martes, 13 de agosto de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXVIII.



Cípora caminaba con la cara afligida, mordiéndose las uñas de una mano y abrazándose el vientre a sí misma con la otra, como si una preocupación muy grande le royera no solo los sesos, sino también las tripas. Se acercó a Lorina que con muda devoción terminaba de afeitar la cabeza de Costia, el cual ya no quería levantar la mirada del suelo ni a la sombra para no dañarse los ojos. “Ya lo tienes bajo control, ¿eh?” Le dijo con una sonrisa amarga y condescendiente, exactamente igual como la que su madre le daba desde su lecho de muerte. ¡Como si fuese ella la que se iba a morir y no su madre! Lorina apenas le echó un vistazo de medio segundo y siguió con su tarea. Cípora apagó la sonrisa, pero no la amargura. Conocía a su amiga más que nadie y ella no era así con los hombres, ella era parlanchina, respondona, quejumbrosa y distraída, por el contrario, ahora la veía sumisa, silenciosa y concentrada, incluso amorosa, y el cambio era demasiado fuerte. Ella venía a decirle que Nina estaba impaciente, preguntándose por qué Lorina estaba tratando los piojos a un hombre al que de todos modos iban a matar, si podían perfectamente quemar esos bichos junto con todo el resto de su cuerpo, como todos los demás cadáveres, pero no le dijo nada de eso. “Él no tenía piojos, ¿verdad, Lori?” Lorina le echó un vistazo apenas mayor que el anterior y negó con un muy leve movimiento de la cabeza. “Solo era un poco de Urticario.” Susurró. Cípora volvió a sonreír, pero esta vez su sonrisa era más bien dolorosa. Se acuclilló junto a ella. “¿Qué piensas hacer?” Lorina estiraba una tarea que hace rato hubiese terminado de haber querido. Se encogió de hombros con la fugacidad de un espasmo, y Cípora se llevó la mano a la frente con aflicción y un suspiro, como si se temiera algo muy grave pero que es preciso afrontar. “Nina no lo va a aprobar…” Advirtió, a pesar de que, probablemente, Lorina ya sabía eso y por eso era que se tardaba tanto. “Vas a tener que ocultarlo y decirle a Nina que te distrajiste por un segundo y se te escapó…” Conspiró Cípora, y Lorina la miró como si acabara de leerle la mente. “En el campo hay muchos agujeros y casuchas que usan los pastores como refugio…” Continuó Cipo, aleccionando a su amiga pero sin prestarle ni la más mínima atención al hombre del que hablaban. “Pueden ocultarse en uno de esos, con todo este embrollo, todo el mundo tiene algo mejor que hacer y nadie se preocupará de buscarlos.” La mujer echó un vistazo sumamente sospechoso en todas direcciones, y continuó:Luego tienen que irse de aquí por la noche, lejos. Ah, pero consigue un caballo, o no llegarás muy lejos con esa pata coja.” Le recomendó sin remilgos de los que Cípora carecía y Lorina ignoraba. La mujer iba a continuar dándole instrucciones específicas sobre lo que tenía que llevar y lo que no era necesario en huidas como esas, cuando la voz de Nina sonó a algunos metros tras sus espaldas. “¿Qué hacen?” Preguntó su jefa. Ambas mujeres se pararon de un salto, como si se hubiesen quemado el trasero de pronto, e iban a dar una muy buena respuesta que no dejara lugar a dudas, pero entonces la sorpresiva carrera de Costia, desesperada y casi a ciegas, chocándose con todo a su paso, las dejó con las palabras en la boca. “Se escapó.” Comentó Lorina varios segundos después, señalando la dirección con el pulgar y sintiéndose tonta al hacerlo, y más con la mirada de Nina, que con sus manos en la cintura, parecía una severa maestra de escuela ante el más bruto de sus alumnos, pero Cípora estaba ahí para restarle importancia al asunto, disipándolo todo con las manos, como si solo se tratara de un poco de polvo y un par de moscas. “Bueno, ya está. Se morirá de algo por ahí de todos modos, no volverá, y si vuelve, pues entonces ahí lo cogemos, lo matamos y listo. Si de todos modos, y con tanta gente muerta al rededor, las ganas de matar a alguien no pueden ser tan grandes.” Concluyó.



Gina canta, y no hay nadie que tenga la capacidad de ignorarla o la arrogancia para aburrirse de su voz, y mientras canta, el más pequeño de sus hijos se adormece en los brazos de Grisélida, a la que ya llama abuela, porque el mocoso rápidamente comprendió que podía conseguir de la vieja casi cualquier cosa si así lo hacía. Nazli llevaba el negocio con mano segura, manteniendo todo en su sitio y bajo su atenta mirada y la vieja dueña se sentía satisfecha con eso.¿Por qué demonios se llama la descorazonada este sitio?” Preguntó Nazli de pronto y sin venir a cuento de nada, como esas dudas maduradas durante tanto tiempo que, llegado el momento, caen solas y sin apenas la ayuda de nadie. Grisélida sonrió como sonríen los viejos cuando quieren presumir de su sabiduría y experiencia y le habló sobre cuando ella era joven y su madre aún vivía. En ese tiempo conoció a un joven de su misma edad o más o menos, que era el hijo de un curador de carne ignorante y grosero que vendía con gritos destemplados sus productos en la calle por la que ella solía transitar, a ella no le agradaba nada ese viejo, pero el joven era todo lo contrario, él era amable, divertido, incluso culto, porque era un hombre curioso con verdaderas ansias de saber más que un simple oficio para ganarse la vida. “Yo le entregué el corazón a ese hombre sin que me lo pidiera y él simplemente se lo llevó.” Confesó la vieja, con los sentimientos aún vivos a pesar de los años, y continuó. “Nunca pude amar a nadie másno como a él. Gorman lo intentó en su momento, vaya que lo hizo, pero yo no pude quererlo de la misma manera, y entonces comenzó a llamarme la Descorazonada y yo llamé así a este lugar para cerrarle la boca.” “Ese hombre del que hablas… ¿te rompió el corazón, acaso?” Preguntó Pidras con gravedad, que escuchaba atento desde su lugar en la cocina la historia de la vieja, de la que nunca se había oído hablar antes. “No… yo me engañé sola. Él nunca me prometió nada, jamás se interesó en mí ni en nadie más que yo supiera, a él solo le preocupaba saber cosas… esas cosas por las que nadie se preocupa, a él sí le interesaban.” La vieja sonrió en un dulce recuerdo ya sin intenciones de disimular ni guardarse nada dentro. “Recuerdo cuando intentaba explicarme por qué las cosas son de cierto color algunas y de cierto color otras… ¿Se imaginan? ¿Quién se pregunta algo así? Pero para él, eso era algo interesante, un lenguaje secreto que debía ser descifrado. Yo no le entendía mucho, pero podía pasarme horas solo escuchándolo.” Su cara lo decía todo, esa mujer todavía amaba a ese hombre. Cuando emergió de sus recuerdos y se dio cuenta de que se había perdido en ellos por un rato, sonrió nuevamente, como quien es atrapado en medio de una travesura y reveló al fin lo que todos estaban esperando. “Su nombre era Duma.”


León Faras.

viernes, 26 de julio de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXVII.



Los caballos sobrevivientes, abandonados por el ejército cizariano y sus amos muertos, aún vagaban por los campos mordisqueando la hierba de las cabras y buscando quien los empleara. Cherman se hizo de un bonito ejemplar completamente negro que hacía juego con los trapos que usaba como ropa, de similar color. Llegó tarde a la batalla pero esto no acabaría así, solo había sido una derrota parcial, Cízarin insistiría con un segundo golpe más fuerte y certero y Bosgos no se iría a ninguna parte, así que montó ese caballo, envolvió en una tela su espada curva, que ahora era suya, pero que perteneció a Boras, y partió de mañana hacia Cízarin sin decirle nada a nadie, como un viajero común y corriente y además lisiado, incapaz de perjudicar a alguien ni de ser una amenaza para nadie y lo cierto era que Cherman, sin una espada en la mano, no impresionaba mucho.



Bacho, debido al drástico descenso de individuos que sufrió su banda en su último asalto a Confín, debió abandonar por un tiempo el negocio de asaltar aldeas y ahora se dedicaba a asaltante de caminos, lo que era más trabajo y menos ganancias pero con un par de compinches bien dispuestos, se podía obtener buenos beneficios que al final se repartían entre menos, obteniendo él la tajada más gorda, por supuesto, que era el del cerebro detrás de las operaciones y se necesitaba de uno bueno, porque se debía elegir un lugar solitario, pero no demasiado que no pasara ni un alma por ahí y solo perdieran su tiempo, ni con mucho tránsito que se vieran sobrepasados en número y debieran huir con las manos vacías, también se debía elegir bien la hora del día para tener un manejo eficiente del tiempo, porque nadie quería solo esperar sentados mientras sus bolsillos permanecen vacíos, sin hacer nada ni ganar nada, eso impacientaba a las personas y las personas impacientes hacen cosas tontas, porque para ellos es mejor hacer una estupidez que quedarse sin hacer nada y como cabecilla, había que saber lidiar con ellos, por lo que sí, el trabajo de ser jefe no era cosa fácil y por eso debía ganar más. Aunque, últimamente les había ido bastante mal en elegir la hora y el lugar, al último que quisieron asaltar fue a un carbonero tuerto a la bajada de Rimos, tan humilde y pordiosero el pobre, que los hizo sentirse avergonzados de su trabajo, y por poco le dan ellos una limosna a él, por lo que ahora se habían trasladado a la intersección donde los caminos de Rimos, Bosgos y Cízarin se unían, justamente allí donde Emmer fue ajusticiado por deserción, un camino bastante transitado a veces, pero muy apto para emboscar. Eran las primeras horas de la tarde y a lo lejos se divisó la silueta de un jinete acercándose a un trote ligero desde Cízarin, parecía alguien joven, tal vez una chica, para algunos de los compinches de Bacho, ese era un muy buen botín también.



Rubi no podía creerlo, le creía a su madre porque era su madre, pero el cuento de Yurba no podía creerlo. “¿¡Una bruja con cara de cabra que le había apuñalado el corazón en un sueño!?” ¿Es que acaso la tomaba por idiota? Mientras tanto, Telina sufría pensando que todo había sido por su culpa sin poner en duda ni media palabra dicha por el fulano ese. Falena dudaba, porque el cuento de la mujer con cara de cabra de Bosgos era uno muy popular y con muchas versiones distintas, pero no era más que un cuento, aunque la versión de Yurba era nueva. Yurba, entonces, recordó de pronto la experiencia de morir apuñalado en el corazón con la misma vividez con la que la experimentó en su momento y entró en pánico ante la existencia real y tangible de la cicatriz en su pecho, sintió la angustia que da lo inevitable e irreversible y comenzó a respirar con dificultad y a lloriquear, agarrándose de las faldas de Te, pidiéndole a ésta que le ayudara, que no podía estar muerto, que era un hombre joven y que siempre había tenido buena suerte y salud, pero la mujer solo lo miraba con angustia y los ojos llenos de lágrimas sin poder hacer nada por él, mientras Rubi, por su parte, lo miraba perpleja y con vergüenza ajena en el rostro ante su patético comportamiento. Tibrón se había ido hace rato a buscar algo mejor que hacer en otra parte y Falena sentía que solo podía solucionarse esto hablando con la bruja, pero no con la cara de cabra esa, de la que no se sabía más que cuentos, sino con la bonita, la que le dio el amuleto, parecía amable y seguramente, si le explicaba bien lo que había sucedido, aquella podría ayudarle o al menos darle alguna información útil. Yurba era un fastidio, descarado, petulante e incapaz de cerrar la boca cuando debía, pero también era un buen amigo, leal y valiente, dispuesto a hacer lo que fuera por quienes respetaba o consideraba familia y eso incluía abandonar su trabajo para terminar apuñalado por brujas en medio de una guerra, por lo que debía al menos intentar hacer algo por él.



Bacho siempre presumía de tener educación y buenos modales con las chicas, lo que lo distinguía por encima de los bárbaros con los que solía codearse, aunque su aspecto no lo diferenciaba en lo más mínimo. Vio a Falena acercarse y se paró en medio del camino con un bonito garrote de madera con anillado de hierro en su parte más gruesa, cruzado sobre sus hombros por detrás de la nuca y sujeto con ambas manos, eso además de una amplia sonrisa que él creía que daba confianza a las chicas para acercarse; su camisa abierta dejaba ver su pecho bronceado y brillante de sebo, mientras sus compinches se miraban entre sí en una conversación muda que acababa en una risotada tonta de tanto en tanto, mientras jugueteaban con bastones en las manos y sendos cuchillos colgando de sus cinturones. Los bastones eran para derribarla en caso de que pretendiera salir huyendo en su caballo, Falena lo sabía bien, esa era la única utilidad práctica de esos palos largos, eso, y para darle una zurra a alguien que debe aprender una lección pero sin matarlo en el proceso, lo que se llama una paliza. Pero la chica no pensaba huir, tenía sus armas con ella y podía defenderse. Bacho y sus hombres fingieron asombro y temor al verla sacar sus dos espadas, esa chiquilla, aunque supiera usar esas cosas, no era rival para los tres, solo lo haría más divertido, pero entonces apareció un abuelo montado en un caballo manchado de blanco y negro como una vaca, sin montura ni riendas, tirando de un burro pardo cargado de leña y acompañado de dos perros, Punto y Remo, los cuales saludaron a la muchacha con un muy breve movimiento de sus colas, pero nada para los hombres. “Valientes hombres para enfrentarse a una chiquilla con una espada en cada mano.” Dijo el señor Sagistán sin sarcasmo, parándose en medio. Bacho miró al abuelo tirando el mentón hacia afuera y apretando el ceño. Ese viejo le recordaba a su padre y él odiaba a su padre. “Mira abuelo, no pareces llevar nada de valor encima excepto por la vida, así que, por qué no sigues tu camino y conservas la poca que te queda.” Sus compinches celebraron su ingenioso y elaborado comentario, el viejo en cambio comenzó a bajarse de su caballo con cuidado para no dañarse un tobillo. “En eso te equivocas…” Le dijo, hurgando dentro de su morral, del que sacó un pequeño bulto que cabía en su puño, envuelto en un trapo que descubrió con cuidado frente al rostro del curioso bandido. “Se puede conseguir un excelente precio por esto si…” Bacho solo veía un estúpido puñado de cenizas, pero entonces el viejo se las lanzó a la cara de un soplido y aunque no parecieron tener ningún efecto en un principio, más que hacer enfurecer al salteador, éste pronto comenzó a soltar tosidos que se le escapaban con cada vez más fuerza y frecuencia, hasta el punto de volverse un ataque de tos y tener que dejar de lado todas sus intenciones delictivas para enfocarse solo en llevar aire a sus pulmones sin acabar escupiéndolos, mientras el señor Sagistán sacaba de su atado de leña un cayado, retorcido y anguloso como las raíces del Cohi, el árbol más viejo del mundo, y se enfrentaba a los compinches de Bacho. Para cuando éste pudo recobrar la paz en sus pulmones, limpiarse las babas y secarse las lágrimas, se dio cuenta de que estaba solo, sus compañeros ya no estaban, mientras Falena permanecía asombrada de ver todo lo que se podía hacer con un simple bastón y la ayuda de dos buenos perros, claro. Bacho pensó en soltar algunas amenazas para hacer de su inminente retirada algo más digno, pero se contuvo, y fue lo mejor, porque al voltearse se encontró con otro jinete y a este sí lo conocía, era aquel cojo con la pata de hierro que había matado a la mitad de sus hombres en Confín, junto con el manco y el gigante ese. Bacho se sintió desilusionado de la vida, ¡qué día más de mierda! Desde cuando era que todos, jóvenes, viejos y lisiados, habían aprendido a defenderse. Sin embargo, nadie le dijo ni le hizo nada y el bandido, sonriendo con suficiencia, como si todo estuviera bajo control, comenzó a retroceder hasta los árboles cercanos para luego desaparecer, pero sin carreras, sino que con toda calma y guardando su dignidad.


León Faras.

domingo, 30 de junio de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXVI.



Migas consiguió más que solo las anotaciones del difunto Larzo, sino también el Tronador que éste sostenía en su mano, alegando que de nada le serviría a un muerto, que era un desperdicio enterrarlo con él y que, otro desperdicio sería rechazar un buen trozo de su exquisita carne curada a cambio del artilugio. Las viejas, que ya se habían bebido la mitad de la botella de vino y estaban pensando al unísono que sería bueno acompañar la otra mitad con algo más sólido, se dejaron convencer con bastante facilidad, excepto la mayor de todas, que predicaba con sabiduría que robarle sus pertenencias a los finados podía atraer cualquier tipo de calamidades a quienes se atrevían a hacerlo, pero las otras la desestimaron rápidamente y al final sí aceptaron el trato. A todo esto, la gente en la calle ya miraba a Nimir como al hijo que nadie quería tener, y ya empezaban a admirar al viejo Migas por su valentía y paciencia al conservarlo y cuidar de él durante tantos años, cosa a la que no cualquiera estaba dispuesto, porque hasta el perro que vigilaba la carreta se veía más útil a simple vista. Migas llegó contento por sus logros, de hecho, le fue mejor de lo que pensaba, ya que había obtenido más de lo que esperaba sacarle al viejo Larzo de haber estado éste vivo, sin tener que robarle, pero su felicidad se esfumó poco a poco cuando empezó a percibir las miradas de compasión y condescendencia de la gente alrededor, incluso Nimir estaba royendo una manzana que algún alma caritativa le había obsequiado al pasar, y a él le habían dejado una bolsa con patatas de regalo en su asiento que el viejo no pensaba agradecer de ninguna manera, porque tanto él como su padre sabían que si la gente enfermaba y moría, era por estar comiendo cosas que no deben. ¡Si las patatas están bajo tierra, es por algo! Ese era su razonamiento y le sonaba de lo más lógico, por lo que le arrojó las papas a su cerda y se fue de allí despreciando toda mirada amable y todo intento de saludo por parte de esas personas cuyo pasatiempo favorito era juzgar la vida de los demás, incluso la de los desconocidos. Mientras visitaba su antigua casa, la que por cierto, aún permanecía abandonada debido a la tristemente célebre carnicería humana descubierta allí, Migas se enteró, casi sin tener ni que preguntar, de la humillante retirada del poderoso ejército cizariano, que fue aplastado en apenas una noche por la gente de Bosgos, lo que era inentendible para la mayoría, porque Bosgos ni ejército tenía, pero que resultaba genial para él, porque sin esa tonta guerra ya podía regresar tranquilamente a trabajar en su nuevo y gran proyecto: las anotaciones de Larzo y el funcionamiento de su invento. Su casa había sido desvalijada por completo y ahora solo era un agujero oscuro donde se refugiaban los vagos, pordioseros y malhechores a planear sus fechorías y a otras cosas más mundanas también, porque el lugar olía principalmente a mierda, literalmente. Migas sintió nostalgia por su antigua vida allí, y auténtica pena por los huesos de su madre, su calavera más específicamente, la que permanecía allí por la promesa hecha de que ella nunca abandonaría su hogar. Se agarró las manos por la espalda en gesto solemne, respiró hondo el fétido aroma de los desechos humanos, y se fue convencido de que jamás volvería a ese lugar. Una vez en la carreta y ya andando, Nimir seguía con su molesta cantinela repetida en murmullos, y Migas, ya a punto de golpearlo, detuvo sus caballos en seco y le dijo que, o le hablaba con claridad, o cerraba su puta boca de una vez, pero si seguía con su discursillo entre nubes, no solo lo iba a golpear, sino también lo tiraba abajo de su carreta de una patada y hasta ahí nomás llegaba su frágil amistad. Nimir se empequeñeció como un perro apaleado, pero comprendió la importancia de la comunicación en ese momento y con gran esfuerzo, comenzó a elaborar las palabras casi como si tuviera que extraer cada sílaba desde el fondo del mar para sacarla a flote, penosamente armó una frase que Migas agarró apenas, y haciendo uso de toda su capacidad de concentración e interpretación, más o menos comprendió que decía que él no se había bebido el vino. Migas lo miró con los ojos pequeños, como tratando de escudriñar su alma, como cuando hacía negocios con alguien tan amable o generoso que olía a estafa, pero Nimir jamás lo engañaría, se necesitaba al menos ser un poco listo para eso. El viejo asintió. “Está bien, supongo que esos imbéciles se bebieron mi vino y pagaron las consecuencias…” Luego le echó una mirada fraternal. “Tú solo te escondiste. ¿Verdad?” Nimir asintió ansioso y luego esbozó una diminuta sonrisilla por el alivio de que el viejo le creyera y lo exculpara, pero inmediatamente se esfumó cuando el viejo lo miró amenazante estando a punto de ponerse en marcha. “¡Vas a dejar de murmurar tus mierdas en privado como ratón de gambuza! ¿Está claro?” Y Nimir volvió a asentir, pero esta vez con toda la veracidad que su rostro podía expresar, entonces el viejo suavizó su expresión, sonrió emocionado, incluso un poco lascivo, para preguntar si los efectos de su vino habían sido aterradores, Nimir asintió con dolor en el rostro y el viejo se entusiasmó aun más. “¡Vamos, dame detalles!” Exigió.



Cuando sacaron a Costia de su encierro ficticio, salió por su propio pie, pero el sol aún era demasiado fuerte para él, pensó en un principio, al igual que Lorina, que solo era deslumbramiento, que sus ojos se acostumbrarían al poco rato, pero no lo hicieron. Ahora resultaba que veía mejor en la penumbra de su encierro que a plena luz de día, pero la luz no era su única molestia en ese momento, también tenía una intensa comezón en la cabeza que sentía desde que había despertado. “Tal vez alguno de los chicos le arrojó algo de Urticario para molestar.” Justificó Lorina, tomada del brazo del prisionero de la forma más afectuosa. Quizá ese solo era un vicio de su oficio, como se dice, pero para el aguzado instinto de Nina, aquello olía a algo más… ¡si antes quería decapitarlo! Pero en ese momento debía comportarse como la líder que todos esperaban y tomar una decisión sobre qué hacer con el extraño, no en base a lo que era justo o correcto, eso no, sino en base a lo que la mayoría deseara, y la mayoría, o la parte más bulliciosa de esta, deseaba que el prisionero muriera por el mero hecho de ser rimoriano. Su suerte estaba echada, pero entonces uno de los hombres que lo había traído también comenzó a rascarse la cabeza por enésima vez en aquella mañana. “No es Urticario.” Afirmó, señalando al prisionero como si lo culpara de algo grave. Lorina, que aún estaba a su lado, abrió tremendos ojos y tras un breve examen visual, retrocedió de un salto como si le hubiesen arrojado un balde de agua a los pies. “¡Son piojos!” Acusó. “¡Puaj! ¡Rimoriano sucio!” Gritó Cípora, fingiendo arcadas, pues de todas las cosas asquerosas con las que debía lidiar en su vida, que no eran pocas, los piojos eran lo peor, eso y porque en una ciudad con tropecientos venenos, ni uno solo era efectivo contra esos bichos, al menos no sin desgraciar al piojoso. Nina se quejó como si aquello fuera un tonto contratiempo en medio de su ocupadísima agenda y la gente comenzó a alegar que se lo llevaran antes de que empezara a infectar a todo el mundo o a sus cabras, pero para entonces, ya nadie quería acercársele, entonces Lorina lo hizo, con la seriedad y devoción de una santa que atiende a los apestados que nadie quiere, se cubrió el cabello con un pañuelo empapado en orina de cabra hervida con un poco de aceite de tártago y corteza de Sagistán, un árbol con infinitas virtudes y cuyo aroma mantenía lejos hasta a los malos espíritus, y comenzó a rapar la cabeza de Costia con paciencia y cuidado, arrojando los mechones de pelo a una pequeña fogata que los devoraba devolviendo un olor poco agradable, pero que se mantenía anclado al ambiente como un pedo sin fin y que Lorina soportaba sin expresión en el rostro, absorta en su labor, o quizá en sus pensamientos.


León Faras.

sábado, 15 de junio de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXV.



En un pequeño bosquecillo, cerca de donde, precisamente, había acampado el ejército cizariano antes del ataque, tenía su campamento Vanter y Gúnur, Cherman los acompañaba esa mañana, ya que ninguno de los tres compartía esa moderna costumbre de desayunar y sus estómagos no estaban acostumbrados a pensar en comida antes del mediodía. “¿Y qué fue de ti después del ataque?” Preguntó Vanter, revolviendo un agua de hierbas que, además de abrigar las tripas, era estimulante para el ánimo. Cherman le contó cómo, en la locura de un ataque sin tino ni guía, terminó metido en un circo de peleas a muerte, y también sobre Nut, su gigante nuevo amigo Jazzabariano. “¿Jazzaba… qué?” Preguntó el otro con disgusto, como si le estuvieran tratando de tomar el pelo. Cherman se abrigaba las manos acercándolas al fuego. Le habló sobre la existencia del curioso reino de Jazzabar y su peculiar rey Cegarra, del lugar donde estos organizaban su espectáculo, de cómo terminó cayendo al río por un agujero, de la fea muerte de Damir y del destino incierto de los otros que estaban con él. Entonces, y mientras aún hablaba, tomó una delgada varita de la fogata con una llama diminuta en la punta y comenzó a observarla a una peligrosa corta distancia. Vanter lo miró preocupado. “No sé si lo sabes, pero, no deberías…” El otro, lo miró confiado. “Sí, lo sé. Féctor me lo dijo.” Luego se lanzó un pequeño escupitajo entre los dedos e hizo desaparecer la llamita de un apretón. “Pero le tengo más miedo al miedo mismo, que a lo que sea que pueda matarme.” Vanter nuevamente tenía su cara de disgusto, no sabía si felicitarlo o darle un golpe en la cabeza por tamaña osadía, pero no hizo ninguna de las dos, solo sacudió la cabeza, como quien se espanta una mosca de la nariz, y preguntó: “¿Entonces, viste a Féctor?” Gúnur servía el té en silencio. Otra vez ese tal Féctor, Vanter no paraba de hablar de él. Cherman asintió. “Es un hombre nuevo, Vanter, no creerías lo que ha cambiado, ahora es sencillo y amable; volvió a sonreír y a recuperar su confianza, pero sin esa petulancia insolente que molestaba a todos…” “Entonces, el que le cortó la mano le hizo un favor.” Comentó Vanter en voz baja, mirando de reojo a la mujer que le acompañaba. Cherman guardó silencio, él no había mencionado nada sobre la mano cercenada y sin embargo, Vanter ya lo sabía. Más de alguna vez se le preguntó a Féctor qué le había pasado, pero él solo respondía que “había tenido mala suerte,” “que solo fue una mala jugada del destino” o cosas así, vagas, como si no quisiera hablar al respecto. Ahora, mirando a Vanter, podía ver que aquel sabía lo que había sucedido y que solo estaba esperando a que le preguntara para decírselo, pero, si Féctor no quiso mencionarlo, él no tenía derecho a indagar en el tema solo por satisfacer su curiosidad, simplemente, no era asunto suyo, por lo que solo sonrió, bebió un sorbo de su té, y asintió. “Sí, puede que tengas razón.”



Todos en casa de Teté estaban consternados con la noticia y ella más que todos, porque incluso le pidió a su hija Falena que se quitara el amuleto porque ya no era necesario, Yurba había sacrificado su vida por ellas, y aunque todos en casa, y especialmente sus hijas, creían en ella y en su don a ojos cerrados, esta vez era muy difícil de aceptar lo que decía. Yurba era el más sorprendido pero el menos preocupado, ya más repuesto, sonreía con su risa torcida alegando, con todo respeto eso sí, que Teté había perdido un poco la cabeza esta vez porque lo que estaba diciendo no tenía ningún sentido. Y dándose golpecitos con la punta de los dedos en el pecho repetía: “Pero si estoy aquí, ¡aquí! No me he ido a ninguna parte. ¡Esto es absurdo!” Discutía con gesto de superioridad. Fue entonces cuando Rubi vio una marca que no había visto antes, justo allí donde Yurba se golpeaba. Era pequeña, como el ancho de un cuchillo talabartero, y notoriamente más pálida que el resto de su piel. El hombre alegó que solo se trataba de una pequeña cicatriz, pero por más que lo intentó, no pudo precisar cómo o cuándo se la había hecho, y un soldado siempre recordaba eso, ya que, si bien, las heridas no debían mencionarse siquiera, las cicatrices, por otro lado, eran tema de conversación en cualquier cantina y cada una de ellas debía tener una buena historia detrás… pero esta no. “Parece cauterizada.” Opinó Falena, y Yurba se acarició la herida con un vago recuerdo de ardor. Ya no reía, ahora dudaba. “Es pequeña para una espada… tal vez una lanza.” Señaló Tibrón, mirando de cerca. “O un cuchillo.” Agregó Rubi. “…O un puñal.” Completó Yurba, sin estar muy seguro de por qué. “Entonces, ¿fue un puñal?” Preguntó Rubi, con esa determinación que era difícil de eludir, pero Yurba solo tenía esa palabra flotando en su mente pero sin ningún contexto. “¡Un inocente!” Exclamó de pronto, como si estuviera recolectando piezas esparcidas por el viento. “¿Un inocente te hizo esto con un puñal!” Preguntó Falena. “Sí.” Respondió Yurba. “¡No!” Se corrigió luego. Era como seguir un rastro y luego darse cuenta de que se va en la dirección equivocada. “No estoy entendiendo nada.” Se quejó Rubi con sus brazos en jarra, una postura preocupante para muchos. Yurba buscaba en sus recuerdos como quien escarba en la tierra con sus propias uñas, hasta que de pronto apareció en su mente la imagen de un joven ratero muriendo ante sus ojos. “La sangre de un inocente.” Pronunció con el tono con que se pronuncia una revelación. “¿Quién es el inocente? ¿Tú?” Preguntó Rubi, inclinándose hacia delante como si le hablara a un niño. Yurba negó con la cabeza, en verdad no lo sabía, solo se acariciaba la cicatriz con la yema de los dedos y se repetía en la mente lo del puñal y la sangre como si pretendiera atraer las ideas a su cabeza con un señuelo, pero estas se le escondían como las visiones de un sueño al despertarse el soñante. “¡Esto es ridículo! Tal vez la cicatriz sí la tenía desde antes y simplemente no la habíamos notado.” Exclamó Tibrón, golpeándose los muslos con las palmas de las manos, pero no, Yurba estaba muy cerca de encontrar algo, podía sentirlo como si tuviera un hilo del que solo se necesita tirar para llegar al objetivo. “La sangre del inocente… era para salvarte a ti.” Dijo, sin recordarlo todo con claridad, pero sí estando muy seguro de eso. Rubi lo miró incrédula, ¿acaso la estaba culpando a ella de su herida? E iba a protestar, pero su mamá, que no había pronunciado palabra durante todo el interrogatorio, se le adelantó. “Entonces, ¿encontraste a la bruja que buscabas?” “La bruja.” Repitió Yurba.


León Faras.

miércoles, 5 de junio de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXIV.



Mientras Gan subía la pendiente hacia Rimos con dos de sus asnos cargados de carbón, la noticia de que los bosgoneses habían destrozado al ejército cizariano en una sola noche, se esparcía como la niebla en un pueblo costero, por supuesto, nadie tenía las noticias de primera fuente, por lo que las historias eran variadas y exageradas en muchas formas, pero aun así eran la comidilla de todos y lo seguiría siendo por varios días, y es que no había mucho más de qué conversar fuera de la ruda rutina con la que cargaban todos. Gan oía los cotilleos con una sonrisa amable y asintiendo una y otra vez, pero sin real interés pues él sabía lo que era una batalla de verdad y veía claramente con su único ojo cuando la gente se inventaba con descaro sus historias sin tener ni idea de lo que hablaba, pero ya no le importaba discutir, se había acostumbrado a la paz de la rutina, a ganarse la vida sin pelearse con nadie y a emborracharse de vez en cuando sin tener que golpear a alguien o terminar siendo golpeado. Se dirigía a ver a Yelena con su primera entrega desde que esta le dijo que le compraría todo lo que tuviera, y esperaba que así fuera, porque ya había rechazado a su paso a tres clientes necesitados de su mercancía diciéndoles que su carga ya estaba vendida y pagada. Y los clientes ansiosos por comprar no era algo que abundara en su negocio. Una vez que llegó, a quien encontró en la forja fue a Yara, la hija de Yelena. La chica no se veía muy fuerte pero le daba buenos golpes a una barra de hierro incandescente y parecía saber lo que hacía, después de todo, él también era un rimoriano, y hasta el más inepto de los rimorianos entendía lo más esencial sobre la forma de trabajar el metal. Cuando ella lo vio, se asustó un poco de su aspecto salido de alguna historia de miedo, de esas que le cuentan a los niños pequeños para persuadirlos de que no hagan cosas malas, pero pronto se dio cuenta de que solo era el carbonero con el que mamá trató y su expresión cambió. Lo invitó a pasar, le ofreció agua para refrescarse y le pidió que descargara su carbón mientras ella iba por su madre. Gan sonrió con un gesto forzado y obedeció, pero algo le olía mal, la verdad era que tanta amabilidad con el carbonero no era normal. Para su grata sorpresa, Yelena llegó pronto con el dinero en la mano, inspeccionó el carbón, se aseguró que fuera el mismo que la vez anterior y lo pagó sin apenas decir palabra. Luego, solo le preguntó cuando volvería con más y lo despachó con un apretón de manos, entonces, Yara quiso saber de dónde salía la leña para ese carbón, ella ya se lo imaginaba, su madre también, pues ese carbón no se parecía a ningún otro que hubiesen visto antes y habían visto mucho carbón en sus vidas, pero la mujer detuvo la curiosidad de su hija con un gesto, si era madera del Bosque Muerto, como sospechaban, era mejor no saberlo, la gente era supersticiosa, incluso ellas lo eran y como bien decía el dicho: “la ignorancia y la inocencia son amantes que nunca deben separarse.” Era mejor no saberlo. “Solo asegúrate de que el carbón que me traigas, sea hecho de la misma leña.” Pidió Yelena y Gan asintió. “No te preocupes, hay mucho más de donde salió este.” Y se retiró tirando de sus asnos y dando infinitas gracias. Él creía que su carbón era bueno, que él y Petro estaban haciendo un grandioso trabajo, pero lo cierto era que su carbón no era bueno sino excepcional y no tenía nada que ver con ellos sino con la leña que usaban, esos árboles del Bosque Muerto, diferentes a cualquier otro, sin fruto ni semilla conocida, nacidos y muertos todos juntos como uno solo, eran la materia prima para el mejor carbón que podía hacer el hombre.



Costia se pasó buena parte del tiempo narcotizado y otra buena parte del tiempo dormido, con lo que pudo descansar, recuperar la calma y también parte de su cordura, aunque desde el fondo de su ser sabía que nunca volvería a ser el mismo. Todo ese tiempo había estado a oscuras y atado de manos en un cuartucho a medio destruir del que se podía salir sin ningún esfuerzo, pero la imagen que proyectaba el pobre tipo era tan patética, que nadie se había preocupado mucho por su seguridad y algunos hasta se olvidaron de su existencia. La que no se olvidó de él, fue Lorina. Ella tenía mucha curiosidad por saber más sobre aquel monstruo y aparte de ese chico, Fibo, que había perdido todo entusiasmo y creatividad para contar su historia, el único que podía darle detalles sobre aquel endriago, era él. Lorina ya pasaba de los treinta años, lejos quedó el día en que una cabra abusiva y malhumorada la corneó en el trasero a los tres años y la dejó coja para siempre. Había sido amiga de Cípora desde muy joven, y aunque aquella siempre pensó que ser puta era la forma más fácil de vivir una vida que de por sí, no era nada fácil de vivir, a ella le costó más tiempo convencerse de la idea, pero las palabras de su querida madre, repetidas tantas veces y con la amargura que las decía, al final terminaron doblegándola: “Ay hija mía, tan poco agraciada y encima coja. ¿Qué va a ser de ti cuando me haya ido?” “Puta.” Le respondió Lorina a su madre, que yacía en su lecho de muerte, con total honestidad y sin remilgos, pues para ella como para todos, aquel era quizás el único trabajo que podría hacer bien y su madre no hizo más que devolverle una sonrisa amarga de resignación, esa que se les da a quienes han aceptado su destino. La mujer encontró a Costia sentado en una esquina, era poca la claridad del día que entraba en ese cuartucho, pero aun así el hombre había buscado el rincón más oscuro para acomodarse. Le llevaba una cebolla y un trozo de carne seca y machacada para que desayunara, lo más básico, después de todo aquel era un prisionero, pero Costia solo aceptó la cebolla, de pronto comer carne se le hacía tan indigno. Durante la noche llegaron noticias desde la ciudad aledaña que decían que habían encontrado a un hombre joven vagando por el campo, pero que tuvieron que matarlo a machetazos al ver que era un enajenado violento, muy alterado y fuera de sí, cubierto de sangre porque le habían arrancado una oreja e incapaz de entender o de darse a entender. “Era otro rimoriano, como tú. ¿Lo conocías?” Costia asintió temeroso, tenía visiones horribles en ese momento. “La oreja… el monstruo se la sacó de una mordida.” Le dijo a Lorina en un susurro lleno de angustia, pues sus recuerdos del incidente eran muy gráficos, incluso el del desagradable sonido que se produjo al triturarse los cartílagos, y junto con ese, otros recuerdos más, aunque confusos y distantes como sueños. Costia miró a Lorina a los ojos, su vista era perfecta mientras se mantuviera en la penumbra. “¿Crees que el monstruo soy yo?” Propuso, con más duda que convicción, y Lorina vio algo en él que la compadeció. Iba a decirle que a ella no le parecía un monstruo, pero en eso llegaron dos hombres con órdenes de Nina: el prisionero no podía quedarse, por lo que había que decidir si matarlo o liberarlo, y debía hacerse ahora.


León Faras.

domingo, 19 de mayo de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXIII.



Demirel, Tibrón, Váspoli y su pequeño grupo de sobrevivientes y dos cadáveres, cabalgaron durante todo el día sin detenerse para llegar a Cízarin empezada ya la noche, en cuanto fueron divisados, la noticia corrió y un guardia partió a informar al general Fagnar, quien estaba particularmente impaciente por saber qué demonios había pasado en Bosgos, pero, para cuando sus dos comandantes se pararon frente a él, sus ansias de exigir explicaciones concretas y claras disminuyeron considerablemente. Ante la luz de las antorchas, tanto Demirel como Tibrón, lucían cansados al punto de apenas poder mantenerse en pie; hambrientos, cubiertos de sangre seca, de sudor, tierra y una multitud de heridas leves sin tratar por todas partes, eso sin mencionar una peste que golpeaba los sentidos a más de un metro de distancia. “Es el olor de las nubes de veneno que nos lanzaron encima, señor.” Explicó Demirel, sin ánimo en la voz ni en el gesto. Fagnar lo miró como si se tratara de la excusa más estúpida que jamás hubiese oído. “¿Nubes de veneno? ¿Solo porque apestan a mierda!” Escupió el general, enojado. “No solo eso…” Intervino Tibrón. “Todos nuestros hombres empezaron a caer a puñados sin siquiera ensuciar sus espadas… sin poder pelear contra nada. Ahorcados por Invisibles montados en nubes de colores, señor.” Concluyó, bajo la mirada de incredulidad, no solo la del general, sino también la de su propio camarada ante tal exhibición de lenguaje poético. Fagnar miró a Demirel buscando una excusa para no comenzar a pensar que ambos se habían vuelto completamente locos. Demirel sacó fuerzas de donde no tenía para responder. “Los hombres, en su mayoría, se asfixiaron y cayeron muertos sin poder hacer nada, atrapados en una neblina de color violeta, verde o a veces naranja, en la que no se podía respirar sin vomitar los pulmones y contra la que no se podía luchar… señor.” Y como Fagnar no parecía convencido, añadió. “La mitad de nosotros fuimos arrasados antes de que la batalla comenzara, y la otra mitad tuvo que lidiar con el resto.” “Y los Tronadores ¿Es que no sirvieron para nada?” Insistió Fagnar. “En un principio, sí.” Respondió Tibrón, bajo la atenta mirada de su compañero. Luego añadió. “Pero es que los Tronadores, al igual que las espadas, necesitan soldados que los operen o no son más que hierro inútil, señor, y ellos, al igual que los demás, también fueron cayendo uno a uno.” Después de una pausa, como recordando algo poco agradable, continuó. “La gente se ensañó especialmente con ellos luego de que destruyéramos la mitad de sus casas.” “Fue un enemigo al que nadie esperaba y contra el que nadie estaba preparado para enfrentarse.” Concluyó Demirel. Fagnar no podía creer lo que estaba oyendo, pero dada la magnitud del desastre, no le quedaba más remedio que aceptar la explicación. “Nubes de colores,” “neblina venenosa,” “soldados vomitando sus pulmones.” ¿Cómo le iba a explicar al rey Siandro todo eso?”



Yurba se sentía agotado como nunca antes se había sentido, le dolían casi todos los huesos del cuerpo y la cabeza, sus tripas tampoco estaban en su mejor día, y olía tan mal que hasta los puercos preferían alejarse de él. Se sentía terrible, pero no solo físicamente, que lo estaba, sino también porque había abandonado a su suerte a las chicas en Bosgos, pero eso no fue su culpa, él solo estaba buscando a esa condenada bruja que Rubi necesitaba para salvar su vida porque según su madre ella se moría ese mismo día, la bruja que le había dado ese puñal… Yurba no pensaba con claridad, era imposible centrarse en otra cosa que no fuese ese desagradable olor que le impregnaba el cuerpo. Él lo intentó, pero no pudo, era imposible. La noche estaba cerrada, había veneno y enemigos por todas partes, él estaba enfermo y desorientado y encima había perdido su caballo. ¿Cómo iba a regresar así? De haberlo intentado, de seguro estaría muerto ahora, pero aun así pensaba que si le había pasado algo a alguna de esas chicas jamás se lo perdonarían, Tibrón le arrancaría la cabeza, eso si Rubi no lo hacía antes… o Falena… estaba frito. Mierda, tenía la boca seca, el corazón le latía en las sienes y sentía sus tripas puestas de cabeza, y ahora también estaba mareado. Había tragado demasiada de esa mierda en el aire de Bosgos, no lo suficiente para matarlo como a los otros, pero sí como para enfermarlo de por vida. ¿Dónde rayos estaba? Ni siquiera sabía hacia donde caminaba. Ya eran las primeras horas de la noche y estaba oscuro, pero todavía había gente moviéndose en las calles, terminando sus últimos quehaceres del día, gente que lo evitaba como a una enfermedad contagiosa, que se alejaba de él conteniendo las arcadas y mirándolo como si se tratara de un ser sobrenatural salido de algún reino putrefacto, y al que nadie se atrevía siquiera a hablar, hasta que alguien lo hizo. “¿Yurba? ¿Qué haces aquí? Me alegra que estés…” Esa era Falena, acicalando a su caballo fuera de su casa, pero dentro estaba Rubi, y la escuchó. “¿Dijiste Yurba? Ese canalla infeliz ¿Cómo se atreve a…?” Ambas chicas debieron callarse al verlo parado afuera, pues el pobre lucía como un esperpento al que le costaba trabajo simplemente quedarse inmóvil y formular una idea. “¿Acaso está borracho?” Preguntó Falena, con el ceño apretado y la cabeza inclinada, como si eso ayudara en algo. Rubi arrugó la cara. “¿Hueles eso? No solo está borracho, también se cayó dentro del agujero de las letrinas.” Yurba estaba mareado, reconoció a Rubi y quería pedirle que lo perdonara, pero al dejar de caminar su malestar se intensificó de repente, por lo que sucedió lo inevitable: con toda alharaca, vomitó un poco de líquido oscuro y apestoso y se desmayó ahí mismo. Rubi se quedó con los brazos en jarra, indignada. Mira que visitar su casa en ese estado y encima, quedarse tirado ahí como un muerto hediendo toda la calle.



Cuando despertó, estaba tirado en un rincón del establo, no podía quejarse, el olor de la caca de caballo era más presentable que el suyo en ese momento. Ya era media mañana y Rubi estaba ahí, Tibrón había llegado en similares condiciones, aunque no tan enfermo, y le había explicado someramente lo del veneno antes de caer en su lecho para dormirse de inmediato y apestando a horrores toda la casa, aunque ella y su mamá tampoco podían quejarse, al menos él había regresado. La chica tenía un pocillo de leche fresca en la mano para aliviar su estómago y noticias terribles que no sabía como explicar. Telina había reaccionado con espanto al verlo y no por su aspecto deplorable, sino por su falta de luz: Yurba había muerto en la batalla y aun así había regresado. Esa fue la sentencia de Teté.


León Faras.

domingo, 5 de mayo de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXII.



Allí estaba, la bodega junto al corral donde todo comenzó. Era fascinante, para un alma curiosa e investigadora como la de Migas, poder palpar y oler los remanentes creativos de un invento extraordinario como el Tronador. No era mucho lo que había, si se era alguien simple como esas mujeres que le acompañaban, agarradas unas a otras de los brazos como si temieran perderse en su propia casa, pero era todo un universo para él; las herramientas marcadas por su trabajo, los restos de material esparcidos por el mesón y el piso, el olor impregnado en guantes y delantales y lo más impresionante de todo, los manuscritos, que para esas gallinas viejas no eran más que garabatos vomitados por una mente perturbada, para él eran el lenguaje de un intelecto brillante, porque ese viejo Larzo, al que nunca le enseñaron a leer ni a escribir, se las había arreglado para inventar su propio sistema de escritura basado en líneas y puntos, y así dejar impresas sus ideas en papel, Migas podía verlo a simple vista, aunque descifrarlo le tomaría más tiempo. Luego llamó su atención la pared de un rincón, donde un mismo nombre estaba escrito muchas veces, con distintos materiales y una caligrafía casi infantil, como si aquello fuese lo único que supiese escribir el que allí yacía, también podía verse, mezclado con el entorno, una vieja cadena y un grillete. “¿Quién rayos es Mirna?” Preguntó Migas, intrigado por saber si habría alguien de quien debía preocuparse, pero las mujeres reaccionaron con congoja y lamento, llevándose las manos a la boca y a las mejillas con dolor, como si hubiesen sido abofeteadas por seres celestiales. Mirna era una muchacha rimoriana. “Dicen que Larzo la compró a su padre por unas cuantas monedas para hacerla su mujer siendo ella apenas una chiquilla, pero la niña no le salió tan dócil como esperaba y decidió domarla atándola con esa cadena y manteniéndola así durante años… comiendo, cagando y durmiendo en el mismo sitio.” Contó una. “Hay quienes se niegan a aceptar su destino.” Se lamentó otra con resignación. “Finalmente pasó lo que tenía que pasar y Mirna, ya toda una mujer, se quedó preñada.” Señalaron las viejas, hablando todas a la vez e interrumpiéndose mutuamente para completar el discurso, Migas captó lo que pudo. “¿Y dónde está ella ahora?” Preguntó. Las viejas miraron al cielo y se encogieron de hombros, como si les estuvieran pidieran una tarea imposible. “Cuando el nacimiento se acercó, Larzo se vio obligado a liberarla, pues la chica no podía parir ahí mismo, así que la llevamos hasta la casa y la ayudamos a dar a luz… La criatura nació y todo estuvo bien hasta la noche del ataque de Rimos.” “Esa noche Mirna se fue con Romeo. Escapó.” Señaló una de las viejas, la que parecía más tocada por el alcohol, con los ojos bien abiertos y una sonrisa de lo más inapropiada. “¿Quién?” Quiso saber Migas, y las mujeres le aclararon que Romeo era el caballo de Larzo, un animal hermoso al que éste nunca pudo montar porque la bestia nunca se lo permitió. “Solo podía montar su borrico.” Señaló la misma vieja de antes, con la misma sonrisa inapropiada. “Pero sí se lo permitió a Mirna y ella escapó con su hija. Los animales sienten cosas que uno no…” Explicó la más alta, presumiendo sabiduría. Todas asintieron. “Nunca más supimos de ellas, y el pobre de Larzo murió de pena, añorando ver a su hija una vez más.” Dijo la que de seguro era la más vieja de todas, pero las demás no parecieron estar de acuerdo con ella. El viejo Larzo tenía sus cosas buenas y sus cosas malas, como todo el mundo, pero el amor, el cariño y el afecto por sus más cercanos, no era una de sus fuertes, más bien una de sus débiles, a él le gustaba quejarse por todo; siempre gruñendo y buscando excusas para andar enojado todo el tiempo, había que conocerlo bien para tolerarlo y todas sabían que, a sus años, eso de ser un padre amoroso y preocupado no era algo que fuese con su estilo, tal vez si hubiese nacido un varón, hubiese hecho un esfuerzo, pero no con una niña, no después de ver cómo trató a la madre, y eso Mirna lo sabía muy bien. “Si sobrevivieron y lograron huir, deben de estar muy lejos de aquí en este momento… y la niña ya debe ser toda una señorita.” Sentenció la señora de las mejillas abultadas, la que lo recibió cuando apenas llegó.



¡Es mía, yo la encontré!” Protestó Emma, protegiendo su hallazgo tras ella como si se tratase de un ser indefenso, Lina, correspondiendo a su lealtad fraterna, se ponía de su lado. “Es cierto, ella la encontró.” Emmer no tenía problemas con que la chica conservara una espada, mientras no anduviera repartiendo espadazos por ahí a la gente que le rodea y mientras su madre no se enterase que tenía una, él había tenido una siendo aun más joven, solo que aquella no era cualquier espada, y… ¿por qué Vanter la había llamado “la espada de un traidor”? Vanter estaba a punto de soltar una de sus sentencias sobre el precio de llevar culpas ajenas, cuando apareció Cherman con otra pequeña sorpresa para ellos. “Tuve que regatear un poco, pero al final conseguí un buen precio…” Dijo, cargando una enorme espada en las manos. “Una de las chicas la encontró tirada en medio del campo ¿Pueden creerlo?” Vanter, ciertamente, no podía creelo. Esa era Gloria, la espada de Motas, inconfundible, no solo por sus dimensiones exageradas, sino también porque uno de sus gavilanes era más corto que el otro, una asimetría inexplicable, y allí estaba, en el mismo momento y lugar que Malagonía. “¿Qué clase de truco es este?” Murmuró. Emmer la admiró maravillado, acababan de encontrarse de narices con la espada de Féctor, y ahora también aparecía la de Motas. “Solo falta el martillo de Abaragar para completar la Trinidad de Hierro de Rimos.” Comentó. Emma se mostró interesada por aquel título tan atractivo. “Estas son las armas que pertenecieron a los mejores guerreros rimorianos: al más fuerte, al más hábil y al más bravo…” Iba a comentar algo más, pero entonces se oyó a Nila protestando porque estaba hasta las pestañas de trabajo, que los necesitados no paraban de llegar, que aún había heridos que atender y que ningún miembro de su familia le estaba ayudando, ni siquiera a mantener el fuego encendido. Ambas espadas quedaron juntas, guardadas en el mismo sitio, como si no existiesen rencillas pasadas entre ellas y la gente debió escabullirse como ratas sorprendidas por el dueño de casa, para regresar y pretender estar haciendo algo útil. Para ese momento, Vanter ya se había ido.


León Faras.

jueves, 18 de abril de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXI.



Cegarra. no era un rey de verdad, él era un solo pescador hijo de otro pescador, que siendo muy joven y buen nadador, junto con su padre y dos hombres más, construyeron el primer muelle sobre el río Jazza que hasta ese momento no era más que ribera desnuda. Era el único hijo vivo de todos los que había parido su madre en su vida y eso la había dejado a ella un poco dañada, física y mentalmente. Ella a veces llamaba a sus hijos muertos, lloraba por ellos en las noches y conversaba con ellos durante el día mientras cocinaba o limpiaba su huerto, lo que era motivo de burlas para algunos que la llamaban “la descabezada,” lo que era motivo, a su vez, de constantes riñas para el joven Cego, como le llamaban en ese entonces, y esas riñas a la larga se convertirían en su forma de vida cuando descubrieran, él y quienes le conocían, lo bueno que podía ser peleando con sus puños y aguantando los puñetazos de los demás con su cuerpo. Se hizo de cierta fama y tanto Jazzabar como la Rueda nacieron de ella. La gente se reunía para ver las peleas y pronto esa gente se empezó a arraigar ahí, para qué irse si, de una manera u otra, todos se ganaban la vida gracias al río. Para cuando Jazzabar comenzó a tomar forma como tal, Cego ya tenía una musculatura prominente, el rostro ya medio machacado por tanto golpe, y una reputación prometedora en la Rueda, pero había alguien más en ese entonces, un luchador extranjero de gran tamaño y pocas palabras coherentes que se hacía llamar el Tigar, lo que significaba el primero o el único, con la habilidad de noquear a sus rivales con una enorme eficiencia y la resistencia para aguantar palizas formidables, sus adversarios podían huir de él manteniéndose en constante movimiento para evitar sus golpes demoledores, porque la agilidad no era uno de sus puntos fuertes, pero si esa estrategia se alargaba demasiado, la audiencia pronto perdía la paciencia y con ella, el respeto por el que estaba evitando la lucha. Cego fue listo en ese sentido, se negó a enfrentarlo hasta no hacerse una idea de qué hacer ante tamaño rival, pues había visto a tipos más grandes y tan duros como él desplomarse sin control de su cuerpo tras uno de sus golpes buenos a la mandíbula. La respuesta vino de un viejo pescador de aspecto triste y andar doloroso, que le aconsejó, sin reales intenciones de hacerlo, que debía cuidarse las rodillas porque sin ellas un hombre no valía nada, y esa fue su estrategia, destrozarle las rodillas al Tigar, una rodilla, restarle movilidad, sumarle dolor a sus movimientos, convertirlo en un viejo de aspecto triste y andar doloroso. Hasta ese momento, en las peleas en la Rueda, no se permitía ningún tipo de arma, ni cortante ni contundente, pero los golpes podían darse con cualquier parte del cuerpo y dirigirlos a cualquier parte del cuerpo y la audiencia siempre apreciaba la creatividad, pero debía ser rápido y certero con sus piernas para atacar y retroceder, y al mismo tiempo firme y resistente con sus brazos para protegerse la cabeza, o el Tigar desmoronaría su brillante estrategia de un solo golpe, pues solo uno le bastaba encajar para tomar la ventaja definitiva.



La pelea fue todo un acontecimiento, todo el trabajo en Jazzabar se detuvo ese día, la gente apareció a montones, al igual que los puestos con comida y de bebida que nacieron solo para ese día. Gorman estuvo allí, vendiendo sus fritangas de camarón, pescado o cualquier cosa que saliera del río, embadurnada en su salsa especial de aspecto a lo menos dudoso, pero que podía dejar casi cualquier cosa sabrosa y crujiente. Grisélida, como fiel y orgullosa ciudadana de Jazzabar desde sus inicios, también estaba allí, aún no tenía su negocio pero ya tenía su clientela, a los que les servía sus bebidas favoritas que cargaba en una carreta tirada por un burdégano casi ciego luego de dos años trabajando en la oscuridad de las minas de Rimos. Las apuestas, tímidas de común, ese día se desataron pues lo de ese día sería un acontecimiento nunca antes visto, una pelea única, Prato, el organizador de éstas, y quién había nacido para seguir y servir a un líder con toda la lealtad que tenía para dar, ya había decidido desde hace tiempo quién debía ser éste y esperaba con ilusión que el resultado de esa pelea se lo confirmara. La Rueda se llenó como nunca, la gente de más atrás tuvo que buscar en qué encaramarse para poder ver el espectáculo y hubo quienes se beneficiaron de eso cobrando por el uso de un simple taburete o de una carreta desvencijada, pero todo valió la pena. El Tigar comprendió bien desde un principio que ante ese marco de público y ante un rival tan esperado por todos, se debía dar un buen espectáculo y no salir a acabarlo lo antes posible como lo hacía con los demás, la gente debía gozarlo, solo así vaciarían sus bolsillos con gusto y él ganaba más. Al principio el campeón se mostró tímido, lanzando golpes sin mayor intención y dejándose recibir algunos buenos bofetones que celebraba con el público alardeando de que no le hacían ningún daño, pero cuando quiso abusar de su fanfarronería animando a la gente a que le alabara e ignorando a su oponente, Cego le metió una patada directa a la rodilla izquierda que hizo tambalear al Tigar y que cambió el curso de la pelea, porque ese golpe sí lo sintió de verdad y comprendió que el espectáculo había terminado y que debía imponer su superioridad o podía llevarse, él y los que apostaron por él, una muy desagradable sorpresa. El campeón no se esperaba un golpe así y le pareció hasta una jugada sucia, porque lo honesto eran los golpes de frente y de la cintura para arriba, él, al menos, así lo hacía, pero nadie allí estaba dispuesto a escuchar quejas ni a discutir sobre honorabilidad en el combate, por lo que solo se centró de ahí en adelante en arrojar al suelo al arrogante insolente que pretendía quitarle su puesto y no le faltó demasiado cuando conectó un zurdazo ascendente que sacudió toda la cabeza de Cego y lo dejó a un solo golpe de caer, golpe que logró evitar a duras penas y trastabillando pero lo suficiente para mantenerse en pie y recuperarse para continuar. Más adelante Cego lograría esquivar un nuevo golpe de su rival y aprovecharlo para meter otra patada en el mismo sitio de antes. Esa era la mejor forma de entrarle, sino la única, pero también la más arriesgada. Luego de algunos minutos, había logrado que el Tigar cojeara a cada paso y que estuviera más furioso también, pero fuera de eso, al campeón se le veía perfectamente, él, en cambio, había recibido varios golpes y los afilados nudillos del Tigar le habían partido la cara en distintas partes, estaba bañado en sangre y sudor, sentía hinchado su ojo izquierdo, y los brazos le pesaban como nunca antes le habían pesado, solo le faltaba recibir el golpe definitivo y no podía evitarlo para siempre, entonces llegó, dejó que llegara y aunque lo contuvo como pudo cubriéndose con sus brazos, el puñetazo en el pómulo izquierdo lo hizo caer al suelo, exhausto, sin fuerzas para seguir peleando, pero aún no estaba fuera de combate, y no podía darse como ganador al Tigar si su rival estaba consciente y despierto, por lo que éste se le acercó victorioso, lo cogió por el pelo y lo hizo ponerse de rodillas para darle el golpe de gracia mientras el público celebraba completamente satisfecho con el espectáculo recibido y esperando el mejor final. Estando sobre sus rodillas y viendo el puño en alto de su rival, y como éste se hacía vitorear por sus seguidores, Cego empuñó su mano como un hombre libre y un peleador orgulloso que era y descargó su golpe de gracia también, con todas las fuerzas que le quedaban y directo a la rodilla del Tigar, la derecha esta vez, la que estaba más próxima y la que hizo que el Tigar diera un grito y le soltara el pelo en el acto; que los vítores se acabaran y que su rival lo mirara como si le hubiese traicionado, como si hubiese develado el más profundo de sus secretos, su debilidad, como si hubiese despertado en él el dolor de una antigua lesión ya olvidada pero no desaparecida y ahora lo usaba en su contra. Cego se puso de pie penosamente, mientras el Tigar apenas podía mantenerse así sin sentir dolor, a su alrededor, la mitad de la gente estaba atónita al ver cómo la situación se había invertido en un segundo y la otra mitad gritaba de felicidad por la misma razón. Cego levantó los puños otra vez, dispuesto a continuar, el otro quería destrozarlo, pero el dolor era tan intenso como cuando el tronco de un árbol le aplastó las piernas y lo tuvo sin poder caminar por meses, solo se recuperó gracias a su volumen y extraordinaria fuerza física, pero su rodilla aún le recordaba ese día de vez en cuando, y ahora más que nunca. El Tigar lo intentó pero no pudo y apoyando su rodilla lesionada en el suelo, le cedió la victoria a su rival por esa vez, prometiendo que tendría su revancha dentro de un año, pero nunca la tendría, porque luego de tres meses, un enorme Crestadorada de casi un metro de largo, probablemente el único de ese tamaño en todo el río Jazza, en uno de esos días en lo que todo sale mal y en una desafortunada maniobra de pesca, le rajara la cara a Cego con la uña de su aleta pectoral, llevándose su ojo derecho por delante, y luego huyera para nunca más ser visto. Ese día su carrera deportiva profesional terminó, un tuerto en la arena de la Rueda no era rival para cualquier luchador medianamente experimentado, el título volvió a su antiguo dueño cuando éste se recuperó y Cego comenzó, sin casi darse cuenta, una carrera política que lo llevaría a convertirse en rey, un rey sin trono ni corona, ni ninguna de esas tonterías pretenciosas, solo un hombre al mando de un pueblo que lo seguiría a donde fuera.


León Faras.