lunes, 1 de diciembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

116.



Yan Vanyán lo sabía, podía ver en los ojos de Lorina que ésta se había quedado profundamente preocupada tras ver pasar al implacable ejército cizariano hacia Bosgos, aunque su preocupación era más por Cípora y las otras chicas que trabajaban en el local de Nina, que por el resto de la gente. “Podemos regresar si quieres, aunque no te garantizo que lleguemos a tiempo…” Le ofreció Yan, afligido por no poder ofrecerle más, ya que solo contaban con un solo caballo para los dos y él, con todas sus habilidades especiales, no podía hacer gran cosa estando tan lejos, pero Lorina lo miró con una mezcla de ruego y resolución. “No.” Le dijo. “Ahora me debo a ti y a nuestro amor, que es por lo único que he de luchar de ahora en adelante. Ellas lo saben y lo entienden. La ciudad se defenderá como la última vez y Cízarin dejará de insistir en algún momento.” Yan, aceptó las palabras de su amada sujetándola de las manos. “Será como tú quieras, pero que sepas que si me pides enfrentarme a todos los ejércitos de este mundo o el otro, por ti, lo haría sin pensarlo.” Prometió Yan con la sinceridad y solemnidad de un caballero que le jura lealtad a su reina. “Y yo también daría mi vida por ti sin dudarlo ni un segundo.” Replicó Lorina, más convencida que nunca de sus propias palabras.



A Yádigar le tomó al menos media hora explicarle a la chica que él era hermano de Teté. Que su madre había muerto cuando él tenía trece años, que entonces habían sobrevivido juntos los dos rebuscándose la vida hasta que consiguió que el ejército rimoriano lo aceptara a los quince años y de paso, conseguir que a Telina la dejaran trabajar en las cocinas del palacio donde ambos podían ganarse la vida sin depender el uno del otro. Estuvieron así varios años, sin verse mucho pero sin alejarse del todo, cada uno atendiendo sus propias obligaciones. “Hasta que se la trajeron a Cízarin con un bebé que no era suyo en brazos… ese fue el último día que la vi y ni siquiera pudimos hablar. Supe que se había casado con un soldado cizariano dos años después del compromiso…” Explicó el hombre como si estuviera, mitad reprochándoselo y mitad excusándose, mientras Falena lo oía sin dejarse convencer del todo. “No recuerdo que mamá haya mencionado nunca que tenía un hermano…” Dijo la chica, mirándolo con toda la suspicacia del mundo. “Pues puedes preguntarle a tu madre la próxima vez que la veas si quieres, ahora tenemos que encontrar a tu hermana.” Replicó el hombre, harto de dar explicaciones, y con razón, porque por unos minutos se habían olvidado por completo de Rubi. “¿Entonces ella está aquí, en Cízarin?” Preguntó Falena, contenta de que esa posibilidad fuese real, pero el otro la miró como a aquella persona que, siendo un adulto, se maravilla por cualquier tontería como un niño. “¡Claro que está aquí, dónde más si no!”



Cuando Lorina llegó a Jazzabar, se quedó completamente admirada, aquella era sin lugar a dudas, la construcción humana más grande que ella hubiese visto nunca, con postes y postes sobre postes que ascendían hasta chocar con la noche, y que sostenían toda una ciudad en el aire. Había que decir que la noche favorecía mucho al puerto, dotándolo de sombras que contrastaban con las numerosas antorchas, lámparas y fogones que iluminaban aquí y allá y que le daban una presencia casi mágica y hasta se podía decir que hermosa, como si la hubiesen decorado a propósito así para su visitante de aquella noche. Antes de entrar, una fina gota de agua le chocó en la frente, la chica miró al cielo y con inocencia anunció que llovería, Yan también miró al cielo, pero no había visto ni sentido nada, después de todo, esa gota podía ser de cualquier cosa, en Jazzabar, siempre podían caer cosas desde las alturas que no venían precisamente desde el cielo. Las viviendas en el puerto eran poco más que chabolas empleadas para el reposo donde pernoctar y comer, pues todas las demás actividades se realizaban en espacios públicos. Aunque había algunos comercios establecidos, que eran pocos y viejos como la Descorazonada, la mayoría del comercio era ambulante e informal, siendo la comida callejera el más popular. Yan paseó a su amada por las pasarelas de Jazzabar sin soltarla de los hombros, pues era necesaria cierta práctica y habilidad para moverse sobre las tablas del puerto con soltura. La llevó hasta la gran chabola del rey, donde también estaba la de él y su hermano, y por separado, la de sus hermanas. Estaban muy cerca de la Rueda, la que esa noche estaba en completa oscuridad y silencio o hubiese podido impresionar aún más a Lorina con su ineludible presencia cuando el espectáculo está en su mejor momento, pero quién sí la impresionó de inmediato, fue la joya de Jazzabar, Daliana, la segunda hija de Cegarra, cuya belleza era sobrecogedora; una chica soñadora que anhelaba con casarse algún día con su hombre perfecto, pero que debido a su belleza, demasiado bien asumida por ella misma, y a un estatus social elevado que le inculcaron desde pequeña todos a su alrededor, ese sueño, se veía cada vez más obstaculizado, sencillamente porque todo el mundo siempre la había hecho sentirse tristemente inalcanzable, como una joya. Daliana recibió a Lorina con calidez, como se recibe a un pariente al que hace años no se ve. Yan estaba satisfecho de que ella la hubiese recibido y no su hermana mayor, Elba, la que podía parecer bastante tosca cuando uno no la conocía. También estaba Rina allí, la menor de todas, una chiquilla que no hablaba mucho y que sonreía demasiado. Algunos pensaban que estaba un poco tonta, que no lograba entender todo lo que se le decía y que por eso siempre estaba riendo sin motivo, y en parte era cierto, la chica no era muy lista, como se esperaba, pero tenía su propia clase de inteligencia, una más perceptiva, intuitiva y emocional, el tipo de inteligencia de quienes pueden comprender las cosas aunque no puedan razonarlas, solo lo saben, una inteligencia que a veces podía sorprender a los demás.



León Faras.

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