viernes, 13 de septiembre de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

80.



Falena pasó la noche en un campamento a la orilla del camino, de estos que los viajeros acondicionan con refugios improvisados para resguardarse de la intemperie, un sitio para la fogata y hasta algunos ganchos colgados de los árboles para proteger sus pertenencias de las alimañas oportunistas, eran sitios amplios que crecían cada año un poco más con el uso y que solían albergar a más de un viajero cada vez. Esa noche, pernoctaba allí una pareja de viejos, eran viejos, pero no tanto como el señor Sagistán, además de que se veían bastante fuertes todavía. Le devolvieron el saludo con sequedad y siguieron con sus asuntos, aunque la mujer tuvo la amabilidad de acercarle un poco de su fuego ya encendido para evitarle el trabajo de tener que encender el suyo, lo cual, siempre era de agradecer, en especial, en una noche en la que la presencia de la luna era más bien esquiva. Falena comenzó a calentar un poco de queso en su fuego, mientras veía con algo de curiosidad cuál era la cena de los viejos, al parecer, lo que pretendían comer eran tripas, o tal vez alguna especie rara de serpiente despellejada, pero no, a simple vista parecían tripas de res, y tenían muy buen olor, entonces se oyó el crepitar de algunas hojas secas al ser pisadas en la oscuridad del bosquecillo que los rodeaba, seguramente solo se trataba de alguna alimaña atraída por el aroma, pero entonces uno de los caballos de los viejos comenzó a impacientarse, y el nerviosismo era algo contagioso. El tenue crujir de una rama hizo que el caballo de Falena también se pusiera intranquilo, pero no había nada que sus ojos pudieran ver allí. El hombre se puso de pie y le exigió a viva voz una respuesta a la negrura del bosque y esta le respondió con un torpe y raudo sacudir de hojas en el suelo. Eso no era una alimaña, pensó Falena, y los animales salvajes más grandes no acostumbraban acercarse a los asentamientos humanos, ella nunca había visto uno. Seguramente se trataba de un perro. La chica pensó en coger un palo y acercarse a mirar, pero casi se le cae la mandíbula cuando vio al hombre de pie, empuñando con propiedad una parca pero elegante espada recta de casi un metro de largo en la mano. Rimoriana, sin duda. Su tío Demirel se lo había dicho una vez: “Una espada, mientras más grande sea, demandará un mayor compromiso.” Ella no le entendió en principio, su tío Demireel hablaba cosas muy raras a veces, pero con el tiempo comprendería que de lo que hablaba su tío era del tiempo y esfuerzo que lleva dominar el arte de la esgrima. Falena no quería sacar sus espadas si no era necesario, pero vio que la mujer también ya empuñaba su arma, una bonita hoz, gruesa y brillante, que parecía hecha especialmente para hacer algo más que sólo segar los campos de Velsi. Con una lámpara de aceite por delante, el hombre se internó en el bosque, lo que fuera que se ocultaba allí corrió sin alejarse. La chica cogió una antorcha de su fuego, y cuando la criatura volvió a correr, ambos pudieron verlo: “Es un idiota.” Afirmó Vanter, volviendo a su campamento con gesto de hastío para buscar algo comestible que les sobrara para lanzarle al pobre bastardo ese. Los locos y los idiotas por lo general se ganaban su lugar dentro de la sociedad si llegaban a comprender las normas básicas de comportamiento, pero siempre había algunos que rebasaban los límites actuando de forma agresiva, violenta o incluso pervertidos que les parecía divertidísimo enseñar sus partes privadas a los transeúntes o manosear señoritas descuidadas como si de una pequeña gran proeza se tratara. Esos acababan expulsados de las ciudades, ocultándose en los bosques y mendigando comida en los caminos, sin embargo, este no era un idiota cualquiera, ni siquiera era un idiota, este solo era el pobre de Costia que no estaba dispuesto a que ese par de mujeres locas de Bosgos hicieran lo que quisieran con él, el problema, era que aún no podía hablar con normalidad, su lengua todavía se sentía rígida, y su garganta solo emitía algo parecido a un ronquido cada vez que intentaba hablar, por lo que no era más que un mudo, medio ciego durante el día, lo que no era muy diferente a ser un idiota para la mayoría, obligado a vagar de noche por los bosques buscando algo de comer o a quién robar, al menos, esa era su condición por el momento.



Yurba yacía en su lecho sudando y tiritando inconteniblemente sin que nadie entendiera bien el porqué de su malestar, ya que no parecía tener fiebre y tampoco había perdido el apetito. “Está fingiendo.” Aseguraba Rubi, pero Teté le rogaba que no hablara así de ese pobre hombre que se había sacrificado por ellas. “Solo quiere nuestra atención.” Insistía su hija con gesto de poco convencimiento, cuando llamaron a su puerta. Teté abrió temerosa, esperando algo malo del destino como siempre, y la sorpresa que recibió casi le hace dar un respingo. “¡Todas las rimorianas son así de ingratas, o sólo tú?” Era su amiga Dana. Mucho había pasado desde la última vez que se vieron y es que Teté no era buena con eso de visitar amistades, en su mente, eso no podía salir nada bien, la gente estaba ocupada, tenía cosas que hacer, y que alguien llegara de improviso y con ánimos sólo de chismorrear, debía de ser un fastidio, pero Dana no venía solo a eso. “Hicimos inventario en la bodega del palacio y como siempre sobraban cosas…” Dana soltó una risita y repitió. “Y como siempre, tu amiga se acordó de ti y de tus hijas.” He hizo pasar a sus hijos cargando sacos con restos de grano, pocos de harina, algunas conservas, montones de recortes de tela de distintos tamaños y colores, además de otras cosas. “¡Es que no me invitarás ni un vaso de agua!” Le recriminó Dana a su amiga con falsa indignación, la que siempre se quedaba pasmada cada vez que la vida le daba algo bueno, sin embargo, la que verdaderamente estaba congelada en ese momento, era Rubi. Sí, los hijos de Dana, Cal Reni y Dival, eran un par de muchachos apenas mayor que ella, altos, delgados, fornidos, con cabello ondulado… todo lo contrario del bobo de Yurba. Rubi jamás lo admitiría y luchaba por no evidenciarse, pero es que la sola presencia de uno de ellos, aunque fuera ajena y lejana, le robaba la autonomía, la ponía estúpida, las palabras se le confundían y atascaban en la boca, se volvía torpe para hacer cualquier cosa y hasta sentía que caminaba de forma rara. Su cuerpo la traicionaba con elocuencia y ahora tenía a los dos metidos en su casa, con sus bellas sonrisas y sus simpáticos comentarios. ¡Si hasta se estaba sintiendo acalorada ahora! “Mamá, voy a ver a nuestro enfermo.” Logró decir sin atascarse, rígida como un poste y procurando sonar convincente, para luego, dar media vuelta e irse lo más digna posible, pareciendo segura pero temiendo en cualquier momento olvidarse de cómo caminar. Yurba era la solución: en su presencia, todas esas sensaciones simplemente se disipaban.


León Faras.

sábado, 31 de agosto de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXIX.



La taberna Tres Cuernos era un sitio deprimente donde cada uno de los que se había librado de la masacre, bebía un trago amargo en nombre de los caídos, sabiendo que para la próxima sería su turno. “Mierda…” Se quejaba Cal Desci. “Creí que acompañados de esos Tronadores gigantes, apenas íbamos a sudar… ¡Ja!” Aregel, a su lado, asentía sin despegar la vista de su jarra, como si esperara que esta hiciera algo interesante en cualquier momento. “Te lo garantizo amigo…” Continuó Cal. “De la siguiente, uno de los dos no va a volver…” “Probablemente no.” Replicó el otro en un susurro inanimado, luego ambos guardaron silencio por un rato, alimentando aun más así el desaliento del que todos estaban contagiados. “¿Y si me corto un dedo?” Propuso Cal, estudiándose la mano con detenimiento, y como su amigo no hizo más que mirarlo como a un idiota que de pronto comienza a golpearse la cabeza sin motivo, añadió: “¿Crees que eso me exente del servicio?” Aregel, que pensaba que su amigo se había emborrachado demasiado rápido esta vez, se rio sin ganas y volvió a contemplar su jarra. “Tal vez si te cortas una mano, pero por un dedo, solo te dirán que eres un estúpido que merece morir antes que los demás menos estúpidos que tú…” Cal enchuecó la boca en un gesto de desaliento, con un dedo estaba dispuesto, pero una mano entera… eso era demasiado. “Estamos jodidos.” Sentenció.



Falena continuó su camino hacia Bosgos, mientras el viejo Sagistán y el hombre de la pierna de hierro se miraban, descifraban y evaluaban mutuamente y ambos eran experimentados en ello. “Hijo, por qué no me ayudas, ¿sí? No es fácil para un viejo como yo subir a un caballo sin montura.” Pidió el abuelo con tono humilde y gesto adolorido y Cherman no dudó en desmontar y asistirlo, él era un hombre amable, y más si se le pedían las cosas de esa manera, pero también, porque quería saber quién era esa muchacha. Era la segunda vez que la veía y algo muy raro había en ella. “¿Por qué?” Preguntó el abuelo ya desde la cima de su caballo, Cherman no sabía el porqué, era solo que podía ver que esa muchacha no era una chica ordinaria. “Vamos, hijo. Mi casa no está lejos. Comamos algo.” Le invitó Sagistán.



Tú eres rimoriano, ¿verdad, hijo?” Afirmó el abuelo, poniendo sobre la pequeña mesa de su patio un plato con ciruelas secas y otro con habas hervidas. La respuesta fue casi imperceptible, pero suficiente para el abuelo que sonrió satisfecho. “Como mi padre solía decir, puedes ocultar quién eres pero no de dónde eres.” Dijo, Sentándose a la mesa con una jarra de jugo de manzana ligeramente fermentado y dos vasos. “Yo alguna vez fui rimoriano también, ¿lo imaginas? Aunque la mayor parte de mi vida la he vivido aquí, en Cízarin…” Dijo Sagistán, sirviendo los vasos. A Cherman le admiraba la familiaridad con la que el viejo le trataba, pero no le resultaba incómoda, más bien curiosa. “Dejé Rimos siendo bastante joven y jamas volví, como si me hubiese ido muy lejos.” Rio el viejo de su propio comentario, pero luego se justificó. “Me peleé con mi hermano, ya sabes como es eso. Pensé que después de un tiempo beberíamos algo, hablaríamos y todo se olvidaría, pero nunca fue así.” Sagistán se metió un par de habas gordas en la boca. “Y tú, ¿tienes hermanos?” Preguntó el viejo, entre masticadas. Cherman negó con la cabeza. “Tuve una hermana, murió a los nueve años de la fiebre mata-niños. Ese fue un mal año, poca comida, animales flacos, todos estábamos débiles y hambrientos. La fiebre se llevó a casi todos los niños de la aldea.” El viejo lamentó oír aquello y Cherman agregó. “Para entonces, yo tenía unos quince o dieciséis años, mi padre también ya estaba muerto de una infección que no pudo vencer y mi madre y yo vivíamos con mi abuelo. Al año siguiente yo perdí mi pierna cuando un tronco me la aplastó, también estuve cerca de la muerte, como una maldición familiar, pero mi madre y mi abuelo no me dejaron ir.” Sagistán estaba serio. “¿Qué aldea era esa, hijo?” Cherman escupió los cuescos de un par de ciruelas y respondió que solo se trataba de una aldea de leñadores en las partes más altas de Rimos. En ese momento, el viejo Sagistán ya no comía ni bebía nada, solo escuchaba. “¿Cómo se llamaba tu padre, hijo?” Cherman lo miró divertido, como si de pronto y sin razón alguna, todo se hubiese vuelto demasiado serio. “Bazarán” Respondió. El viejo apretó los labios y por un segundo pareció que iba a soltar una lágrima. “Y ese condenado mal nacido, ¿nunca te habló de tu tío Sagistán?” Cherman se mostró incrédulo. Negó con la cabeza. “Nunca oí de ti antes.” Confesó, e iba a hacer un par de preguntas pero el viejo se le adelantó. “Eres soldado, ¿verdad? Puedo reconocer lo que el entrenamiento hace con las personas, con sus posturas y ademanes, además, vi la espada en tu caballo. ¿Por qué te hiciste soldado?” Preguntó, como retándolo. “Yo quería hacerlo, siempre quise, aunque para mi madre y mi abuelo esa era una idea muy tonta. Entonces pasó lo de mi pierna, tenía pocas esperanzas de empuñar una espada algún día, pero después de eso, ya no tenía ninguna.” Dijo, y mientras secaba su vaso de un trago, el viejo lo animó a continuar. “Entonces un día llegó mi abuelo, con una pierna de hierro en una mano y una espada de verdad en la otra y me llevó en dos años desde mi lecho, donde no era más que un inútil decepcionado de sí mismo, hasta las puertas del mismísimo ejército de Rimos.” “Ese era el señor Argán, ¿verdad? Tu abuelo.” Apuntó el viejo, y añadió. “Era un buen hombre y el mejor carpintero que yo haya visto, pero no era soldado.” Cherman se mostró extrañado y complacido de que conociera a su abuelo. “No, no lo era, pero era un hombre tenaz, y si él decidía que yo debía ser soldado antes que un inútil cojo por el que todos sienten lástima, nada en el mundo lo detendría. ¿En verdad tú eres mi tío?” Preguntó, tomando finalmente esa idea como posible. “Pregúntale a tu padre.” Respondió el viejo con falso resentimiento, y luego de algunos segundos de silencio, continuó. “Bazarán era mi hermano menor, él y yo durante mucho tiempo planeamos salir de esa aldea, buscarnos un futuro mejor en otra parte, pero justo el último día, él decide que no se va a ningún lado y dejarme solo, para quedarse con una chica… una chica que en ese momento, era la muchacha más caprichosa que hayas conocido. Sí, tú madre era una encantadora jovencita muy antojadiza, que se la ponía muy difícil a sus pretendientes con sus juegos. Entonces nos peleamos como nunca lo habíamos hecho antes, yo no cambiaría mis planes por él, y él no dejaría a esa chica por mí. Fin de la historia. Ese día yo me fui sin despedirme ni mirar atrás y él no hizo nada por intentar detenerme. Ni siquiera me deseó buena suerte.” Cherman se quedó procesando todo eso en silencio por unos segundos, para luego preguntar. “¿Cómo supiste que yo era tu sobrino?” “¿Cómo podría saberlo? Tú querías saber sobre esa muchacha del camino, dijiste que no te parecía una chica ordinaria, por eso estamos aquí, porque no te equivocas.” El viejo llenó los vasos y levantó el suyo como si pretendiera brindar. “El hijo de Bazarán en mi casa. ¡Quién lo diría!”


León Faras.

martes, 13 de agosto de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXVIII.



Cípora caminaba con la cara afligida, mordiéndose las uñas de una mano y abrazándose el vientre a sí misma con la otra, como si una preocupación muy grande le royera no solo los sesos, sino también las tripas. Se acercó a Lorina que con muda devoción terminaba de afeitar la cabeza de Costia, el cual ya no quería levantar la mirada del suelo ni a la sombra para no dañarse los ojos. “Ya lo tienes bajo control, ¿eh?” Le dijo con una sonrisa amarga y condescendiente, exactamente igual como la que su madre le daba desde su lecho de muerte. ¡Como si fuese ella la que se iba a morir y no su madre! Lorina apenas le echó un vistazo de medio segundo y siguió con su tarea. Cípora apagó la sonrisa, pero no la amargura. Conocía a su amiga más que nadie y ella no era así con los hombres, ella era parlanchina, respondona, quejumbrosa y distraída, por el contrario, ahora la veía sumisa, silenciosa y concentrada, incluso amorosa, y el cambio era demasiado fuerte. Ella venía a decirle que Nina estaba impaciente, preguntándose por qué Lorina estaba tratando los piojos a un hombre al que de todos modos iban a matar, si podían perfectamente quemar esos bichos junto con todo el resto de su cuerpo, como todos los demás cadáveres, pero no le dijo nada de eso. “Él no tenía piojos, ¿verdad, Lori?” Lorina le echó un vistazo apenas mayor que el anterior y negó con un muy leve movimiento de la cabeza. “Solo era un poco de Urticario.” Susurró. Cípora volvió a sonreír, pero esta vez su sonrisa era más bien dolorosa. Se acuclilló junto a ella. “¿Qué piensas hacer?” Lorina estiraba una tarea que hace rato hubiese terminado de haber querido. Se encogió de hombros con la fugacidad de un espasmo, y Cípora se llevó la mano a la frente con aflicción y un suspiro, como si se temiera algo muy grave pero que es preciso afrontar. “Nina no lo va a aprobar…” Advirtió, a pesar de que, probablemente, Lorina ya sabía eso y por eso era que se tardaba tanto. “Vas a tener que ocultarlo y decirle a Nina que te distrajiste por un segundo y se te escapó…” Conspiró Cípora, y Lorina la miró como si acabara de leerle la mente. “En el campo hay muchos agujeros y casuchas que usan los pastores como refugio…” Continuó Cipo, aleccionando a su amiga pero sin prestarle ni la más mínima atención al hombre del que hablaban. “Pueden ocultarse en uno de esos, con todo este embrollo, todo el mundo tiene algo mejor que hacer y nadie se preocupará de buscarlos.” La mujer echó un vistazo sumamente sospechoso en todas direcciones, y continuó:Luego tienen que irse de aquí por la noche, lejos. Ah, pero consigue un caballo, o no llegarás muy lejos con esa pata coja.” Le recomendó sin remilgos de los que Cípora carecía y Lorina ignoraba. La mujer iba a continuar dándole instrucciones específicas sobre lo que tenía que llevar y lo que no era necesario en huidas como esas, cuando la voz de Nina sonó a algunos metros tras sus espaldas. “¿Qué hacen?” Preguntó su jefa. Ambas mujeres se pararon de un salto, como si se hubiesen quemado el trasero de pronto, e iban a dar una muy buena respuesta que no dejara lugar a dudas, pero entonces la sorpresiva carrera de Costia, desesperada y casi a ciegas, chocándose con todo a su paso, las dejó con las palabras en la boca. “Se escapó.” Comentó Lorina varios segundos después, señalando la dirección con el pulgar y sintiéndose tonta al hacerlo, y más con la mirada de Nina, que con sus manos en la cintura, parecía una severa maestra de escuela ante el más bruto de sus alumnos, pero Cípora estaba ahí para restarle importancia al asunto, disipándolo todo con las manos, como si solo se tratara de un poco de polvo y un par de moscas. “Bueno, ya está. Se morirá de algo por ahí de todos modos, no volverá, y si vuelve, pues entonces ahí lo cogemos, lo matamos y listo. Si de todos modos, y con tanta gente muerta al rededor, las ganas de matar a alguien no pueden ser tan grandes.” Concluyó.



Gina canta, y no hay nadie que tenga la capacidad de ignorarla o la arrogancia para aburrirse de su voz, y mientras canta, el más pequeño de sus hijos se adormece en los brazos de Grisélida, a la que ya llama abuela, porque el mocoso rápidamente comprendió que podía conseguir de la vieja casi cualquier cosa si así lo hacía. Nazli llevaba el negocio con mano segura, manteniendo todo en su sitio y bajo su atenta mirada y la vieja dueña se sentía satisfecha con eso.¿Por qué demonios se llama la descorazonada este sitio?” Preguntó Nazli de pronto y sin venir a cuento de nada, como esas dudas maduradas durante tanto tiempo que, llegado el momento, caen solas y sin apenas la ayuda de nadie. Grisélida sonrió como sonríen los viejos cuando quieren presumir de su sabiduría y experiencia y le habló sobre cuando ella era joven y su madre aún vivía. En ese tiempo conoció a un joven de su misma edad o más o menos, que era el hijo de un curador de carne ignorante y grosero que vendía con gritos destemplados sus productos en la calle por la que ella solía transitar, a ella no le agradaba nada ese viejo, pero el joven era todo lo contrario, él era amable, divertido, incluso culto, porque era un hombre curioso con verdaderas ansias de saber más que un simple oficio para ganarse la vida. “Yo le entregué el corazón a ese hombre sin que me lo pidiera y él simplemente se lo llevó.” Confesó la vieja, con los sentimientos aún vivos a pesar de los años, y continuó. “Nunca pude amar a nadie másno como a él. Gorman lo intentó en su momento, vaya que lo hizo, pero yo no pude quererlo de la misma manera, y entonces comenzó a llamarme la Descorazonada y yo llamé así a este lugar para cerrarle la boca.” “Ese hombre del que hablas… ¿te rompió el corazón, acaso?” Preguntó Pidras con gravedad, que escuchaba atento desde su lugar en la cocina la historia de la vieja, de la que nunca se había oído hablar antes. “No… yo me engañé sola. Él nunca me prometió nada, jamás se interesó en mí ni en nadie más que yo supiera, a él solo le preocupaba saber cosas… esas cosas por las que nadie se preocupa, a él sí le interesaban.” La vieja sonrió en un dulce recuerdo ya sin intenciones de disimular ni guardarse nada dentro. “Recuerdo cuando intentaba explicarme por qué las cosas son de cierto color algunas y de cierto color otras… ¿Se imaginan? ¿Quién se pregunta algo así? Pero para él, eso era algo interesante, un lenguaje secreto que debía ser descifrado. Yo no le entendía mucho, pero podía pasarme horas solo escuchándolo.” Su cara lo decía todo, esa mujer todavía amaba a ese hombre. Cuando emergió de sus recuerdos y se dio cuenta de que se había perdido en ellos por un rato, sonrió nuevamente, como quien es atrapado en medio de una travesura y reveló al fin lo que todos estaban esperando. “Su nombre era Duma.”


León Faras.

viernes, 26 de julio de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXVII.



Los caballos sobrevivientes, abandonados por el ejército cizariano y sus amos muertos, aún vagaban por los campos mordisqueando la hierba de las cabras y buscando quien los empleara. Cherman se hizo de un bonito ejemplar completamente negro que hacía juego con los trapos que usaba como ropa, de similar color. Llegó tarde a la batalla pero esto no acabaría así, solo había sido una derrota parcial, Cízarin insistiría con un segundo golpe más fuerte y certero y Bosgos no se iría a ninguna parte, así que montó ese caballo, envolvió en una tela su espada curva, que ahora era suya, pero que perteneció a Boras, y partió de mañana hacia Cízarin sin decirle nada a nadie, como un viajero común y corriente y además lisiado, incapaz de perjudicar a alguien ni de ser una amenaza para nadie y lo cierto era que Cherman, sin una espada en la mano, no impresionaba mucho.



Bacho, debido al drástico descenso de individuos que sufrió su banda en su último asalto a Confín, debió abandonar por un tiempo el negocio de asaltar aldeas y ahora se dedicaba a asaltante de caminos, lo que era más trabajo y menos ganancias pero con un par de compinches bien dispuestos, se podía obtener buenos beneficios que al final se repartían entre menos, obteniendo él la tajada más gorda, por supuesto, que era el del cerebro detrás de las operaciones y se necesitaba de uno bueno, porque se debía elegir un lugar solitario, pero no demasiado que no pasara ni un alma por ahí y solo perdieran su tiempo, ni con mucho tránsito que se vieran sobrepasados en número y debieran huir con las manos vacías, también se debía elegir bien la hora del día para tener un manejo eficiente del tiempo, porque nadie quería solo esperar sentados mientras sus bolsillos permanecen vacíos, sin hacer nada ni ganar nada, eso impacientaba a las personas y las personas impacientes hacen cosas tontas, porque para ellos es mejor hacer una estupidez que quedarse sin hacer nada y como cabecilla, había que saber lidiar con ellos, por lo que sí, el trabajo de ser jefe no era cosa fácil y por eso debía ganar más. Aunque, últimamente les había ido bastante mal en elegir la hora y el lugar, al último que quisieron asaltar fue a un carbonero tuerto a la bajada de Rimos, tan humilde y pordiosero el pobre, que los hizo sentirse avergonzados de su trabajo, y por poco le dan ellos una limosna a él, por lo que ahora se habían trasladado a la intersección donde los caminos de Rimos, Bosgos y Cízarin se unían, justamente allí donde Emmer fue ajusticiado por deserción, un camino bastante transitado a veces, pero muy apto para emboscar. Eran las primeras horas de la tarde y a lo lejos se divisó la silueta de un jinete acercándose a un trote ligero desde Cízarin, parecía alguien joven, tal vez una chica, para algunos de los compinches de Bacho, ese era un muy buen botín también.



Rubi no podía creerlo, le creía a su madre porque era su madre, pero el cuento de Yurba no podía creerlo. “¿¡Una bruja con cara de cabra que le había apuñalado el corazón en un sueño!?” ¿Es que acaso la tomaba por idiota? Mientras tanto, Telina sufría pensando que todo había sido por su culpa sin poner en duda ni media palabra dicha por el fulano ese. Falena dudaba, porque el cuento de la mujer con cara de cabra de Bosgos era uno muy popular y con muchas versiones distintas, pero no era más que un cuento, aunque la versión de Yurba era nueva. Yurba, entonces, recordó de pronto la experiencia de morir apuñalado en el corazón con la misma vividez con la que la experimentó en su momento y entró en pánico ante la existencia real y tangible de la cicatriz en su pecho, sintió la angustia que da lo inevitable e irreversible y comenzó a respirar con dificultad y a lloriquear, agarrándose de las faldas de Te, pidiéndole a ésta que le ayudara, que no podía estar muerto, que era un hombre joven y que siempre había tenido buena suerte y salud, pero la mujer solo lo miraba con angustia y los ojos llenos de lágrimas sin poder hacer nada por él, mientras Rubi, por su parte, lo miraba perpleja y con vergüenza ajena en el rostro ante su patético comportamiento. Tibrón se había ido hace rato a buscar algo mejor que hacer en otra parte y Falena sentía que solo podía solucionarse esto hablando con la bruja, pero no con la cara de cabra esa, de la que no se sabía más que cuentos, sino con la bonita, la que le dio el amuleto, parecía amable y seguramente, si le explicaba bien lo que había sucedido, aquella podría ayudarle o al menos darle alguna información útil. Yurba era un fastidio, descarado, petulante e incapaz de cerrar la boca cuando debía, pero también era un buen amigo, leal y valiente, dispuesto a hacer lo que fuera por quienes respetaba o consideraba familia y eso incluía abandonar su trabajo para terminar apuñalado por brujas en medio de una guerra, por lo que debía al menos intentar hacer algo por él.



Bacho siempre presumía de tener educación y buenos modales con las chicas, lo que lo distinguía por encima de los bárbaros con los que solía codearse, aunque su aspecto no lo diferenciaba en lo más mínimo. Vio a Falena acercarse y se paró en medio del camino con un bonito garrote de madera con anillado de hierro en su parte más gruesa, cruzado sobre sus hombros por detrás de la nuca y sujeto con ambas manos, eso además de una amplia sonrisa que él creía que daba confianza a las chicas para acercarse; su camisa abierta dejaba ver su pecho bronceado y brillante de sebo, mientras sus compinches se miraban entre sí en una conversación muda que acababa en una risotada tonta de tanto en tanto, mientras jugueteaban con bastones en las manos y sendos cuchillos colgando de sus cinturones. Los bastones eran para derribarla en caso de que pretendiera salir huyendo en su caballo, Falena lo sabía bien, esa era la única utilidad práctica de esos palos largos, eso, y para darle una zurra a alguien que debe aprender una lección pero sin matarlo en el proceso, lo que se llama una paliza. Pero la chica no pensaba huir, tenía sus armas con ella y podía defenderse. Bacho y sus hombres fingieron asombro y temor al verla sacar sus dos espadas, esa chiquilla, aunque supiera usar esas cosas, no era rival para los tres, solo lo haría más divertido, pero entonces apareció un abuelo montado en un caballo manchado de blanco y negro como una vaca, sin montura ni riendas, tirando de un burro pardo cargado de leña y acompañado de dos perros, Punto y Remo, los cuales saludaron a la muchacha con un muy breve movimiento de sus colas, pero nada para los hombres. “Valientes hombres para enfrentarse a una chiquilla con una espada en cada mano.” Dijo el señor Sagistán sin sarcasmo, parándose en medio. Bacho miró al abuelo tirando el mentón hacia afuera y apretando el ceño. Ese viejo le recordaba a su padre y él odiaba a su padre. “Mira abuelo, no pareces llevar nada de valor encima excepto por la vida, así que, por qué no sigues tu camino y conservas la poca que te queda.” Sus compinches celebraron su ingenioso y elaborado comentario, el viejo en cambio comenzó a bajarse de su caballo con cuidado para no dañarse un tobillo. “En eso te equivocas…” Le dijo, hurgando dentro de su morral, del que sacó un pequeño bulto que cabía en su puño, envuelto en un trapo que descubrió con cuidado frente al rostro del curioso bandido. “Se puede conseguir un excelente precio por esto si…” Bacho solo veía un estúpido puñado de cenizas, pero entonces el viejo se las lanzó a la cara de un soplido y aunque no parecieron tener ningún efecto en un principio, más que hacer enfurecer al salteador, éste pronto comenzó a soltar tosidos que se le escapaban con cada vez más fuerza y frecuencia, hasta el punto de volverse un ataque de tos y tener que dejar de lado todas sus intenciones delictivas para enfocarse solo en llevar aire a sus pulmones sin acabar escupiéndolos, mientras el señor Sagistán sacaba de su atado de leña un cayado, retorcido y anguloso como las raíces del Cohi, el árbol más viejo del mundo, y se enfrentaba a los compinches de Bacho. Para cuando éste pudo recobrar la paz en sus pulmones, limpiarse las babas y secarse las lágrimas, se dio cuenta de que estaba solo, sus compañeros ya no estaban, mientras Falena permanecía asombrada de ver todo lo que se podía hacer con un simple bastón y la ayuda de dos buenos perros, claro. Bacho pensó en soltar algunas amenazas para hacer de su inminente retirada algo más digno, pero se contuvo, y fue lo mejor, porque al voltearse se encontró con otro jinete y a este sí lo conocía, era aquel cojo con la pata de hierro que había matado a la mitad de sus hombres en Confín, junto con el manco y el gigante ese. Bacho se sintió desilusionado de la vida, ¡qué día más de mierda! Desde cuando era que todos, jóvenes, viejos y lisiados, habían aprendido a defenderse. Sin embargo, nadie le dijo ni le hizo nada y el bandido, sonriendo con suficiencia, como si todo estuviera bajo control, comenzó a retroceder hasta los árboles cercanos para luego desaparecer, pero sin carreras, sino que con toda calma y guardando su dignidad.


León Faras.

domingo, 30 de junio de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXVI.



Migas consiguió más que solo las anotaciones del difunto Larzo, sino también el Tronador que éste sostenía en su mano, alegando que de nada le serviría a un muerto, que era un desperdicio enterrarlo con él y que, otro desperdicio sería rechazar un buen trozo de su exquisita carne curada a cambio del artilugio. Las viejas, que ya se habían bebido la mitad de la botella de vino y estaban pensando al unísono que sería bueno acompañar la otra mitad con algo más sólido, se dejaron convencer con bastante facilidad, excepto la mayor de todas, que predicaba con sabiduría que robarle sus pertenencias a los finados podía atraer cualquier tipo de calamidades a quienes se atrevían a hacerlo, pero las otras la desestimaron rápidamente y al final sí aceptaron el trato. A todo esto, la gente en la calle ya miraba a Nimir como al hijo que nadie quería tener, y ya empezaban a admirar al viejo Migas por su valentía y paciencia al conservarlo y cuidar de él durante tantos años, cosa a la que no cualquiera estaba dispuesto, porque hasta el perro que vigilaba la carreta se veía más útil a simple vista. Migas llegó contento por sus logros, de hecho, le fue mejor de lo que pensaba, ya que había obtenido más de lo que esperaba sacarle al viejo Larzo de haber estado éste vivo, sin tener que robarle, pero su felicidad se esfumó poco a poco cuando empezó a percibir las miradas de compasión y condescendencia de la gente alrededor, incluso Nimir estaba royendo una manzana que algún alma caritativa le había obsequiado al pasar, y a él le habían dejado una bolsa con patatas de regalo en su asiento que el viejo no pensaba agradecer de ninguna manera, porque tanto él como su padre sabían que si la gente enfermaba y moría, era por estar comiendo cosas que no deben. ¡Si las patatas están bajo tierra, es por algo! Ese era su razonamiento y le sonaba de lo más lógico, por lo que le arrojó las papas a su cerda y se fue de allí despreciando toda mirada amable y todo intento de saludo por parte de esas personas cuyo pasatiempo favorito era juzgar la vida de los demás, incluso la de los desconocidos. Mientras visitaba su antigua casa, la que por cierto, aún permanecía abandonada debido a la tristemente célebre carnicería humana descubierta allí, Migas se enteró, casi sin tener ni que preguntar, de la humillante retirada del poderoso ejército cizariano, que fue aplastado en apenas una noche por la gente de Bosgos, lo que era inentendible para la mayoría, porque Bosgos ni ejército tenía, pero que resultaba genial para él, porque sin esa tonta guerra ya podía regresar tranquilamente a trabajar en su nuevo y gran proyecto: las anotaciones de Larzo y el funcionamiento de su invento. Su casa había sido desvalijada por completo y ahora solo era un agujero oscuro donde se refugiaban los vagos, pordioseros y malhechores a planear sus fechorías y a otras cosas más mundanas también, porque el lugar olía principalmente a mierda, literalmente. Migas sintió nostalgia por su antigua vida allí, y auténtica pena por los huesos de su madre, su calavera más específicamente, la que permanecía allí por la promesa hecha de que ella nunca abandonaría su hogar. Se agarró las manos por la espalda en gesto solemne, respiró hondo el fétido aroma de los desechos humanos, y se fue convencido de que jamás volvería a ese lugar. Una vez en la carreta y ya andando, Nimir seguía con su molesta cantinela repetida en murmullos, y Migas, ya a punto de golpearlo, detuvo sus caballos en seco y le dijo que, o le hablaba con claridad, o cerraba su puta boca de una vez, pero si seguía con su discursillo entre nubes, no solo lo iba a golpear, sino también lo tiraba abajo de su carreta de una patada y hasta ahí nomás llegaba su frágil amistad. Nimir se empequeñeció como un perro apaleado, pero comprendió la importancia de la comunicación en ese momento y con gran esfuerzo, comenzó a elaborar las palabras casi como si tuviera que extraer cada sílaba desde el fondo del mar para sacarla a flote, penosamente armó una frase que Migas agarró apenas, y haciendo uso de toda su capacidad de concentración e interpretación, más o menos comprendió que decía que él no se había bebido el vino. Migas lo miró con los ojos pequeños, como tratando de escudriñar su alma, como cuando hacía negocios con alguien tan amable o generoso que olía a estafa, pero Nimir jamás lo engañaría, se necesitaba al menos ser un poco listo para eso. El viejo asintió. “Está bien, supongo que esos imbéciles se bebieron mi vino y pagaron las consecuencias…” Luego le echó una mirada fraternal. “Tú solo te escondiste. ¿Verdad?” Nimir asintió ansioso y luego esbozó una diminuta sonrisilla por el alivio de que el viejo le creyera y lo exculpara, pero inmediatamente se esfumó cuando el viejo lo miró amenazante estando a punto de ponerse en marcha. “¡Vas a dejar de murmurar tus mierdas en privado como ratón de gambuza! ¿Está claro?” Y Nimir volvió a asentir, pero esta vez con toda la veracidad que su rostro podía expresar, entonces el viejo suavizó su expresión, sonrió emocionado, incluso un poco lascivo, para preguntar si los efectos de su vino habían sido aterradores, Nimir asintió con dolor en el rostro y el viejo se entusiasmó aun más. “¡Vamos, dame detalles!” Exigió.



Cuando sacaron a Costia de su encierro ficticio, salió por su propio pie, pero el sol aún era demasiado fuerte para él, pensó en un principio, al igual que Lorina, que solo era deslumbramiento, que sus ojos se acostumbrarían al poco rato, pero no lo hicieron. Ahora resultaba que veía mejor en la penumbra de su encierro que a plena luz de día, pero la luz no era su única molestia en ese momento, también tenía una intensa comezón en la cabeza que sentía desde que había despertado. “Tal vez alguno de los chicos le arrojó algo de Urticario para molestar.” Justificó Lorina, tomada del brazo del prisionero de la forma más afectuosa. Quizá ese solo era un vicio de su oficio, como se dice, pero para el aguzado instinto de Nina, aquello olía a algo más… ¡si antes quería decapitarlo! Pero en ese momento debía comportarse como la líder que todos esperaban y tomar una decisión sobre qué hacer con el extraño, no en base a lo que era justo o correcto, eso no, sino en base a lo que la mayoría deseara, y la mayoría, o la parte más bulliciosa de esta, deseaba que el prisionero muriera por el mero hecho de ser rimoriano. Su suerte estaba echada, pero entonces uno de los hombres que lo había traído también comenzó a rascarse la cabeza por enésima vez en aquella mañana. “No es Urticario.” Afirmó, señalando al prisionero como si lo culpara de algo grave. Lorina, que aún estaba a su lado, abrió tremendos ojos y tras un breve examen visual, retrocedió de un salto como si le hubiesen arrojado un balde de agua a los pies. “¡Son piojos!” Acusó. “¡Puaj! ¡Rimoriano sucio!” Gritó Cípora, fingiendo arcadas, pues de todas las cosas asquerosas con las que debía lidiar en su vida, que no eran pocas, los piojos eran lo peor, eso y porque en una ciudad con tropecientos venenos, ni uno solo era efectivo contra esos bichos, al menos no sin desgraciar al piojoso. Nina se quejó como si aquello fuera un tonto contratiempo en medio de su ocupadísima agenda y la gente comenzó a alegar que se lo llevaran antes de que empezara a infectar a todo el mundo o a sus cabras, pero para entonces, ya nadie quería acercársele, entonces Lorina lo hizo, con la seriedad y devoción de una santa que atiende a los apestados que nadie quiere, se cubrió el cabello con un pañuelo empapado en orina de cabra hervida con un poco de aceite de tártago y corteza de Sagistán, un árbol con infinitas virtudes y cuyo aroma mantenía lejos hasta a los malos espíritus, y comenzó a rapar la cabeza de Costia con paciencia y cuidado, arrojando los mechones de pelo a una pequeña fogata que los devoraba devolviendo un olor poco agradable, pero que se mantenía anclado al ambiente como un pedo sin fin y que Lorina soportaba sin expresión en el rostro, absorta en su labor, o quizá en sus pensamientos.


León Faras.

sábado, 15 de junio de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXV.



En un pequeño bosquecillo, cerca de donde, precisamente, había acampado el ejército cizariano antes del ataque, tenía su campamento Vanter y Gúnur, Cherman los acompañaba esa mañana, ya que ninguno de los tres compartía esa moderna costumbre de desayunar y sus estómagos no estaban acostumbrados a pensar en comida antes del mediodía. “¿Y qué fue de ti después del ataque?” Preguntó Vanter, revolviendo un agua de hierbas que, además de abrigar las tripas, era estimulante para el ánimo. Cherman le contó cómo, en la locura de un ataque sin tino ni guía, terminó metido en un circo de peleas a muerte, y también sobre Nut, su gigante nuevo amigo Jazzabariano. “¿Jazzaba… qué?” Preguntó el otro con disgusto, como si le estuvieran tratando de tomar el pelo. Cherman se abrigaba las manos acercándolas al fuego. Le habló sobre la existencia del curioso reino de Jazzabar y su peculiar rey Cegarra, del lugar donde estos organizaban su espectáculo, de cómo terminó cayendo al río por un agujero, de la fea muerte de Damir y del destino incierto de los otros que estaban con él. Entonces, y mientras aún hablaba, tomó una delgada varita de la fogata con una llama diminuta en la punta y comenzó a observarla a una peligrosa corta distancia. Vanter lo miró preocupado. “No sé si lo sabes, pero, no deberías…” El otro, lo miró confiado. “Sí, lo sé. Féctor me lo dijo.” Luego se lanzó un pequeño escupitajo entre los dedos e hizo desaparecer la llamita de un apretón. “Pero le tengo más miedo al miedo mismo, que a lo que sea que pueda matarme.” Vanter nuevamente tenía su cara de disgusto, no sabía si felicitarlo o darle un golpe en la cabeza por tamaña osadía, pero no hizo ninguna de las dos, solo sacudió la cabeza, como quien se espanta una mosca de la nariz, y preguntó: “¿Entonces, viste a Féctor?” Gúnur servía el té en silencio. Otra vez ese tal Féctor, Vanter no paraba de hablar de él. Cherman asintió. “Es un hombre nuevo, Vanter, no creerías lo que ha cambiado, ahora es sencillo y amable; volvió a sonreír y a recuperar su confianza, pero sin esa petulancia insolente que molestaba a todos…” “Entonces, el que le cortó la mano le hizo un favor.” Comentó Vanter en voz baja, mirando de reojo a la mujer que le acompañaba. Cherman guardó silencio, él no había mencionado nada sobre la mano cercenada y sin embargo, Vanter ya lo sabía. Más de alguna vez se le preguntó a Féctor qué le había pasado, pero él solo respondía que “había tenido mala suerte,” “que solo fue una mala jugada del destino” o cosas así, vagas, como si no quisiera hablar al respecto. Ahora, mirando a Vanter, podía ver que aquel sabía lo que había sucedido y que solo estaba esperando a que le preguntara para decírselo, pero, si Féctor no quiso mencionarlo, él no tenía derecho a indagar en el tema solo por satisfacer su curiosidad, simplemente, no era asunto suyo, por lo que solo sonrió, bebió un sorbo de su té, y asintió. “Sí, puede que tengas razón.”



Todos en casa de Teté estaban consternados con la noticia y ella más que todos, porque incluso le pidió a su hija Falena que se quitara el amuleto porque ya no era necesario, Yurba había sacrificado su vida por ellas, y aunque todos en casa, y especialmente sus hijas, creían en ella y en su don a ojos cerrados, esta vez era muy difícil de aceptar lo que decía. Yurba era el más sorprendido pero el menos preocupado, ya más repuesto, sonreía con su risa torcida alegando, con todo respeto eso sí, que Teté había perdido un poco la cabeza esta vez porque lo que estaba diciendo no tenía ningún sentido. Y dándose golpecitos con la punta de los dedos en el pecho repetía: “Pero si estoy aquí, ¡aquí! No me he ido a ninguna parte. ¡Esto es absurdo!” Discutía con gesto de superioridad. Fue entonces cuando Rubi vio una marca que no había visto antes, justo allí donde Yurba se golpeaba. Era pequeña, como el ancho de un cuchillo talabartero, y notoriamente más pálida que el resto de su piel. El hombre alegó que solo se trataba de una pequeña cicatriz, pero por más que lo intentó, no pudo precisar cómo o cuándo se la había hecho, y un soldado siempre recordaba eso, ya que, si bien, las heridas no debían mencionarse siquiera, las cicatrices, por otro lado, eran tema de conversación en cualquier cantina y cada una de ellas debía tener una buena historia detrás… pero esta no. “Parece cauterizada.” Opinó Falena, y Yurba se acarició la herida con un vago recuerdo de ardor. Ya no reía, ahora dudaba. “Es pequeña para una espada… tal vez una lanza.” Señaló Tibrón, mirando de cerca. “O un cuchillo.” Agregó Rubi. “…O un puñal.” Completó Yurba, sin estar muy seguro de por qué. “Entonces, ¿fue un puñal?” Preguntó Rubi, con esa determinación que era difícil de eludir, pero Yurba solo tenía esa palabra flotando en su mente pero sin ningún contexto. “¡Un inocente!” Exclamó de pronto, como si estuviera recolectando piezas esparcidas por el viento. “¿Un inocente te hizo esto con un puñal!” Preguntó Falena. “Sí.” Respondió Yurba. “¡No!” Se corrigió luego. Era como seguir un rastro y luego darse cuenta de que se va en la dirección equivocada. “No estoy entendiendo nada.” Se quejó Rubi con sus brazos en jarra, una postura preocupante para muchos. Yurba buscaba en sus recuerdos como quien escarba en la tierra con sus propias uñas, hasta que de pronto apareció en su mente la imagen de un joven ratero muriendo ante sus ojos. “La sangre de un inocente.” Pronunció con el tono con que se pronuncia una revelación. “¿Quién es el inocente? ¿Tú?” Preguntó Rubi, inclinándose hacia delante como si le hablara a un niño. Yurba negó con la cabeza, en verdad no lo sabía, solo se acariciaba la cicatriz con la yema de los dedos y se repetía en la mente lo del puñal y la sangre como si pretendiera atraer las ideas a su cabeza con un señuelo, pero estas se le escondían como las visiones de un sueño al despertarse el soñante. “¡Esto es ridículo! Tal vez la cicatriz sí la tenía desde antes y simplemente no la habíamos notado.” Exclamó Tibrón, golpeándose los muslos con las palmas de las manos, pero no, Yurba estaba muy cerca de encontrar algo, podía sentirlo como si tuviera un hilo del que solo se necesita tirar para llegar al objetivo. “La sangre del inocente… era para salvarte a ti.” Dijo, sin recordarlo todo con claridad, pero sí estando muy seguro de eso. Rubi lo miró incrédula, ¿acaso la estaba culpando a ella de su herida? E iba a protestar, pero su mamá, que no había pronunciado palabra durante todo el interrogatorio, se le adelantó. “Entonces, ¿encontraste a la bruja que buscabas?” “La bruja.” Repitió Yurba.


León Faras.

miércoles, 5 de junio de 2024

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

LXXIV.



Mientras Gan subía la pendiente hacia Rimos con dos de sus asnos cargados de carbón, la noticia de que los bosgoneses habían destrozado al ejército cizariano en una sola noche, se esparcía como la niebla en un pueblo costero, por supuesto, nadie tenía las noticias de primera fuente, por lo que las historias eran variadas y exageradas en muchas formas, pero aun así eran la comidilla de todos y lo seguiría siendo por varios días, y es que no había mucho más de qué conversar fuera de la ruda rutina con la que cargaban todos. Gan oía los cotilleos con una sonrisa amable y asintiendo una y otra vez, pero sin real interés pues él sabía lo que era una batalla de verdad y veía claramente con su único ojo cuando la gente se inventaba con descaro sus historias sin tener ni idea de lo que hablaba, pero ya no le importaba discutir, se había acostumbrado a la paz de la rutina, a ganarse la vida sin pelearse con nadie y a emborracharse de vez en cuando sin tener que golpear a alguien o terminar siendo golpeado. Se dirigía a ver a Yelena con su primera entrega desde que esta le dijo que le compraría todo lo que tuviera, y esperaba que así fuera, porque ya había rechazado a su paso a tres clientes necesitados de su mercancía diciéndoles que su carga ya estaba vendida y pagada. Y los clientes ansiosos por comprar no era algo que abundara en su negocio. Una vez que llegó, a quien encontró en la forja fue a Yara, la hija de Yelena. La chica no se veía muy fuerte pero le daba buenos golpes a una barra de hierro incandescente y parecía saber lo que hacía, después de todo, él también era un rimoriano, y hasta el más inepto de los rimorianos entendía lo más esencial sobre la forma de trabajar el metal. Cuando ella lo vio, se asustó un poco de su aspecto salido de alguna historia de miedo, de esas que le cuentan a los niños pequeños para persuadirlos de que no hagan cosas malas, pero pronto se dio cuenta de que solo era el carbonero con el que mamá trató y su expresión cambió. Lo invitó a pasar, le ofreció agua para refrescarse y le pidió que descargara su carbón mientras ella iba por su madre. Gan sonrió con un gesto forzado y obedeció, pero algo le olía mal, la verdad era que tanta amabilidad con el carbonero no era normal. Para su grata sorpresa, Yelena llegó pronto con el dinero en la mano, inspeccionó el carbón, se aseguró que fuera el mismo que la vez anterior y lo pagó sin apenas decir palabra. Luego, solo le preguntó cuando volvería con más y lo despachó con un apretón de manos, entonces, Yara quiso saber de dónde salía la leña para ese carbón, ella ya se lo imaginaba, su madre también, pues ese carbón no se parecía a ningún otro que hubiesen visto antes y habían visto mucho carbón en sus vidas, pero la mujer detuvo la curiosidad de su hija con un gesto, si era madera del Bosque Muerto, como sospechaban, era mejor no saberlo, la gente era supersticiosa, incluso ellas lo eran y como bien decía el dicho: “la ignorancia y la inocencia son amantes que nunca deben separarse.” Era mejor no saberlo. “Solo asegúrate de que el carbón que me traigas, sea hecho de la misma leña.” Pidió Yelena y Gan asintió. “No te preocupes, hay mucho más de donde salió este.” Y se retiró tirando de sus asnos y dando infinitas gracias. Él creía que su carbón era bueno, que él y Petro estaban haciendo un grandioso trabajo, pero lo cierto era que su carbón no era bueno sino excepcional y no tenía nada que ver con ellos sino con la leña que usaban, esos árboles del Bosque Muerto, diferentes a cualquier otro, sin fruto ni semilla conocida, nacidos y muertos todos juntos como uno solo, eran la materia prima para el mejor carbón que podía hacer el hombre.



Costia se pasó buena parte del tiempo narcotizado y otra buena parte del tiempo dormido, con lo que pudo descansar, recuperar la calma y también parte de su cordura, aunque desde el fondo de su ser sabía que nunca volvería a ser el mismo. Todo ese tiempo había estado a oscuras y atado de manos en un cuartucho a medio destruir del que se podía salir sin ningún esfuerzo, pero la imagen que proyectaba el pobre tipo era tan patética, que nadie se había preocupado mucho por su seguridad y algunos hasta se olvidaron de su existencia. La que no se olvidó de él, fue Lorina. Ella tenía mucha curiosidad por saber más sobre aquel monstruo y aparte de ese chico, Fibo, que había perdido todo entusiasmo y creatividad para contar su historia, el único que podía darle detalles sobre aquel endriago, era él. Lorina ya pasaba de los treinta años, lejos quedó el día en que una cabra abusiva y malhumorada la corneó en el trasero a los tres años y la dejó coja para siempre. Había sido amiga de Cípora desde muy joven, y aunque aquella siempre pensó que ser puta era la forma más fácil de vivir una vida que de por sí, no era nada fácil de vivir, a ella le costó más tiempo convencerse de la idea, pero las palabras de su querida madre, repetidas tantas veces y con la amargura que las decía, al final terminaron doblegándola: “Ay hija mía, tan poco agraciada y encima coja. ¿Qué va a ser de ti cuando me haya ido?” “Puta.” Le respondió Lorina a su madre, que yacía en su lecho de muerte, con total honestidad y sin remilgos, pues para ella como para todos, aquel era quizás el único trabajo que podría hacer bien y su madre no hizo más que devolverle una sonrisa amarga de resignación, esa que se les da a quienes han aceptado su destino. La mujer encontró a Costia sentado en una esquina, era poca la claridad del día que entraba en ese cuartucho, pero aun así el hombre había buscado el rincón más oscuro para acomodarse. Le llevaba una cebolla y un trozo de carne seca y machacada para que desayunara, lo más básico, después de todo aquel era un prisionero, pero Costia solo aceptó la cebolla, de pronto comer carne se le hacía tan indigno. Durante la noche llegaron noticias desde la ciudad aledaña que decían que habían encontrado a un hombre joven vagando por el campo, pero que tuvieron que matarlo a machetazos al ver que era un enajenado violento, muy alterado y fuera de sí, cubierto de sangre porque le habían arrancado una oreja e incapaz de entender o de darse a entender. “Era otro rimoriano, como tú. ¿Lo conocías?” Costia asintió temeroso, tenía visiones horribles en ese momento. “La oreja… el monstruo se la sacó de una mordida.” Le dijo a Lorina en un susurro lleno de angustia, pues sus recuerdos del incidente eran muy gráficos, incluso el del desagradable sonido que se produjo al triturarse los cartílagos, y junto con ese, otros recuerdos más, aunque confusos y distantes como sueños. Costia miró a Lorina a los ojos, su vista era perfecta mientras se mantuviera en la penumbra. “¿Crees que el monstruo soy yo?” Propuso, con más duda que convicción, y Lorina vio algo en él que la compadeció. Iba a decirle que a ella no le parecía un monstruo, pero en eso llegaron dos hombres con órdenes de Nina: el prisionero no podía quedarse, por lo que había que decidir si matarlo o liberarlo, y debía hacerse ahora.


León Faras.