martes, 13 de febrero de 2018

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XVIII

Finalmente Von Hagen bailó con Eloísa, y esta, con una amplia sonrisa, e inocente burla, le hizo notar que cuando él le advirtió que no bailaba muy bien, era completamente cierto. Horacio se movía con muy poca gracia, a destiempo y evidentemente con demasiado nerviosismo. La chica, astuta, sin dejar de bailar cogió un vaso de encima de una improvisada mesa y se lo dio a su compañero de baile “¡Bebe!” le dijo con los ojos más enormes que nunca, Horacio no quería, no era un buen bebedor, la chica rió “Mal bebedor, mal bailarín y mal mentiroso. Vamos, bebe y apuesto a que mejoras” Von Hagen recibió el vaso, pero no fue hasta que sus ojos se toparon con la severa mirada de Cornelio Morris, que se lo bebió y con la ayuda de Eloísa, quien con infantil malicia se lo empujó suavemente hasta vaciárselo por completo, en parte dentro de la boca y en parte fuera, en la barba y el pecho, Horacio trató de limpiarse un poco espantado, como si se tratase de algo muy grave regarse un poco de vino encima, pero la chica volvió a cogerle las manos y arrastrarlo a bailar. No mejoró mucho su técnica, pero al menos hizo que se relajara un poco y dejara de moverse como un espantapájaros, hasta logró animarse, y volvió a beberse otro trago cuando la pieza de baile terminó. Tarde en la noche, Von Hagen abandonó la fiesta, la música aun sonaba y Eloísa, incansable, bailaba encantada con quien se lo pidiera. Con la testarudez propia del borracho, Horacio llevaba en la mano un último vaso a pesar de que ya se sentía mareado, sus pasos eran torpes y desde hacía un rato, se daba cuenta de que sostenía un soliloquio que le era imposible cortar, pues cada vez que lo intentaba, no hacía más que alargarlo. Como todo borracho, los sentimientos amorosos terminan apoderándose de él, sobre todo si se trata de amores difíciles o frustrados y aunque Von Hagen sabía que era una buena idea irse a su cama y dormir un poco, inevitablemente terminó encaminándose hacia el acuario donde estaba Lidia. Era una noche clara, por lo que, a pesar de que no había ni una luz cerca, no era difícil orientarse. Se sentó en el acoplado del camión con los pies colgando y la cabeza apoyada en el cristal, tras este, la masa de agua era oscura e impenetrable. Con la sutileza y el cuidado propio de un cirujano, dejó su vaso junto a él, el cual ya había perdido la mitad del contenido en el trayecto. Nada más estar ahí, las lágrimas se agolparon en sus ojos, maldijo el circo y a Cornelio, juró que la liberaría, aunque tuviera que romper los cristales con sus propios puños, pero sólo terminó golpeándose en la frente y luego, con la misma mano, limpiándose los mocos, pues, como borracho que estaba, no podía contener el llanto. En un susurro temeroso y confuso de entender, le explicó a los cristales frente a él, pues Lidia no podía verse y de ser así, tampoco podía oírlo, lo que Mustafá le había dicho, que la única solución, era matar a Cornelio Morris, incluso podía sentir el valor infundido por el alcohol, para hacerlo en ese mismo momento, pero luego se burló de sí mismo, al darse cuenta de lo absurda de sus pretensiones, de que ni borracho sería capaz de enfrentar a Cornelio Morris, ni menos matarlo. Nuevamente pegó la frente y las manos al cristal con el llanto de la impotencia mezclada con el alcohol, un llanto largo y a media voz, que de pronto se vio forzosamente interrumpido cuando sintió una caricia en sus dedos, no retiró la mano, pero sí levantó la vista, frente a él, apenas visible, estaba el rostro de Lidia, borroso en la turbiedad del agua, que lo observaba con ternura. En ese momento, hasta su borrachera pareció evaporarse de su cerebro, cuando vio que los dedos de su mano derecha, atravesaban el cristal y eran tocados directamente por la mano de Lidia. Horacio no era un tipo acostumbrado a embriagarse, por lo que, no podía estar muy seguro pero, aquello tenía que ser una alucinación provocada por el vino, porque, estaba más o menos seguro de que no estaba soñando y también estaba más o menos seguro de que sus dedos no podían atravesar el cristal, por lo que tenía que ser una alucinación, sin embargo, la mirada de Lidia al otro lado del cristal y el suave pero perceptible contacto de sus dedos con los de él, lo hicieron finalmente aceptarlo todo sin más cuestionamientos, estaba lo suficientemente ilusionado, contento y borracho como para preocuparse de lo absurda que podía volverse la realidad, cuando a uno se le pasaban las copas.

Diego Perdiguero se estaba tomando su primer trago de la mañana cuando un chico llegó a buscarlo urgentemente: el único teléfono del pueblo había sonado y habían preguntado por él. El hombre dejó su vaso a la mitad y le lanzó al muchacho la moneda que esperaba de recompensa por correr todo el pueblo buscándolo y luego se dirigió rápido a la tienda del turco Emre, un negocio de abarrotes al que siempre le estaba yendo muy bien, especialmente porque su dueño tenía el talento visionario para llevar a su negocio ciertas cosas que nadie más tenía o que eran demasiado difíciles de conseguir, como por ejemplo el teléfono, por el que cobraba la correspondiente comisión por su uso. Eso por una parte, otra causa probable por la que el negocio prosperaba, era Emilia, su hermosa hija. Diego, al coger el auricular, ya adivinaba quien lo llamaba, no había mucha gente en el mundo interesada en utilizar un teléfono para hablar con él. Damián Corona le preguntó con cierta urgencia si el circo seguía en la ciudad, a lo que Perdiguero respondió que sí, y que estaba seguro porque de hecho, lo estaba viendo a través de las ventanas, desde la tienda del turco “…Pues no te despegues de él, salimos para allá ahora mismo…” Diego notó que algo malo había pasado, Damián se lo confirmó “…Son las fotos, algo muy raro pasó con ellas y ahora no tenemos nada. Si no conseguimos una buena foto, perderemos muchísimo dinero…”


De no estar en su litera, no era difícil presumir dónde había pasado la noche Horacio Von Hagen. Ya era media mañana cuando su amigo Ángel Pardo salió a buscarlo, aun con el cansancio de la larga noche anterior, y como era de esperarse, lo encontró tirado junto al acuario de Lidia, dormido. Apenas despertó, Horacio, sintió los síntomas de la resaca, se quedó largos segundos presionándose las sienes con las palmas de las manos y los ojos cerrados, luego su amigo lo ayudó a bajar, pues todavía se sentía algo mareado, pero en cuanto se pusieron a andar, Von Hagen, como en un chispazo, un golpe a su subconsciente, recordó lo sucedido durante la noche y se devolvió sobresaltado, ansioso y olvidando momentáneamente los síntomas de la bebida, palpó los cristales del acuario buscando los agujeros por los que había introducido sus dedos, pero no los encontró por ningún lado, sin embargo mantenía vivo el recuerdo de haber sentido la mano de Lidia tocando sus dedos, tanto así, que comenzó a golpear los cristales para llamar la atención de la sirena y que esta confirmara su historia. Lidia no apareció, aunque de haberlo hecho, tampoco hubiese podido decirles nada. Ángel Pardo, al escuchar la historia de lo sucedido, sólo lo miró con compasión, a pesar de no haber bebido demasiado, Horacio estaba muy borracho cuando dejó la fiesta, y era obvio que el alcohol lo había engañado, si es que no lo había vencido el sueño antes. Von Hagen, poco a poco desistió en su búsqueda, era inútil, los cristales eran tan impenetrables como siempre, lo más probable era que su amigo tuviera razón, pero de ser así, y aun así, su recuerdo era tan vívido como el recuerdo de haber bailado con Eloísa. Ángel Pardo no insistió, no era de esas personas que buscan convencer a nadie de que sus ideas son las correctas, sólo se limitó a decirle que tal vez, sólo lo había soñado, hay sueños capaces de confundir a cualquiera, una idea que Von Hagen aceptó al final, resignado, pero no del todo convencido.


León Faras.

viernes, 2 de febrero de 2018

El Perro.

El Perro.


Tendría yo unos doce años, cuando un compañero de mi curso, en mi escuela, me invitó a su casa a compartir un juego que le habían regalado y que seguramente jugarlo solo, no tenía el mismo sabor. La ciudad estaba rodeada de cerros los que, a su vez, estaban cubiertos de viviendas en sus laderas y un poco más arriba. Allí vivía mi amigo. Iba yo por un angosto camino peatonal de tierra, que desembocaba en una escalera de cemento por la que obligadamente debía subir, ahí a los pies de la escalera, estaba echado el Perro. Era un perro grande, al menos, para los ojos de un niño de doce años, de un color negro sucio, polvoriento, casi rojizo, orejas puntiagudas clásicas, de esas que automáticamente le dan al perro un aspecto más intimidante, y el pelo largo como el Lobo de las películas, bastante cliché, lo sé, pero así lo recuerdo. El perro me vio acercarme y comenzó a gruñirme, sin siquiera cambiar de posición, me miraba con su cabeza reposada sobre sus patas delanteras, mostrándome sus intimidantes colmillos y haciendo ese sonido gutural tan característico. Yo, por supuesto, me paré en el acto y el perro dejó de gruñirme, como un pequeño pacto entre caballeros, pero eso sí, no me quitó el ojo de encima, lo que significaba que no se fiaba ni un pelo de mí. Intenté avanzar un par de pasos muy despacio hacia la escalera, como mostrándole mis respetos, pero el perro no estaba para trucos baratos y esta vez levantó la cabeza para gruñirme, y juro que pude ver completo su hermoso juego de dientes húmedos de saliva. Reculé rápidamente. Sobra decir que no había ni una persona cerca que me ayudara, como en esos duelos del oeste en los que todo el mundo se esconde. La siguiente estrategia, era rodearlo, pero era un camino angosto, con una pared del cerro por un lado y una pendiente de tierra por el otro. Aun así me pegué a la pared para avanzar lo más lejos posible de él, demostrándole que no quería molestarlo ni entrometerme en sus asuntos, pero mi amigo el Perro, se dio cuenta rápidamente de que yo no estaba captando el mensaje, así que se puso de pie con un resorte en las patas, me soltó dos ladridos que te hielan la sangre, eso si no te aflojan el estómago primero, y terminó con un gruñido largo como diciéndome “No te pases, muchacho… conmigo no te pases" Entonces tomé la decisión más sabia de toda mi vida, o de la que llevaba vivida hasta ese momento: dar la media vuelta e irme por donde había venido. Cuando volví la vista atrás, aun con el corazón latiéndome en todo el cuerpo y las piernas temblando, el perro se había vuelto a echar, en la misma posición y lugar en el que estaba antes. La experiencia quedó en mi mente para siempre, mi subconsciente, ni corto ni perezoso, la archivó de inmediato y hasta le puso una marquita de “No borrar” Muchos años después, recordando aquello, se me ocurrió otra hipótesis: el perro no estaba en su casa, por lo tanto no cuidaba su territorio, era un lugar público por el que, sin duda, mucha gente transitaba todos los días, tampoco en ningún momento, y para mi fortuna, intentó atacarme, solo amenazarme y de una manera lo suficientemente convincente como para hacerme desistir y volver a casa y una vez logrado esto, el animal volvió a su posición como si no hubiese pasado nada, su única intención fue cerrarme el paso. ¿Y si me salvó de algo? Algo malo que me hubiese sucedido de seguir mi camino, nadie imagina a los ángeles guardianes con un aspecto tan atemorizante y desaliñado, pero tampoco tienen por ley que ser criaturas hermosas y sobrenaturales. Esto me recuerda una historia que me contó mi padre hace años sobre un pollito recién salido de su cascarón, que, aventurero, decide salir a conocer la granja, en su paseo, no demasiado extenso aun, llega hasta donde las vacas estaban pastando. Era una mañana fría y el animalito ya comenzaba a sentirse algo entumecido, pero estaba perdido y no sabía bien como regresar de vuelta al delicioso calor de su madre. Por esas cosas del destino, eso de ubicarse en el lugar y el momento justo, uno de los vacunos decidió que era buen momento para vaciar sus intestinos, y le soltó una tremenda bosta que cubrió por completo al pollo que justo pasaba por debajo en ese momento. Sin embargo, el pollito pudo sacar su cabeza afuera y pasado el aturdimiento inicial por el impacto, se dio cuenta de que el excremento de la vaca estaba caliente, de que el frío desaparecía y de que realmente se estaba a gusto allí, literalmente con la mierda hasta el cuello. Eso, hasta que un ave rapaz, conocidas por su excelente vista, lo vio moverse, y de una sola pasada, lo tomó con sus garras y se lo llevó para comérselo y dárselo regurgitado a sus crías. Moraleja: No todo el que te caga, necesariamente te causa un daño, ni todo aquel que te saca de la mierda, te está haciendo un favor.


León Faras. 

miércoles, 31 de enero de 2018

Autopsia. Segunda parte.

X.

Para cuando volvió el hijo de Ismael con ropa para su hermana, el doctor Cifuentes había relajado el ambiente sirviendo un pequeño vaso de coñac para cada uno, de una botella encontrada en la casa, perteneciente a su antiguo morador. Había tenido tiempo más que suficiente para oír toda la historia de Ismael de lo sucedido a Úrsula: la puerta cerrada, el humo, los muebles azotados contra el suelo. El calor sofocante que envolvió toda la casa y la desconcertante desaparición del bebé. El doctor escuchaba con una expresión de profunda gravedad, echándole cortos vistazos al cura quien no parecía demostrar ninguna duda acerca de lo sucedido. Sostenía en la mano su vaso minúsculo de coñac sin haberle sacado ni un sorbo aun. Como médico, no podía formular ninguna opinión al respecto, pero como persona, se remitía a aceptar la historia tal y como se la contaban, sin admitirla como verdad ni como mentira, sino sólo como la percepción o interpretación de Ismael sobre lo que él mismo había visto, su hijo, sin embargo, traía además de algo de ropa para su hermana, más antecedentes frescos: junto con su madre entraron a la habitación de Úrsula, el sitio era un desastre en el que apenas se podía andar, la cama estaba inservible, prácticamente quebrada a la mitad, los muebles desparramados, rotos y con sus interiores igualmente esparcidos por el suelo, el aire se sentía pesado y pestilente, él mismo abrió las ventanas para que fuera un poco más soportable, pero la verdad era que la atmósfera dentro del cuarto, podía descomponerle el estómago a un gato callejero. Encontraron algo de ropa para la muchacha, pero también otras cosas mucho menos agradables: varios ratones muertos y pudriéndose, algunos pájaros e incluso sapos, todos muertos, todos apestando y todos con la cabeza arrancada. Parecía un sitio abandonado por años y empleado por algún pequeño animal depredador como guarida, pero ni siquiera un animal soporta tal grado de desastre, ni tampoco se trataba de un sitio abandonado. El doctor Cifuentes se llevó al vaso a la boca y tragó su contenido con la dificultad común en un hombre poco habituado al alcohol, para él, en tales circunstancias lo mejor era que pusieran a hervir toda la ropa de la muchacha y luego desinfectar el piso y los muebles con lejía, también era importante ventilar toda la casa antes, durante y después del proceso, tal grado de podredumbre era un foco poderosísimo de enfermedades e infecciones que ponían en riesgo la salud de toda la familia, Ismael asintió luego de buscar la aprobación del padre Benigno, y aseguró que lo harían lo antes posible, pero el hijo de Ismael aun no había terminado, una cosa más había encontrado en el dormitorio de Úrsula y que era digna de contar: la cruz de madera que colgaba de la pared sobre la cabecera de la cama de su hermana, estaba incrustada en el muro de adobes, empotrada, como quien hunde una pisada sobre una capa de barro blando, hasta el punto de ser imposible de sacar sin romper el muro, el doctor Cifuentes le echó una mirada cargada de incredulidad al padre Benigno, pero este mantenía la vista fija en algún punto indeterminado de su cama, pensativo, preocupado, todo aquello era muy malo, él lo sabía, y también sabía que él era el único con la responsabilidad de enfrentarse a ello.


La diminuta ventana sin cortinas absorbió toda la luz que le proyectaba el sol de la mañana, ingresando con la forma de un bloque diáfano, habitado por una multitud de partículas en constante y lento movimiento e inundó de claridad el cuarto donde aun dormían Elena y Clarita, esta última abrió los ojos con la pereza de un gato que, con la panza llena, reposa tendido en su cojín favorito. Había llegado un nuevo día y nada la había vuelto a despertar en toda la noche, aquello le dibujó en la cara una sonrisa chueca que luego se transformó en otra plena, de esas que llenan todo el rostro, se dio un sonoro beso en el puño en el que apretaba la medalla de San Benito y buscó a Gracia en el cuarto para presumir de su nuevo amuleto contra malos sueños hasta que su sonrisa se diluyó. Gracia no estaba. Elena despertó en ese momento y la sonrisa de Clarita volvió a surgir, “¡Apresúrate!...” gritó la niña, saltando de su lecho como si este de pronto la hubiese amenazado con engullirla o algo parecido, “… Tata ya debe estar sacando la leche” La niña salió corriendo y a medio vestir, tal como había dormido, Elena tardó un poco más en ponerse su ropa de hombre antes de salir del cuarto, en la cocina, la vieja Lina preparaba el desayuno y la muchacha se ofreció a ayudarle, por la ventana podían ver a Clarita abrazando un cabrito entre una de sus patas delanteras y el cogote, corriendo tras de su mamá para que esta amamantara a su cría, cosa que no estaba funcionando, pero sin duda era bastante gracioso de ver. Elena no tardó en preguntar, “¿Qué cree que sea eso de que Clarita dice que ve y habla con su hermana? ¿Sólo su imaginación o habrá algo más?” La vieja dejó de rebanar la hogaza de pan, se restregó la punta de la nariz con el dorso de la mano en la que sostenía el cuchillo, luego respondió “Te voy a contar lo mismo que me dijo una mujer hace algunos años, una mujer que llegó a conocer bien a la madre de Clarita…” continuó rebanando el pan “…la madre de Clarita era una jovencita de tu edad o tal vez algo menor. Tuvo la mala fortuna de enamorarse de un hombre destinado a morir tan sólo un par de semanas después en una riña de borrachos. Luego de que el hombre ya estaba sepultado, ella se enteró de que estaba preñada. Sola, nadie sabe si fue por obligación o voluntad que decidió llegar con su embarazo hasta el final, lo cierto es que lo hizo, y fue la última cosa que hizo en su vida. Los partos son a veces como coser y cantar pero otras veces pueden ser un calvario, en el caso de esta muchacha, demasiado joven y debilucha, la cosa se complicó mucho y encima su hija nació muerta, nada se pudo hacer. Cuando pensaron que tal vez la madre tendría alguna oportunidad de salvarse, se dieron cuenta de que venía otra niña… una gemela, y esta sí estaba viva. Clarita. Sólo ella sobrevivió al final…” Elena se quedó paralizada a la mitad del pocillo que estaba llenando con leche, “Entonces, Gracia, la hermana de Clarita, sí existió…” la vieja asintió con una sonrisa triste, “Así es… alguna vez existió en verdad… o por lo menos así me lo contaron a mí. Curioso, ¿no?”  El viejo Tata entró en ese momento, traía un taburete de patas más largas para que se sentara Clarita, esta le seguía contenta y sintiéndose importante, con un trozo gordo de queso que apenas sostenía entre los brazos.


León Faras. 

martes, 23 de enero de 2018

Autopsia. Segunda parte.

IX.

Luego de que el doctor Cifuentes autorizara una muy breve visita, Ignacio Ballesteros visitó al padre Benigno, solo, en su habitación. Él mismo cerró la puerta al entrar. Las Hermanas de la Resignación le habían comunicado el resultado de la reunión entre el sacerdote y la joven Elena: un cura acuchillado y una muchacha desaparecida, pero Ignacio no podía dar crédito, ni siquiera de boca de las honorables hermanas, que la cuchillada recibida por el padre Benigno hubiese sido propinada por Elena, su hermana; eso era sencillamente absurdo. Ignacio presionó a las monjas para que le confesaran si este inadmisible hecho, había sido presenciado por sus propios ojos, pero como estas, entre incómodas y ofendidas, respondieron que no, Ignacio tomó todo como un embuste o a lo menos una confusión y se dirigió de inmediato hacia donde se encontraba el sacerdote, para que este le aclarara lo sucedido, “Todo fue nada más que un lamentable accidente…” dijo el padre Benigno apretando los labios hasta sólo dejar una fina línea donde estaba su boca, luego agregó “…no tiene nada que reprocharle a ella” “No pensaba hacerlo…” contestó Ignacio, renuente a sentarse en la silla que estaba justo a su lado “…pero me pregunto cómo es posible que alguien como ella, puede llegar a hacer algo como eso, ¿Un accidente puso una cuchilla en su mano? ¿Un accidente llevó esa mano hasta su estómago? ¿Podría ser un poco más específico, padre, sobre qué fue lo que realmente ocurrió?” El cura respiró hondo y dirigió la mirada hacia la pared contraria. No le gustaba para nada el tono en que el muchacho le hablaba, pero dada las circunstancias, no dijo nada al respecto, en cambio, intentó mantenerse sereno, “Los detalles no son importantes…” “Un accidente que usted provocó, seguramente, por eso que no le importan los detalles” lo interrumpió con brusquedad el muchacho; el sacerdote abrió los ojos como un maestro ante un alumno insolente y alzó la voz, “¡Yo recibí la puñalada, y viene usted aquí a increparme!” Ignacio tuvo, incluso, el descaro de apuntarle con el dedo, “Usted seguro tuvo algo que ver en esto. Elena jamás haría algo así. Estoy seguro de eso” El cura trató de enderezarse, furioso, pero el dolor en su herida lo frenó abruptamente, “Se atreve usted a acusarme de…” La discusión se acaloraba cada vez más, pero unos aullidos agudos y angustiantes desde afuera, hicieron que ambos hombres se callaran, al salir, Ignacio Ballesteros vio como Ismael trataba, aunque con demasiadas precauciones y cuidados, contener a su hija quien se sacudía hasta el punto de casi caerse de la cama, mientras el doctor Cifuentes intentaba con gran dificultad revisar las pupilas de Úrsula, quien desesperadamente se apretaba la cabeza porque sentía que el bebé lloraba con violencia histérica en sus oídos hasta el punto de causarle dolor físico en estos, y obligarla a torturarse las orejas, patalear en la cama y gritar que alguien hiciera callar a ese bebé, bebé que por supuesto, solo ella podía oír. Ignacio se acercó rápido, mal que mal, él también era médico, para sujetar con más firmeza a la muchacha, “¡Traiga Cloroformo!” gritó, adueñándose completamente de la situación, lo que no le hizo ni pizca de gracia al doctor Cifuentes, “Sé hacer mi trabajo, señor. Gracias” respondió con toda la parquedad de la que fue capaz, dada la situación y de una estantería, que en ese momento le pareció más alta de lo que recordaba, sacó una botella de éter, humedeció su propio pañuelo y con él tranquilizó a la muchacha que no dejaba de gritar que el bebé le estaba destrozando los tímpanos, “Tengo un buen amigo que les puede ayudar, él es un gran psiquiatra que…” comentaba Ignacio una vez que el cuerpo de Úrsula se tranquilizó y dejó de luchar, pero fue interrumpido por un estruendo descomunal que hizo dar un respingo de susto a todos, menos a Úrsula: la estantería cayó bruscamente al piso como si hubiese estado siendo elevada por una cuerda y de pronto la cuerda se rompe, pero no había ninguna cuerda, algo más la sostenía en vilo y ese algo se cortó bruscamente. Nadie notó el suceso, ni siquiera el doctor Cifuentes cuando tomó el éter, simplemente el golpe repentino y violento, el cristal que estalló y el instrumental que se esparramó por el suelo, junto con algunos frascos y botellas, el padre Benigno, levantado y de pie en la puerta murmuró, “…un psiquiatra no va a servir de nada…” mientras Ignacio Ballesteros se alejaba de la chica como si esta de pronto le estuviera quemando las manos, “¿Qué carajos sucede aquí?” a su lado, Ismael se persignó, dos veces “¡Dios mío! así mismo se golpearon los muebles del dormitorio de la Úrsula, hasta se le rompieron las patas en el suelo… esto es cosa del Diablo, padre…” El doctor Cifuentes se quitó los anteojos para limpiarse el sudor de los ojos y luego se los volvió a poner, estaba consternado, pero lo intentaba disimular, “Caballeros por favor, un poco de cordura, la caída de ese estante, no fue más que un accidente sin mayor relevancia…” Ignacio sonrió incrédulo mirando los rostros de grave preocupación de todos los presentes. Era un tipo más bien de baja estatura, lo que resultaba más evidente al estar parado junto al espigado Ismael, “¿Cosa del Diablo? Yo insisto en que lo que esta muchacha necesita, es que la evalúe un buen psiquiatra, y este lugar, muebles nuevos, pero si creen que es “Cosa del Diablo” entonces, ahí tienen a un experto…” señaló al padre Benigno, quien, se mantenía lo más erguido que podía a pesar de que sentía la tensión en la herida, luego añadió dirigiéndose a este, “…Sepa que no me voy completamente conforme con nuestra conversación. Voy a encontrar a mi hermana y le aseguro que ella me contará palmo a palmo lo que sucedió. Y ruegue porque esté bien, o yo mismo me encargaré de hacerlo responsable.” Luego de esto, cogió su abrigo, le dio con sobria cortesía las buenas noches al doctor Cifuentes y se retiró.


Clarita despertó bruscamente apenas dos horas después de dormirse, en su sueño, la niña buscaba algo a hurtadillas, estaba oscuro y no veía gran cosa, sin embargo, buscaba con urgencia y sigilo, pero con mucha presión, como quien intenta hurtar las llaves a un gigante dormido, entonces sentía el golpe fuerte y seco sobre el mesón, sus pasos pesados sobre el suelo húmedo y pegajoso y aparecía el hombre del delantal sucio. Nunca podía evitarlo ni nunca podía huir de él, entonces gritaba y el grito, la despertaba. Gracia la miraba desde un rincón levemente iluminado por la suave claridad de la noche que entraba por la diminuta ventana del cuarto, pero fue Elena quien la habló, estaba justo a su lado, la abrazó y la acarició en el pelo, le contó, que ella de pequeña también tuvo sueños feos que la despertaban llorando a mitad de la noche, sueños en los que alguien la sacaba de su cama y de su casa para llevársela lejos, entonces una tía, que ya entonces contaba con muchos años, le regaló una medallita de San Benito para que la protegiera de día y limpiara sus sueños de noche, ese era un santo muy poderoso, que incluso podía hacer retroceder al mismísimo Diablo, eso le había contado su tía y eso mismo le explicó a la niña, quien miraba la estampita embobada, como si fuera aquel el objeto más valioso y hermoso del mundo o por lo menos, que sus ojos habían visto, y en buena parte, así era. Acto seguido, Elena se la quitó y se la colgó del cuello a la niña, quien la recibió con la solemnidad del atleta que acaba de recibir la medalla de oro y consagrarse en su disciplina, Gracia, como si no pudiese soportar la curiosidad, también se puso de pie y se acercó a observar la imagen con el ceño fruncido y la boca abierta, Clarita se la mostró orgullosa y sonriente, pero pronto su expresión se apagó, preocupada, se volteo hacia Elena para saber si lo que decía Gracia, era verdad: “Dice que tu santo tal vez no es tan poderoso, que no te protegió bien a ti…” Tenía toda la razón, pensó Elena, esos comentarios de Gracia siempre la dejaban medio descolocada, más sabiendo que Gracia no existía en realidad, en ese momento, ella dudaba mucho de la protección de santos o del mismísimo amor de Dios, estaba ofendida, sintiendo que había dado todo, sólo para recibir al final una contundente bofetada en el rostro, pero por otro lado, en ese lugar, en casa de los abuelos, se sentía tranquila y feliz como no lo había hecho en mucho tiempo, su constante miedo a ofender o defraudar a su padre, a su familia o a Dios, se disipaba, allí no había leyes inquebrantables ni infinidad de condiciones para todo, allí las cosas eran simples, el paisaje hermoso y ella se sentía útil y acogida “No te creas…” respondió “…tal vez él me sacó de donde estaba para traerme aquí” Gracia sonrió meneando la cabeza y volvió a su lugar, como quien en medio de una discusión, recibe un argumento que no se puede rebatir y prefiere abandonar, Clarita, por su parte, sonrió satisfecha y se volvió a acurrucar junto a Elena, con la medallita de San Benito apretada en su puño y las caricias de Elena en su cabello.


León Faras.

martes, 26 de diciembre de 2017

Lágrimas Negras. Segunda parte.

XXXI.

El cuerpo del príncipe Ovardo fue desnudado, lavado y acostado en su cama, todo bajo la atenta mirada de Serna, quien, aparte de revisar que no hubiera heridas o contusiones visibles, se aseguraba de que las mujeres de la servidumbre hicieran su trabajo en el más absoluto mutismo, a pesar de que el príncipe buscaba con mano temblorosa, el rostro de la princesa Delia en todas ellas, susurrando explicaciones, humillado y derrotado, disculpándose por no ser más un hombre digno de ella y lamentándose por no haber muerto en la batalla en vez de vivir como un inútil el resto de su vida. Las mujeres por su parte, contenían el llanto con los labios apretados y los ojos húmedos, dejando escapar sollozos contenidos que Ovardo interpretaba como los de su esposa, avergonzada y defraudada de él, lo que lo hundía más en su propio agobio y congoja. Sin embargo, nadie decía una palabra, pues la situación del príncipe era demasiado delicada y si llegaba a enterarse de la muerte de su mujer, sería irreversible.

Las ruedas sonaban como si giraran sobre una extensa cinta adhesiva al ir contantemente despegándose del suelo arcilloso y húmedo. Qrima conducía el coche que antes traía el capitán Albedo. Llevaba el sombrero aplastado y más hundido de lo habitual debido al chaparrón que le caía libremente encima. A su lado, Emmer se cubría desde la cabeza con una manta hace rato empapada, mientras que dentro del coche viajaban a buen resguardo del aguacero, Darlén y su hijo y Nila con el bebé encontrado en la batalla. “Dime…” preguntó Qrima, asomando un ojo por debajo del ala de su sombrero, “… ¿Cómo rayos es que fue a parar esa cosa dentro de tu barriga? ¿Acaso te la tragaste?” Emmer lo miró con el rostro contraído por la lluvia que le golpeaba la cara, “¿Qué cosa?...” el viejo sacó la bola de hierro de su bolsillo y se la mostró, Emmer se restregó los ojos mojados, “…no tengo ni idea” contestó. Luego, le explicó lo que le había sucedido, sobre aquel viejo de aspecto estrafalario, montado a lomos de un burro mientras lo apuntaba con un artilugio desconocido que de pronto soltó un estruendo como un trueno “…no pude ver nada, solo sentí que algo me había golpeado el estómago y se había quedado ahí dentro, como si fuera algún tipo de magia desconocida. Y ese olor, algo que nunca había olido antes pero que ahora no podré olvidar nunca” El viejo Qrima carcajeó con suavidad, “Conozco a ese viejo ridículo y de magia no sabe nada. Se llama Larzo, un viejo que todo el mundo piensa que está loco, pero parece que es más liso de lo que creen. Cuenta que hace años compró un polvo extraño a un mercader con muy mala racha, en una tierra lejana, pero que venía de aun más lejos. Ese polvo era capaz de arder con furia al contacto con la más mínima chispa e incluso, si se usaba debidamente, podían lanzarse objetos con él a gran velocidad… como esta bola de hierro” Emmer lo miró con la boca torcida y el ceño apretado, en parte por la lluvia y en parte, por lo inverosímil de la historia, “¿Un polvo que lanza objetos?...” Qrima se encogió de hombros y volvió la vista al camino, “Qué sé yo. Hasta dicen que se lo llevó al rey para mostrarle lo útil que podía ser, por supuesto nadie le creyó y al intentar probarlo, provocó un descalabro tan grande que terminaron arrojándolo a la calle y bajo amenaza de no regresar jamás…” El viejo Qrima observó la bola nuevamente antes de metérsela al bolsillo “…tal vez yo le crea ahora” concluyó.


“Maldita muchacha endemoniada…” masculló Trancas de rodillas en el suelo apenas pudo salir del canal gracias a una rama de árbol atragantada en un quiebre, y justo antes de vomitar una espectacular cantidad de agua que sin duda lo hubiese ahogado de no ser un inmortal, luego soltó un profundo eructo y más agua brotó de sus entrañas, tosió, se limpió la boca y el bigote con el antebrazo también mojado y se puso de pie adolorido y agotado. Hizo el ademán de caminar pero se detuvo, como si de pronto hubiese recordado algo olvidado, le echó un vistazo furioso al canal y apretó los puños haciendo el gesto de estar torciendo el cuello de alguien: había perdido su hacha en el agua, sin embargo, estaba predestinado a encontrarse con algo mucho mejor; pasaron varios minutos y muchísimo barro bajo sus pies antes de que lo viera ahí parado, protegiéndose de la lluvia bajo un gigantesco árbol de hojas grandes y gruesas: un búfalo unicornio. Un animal rarísimo, con el que, la mayoría de la gente podía pasar toda su vida sin llegar nunca a ver uno siquiera y si lograba verlo, podía considerarse muy afortunado. Grande, negro, lustroso; con su único cuerno recorriéndole la cabeza como una costra dura desde la nuca hasta brotar como un puñal en la punta de la nariz, rumiando impasible un manojo de pasto. Un animal al que se le atribuyen ciertos poderes mágicos, y según la tradición, una inenarrable suerte para quien lo monte y Trancas era un hombre profundamente supersticioso. Embobado como un niño ante el regalo que esperaba, Trancas se acercó al animal para acariciarlo, aun en una noche tan cerrada como esa, su pelaje mojado brillaba; la guerra, desaparecía estando tan cerca de un animal como ese, lo abrazó, pegó la oreja a las costillas del búfalo sin dejar de sonreír y finalmente, de un ágil salto, lo montó. Nada especial sucedió, hasta que el animal decidió caminar, entonces la lluvia se detuvo. Sin embargo, no había dejado de llover, sino que las gotas de agua se quedaron suspendidas en el aire y con toda la brutal parsimonia de la que era capaz, el búfalo y su jinete las desintegraban al paso. El mundo entero estaba contenido en un segundo que parecía eterno, el silencio, salvo por las pezuñas chapoteando en el barro a cada paso, era total, incluso el torrente de agua del canal que antes lo había arrastrado, se había congelado como en una obra artística. El animal lo trasladó en un paseo largo y lento por la ribera del canal que mantenía estupefacto y confundido al experimentado soldado, sin embargo la situación se tornó todavía más impactante, cuándo en su camino aparecieron los primeros soldados en plena batalla; pudo ver desde hombres completos hasta pequeñas gotas de sangre suspendidos en el aire y mezclados con la lluvia. Habían amigos suyos allí luchando: estaba el flaco Lerman, blandiendo su pequeña pero letal maza de cadena, directo a la cabeza de un enemigo que parece buscar algo perdido en el suelo, también está Rino, arrinconado contra la pared, conteniendo a varios enemigos con su escudo. Al fondo y de espaldas puede ver a Motas, buen amigo pero con una personalidad a veces desesperante, piensa Trancas. Su espadón golpea de lleno en el estómago a un pobre muchacho, despegando completamente en ese momento su cuerpo del suelo, varios otros están cayendo o caídos a su alrededor, lo que describe la brutalidad con la que el viejo Motas puede despejar un camino cuando tiene que salir de un lugar. Tras él, un soldado llamado Gánula aprovecha la enorme masa corporal de su compañero para repartir estocadas convenientemente protegido, se trata de un hombre misterioso, de mediana edad, delgado, que cubría la mitad del rostro con el cabello, la razón era que había un horrible agujero allí donde debía estar su ojo. El búfalo simplemente pasa por ahí, su dirección y velocidad no pueden ser gobernados ni por el jinete ni por nadie. Trancas coge sin el menor esfuerzo una espada Cizariana de la mano de un soldado, para echarles una mano a sus compañeros, al herir al primer enemigo en su camino, Trancas se asusta, la espada entra en el cuerpo del Cizariano como un cuchillo caliente entra en la mantequilla y sale con la misma facilidad, aun atravesando las armaduras, el viejo Rimoriano no entiende nada, maravillado estudia la espada, pero esta no parece tener nada especial. Limpiamente y sin esfuerzo, corta un brazo sin separar este del cuerpo al que pertenece, y luego atraviesa a otro enemigo sin siquiera moverlo; el búfalo camina con todo el tiempo del mundo por medio de la batalla mientras su jinete reparte estocadas descuidadamente y hasta con desgano, atravesando hombres como quien lanza piedras al río. El animal se alejó de ahí finalmente, Trancas decide bajarse, pero en el instante en que su cuerpo se despega completamente del búfalo, este desaparece, la lluvia vuelve a caer con furia y los soldados heridos por Trancas, gritan de dolor y caen al suelo al mismo tiempo sin entender qué los mató. Los Rimorianos también están sorprendidos, de la nada y sin explicación ven caer una decena de enemigos, y ahí está Trancas, sonriente y orgulloso con una espada pequeña y reluciente en la mano, Motas lo mira de arriba a abajo, “¿Y tú de qué demonios te ríes? hay que salir de aquí ya” Gánula parece olerlo al pasar junto a él, como dudoso de su real existencia, mientras Lerman sacándose unas gotas de sangre de la cara, pregunta sin esperar respuesta “¿De dónde diablos saliste?” La sonrisa de Trancas se apaga gradualmente hasta volver a su natural malhumor. 


León Faras.

martes, 5 de diciembre de 2017

Lágrimas Negras. Segunda parte.

XXX.

La vieja Zaida permanecía estoica y alerta sobre su caballo y bajo la lluvia frente al puente principal, completamente cubierto por lanceros y protegido por un buen número de arqueros. El general Rodas aun no regresaba. Él y sus hombres aun luchaban por contener a los Rimorianos que habían logrado atravesar el puente quemado. Siandro, por su parte, se veía sumamente aburrido con el pobre espectáculo y la incansable lluvia que lo calaba hasta los huesos. Un nutrido grupo de jinetes apareció en el camino al galope, dispuestos a atravesar el puente principal, los lanceros dispusieron sus lanzas para contenerlos, los arqueros prepararon sus flechas y el rey de Cízarin, torpe y ansioso, además de confundido por la oscuridad y la lluvia, por poco les ordena disparar, por suerte la vieja Zaida estaba atenta y rechazó la orden: los jinetes eran el grupo que acompañaba a Rianzo, uno de ellos, el de más alto rango, atravesó la gruesa cortina de soldados que protegían el puente para informar al rey que su hermano Rianzo había caído al canal y había desaparecido en las caudalosas aguas. Apenas terminó su informe, una flecha pasó muy cerca de él acabando ensartada en la cabeza del caballo del rey, el cual se encabritó de dolor, botando a su jinete para luego caer moribundo. El rey Siandro se puso de pie tan rápido y digno como pudo y sacó sus espadas, pero ni sus ojos, ni los de nadie, podían ver al enemigo oculto en la densa oscuridad de la noche. La vieja Zaida le ordenó que se retirara, la siguiente flecha podía darle en la cabeza a él, sus guardias personales se cerraban para protegerlo, cuando un buen grupo de Rimorianos atacó desde la oscuridad dando gritos salvajes. En primera fila, corría Cransi, llevando en alto una maza de madera forrada con hierro en su parte más gruesa y provista de púas afiladas. La dejó caer con furia sobre un escudo que se doblegó ante el golpe, al igual que el soldado que se protegía tras él. Otro inmortal de nombre Trancas abría paso con un hacha de guerra ante la cual, no se podía hacer otra cosa más que retroceder. Trancas era un viejo malhumorado, con un estómago enorme pero firme y brazos de leñador, usaba un bigote largo e hirsuto que le cubría hasta las orejas y parecía salir expulsado de su rostro. La situación se volvió caótica por un momento: los soldados Cizarianos fueron obligados a retroceder contra el puente, evitando que el grupo de jinetes del otro lado pudieran pasar, mientras los arqueros, tenían gran dificultad en disparar sus flechas sin que estas hirieran a sus propios camaradas. La vieja Zaida ordenaba con desesperación que despejaran el puente, pero sus gritos se perdían en el fragor de la batalla y el ruido del aguacero. Siandro, en medio de sus hombres, comprendió la situación y ordenó a los soldados retroceder, hasta llegar al otro lado pero en el entretanto, los inmortales avanzaban con ferocidad, incontenibles y provocando numerosas bajas al enemigo que luchaba por salir del atolladero y organizarse. Egan y Éger, los gemelos Rimorianos, luchaban pegados espalda con espalda, en la boca del puente, evitando que nadie entrara o saliera de él. Una nueva flecha voló desde la oscuridad clavándose en el hombro de la vieja Zaida que se dobló sobre su caballo, en parte por el dolor y en parte para protegerse de un próximo ataque. Algunos hombres se aproximaron a ayudarle, pero la vieja, en un nuevo relámpago que rajó el cielo, pudo ver una silueta corriendo agazapada sobre los tejados “Ahí está, ahí” grito, para que eliminaran al que parecía ser un tirador solitario que sabía bien escoger sus blancos.

En el otro punto, donde estaba el general Rodas, la situación no se veía mejor: el sitio entre el canal y la ciudad era estrecho y se estrechaba aun más con los numerosos cadáveres Cizarianos que se amontonaban y entorpecían la lucha. Las flechas caían casi con la misma intensidad que la lluvia, pero los Rimorianos, agotados y jadeantes, no parecían doblegarse por estas, hasta que uno de ellos fue alcanzado en el cráneo y su cuerpo por fin dejó de luchar cayendo al suelo convertido en un inútil no-muerto. Motas, con media docena de flechas clavadas en su cuerpo, lo observó con desprecio, pero no al hombre, sino a su condición desvanecida de inmortal, Rino, en cambio, lo observó preocupado, sus enemigos también lo habían visto, y para ellos sería un aliciente. Estaban demasiado expuestos, debían salir de ahí, o pronto todos comenzarían a caer de la misma manera. El grupo abrió camino para avanzar siguiendo la orilla del canal mientras Abaragar y su maza de hierro, contenía al enemigo, Motas le echó el último vistazo antes de alejarse con el grupo, pero el gigante Rimoriano seguía blandiendo su arma como un animal acorralado por una manada de lobos, se veía agotado y era evidente que su inmortalidad, no lo hacía ni más fuerte ni más resistente, pero la furia con la que luchaba sin duda era admirable al mismo tiempo que intimidante. Una espada se clavó en su costado, un atrevimiento que el Cizariano pagó con su vida. Abaragar ni siquiera se la retiró, con un grito terrible hizo girar su maza en frente de él de un lado hacia el otro, abriendo un callejón hasta dejarla caer de manera brutal sobre la cabeza del caballo del general Rodas, quien cayó de bruces al suelo y a los pies del gigante, que desde ahí, y a pesar de la escasa visibilidad, se veía imponente con su arma en alto, el general, desesperado, hundió el filo de su espada en la rodilla del Rimoriano, sin embargo, no había fuerza humana que pudiera evitar que la maza de hierro de Abaragar cayera sobre su pecho. Las espadas se clavaron en su espalda sin piedad ni recaudos, el gigante reaccionó como una bestia herida, con un giro violento que derribó a más de uno de sus enemigos, pero nuevas espadas se enterraban en su cuerpo, cubriendo su piel de la monstruosa cicatrización que trabajaba sin parar en su carne, su sangre y sus huesos, debilitándolo hasta caer sobre sus rodillas. Finalmente, una de las espadas enemigas atravesó su cuello, dejando su rostro contraído en una mueca de odio y dolor. Su cabeza rodó por el suelo y su temida maza cubierta de sangre enemiga, por fin se soltó de su mano, cayendo inerte al lodo.

Los soldados Cizarianos persiguieron a la silueta que corría sobre los tejados hasta que esta desapareció en la noche, para luego volver a delatar su posición con una flecha que quedó vibrando ensartada en un poste a escasos centímetros de la cabeza de uno de ellos. El callejón era angosto y empinado y el agua corría por él como por una acequia, al llegar a una escalera que terminaba en una bifurcación, una nueva flecha se clavó en el suelo y la silueta volvió a moverse sobre los tejados, huyendo. Los hombres la seguían con la sospecha latente de que estaban siendo guiados deliberadamente en una dirección, pero para ellos era inconcebible volver con las manos vacías y una excusa tonta. El camino terminaba en un delgado brazo del canal por el que el agua corría a gran velocidad debido a la pendiente y que era cruzado de lado a lado por un edificio usado como molino, los hombres se detuvieron allí e inmediatamente una flecha salió de la boca negra de la bodega del molino, clavándose en el pecho de uno de ellos indicándoles que debían entrar, pero no sin la protección de sus escudos por delante: era un lugar amplio pero destartalado, con abundantes goteras que en algunas partes eran chorros de agua que se perdían entre las rendijas del piso; un grupo de caballos del campo, habían encontrado refugio de la lluvia y la guerra allí y se ocultaban como sombras silenciosas en un rincón; el sitio estaba tenuemente iluminado por un par de débiles lámparas de aceite que colgaban de los postes. Para uno de los soldados, fue curioso ver que los caballos estuvieran atados a los pilares del edificio, pero no dijo nada, pues la silueta estaba allí, en la penumbra, sentada en el suelo y apoyada en un poste, pretendiendo ocultarse torpemente. Tarde se dieron cuenta de que aquel no era el enemigo que venían siguiendo sino sólo el cuerpo de un viejo incapaz de moverse con la agilidad que lo hacía la silueta sobre los tejados y aunque lo fuera, estaba demasiado borracho para intentarlo, pero antes de que notaran su error, los caballos fueron azuzados con violencia por una voz femenina y por un látigo corto y rígido que provocó la huida desesperada de los animales, quienes arrastraron consigo los envejecidos postes a los que estaban atados, provocando que gran parte de la estructura se viniera abajo dejando atrapados a los soldados Cizarianos entre la abundante paja y grano almacenados y el fuego de las lámparas.

Nazli era su nombre y era la única mujer inmortal de Rimos. Su puesto y su reputación estaban más que bien ganados y justificados, siendo una excelente arquera y muy hábil espadachín. Tenía bonito rostro con una inusual nariz respingada; era menuda y robusta pero sin un solo gramo que le sobrase en el cuerpo, usaba el pelo sujeto en una trenza gruesa, corta y negra que casi nunca desarmaba. Era hermana putativa de Abaragar criada por los padres de este, lo que de pequeña se tradujo en un profundo respeto por parte de todos los demás muchachos; y por parte de ella, en una constante necesidad de demostrar que, aunque tenía la mitad de su estatura, era una digna hermana del gigante de Rimos, que sin tener ni su fuerza ni su tamaño, sí lo podía igualar en valor y determinación a la hora de enfrentarse a cualquiera: grande o pequeño, armado o desarmado, en el campo de batalla o en una taberna.

Nazli corrió por el camino principal de la ciudad llevándose los caballos atados y tras ellos, los restos de los postes que saltaban y se golpeaban violentamente, lanzándose contra el enemigo de forma temeraria, tanto, que la ensangrentada lucha que se desarrollaba sobre el puente por alcanzar la otra orilla, tuvo que disolverse y ambos bandos huir en direcciones opuestas, ante la arremetida de la muchacha, quien no solo iba al mando de un grupo de caballos enardecidos, sino que también, los maderos que volaban tras ella, eran como proyectiles mortales, capaces de matar o mutilar con el menor esfuerzo a cualquiera que se cruzara en su camino, incluso a sus propios compañeros, de los cuales Trancas, quien era el que más ocupado estaba, sólo notó lo que sucedía al ver que sus enemigos arrancaban despavoridos, y no le quedó otra que lanzarse al canal en el último segundo en que la baranda bajo sus pies volaba hecha astillas. Varios que no alcanzaron a huir cayeron a su paso, pero la chica cruzó el puente sin que nadie intentara siquiera detenerla. Incluso Siandro, quien se salvó por los pelos y gracia a sus hombres, quedó profundamente admirado de la bizarría de aquella muchacha. A la orden del rey de Cízarin, un grupo de caballería salió en persecución de Nazli, mientras el resto se abalanzaba contra el puente, en persecución de los Rimorianos que huían de la caballería hacia los callejones de la ciudad.


León Faras. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Lágrimas negras. Segunda parte.

XXIX.

El palacio de Rimos, estaba animado sólo por el insistente repicar de la lluvia, sin embargo, la efervescencia de sus moradores se reactivó con la noticia del regreso del príncipe Ovardo. Las especulaciones se multiplicaron entre la servidumbre como la maleza en el campo: unos decían que el príncipe había regresado muy malherido de la batalla, otros aseguraban que el enemigo lo había atrapado, le había arrancado los ojos y lo había liberado, como escarmiento para él y para quienes lo siguieran y que la batalla por supuesto, estaba perdida. También había rumores de que el príncipe no estaba herido, sino que se había derrumbado emocionalmente, luego de enterarse de la muerte de su esposa y que había abandonado a sus hombres, los cuales seguían luchando solos, otros un poco más idealistas, replicaban que no estaban solos, sino que el rey Nivardo había tomado el lugar de su hijo y que la batalla aun no estaba definida. Nadie tenía certeza de nada, a pesar de la convicción que algunos mostraban al hablar, casi como si hubiesen estado presentes. Sin embargo, había un pequeño rincón, dentro de la cocina del palacio, en el que dos jóvenes y humildes sirvientes hablaban a solas y con toda propiedad de lo que habían visto: la acongojada Teté y el joven Cal Desci, ellos habían estado presentes en la dolorosa muerte de la princesa Delia y en la apabullante caída del príncipe Ovardo, e intercambiaban sus ingratas experiencias bebiendo un tazón de caldo caliente, el mismo cocido que habían mandado a preparar para que la princesa se recuperara luego del parto.

Para los “Rematadores”, el trabajo que le habían encargado se había vuelto un fastidio mucho antes de lo que esperaban, los cadáveres enemigos eran escasos, y más que nada se dedicaban a recorrer la ciudad de un lado a otro encontrando muertos y heridos de su propio bando por los que poco o nada podían hacer. Lo más interesante que habían encontrado había sido la cabeza del desafortunado Ranta, separada de su cuerpo, pero aun balbuceando sin hablar y moviendo los ojos sin ver; les dio tan mala impresión, que la machacaron por sospecha de que, de alguna manera, se uniera con su cuerpo y los atacara. Luego de mucho rato recorriendo los oscuros callejones, chapoteando en el barro, mojados de pie a cabeza y con pocas ilusiones de que su trabajo sirviera de algo, por fin encontraron a un soldado enemigo tirado en el suelo, parecía muerto, aunque aquello en su experiencia recientemente adquirida, no era nada seguro; tenía una profunda herida en el cuello por la que parecía que se había drenado todo el cuerpo y una bonita armadura decorada con los característicos diseños de enredaderas espinosas de Rimos. Parecía valiosa. También la espada y el puñal que llevaba en la cintura. Uno de los rematadores no dudó en intentar saquear el cadáver, pero su compañero lo detuvo con una advertencia: Era mejor asegurarse antes. Y de dos mazazos destrozó la cabeza del rey Nivardo de Rimos, y lo convirtió en un muerto más, dentro de una ciudad llena de muertos.

El capitán Albedo, de ninguna manera había llegado hasta la casa de Qrima por pura casualidad, él cumplía con una orden que le había dado Rianzo, el hermano del rey, y que era encargarse de la seguridad de su hijo Brelio y de Darlén, la madre de este. El viejo Qrima, era un paso intermedio en la misión que le habían encargado, ya que si las cosas empeoraban en la ciudad, debían llevarse a la muchacha y a su hijo fuera de Cízarin y eso era lo que venía a hacer, sin embargo, encontrarse con un soldado Rimoriano armado allí, era toda una sorpresa y no de las gratas. La hermosa Darlén, incómoda por la tensa situación, devolvió el bebé a Nila y agradeciendo la hospitalidad y cuidados de Qrima, se puso a disposición del capitán Cizariano para acelerar el proceso y que se retiraran pronto, pero Albedo no opinaba igual, para él, como para cualquier soldado, le parecía sumamente grave albergar y esconder enemigos cuando en su ciudad, su propia gente estaba siendo asesinada y quemando sus casas, dejando viudas y huérfanos por miles; para él no había excusas ni términos medio: si ayudas a un enemigo, pasas a ser enemigo también y debías ser tratado como tal, “No puedo pasar esto por alto: llévense a estos hombres y quemen la casa…” dijo, borrando su irritante sonrisa por primera vez desde que llegó. Un joven soldado tardó menos de diez segundos en salir y volver con una pequeña vasija de barro en una mano y una antorcha sin encender en la otra, lanzó el recipiente a la pared de un rincón para romperlo y desparramar el aceite que traía dentro y acercó la antorcha a la lumbre que iluminaba la casa, para encenderla, entonces Qrima se puso de pie, cogió su arco de la mesa y con toda tranquilidad, le apuntó con la flecha al rostro del soldado con la antorcha “No lo hagas, muchacho, dicen que una flecha en la cara duele más que en cualquier otra parte” Albedo estiró hacia afuera las comisuras de los labios y apretó los dientes haciendo un sonido sibilante, como dándole a entender que aquello de amenazar a un soldado Cizariano, era un error que sólo podía empeorar las cosas. Desenvainó su espada “¿Será posible que nos hayamos equivocado tanto contigo?...” Emmer protegía tras él a Nila y al bebé, mientras Darlén y su hijo Brelio permanecían custodiados por dos soldados Cizarianos junto a la puerta. Qrima aun apuntaba con su arco al muchacho de la antorcha. El capitán Albedo comenzó a pasearse con confiada precaución “…o tal vez sólo sea que estás confundido, aunque confundir el bando en el que estás, es algo muy estúpido en estas circunstancias, incluso para alguien como tú. Deja que te ayude…” dicho esto, se giró rápidamente hacia Emmer y le hundió su espada en la boca del estómago, ante el grito de horror de Nila. Qrima agarró a su sobrina de un brazo y la puso tras él. Albedo continuó “…baja ese arco, anciano ¿o es que aun crees que tienes algo que proteger?” Qrima mantenía su arco listo para disparar, Nila lloraba aferrada al bebé tras él “Yo ya hice lo que me pediste, sólo deja en paz mi casa. Nadie más tiene que morir aquí” “Tienes razón…” replicó Albedo, “…entonces ¿por qué sigues apuntándome con ese arco?” en ese momento, la tensión en el rostro del viejo, se relajó, al igual que la de la cuerda de su arco, el cual comenzó a caer lentamente hasta quedar apuntando al suelo. Albedo volvió a sonreír. Cogió un pañuelo de su manga y se dispuso a limpiar su espada, la sangre adherida a esta no era para nada normal: granulosa, pegajosa y negra. Nila detuvo su llanto. Albedo comprendió que algo sucedía, todos parecían sorprendidos de ver lo que estaba sucediendo tras él, al voltearse, Emmer estaba de pie, sin ninguna muestra de dolor y con su espada en la mano. “Pero…” fue todo lo que pudo decir el capitán antes de que el Rimoriano le cortara la garganta. Los seis soldados Cizarianos se mostraron alterados, con el desconcierto que produce lo desconocido y anormal y el miedo que causa enfrentarse a un inmortal por primera vez. Dos lucharon al mismo tiempo contra Emmer, mientras alguien daba la orden de quemar la casa e irse, el soldado de la antorcha titubeó, Qrima no le había quitado el ojo de encima, el muchacho se arriesgó a tratar de encender su antorcha y la flecha del viejo terminó alojada en su cara con fría precisión, tal como se lo había advertido y tal como se lo había advertido, parecía doler mucho más que en cualquier otra parte. Emmer derrotó a sus dos enemigos con habilidad y se abalanzó contra el tercero que parecía repartir órdenes desesperadas desde la entrada, los otros dos avanzaron decididos a eliminar al viejo, pero este, astutamente, lanzó su flecha contra la lámpara de aceite, apagando la pequeña lumbre y sumiendo la casa en total oscuridad.


Los sonidos y los ligeros destellos nacidos de los golpes de espada, chispas fugases en la oscuridad, pronto se extinguieron por completo, luego, una flecha se oyó salir del arco de Qrima y después largos segundos de silencio con el sonido monótono de la lluvia como fondo. Solo al cabo de un rato un generoso chorro de chispas, nacidos entre una piedra y un cuchillo, encendieron un brasero y la luz regreso, Qrima estaba junto al brasero, tras él estaba Nila aferrada al bebé que, alimentado y limpio no parecía tener nada más que exigirle a la vida. En la puerta estaba Emmer, en su antebrazo izquierdo, una profunda herida se cerraba dejando su monstruosa cicatriz enraizada. Darlén y su hijo permanecían en el mismo rincón, expectantes y asustados, y de los dos soldados que quedaban, uno permanecía de pie, inmóvil, con los ojos abiertos y una flecha atravesándole el cuello, mientras el otro, lo sostenía por detrás sin enterarse aun de que mantenía en pie a un cadáver. El sobreviviente dejó caer a su compañero y se quedó con aspecto desolado: un monstruo al que no se le podía matar y un abuelo que le metería una flecha entre los ojos antes siquiera de acercarse, tales eran sus opciones, “Estás muerto, hijo” le dijo Qrima con cierto brillo de piedad en los ojos, el Cizariano apretaba su espada y respiraba con fuerza, como un animal dentro de una trampa, “Tranquilo abuelo, todavía respiro…” “Lo digo por la herida que tienes en el mentón…” señaló el viejo. Era una herida insignificante pero limpia, hecha por un arma bien afilada, “…Yo no soy Cizariano, soy Bosgonés” concluyó Qrima. Emmer lo miró con el ceño apretado y luego al soldado de Cízarin, “¿Bosgos? Veneno…” El muchacho se tocó el mentón y luego se examinó la punta de sus dedos ensangrentados, él, al igual que casi todo el mundo, sabía que Bosgos era una ciudad cercana conocida por su enorme creatividad a la hora de producir venenos. Eso no era justo, no estaba dispuesto a aceptarlo, morir envenenado era lo peor, era una muerte sucia, reservada para traidores y hombres deshonrados, “No voy a morir así…” aseguró, y se lanzó contra Emmer en un ataque brutal y desesperado que el Rimoriano apenas pudo contener y luego de eso, siguió atacando con violencia desmedida hasta que el muchacho en su ceguera, clavó su espada en un poste mientras el arma de Emmer le rebanaba el estómago. Este, luego de recuperar el aliento, observó que la herida del mentón era realmente diminuta, “¿Qué clase de veneno usas? ha de ser realmente poderoso” El viejo recogía la antorcha apagada del piso, “No uso ningún veneno” replicó indiferente, Emmer le dirigió una mirada de duda a Nila y luego a Qrima de vuelta “¿Mentiste? ¿Por qué?” El viejo encendía la antorcha en el brasero, “El chico estaba aterrado, necesitaba que le quitaran el miedo a morir…” “Entonces, ¿tampoco eres de Bosgos?” “Sí lo soy, y allá nos dirigiremos. Este sitio ya no es seguro ni para ustedes ni para mí” concluyó el viejo, lanzando la antorcha sobre el aceite esparramado e incendiando su propia casa antes de salir.


León Faras.

viernes, 27 de octubre de 2017

Lágrimas negras. Segunda parte.

XXVIII.

Era difícil encontrar el camino en una noche tan cerrada, pero Nila hacía su mejor esfuerzo aguzando la vista y la memoria para encontrar alguna referencia que le indicara que estaba en la dirección correcta. El agua se agrupaba y corría por todas partes, el bebé estaba empapado y seguramente hambriento también y para empeorarlo aun más, Emmer sentía como si hubiese tragado una brasa de carbón ardiendo, que le estaba quemando las tripas, hasta el punto de hacerlo enrollarse de dolor como una oruga sobre su caballo. Nila se preocupaba, pero él le aseguraba que estaría bien. Por fin apareció en la oscuridad la silueta de aquel árbol que recordaba de su infancia, un gigante de mil años de edad, rajado a la mitad quien sabe si por un rayo o por la furia de algún dios antiguo, permanecía igual, con la mitad de su cuerpo viva y la otra mitad muerta, era una referencia clara de donde estaba y de hacia dónde debía dirigirse. Cerca de ese árbol, encontrarían un pequeño pero robusto muro de rocas apiladas, que descendía por una larga y suave pendiente que Nila recordaba cubierta de hierba y flores pero ahora sólo tenía riachuelos de agua turbia y barro. Luego el cerco se bifurcaría y siguiendo el de la izquierda, en pocos minutos debería aparecer la casa del tío de Nila, Qrima. Emmer trataba de contener el dolor, apretándose el estómago y usando toda su fuerza de voluntad para mantenerse sobre el caballo. La casa apareció cuando ya estaban a pocos metros, oculta entremedio de numerosos árboles ahogados en la intensa oscuridad de la noche, imposible de encontrar para cualquiera que no conociera de su existencia. Nila se bajó del caballo y buscó la puerta mientras Emmer la seguía torpemente debido al dolor. La puerta estaba trancada por dentro, pero al golpear y gritar, se oyó que alguien le abría, en ese momento, Emmer sintió como una fuerza violenta y rápida le atenazaba la pierna, lo derribaba y lo elevaba en el aire hasta dejarlo colgado cabeza abajo y la voz de un anciano que lo apuntaba con su arco, dispuesto a meterle una flecha en el pecho. Dentro de la casa, una mujer joven y de hermoso rostro asustado, protegía tras ella, aferrada a una horqueta en las manos, a un niño de apenas dos años, Nila reaccionó con angustia, anunciando quien era y que sólo buscaban refugio, el viejo Qrima, reconoció a Emmer como un soldado de Rimos, pero también a Nila como su sobrina, y ante el grito de espanto de esta, apuntó al hombre colgado y disparó. La flecha pasó a dos centímetros de la cabeza de Emmer y con exquisita puntería cortó la soga que lo sostenía algunos metros más allá, luego el viejo bajó su arco y sin suavizar su expresión, apuró a todos para que se metieran dentro. Emmer necesitó de una ayuda extra para conseguirlo.

Qrima era un anciano fuerte y con el carácter amargado luego de años viviendo solo, tenía la barba y la cabellera de ermitaño rodeando una enorme calva que casi siempre cubría con un sombrero ancho. Cogió a Emmer por debajo de los brazos y lo recostó en el suelo de la casa, Darlén, la hermosa muchacha que lo acompañaba, se acercó con la mísera lumbre que los iluminaba, todos se espantaron al ver la monstruosa cicatrización en el estómago del Rimoriano, era una gran protuberancia oscura en el abdomen, con amplias ramificaciones, que escupía un líquido blancuzco y de mal olor, “¿¡Qué demonios es esto!?”Exclamó el viejo con mueca de asco. Ninguno de los presentes había visto nunca nada parecido y era imposible imaginar qué hacer para ayudarlo. El dolor torturaba a Emmer con insistencia hasta que la herida vomitó por sí sola una bola dura y negra que rodó por el suelo: era la bala de hierro que le había quedado atrapada en las entrañas, sólo entonces el soldado sintió alivio, la herida cicatrizó, aunque la marca que dejó no era nada agradable de ver y por fin el hombre pudo descansar, Nila preguntó ingenua, si se recuperaría, mientras su tío observaba con curiosidad la bala, preguntándose cómo había llegado hasta allí. Enseguida, Nila y la hermosa Darlén, se preocuparon del bebé, secarlo, darle abrigo y por supuesto, alimentarlo, de esto último se encargó la segunda, ante la mirada de confusión de Brelio, su propio hijo. Emmer, con su herida rápidamente recuperada gracias a su inmortalidad, pudo incorporarse, Qrima, lo miraba con desconfianza desde la mesa, “Deben irse…” dijo sin preámbulos, luego de secar un vaso de vino. Nila deseaba al menos esperar hasta que el aguacero se acabara, pero el viejo insistió, “…no lo entienden. Este no es un lugar seguro para ustedes. Deben irse lo antes posible” Darlén, aun con el bebé aferrado a su pecho, los miraba con infinita compasión, pero su expresión cambió cuando entró a la casa un capitán Cizariano sacándose el yelmo y pasándose la mano por el rostro para quitarse el agua, seguido de seis soldados que igualmente venían empapados hasta los huesos. El capitán Albedo era un hombre de baja estatura y mediana edad, con abundante pelo encanecido en los costados, poseía una gran nariz que se complementaba a una permanente sonrisa cínica. Se detuvo y observó la escena sin perder su desconcertante y fingido buen humor, todo lo contrario de Qrima, que lucía rebosante de fastidio.


El agua caía por todas partes y se amontonaba y corría en todas direcciones, lo que convertía el campo de batalla en un laberinto oscuro y cubierto de lodo. Un grupo de Rimorianos avanzaba al trote bordeando la ciudad por una callejuela larga y angosta, en su camino, se encontraron con un destacamento de arqueros que en ese momento usaban una escalera para encaramarse a los tejados. El grupo de inmortales se les lanzó encima evitando siquiera que prepararan sus armas, mientras dos jóvenes hermanos Rimorianos, gemelos idénticos, perseguían a los que habían logrado subir. Sus nombres eran Éger y Egan, y sólo se podían diferenciar porque el primero llevaba una espada y un pequeño escudo Rimoriano de metal y el segundo, una alabarda con hoja y gancho. Ambos eran buenos luchadores, pero verlos pelear juntos era completamente distinto, como una pareja de baile que luego de años practicando juntos, casi pueden leer la mente del otro. Éger corrió con su escudo enfrente tras los arqueros que soltaron sus flechas contra él, sabiendo que su hermano estaba pegado a su espalda. Atacó con su espada en un golpe descendente para que al agacharse, la alabarda de Egan pasara por sobre su cabeza e hiriera al enemigo al que acababa de romper su defensa, luego atacaba él con su espada en círculo, dejando su hombro y escudo en línea para que el arma de su hermano se deslizara por ahí, entrando frontalmente o desgarrando con su gancho al retroceder. Sus enemigos, menos preparados para la lucha a corta distancia, cayeron rápidamente, al avanzar por los tejados, vieron desde la altura que el canal que les cortaba el paso, había crecido considerablemente, luego, al reunirse con el resto de su grupo, descubrieron con frustración que el puente que lo cruzaba estaba totalmente destruido, deberían buscar otro sitio por donde pasar, pero en ese momento oyeron los gritos de uno de sus compañeros rezagado, parecía realmente agotado, tal vez, herido. El nombre de este era Cransi, un tipo grande, un poco obeso, que se sujetaba el pelo con un moño en la mollera, ese tipo de personas de las que todos se burlan a pesar de que podría aturdir a cualquiera de un solo golpe si quisiera. Traía la escalera que habían dejado los arqueros Cizarianos, y pasando por el medio de todos, la tendió sobre el canal a manera de puente, luego se les quedó mirando como el perro que, luego de traer el palo que le ha lanzado su amo, se queda esperando su aprobación por el truco que ha hecho. Sus compañeros se miraron entre sí: a ninguno se le había ocurrido, luego rieron y lo felicitaron. Cransi tenía sus momentos.


León Faras.

viernes, 20 de octubre de 2017

Lágrimas negras. Segunda parte.

XXVII.


Su nombre era Abaragar, un hombre enorme, con una prominente calvicie, a pesar de que aun era joven, que lideraba un buen grupo de soldados Rimorianos. No era un estratega inteligente ni tampoco un espadachín brillante, ni siquiera usaba una espada sino una intimidante maza con púas que encajaba a la perfección con su respetable musculatura. Los hombres lo seguían porque parecía un loco, un guerrero bárbaro de cien kilos de peso con una maza de hierro en la mano que blandía como si se tratara de una vara de madera: inspiraba miedo en el enemigo y valor en sus compañeros y más aun ahora que era un inmortal. Una vez que la lluvia comenzó, renunciaron a sus caballos y continuaron a pie, debido a la densa oscuridad que se esparció por los estrechos callejones de Cízarin cuando el fuego se vio abatido por el agua, lo que dificultaba aun más el avanzar sin toparte con trampas, con caminos bloqueados o con grupos de arqueros que parecían no acabarse nunca y facilitaba el ocultarse y moverse rápido bajo el amparo de las sombras. De esta manera lograron llegar hasta uno de los puentes laterales en el que un grupo de hombres trabajaba afanosamente terminando con hachas lo que el fuego no había alcanzado a acabar. Era un bonito puente hecho de madera, ancho, como para una carreta, ligeramente convexo para resistir bien el peso con el paso de los años y con gruesas balaustradas a ambos lados que, en uno de sus flancos, se veía destruida casi por completo por el fuego, hacía rato, enfriado por el aguacero; el piso también había sido consumido en buena parte, y parecía haber sido mordido por una gigantesca bestia come-puentes. Era una brecha, y debían tomarla si querían avanzar de la misma manera que los Cizarianos debían defenderla si querían detenerlos: La lluvia parecía caer contagiada de la misma violencia desatada en la ciudad, como si fuera el festejo de algún dios agresivo y despiadado; apagaba el fuego y lavaba la sangre, pero también acumulaba fuerzas para arrasar con todo lo que pudiera. Detrás de Abaragar venía un hombre llamado Rino, era joven, pequeño y fornido, había cogido un elegante escudo Cizariano formado de círculos concéntricos de hierro y madera alternados para protegerse de las flechas. Como él, muchos habían tenido la misma idea tras abandonar sus caballos. Junto a Rino, venía un viejo de largas barbas encanecidas al que todos llamaban Motas, era un hombre maduro que siempre se estaba carcajeando de todo y bebiendo largos sorbos de un pellejo de vino que nunca abandonaba, usaba un pañuelo atado en la cabeza para contener la cabellera y el sudor y manejaba con ambas manos un espadón de hoja ancha y doble filo. Era un gran amigo de Sinaro con el que en más de una ocasión, se había reunido sólo para hablar y beber. Un pequeño grupo de arqueros Cizarianos protegía el paso, la ropa oscura los ocultaba completamente en la oscuridad, llevaban puestos unos sencillos pero eficientes sombreros anchos que les protegían bien la vista de la lluvia. Una oleada de flechas cayó sobre los Rimorianos que asaltaban el puente, algunos lograron cubrirse a tiempo, más por instinto que por ayuda de sus sentidos, otros recibieron flechas que su cuerpo de inmortales resistieron, pero otros ni se enteraron, como Abaragar que avanzó dejando caer su maza sobre un hombre que, para su mala suerte, no alcanzó siquiera a despegar su hacha atascada en la madera del puente. La brecha era estrecha y limitada y la resistencia se volvía cada vez más férrea. Tanto Abaragar, como Motas repartían golpes brutales y violentos para abrir paso a los hombres que les seguían de atrás, pero a ratos, parecía como si solo lanzaran ataques que se perdían estériles en la lluvia. Las flechas seguían cayendo sobre los hombres atascados en el puente roto, pero estos se cubrían con escudos o cadáveres y seguían luchando como animales atormentados dentro de una jaula. Rino, con su escudo y su espada, se abría paso en la vanguardia, su combate era mucho más técnico que brutal, pero se defendía bien, a pesar de que el aguacero nublaba los sentidos y tornaba el piso resbaladizo. Un nuevo rayo desgarró el cielo proveyendo a los hombres que se mataban en la tierra de un instante fugaz de luz, suficiente para que un inmortal llamado Lerman, un tipo de cabello rizado, flaco y alto pero de musculatura firme, quien cargaba una lanza enemiga, detectara la posición de los arqueros y derribara a uno atravesándolo con su jabalina. Su sentimiento de triunfo fue breve, las vigas del puente, erosionadas por el fuego y las hachas, cedieron al peso de los hombres en un doloroso crujido que inclinó el suelo en dirección al costado que no tenía baranda. Al menos media docena de soldados de Rimos cayeron al caudaloso canal que pasaba bajo sus pies y cualquier intento por ayudarles fue disuadido con una nueva oleada de flechas, era inminente que pronto colapsaría el resto de la estructura, ante la constante presión del agua y la gravedad, por lo que la urgencia por llegar al otro extremo desató un caos enorme en un reducido espacio de suelo. El general Rodas, alertado por uno de sus hombres, apareció en ese momento acompañado de cincuenta soldados para contener el avance enemigo, pero cada vez más y más Rimorianos cruzaban el puente abriéndose camino frente a una compacta muralla de escudos, espadas y las interminables flechas que les caían encima. En ese momento, y entre todo el ruido de la batalla, Abaragar sintió el inconfundible sonido de la caballería a sus espaldas y se volteó hacia el puente: Rianzo y sus hombres estaban al otro lado, encerrándolos mortalmente, entonces, el enorme líder Rimoriano se plantó desafiante, se quitó con furia una flecha clavada en su pecho y comenzó a descargar mazazos bestiales sobre las tablas del puente que estallaban como si estuvieran hechas de hielo para cortarles el paso, Rianzo se bajó de su caballo seguido de algunos de sus hombres y se lanzaron contra él protegidos con escudos, mientras Rodas ordenaba a sus arqueros que centraran sus ataques en el gigante de la maza de hierro. Los Cizarianos debían utilizar ese puente para apoyar a sus compañeros que resistían al otro lado, pero la figura del gigante Rimoriano y su maza de hierro, era algo que no se podía tomar a la ligera. En el momento en que Abaragar levantó su maza por sobre su cabeza, Rianzo se acercó con su escudo en alto y su espada al frente logrando herirlo en el vientre, pero la herida fue insignificante y debió retroceder rápido antes de que la maza le cayera encima. El cuerpo de Abaragar lucía numerosas flechas clavadas que parecían enfurecerlo más que debilitarlo. Otro Cizariano intentó aprovechar ese momento para atacar pero fue detenido en el aire por una patada del gigante Rimoriano que le hizo perder el equilibrio y no recuperarlo más, debido a la inclinación del piso. La maza volvió a elevarse y a hacer un amplio ataque horizontal capaz de hacer retroceder a cualquier enemigo para luego elevarse y caer sobre las maderas, volviendo más precaria la resistencia del puente que amenazaba con dejarse arrastrar por la corriente. Rianzo comprendió que no tenía tiempo y volvió a lanzar otro ataque frontal, pero el momento no fue bien calculado y la maza de Abaragar golpeó violenta su escudo, el Cizariano cayó de rodillas con el brazo destrozado, al tiempo que la maza se elevaba nuevamente en el aire y caía con furia a escasos centímetros de él, desastillando la última viga que se resistía a ceder, haciendo colapsar toda la estructura que finalmente fue arrastrada por el agua. Rianzo, con una sola mano no pudo sujetarse y su cuerpo desapareció en la corriente.


León Faras.

viernes, 6 de octubre de 2017

Los Condenados.

Odregón.

Primera parte.

Luego de muchos kilómetros de pedregoso desierto, por un camino duro, cubierto de un polvillo fino y blanco como la cal que se introducía por todas partes y se pegaba a la humedad del cuerpo y de los vehículos, al fin aparecía en el trémulo horizonte Odregón, el único oasis de civilización alcanzable por vía terrestre, un sitio animado, con mucha gente pero con calles angostas, franqueadas de edificios rectangulares separados por callejones donde el hacinamiento era muy marcado, sobre todo para el visitante que venía de cruzar un yermo sin fin. Vilma debió reducir la velocidad casi al paso, aunque era un alivio poder quitarse por fin las gafas protectoras, llenas de polvo y los cubre bocas, que les habían permitido respirar medianamente bien. Les habían advertido que Beatrice, al ser un vehículo descapotado, no era lo más apto para las condiciones del camino, pero la máquina era parte del equipo y según su conductora, el carácter femenino de Beatrice, no iba a tomarse nada bien un reemplazo, era fuerte y confiable, pero también celosa, “…no querrán ofenderla…” advirtió Vilma al resto del grupo antes de partir, por supuesto, en una conversación privada, lejos de los “oídos” del vehículo. La ciudad olía a civilización: a humo, fritanga y porquería. El avance era cada vez más dificultoso, ya que, lejos de abrirse el camino, se cerraba aun más, con la presencia de numerosos comercios callejeros a ambos lados y su respectiva clientela, que trataban a los visitantes como si fueran fantasmas invisibles, indiferentes a los amenazantes rugidos de Beatrice, que forzaba su poderoso motor sin apenas conseguir moverse. Llegando a una esquina, tuvieron que detener su, ya de por sí, lento avance. Frente a ellos, dos carretas tiradas por unos bueyes de cuernos enormes y abiertos a los lados, de los que colgaban farolillos, cruzaban con una parsimonia que todo el mundo tomaba con naturalidad. Caín tomó un trago de agua de su botella “¿Adónde nos hemos venido a meter esta vez?”, comentó con el mismo desgano con que se tragó el agua, mientras veía esos vehículos de tracción animal que creía desaparecidos. Marcus venía atrás cómodamente sentado con las piernas estiradas, se había levantado las gafas pero aun se cubría el rostro con un pañuelo, como un bandolero del lejano oeste “¿Ya notaron la cantidad de idiomas que habla esta gente? he escuchado al menos cinco diferentes y algunos sonidos que no sé si pertenezcan a alguna lengua en particular o sólo sean eructos y chillidos” “¿Y por qué crees que no me he bajado a preguntar?” respondió Vilma con su acidez habitual, alimentada aun más por el tedio de no poder moverse con libertad. Cuando por fin pudieron seguir avanzando, la muchacha agregó, “Sólo espero que no nos encontremos con otro vehículo en sentido contrario o yo misma abriré paso a tiros” Luego de casi una hora cubriendo una distancia que no debería tomar más de cinco minutos, llegaron a una especie de plaza amplia donde parecían converger todos los caminos, salvo por la gente y uno que otro vehículo menor, el sitio solo era un descampado circular sin atractivo alguno, polvoriento y caluroso como el desierto que rodeaba toda la ciudad. En aquel lugar debían reunirse con alguien que les serviría como guía, pero por más que miraban no parecía que nadie estuviera ni remotamente interesado en su presencia, hasta que de pronto sintieron los pasos de alguien que se acercaba corriendo, los sintieron, porque eran pasos pesados y duros, como de alguien que carga con un gran peso y que, por consiguiente, es grande y fuerte, o tal vez sólo un robot. Este se detuvo en seco junto al vehículo, Marcus se alejó de un salto, Vilma cogió su pistola. El robot en cambio, hizo una reverencia como un japonés, “Los estaba esperando…” dijo, con una dulce voz femenina que contrastaba con su considerable altura. Tenía dos ojos diminutos y separados que se encendían y apagaban cada cierto tiempo, como si pestañara y una trompa, que asemejaba un micrófono antiguo incrustado en la cara, por la que hablaba y hacía otros sonidos. Su cuerpo y sus miembros eran delgados y estilizados, pero sin duda poderosos “…mi nombre es Quci, y los guiaré al castillo” “¿Castillo?” repitió Marcus incrédulo, mirando a sus compañeros, “Espera…” dijo Caín, suspicaz, “¿cómo sabes que nos buscas a nosotros?” Era una duda razonable, no se conocían y podía ser todo una confusión, Quci retrocedió un paso y apuntó al vehículo, “Me informaron que el vehículo tenía el nombre Beatrice escrito en un costado, por cierto, interesante caligrafía. Usted debe ser Caín, ¿es eso correcto?” “lo es…” admitió el calvo líder del grupo, luego agregó mirando a su conductora, “…creo que ya es tarde para arrepentirnos” “Como si pudiéramos” replicó Vilma, haciendo esfuerzos por aliviar la comezón en una zona inalcanzable de su espalda. Quci subió al vehículo con cuidado, como si estuviera subiendo a una balsa a la que teme voltear con su peso, y se sentó graciosamente recta junto a Marcus, “Es por allí” dijo señalando una dirección, “Será mejor que te sujetes” aconsejó el artillero, al tiempo que Vilma giraba el vehículo bruscamente para salir de ahí, “A juzgar por su forma de conducir y por los trazos violentos de la caligrafía pintada en el auto, ambos sugieren que se trata de la misma persona” comentó el androide mientras Vilma aprovechaba los pequeños espacios libres para acelerar, “Genial, un sabelotodo…” murmuró esta para sí, sin quitar los ojos del camino.

A medida que avanzaban, las calles se veían más despejadas de peatones, aunque igualmente estrechas y franqueadas de viviendas cada vez más aglomeradas y sucias, sin embargo, el vehículo se movía con algo más de libertad, lo que era casi como una válvula de descompresión para su conductora, “Me he dado cuenta de que se hablan numerosos idiomas aquí, ¿no?” dijo Marcus con ánimos de charlar, Quci lo miró un poco insegura de que se dirigiera a ella, luego de unos segundos respondió, “Eso es correcto. En Odregón se hablan hasta 64 lenguas diferentes, de las cuales yo puedo comprender todas, lamentablemente hay algunas que me es imposible pronunciar correctamente” El camino continuó hasta salir de la ciudad y rodearla por sobre un alto y extenso muro, que más que muro, era una meseta artificial sobre la que estaba construida la ciudad. Luego de algunos minutos, apareció en el fondo una colina de roca cortada verticalmente por una de sus caras, y sobre esta, el castillo de Odregón, Vilma detuvo el vehículo en seco sin la menor consideración por sus pasajeros, Marcus tras ella, se puso de pie para verlo mejor, era realmente una fortaleza esplendorosa que sólo en un lugar tan remoto como ese se podía encontrar: estaba rodeada de un muro con sus respectivos adarves y almenas y fortalecido con recios torreones rectangulares, que precedían otra línea de muros más elevada y provista de aspilleras y escaleras. Sobre este, se alzaba una atalaya redonda y robusta que sobresalía por sobre toda la construcción, y detrás de esta, estaban los salones principales, un edificio rectangular gigantesco coronado con una cúpula ovalada como medio huevo acostado, y adornado con una marcado gusto por las finas torres con puntas de lanza que se multiplicaban por todas partes como hongos en un árbol podrido. El acceso era un camino sinuoso y angosto excavado en el suelo, la mitad de su extensión estaba provista de peldaños, y en su totalidad era franqueado de muros para contener la arena y evitar que esta lo cubriera por completo. Desembocaba en una imponente y orgullosa barbacana que recibía a los visitantes con una afilada sonrisa de hierro negro. Para Beatrice, era imposible llegar hasta ahí, por lo que el grupo se dividió: Vilma y Marcus llevaron el vehículo hasta un hangar ubicado en la base del cerro, una gigantesca cueva de roca sólida pero bien provista de luz, herramientas y un piso perfectamente pavimentado, una grata sorpresa para la chica, siempre ansiosa por mimar su vehículo y mantener sus mecanismos a punto, mientras Caín seguía a Quci hasta el castillo, la reja de hierro se alzó con un movimiento suave y bien lubricado, que disimulaba perfectamente su peso real, en el interior, el hombre se vio sorprendido por los soldados que estaban de guardia, eran hombres, pero ataviados con aparatosas armaduras infladas, que los hacía ver mucho más grande de lo que en realidad eran, además, usaban colores vistosos y ceremoniales pero muy poco prácticos. Sus diminutas cabezas se asomaban con expresión grave, manteniendo erguidas a un lado sus hermosas, aunque obsoletas, lanzas de acero. Unos metros más allá cerca del muro, un robot enorme manejado por un hombre descargaba barriles de cerveza de una carreta tirada por caballos, como si aquellos elementos tan dispares pudiesen mezclarse con toda naturalidad. Fue conducido por una empinada escalera hasta un pequeño patio, finamente ornado con mosaicos y esculturas que daban paso al salón principal donde estaba Dugan, señor de Odregón.

Vilma en poco tiempo ya se había olvidado de la misión y de las incomodidades del camino y se había enfrascado en el propósito de quitarle el pringoso polvillo pegado a las entrañas de Beatrice y limpiar sus filtros. Allí habían encontrado a un hombre pequeño de grandes manos que, a pesar de no comprender una palabra de lo que decía, parecía encantado de la visita. Se tambaleaba visiblemente al caminar pero parecía dueño de una gran fuerza y de una energía inagotable, hablaba un idioma rimbombante, con vocales largas y palabras siempre acabadas en consonantes fuertes y sonoras, digno para dar un discurso a las masas. El hombre se puso a escudriñar el interior de Beatrice parado en la punta de los pies y luego se retiró hablando sin parar, soltó una risotada que nadie compartió con él y volvió junto a Vilma con un par de herramientas y un repuesto para intercambiar. Luego se agachó junto a Marcus que estaba en el piso trabajando bajo el vehículo, era gracioso, porque se agachaba como lo haría un niño pequeño, sólo doblando las piernas y sin apoyar ninguna rodilla en el suelo, le señaló algo sonriendo y se fue caminando como un pato hasta un baúl en el que metió la mitad del cuerpo para alcanzar algo, luego regresó con una botella en la mano que le dio al artillero, y con gestos más que evidentes lo invitó a beber, este, luego de oler el contenido de la botella, se la llevó a la boca: era un licor fuerte, con un suave y agradable sabor a miel, luego de probarlo, se lo alcanzó a Vilma que sin escrúpulos, también se echó un largo trago que fue celebrado por el viejo con aplausos y unas carcajadas, entonces llegó Caín, seguido de Quci, su rostro no era del todo tranquilizador, la robot en cambio, lucía igual de indiferente. “¿Y, qué te han dicho?” “¿Qué tenemos que hacer esta vez?” Caín se dejó caer sobre una caja de metal, “Es una locura…” dijo, al tiempo que el viejo le ofrecía su botella con una sospechosa expresión de compasión en el rostro.

Una hora después, estaban instalados en sus habitaciones, amplias cajas cuadradas sin ventanas, de gruesas paredes de piedra y poderosas vigas de madera en el cielo, todo muy anticuado salvo por la iluminación, que era artificial. Junto a estas, había una amplia sala de baños, con una pileta de nueve metros cuadrados llena de agua caliente para que se asearan y se quitaran por fin el abundante polvillo del viaje, Quci, diligente, le ofreció a Vilma que podía guiarla a otro baño para ella sola, pero la chica la miró enojada “¿Acaso te crees que tengo sarna?” la robot se quedó anulada, algunos humanos eran incomprensibles más allá del idioma que hablaran, “…lo que quiso decir es que no será necesario…” le aclaró Marcus cordial, Quci le agradeció aquella “correcta interpretación” con una reverencia, pero seguía sin entender cómo una cosa podía significar otra completamente distinta. Lo cierto era que para Vilma, ser mujer, hacía tiempo que no hacía ninguna diferencia, ni en su comportamiento, ni en su trabajo, ni en lo que podía o no podía hacer, menos aun tenía remilgos con su desnudez o la de sus compañeros, eran tan incómodos e inadecuados para el tipo de vida que llevaba como ponerse tacones.


Compartieron el baño y luego la comida, al cabo de un rato, los tres estaban reunidos con una botella de alcohol para enterarse de los detalles de la misión: tras el castillo de Odregón y la colina que lo albergaba, el paisaje se escarpaba abruptamente, las rocas eran enormes monumentos al poder de la naturaleza, la arena se endurecía y formaba colinas y montes cada vez más grandes con formas afiladas y hostiles, al adentrarse lo suficiente en ellos, se puede llegar hasta una gruta, una cueva más bien, estrecha y prolongada en la que los sacerdotes y sus ayudantes se introducían en busca de los “huevos de dragón” que alimentan la ciudad de energía durante una generación completa, Vilma se apresuró en tragar el licor que acababa de echarse a la boca, “¿Huevos de dragón? ¿Bromeas…?” Caín se encogió de hombros, “…es lo que me dijeron…” y continuó diciendo que los últimos sacerdotes en ir, no habían regresado y sin esos supuestos huevos, todo Odregón estaba destinado a la extinción. Marcus se masajeaba la barba pensativo, por lo que sabían, en Odregón había soldados, vehículos, incluso robot, “¿Por qué no han enviado parte de su flamante ejército a investigar qué sucede?” “Lo mismo pregunté yo…” respondió Caín, y luego de secar su vaso, agregó “…Superstición: se trata de un sitio sagrado que le ha dado vida a esta ciudad desde su nacimiento, ningún Odregonés se atrevería a profanarlo so pena de tener que abandonar este lugar para siempre…”, “Eso es estúpido” gruñó Vilma, restregándose los ojos hasta dejárselos medio adoloridos. Estaba cansada, “Las creencias nunca son estúpidas, sólo son edificios dispuestos a permanecer en pie una eternidad o a derrumbarse de un tirón, para de inmediato edificar uno nuevo en su lugar” comentó Marcus observando su vaso como si le hablara a él. “Qué mordaz…” replicó Vilma, sin mostrarse demasiado impresionada, luego se giró hacia Caín para que terminara lo que tenía que decir, este continuó “…el caso es que deben ser extranjeros los que vayan a investigar qué sucede. Por eso estamos aquí.”


León Faras.