lunes, 11 de junio de 2018

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.


XX.

Había amanecido un día radiante, y Cornelio, feliz y entusiasmado a pesar de lo larga de la noche anterior, animaba a sus somnolientos trabajadores a limpiar, ordenar y preparar todo para recibir a la, seguramente, numerosa muchedumbre que se congregaría para admirar a la nueva y fulgurante estrella de su circo: Eloísa, ésta, despierta y sorprendentemente animada pese a lo tarde que se había ido a dormir, hacía limpieza en su tienda canturreando como la más responsable de las dueñas de casa, un poco más allá, en su respectiva tienda, Von Hagen, aun con el ánimo magullado por la resaca, se recortaba el bigote y se emparejaba la barba con una diminuta tijera frente a un trozo de espejo con forma aceptablemente triangular, mientras el gigante Ángel Pardo, doblado su cuerpo en un incómodo ángulo agudo, se lanzaba agua a la cara desde un lavatorio con sus enormes manos, para luego restregársela con energía. Un hombre entró al circo caminando relajado, con las manos en los bolsillos y observando todo con curiosidad como un turista que visita un museo, Cornelio Morris apareció tras él de improviso para advertirle que aquel no era un buen momento para andar husmeando, el hombre, luego de la impresión que le causó la llegada repentina de Cornelio, le dijo con una sonrisa amigable que no husmeaba, sino que se preguntaba si podrían darle algún trabajo en el circo, las cosas no habían andado bien para él y cualquier cosa le serviría, desde hacer limpieza hasta cocinar si era necesario, Morris le respondió que estaba hasta las narices de trabajadores y que no necesitaba a nadie más, pero el hombre insistió. Cualquier cosa le vendría bien. Cornelio lo miró de arriba abajo respirando profunda y sonoramente por la nariz, “¿Cualquier cosa, eh?” murmuró. Aquel hombre se le hacía sumamente sospechoso, como si ocultase algo, no sabía qué, pero olía a cinismo por todos lados y eso a Cornelio lo animaba, le gustaba ver cómo chocaban con la realidad como si se estrellaran contra una muralla, aquellos que pretendían pasarse de listos con él, y este, sin lugar a dudas era uno de esos “…bien…” finalmente aceptó Cornelio “…creo que puedo hacer algo contigo. Deberás firmar un contrato” El hombre asintió satisfecho.

Condujeron por horas sin detenerse y forzando al máximo el motor de su furgoneta, después de todo, esas fotos valían más que su vehículo, pero aun así, los hermanos Corona no pudieron llegar antes de que las increíbles presentaciones de la chica alada y la sirena, hubiesen acabado, sin embargo, el lugar seguía abarrotado de gente, mucha más que el día anterior, y todos se veían absolutamente fascinados con el espectáculo. Damián tomó la furgoneta y se fue a arrendar el mismo cuarto que habían usado el día anterior, descargar las cosas y prepararlo todo, Vicente se quedó ahí, para tratar de averiguar algo sobre la estadía del circo y asegurarse de que no desapareciera, al menos, mientras no encontrara a Diego Perdiguero, pues éste debía estar cerca, había quedado de pegarse al circo y no moverse de ahí hasta que ellos llegaran. Los comentarios de admiración se oían por todos lados, el ángel atado con una cadena había dejado a todos fascinados, sin olvidarse de la asombrosa aparición de la sirena, atrapada dentro de un enorme cubo de cristal. Vicente recorrió el circo preguntándoles a las personas sobre qué habían visto y qué les había parecido, pero sobre todo tratando de averiguar si el circo haría otra presentación en la ciudad al día siguiente. Las risas de unos jovenzuelos haciendo travesuras llamaron su atención: echaban un vistazo tras unas lonas, espiando, en determinado momento, algo los asustaba y los niños salían huyendo. Vicente, luego de mirar a su rededor, se acercó a echar un vistazo él también, abrió la lona tímidamente. Un cristal. Se acercó para ver si podía distinguir algo, pero nada, hasta que de improviso, ¡BUM! apareció la sirena con ambas manos pegadas al vidrio para asustar a los muchachos que hace poco rato estaban espiándola. Ambos, Lidia y Vicente, se quedaron mirando con la misma cara de sorpresa: ella lo reconoció, era el hombre que había visto el día anterior con un carrito, haciéndose pasar por barrendero, porque no sabía qué era, pero no era un barrendero, y él, atónito, veía el rostro de Lidia de cerca y podía asegurar que era la misma mujer de su foto, la misma que en la imagen aparecía encerrada tras las toscas rejas de una especie de gallinero. Vicente retrocedió un paso o dos, hasta que una mano enorme se posó en su hombre: “Disculpe, señor, pero el circo ya está cerrando. Si gusta, puede usted regresar mañana” Vicente se volteó, pero, a pesar de no ser tan bajo, sólo se encontró cara a cara con el estómago de Ángel Pardo. ¡Santo Dios! era un tipo enorme. “Entonces, ¿mañana estarán aquí mismo?” preguntó. Era incómodo hablarle tan de cerca y al mismo tiempo mirarlo a la cara. El gigante asintió. En realidad, Ángel sabía que Cornelio podía tomar su circo y llévaselo a otra parte en el momento que quisiera, pero suponía que se quedarían allí un día más, después de todo, la afluencia de público había estado más que abundante. Cuando Damián se enteró, decidieron pasar la noche dentro de la furgoneta y en las cercanías del lugar, no podían arriesgarse a que el circo se marchara durante la noche sin que nadie estuviera vigilando.

Mientras estaban allí, montando guardia dentro de su furgoneta, Vicente estudiaba una tras otra, todas las fotos que él había tomado la vez anterior. Volviendo una y otra vez a la foto de aquella mujer enjaulada sin poder entender qué había sucedido, la sirena estaba allí, dentro de su cubo de cristal, la acababa de ver hacía pocas horas. De pronto descubrió algo, algo que le daba vueltas y vueltas en la cabeza, fastidiando como una mosca en verano: un rostro. Un rostro de alguien normal que casualmente había aparecido en una de sus fotos. Parecía ser un trabajador del circo o más seguramente un hombre común y corriente curioseando entre las atracciones, pero ese rostro le sonaba de alguna parte, de alguna parte que no coincidía con la realidad, como un sueño al que no podía ponerle tiempo ni espacio, hasta que lo recordó. Se emocionó tanto que Damián, a su lado, debió preguntarle qué rayos le sucedía: el hombre de la foto, era el gigante. En la imagen no se veía alto, comparado con el resto de las personas a su lado, pero era el rostro de él, Vicente lo había visto a la cara esa misma tarde, era él, sólo que en la foto lucía una estatura normal. Su hermano lo miró como quién mira a un borracho hablando estupideces: era muchísimo más probable que se hubiese confundido, a que un gigante se encogiera o que resultara que tiene un hermano gemelo, pero con estatura normal. Vicente no era tonto, sabía que lo que estaba sugiriendo no tenía patas ni cabeza, pero lo que había sucedido con las fotos, tampoco las tenía. Lo del gigante podía ser una confusión o una suprema estupidez, conforme, pero él, recordaba muy bien el momento en que le tomó la fotografía a la sirena, la gente amontonada y expectante, el dueño del circo y su espectacular presentación, la mujer tras el cristal, mirándolo a los ojos. Todo muy diferente de lo que había captado su cámara.

La noche pasó, y mediante turnos, los hermanos Corona, se aseguraron de mantener vigilado el circo y que este no se fuera durante la noche. Por la mañana temprano, Vicente ya estaba listo con su carro de basura con cámara escondida, comenzaría a merodear antes de que la gente empezara a amontonarse. Tal vez tuviera suerte y podría captar algunas buenas imágenes. Por su parte, Damián, no iría de nuevo al balcón de la viuda de la vez anterior, se quedaría en la furgoneta, ésta estaba bien adaptada para usar la cámara telescópica desde allí, y además, podía moverse libremente para buscar el mejor ángulo.

Vicente se paseó por todos lados fingiendo recoger basura por aquí y por allá, hasta que de pronto, la suerte le sonrió: las cortinas de una tienda se abrieron y apareció Eloísa, la chica alada, sacudiendo cojines y aseando su espacio con un canturreo feliz. Vicente se quitó su gorra de basurero, se rascó la cabeza y se la volvió a poner. Esa chica realmente tenía un par de alas pegadas a la espalda. Debía tomarle una foto, pero el interior de la tienda era demasiado oscuro e intentarlo, sólo sería una pérdida de material. Sólo tenía que esperar. Echó un vistazo alrededor y se puso a ajustar el lente de su cámara, la luz de la mañana aun era tenue, tal vez podía buscar otro sitio mejor iluminado. En eso estaba, cuando se dio cuenta de que alguien lo observaba sólo a un par de metros detrás, era Von Hagen, con un lavatorio en las manos, dispuesto a botar el agua tras su tienda, con la que se había lavado la cara y parte de su velludo cuerpo. Horacio no entendió bien, pero por lo que había visto, algo raro pasaba con ese barrendero, era seguro que al menos, no andaba recogiendo basura entre las tiendas del circo, “¿Qué crees que haces?... ya te he visto antes husmeando por aquí…” Von Hagen lo tomó como un simple fisgón, pero Vicente se sintió identificado, una peligrosa condición para alguien cuyo trabajo dependía de pasar desapercibido. Se vio obligado a confesarle lo que hacía y a rogarle que no lo delatara, Horacio, aun con el lavatorio con agua en las manos, no parecía convencido, es más, se sentía un poco como un pez al que le están abriendo el hocico a la fuerza para meterle el anzuelo dentro, “Mira…” dijo Vicente metiéndose la mano al bolsillo de su camisa, “…esta foto la tomamos aquí mismo hace un par de días, pero algo muy raro sucedió, no aparecen las que se supone, son las atracciones de este circo…” Von Hagen bajó el lavatorio al suelo para coger la foto. Efectivamente en la imagen aparecía Ángel Pardo, pero sin ser el gigante desproporcionado que era, sino, sólo uno más de la multitud esperando la aparición de la sirena. Frente a la cámara y de espaldas a ésta, había un hombre parado de manos en los bolsillos, tenía la camisa arremangada y se veían sus brazos muy blancos, el cabello era de un rubio-rojizo encendido, Horacio no lo podía creer, “Oh, por Dios… ¿ese soy yo?” Sí, lo dijo en tono de pregunta, aunque nadie podía estar más seguro que él. Era él, pero sin el vello que le cubría todo el cuerpo. De pronto, tuvo una inspiración, “¿Fotografiaste a Lidia?” preguntó, casi ansioso, “¿Quién es Lidia?...” contrarrestó Vicente, “¡la Sirena!…” aclaró Von Hagen. La imagen de Lidia metida en el gallinero hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas, no entendía bien qué era lo que sucedía, pero más que nunca quería liberarla. “Si me ayudas, puedo darte dinero…” sugirió Vicente, Horacio negó nervioso, “No, no, no… dinero no. La foto, quiero la foto y te ayudaré” Vicente aceptó, después de todo, Bolaños no le pagaría nada por ellas.

En eso, la voz de Cornelio comenzó a tronar que todo el mundo se pusiera a trabajar recogiendo todas las cosas, porque el circo se iba, no habrían más presentaciones en esa ciudad. Él sabía por qué hacía lo que hacía y nadie tenía el derecho ni la intención de cuestionarlo. Vicente dijo que seguirían hablando en el próximo lugar a donde fueran, que podía seguir los camiones en una furgoneta, pero Horacio le dijo que no, que no los podría seguir. Vicente no quedó muy convencido de eso, su furgoneta no era tan rápida, pero seguro podía seguirles el paso a un par de camiones con acoplados, pero igual le dio un papel con un número. Era el número del turco Emre, el teléfono con el que se comunicaban con Diego Perdiguero. Para Horacio, eso no era mejor, nunca había hablado por teléfono, pero era mejor que nada.



León Faras.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La Prisionera. Capítulo cinco.


Capítulo quinto.

I.

En el socavón, Madra hizo una pequeña demostración de su magia haciendo arder un par de leños rezando cuatro versos en una lengua antigua y luego soplándolos de cerca hasta que de la nada, el fuego se encendió, sin embargo, lo más maravilloso era que ese fuego producía luz y calor, pero no consumía la leña, por lo tanto podía permanecer encendido indefinidamente, hasta que el mago usara otros versos para extinguirlo. Pasaron el día así, comiendo y conversando junto al fuego. Lázar sacó de las alforjas que cargaba Ascaldari, su pollo gigante, un trozo de carne seca y un poco de vino dulce para ofrecérselo con toda ceremonia y respeto a Idalia, quien no podía evitar sentirse incómoda con toda la formalidad del caballero para con ella. Driana tenía en su bolso una buena cantidad de frutos, de extraña forma pero agradable aroma que su hermano Cían, había recolectado ahí mismo, dentro del socavón, pues hacía muchos años que ni la ciudad, ni la jungla, sabían de hospitalidad al momento de atender al visitante con algo de comer, sólo allí, bajo la luz del Corazón de Antigua, la naturaleza mantenía su noble misión de proveer al hombre. Madra, por su parte, cargaba encima con un trozo de pan, el cual también repartió entre todos, eso, además de unas curiosas semillas que el mago llevaba en una bolsa y de la que siempre estaba sacando, pelando y masticando. La conversación no podía ser sobre otra cosa, que no fuera sobre Idalia y su increíble parecido con la reina, la de aquel lado, la reina Idalia, como misteriosamente, también se llamaba. Ella no podía entender cómo la podían confundir con otra persona, que, aunque tuvieran algún parecido, claramente no era ella, y los demás se preguntaban cómo dos personas podían parecerse tanto y más allá de lo físico, los demás, menos Lázar, él estaba, o quería estar seguro de que Idalia era su reina. Lo más interesante, vino cuando interrogaron a Idalia sobre cómo y por qué había llegado hasta Antigua, la mujer respondió que no tenía ni mínima idea del porqué, sólo que había despertado sobre un puente, que la llevó hasta el muro y allí una criatura que parecía una estatua con forma similar a la de un insecto, la asustó tanto que cayó al río, atravesando el foso y llegando hasta allí, donde Driana la había encontrado. Madra, quedó my interesado en aquella escultura con forma de insecto, pero la gran pregunta vino de la joven Driana: ¿Cómo había llegado la mujer hasta el puente? La pregunta era de lo más coherente pensando qué, el puente que cruzaba por encima de la jungla para llegar a la ciudad, hacía mucho tiempo que estaba cerrado para el visitante, como la ciudad. Idalia les aclaró que del otro lado no estaba cerrado, sino destruido, y que ella, sólo recordaba haber despertado allí, rodeada de restos humanos, luego de haber sido devorada por una criatura enorme de roca y lava, la que, por alguna razón, no la mató como a las otras. Driana no lo podía creer. Cuándo ella, la muchacha, la encontró en el agua, le habló en el idioma de los salvajes de la ciudad vertical, pues se dio cuenta de inmediato que era uno de ellos, por eso la ayudó, porque aunque Idalia no se había dado ni cuenta aun, ella también llevaba los mismos tatuajes bajo los ojos, se los habían hecho los salvajes mientras dormía, con una pintura especial que era prácticamente imposible de quitar, aquella era la señal de las “sacrificadas” de las mujeres entregadas al Débolum. Driana fue una de ellas, sin embargo, ella no estaba dispuesta a dejar solo a su hermano, robó un par de alas y se largó de allí. Aquella noche fue particularmente oscura, y para cuando se dieron cuenta, estaban sobrevolando la jungla. Lograron mantenerse en el aire hasta que el muro los detuvo. Tuvieron suerte. Por eso es que para la muchacha, la historia de Idalia era tan increíble, pues haber sobrevivido al Débolum, era algo que nadie había hecho nunca antes. Con respecto a los otros dos, habían llegado a la ciudad Antigua atravesando directamente la jungla, aunque con distintas maneras de encarar: Madra, lo había hecho utilizando los antiguos conocimientos que había acumulado en sus largos años practicando la magia, Lázar, en cambio, lo había hecho como un caballero, enfrentándose al peligro con valentía y riéndose de la muerte, si esta se presentaba, aunque era justo darle algo de crédito a Ascaldari, el cual, debido a su poco desarrollado cerebro de pollo, no le hacían gran efecto los gases alucinógenos de la selva, pero en cambio, le habían servido muy bien su instinto y resistencia física, para salir con vida de allí y sacar con vida a su amo.

Se pasaron el día entre comida y conversación y una más que necesaria siesta. Para cuando despertaron, la noche caía nuevamente y la niebla negra y tóxica de la jungla, se retiraba.

Gíbrida estaba cómodamente sentada en una silla con las botas sobre un barandal en la cubierta de la barcaza, limpiaba y aceitaba primorosamente su querida escopeta de doble cañón basculante, regalo de Gálbatar, hacía varios años ya. Si había algo que realmente le importara a la muchacha en este mundo, eso, era su escopeta. Gálbatar, en una mesa junto a ella, revisaba uno tras otro los numerosos planos de la ciudad Antigua en compañía del imponente Licandro, como una pareja de piratas escudriñando los mapas de un formidable tesoro. Cruzarían por aire toda la inmensa y peligrosa selva circundante, luego dejarían anclada la barcaza sobre las ruinas de la ciudad y descenderían con cuerdas. De ahí podían ponerse a buscar la entrada a la verdadera ciudad Antigua. “El foso” era la primera opción, la más segura y la más directa, en opinión de Gíbrida y también de Licandro, pero Gálbatar la desechó de inmediato: también era la más difícil de encontrar, el río, movía el foso de un lugar a otro, y era un río inmenso y también profundo. Algunos lo encontraban sin siquiera buscarlo mientas que otros, podían pasarse años tratando de hallar la dichosa entrada, claro, si algo no los mataba antes, pero si la encontraban, otro tema era entrar en ella, debía hacerse con cierta fuerza, pues la propia corriente del río te lo impedía. “La entrada del Ladrón” era la mejor opción para el alquimista, Licandro lo miró como quien cambia oro por rocas, esa entrada estaba protegida por un ejército, era muy arriesgado intentar atravesarla, pero Gálbatar parecía ya tener todo calculado: el ejército, era más bien una guardia, “La guardia de los Mancos” y aunque sí eran peligrosos, al menos sabían a qué se iban a enfrentar e irían bien preparados. Era la entrada más segura, desde el punto de vista de ubicación y resultados, sólo debían tener cuidado. La tercera opción conocida, era “El Gigante dormido”, y para Licandro, esa, no era una opción.

El interior de la jungla era un lugar espectacularmente hermoso, no había otra forma de describirlo en lo que a formas y colores se refiere: los troncos de los árboles pulidos y suavemente veteados, como si estuvieran hechos de mármol, con formas armoniosas y movimientos circulares, acabados en un follaje simétrico formado por hermosas hojas de colores intensos, vivos. Las enredaderas lo decoraban todo, con manchones maravillosos de pequeñas hojas y multitud de multicolores flores que escalaban los troncos, colgaban sus cuerpos serpentinos de las ramas y saltaban de árbol en árbol como una curiosa e intrincada red de comunicaciones que conectaba toda la selva, mientras que en el suelo, las numerosas plantas de tierra vigilaban celosamente que los intrusos se movieran sólo por los senderos que la jungla tenía preparados para ello, senderos que ya de por sí eran peligrosos, pero fuera de ellos se ocultaba con toda seguridad la muerte: la bruma venenosa, los vapores alucinógenos y las incontables trampas que la selva ocultaba para capturar a los incautos, eran razones más que convincentes para no aventurarse más allá de lo necesario. La selva cantaba, y sabía hacerlo muy bien, pero cuando la oías, debías estar bien entrenado para ignorarla de inmediato, porque si le ponías atención, te perdías como un marinero ante el canto de las sirenas. La jungla también sabía imitar muy bien las voces de las personas importantes en tu vida, las más amadas y las más extrañadas. La selva podía convertir tus sueños en realidad y tu realidad en un sueño, podía presentarte ante tus ojos el más dulce anhelo o acosarte con el más cruel peligro. Todo esto lo sabía muy bien el Místico, y corría a gran velocidad y apenas tocando el suelo, siguiendo el mismo camino que desde incontables generaciones venía siendo usado por su cofradía. Cruzó un brazo del río apenas salpicando agua de la superficie y sin detenerse llegó hasta el gran árbol de piel oscura, un árbol cuyo tronco estaba formado de numerosos tallos enroscados y trenzados formando uno solo, grueso y atormentado de abundante follaje color rojo escarlata. En él, y sólo en él, podía encontrarse un pequeño fruto cuyo jugo, haría que el Místico soportara todo el tiempo que debía soportar, el cargado e irrespirable aire de la selva. Debía llegar al Gigante dormido, esa era su entrada a Antigua y debía hacerlo antes de que se acabara el día.



León Faras.

domingo, 13 de mayo de 2018

Lágrimas Negras. Segunda parte.


XXXIII.

Un grupo de jinetes, custodió al rey de Cízarin de regreso a su palacio a todo galope, mientras el resto de los hombres se organizaba para perseguir, atrapar y eliminar a los enemigos que huían. Uno de los soldados, uno de los más antiguos, se acercó donde la vieja Zaida para llevarla donde pudieran curarle la herida de flecha en su hombro, pero la mujer se negó, y le pidió que él mismo le curara con el procedimiento normal que usaba cualquier soldado durante una batalla, el hombre respondió que para eso debían retirarle la flecha y cauterizarle la herida, pero allí, con el aguacero que caía, no disponían ni de una mínima brasa para ello, pero Zaida insistió, “Sólo quítala…” el hombre accedió, y llevó a la mujer a un lugar guarecido de la lluvia para retirarle la flecha, la cual por fortuna, su punta de hierro con forma de arpón había salido por la parte de atrás, de esa manera, era mucho más fácil el procedimiento. Mientras el soldado hacía aquello, Zaida sacó un par de hojas de un conocido arbusto de una pequeña bolsa atada a su cintura y se la metió en la boca para masticarlas, cuando la flecha salió, la vieja sacó la pasta molida y babeada y se la puso en el agujero en su hombro. Luego el soldado la vendó con un trozo de tela. Aquello no era tan eficiente como un buen hierro incandescente, pensó el veterano soldado, pero al menos serviría.

Nazli, apenas salió de la casa de su captor, no se iba resignada, tenía la idea de regresar en busca de su armadura y sus armas, pero una vez que los soldados Cizarianos se hubiesen ido, no quería darles tan pronto, la decepción de ver que habían liberado precisamente al soldado enemigo que buscaban. Recorrió los estrechos senderos hasta encontrar un camino por donde dar la vuelta y regresar a la misma casa por detrás, pero antes de llegar al fondo del callejón en el que entró, se encontró con una situación que, desde el principio, le pareció ominosa. Un grupo de muchachos armados y vestidos en parte como soldados de Cízarin, como si le hubiesen dado acceso a una bodega llega de piezas sobrantes de armaduras y cada uno hubiese tenido que escoger lo que mejor le quedase o lo que lograra apropiarse, soltaban bromas y risotadas frente a un hombre muy malherido que parecía atado a una valla de madera, cubierta de infinidad de flechas ensartadas, “…¡por todos los dioses, abuelo!, ¡qué mal te ves! si yo fuera tú, estaría pidiendo a gritos que me rompieran la cabeza como una nuez, ¿por qué no acabas con tu dolor? sólo tienes que pedirlo…” Era obvio que si aquel hombre seguía con vida, era porque se trataba de un soldado de Rimos, como ella, aunque desde donde estaba, era difícil de identificar quién con exactitud. Nazli, a paso tranquilo y bajo la lluvia inclemente, se acercó por detrás, llevando colgado de su mano el cuchillo que le habían dado. Los muchachos, ella no lo sabía, pero eran los autodenominados, “Rematadores”, y habían encontrado a aquel soldado, que permanecía clavado y acribillado de flechas en la valla, para reventarle la cabeza con una maza, según eran sus órdenes, sin embargo, no lo hacían, porque era todo un espectáculo ver la cantidad absolutamente desproporcionada de heridas recibidas en un solo cuerpo que se resistía a fenecer. Nazli conocía muy bien al tipo de muchachos que formaban el grupo de los Rematadores: eran los chicos desechados de la milicia, algunos demasiado jóvenes o débiles, otros, poco inteligentes, otros tenían algún defecto que les impedía convertirse en buenos soldados, como ella misma, que estuvo buen tiempo relegada a un grupo similar por el defecto de ser mujer, y en aquellos grupos, indefectiblemente tenían que estar los llamados “Chicos problemas” aquellos que no respetaban la autoridad, los que siempre querían pasarse de listos; vagos y fanfarrones que casi siempre conseguían su pequeño grupo de esbirros al que dirigir y someter a sus caprichos so pena de convertirse en blanco de castigos y humillaciones: chicos más débiles que él o solamente con una personalidad más apagada que preferían dejarse dominar para evitar confrontaciones. Chicos así le causaron varios malos ratos a la joven muchacha, hasta que aprendió una regla de oro: darles tu temor, es darles tu comida. Deja de temerles y los matarás de hambre.

El piso era un barrial, lleno de flechas ensartadas como juncos en un pantano, salpicado de cadáveres que asemejaban ser islas de un nutrido archipiélago; principalmente caballos, pero también algunos hombres. Ningún Rimoriano. Uno de los muchachos, quien permanecía largo rato apoyado en una pared con los brazos cruzados; flaco y alargado de pies a cabeza como la lanza que sostenía, vio a la chica y dio la alarma con todo el aspaviento del mundo, como si se hubiese abierto el cielo y estuviesen bajando carros de fuego de él. Nazli pensó que ya se habían tardado demasiado en verla. Un chico enorme y obeso pero con un rostro innegablemente infantil, salió a detenerla con la formalidad de un guardia que protege la integridad física de alguien importante, era evidente que algo no estaba del todo bien conformado en su cabeza, llevaba una armadura hecha de tablas y cuerdas que parecía construida por y para un niño, un yelmo, que aunque sí se veía como uno verdadero, estaba viejísimo y lo llevaba encajado a la fuerza en la cabeza el muchacho y para terminar su extravagante apariencia, cargaba al hombro con un espadón enorme, pero hecho de madera. Nazli no quería tener que pelear con alguien así, pero había que reconocer que el chico gordo se tomaba muy en serio su papel, sin embargo, otro chico le habló y el muchacho gordo se detuvo, apoyó la punta de su espadón en el suelo y se quedó parado con solemnidad bajo la lluvia. El chico que le habló, parecía ser el líder, al menos tenía una buena estatura y hasta un pequeño bigote, uno muy fino, pálido y ralo, pero tenía. También tenía una armadura casi completa de soldado Cizariano, con el emblema de la Flor de Cízarin en medio del pecho y un yelmo que cargaba bajo el brazo, como había visto que algunos soldados lo hacían en sus ratos de descanso. Tenía el cabello largo y debía inclinar la cabeza hacia atrás para que no se le cerraran los mechones de pelo mojado frente a la cara, lo que le daba cierto toque petulante, eso sumado a unos enormes dientes incisivos que siempre estaba mostrando debido a una innegable mandíbula floja, incapaz de mantener la boca cerrada por mucho tiempo, “¿Estás perdida, muchacha?...” dijo haciendo un gran esfuerzo por alcanzar una parte de su hombro que le picaba ferozmente bajo su armadura y haciendo más alarde de sus incisivos en el proceso, a Nazli le hizo gracia, las armaduras de metal, en la práctica, eran las cosas más incómodas del mundo, cualquier soldado medianamente experimentado lo sabía: pesadas, rígidas y lo peor de todo, una mínima comezón en el momento inoportuno, podía hacer que te mataran o al menos volverte loco, como todo el mundo que ha tenido comezón en el lugar exacto en donde no te puedes rascar, lo sabe. Y por supuesto que tampoco había que olvidar la mierda, muchos gallardos y valientes hombres, marchaban, luchaban y morían con el persistente olor de sus propias heces encima, todo gracias a sus lindas armaduras. Eso, y que un imberbe la llamara “muchacha”, “… ¿eres cocinera, niña? tal vez puedas invitarnos y prepararnos algo rico para comer a los muchachos y a mí…” continuó el chico de los incisivos al notar el cuchillo que Nazli llevaba. Su mirada era desagradablemente lasciva y torpemente seductora. El flaco apoyado en la pared soltó una carcajada que sonó de lo más idiota, Nazli juraría que a pesar de la lluvia y la oscuridad, pudo ver como la baba se le saltó de la boca, “¿No son ustedes demasiados, para un solo hombre malherido?” preguntó la chica casi gritando, pues la lluvia a ratos golpeaba con fuerza. El flaco volvió a soltar una risa de imbécil. El chico de los incisivos estiró la mano y un jovencito con un yelmo que le caía hasta el nacimiento de la nariz y le tapaba los ojos, se apresuró a entregarle un hacha mediana que hasta ese momento, a duras penas cargaba en el hombro, “No es asunto tuyo, niña, además, no tienes ni idea de lo monstruosos y peligrosos que estos enemigos son...”, y para ratificar sus palabras, le preguntó a sus colegas “… ¿verdad, muchachos?” “¡Son demonios de sangre negra!” dijo uno, “¡Son fuertes, como diez hombres!” exageró otro, “¡Devoran las almas de sus enemigos para no morir en la batalla!” aseguró el flaco de la risa idiota, con los ojos muy abiertos y total convicción en su voz, a pesar del aguacero. Nazli levantó las cejas fingiendo estar muy impresionada, “Ustedes han luchado contra muchos de estos demonios, ¿verdad?” El chico de los incisivos se cruzó de brazos y asintió con la cabeza, engreído, los otros también lo imitaron, menos el gordo del espadón de madera que se mantenía rígido como una estatua bajo la lluvia y no prestó atención a sus compañeros, “¡Nah! Sólo le hemos destrozado la cabeza a unos cuantos que ya estaban tirados en el suelo, para que no se volvieran a levantar” El chico de los incisivos, lo increpó de inmediato, apuntándolo con su hacha “¡Cállate! tú ni siquiera eres un soldado de verdad” “¿Puedo acercarme a verlo?” preguntó Nazli, refiriéndose al hombre clavado a la valla, el chico de los incisivos respondió galante que sí, pero como si estuviera invitando a una chica guapa a acercarse a acariciar a su peligrosa mascota, le hizo antes elocuentes y dramáticas advertencias, “…debes tener mucho cuidado, y no confiarte de lo maltrecho que se ve, en realidad, es un monstruo sumamente peligroso, un demonio que no muere ni siente dolor y hasta que no se le destroce la cabeza con un martillo, seguirá luchando como una fiera hambrienta a pesar de las heridas que tenga” Nazli se acercó, entonces pudo verlo, tenía la cabeza inclinada hacia delante, pero su barba, blanca impoluta e impecablemente recortada, la podía reconocer en cualquier parte, Nazli sintió que una pena muy grande se le anudaba en la garganta y le humedecía los ojos, pero se controló, aquel era Gabos, su amigo y mentor. Era el más viejo de los soldados de Rimos, pero también el más amable fuera del campo de batalla y uno de los más hábiles dentro de él. También fue el primero que vio en ella sus condiciones como soldado por encima de su condición de mujer. Nazli tomó la cabeza del viejo entre sus manos, este respiraba con dificultad, pero como todo un inmortal de Rimos, estaba vivo a pesar de la incontable cantidad de heridas. El chico de los incisivos se estiraba al límite de sus capacidades físicas y elásticas, para averiguar qué estaba pasando, por qué la chica demostraba tanto cariño al abuelo y qué hablaban. Gabos le contó en un susurro agotado y refugiado en la lluvia, que había tenido un mal paso, que sus enemigos lo superaron y que al ver que no podían matarlo, lo habían dejado ahí como señuelo, para lanzarle flechas a cualquiera que se acercara a intentar ayudarlo, “¿Fueron estos chicos?” preguntó Nazli, e inmediatamente se arrepintió de preguntar tal cosa, “Noh…” respondió Gabos con una sonrisa cansada, “…estos son apenas unos niños, les aterran más cosas de las que creen” “Te liberaré…” aseguró Nazli. “No te arriesgues por mí…” dijo el viejo “No lo hago…” concluyó la chica. Y con decisión y sangre fría comenzó a retirarle las flechas del cuerpo a tirones, como si estuviera arrancando maleza del campo, hasta que se dio cuenta de que el viejo tenía la mano izquierda clavada a un grueso poste, ese era un problema, no podía arrancar el clavo sin una herramienta adecuada, “No puedo soltar esto, me temo que sólo tenemos una opción” dijo Nazli mirando al abuelo a los ojos con toda la gravedad del mundo, “Lo sé…” respondió el abuelo con pasiva convicción. El chico de los incisivos se acercó en ese momento apuntándola con su hacha y protestando, “¡Oye, tú no puedes hacer eso…!” pero antes de que terminara de hablar, Nazli le había tomado el hacha por el mango, y de un giro, había enroscado el brazo del chico alrededor de su cuerpo y había terminado pegada a él, como si de una escena romántica se tratara, pero, acabada con su filudo cuchillo posado en el cuello del sorprendido e indefenso muchacho. “Necesito esto…” dijo quitándole el hacha de la mano sin que el chico de los incisivos opusiera la menor resistencia y ante la mirada atónita de todos los otros chicos que no podían creer cómo una mujer había desarmado a su líder en dos movimientos y cinco segundos. Entonces Nazli levantó el hacha, le hizo una señal al viejo Gabos, y sin una palabra, se pusieron de acuerdo: un solo golpe fuerte y certero, bastó para separar el cuerpo de Gabos de su mano clavada, la cicatrización monstruosa del inmortal hizo el resto, “Perdóname… sé que duele, pero…” se disculpó la muchacha, pero el viejo la atajó antes de que terminara, “No te disculpes, sólo sentí el golpe del metal en mi carne y mi hueso… nada de dolor”. El chico de los incisivos estaba histérico al ver cómo liberaban impunemente y delante de sus propias narices al enemigo que hace un par de minutos estaba a su merced para reventarle la cabeza, y encima, ninguno de sus colegas hacía algo. “Yo no voy a luchar con una mujer…” dijo el gordo del espadón de madera, taimado; “A mí no me sacaron de la cocina para que una chica me arranque la cabeza con un hacha” alegó el flaco, soltando su lanza al suelo, quien hasta ese día, se pasaba el tiempo pelando papas y descamando peces para alimentar a los soldados; “Hazlo tú, Poli. ¿No te la pasas recordándonos lo buen soldado que eres?” lo desafió otro chico con el que, al parecer, había una rivalidad por el liderazgo. El chico de los incisivos miraba furioso como Nazli liberaba a Gabos de las púas en las que estaba apresado pero no se decidía a actuar, “¡No me llames Poli! Váspoli es mi nombre y sí haré algo, ya que ninguno de ustedes se atreve a nada más que a aporrear cadáveres…” dijo el chico de los incisivos gritando, mientras le arrebataba de las manos una maza con púas de hierro a su compañero y la alzaba por sobre su cabeza para golpear a Nazli. Sin embargo, su conato de ataque volvió a fracasar, cuando la chica se puso de pie y se le pegó al cuerpo, muy pegada, y luego sintió duro y amenazante el filo de su cuchillo haciendo presión en su entrepierna. La maza con púas se desprendió de su mano, rendida, su estómago se contrajo al máximo y su cuerpo creció algunos centímetros, apoyado en la punta de los pies. Sus incisivos volvieron a hacer alarde de su desmesurado tamaño. El flaco hizo mueca de dolor e instintivamente se agarró su propia entrepierna, mientras el gordo del espadón de madera disfrutaba de la escena, satisfecho de la sabia decisión que había tomado. Nazli le habló muy cerca al chico de los incisivos, casi al oído, le confesó que ella también era una guerrera rimoriana y una inmortal como su amigo, que no tenían por qué pelear, porque no la podrían vencer y que sólo le pedía que la dejara ir y llevarse a su compañero. El chico de los incisivos, como casi cualquier hombre del mundo con un cuchillo amenazando sus partes íntimas, aceptó de inmediato y con cierta elocuencia. La chica hizo un gesto de: “estamos de acuerdo” retrocedió un paso, retiró su cuchillo con cuidado y se fue con Gabos, quien poco a poco se recuperaba de sus incontables heridas gracias a su inmortalidad.


León Faras.

sábado, 24 de marzo de 2018

Lágrimas Negras. Segunda parte.


XXXII.

Nazli debió hacer un gran esfuerzo y poner todo el cuidado para aminorar la velocidad de todos los caballos que guiaba hasta detenerlos, puesto que los maderos y vigas que arrastraban, podían ser un serio peligro incluso para ella misma. Luego, amparada por una oscuridad casi total y por la furia de la lluvia que caía sin interrupciones, liberó el caballo que montaba y se largó de ahí por un callejón estrecho cercano, dejando al resto de los animales parados en el camino principal. No podía ver a sus enemigos, ni tampoco oírlos con claridad, pero sabía que le seguían. Eso era seguro. El callejón era como meterse dentro de una delgada y profunda línea negra, oscura como la entrada al infierno, sin embargo, Nazli y su caballo lograron avanzar buen trecho hasta encontrar una luz en el camino, una lejana antorcha superviviente al aguacero que caía, gracias a un trozo de alerón construido especialmente para ella, pero antes de que pudiera llegar allí, algo la golpeó duro en la frente, arrojándola de su caballo y dejándola aturdida sobre el barro y bajo la lluvia.

No tardó en despertar, un ruido familiar la trajo de vuelta de su corto sueño: el sonido de un metal siendo repasado una y otra vez sobre una piedra, un cuchillo, uno grande, estaba siendo afilado. El lugar olía a carne, a sangre y a animales abiertos, con sus vísceras expuestas. Cuando Nazli abrió los ojos, lo primero que vio fue a un anciano escuálido sentado en una silla frente a ella, junto a un fuego que calentaba un amplio plato de hierro colgado sobre él. El anciano tenía la vista perdida, la boca entreabierta y parecía incapaz de moverse. Aquel, era el hogar de un carnicero, pero no cualquiera, aparte de los restos animales que podían identificarse como tales, también podían verse trozos claramente humanos: manos, cabezas, torsos; masculinos y femeninos. Nazli había perdido sus armas y su armadura de cuero, tenía el pelo suelto y estaba atada a un poste de madera, sentada sobre un taburete y con la boca fuertemente amordazada con un pañuelo que sabía a grasa y sangre seca, el cuchillo seguía afilándose en una habitación contigua hasta que el sonido se detuvo. El tipo que apareció, era un hombre flaco y macilento, con un evidente parecido al anciano que permanecía postrado en la silla, aunque más joven. Vestía de negro, pero tanto su ropa como su cabello, lacio y grisáceo, parecían estar cubiertos de una película de grasa difícil de quitar y que hacía que el agua de la lluvia que le había caído encima, resbalara incapaz de adherirse. A decir verdad, todo en esa casucha parecía cubierto de grasa. Traía un enorme cuchillo en la mano, de fabricación burda pero de buen material e insuperable filo, “¿Ves Padre? ya despertó, te dije que no le había golpeado tan fuerte…” El hombre pestañeaba constantemente de forma forzada y compulsiva, el viejo postrado, en cambio, parecía incapaz ya de hacerlo “… ¿ya viste esos muslos, Padre?… y esas mejillas. No, no, no, Padre, las mejillas las dejaremos para el final, o no podrá comer… y tiene que alimentarse…” Nazli observaba en silencio. No tenía miedo, estaba acostumbrada a tratar con hombres tan desagradables como este sin aminorase, incluso más jóvenes y fuertes. Tampoco se sentía intimidada por la carnicería que había a su alrededor, era una mujer soldado, y los cuerpos muertos y desmembrados eran parte de su oficio. El hombre continuó hablando sin dirigirse a ella, ocupado organizando cosas sobre su mesón de trabajo “…es una mujer, Padre, y es joven, ¿hace cuánto que no pruebas el cuerpo de una mujer joven, Padre?…” Nazli, miró una vez más al viejo tirado en la silla y se preguntó qué diablos había querido decir con “…probar el cuerpo de una mujer joven…” luego el hombre rió por la nariz y agregó, “…lo sé Padre, yo tampoco lo he hecho hace tiempo, pero ahora tendremos carne de la mejor calidad para varios días” Nazli ya se lo suponía, no se trataba de violadores ni torturadores, sino un poco de ambos: eran caníbales, y al parecer, ella les parecía todo un festín. Aquello podía deducirse por la cantidad de restos humanos en la habitación, pero por lo general el canibalismo se daba por cultura o necesidad, no era muy común que se hiciese por gusto y este era uno de esos casos. El hombre se volteó hacia Nazli con el cuchillo en una mano y una botella con un líquido extraño en la otra, “Debes beber esto para relajarte, no queremos que se estropee el sabor de…” su voz se apagó cuando notó la extraña cicatrización en la frente de la chica, justo donde él la había golpeado, se había cubierto la herida y enraizado suavemente como moho, un moho negro. La mujer le señaló su hombro, bajo su manga y el hombre pudo ver allí una herida de flecha con una cicatrización mucho más grande y extendida, una herida recibida al entrar en la ciudad, “¿qué cosa eres, muchacha?...“ Alcanzó a decir, cuando irrumpieron en su casa violentamente un grupo de soldados Cizarianos en busca de un enemigo que había huido a caballo y que le habían perdido el rastro muy cerca de allí. El hombre quiso evitarlo, pero los soldados lo registraron todo, encontrando la carnicería humana que ocultaba dentro, “Oh joder… ¡Qué mierdas has estado haciendo aquí!” dijo uno de los soldados, otro reaccionó con un poco más de impulsiva ira, yendo hasta el hombre y derribándolo con un golpe del pomo de su espada, “¡Maldito viejo! Le compré carne la semana pasada, ahora a saber qué porquerías me vendió…” “Espero que no te hayas comido el pene de alguien…” comentó otro de los soldados, pero antes de que alguien replicara algo, agregó “…miren, ese no es el viejo Baba, creí que estaba muerto hace años” “Yo también…” dijo otro, acercando el oído a la cara del viejo postrado en la silla para comprobar si respiraba, luego se enderezó incrédulo, buscando con la vista alguna señal de vida “Mierda. Este viejo parece que está seco…” “Oye, ¿tú estás bien?” Dijo uno que parecía ser el más viejo y de alto rango, dirigiéndose a Nazli que permanecía atada y amordazada. Esta asintió con la cabeza, con la desconfianza de un animalito que muere de hambre pero se resiste a ser alimentado por el hombre “¿Vives por aquí cerca?” la muchacha dudó al principio, pero luego se dio cuenta: no la habían reconocido, primero por ser mujer, joven y con cierto aspecto inocente y segundo porque su captor le había quitado sus armas y su armadura. Volvió a asentir enérgicamente. El soldado ordenó a uno de sus hombres que la liberara, “¿Crees que podrás volver a tu casa sola?” Nazli volvió a asentir con la cabeza, a pesar de que ya no tenía puesta la mordaza. A veces era mucho mejor guardar silencio y dejar que fueran los otros los que hablaran por ti. A penas se vio liberada, la muchacha se dirigió a la salida, pero antes de poder salir, el soldado volvió a llamarla. Por un segundo pensó en salir corriendo, pero se arrepintió, en lugar de eso, se volteó lentamente. El soldado se agachó, recogió el cuchillo afilado del viejo, quien aún permanecía tirado en el suelo inconsciente y se lo alcanzó “¿Puedes usar uno de estos?” Nazli nuevamente asintió sin pronunciar palabra y luego recibió el cuchillo, “Ten cuidado, esta no es una buena noche para andar en las calles. Vete a tu casa y quédate ahí” Nazli se fue, el soldado viejo se quedó mirando la puerta con los brazos cruzados “Pobre muchacha, no se atrevía ni a hablar” otro soldado a su lado se rascaba el mentón, “Siempre me pareció extraño este viejo, seguro que le quitó la lengua y tal vez ya se la comió, o se la dio de comer a ella misma…” y luego de descargarle un puntapié en las costillas al viejo tirado en el suelo, agregó “Pedazo de mierda.”



León Faras.

lunes, 26 de febrero de 2018

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XIX.

Cuando Eusebio y Eugenio Monje conocieron a Cornelio Morris, eran unos adolescentes sólo un poco mayores que lo que es Eloísa ahora, y tenían un gran problema: su madre moría, se apagaba como una vela, postrada en su propia cama sin que ellos pudiesen hacer nada. Sólo una bondadosa vecina y amiga de muchos años de la mujer, la visitaba a diario para aliviarla en lo que pudiera, aunque dada las condiciones, tampoco era mucho lo que podía hacer, los remedios naturales que conocía no habían hecho gran efecto y para ella también era evidente que la madre de los muchachos moriría muy pronto. El circo recién comenzaba a formarse y Cornelio recolectaba con gran habilidad y facilidad a trabajadores y atracciones, como si una fuerza misteriosa se encargara de buscar a las personas adecuadas y llevárselas frente a él. Para los gemelos Monje, Cornelio apareció como un hombre poderoso, refinado, elegante y ostentoso, el tipo de persona al que se le teme porque parece intocable, sin embargo Morris, quien detectó rápidamente el aura de ese tipo de necesidad que buscaba en las personas para atraerlas a su circo, se mostró amable e interesado con los muchachos, al punto de visitar a la madre de estos a su propia casa, un habitáculo de lo más pobre, para evaluar la situación y buscar la mejor manera de ayudarlos. La vecina, quien en ese momento acompañaba a la mujer postrada en cama, detectó de inmediato algo muy extraño en el hombre que acompañaba a los gemelos, ese sentimiento de que, aunque no sabes bien qué es, no te permite fiarte del todo de alguien, esa idea permanente de que todo lo que hace y dice está siendo fingido, sin embargo, temerosa, guardó silencio y procuró evitar la mirada para no delatarse. Cornelio les dijo a los muchachos que él los ayudaría, pero que para eso debían acompañarlo durante unos días, la idea de dejar sola a su madre no les pareció nada buena, pero cambió cuando Morris se quitó uno de sus ostentosos anillos y se lo entregó a la vecina, le dijo dónde podía cambiarlo y cuánto dinero podían darle por él, para que no les faltara nada durante el tiempo que los gemelos estuvieran ausentes. Eugenio, al salir de su precaria vivienda, se atrevió a sugerir la idea de que si tardaban demasiado tiempo, tal vez al regresar encontrarían a su madre muerta, pero Cornelio les aseguró con tal determinación que no sería así, que las dudas desaparecieron, y los muchachos se fueron con él sin poner más objeciones.

Cornelio los llevó a una pequeña pero cómoda oficina con ruedas que tenía enganchada a un camión, donde les pidió que se sentaran y les dijo, con aires de ser un generoso ser humano, que no sólo les ayudaría con la difícil situación de su madre, sino que también los ayudaría a ellos, dándoles un trabajo en el circo que estaba formando, por supuesto, que no tenían que dejar de lado los cuidados de su madre, sino que el trabajo los estaría esperando hasta que ella ya no estuviera en este mundo. Los muchachos estuvieron de acuerdo y Cornelio les puso sobre la mesa, un contrato que ambos debían firmar. Aunque les pareció inesperado que les pidieran escribir sus nombres en un papel, cosa que era de lo poco que habían aprendido a hacer en el mundo de las letras, los muchachos simplemente firmaron y ya está, pues estos jamás habían visto un contrato en sus vidas y tampoco tenían una clara idea de para qué servía. Cornelio Morris tomó el contrato complacido, y pidiendo que le siguieran, salió de su oficina. Afuera unos hombres, con la mirada turbada y temerosa, construían lo que parecía ser un gallinero, los muchachos siguieron a su nuevo jefe hasta una de las tiendas que estaban armadas, una bastante nueva por cierto, en cuyo interior había una caja de madera sin más peculiaridades que estar pintada de negro por dentro y por fuera. Cornelio, con tranquila determinación, les dijo que debían entrar ahí, los gemelos se miraron entre sí, aquello no tenía ningún sentido, Cornelio no estaba abierto a dar explicaciones, “Pues si no confían en mí, no los puedo ayudar. Pueden regresar a su casa ahora mismo, rompemos el contrato y por supuesto, me devuelven el anillo que le di a su madre” Eusebio negó con la cabeza sin levantar la vista del suelo “Yo voy a entrar…” dijo, mientras daba el primer paso hacia la caja, pero Cornelio lo detuvo, el trato era muy simple: los dos, o ninguno. Entonces, finalmente, Eugenio accedió, “Está bien, haré lo que sea, pero por favor, ayude a nuestra madre…” Cornelio sonrió complacido, “Dejarán de verla sufrir, ya lo verán…”

Apenas entraron, se dieron cuenta de que aquella no era una caja ordinaria, en cuanto la puerta se cerró y la oscuridad los envolvió, todo desapareció para ellos, incluso la presencia del otro, pues fue imposible de que se encontraran a pesar de estar encerrados en el mismo metro cuadrado. Ciegos y solos en un mundo completamente desconocido y hostil, lleno de habitantes extraños que no podían ver, pero sí oían gritar, llorar, rugir o silbar, a veces muy lejos y otras veces, demasiado cerca, incluso a veces, les parecía oír la voz de su propia madre. El olor también era algo desconcertante, desde campos de flores hasta carne podrida, todo mezclado en un ambiente de proporciones imposibles, en el que podían vagar indefinidamente, como si todo sucediera dentro de un sueño, un sueño negro. Cuando salieron, no tenían ni una remota idea de cuánto tiempo había pasado, la luz del día los golpeó con una violencia terrible. Al borde de la locura, los gemelos salieron golpeándose entre sí, aterrados, incapaces de reconocerse, luchando por zafarse de algo que, sin saber exactamente qué era, sí sabían que era muy malo. Cuando por fin la luz llegó a sus ojos, pudieron ver y entender qué estaba sucediendo. Estaban fuera de la caja, inmediatamente recordaron a su madre, cuánto tiempo había pasado, semanas, o incluso meses, “Sólo tres días…” les dijo Cornelio, y luego añadió, “…no deben preocuparse, Cornelio Morris siempre cumple lo que promete. Ella aun está viva y ahora ustedes, pueden evitar que ella muera. Les enseñaré como.”


Fue entonces que supieron que, desde ese día en adelante, podían detener el tiempo, sólo debían estar ambos de acuerdo, y todo el universo, al menos el perceptible para ellos, se estancaba, como una compleja máquina que de pronto se queda sin energía y deja de funcionar. También, debían estar de acuerdo para ponerlo en marcha nuevamente, lo que los ponía en la condición de no poder separarse, pues eso los convertía en hombres comunes y corrientes, su nueva habilidad trabajaba como esos pegamentos que necesitan de dos componentes que se mezclan para fraguar y que por sí solos no sirven de nada. Con el tiempo detenido, nunca supieron a ciencia cierta cuanto tiempo tuvieron a su madre suspendida en ese limbo temporal, pero fue demasiado el que necesitaron para convencerse de que no podían hacer nada y ponerse de acuerdo para permitir que el tiempo siguiera su curso y acabara con la vida de su madre. Cuando esto sucedió, regresaron al circo, para ellos ya habían pasado varios meses, pero en la realidad sólo habían pasado un par de días desde que salieron de la caja, encontraron a Cornelio Morris hablando con un hombre, un hombre que había conocido la noche anterior en una taberna y que le había confesado entre bebidas que sería capaz de hacer cualquier cosa por ver morir a su propio padre de una forma lenta y dolorosa. Su nombre era Charlie Conde y esa  “cualquier cosa” era firmar un contrato y entregarle su vida al circo. Cuando Conde se retiró, Cornelio se acercó a los gemelos, su semblante era mucho más severo, menos tolerante y para nada generoso ya “¿Saben conducir un camión?” fue todo lo que les dijo.


León Faras.

martes, 13 de febrero de 2018

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XVIII

Finalmente Von Hagen bailó con Eloísa, y esta, con una amplia sonrisa, e inocente burla, le hizo notar que cuando él le advirtió que no bailaba muy bien, era completamente cierto. Horacio se movía con muy poca gracia, a destiempo y evidentemente con demasiado nerviosismo. La chica, astuta, sin dejar de bailar cogió un vaso de encima de una improvisada mesa y se lo dio a su compañero de baile “¡Bebe!” le dijo con los ojos más enormes que nunca, Horacio no quería, no era un buen bebedor, la chica rió “Mal bebedor, mal bailarín y mal mentiroso. Vamos, bebe y apuesto a que mejoras” Von Hagen recibió el vaso, pero no fue hasta que sus ojos se toparon con la severa mirada de Cornelio Morris, que se lo bebió y con la ayuda de Eloísa, quien con infantil malicia se lo empujó suavemente hasta vaciárselo por completo, en parte dentro de la boca y en parte fuera, en la barba y el pecho, Horacio trató de limpiarse un poco espantado, como si se tratase de algo muy grave regarse un poco de vino encima, pero la chica volvió a cogerle las manos y arrastrarlo a bailar. No mejoró mucho su técnica, pero al menos hizo que se relajara un poco y dejara de moverse como un espantapájaros, hasta logró animarse, y volvió a beberse otro trago cuando la pieza de baile terminó. Tarde en la noche, Von Hagen abandonó la fiesta, la música aun sonaba y Eloísa, incansable, bailaba encantada con quien se lo pidiera. Con la testarudez propia del borracho, Horacio llevaba en la mano un último vaso a pesar de que ya se sentía mareado, sus pasos eran torpes y desde hacía un rato, se daba cuenta de que sostenía un soliloquio que le era imposible cortar, pues cada vez que lo intentaba, no hacía más que alargarlo. Como todo borracho, los sentimientos amorosos terminan apoderándose de él, sobre todo si se trata de amores difíciles o frustrados y aunque Von Hagen sabía que era una buena idea irse a su cama y dormir un poco, inevitablemente terminó encaminándose hacia el acuario donde estaba Lidia. Era una noche clara, por lo que, a pesar de que no había ni una luz cerca, no era difícil orientarse. Se sentó en el acoplado del camión con los pies colgando y la cabeza apoyada en el cristal, tras este, la masa de agua era oscura e impenetrable. Con la sutileza y el cuidado propio de un cirujano, dejó su vaso junto a él, el cual ya había perdido la mitad del contenido en el trayecto. Nada más estar ahí, las lágrimas se agolparon en sus ojos, maldijo el circo y a Cornelio, juró que la liberaría, aunque tuviera que romper los cristales con sus propios puños, pero sólo terminó golpeándose en la frente y luego, con la misma mano, limpiándose los mocos, pues, como borracho que estaba, no podía contener el llanto. En un susurro temeroso y confuso de entender, le explicó a los cristales frente a él, pues Lidia no podía verse y de ser así, tampoco podía oírlo, lo que Mustafá le había dicho, que la única solución, era matar a Cornelio Morris, incluso podía sentir el valor infundido por el alcohol, para hacerlo en ese mismo momento, pero luego se burló de sí mismo, al darse cuenta de lo absurda de sus pretensiones, de que ni borracho sería capaz de enfrentar a Cornelio Morris, ni menos matarlo. Nuevamente pegó la frente y las manos al cristal con el llanto de la impotencia mezclada con el alcohol, un llanto largo y a media voz, que de pronto se vio forzosamente interrumpido cuando sintió una caricia en sus dedos, no retiró la mano, pero sí levantó la vista, frente a él, apenas visible, estaba el rostro de Lidia, borroso en la turbiedad del agua, que lo observaba con ternura. En ese momento, hasta su borrachera pareció evaporarse de su cerebro, cuando vio que los dedos de su mano derecha, atravesaban el cristal y eran tocados directamente por la mano de Lidia. Horacio no era un tipo acostumbrado a embriagarse, por lo que, no podía estar muy seguro pero, aquello tenía que ser una alucinación provocada por el vino, porque, estaba más o menos seguro de que no estaba soñando y también estaba más o menos seguro de que sus dedos no podían atravesar el cristal, por lo que tenía que ser una alucinación, sin embargo, la mirada de Lidia al otro lado del cristal y el suave pero perceptible contacto de sus dedos con los de él, lo hicieron finalmente aceptarlo todo sin más cuestionamientos, estaba lo suficientemente ilusionado, contento y borracho como para preocuparse de lo absurda que podía volverse la realidad, cuando a uno se le pasaban las copas.

Diego Perdiguero se estaba tomando su primer trago de la mañana cuando un chico llegó a buscarlo urgentemente: el único teléfono del pueblo había sonado y habían preguntado por él. El hombre dejó su vaso a la mitad y le lanzó al muchacho la moneda que esperaba de recompensa por correr todo el pueblo buscándolo y luego se dirigió rápido a la tienda del turco Emre, un negocio de abarrotes al que siempre le estaba yendo muy bien, especialmente porque su dueño tenía el talento visionario para llevar a su negocio ciertas cosas que nadie más tenía o que eran demasiado difíciles de conseguir, como por ejemplo el teléfono, por el que cobraba la correspondiente comisión por su uso. Eso por una parte, otra causa probable por la que el negocio prosperaba, era Emilia, su hermosa hija. Diego, al coger el auricular, ya adivinaba quien lo llamaba, no había mucha gente en el mundo interesada en utilizar un teléfono para hablar con él. Damián Corona le preguntó con cierta urgencia si el circo seguía en la ciudad, a lo que Perdiguero respondió que sí, y que estaba seguro porque de hecho, lo estaba viendo a través de las ventanas, desde la tienda del turco “…Pues no te despegues de él, salimos para allá ahora mismo…” Diego notó que algo malo había pasado, Damián se lo confirmó “…Son las fotos, algo muy raro pasó con ellas y ahora no tenemos nada. Si no conseguimos una buena foto, perderemos muchísimo dinero…”


De no estar en su litera, no era difícil presumir dónde había pasado la noche Horacio Von Hagen. Ya era media mañana cuando su amigo Ángel Pardo salió a buscarlo, aun con el cansancio de la larga noche anterior, y como era de esperarse, lo encontró tirado junto al acuario de Lidia, dormido. Apenas despertó, Horacio, sintió los síntomas de la resaca, se quedó largos segundos presionándose las sienes con las palmas de las manos y los ojos cerrados, luego su amigo lo ayudó a bajar, pues todavía se sentía algo mareado, pero en cuanto se pusieron a andar, Von Hagen, como en un chispazo, un golpe a su subconsciente, recordó lo sucedido durante la noche y se devolvió sobresaltado, ansioso y olvidando momentáneamente los síntomas de la bebida, palpó los cristales del acuario buscando los agujeros por los que había introducido sus dedos, pero no los encontró por ningún lado, sin embargo mantenía vivo el recuerdo de haber sentido la mano de Lidia tocando sus dedos, tanto así, que comenzó a golpear los cristales para llamar la atención de la sirena y que esta confirmara su historia. Lidia no apareció, aunque de haberlo hecho, tampoco hubiese podido decirles nada. Ángel Pardo, al escuchar la historia de lo sucedido, sólo lo miró con compasión, a pesar de no haber bebido demasiado, Horacio estaba muy borracho cuando dejó la fiesta, y era obvio que el alcohol lo había engañado, si es que no lo había vencido el sueño antes. Von Hagen, poco a poco desistió en su búsqueda, era inútil, los cristales eran tan impenetrables como siempre, lo más probable era que su amigo tuviera razón, pero de ser así, y aun así, su recuerdo era tan vívido como el recuerdo de haber bailado con Eloísa. Ángel Pardo no insistió, no era de esas personas que buscan convencer a nadie de que sus ideas son las correctas, sólo se limitó a decirle que tal vez, sólo lo había soñado, hay sueños capaces de confundir a cualquiera, una idea que Von Hagen aceptó al final, resignado, pero no del todo convencido.


León Faras.

viernes, 2 de febrero de 2018

El Perro.

El Perro.


Tendría yo unos doce años, cuando un compañero de mi curso, en mi escuela, me invitó a su casa a compartir un juego que le habían regalado y que seguramente jugarlo solo, no tenía el mismo sabor. La ciudad estaba rodeada de cerros los que, a su vez, estaban cubiertos de viviendas en sus laderas y un poco más arriba. Allí vivía mi amigo. Iba yo por un angosto camino peatonal de tierra, que desembocaba en una escalera de cemento por la que obligadamente debía subir, ahí a los pies de la escalera, estaba echado el Perro. Era un perro grande, al menos, para los ojos de un niño de doce años, de un color negro sucio, polvoriento, casi rojizo, orejas puntiagudas clásicas, de esas que automáticamente le dan al perro un aspecto más intimidante, y el pelo largo como el Lobo de las películas, bastante cliché, lo sé, pero así lo recuerdo. El perro me vio acercarme y comenzó a gruñirme, sin siquiera cambiar de posición, me miraba con su cabeza reposada sobre sus patas delanteras, mostrándome sus intimidantes colmillos y haciendo ese sonido gutural tan característico. Yo, por supuesto, me paré en el acto y el perro dejó de gruñirme, como un pequeño pacto entre caballeros, pero eso sí, no me quitó el ojo de encima, lo que significaba que no se fiaba ni un pelo de mí. Intenté avanzar un par de pasos muy despacio hacia la escalera, como mostrándole mis respetos, pero el perro no estaba para trucos baratos y esta vez levantó la cabeza para gruñirme, y juro que pude ver completo su hermoso juego de dientes húmedos de saliva. Reculé rápidamente. Sobra decir que no había ni una persona cerca que me ayudara, como en esos duelos del oeste en los que todo el mundo se esconde. La siguiente estrategia, era rodearlo, pero era un camino angosto, con una pared del cerro por un lado y una pendiente de tierra por el otro. Aun así me pegué a la pared para avanzar lo más lejos posible de él, demostrándole que no quería molestarlo ni entrometerme en sus asuntos, pero mi amigo el Perro, se dio cuenta rápidamente de que yo no estaba captando el mensaje, así que se puso de pie con un resorte en las patas, me soltó dos ladridos que te hielan la sangre, eso si no te aflojan el estómago primero, y terminó con un gruñido largo como diciéndome “No te pases, muchacho… conmigo no te pases" Entonces tomé la decisión más sabia de toda mi vida, o de la que llevaba vivida hasta ese momento: dar la media vuelta e irme por donde había venido. Cuando volví la vista atrás, aun con el corazón latiéndome en todo el cuerpo y las piernas temblando, el perro se había vuelto a echar, en la misma posición y lugar en el que estaba antes. La experiencia quedó en mi mente para siempre, mi subconsciente, ni corto ni perezoso, la archivó de inmediato y hasta le puso una marquita de “No borrar” Muchos años después, recordando aquello, se me ocurrió otra hipótesis: el perro no estaba en su casa, por lo tanto no cuidaba su territorio, era un lugar público por el que, sin duda, mucha gente transitaba todos los días, tampoco en ningún momento, y para mi fortuna, intentó atacarme, solo amenazarme y de una manera lo suficientemente convincente como para hacerme desistir y volver a casa y una vez logrado esto, el animal volvió a su posición como si no hubiese pasado nada, su única intención fue cerrarme el paso. ¿Y si me salvó de algo? Algo malo que me hubiese sucedido de seguir mi camino, nadie imagina a los ángeles guardianes con un aspecto tan atemorizante y desaliñado, pero tampoco tienen por ley que ser criaturas hermosas y sobrenaturales. Esto me recuerda una historia que me contó mi padre hace años sobre un pollito recién salido de su cascarón, que, aventurero, decide salir a conocer la granja, en su paseo, no demasiado extenso aun, llega hasta donde las vacas estaban pastando. Era una mañana fría y el animalito ya comenzaba a sentirse algo entumecido, pero estaba perdido y no sabía bien como regresar de vuelta al delicioso calor de su madre. Por esas cosas del destino, eso de ubicarse en el lugar y el momento justo, uno de los vacunos decidió que era buen momento para vaciar sus intestinos, y le soltó una tremenda bosta que cubrió por completo al pollo que justo pasaba por debajo en ese momento. Sin embargo, el pollito pudo sacar su cabeza afuera y pasado el aturdimiento inicial por el impacto, se dio cuenta de que el excremento de la vaca estaba caliente, de que el frío desaparecía y de que realmente se estaba a gusto allí, literalmente con la mierda hasta el cuello. Eso, hasta que un ave rapaz, conocidas por su excelente vista, lo vio moverse, y de una sola pasada, lo tomó con sus garras y se lo llevó para comérselo y dárselo regurgitado a sus crías. Moraleja: No todo el que te caga, necesariamente te causa un daño, ni todo aquel que te saca de la mierda, te está haciendo un favor.


León Faras. 

miércoles, 31 de enero de 2018

Autopsia. Segunda parte.

X.

Para cuando volvió el hijo de Ismael con ropa para su hermana, el doctor Cifuentes había relajado el ambiente sirviendo un pequeño vaso de coñac para cada uno, de una botella encontrada en la casa, perteneciente a su antiguo morador. Había tenido tiempo más que suficiente para oír toda la historia de Ismael de lo sucedido a Úrsula: la puerta cerrada, el humo, los muebles azotados contra el suelo. El calor sofocante que envolvió toda la casa y la desconcertante desaparición del bebé. El doctor escuchaba con una expresión de profunda gravedad, echándole cortos vistazos al cura quien no parecía demostrar ninguna duda acerca de lo sucedido. Sostenía en la mano su vaso minúsculo de coñac sin haberle sacado ni un sorbo aun. Como médico, no podía formular ninguna opinión al respecto, pero como persona, se remitía a aceptar la historia tal y como se la contaban, sin admitirla como verdad ni como mentira, sino sólo como la percepción o interpretación de Ismael sobre lo que él mismo había visto, su hijo, sin embargo, traía además de algo de ropa para su hermana, más antecedentes frescos: junto con su madre entraron a la habitación de Úrsula, el sitio era un desastre en el que apenas se podía andar, la cama estaba inservible, prácticamente quebrada a la mitad, los muebles desparramados, rotos y con sus interiores igualmente esparcidos por el suelo, el aire se sentía pesado y pestilente, él mismo abrió las ventanas para que fuera un poco más soportable, pero la verdad era que la atmósfera dentro del cuarto, podía descomponerle el estómago a un gato callejero. Encontraron algo de ropa para la muchacha, pero también otras cosas mucho menos agradables: varios ratones muertos y pudriéndose, algunos pájaros e incluso sapos, todos muertos, todos apestando y todos con la cabeza arrancada. Parecía un sitio abandonado por años y empleado por algún pequeño animal depredador como guarida, pero ni siquiera un animal soporta tal grado de desastre, ni tampoco se trataba de un sitio abandonado. El doctor Cifuentes se llevó al vaso a la boca y tragó su contenido con la dificultad común en un hombre poco habituado al alcohol, para él, en tales circunstancias lo mejor era que pusieran a hervir toda la ropa de la muchacha y luego desinfectar el piso y los muebles con lejía, también era importante ventilar toda la casa antes, durante y después del proceso, tal grado de podredumbre era un foco poderosísimo de enfermedades e infecciones que ponían en riesgo la salud de toda la familia, Ismael asintió luego de buscar la aprobación del padre Benigno, y aseguró que lo harían lo antes posible, pero el hijo de Ismael aun no había terminado, una cosa más había encontrado en el dormitorio de Úrsula y que era digna de contar: la cruz de madera que colgaba de la pared sobre la cabecera de la cama de su hermana, estaba incrustada en el muro de adobes, empotrada, como quien hunde una pisada sobre una capa de barro blando, hasta el punto de ser imposible de sacar sin romper el muro, el doctor Cifuentes le echó una mirada cargada de incredulidad al padre Benigno, pero este mantenía la vista fija en algún punto indeterminado de su cama, pensativo, preocupado, todo aquello era muy malo, él lo sabía, y también sabía que él era el único con la responsabilidad de enfrentarse a ello.


La diminuta ventana sin cortinas absorbió toda la luz que le proyectaba el sol de la mañana, ingresando con la forma de un bloque diáfano, habitado por una multitud de partículas en constante y lento movimiento e inundó de claridad el cuarto donde aun dormían Elena y Clarita, esta última abrió los ojos con la pereza de un gato que, con la panza llena, reposa tendido en su cojín favorito. Había llegado un nuevo día y nada la había vuelto a despertar en toda la noche, aquello le dibujó en la cara una sonrisa chueca que luego se transformó en otra plena, de esas que llenan todo el rostro, se dio un sonoro beso en el puño en el que apretaba la medalla de San Benito y buscó a Gracia en el cuarto para presumir de su nuevo amuleto contra malos sueños hasta que su sonrisa se diluyó. Gracia no estaba. Elena despertó en ese momento y la sonrisa de Clarita volvió a surgir, “¡Apresúrate!...” gritó la niña, saltando de su lecho como si este de pronto la hubiese amenazado con engullirla o algo parecido, “… Tata ya debe estar sacando la leche” La niña salió corriendo y a medio vestir, tal como había dormido, Elena tardó un poco más en ponerse su ropa de hombre antes de salir del cuarto, en la cocina, la vieja Lina preparaba el desayuno y la muchacha se ofreció a ayudarle, por la ventana podían ver a Clarita abrazando un cabrito entre una de sus patas delanteras y el cogote, corriendo tras de su mamá para que esta amamantara a su cría, cosa que no estaba funcionando, pero sin duda era bastante gracioso de ver. Elena no tardó en preguntar, “¿Qué cree que sea eso de que Clarita dice que ve y habla con su hermana? ¿Sólo su imaginación o habrá algo más?” La vieja dejó de rebanar la hogaza de pan, se restregó la punta de la nariz con el dorso de la mano en la que sostenía el cuchillo, luego respondió “Te voy a contar lo mismo que me dijo una mujer hace algunos años, una mujer que llegó a conocer bien a la madre de Clarita…” continuó rebanando el pan “…la madre de Clarita era una jovencita de tu edad o tal vez algo menor. Tuvo la mala fortuna de enamorarse de un hombre destinado a morir tan sólo un par de semanas después en una riña de borrachos. Luego de que el hombre ya estaba sepultado, ella se enteró de que estaba preñada. Sola, nadie sabe si fue por obligación o voluntad que decidió llegar con su embarazo hasta el final, lo cierto es que lo hizo, y fue la última cosa que hizo en su vida. Los partos son a veces como coser y cantar pero otras veces pueden ser un calvario, en el caso de esta muchacha, demasiado joven y debilucha, la cosa se complicó mucho y encima su hija nació muerta, nada se pudo hacer. Cuando pensaron que tal vez la madre tendría alguna oportunidad de salvarse, se dieron cuenta de que venía otra niña… una gemela, y esta sí estaba viva. Clarita. Sólo ella sobrevivió al final…” Elena se quedó paralizada a la mitad del pocillo que estaba llenando con leche, “Entonces, Gracia, la hermana de Clarita, sí existió…” la vieja asintió con una sonrisa triste, “Así es… alguna vez existió en verdad… o por lo menos así me lo contaron a mí. Curioso, ¿no?”  El viejo Tata entró en ese momento, traía un taburete de patas más largas para que se sentara Clarita, esta le seguía contenta y sintiéndose importante, con un trozo gordo de queso que apenas sostenía entre los brazos.


León Faras. 

martes, 23 de enero de 2018

Autopsia. Segunda parte.

IX.

Luego de que el doctor Cifuentes autorizara una muy breve visita, Ignacio Ballesteros visitó al padre Benigno, solo, en su habitación. Él mismo cerró la puerta al entrar. Las Hermanas de la Resignación le habían comunicado el resultado de la reunión entre el sacerdote y la joven Elena: un cura acuchillado y una muchacha desaparecida, pero Ignacio no podía dar crédito, ni siquiera de boca de las honorables hermanas, que la cuchillada recibida por el padre Benigno hubiese sido propinada por Elena, su hermana; eso era sencillamente absurdo. Ignacio presionó a las monjas para que le confesaran si este inadmisible hecho, había sido presenciado por sus propios ojos, pero como estas, entre incómodas y ofendidas, respondieron que no, Ignacio tomó todo como un embuste o a lo menos una confusión y se dirigió de inmediato hacia donde se encontraba el sacerdote, para que este le aclarara lo sucedido, “Todo fue nada más que un lamentable accidente…” dijo el padre Benigno apretando los labios hasta sólo dejar una fina línea donde estaba su boca, luego agregó “…no tiene nada que reprocharle a ella” “No pensaba hacerlo…” contestó Ignacio, renuente a sentarse en la silla que estaba justo a su lado “…pero me pregunto cómo es posible que alguien como ella, puede llegar a hacer algo como eso, ¿Un accidente puso una cuchilla en su mano? ¿Un accidente llevó esa mano hasta su estómago? ¿Podría ser un poco más específico, padre, sobre qué fue lo que realmente ocurrió?” El cura respiró hondo y dirigió la mirada hacia la pared contraria. No le gustaba para nada el tono en que el muchacho le hablaba, pero dada las circunstancias, no dijo nada al respecto, en cambio, intentó mantenerse sereno, “Los detalles no son importantes…” “Un accidente que usted provocó, seguramente, por eso que no le importan los detalles” lo interrumpió con brusquedad el muchacho; el sacerdote abrió los ojos como un maestro ante un alumno insolente y alzó la voz, “¡Yo recibí la puñalada, y viene usted aquí a increparme!” Ignacio tuvo, incluso, el descaro de apuntarle con el dedo, “Usted seguro tuvo algo que ver en esto. Elena jamás haría algo así. Estoy seguro de eso” El cura trató de enderezarse, furioso, pero el dolor en su herida lo frenó abruptamente, “Se atreve usted a acusarme de…” La discusión se acaloraba cada vez más, pero unos aullidos agudos y angustiantes desde afuera, hicieron que ambos hombres se callaran, al salir, Ignacio Ballesteros vio como Ismael trataba, aunque con demasiadas precauciones y cuidados, contener a su hija quien se sacudía hasta el punto de casi caerse de la cama, mientras el doctor Cifuentes intentaba con gran dificultad revisar las pupilas de Úrsula, quien desesperadamente se apretaba la cabeza porque sentía que el bebé lloraba con violencia histérica en sus oídos hasta el punto de causarle dolor físico en estos, y obligarla a torturarse las orejas, patalear en la cama y gritar que alguien hiciera callar a ese bebé, bebé que por supuesto, solo ella podía oír. Ignacio se acercó rápido, mal que mal, él también era médico, para sujetar con más firmeza a la muchacha, “¡Traiga Cloroformo!” gritó, adueñándose completamente de la situación, lo que no le hizo ni pizca de gracia al doctor Cifuentes, “Sé hacer mi trabajo, señor. Gracias” respondió con toda la parquedad de la que fue capaz, dada la situación y de una estantería, que en ese momento le pareció más alta de lo que recordaba, sacó una botella de éter, humedeció su propio pañuelo y con él tranquilizó a la muchacha que no dejaba de gritar que el bebé le estaba destrozando los tímpanos, “Tengo un buen amigo que les puede ayudar, él es un gran psiquiatra que…” comentaba Ignacio una vez que el cuerpo de Úrsula se tranquilizó y dejó de luchar, pero fue interrumpido por un estruendo descomunal que hizo dar un respingo de susto a todos, menos a Úrsula: la estantería cayó bruscamente al piso como si hubiese estado siendo elevada por una cuerda y de pronto la cuerda se rompe, pero no había ninguna cuerda, algo más la sostenía en vilo y ese algo se cortó bruscamente. Nadie notó el suceso, ni siquiera el doctor Cifuentes cuando tomó el éter, simplemente el golpe repentino y violento, el cristal que estalló y el instrumental que se esparramó por el suelo, junto con algunos frascos y botellas, el padre Benigno, levantado y de pie en la puerta murmuró, “…un psiquiatra no va a servir de nada…” mientras Ignacio Ballesteros se alejaba de la chica como si esta de pronto le estuviera quemando las manos, “¿Qué carajos sucede aquí?” a su lado, Ismael se persignó, dos veces “¡Dios mío! así mismo se golpearon los muebles del dormitorio de la Úrsula, hasta se le rompieron las patas en el suelo… esto es cosa del Diablo, padre…” El doctor Cifuentes se quitó los anteojos para limpiarse el sudor de los ojos y luego se los volvió a poner, estaba consternado, pero lo intentaba disimular, “Caballeros por favor, un poco de cordura, la caída de ese estante, no fue más que un accidente sin mayor relevancia…” Ignacio sonrió incrédulo mirando los rostros de grave preocupación de todos los presentes. Era un tipo más bien de baja estatura, lo que resultaba más evidente al estar parado junto al espigado Ismael, “¿Cosa del Diablo? Yo insisto en que lo que esta muchacha necesita, es que la evalúe un buen psiquiatra, y este lugar, muebles nuevos, pero si creen que es “Cosa del Diablo” entonces, ahí tienen a un experto…” señaló al padre Benigno, quien, se mantenía lo más erguido que podía a pesar de que sentía la tensión en la herida, luego añadió dirigiéndose a este, “…Sepa que no me voy completamente conforme con nuestra conversación. Voy a encontrar a mi hermana y le aseguro que ella me contará palmo a palmo lo que sucedió. Y ruegue porque esté bien, o yo mismo me encargaré de hacerlo responsable.” Luego de esto, cogió su abrigo, le dio con sobria cortesía las buenas noches al doctor Cifuentes y se retiró.


Clarita despertó bruscamente apenas dos horas después de dormirse, en su sueño, la niña buscaba algo a hurtadillas, estaba oscuro y no veía gran cosa, sin embargo, buscaba con urgencia y sigilo, pero con mucha presión, como quien intenta hurtar las llaves a un gigante dormido, entonces sentía el golpe fuerte y seco sobre el mesón, sus pasos pesados sobre el suelo húmedo y pegajoso y aparecía el hombre del delantal sucio. Nunca podía evitarlo ni nunca podía huir de él, entonces gritaba y el grito, la despertaba. Gracia la miraba desde un rincón levemente iluminado por la suave claridad de la noche que entraba por la diminuta ventana del cuarto, pero fue Elena quien la habló, estaba justo a su lado, la abrazó y la acarició en el pelo, le contó, que ella de pequeña también tuvo sueños feos que la despertaban llorando a mitad de la noche, sueños en los que alguien la sacaba de su cama y de su casa para llevársela lejos, entonces una tía, que ya entonces contaba con muchos años, le regaló una medallita de San Benito para que la protegiera de día y limpiara sus sueños de noche, ese era un santo muy poderoso, que incluso podía hacer retroceder al mismísimo Diablo, eso le había contado su tía y eso mismo le explicó a la niña, quien miraba la estampita embobada, como si fuera aquel el objeto más valioso y hermoso del mundo o por lo menos, que sus ojos habían visto, y en buena parte, así era. Acto seguido, Elena se la quitó y se la colgó del cuello a la niña, quien la recibió con la solemnidad del atleta que acaba de recibir la medalla de oro y consagrarse en su disciplina, Gracia, como si no pudiese soportar la curiosidad, también se puso de pie y se acercó a observar la imagen con el ceño fruncido y la boca abierta, Clarita se la mostró orgullosa y sonriente, pero pronto su expresión se apagó, preocupada, se volteo hacia Elena para saber si lo que decía Gracia, era verdad: “Dice que tu santo tal vez no es tan poderoso, que no te protegió bien a ti…” Tenía toda la razón, pensó Elena, esos comentarios de Gracia siempre la dejaban medio descolocada, más sabiendo que Gracia no existía en realidad, en ese momento, ella dudaba mucho de la protección de santos o del mismísimo amor de Dios, estaba ofendida, sintiendo que había dado todo, sólo para recibir al final una contundente bofetada en el rostro, pero por otro lado, en ese lugar, en casa de los abuelos, se sentía tranquila y feliz como no lo había hecho en mucho tiempo, su constante miedo a ofender o defraudar a su padre, a su familia o a Dios, se disipaba, allí no había leyes inquebrantables ni infinidad de condiciones para todo, allí las cosas eran simples, el paisaje hermoso y ella se sentía útil y acogida “No te creas…” respondió “…tal vez él me sacó de donde estaba para traerme aquí” Gracia sonrió meneando la cabeza y volvió a su lugar, como quien en medio de una discusión, recibe un argumento que no se puede rebatir y prefiere abandonar, Clarita, por su parte, sonrió satisfecha y se volvió a acurrucar junto a Elena, con la medallita de San Benito apretada en su puño y las caricias de Elena en su cabello.


León Faras.

martes, 26 de diciembre de 2017

Lágrimas Negras. Segunda parte.

XXXI.

El cuerpo del príncipe Ovardo fue desnudado, lavado y acostado en su cama, todo bajo la atenta mirada de Serna, quien, aparte de revisar que no hubiera heridas o contusiones visibles, se aseguraba de que las mujeres de la servidumbre hicieran su trabajo en el más absoluto mutismo, a pesar de que el príncipe buscaba con mano temblorosa, el rostro de la princesa Delia en todas ellas, susurrando explicaciones, humillado y derrotado, disculpándose por no ser más un hombre digno de ella y lamentándose por no haber muerto en la batalla en vez de vivir como un inútil el resto de su vida. Las mujeres por su parte, contenían el llanto con los labios apretados y los ojos húmedos, dejando escapar sollozos contenidos que Ovardo interpretaba como los de su esposa, avergonzada y defraudada de él, lo que lo hundía más en su propio agobio y congoja. Sin embargo, nadie decía una palabra, pues la situación del príncipe era demasiado delicada y si llegaba a enterarse de la muerte de su mujer, sería irreversible.

Las ruedas sonaban como si giraran sobre una extensa cinta adhesiva al ir contantemente despegándose del suelo arcilloso y húmedo. Qrima conducía el coche que antes traía el capitán Albedo. Llevaba el sombrero aplastado y más hundido de lo habitual debido al chaparrón que le caía libremente encima. A su lado, Emmer se cubría desde la cabeza con una manta hace rato empapada, mientras que dentro del coche viajaban a buen resguardo del aguacero, Darlén y su hijo y Nila con el bebé encontrado en la batalla. “Dime…” preguntó Qrima, asomando un ojo por debajo del ala de su sombrero, “… ¿Cómo rayos es que fue a parar esa cosa dentro de tu barriga? ¿Acaso te la tragaste?” Emmer lo miró con el rostro contraído por la lluvia que le golpeaba la cara, “¿Qué cosa?...” el viejo sacó la bola de hierro de su bolsillo y se la mostró, Emmer se restregó los ojos mojados, “…no tengo ni idea” contestó. Luego, le explicó lo que le había sucedido, sobre aquel viejo de aspecto estrafalario, montado a lomos de un burro mientras lo apuntaba con un artilugio desconocido que de pronto soltó un estruendo como un trueno “…no pude ver nada, solo sentí que algo me había golpeado el estómago y se había quedado ahí dentro, como si fuera algún tipo de magia desconocida. Y ese olor, algo que nunca había olido antes pero que ahora no podré olvidar nunca” El viejo Qrima carcajeó con suavidad, “Conozco a ese viejo ridículo y de magia no sabe nada. Se llama Larzo, un viejo que todo el mundo piensa que está loco, pero parece que es más liso de lo que creen. Cuenta que hace años compró un polvo extraño a un mercader con muy mala racha, en una tierra lejana, pero que venía de aun más lejos. Ese polvo era capaz de arder con furia al contacto con la más mínima chispa e incluso, si se usaba debidamente, podían lanzarse objetos con él a gran velocidad… como esta bola de hierro” Emmer lo miró con la boca torcida y el ceño apretado, en parte por la lluvia y en parte, por lo inverosímil de la historia, “¿Un polvo que lanza objetos?...” Qrima se encogió de hombros y volvió la vista al camino, “Qué sé yo. Hasta dicen que se lo llevó al rey para mostrarle lo útil que podía ser, por supuesto nadie le creyó y al intentar probarlo, provocó un descalabro tan grande que terminaron arrojándolo a la calle y bajo amenaza de no regresar jamás…” El viejo Qrima observó la bola nuevamente antes de metérsela al bolsillo “…tal vez yo le crea ahora” concluyó.


“Maldita muchacha endemoniada…” masculló Trancas de rodillas en el suelo apenas pudo salir del canal gracias a una rama de árbol atragantada en un quiebre, y justo antes de vomitar una espectacular cantidad de agua que sin duda lo hubiese ahogado de no ser un inmortal, luego soltó un profundo eructo y más agua brotó de sus entrañas, tosió, se limpió la boca y el bigote con el antebrazo también mojado y se puso de pie adolorido y agotado. Hizo el ademán de caminar pero se detuvo, como si de pronto hubiese recordado algo olvidado, le echó un vistazo furioso al canal y apretó los puños haciendo el gesto de estar torciendo el cuello de alguien: había perdido su hacha en el agua, sin embargo, estaba predestinado a encontrarse con algo mucho mejor; pasaron varios minutos y muchísimo barro bajo sus pies antes de que lo viera ahí parado, protegiéndose de la lluvia bajo un gigantesco árbol de hojas grandes y gruesas: un búfalo unicornio. Un animal rarísimo, con el que, la mayoría de la gente podía pasar toda su vida sin llegar nunca a ver uno siquiera y si lograba verlo, podía considerarse muy afortunado. Grande, negro, lustroso; con su único cuerno recorriéndole la cabeza como una costra dura desde la nuca hasta brotar como un puñal en la punta de la nariz, rumiando impasible un manojo de pasto. Un animal al que se le atribuyen ciertos poderes mágicos, y según la tradición, una inenarrable suerte para quien lo monte y Trancas era un hombre profundamente supersticioso. Embobado como un niño ante el regalo que esperaba, Trancas se acercó al animal para acariciarlo, aun en una noche tan cerrada como esa, su pelaje mojado brillaba; la guerra, desaparecía estando tan cerca de un animal como ese, lo abrazó, pegó la oreja a las costillas del búfalo sin dejar de sonreír y finalmente, de un ágil salto, lo montó. Nada especial sucedió, hasta que el animal decidió caminar, entonces la lluvia se detuvo. Sin embargo, no había dejado de llover, sino que las gotas de agua se quedaron suspendidas en el aire y con toda la brutal parsimonia de la que era capaz, el búfalo y su jinete las desintegraban al paso. El mundo entero estaba contenido en un segundo que parecía eterno, el silencio, salvo por las pezuñas chapoteando en el barro a cada paso, era total, incluso el torrente de agua del canal que antes lo había arrastrado, se había congelado como en una obra artística. El animal lo trasladó en un paseo largo y lento por la ribera del canal que mantenía estupefacto y confundido al experimentado soldado, sin embargo la situación se tornó todavía más impactante, cuándo en su camino aparecieron los primeros soldados en plena batalla; pudo ver desde hombres completos hasta pequeñas gotas de sangre suspendidos en el aire y mezclados con la lluvia. Habían amigos suyos allí luchando: estaba el flaco Lerman, blandiendo su pequeña pero letal maza de cadena, directo a la cabeza de un enemigo que parece buscar algo perdido en el suelo, también está Rino, arrinconado contra la pared, conteniendo a varios enemigos con su escudo. Al fondo y de espaldas puede ver a Motas, buen amigo pero con una personalidad a veces desesperante, piensa Trancas. Su espadón golpea de lleno en el estómago a un pobre muchacho, despegando completamente en ese momento su cuerpo del suelo, varios otros están cayendo o caídos a su alrededor, lo que describe la brutalidad con la que el viejo Motas puede despejar un camino cuando tiene que salir de un lugar. Tras él, un soldado llamado Gánula aprovecha la enorme masa corporal de su compañero para repartir estocadas convenientemente protegido, se trata de un hombre misterioso, de mediana edad, delgado, que cubría la mitad del rostro con el cabello, la razón era que había un horrible agujero allí donde debía estar su ojo. El búfalo simplemente pasa por ahí, su dirección y velocidad no pueden ser gobernados ni por el jinete ni por nadie. Trancas coge sin el menor esfuerzo una espada Cizariana de la mano de un soldado, para echarles una mano a sus compañeros, al herir al primer enemigo en su camino, Trancas se asusta, la espada entra en el cuerpo del Cizariano como un cuchillo caliente entra en la mantequilla y sale con la misma facilidad, aun atravesando las armaduras, el viejo Rimoriano no entiende nada, maravillado estudia la espada, pero esta no parece tener nada especial. Limpiamente y sin esfuerzo, corta un brazo sin separar este del cuerpo al que pertenece, y luego atraviesa a otro enemigo sin siquiera moverlo; el búfalo camina con todo el tiempo del mundo por medio de la batalla mientras su jinete reparte estocadas descuidadamente y hasta con desgano, atravesando hombres como quien lanza piedras al río. El animal se alejó de ahí finalmente, Trancas decide bajarse, pero en el instante en que su cuerpo se despega completamente del búfalo, este desaparece, la lluvia vuelve a caer con furia y los soldados heridos por Trancas, gritan de dolor y caen al suelo al mismo tiempo sin entender qué los mató. Los Rimorianos también están sorprendidos, de la nada y sin explicación ven caer una decena de enemigos, y ahí está Trancas, sonriente y orgulloso con una espada pequeña y reluciente en la mano, Motas lo mira de arriba a abajo, “¿Y tú de qué demonios te ríes? hay que salir de aquí ya” Gánula parece olerlo al pasar junto a él, como dudoso de su real existencia, mientras Lerman sacándose unas gotas de sangre de la cara, pregunta sin esperar respuesta “¿De dónde diablos saliste?” La sonrisa de Trancas se apaga gradualmente hasta volver a su natural malhumor. 


León Faras.