sábado, 24 de marzo de 2018

Lágrimas Negras. Segunda parte.


XXXII.

Nazli debió hacer un gran esfuerzo y poner todo el cuidado para aminorar la velocidad de todos los caballos que guiaba hasta detenerlos, puesto que los maderos y vigas que arrastraban, podían ser un serio peligro incluso para ella misma. Luego, amparada por una oscuridad casi total y por la furia de la lluvia que caía sin interrupciones, liberó el caballo que montaba y se largó de ahí por un callejón estrecho cercano, dejando al resto de los animales parados en el camino principal. No podía ver a sus enemigos, ni tampoco oírlos con claridad, pero sabía que le seguían. Eso era seguro. El callejón era como meterse dentro de una delgada y profunda línea negra, oscura como la entrada al infierno, sin embargo, Nazli y su caballo lograron avanzar buen trecho hasta encontrar una luz en el camino, una lejana antorcha superviviente al aguacero que caía, gracias a un trozo de alerón construido especialmente para ella, pero antes de que pudiera llegar allí, algo la golpeó duro en la frente, arrojándola de su caballo y dejándola aturdida sobre el barro y bajo la lluvia.

No tardó en despertar, un ruido familiar la trajo de vuelta de su corto sueño: el sonido de un metal siendo repasado una y otra vez sobre una piedra, un cuchillo, uno grande, estaba siendo afilado. El lugar olía a carne, a sangre y a animales abiertos, con sus vísceras expuestas. Cuando Nazli abrió los ojos, lo primero que vio fue a un anciano escuálido sentado en una silla frente a ella, junto a un fuego que calentaba un amplio plato de hierro colgado sobre él. El anciano tenía la vista perdida, la boca entreabierta y parecía incapaz de moverse. Aquel, era el hogar de un carnicero, pero no cualquiera, aparte de los restos animales que podían identificarse como tales, también podían verse trozos claramente humanos: manos, cabezas, torsos; masculinos y femeninos. Nazli había perdido sus armas y su armadura de cuero, tenía el pelo suelto y estaba atada a un poste de madera, sentada sobre un taburete y con la boca fuertemente amordazada con un pañuelo que sabía a grasa y sangre seca, el cuchillo seguía afilándose en una habitación contigua hasta que el sonido se detuvo. El tipo que apareció, era un hombre flaco y macilento, con un evidente parecido al anciano que permanecía postrado en la silla, aunque más joven. Vestía de negro, pero tanto su ropa como su cabello, lacio y grisáceo, parecían estar cubiertos de una película de grasa difícil de quitar y que hacía que el agua de la lluvia que le había caído encima, resbalara incapaz de adherirse. A decir verdad, todo en esa casucha parecía cubierto de grasa. Traía un enorme cuchillo en la mano, de fabricación burda pero de buen material e insuperable filo, “¿Ves Padre? ya despertó, te dije que no le había golpeado tan fuerte…” El hombre pestañeaba constantemente de forma forzada y compulsiva, el viejo postrado, en cambio, parecía incapaz ya de hacerlo “… ¿ya viste esos muslos, Padre?… y esas mejillas. No, no, no, Padre, las mejillas las dejaremos para el final, o no podrá comer… y tiene que alimentarse…” Nazli observaba en silencio. No tenía miedo, estaba acostumbrada a tratar con hombres tan desagradables como este sin aminorase, incluso más jóvenes y fuertes. Tampoco se sentía intimidada por la carnicería que había a su alrededor, era una mujer soldado, y los cuerpos muertos y desmembrados eran parte de su oficio. El hombre continuó hablando sin dirigirse a ella, ocupado organizando cosas sobre su mesón de trabajo “…es una mujer, Padre, y es joven, ¿hace cuánto que no pruebas el cuerpo de una mujer joven, Padre?…” Nazli, miró una vez más al viejo tirado en la silla y se preguntó qué diablos había querido decir con “…probar el cuerpo de una mujer joven…” luego el hombre rió por la nariz y agregó, “…lo sé Padre, yo tampoco lo he hecho hace tiempo, pero ahora tendremos carne de la mejor calidad para varios días” Nazli ya se lo suponía, no se trataba de violadores ni torturadores, sino un poco de ambos: eran caníbales, y al parecer, ella les parecía todo un festín. Aquello podía deducirse por la cantidad de restos humanos en la habitación, pero por lo general el canibalismo se daba por cultura o necesidad, no era muy común que se hiciese por gusto y este era uno de esos casos. El hombre se volteó hacia Nazli con el cuchillo en una mano y una botella con un líquido extraño en la otra, “Debes beber esto para relajarte, no queremos que se estropee el sabor de…” su voz se apagó cuando notó la extraña cicatrización en la frente de la chica, justo donde él la había golpeado, se había cubierto la herida y enraizado suavemente como moho, un moho negro. La mujer le señaló su hombro, bajo su manga y el hombre pudo ver allí una herida de flecha con una cicatrización mucho más grande y extendida, una herida recibida al entrar en la ciudad, “¿qué cosa eres, muchacha?...“ Alcanzó a decir, cuando irrumpieron en su casa violentamente un grupo de soldados Cizarianos en busca de un enemigo que había huido a caballo y que le habían perdido el rastro muy cerca de allí. El hombre quiso evitarlo, pero los soldados lo registraron todo, encontrando la carnicería humana que ocultaba dentro, “Oh joder… ¡Qué mierdas has estado haciendo aquí!” dijo uno de los soldados, otro reaccionó con un poco más de impulsiva ira, yendo hasta el hombre y derribándolo con un golpe de la empuñadura de su espada, “¡Maldito viejo! Le compré carne la semana pasada, ahora a saber qué porquerías me vendió…” “Espero que no te hayas comido el pene de alguien…” comentó otro de los soldados, pero antes de que alguien replicara algo, agregó “…miren, ese no es el viejo Baba, creí que estaba muerto hace años” “Yo también…” dijo otro, acercando el oído a la cara del viejo postrado en la silla para comprobar si respiraba, luego se enderezó incrédulo, buscando con la vista alguna señal de vida “Mierda. Este viejo parece que está seco…” “Oye, ¿tú estás bien?” Dijo uno que parecía ser el más viejo y de alto rango, dirigiéndose a Nazli que permanecía atada y amordazada. Esta asintió con la cabeza, con la desconfianza de un animalito que muere de hambre pero se resiste a ser alimentado por el hombre “¿Vives por aquí cerca?” la muchacha dudó al principio, pero luego se dio cuenta: no la habían reconocido, primero por ser mujer, joven y con cierto aspecto inocente y segundo porque su captor le había quitado sus armas y su armadura. Volvió a asentir enérgicamente. El soldado ordenó a uno de sus hombres que la liberara, “¿Crees que podrás volver a tu casa sola?” Nazli volvió a asentir con la cabeza, a pesar de que ya no tenía puesta la mordaza. A veces era mucho mejor guardar silencio y dejar que fueran los otros los que hablaran por ti. A penas se vio liberada, la muchacha se dirigió a la salida, pero antes de poder salir, el soldado volvió a llamarla. Por un segundo pensó en salir corriendo, pero se arrepintió, en lugar de eso, se volteó lentamente. El soldado se agachó, recogió el cuchillo afilado del viejo, quien aún permanecía tirado en el suelo inconsciente y se lo alcanzó “¿Puedes usar uno de estos?” Nazli nuevamente asintió sin pronunciar palabra y luego recibió el cuchillo, “Ten cuidado, esta no es una buena noche para andar en las calles. Vete a tu casa y quédate ahí” Nazli se fue, el soldado viejo se quedó mirando la puerta con los brazos cruzados “Pobre muchacha, no se atrevía ni a hablar” otro soldado a su lado se rascaba el mentón, “Siempre me pareció extraño este viejo, seguro que le quitó la lengua y tal vez ya se la comió, o se la dio de comer a ella misma…” y luego de descargarle un puntapié en las costillas al viejo tirado en el suelo, agregó “Pedazo de mierda.”



León Faras.

lunes, 26 de febrero de 2018

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XIX.

Cuando Eusebio y Eugenio Monje conocieron a Cornelio Morris, eran unos adolescentes sólo un poco mayores que lo que es Eloísa ahora, y tenían un gran problema: su madre moría, se apagaba como una vela, postrada en su propia cama sin que ellos pudiesen hacer nada. Sólo una bondadosa vecina y amiga de muchos años de la mujer, la visitaba a diario para aliviarla en lo que pudiera, aunque dada las condiciones, tampoco era mucho lo que podía hacer, los remedios naturales que conocía no habían hecho gran efecto y para ella también era evidente que la madre de los muchachos moriría muy pronto. El circo recién comenzaba a formarse y Cornelio recolectaba con gran habilidad y facilidad a trabajadores y atracciones, como si una fuerza misteriosa se encargara de buscar a las personas adecuadas y llevárselas frente a él. Para los gemelos Monje, Cornelio apareció como un hombre poderoso, refinado, elegante y ostentoso, el tipo de persona al que se le teme porque parece intocable, sin embargo Morris, quien detectó rápidamente el aura de ese tipo de necesidad que buscaba en las personas para atraerlas a su circo, se mostró amable e interesado con los muchachos, al punto de visitar a la madre de estos a su propia casa, un habitáculo de lo más pobre, para evaluar la situación y buscar la mejor manera de ayudarlos. La vecina, quien en ese momento acompañaba a la mujer postrada en cama, detectó de inmediato algo muy extraño en el hombre que acompañaba a los gemelos, ese sentimiento de que, aunque no sabes bien qué es, no te permite fiarte del todo de alguien, esa idea permanente de que todo lo que hace y dice está siendo fingido, sin embargo, temerosa, guardó silencio y procuró evitar la mirada para no delatarse. Cornelio les dijo a los muchachos que él los ayudaría, pero que para eso debían acompañarlo durante unos días, la idea de dejar sola a su madre no les pareció nada buena, pero cambió cuando Morris se quitó uno de sus ostentosos anillos y se lo entregó a la vecina, le dijo dónde podía cambiarlo y cuánto dinero podían darle por él, para que no les faltara nada durante el tiempo que los gemelos estuvieran ausentes. Eugenio, al salir de su precaria vivienda, se atrevió a sugerir la idea de que si tardaban demasiado tiempo, tal vez al regresar encontrarían a su madre muerta, pero Cornelio les aseguró con tal determinación que no sería así, que las dudas desaparecieron, y los muchachos se fueron con él sin poner más objeciones.

Cornelio los llevó a una pequeña pero cómoda oficina con ruedas que tenía enganchada a un camión, donde les pidió que se sentaran y les dijo, con aires de ser un generoso ser humano, que no sólo les ayudaría con la difícil situación de su madre, sino que también los ayudaría a ellos, dándoles un trabajo en el circo que estaba formando, por supuesto, que no tenían que dejar de lado los cuidados de su madre, sino que el trabajo los estaría esperando hasta que ella ya no estuviera en este mundo. Los muchachos estuvieron de acuerdo y Cornelio les puso sobre la mesa, un contrato que ambos debían firmar. Aunque les pareció inesperado que les pidieran escribir sus nombres en un papel, cosa que era de lo poco que habían aprendido a hacer en el mundo de las letras, los muchachos simplemente firmaron y ya está, pues estos jamás habían visto un contrato en sus vidas y tampoco tenían una clara idea de para qué servía. Cornelio Morris tomó el contrato complacido, y pidiendo que le siguieran, salió de su oficina. Afuera unos hombres, con la mirada turbada y temerosa, construían lo que parecía ser un gallinero, los muchachos siguieron a su nuevo jefe hasta una de las tiendas que estaban armadas, una bastante nueva por cierto, en cuyo interior había una caja de madera sin más peculiaridades que estar pintada de negro por dentro y por fuera. Cornelio, con tranquila determinación, les dijo que debían entrar ahí, los gemelos se miraron entre sí, aquello no tenía ningún sentido, Cornelio no estaba abierto a dar explicaciones, “Pues si no confían en mí, no los puedo ayudar. Pueden regresar a su casa ahora mismo, rompemos el contrato y por supuesto, me devuelven el anillo que le di a su madre” Eusebio negó con la cabeza sin levantar la vista del suelo “Yo voy a entrar…” dijo, mientras daba el primer paso hacia la caja, pero Cornelio lo detuvo, el trato era muy simple: los dos, o ninguno. Entonces, finalmente, Eugenio accedió, “Está bien, haré lo que sea, pero por favor, ayude a nuestra madre…” Cornelio sonrió complacido, “Dejarán de verla sufrir, ya lo verán…”

Apenas entraron, se dieron cuenta de que aquella no era una caja ordinaria, en cuanto la puerta se cerró y la oscuridad los envolvió, todo desapareció para ellos, incluso la presencia del otro, pues fue imposible de que se encontraran a pesar de estar encerrados en el mismo metro cuadrado. Ciegos y solos en un mundo completamente desconocido y hostil, lleno de habitantes extraños que no podían ver, pero sí oían gritar, llorar, rugir o silbar, a veces muy lejos y otras veces, demasiado cerca, incluso a veces, les parecía oír la voz de su propia madre. El olor también era algo desconcertante, desde campos de flores hasta carne podrida, todo mezclado en un ambiente de proporciones imposibles, en el que podían vagar indefinidamente, como si todo sucediera dentro de un sueño, un sueño negro. Cuando salieron, no tenían ni una remota idea de cuánto tiempo había pasado, la luz del día los golpeó con una violencia terrible. Al borde de la locura, los gemelos salieron golpeándose entre sí, aterrados, incapaces de reconocerse, luchando por zafarse de algo que, sin saber exactamente qué era, sí sabían que era muy malo. Cuando por fin la luz llegó a sus ojos, pudieron ver y entender qué estaba sucediendo. Estaban fuera de la caja, inmediatamente recordaron a su madre, cuánto tiempo había pasado, semanas, o incluso meses, “Sólo tres días…” les dijo Cornelio, y luego añadió, “…no deben preocuparse, Cornelio Morris siempre cumple lo que promete. Ella aun está viva y ahora ustedes, pueden evitar que ella muera. Les enseñaré como.”


Fue entonces que supieron que, desde ese día en adelante, podían detener el tiempo, sólo debían estar ambos de acuerdo, y todo el universo, al menos el perceptible para ellos, se estancaba, como una compleja máquina que de pronto se queda sin energía y deja de funcionar. También, debían estar de acuerdo para ponerlo en marcha nuevamente, lo que los ponía en la condición de no poder separarse, pues eso los convertía en hombres comunes y corrientes, su nueva habilidad trabajaba como esos pegamentos que necesitan de dos componentes que se mezclan para fraguar y que por sí solos no sirven de nada. Con el tiempo detenido, nunca supieron a ciencia cierta cuanto tiempo tuvieron a su madre suspendida en ese limbo temporal, pero fue demasiado el que necesitaron para convencerse de que no podían hacer nada y ponerse de acuerdo para permitir que el tiempo siguiera su curso y acabara con la vida de su madre. Cuando esto sucedió, regresaron al circo, para ellos ya habían pasado varios meses, pero en la realidad sólo habían pasado un par de días desde que salieron de la caja, encontraron a Cornelio Morris hablando con un hombre, un hombre que había conocido la noche anterior en una taberna y que le había confesado entre bebidas que sería capaz de hacer cualquier cosa por ver morir a su propio padre de una forma lenta y dolorosa. Su nombre era Charlie Conde y esa  “cualquier cosa” era firmar un contrato y entregarle su vida al circo. Cuando Conde se retiró, Cornelio se acercó a los gemelos, su semblante era mucho más severo, menos tolerante y para nada generoso ya “¿Saben conducir un camión?” fue todo lo que les dijo.


León Faras.

martes, 13 de febrero de 2018

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XVIII

Finalmente Von Hagen bailó con Eloísa, y esta, con una amplia sonrisa, e inocente burla, le hizo notar que cuando él le advirtió que no bailaba muy bien, era completamente cierto. Horacio se movía con muy poca gracia, a destiempo y evidentemente con demasiado nerviosismo. La chica, astuta, sin dejar de bailar cogió un vaso de encima de una improvisada mesa y se lo dio a su compañero de baile “¡Bebe!” le dijo con los ojos más enormes que nunca, Horacio no quería, no era un buen bebedor, la chica rió “Mal bebedor, mal bailarín y mal mentiroso. Vamos, bebe y apuesto a que mejoras” Von Hagen recibió el vaso, pero no fue hasta que sus ojos se toparon con la severa mirada de Cornelio Morris, que se lo bebió y con la ayuda de Eloísa, quien con infantil malicia se lo empujó suavemente hasta vaciárselo por completo, en parte dentro de la boca y en parte fuera, en la barba y el pecho, Horacio trató de limpiarse un poco espantado, como si se tratase de algo muy grave regarse un poco de vino encima, pero la chica volvió a cogerle las manos y arrastrarlo a bailar. No mejoró mucho su técnica, pero al menos hizo que se relajara un poco y dejara de moverse como un espantapájaros, hasta logró animarse, y volvió a beberse otro trago cuando la pieza de baile terminó. Tarde en la noche, Von Hagen abandonó la fiesta, la música aun sonaba y Eloísa, incansable, bailaba encantada con quien se lo pidiera. Con la testarudez propia del borracho, Horacio llevaba en la mano un último vaso a pesar de que ya se sentía mareado, sus pasos eran torpes y desde hacía un rato, se daba cuenta de que sostenía un soliloquio que le era imposible cortar, pues cada vez que lo intentaba, no hacía más que alargarlo. Como todo borracho, los sentimientos amorosos terminan apoderándose de él, sobre todo si se trata de amores difíciles o frustrados y aunque Von Hagen sabía que era una buena idea irse a su cama y dormir un poco, inevitablemente terminó encaminándose hacia el acuario donde estaba Lidia. Era una noche clara, por lo que, a pesar de que no había ni una luz cerca, no era difícil orientarse. Se sentó en el acoplado del camión con los pies colgando y la cabeza apoyada en el cristal, tras este, la masa de agua era oscura e impenetrable. Con la sutileza y el cuidado propio de un cirujano, dejó su vaso junto a él, el cual ya había perdido la mitad del contenido en el trayecto. Nada más estar ahí, las lágrimas se agolparon en sus ojos, maldijo el circo y a Cornelio, juró que la liberaría, aunque tuviera que romper los cristales con sus propios puños, pero sólo terminó golpeándose en la frente y luego, con la misma mano, limpiándose los mocos, pues, como borracho que estaba, no podía contener el llanto. En un susurro temeroso y confuso de entender, le explicó a los cristales frente a él, pues Lidia no podía verse y de ser así, tampoco podía oírlo, lo que Mustafá le había dicho, que la única solución, era matar a Cornelio Morris, incluso podía sentir el valor infundido por el alcohol, para hacerlo en ese mismo momento, pero luego se burló de sí mismo, al darse cuenta de lo absurda de sus pretensiones, de que ni borracho sería capaz de enfrentar a Cornelio Morris, ni menos matarlo. Nuevamente pegó la frente y las manos al cristal con el llanto de la impotencia mezclada con el alcohol, un llanto largo y a media voz, que de pronto se vio forzosamente interrumpido cuando sintió una caricia en sus dedos, no retiró la mano, pero sí levantó la vista, frente a él, apenas visible, estaba el rostro de Lidia, borroso en la turbiedad del agua, que lo observaba con ternura. En ese momento, hasta su borrachera pareció evaporarse de su cerebro, cuando vio que los dedos de su mano derecha, atravesaban el cristal y eran tocados directamente por la mano de Lidia. Horacio no era un tipo acostumbrado a embriagarse, por lo que, no podía estar muy seguro pero, aquello tenía que ser una alucinación provocada por el vino, porque, estaba más o menos seguro de que no estaba soñando y también estaba más o menos seguro de que sus dedos no podían atravesar el cristal, por lo que tenía que ser una alucinación, sin embargo, la mirada de Lidia al otro lado del cristal y el suave pero perceptible contacto de sus dedos con los de él, lo hicieron finalmente aceptarlo todo sin más cuestionamientos, estaba lo suficientemente ilusionado, contento y borracho como para preocuparse de lo absurda que podía volverse la realidad, cuando a uno se le pasaban las copas.

Diego Perdiguero se estaba tomando su primer trago de la mañana cuando un chico llegó a buscarlo urgentemente: el único teléfono del pueblo había sonado y habían preguntado por él. El hombre dejó su vaso a la mitad y le lanzó al muchacho la moneda que esperaba de recompensa por correr todo el pueblo buscándolo y luego se dirigió rápido a la tienda del turco Emre, un negocio de abarrotes al que siempre le estaba yendo muy bien, especialmente porque su dueño tenía el talento visionario para llevar a su negocio ciertas cosas que nadie más tenía o que eran demasiado difíciles de conseguir, como por ejemplo el teléfono, por el que cobraba la correspondiente comisión por su uso. Eso por una parte, otra causa probable por la que el negocio prosperaba, era Emilia, su hermosa hija. Diego, al coger el auricular, ya adivinaba quien lo llamaba, no había mucha gente en el mundo interesada en utilizar un teléfono para hablar con él. Damián Corona le preguntó con cierta urgencia si el circo seguía en la ciudad, a lo que Perdiguero respondió que sí, y que estaba seguro porque de hecho, lo estaba viendo a través de las ventanas, desde la tienda del turco “…Pues no te despegues de él, salimos para allá ahora mismo…” Diego notó que algo malo había pasado, Damián se lo confirmó “…Son las fotos, algo muy raro pasó con ellas y ahora no tenemos nada. Si no conseguimos una buena foto, perderemos muchísimo dinero…”


De no estar en su litera, no era difícil presumir dónde había pasado la noche Horacio Von Hagen. Ya era media mañana cuando su amigo Ángel Pardo salió a buscarlo, aun con el cansancio de la larga noche anterior, y como era de esperarse, lo encontró tirado junto al acuario de Lidia, dormido. Apenas despertó, Horacio, sintió los síntomas de la resaca, se quedó largos segundos presionándose las sienes con las palmas de las manos y los ojos cerrados, luego su amigo lo ayudó a bajar, pues todavía se sentía algo mareado, pero en cuanto se pusieron a andar, Von Hagen, como en un chispazo, un golpe a su subconsciente, recordó lo sucedido durante la noche y se devolvió sobresaltado, ansioso y olvidando momentáneamente los síntomas de la bebida, palpó los cristales del acuario buscando los agujeros por los que había introducido sus dedos, pero no los encontró por ningún lado, sin embargo mantenía vivo el recuerdo de haber sentido la mano de Lidia tocando sus dedos, tanto así, que comenzó a golpear los cristales para llamar la atención de la sirena y que esta confirmara su historia. Lidia no apareció, aunque de haberlo hecho, tampoco hubiese podido decirles nada. Ángel Pardo, al escuchar la historia de lo sucedido, sólo lo miró con compasión, a pesar de no haber bebido demasiado, Horacio estaba muy borracho cuando dejó la fiesta, y era obvio que el alcohol lo había engañado, si es que no lo había vencido el sueño antes. Von Hagen, poco a poco desistió en su búsqueda, era inútil, los cristales eran tan impenetrables como siempre, lo más probable era que su amigo tuviera razón, pero de ser así, y aun así, su recuerdo era tan vívido como el recuerdo de haber bailado con Eloísa. Ángel Pardo no insistió, no era de esas personas que buscan convencer a nadie de que sus ideas son las correctas, sólo se limitó a decirle que tal vez, sólo lo había soñado, hay sueños capaces de confundir a cualquiera, una idea que Von Hagen aceptó al final, resignado, pero no del todo convencido.


León Faras.

viernes, 2 de febrero de 2018

El Perro.

El Perro.


Tendría yo unos doce años, cuando un compañero de mi curso, en mi escuela, me invitó a su casa a compartir un juego que le habían regalado y que seguramente jugarlo solo, no tenía el mismo sabor. La ciudad estaba rodeada de cerros los que, a su vez, estaban cubiertos de viviendas en sus laderas y un poco más arriba. Allí vivía mi amigo. Iba yo por un angosto camino peatonal de tierra, que desembocaba en una escalera de cemento por la que obligadamente debía subir, ahí a los pies de la escalera, estaba echado el Perro. Era un perro grande, al menos, para los ojos de un niño de doce años, de un color negro sucio, polvoriento, casi rojizo, orejas puntiagudas clásicas, de esas que automáticamente le dan al perro un aspecto más intimidante, y el pelo largo como el Lobo de las películas, bastante cliché, lo sé, pero así lo recuerdo. El perro me vio acercarme y comenzó a gruñirme, sin siquiera cambiar de posición, me miraba con su cabeza reposada sobre sus patas delanteras, mostrándome sus intimidantes colmillos y haciendo ese sonido gutural tan característico. Yo, por supuesto, me paré en el acto y el perro dejó de gruñirme, como un pequeño pacto entre caballeros, pero eso sí, no me quitó el ojo de encima, lo que significaba que no se fiaba ni un pelo de mí. Intenté avanzar un par de pasos muy despacio hacia la escalera, como mostrándole mis respetos, pero el perro no estaba para trucos baratos y esta vez levantó la cabeza para gruñirme, y juro que pude ver completo su hermoso juego de dientes húmedos de saliva. Reculé rápidamente. Sobra decir que no había ni una persona cerca que me ayudara, como en esos duelos del oeste en los que todo el mundo se esconde. La siguiente estrategia, era rodearlo, pero era un camino angosto, con una pared del cerro por un lado y una pendiente de tierra por el otro. Aun así me pegué a la pared para avanzar lo más lejos posible de él, demostrándole que no quería molestarlo ni entrometerme en sus asuntos, pero mi amigo el Perro, se dio cuenta rápidamente de que yo no estaba captando el mensaje, así que se puso de pie con un resorte en las patas, me soltó dos ladridos que te hielan la sangre, eso si no te aflojan el estómago primero, y terminó con un gruñido largo como diciéndome “No te pases, muchacho… conmigo no te pases" Entonces tomé la decisión más sabia de toda mi vida, o de la que llevaba vivida hasta ese momento: dar la media vuelta e irme por donde había venido. Cuando volví la vista atrás, aun con el corazón latiéndome en todo el cuerpo y las piernas temblando, el perro se había vuelto a echar, en la misma posición y lugar en el que estaba antes. La experiencia quedó en mi mente para siempre, mi subconsciente, ni corto ni perezoso, la archivó de inmediato y hasta le puso una marquita de “No borrar” Muchos años después, recordando aquello, se me ocurrió otra hipótesis: el perro no estaba en su casa, por lo tanto no cuidaba su territorio, era un lugar público por el que, sin duda, mucha gente transitaba todos los días, tampoco en ningún momento, y para mi fortuna, intentó atacarme, solo amenazarme y de una manera lo suficientemente convincente como para hacerme desistir y volver a casa y una vez logrado esto, el animal volvió a su posición como si no hubiese pasado nada, su única intención fue cerrarme el paso. ¿Y si me salvó de algo? Algo malo que me hubiese sucedido de seguir mi camino, nadie imagina a los ángeles guardianes con un aspecto tan atemorizante y desaliñado, pero tampoco tienen por ley que ser criaturas hermosas y sobrenaturales. Esto me recuerda una historia que me contó mi padre hace años sobre un pollito recién salido de su cascarón, que, aventurero, decide salir a conocer la granja, en su paseo, no demasiado extenso aun, llega hasta donde las vacas estaban pastando. Era una mañana fría y el animalito ya comenzaba a sentirse algo entumecido, pero estaba perdido y no sabía bien como regresar de vuelta al delicioso calor de su madre. Por esas cosas del destino, eso de ubicarse en el lugar y el momento justo, uno de los vacunos decidió que era buen momento para vaciar sus intestinos, y le soltó una tremenda bosta que cubrió por completo al pollo que justo pasaba por debajo en ese momento. Sin embargo, el pollito pudo sacar su cabeza afuera y pasado el aturdimiento inicial por el impacto, se dio cuenta de que el excremento de la vaca estaba caliente, de que el frío desaparecía y de que realmente se estaba a gusto allí, literalmente con la mierda hasta el cuello. Eso, hasta que un ave rapaz, conocidas por su excelente vista, lo vio moverse, y de una sola pasada, lo tomó con sus garras y se lo llevó para comérselo y dárselo regurgitado a sus crías. Moraleja: No todo el que te caga, necesariamente te causa un daño, ni todo aquel que te saca de la mierda, te está haciendo un favor.


León Faras. 

miércoles, 31 de enero de 2018

Autopsia. Segunda parte.

X.

Para cuando volvió el hijo de Ismael con ropa para su hermana, el doctor Cifuentes había relajado el ambiente sirviendo un pequeño vaso de coñac para cada uno, de una botella encontrada en la casa, perteneciente a su antiguo morador. Había tenido tiempo más que suficiente para oír toda la historia de Ismael de lo sucedido a Úrsula: la puerta cerrada, el humo, los muebles azotados contra el suelo. El calor sofocante que envolvió toda la casa y la desconcertante desaparición del bebé. El doctor escuchaba con una expresión de profunda gravedad, echándole cortos vistazos al cura quien no parecía demostrar ninguna duda acerca de lo sucedido. Sostenía en la mano su vaso minúsculo de coñac sin haberle sacado ni un sorbo aun. Como médico, no podía formular ninguna opinión al respecto, pero como persona, se remitía a aceptar la historia tal y como se la contaban, sin admitirla como verdad ni como mentira, sino sólo como la percepción o interpretación de Ismael sobre lo que él mismo había visto, su hijo, sin embargo, traía además de algo de ropa para su hermana, más antecedentes frescos: junto con su madre entraron a la habitación de Úrsula, el sitio era un desastre en el que apenas se podía andar, la cama estaba inservible, prácticamente quebrada a la mitad, los muebles desparramados, rotos y con sus interiores igualmente esparcidos por el suelo, el aire se sentía pesado y pestilente, él mismo abrió las ventanas para que fuera un poco más soportable, pero la verdad era que la atmósfera dentro del cuarto, podía descomponerle el estómago a un gato callejero. Encontraron algo de ropa para la muchacha, pero también otras cosas mucho menos agradables: varios ratones muertos y pudriéndose, algunos pájaros e incluso sapos, todos muertos, todos apestando y todos con la cabeza arrancada. Parecía un sitio abandonado por años y empleado por algún pequeño animal depredador como guarida, pero ni siquiera un animal soporta tal grado de desastre, ni tampoco se trataba de un sitio abandonado. El doctor Cifuentes se llevó al vaso a la boca y tragó su contenido con la dificultad común en un hombre poco habituado al alcohol, para él, en tales circunstancias lo mejor era que pusieran a hervir toda la ropa de la muchacha y luego desinfectar el piso y los muebles con lejía, también era importante ventilar toda la casa antes, durante y después del proceso, tal grado de podredumbre era un foco poderosísimo de enfermedades e infecciones que ponían en riesgo la salud de toda la familia, Ismael asintió luego de buscar la aprobación del padre Benigno, y aseguró que lo harían lo antes posible, pero el hijo de Ismael aun no había terminado, una cosa más había encontrado en el dormitorio de Úrsula y que era digna de contar: la cruz de madera que colgaba de la pared sobre la cabecera de la cama de su hermana, estaba incrustada en el muro de adobes, empotrada, como quien hunde una pisada sobre una capa de barro blando, hasta el punto de ser imposible de sacar sin romper el muro, el doctor Cifuentes le echó una mirada cargada de incredulidad al padre Benigno, pero este mantenía la vista fija en algún punto indeterminado de su cama, pensativo, preocupado, todo aquello era muy malo, él lo sabía, y también sabía que él era el único con la responsabilidad de enfrentarse a ello.


La diminuta ventana sin cortinas absorbió toda la luz que le proyectaba el sol de la mañana, ingresando con la forma de un bloque diáfano, habitado por una multitud de partículas en constante y lento movimiento e inundó de claridad el cuarto donde aun dormían Elena y Clarita, esta última abrió los ojos con la pereza de un gato que, con la panza llena, reposa tendido en su cojín favorito. Había llegado un nuevo día y nada la había vuelto a despertar en toda la noche, aquello le dibujó en la cara una sonrisa chueca que luego se transformó en otra plena, de esas que llenan todo el rostro, se dio un sonoro beso en el puño en el que apretaba la medalla de San Benito y buscó a Gracia en el cuarto para presumir de su nuevo amuleto contra malos sueños hasta que su sonrisa se diluyó. Gracia no estaba. Elena despertó en ese momento y la sonrisa de Clarita volvió a surgir, “¡Apresúrate!...” gritó la niña, saltando de su lecho como si este de pronto la hubiese amenazado con engullirla o algo parecido, “… Tata ya debe estar sacando la leche” La niña salió corriendo y a medio vestir, tal como había dormido, Elena tardó un poco más en ponerse su ropa de hombre antes de salir del cuarto, en la cocina, la vieja Lina preparaba el desayuno y la muchacha se ofreció a ayudarle, por la ventana podían ver a Clarita abrazando un cabrito entre una de sus patas delanteras y el cogote, corriendo tras de su mamá para que esta amamantara a su cría, cosa que no estaba funcionando, pero sin duda era bastante gracioso de ver. Elena no tardó en preguntar, “¿Qué cree que sea eso de que Clarita dice que ve y habla con su hermana? ¿Sólo su imaginación o habrá algo más?” La vieja dejó de rebanar la hogaza de pan, se restregó la punta de la nariz con el dorso de la mano en la que sostenía el cuchillo, luego respondió “Te voy a contar lo mismo que me dijo una mujer hace algunos años, una mujer que llegó a conocer bien a la madre de Clarita…” continuó rebanando el pan “…la madre de Clarita era una jovencita de tu edad o tal vez algo menor. Tuvo la mala fortuna de enamorarse de un hombre destinado a morir tan sólo un par de semanas después en una riña de borrachos. Luego de que el hombre ya estaba sepultado, ella se enteró de que estaba preñada. Sola, nadie sabe si fue por obligación o voluntad que decidió llegar con su embarazo hasta el final, lo cierto es que lo hizo, y fue la última cosa que hizo en su vida. Los partos son a veces como coser y cantar pero otras veces pueden ser un calvario, en el caso de esta muchacha, demasiado joven y debilucha, la cosa se complicó mucho y encima su hija nació muerta, nada se pudo hacer. Cuando pensaron que tal vez la madre tendría alguna oportunidad de salvarse, se dieron cuenta de que venía otra niña… una gemela, y esta sí estaba viva. Clarita. Sólo ella sobrevivió al final…” Elena se quedó paralizada a la mitad del pocillo que estaba llenando con leche, “Entonces, Gracia, la hermana de Clarita, sí existió…” la vieja asintió con una sonrisa triste, “Así es… alguna vez existió en verdad… o por lo menos así me lo contaron a mí. Curioso, ¿no?”  El viejo Tata entró en ese momento, traía un taburete de patas más largas para que se sentara Clarita, esta le seguía contenta y sintiéndose importante, con un trozo gordo de queso que apenas sostenía entre los brazos.


León Faras. 

martes, 23 de enero de 2018

Autopsia. Segunda parte.

IX.

Luego de que el doctor Cifuentes autorizara una muy breve visita, Ignacio Ballesteros visitó al padre Benigno, solo, en su habitación. Él mismo cerró la puerta al entrar. Las Hermanas de la Resignación le habían comunicado el resultado de la reunión entre el sacerdote y la joven Elena: un cura acuchillado y una muchacha desaparecida, pero Ignacio no podía dar crédito, ni siquiera de boca de las honorables hermanas, que la cuchillada recibida por el padre Benigno hubiese sido propinada por Elena, su hermana; eso era sencillamente absurdo. Ignacio presionó a las monjas para que le confesaran si este inadmisible hecho, había sido presenciado por sus propios ojos, pero como estas, entre incómodas y ofendidas, respondieron que no, Ignacio tomó todo como un embuste o a lo menos una confusión y se dirigió de inmediato hacia donde se encontraba el sacerdote, para que este le aclarara lo sucedido, “Todo fue nada más que un lamentable accidente…” dijo el padre Benigno apretando los labios hasta sólo dejar una fina línea donde estaba su boca, luego agregó “…no tiene nada que reprocharle a ella” “No pensaba hacerlo…” contestó Ignacio, renuente a sentarse en la silla que estaba justo a su lado “…pero me pregunto cómo es posible que alguien como ella, puede llegar a hacer algo como eso, ¿Un accidente puso una cuchilla en su mano? ¿Un accidente llevó esa mano hasta su estómago? ¿Podría ser un poco más específico, padre, sobre qué fue lo que realmente ocurrió?” El cura respiró hondo y dirigió la mirada hacia la pared contraria. No le gustaba para nada el tono en que el muchacho le hablaba, pero dada las circunstancias, no dijo nada al respecto, en cambio, intentó mantenerse sereno, “Los detalles no son importantes…” “Un accidente que usted provocó, seguramente, por eso que no le importan los detalles” lo interrumpió con brusquedad el muchacho; el sacerdote abrió los ojos como un maestro ante un alumno insolente y alzó la voz, “¡Yo recibí la puñalada, y viene usted aquí a increparme!” Ignacio tuvo, incluso, el descaro de apuntarle con el dedo, “Usted seguro tuvo algo que ver en esto. Elena jamás haría algo así. Estoy seguro de eso” El cura trató de enderezarse, furioso, pero el dolor en su herida lo frenó abruptamente, “Se atreve usted a acusarme de…” La discusión se acaloraba cada vez más, pero unos aullidos agudos y angustiantes desde afuera, hicieron que ambos hombres se callaran, al salir, Ignacio Ballesteros vio como Ismael trataba, aunque con demasiadas precauciones y cuidados, contener a su hija quien se sacudía hasta el punto de casi caerse de la cama, mientras el doctor Cifuentes intentaba con gran dificultad revisar las pupilas de Úrsula, quien desesperadamente se apretaba la cabeza porque sentía que el bebé lloraba con violencia histérica en sus oídos hasta el punto de causarle dolor físico en estos, y obligarla a torturarse las orejas, patalear en la cama y gritar que alguien hiciera callar a ese bebé, bebé que por supuesto, solo ella podía oír. Ignacio se acercó rápido, mal que mal, él también era médico, para sujetar con más firmeza a la muchacha, “¡Traiga Cloroformo!” gritó, adueñándose completamente de la situación, lo que no le hizo ni pizca de gracia al doctor Cifuentes, “Sé hacer mi trabajo, señor. Gracias” respondió con toda la parquedad de la que fue capaz, dada la situación y de una estantería, que en ese momento le pareció más alta de lo que recordaba, sacó una botella de éter, humedeció su propio pañuelo y con él tranquilizó a la muchacha que no dejaba de gritar que el bebé le estaba destrozando los tímpanos, “Tengo un buen amigo que les puede ayudar, él es un gran psiquiatra que…” comentaba Ignacio una vez que el cuerpo de Úrsula se tranquilizó y dejó de luchar, pero fue interrumpido por un estruendo descomunal que hizo dar un respingo de susto a todos, menos a Úrsula: la estantería cayó bruscamente al piso como si hubiese estado siendo elevada por una cuerda y de pronto la cuerda se rompe, pero no había ninguna cuerda, algo más la sostenía en vilo y ese algo se cortó bruscamente. Nadie notó el suceso, ni siquiera el doctor Cifuentes cuando tomó el éter, simplemente el golpe repentino y violento, el cristal que estalló y el instrumental que se esparramó por el suelo, junto con algunos frascos y botellas, el padre Benigno, levantado y de pie en la puerta murmuró, “…un psiquiatra no va a servir de nada…” mientras Ignacio Ballesteros se alejaba de la chica como si esta de pronto le estuviera quemando las manos, “¿Qué carajos sucede aquí?” a su lado, Ismael se persignó, dos veces “¡Dios mío! así mismo se golpearon los muebles del dormitorio de la Úrsula, hasta se le rompieron las patas en el suelo… esto es cosa del Diablo, padre…” El doctor Cifuentes se quitó los anteojos para limpiarse el sudor de los ojos y luego se los volvió a poner, estaba consternado, pero lo intentaba disimular, “Caballeros por favor, un poco de cordura, la caída de ese estante, no fue más que un accidente sin mayor relevancia…” Ignacio sonrió incrédulo mirando los rostros de grave preocupación de todos los presentes. Era un tipo más bien de baja estatura, lo que resultaba más evidente al estar parado junto al espigado Ismael, “¿Cosa del Diablo? Yo insisto en que lo que esta muchacha necesita, es que la evalúe un buen psiquiatra, y este lugar, muebles nuevos, pero si creen que es “Cosa del Diablo” entonces, ahí tienen a un experto…” señaló al padre Benigno, quien, se mantenía lo más erguido que podía a pesar de que sentía la tensión en la herida, luego añadió dirigiéndose a este, “…Sepa que no me voy completamente conforme con nuestra conversación. Voy a encontrar a mi hermana y le aseguro que ella me contará palmo a palmo lo que sucedió. Y ruegue porque esté bien, o yo mismo me encargaré de hacerlo responsable.” Luego de esto, cogió su abrigo, le dio con sobria cortesía las buenas noches al doctor Cifuentes y se retiró.


Clarita despertó bruscamente apenas dos horas después de dormirse, en su sueño, la niña buscaba algo a hurtadillas, estaba oscuro y no veía gran cosa, sin embargo, buscaba con urgencia y sigilo, pero con mucha presión, como quien intenta hurtar las llaves a un gigante dormido, entonces sentía el golpe fuerte y seco sobre el mesón, sus pasos pesados sobre el suelo húmedo y pegajoso y aparecía el hombre del delantal sucio. Nunca podía evitarlo ni nunca podía huir de él, entonces gritaba y el grito, la despertaba. Gracia la miraba desde un rincón levemente iluminado por la suave claridad de la noche que entraba por la diminuta ventana del cuarto, pero fue Elena quien la habló, estaba justo a su lado, la abrazó y la acarició en el pelo, le contó, que ella de pequeña también tuvo sueños feos que la despertaban llorando a mitad de la noche, sueños en los que alguien la sacaba de su cama y de su casa para llevársela lejos, entonces una tía, que ya entonces contaba con muchos años, le regaló una medallita de San Benito para que la protegiera de día y limpiara sus sueños de noche, ese era un santo muy poderoso, que incluso podía hacer retroceder al mismísimo Diablo, eso le había contado su tía y eso mismo le explicó a la niña, quien miraba la estampita embobada, como si fuera aquel el objeto más valioso y hermoso del mundo o por lo menos, que sus ojos habían visto, y en buena parte, así era. Acto seguido, Elena se la quitó y se la colgó del cuello a la niña, quien la recibió con la solemnidad del atleta que acaba de recibir la medalla de oro y consagrarse en su disciplina, Gracia, como si no pudiese soportar la curiosidad, también se puso de pie y se acercó a observar la imagen con el ceño fruncido y la boca abierta, Clarita se la mostró orgullosa y sonriente, pero pronto su expresión se apagó, preocupada, se volteo hacia Elena para saber si lo que decía Gracia, era verdad: “Dice que tu santo tal vez no es tan poderoso, que no te protegió bien a ti…” Tenía toda la razón, pensó Elena, esos comentarios de Gracia siempre la dejaban medio descolocada, más sabiendo que Gracia no existía en realidad, en ese momento, ella dudaba mucho de la protección de santos o del mismísimo amor de Dios, estaba ofendida, sintiendo que había dado todo, sólo para recibir al final una contundente bofetada en el rostro, pero por otro lado, en ese lugar, en casa de los abuelos, se sentía tranquila y feliz como no lo había hecho en mucho tiempo, su constante miedo a ofender o defraudar a su padre, a su familia o a Dios, se disipaba, allí no había leyes inquebrantables ni infinidad de condiciones para todo, allí las cosas eran simples, el paisaje hermoso y ella se sentía útil y acogida “No te creas…” respondió “…tal vez él me sacó de donde estaba para traerme aquí” Gracia sonrió meneando la cabeza y volvió a su lugar, como quien en medio de una discusión, recibe un argumento que no se puede rebatir y prefiere abandonar, Clarita, por su parte, sonrió satisfecha y se volvió a acurrucar junto a Elena, con la medallita de San Benito apretada en su puño y las caricias de Elena en su cabello.


León Faras.

martes, 26 de diciembre de 2017

Lágrimas Negras. Segunda parte.

XXXI.

El cuerpo del príncipe Ovardo fue desnudado, lavado y acostado en su cama, todo bajo la atenta mirada de Serna, quien, aparte de revisar que no hubiera heridas o contusiones visibles, se aseguraba de que las mujeres de la servidumbre hicieran su trabajo en el más absoluto mutismo, a pesar de que el príncipe buscaba con mano temblorosa, el rostro de la princesa Delia en todas ellas, susurrando explicaciones, humillado y derrotado, disculpándose por no ser más un hombre digno de ella y lamentándose por no haber muerto en la batalla en vez de vivir como un inútil el resto de su vida. Las mujeres por su parte, contenían el llanto con los labios apretados y los ojos húmedos, dejando escapar sollozos contenidos que Ovardo interpretaba como los de su esposa, avergonzada y defraudada de él, lo que lo hundía más en su propio agobio y congoja. Sin embargo, nadie decía una palabra, pues la situación del príncipe era demasiado delicada y si llegaba a enterarse de la muerte de su mujer, sería irreversible.

Las ruedas sonaban como si giraran sobre una extensa cinta adhesiva al ir contantemente despegándose del suelo arcilloso y húmedo. Qrima conducía el coche que antes traía el capitán Albedo. Llevaba el sombrero aplastado y más hundido de lo habitual debido al chaparrón que le caía libremente encima. A su lado, Emmer se cubría desde la cabeza con una manta hace rato empapada, mientras que dentro del coche viajaban a buen resguardo del aguacero, Darlén y su hijo y Nila con el bebé encontrado en la batalla. “Dime…” preguntó Qrima, asomando un ojo por debajo del ala de su sombrero, “… ¿Cómo rayos es que fue a parar esa cosa dentro de tu barriga? ¿Acaso te la tragaste?” Emmer lo miró con el rostro contraído por la lluvia que le golpeaba la cara, “¿Qué cosa?...” el viejo sacó la bola de hierro de su bolsillo y se la mostró, Emmer se restregó los ojos mojados, “…no tengo ni idea” contestó. Luego, le explicó lo que le había sucedido, sobre aquel viejo de aspecto estrafalario, montado a lomos de un burro mientras lo apuntaba con un artilugio desconocido que de pronto soltó un estruendo como un trueno “…no pude ver nada, solo sentí que algo me había golpeado el estómago y se había quedado ahí dentro, como si fuera algún tipo de magia desconocida. Y ese olor, algo que nunca había olido antes pero que ahora no podré olvidar nunca” El viejo Qrima carcajeó con suavidad, “Conozco a ese viejo ridículo y de magia no sabe nada. Se llama Larzo, un viejo que todo el mundo piensa que está loco, pero parece que es más liso de lo que creen. Cuenta que hace años compró un polvo extraño a un mercader con muy mala racha, en una tierra lejana, pero que venía de aun más lejos. Ese polvo era capaz de arder con furia al contacto con la más mínima chispa e incluso, si se usaba debidamente, podían lanzarse objetos con él a gran velocidad… como esta bola de hierro” Emmer lo miró con la boca torcida y el ceño apretado, en parte por la lluvia y en parte, por lo inverosímil de la historia, “¿Un polvo que lanza objetos?...” Qrima se encogió de hombros y volvió la vista al camino, “Qué sé yo. Hasta dicen que se lo llevó al rey para mostrarle lo útil que podía ser, por supuesto nadie le creyó y al intentar probarlo, provocó un descalabro tan grande que terminaron arrojándolo a la calle y bajo amenaza de no regresar jamás…” El viejo Qrima observó la bola nuevamente antes de metérsela al bolsillo “…tal vez yo le crea ahora” concluyó.


“Maldita muchacha endemoniada…” masculló Trancas de rodillas en el suelo apenas pudo salir del canal gracias a una rama de árbol atragantada en un quiebre, y justo antes de vomitar una espectacular cantidad de agua que sin duda lo hubiese ahogado de no ser un inmortal, luego soltó un profundo eructo y más agua brotó de sus entrañas, tosió, se limpió la boca y el bigote con el antebrazo también mojado y se puso de pie adolorido y agotado. Hizo el ademán de caminar pero se detuvo, como si de pronto hubiese recordado algo olvidado, le echó un vistazo furioso al canal y apretó los puños haciendo el gesto de estar torciendo el cuello de alguien: había perdido su hacha en el agua, sin embargo, estaba predestinado a encontrarse con algo mucho mejor; pasaron varios minutos y muchísimo barro bajo sus pies antes de que lo viera ahí parado, protegiéndose de la lluvia bajo un gigantesco árbol de hojas grandes y gruesas: un búfalo unicornio. Un animal rarísimo, con el que, la mayoría de la gente podía pasar toda su vida sin llegar nunca a ver uno siquiera y si lograba verlo, podía considerarse muy afortunado. Grande, negro, lustroso; con su único cuerno recorriéndole la cabeza como una costra dura desde la nuca hasta brotar como un puñal en la punta de la nariz, rumiando impasible un manojo de pasto. Un animal al que se le atribuyen ciertos poderes mágicos, y según la tradición, una inenarrable suerte para quien lo monte y Trancas era un hombre profundamente supersticioso. Embobado como un niño ante el regalo que esperaba, Trancas se acercó al animal para acariciarlo, aun en una noche tan cerrada como esa, su pelaje mojado brillaba; la guerra, desaparecía estando tan cerca de un animal como ese, lo abrazó, pegó la oreja a las costillas del búfalo sin dejar de sonreír y finalmente, de un ágil salto, lo montó. Nada especial sucedió, hasta que el animal decidió caminar, entonces la lluvia se detuvo. Sin embargo, no había dejado de llover, sino que las gotas de agua se quedaron suspendidas en el aire y con toda la brutal parsimonia de la que era capaz, el búfalo y su jinete las desintegraban al paso. El mundo entero estaba contenido en un segundo que parecía eterno, el silencio, salvo por las pezuñas chapoteando en el barro a cada paso, era total, incluso el torrente de agua del canal que antes lo había arrastrado, se había congelado como en una obra artística. El animal lo trasladó en un paseo largo y lento por la ribera del canal que mantenía estupefacto y confundido al experimentado soldado, sin embargo la situación se tornó todavía más impactante, cuándo en su camino aparecieron los primeros soldados en plena batalla; pudo ver desde hombres completos hasta pequeñas gotas de sangre suspendidos en el aire y mezclados con la lluvia. Habían amigos suyos allí luchando: estaba el flaco Lerman, blandiendo su pequeña pero letal maza de cadena, directo a la cabeza de un enemigo que parece buscar algo perdido en el suelo, también está Rino, arrinconado contra la pared, conteniendo a varios enemigos con su escudo. Al fondo y de espaldas puede ver a Motas, buen amigo pero con una personalidad a veces desesperante, piensa Trancas. Su espadón golpea de lleno en el estómago a un pobre muchacho, despegando completamente en ese momento su cuerpo del suelo, varios otros están cayendo o caídos a su alrededor, lo que describe la brutalidad con la que el viejo Motas puede despejar un camino cuando tiene que salir de un lugar. Tras él, un soldado llamado Gánula aprovecha la enorme masa corporal de su compañero para repartir estocadas convenientemente protegido, se trata de un hombre misterioso, de mediana edad, delgado, que cubría la mitad del rostro con el cabello, la razón era que había un horrible agujero allí donde debía estar su ojo. El búfalo simplemente pasa por ahí, su dirección y velocidad no pueden ser gobernados ni por el jinete ni por nadie. Trancas coge sin el menor esfuerzo una espada Cizariana de la mano de un soldado, para echarles una mano a sus compañeros, al herir al primer enemigo en su camino, Trancas se asusta, la espada entra en el cuerpo del Cizariano como un cuchillo caliente entra en la mantequilla y sale con la misma facilidad, aun atravesando las armaduras, el viejo Rimoriano no entiende nada, maravillado estudia la espada, pero esta no parece tener nada especial. Limpiamente y sin esfuerzo, corta un brazo sin separar este del cuerpo al que pertenece, y luego atraviesa a otro enemigo sin siquiera moverlo; el búfalo camina con todo el tiempo del mundo por medio de la batalla mientras su jinete reparte estocadas descuidadamente y hasta con desgano, atravesando hombres como quien lanza piedras al río. El animal se alejó de ahí finalmente, Trancas decide bajarse, pero en el instante en que su cuerpo se despega completamente del búfalo, este desaparece, la lluvia vuelve a caer con furia y los soldados heridos por Trancas, gritan de dolor y caen al suelo al mismo tiempo sin entender qué los mató. Los Rimorianos también están sorprendidos, de la nada y sin explicación ven caer una decena de enemigos, y ahí está Trancas, sonriente y orgulloso con una espada pequeña y reluciente en la mano, Motas lo mira de arriba a abajo, “¿Y tú de qué demonios te ríes? hay que salir de aquí ya” Gánula parece olerlo al pasar junto a él, como dudoso de su real existencia, mientras Lerman sacándose unas gotas de sangre de la cara, pregunta sin esperar respuesta “¿De dónde diablos saliste?” La sonrisa de Trancas se apaga gradualmente hasta volver a su natural malhumor. 


León Faras.

martes, 5 de diciembre de 2017

Lágrimas Negras. Segunda parte.

XXX.

La vieja Zaida permanecía estoica y alerta sobre su caballo y bajo la lluvia frente al puente principal, completamente cubierto por lanceros y protegido por un buen número de arqueros. El general Rodas aun no regresaba. Él y sus hombres aun luchaban por contener a los Rimorianos que habían logrado atravesar el puente quemado. Siandro, por su parte, se veía sumamente aburrido con el pobre espectáculo y la incansable lluvia que lo calaba hasta los huesos. Un nutrido grupo de jinetes apareció en el camino al galope, dispuestos a atravesar el puente principal, los lanceros dispusieron sus lanzas para contenerlos, los arqueros prepararon sus flechas y el rey de Cízarin, torpe y ansioso, además de confundido por la oscuridad y la lluvia, por poco les ordena disparar, por suerte la vieja Zaida estaba atenta y rechazó la orden: los jinetes eran el grupo que acompañaba a Rianzo, uno de ellos, el de más alto rango, atravesó la gruesa cortina de soldados que protegían el puente para informar al rey que su hermano Rianzo había caído al canal y había desaparecido en las caudalosas aguas. Apenas terminó su informe, una flecha pasó muy cerca de él acabando ensartada en la cabeza del caballo del rey, el cual se encabritó de dolor, botando a su jinete para luego caer moribundo. El rey Siandro se puso de pie tan rápido y digno como pudo y sacó sus espadas, pero ni sus ojos, ni los de nadie, podían ver al enemigo oculto en la densa oscuridad de la noche. La vieja Zaida le ordenó que se retirara, la siguiente flecha podía darle en la cabeza a él, sus guardias personales se cerraban para protegerlo, cuando un buen grupo de Rimorianos atacó desde la oscuridad dando gritos salvajes. En primera fila, corría Cransi, llevando en alto una maza de madera forrada con hierro en su parte más gruesa y provista de púas afiladas. La dejó caer con furia sobre un escudo que se doblegó ante el golpe, al igual que el soldado que se protegía tras él. Otro inmortal de nombre Trancas abría paso con un hacha de guerra ante la cual, no se podía hacer otra cosa más que retroceder. Trancas era un viejo malhumorado, con un estómago enorme pero firme y brazos de leñador, usaba un bigote largo e hirsuto que le cubría hasta las orejas y parecía salir expulsado de su rostro. La situación se volvió caótica por un momento: los soldados Cizarianos fueron obligados a retroceder contra el puente, evitando que el grupo de jinetes del otro lado pudieran pasar, mientras los arqueros, tenían gran dificultad en disparar sus flechas sin que estas hirieran a sus propios camaradas. La vieja Zaida ordenaba con desesperación que despejaran el puente, pero sus gritos se perdían en el fragor de la batalla y el ruido del aguacero. Siandro, en medio de sus hombres, comprendió la situación y ordenó a los soldados retroceder, hasta llegar al otro lado pero en el entretanto, los inmortales avanzaban con ferocidad, incontenibles y provocando numerosas bajas al enemigo que luchaba por salir del atolladero y organizarse. Egan y Éger, los gemelos Rimorianos, luchaban pegados espalda con espalda, en la boca del puente, evitando que nadie entrara o saliera de él. Una nueva flecha voló desde la oscuridad clavándose en el hombro de la vieja Zaida que se dobló sobre su caballo, en parte por el dolor y en parte para protegerse de un próximo ataque. Algunos hombres se aproximaron a ayudarle, pero la vieja, en un nuevo relámpago que rajó el cielo, pudo ver una silueta corriendo agazapada sobre los tejados “Ahí está, ahí” grito, para que eliminaran al que parecía ser un tirador solitario que sabía bien escoger sus blancos.

En el otro punto, donde estaba el general Rodas, la situación no se veía mejor: el sitio entre el canal y la ciudad era estrecho y se estrechaba aun más con los numerosos cadáveres Cizarianos que se amontonaban y entorpecían la lucha. Las flechas caían casi con la misma intensidad que la lluvia, pero los Rimorianos, agotados y jadeantes, no parecían doblegarse por estas, hasta que uno de ellos fue alcanzado en el cráneo y su cuerpo por fin dejó de luchar cayendo al suelo convertido en un inútil no-muerto. Motas, con media docena de flechas clavadas en su cuerpo, lo observó con desprecio, pero no al hombre, sino a su condición desvanecida de inmortal, Rino, en cambio, lo observó preocupado, sus enemigos también lo habían visto, y para ellos sería un aliciente. Estaban demasiado expuestos, debían salir de ahí, o pronto todos comenzarían a caer de la misma manera. El grupo abrió camino para avanzar siguiendo la orilla del canal mientras Abaragar y su maza de hierro, contenía al enemigo, Motas le echó el último vistazo antes de alejarse con el grupo, pero el gigante Rimoriano seguía blandiendo su arma como un animal acorralado por una manada de lobos, se veía agotado y era evidente que su inmortalidad, no lo hacía ni más fuerte ni más resistente, pero la furia con la que luchaba sin duda era admirable al mismo tiempo que intimidante. Una espada se clavó en su costado, un atrevimiento que el Cizariano pagó con su vida. Abaragar ni siquiera se la retiró, con un grito terrible hizo girar su maza en frente de él de un lado hacia el otro, abriendo un callejón hasta dejarla caer de manera brutal sobre la cabeza del caballo del general Rodas, quien cayó de bruces al suelo y a los pies del gigante, que desde ahí, y a pesar de la escasa visibilidad, se veía imponente con su arma en alto, el general, desesperado, hundió el filo de su espada en la rodilla del Rimoriano, sin embargo, no había fuerza humana que pudiera evitar que la maza de hierro de Abaragar cayera sobre su pecho. Las espadas se clavaron en su espalda sin piedad ni recaudos, el gigante reaccionó como una bestia herida, con un giro violento que derribó a más de uno de sus enemigos, pero nuevas espadas se enterraban en su cuerpo, cubriendo su piel de la monstruosa cicatrización que trabajaba sin parar en su carne, su sangre y sus huesos, debilitándolo hasta caer sobre sus rodillas. Finalmente, una de las espadas enemigas atravesó su cuello, dejando su rostro contraído en una mueca de odio y dolor. Su cabeza rodó por el suelo y su temida maza cubierta de sangre enemiga, por fin se soltó de su mano, cayendo inerte al lodo.

Los soldados Cizarianos persiguieron a la silueta que corría sobre los tejados hasta que esta desapareció en la noche, para luego volver a delatar su posición con una flecha que quedó vibrando ensartada en un poste a escasos centímetros de la cabeza de uno de ellos. El callejón era angosto y empinado y el agua corría por él como por una acequia, al llegar a una escalera que terminaba en una bifurcación, una nueva flecha se clavó en el suelo y la silueta volvió a moverse sobre los tejados, huyendo. Los hombres la seguían con la sospecha latente de que estaban siendo guiados deliberadamente en una dirección, pero para ellos era inconcebible volver con las manos vacías y una excusa tonta. El camino terminaba en un delgado brazo del canal por el que el agua corría a gran velocidad debido a la pendiente y que era cruzado de lado a lado por un edificio usado como molino, los hombres se detuvieron allí e inmediatamente una flecha salió de la boca negra de la bodega del molino, clavándose en el pecho de uno de ellos indicándoles que debían entrar, pero no sin la protección de sus escudos por delante: era un lugar amplio pero destartalado, con abundantes goteras que en algunas partes eran chorros de agua que se perdían entre las rendijas del piso; un grupo de caballos del campo, habían encontrado refugio de la lluvia y la guerra allí y se ocultaban como sombras silenciosas en un rincón; el sitio estaba tenuemente iluminado por un par de débiles lámparas de aceite que colgaban de los postes. Para uno de los soldados, fue curioso ver que los caballos estuvieran atados a los pilares del edificio, pero no dijo nada, pues la silueta estaba allí, en la penumbra, sentada en el suelo y apoyada en un poste, pretendiendo ocultarse torpemente. Tarde se dieron cuenta de que aquel no era el enemigo que venían siguiendo sino sólo el cuerpo de un viejo incapaz de moverse con la agilidad que lo hacía la silueta sobre los tejados y aunque lo fuera, estaba demasiado borracho para intentarlo, pero antes de que notaran su error, los caballos fueron azuzados con violencia por una voz femenina y por un látigo corto y rígido que provocó la huida desesperada de los animales, quienes arrastraron consigo los envejecidos postes a los que estaban atados, provocando que gran parte de la estructura se viniera abajo dejando atrapados a los soldados Cizarianos entre la abundante paja y grano almacenados y el fuego de las lámparas.

Nazli era su nombre y era la única mujer inmortal de Rimos. Su puesto y su reputación estaban más que bien ganados y justificados, siendo una excelente arquera y muy hábil espadachín. Tenía bonito rostro con una inusual nariz respingada; era menuda y robusta pero sin un solo gramo que le sobrase en el cuerpo, usaba el pelo sujeto en una trenza gruesa, corta y negra que casi nunca desarmaba. Era hermana putativa de Abaragar criada por los padres de este, lo que de pequeña se tradujo en un profundo respeto por parte de todos los demás muchachos; y por parte de ella, en una constante necesidad de demostrar que, aunque tenía la mitad de su estatura, era una digna hermana del gigante de Rimos, que sin tener ni su fuerza ni su tamaño, sí lo podía igualar en valor y determinación a la hora de enfrentarse a cualquiera: grande o pequeño, armado o desarmado, en el campo de batalla o en una taberna.

Nazli corrió por el camino principal de la ciudad llevándose los caballos atados y tras ellos, los restos de los postes que saltaban y se golpeaban violentamente, lanzándose contra el enemigo de forma temeraria, tanto, que la ensangrentada lucha que se desarrollaba sobre el puente por alcanzar la otra orilla, tuvo que disolverse y ambos bandos huir en direcciones opuestas, ante la arremetida de la muchacha, quien no solo iba al mando de un grupo de caballos enardecidos, sino que también, los maderos que volaban tras ella, eran como proyectiles mortales, capaces de matar o mutilar con el menor esfuerzo a cualquiera que se cruzara en su camino, incluso a sus propios compañeros, de los cuales Trancas, quien era el que más ocupado estaba, sólo notó lo que sucedía al ver que sus enemigos arrancaban despavoridos, y no le quedó otra que lanzarse al canal en el último segundo en que la baranda bajo sus pies volaba hecha astillas. Varios que no alcanzaron a huir cayeron a su paso, pero la chica cruzó el puente sin que nadie intentara siquiera detenerla. Incluso Siandro, quien se salvó por los pelos y gracia a sus hombres, quedó profundamente admirado de la bizarría de aquella muchacha. A la orden del rey de Cízarin, un grupo de caballería salió en persecución de Nazli, mientras el resto se abalanzaba contra el puente, en persecución de los Rimorianos que huían de la caballería hacia los callejones de la ciudad.


León Faras. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Lágrimas negras. Segunda parte.

XXIX.

El palacio de Rimos, estaba animado sólo por el insistente repicar de la lluvia, sin embargo, la efervescencia de sus moradores se reactivó con la noticia del regreso del príncipe Ovardo. Las especulaciones se multiplicaron entre la servidumbre como la maleza en el campo: unos decían que el príncipe había regresado muy malherido de la batalla, otros aseguraban que el enemigo lo había atrapado, le había arrancado los ojos y lo había liberado, como escarmiento para él y para quienes lo siguieran y que la batalla por supuesto, estaba perdida. También había rumores de que el príncipe no estaba herido, sino que se había derrumbado emocionalmente, luego de enterarse de la muerte de su esposa y que había abandonado a sus hombres, los cuales seguían luchando solos, otros un poco más idealistas, replicaban que no estaban solos, sino que el rey Nivardo había tomado el lugar de su hijo y que la batalla aun no estaba definida. Nadie tenía certeza de nada, a pesar de la convicción que algunos mostraban al hablar, casi como si hubiesen estado presentes. Sin embargo, había un pequeño rincón, dentro de la cocina del palacio, en el que dos jóvenes y humildes sirvientes hablaban a solas y con toda propiedad de lo que habían visto: la acongojada Teté y el joven Cal Desci, ellos habían estado presentes en la dolorosa muerte de la princesa Delia y en la apabullante caída del príncipe Ovardo, e intercambiaban sus ingratas experiencias bebiendo un tazón de caldo caliente, el mismo cocido que habían mandado a preparar para que la princesa se recuperara luego del parto.

Para los “Rematadores”, el trabajo que le habían encargado se había vuelto un fastidio mucho antes de lo que esperaban, los cadáveres enemigos eran escasos, y más que nada se dedicaban a recorrer la ciudad de un lado a otro encontrando muertos y heridos de su propio bando por los que poco o nada podían hacer. Lo más interesante que habían encontrado había sido la cabeza del desafortunado Ranta, separada de su cuerpo, pero aun balbuceando sin hablar y moviendo los ojos sin ver; les dio tan mala impresión, que la machacaron por sospecha de que, de alguna manera, se uniera con su cuerpo y los atacara. Luego de mucho rato recorriendo los oscuros callejones, chapoteando en el barro, mojados de pie a cabeza y con pocas ilusiones de que su trabajo sirviera de algo, por fin encontraron a un soldado enemigo tirado en el suelo, parecía muerto, aunque aquello en su experiencia recientemente adquirida, no era nada seguro; tenía una profunda herida en el cuello por la que parecía que se había drenado todo el cuerpo y una bonita armadura decorada con los característicos diseños de enredaderas espinosas de Rimos. Parecía valiosa. También la espada y el puñal que llevaba en la cintura. Uno de los rematadores no dudó en intentar saquear el cadáver, pero su compañero lo detuvo con una advertencia: Era mejor asegurarse antes. Y de dos mazazos destrozó la cabeza del rey Nivardo de Rimos, y lo convirtió en un muerto más, dentro de una ciudad llena de muertos.

El capitán Albedo, de ninguna manera había llegado hasta la casa de Qrima por pura casualidad, él cumplía con una orden que le había dado Rianzo, el hermano del rey, y que era encargarse de la seguridad de su hijo Brelio y de Darlén, la madre de este. El viejo Qrima, era un paso intermedio en la misión que le habían encargado, ya que si las cosas empeoraban en la ciudad, debían llevarse a la muchacha y a su hijo fuera de Cízarin y eso era lo que venía a hacer, sin embargo, encontrarse con un soldado Rimoriano armado allí, era toda una sorpresa y no de las gratas. La hermosa Darlén, incómoda por la tensa situación, devolvió el bebé a Nila y agradeciendo la hospitalidad y cuidados de Qrima, se puso a disposición del capitán Cizariano para acelerar el proceso y que se retiraran pronto, pero Albedo no opinaba igual, para él, como para cualquier soldado, le parecía sumamente grave albergar y esconder enemigos cuando en su ciudad, su propia gente estaba siendo asesinada y quemando sus casas, dejando viudas y huérfanos por miles; para él no había excusas ni términos medio: si ayudas a un enemigo, pasas a ser enemigo también y debías ser tratado como tal, “No puedo pasar esto por alto: llévense a estos hombres y quemen la casa…” dijo, borrando su irritante sonrisa por primera vez desde que llegó. Un joven soldado tardó menos de diez segundos en salir y volver con una pequeña vasija de barro en una mano y una antorcha sin encender en la otra, lanzó el recipiente a la pared de un rincón para romperlo y desparramar el aceite que traía dentro y acercó la antorcha a la lumbre que iluminaba la casa, para encenderla, entonces Qrima se puso de pie, cogió su arco de la mesa y con toda tranquilidad, le apuntó con la flecha al rostro del soldado con la antorcha “No lo hagas, muchacho, dicen que una flecha en la cara duele más que en cualquier otra parte” Albedo estiró hacia afuera las comisuras de los labios y apretó los dientes haciendo un sonido sibilante, como dándole a entender que aquello de amenazar a un soldado Cizariano, era un error que sólo podía empeorar las cosas. Desenvainó su espada “¿Será posible que nos hayamos equivocado tanto contigo?...” Emmer protegía tras él a Nila y al bebé, mientras Darlén y su hijo Brelio permanecían custodiados por dos soldados Cizarianos junto a la puerta. Qrima aun apuntaba con su arco al muchacho de la antorcha. El capitán Albedo comenzó a pasearse con confiada precaución “…o tal vez sólo sea que estás confundido, aunque confundir el bando en el que estás, es algo muy estúpido en estas circunstancias, incluso para alguien como tú. Deja que te ayude…” dicho esto, se giró rápidamente hacia Emmer y le hundió su espada en la boca del estómago, ante el grito de horror de Nila. Qrima agarró a su sobrina de un brazo y la puso tras él. Albedo continuó “…baja ese arco, anciano ¿o es que aun crees que tienes algo que proteger?” Qrima mantenía su arco listo para disparar, Nila lloraba aferrada al bebé tras él “Yo ya hice lo que me pediste, sólo deja en paz mi casa. Nadie más tiene que morir aquí” “Tienes razón…” replicó Albedo, “…entonces ¿por qué sigues apuntándome con ese arco?” en ese momento, la tensión en el rostro del viejo, se relajó, al igual que la de la cuerda de su arco, el cual comenzó a caer lentamente hasta quedar apuntando al suelo. Albedo volvió a sonreír. Cogió un pañuelo de su manga y se dispuso a limpiar su espada, la sangre adherida a esta no era para nada normal: granulosa, pegajosa y negra. Nila detuvo su llanto. Albedo comprendió que algo sucedía, todos parecían sorprendidos de ver lo que estaba sucediendo tras él, al voltearse, Emmer estaba de pie, sin ninguna muestra de dolor y con su espada en la mano. “Pero…” fue todo lo que pudo decir el capitán antes de que el Rimoriano le cortara la garganta. Los seis soldados Cizarianos se mostraron alterados, con el desconcierto que produce lo desconocido y anormal y el miedo que causa enfrentarse a un inmortal por primera vez. Dos lucharon al mismo tiempo contra Emmer, mientras alguien daba la orden de quemar la casa e irse, el soldado de la antorcha titubeó, Qrima no le había quitado el ojo de encima, el muchacho se arriesgó a tratar de encender su antorcha y la flecha del viejo terminó alojada en su cara con fría precisión, tal como se lo había advertido y tal como se lo había advertido, parecía doler mucho más que en cualquier otra parte. Emmer derrotó a sus dos enemigos con habilidad y se abalanzó contra el tercero que parecía repartir órdenes desesperadas desde la entrada, los otros dos avanzaron decididos a eliminar al viejo, pero este, astutamente, lanzó su flecha contra la lámpara de aceite, apagando la pequeña lumbre y sumiendo la casa en total oscuridad.


Los sonidos y los ligeros destellos nacidos de los golpes de espada, chispas fugases en la oscuridad, pronto se extinguieron por completo, luego, una flecha se oyó salir del arco de Qrima y después largos segundos de silencio con el sonido monótono de la lluvia como fondo. Solo al cabo de un rato un generoso chorro de chispas, nacidos entre una piedra y un cuchillo, encendieron un brasero y la luz regreso, Qrima estaba junto al brasero, tras él estaba Nila aferrada al bebé que, alimentado y limpio no parecía tener nada más que exigirle a la vida. En la puerta estaba Emmer, en su antebrazo izquierdo, una profunda herida se cerraba dejando su monstruosa cicatriz enraizada. Darlén y su hijo permanecían en el mismo rincón, expectantes y asustados, y de los dos soldados que quedaban, uno permanecía de pie, inmóvil, con los ojos abiertos y una flecha atravesándole el cuello, mientras el otro, lo sostenía por detrás sin enterarse aun de que mantenía en pie a un cadáver. El sobreviviente dejó caer a su compañero y se quedó con aspecto desolado: un monstruo al que no se le podía matar y un abuelo que le metería una flecha entre los ojos antes siquiera de acercarse, tales eran sus opciones, “Estás muerto, hijo” le dijo Qrima con cierto brillo de piedad en los ojos, el Cizariano apretaba su espada y respiraba con fuerza, como un animal dentro de una trampa, “Tranquilo abuelo, todavía respiro…” “Lo digo por la herida que tienes en el mentón…” señaló el viejo. Era una herida insignificante pero limpia, hecha por un arma bien afilada, “…Yo no soy Cizariano, soy Bosgonés” concluyó Qrima. Emmer lo miró con el ceño apretado y luego al soldado de Cízarin, “¿Bosgos? Veneno…” El muchacho se tocó el mentón y luego se examinó la punta de sus dedos ensangrentados, él, al igual que casi todo el mundo, sabía que Bosgos era una ciudad cercana conocida por su enorme creatividad a la hora de producir venenos. Eso no era justo, no estaba dispuesto a aceptarlo, morir envenenado era lo peor, era una muerte sucia, reservada para traidores y hombres deshonrados, “No voy a morir así…” aseguró, y se lanzó contra Emmer en un ataque brutal y desesperado que el Rimoriano apenas pudo contener y luego de eso, siguió atacando con violencia desmedida hasta que el muchacho en su ceguera, clavó su espada en un poste mientras el arma de Emmer le rebanaba el estómago. Este, luego de recuperar el aliento, observó que la herida del mentón era realmente diminuta, “¿Qué clase de veneno usas? ha de ser realmente poderoso” El viejo recogía la antorcha apagada del piso, “No uso ningún veneno” replicó indiferente, Emmer le dirigió una mirada de duda a Nila y luego a Qrima de vuelta “¿Mentiste? ¿Por qué?” El viejo encendía la antorcha en el brasero, “El chico estaba aterrado, necesitaba que le quitaran el miedo a morir…” “Entonces, ¿tampoco eres de Bosgos?” “Sí lo soy, y allá nos dirigiremos. Este sitio ya no es seguro ni para ustedes ni para mí” concluyó el viejo, lanzando la antorcha sobre el aceite esparramado e incendiando su propia casa antes de salir.


León Faras.

viernes, 27 de octubre de 2017

Lágrimas negras. Segunda parte.

XXVIII.

Era difícil encontrar el camino en una noche tan cerrada, pero Nila hacía su mejor esfuerzo aguzando la vista y la memoria para encontrar alguna referencia que le indicara que estaba en la dirección correcta. El agua se agrupaba y corría por todas partes, el bebé estaba empapado y seguramente hambriento también y para empeorarlo aun más, Emmer sentía como si hubiese tragado una brasa de carbón ardiendo, que le estaba quemando las tripas, hasta el punto de hacerlo enrollarse de dolor como una oruga sobre su caballo. Nila se preocupaba, pero él le aseguraba que estaría bien. Por fin apareció en la oscuridad la silueta de aquel árbol que recordaba de su infancia, un gigante de mil años de edad, rajado a la mitad quien sabe si por un rayo o por la furia de algún dios antiguo, permanecía igual, con la mitad de su cuerpo viva y la otra mitad muerta, era una referencia clara de donde estaba y de hacia dónde debía dirigirse. Cerca de ese árbol, encontrarían un pequeño pero robusto muro de rocas apiladas, que descendía por una larga y suave pendiente que Nila recordaba cubierta de hierba y flores pero ahora sólo tenía riachuelos de agua turbia y barro. Luego el cerco se bifurcaría y siguiendo el de la izquierda, en pocos minutos debería aparecer la casa del tío de Nila, Qrima. Emmer trataba de contener el dolor, apretándose el estómago y usando toda su fuerza de voluntad para mantenerse sobre el caballo. La casa apareció cuando ya estaban a pocos metros, oculta entremedio de numerosos árboles ahogados en la intensa oscuridad de la noche, imposible de encontrar para cualquiera que no conociera de su existencia. Nila se bajó del caballo y buscó la puerta mientras Emmer la seguía torpemente debido al dolor. La puerta estaba trancada por dentro, pero al golpear y gritar, se oyó que alguien le abría, en ese momento, Emmer sintió como una fuerza violenta y rápida le atenazaba la pierna, lo derribaba y lo elevaba en el aire hasta dejarlo colgado cabeza abajo y la voz de un anciano que lo apuntaba con su arco, dispuesto a meterle una flecha en el pecho. Dentro de la casa, una mujer joven y de hermoso rostro asustado, protegía tras ella, aferrada a una horqueta en las manos, a un niño de apenas dos años, Nila reaccionó con angustia, anunciando quien era y que sólo buscaban refugio, el viejo Qrima, reconoció a Emmer como un soldado de Rimos, pero también a Nila como su sobrina, y ante el grito de espanto de esta, apuntó al hombre colgado y disparó. La flecha pasó a dos centímetros de la cabeza de Emmer y con exquisita puntería cortó la soga que lo sostenía algunos metros más allá, luego el viejo bajó su arco y sin suavizar su expresión, apuró a todos para que se metieran dentro. Emmer necesitó de una ayuda extra para conseguirlo.

Qrima era un anciano fuerte y con el carácter amargado luego de años viviendo solo, tenía la barba y la cabellera de ermitaño rodeando una enorme calva que casi siempre cubría con un sombrero ancho. Cogió a Emmer por debajo de los brazos y lo recostó en el suelo de la casa, Darlén, la hermosa muchacha que lo acompañaba, se acercó con la mísera lumbre que los iluminaba, todos se espantaron al ver la monstruosa cicatrización en el estómago del Rimoriano, era una gran protuberancia oscura en el abdomen, con amplias ramificaciones, que escupía un líquido blancuzco y de mal olor, “¿¡Qué demonios es esto!?”Exclamó el viejo con mueca de asco. Ninguno de los presentes había visto nunca nada parecido y era imposible imaginar qué hacer para ayudarlo. El dolor torturaba a Emmer con insistencia hasta que la herida vomitó por sí sola una bola dura y negra que rodó por el suelo: era la bala de hierro que le había quedado atrapada en las entrañas, sólo entonces el soldado sintió alivio, la herida cicatrizó, aunque la marca que dejó no era nada agradable de ver y por fin el hombre pudo descansar, Nila preguntó ingenua, si se recuperaría, mientras su tío observaba con curiosidad la bala, preguntándose cómo había llegado hasta allí. Enseguida, Nila y la hermosa Darlén, se preocuparon del bebé, secarlo, darle abrigo y por supuesto, alimentarlo, de esto último se encargó la segunda, ante la mirada de confusión de Brelio, su propio hijo. Emmer, con su herida rápidamente recuperada gracias a su inmortalidad, pudo incorporarse, Qrima, lo miraba con desconfianza desde la mesa, “Deben irse…” dijo sin preámbulos, luego de secar un vaso de vino. Nila deseaba al menos esperar hasta que el aguacero se acabara, pero el viejo insistió, “…no lo entienden. Este no es un lugar seguro para ustedes. Deben irse lo antes posible” Darlén, aun con el bebé aferrado a su pecho, los miraba con infinita compasión, pero su expresión cambió cuando entró a la casa un capitán Cizariano sacándose el yelmo y pasándose la mano por el rostro para quitarse el agua, seguido de seis soldados que igualmente venían empapados hasta los huesos. El capitán Albedo era un hombre de baja estatura y mediana edad, con abundante pelo encanecido en los costados, poseía una gran nariz que se complementaba a una permanente sonrisa cínica. Se detuvo y observó la escena sin perder su desconcertante y fingido buen humor, todo lo contrario de Qrima, que lucía rebosante de fastidio.


El agua caía por todas partes y se amontonaba y corría en todas direcciones, lo que convertía el campo de batalla en un laberinto oscuro y cubierto de lodo. Un grupo de Rimorianos avanzaba al trote bordeando la ciudad por una callejuela larga y angosta, en su camino, se encontraron con un destacamento de arqueros que en ese momento usaban una escalera para encaramarse a los tejados. El grupo de inmortales se les lanzó encima evitando siquiera que prepararan sus armas, mientras dos jóvenes hermanos Rimorianos, gemelos idénticos, perseguían a los que habían logrado subir. Sus nombres eran Éger y Egan, y sólo se podían diferenciar porque el primero llevaba una espada y un pequeño escudo Rimoriano de metal y el segundo, una alabarda con hoja y gancho. Ambos eran buenos luchadores, pero verlos pelear juntos era completamente distinto, como una pareja de baile que luego de años practicando juntos, casi pueden leer la mente del otro. Éger corrió con su escudo enfrente tras los arqueros que soltaron sus flechas contra él, sabiendo que su hermano estaba pegado a su espalda. Atacó con su espada en un golpe descendente para que al agacharse, la alabarda de Egan pasara por sobre su cabeza e hiriera al enemigo al que acababa de romper su defensa, luego atacaba él con su espada en círculo, dejando su hombro y escudo en línea para que el arma de su hermano se deslizara por ahí, entrando frontalmente o desgarrando con su gancho al retroceder. Sus enemigos, menos preparados para la lucha a corta distancia, cayeron rápidamente, al avanzar por los tejados, vieron desde la altura que el canal que les cortaba el paso, había crecido considerablemente, luego, al reunirse con el resto de su grupo, descubrieron con frustración que el puente que lo cruzaba estaba totalmente destruido, deberían buscar otro sitio por donde pasar, pero en ese momento oyeron los gritos de uno de sus compañeros rezagado, parecía realmente agotado, tal vez, herido. El nombre de este era Cransi, un tipo grande, un poco obeso, que se sujetaba el pelo con un moño en la mollera, ese tipo de personas de las que todos se burlan a pesar de que podría aturdir a cualquiera de un solo golpe si quisiera. Traía la escalera que habían dejado los arqueros Cizarianos, y pasando por el medio de todos, la tendió sobre el canal a manera de puente, luego se les quedó mirando como el perro que, luego de traer el palo que le ha lanzado su amo, se queda esperando su aprobación por el truco que ha hecho. Sus compañeros se miraron entre sí: a ninguno se le había ocurrido, luego rieron y lo felicitaron. Cransi tenía sus momentos.


León Faras.