viernes, 12 de diciembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

117.



Mientras una lluvia fina pero copiosa, como un velo fantasmal a la luz de las antorchas, comenzaba a dejarse caer sobre la tierra, refrescando una noche que apenas comenzaba, la vieja Zaida recibía el consuelo de su amigo Gunta durante sus últimas horas de vida, ante la piadosa mirada de Teté, que casi podía ver como el espíritu de la mujer se desprendía de su cuerpo poco a poco hasta abandonarlo por completo, cayendo hacia el cielo infinito. En ese mismo momento, pero en Bosgos, Qrima fallecía en su asiento sin aspavientos ni alborotos, simplemente reclinando la cabeza sobre el pecho y durmiéndose con los ojos abiertos, mientras su sobrina, Nila, a solo un par de metros de él, revolvía una olla puesta al fuego con caldo de hueso y grano molido para abrigar el cuerpo y afirmar el estómago antes de irse a la cama. Su esposo llegaría pronto para descubrir al difunto y de paso, traer más malas noticias: definitivamente Brelio iba rumbo a Cízarin en ese momento y apenas había podido contener a Janzo para que no partiera hacia allá a buscar a su hijo a riesgo de causarle un mal mayor. El chico, ya no era un niño.



¿En qué está metida mi hermana? ¡Dímelo!” Exigió Falena, quién aún no entendía con qué clase de asuntos estaba lidiando. “¿Conoces a un tipo llamado Motas?” Preguntó Yádigar. La chica había oído ese curioso nombre antes, sabía que se trataba de un rimoriano con una más que dudosa reputación, pero no podía asegurar haberlo visto alguna vez, por lo que respondió que no estaba segura, entonces, su tío soltó una inesperada retahíla de adjetivos descalificativos que sin duda tenía guardados hace tiempo. “Pues es un sinvergüenza, un embaucador, un idiota mentiroso especialista en meter en líos a los demás y luego desaparecer… y encima se cree más astuto que el resto.” Falena no dijo nada, tampoco tenía mucho que replicar, por lo que dejó que su tío continuara. “Puedo reconocer que tiene algunas cosas buenas también, aunque para el caso, no valen de nada… Bueno, pues ese ceporro se enredó con unos inútiles bosgoneses que querían atacar Cízarin… ¡Atacar Cízarin! ¿Cómo? ¿Con qué ejército? Cómo sea, pues resulta que, al parecer, ese marango de Motas, de alguna manera logró involucrar a tu hermana en todo ese asunto revolucionario…” La chica, que seguía la historia con dificultad, y en la que aún no podía fiarse del todo, estalló con eso último, y es que, su hermana, como la conocía, no era del tipo de persona que se dejara engañar así, menos por alguien como ese tal Motas, cuyo nivel de sinvergüenzura era ya casi legendario. Su tío continuó con la paciencia de alguien que siendo experto en el tema, se debe obligar a sí mismo a tomarse su tiempo para explicarle a otros menos entendidos. “Mira, a este tipo se le da muy bien propagar el discurso de “Arriba la libertad de Rimos” o “Abajo la monarquía de Cízarin,” como si pensara hacer algo al respecto, pero no piensa en ensuciarse ni las suelas, en realidad, sólo lo hace para embaucar a las personas, para convencerlos de hacer cosas y así obtener algún beneficio para luego desaparecer y dejarte solo con el entuerto… ¡Siempre hace eso! Hacerte creer que está de tu lado y que quiere lo mismo que tú, pero después, cuando llega el momento de actuar, ¡puf! desaparece como un pedo en la noche.” A la chica todavía le costaba ver a su hermana involucrada con alguien así, pero el hombre estaba dispuesto a convencerla. “Cuando la gente se apasiona por algo, sólo quiere oír de eso y cualquier cosa le sirve para endulzarse el oído, y por algún motivo que desconozco, Rubi estaba obsesionada con que había que darle una lección a Cízarin… Yo estoy de acuerdo, no pienses mal, no apoyo a Cízarin ni a su rey, Siandro el Necio, pero para hacerlo se necesitan más que cuatro cabezas calientes y un par de lenguas largas, ¿no crees?” Falena asentía meditabunda. Su hermana metida en un grupo revolucionario, podía imaginarse eso. Rubi tenía madera de peleona; entonces, de pronto se dio cuenta de la urgencia del asunto. “¿Acaso esos tipos bosgoneses vienen hacia acá ahora?” Preguntó con sorpresa. Yádigar la miró con el alivio de alguien que por fin se da a entender después de mucho esfuerzo. “Por eso es que debemos encontrarla.” Aclaró.



Daliana, a la que no le interesaban para nada los asuntos de su padre y del soberano reino de Jazzabar, se llevó a Lorina a su habitación para tratar asuntos más interesantes, como su relación amorosa con su hermano Yan. La chica le habló con humildad sobre lo arrollador e impetuoso del sentimiento que los había invadido de pronto y unido para siempre, y Daliana fingió desvanecerse de amor y desilusión al desear tanto algo así y no poder tenerlo. “Yo nunca viviré algo como eso… lo sé.” Lloriqueó, como una víctima aplastada por el peso de su propio destino, ante la mirada divertida de su hermana Rina, que no podía tomar en serio ni un poco todo ese drama. Entonces, Lorina, piadosa, le ofreció leerle la suerte en los huesos y Daliana respondió con emoción, porque los buenos adivinadores eran escasos en Jazzabar, pero también con miedo, porque una mala adivinación podía sellar el destino de alguien sin remedio. Lorina sonrió. “Bueno, los huesos no siempre te dirán lo que quieres escuchar, pero siempre tienen algo bueno que decir.” La animó, y la chica aceptó, mirando a su hermana menor ansiosa y temerosa a la vez. “Según mi tía abuela Miula, la que podía decir el destino de las personas sólo oyendo sus sueños, los huesos te dirán las posibilidades, pero no te dirán las decisiones que decidas tomar.” Advirtió Lorina con profesionalismo antes de vaciar su pequeña bolsa de huesos de gallina en el piso y quedarse expectante. “Un caballero, definitivamente hay un caballero en tu camino.” Le dijo.



León Faras.


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