viernes, 13 de marzo de 2020

Autopsia. Cuarta parte.


IX.

“¿Se siente usted bien, padre?” preguntó Guillermina mientras depositaba un plato de lentejas con chorizo frente al cura “Sí Guillermina, gracias” respondió el cura afable. La vieja lo miraba con profunda duda y recelo, como si el cura estuviera tramando algo a sus espaldas. Lo cierto era que el cura no era el mismo desde que había ido a hacer ese sahumerio a la prisión: se había ablandado, envejecido y ahora se veía siempre cansado. Su expresión era diferente y hasta el tono de su voz sonaba extrañamente amable. La mujer estaba realmente preocupada mientras veía al sacerdote comer sus lentejas con dulce parsimonia, ni siquiera le había reprochado la ración extra de chorizo que le había puesto a su plato para tentar su fuerte reacción a los derroches y los excesos. La cosa era tal, que incluso cuando ella le comentó lo de la relación entre Úrsula y el doctor Cifuentes, con intenciones de tantear el terreno para la pareja de jóvenes, él le respondió con una sonrisa satisfecha de lo más sospechosa. En ese momento golpearon a su puerta, Gustavo Gumurria estaba allí, el cura, apenas lo vio le invitó a pasar, “Gustavo, hombre, pase ¿Ya comió?” Guillermina y Gumurria se miraron con el rostro desencajado, en todos sus años trabajando ahí el cura nunca había invitado a nadie a comer junto a él así de esa manera, tan espontánea, Gustavo sólo atinó a poner cara de idiota y disculparse sin saber bien qué decir, la invitación también lo había tomado por sorpresa a él. El hombre sólo venía a dejar unos encargos para la despensa de la casa, como ya lo había hecho muchas veces antes. “Oiga, ¿Y qué carajos le pasa al padre?” preguntó Gustavo en tono confidencial, mientras descargaba una caja con tomates en la cocina, la mujer mantenía la cara contraída de preocupación, “Ay, yo no sé, Oiga, pero está más raro que un perro verde” Gumurria abrazaba un saco de papas, “Pobre hombre, con todo lo que ha pasado últimamente, no me extrañaría nada que se le esté afectando la mollera” “¿Usted cree?” replicó la vieja arrugando la cara, como si estuviera viendo algo muy feo, Gustavo le devolvió un gesto de suficiencia, como si no fuera necesario mucho para darse cuenta de algo que está a la vista, “En este pueblo, ultimadamente, todo el mundo está terminando chalado.” Guillermina se persignó impulsivamente y echó un vistazo fugaz para comprobar que no estaban siendo oídos por el cura, “¡Ay, ni Dios lo quiera, Oiga! ¿Se imagina?” El hombre se detuvo un rato luego de descargar una caja, mitad de pimentones rojos y mitad de zanahorias. Levantó el índice, categórico, “Y no es para menos, con la cochinada que mantenían el doctor Ballesteros y su hija… ¡Si eran como marido y mujer!” Guillermina retrocedió atemorizada y volvió a santiguarse, como si de alguna forma aquello la limpiara o la librara de algo, “¡Ay no! Si era el doctor el que abusaba de su hija” replicó ella, pobre de convicción. Gustavo detuvo en el aire la caja de cebollas que transportaba para responder con gritos susurrados a corta distancia, “¡Si eran los dos! ¡Si el investigador, don Clodomiro, lo descubrió y por eso el doctor se mató! ¡Y por eso su hijo, don Ignacio, se fue y dejó a su hermana aquí!” La vieja se apretaba y estiraba las mejillas con ambas manos, incapaz de digerir tal información, tan repentinamente proporcionada, “¡Por Diosito Santo! ¡Pero será posible!” “¡Es que no lo supo!...” le reprochó el hombre, alarmado, como si se tratara de una enorme irresponsabilidad cometida por la mujer, ésta se limitó a negar con la cabeza, espantada. Gumurria continuó, más tranquilo, como quien se sabe dueño de la verdad, “…Si así fue, si esa chiquilla no es lo que parece, ¡Es el Diablo vestido de señorita! No se extrañe de que ahora esté buscando a otros hombres… y encima, se disfraza muy bien, ¡Si su hermano la tuvo enfrente y no la reconoció, oiga!” ya había terminado de descargar y también le daba los últimos toques a su historia, “…Hay quienes dicen que la han visto metiéndose a la casa del nuevo doctor a mitad de la noche. Así como vamos, vamos a terminar igualito que Sodoma” concluyó, justo antes de asomar la cabeza dentro de la casa y despedirse del cura con un gritito amistoso, el cual hace un rato había acabado sus lentejas y esperaba pacientemente su café. Luego se despidió de la vieja y se montó en su carreta como si nada, mientras la pobre Guillermina no sabía cómo organizar toda esa información.

Cuando llegó Úrsula a casa del cura para dormir, pues aún no estaba debidamente casada y debía seguir usando su cuarto, Guillermina la esperaba como de costumbre, pero esta vez mirándola como asustada, la chiquilla le contó alegre y entusiasmada lo bien que había salido la visita a casa de sus padres y que ya tenían todo listo para visitar a los padres del doctor y que se había puesto muy nerviosa con todo eso pero Hugo (le daba todo el nervio del mundo llamarlo así) la había abrazado y la había tranquilizado. Y a todo eso la vieja no hacía más que asentir sin ganas y responder con sonrisitas hasta que Úrsula ya no pudo continuar, “¿Le pasa algo, Guillermina?” Guillermina quiso hablar, pero con todas las fuerzas de su alma se contuvo de mencionarle las terribles sospechas que le habían metido en la cabeza sobre Elena Ballesteros y sus posibles visitas nocturnas a casa del doctor, a la que, si antes repelía por haber sido capaz de apuñalar a un cura, ahora le parecía casi la encarnación del mal y a la que se le podía culpar de cualquiera de los males que caían sobre la tierra, porque un comportamiento como el suyo, era razón más que suficiente para incentivar y atraer las calamidades de todos los santos en el cielo, y muy en particular la de san Lorenzo, que no era precisamente famoso por su tolerancia. Sequías, pestes y hambrunas. Guillermina se santiguó mentalmente para no asustar a Úrsula que esperaba preocupada una respuesta, “No es nada niña, es que me ha estado doliendo un poco la cabeza y ésta sólo quiere que me meta pronto a la cama, es todo” dijo la vieja, simulando una aflicción inexistente “Métase a la cama entonces que yo le llevo un agua de manzanilla ahora mismo” replicó la muchacha parándose en el acto, servicial. La verdad era que a Guillermina no le dolía nada, pero aún así aceptó el té de buena gana. Ella había tenido una hija hace tiempo, de un hombre al que no volvió a ver nunca, la crió sola, trabajando como un burro, más que un burro, Amparo la llamó. A los dieciséis años la niña se murió de tos, duró un par de meses, ella quiso morirse también, pero la tos no se la llevó a ella, ni la tocó, aunque no se despegó del lado de su hija en todo ese tiempo, como si la condenada peste la hubiese evitado a propósito y se hubiese empeñado en llevarse sólo a su hija. Años después se casó y enviudó, pero por alguna razón, no tuvo más hijos que su Amparo. A su pesar, Úrsula le recordaba a ella, a su pesar porque no quería volver a pasar por lo que ya había pasado.


León Faras

domingo, 8 de marzo de 2020

Autopsia. Cuarta parte.


VIII.

“Hay algo muy importante para mí de lo que me gustaría hablarle, padre…” Comenzó diciendo el doctor Cifuentes, parado frente al escritorio del cura con el sombrero en las manos, con la actitud de un empleado que pretende conseguir un aumento de su salario, el padre lo miró cansado, parecía haber envejecido de pronto, como si algo o alguien le hubiese chupado parte de su energía vital, “¿Es por lo de usted y Úrsula, verdad?” A Cifuentes se le despegaron las cejas y se le aflojó la mandíbula, había estado practicando mentalmente por varios días y sus noches sobre cuál era la mejor forma de hablarle al sacerdote sobre su intención de casarse con Úrsula y ahora resultaba que él estaba al tanto de todo. El sacerdote adivinó la sorpresa en el rostro del doctor, “Guillermina me comentó el asunto…” explicó resignado, como quien se ve obligado a enterarse de cosas que en realidad no le incumben, “…ya sabe cómo es ella, y debo decir que me parece bien que consideren el sagrado sacramento del matrimonio antes de comenzar con una relación fuera de los mandatos de Dios… dígame, ¿Ya hablaron con sus padres?” Debía suponer que Guillermina no le había mencionado nada al cura sobre el embarazo, que por cierto, ya era un hecho médicamente comprobado. Era increíble lo fácil que le estaba resultando esto, “No, padre, aún no, pero tenemos planeado un viaje a casa de sus padres para esta misma tarde…” El cura se puso de pie con un esfuerzo mal disimulado, “Entonces podremos preparar todo para celebrar la ceremonia dentro de un par de meses” “Pensábamos casarnos dentro de dos semanas, si todos están de acuerdo, por supuesto” sugirió el doctor, inocente, el padre lo miró con un dejo de severa suspicacia, pero pronto su mirada de suavizó, como si hubiese sido incapaz de sostenerla, “Supongo que estará bien…” respondió el cura, saliendo de la habitación con un andar cansino.

Lucila estaba encantada, no sólo por el cambio de su hija que se veía radiante de felicidad y más madura que nunca, sino que también porque su yerno sería un médico. Ismael por su parte le restaba importancia a esto último, médico o no, le preocupaba que no se estuvieran aprovechando de su hija. Rupano fue a dejar a la pareja, donde, luego de un vaso de borgoña frío, se volvió. Allí el doctor tenía el terreno allanado, porque lo del embarazo no era ningún secreto, Úrsula no había tardado en confesárselo a su madre, lo que ésta ya sospechaba desde hacía días atrás, y entre ambas se habían encargado de suavizar la noticia para que el padre la tomara de la mejor forma. Al principio Ismael había pensado en retirar a su hija de inmediato de ese trabajo, el cual siempre le pareció una pésima idea, pero luego de enterarse de las intenciones del doctor de casarse con su hija, poco a poco había ido aceptando la idea, aunque con toda la precaución del mundo. Su hijo, Ismael Segundo, también lo veía todo desde cierta distancia y con recelo, no muy seguro aún de que si debía estrecharle la mano al doctor o golpearlo en la nariz. Dos semanas era un plazo de tiempo muy poco cristiano para organizar una boda, todo el mundo sospecharía lo del embarazo y las sospechas no tardarían en confirmarse, pero era mejor eso a esperar más tiempo y que la novia llegara al altar con una barriga indisimulable o una criatura en brazos, lo que era mucho menos ortodoxo, por lo que todos estuvieron de acuerdo. El siguiente paso era un poco más delicado para el doctor Cifuentes, presentar a Úrsula a su familia y hablarle a ésta del embarazo y de la boda. Ya les había mandado un telegrama para informarles que tomarían el tren a primera hora de la mañana. Antes de irse, Lucila acompañó a su hija a coger algo de ropa a su habitación y algunos artículos personales, el cuarto de Úrsula lucía renovado, los muebles habían cobrado vida otra vez con la habilidad del padre para la mueblería y las paredes se veían nuevas, repasadas una y otra vez con pintura de cal. Un ligero olor como a papel quemado se sintió en ese momento en la habitación, pero aquello no llamó la atención de las mujeres, un olor como ese podía venir de cualquier parte, de la cocina, del horno del patio o de cualquiera de los vecinos que quemaban cosas de forma habitual, sin embargo, antes de salir del cuarto de la muchacha, Lucila vio algo que llamó su atención y ensombreció su ánimo y su rostro, el que disimuló rápidamente para que su hija no se llevara una preocupación más, sin embargo, no le ocultó su preocupación a su marido. En cuanto Úrsula se fue, volvieron a la habitación de la muchacha, el olor a papel quemado era más intenso, Lucila señaló la pared, “¿Qué vamos a hacer, Ismael?” preguntó con el rostro contraído, aquel y su hijo, que llegaba más atrás, se miraron: la imagen de la Virgen de Lourdes lucía la marca negra de una cruz perfectamente dibujada en medio que se consumía en el papel, y que aún soltaba un ligero cordón de humo azulado. Bajo ésta, la pared lucía la misma marca de la cruz de madera ardiendo dentro del muro, “Trae el martillo y un cincel, hay que llevársela al cura, él sabrá qué hacer”

Encerradas en su cuarto, donde nadie les pudiera oír, Clarita le contó paso a paso y con el mismo tono de macabra clandestinidad con el que Gracia se lo había contado a ella, todo lo que había visto en la iglesia el día que a Cristo le rompieron los brazos, Elena lo escuchó con total atención, pero quedándose al final con la sensación de que parte de esa historia, ya la había oído antes, o una muy similar y se esforzaba por recordar más detalles de esa historia, la niña la miró boquiabierta, ¿dónde podía haber escuchado una historia semejante? pero la pregunta no era dónde, sino cuándo. “Era sólo una niña como tú, o tal vez algo más pequeña. Mi madre estaba enferma y solía comportarse diferente, como si jugara a ser otras personas pero pensando que las era en verdad…” Elena trataba de explicarse lo mejor posible para que Clarita comprendiera, ésta asentía sin apenas pestañear “…había una que a mí me daba mucho miedo, porque era la que más gritaba. No recuerdo su nombre, pero se parecía mucho a la de tu historia…” Elena no quiso entrar en más detalles de lo que recordaba frente a Clarita, que ya tenía suficiente con lo que su hermana le había narrado, pero lo cierto es que recordaba esos episodios de locura de su madre, los últimos antes de que muriera, como los peores, y en ellos aparecía con frecuencia la mujer que clamaba que sería quemada viva, que la pira estaba encendida para ella y para el hijo que llevaba en sus entrañas y que ambos eran inocentes cuya sangre no debía ser derramada así. Que la atrocidad y el horror se podían acallar pero no quemar. Elena no recordaba las palabras exactas, era sólo una niña que corría a esconderse cuando su madre tenía sus terribles ataques de locura, pero si recordaba las amenazas que ésta impartía sin piedad entre alaridos de dolor por el fuego que sólo ella podía ver y sentir y que ningún tratamiento médico podía calmar. Elena tuvo una idea en ese momento, tuvo sus dudas pero tal vez valdría la pena: su padre dejaba constancia escrita de casi todo, tal vez entre sus documentos encontraría algo sobre esa mujer.



León Faras.

martes, 3 de marzo de 2020

Autopsia. Cuarta parte.


VII.

A falta de Jacinto, el sacristán, que no se encontraba del todo recuperado moralmente como para acompañar al cura en sus avatares, había sido elegido un voluntario, un preso flaco y viejo de confianza llamado Josué, para cargar con el incensario, indispensable en todo sahumerio “…Aunque ande en valle de sombras de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo…” El padre Benigno pronunciaba su salmo en el momento en que él y su comitiva llegaban frente al “Agujero,” la habitación en la que había muerto el doctor Ballesteros. Cuando el cura se detuvo frente a la puerta, se dio cuenta de que todos los hombres se habían quedado rezagados un par de metros atrás, los miró incrédulo y severo. Josué, parado entre la comitiva y el sacerdote, con el pebetero estático, lo miraba con la devoción del perrito que espera a que el amo le lance las sobras de lo que come. Una mano emergió de entre el grupo de hombres que le seguía, señalando el cerrojo, “La puerta está abierta, padre…” Aurelio los hubiese puesto en su lugar con su dedo todopoderoso y su voz de dios griego, recordándoles que eran hombres y no una panda de plañideras, pero Aurelio no estaba allí, él se había declarado abiertamente intolerante a la verborrea bíblica, con todo el respeto y la honestidad que el cura apreciaba en él, y además, aseguraba que cosas raras se habían visto siempre en la prisión, que si no se había cagado encima la primera vez, no lo haría ahora y que si la mayoría de sus muchachos aseguraba no temerle a ningún hombre vivo, mucho menos deberían de temerle a un hombre muerto. Se había quedado en su escritorio, donde según él, tenía trabajo que hacer, y no había permitido que ninguno de sus muchachos, ni siquiera los que estaban de acuerdo con su postura, se zafara de los sahumerios del cura. Algunos presos tras sus celdas, también aguardaban expectantes y asustados a que la puerta se abriera. Benigno la empujó con la yema de los dedos, sin hacer apenas esfuerzo ni ruido, la habitación estaba oscura y fría, apenas iluminada por la claridad de una pequeña ventana, pero eso era lo normal “…Dios, sálvanos con tu nombre y con tu poder. Barre la maldad de estas piedras con tu aliento purificador. Dios te salve María, llena eres de…” el sacerdote se quedó callado en el umbral de la puerta, podía oír lejano un sonido que lo petrificó, en algún punto indeterminado de esa habitación, o imposible de determinar, un piano tocaba el Minueto de Bach, aquella no era cualquier pieza musical, era su pieza favorita del repertorio que su madre le solía tocar en el piano cuando era niño. Su madre era una diminuta mujer pálida y delgada de aspecto frágil, pero tan obstinada que, según repetía constantemente su padre, jamás se podría ir al infierno porque era capaz de llevarle la contraria al mismísimo Diablo, nada la podía hacer cambiar de idea, ni los mejores argumentos, ni la rabieta más efusiva, ni siquiera las amenazas de una golpiza. Nada. Su padre era un gigante magro, duro como un árbol viejo, que se llevaba todo el día gruñendo sin llegar jamás a morder a nadie, de él había heredado Benigno la parquedad y sobriedad férrea hasta el punto de la tacañería. Y su altura. Éste era el quinto hijo, el tercero nacido vivo y el único varón. Así de obstinada era su madre, quien a pesar de su pobre corpulencia y escaso vigor, ya había decidido que tendría un hijo sacerdote y había sobrevivido, hecha un trémulo manojo de huesos, para ver su sueño cumplido. Su padre había muerto dos años antes de, según el diagnóstico médico, muerte repentina. Sin avisos, sin quejidos, sin razón aparente, como si se le hubiese caído la vida por el agujero de un bolsillo roto, sólo amaneció muerto, sentado en su sillón frente a las ascuas de su chimenea, con los ojos aún abiertos, una taza de té sin acabar y la biblia en la mano. Esto era lo más extraño: era su madre quien siempre leía la biblia, no él. El padre había declarado con orgullo y total convicción a los cuatro vientos, el día en que vio su primer hijo varón, que éste pertenecería al ejército, que sería un hombre de armas, pero que su hijo no sería carne de cañón, sería un oficial que con el tiempo llegaría a general, a comandante o a héroe. Su madre hizo lo mismo, pero sólo la escucharon quienes estaban más cerca: su hijo sería sacerdote. Benigno, inculcado por su padre, toda su infancia y parte de su adolescencia soñó con ser soldado, con manejar armas, con guiar ejércitos, pero nada de eso sirvió al final, en el fondo se su corazón, padre e hijo sabían que eran sólo sueños. “Beni, por Dios ¿Te has peleado otra vez?” El agujero olía a liebre desollada, a ajo y albahaca. La empleada de su casa era la única que le llamaba Beni, su cocina siempre olía así, y también sus manos. A ella recurría cada vez que tenía una riña con otros chicos, a menudo mayores que él debido a su altura, lo que era una o dos veces por semana, los muchachos adoraban las peleas a puñetazos y Benigno era fácil de provocar. La empleada lo limpiaba y le remendaba la ropa para no darle disgustos a su madre, su padre por otra parte, no decía nada, apoyaba las pendencias de su hijo clandestinamente. La causa de las peleas era casi siempre la misma, en ese aspecto, los otros chicos no eran nada creativos: sus hermanas. La belleza de la mayor y el color de piel y cabello, ligeramente más oscuro que el resto de la familia de la del medio, lo que daba pauta para que los muchachos insinuaran que era hija de la empleada, lo que era un embuste descarado, pero siempre válido para generar una buena pelea. “¿Dejarás que te manipulen toda la vida, Benigno?” La voz de Elisa sonó enojada, sonó dentro de su cabeza. La hija del herrero había sido siempre su mejor amiga, de pequeños pasaban días enteros atrapando bichos y luego nadando en el lago, ya de grandes sólo hablaban, paseaban y se besaban a escondidas. Se querían, ella era capaz de controlar su carácter, lo amansaba, le enseñaba que no debía darle importancia a lo que los demás dijeran o pensaran, que sólo lo hacían para enfurecerlo, manipularlo y siempre lo conseguían. Él le prometía que junto a ella no le importaba nada lo que los demás dijeran o pensaran, ella le decía que no podrían estar juntos, porque sus padres no la veían con buenos ojos, él le respondía que si era necesario, huirían juntos, de todo y de todos, ella sólo lo abrazaba y se quedaba con la oreja pegada a su pecho oyendo los latidos de su corazón. El sonido de un cristal estrellándose contra el piso exigió su atención, era su taza de café el día en que le dijeron que en su ausencia de dos días, Elisa y su familia se habían mudado muy lejos, su padre, el herrero, había conseguido una oferta de trabajo en la compañía de ferrocarriles, imposible de rechazar, de hecho, era una oferta estupenda. Mucho tiempo después, ya a punto de convertirse en cura, Benigno se enteraría de que su padre había movido influencias para ello y que la idea había sido de su madre. Nunca más volvió a ver a la muchacha y con el tiempo sólo fue convenciéndose a sí mismo de que no era nadie para contradecir la voluntad de Dios, que ése era el lugar que Éste había elegido para él, y que no había nada que se pudiera hacer. “¿Padre? ¡Padre! ¡Benigno!” Cuando el padre Benigno volvió a la realidad, era sacudido por los hombros por Aurelio que lo miraba alarmado, “¡Y quién diablos es Elisa!”. La botella de agua bendita se había hecho trizas y Josué lo miraba angustiado, con el pebetero en el suelo, estrujándose las manos, como una madre que ve como su hijo se ahoga y es rescatado. Él había dejado todo tirado y partido corriendo a buscar a Aurelio, quien roncaba en su asiento, para que se hiciera cargo de la locura que estaba poseyendo al padre momentáneamente. Benigno no se recuperaba del todo, había vivido todo eso como un vívido sueño que lo había abstraído de la realidad y llevado al pasado sin que hubiese sido capaz de resistirse. Tenía sudor en la frente y lágrimas en los ojos. “Será mejor que se vaya, padre, ha sido suficiente incienso por hoy” le dijo Aurelio, muy en serio, quien había llegado a asustarse al ver señales de locura en los ojos del sacerdote, éste quiso disculparse pero el guardia insistió, “No es una sugerencia, padre.” Nadie había visto ni oído nada raro, el cura por si solo había comenzado a comportarse muy extraño, como un poseído que en su cabeza está en otro lugar y con otras personas. Ahora nadie lograría tranquilizarse después de esto y ninguno de los guardias querría acercarse al Agujero, por miedo a perder la cordura. El sahumerio había resultado un desastre.



León Faras.

domingo, 23 de febrero de 2020

Autopsia. Cuarta parte.


VI.

Dos días después del incidente, fue retirado el Cristo roto, y pasarían muchos días más antes de contar con uno nuevo para la iglesia, no era sencillo ni era barato conseguir uno nuevo. La cruz de madera, al menos quedó en su sitio, lucía desnuda con una mancha pálida en el centro, como el ánima lívida de su antiguo morador, el cual había sido retirado porque representaba un gran peligro para cualquiera que tuviera que estar parado bajo él. Por supuesto, no hubo nadie con las agallas suficientes como para destruirlo y desecharlo, así que la figura de yeso fue relegada a la oscura y polvorienta bodega de la iglesia a hibernar por tiempo indefinido junto con otros muebles y artículos de iglesia abandonados allí. El padre Benigno se preparaba para cumplir su promesa a Aurelio, pero no pensaba hacerlo gratis si podía reclutar fieles en ese lugar. De todos los guardias de prisión, al único que había visto en su iglesia, al menos un par de veces, era a Pedro Canelo, un hombre que, se sabía, leía la biblia y era temeroso de Dios. Del resto, a ninguno, nunca y ni hablar del sacramento de la confesión. Su jefe debía dar el ejemplo. Cuando le dijo esto a Aurelio, éste reaccionó como si le estuviera cobrando un “ojo de la cara” por algo que claramente no lo valía, “Pero padre, si aquí nadie tiene tiempo libre, los muchachos ni ven a sus familias, los que la tienen, si estamos tan presos como los mismos presos. Los muchachos sólo ansían algunas horas libres a la semana para emborracharse y buscar el calor y los favores de alguna mujer dispuesta a soportarlos…” El sacerdote respondió accionado por un resorte, “¡Lo ve! ese tipo de vida que llevan, de pecado y tinieblas, permanentemente alejada de la guía de Dios, es la responsable de que en este lugar, ni los muertos puedan descansar…” Aurelio rió cínico, “Pero padre, no puede ser tan duro y condenar a esos pobres muchachos así, no ve que son hombres que aún son jóvenes y que necesitan desahogar sus pasiones, o de lo contrario pueden quedar tarados, además, lo del sagrado vínculo del matrimonio, padre, es imposible para cualquiera en este trabajo, ¿Qué mujer va a aguantar a un hombre que no duerme nunca en su casa? ¡Ninguna! ¡No lo voy a saber yo! Que estaba casado y tenía dos hijas pequeñas que ahora ya deben de ser mujeres y desde que llegué aquí, no supe más de ellas… simplemente se desvanecieron con el paso del tiempo… hasta desaparecer” Aurelio se había ensombrecido y había bajado el tono de la voz, había removido algo dentro que no solía remover, “Dios… Ya son más de diez años de eso…” agregó. Las ansias de defender su punto de vista del padre Benigno también se habían disipado, “¿Cómo se llamaban, Aurelio… sus hijas?” preguntó el cura, el guardia lo miró derrotado, como un viejo samurái que ha perdido su combate y ahora sólo espera ser ejecutado, “No se moleste padre, hace mucho que ya no viven aquí… una era Beatriz, la mayor… y la otra, mi pequeña Lidia…”Con esta última, Aurelio, rebosaba de ternura en la mirada, cargada de recuerdos. El cura ni siquiera las conocía, veinte años era mucho tiempo. De pronto Aurelio pareció recomponerse y recuperar la postura para volver a la carga, y terminar con la negociación “Está bien, padre, arreglaré que los muchachos asistan a misa al menos una vez al mes, pero ni hablar de obligarlos a confesarse o usted y yo vamos a necesitar toda una vida para eso, ¡Se lo aseguro!” Benigno asintió pensativo, luego pareció recibir un nuevo aire, “El pecado no es más que una gran bolsa llena de rocas con las que debemos cargar a donde quiera que vamos, incómoda y pesada. La confesión nos hace libre de ese lastre. Es un alivio para el alma” Para el cura, Aurelio era un hombre inteligente, aunque siempre insistía en estar cubierto de una capa de grosería y vulgaridad, como una caparazón, tal vez una técnica de supervivencia para el medio hostil en el que debía subsistir, “Le reconozco sus buenas intenciones, padre, pero ya debe saber que aquí hay suficientes piedras como para construir otra prisión igual a esta, y para serle honesto, yo prefiero guardarme las mías bien adentro, aunque después tenga que mearlas. Dios sabe lo que he hecho y por qué lo he hecho, no creo que contárselo ahora sirva de algo…” “Tiene usted razón, Aurelio…” convino el cura, para la sorpresa del guardia, “…no hay nada nuevo que podamos contarle a nuestro Señor que Él ya no sepa, pero no olvide que hay sentimientos como la culpa o la tirria, que se enraízan en el cuerpo y envenenan la sangre de un hombre hasta destruirlo y condenarlo, y sólo porque sienten que no hay nadie en el mundo dispuesto a escucharlos y perdonarlos. Ése es mi trabajo, Aurelio, oír a los arrepentidos y recordarles que también son hijos de Dios y que el amor del Padre eterno es incondicional y para todos… aunque a veces, sólo con oírlos es suficiente” Aurelio asintió riendo por la nariz, “Está bien, padre, tal vez un día de estos, antes de que me muera, le contaré un par de buenas historias sobre un Aurelio muy diferente del que ya conoce” El cura también esbozó algo parecido a una sonrisa, “No dude en avisarme cuando llegue ese día, Aurelio” Entonces, el sacerdote se colgó su estola al cuello, luego de besarla, cogió la botella de agua bendita y su biblia y se dispuso a hacer su trabajo. En los pasillos los hombres le esperaban con los fusiles en la espalda y las gorras en la mano, en actitud humilde, algunos sostenían una biblia con la que no sabían bien cómo interactuar, los presos cercanos hincaron la rodilla junto a los barrotes de sus celdas al ver llegar al padre para alcanzar su bendición, “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto no temeremos, aunque la tierra sea removida…” Y comenzó a salpicar agua bendita en todas direcciones.

Realmente le habían afectado las palabras de Guillermina al doctor Cifuentes, llenándole la cabeza de fantasmas que no lo dejaban concentrarse en el día ni dormir por la noche, sin poder descifrar exactamente lo que la mujer sabía y le había querido decir. Pero más le afectaba la aparente naturalidad de Úrsula, que ya comenzaba a verla como actuada y que en todo momento le parecía estar a punto de decirle algo, o tal vez esperando a que él le dijese algo, y es que de tanto pensar, ya no sabía qué pensar, estaba acorralado por ese sentimiento terrible de que si habla, estará errado en sus sospechas y terminará asumiendo su propia culpabilidad gratuitamente. Cuando Úrsula fue a su estudio de trabajo a anunciarle que la comida estaba lista, él decidió actuar como un hombre, pero como un hombre cauto, con toda la prudencia del mundo, aunque le tomara todo el día, “Quiero hablar con usted, Úrsula, pero me gustaría mucho que nuestra conversación quedara entre los dos, ¿Comprende?” Úrsula se sentó con las manos y los pies juntos, muy recta. Asintió. “Me gustaría preguntarle, cómo se ha sentido… es decir, físicamente” Úrsula lo miró con una mezcla de duda y decepción. El doctor comenzó siendo tan ambiguo que incluso a él le molestaba, “¿Se refiere a las náuseas del otro día? Pues no he vuelto a sentir náuseas…” Respondió la muchacha con inocencia infinita, sin entender realmente por qué una pregunta como esa debía quedar entre los dos, mientras Cifuentes se preguntaba si ella sospecharía en algún momento a dónde quería llegar. Lo cierto es que en poco tiempo lo absurdo de la charla llegó al punto en el que Úrsula comenzó a sentirse tratada como una tonta o a sentir que estaba siendo interrogada por uno y debió pedirle al doctor que por favor dejara de dar rodeos, entonces el doctor se puso de pie, se masajeó el rostro, se refregó la frente, dio dos pasos de ida y dos pasos de vuelta para finalmente armarse del valor suficiente para soltar la gran duda que lo atormentaba, “¿Está embarazada usted, Úrsula?” La muchacha abrió los ojos tanto como pudo, “Doctor, eso usted debería saberlo, ¿no?” y luego ocultó la mirada en el suelo. Cifuentes no lo sabía, ¿Cómo lo podía saber? Como doctor, no le había hecho ningún examen, y como hombre, no estaba seguro de con quien había estado durante la noche de San Lorenzo, y ella no parecía otorgarle ni una sola pista, podía percibir la mano de Guillermina en las palabras de la muchacha, ella la había adiestrado bien en lo que debía responder. Ya había comenzado a ser directo y seguiría siéndolo. Se puso de rodillas y tomó la mano de la muchacha, “Perdóneme Úrsula, pero no lo sé, y no sé por qué dice usted que debería saberlo” Admitió. Fue tan honesto en sus palabras que casi se sintió desnudo, la chica lo miró con compasión y ternura, como si el hombre más feo del mundo le estuviera pidiendo a la mujer más buena, que lo ame. Ella también decidió ser honesta, “Porque sólo con usted he estado… aunque usted no lo recuerde” Cifuentes se quedó de piedra, sin saber si asustarse o saltar de alegría, “En la noche de San Lorenzo, ¿verdad?” preguntó ilusionado, el rostro de la chica se iluminó, “¡Lo recuerda! para mí fue como un sueño” Literalmente. El doctor se puso de pie sólo para derrumbarse sobre la silla, para él también había sido como un sueño, tanto, que todo ese tiempo había estado pensando que nada había sido real. Úrsula no cabía en sí de alegría, el doctor se sentía por fin liberado de un peso enorme. Deberían confirmarlo, pero el embarazo era casi un hecho, luego de eso, y ambos ya lo sabían, deberían casarse.



León Faras.

sábado, 15 de febrero de 2020

Autopsia. Cuarta parte.


V.

Los domingos, luego de la misa, era el día en que Úrsula se iba junto a su familia a pasar el resto del día en casa, y el doctor Cifuentes iba a comer junto con el padre Benigno, “Hola Guillermina, ¿Cómo está?” Saludó cordial el médico cuando le abrieron la puerta, la mujer no mostraba ningún entusiasmo con la visita, es más, tenía el rostro avinagrado, como cuando uno sabe que no le queda más remedio que soportar la presencia de un indeseable, “¿Yo? bien…” respondió sin ganas, el doctor mordió el anzuelo, preocupado “¿Guillermina, le pasa a usted algo?” La vieja miró a su alrededor para cerciorarse de que el cura siguiera encerrado en su despacho, “Yo estoy bien, de la que debería preocuparse más, es de la Úrsula” El doctor no acababa de comprender la forma de comportarse de la mujer, “¿Es que a Úrsula le ha sucedido algo malo?” La vieja lo agarró de la chaqueta para acercársele, amenazante, el doctor atinó a retroceder, “Usted mejor que nadie sabe lo que le pasa a esa chiquilla, doctor, y conoce muy bien la responsabilidad que le toca…” le cuchicheó al oído. El doctor Cifuentes era incapaz de cerrar la boca, “¿Ella le ha dicho algo?” preguntó ansioso, la vieja retrocedió triunfante, ya lo había doblado y se lo había metido en el bolsillo del delantal al pobre doctor, “Nada que usted no sepa ya, doctor…” luego se acercó a la puerta del despacho del cura para darle dos golpecitos suaves, “Padre, todo listo para que venga a comer…” y luego dirigiéndose al doctor con un rostro totalmente renovado y cínicamente amable, agregó “…siéntese doctor, de inmediato le traigo la comida”

“Habrase visto algo así antes” protestaba Tata, al mando de su carreta, luego de su visita a la iglesia con su familia, “¿Quién habrá sido capaz de semejante barbarie?” se lamentaba a su lado Lina, “Tal vez sólo fue un accidente, ¿quién querría romper el crucifijo de la iglesia para nada?” suavizó el tema Elena que viajaba sentada atrás, buscando la alternativa menos hostil, Clarita a su lado, en cambio, que siempre tenía las palabras atragantadas y la risa a flor de piel, esta vez iba muda, cabizbaja y con la vista pegada en el camino que se alejaba bajo sus pies, lo cual era suficiente para preocupar a cualquiera que la conociera, “¿Te pasa algo, estás enferma?” preguntó Elena, acercándose a ella y abrazándola por los hombros, la niña la miró y negó con la cabeza, “Es Gracia…” respondió con un murmullo, Elena quiso saber qué le pasaba a Gracia pero Clarita la silenció con un dedo en los labios, dándole a entender que no quería ser oída por los abuelos, la niña buscó la oreja de la muchacha, “…nunca la había visto así, estaba tan asustada” Elena no entendía nada, “¿Gracia, asustada? ¿Pero por qué?” la niña miró atrás, los viejos llevaban su propia conversación en el asiento de adelante, “Creo que había alguien allí, alguien feo y malo… ¿Por qué habría alguien así en la iglesia?” Elena intentaba armar un rompecabezas en su mente con tan solo dos o tres piezas, “Es que… yo no vi a nadie así, eran sólo las personas del pueblo, no entiendo de qué…” Clarita la interrumpió agitando las manos y la cabeza, “No, no era una persona, Gracia no le teme a las personas…” Elena quiso saber qué era entonces o qué aspecto tenía, pero la niña le dijo que su hermana no había dicho nada antes de salir huyendo. Gracia había corrido de la iglesia asustada en cuanto llegaron y ahora no sabía dónde estaba. “Si no era una persona, entonces qué cosa era…” se preguntaba Elena. La niña había logrado contagiarle la preocupación. Al llegar a casa y apenas liberadas de su ropa de domingo, Elena partía a buscar agua fresca para la comida, mientras Clarita recogía algunas hierbas; Tata cortaba trozos de leña y la vieja Lina pulverizaba los cristales de sal más grandes con su mortero de piedra paras sazonar su comida. Desde los riachuelos que descolgaban el agua desde la montaña, Elena podía ver el columpio de Clarita en el viejo árbol sobre la loma que se mecía suavemente, lo más seguro es que fuera por la brisa, pero la muchacha no podía evitar pensar en Gracia cada vez que lo veía moverse solo, de haber visto algo feo, ese era un buen lugar para limpiar los ojos y la mente, pensaba. Cuando se dio la vuelta con su cubeta llena de agua, Clarita estaba allí, parada en silencio con la vista en la cima de la colina, muy seria y con unas ramitas de menta y romero en la mano, “Es Gracia sobre el columpio, ¿verdad?” afirmó Elena con cierta seguridad en su cara, la niña negó, su hermana estaba sentada en el suelo, bajo el árbol, Elena agregó sin voltearse a mirar algo que sabía que no podría ver “…ve a hablar con ella, luego me cuentas…” y se fue con las ramitas de menta y romero y el balde de agua. Lina, a pesar de su avanzada miopía, no era ciega para notar los cambios de ánimo de la niña, se lo comentó a Elena cuando ésta llegó con las hierbas, la muchacha la tranquilizó con la verdad, que la niña estaba bien, sólo preocupada por su hermana imaginaria. Sabía que la vieja Lina se lo tomaría como algo sin real importancia, una niñería propia de una pequeña como Clarita. Elena fingió pensar lo mismo.

Gracia estaba sentada bajo el árbol abrazada a sus rodillas y con la vista a la inmensidad del valle, estaba tranquila, muy seria, hasta parecer enojada, como siempre, pero tranquila, Clarita llegó mirándola con preocupación y con las manos en la cintura, “¿Ya estás bien?”Su hermana asintió con un leve movimiento de la cabeza, taimada, como si hubiese sido severamente regañada por sus padres, Clarita se sentó a su lado, eran como dos gotas de agua, “No es bueno que te guardes esas cosas, cuéntame, ¿Qué fue lo que te pasó en la iglesia?” “Un sueño real… una pesadilla” respondió la niña invisible, tratando de escoger sus palabras, su hermana arrugó la nariz sin entender,  “¿Cómo? No te entiendo, Gracia” Gracia suspiró, frustrada “Era como, un gran fuego en el altar, una hoguera en la que estaban quemando algo que arrojaba mucho humo negro, pero el humo no se iba, ¿entiendes? como que se iba hacia dentro…” Clarita asentía con el ceño enormemente apretado, lo que no le daba demasiada confianza de estar comprendiendo algo a su hermana, pero aun así ésta continuó, “…bueno, llegó un momento en el que el humo, apretado como un puño, estalló…” y la niña apretó su mano y luego la abrió de golpe para ilustrar su visión, “…estalló en una gran nube de polvo negro y ceniza que comenzó a caer, se veía muy bonito, parecían pétalos de ciruelo llevados por el viento e iluminados por rayos de sol, pero dentro había una mujer…” Gracia en esta parte, parecía estar contando una historia de terror, de esas que se cuentan en las noches de campamento, pero no era ninguna historia, ni tampoco había ningún campamento, su hermana ahora la oía a través de los ojos y la boca, “…al principio pensé que era un ángel, porque tenía un hermoso par de alas doradas, pero luego me di cuenta de que no eran alas, sino que era fuego sobre su espalda, era ella quien se quemaba” Y Clarita alejaba el rostro como si pudiera sentir el calor y el dolor, “…era joven y hermosa, ¡Y estaba esperando un hijo! Comenzó a moverse hacia mí sin pisar el suelo, desprendía trozos de su vestido como hojas secas, sus pies estaban negros y se podían ver sus huesos…” Clarita ya no podía ni pestañear, Gracia estaba inspirada, “…sus manos estaban bien, como su cara, pero a medida que se acercaba, todo se le iba rostizando hasta los huesos. Me miró, y su rostro era como el de una mujer, tan real como cualquiera, ¡Ella me veía! y creo que me hubiese podido tocar también si hubiese querido…” Clarita no parecía estar disfrutando de la historia, pero no podía dejar de oírla, Gracia usaba todos sus recursos plásticos para narrar. Se apuntó a la cara con ambos dedos índice “Sus ojos eran de distinto color, cuando llegó a mi lado ya no me miraba a mí, sonreía mientras su rostro comenzaba a quemarse sin fuego, sus ojos desaparecieron y su boca se abrió tanto que parecía que iba a salir algo de adentro. Entonces corrí” Clarita estaba muda, Gracia volvió la vista al horizonte de nuevo, “Ahora que lo pienso, no era a mí a quien buscaba. A quien veía y sonreía era a Úrsula…” Concluyó.



León Faras.

lunes, 10 de febrero de 2020

Autopsia. Cuarta parte.


IV.

Jacinto Ulmo era un hombre de veintinueve años con la madurez e inteligencia de un niño de doce, se dedicaba junto a su madre, Rosa Ulmo, a la cría de cerdos y, con profundo orgullo de ésta, las oficiaba de sacristán en cada misa del padre Benigno. Corría descalzo por los campos dos kilómetros cada vez que le tocaba misa, en realidad, casi siempre andaba descalzo y corriendo, excepto dentro de la iglesia. El padre Benigno le había regalado un par de zapatos que Jacinto se sentía obligado a usar como un sacrificio para agradar a Dios, un sacrificio molesto y a veces doloroso que lo domesticaba y lo contenía en cierta forma. Luego de cada ceremonia los limpiaba cuidadosamente, los guardaba y volvía a casa con sus pies liberados, feliz sólo de poder correr como sólo los niños pueden serlo. Por lo general siempre llegaba antes que el cura, o como mucho un par de minutos después. Ese domingo llegó dos segundos antes, vio al sacerdote desde lejos y aceleró la carrera para pasarlo en el último momento con una risa idiota inundada de baba, el cura se preguntaba cómo un par de zapatos podía cambiar tanto a una persona. No alcanzó a decirle nada, tampoco es que hubiera servido de mucho, entró resignado a su oficina a alistarse para dar la misa mientras su sacristán preparaba todo para abrir las puertas de la iglesia y tocar las campanas, pero ese día no hubo campanadas, lo único que se oyó fue el grito agudo de Jacinto alargado por la bóveda del templo, el sacerdote dudó unos segundos pero luego decidió investigar, el muchacho a veces soltaba gritos así, sin mucho sentido, pero nunca dentro de la iglesia, y esta vez le pareció que no era un juego, al llegar allá, encontró al muchacho aterrado, santiguándose compulsivamente con los ojos húmedos y los mocos hasta la boca. Sus pisadas habían dejado huellas en el piso. Todo se cubría poco a poco de ceniza que caía como nieve, incluso Jacinto, todo, menos el medio círculo donde se encontraba el altar, y la figura de yeso de Cristo crucificado, el cura levantó la vista y también se persignó apretando el ceño y despegando los labios. El Cristo tenía los brazos descuajados por los hombros, sostenidos sólo por su esqueleto de alambre retorcido de su interior, mientras que sus pies estaban quebrados y pendían separados de la cruz de madera, como si un gran peso se hubiese posado sobre sus hombros hasta hacer colapsar la estructura, “Jacinto, ¿Quién hizo esto? ¿Tú lo viste?” Jacinto negó con la cabeza mientras se sobaba la cara como si lo acabaran de abofetear. No había más huellas que las de él en el piso y éstas también comenzaban a desaparecer. Un gritito contenido por un suspiro de impresión llamó su atención y el cura se volteó a la entrada de la iglesia, allí estaban paradas Guillermina y Úrsula, las primeras en llegar como siempre, esta última se cubría la boca en forma de “o” con la mano al ver el Cristo roto. Los feligreses comenzaban a llegar, con o sin campanadas. “Esto es como lo que sucedió en tu casa, ¿No es cierto, niña?” preguntó muy confidencialmente la vieja a la muchacha, ésta sólo la miró con los ojos muy abiertos, como si acabase de leerle la mente. El doctor Cifuentes también llegaba en ese momento. “Muy bien, todos adentro, pasen. Jacinto, trae algunas escobas… ¡Jacinto!” aulló el cura mientras invitaba a la gente a entrar con suaves palmadas en la espalda, “Hijo, ve a tocar las campanas. Que nadie se quede en casa” le dijo a un muchacho parado en la puerta, “¿Qué ha pasado?” preguntó Cifuentes, el cura lo animó a sentarse, “…ya hablaremos”

Entre todos los que estaban, barrieron la ceniza y la limpiaron de los asientos. Poco a poco, y como era de costumbre, la iglesia se llenó de gente que, unos antes, otros después, se horrorizaban al ver al Cristo fracturado y no paraban de cuchichear sobre el tema con los vecinos, hasta que el cura aclaró la garganta para hablar circunspecto. Habían sido víctimas de un atentado en la propia casa de Dios, un ataque sin nombre, una ofensa deleznable para todo buen cristiano, cuyo autor merecía como mínimo, la excomulgación, “…pero el amor de Dios es inmenso, y Él siempre ofrece una salida hacia el perdón, luego de la contrición y el arrepentimiento, por lo que le daré una semana al culpable para que se acerque al confesionario y confiese su pecado al Dios Padre y juntos buscaremos una solución” Nadie se acercaría al confesionario en los próximos días temeroso de ser tachado por la comunidad de sospechoso de aquel acto de herejía. “¿Y toda esa ceniza, padre, de dónde salió?” preguntó Ismael, sentado en la primera fila junto a su mujer y sus hijos, él era portavoz de lo que toda su familia sospechaba, que aquello no había sido hecho por la mano de un cristiano, sino que estaba más cerca de lo que habían vivido en su casa, en la habitación de Úrsula, el padre Benigno entendía aquello perfectamente, “No lo sé Ismael, pero seremos prudentes y esperaremos unos días antes de aventurar conclusiones” No hubo ceremonia ese día, sólo repartió bendiciones para todos luego de su discurso y despidió a sus feligreses llegada la hora. Fuera del templo un hombre le esperaba, uno que nunca había asistido a ninguna de las misas del padre Benigno, Aurelio. Éste, una vez se alejaban todos, vio pasar por su lado a Jacinto caminando descalzo con la vista en el suelo, el guardia lo siguió con la mirada apretada hasta donde pudo su cuello, como a un bicho demasiado raro al que es muy difícil clasificar, pero el muchacho, taciturno y amargado, no le prestó ninguna atención y jamás echó a correr. El cura tampoco salió a despedir a sus fieles a la puerta, lo que le pareció aún más extraño, al asomarse dentro, la iglesia estaba vacía, de inmediato llamó su atención la imagen del Cristo roto. Cuando el padre volvió al templo para cerrar todo, pues había despachado antes a Jacinto preocupado por él, encontró a Aurelio parado en el altar estudiando desde abajo la figura de yeso, “Sus manos son mucho más frágiles, ¿Cómo es que se quebró por los hombros, mucho más macizos?” “Salga de ahí, hombre, no vaya a desprenderse un trozo de yeso sobre su cabeza” Recomendó el cura, sin saber realmente cómo responder a la pregunta, Aurelio miró con desconfianza el rostro angustiado de Jesucristo que parecía estar viendo algo terrible en algún punto indeterminado del cielo de la iglesia, y se alejó un par de pasos, “¿Qué diantres le pasó al caballero, padre?” dijo el guardia, sin quitarle los ojos de encima al crucifijo, el sacerdote lo reprendía con la mirada, “Modere su lenguaje, Aurelio por favor, está en la casa de Dios, no en su prisión…” Aurelio hace mucho que no estaba dispuesto a tener que modificar en nada su forma de ser o de expresarse, estuviese donde estuviese, pero aceptaba que allí era quizás, la única excepción, por eso es que no asistía nunca a la iglesia, “Perdone, padre…” respondió con ese disgusto mal disimulado de los hampones, el cura continuó, “…amaneció así hoy, supongo que algún maleante sin respeto por nada irrumpió en nuestra iglesia durante la noche para…” “¿Encontró alguna puerta abierta, alguna ventana rota?” lo interrumpió el guardia, Benigno se vio obligado a negar de mala gana, pues incluso para él la teoría del maleante no se sostenía, pero eso era lo que quería pensar, “…o tal vez se rompió solo, por la calidad del material o la temperatura… esas cosas pasan” concluyó el sacerdote, incómodo. Aurelio lo observaba asintiendo en silencio, con esa expresión en el rostro reservada para los locos y los idiotas, “Claro que sí, padre. Bueno, yo venía porque quería pedirle un favor… bueno, en realidad, los muchachos me pidieron que viniera. Ya sabe como son…” Y pasó a explicarle lo que todo el mundo ya sabía o al menos sospechaba, que en lugares como la prisión suelen suceder cosas extrañas, se ven y se oyen a veces cosas que no tienen explicación y a las cuales uno termina acostumbrándose, “…pero últimamente, desde la muerte del doctorcito, los chicos andan un poco más saltones que de normal, ¿me entiende? y nadie duerme tranquilo cerca de ese cuarto donde él murió, dicen que hace frío y que se escuchan cosas… ¡Si cosas se han oído siempre! pero los muchachos andan nerviosos y quería pedirle si usted pudiera darse una vueltita por allá, con sus rezos y sus inciensos para dejar tranquilos a los chicos y volver a la normalidad” Debía de ser muy malo, pensó el sacerdote, aquella era la primera vez que le pedían eso desde la prisión, y para hacerlo, Aurelio había ido a su iglesia en persona, aunque lo hiciera con los mismos modos de estar pidiéndole plata prestada a un compadre. El cura asintió, “No se preocupe Aurelio, dígale a sus muchachos que iré a la brevedad” Aurelio se fue conforme, “Gracias padre ¡Ah! y si averiguo algo sobre su maleante, se lo haré saber…”



León Faras.

martes, 4 de febrero de 2020

Autopsia. Cuarta parte.


III.

Desde hacía ya un tiempo, todos miraban a Elena con una mezcla de miedo y compasión, sobre todo, desde la muerte de su padre y desde que ella había comenzado a dejarse ver en el pueblo con más frecuencia. Lo notaba especialmente cuando iba a misa, donde la miraban como al perrito apestado y hambriento al que todos quisieran ver mejor, pero al que nadie quiere acercarse por miedo a contagiarse algo. Era la hija del doctor caído en desgracia, física, económica y moralmente, cuya familia se había desbaratado por un lado y repudiado por el otro, sus dos padres habían enloquecido hasta el punto de quitarse la vida y ella, de ser la señorita del pueblo, admirada por todos, ahora no se veía diferente de cualquier campesina, esto último a Elena no le importaba, pero para la gente común, era un cambio demasiado grande, y para peor. Y encima, se hacía acompañar a todas partes por esa niña que evidentemente estaba mal de la cabeza, Clarita. No sería nada raro que ella también estuviera enloqueciendo, como una especie de herencia familiar. La locura y el suicidio, eran como el resultado de una enfermedad infecciosa que había aparecido de pronto llevándose varias víctimas, todas relacionadas de alguna manera con su familia, la última había sido su padre, el doctor Ballesteros, pero la primera, que todo el pueblo recordaba por el impacto que había causado en su momento, había sido Diana Ballesteros, su madre.

Diana Ascalante era el nombre de soltera de la mujer del doctor Ballesteros, una joven  que brillaba en todas partes por sus hermosos e inusuales ojos celestes y su piel blanca, la hermosa hija única de un próspero y conocido inmigrante que comerciaba con telas y zapatos. Se casó muy joven con un hombre que casi le doblaba en edad, pero se casó enamorada, pues el joven doctor Ballesteros era un soltero codiciado, de buena familia y con una profesión respetada, aunque, y pronto lo sabría, se trataba de esos enamoramientos superficiales, sin enjundia, de esos que entran por la vista como un rayo de luz y desaparecen en cuanto los ojos se acostumbran. Al cabo de un año tuvieron su primer hijo, una bendición a la que llamaron Ignacio, el primogénito destinado a seguir la profesión de su padre, la felicidad y el orgullo personificado, sin embargo, la vida pronto demostró lo ondulante de su naturaleza, y todo lo que parecía ascender hacia la gloria, dos años después, cuando Diana apenas cumplía los veinte, y hace cuatro meses que llevaba en su vientre a su segundo hijo, en este caso una niña a la que llamarían Elena, de pronto comenzó a ir en picada. 

Diana a los doce años conoció a un chico de su edad llamado Efraín Varas, hijo de un buen amigo de su padre dueño de un restaurante, con el que empezaría a asistir al mismo colegio, un chico aficionado a la lectura y a lo oculto, estaba convencido de que había fuerzas en el universo con las que se podía manipular casi cualquier cosa en la vida, sólo había que saber cómo acceder a ellas y como accionarlas a nuestro favor, había recibido tal certeza como una revelación el día en que dedicó toda una tarde a dibujar en una hoja de papel a sus seis amigos con los que organizaban juegos todas las tardes, no era un artista en potencia, pero puso todo su empeño y concentración en dotar de manera particular a cada uno de ellos de las cualidades únicas que lo identificaban como individuo, y le quedaron bastante bien, tanto que, orgulloso, decidió emancipar a cada uno de ellos con unas tijeras. Dos días después, en medio de sus juegos en casa, se enojó con Marta, una niña con el pelo largo hasta más abajo de la línea de la cintura y una muñeca siempre apretujada bajo el brazo, obsesionada con jugar a “papás y mamás” y decidió que no la quería en su grupo de papel y que la reemplazaría por el Mancha, el perro del vecino que sí estaba dispuesto a jugar a cualquier otra cosa, cogió el papel, lo hizo bolita y lo arrojó lejos a la calle, cuál sería su sorpresa al enterarse al día siguiente de que la verdadera Marta, la de carne y hueso, se iba porque sus padres se mudaban. Sólo una coincidencia, una jugarreta del destino, pero que Efraín se lo tomó como algo personal, como el uso inconsciente de un poder que no sabía que tenía, el resto de sus amigos de papel los escondió en una caja y los guardó, temeroso, había capturado algo en ellos y debía averiguar cómo y qué antes de seguir jugando. A los quince años, Efraín ya tenía práctica en conjuros y rituales, había experimentado mucho, y aunque aún no era completamente eficiente y preciso con los resultados, sentía que la magia era como cocinar, un pequeño desajuste en los ingredientes y se podían obtener resultados muy diferentes, eso lo había aprendido de su padre, trabajaba mucho en ajustar sus recetas y a ratos, parecía que lo lograba. También a esa edad ya se había instalado en él un fuerte interés amoroso por Diana, aunque para ella, Efraín era muy poco atractivo por razones que nada tenían que ver con su aspecto, le parecía un chico autoritario, hermético y muy poco sensible y se lo había hecho saber de la forma más clara y suave posible, pero a Efraín eso parecía no importarle, confiaba en que se podía encontrar la forma de manipular los sentimientos de cualquiera y ya había obtenido de ella su sangre, mediante un pañuelo y una herida en la rodilla y varios retratos hechos de memoria, aquellos eran los más poderosos, según había aprendido, y con eso trabajaba en la forma de manipular los sentimientos de la muchacha. Un año después, supo que la chica era cortejada por un hombre mayor, un médico joven de buena familia contra el que él no tenía nada qué hacer, o casi nada. Eso lo obligaba a consultar a un experto para acelerar los resultados: don Anselmo. Don Anselmo era un desempleado con fama de brujo al que todos temían pero al que no dudaban en recurrir para enderezar cualquier torcimiento en el amor, para alejar la mala suerte de un negocio, sanar enfermedades raras, atraer espíritus para comunicarse con ellos o alejarlos definitivamente, cuando éstos no se querían ir. Tenía pinta de vagabundo pero uno preocupado por su aspecto, dentro de lo que cabía, siempre bien peinado y con la ropa remendada y sin arrugas. Lo encontró parchando los parches de la casucha en la que vivía, se suponía que ese hombre era capaz de alejar la miseria de la gente con un puñado de rezos y un par de amuletos, “…le quita la pobreza a otros y no es capaz de quitársela usted mismo, don Anselmo” Le comentó Efraín, repitiendo un comentario que, lo sabía, estaba en boca de la mitad escéptica del pueblo, y en la mente de la otra mitad, Anselmo lo miró como si fuera una mosca que se acaba de parar en su comida, “No cites las escrituras así o algún día terminarás cagando tu propia lengua, muchacho” Efraín aceptó el consejo con una sonrisilla con los labios apretados, se conocían desde hace un tiempo a fuerza de compartir la misma afición, pero en el fondo del corazón se menospreciaban mutuamente, “Tengo un amigo al que, la chica que le gusta, la van a casar con otro, ¿Qué cree usted que se pueda hacer, don Anselmo?” dijo el muchacho siguiendo al viejo que entraba a su chabola, “Nadie puede ser tan tonto como para atender en serio los caprichos amorosos de un muchacho de quince años…” “Ya, pero algo se podrá hacer, ¿no?” respondió el joven estirándole un billete por la consulta, “Sí…” respondió el viejo, mirando largamente el dinero y luego a los ojos del muchacho “…hacerse el tonto” Cogió el billete. El viejo se sentó en su sillón frente a su mesa de consulta, donde había todo tipo de artilugios sobre un mantel negro, desde un vaso de agua que no era para bebérsela, hasta una calavera humana en cuya cuenca habitaba una araña con más años de los que debía, pasando por velas, crucifijos, rocas, un plato con ceniza, un trozo de madera apolillada y varias cosas más. Efraín se sentó enfrente, en un sofá que recientemente había sido tapizado por un cliente satisfecho, intuyendo lo que el viejo iba a hacer para darle, “No pues, don Anselmo, yo no quiero un amuleto santiguado nomás, yo vine acá para ver a La Dama…” le dijo con esa molesta expresión ladina de sabelotodo en la cara que solía usar, el viejo lo miró como si acabara de faltarle el respeto a una hija o algo así, “¿No dijiste que era para un amigo?” Efraín sonrió amanerado, el viejo continuó, “…dime muchacho, ¿Tú estás tonto? ¿Crees que la Dama es cosa de juego, una atracción de circo?” El muchacho cogió de su bolso un puñado de billetes arrugados, tal y como los tomó del restaurante de su padre, “No don Anselmo, no creo que sea cosa de juego, creo que ella es la única capaz de torcer el destino… de volver el agua en vino” Anselmo ojeó los billetes arrugados sobre su mantel negro, era el equivalente de tres consultas, “Otra vez citando las escrituras, chico tú no tienes respeto, no llegarás lejos en este oficio, dime, ¿Qué es lo que quieres con esa pobre muchacha tuya?” Efraín volvió a soltar su risita comprimida al oír que Diana era suya, “Es que la van a casar obligada con un viejo que tiene mucha plata. Está desesperada la pobre, por eso estoy aquí, porque la Dama es la única capaz de ayudarla…” Su actuación fue descaradamente manipuladora, pero convincente, Anselmo eligió apostar a que el muchacho tenía algo de criterio y sentido común en las venas, “Sabes que la Dama lee el corazón de las personas y que a ella no se le engaña, ¿verdad?” “Sí don Anselmo…” respondió Efraín, obediente. “Y sabes que ella actúa en base a lo que llevas dentro de ti, no a lo que sale de tu boca” “Sí don Anselmo” repitió Efraín. El viejo respiró hondo. Diez segundos de duda y finalmente cogió los billetes, eso daba por cerrado el trato, “Bien” Se puso de pie cogiendo sus llaves del bolsillo.

La Dama, era el cadáver resecado de una menuda mujer quemada en la hoguera estando embarazada. Aún conservaba gran parte de su piel chamuscada, y bajo ésta, el corazón intacto y los restos del niño en su vientre. Según se sabía, había sido acusada de llevar al hijo del Diablo en sus entrañas, y cierto o no, las autoridades de la época decidieron no arriesgarse. Estaba ataviada con un bonito vestido azul, impecable, un par de anillos de oro, una corona de flores, multitud de collares ofrendados y una peluca de cabellera negra que brillaba, aceitada y cepillada con esmero. Su pose acuclillada abrazándose las rodillas y la rigidez de sus miembros, hacía preguntarse a más de uno cómo era que se le vestía, además, aquellos que la habían visto, siempre a solas, nunca llegaban a ponerse de acuerdo en el color del vestido o en la exacta posición de su cuerpo, lo que hacía crecer el misterio. Estaba dentro de una habitación pequeña como un cuarto de baño sin ventanas con las paredes pintadas de negro y rojo, todo iluminado con velas, muchas velas, las velas y las flores eran la ofrenda más común. El olor al entrar, era fuerte, concentrado por el encierro, había un perfume que se solapaba con el olor de las velas, la peste de las flores muertas y sus aguas podridas, algo descomponiéndose escondido en algún rincón y la humedad salida quien sabe de dónde. En las cuencas, la Dama tenía dos piedras pulidas que brillaban y titilaban al compás de las candelas, una de color esmeralda y la otra de color miel. Frente a ella había una bandeja con cráneos de recién nacidos de otra época, dispuestos como si fuesen manzanas en una frutera. Efraín entró embobado, como un niño ante la viva imagen de su superhéroe favorito, toda aquella decoración le parecía fantástica, poderosa, Anselmo sólo le miró la cara maravillada de crío ante un enorme regalo de navidad y ya se arrepentía del trato que había hecho, aun así decidió darle cinco minutos a solas con la Dama por el dinero que había pagado, craso error, no pasaron ni tres minutos cuando la casa entera pareció dar un pequeño brinco, como un sismo breve, Anselmo se acercó a la puerta de dos zancadas, sintió una oleada de calor como la furiosa caldera de una locomotora, o más probablemente como una pira encendida, supo que el cerrojo de la puerta estaba ardiendo. Nunca le había sucedido algo así y temió que ese chico hubiese prendido fuego a su casa. Tomó una cacerola con agua de la cocina a su lado y se la vertió encima al cerrojo para poder abrirlo, buena parte del líquido se volvió vapor al tacto con un siseo efervescente, el humo negro comenzó a emerger por el borde de la puerta que permanecía cerrada, “¡Maldito muchacho, sal de ahí ahora mismo! ¿Qué haces!” el viejo golpeó la puerta con los puños pero un golpe más fuerte desde dentro lo hizo retroceder un paso. Segundos después la puerta se abrió y la mitad de Efraín cayó afuera como si hubiese estado apoyado en ella, Anselmo lo arrastró afuera, el muchacho estaba desmayado y se había meado encima, el humo se convertía en hollín y cubría todo de negro excepto por la Dama que permanecía incólume, desviando la mirada inocente como el perro que acaba de romper algo en medio de sus juegos, frente a su amo. El viejo jadeaba, miraba con cara de estúpido al muchacho y a la Dama, sin entender qué había sucedido y sin que ninguno pudiera responder nada. Una hora después, mientras limpiaba el desastre en el cuarto de la Dama, se dio cuenta de que ésta tenía una navaja enterrada en el pecho con un pañuelo manchado de sangre en el que se había hecho un retrato de una muchacha y varios símbolos de magia negra. De la herida en la Dama brotaba una gota de sangre fresca. Intentó remover el cortaplumas pero éste estaba atascado en el hueso, en ese momento oyó la puerta de su casa, Efraín había despertado y había salido huyendo en el acto. Nunca más volvió a verlo.

Ese evento cambió la vida del muchacho quien abandonó las ciencias ocultas para siempre, también dejó de lado sus aspiraciones amorosas con Diana, aunque jamás la olvidó. Con el tiempo convirtió su habilidad y pasión por la investigación en una profesión, estudió periodismo, cuando empezó a irle bien, Efraín Varas consideró que su nombre carecía de la personalidad carismática que deseaba proyectar y lo cambió por uno que a él le sonaba más potente: Clodomiro Almeida.



León Faras.

viernes, 24 de enero de 2020

Autopsia. Cuarta parte.


II.

Fue curioso, pero Guillermina no dijo una palabra a nadie, Úrsula iba con los nervios tensos, preparada para recibir la condena del padre Benigno o por lo menos unas fuertes palabras de desaprobación al llegar por la noche a su cuarto, pero no recibió más que las “Buenas noches” acostumbradas por parte del sacerdote, sin embargo, Guillermina la esperaba en camisón de dormir y envuelta en un chal para hacerla confesar lo que ambas ya sabían, pues no había ninguna duda de que una mujer siempre sabía antes que nadie más cuándo estaba embarazada, y Úrsula no era la excepción, el problema era el cómo, pues la muchacha aseguraba que había sucedido en el más precioso de los sueños, Guillermina la miró con desconfianza, achicando los ojos, aquello se le hacía más sospechoso aún, no tanto lo de “sueño”, sino más lo de “precioso”, porque eso sólo podía ser que la chica estaba enamorada, y para Guillermina, ese era el principio de todas las desdichas de las mujeres, y encima, ya estaba embarazada, por lo que ya no había vuelta atrás, “Ay niña…” dijo compadeciéndose de ella, “…sólo esperemos que no te desgracien la vida tan pronto, pero al menos el doctorcito parece buena persona” Úrsula se quedó con la boca abierta, ella no había dicho nada sobre el doctor, esa mujer la leía como a un libro abierto, la vieja se apretó el chal al cuerpo y sonrió con suficiencia, “Pero muchacha, ¿Y de quien más vas a estar enamorada tú con tanto trabajo? Además, tú no eres la Virgen María para estarte embarazando en sueños, por lo que entre ustedes dos pasó algo y ahora tienen que hacerse cargo como Dios manda” Úrsula estaba angustiada, “Por favor, Guillermina, no diga nada hasta estar seguros, imagínese si luego…” Guillermina se puso de pie y la hizo callar con un gesto pedante de la mano, como si la chica fuera una especie de súbdito inoportuno, “Calla muchacha, calla ¿Quién te crees que soy yo? Éstas son cosas que no se pueden tomar así, a la ligera…” la vieja se lo pensó unos segundos, “…El doctor ya sabe que estás embarazada, estoy segura, pero como sabe que la criatura será suya, quiere estar bien seguro, pero lo vamos a tener que convencer lo antes posible porque se tienen que casar ¡Y tú no puedes pararte frente al altar con una tremenda barriga…!” Y mientras Úrsula se ruborizaba espantada mirándose el vientre, como si algo horroroso fuera a salir de ahí, Guillermina se persignaba como si estuviera frente a un escándalo aberrante de esos que hay que evitar a toda costa que salgan a la luz “…luego Diosito se nos ofende o San Lorenzo se espanta y suelta alguna calamidad y ni hablar del padre Benigno. Vamos a dejar al padre Benigno para el final, y ni se te ocurra decirle eso del “lindo sueño” a él o es capaz de dejarte sin comulgar por todo un año. Ahora duérmete tranquila y ya mañana veremos” Concluyó la vieja yéndose con propiedad, satisfecha y completamente dueña de la situación, dejando a la muchacha sin poder dormir por el resto de su vida. Al salir Guillermina, se encontró con el cura parado en el pasillo con cara de preocupación por el tono de conversación de las mujeres, “¿Sucede algo?” la vieja pasó junto a él ignorándolo como a un pelele, “…no es nada padre, váyase a la cama…”

La prisión era uno de esos sitios en los que siempre sucedían cosas raras, todos los muchachos tenían historias sobre que habían oído durante la noche puertas que se cerraban solas, que se veían faroles que rondaban los pasillos sin que su portador pudiera verse o que se sentían corrientes de aire helado donde no había una sola ventana cerca. Para ser guardia de la prisión no se exigía mucho, porque era un trabajo duro en el que se lidiaba con la peor escoria de la sociedad, se trabajaba en turnos largos, con poco tiempo libre y en un sitio que era de todo, menos acogedor, bastaba con que fuera más o menos joven, y que no fuera completamente idiota, aun así, los voluntarios no abundaban. Pedro Canelo era un tipo flaco y de baja estatura, que hace rato pintaba canas en toda su cabellera y el bigote, era el guardia más viejo de la prisión y el segundo en jerarquía, quien tomaba el mando cuando Aurelio no estaba. Se necesitaba ser mucho más duro de lo que parecía a simple vista, como para aguantar todos esos años y mantenerse cuerdo, porque él también tenía sus historias, aseguraba haber visto pasar frente a él, hace no más de un par de noches, al mismísimo Rogelio Vargas haciendo su ronda como si nada, tan real y silencioso como cuando estaba vivo, Pedro no hizo ni dijo nada, pero tuvo tiempo de sobra para observarlo detenidamente y asegurarse de que era él, o eso era lo que afirmaba, y tenía misma cantidad de partidarios que le apoyaban, que de detractores, que aseguraban que aquello no eran más que embustes. Aquella noche, una historia más se sumó al repertorio de cosas raras de los guardias de prisión, y esta vez había varios testigos, lo que la hacía innegable: Canelo volvía de uno de los puntos más alejados de la prisión a la sala de guardia a tomarse un trago de aguardiente para abrigar los huesos, cuando uno de los presos lo detuvo sacando el brazo a través de los barrotes, “Oiga, ¿el agujero no está vacío?” “El Agujero” era como comúnmente se le llamaba a la habitación de castigo, el cuarto de contención para presos conflictivos, la sala donde hace unos días había muerto Horacio Ballesteros. Pedro le aseguró que no había ningún desdichado allí, y el preso le señaló el techo con un dedo huesudo, “Escuche…” Largos segundos de silencio hasta que un apagado lamento, cuyo origen era difícil de definir, se oyó, podía venir del agujero, lo mismo que de bajo tierra. Luego se escuchó un alarido profundo, como el de un alma sometida a tormento, Canelo se acomodó las vertebras de la columna, un escalofrío se las había desacomodado. De todas formas, la prisión era un edificio helado, y más por la noche, y las lámparas de aceite eran miserables fuentes de luz y de calor, por lo que ese tipo de reacciones del cuerpo no era cosa tan rara. El viejo guardia se vio obligado a investigar, dos de sus colegas más jóvenes habían llegado junto a la puerta del Agujero, igualmente alertados por sonidos extraños, sonidos que a ratos parecían humanos y a ratos no, “¿No serán una familia de Quiques?” Sugirió uno, mostrando los incisivos innecesariamente, “…esos animales se meten en cualquier lado buscando ratones” Agregó para fortalecer su hipótesis. Pedro lo miró sin demasiado convencimiento pero aceptando la idea como posible, “Vamos, abre esa puerta para echar un ojo…” Un chasquido como el que hace un grupo de cadenas al tensarse detuvo en el aire al guardia con la llave, luego algo se quebró, o mejor dicho, el sonido fue de algo desastillándose, la puerta se abrió levemente, pero sin que nadie la tocara, como invitándoles a pasar, Canelo empuñó su revólver, sus hombres se descolgaron los fusiles. Empujaron la puerta, como era de esperarse, la oscuridad dentro era total, el viejo metió su candil por delante, un suave sollozo se escuchaba dentro en un rincón, el llanto de un hombre, “¡¿Quién está ahí? …Hable o disparo!” Amenazó Canelo. Otro de los guardias también portaba un candil pero entre los dos no se podía iluminar toda la habitación, que no era tan grande como para eso, como si el aire se hubiese pintado de negro ahí dentro. La camilla de madera se podía ver vacía e intacta, en un rincón se percibía la silueta de un hombre desnudo acuclillado contra la pared, gimoteando, “¡¿Quién es? Hable o disparo, mierda!” repitió Canelo. Un paso más y el cuerpo parecía desvanecerse con la luz, pero no su llanto, como los espíritus, que habitan sólo en la penumbra. De pronto, toda la habitación se iluminó, el guardia que sostenía el candil, debió soltarlo con un insulto al ver que éste se incineraba en sus manos, las llamas crecieron iluminando un cielo inexistente, arriba, a una altura imposible dentro de la habitación, un cuerpo suspendido en el aire era tirado de sus cuatro miembros con cadenas hasta descuartizarlo, el torturado soltó un grito ahogado por una cuerda al cuello, su cuerpo pendió mutilado y su sangre lo regó todo. Un fusil se disparó hacia el cielo. Entonces, todo volvió a la normalidad, y los dos faroles eran más que suficientes para iluminar todo el cuarto. Aurelio llegó armado, con las botas desamarradas y la camisa abierta. Estaba durmiendo. Saltó de la cama al oír la detonación, sin embargo todo se veía normal “¡Canelo! ¡Pero qué diablos pasa?” Canelo no sabía qué responder, odiaba despertar a su jefe y no tenerle ninguna buena excusa para eso, “Quiques, señor” Respondió lo más serio que pudo, Aurelio se le acercó amenazante, era notoriamente más alto que él, Pedro mantuvo su postura, inmóvil, mientras su jefe le respiraba encima, éste le tocó el pelo en silencio. Aquello era inverosímil, casi ridículo. Aurelio se examinó los dedos, luego le arrebató el candil de las manos e inspeccionó su alrededor: nevaba ceniza y hollín dentro de la habitación, “Mierda…” masculló, mientras veía como todo se cubría nuevamente de tizne, “…el doctorcito no nos va a dejar en paz ni muerto” Devolvió el farol y volvió a la cama.



León Faras.

miércoles, 15 de enero de 2020

Autopsia. Cuarta parte.


Cuarta Parte.

I.

Por fin María Cruces había tenido un funeral de verdad y una cruz con su nombre; y su familia, un lugar donde honrar su memoria con flores y oraciones. Para Elena, ella había sido más madre que Diana, su verdadera madre y la esposa del doctor Ballesteros, no porque ésta última no la hubiese querido, sino porque su enfermedad la alejó de su hija cada vez más, siendo ésta muy pequeña, hasta quitársela definitivamente. Elena dejó amorosamente su ramo de flores sobre la tumba y oró, esperaba a alguien que no tardaría en llegar: el padre Benigno. Clodomiro Almeida, al ver su trabajo terminado, se volvió a la ciudad, pero antes visitó al sacerdote a la salida de la iglesia, para devolverle el diario del doctor Ballesteros, para que él dispusiera del documento lo mejor posible pues a él no le servía para nada ni le correspondía conservarlo, “Muy bien padre, ha sido todo un gusto conocerlo, pero es hora de que me vaya…” le dijo estirándole la mano, Benigno se la estrechó brevemente, “Un placer. Creo que ya no lo volveremos a ver por aquí” Clodomiro rió contenidamente, “Yo nunca digo “de esa agua no beberé” Padre. Nunca se sabe… Le dejo el diario entonces, tal vez usted pueda averiguar quién más escribió en él, sería muy interesante…” pensó algo durante un par de segundos y luego agregó, “…si me lo preguntan a mí, yo me inclinaría por alguien de la familia o muy cercano, de sexo femenino, esa es mi predicción, si me lo permite, padre” dijo con gesto de estar haciendo una travesura, Benigno metió el documento tras la biblia que apretaba contra su estómago, continuó lo más parco posible “Sólo Dios lo sabe, de cualquier manera, yo veré que este documento quede en las mejores manos” Ahora Benigno llegaba hasta la tumba de María Cruces para hablar con Elena, había algo que necesitaba aclarar y para lo cual había dejado pasar algunos días, hasta encontrar un buen momento sin forzarlo, “¿Conoces esto, hija?” Elena lo conocía bastante bien, era el diario de su padre, “Quiero que seas honesta conmigo, ¿Tú has escrito en este diario?” Elena lo miró sin entender, era una pregunta de lo más absurda, “Por supuesto que no, ni siquiera lo he hojeado nunca. Era su diario personal” Aquello no le satisfacía al cura, pero le creía, Elena agregó, “Muchas veces lo encontré abierto sobre su escritorio, pero jamás me atreví a mirar lo que escribía en él… aquello era tan sucio como intentar espiar a alguien mientras se quita la ropa…” De pronto Elena se detuvo alerta, como un perro cuando siente el suave murmullo de una alimaña arrastrándose entre la hierba, “¿Gracia, eres tú?” Se quedó expectante, Una pequeña roca rodó por la suave pendiente de la tumba de María Cruces, Elena se tomó eso como una respuesta, “No hay problema. Dile a Clarita que en un minuto estaré con ella” El cura miró en todas direcciones pero no vio a nadie, Elena continuó, “Padre, no quiero ver el contenido de ese diario, no lo hice antes ni lo quiero hacer ahora…” El cura lucía más confundido que cuando llegó, “…me tengo que ir, padre, me esperan para comer. Lo veré en la misa” Concluyó la muchacha.

“¿Tienes la comida hecha?” Guillermina entraba en casa del doctor Cifuentes con propiedad y un plato en las manos, dejando a Úrsula parada junto a la puerta con la palabra en la boca, como una subalterna cuya opinión no es importante, tampoco le hizo mucho caso al médico que leía en un rincón “…no importa, los dejas para la cena, yo te diré cómo prepararlos para que queden exquisitos. Se los enviaron al padre pero a él no le caen nada bien y Abel ya tiene su parte, así que…” y la mujer destapó sobre la mesa una generosa porción de jugoso hígado de ternera, Úrsula se llevó una mano a la boca y otra al estómago, se puso pálida y tuvo que salir corriendo, “Chiquilla, estás embarazada…” sentenció Guillermina en el acto. El doctor dejó lo que hacía, preocupado. La chica había vomitado en una cubeta de la cocina poco más que jugos intestinales y una buena cantidad de saliva y se recuperaba de lo que no había sido más que una sensación de asco incontenible. Guillermina la miraba desde un par de metros, de brazos cruzados, altanera, sin ninguna duda en su pronóstico, “¿Tienes amenorrea?” preguntó el doctor revisándole el pulso, la muchacha abrió los ojos y lo miró angustiada, aquello le sonaba como una de esas enfermedades terribles que olían mal. Guillermina también se espantó, “¡¿Y qué porquería es esa, doctor?!” Cifuentes terminó de contar mentalmente las pulsaciones, “La interrupción del ciclo menstrual” aclaró el médico, Úrsula se sintió avergonzada por la pregunta, no era algo que fuera correcto ventilar, pero Guillermina no estaba para remilgos, “Responde niña, ¿Has sangrado o no?” Úrsula confesó que aún no, que tenía un pequeño retraso, pero que ella consideraba dentro de los parámetros normales, Guillermina no se dejó engañar, se golpeó una mano con la otra con desprecio, y señaló a la muchacha sin pudores, como si tuviera la peste, “Esta chiquilla está preñada, doctor, ¡Mírela!” dijo, como si Úrsula llevara un cartel pegado en la frente o algo así, Cifuentes no quería ser tan categórico, “Bueno Guillermina, es sólo una náusea, hay muchas causas probables, no es prudente adelantar conclusiones…” Guillermina se retiró negando con la cabeza, como si la estuvieran tratando de embaucar con argumentos demasiado ridículos, “No doctor, ni que hubiera nacido yo ayer, la de veces que me ha tocado ver esto… si es cuestión de mirar cómo le ha cambiado la figura ¡Pero no ha sido en casa del padre Benigno, eh! Que yo tengo el sueño liviano y no vuela una mosca en la noche sin que yo no despierte…” Aquello último era totalmente cierto. La mujer se detuvo en la puerta para echarles el último vistazo suspicaz a los dos jóvenes antes de irse, “Esto se veía venir… bueno, ahí les dejo el hígado” Úrsula se quedó acongojada, aquello significaba un montón de explicaciones, al padre Benigno, a su familia. Guillermina no se detendría hasta probar que tenía razón, el doctor le tomó una mano para tranquilizarla, “Pero qué es lo que te preocupa, si no has estado con ningún hombre, no puedes estar embarazada, ya está. No importa lo que Guillermina diga” Úrsula lo miraba sin responder, y no parecía más tranquila. El médico también perdió su confianza, “Porque, no has estado con ningún hombre, ¿o sí?...” La chica desvió la mirada, más que porque no quisiera hablar, parecía intentar recordar algo que se le hacía confuso, el doctor insistió “…Úrsula” La muchacha finalmente negó con la cabeza. Cifuentes fingió estar seguro y relajado, “Entonces no tienes nada de qué preocuparte. Me encargaré de ese hígado” dijo, pero en el fondo no estaba ni tranquilo ni confiado, muy a su pesar, él también pensaba como Guillermina, y peor aún, no podía quitarse de la cabeza aquella noche de la fiesta de San Lorenzo.



León Faras.

sábado, 11 de enero de 2020

Autopsia. Tercera parte.


XXII.

“¡Pero lo que está diciendo es una completa locura! ¡Es imposible! ¿Tiene pruebas de lo que afirma, Almeida?” Ignacio se tomaba un café en un pequeño local del pueblo acompañado de Clodomiro, quien exponía su teoría, según la cual, nunca había habido violación por parte de Horacio Ballesteros a su hija, sino una relación incestuosa consentida por ambos, y arrastrada por un largo periodo de tiempo y que concluyó con el embarazo de la muchacha y la imposibilidad de ambos de hacerse cargo de aquello, “Por supuesto, Ignacio, la difamación es un delito y un pecado, y yo soy un hombre que se toma muy en serio su trabajo, lo que le digo es mi teoría personal, la que baso en mi investigación y en mi experiencia. He hecho un exhaustivo estudio al diario de su padre, un documento de lo más revelador, y he podido constatar sucesos, tiempos y la responsabilidad de los participantes en dichos hechos, no sé por qué ha sido escrito este documento con ese nivel de maligno detalle, pero al ser así, es válido que los autores den las explicaciones necesarias” “Pero eso no es más que un viejo diario, lo que usted necesita son pruebas, testigos” Clodomiro sonrió complaciente con los labios apretados, como si estuviera hablando con un ignorante del que uno se puede apiadar, “Comprendo que para usted, esto sea difícil de asimilar, hablamos de su padre y su hermana, pero no creo estar tan perdido, ¿Quiere pruebas? Que tal su hermana visitando a su padre en prisión mientras se mantiene oculta de usted… Sí, logré ver su nombre en los documentos que firmé al entrar en la prisión…” Eso tampoco se lo podía creer Ignacio, sin embargo, Clodomiro desvió la conversación despreocupadamente “…He descubierto la letra de una tercera persona en el diario, a la que no he logrado identificar y creo que sería muy interesante hacerlo, es más, estoy convencido de que podría tratarse de otro miembro de su familia…” Ignacio estaba a punto de responder algo, pero en ese momento llegó Gumurria, se veía muy grave, cosa que no era para nada común en él, lo andaba buscando y Heraldo Castro lo había enviado hasta allí, “Es su padre, el doctor Ballesteros… está muerto” Lo dijo así, sin preámbulos, con seriedad y cortesía pero sin remilgos.

A la mañana siguiente el cuerpo del doctor Ballesteros retornaba a su antigua casa. “Suicidio” fue lo que puso el doctor Cifuentes en su informe tras la autopsia, porque no podía poner otra cosa, porque si él no hubiese estado ahí, seguro tendría muchas dudas, pero él había estado ahí y no existía forma humana de justificar un asesinato, el suicidio tampoco era razonable, dadas las circunstancias en las que ocurrió, pero algo debía poner. La causa de muerte estaba clara, muerte por ahorcamiento o asfixia por torniquete al cuello, el caso era que no había ni una sola pizca de restos de humo en las vías respiratorias del doctor. El humo no lo mató, es más, el humo no lo tocó, ese humo del que ya le había hablado antes Úrsula e Ismael, antes que ella. Ella estaba allí como su asistente, con seriedad y sangre fría ayudaba al doctor en su trabajo cuyas manos llenas de sangre no podían hacerlo todo, había demostrado tener temple para tratar con los cadáveres y sus interiores y al doctor le sentaba muy bien eso. Una hora después, llamaban a su puerta. Benigno pudo percibir con asombrosa claridad cómo volvía a repetirse la misma escena de hace tiempo, pero con distintos actores y en distintas circunstancias: La casa del doctor, Elena afligida a su lado. En vez de María, Úrsula le abría la puerta secándose las manos en el delantal como si acabara de lavárselas, el olor a matadero apenas entrar, el doctor limpiándose la sangre de los antebrazos con una toalla manchada de rojo diluido y el cuerpo abierto sobre la mesa de trabajo, esta vez no el de Domingo, sino el del propio doctor Horacio Ballesteros. Incluso los frascos con los fetos parecían estar ubicados exactamente en el mismo lugar. El mundo era una rueda con un sentido del humor poético a la vez que macabro. El cura se preguntó si no terminaría él abierto sobre esa mesa algún día también. “Probablemente estará tu hermano allí…” Comentó el cura mientras entraban el ataúd, uno muy barato destinado a los desdichados que morían en prisión, “Lo sé” respondió la muchacha, hermética, luego agregó, “Gracias padre… por permitir que tenga una cristiana sepultura como mi madre” El cura puso una mano enorme y pesada sobre su hombro, eso debía entenderse como un gesto de profundo amor por parte del sacerdote.

En un pueblo pequeño, la muerte de alguien, incluso la del más insignificante de los hombres, era noticia que debía comentarse por todos lados y más si el difunto era alguien del nivel del viejo doctor del pueblo, al que prácticamente, no había nadie que no lo conociera y recordara, lo que dio como resultado un funeral concurrido, el cual era además el momento perfecto para comentar las diferentes teorías que circulaban sobre su deceso, pues nadie tenía muy claro qué había sucedido. El cementerio del pueblo era mucho más antiguo y elaborado que el de Casas Viejas, donde se podían encontrar incluso bonitos mausoleos de familias destacadas de los alrededores, sin embargo no había ningún Ballesteros ahí, ni siquiera su esposa, que había muerto en el mismo poblado, tampoco había muchos Ballesteros en la muchedumbre, salvo por Elena, quien permanecía firmemente custodiada por Guillermina y la vieja Lina, el padre Benigno, el doctor Cifuentes y Úrsula también se mantenían cerca. Clarita y Tata observaban desde lejos, también Rupano, Marcial y los padres de Úrsula, “…Nunca fue un cristiano ejemplar, no siempre podemos serlo, pero Dios, en su infinito amor, nos entiende y nos perdona, sin embargo Horacio fue un gran hombre y un mejor médico, cuya mente, desgraciadamente y por motivos que jamás comprenderemos, se enfermó y deterioró hasta arrastrar al buen doctor al execrable final que todos conocemos. Quienes estuvimos con él en sus últimos días pudimos atestiguar cómo su corazón mantenía una lucha constante y agotadora contra demonios interiores que sólo él podía ver y contra los que no es fácil luchar, hasta finalmente ser… cruelmente doblegado. Por eso estamos aquí, para rogar al Padre eterno, en su infinita bondad, que acoja su alma liberada y sepa ver en él…” Ignacio llegó en ese momento, Almeida estaba a su lado, tal como éste se lo había dicho, Elena estaría allí. Gumurria también venía con ellos, pero mantenía la distancia, como un observador. Ignacio miró con cierto desprecio el ataúd vulgar donde estaba su padre, “Creí que los suicidas no eran aceptados en el reino de Dios…” El cura lo observaba erguido desde el otro lado de la fosa, “Cuidado con lo que dices, muchacho, recuerda a tu madre…” “Ella estaba enferma…” replicó Ignacio automáticamente, como una respuesta muchas veces repetida, “También él, me consta…” respondió el cura sin levantar la voz en lo más mínimo, “Ya…” dijo Ignacio escuetamente, y luego buscó a Elena con la mirada, “Sabías que te buscaba para llevarte a casa y te escondías de mí, para estar con él…” “¿De qué hablas?” respondió la muchacha, su hermano se fijó en la multitud que lo observaba y se contuvo, “Estaré en la hostal hasta mañana por la mañana. Te estaré esperando si quieres volver conmigo, de lo contrario me olvidaré de que tengo hermana, tal como ya me olvidé de que alguna vez tuve padre.”

Poco antes de que terminara el funeral, Úrsula sintió que le faltaba sangre en el cerebro,  que la vista se le nublaba y que las piernas se le doblaban, el doctor a su lado la contuvo para evitar que cayera. Sólo fue un desvanecimiento y pronto se recuperó, se disculpó diciendo que no había desayunado aquel día, el doctor diagnosticó deshidratación.

Fin de la tercera parte.



León Faras.