viernes, 6 de octubre de 2017

Los Condenados.

Odregón.

Primera parte.

Luego de muchos kilómetros de pedregoso desierto, por un camino duro, cubierto de un polvillo fino y blanco como la cal que se introducía por todas partes y se pegaba a la humedad del cuerpo y de los vehículos, al fin aparecía en el trémulo horizonte Odregón, el único oasis de civilización alcanzable por vía terrestre, un sitio animado, con mucha gente pero con calles angostas, franqueadas de edificios rectangulares separados por callejones donde el hacinamiento era muy marcado, sobre todo para el visitante que venía de cruzar un yermo sin fin. Vilma debió reducir la velocidad casi al paso, aunque era un alivio poder quitarse por fin las gafas protectoras, llenas de polvo y los cubre bocas, que les habían permitido respirar medianamente bien. Les habían advertido que Beatrice, al ser un vehículo descapotado, no era lo más apto para las condiciones del camino, pero la máquina era parte del equipo y según su conductora, el carácter femenino de Beatrice, no iba a tomarse nada bien un reemplazo, era fuerte y confiable, pero también celosa, “…no querrán ofenderla…” advirtió Vilma al resto del grupo antes de partir, por supuesto, en una conversación privada, lejos de los “oídos” del vehículo. La ciudad olía a civilización: a humo, fritanga y porquería. El avance era cada vez más dificultoso, ya que, lejos de abrirse el camino, se cerraba aun más, con la presencia de numerosos comercios callejeros a ambos lados y su respectiva clientela, que trataban a los visitantes como si fueran fantasmas invisibles, indiferentes a los amenazantes rugidos de Beatrice, que forzaba su poderoso motor sin apenas conseguir moverse. Llegando a una esquina, tuvieron que detener su, ya de por sí, lento avance. Frente a ellos, dos carretas tiradas por unos bueyes de cuernos enormes y abiertos a los lados, de los que colgaban farolillos, cruzaban con una parsimonia que todo el mundo tomaba con naturalidad. Caín tomó un trago de agua de su botella “¿Adónde nos hemos venido a meter esta vez?”, comentó con el mismo desgano con que se tragó el agua, mientras veía esos vehículos de tracción animal que creía desaparecidos. Marcus venía atrás cómodamente sentado con las piernas estiradas, se había levantado las gafas pero aun se cubría el rostro con un pañuelo, como un bandolero del lejano oeste “¿Ya notaron la cantidad de idiomas que habla esta gente? he escuchado al menos cinco diferentes y algunos sonidos que no sé si pertenezcan a alguna lengua en particular o sólo sean eructos y chillidos” “¿Y por qué crees que no me he bajado a preguntar?” respondió Vilma con su acidez habitual, alimentada aun más por el tedio de no poder moverse con libertad. Cuando por fin pudieron seguir avanzando, la muchacha agregó, “Sólo espero que no nos encontremos con otro vehículo en sentido contrario o yo misma abriré paso a tiros” Luego de casi una hora cubriendo una distancia que no debería tomar más de cinco minutos, llegaron a una especie de plaza amplia donde parecían converger todos los caminos, salvo por la gente y uno que otro vehículo menor, el sitio solo era un descampado circular sin atractivo alguno, polvoriento y caluroso como el desierto que rodeaba toda la ciudad. En aquel lugar debían reunirse con alguien que les serviría como guía, pero por más que miraban no parecía que nadie estuviera ni remotamente interesado en su presencia, hasta que de pronto sintieron los pasos de alguien que se acercaba corriendo, los sintieron, porque eran pasos pesados y duros, como de alguien que carga con un gran peso y que, por consiguiente, es grande y fuerte, o tal vez sólo un robot. Este se detuvo en seco junto al vehículo, Marcus se alejó de un salto, Vilma cogió su pistola. El robot en cambio, hizo una reverencia como un japonés, “Los estaba esperando…” dijo, con una dulce voz femenina que contrastaba con su considerable altura. Tenía dos ojos diminutos y separados que se encendían y apagaban cada cierto tiempo, como si pestañara y una trompa, que asemejaba un micrófono antiguo incrustado en la cara, por la que hablaba y hacía otros sonidos. Su cuerpo y sus miembros eran delgados y estilizados, pero sin duda poderosos “…mi nombre es Quci, y los guiaré al castillo” “¿Castillo?” repitió Marcus incrédulo, mirando a sus compañeros, “Espera…” dijo Caín, suspicaz, “¿cómo sabes que nos buscas a nosotros?” Era una duda razonable, no se conocían y podía ser todo una confusión, Quci retrocedió un paso y apuntó al vehículo, “Me informaron que el vehículo tenía el nombre Beatrice escrito en un costado, por cierto, interesante caligrafía. Usted debe ser Caín, ¿es eso correcto?” “lo es…” admitió el calvo líder del grupo, luego agregó mirando a su conductora, “…creo que ya es tarde para arrepentirnos” “Como si pudiéramos” replicó Vilma, haciendo esfuerzos por aliviar la comezón en una zona inalcanzable de su espalda. Quci subió al vehículo con cuidado, como si estuviera subiendo a una balsa a la que teme voltear con su peso, y se sentó graciosamente recta junto a Marcus, “Es por allí” dijo señalando una dirección, “Será mejor que te sujetes” aconsejó el artillero, al tiempo que Vilma giraba el vehículo bruscamente para salir de ahí, “A juzgar por su forma de conducir y por los trazos violentos de la caligrafía pintada en el auto, ambos sugieren que se trata de la misma persona” comentó el androide mientras Vilma aprovechaba los pequeños espacios libres para acelerar, “Genial, un sabelotodo…” murmuró esta para sí, sin quitar los ojos del camino.

A medida que avanzaban, las calles se veían más despejadas de peatones, aunque igualmente estrechas y franqueadas de viviendas cada vez más aglomeradas y sucias, sin embargo, el vehículo se movía con algo más de libertad, lo que era casi como una válvula de descompresión para su conductora, “Me he dado cuenta de que se hablan numerosos idiomas aquí, ¿no?” dijo Marcus con ánimos de charlar, Quci lo miró un poco insegura de que se dirigiera a ella, luego de unos segundos respondió, “Eso es correcto. En Odregón se hablan hasta 64 lenguas diferentes, de las cuales yo puedo comprender todas, lamentablemente hay algunas que me es imposible pronunciar correctamente” El camino continuó hasta salir de la ciudad y rodearla por sobre un alto y extenso muro, que más que muro, era una meseta artificial sobre la que estaba construida la ciudad. Luego de algunos minutos, apareció en el fondo una colina de roca cortada verticalmente por una de sus caras, y sobre esta, el castillo de Odregón, Vilma detuvo el vehículo en seco sin la menor consideración por sus pasajeros, Marcus tras ella, se puso de pie para verlo mejor, era realmente una fortaleza esplendorosa que sólo en un lugar tan remoto como ese se podía encontrar: estaba rodeada de un muro con sus respectivos adarves y almenas y fortalecido con recios torreones rectangulares, que precedían otra línea de muros más elevada y provista de aspilleras y escaleras. Sobre este, se alzaba una atalaya redonda y robusta que sobresalía por sobre toda la construcción, y detrás de esta, estaban los salones principales, un edificio rectangular gigantesco coronado con una cúpula ovalada como medio huevo acostado, y adornado con una marcado gusto por las finas torres con puntas de lanza que se multiplicaban por todas partes como hongos en un árbol podrido. El acceso era un camino sinuoso y angosto excavado en el suelo, la mitad de su extensión estaba provista de peldaños, y en su totalidad era franqueado de muros para contener la arena y evitar que esta lo cubriera por completo. Desembocaba en una imponente y orgullosa barbacana que recibía a los visitantes con una afilada sonrisa de hierro negro. Para Beatrice, era imposible llegar hasta ahí, por lo que el grupo se dividió: Vilma y Marcus llevaron el vehículo hasta un hangar ubicado en la base del cerro, una gigantesca cueva de roca sólida pero bien provista de luz, herramientas y un piso perfectamente pavimentado, una grata sorpresa para la chica, siempre ansiosa por mimar su vehículo y mantener sus mecanismos a punto, mientras Caín seguía a Quci hasta el castillo, la reja de hierro se alzó con un movimiento suave y bien lubricado, que disimulaba perfectamente su peso real, en el interior, el hombre se vio sorprendido por los soldados que estaban de guardia, eran hombres, pero ataviados con aparatosas armaduras infladas, que los hacía ver mucho más grande de lo que en realidad eran, además, usaban colores vistosos y ceremoniales pero muy poco prácticos. Sus diminutas cabezas se asomaban con expresión grave, manteniendo erguidas a un lado sus hermosas, aunque obsoletas, lanzas de acero. Unos metros más allá cerca del muro, un robot enorme manejado por un hombre descargaba barriles de cerveza de una carreta tirada por caballos, como si aquellos elementos tan dispares pudiesen mezclarse con toda naturalidad. Fue conducido por una empinada escalera hasta un pequeño patio, finamente ornado con mosaicos y esculturas que daban paso al salón principal donde estaba Dugan, señor de Odregón.

Vilma en poco tiempo ya se había olvidado de la misión y de las incomodidades del camino y se había enfrascado en el propósito de quitarle el pringoso polvillo pegado a las entrañas de Beatrice y limpiar sus filtros. Allí habían encontrado a un hombre pequeño de grandes manos que, a pesar de no comprender una palabra de lo que decía, parecía encantado de la visita. Se tambaleaba visiblemente al caminar pero parecía dueño de una gran fuerza y de una energía inagotable, hablaba un idioma rimbombante, con vocales largas y palabras siempre acabadas en consonantes fuertes y sonoras, digno para dar un discurso a las masas. El hombre se puso a escudriñar el interior de Beatrice parado en la punta de los pies y luego se retiró hablando sin parar, soltó una risotada que nadie compartió con él y volvió junto a Vilma con un par de herramientas y un repuesto para intercambiar. Luego se agachó junto a Marcus que estaba en el piso trabajando bajo el vehículo, era gracioso, porque se agachaba como lo haría un niño pequeño, sólo doblando las piernas y sin apoyar ninguna rodilla en el suelo, le señaló algo sonriendo y se fue caminando como un pato hasta un baúl en el que metió la mitad del cuerpo para alcanzar algo, luego regresó con una botella en la mano que le dio al artillero, y con gestos más que evidentes lo invitó a beber, este, luego de oler el contenido de la botella, se la llevó a la boca: era un licor fuerte, con un suave y agradable sabor a miel, luego de probarlo, se lo alcanzó a Vilma que sin escrúpulos, también se echó un largo trago que fue celebrado por el viejo con aplausos y unas carcajadas, entonces llegó Caín, seguido de Quci, su rostro no era del todo tranquilizador, la robot en cambio, lucía igual de indiferente. “¿Y, qué te han dicho?” “¿Qué tenemos que hacer esta vez?” Caín se dejó caer sobre una caja de metal, “Es una locura…” dijo, al tiempo que el viejo le ofrecía su botella con una sospechosa expresión de compasión en el rostro.

Una hora después, estaban instalados en sus habitaciones, amplias cajas cuadradas sin ventanas, de gruesas paredes de piedra y poderosas vigas de madera en el cielo, todo muy anticuado salvo por la iluminación, que era artificial. Junto a estas, había una amplia sala de baños, con una pileta de nueve metros cuadrados llena de agua caliente para que se asearan y se quitaran por fin el abundante polvillo del viaje, Quci, diligente, le ofreció a Vilma que podía guiarla a otro baño para ella sola, pero la chica la miró enojada “¿Acaso te crees que tengo sarna?” la robot se quedó anulada, algunos humanos eran incomprensibles más allá del idioma que hablaran, “…lo que quiso decir es que no será necesario…” le aclaró Marcus cordial, Quci le agradeció aquella “correcta interpretación” con una reverencia, pero seguía sin entender cómo una cosa podía significar otra completamente distinta. Lo cierto era que para Vilma, ser mujer, hacía tiempo que no hacía ninguna diferencia, ni en su comportamiento, ni en su trabajo, ni en lo que podía o no podía hacer, menos aun tenía remilgos con su desnudez o la de sus compañeros, eran tan incómodos e inadecuados para el tipo de vida que llevaba como ponerse tacones.


Compartieron el baño y luego la comida, al cabo de un rato, los tres estaban reunidos con una botella de alcohol para enterarse de los detalles de la misión: tras el castillo de Odregón y la colina que lo albergaba, el paisaje se escarpaba abruptamente, las rocas eran enormes monumentos al poder de la naturaleza, la arena se endurecía y formaba colinas y montes cada vez más grandes con formas afiladas y hostiles, al adentrarse lo suficiente en ellos, se puede llegar hasta una gruta, una cueva más bien, estrecha y prolongada en la que los sacerdotes y sus ayudantes se introducían en busca de los “huevos de dragón” que alimentan la ciudad de energía durante una generación completa, Vilma se apresuró en tragar el licor que acababa de echarse a la boca, “¿Huevos de dragón? ¿Bromeas…?” Caín se encogió de hombros, “…es lo que me dijeron…” y continuó diciendo que los últimos sacerdotes en ir, no habían regresado y sin esos supuestos huevos, todo Odregón estaba destinado a la extinción. Marcus se masajeaba la barba pensativo, por lo que sabían, en Odregón había soldados, vehículos, incluso robot, “¿Por qué no han enviado parte de su flamante ejército a investigar qué sucede?” “Lo mismo pregunté yo…” respondió Caín, y luego de secar su vaso, agregó “…Superstición: se trata de un sitio sagrado que le ha dado vida a esta ciudad desde su nacimiento, ningún Odregonés se atrevería a profanarlo so pena de tener que abandonar este lugar para siempre…”, “Eso es estúpido” gruñó Vilma, restregándose los ojos hasta dejárselos medio adoloridos. Estaba cansada, “Las creencias nunca son estúpidas, sólo son edificios dispuestos a permanecer en pie una eternidad o a derrumbarse de un tirón, para de inmediato edificar uno nuevo en su lugar” comentó Marcus observando su vaso como si le hablara a él. “Qué mordaz…” replicó Vilma, sin mostrarse demasiado impresionada, luego se giró hacia Caín para que terminara lo que tenía que decir, este continuó “…el caso es que deben ser extranjeros los que vayan a investigar qué sucede. Por eso estamos aquí.”


León Faras.

viernes, 1 de septiembre de 2017

La Hacedora de vida.

5.

Cuando Nora era pequeña, fue la primera vez que ella y su hermana salieron de excursión en compañía de su padre fuera de la ciudad: un desierto infinito de arena, rocas y chatarra que sólo se podía visitar durante una determinada época del año, en la que el calor podía ser abrumador, pero evitaba las impredecibles tormentas de arena, que si te atrapaban allá fuera, era un problema grave. A pesar de la aridez, se trataba de un lugar hermoso, gigantesco y con una vista en la noche que empequeñecía al más grande de los hombres, muy distinto de lo observable en la ciudad. Era una lástima que Dixi no las pudiera contemplar, era una pena que su aparato para orientarse por sonido no llegara a las estrellas y le dibujara el firmamento en la oscuridad de su mente. Nora la pinchó suavemente con un alfiler en la pierna, su hermana se enfadó como si le estuviera jugando una mala broma, pero antes de que reaccionara, Nora le dijo que “eso” era una estrella, “…ahora imagina que lleno tu cuerpo de suaves pinchazos, por todas partes, desde la planta de tus pies hasta la cabeza, tus orejas, detrás de tus orejas, todo tu cuerpo y al mismo tiempo. No te duelen ni te causan daño, pero las sientes cubrir cada centímetro de tu piel, algunas te clavan levemente, otras apenas te tocan y otras, ni siquiera las sientes pero sabes que están ahí. Eso es el cielo.” Dixi torció la boca poco convencida, “No me gustan las agujas…” dijo, acariciando una roca que había encontrado, Nora sonrió, porque en ese momento ella contemplaba maravillada, la infinita cantidad de pinchazos sobre la oscura piel del cielo nocturno. La roca de Dixi era suave al tacto, pero su forma era irregular, como líquido que se endurece en el aire, su padre le explicó que se trataba de un meteorito, una piedra que había viajado infinidad de kilómetros durante miles de años tal vez, para finalmente llegar aquí a reposar por la eternidad “…imagina lo que esa roca podría contarte si pudiera hablar, la de cosas que ha visto en lo más recóndito del espacio, los mundos que ha visitado, imagina que te pudiera decir dónde, cómo o cuándo nació…” Por supuesto que ante tal sugerencia, las niñas no dudaron de que debían darle vida al meteorito para que este pudiera narrar su increíble historia con todos sus, seguramente, asombrosos detalles, pero aunque Nora hizo su mejor esfuerzo, la roca fue incapaz de responder a una sencilla pregunta repetida hasta el hartazgo, “¿puedes oír?” Después de muchos años, la roca descansaba en una cama de arena acompañada de otras rocas, menos siderales quizá, pero igualmente especiales, en casa de Nora. Eran una bonita decoración, sobre todo en un mundo en el que las piedras eran de lo único realmente natural que podía encontrarse. Sin embargo, algo muy curioso estaba ocurriendo desde hace un tiempo: las rocas se agrupaban, dejando pequeños surcos marcados en la arena, buscando juntarse con el meteorito, Nora las volvía a su lugar, pero luego de unos meses, cuando dejaba de espiarlas, las rocas nuevamente se agrupaban, jamás las había visto moverse solas, y era muy difícil pensar que alguien más lo hiciera sólo por jugarle una broma, más bien, parecía como si las rocas tuvieran la inteligencia o el instinto para saber cuándo estaban siendo observadas y jugaban a moverse sólo cuando nadie las veía, como si en cierta forma, tuvieran vida.

Cuando Nora regresó de la cocina con algo de beber, Dixi estaba parada justamente ahí, frente al pequeño jardín de rocas, acariciando su viejo meteorito, “¿Qué haces?” Dixi se volteó sorprendida, la voz no era la de su hermana, sino de Boris, este había girado su cabeza casi en 180 grados, como si algo de pronto hubiese llamado su atención, Nora lo miró con grima, “¡No hagas eso! me pones nerviosa”  el robot la observó con la insípida expresión de su máscara y volvió la mirada a la televisión, “Lo siento…” dijo “…es que de pronto dejó de cantar. Nunca deja de cantar”, “Yo no he oído a nadie cantar y créeme, oír es lo mejor que sé hacer” replicó Dixi con los aires propios de quien es entendido en una determinada materia, “Yo no dije que la oyera…” El robot si hubiese podido encogerse de hombros, lo hubiese hecho en ese momento para responder, en lugar de eso, veía la televisión con la cabeza levemente inclinada, como un perro que intenta descifrar el extraño lenguaje de su amo. Tal era también la expresión de Dixi en ese momento, la de no entender, con un “¿Qué?” mudo, congelado en los labios. Nora iba a replicar algo ocurrente en ese momento, sobre un repentino y original sexto sentido del androide para hablar con las piedras, pero golpearon su puerta y debió tragárselo. Yen Zardo estaba parado ahí, con su sonrisa de héroe de historieta, traía un carro, de esos de hierro con dos ruedas para trasportar bultos pesados y una caja de madera en él, una caja alta, como para meter una persona dentro. Con brusquedad y borrando la encantadora sonrisa de Yen con un suave empellón, entró Reni Rochi con una caja de herramientas en la mano, “Bien, venimos a hacer la limpieza”

Si no tenías dinero en tu tarjeta, las bicicletas estáticas eran una excelente opción, te daban el agua gratis y con dos horas de buen pedaleo, podías conseguir algo de dinero generando energía para el sistema, Yen Zardo pedaleaba cinco horas casi todos los días y con eso, más los negocios cutres que  inventaba con su amigo Doble R, le alcanzaba para vivir, además de mantener su figura esbelta. Reni Rochi en cambio, debido a su enorme masa corporal, estaba muy lejos de acercarse a las bicicletas, él era soldador, no siempre tenía trabajo pero cuando tenía, le pagaban bien, el resto del tiempo lo gastaba en su afición por reparar cosas, tanto por encargo como para revenderlas, Zardo se encargaba de esto último, tenía encanto natural para convencer a las personas de que necesitaban exactamente aquello que ellos ofrecían. Aquel día, luego de las bicicletas, Yen habló con un hombre llamado Pris, un tipo sumamente lánguido, con pinta de enfermo, que cortaba a la mitad cada una de sus frases con un largo e incontenible bostezo, tenía un serio problema para dormir, no era insomnio, pues se dormía con increíble facilidad, el problema era que no podía mantenerse dormido por más de media hora: su mente se borraba completamente y su sueño se volvía un vacío tan absoluto, que lo despertaba con la sensación de estar flotando en medio de la nada, “…parece agradable, pero en realidad es agobiante…” explicaba Pris, cada vez que alguien le decía que no sonaba tan malo como para despertarse, “…es como llegar a una fiesta y que esta se termine justo, cuando recién comienzas a divertirte. La música se calla, todos se van y se apagan las luces. Siempre es lo mismo.” concluyó mientras acababa con el contenido de un vaso de un potente estimulante artificial, infame sucedáneo del café. Este tipo necesitaba un robot doméstico de segunda mano, y Zardo pensó inmediatamente en Boris, sólo había que reparar las partes dañadas, modificar un poco su fisonomía, cambiarle la pintura y harían un excelente negocio, Reni Rochi no estaba muy convencido, pero se sentía con la obligación de liberar a Nora de la molestia de tener un robot electrocutado en su apartamento, por lo que finalmente accedió.


Dixi no ocultaba su falta de entusiasmo por la presencia de Yen Zardo, quien se le hacía insosteniblemente vacuo, poco interesante de oír, zalamero y repetitivo, además, el muchacho torpemente le recordaba siempre, de una manera u otra, que era ciega, lo que despertaba en ella deseos de darle un golpe, uno no muy fuerte pero esclarecedor. En cambio, Reni Rochi le caía bien. Ella fue la única que se opuso cuando se enteró de a qué venían los muchachos, “¡No pueden venderlo, no es una máquina!” Capturó en el aire el sonido del aliento de Zardo cuando este sonrió por su comentario y de no haber sido ciega, el muchacho hubiese caído fulminado ahí mismo donde estaba, con la mirada que le dio, “Ya sé que es un robot, pero ya no es la máquina que era…” continuó Dixi “…ni siquiera funciona como una máquina” El silencio la desesperaba un poco “¡¿Es que no lo ven?! Se supone que yo soy la ciega aquí” Reni Rochi miró a Boris, quien indiferente observaba la televisión, y luego a Nora, esta estaba sorprendida de la reacción de su hermana pero sabía que en cierto modo, estaba en lo correcto, el robot tenía vida, y eso era gracias a ella, “Dixi tiene razón…” admitió al fin, “…ni siquiera tiene una fuente de poder y…” “Ese no es problema, podemos conseguir una rápidamente con Rudy” la interrumpió Zardo con una exagerada confianza en sí mismo que se desvaneció con la mirada de incredulidad que provocó en todos, Dixi, por su parte, sólo se llevó una mano a la frente, agotada. “¿Qué…?” dijo Yen, mostrando las palmas de las manos “Nada amigo… nada” le respondió Rochi, no sin algo de compasión en su voz, y luego se dirigió a las muchachas “Ya se nos ocurrirá algo…” dijo, mientras arreaba suavemente a su amigo de los hombros hacia la salida, quien no acababa de entender cómo su negocio se había ido al garete. Al abrir la puerta, un nuevo robot mensajero estaba parado ahí con el puño levantado a punto de golpear, tenía un rostro alargado, un poco equino pero solemne, sus ademanes también eran refinados, como de mayordomo, a simple vista, el reemplazante de Boris en el barrio, era de un modelo mucho más moderno, traía una notificación para Nora: debía una buena cantidad de dinero por perjuicios a sus vecinos por haber dejado sin energía el edificio, “Su tablero no se destruyó solo y está dentro de su espacio privado…” explicó el robot, “…recuerde que si no tiene dinero suficiente, puede pagar en parte o la totalidad de la deuda en metal reciclable” “Tú eres de metal…” replicó Reni Rochi amenazante, pero el robot no se dignó a responder, saludó cortésmente y se retiró.


León Faras.

viernes, 18 de agosto de 2017

Del otro lado.

XXIX. Las cámaras no olvidan.

Cuando recibió la llamada, no se esperaba para nada que el cura le tuviese noticias tan pronto, este, necesitaba de su presencia, pues él no tenía el don de ver y conversar con espíritus. Olivia salió de inmediato para reunirse con él, pero al llegar a la calle señalada, no lo vio por ninguna parte hasta que el sacerdote se le acercó por detrás y la tomó por el brazo, Olivia se quedó sorprendida, aunque lo hubiese visto, probablemente no lo hubiese reconocido, estaba vestido con ropa casual, sencilla, gastada y fuera de moda, lo que lo confundía muy bien con el resto de la gente, aquello no era raro, lo curioso era verlos juntos, el manido vestido de ella, también era propio del siglo pasado, parecían una pareja de provincianos que visitan por primera vez la ciudad, Richard Cortez, que acompañaba al cura en ese momento, lo notó de inmediato, era evidente como encajaban a la perfección uno al lado del otro, como si fueran familiares, o más aun, un matrimonio con varios años de convivencia a cuestas. Se quedó a parte observando mientras la pareja se saludaba y hablaban brevemente con una calidez y un gusto natural, lo cierto es que junto a ellos, cualquiera se podía sentir excluido de la ecuación. Para Olivia, el Chavo no tenía nada que lo delatara como un espíritu ya, era sólo un hombre más, aunque con una increíble historia tras él, que ella no ponía en duda. Richard los llevó a las afueras de la ciudad, donde estaban las instalaciones de la antigua industria textil arruinada hace muchos años, estructuras de cemento, cuadradas y llenas de los agujeros oscuros que antes eran las puertas y las ventanas. Un sitio tétrico, en especial de noche, frecuentado por vagabundos, borrachos o drogadictos, pero también por materializados que al igual que los anteriores, buscaban alejarse de una sociedad que los ignoraba. Un lugar que los tres conocían bien, aunque por diferentes razones. Era de día y el sitio se veía desierto, pero en realidad nunca lo estaba. El interior de los edificios era completamente desagradable y hostil a los sentidos, todo destruido, lleno de basura y con las paredes rayadas, olía a meados, excrementos y descomposición, el Chavo recogió un palo del suelo, el cura y la bruja lo observaron como si pensara golpear a alguien, pero sólo golpeó en el suelo, una vez, luego otra vez, luego dos y después otra vez una, y se quedó expectante. No recibió respuesta. Siguieron avanzando, en algunas habitaciones, la oscuridad era total. Richard repitió la contraseña, nada, pero cuando dieron un par de pasos se escuchó la respuesta a cierta distancia: tres golpes seguidos. Ese era un materializado. El padre José María no vio nada, sólo podía recordar haber visto al Chavo y a Olivia hablando con algo en la penumbra, pero debió esperar a que terminaran para enterarse. Los materializados se van, usan su nueva condición para buscar sitios más acogedores o agradables, para recorrer el mundo sin restricciones, para aislarse en la naturaleza, sólo se quedan los que tienen ataduras emocionales, aquellos que no están listos para desligarse de su vida antes de la muerte. El hombre que buscaban ya no estaba y era posible que ya no regresara en mucho tiempo. Según les explicó el Chavo, se trataba de un hombre de aspecto joven de nombre Joel, que gustaba mucho del mar y que constantemente hablaba de que ese era el lugar que él elegiría para pasar su eternidad. Ya eran varios días que no se le veía por la ciudad, por lo que era de suponer que ya se había marchado a algún punto del planeta cercano al mar o, nada se lo impedía, el mar mismo, “Él fue quien salió del autobús el día del accidente, él le disparó a Laura, aunque conociéndolo, no logro entender por qué lo hizo…” explicó Richard al cura, sabiendo que lo que habían conseguido, no era de gran ayuda, y agregó, “…escuche Padre, si esto es importante, deme algunos días, veré qué más puedo averiguar” El cura le estrechó la mano, “Lo es Richard, gracias” Antes de irse, Olivia decidió ofrecerle su ayuda si algún día tomaba la decisión, “No eres inmortal, hay una manera si algún día decides que… ya estás harto de este mundo”

Manuel Verdugo escuchó atentamente y en silencio toda la historia que Alan le contó sobre su nieta, el asesinato de esta y el motivo por el cual la habían matado. Trató de entender y de imaginar cómo era ser un espíritu, un materializado y qué clase de cosa era un Escolta y sin lograr dimensionar completamente el contexto de la situación y el mundo en el que se desarrollaba, la aceptó como el enfermo que le cree a su médico sin ver ni entender lo que ocurre dentro de su cuerpo ni tener remota idea de cómo son los microbios que le han atacado, sin embargo, y como el supuesto enfermo lo haría, sólo se limitó a preguntar qué era lo que se debía hacer para eliminar a ese microbio aterrador que estaba acechando a su nieta para borrarla del universo, Alan se restregó su áspero mentón, “…es lo que estamos tratando de averiguar…” “Por Dios…” dijo el viejo ciego, apretando su bastón con ambos puños. Iba a agregar algo más, pero en ese momento se sintió abrirse la reja de su casa y las voces y las risas de mujeres que llegaban animadas, cargadas con bolsas y bandejas. Su hija Gloria se le acercó y aun con las manos ocupadas, le dejó caer un sonoro beso en la mejilla a Manuel que todavía no se enteraba de qué sucedía, tras ella, su vieja amiga, Beatriz,  también lo saludaba cariñosamente y le deseaba un feliz cumpleaños, mientras su nieta Lucía tomaba fotografías con su teléfono celular, recién en ese momento el viejo cayó en la cuenta de que era su cumpleaños. Debido a su ceguera y a su edad madura, hacía mucho tiempo que las fechas le eran indiferentes y si por alguna razón debía tomar en cuenta alguna, su hija se encargaba de recordársela con anticipación, salvo ahora que estaba de cumpleaños y lo quisieron sorprender. Las mujeres invadieron su casa y organizaron todo en un santiamén, prepararon la mesa y sentaron a Manuel en la cabecera con una copa de vino en la mano, todo sucedió rápido y con el entusiasmo de sus visitantes, el viejo se olvidó por un segundo, hasta que su nieta Lucía revisando su teléfono lo notó, pero no supo qué era, se lo mostró a su madre: en las primeras dos fotografías que había tomado al llegar, aparecía un hombre de pie junto a Manuel, un hombre que nadie había visto cuando llegaron, un hombre que no estaba ahí o se hubiesen dado cuenta, un hombre que nunca vieron entrar ni salir. El teléfono celular pasó de mano en mano hasta que de pura curiosidad, lo tomó Beatriz, sólo para participar del pequeño revuelo que había causado la imagen con el hombre misterioso, sin embargo, su sonrisa se desvaneció hasta desaparecer tras una mano con la que se cubrió la boca, consternada. Aquello era imposible, pero el hombre de la fotografía era Alan, su marido, el hombre que hace tantos años se había quitado la vida de un tiro en la cabeza tras la muerte de su hijo, y estaba igual a como se le podía ver aquel nefasto día. Las cámaras no olvidaban como las personas, y su imagen había quedado capturada antes de que sigilosamente abandonara el lugar. De los presentes, sólo ella podía reconocerlo y aunque nadie podía corroborárselo, Beatriz no tenía ninguna duda de que Alan, su marido, había estado ahí. La fiesta de cumpleaños se apagó hasta quedarse en silencio, Beatriz tenía los ojos con lágrimas mientras Lucía observaba a su alrededor temerosa de encontrarse con algún fantasma espiándolas desde algún rincón, Manuel secó su copa de vino de un largo trago y se quedó serio, con sus ojos pálidos saltando de un lugar a otro, en el vacío de su oscuridad. Podía imaginar la escena, rememorar todo lo vivido después de la muerte de su amigo, entender lo duro y doloroso que había sido para Beatriz. Estaba seguro de que hablar de él no sería una buena idea, pero aun así lo hizo, “Él siempre te recuerda y está preocupado por ti…” Sabía que en ese momento lo estaban mirando como a un desquiciado que la ceguera, la vejez y la soledad finalmente lo habían hecho hablar con fantasmas, pero no Beatriz, ella seguro lo miraba expectante “…siempre quiso que rehicieras tu vida y que fueras feliz… eso lo hizo feliz a él…” Beatriz sonrió, por un minuto se había olvidado de todo lo que la rodeaba, “¿Hablas con él?” preguntó con un brillo de ternura en los ojos, “A veces… aunque saber que ahora está esa foto, me tranquiliza. No me estoy volviendo loco…” respondió el viejo con una sonrisa torcida, mientras dejaba caer su cabeza sobre su pecho. La velada continuó, aunque con un cariz distinto, pausado pero interesante. Continuaron hablando de Alan, pero sin adentrarse en los escabrosos detalles de su muerte, ni tampoco, nada sobre lo que Manuel había hablado con él de su nieta Laura, eso ya sería demasiado para un solo día.


“Un Escolta persiguiendo a Laura…” pensaba Richard mientras regresaba a casa, se preguntaba si realmente estarían seguros de eso y de ser así, cómo habían logrado endosarle un Escolta a un inocente. Él sabía de los Escoltas, aunque en todos sus años de vivo y de muerto, nunca había visto uno, pero sabía que mientras no tuvieras a uno respirando en tu oreja, no se podía imaginar lo aterrador que era. La idea lo acompañó hasta llegar a su departamento, pero allí se encontró con que su mujer, la Macarena, lo esperaba ansiosa, casi eufórica, “¡Por fin llegas! Ven, tengo que mostrarte algo” sobre la mesa había una caja de metal, la mujer le demandó que la abriera él mismo y que mirara dentro con sus propios ojos, el Chavo lo hizo con algo de recelo, como quien sospecha que va a ser víctima de una broma, pero luego su cara cambió, la caja estaba llena de dinero en fajos metidos dentro de bolsas plásticas, “¿Tú no tuviste nada que ver con esto?” preguntó la Macarena con ojos de cachorro abandonado, el Richard negó con la cabeza “¿De dónde sacaste esto?” La mujer le explicó que alguien llamó a su puerta, y que al abrir no había nadie, sólo esa caja de metal en el suelo, creyó que podía tratarse de una broma o de un error, pero la caja tenía una nota encima que decía “Para Lucas” por lo que la tomó, y con toda la desconfianza del mundo, le echó un vistazo dentro “¡Casi se me cayó el pelo!” concluyó la mujer mordiéndose la uña de su dedo meñique. No tenían ninguna idea de quién o por qué les había dado ese dinero, pero no lo iban a rechazar. Julieta sonreía satisfecha, observando la escena desde la penumbra del pasillo, luego se volvió a la habitación de Lucas a contarle lo que había hecho, le hablaba de todo, todo el día, le gustaba pensar que los pequeños gestos que el muchacho realizaba con esfuerzo, eran respuestas para ella, eras muestras de que él podía sentir su presencia, y que la disfrutaba como ella.


León Faras.

jueves, 10 de agosto de 2017

Autopsia. Segunda parte.

VIII.

La ropa que la vieja Lina guardaba en su casa era, en su mayoría, muy antigua, pero como la ropa era un bien escaso, la conservaba lo mejor que podía. Para Clarita, la vieja siempre estaba preocupada de tenerle algún vestido limpio para su próxima visita, pero Elena tuvo que conformarse con un pantalón, camisa y zapatos de hombre, que habían pertenecido al hijo de los abuelos, del cual, desde hace un buen tiempo no tenían noticias. Mientras se bañaban, para Elena fue inevitable notar las cicatrices en la espalda de Clarita, marcas viejas de azotes, que daban una idea de por qué la niña le había dicho que también había decidido huir, pero no dijo nada al respecto, no tenía sentido arruinar el permanente buen humor de la pequeña, la que en ese momento, además, se divertía notoriamente en el agua y al mismo tiempo la hacía olvidar a ella, los desagradables sentimientos que revivía cada vez que recordaba lo que le había sucedido en el último tiempo. Elena nunca en su vida lo había hecho y ni siquiera había imaginado que alguna vez se vería a sí misma vestida con ropa de hombre. Al principio se sintió rara, pero luego hasta le hizo gracia y bromeó con la idea de ser un muchacho, como si un disfraz bastara para cambiar el pasado y el destino de una persona. Los zapatos le quedaban un poco grandes y los sentía increíblemente pesados y toscos para lo que ella estaba acostumbrada, pero no tenía la menor intención de quejarse. Lavaron su ropa y ayudaron a la vieja Lina en la cocina, después de la comida, le enseñarían a Elena a hacer queso y si se quedaban a dormir, por la mañana bien temprano ordeñarían a las cabras. Los viejos eran amables, compartían lo que tenían y lo que hacían y además siempre había una habitación disponible para ellas si querían quedarse, Elena se preguntó por qué la niña no se quedaba permanentemente viviendo con los abuelos, en vez de irse sola con su hermana imaginaria a vivir en una casucha destartalada y a punto de caerse, la respuesta, la sabría pronto y sin necesidad de preguntarla: Clarita le tenía mucho miedo a los lugares pequeños y cerrados, como el dormitorio que les ofrecían los abuelos, la niña alegre, se volvía una niña nerviosa y terriblemente incómoda y cuando por fin se dormía, tenía pesadillas que la despertaban al poco rato y más de una vez en la noche. Gracia se molestaba y le decía que para qué se dormía, si sabía que tendría sueños feos, y Clarita, le reprochaba que para ella, era muy fácil, porque jamás dormía. Al final la niña siempre terminaba yéndose, a veces, a mitad de la noche y sin decirles nada a los abuelos, pues al parecer, sólo en esa chabola con media muralla y parte del techo destruido, podía dormir en paz y toda la noche.

No fue una idea que le cayera demasiado bien, pero al final, no le quedó al padre Benigno más remedio que aceptar, cuando el doctor le dijo que pasara la noche en su consulta para que no forzara los puntos de sutura recién hechos, eso, bajo amenaza de que Guillermina se quedara toda la noche velándolo como a un muerto, si insistía en irse a su casa. Cuando por fin quedaron solos, el doctor cogió una silla y se sentó al lado de su paciente, “Dígame Padre, ¿Qué fue lo que le sucedió?” el cura sólo levantó la vista, parecía tener tensos todos los músculos de su rostro, luego volvió a bajarla para negar con la cabeza, “Imagine que alguien mete los dedos en su herida y jala de ella…” el médico se quitó los lentes para limpiarlos con su pañuelo. El cura concluyó, “…eso fue lo que pasó” El silencio se prolongó largos segundos, como una conversación sin sentido que no logra prosperar, finalmente el sacerdote volvió a mirar al doctor que se acariciaba el bigotillo, pensativo, “¿Qué opina, doctor?” El médico levantó las cejas y se rascó la cabeza sin tener ni rastros de comezón, “Que no se me ocurre ninguna explicación plausible, pero le creo, eso explica el desgarro en la herida, pero es que… nadie lo tocó, ¿cómo es posible?” el doctor esbozó una sonrisa nerviosa que se diluyó rápidamente, “Siempre he sabido que el demonio existe, doctor, que él y sus numerosos lacayos acechan al hombre para tentarlo de mil maneras y alejarlo del amor de Dios, sin embargo, nunca lo había sentido tan cerca, ni tan presente… y le puedo asegurar que da un miedo terrible” el cura terminó hundiendo su mirada en el piso, como si su última afirmación, lo avergonzara. El doctor Cifuentes se echó atrás en su silla, desarmado, nada podía agregar a una afirmación así, pero cuando lo intentó, se quedó con el aliento en la boca. Alguien comenzó a golpear su puerta con desesperante insistencia.

El hijo de Ismael Agüero entró de sopetón, haciendo espacio para que su padre pudiera entrar con Úrsula en los brazos, totalmente inerte, “Tiene que ayudar a mi hija, doctor. Está mal, está muy mal…” “¿Qué le pasó?” preguntó el doctor mientras la recostaban en una camilla, Ismael sólo pudo responder que al parecer, había recibido un golpe muy fuerte. La chica tenía sangrado nasal, pero ese era el único sangrado que se veía, el médico le revisó las pupilas y las pulsaciones en la muñeca, “¿Cómo se golpeó?” preguntó concentrado en su trabajo pero no recibió respuesta, la expresión en el rostro de Ismael y su hijo eran elocuentes, no era que no lo supieran, más bien que no tenían palabras para expresarlo. En ese momento apareció el padre Benigno desde una habitación contigua donde reposaba, de pie, con una bata y apretándose la herida con una mano “¿Dónde está el niño?” Ismael lo vio, y entonces sintió que a él sí le podía decir lo que no supo decirle al médico, “Padre, ese niño es el demonio…” El doctor Cifuentes dejó la concentración en su trabajo por unos segundos para levantar la vista. Esos hombres hablaban muy en serio, pero no había nada de información útil para él, por lo que tendría que dejar todas las dudas para el final y centrarse en su paciente. Mandó al sacerdote de vuelta a su habitación acompañado de Ismael para que esperara ahí, y al hijo de este último, le pidió que fuera por ropa para su hermana, pues la tendría que revisar por completo y para ello había que cortarle la ropa que traía, para evitar movimientos innecesarios de sus miembros posiblemente dañados.

Luego de más de una hora, el médico entró en la habitación donde reposaba el cura, abotonándose las mangas de la camisa, Ismael ya había tenido tiempo suficiente para contarle al sacerdote todo lo sucedido en su casa, incluida la desaparición del bebé. El viejo campesino se puso de pie de un salto, “¿Cómo está mi hija, doctor?” El doctor Cifuentes traía la expresión en el rostro de haber visto algo desagradable, ese tipo de cosas que se atragantan y te arruinan el día. En su corta carrera, había atendido muchos casos, unos más complejos que otros, pero sin duda, los más desagradables para él, eran las víctimas de violencia, sobre todo mujeres y niños que no habían podido huir ni defenderse de sus agresores, casos que tenían el agravante de sólo ser el fruto de la voluntad torcida de algún desquiciado, que se sentía con el derecho y la facultad de imponerse a punta de golpes sobre los más débiles a los que debería proteger, eso indignaba al doctor y en vez de sentir la satisfacción de ayudar a alguien, aliviando su malestar, se sentía como si estuviera limpiando la mierda de otro. Así se sentía el médico cuando llegó a la habitación donde estaba el padre Benigno e Ismael. Úrsula estaba inconsciente aun, aunque fuera de peligro de muerte, sin embargo, su cuerpo estaba muy maltratado, la muchacha tenía hematomas por todas partes, sobre todo en la espalda y en los brazos, en estos últimos, eran marcas claras de haber sido agarrada con brutalidad y por alguien con mucha fuerza física, “He visto esto muchas veces antes y siempre es lo mismo…” “¿A qué se refiere, doctor?” preguntó el cura, con la voz ronca y tendido en su cama, “Usted lo sabe Padre: hombres que se desquitan a golpes con sus mujeres por culpa del alcohol o por puro gusto. Padres que educan a sus hijos de manera brutal y violenta, gente que abusa de los más débiles sólo porque tienen el poder de hacerlo…” Ismael se acercó al doctor con una expresión sumamente grave en su rostro, pero no amenazante, “Yo sé exactamente de lo que está hablando, doctor. Mi padre, era un hombre amable y tranquilo, pero sólo cuando estaba sobrio, cuando bebía se convertía en un hombre humillador y violento que golpeó muchas veces a mi madre, y a mí, cuando traté de defenderla. Era un hombre bruto sin respeto por nada ni por nadie. Muchas veces tuve que huir con mis hermanos porque quería quemarlos, quemar toda la casa, acabar con todo de una vez. Pero al otro día, lloraba como un niño de arrepentimiento, prometiendo esto y aquello, aferrado a las faldas de mi madre, sin recordar nada de lo que había hecho y lo que había dicho… Pero yo sí lo recordaba y lo recuerdo todavía. Si piensa que yo he maltratado a mis hijos alguna vez, está muy equivocado, doctor” El doctor Cifuentes se restregó el bigote y con la misma mano, le dio una palmada de empatía en el hombro a Ismael, “No Ismael, créame que no quise insinuar eso, yo únicamente digo lo que es evidente. Su hija fue agredida de manera brutal, y hay que encontrar al responsable para evitar que esto continúe” Entonces Ismael le dio una mirada de preocupación al cura y este la redirigió de vuelta al médico, quien comprendió de inmediato que había algo que no sabía. En ese momento volvieron a golpear su puerta.


“Doctor Cifuentes, ¿verdad? Tengo entendido que el padre Benigno está aquí. Sé que estas no son horas para hacer visitas, pero me urge hablar con él. Es sobre mi hermana, Elena Ballesteros.”

León Faras.

jueves, 3 de agosto de 2017

La Prisionera. Capítulo cuatro.

VIII.

Las alas que Rancober había construido para desafiar al abismo ya estaban terminadas, pero los detalles eran desesperantemente inagotables y se debía ser muy cuidadoso con ellos, ya que una madera en mal estado o una cuerda mal atada, eran formas muy tontas de morir. El muchacho ajustaba las amarras de un lado y de inmediato debía corregir las demás para que el aparato no perdiera su valiosa estabilidad. En eso estaba, afanado, cuando Hanela le trajo comida: carne asada envuelta en una tortilla, el muchacho tomó el rollo hambriento y lo apresó entre los dientes con una voz de agradecimiento pronunciada con dificultad, mientras ocupaba las manos apretando un nudo en un extremo. La muchacha se sentó en el suelo junto a él a comer también. La tortilla sabía muy bien, la carne estaba exquisita, el fuego entibiaba la cueva, el estar juntos les alegraba el corazón, todo era perfecto en ese momento, sin embargo, sabían que pronto terminarían hablando de lo mismo de siempre, de por qué tenían que morir, de por qué no podían alargar ese momento de satisfacción hasta una vida extensa, juntos, sin el constante temor de que el tiempo se acababa y el Débolum aguardaba por la vida de uno. Pero ninguno de los dos habló de eso esa noche, es más, ni siquiera habían acabado con su comida cuando la primera mariposa negra se posó en la barandilla, otras dos fueron más osadas y se acercaron a revolotear junto al fuego. Hanela se puso de pie de un salto y salió corriendo, cuando regresó con los hombres, Ranc sonreía como un bobo, una centena de mariposas negras invadían todo el lugar como una plaga bíblica: los hombres del abismo habían llegado y solicitaban una reunión. La plataforma descendió hasta la saliente más profunda y luego los hombres continuaron a pie, descendiendo aun más por el sendero estrecho hasta la última cueva explorada por los salvajes, un lugar oscuro y frío como nadie se podría imaginar, allí se introdujeron. La costumbre demandaba que dejaran las antorchas en la entrada, ese era un acto de buena educación, pues los hombres del abismo no toleraban bien la luz. Sus grandes ojos de hermoso color rosado aparecieron en la oscuridad. Para la mayoría de los hombres, estos eran conocidos como los subterráneos, criaturas de leyenda, altos, delgados, con la piel rugosa y dura como raíces de árbol, pocos los habían visto, porque poco se dejaban ver. Para los salvajes, estos eran los habitantes del abismo, seres pacíficos y sabios, se respetaban mutuamente aunque, rara vez se encontraban como ahora. Cinco subterráneos podían verse en la tenue luz que llegaba desde las lejanas antorchas, uno de ellos, luego de saludar, indicó que Rodana, la bruja de las jaulas, los acompañaba. A pesar de lo difícil de creer que resultaba que esa mujer se encontrara en ese lugar, los salvajes la buscaron con la mirada hasta que se les informó que uno de los subterráneos, amablemente, había cedido su cuerpo para que a través de él, la bruja estuviera presente. Rodana tenía un informante dentro del castillo de Rávaro, el hermano de su querida sirvienta, por medio de él se había enterado de la existencia de Idalia, la mujer maldita, también, que Rávaro había enviado hombres hacia la ciudad vertical para recuperarla, pues su vida estaba atada a la de él. Ellos querían saber si la mujer aun estaba en la ciudad. Los salvajes, luego de comprender de quien hablaban, señalaron sin pena ni orgullo, que la mujer estaba muerta, que había sido entregada al Débolum y que este la había devorado, esto último, había sido visto por sus propios ojos. Entonces, Rodana y los hombres del abismo, comprendieron que la mujer maldita había sobrevivido al vientre del Débolum, y que ahora sólo podía encontrarse en un lugar. Antes de despedirse, la bruja les sugirió a los hombres de la ciudad vertical, que detuvieran los sacrificios, pues era posible que ya hubiesen encontrado a la mujer que buscaban, la reina que cabalgará sobre el Débolum.

Bolo despertó con la boca seca y la lengua traposa, se enderezó y se sentó en la litera, junto a él había una jarra de cerveza, el hombre-perro la cogió con el entusiasmo de quien encuentra dinero tirado en el suelo y luego de olfatearla, se la llevó a la boca con avidez. Parte del líquido le corría por el cuello hasta el pecho, mientras tragaba todo lo que podía, luego hizo una pausa para soltar con toda la satisfacción del mundo el aire contenido y volver a tomarlo para expulsar un imponente eructo que alargó hasta quedarse sin aire nuevamente. Su rostro era de total felicidad, sin aguardar demasiado, se aprestó a acabar con el reconfortante contenido de la jarra, pero en ese momento su gozo se apagó de a poco. La jarra de cerveza se quedó estancada a exactos diez centímetros de su gran boca, mientras sus ojos inspeccionaban su entorno, el lugar le resultaba familiar, pero su cerebro, poco hábil de por sí, y encima confundido por la resaca y el sueño, no lograba identificarlo con exactitud, sin embargo, pudo dar con la última ubicación conocida: estaban en el valle de las Mellizas, al aire libre, junto al Escorpión y con una agradable fogata encendida, allí se había dormido, luego de beberse él solo, una botella de licor y más de la mitad de la otra, luego de eso no recordaba nada más. Dejó la jarra a un lado cuando poco a poco comenzó a reconocer el lugar y las sospechas de su cerebro, no le gustaron nada, se puso de pie, sí, todo se confirmaba, salió del cuarto y subió la escalerilla que salía al exterior, sobre su cabeza, vio la gigantesca nube artificial de tela que con innumerable sogas mantenía en el aire a la barcaza de Licandro. Bolo entró en pánico, sin hablar ni mirar a nadie se abalanzó contra la barandilla para salir de ahí, pero ya era demasiado tarde, la altura a la que se encontraba lo paralizó de miedo, se mareó terriblemente, su estómago se revolvió como si de pronto se hubiese olvidado de hacia adonde circulaba la gravedad, se sintió sumergido en un océano de pavor, cuando en ese momento, dos brazos poderosos lo atenazaron, lo elevaron del suelo y lo llevaron de vuelta a la seguridad de los camarotes. Los brazos pertenecían a Licandro, un hombre enorme, no solo alto sino también robusto, siempre con su gran sonrisa y su enorme estómago. Un gran bebedor y apostador, carente de toda vergüenza pero por sobre todo, confiable. Bolo lo apreciaba como a un hermano, pero siempre que estuvieran fuera de esa endiablada barcaza. Licandro cogió la jarra que le había dejado a su amigo para volver a llenarla, pero al ver que aun tenía cerveza, se la acabó él mismo de una sentada. Luego tranquilizó al hombre-perro, sería un viaje corto, no tendría que salir a la cubierta si no quería y además, tenía dos barriles de cerveza casi sólo para ellos. Bolo ya respiraba más tranquilo.


La jungla era un lugar tan hermoso que era difícil de dimensionar lo poco hospitalaria que podía ser, en cierto sentido, pensó el Místico, se parecía a la Criatura, cuya belleza solo podía compararse con su letalidad. Los árboles tenían los troncos blancos y lisos, como si hubiesen sido desollados, se enroscaban y trenzaban asemejando a un monstruoso nudo de culebras que brotaba desde la tierra y se elevaba hasta el cielo, cubierto casi por completo por el follaje. En el suelo, la vegetación era asombrosa, con hojas y flores enormes de formas y colores llamativos, que se pasaban la vida liberando esporas, algunas venenosas, la mayoría, alucinógenas. Esta era su arma más peligrosa y todo el ecosistema trabajaba junto para alimentarse. Alucinaciones que un místico debía aprender a identificar para no ser engañado por su propia mente y terminar como una estatua de piel cristalizada, que era lo único que la jungla dejaba de ti como advertencia a los intrusos. Estatuas hermosas, detalladas y frágiles, de hombres o mujeres congelados en su último aliento, que casi siempre reflejaban el pánico más paralizante o el regocijo de ver cumplido el deseo más anhelado. Esculturas que podían durar años si nadie las tocaba o podían destruirse en un millón de pedazos al más mínimo roce. Tal era el lugar en el que el Místico se internaba.


León Faras.

miércoles, 26 de julio de 2017

El circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XVII.

“¡Ha estado maravilloso! Muchachos, enciendan los fuegos, ¡vamos a celebrar!”

Cornelio Morris estaba eufórico como hace mucho que no se le veía, el debut de Eloísa había resultado mucho mejor de lo esperado, la gente simplemente había enloquecido al verla, al día siguiente, con seguridad, llegaría el doble de público. Los hombres de inmediato se animaron y comenzaron a prepararlo todo, Von Hagen recogía desperdicios sin entusiasmarse demasiado con la idea del festín, permanecía nervioso y preocupado, el acercamiento cada vez más fuerte de Eloísa con Cornelio lo asustaba terriblemente, temía que esta, tarde o temprano, lo delatara y la idea de verse enfrentado a Cornelio lo angustiaba todo el tiempo. Pero también tenía otra preocupación que no podía quitarse de la cabeza, el pequeño Román Ibáñez, ya llevaba mucho tiempo atado a Mustafá, y mientras seguía ahí, su cuerpo no comía, no dormía, no podía ni siquiera calmar la sed, nunca había estado tanto tiempo y si seguía en esas condiciones, pronto lo tendrían que sacar muerto. Ángel Pardo también compartía esa preocupación, pero sabía en los huesos que no podían hacer nada.

Nadie estaba completamente seguro de cómo o de dónde, y nadie estaba realmente interesado en averiguarlo, pero de pronto habían dos cerdos enteros listos para ser asados y una buena partida de garrafas de vino para todos, todos, a excepción de Lidia y de Román, claro. Cornelio se paseaba con una copa en la mano, feliz, ensalzando a la nueva estrella de su circo, y animando a todos a comer y beber en honor de Eloísa, la que no cabía de felicidad y orgullo. Los hombres sacaron sus instrumentos y sonó la música, Eloísa bailó feliz en cuanto se lo ofrecieron, a diferencia de Beatriz, que rechazaba a todo el mundo. En el fondo de su corazón tenían la vaga esperanza de que Cornelio se lo pidiera. La pequeña Sofía, en cambio, se divertía montada en los hombros del gigante Ángel Pardo, quien danzaba suavemente al ritmo de la música. Von Hagen estaba sentado en una orilla, solo y con su vaso intacto en la mano, miraba de reojo el camión dónde estaba Lidia y pensaba si tal vez dentro del agua, le llegaba el sonido de la música y el ruido de la fiesta. Frente a él se paró Eloísa radiante y le tomó la mano para que bailara con ella, Horacio se disculpó diciendo que no bailaba muy bien, pero la muchacha insistió, “Si no bailas conmigo, les diré a todos lo que hicimos con el muñeco ese” Von Hagen se espantó, pero de inmediato la niña rió divertida “¡Es broma! qué caras pones…” y luego tirando de él con ambas manos, agregó “…Vamos, tienes que bailar conmigo” “Tranquila linda, lo hará en un momento…” Era la voz de Cornelio Morris, se veía de excelente humor, aunque eso no lo hacía sentirse más tranquilo a Horacio. Cornelio apartó el interés de la muchacha con su hipnótico encanto y tomó al hombre simio por el hombro para hablar con él, “Escucha Horacio, sé exactamente lo que pasa contigo…” su tono era conciliador, casi paternalista, tanto, que Von Hagen se sintió caminando sobre hielo quebradizo, “…y aunque no me gusta nada, créeme que lo entiendo” Horacio tragó saliva, se sentía completamente desvalido, como un pollo que no sabe si lo van a liberar o le van a torcer el cogote, “¿Lo entiende?” dijo, porque en realidad no sabía qué más decir. “Claro. Es por Lidia, mira muchacho…” Von Hagen tomó el primer trago de su vaso. Nunca lo había llamado muchacho. Cornelio continuó “…tus sentimientos no son un secreto para nadie, y me preocupa, porque esos sentimientos no van a ninguna parte, lo sabes, pero bueno, quién puede luchar contra el corazón, sin embargo, no le puedes hacer un desaire a la estrella de nuestro circo. Sí ella quiere bailar contigo, tú bailarás con ella… ¿entendido?” Horacio estaba desconcertado, asintió con la cabeza como un niño intimidado por un severo tutor. Cornelio concluyó dándole una palmada en la espalda, “Bien. Ya luego puedes ir a visitar a tu sirena, si eso es lo que quieres.” Cuando Cornelio ya se iba, Horacio vació su vaso de un trago y se atrevió a hablarlo, “¿Señor?...” Morris casi se vio sorprendido de su atrevimiento. Von Hagen continuó, “…hay otra cosa que me preocupa, es sobre Román…” El semblante de Cornelio Morris cambió dramáticamente, “¿Qué pasa con él…?” dijo con una marcada falta de paciencia. Horacio titubeó, pero supo que no podía echar marcha atrás “…es que, ya ha pasado mucho tiempo… y si sigue así, me temo que no lo va a aguantar…” “Eso es algo que no te incumbe…” el tono conciliador y paternalista de Cornelio ya se había extinguido por completo, Von Hagen desvió la mirada para continuar, “…no le pido que lo deje participar de la celebración… sólo que me permita sacarlo para que pueda comer algo y… dormir…” Cornelio se le acercó, al tiempo que Horacio se disminuía hasta volverse insignificante, “Ese enano miserable no tiene más que lo que se merece y saldrá cuando yo lo diga o no saldrá nunca. ¿Alguna otra impertinencia?” “No señor…” Von Hagen respondió lo más rápido que pudo, mirando el interior de su vaso vacío. “Bien” concluyó Cornelio, al tiempo que en un instante, recuperaba su buen humor y volvía a animar a todo el mundo a que celebrara y brindara en honor de su nueva y gran estrella.

Damián y Vicente Corona, en cuanto estuvieron listos, tomaron todas sus cosas y se fueron a su pequeño estudio donde tenían todos los instrumentos y los químicos necesarios para el revelado de las fotos, que desde luego, hacían ellos mismos. Iban entusiasmados como niños en navidad, rememorando las cosas increíbles que habían visto y su extraordinaria habilidad para tomar las fotografías sin que nadie siquiera notara su presencia, “Hermano…” Gritaba emocionado Damián mientras apretaba con ambas manos el volante de la furgoneta, “…te juro por nuestra santa madre que jamás había visto algo igual. Vamos a hacer una fortuna con estas fotos” “¡Y hasta te conseguiste una admiradora nueva, eh!” bromeó su hermano en referencia a la atractiva viuda que les había arrendado el balcón. Condujeron varias horas, al llegar a su estudio fotográfico, ya había comenzado la noche y el lugar estaba cerrado. Durante el día, el estudio era atendido por el viejo Hugo Hidalgo, el cual llevaba más años que ellos trabajando en la tienda cómo si fuera de él, retratando gente. El viejo les había enseñado todo cuanto pudo. En la trastienda tenían una pequeña oficina y el cuarto de revelado, allí brindaron con un vaso de coñac y se pusieron a trabajar. En el cuarto oscuro entraban juntos, cada uno sabía lo que tenía que hacer y eran bastante coordinados, como una experimentada pareja de baile. Comenzaron con las fotos captadas por Damián desde el balcón. Sus rostros de emoción se desvanecieron a medida que las imágenes, en blanco y negro, aparecían flotando en el líquido revelador: Eran hermosas panorámicas del horizonte, edificios lejanos, algunos árboles y un gran trozo de cielo vacío. Nada que valiera la fortuna que esperaban. “Pero qué demonios…” Damián las cambiaba de palangana y de líquido sin poder entender qué había sucedido, mientras su hermano lo miraba irritado, “Está claro que le pusiste más atención a la viuda esa, que a lo que estaba sucediendo afuera…” “Esto no tiene ningún sentido…” todas las fotos mostraban lo mismo, no había rastros de ninguna chica alada por ninguna parte “¡Estaba ahí, yo la vi! No puede haber desaparecido, por Dios” “Bueno, al menos tenemos las fotos de la sirena…” dijo Vicente resignado, aunque poco convencido de la inocencia de su hermano, sin embargo, la mirada de este lo hizo dudar, “¿Las tienes?” Nuevamente las imágenes aparecieron al sumergirlas en la primera palangana, esta vez, eran las fotos de Vicente. Grupos de personas, los vehículos, el entorno, nada que llamara la atención, todas personas normales. Al ver las fotos tomadas a Lidia, se horrorizaron “¿Qué diablos es eso?...” dijo Damián, con la imagen en las manos y el rostro consternado, Vicente a su lado, no lucía mejor, “Es la sirena… creo” dijo.


La imagen mostraba a una mujer muy delgada, semidesnuda, encerrada en una jaula que más parecía un gallinero, que suplicante, los miraba directo a los ojos.


León Faras.

jueves, 20 de julio de 2017

Zaida.

VIII.

El día comenzó como cualquier otro en Missa Pandur, dejando rápidamente atrás el episodio de la noche anterior. Missa Nemir entró en la habitación de los monjes más jóvenes para despertarlos haciendo sonar una campanilla colgada en medio de los dormitorios, era un sonido agudo y persistente que con la práctica, el cerebro de los muchachos esperaba para activarse, salvo por el de Gunta, que por lo general necesitaba de estímulos extras para despertarse y seguía soñoliento incluso una vez fuera de la cama, rascándose despreocupado las cavidades de su cuerpo y orientándose como si fuera primera vez que despertaba en esa habitación. Ribo se había dormido tarde esa noche, pero más disciplinado, se incorporaba de inmediato y se sentaba en la cama, dio un bostezo tan largo y profundo que fue bruscamente interrumpido por una distraída polilla que de pronto se vio absorbida por un abismo oscuro y húmedo. El repentino ataque de tos del muchacho provocó una explosión de risa a Paqui quien tuvo que llevarse una mano a la boca para contenerla, ante la expresión de cabreado que tenía Ribo, con el sentido del humor propio de quien recién se está despertando. La pequeña Zaida era tratada con deferencia por el severo Missa Nemir, debido a que acababa de pasar su primera noche en el monasterio y no conocía la rutina, pero bajo las mismas condiciones que los demás. Un pequeño traje de monje le esperaba doblado junto a su litera. El delgado colchón y las cobijas eran sacudidos y colgados para que todo se ventilara y luego se iban a los baños, donde cada uno disponía de una cubeta, de una porción de agua caliente y de un trapo para asearse antes de desayunar. El desayuno era un ritual en sí mismo que la pequeña Zaida también debía aprender, Missa Yendé, encargado de la cocina, llenaba el cuenco de cada monje con una porción de cebada con miel de abejas silvestres que era recibida en silencio con una reverencia de gratitud. Los más jóvenes siempre estaban al final de la fila, simplemente porque se tardaban más en estar listos, y de estos, por lo general Paqui era el último, pero hoy tenía un ligero aire de orgullo por tener a la pequeña Zaida parada tras él, vestida con un atuendo idéntico al de los demás, adaptado a su menuda figura, pero ese orgullo se evaporó cuando vio a Missa Nemir llenar una escudilla y dársela a la pequeña que aun no tenía una donde comer “Esta será para ti, mañana esperarás tu turno como todos, ¿comprendes?” la pequeña Zaida, imitando a los demás, hizo la correspondiente reverencia y se fue a sentar, Nemir no pudo contener una sonrisa “Aprendes rápido, pequeña Zadí…” Mientras Ribo seguía la regla de comer despacio y masticar bien, Gunta se atiborraba la boca con grandes cucharadas de cebada y sólo hacía la pantomima de que masticaba concienzudamente cuando alguien lo miraba, esa era la razón por la que siempre tenía hambre, a pesar de ser un glotón.

En el monasterio, había dos labores que eran elementales: El cuidado del huerto de cebada y la recolección de leña, ambas eran cosas que no debían descuidarse nunca, así como el aseo y la oración, una oración que se hacía en lugares abiertos, como el gran patio de rocas y que era enfocada hacia la gran obra, la creación, el conjunto sincronizado y coherente que formaban todas las cosas del universo, incluido el tiempo y de cómo el humano dentro de su conciencia, debía conectarse con él como parte elemental de un todo. En su habitación, la princesa Viserina se recuperaba rápidamente y hasta ya comenzaba a caminar con la ayuda de una vara de madera a modo de cayado. Con el pasar de los días se hacía más evidente que los dos hombres enviados por Bardo para dar aviso de su situación, no habían conseguido su objetivo y era posible que incluso fuera considerada muerta por su propia gente, “Por el momento, es lo más conveniente. Cuando ya esté recuperada, encontraremos la forma de que se reúna con su pueblo” Missa Budara hablaba con ella con frecuencia, siempre en un tono conciliador y amable, como se trata a una visita a quien uno está satisfecho de recibir y atender, por su parte, la princesa respondía a todo con humildad, recibiendo con gratitud la monótona comida que se le ofrecía y la modesta ropa para reemplazar sus finos atuendos. Era una muchacha sencilla que se ganaba de manera natural el afecto de quienes la rodearan, su condición de princesa sólo era un accidente del destino que no condicionaba para nada su forma de actuar. Como una manera de agradecer y retribuir, la princesa cogía una escoba y barría el suelo de su habitación y de los pasillos sin que nadie se lo pidiera ni se lo impidiera, pues esa era una labor que todos hacían, desde el más antiguo al más joven de los monjes, lo que la hacía una gran forma de integrarse a la comunidad. En eso estaba, cuando una persistente mirada la hizo detenerse, una mirada de recelo de un muchacho que parecía no estar seguro de que si lo que veía era real o no. La princesa sonrió amable, “¿Cómo te llamas?” el muchacho respondió en tono de pregunta, “¿Gunta?” la princesa dejó de barrer para hacer una suave referencia, “Estoy honrada de conocerte, Gunta. Yo soy Viserina” “¿Es cierto que eres una princesa?” Gunta tenía serias dudas, pues de pronto había desaparecido de la figura de esa muchacha todo el aspecto principesco y ahora, vestida de monje, con el cabello tomado en una simple cola de caballo, una escoba en las manos y ese andar corto y lento por la herida en su muslo, se veía tan lejos de la realeza como él mismo “Sí… aunque se trata de algo que en realidad no tiene méritos, es de esas cosas que sólo naces y ya son como son” Se justificó la princesa encogiéndose de hombros, Gunta pareció luchar contra negros nubarrones en su mente durante algunos segundos, hasta que al fin tuvo un rayo de luz que iluminó todo su rostro “Ah, es como nacer pobre. Nadie se esfuerza demasiado por serlo, solo naces y ya está… ¿no?” la muchacha lo pensó brevemente, como si algo no encajara del todo, pero luego asintió sonriendo, lo que lo hizo sentir orgulloso de sí mismo a Gunta.

La princesa Viserina dirigía la mirada de uno a otro de los monjes con ansiedad, como una adolescente que busca que sus padres se pongan de acuerdo para que la dejen ir a una fiesta. Budara miró al monje curandero, inmune a la angustia de la muchacha por recibir una respuesta “¿Passel?” “En lo que a mí respecta, creo que un buen vendaje sería suficiente si tiene cuidado y se toma las cosas con tranquilidad…” “¡Lo haré!” interrumpió la muchacha emocionada por ese punto a su favor. Budara dirigió la mirada al otro lado, todo lo hacía con desesperante lentitud “¿Badú?” este meditaba mirando al piso, “Es una princesa y nos hemos comprometido a cuidar de ella, toda precaución será poca. Sin embargo, estoy seguro de que este viaje, sería de enorme beneficio tanto para la muchacha como para la princesa. Creo que debe ir.” Budara asintió pensativo “¿Nemir?” “Estoy de acuerdo con Missa Badú…” dijo este, parado junto a la princesa Viserina “…toda precaución es poca, pero siempre es así con todos nuestros novicios, sugeriría que se le cortara el pelo para que se asemejara al resto de los muchachos, eso la ayudaría a no llamar innecesariamente la atención” Entonces Budara se dirigió a la princesa para saber si esta estaba de acuerdo con todo lo que había oído. La princesa asintió con rapidez, ni siquiera cortarse el cabello le molestaba en absoluto. Se trataba de un viaje a un sitio sagrado del que sólo había oído hablar, pero al que poca gente podía llegar, apenas supo de que los monjes hacían tal viaje con los más jóvenes, solicitó que le permitieran ir, era probable que nunca más tuviera otra oportunidad. Budara finalmente aceptó, la princesa tuvo que contener su entusiasmo ante la sobriedad de los monjes. Iría al Valle de los Gigantes.

Era un día entero de viaje por la montaña, y no era que el lugar estuviera excesivamente lejos, sino que se hacía necesario dar amplios rodeos por angostos senderos que debían tomarse con mucha calma. Al frente iba Missa Nemir seguido de cerca y a buen paso por el pequeño y orgulloso Pimbo, tras él, su fiel amigo Picca, el carnero, cargaba sobre su lomo a la pequeña Zaida. La princesa Viserina venía después, demostraba ser una gran caminadora, su cojera era leve pero la compensaba con el entusiasmo que le provocaba el viaje, disfrutaba de la compañía de Gunta, Ribo y Paqui que no paraban de presumir de sus innumerables capacidades. Un poco más atrás venía Driba seguido de Girú, un chico de su edad. Cerraba la marcha Missa Badú. Los parajes eran sobrecogedores, de un preciosismo tal que podían admirarse durante horas sin que la vista o la mente se cansaran de lo contemplado. La roca, la vegetación, el agua, las nubes, todo se mezclaba en cantidades que variaban cada pocos pasos y ofrecían una nueva definición a la belleza natural y lo mejor es que eran la única vida humana que podía verse hasta donde la vista llegaba, y en esas alturas, la vista llegaba muy lejos. Caminaron todo el día, sin apenas detenerse para comer hasta el atardecer, cuando se detuvieron para descansar, encender un fuego, cenar y dormir, el valle ya estaba cerca, pero también la noche. Los muchachos tenían gran curiosidad de hacia dónde iban, al igual que la princesa, sólo habían oído historias sobre el Valle de los Gigantes, historias fantásticas que seguramente distaban mucho de lo que en realidad encontrarían. “Cuando lleguemos, comprenderán todo lo que se ha hablado acerca de ese lugar…” dijo Nemir compartiendo un pan de cebada y un trozo de queso y luego agregó “Cómelo despacio Gunta, no sólo debes llenar tu estómago con él, también tu mente…”

Al alba reanudaron la marcha, la abundante neblina de la mañana era como un telón que sólo está para generar expectación, el valle estaba allí, amplio, cubierto de hierba amarilla, alta hasta la rodilla de un hombre y encajonado por las cumbres de las montañas cercanas. Los monjes mayores, dejaron que los jóvenes descubrieran por sí solos la grandeza del lugar. Profundo en la neblina apareció la silueta del primer gigante, medía por lo menos diez metros de altura, erguido, parecía estar torcido hacia atrás por la cintura con un brazo estirado frente a él, como un marinero que divisa tierra, señalando un punto perdido en el tiempo. La princesa se quedó inmóvil, ligeramente intimidada, la pequeña Zaida a su lado le apretó la mano. “¿Se va a mover?” preguntó Paqui en verdad preocupado, volteando un poco la cabeza, pero sin despegar los ojos. Ninguno de los muchachos se atrevió a responderle. Avanzaron con toda precaución, incluso Ribo, que era el más osado de todos, mantenía una actitud de sobrecogimiento. Antes de que el primer gigante se revelara con claridad entre la niebla, dos más aparecieron varios metros tras él, tenían el mismo impresionante tamaño pero sus posturas eran diferentes, uno estaba doblado a la mitad, con ambas manos hacia el suelo, como un campesino que cosecha en su huerto, el otro estaba en una posición guerrera, dando una zancada enorme, con los brazos colgando a los lados levemente despegados del cuerpo, amenazantes. Aquel lugar definitivamente tenía algo muy raro en el aire, algo que atraía lo mismo que intimidaba. Cuando se acercaron al primero de los gigantes, ya podían verse al menos otros diez, desperdigados por el valle, todos en posiciones y actitudes diferentes, sin embargo, ver a uno de ellos de cerca, era una experiencia distinta. Estaban construidos de madera, de tablas perfectamente encajadas unas con otras y contenidas por sogas, huecos por dentro como barriles. No tenían articulaciones, sino que los movimientos de sus cuerpos, parecían construidos con complicados quiebres de la madera, donde podían verse algunas tablas torcidas y dobladas de manera imposible, para que encajaran de forma única y perfecta en el cuerpo del gigante y en su postura, incluso algunas tablas se podían ver separadas unas de otras por pequeños trechos en sus extremos, como si hubiesen sido forzadas por un estiramiento colosal, esos mismos espacios, habían sido aprovechados por innumerables generaciones de aves para hacer sus nidos. Tocarlos por primera vez, era casi como entrar en contacto con algún dios remoto y desconocido, con el vestigio de una fuerza misteriosa. Gunta dio un grito en ese momento, porque había descubierto algo increíble, incluso la princesa se acercó, siempre tomada de la mano de la pequeña Zaida, llegaron junto al gigante que parecía congelado en medio de una enorme zancada, como si quisiera aplastar a alguien de un pisotón, había algo imposible en él, el pie de delante, apenas sí rozaba la hierba, manteniendo el descomunal peso de su cuerpo sostenido en el aire, apoyado en un solo pie, pero con todo el peso de su cuerpo ya lanzado sobre el otro. Mientras los muchachos se entretenían poniéndose debajo y experimentando por breves segundos la ansiedad de estar a punto de ser aplastado por un coloso, la pequeña Zaida se vio interesada en otro gigante que yacía cerca: El arrodillado, este se encontraba muy dañado, su pie estaba destrozado, por eso apoyaba una rodilla en el suelo, mantenía uno de sus brazos estirado al frente, como un derrotado que no desea luchar más, sin embargo, lo más llamativo era un gran agujero en su cabeza y en pleno rostro que daba la impresión de que era una boca enorme abierta en un grito mudo que parecía inquietantemente de miedo. Por otro agujero en su muslo, la pequeña Zaida parada en la punta de los pies, y la princesa Viserina de pie a su lado, echaron un vistazo al interior del gigante esperando encontrar algo fascinante, pero sólo la vista era espectacular, porque el interior era hueco, oscuro, cruzado por haces de luz y habitado por numerosos pájaros que tenían sus hogares ahí.


Cuando pasó la impresión del primer momento, se reunieron todos en el interior del cuerpo de un gigante caído, con su enorme torso destrozado, su interior, donde el sol se colaba por las rendijas y la hierba colonizaba el suelo, era como una gran bóveda inundada de una energía misteriosa y desconocida, allí se encontraba Pimbo, sentado sobre una roca con los ojos cerrados. Eran en total 16 gigantes, nadie sabía quién los había construido, cómo o para qué, solo se podía deducir que llevaban cientos de años allí, tal vez mil, inmóviles, congelados en la misma posición y en el mismo lugar, como si alguna vez hubiesen tenido vida y esta los hubiese abandonado súbitamente. 


León Faras. 

jueves, 13 de julio de 2017

Lágrimas Negras. Segunda parte.

XXVI.

La llegada de Ovardo a Rimos fue de una luctuosidad sin precedentes, parecían un macabro cortejo fúnebre en el que el muerto, aun no está muerto. Cal Desci nunca olvidaría, como el cielo se rajó de un trueno en el preciso instante en que el príncipe entró en la ciudad, los perros aullaron asustados, “Cantinero” se negó a avanzar y la lluvia se desató violenta, como si los dioses quisieran hacer de su tránsito algo más pesado y lastimoso. Todo se empapó en segundos, y la poca gente que aun transitaba, desapareció buscando refugio, solo algunos soldados permanecieron erguidos bajo la lluvia, por obligación más que porque el espectáculo fuera digno o grato de ver. Nadie hizo nada cuando el príncipe se desmoronó de su caballo y cayó al barro, inerte, bajo el peso del aguacero incontenible, como si aquello no fuera más que una consecuencia natural que todos sabían que sucedería. Como si su caída solo fuese un merecido descanso. La orden que los volvió a movilizar a todos, vino desde varios metros dentro de la ciudad, “¿Qué están esperando? Recójanlo y tráiganlo aquí” la silueta de Serna se podía ver parada allí, reconocido por su alta figura de carne flácida, cubierta de la lluvia con una ridícula sombrilla de fibras vegetales y su voz pobremente autoritaria. Dagar se arrodilló en el suelo para ayudar al príncipe a ponerse de pie, pero este no tenía ninguna intención, “Ya estamos en casa Señor. Solo un poco más” Ovardo le pasó la mano por el rostro, como queriendo saber quién le hablaba y murmuró algo relacionado con la princesa Delia, su mujer. Su intención de hablar se redujo a un estéril movimiento de labios que pronto se apagó, como cualquier rastro de fuerza en su cuerpo, que comenzaba a temblar de frío y miedo. Los soldados lo tomaron por debajo de los brazos y lo arrastraron como a un borracho incapaz de sostenerse en pie, Serna lo esperó parado en el mismo lugar donde estaba, “¿Está herido?” preguntó incrédulo de verlo arrastrado como un bulto, “Nada que podamos ver, salvo por la venda en sus ojos” respondió Dagar, aplastado por la congoja y por el chaparrón que le caía encima.

La lluvia se podría decir que equiparaba las cosas para ambos bandos, por un lado disminuía el fuego y por otro lado, el barro se multiplicaba por todas partes. También y pronto lo sabrían los Rimorianos, aumentaría el caudal del río Jazza y con él, los canales que recorrían Cízarin, lo que los convertía en nuevos obstáculos que protegían la ciudad, casi tan eficientes como muros. Del otro lado del gran puente principal, la vieja Zaida soportaba la lluvia inmutable, erguida sobre su caballo, lo que mostraba un temple acostumbrado a las durezas del clima. Había ordenado verificar con hachas que todos los puentes menores que el fuego no había destruido ya, quedaran inutilizados, sabía, como todo Cizariano, que el agua en los canales crecería pronto y se convertiría en un valioso aliado. El fuego sucumbía con rapidez y la oscuridad se hacía cada vez más cerrada, los informes tardaban en llegar y sólo hablaban de enemigos que se ponían de pie y seguían luchando a pesar de haber sufrido heridas ciertamente mortales. Siandro apareció en ese momento, montado en su caballo caminando con toda calma, como si supervisara los avances de la batalla, su guardia personal lo seguía de cerca, uno de estos traía un saco en la mano, cuyo contenido fue vaciado a los pies del general Rodas, era la cabeza de Darco, “Pensé que les interesaría ver esto” dijo el rey mirando con indiferencia hacia el oscuro horizonte, cerrado por la noche y la lluvia “¿Es acaso la cabeza del prisionero?” dijo Rodas con un rápido vistazo, “Una cabeza bastante peculiar. Obsérvela con más cuidado, general” No era fácil, el general tuvo que agacharse y tomarla, pero la soltó de inmediato y retrocedió casi de un salto, Zaida lo miró como si su reacción hubiese sido de lo más inadecuada, “Está viva…” murmuró Rodas con asco, mirándose las manos como si se le hubiese pegado algo contagioso, Siandro sonrió al ver que alguien más caía en su pequeña trampa, “Y también el resto de su cuerpo despedazado, como lombrices cortadas en trozos. Son criaturas asquerosas en verdad estos Rimorianos” la expresión de su rostro ilustraba bien el sentido de sus palabras, Zaida bajó entonces de su caballo, cogió una espada de un soldado y la ensartó con violencia en la sien de la cabeza cercenada, la monstruosa cicatrización aun operaba, incluso en los miembros separados del cuerpo, la cabeza de Darco perdió su inquietante expresión, se relajaron sus músculos, su macabro rostro se apagó como una fogata bajo la lluvia, sin embargo, sus párpados y mandíbula seguían acusando un leve e involuntario rastro de vida “General Rodas, informe a todo el mundo. No importa los medios que utilicen, quiero que destrocen las cabezas de todos los enemigos. Sólo así dejarán de luchar” Siandro en tanto se cruzó de brazos y se acomodó en su montura, estaba disfrutando de la batalla más de lo que esperaba.

Cuando por fin las reses en llamas se dispersaron y Rianzo pudo organizar a su grupo para controlar la difícil situación en la que se habían metido, se dio cuenta de que los cadáveres que permanecían tirados en el suelo eran todos de sus hombres, mientras que los del enemigo, se ponían de pie y se recuperaban para seguir luchando, a pesar de que estaba seguro de haber atravesado con su espada a más de uno, sin embargo, su superioridad seguía siendo por mucho, más amplia. Sinaro, Vanter y los demás se agruparon en medio del camino. El fuego era cada vez más débil debido al persistente aguacero, y la noche se cerraba, encerrando al mundo entero dentro de una enorme cueva. “¿Cuál es el plan?” preguntó el joven Trego restregándose los ojos empapados para ver un poco mejor, “Matarlos a todos, uno por uno…” respondió Jacán tras él, luego escupió sonoramente una bola negra de asquerosa cicatrización mezclada con saliva, de una herida en su boca, y se la limpió con la mano “Es el plan más malo que he escuchado nunca… pero es lo mismo que yo estaba pensando” replicó Vanter, con una sonrisa que apenas se veía en la oscuridad, “Tengo un mal presentimiento de todo esto” continuó Trego, profundamente serio y concentrado, aferrando su espada con ambas manos, “Hoy ya he muerto…” dijo Sinaro, erguido y altanero como una fortaleza frente al mar, refiriéndose a la herida en su vientre y que le había atravesado el cuerpo “…y un muerto, no puede volver a morir, no importa lo que hagan, no importa cuántos sean… yo ya he muerto, ahora les toca a ellos” “Esto es una locura…” murmuró a su lado Boras, un tipo pequeño, calvo y con una prominente barriga que le daba más apariencia de tabernero que de soldado. Inexplicablemente, era el único del grupo que no había recibido ninguna herida en su cuerpo aun. Frente a ellos, Rianzo dio un grito y todo su grupo de caballería se lanzó en una violenta envestida que, como era de esperarse, arrasó con los Rimorianos que fueron golpeados y arrojados en diferentes direcciones y luego pisoteados por los cascos de los caballos. Los jinetes aminoraron la carrera hasta detenerse y luego se giraron, tan solo un par de ellos habían caído de su caballo y alguno tenía alguna herida menor. Con la escasa visibilidad de una noche encapotada, no podía verse ni un enemigo de pie, aunque en los bordes del camino, junto a los muros de las viviendas, las sombras podían tragarse a un hombre por completo. Los Cizarianos volvieron sobre sus pasos con precaución, con una mano apretando las riendas y en la otra la espada y con los ojos tan abiertos como la lluvia les permitía, ya que sus yelmos estaban pensados para proteger sus cabezas de algo diferente del clima. Se podían distinguir algunos cadáveres tirados en el lodo al pasar junto a ellos, pero luego de lo que habían visto, ninguno estaba dispuesto a confiarse. Y tenían mucha razón. Sinaro se levantó en ese momento, de improviso y dando un grito horrendo debido a que su mandíbula estaba rota y desencajada, cogió a un jinete por el brazo y antes de que este cayera al suelo su espada lo atravesó por el cuello, en otro punto, Trego, con un brazo roto, usaba el otro para derribar un caballo con su espada y atacar a su jinete, Boras, en cambio, se arrastraba por el barro con la cabeza rota como un melón por el pisotón de un caballo. La batalla fue breve pero espeluznante, muchos jinetes cayeron, pero al final el grupo de inmortales fue doblegado y sus cuerpos destrozados salvajemente, pues su horrible cicatrización era incontenible, y sus miembros no dejaban de moverse. Un nuevo grupo de hombres apareció en ese momento por uno de los callejones, Rianzo y sus soldados se pusieron rápidamente en guardia ante un nuevo ataque para el que no estaban preparados, pero para su fortuna, los hombres que llegaban eran Cizarianos. No venían a ayudar, sino a terminar con el trabajo, se habían llamado a sí mismo “Los Rematadores” y venían armados con lanzas y mazas, les habían encargado un trabajo que era tan desagradable para unos como divertido para otros: destrozar la cabeza de todos los enemigos que encontraran tirados en el suelo.


Emmer, Nila y el bebé abandonaron la ciudad sin contratiempos y se internaron en los campos. Encontraron una casucha lo suficientemente alejada de la ciudad que los campesinos utilizaban como refugio, y allí se detuvieron para tomar un respiro. Las llamas diseminadas en distintos puntos de la ciudad tenían esa innegable belleza de los incendios en la noche, pero los gritos de la batalla, que llegaban hasta sus oídos con toda claridad, le quitaban rápidamente el encanto y hacían sentirse culpable a cualquiera que disfrutara del espectáculo. Nila canturreaba suavemente para tranquilizar al bebé hasta lograr que se durmiera, pero pronto tendría hambre, y entonces ya no sería tan fácil calmarlo, “Hay que conseguir algo de leche” le dijo a su prometido, sin preguntar siquiera de donde había salido esa criatura, si la conocía o si simplemente se había detenido a recogerla en medio de la batalla, y es que en una situación así, por todos lados habían inocentes que sufrían sin tener culpa alguna de la locura de los hombres. Hablaron un rato sobre la familia de Nila, la muerte del rey y de cómo Vanter y los demás habían cuidado de ella hasta encontrarse y Emmer le contó el porqué Ovardo no estaba con ellos y el horrible castigo que le había caído encima y ambos se consolaron pensando en que la princesa Delia y el hijo que venía en camino, seguro le darían la fuerza y la felicidad necesaria para recuperarse. Entonces el primer trueno rompió la calma y segundos después la lluvia se desató. Emmer pensó en dejarla allí, a salvo, mientras él buscaba algo de comer para ellos y el bebé, pero Nila se negó, ella sabía cómo el río pronto inundaría los campos haciendo crecer los canales de improviso, arrastrando todo a su paso y aislando las terrazas de cultivos. Debían irse de allí mientras pudieran. Ella conocía un sitio, aunque no había ido desde que era una niña, se trataba de un tío, hermano de su padre, un borracho que vivía solo fuera de la ciudad, y que se dedicaba a producir su propio alcohol y a cazar animales con trampas y según recordaba Nila, en aquellos años, ya era bastante bueno en ambas cosas. Con algo de suerte, aun estaría vivo y en el mismo sitio.


León Faras. 

sábado, 8 de julio de 2017

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

IX.

El mundo entero guardaba silencio a esa última hora de la tarde, de modo que sus pisadas sonaban estruendosas en toda la cuadra, como una molesta gotera de media noche, a pesar de ello, no se daba prisa, habían pasado muchos años desde el día en que se había ido de Bostejo y de esa calle en particular, cuando esperaba que aquella joven dejara más de lo que podía dejar y se fuera con él, hacia una vida llena de incomodidades y estrecheces, pero también, él estaba seguro, de amor sincero, de protección y de la más cálida compañía. Pero cuando el momento llegó, la joven no estaba lista para irse con él, no porque no quisiera o porque le asustaran las precariedades de una vida más modesta, sino que porque sabía que aquello significaba contradecir tan duramente a su padre, que este, con seguridad, sería capaz de negarla como hija para siempre. Aquel era un hombre severo que desde que enviudó, se había vuelto cada vez más hosco, con una desagradable tendencia a quejarse de todo, de lo que era y de lo que no era y a acumular frustraciones que, de las maneras más inverosímiles, podía responsabilizar a cualquiera, hombre, animal o cosa, menos a sí mismo, pero que sin duda, se había empeñado toda su vida en que su única hija recibiera lo mejor, aunque con la intención, mucho más personal, de encontrarle un buen marido en alguna familia importante, de buen apellido y dentro de lo posible, adinerada. Aceptar que se casara simplemente por amor con un hombre pobre sin siquiera un oficio respetable, era ver fracasar el último proyecto importante de su vida, era ver todo su trabajo y esfuerzo por formar a su hija como una señorita bien educada, en manos de un muerto de hambre que seguramente la forzaría a partirse la espalda para mantener el hogar en pie. Sin embargo, también falló en su último propósito, la enfermedad le quitó la fuerza y la obstinación y lo obligó a aceptar a regañadientes que su hija, además de pasarse el tiempo cuidando de él, terminara arrendando a comunes y ordinarios desconocidos, las habitaciones de la casona para conseguir dinero. Allí estaba parado Jonás, el titiritero, frente a la casona. La muerte de su esposa había despertado en él la intención de regresar a Bostejo, de darse la oportunidad de encontrarse con aquella mujer a la que nunca había olvidado, porque es difícil terminar con algo que no se ha terminado, que ha sido interrumpido, que se queda suspendido en el tiempo, inmutable a pesar de los años, irremplazable a pesar de los intentos, persistente como una duda. Así lo había percibido él todos estos años, pero al encontrarse frente a la casa de la señora Alicia, se convencía de que ella lo vería como un demente, que de manera incomprensible, regresaba a su casa después de una pila de años, con ilusiones de una juventud remota y con seguridad olvidada. Jonás se acomodó sus diminutos lentes y se subió el cuello de la chaqueta para comenzar a andar, pero se detuvo al encontrarse de frente con Ulises que regresaba a casa, ambos se conocían aunque no eran amigos, como quien conoce de alguien su nombre y qué hace y poco más. Ulises, al verlo parado ahí varios segundos, le preguntó amable si buscaba a alguien y si lo podía ayudar, “No. Hace muchos años viví aquí cerca… de joven, y sólo ando recordando viejos tiempos” respondió Jonás como excusándose, el viejo Ulises sólo asintió, tampoco es que tuviera algo que agregar. El titiritero se despidió y sin apuro siguió su camino.

La ida a la iglesia el domingo por la mañana, salvo para Ulises, que siempre tenía algo mejor que hacer, era ineludible para todos en casa de la señora Alicia, y por supuesto, la ocasión demandaba usar los mejores atuendos. Para Miguelito, el estrecho y urticante traje formal que lo obligaban a usar, era tan incómodo, como los zapatos para un perro; la corbata lo confinaba como una jaula, no importa cuántas veces se la acomodara Bernarda y el peinado impecable que esta le hacía, era de lo más improductivo, pues era imposible que su pelo se acostumbrara a él y su madre se lo debía repasar constantemente. Al pequeño Alonso por su parte, flemático de principio a fin, todo le daba igual y nada podía perturbarlo, ni siquiera la chaqueta y los zapatos que aún le quedaban grandes, ni las enormes cantidades de perfume que Edelmira le echaba encima. De la casa, todas salían con las cabezas decorosamente cubiertas con velos, menos Estela que aún no tenía edad suficiente y debía esperar a que le sujetaran el cabello con cintas, lo que resaltaba en ella una encantadora e inocente belleza. En el templo, algunos de los numerosos feligreses usaban ese momento y lugar para averiguar las últimas novedades de sus parientes lejanos y amigos, otros para dejar en claro y bien establecidas sus rígidas posturas morales frente a aquella parte de la comunidad que consideraban menos virtuosa y por lo mismo más alejada de Dios y juzgar a quienes se les pasara por enfrente. Luego de la ceremonia, hacían un pequeño y tradicional paseo, pero muy pequeño, porque Miguelito, al borde de sus capacidades de resistencia, empezaba con mucha antelación y con sutiles movimientos a liberarse de su aprehensión para, apenas dar por terminada la misa, buscar las formas más ingeniosas e inesperadas de arruinar su única ropa de domingo, lo que ya se había transformado en un temor anticipado que obligaba al grupo a contener al muchacho lo más posible, para retrasar su urgencia  por volver a su estado natural de rapaz travieso.

El viaje al hospital psiquiátrico, lo harían al día siguiente, ya estaba decidido. Diana se había unido al grupo a la salida de la iglesia y le aseguraba a la señora Alicia que no habría ningún problema, pues tanto Estela como Alberto, eran chicos que sabían muy bien cómo comportarse. Junto a ellos, Edelmira, traviesa como una adolecente a la salida del colegio, tomaba del brazo de Bernarda para que le contara todos los detalles de la cena que había tenido con Octavio, detalles en los que Aurora también estaba interesada y que su madre, sólo soltaba con cuentagotas y de manera muy superficial. En su negocio, Octavio ya recibía a sus habituales clientes, que eran especialmente abundantes los fines de semana. Diógenes era el primero en llegar, no importa el día o las condiciones climáticas, desde los años en que el negocio era llevado aun por el padre de Octavio, el viejo ya gastaba parte de su tiempo y dinero allí, todos los días como una tradición indefectible y hasta se podía decir que casi en el mismo taburete junto a la barra. Allí estaba, a punto de darle el primer sorbo a su café, cuando vio a Bernarda entrar al negocio arrastrada del brazo por Edelmira, quien sonreía con su soltura y confianza de siempre, tras ellas, la señora Alicia y Aurora hacían lo mismo pero con cierta duda, como quien de pronto se ve participe de una situación para la que no se está preparado. Sólo Estela había dejado el grupo junto con Diana para afinar los últimos detalles de su viaje con Alberto. Diógenes comenzó con nerviosismo mal disimulado, a dar de palmazos sobre el mesón para llamar la atención del camarero, quien estaba de espaldas ocupado en sus fritangas, pero este siguió su trabajo sin inmutarse hasta que sintió una voz femenina que lo saludaba. Cuando se dio la vuelta, Edelmira ya había dejado a Bernarda parada ahí sola con la cara del niño que, luego de hacer una travesura con sus amigos, es el único que no alcanza a huir, pero Bernarda resolvió con toda naturalidad, “¿Cómo está Octavio? ¿Necesita ayuda?” y sin esperar a que Octavio saliera de su asombro, comenzó a repartir las ordenes como si siempre lo hubiese hecho. El gordo camarero estaba encantado, mientras a su lado, Diógenes encendía un cigarro y hablaba solo sobre el insondable poder del encanto femenino, y como se habían desatado guerras y perdido reinos completos, por una bonita sonrisa y un par de caderas. Sonreía y meneaba la cabeza recordando como él mismo, de joven, había recorrido veinte kilómetros de monte solo, de noche y bajo la lluvia, para hacerle una visita a una chiquilla buenamoza cuyos encantos se le habían metido en la cabeza rápido y profundo como un balazo. Alamiro lo sorprendió en ese momento y le dio una palmada en la espalda “Presenta al amigo…” le dijo con sarcasmo y se sentó a su lado para tomar un café. Diógenes no respondió palabra, más bien empezó a hacer discretas indicaciones con la boca hecha trompa, para que el recién llegado notara la presencia de Bernarda que en ese momento limpiaba una mesa que acababa de desocuparse, Alamiro abrió tremendos ojos y luego adoptó una actitud forzadamente formal, como si nada pudiera llamarle la atención, acomodándose su eterna chaqueta de cuero y restregándose la cara para comprobar su impecable afeitado. Cuando las mujeres se retiraron, Octavio se negó a cobrarles, por supuesto, respondiendo con galantería torpe y fuera de práctica, que estaba encantado de la visita y que la sola presencia de Bernarda en su negocio y su ayuda, eran pago más que suficiente para él, lo que incomodó un poco a la señora Alicia pero fascinó a Edelmira, quien aceptó el regalo por todas, en el acto y sin dudarlo y encima prometió futuras visitas, para ella, aceptar los halagos de un hombre, era un derecho y privilegio natural de la mujer que no se debía reprimir, pues esta nunca debía sentirse obligada a retribuirlos, si no quería, pero sí a aceptarlos, pues todo ello era parte de un proceso natural creado por Dios, que hasta los pájaros imitaban.


Una vez en casa, Bernarda se llevó a su hijo para desembarazarlo por fin de sus incómodos atuendos y Aurora a alimentar a su hija. La señora Alicia encontró sobre la mesa de la cocina un Cristo de madera con un brazo nuevo atado al cuerpo con huinchas elásticas, Ulises estaba a punto de llevárselo de vuelta al cura luego de haberlo reparado. Antes de irse, comentó que la noche anterior había encontrado a Jonás, el titiritero, parado fuera de la casa, lo que provocó un repentino ahogo de la señora Alicia con el agua que acababa de llevarse a la boca, Edelmira esbozó una sonrisa, pero no dijo nada, solo se quedó expectante, mordiéndose una uña, el viejo continuó sin relacionar la reacción de la señora Alicia con su comentario, “…dijo que de joven, había vivido por acá cerca. Usted debe recordarlo seguramente” La señora Alicia devolvió su agua al lavabo sin beberla, “Sí, es posible… ¿Qué más le dijo?” Edelmira sólo movía los ojos de uno al otro, como si estuviera viento un lento pero interesante partido de tenis, Ulises cogió su escultura, “Nada. Que andaba recordando viejos tiempos… o algo así. Me pareció extraño, pero pensé que tal vez fuera un viejo amigo suyo…” Luego de eso, el viejo se fue. La señora Alicia tomó asiento y Edelmira se sentó en frente. Sus enormes ojos eran tan astutos como inquisidores. “¿Es quien creo que es, verdad?” La señora Alicia sintió un leve arrepentimiento por haberle hablado alguna vez sobre los problemas que tuvo con su padre por haberse hecho amiga de un artista callejero, “¿…verdad?” insistió Edelmira. La señora Alicia asintió resignada y Edelmira soltó un grito, emocionada, que incluso hizo dar un respingo al inmutable Alonsito, que concentrado e indiferente, analizaba el comportamiento de una colonia de hormigas que transitaba por un rincón de la habitación. Edelmira se puso de pie dando saltitos para preparar café, “Me lo vas a contar todo, hasta el último detalle” mientras la señora Alicia se peinaba una ceja, atrapada como un ratón arrinconado por un gato, y sabía que Edelmira era una excelente cazadora que no la dejaría escapar.

León Faras.