado como un rey que sostenía entre ambas manos una pequeña barra de chocolate, la niña sonrió, “Me gusta mucho, pero papá dice que si como demasiado dañará mis dientes” junto al hombrecillo apareció un dragón verde de panza amarilla, una llamarada de papel salía de su boca, su voz era abombada y profunda “La niña tiene razón, deberías dármelo a mí” la niña lo miró asombrada, el dragón era nuevo, “Tú estás muy gordo, seguro que te la pasas comiendo chocolates” dijo y rió divertida, el rey también rió pero de forma mucho más aparatosa “¡eres una lagartija obesa!” y volvió a reír con más ganas, el dragón en cambio se ofendió y agachó la cabeza entristecido, Luna se sintió mal por él, “No te pongas triste, discúlpame por haber dicho que estabas gordo. Si quieres, podemos compartir el chocolate” el rey pareció extrañarse, “¿Compartir?, ¿y por qué lo quieres compartir si lo puedes tener todo para ti sola?” “Debes compartir con los demás para que luego los demás compartan contigo” respondió la niña de inmediato como recitando una frase muchas veces repetida. “Es cierto…” dijo su padre apareciendo por la ventana para que su brazo, donde estaba el rey, pudiera entrar por la ventana hasta alcanzar a la niña y así esta recibiera el chocolate, luego volvió a esconderse dejando solo a las marionetas, “Pero por esta vez, será solo para ti, disfrútalo…” dijo el rey y luego agregó dirigiéndose al dragón, “…vámonos lagartija, tenemos cosas que hacer” el dragón le siguió, pero antes se despidió de Luna “Adiós niña, y no le digas nada a tu padre o nos regañará” minutos después, Jonás del Arroyo, el titiritero, entraba en la habitación de su hija simulando una gran admiración, esta, había ocultado el chocolate bajo su almohada “No lo vas a creer pequeña, acabo de toparme allá afuera con un rey pequeño, seguido de un dragón de este tamaño, escabulléndose en el jardín. Los he intentado seguir pero han desaparecido…” “Ay padre…” dijo la niña astuta, “…tú siempre andas viendo cosas” “¡Es cierto, lo juro!” rezongó el padre, pero solo recibió de la niña una mirada de cero convencimiento, luego agregó “Bueno, está bien, ¡pero no te miento eh! Hoy me ha venido a ver tu profesora, dice que espera verte pronto y te ha mandado esto” continuó Jonás, sacando un pequeño libro de cuentos de entre sus ropas, su hija lo recibió feliz, luego su padre la besó en la frente, “Te dejaré un momento para que lo leas tranquila…” y antes de cerrar la puerta agregó, “No olvides que lo que se esconde bajo la almohada puede derretirse y estropearse” la niña sonrió, y de inmediato se puso cómoda para disfrutar de los dos regalos recibidos.

Alamiro escuchaba la historia de Octavio con la boca abierta realmente admirado, mientras Diógenes sorbía su café complacido, “Es que no puedo creer que lo hayas hecho así nada más, y encima te ha dicho que sí. Diógenes, ¿tú sabías algo?” para el viejo aludido no había nada sorprendente en todo eso, “No sabía más que tú, pero tampoco es para que te asombres tanto, era lo que debía hacer, además, fuimos nosotros quienes insistimos en que no perdiera tiempo” y luego, levantando su taza de café como en un brindis, agregó solemne, “…bien por ti amigo y que todo lo que venga ahora sea de dicha y provecho” “Bien dicho, pero brindar con café es de mala suerte. Dame un vaso de vino blanco Octavio, que si no es con vino, las cosas no van bien encaminadas” remató Alamiro dando una palmada al mesón. “No me lo puedo creer” se escuchó en ese momento y todos voltearon hacia la puerta, Ulises estaba parado allí y su cara reflejaba la incredulidad de confirmar que la felicidad del camarero en ese momento, era idéntica a la de su hija.






León Faras.

martes, 7 de julio de 2015

El rumbo de sus pasos.


Las piedras del camino, como cinceles
Esculpen el espíritu del caminante
Engrosando corazas y afilando aceros
Hasta provocar el avance de la pluma.

Como Flor de Invierno la bautizaron
Rara belleza en inhóspito jardín
Que acunó dentro su frío destino
Cuando en manto rojo su familia le dejó

Poca bondad le bastó para crecer
Su sed de venganza necesitó menos
Descendió sin miedo en dignidad
Su belleza fue tan letal como su espada

Uno a uno pagaron por su dolor
Reconociendo tarde en sus ojos la carnada
Tiñendo con su sangre la estela
Indeleble, tras el rumbo de sus pasos.


León Faras.

domingo, 5 de julio de 2015

Del otro lado.

XXII. 


Esa noche, Gastón Huerta se sentía osado y decidido para convertirse en el héroe de su pandilla de vagos y drogadictos, el alcohol y la droga ya consumida, lo ayudaban a eso. Acostumbrados a conseguir dinero haciendo robos ruines dentro del mismo ambiente donde vivían y amedrentados por sus propios familiares y vecinos cansados de las constantes pérdidas de objetos y dinero, habían decidido entrar al mundo delictual desbalijando el hogar de algún desconocido en alguna de esas poblaciones nuevas de casas sólidas y bonitas, recién pintadas, con césped y entrada para vehículo. Ninguno era ladrón experimentado, y su objetivo era conseguir cualquier cosa que tuviera valor, la casa, daba lo mismo, y los dueños de esta también. Eran las dos o tres de la madrugada de un día común y corriente, todo el mundo en todas partes dormía profundamente, a excepción de Huerta, los dos amigos que le acompañaban para esperar fuera y recibir los objetos robados y el dueño de la casa elegida esa noche, Alan Sagredo, un operario recientemente ascendido a supervisor en una fábrica de alimentos, este último, no había conseguido conciliar el sueño aquella noche, a diferencia de su joven esposa, Beatriz, que dormía profunda y gratamente a su lado, su pequeño hijo que aun no cumplía el año había despertado en la habitación contigua y él se había levantado para hacerlo dormir nuevamente, luego de eso se había quedado a oscuras sentado en la cocina con una copa de vino frente a él, pues el insomnio le quitaba el atractivo a su agradable lecho.

Oyó de inmediato el ruido que hacían los torpes e inexpertos delincuentes al tratar de quitar el seguro al ventanal de la sala con un cuchillo, se asomó y pudo ver tras las cortinas, las siluetas de los desconocidos que intentaban entrar a su casa, instintivamente se agachó y se deslizó hasta el teléfono de la cocina, pensó en llamar a la policía pero finalmente marcó el número de su amigo, Manuel Verdugo, este tenía el teléfono junto a su cama, la conversación fue breve y apenas colgó el teléfono saltó de la cama para vestirse con lo primero que encontró, tenía vehículo y podía llegar rápido. Apenas salió, Silvia, su mujer, llamó a la policía. Alan volvió a echar un vistazo, el ventanal ya estaba abierto y los delincuentes dentro de la sala, en ese momento, el imbécil que robaba descolgaba de la pared un cuadro de relieve en cobre de escaso valor económico, agazapado, Alan se dirigió a su cuarto y sin hacer ruido ni encender la luz despertó a su mujer, luego buscó en la parte alta de su closet el arma que guardaba allí y que nunca había disparado. Beatriz maldijo no tener a su hijo con ella en ese momento como muchas veces antes lo había hecho e inmediatamente quiso ir a la habitación del pequeño, pero su marido la tranquilizó, irían juntos, el llanto del bebé silenciado bruscamente los llenó de angustia. Salieron de su cuarto, Alan llevaba el arma cargada, los delincuentes no se veían ni se oían en ese momento, con cuidado, pero lo más rápido que pudieron fueron en busca de su hijo, la puerta de su dormitorio estaba junta, no se oía nada y la sala se veía vacía, al empujarla suavemente vieron a un tipo que intentaba sacar por la ventana algo que sus compañeros se negaban a recibir. Alan apuntó, sintió que dispararle a un hombre no era cosa fácil, la duda ante lo irreversible, pero si se trata de su familia, de su hijo, no había nada que pensar. Disparó dos veces a la espalda del ladrón que cayó al suelo sin emitir quejido ni soltar el bulto que cargaba, sus compañeros huyeron de inmediato. Beatriz corrió a la cuna de su hijo pero la encontró vacía, su marido, lento y con la angustia dibujada en el rostro se dirigió hacia el hombre abatido, tenía un presentimiento horrible acunado en su pecho que esperaba de todo corazón que no fuera cierto. Dio vuelta el cuerpo sin vida del ladrón al tiempo que Beatriz encendía la luz, bajo este estaba su hijo, las balas también habían atravesado su cuerpo.

Huerta había entrado al cuarto buscando algo de valor sin esperarse que encontraría un bebé dentro, este comenzó a llorar y Gastón asustado e incapaz de pensar con claridad, solo se le ocurrió silenciarlo con una mano torpe y desmesurada. Sintió que si retiraba la mano era el fin de todo, que el bebé alertaría a todo el mundo con su llanto y que tendrían que huir como fuera, por lo que lo sacó de su cuna, indeciso, trataba de pensar en algo, sin dejar de cubrirle la cara con la mano, lo llevó hasta la ventana para que sus compañeros se encargaran mientras él terminaba el robo, pero sus compañeros no lo ayudaron, ninguno quería hacerse cargo de un bebé, solo debía devolverlo y largarse de ahí lo antes posible. Entonces se dieron cuenta de que la criatura no reaccionaba, Huerta no pensaba, lo había asfixiado y no lo comprendía, no sabía si aquella era una oportunidad para huir o para continuar con su robo, confundido, retrocedió un paso o dos, mirando al bebé en sus brazos, su cerebro se esforzaba en procesar lo que estaba sucediendo, pero no alcanzó a darle lucidez, dos balas atravesaron su cuerpo y la vida se le extinguió con la misma incapacidad de comprensión.


Cuando Manuel llegó, cargaba una escopeta de cacería, para, de ser necesario, dar algunos tiros al aire como medida de disuasión contra los delincuentes. Encontró a Beatriz llamando con angustia y desesperación una ambulancia que los auxiliara, su marido se había derrumbado junto a su hijo y ella solo quería derrumbarse junto a él, pero la pesadilla aun no se había terminado, un nuevo disparo los alertó y los hizo temblar, Manuel de dos zancadas llegó a la habitación del bebé y se encontró con lo peor, con la mente fría, contuvo a Beatriz para que no entrara pero no pudo evitar que ella viera el cuerpo de Alan sentado en el suelo, apoyado en la pared, con el cuerpo de su hijo en las piernas y una bala en la sien auto propinada luego del desconsuelo de haber disparado en contra de su propio hijo.


León Faras.

martes, 16 de junio de 2015

Autopsia. Segunda parte.

I.

-No esperaba verlo aquí.
-Lamentablemente no puedo hacer distinciones personales cuando se trata de salvar un alma. El amor y la misericordia de Dios son infinitos aunque mi tolerancia no lo sea.

Horacio Ballesteros lucía más delgado, sucio y barbón, sentado en la dura y fría litera de su celda miraba al cura con ojos derrotados, cansados, “Yo jamás saldré de aquí y no espero el perdón de nadie si yo mismo no puedo perdonarme…” Benigno lo miraba con un desprecio duro y afilado como roca, “En eso tiene usted razón Horacio, pero no estoy aquí solo por usted. Vengo a que me diga de dónde sacó esos fetos que usó en su horrendo montaje, ellos son hijos inocentes de Dios que reclaman por sus sacramentos y por una digna y cristiana sepultura que les dé el descanso eterno que merecen” el médico negó con la cabeza, “Yo no hice ningún montaje, el cadáver de esa muchacha estaba preñado aun estando bajo tierra, Domingo fue testigo de eso y juntos tomamos la decisión de incinerarlo” “¡Domingo está muerto!” casi gritó el cura indignado y agregó “…y usted profanó su cadáver sin misericordia ni remordimiento para ocultar su responsabilidad en el embarazo de su propia hija. ¿Acaso aun se atreve a negarlo? ¿Es que no teme por su alma?” Horacio se puso de pie desafiante al tiempo que la figura del cura se erguía en todo su largo, oscura e imponente y sin retroceder ni medio paso “Yo sé que lo que hice no tiene perdón y que merezco estar aquí hasta el fin de mis días, pero no puedo aceptar que me acuse de haber montado esos embarazos abominables, algo más lo hizo y ni usted ni yo tenemos explicación para eso” “Miente” dijo el sacerdote con la vista clavada en los ojos del doctor, “No” respondió este sosteniendo la mirada, “¡Miente!” insistió el cura, “¡No!” replicó Horacio con firmeza. Benigno respiró hondo, “Veo que ni siquiera el encierro ha logrado que recapacite, pero le advierto que la condena de los hombres no se comparará con lo que le espera cuando sea sometido a la justicia del Padre” “Yo no lo hice Benigno, me crea usted o no, yo no lo hice. Espero que cuando se dé cuenta de eso, no sea demasiado tarde para alguien más” respondió el doctor volviendo a su duro asiento. El cura se retiró y debió inclinarse levemente para pasar por la puerta, “¿Cómo está Elena?” preguntó el doctor antes de que el sacerdote se fuera, “Mejor de lo que jamás podría estar a su lado” respondió este, mientras el cerrojo de la celda se cerraba con un golpe fuerte y seco como un contundente punto final.

Guillermina Salas llegaba al despacho del padre Benigno alumbrándose el camino con una única vela, en la otra mano llevaba el acostumbrado vaso de vino que el cura bebía todas las noches, solo uno, pues este era enemigo acérrimo de los excesos. Como siempre, golpeó la puerta e inmediatamente la abrió y entró sin esperar una respuesta, el sacerdote revisaba documentos sentado tras un austero escritorio alumbrado pobremente. La mujer era una viuda entrada en años, activa y madrugadora que se encargaba de todos los quehaceres de la casa, en lo cual el padre nada tenía que reprocharle, pero sí lo desquiciaba frecuentemente lo parlanchina y entrometida de la mujer, cosa que con los años nunca había podido corregir. Guillermina puso el vaso sobre el escritorio y se quedó parada allí observando el gabinete que el cura había dejado abierto, en su interior estaban los dos frascos con los fetos extraídos por el doctor Ballesteros, el primero sacado del cadáver de Isabel, calcinado y el segundo extraído del cuerpo de Domingo, en perfecto estado. Ambos varones. El padre Benigno los había conservado con la esperanza de llegar al fondo del asunto y descubrir a las víctimas o cómplices que el médico había usado para llevar a cabo su aberrante montaje, pero hasta ahora no había conseguido averiguar nada al respecto. La mujer se acercó a los frascos y los iluminó con su vela, ya lo había hecho antes en ausencia del cura “Bastante raras las criaturitas que tenía el doctor, ¿no serán obras del Diablo, digo yo?” El cura la reprendió severo, “Deja de andar husmeando mujer, ¿Es que no tienes ni un gramo de sensatez? ¿Tú qué puedes saber sobre las obras del Diablo?” la mujer adoptó una posición defensiva y orgullosa, acostumbrada a manejar el carácter hosco del sacerdote “¡Mírenlo! porque una es pobre y poco estudiada creen que una es tonta, a lo mejor no sé mucho de las obras del Diablo, pero sí sé de criaturas recién nacidas. Para que sepa, mi abuela fue partera toda su vida y yo de chiquitita ya andaba cortándoles el cordoncito a los recién nacidos, y nunca hubo ni un cristiano que viniera al mundo sin su cordoncito.” El padre, al ver que ya no podía mantener la concentración en su trabajo, dejó los papeles sobre la mesa y se puso de pie para cerrar el gabinete y terminar con la discusión “¿No te cansas de hablar burradas, mujer?; ¿De qué cordoncito hablas?” “¡Del de el ombligo pues! ¿De cuál va a ser?” respondió la mujer tozuda, “¿El cordón umbilical?” pregunto el sacerdote ya en un tono más calmado, “¡El mismo pues! ¿O acaso me va a decir que ahora los cristianos nacen así nomás?” la mujer se llevó las manos a la cintura comenzando a saborear su victoria. El padre Benigno tomó el frasco y estudió el feto conservado en mejor estado francamente asombrado, ese era un detalle que simplemente había pasado por alto, seguramente el doctor lo hubiese notado enseguida pero no tuvo tiempo de hacerlo, sin embargo él jamás se hubiese dado cuenta de no ser por su ama de llaves y la experiencia que esta tenía. El feto no tenía ni ombligo ni cordón umbilical ni ninguna marca parecida en su vientre “Tenía razón Guillermina, ningún cristiano viene al mundo sin cordón umbilical” sentenció el cura aturdido sin saber qué pensar, tras él, la ama de llaves lo miraba triunfante, luego esta pareció recordar algo de pronto y se metió la mano al bolsillo del delantal “¡Ya se me olvidaba con todo esto de las criaturitas!. Tome, llegó correspondencia hoy día” el cura la recibió, pero sin ningún interés, se llevó una mano a la frente y caminó cabizbajo hasta derrumbarse en su asiento mientras la mujer se retiraba orgullosa de sí misma. Pasaron varios minutos antes de que decidiera ver las cartas, dos telegramas venían allí, uno, anunciaba la llegada del nuevo médico para el día siguiente, el otro, era del Convento de las Hermanas de la Resignación, y traía lamentables noticias sobre Elena Ballesteros.

El padre Benigno aguardaba parado recto e imperturbable en la estación de trenes, su expresión adusta no cambió cuando por fin vio que llegaba el tren con más de media hora de retraso, junto a él estaba Abel Rupano, el cochero, encorvado, con la vista en el suelo y el sombrero de paja en las manos. La expresión de su rostro tampoco varió al ver descender del vagón al nuevo médico que esperaba para el pueblo, este era un hombre joven y delgado, con el cabello aplastado sobre el cráneo sin ninguna forma de peinado, grandes gafas y un bigote dividido en dos que se le veía francamente ridículo, “El doctor Hugo Cifuentes, debo suponer” dijo el cura sin ocultar su decepción ante la imagen débil y torpe que el profesional que le habían enviado proyectaba, “El padre Benigno, ¿verdad? Es un gusto conocerlo” respondió el joven con una voz sorprendentemente grave, estirando una mano pálida y huesuda que fue apresada por el cura en un apretón fuerte y breve mientras Rupano ya cargaba en el coche las numerosas valijas que el médico traía “Tenga cuidado con eso por favor, hay instrumentos delicados ahí dentro” dijo con cortesía el joven médico, pero el cochero solo se detuvo para rascarse detrás de la oreja, echarle un vistazo al cura, y al no recibir respuesta, continuó con su tarea tal y como estaba acostumbrado, como si se tratara de sacos de grano. Pronto emprendieron el camino, el doctor varias veces intentó iniciar una conversación, pero los monosílabos indiferentes del sacerdote se lo impidieron, para este, nada tenía menor interés en ese momento que las dudas fútiles de su compañero de viaje.



León Faras. 

martes, 9 de junio de 2015

La Prisionera y la Reina. Capítulo Cuatro.

I.

El ave bajo el dominio de Rodana, la hechicera de las jaulas, había seguido durante toda la noche a la máquina de Gálbatar, el alquimista, y tal como lo supuso, esta llegó hasta el castillo rodeado de ciénagas que ahora ocupaba Rávaro después de haber matado a su hermano. El asombroso aparato se asemejaba a un escorpión de hierro gigante, con seis patas y dos brazos como tenazas, pero en lugar de tener una cola con aguijón en la parte de atrás como la del animal, se elevaban allí dos estructuras con forma de bellotas abiertas en ángulo como una “V” que giraban ambas hacia su interior y a una velocidad proporcional al esfuerzo que hacía la máquina en cada uno de sus movimientos y de las cuales salían, por varias cavidades cuadradas en su base, luces de tonos amarillos y rojos que iluminaban todo el entorno como un par de monstruosas balizas. En la parte delantera, tenía cuatro poderosos focos que alumbraban hacia el frente y los laterales y un poco más atrás de estos, dos tubos, expulsaban casi con furia chorros de humo que los hacían vibrar y calentarse de sobremanera, como si fueran demasiado angostos para el caudal que arrojaban. En el interior del escorpión, había tres tripulantes que lo manejaban, el propio Gálbatar que se ocupaba, además de dar las órdenes, de mantener funcionando en perfecta armonía todos los complejos sistemas del aparato, este era un hombre delgado, alto y totalmente calvo, lampiño y pálido como un esqueleto, de humor agrio y estampa firme, lleno de energía a pesar de su avanzada edad. Luego estaba su ayudante y aprendiz, Gíbrida, una muchacha con aspecto de muchacho, encargada de conducir el aparato y podía hacerlo casi sobre cualquier superficie mientras fuera tierra firme, permanecía sentada al frente, sobre una torreta giratoria que le permitía mirar en todas direcciones y se podía decir a simple vista que disfrutaba enormemente su trabajo. Y por último estaba Bolo, el esclavo de la caldera, un tipo bajo, musculoso y velludo, con el aspecto e inteligencia de un perro humanizado, incansable y pendenciero, le gustaba beber tanto como pelear y lo hacía cada vez que se lo permitían y debían permitírselo de vez en cuando para mantenerlo tranquilo.

Gálbatar descendió de su máquina ante la mirada atónita de los soldados que a esa hora estaban en el patio del castillo de Rávaro, hizo un gesto de repugnancia al sentir el hedor que envolvía el lugar proveniente de la ciénaga y avanzó con autoridad sin que nadie se le acercara a detenerlo, la Bestia aun permanecía tirada allí, sin que ninguna fuerza humana o mecánica hubiese sido capaz de moverla del lugar donde había caído, el hombre observó que en la nuca del gigantesco animal habían puesto, por órdenes de Rávaro, un “Quebranta espíritus” un temido aparato como un anillo de bronce que en su interior asemeja a un agujero insondable, oscuro y brumoso, utilizado para injerir dolor a voluntad a su portador, tanto en el lugar físico como en su intensidad y de esa forma obtener información u obediencia. Gálbatar imaginó que aquella bestia había sido torturada hasta el agotamiento por medio de ese cruel aparato, jamás hubiese podido creer que en realidad había acabado así luego de luchar contra un enano de rocas, el cual ya había sido devuelto a las catacumbas, pero debió ser encerrado antes en una caja de madera porque los guardias aun le guardaban profundo respeto. Rávaro salió a recibirlo avisado por sus hombres, el alquimista, ya había recibido una generosa comisión solo por la molestia de presentarse allí, y podía sospechar con seguridad que la razón por la que había sido llamado, sería mucho mejor pagada.

El Débolum emergió del pequeño lago de lava ardiente abierto en la boca de un volcán chato y amplio como un cráter, emergió aleteando como lo haría un ave marina y se elevó en los cielos chorreando de todas las partes de su cuerpo material incandescente, abrió la boca como en un grito mudo apenas salió, y sobrevoló la selva que circundaba aquel volcán, una inmensa porción de terreno cubierto de vegetación salvaje y hostil, alimentado por un robusto río de muchos brazos.


Unos deseos imperiosos de vomitar hicieron que Idalia volviera en sí, debió girarse de donde estaba tirada sobre un piso de piedra sembrado de hierba entre sus hendiduras para expulsar un líquido oscuro y viscoso, luego se dejó caer nuevamente sobre la espalda, se sentía mareada, le dolía la cabeza y el estómago y no tenía fuerzas ni siquiera para ponerse de pie. Sobre ella estaba la inmensidad del cielo azul y la brisa fresca enfriaba su cuerpo bañado en sudor, por un instante tuvo serias dudas sobre si aún seguía con vida o ya estaba muerta pero inmediatamente comprendió que si estuviera muerta, seguramente no se sentiría tan enferma. Ella no sabía que había viajado varios kilómetros dentro del vientre muerto del Débolum, incluyendo parte de ese viaje sumergida bajo lava ardiente. Luego de varios minutos y no con poco esfuerzo logró sentarse para ver dónde estaba, era una superficie plana y cuadrada de roca sólida con abundante hierba que crecía en míseras porciones de tierra traída por el viento, en el lugar había, además, numerosos cadáveres humanos, la mayoría, sólo huesos, que atestiguaban que ella no era la primera que hacía ese viaje, pero sí, la primera que sobrevivía. Aquella, era la cúspide de una maciza torre que surgía de la selva como un náufrago que lucha por mantenerse a flote, de esta torre, salía por una de sus caras una porción de lo que alguna vez fue un puente ahora destruido y por su extremo opuesto, el mismo puente continuaba sin interrupciones hasta otra torre similar, más allá se podía ver un muro, enorme e imponente a pesar de que estaba más de la mitad de su estructura en el suelo, y tras ese muro, los restos de una ciudad inmensa y bella tragada por la selva casi en su totalidad. La llamada Ciudad Antigua, pero eso era algo que Idalia no podía saber con certeza, aquel era un lugar desconocido para la mayoría de las personas comunes, o sea, para casi todo el mundo, pero sobre la cual se habían tejido numerosas leyendas, como que la ciudad antigua tenía la facultad de aparecer y desaparecer a voluntad, o que sus difuntos habitantes reclamaban sus restos mortales cada vez que era necesario defender la ciudad de algún osado intruso que se aventuraba allí o que los enemigos que la habían invadido aun permanecían dentro de los muros de piedra, como sus nuevos dueños y moradores, celosos de ceder a nadie el enorme botín obtenido. Idalia no sabía dónde estaba, pero podía suponerlo, lo que no podía suponer, era por qué estaba allí, si recordaba perfectamente haber sido engullida por el Débolum.

León Faras.

jueves, 21 de mayo de 2015

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

X.

“¿Y estás seguro de lo que viste?” preguntó Enrique Bolaño sentado en un elegante sofá de cuero mientras botaba la ceniza de su cigarrillo en un cenicero frente a él. Primo Petrucci desde el otro lado de su escritorio de roble respondió apremiante “Por supuesto que sí. ¡Mi hijo se puso a vomitar cabezas de pescado enteras y en frente de mí! ahogado, tosía y escupía horriblemente, lo hubieses visto, pensé que…” “Estoy hablando de la sirena…” Le interrumpió Bolaño quien, en el fondo de su corazón, no sentía ni la más mínima preocupación por lo que fuera que le sucediera al hijo de su socio, “… ¿Estás completamente seguro de que no se trataba de algún truco o montaje?” “Oh…” respondió Petrucci con un leve disgusto, “…la sirena era completamente real, puedo asegurártelo.” Enrique se echó atrás cómodamente en su sofá con la vista perdida en algún punto indeterminado de la habitación, “Pues entonces vamos a conseguir esas fotografías como sea, lo quiera o no ese tipo… ¿Cómo se llamaba?” “Cornelio Morris” respondió Petrucci y luego agregó “…pero te advierto que deberás tener cuidado, ese tipo es un loco peligroso, hasta se atrevió a amenazarme” “¿Con una demanda? ¡Qué lo haga! nuestros abogados lo destrozarán.” “No con una demanda, me amenazó con todas las penas del infierno para mí y mi familia. Y por lo que le hizo a mi hijo, creo que hablaba en serio” “¡Tonterías!...” respondió su socio “…te asustas demasiado fácilmente con las divagaciones de un demente, pero no te preocupes, tú no vas a volver allí y por supuesto que yo tampoco iré. Enviaré profesionales que se encarguen de hacer un buen trabajo.” Petrucci no era de los que se asustaba fácilmente ni menos un tonto, sabía exactamente lo que había visto y se daba cuenta de que había algo más que solo palabras en las amenazas de Morris, pero por otro lado podía sentirse seguro mientras no se acercara a ese circo de nuevo y la idea de tener esas fotos en la portada de su revista le resultaba aun, sumamente atractiva, “Bien…” dijo al fin “…pero es un circo itinerante, seguro ya se han ido del lugar donde estaban, ¿cómo piensas encontrarlo?”, “Ya te lo dije…” respondió Bolaño poniéndose de pie, “…enviaré profesionales” agregó mientras se dirigía a la puerta, pero antes de salir, un pequeño remordimiento lo hizo preguntar sin sentir verdadero interés  “Tu hijo está bien, ¿verdad?” Petrucci se dio cuenta de eso, pero de todas maneras respondió con más detalles de los que su socio estaba interesado en conocer “Sí, está bien. Tenía una sensación desagradable en el estómago, pero el médico no le encontró nada raro, dijo que lo más probable era que algo de lo que había comido le había caído mal, y eso fue lo que le dijimos a su madre, ya sabes cómo se ponen las mujeres, pero tuve que sobornar al pequeño para que no contara en casa nada sobre las cabezas de pescado, de todas formas, no hubiésemos tenido forma de explicar algo así…” Petrucci hizo una pequeñísima pausa que Bolaño aprovechó en el acto para salir de allí, “Me da gusto saberlo.” soltó mientras ya cerraba la puerta.


Con el comienzo de un nuevo día, el Circo ya estaba listo para funcionar y recibir a sus visitantes, pero estos eran tan escasos como pobres, por lo que Morris los recibía de mala gana, disgustado y con deseos de irse de allí lo antes posible, sabía que no podía acercarse demasiado a las grandes ciudades pero, estos puebluchos insignificantes no le generaban ninguna ganancia, sin embargo, los pocos pobladores de aquel pueblo pesquero eran personas sencillas que se maravillaban de todo lo que veían y se mostraban entusiastas y asombrados de cualquier cosa, tanto así, que Von Hagen no había necesitado encerrarse en su jaula y realizar el show simiesco de siempre para impresionar a sus espectadores, simplemente se paseaba tranquilo, saludando con su natural amabilidad y dejándose tocar por los niños que al verlo sonriente, abandonaban las faldas de su madre para acercarse, todo lo contrario del pequeño Román Ibáñez, que deambulaba borracho y malhumorado, soltando insultos y amenazas a las personas que se detenían a observarlo y lo señalaban con el dedo, como si fuera la primera vez que veían a un enano, tanto así, que Charlie Conde debió mandarlo a que fuera a hacer su trabajo con Mustafá, antes de que Cornelio se diera cuenta de que solo andaba vagando, pero el enano le espetó con desprecio, “¡Vete al infierno, Lamebotas!” y siguió su camino, grosero y desafiante. Un poco más allá lo detuvo Horacio preocupado, el enano estaba borracho y eso lo podía meter en graves problemas, se lo trató de hacer entender, pero Román luego de beber un trago y limpiarse la comisura de su boca con la manga le soltó una risotada “No seas idiota, ya estamos metidos hasta el cuello en problemas, pobres y esclavizados hasta el fin de nuestros días por un sicópata demente que se cree dios, pero por muy merecido que sea el castigo, eso no quiere decir que lo deba aceptar de buena gana. Pero tú, eres una buena persona Horacio, un imbécil redomado, pero buena persona, tú debes tener cuidado, estás enamorado, todos lo saben, incluso Cornelio lo sabe, pero nadie te cree capaz de nada, pero yo sí, porque un idiota enamorado puede ser aun más idiota y hacer estupideces impensadas…” el enano se había puesto repentinamente serio y le hablaba como si su borrachera se hubiese esfumado, Von Hagen, asombrado, no podía soltar ninguna palabra “…como tratar de destruir los contratos, eso cortaría las cadenas, lo sé, Mustafá me ha dicho cosas, me muestra imágenes para tentarme y destruirme, ese miserable quiere que lo libere para acabar conmigo, pero de nada serviría si no acabas con Morris… debes matar a Cornelio, para conseguir lo que deseas tienes que…” Un repentino puntapié  en su espalda lo interrumpió de sopetón y lo envió volando sobre Horacio, haciendo rodar por el suelo a ambos, Cornelio Morris agarró por el cuello al enano y lo elevó sin esfuerzo, estaba rojo de ira “Enano miserable, ¡te atreves a conspirar contra mí, a desafiarme!” Román comenzó a quedarse sin aire y su vista se nubló hasta quedar en tinieblas, entonces tuvo una alucinación, estaba encerrado dentro de una estrecha caja de madera y enterrado vivo, asfixiándose en total oscuridad, incapaz de salir de allí y sin que nadie pudiera oírlo o ayudarlo. Solo algunos segundos duró esa horrible y desesperante vivencia antes de que Morris lo soltara y el enano recuperara el aliento y volviera a ver la luz del día, aterrado y sudoroso, estaba totalmente desarmado, incapaz de desafiar a nada, Cornelio se agachó para hablarle “Ya te lo había advertido, no olvides por qué estás aquí. Esa solo fue una pequeña muestra de lo que tú hiciste con Mustafá, de tu propia maldad, y casi te has meado en los pantalones. Sabes que eres capaz de cosas mucho peores y también sabes que yo puedo volverlas contra ti. Si quieres vivir un infierno, te daré un infierno, solo tienes que pedirlo” Luego le dirigió una penetrante mirada a Von Hagen que temblaba de miedo a su lado, se mostraba tan insignificante como siempre y Morris sabía que no había necesidad de aleccionarlo, “Saca esta basura de aquí” le dijo refiriéndose al enano y luego cambiando el tono de su voz y la expresión de su rostro, se dirigió a la multitud, “Damas y caballeros, por favor no dejen de presenciar la sorprendente habilidad de nuestra espectacular contorsionista. Seguro los dejará boquiabiertos” y la gente le hizo caso en el acto, olvidando lo sucedido y agrupándose a mirar la actuación de Beatriz Blanco, luego Morris tomó por los hombros a la pequeña Sofía que estaba de píe junto al escenario donde actuaba su madre y la alejó de allí para que también olvidara lo sucedido “Vamos preciosa, vamos a buscar alguna golosina para ti…” la niña lo miró inquisidora, sin moverse del lugar donde estaba, “¿Querías hacerle daño al pequeño señor?” era respetuosa al dirigirse a sus mayores y esa era la forma más correcta que ella conocía para dirigirse a Román, Cornelio le sonrió amable, “No, no le he querido hacer ningún daño, no podría, pero él es un hombre que abusa del alcohol y cuando lo hace no se comporta como debiera” la niña comenzó a caminar  “Hoy hice un dibujo con mi mamá, ¿Quieres que te lo muestre?” dijo la pequeña ya casi sin recordar el acceso de ira de Morris, “Claro que sí linda, me muero de ganas de verlo” respondió el hombre con excelente humor.


León Faras.

domingo, 3 de mayo de 2015

Zaida.

I.

La lluvia, ansiadamente esperada, llegaba apenas a tiempo para extinguir los últimos focos de fuego de una pequeña aldea devastada por la guerra, mojando los restos humeantes de las humildes chozas de los campesinos y los cadáveres de los que no habían alcanzado a escapar a tiempo. Las chacras, pobres y de pequeño tamaño, pronto se volvieron lodazales donde algunas cabras que no habían sido capturadas, regresaban para alimentarse de los cultivos, al no estar sus dueños para protegerlos. Una fracción del ejército amigo llegaba al lugar de camino a la capital, se cubrían los hombros y espaldas con pieles y las cabezas con anchos sombreros de fibras vegetales que los protegían según fuera el caso, tanto del sol como de la lluvia, su comandante solo se diferenciaba del resto de sus hombres porque cabalgaba a la cabeza del grupo, pero su apariencia era como la de cualquiera de sus soldados. A su lado, viajaba un anciano flaco montano en un asno que le había servido de guía en las montañas que acababan de cruzar, se cubría la cabeza con la capucha de su túnica totalmente empapada. La escena era desoladora, aunque para estos hombres no era nada nuevo, indolentes, debían recoger cualquier cosa que les sirviera de alimento y que los invasores no se hubiesen llevado o destruido y seguir su camino, dejándole los cuerpos a las aves de rapiña que no tardarían en limpiar el lugar del hedor de la muerte.

De seguro fue obra de la providencia, porque la niña no se movía ni emitía ningún sonido, solo mantenía la vista fija en el rostro desencajado de su madre muerta, ausente y con sus emociones bloqueadas, velando el gran cadáver de toda su aldea y de todos sus pobladores. Una de sus cabras regresaba al hogar cuando fue abatida por una flecha certera, su piel y su carne serían útiles para los soldados que la fueron a recoger, uno de estos en un vistazo casual vio a la chiquilla, parecía muerta, con manchas de sangre y los ojos abiertos pero inmóviles, al acercarse, la niña le dirigió una mirada indiferente y eso fue suficiente para confirmar que sí estaba con vida. Pronto el comandante, el anciano y varios hombres más estaban allí planificando qué hacer con la pequeña, “Hay que llevarla a otra aldea donde los pobladores puedan hacerse cargo de ella” propuso un soldado, “Las aldeas han sido arrasadas. No podemos darnos vueltas hasta encontrar una que aun no haya sido destruida” replicó otro, “Es la única sobreviviente, la muerte hubiese sido lo más justo para ella” sentenció otro soldado. Entonces el anciano se dirigió al comandante, “Señor, deja que yo me la lleve…” El comandante lo miró incrédulo “¿No estás un poco viejo para hacerte cargo de un niña?”; “Buscaré un lugar para ella, ¿Quién sabe, mi señor, si al salvarse una vida no se está salvando a toda la humanidad?, además, ustedes ya no me necesitan y tampoco pueden permitir que esta pequeña les acompañe” respondió el viejo en tono de justificación, “Tampoco puedes estar seguro de que si la vida que salvas no será luego la perdición de todos nosotros, pero si eso es lo que quieres…” dijo el comandante, “…no seré yo quien se oponga. Te deseo a ti y a tu nueva protegida un buen camino de regreso a casa” Luego sacó una pequeña bolsa de cuero con monedas de su cinturón para lanzársela al viejo como pago, pero este se negó efusivamente “No, no, no mi señor, yo no puedo recibir eso” “Yo no sé cómo ustedes los monjes de las montañas pueden vivir sus vidas sin jamás usar plata, oro ni nada parecido…”repuso el comandante entre divertido y frustrado con la respuesta del viejo, este pidió disculpas y se excusó “Esas son solo más ataduras para el hombre, lo que sí me gustaría pedirte, si no es molestia, es una de las pieles que usan… no es para mí, sino para cubrir a la niña. El viaje es largo y el clima en las montañas arrecia de sobremanera”

El viejo monje subió a la niña sobre su asno y la envolvió en la piel que le habían dado para protegerla del clima, “¿Cómo te llamas?” pregunto el viejo amable a la niña que apenas asomaba una pequeña porción de su rostro por entre los bordes de la piel que la cubría, pero no recibió ninguna respuesta de esta, “Bien, mi nombre es Badú, soy un monje de las montañas, cuidaré de ti de ahora en adelante y procuraré que nada te falte ¿Tienes hambre?” preguntó el viejo registrando su morral en busca de algún fruto seco, pero se detuvo al ver la absoluta indiferencia de la pequeña, “Bueno, yo tampoco soy muy bueno para comer. Recogeremos algunas cosas para el camino y nos pondremos en marcha. Hay un refugio cerca, podremos prender un fuego y cubrirnos de la lluvia. Estaremos muy cómodos, ya verás”

Badú se puso a caminar tirando del asno donde la niña viajaba totalmente abandonada a su destino, como un muñeco inerte sin ningún interés en la vida y su porvenir. El camino era inhóspito, y a medida que subían por estrechos y duros senderos, el viento frío se aliaba con más fuerza a la lluvia para mantener alejados a los intrusos, pero el viejo monje no era ningún intruso, todo allí era familiar para él, era su ambiente, su clima, su hogar, se asemejaba a los árboles que crecían allí, de troncos rugosos, madera dura y estructura atormentada, esculpidos por el rigor del ambiente. El monje caminaba sin apuro seguido del asno que tampoco era ajeno a todo aquello, el agua corría por las quebradas, muchas veces terminando en angostas y largas cascadas de formidable belleza que Badú conocía bien, porque hace siglos que eran las mismas y en los mismos lugares y habían senderos adecuados que las rodeaban o les pasaban por debajo para quienes conocían a la montaña. Al llegar a una saliente pudieron detenerse, enclavado en la pared de roca habían dos gruesos pilares de madera que sostenían un pequeño techo de tejas y bajo este un único peldaño de piedra que invitaba a entrar. El interior del refugio estaba forrado de madera y el cambio de temperatura dentro era evidente desde el primer momento, había una cavidad para encender fuego con una salida para el humo y junto a esta una buena porción de leña totalmente seca, “¿Ves? Esta leña ha sido dejada aquí para nosotros, mañana antes de continuar nuestro viaje, la repondremos en agradecimiento al siguiente viajero que necesite refugio. Así funciona toda la vida en el universo, es un ciclo que nunca debes olvidar: Recibir, agradecer y dar.” La niña lo escuchaba pero seguía ausente, Badú continuó amable y compasivo “Has vivido demasiadas cosas en muy poco tiempo, solo necesitas vivir más lento para que el tiempo alcance a lo que has vivido y volverás a la normalidad y la montaña es el mejor lugar para eso”


El día se terminó allí, pero la lluvia continuaría durante toda la noche, el viejo alimentó a su asno, el cual también se encontraba dentro del refugio y luego sacó un trozo de pan de cebada que le alcanzó a la pequeña con una sonrisa amable, esta lo recibió y se lo llevó dentro de su escondite de piel, mientras él apoyaba la espalda en la pared y masticaba largamente semillas tostadas. No cerró los ojos hasta que vio que la niña dormía, para entonces, la noche ya estaba bien entrada.


León Faras.

viernes, 1 de mayo de 2015

Lágrimas de Rimos. Segunda parte.

XIX.

Al menos una veintena de soldados de Rimos ingresaron en un callejón pobremente iluminado de no más de cuatro metros de ancho, se habían separado del grueso del ejército y avanzaban por su cuenta persiguiendo sombras que aparecían y se escondían entre las intrincadas callejuelas de Cízarin, frente a ellos, el camino estaba bloqueado por un gruesa formación de siluetas agazapadas, protegidas con escudos y armados con lanzas, inmóviles en la penumbra. Los soldados de Rimos se lanzaron sobre ellos dispuestos a pasarles por encima con sus caballos y eso hicieron, sin que ninguna de las siluetas ofreciera resistencia siquiera, solo rodaron como palitroques mientras las viejas lanzas, los escudos y algunos yelmos deteriorados volaban por los aires ante la violenta embestida. Demasiado tarde se dieron cuenta del engaño, habían volteado una gran cantidad de vasijas y barriles de aceite empapándolo todo de combustible y encerrándose en un callejón que terminaba en una empinada escalera de piedra. De la cima de esta fueron lanzadas solo tres flechas encendidas sobre ellos y el infierno se desató, los animales aterrados lanzaron al suelo a la mayoría de sus jinetes y con partes de sus cuerpos encendidos, huyeron sin que nada ni nadie intentara detenerlos. Trece hombres quedaron allí, haciendo lo posible por librarse de las llamas que abrasaban sus cuerpos, provocándoles numerosas quemaduras, algunas de considerable gravedad. Entonces por las escaleras aparecieron una decena de soldados verdaderos armados con espadas y escudos que se les abalanzaron encima dando golpes mortales. Los soldados de Rimos que estaban menos dañados por el fuego sacaron sus espadas para luchar, Emmer Ilama estaba allí y reaccionó rápido ante el mandoble que le dejaban caer sobre la cabeza pero sin poder evitar que este cercenara el brazo de un compañero caído, sin embargo su giro fue preciso y su espada golpeó violenta la espalda de su oponente. Pero entre sus enemigos habían algunos bastante hábiles y uno en especial que destacaba sobre los demás, se llamaba Toramar y le apodaban “Diez espadas”, poseía un talento innato y una habilidad exquisita esquivando los ataques con movimientos ágiles, saltos y giros rápidos que siempre acababan en ataques certeros y mortales que atravesaban estómagos o cortaban gargantas, mientras varios de sus compañeros caían, él avanzaba con seguridad usando su espada “Pétalo de Laira” como una extensión de su brazo que en su mano parecía tener vida propia. Emmer se defendió con habilidad, pero sus ataques siempre llegaban tarde a su objetivo, rasgando el aire donde antes se encontraba el cuerpo de Toramar, este, finalmente desvió un ataque de su oponente con su espada, en vez de esquivarlo y aprovechando la misma posición, golpeó de vuelta con violencia el mentón de Emmer con la empuñadura para luego propinarle una fuerte patada que hizo caer estrepitosamente a un rival ya cansado y adolorido, luego se paró sobre él y alzó su espada para darle la estocada final, pero se detuvo totalmente desconcertado, pues toda la realidad que él conocía en un instante dejaba de tener sentido y parecía haberse trasladado a un mundo de sueños donde las situaciones más inverosímiles podían suceder. A solo un par de metros, un soldado de Rimos sentado en el suelo, recogía su brazo, totalmente separado de su cuerpo y lo volvía a su sitio, donde un cúmulo grotesco de una materia negra y grumosa se esparcía en tentáculos sobre la extremidad de aquel hombre hasta la punta de los dedos y estos nuevamente se conectaban para volver a moverse. Otro hombre se ponía de pie como si nada, con una gruesa y alargada protuberancia en su garganta de la cual salían numerosas extensiones como raíces que le surcaban el rostro y el pecho. Otro más, que había sufrido graves quemaduras, estaba de pie un poco más alejado con buena parte de su cuerpo manchado de negro y con las raíces de sus cicatrices cubriendo el resto de piel que no había sufrido daño. Toramar vio como uno a uno todos sus enemigos volvían a ponerse de pie y sintió cómo sus cuerpos desprendían un extraño y desagradable olor, hasta que la espada de Emmer atravesó su vientre desde abajo arrebatándole la vida al formidable “Diez espadas” Sus cinco compañeros que aún seguían con vida reaccionaron igual, incrédulos de lo que veían, fueron atacados y cayeron sin oponer resistencia, confundidos e indefensos.

Emmer Ilama no comprendió por qué su enemigo no lo mató cuando lo derribó. No sabía qué lo había detenido hasta que él se recuperó y pudo reaccionar. No entendía por qué seguía con vida si había sido derrotado. Eso, hasta que vio a sus compañeros y vivió en carne propia el desconcierto de verlos de pie y con vida y conoció por primera vez las horrendas  y malolientes cicatrices nacidas de sus heridas mortales. Recién en ese momento las dudas del grupo sobre su inmortalidad se disiparon por completo, pero otras nuevas aparecieron: Habían caído en una trampa que estaba preparada para ellos, lo que significaba que sus enemigos sabían del ataque y les estaban esperando. Habían sido delatados. Alguien ayudó a Emmer a ponerse de pie y se pusieron en marcha pero este empezó a rezagarse discretamente, llevaba una nueva preocupación en su mente: Nila.


Cuatro jinetes se adentraron en el bosque muerto mientras especulaban sobre cuál sería el motivo de tan extraña orden: ¿Por qué debían encontrar al príncipe Ovardo allí? Sabían que su heredero ya había nacido y eso podía ser un motivo, pero se suponía que estaban realizando una invasión que él mismo debía liderar y que jamás dejaría de lado a no ser que se tratara de razones muy poderosas y el nacimiento de su hijo era algo muy importante y esperado, pero nunca suficiente como para abandonar una batalla. La luz de una pequeña fogata los guió hasta donde Barros, su hijo Petro y el joven Cal Desci cenaban la liebre que habían asado, apenas llegaron vieron al hombre que estaba tirado en el suelo, tapado con una piel asquerosa y rodeado de perros, uno de estos les mostró los colmillos lo cual no les provocó más que una mueca de repugnancia por la condiciones indignas que algunos hombres adoptaban como forma de vida. Cal Desci se puso de pie de inmediato, hasta ese momento no tenía idea de qué debía hacer con el príncipe Ovardo y aquellos soldados se presentaban como una solución, “Mis señores, es un gran alivio verlos, soy un criado al servicio de los señores de Rimos y me han dejado órdenes de acompañar a mi señor Ovardo hasta que regrese a casa, pero hasta ahora me ha sido imposible realizar tal mandato…” El jinete que estaba a cargo respondió “Es a él a quien vinimos a buscar, dime ¿Dónde está y por qué tú estás llenándote la barriga cómodamente entre estos gusanos borrachos, en vez de acompañarle y servirle?” Petro le echó mano al machete que reposaba junto a él y se iba a poner de pie para reclamar por aquel insulto, pero su padre lo detuvo, no se encontraban en ninguna taberna y ese no era el momento ni el lugar para dejarse llevar por la insensatez del vino que habían bebido. “Pero señores…” continuó Cal Desci, “…yo no he abandonado a mi señor, pero llevarlo de regreso, para mí es…” “Y si no lo has dejado entonces, ¿Dónde está él?” lo interrumpió el soldado “Es ese que está ahí” dijo con algo de vergüenza ajena, señalando al hombre rodeado de perros. El soldado perdía la paciencia “¿Y ese que está allá es el rey?” dijo señalando con sarcasmo a Barros, luego agregó “Cuida tu lengua muchacho, eres joven, seguro que quieres vivir un poco más” Barros se puso de pie, y habló con cierto tono zalamero “El muchacho no miente mi señor, el príncipe Ovardo, al cual todos servimos y deseamos largo reinado, fue abandonado en el estado lamentable que pueden ver en compañía solo de este criado y nosotros, los más humildes de sus servidores, solo nos quedamos aquí para brindarle el mínimo de compañía y protección que se merece” “Tú tampoco pareces apreciar tu vida, viejo…” dijo el soldado bajando de su caballo y sacando su espada “…comparar a tu señor con uno de tus hijos borrachos, es un insulto para el que la muerte es el menor de los castigos” Petro esta vez sí se puso de pie con el machete en la mano y se acercó amenazante, era un hombre simple y trabajador, pero tan bruto como su asno, en cambio su padre buscaba apaciguar los ánimos. Se acercó al príncipe y a patadas espantó los perros echados a su rededor, luego se agachó y levantó la piel pringosa que cubría el cuerpo de Ovardo, “Compruébenlo ustedes mismos. Sus ojos no les mentirán” Los soldados aun incrédulos, acercaron las antorchas que llevaban al cuerpo de aquel hombre tirado, la expresión de sus rostros se transformó, era imposible, pero aquellos hombres decían la verdad “Será mejor que tengan una buena explicación para esto o les aseguro que no vivirán para ver de nuevo el sol” sentenció el soldado.


León Faras.