martes, 5 de diciembre de 2017

Lágrimas Negras. Segunda parte.

XXX.

La vieja Zaida permanecía estoica y alerta sobre su caballo y bajo la lluvia frente al puente principal, completamente cubierto por lanceros y protegido por un buen número de arqueros. El general Rodas aun no regresaba. Él y sus hombres aun luchaban por contener a los Rimorianos que habían logrado atravesar el puente quemado. Siandro, por su parte, se veía sumamente aburrido con el pobre espectáculo y la incansable lluvia que lo calaba hasta los huesos. Un nutrido grupo de jinetes apareció en el camino al galope, dispuestos a atravesar el puente principal, los lanceros dispusieron sus lanzas para contenerlos, los arqueros prepararon sus flechas y el rey de Cízarin, torpe y ansioso, además de confundido por la oscuridad y la lluvia, por poco les ordena disparar, por suerte la vieja Zaida estaba atenta y rechazó la orden: los jinetes eran el grupo que acompañaba a Rianzo, uno de ellos, el de más alto rango, atravesó la gruesa cortina de soldados que protegían el puente para informar al rey que su hermano Rianzo había caído al canal y había desaparecido en las caudalosas aguas. Apenas terminó su informe, una flecha pasó muy cerca de él acabando ensartada en la cabeza del caballo del rey, el cual se encabritó de dolor, botando a su jinete para luego caer moribundo. El rey Siandro se puso de pie tan rápido y digno como pudo y sacó sus espadas, pero ni sus ojos, ni los de nadie, podían ver al enemigo oculto en la densa oscuridad de la noche. La vieja Zaida le ordenó que se retirara, la siguiente flecha podía darle en la cabeza a él, sus guardias personales se cerraban para protegerlo, cuando un buen grupo de Rimorianos atacó desde la oscuridad dando gritos salvajes. En primera fila, corría Cransi, llevando en alto una maza de madera forrada con hierro en su parte más gruesa y provista de púas afiladas. La dejó caer con furia sobre un escudo que se doblegó ante el golpe, al igual que el soldado que se protegía tras él. Otro inmortal de nombre Trancas abría paso con un hacha de guerra ante la cual, no se podía hacer otra cosa más que retroceder. Trancas era un viejo malhumorado, con un estómago enorme pero firme y brazos de leñador, usaba un bigote largo e hirsuto que le cubría hasta las orejas y parecía salir expulsado de su rostro. La situación se volvió caótica por un momento: los soldados Cizarianos fueron obligados a retroceder contra el puente, evitando que el grupo de jinetes del otro lado pudieran pasar, mientras los arqueros, tenían gran dificultad en disparar sus flechas sin que estas hirieran a sus propios camaradas. La vieja Zaida ordenaba con desesperación que despejaran el puente, pero sus gritos se perdían en el fragor de la batalla y el ruido del aguacero. Siandro, en medio de sus hombres, comprendió la situación y ordenó a los soldados retroceder, hasta llegar al otro lado pero en el entretanto, los inmortales avanzaban con ferocidad, incontenibles y provocando numerosas bajas al enemigo que luchaba por salir del atolladero y organizarse. Egan y Éger, los gemelos Rimorianos, luchaban pegados espalda con espalda, en la boca del puente, evitando que nadie entrara o saliera de él. Una nueva flecha voló desde la oscuridad clavándose en el hombro de la vieja Zaida que se dobló sobre su caballo, en parte por el dolor y en parte para protegerse de un próximo ataque. Algunos hombres se aproximaron a ayudarle, pero la vieja, en un nuevo relámpago que rajó el cielo, pudo ver una silueta corriendo agazapada sobre los tejados “Ahí está, ahí” grito, para que eliminaran al que parecía ser un tirador solitario que sabía bien escoger sus blancos.

En el otro punto, donde estaba el general Rodas, la situación no se veía mejor: el sitio entre el canal y la ciudad era estrecho y se estrechaba aun más con los numerosos cadáveres Cizarianos que se amontonaban y entorpecían la lucha. Las flechas caían casi con la misma intensidad que la lluvia, pero los Rimorianos, agotados y jadeantes, no parecían doblegarse por estas, hasta que uno de ellos fue alcanzado en el cráneo y su cuerpo por fin dejó de luchar cayendo al suelo convertido en un inútil no-muerto. Motas, con media docena de flechas clavadas en su cuerpo, lo observó con desprecio, pero no al hombre, sino a su condición desvanecida de inmortal, Rino, en cambio, lo observó preocupado, sus enemigos también lo habían visto, y para ellos sería un aliciente. Estaban demasiado expuestos, debían salir de ahí, o pronto todos comenzarían a caer de la misma manera. El grupo abrió camino para avanzar siguiendo la orilla del canal mientras Abaragar y su maza de hierro, contenía al enemigo, Motas le echó el último vistazo antes de alejarse con el grupo, pero el gigante Rimoriano seguía blandiendo su arma como un animal acorralado por una manada de lobos, se veía agotado y era evidente que su inmortalidad, no lo hacía ni más fuerte ni más resistente, pero la furia con la que luchaba sin duda era admirable al mismo tiempo que intimidante. Una espada se clavó en su costado, un atrevimiento que el Cizariano pagó con su vida. Abaragar ni siquiera se la retiró, con un grito terrible hizo girar su maza en frente de él de un lado hacia el otro, abriendo un callejón hasta dejarla caer de manera brutal sobre la cabeza del caballo del general Rodas, quien cayó de bruces al suelo y a los pies del gigante, que desde ahí, y a pesar de la escasa visibilidad, se veía imponente con su arma en alto, el general, desesperado, hundió el filo de su espada en la rodilla del Rimoriano, sin embargo, no había fuerza humana que pudiera evitar que la maza de hierro de Abaragar cayera sobre su pecho. Las espadas se clavaron en su espalda sin piedad ni recaudos, el gigante reaccionó como una bestia herida, con un giro violento que derribó a más de uno de sus enemigos, pero nuevas espadas se enterraban en su cuerpo, cubriendo su piel de la monstruosa cicatrización que trabajaba sin parar en su carne, su sangre y sus huesos, debilitándolo hasta caer sobre sus rodillas. Finalmente, una de las espadas enemigas atravesó su cuello, dejando su rostro contraído en una mueca de odio y dolor. Su cabeza rodó por el suelo y su temida maza cubierta de sangre enemiga, por fin se soltó de su mano, cayendo inerte al lodo.

Los soldados Cizarianos persiguieron a la silueta que corría sobre los tejados hasta que esta desapareció en la noche, para luego volver a delatar su posición con una flecha que quedó vibrando ensartada en un poste a escasos centímetros de la cabeza de uno de ellos. El callejón era angosto y empinado y el agua corría por él como por una acequia, al llegar a una escalera que terminaba en una bifurcación, una nueva flecha se clavó en el suelo y la silueta volvió a moverse sobre los tejados, huyendo. Los hombres la seguían con la sospecha latente de que estaban siendo guiados deliberadamente en una dirección, pero para ellos era inconcebible volver con las manos vacías y una excusa tonta. El camino terminaba en un delgado brazo del canal por el que el agua corría a gran velocidad debido a la pendiente y que era cruzado de lado a lado por un edificio usado como molino, los hombres se detuvieron allí e inmediatamente una flecha salió de la boca negra de la bodega del molino, clavándose en el pecho de uno de ellos indicándoles que debían entrar, pero no sin la protección de sus escudos por delante: era un lugar amplio pero destartalado, con abundantes goteras que en algunas partes eran chorros de agua que se perdían entre las rendijas del piso; un grupo de caballos del campo, habían encontrado refugio de la lluvia y la guerra allí y se ocultaban como sombras silenciosas en un rincón; el sitio estaba tenuemente iluminado por un par de débiles lámparas de aceite que colgaban de los postes. Para uno de los soldados, fue curioso ver que los caballos estuvieran atados a los pilares del edificio, pero no dijo nada, pues la silueta estaba allí, en la penumbra, sentada en el suelo y apoyada en un poste, pretendiendo ocultarse torpemente. Tarde se dieron cuenta de que aquel no era el enemigo que venían siguiendo sino sólo el cuerpo de un viejo incapaz de moverse con la agilidad que lo hacía la silueta sobre los tejados y aunque lo fuera, estaba demasiado borracho para intentarlo, pero antes de que notaran su error, los caballos fueron azuzados con violencia por una voz femenina y por un látigo corto y rígido que provocó la huida desesperada de los animales, quienes arrastraron consigo los envejecidos postes a los que estaban atados, provocando que gran parte de la estructura se viniera abajo dejando atrapados a los soldados Cizarianos entre la abundante paja y grano almacenados y el fuego de las lámparas.

Nazli era su nombre y era la única mujer inmortal de Rimos. Su puesto y su reputación estaban más que bien ganados y justificados, siendo una excelente arquera y muy hábil espadachín. Tenía bonito rostro con una inusual nariz respingada; era menuda y robusta pero sin un solo gramo que le sobrase en el cuerpo, usaba el pelo sujeto en una trenza gruesa, corta y negra que casi nunca desarmaba. Era hermana putativa de Abaragar criada por los padres de este, lo que de pequeña se tradujo en un profundo respeto por parte de todos los demás muchachos; y por parte de ella, en una constante necesidad de demostrar que, aunque tenía la mitad de su estatura, era una digna hermana del gigante de Rimos, que sin tener ni su fuerza ni su tamaño, sí lo podía igualar en valor y determinación a la hora de enfrentarse a cualquiera: grande o pequeño, armado o desarmado, en el campo de batalla o en una taberna.

Nazli corrió por el camino principal de la ciudad llevándose los caballos atados y tras ellos, los restos de los postes que saltaban y se golpeaban violentamente, lanzándose contra el enemigo de forma temeraria, tanto, que la ensangrentada lucha que se desarrollaba sobre el puente por alcanzar la otra orilla, tuvo que disolverse y ambos bandos huir en direcciones opuestas, ante la arremetida de la muchacha, quien no solo iba al mando de un grupo de caballos enardecidos, sino que también, los maderos que volaban tras ella, eran como proyectiles mortales, capaces de matar o mutilar con el menor esfuerzo a cualquiera que se cruzara en su camino, incluso a sus propios compañeros, de los cuales Trancas, quien era el que más ocupado estaba, sólo notó lo que sucedía al ver que sus enemigos arrancaban despavoridos, y no le quedó otra que lanzarse al canal en el último segundo en que la baranda bajo sus pies volaba hecha astillas. Varios que no alcanzaron a huir cayeron a su paso, pero la chica cruzó el puente sin que nadie intentara siquiera detenerla. Incluso Siandro, quien se salvó por los pelos y gracia a sus hombres, quedó profundamente admirado de la bizarría de aquella muchacha. A la orden del rey de Cízarin, un grupo de caballería salió en persecución de Nazli, mientras el resto se abalanzaba contra el puente, en persecución de los Rimorianos que huían de la caballería hacia los callejones de la ciudad.


León Faras. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Lágrimas negras. Segunda parte.

XXIX.

El palacio de Rimos, estaba animado sólo por el insistente repicar de la lluvia, sin embargo, la efervescencia de sus moradores se reactivó con la noticia del regreso del príncipe Ovardo. Las especulaciones se multiplicaron entre la servidumbre como la maleza en el campo: unos decían que el príncipe había regresado muy malherido de la batalla, otros aseguraban que el enemigo lo había atrapado, le había arrancado los ojos y lo había liberado, como escarmiento para él y para quienes lo siguieran y que la batalla por supuesto, estaba perdida. También había rumores de que el príncipe no estaba herido, sino que se había derrumbado emocionalmente, luego de enterarse de la muerte de su esposa y que había abandonado a sus hombres, los cuales seguían luchando solos, otros un poco más idealistas, replicaban que no estaban solos, sino que el rey Nivardo había tomado el lugar de su hijo y que la batalla aun no estaba definida. Nadie tenía certeza de nada, a pesar de la convicción que algunos mostraban al hablar, casi como si hubiesen estado presentes. Sin embargo, había un pequeño rincón, dentro de la cocina del palacio, en el que dos jóvenes y humildes sirvientes hablaban a solas y con toda propiedad de lo que habían visto: la acongojada Teté y el joven Cal Desci, ellos habían estado presentes en la dolorosa muerte de la princesa Delia y en la apabullante caída del príncipe Ovardo, e intercambiaban sus ingratas experiencias bebiendo un tazón de caldo caliente, el mismo cocido que habían mandado a preparar para que la princesa se recuperara luego del parto.

Para los “Rematadores”, el trabajo que le habían encargado se había vuelto un fastidio mucho antes de lo que esperaban, los cadáveres enemigos eran escasos, y más que nada se dedicaban a recorrer la ciudad de un lado a otro encontrando muertos y heridos de su propio bando por los que poco o nada podían hacer. Lo más interesante que habían encontrado había sido la cabeza del desafortunado Ranta, separada de su cuerpo, pero aun balbuceando sin hablar y moviendo los ojos sin ver; les dio tan mala impresión, que la machacaron por sospecha de que, de alguna manera, se uniera con su cuerpo y los atacara. Luego de mucho rato recorriendo los oscuros callejones, chapoteando en el barro, mojados de pie a cabeza y con pocas ilusiones de que su trabajo sirviera de algo, por fin encontraron a un soldado enemigo tirado en el suelo, parecía muerto, aunque aquello en su experiencia recientemente adquirida, no era nada seguro; tenía una profunda herida en el cuello por la que parecía que se había drenado todo el cuerpo y una bonita armadura decorada con los característicos diseños de enredaderas espinosas de Rimos. Parecía valiosa. También la espada y el puñal que llevaba en la cintura. Uno de los rematadores no dudó en intentar saquear el cadáver, pero su compañero lo detuvo con una advertencia: Era mejor asegurarse antes. Y de dos mazazos destrozó la cabeza del rey Nivardo de Rimos, y lo convirtió en un muerto más, dentro de una ciudad llena de muertos.

El capitán Albedo, de ninguna manera había llegado hasta la casa de Qrima por pura casualidad, él cumplía con una orden que le había dado Rianzo, el hermano del rey, y que era encargarse de la seguridad de su hijo Brelio y de Darlén, la madre de este. El viejo Qrima, era un paso intermedio en la misión que le habían encargado, ya que si las cosas empeoraban en la ciudad, debían llevarse a la muchacha y a su hijo fuera de Cízarin y eso era lo que venía a hacer, sin embargo, encontrarse con un soldado Rimoriano armado allí, era toda una sorpresa y no de las gratas. La hermosa Darlén, incómoda por la tensa situación, devolvió el bebé a Nila y agradeciendo la hospitalidad y cuidados de Qrima, se puso a disposición del capitán Cizariano para acelerar el proceso y que se retiraran pronto, pero Albedo no opinaba igual, para él, como para cualquier soldado, le parecía sumamente grave albergar y esconder enemigos cuando en su ciudad, su propia gente estaba siendo asesinada y quemando sus casas, dejando viudas y huérfanos por miles; para él no había excusas ni términos medio: si ayudas a un enemigo, pasas a ser enemigo también y debías ser tratado como tal, “No puedo pasar esto por alto: llévense a estos hombres y quemen la casa…” dijo, borrando su irritante sonrisa por primera vez desde que llegó. Un joven soldado tardó menos de diez segundos en salir y volver con una pequeña vasija de barro en una mano y una antorcha sin encender en la otra, lanzó el recipiente a la pared de un rincón para romperlo y desparramar el aceite que traía dentro y acercó la antorcha a la lumbre que iluminaba la casa, para encenderla, entonces Qrima se puso de pie, cogió su arco de la mesa y con toda tranquilidad, le apuntó con la flecha al rostro del soldado con la antorcha “No lo hagas, muchacho, dicen que una flecha en la cara duele más que en cualquier otra parte” Albedo estiró hacia afuera las comisuras de los labios y apretó los dientes haciendo un sonido sibilante, como dándole a entender que aquello de amenazar a un soldado Cizariano, era un error que sólo podía empeorar las cosas. Desenvainó su espada “¿Será posible que nos hayamos equivocado tanto contigo?...” Emmer protegía tras él a Nila y al bebé, mientras Darlén y su hijo Brelio permanecían custodiados por dos soldados Cizarianos junto a la puerta. Qrima aun apuntaba con su arco al muchacho de la antorcha. El capitán Albedo comenzó a pasearse con confiada precaución “…o tal vez sólo sea que estás confundido, aunque confundir el bando en el que estás, es algo muy estúpido en estas circunstancias, incluso para alguien como tú. Deja que te ayude…” dicho esto, se giró rápidamente hacia Emmer y le hundió su espada en la boca del estómago, ante el grito de horror de Nila. Qrima agarró a su sobrina de un brazo y la puso tras él. Albedo continuó “…baja ese arco, anciano ¿o es que aun crees que tienes algo que proteger?” Qrima mantenía su arco listo para disparar, Nila lloraba aferrada al bebé tras él “Yo ya hice lo que me pediste, sólo deja en paz mi casa. Nadie más tiene que morir aquí” “Tienes razón…” replicó Albedo, “…entonces ¿por qué sigues apuntándome con ese arco?” en ese momento, la tensión en el rostro del viejo, se relajó, al igual que la de la cuerda de su arco, el cual comenzó a caer lentamente hasta quedar apuntando al suelo. Albedo volvió a sonreír. Cogió un pañuelo de su manga y se dispuso a limpiar su espada, la sangre adherida a esta no era para nada normal: granulosa, pegajosa y negra. Nila detuvo su llanto. Albedo comprendió que algo sucedía, todos parecían sorprendidos de ver lo que estaba sucediendo tras él, al voltearse, Emmer estaba de pie, sin ninguna muestra de dolor y con su espada en la mano. “Pero…” fue todo lo que pudo decir el capitán antes de que el Rimoriano le cortara la garganta. Los seis soldados Cizarianos se mostraron alterados, con el desconcierto que produce lo desconocido y anormal y el miedo que causa enfrentarse a un inmortal por primera vez. Dos lucharon al mismo tiempo contra Emmer, mientras alguien daba la orden de quemar la casa e irse, el soldado de la antorcha titubeó, Qrima no le había quitado el ojo de encima, el muchacho se arriesgó a tratar de encender su antorcha y la flecha del viejo terminó alojada en su cara con fría precisión, tal como se lo había advertido y tal como se lo había advertido, parecía doler mucho más que en cualquier otra parte. Emmer derrotó a sus dos enemigos con habilidad y se abalanzó contra el tercero que parecía repartir órdenes desesperadas desde la entrada, los otros dos avanzaron decididos a eliminar al viejo, pero este, astutamente, lanzó su flecha contra la lámpara de aceite, apagando la pequeña lumbre y sumiendo la casa en total oscuridad.


Los sonidos y los ligeros destellos nacidos de los golpes de espada, chispas fugases en la oscuridad, pronto se extinguieron por completo, luego, una flecha se oyó salir del arco de Qrima y después largos segundos de silencio con el sonido monótono de la lluvia como fondo. Solo al cabo de un rato un generoso chorro de chispas, nacidos entre una piedra y un cuchillo, encendieron un brasero y la luz regreso, Qrima estaba junto al brasero, tras él estaba Nila aferrada al bebé que, alimentado y limpio no parecía tener nada más que exigirle a la vida. En la puerta estaba Emmer, en su antebrazo izquierdo, una profunda herida se cerraba dejando su monstruosa cicatriz enraizada. Darlén y su hijo permanecían en el mismo rincón, expectantes y asustados, y de los dos soldados que quedaban, uno permanecía de pie, inmóvil, con los ojos abiertos y una flecha atravesándole el cuello, mientras el otro, lo sostenía por detrás sin enterarse aun de que mantenía en pie a un cadáver. El sobreviviente dejó caer a su compañero y se quedó con aspecto desolado: un monstruo al que no se le podía matar y un abuelo que le metería una flecha entre los ojos antes siquiera de acercarse, tales eran sus opciones, “Estás muerto, hijo” le dijo Qrima con cierto brillo de piedad en los ojos, el Cizariano apretaba su espada y respiraba con fuerza, como un animal dentro de una trampa, “Tranquilo abuelo, todavía respiro…” “Lo digo por la herida que tienes en el mentón…” señaló el viejo. Era una herida insignificante pero limpia, hecha por un arma bien afilada, “…Yo no soy Cizariano, soy Bosgonés” concluyó Qrima. Emmer lo miró con el ceño apretado y luego al soldado de Cízarin, “¿Bosgos? Veneno…” El muchacho se tocó el mentón y luego se examinó la punta de sus dedos ensangrentados, él, al igual que casi todo el mundo, sabía que Bosgos era una ciudad cercana conocida por su enorme creatividad a la hora de producir venenos. Eso no era justo, no estaba dispuesto a aceptarlo, morir envenenado era lo peor, era una muerte sucia, reservada para traidores y hombres deshonrados, “No voy a morir así…” aseguró, y se lanzó contra Emmer en un ataque brutal y desesperado que el Rimoriano apenas pudo contener y luego de eso, siguió atacando con violencia desmedida hasta que el muchacho en su ceguera, clavó su espada en un poste mientras el arma de Emmer le rebanaba el estómago. Este, luego de recuperar el aliento, observó que la herida del mentón era realmente diminuta, “¿Qué clase de veneno usas? ha de ser realmente poderoso” El viejo recogía la antorcha apagada del piso, “No uso ningún veneno” replicó indiferente, Emmer le dirigió una mirada de duda a Nila y luego a Qrima de vuelta “¿Mentiste? ¿Por qué?” El viejo encendía la antorcha en el brasero, “El chico estaba aterrado, necesitaba que le quitaran el miedo a morir…” “Entonces, ¿tampoco eres de Bosgos?” “Sí lo soy, y allá nos dirigiremos. Este sitio ya no es seguro ni para ustedes ni para mí” concluyó el viejo, lanzando la antorcha sobre el aceite esparramado e incendiando su propia casa antes de salir.


León Faras.

viernes, 27 de octubre de 2017

Lágrimas negras. Segunda parte.

XXVIII.

Era difícil encontrar el camino en una noche tan cerrada, pero Nila hacía su mejor esfuerzo aguzando la vista y la memoria para encontrar alguna referencia que le indicara que estaba en la dirección correcta. El agua se agrupaba y corría por todas partes, el bebé estaba empapado y seguramente hambriento también y para empeorarlo aun más, Emmer sentía como si hubiese tragado una brasa de carbón ardiendo, que le estaba quemando las tripas, hasta el punto de hacerlo enrollarse de dolor como una oruga sobre su caballo. Nila se preocupaba, pero él le aseguraba que estaría bien. Por fin apareció en la oscuridad la silueta de aquel árbol que recordaba de su infancia, un gigante de mil años de edad, rajado a la mitad quien sabe si por un rayo o por la furia de algún dios antiguo, permanecía igual, con la mitad de su cuerpo viva y la otra mitad muerta, era una referencia clara de donde estaba y de hacia dónde debía dirigirse. Cerca de ese árbol, encontrarían un pequeño pero robusto muro de rocas apiladas, que descendía por una larga y suave pendiente que Nila recordaba cubierta de hierba y flores pero ahora sólo tenía riachuelos de agua turbia y barro. Luego el cerco se bifurcaría y siguiendo el de la izquierda, en pocos minutos debería aparecer la casa del tío de Nila, Qrima. Emmer trataba de contener el dolor, apretándose el estómago y usando toda su fuerza de voluntad para mantenerse sobre el caballo. La casa apareció cuando ya estaban a pocos metros, oculta entremedio de numerosos árboles ahogados en la intensa oscuridad de la noche, imposible de encontrar para cualquiera que no conociera de su existencia. Nila se bajó del caballo y buscó la puerta mientras Emmer la seguía torpemente debido al dolor. La puerta estaba trancada por dentro, pero al golpear y gritar, se oyó que alguien le abría, en ese momento, Emmer sintió como una fuerza violenta y rápida le atenazaba la pierna, lo derribaba y lo elevaba en el aire hasta dejarlo colgado cabeza abajo y la voz de un anciano que lo apuntaba con su arco, dispuesto a meterle una flecha en el pecho. Dentro de la casa, una mujer joven y de hermoso rostro asustado, protegía tras ella, aferrada a una horqueta en las manos, a un niño de apenas dos años, Nila reaccionó con angustia, anunciando quien era y que sólo buscaban refugio, el viejo Qrima, reconoció a Emmer como un soldado de Rimos, pero también a Nila como su sobrina, y ante el grito de espanto de esta, apuntó al hombre colgado y disparó. La flecha pasó a dos centímetros de la cabeza de Emmer y con exquisita puntería cortó la soga que lo sostenía algunos metros más allá, luego el viejo bajó su arco y sin suavizar su expresión, apuró a todos para que se metieran dentro. Emmer necesitó de una ayuda extra para conseguirlo.

Qrima era un anciano fuerte y con el carácter amargado luego de años viviendo solo, tenía la barba y la cabellera de ermitaño rodeando una enorme calva que casi siempre cubría con un sombrero ancho. Cogió a Emmer por debajo de los brazos y lo recostó en el suelo de la casa, Darlén, la hermosa muchacha que lo acompañaba, se acercó con la mísera lumbre que los iluminaba, todos se espantaron al ver la monstruosa cicatrización en el estómago del Rimoriano, era una gran protuberancia oscura en el abdomen, con amplias ramificaciones, que escupía un líquido blancuzco y de mal olor, “¿¡Qué demonios es esto!?”Exclamó el viejo con mueca de asco. Ninguno de los presentes había visto nunca nada parecido y era imposible imaginar qué hacer para ayudarlo. El dolor torturaba a Emmer con insistencia hasta que la herida vomitó por sí sola una bola dura y negra que rodó por el suelo: era la bala de hierro que le había quedado atrapada en las entrañas, sólo entonces el soldado sintió alivio, la herida cicatrizó, aunque la marca que dejó no era nada agradable de ver y por fin el hombre pudo descansar, Nila preguntó ingenua, si se recuperaría, mientras su tío observaba con curiosidad la bala, preguntándose cómo había llegado hasta allí. Enseguida, Nila y la hermosa Darlén, se preocuparon del bebé, secarlo, darle abrigo y por supuesto, alimentarlo, de esto último se encargó la segunda, ante la mirada de confusión de Brelio, su propio hijo. Emmer, con su herida rápidamente recuperada gracias a su inmortalidad, pudo incorporarse, Qrima, lo miraba con desconfianza desde la mesa, “Deben irse…” dijo sin preámbulos, luego de secar un vaso de vino. Nila deseaba al menos esperar hasta que el aguacero se acabara, pero el viejo insistió, “…no lo entienden. Este no es un lugar seguro para ustedes. Deben irse lo antes posible” Darlén, aun con el bebé aferrado a su pecho, los miraba con infinita compasión, pero su expresión cambió cuando entró a la casa un capitán Cizariano sacándose el yelmo y pasándose la mano por el rostro para quitarse el agua, seguido de seis soldados que igualmente venían empapados hasta los huesos. El capitán Albedo era un hombre de baja estatura y mediana edad, con abundante pelo encanecido en los costados, poseía una gran nariz que se complementaba a una permanente sonrisa cínica. Se detuvo y observó la escena sin perder su desconcertante y fingido buen humor, todo lo contrario de Qrima, que lucía rebosante de fastidio.


El agua caía por todas partes y se amontonaba y corría en todas direcciones, lo que convertía el campo de batalla en un laberinto oscuro y cubierto de lodo. Un grupo de Rimorianos avanzaba al trote bordeando la ciudad por una callejuela larga y angosta, en su camino, se encontraron con un destacamento de arqueros que en ese momento usaban una escalera para encaramarse a los tejados. El grupo de inmortales se les lanzó encima evitando siquiera que prepararan sus armas, mientras dos jóvenes hermanos Rimorianos, gemelos idénticos, perseguían a los que habían logrado subir. Sus nombres eran Éger y Egan, y sólo se podían diferenciar porque el primero llevaba una espada y un pequeño escudo Rimoriano de metal y el segundo, una alabarda con hoja y gancho. Ambos eran buenos luchadores, pero verlos pelear juntos era completamente distinto, como una pareja de baile que luego de años practicando juntos, casi pueden leer la mente del otro. Éger corrió con su escudo enfrente tras los arqueros que soltaron sus flechas contra él, sabiendo que su hermano estaba pegado a su espalda. Atacó con su espada en un golpe descendente para que al agacharse, la alabarda de Egan pasara por sobre su cabeza e hiriera al enemigo al que acababa de romper su defensa, luego atacaba él con su espada en círculo, dejando su hombro y escudo en línea para que el arma de su hermano se deslizara por ahí, entrando frontalmente o desgarrando con su gancho al retroceder. Sus enemigos, menos preparados para la lucha a corta distancia, cayeron rápidamente, al avanzar por los tejados, vieron desde la altura que el canal que les cortaba el paso, había crecido considerablemente, luego, al reunirse con el resto de su grupo, descubrieron con frustración que el puente que lo cruzaba estaba totalmente destruido, deberían buscar otro sitio por donde pasar, pero en ese momento oyeron los gritos de uno de sus compañeros rezagado, parecía realmente agotado, tal vez, herido. El nombre de este era Cransi, un tipo grande, un poco obeso, que se sujetaba el pelo con un moño en la mollera, ese tipo de personas de las que todos se burlan a pesar de que podría aturdir a cualquiera de un solo golpe si quisiera. Traía la escalera que habían dejado los arqueros Cizarianos, y pasando por el medio de todos, la tendió sobre el canal a manera de puente, luego se les quedó mirando como el perro que, luego de traer el palo que le ha lanzado su amo, se queda esperando su aprobación por el truco que ha hecho. Sus compañeros se miraron entre sí: a ninguno se le había ocurrido, luego rieron y lo felicitaron. Cransi tenía sus momentos.


León Faras.

viernes, 20 de octubre de 2017

Lágrimas negras. Segunda parte.

XXVII.


Su nombre era Abaragar, un hombre enorme, con una prominente calvicie, a pesar de que aun era joven, que lideraba un buen grupo de soldados Rimorianos. No era un estratega inteligente ni tampoco un espadachín brillante, ni siquiera usaba una espada sino una intimidante maza con púas que encajaba a la perfección con su respetable musculatura. Los hombres lo seguían porque parecía un loco, un guerrero bárbaro de cien kilos de peso con una maza de hierro en la mano que blandía como si se tratara de una vara de madera: inspiraba miedo en el enemigo y valor en sus compañeros y más aun ahora que era un inmortal. Una vez que la lluvia comenzó, renunciaron a sus caballos y continuaron a pie, debido a la densa oscuridad que se esparció por los estrechos callejones de Cízarin cuando el fuego se vio abatido por el agua, lo que dificultaba aun más el avanzar sin toparte con trampas, con caminos bloqueados o con grupos de arqueros que parecían no acabarse nunca y facilitaba el ocultarse y moverse rápido bajo el amparo de las sombras. De esta manera lograron llegar hasta uno de los puentes laterales en el que un grupo de hombres trabajaba afanosamente terminando con hachas lo que el fuego no había alcanzado a acabar. Era un bonito puente hecho de madera, ancho, como para una carreta, ligeramente convexo para resistir bien el peso con el paso de los años y con gruesas balaustradas a ambos lados que, en uno de sus flancos, se veía destruida casi por completo por el fuego, hacía rato, enfriado por el aguacero; el piso también había sido consumido en buena parte, y parecía haber sido mordido por una gigantesca bestia come-puentes. Era una brecha, y debían tomarla si querían avanzar de la misma manera que los Cizarianos debían defenderla si querían detenerlos: La lluvia parecía caer contagiada de la misma violencia desatada en la ciudad, como si fuera el festejo de algún dios agresivo y despiadado; apagaba el fuego y lavaba la sangre, pero también acumulaba fuerzas para arrasar con todo lo que pudiera. Detrás de Abaragar venía un hombre llamado Rino, era joven, pequeño y fornido, había cogido un elegante escudo Cizariano formado de círculos concéntricos de hierro y madera alternados para protegerse de las flechas. Como él, muchos habían tenido la misma idea tras abandonar sus caballos. Junto a Rino, venía un viejo de largas barbas encanecidas al que todos llamaban Motas, era un hombre maduro que siempre se estaba carcajeando de todo y bebiendo largos sorbos de un pellejo de vino que nunca abandonaba, usaba un pañuelo atado en la cabeza para contener la cabellera y el sudor y manejaba con ambas manos un espadón de hoja ancha y doble filo. Era un gran amigo de Sinaro con el que en más de una ocasión, se había reunido sólo para hablar y beber. Un pequeño grupo de arqueros Cizarianos protegía el paso, la ropa oscura los ocultaba completamente en la oscuridad, llevaban puestos unos sencillos pero eficientes sombreros anchos que les protegían bien la vista de la lluvia. Una oleada de flechas cayó sobre los Rimorianos que asaltaban el puente, algunos lograron cubrirse a tiempo, más por instinto que por ayuda de sus sentidos, otros recibieron flechas que su cuerpo de inmortales resistieron, pero otros ni se enteraron, como Abaragar que avanzó dejando caer su maza sobre un hombre que, para su mala suerte, no alcanzó siquiera a despegar su hacha atascada en la madera del puente. La brecha era estrecha y limitada y la resistencia se volvía cada vez más férrea. Tanto Abaragar, como Motas repartían golpes brutales y violentos para abrir paso a los hombres que les seguían de atrás, pero a ratos, parecía como si solo lanzaran ataques que se perdían estériles en la lluvia. Las flechas seguían cayendo sobre los hombres atascados en el puente roto, pero estos se cubrían con escudos o cadáveres y seguían luchando como animales atormentados dentro de una jaula. Rino, con su escudo y su espada, se abría paso en la vanguardia, su combate era mucho más técnico que brutal, pero se defendía bien, a pesar de que el aguacero nublaba los sentidos y tornaba el piso resbaladizo. Un nuevo rayo desgarró el cielo proveyendo a los hombres que se mataban en la tierra de un instante fugaz de luz, suficiente para que un inmortal llamado Lerman, un tipo de cabello rizado, flaco y alto pero de musculatura firme, quien cargaba una lanza enemiga, detectara la posición de los arqueros y derribara a uno atravesándolo con su jabalina. Su sentimiento de triunfo fue breve, las vigas del puente, erosionadas por el fuego y las hachas, cedieron al peso de los hombres en un doloroso crujido que inclinó el suelo en dirección al costado que no tenía baranda. Al menos media docena de soldados de Rimos cayeron al caudaloso canal que pasaba bajo sus pies y cualquier intento por ayudarles fue disuadido con una nueva oleada de flechas, era inminente que pronto colapsaría el resto de la estructura, ante la constante presión del agua y la gravedad, por lo que la urgencia por llegar al otro extremo desató un caos enorme en un reducido espacio de suelo. El general Rodas, alertado por uno de sus hombres, apareció en ese momento acompañado de cincuenta soldados para contener el avance enemigo, pero cada vez más y más Rimorianos cruzaban el puente abriéndose camino frente a una compacta muralla de escudos, espadas y las interminables flechas que les caían encima. En ese momento, y entre todo el ruido de la batalla, Abaragar sintió el inconfundible sonido de la caballería a sus espaldas y se volteó hacia el puente: Rianzo y sus hombres estaban al otro lado, encerrándolos mortalmente, entonces, el enorme líder Rimoriano se plantó desafiante, se quitó con furia una flecha clavada en su pecho y comenzó a descargar mazazos bestiales sobre las tablas del puente que estallaban como si estuvieran hechas de hielo para cortarles el paso, Rianzo se bajó de su caballo seguido de algunos de sus hombres y se lanzaron contra él protegidos con escudos, mientras Rodas ordenaba a sus arqueros que centraran sus ataques en el gigante de la maza de hierro. Los Cizarianos debían utilizar ese puente para apoyar a sus compañeros que resistían al otro lado, pero la figura del gigante Rimoriano y su maza de hierro, era algo que no se podía tomar a la ligera. En el momento en que Abaragar levantó su maza por sobre su cabeza, Rianzo se acercó con su escudo en alto y su espada al frente logrando herirlo en el vientre, pero la herida fue insignificante y debió retroceder rápido antes de que la maza le cayera encima. El cuerpo de Abaragar lucía numerosas flechas clavadas que parecían enfurecerlo más que debilitarlo. Otro Cizariano intentó aprovechar ese momento para atacar pero fue detenido en el aire por una patada del gigante Rimoriano que le hizo perder el equilibrio y no recuperarlo más, debido a la inclinación del piso. La maza volvió a elevarse y a hacer un amplio ataque horizontal capaz de hacer retroceder a cualquier enemigo para luego elevarse y caer sobre las maderas, volviendo más precaria la resistencia del puente que amenazaba con dejarse arrastrar por la corriente. Rianzo comprendió que no tenía tiempo y volvió a lanzar otro ataque frontal, pero el momento no fue bien calculado y la maza de Abaragar golpeó violenta su escudo, el Cizariano cayó de rodillas con el brazo destrozado, al tiempo que la maza se elevaba nuevamente en el aire y caía con furia a escasos centímetros de él, desastillando la última viga que se resistía a ceder, haciendo colapsar toda la estructura que finalmente fue arrastrada por el agua. Rianzo, con una sola mano no pudo sujetarse y su cuerpo desapareció en la corriente.


León Faras.

viernes, 6 de octubre de 2017

Los Condenados.

Odregón.

Primera parte.

Luego de muchos kilómetros de pedregoso desierto, por un camino duro, cubierto de un polvillo fino y blanco como la cal que se introducía por todas partes y se pegaba a la humedad del cuerpo y de los vehículos, al fin aparecía en el trémulo horizonte Odregón, el único oasis de civilización alcanzable por vía terrestre, un sitio animado, con mucha gente pero con calles angostas, franqueadas de edificios rectangulares separados por callejones donde el hacinamiento era muy marcado, sobre todo para el visitante que venía de cruzar un yermo sin fin. Vilma debió reducir la velocidad casi al paso, aunque era un alivio poder quitarse por fin las gafas protectoras, llenas de polvo y los cubre bocas, que les habían permitido respirar medianamente bien. Les habían advertido que Beatrice, al ser un vehículo descapotado, no era lo más apto para las condiciones del camino, pero la máquina era parte del equipo y según su conductora, el carácter femenino de Beatrice, no iba a tomarse nada bien un reemplazo, era fuerte y confiable, pero también celosa, “…no querrán ofenderla…” advirtió Vilma al resto del grupo antes de partir, por supuesto, en una conversación privada, lejos de los “oídos” del vehículo. La ciudad olía a civilización: a humo, fritanga y porquería. El avance era cada vez más dificultoso, ya que, lejos de abrirse el camino, se cerraba aun más, con la presencia de numerosos comercios callejeros a ambos lados y su respectiva clientela, que trataban a los visitantes como si fueran fantasmas invisibles, indiferentes a los amenazantes rugidos de Beatrice, que forzaba su poderoso motor sin apenas conseguir moverse. Llegando a una esquina, tuvieron que detener su, ya de por sí, lento avance. Frente a ellos, dos carretas tiradas por unos bueyes de cuernos enormes y abiertos a los lados, de los que colgaban farolillos, cruzaban con una parsimonia que todo el mundo tomaba con naturalidad. Caín tomó un trago de agua de su botella “¿Adónde nos hemos venido a meter esta vez?”, comentó con el mismo desgano con que se tragó el agua, mientras veía esos vehículos de tracción animal que creía desaparecidos. Marcus venía atrás cómodamente sentado con las piernas estiradas, se había levantado las gafas pero aun se cubría el rostro con un pañuelo, como un bandolero del lejano oeste “¿Ya notaron la cantidad de idiomas que habla esta gente? he escuchado al menos cinco diferentes y algunos sonidos que no sé si pertenezcan a alguna lengua en particular o sólo sean eructos y chillidos” “¿Y por qué crees que no me he bajado a preguntar?” respondió Vilma con su acidez habitual, alimentada aun más por el tedio de no poder moverse con libertad. Cuando por fin pudieron seguir avanzando, la muchacha agregó, “Sólo espero que no nos encontremos con otro vehículo en sentido contrario o yo misma abriré paso a tiros” Luego de casi una hora cubriendo una distancia que no debería tomar más de cinco minutos, llegaron a una especie de plaza amplia donde parecían converger todos los caminos, salvo por la gente y uno que otro vehículo menor, el sitio solo era un descampado circular sin atractivo alguno, polvoriento y caluroso como el desierto que rodeaba toda la ciudad. En aquel lugar debían reunirse con alguien que les serviría como guía, pero por más que miraban no parecía que nadie estuviera ni remotamente interesado en su presencia, hasta que de pronto sintieron los pasos de alguien que se acercaba corriendo, los sintieron, porque eran pasos pesados y duros, como de alguien que carga con un gran peso y que, por consiguiente, es grande y fuerte, o tal vez sólo un robot. Este se detuvo en seco junto al vehículo, Marcus se alejó de un salto, Vilma cogió su pistola. El robot en cambio, hizo una reverencia como un japonés, “Los estaba esperando…” dijo, con una dulce voz femenina que contrastaba con su considerable altura. Tenía dos ojos diminutos y separados que se encendían y apagaban cada cierto tiempo, como si pestañara y una trompa, que asemejaba un micrófono antiguo incrustado en la cara, por la que hablaba y hacía otros sonidos. Su cuerpo y sus miembros eran delgados y estilizados, pero sin duda poderosos “…mi nombre es Quci, y los guiaré al castillo” “¿Castillo?” repitió Marcus incrédulo, mirando a sus compañeros, “Espera…” dijo Caín, suspicaz, “¿cómo sabes que nos buscas a nosotros?” Era una duda razonable, no se conocían y podía ser todo una confusión, Quci retrocedió un paso y apuntó al vehículo, “Me informaron que el vehículo tenía el nombre Beatrice escrito en un costado, por cierto, interesante caligrafía. Usted debe ser Caín, ¿es eso correcto?” “lo es…” admitió el calvo líder del grupo, luego agregó mirando a su conductora, “…creo que ya es tarde para arrepentirnos” “Como si pudiéramos” replicó Vilma, haciendo esfuerzos por aliviar la comezón en una zona inalcanzable de su espalda. Quci subió al vehículo con cuidado, como si estuviera subiendo a una balsa a la que teme voltear con su peso, y se sentó graciosamente recta junto a Marcus, “Es por allí” dijo señalando una dirección, “Será mejor que te sujetes” aconsejó el artillero, al tiempo que Vilma giraba el vehículo bruscamente para salir de ahí, “A juzgar por su forma de conducir y por los trazos violentos de la caligrafía pintada en el auto, ambos sugieren que se trata de la misma persona” comentó el androide mientras Vilma aprovechaba los pequeños espacios libres para acelerar, “Genial, un sabelotodo…” murmuró esta para sí, sin quitar los ojos del camino.

A medida que avanzaban, las calles se veían más despejadas de peatones, aunque igualmente estrechas y franqueadas de viviendas cada vez más aglomeradas y sucias, sin embargo, el vehículo se movía con algo más de libertad, lo que era casi como una válvula de descompresión para su conductora, “Me he dado cuenta de que se hablan numerosos idiomas aquí, ¿no?” dijo Marcus con ánimos de charlar, Quci lo miró un poco insegura de que se dirigiera a ella, luego de unos segundos respondió, “Eso es correcto. En Odregón se hablan hasta 64 lenguas diferentes, de las cuales yo puedo comprender todas, lamentablemente hay algunas que me es imposible pronunciar correctamente” El camino continuó hasta salir de la ciudad y rodearla por sobre un alto y extenso muro, que más que muro, era una meseta artificial sobre la que estaba construida la ciudad. Luego de algunos minutos, apareció en el fondo una colina de roca cortada verticalmente por una de sus caras, y sobre esta, el castillo de Odregón, Vilma detuvo el vehículo en seco sin la menor consideración por sus pasajeros, Marcus tras ella, se puso de pie para verlo mejor, era realmente una fortaleza esplendorosa que sólo en un lugar tan remoto como ese se podía encontrar: estaba rodeada de un muro con sus respectivos adarves y almenas y fortalecido con recios torreones rectangulares, que precedían otra línea de muros más elevada y provista de aspilleras y escaleras. Sobre este, se alzaba una atalaya redonda y robusta que sobresalía por sobre toda la construcción, y detrás de esta, estaban los salones principales, un edificio rectangular gigantesco coronado con una cúpula ovalada como medio huevo acostado, y adornado con una marcado gusto por las finas torres con puntas de lanza que se multiplicaban por todas partes como hongos en un árbol podrido. El acceso era un camino sinuoso y angosto excavado en el suelo, la mitad de su extensión estaba provista de peldaños, y en su totalidad era franqueado de muros para contener la arena y evitar que esta lo cubriera por completo. Desembocaba en una imponente y orgullosa barbacana que recibía a los visitantes con una afilada sonrisa de hierro negro. Para Beatrice, era imposible llegar hasta ahí, por lo que el grupo se dividió: Vilma y Marcus llevaron el vehículo hasta un hangar ubicado en la base del cerro, una gigantesca cueva de roca sólida pero bien provista de luz, herramientas y un piso perfectamente pavimentado, una grata sorpresa para la chica, siempre ansiosa por mimar su vehículo y mantener sus mecanismos a punto, mientras Caín seguía a Quci hasta el castillo, la reja de hierro se alzó con un movimiento suave y bien lubricado, que disimulaba perfectamente su peso real, en el interior, el hombre se vio sorprendido por los soldados que estaban de guardia, eran hombres, pero ataviados con aparatosas armaduras infladas, que los hacía ver mucho más grande de lo que en realidad eran, además, usaban colores vistosos y ceremoniales pero muy poco prácticos. Sus diminutas cabezas se asomaban con expresión grave, manteniendo erguidas a un lado sus hermosas, aunque obsoletas, lanzas de acero. Unos metros más allá cerca del muro, un robot enorme manejado por un hombre descargaba barriles de cerveza de una carreta tirada por caballos, como si aquellos elementos tan dispares pudiesen mezclarse con toda naturalidad. Fue conducido por una empinada escalera hasta un pequeño patio, finamente ornado con mosaicos y esculturas que daban paso al salón principal donde estaba Dugan, señor de Odregón.

Vilma en poco tiempo ya se había olvidado de la misión y de las incomodidades del camino y se había enfrascado en el propósito de quitarle el pringoso polvillo pegado a las entrañas de Beatrice y limpiar sus filtros. Allí habían encontrado a un hombre pequeño de grandes manos que, a pesar de no comprender una palabra de lo que decía, parecía encantado de la visita. Se tambaleaba visiblemente al caminar pero parecía dueño de una gran fuerza y de una energía inagotable, hablaba un idioma rimbombante, con vocales largas y palabras siempre acabadas en consonantes fuertes y sonoras, digno para dar un discurso a las masas. El hombre se puso a escudriñar el interior de Beatrice parado en la punta de los pies y luego se retiró hablando sin parar, soltó una risotada que nadie compartió con él y volvió junto a Vilma con un par de herramientas y un repuesto para intercambiar. Luego se agachó junto a Marcus que estaba en el piso trabajando bajo el vehículo, era gracioso, porque se agachaba como lo haría un niño pequeño, sólo doblando las piernas y sin apoyar ninguna rodilla en el suelo, le señaló algo sonriendo y se fue caminando como un pato hasta un baúl en el que metió la mitad del cuerpo para alcanzar algo, luego regresó con una botella en la mano que le dio al artillero, y con gestos más que evidentes lo invitó a beber, este, luego de oler el contenido de la botella, se la llevó a la boca: era un licor fuerte, con un suave y agradable sabor a miel, luego de probarlo, se lo alcanzó a Vilma que sin escrúpulos, también se echó un largo trago que fue celebrado por el viejo con aplausos y unas carcajadas, entonces llegó Caín, seguido de Quci, su rostro no era del todo tranquilizador, la robot en cambio, lucía igual de indiferente. “¿Y, qué te han dicho?” “¿Qué tenemos que hacer esta vez?” Caín se dejó caer sobre una caja de metal, “Es una locura…” dijo, al tiempo que el viejo le ofrecía su botella con una sospechosa expresión de compasión en el rostro.

Una hora después, estaban instalados en sus habitaciones, amplias cajas cuadradas sin ventanas, de gruesas paredes de piedra y poderosas vigas de madera en el cielo, todo muy anticuado salvo por la iluminación, que era artificial. Junto a estas, había una amplia sala de baños, con una pileta de nueve metros cuadrados llena de agua caliente para que se asearan y se quitaran por fin el abundante polvillo del viaje, Quci, diligente, le ofreció a Vilma que podía guiarla a otro baño para ella sola, pero la chica la miró enojada “¿Acaso te crees que tengo sarna?” la robot se quedó anulada, algunos humanos eran incomprensibles más allá del idioma que hablaran, “…lo que quiso decir es que no será necesario…” le aclaró Marcus cordial, Quci le agradeció aquella “correcta interpretación” con una reverencia, pero seguía sin entender cómo una cosa podía significar otra completamente distinta. Lo cierto era que para Vilma, ser mujer, hacía tiempo que no hacía ninguna diferencia, ni en su comportamiento, ni en su trabajo, ni en lo que podía o no podía hacer, menos aun tenía remilgos con su desnudez o la de sus compañeros, eran tan incómodos e inadecuados para el tipo de vida que llevaba como ponerse tacones.


Compartieron el baño y luego la comida, al cabo de un rato, los tres estaban reunidos con una botella de alcohol para enterarse de los detalles de la misión: tras el castillo de Odregón y la colina que lo albergaba, el paisaje se escarpaba abruptamente, las rocas eran enormes monumentos al poder de la naturaleza, la arena se endurecía y formaba colinas y montes cada vez más grandes con formas afiladas y hostiles, al adentrarse lo suficiente en ellos, se puede llegar hasta una gruta, una cueva más bien, estrecha y prolongada en la que los sacerdotes y sus ayudantes se introducían en busca de los “huevos de dragón” que alimentan la ciudad de energía durante una generación completa, Vilma se apresuró en tragar el licor que acababa de echarse a la boca, “¿Huevos de dragón? ¿Bromeas…?” Caín se encogió de hombros, “…es lo que me dijeron…” y continuó diciendo que los últimos sacerdotes en ir, no habían regresado y sin esos supuestos huevos, todo Odregón estaba destinado a la extinción. Marcus se masajeaba la barba pensativo, por lo que sabían, en Odregón había soldados, vehículos, incluso robot, “¿Por qué no han enviado parte de su flamante ejército a investigar qué sucede?” “Lo mismo pregunté yo…” respondió Caín, y luego de secar su vaso, agregó “…Superstición: se trata de un sitio sagrado que le ha dado vida a esta ciudad desde su nacimiento, ningún Odregonés se atrevería a profanarlo so pena de tener que abandonar este lugar para siempre…”, “Eso es estúpido” gruñó Vilma, restregándose los ojos hasta dejárselos medio adoloridos. Estaba cansada, “Las creencias nunca son estúpidas, sólo son edificios dispuestos a permanecer en pie una eternidad o a derrumbarse de un tirón, para de inmediato edificar uno nuevo en su lugar” comentó Marcus observando su vaso como si le hablara a él. “Qué mordaz…” replicó Vilma, sin mostrarse demasiado impresionada, luego se giró hacia Caín para que terminara lo que tenía que decir, este continuó “…el caso es que deben ser extranjeros los que vayan a investigar qué sucede. Por eso estamos aquí.”


León Faras.

viernes, 1 de septiembre de 2017

La Hacedora de vida.

5.

Cuando Nora era pequeña, fue la primera vez que ella y su hermana salieron de excursión en compañía de su padre fuera de la ciudad: un desierto infinito de arena, rocas y chatarra que sólo se podía visitar durante una determinada época del año, en la que el calor podía ser abrumador, pero evitaba las impredecibles tormentas de arena, que si te atrapaban allá fuera, era un problema grave. A pesar de la aridez, se trataba de un lugar hermoso, gigantesco y con una vista en la noche que empequeñecía al más grande de los hombres, muy distinto de lo observable en la ciudad. Era una lástima que Dixi no las pudiera contemplar, era una pena que su aparato para orientarse por sonido no llegara a las estrellas y le dibujara el firmamento en la oscuridad de su mente. Nora la pinchó suavemente con un alfiler en la pierna, su hermana se enfadó como si le estuviera jugando una mala broma, pero antes de que reaccionara, Nora le dijo que “eso” era una estrella, “…ahora imagina que lleno tu cuerpo de suaves pinchazos, por todas partes, desde la planta de tus pies hasta la cabeza, tus orejas, detrás de tus orejas, todo tu cuerpo y al mismo tiempo. No te duelen ni te causan daño, pero las sientes cubrir cada centímetro de tu piel, algunas te clavan levemente, otras apenas te tocan y otras, ni siquiera las sientes pero sabes que están ahí. Eso es el cielo.” Dixi torció la boca poco convencida, “No me gustan las agujas…” dijo, acariciando una roca que había encontrado, Nora sonrió, porque en ese momento ella contemplaba maravillada, la infinita cantidad de pinchazos sobre la oscura piel del cielo nocturno. La roca de Dixi era suave al tacto, pero su forma era irregular, como líquido que se endurece en el aire, su padre le explicó que se trataba de un meteorito, una piedra que había viajado infinidad de kilómetros durante miles de años tal vez, para finalmente llegar aquí a reposar por la eternidad “…imagina lo que esa roca podría contarte si pudiera hablar, la de cosas que ha visto en lo más recóndito del espacio, los mundos que ha visitado, imagina que te pudiera decir dónde, cómo o cuándo nació…” Por supuesto que ante tal sugerencia, las niñas no dudaron de que debían darle vida al meteorito para que este pudiera narrar su increíble historia con todos sus, seguramente, asombrosos detalles, pero aunque Nora hizo su mejor esfuerzo, la roca fue incapaz de responder a una sencilla pregunta repetida hasta el hartazgo, “¿puedes oír?” Después de muchos años, la roca descansaba en una cama de arena acompañada de otras rocas, menos siderales quizá, pero igualmente especiales, en casa de Nora. Eran una bonita decoración, sobre todo en un mundo en el que las piedras eran de lo único realmente natural que podía encontrarse. Sin embargo, algo muy curioso estaba ocurriendo desde hace un tiempo: las rocas se agrupaban, dejando pequeños surcos marcados en la arena, buscando juntarse con el meteorito, Nora las volvía a su lugar, pero luego de unos meses, cuando dejaba de espiarlas, las rocas nuevamente se agrupaban, jamás las había visto moverse solas, y era muy difícil pensar que alguien más lo hiciera sólo por jugarle una broma, más bien, parecía como si las rocas tuvieran la inteligencia o el instinto para saber cuándo estaban siendo observadas y jugaban a moverse sólo cuando nadie las veía, como si en cierta forma, tuvieran vida.

Cuando Nora regresó de la cocina con algo de beber, Dixi estaba parada justamente ahí, frente al pequeño jardín de rocas, acariciando su viejo meteorito, “¿Qué haces?” Dixi se volteó sorprendida, la voz no era la de su hermana, sino de Boris, este había girado su cabeza casi en 180 grados, como si algo de pronto hubiese llamado su atención, Nora lo miró con grima, “¡No hagas eso! me pones nerviosa”  el robot la observó con la insípida expresión de su máscara y volvió la mirada a la televisión, “Lo siento…” dijo “…es que de pronto dejó de cantar. Nunca deja de cantar”, “Yo no he oído a nadie cantar y créeme, oír es lo mejor que sé hacer” replicó Dixi con los aires propios de quien es entendido en una determinada materia, “Yo no dije que la oyera…” El robot si hubiese podido encogerse de hombros, lo hubiese hecho en ese momento para responder, en lugar de eso, veía la televisión con la cabeza levemente inclinada, como un perro que intenta descifrar el extraño lenguaje de su amo. Tal era también la expresión de Dixi en ese momento, la de no entender, con un “¿Qué?” mudo, congelado en los labios. Nora iba a replicar algo ocurrente en ese momento, sobre un repentino y original sexto sentido del androide para hablar con las piedras, pero golpearon su puerta y debió tragárselo. Yen Zardo estaba parado ahí, con su sonrisa de héroe de historieta, traía un carro, de esos de hierro con dos ruedas para trasportar bultos pesados y una caja de madera en él, una caja alta, como para meter una persona dentro. Con brusquedad y borrando la encantadora sonrisa de Yen con un suave empellón, entró Reni Rochi con una caja de herramientas en la mano, “Bien, venimos a hacer la limpieza”

Si no tenías dinero en tu tarjeta, las bicicletas estáticas eran una excelente opción, te daban el agua gratis y con dos horas de buen pedaleo, podías conseguir algo de dinero generando energía para el sistema, Yen Zardo pedaleaba cinco horas casi todos los días y con eso, más los negocios cutres que  inventaba con su amigo Doble R, le alcanzaba para vivir, además de mantener su figura esbelta. Reni Rochi en cambio, debido a su enorme masa corporal, estaba muy lejos de acercarse a las bicicletas, él era soldador, no siempre tenía trabajo pero cuando tenía, le pagaban bien, el resto del tiempo lo gastaba en su afición por reparar cosas, tanto por encargo como para revenderlas, Zardo se encargaba de esto último, tenía encanto natural para convencer a las personas de que necesitaban exactamente aquello que ellos ofrecían. Aquel día, luego de las bicicletas, Yen habló con un hombre llamado Pris, un tipo sumamente lánguido, con pinta de enfermo, que cortaba a la mitad cada una de sus frases con un largo e incontenible bostezo, tenía un serio problema para dormir, no era insomnio, pues se dormía con increíble facilidad, el problema era que no podía mantenerse dormido por más de media hora: su mente se borraba completamente y su sueño se volvía un vacío tan absoluto, que lo despertaba con la sensación de estar flotando en medio de la nada, “…parece agradable, pero en realidad es agobiante…” explicaba Pris, cada vez que alguien le decía que no sonaba tan malo como para despertarse, “…es como llegar a una fiesta y que esta se termine justo, cuando recién comienzas a divertirte. La música se calla, todos se van y se apagan las luces. Siempre es lo mismo.” concluyó mientras acababa con el contenido de un vaso de un potente estimulante artificial, infame sucedáneo del café. Este tipo necesitaba un robot doméstico de segunda mano, y Zardo pensó inmediatamente en Boris, sólo había que reparar las partes dañadas, modificar un poco su fisonomía, cambiarle la pintura y harían un excelente negocio, Reni Rochi no estaba muy convencido, pero se sentía con la obligación de liberar a Nora de la molestia de tener un robot electrocutado en su apartamento, por lo que finalmente accedió.


Dixi no ocultaba su falta de entusiasmo por la presencia de Yen Zardo, quien se le hacía insosteniblemente vacuo, poco interesante de oír, zalamero y repetitivo, además, el muchacho torpemente le recordaba siempre, de una manera u otra, que era ciega, lo que despertaba en ella deseos de darle un golpe, uno no muy fuerte pero esclarecedor. En cambio, Reni Rochi le caía bien. Ella fue la única que se opuso cuando se enteró de a qué venían los muchachos, “¡No pueden venderlo, no es una máquina!” Capturó en el aire el sonido del aliento de Zardo cuando este sonrió por su comentario y de no haber sido ciega, el muchacho hubiese caído fulminado ahí mismo donde estaba, con la mirada que le dio, “Ya sé que es un robot, pero ya no es la máquina que era…” continuó Dixi “…ni siquiera funciona como una máquina” El silencio la desesperaba un poco “¡¿Es que no lo ven?! Se supone que yo soy la ciega aquí” Reni Rochi miró a Boris, quien indiferente observaba la televisión, y luego a Nora, esta estaba sorprendida de la reacción de su hermana pero sabía que en cierto modo, estaba en lo correcto, el robot tenía vida, y eso era gracias a ella, “Dixi tiene razón…” admitió al fin, “…ni siquiera tiene una fuente de poder y…” “Ese no es problema, podemos conseguir una rápidamente con Rudy” la interrumpió Zardo con una exagerada confianza en sí mismo que se desvaneció con la mirada de incredulidad que provocó en todos, Dixi, por su parte, sólo se llevó una mano a la frente, agotada. “¿Qué…?” dijo Yen, mostrando las palmas de las manos “Nada amigo… nada” le respondió Rochi, no sin algo de compasión en su voz, y luego se dirigió a las muchachas “Ya se nos ocurrirá algo…” dijo, mientras arreaba suavemente a su amigo de los hombros hacia la salida, quien no acababa de entender cómo su negocio se había ido al garete. Al abrir la puerta, un nuevo robot mensajero estaba parado ahí con el puño levantado a punto de golpear, tenía un rostro alargado, un poco equino pero solemne, sus ademanes también eran refinados, como de mayordomo, a simple vista, el reemplazante de Boris en el barrio, era de un modelo mucho más moderno, traía una notificación para Nora: debía una buena cantidad de dinero por perjuicios a sus vecinos por haber dejado sin energía el edificio, “Su tablero no se destruyó solo y está dentro de su espacio privado…” explicó el robot, “…recuerde que si no tiene dinero suficiente, puede pagar en parte o la totalidad de la deuda en metal reciclable” “Tú eres de metal…” replicó Reni Rochi amenazante, pero el robot no se dignó a responder, saludó cortésmente y se retiró.


León Faras.

viernes, 18 de agosto de 2017

Del otro lado.

XXIX. Las cámaras no olvidan.

Cuando recibió la llamada, no se esperaba para nada que el cura le tuviese noticias tan pronto, este, necesitaba de su presencia, pues él no tenía el don de ver y conversar con espíritus. Olivia salió de inmediato para reunirse con él, pero al llegar a la calle señalada, no lo vio por ninguna parte hasta que el sacerdote se le acercó por detrás y la tomó por el brazo, Olivia se quedó sorprendida, aunque lo hubiese visto, probablemente no lo hubiese reconocido, estaba vestido con ropa casual, sencilla, gastada y fuera de moda, lo que lo confundía muy bien con el resto de la gente, aquello no era raro, lo curioso era verlos juntos, el manido vestido de ella, también era propio del siglo pasado, parecían una pareja de provincianos que visitan por primera vez la ciudad, Richard Cortez, que acompañaba al cura en ese momento, lo notó de inmediato, era evidente como encajaban a la perfección uno al lado del otro, como si fueran familiares, o más aun, un matrimonio con varios años de convivencia a cuestas. Se quedó a parte observando mientras la pareja se saludaba y hablaban brevemente con una calidez y un gusto natural, lo cierto es que junto a ellos, cualquiera se podía sentir excluido de la ecuación. Para Olivia, el Chavo no tenía nada que lo delatara como un espíritu ya, era sólo un hombre más, aunque con una increíble historia tras él, que ella no ponía en duda. Richard los llevó a las afueras de la ciudad, donde estaban las instalaciones de la antigua industria textil arruinada hace muchos años, estructuras de cemento, cuadradas y llenas de los agujeros oscuros que antes eran las puertas y las ventanas. Un sitio tétrico, en especial de noche, frecuentado por vagabundos, borrachos o drogadictos, pero también por materializados que al igual que los anteriores, buscaban alejarse de una sociedad que los ignoraba. Un lugar que los tres conocían bien, aunque por diferentes razones. Era de día y el sitio se veía desierto, pero en realidad nunca lo estaba. El interior de los edificios era completamente desagradable y hostil a los sentidos, todo destruido, lleno de basura y con las paredes rayadas, olía a meados, excrementos y descomposición, el Chavo recogió un palo del suelo, el cura y la bruja lo observaron como si pensara golpear a alguien, pero sólo golpeó en el suelo, una vez, luego otra vez, luego dos y después otra vez una, y se quedó expectante. No recibió respuesta. Siguieron avanzando, en algunas habitaciones, la oscuridad era total. Richard repitió la contraseña, nada, pero cuando dieron un par de pasos se escuchó la respuesta a cierta distancia: tres golpes seguidos. Ese era un materializado. El padre José María no vio nada, sólo podía recordar haber visto al Chavo y a Olivia hablando con algo en la penumbra, pero debió esperar a que terminaran para enterarse. Los materializados se van, usan su nueva condición para buscar sitios más acogedores o agradables, para recorrer el mundo sin restricciones, para aislarse en la naturaleza, sólo se quedan los que tienen ataduras emocionales, aquellos que no están listos para desligarse de su vida antes de la muerte. El hombre que buscaban ya no estaba y era posible que ya no regresara en mucho tiempo. Según les explicó el Chavo, se trataba de un hombre de aspecto joven de nombre Joel, que gustaba mucho del mar y que constantemente hablaba de que ese era el lugar que él elegiría para pasar su eternidad. Ya eran varios días que no se le veía por la ciudad, por lo que era de suponer que ya se había marchado a algún punto del planeta cercano al mar o, nada se lo impedía, el mar mismo, “Él fue quien salió del autobús el día del accidente, él le disparó a Laura, aunque conociéndolo, no logro entender por qué lo hizo…” explicó Richard al cura, sabiendo que lo que habían conseguido, no era de gran ayuda, y agregó, “…escuche Padre, si esto es importante, deme algunos días, veré qué más puedo averiguar” El cura le estrechó la mano, “Lo es Richard, gracias” Antes de irse, Olivia decidió ofrecerle su ayuda si algún día tomaba la decisión, “No eres inmortal, hay una manera si algún día decides que… ya estás harto de este mundo”

Manuel Verdugo escuchó atentamente y en silencio toda la historia que Alan le contó sobre su nieta, el asesinato de esta y el motivo por el cual la habían matado. Trató de entender y de imaginar cómo era ser un espíritu, un materializado y qué clase de cosa era un Escolta y sin lograr dimensionar completamente el contexto de la situación y el mundo en el que se desarrollaba, la aceptó como el enfermo que le cree a su médico sin ver ni entender lo que ocurre dentro de su cuerpo ni tener remota idea de cómo son los microbios que le han atacado, sin embargo, y como el supuesto enfermo lo haría, sólo se limitó a preguntar qué era lo que se debía hacer para eliminar a ese microbio aterrador que estaba acechando a su nieta para borrarla del universo, Alan se restregó su áspero mentón, “…es lo que estamos tratando de averiguar…” “Por Dios…” dijo el viejo ciego, apretando su bastón con ambos puños. Iba a agregar algo más, pero en ese momento se sintió abrirse la reja de su casa y las voces y las risas de mujeres que llegaban animadas, cargadas con bolsas y bandejas. Su hija Gloria se le acercó y aun con las manos ocupadas, le dejó caer un sonoro beso en la mejilla a Manuel que todavía no se enteraba de qué sucedía, tras ella, su vieja amiga, Beatriz,  también lo saludaba cariñosamente y le deseaba un feliz cumpleaños, mientras su nieta Lucía tomaba fotografías con su teléfono celular, recién en ese momento el viejo cayó en la cuenta de que era su cumpleaños. Debido a su ceguera y a su edad madura, hacía mucho tiempo que las fechas le eran indiferentes y si por alguna razón debía tomar en cuenta alguna, su hija se encargaba de recordársela con anticipación, salvo ahora que estaba de cumpleaños y lo quisieron sorprender. Las mujeres invadieron su casa y organizaron todo en un santiamén, prepararon la mesa y sentaron a Manuel en la cabecera con una copa de vino en la mano, todo sucedió rápido y con el entusiasmo de sus visitantes, el viejo se olvidó por un segundo, hasta que su nieta Lucía revisando su teléfono lo notó, pero no supo qué era, se lo mostró a su madre: en las primeras dos fotografías que había tomado al llegar, aparecía un hombre de pie junto a Manuel, un hombre que nadie había visto cuando llegaron, un hombre que no estaba ahí o se hubiesen dado cuenta, un hombre que nunca vieron entrar ni salir. El teléfono celular pasó de mano en mano hasta que de pura curiosidad, lo tomó Beatriz, sólo para participar del pequeño revuelo que había causado la imagen con el hombre misterioso, sin embargo, su sonrisa se desvaneció hasta desaparecer tras una mano con la que se cubrió la boca, consternada. Aquello era imposible, pero el hombre de la fotografía era Alan, su marido, el hombre que hace tantos años se había quitado la vida de un tiro en la cabeza tras la muerte de su hijo, y estaba igual a como se le podía ver aquel nefasto día. Las cámaras no olvidaban como las personas, y su imagen había quedado capturada antes de que sigilosamente abandonara el lugar. De los presentes, sólo ella podía reconocerlo y aunque nadie podía corroborárselo, Beatriz no tenía ninguna duda de que Alan, su marido, había estado ahí. La fiesta de cumpleaños se apagó hasta quedarse en silencio, Beatriz tenía los ojos con lágrimas mientras Lucía observaba a su alrededor temerosa de encontrarse con algún fantasma espiándolas desde algún rincón, Manuel secó su copa de vino de un largo trago y se quedó serio, con sus ojos pálidos saltando de un lugar a otro, en el vacío de su oscuridad. Podía imaginar la escena, rememorar todo lo vivido después de la muerte de su amigo, entender lo duro y doloroso que había sido para Beatriz. Estaba seguro de que hablar de él no sería una buena idea, pero aun así lo hizo, “Él siempre te recuerda y está preocupado por ti…” Sabía que en ese momento lo estaban mirando como a un desquiciado que la ceguera, la vejez y la soledad finalmente lo habían hecho hablar con fantasmas, pero no Beatriz, ella seguro lo miraba expectante “…siempre quiso que rehicieras tu vida y que fueras feliz… eso lo hizo feliz a él…” Beatriz sonrió, por un minuto se había olvidado de todo lo que la rodeaba, “¿Hablas con él?” preguntó con un brillo de ternura en los ojos, “A veces… aunque saber que ahora está esa foto, me tranquiliza. No me estoy volviendo loco…” respondió el viejo con una sonrisa torcida, mientras dejaba caer su cabeza sobre su pecho. La velada continuó, aunque con un cariz distinto, pausado pero interesante. Continuaron hablando de Alan, pero sin adentrarse en los escabrosos detalles de su muerte, ni tampoco, nada sobre lo que Manuel había hablado con él de su nieta Laura, eso ya sería demasiado para un solo día.


“Un Escolta persiguiendo a Laura…” pensaba Richard mientras regresaba a casa, se preguntaba si realmente estarían seguros de eso y de ser así, cómo habían logrado endosarle un Escolta a un inocente. Él sabía de los Escoltas, aunque en todos sus años de vivo y de muerto, nunca había visto uno, pero sabía que mientras no tuvieras a uno respirando en tu oreja, no se podía imaginar lo aterrador que era. La idea lo acompañó hasta llegar a su departamento, pero allí se encontró con que su mujer, la Macarena, lo esperaba ansiosa, casi eufórica, “¡Por fin llegas! Ven, tengo que mostrarte algo” sobre la mesa había una caja de metal, la mujer le demandó que la abriera él mismo y que mirara dentro con sus propios ojos, el Chavo lo hizo con algo de recelo, como quien sospecha que va a ser víctima de una broma, pero luego su cara cambió, la caja estaba llena de dinero en fajos metidos dentro de bolsas plásticas, “¿Tú no tuviste nada que ver con esto?” preguntó la Macarena con ojos de cachorro abandonado, el Richard negó con la cabeza “¿De dónde sacaste esto?” La mujer le explicó que alguien llamó a su puerta, y que al abrir no había nadie, sólo esa caja de metal en el suelo, creyó que podía tratarse de una broma o de un error, pero la caja tenía una nota encima que decía “Para Lucas” por lo que la tomó, y con toda la desconfianza del mundo, le echó un vistazo dentro “¡Casi se me cayó el pelo!” concluyó la mujer mordiéndose la uña de su dedo meñique. No tenían ninguna idea de quién o por qué les había dado ese dinero, pero no lo iban a rechazar. Julieta sonreía satisfecha, observando la escena desde la penumbra del pasillo, luego se volvió a la habitación de Lucas a contarle lo que había hecho, le hablaba de todo, todo el día, le gustaba pensar que los pequeños gestos que el muchacho realizaba con esfuerzo, eran respuestas para ella, eras muestras de que él podía sentir su presencia, y que la disfrutaba como ella.


León Faras.

jueves, 10 de agosto de 2017

Autopsia. Segunda parte.

VIII.

La ropa que la vieja Lina guardaba en su casa era, en su mayoría, muy antigua, pero como la ropa era un bien escaso, la conservaba lo mejor que podía. Para Clarita, la vieja siempre estaba preocupada de tenerle algún vestido limpio para su próxima visita, pero Elena tuvo que conformarse con un pantalón, camisa y zapatos de hombre, que habían pertenecido al hijo de los abuelos, del cual, desde hace un buen tiempo no tenían noticias. Mientras se bañaban, para Elena fue inevitable notar las cicatrices en la espalda de Clarita, marcas viejas de azotes, que daban una idea de por qué la niña le había dicho que también había decidido huir, pero no dijo nada al respecto, no tenía sentido arruinar el permanente buen humor de la pequeña, la que en ese momento, además, se divertía notoriamente en el agua y al mismo tiempo la hacía olvidar a ella, los desagradables sentimientos que revivía cada vez que recordaba lo que le había sucedido en el último tiempo. Elena nunca en su vida lo había hecho y ni siquiera había imaginado que alguna vez se vería a sí misma vestida con ropa de hombre. Al principio se sintió rara, pero luego hasta le hizo gracia y bromeó con la idea de ser un muchacho, como si un disfraz bastara para cambiar el pasado y el destino de una persona. Los zapatos le quedaban un poco grandes y los sentía increíblemente pesados y toscos para lo que ella estaba acostumbrada, pero no tenía la menor intención de quejarse. Lavaron su ropa y ayudaron a la vieja Lina en la cocina, después de la comida, le enseñarían a Elena a hacer queso y si se quedaban a dormir, por la mañana bien temprano ordeñarían a las cabras. Los viejos eran amables, compartían lo que tenían y lo que hacían y además siempre había una habitación disponible para ellas si querían quedarse, Elena se preguntó por qué la niña no se quedaba permanentemente viviendo con los abuelos, en vez de irse sola con su hermana imaginaria a vivir en una casucha destartalada y a punto de caerse, la respuesta, la sabría pronto y sin necesidad de preguntarla: Clarita le tenía mucho miedo a los lugares pequeños y cerrados, como el dormitorio que les ofrecían los abuelos, la niña alegre, se volvía una niña nerviosa y terriblemente incómoda y cuando por fin se dormía, tenía pesadillas que la despertaban al poco rato y más de una vez en la noche. Gracia se molestaba y le decía que para qué se dormía, si sabía que tendría sueños feos, y Clarita, le reprochaba que para ella, era muy fácil, porque jamás dormía. Al final la niña siempre terminaba yéndose, a veces, a mitad de la noche y sin decirles nada a los abuelos, pues al parecer, sólo en esa chabola con media muralla y parte del techo destruido, podía dormir en paz y toda la noche.

No fue una idea que le cayera demasiado bien, pero al final, no le quedó al padre Benigno más remedio que aceptar, cuando el doctor le dijo que pasara la noche en su consulta para que no forzara los puntos de sutura recién hechos, eso, bajo amenaza de que Guillermina se quedara toda la noche velándolo como a un muerto, si insistía en irse a su casa. Cuando por fin quedaron solos, el doctor cogió una silla y se sentó al lado de su paciente, “Dígame Padre, ¿Qué fue lo que le sucedió?” el cura sólo levantó la vista, parecía tener tensos todos los músculos de su rostro, luego volvió a bajarla para negar con la cabeza, “Imagine que alguien mete los dedos en su herida y jala de ella…” el médico se quitó los lentes para limpiarlos con su pañuelo. El cura concluyó, “…eso fue lo que pasó” El silencio se prolongó largos segundos, como una conversación sin sentido que no logra prosperar, finalmente el sacerdote volvió a mirar al doctor que se acariciaba el bigotillo, pensativo, “¿Qué opina, doctor?” El médico levantó las cejas y se rascó la cabeza sin tener ni rastros de comezón, “Que no se me ocurre ninguna explicación plausible, pero le creo, eso explica el desgarro en la herida, pero es que… nadie lo tocó, ¿cómo es posible?” el doctor esbozó una sonrisa nerviosa que se diluyó rápidamente, “Siempre he sabido que el demonio existe, doctor, que él y sus numerosos lacayos acechan al hombre para tentarlo de mil maneras y alejarlo del amor de Dios, sin embargo, nunca lo había sentido tan cerca, ni tan presente… y le puedo asegurar que da un miedo terrible” el cura terminó hundiendo su mirada en el piso, como si su última afirmación, lo avergonzara. El doctor Cifuentes se echó atrás en su silla, desarmado, nada podía agregar a una afirmación así, pero cuando lo intentó, se quedó con el aliento en la boca. Alguien comenzó a golpear su puerta con desesperante insistencia.

El hijo de Ismael Agüero entró de sopetón, haciendo espacio para que su padre pudiera entrar con Úrsula en los brazos, totalmente inerte, “Tiene que ayudar a mi hija, doctor. Está mal, está muy mal…” “¿Qué le pasó?” preguntó el doctor mientras la recostaban en una camilla, Ismael sólo pudo responder que al parecer, había recibido un golpe muy fuerte. La chica tenía sangrado nasal, pero ese era el único sangrado que se veía, el médico le revisó las pupilas y las pulsaciones en la muñeca, “¿Cómo se golpeó?” preguntó concentrado en su trabajo pero no recibió respuesta, la expresión en el rostro de Ismael y su hijo eran elocuentes, no era que no lo supieran, más bien que no tenían palabras para expresarlo. En ese momento apareció el padre Benigno desde una habitación contigua donde reposaba, de pie, con una bata y apretándose la herida con una mano “¿Dónde está el niño?” Ismael lo vio, y entonces sintió que a él sí le podía decir lo que no supo decirle al médico, “Padre, ese niño es el demonio…” El doctor Cifuentes dejó la concentración en su trabajo por unos segundos para levantar la vista. Esos hombres hablaban muy en serio, pero no había nada de información útil para él, por lo que tendría que dejar todas las dudas para el final y centrarse en su paciente. Mandó al sacerdote de vuelta a su habitación acompañado de Ismael para que esperara ahí, y al hijo de este último, le pidió que fuera por ropa para su hermana, pues la tendría que revisar por completo y para ello había que cortarle la ropa que traía, para evitar movimientos innecesarios de sus miembros posiblemente dañados.

Luego de más de una hora, el médico entró en la habitación donde reposaba el cura, abotonándose las mangas de la camisa, Ismael ya había tenido tiempo suficiente para contarle al sacerdote todo lo sucedido en su casa, incluida la desaparición del bebé. El viejo campesino se puso de pie de un salto, “¿Cómo está mi hija, doctor?” El doctor Cifuentes traía la expresión en el rostro de haber visto algo desagradable, ese tipo de cosas que se atragantan y te arruinan el día. En su corta carrera, había atendido muchos casos, unos más complejos que otros, pero sin duda, los más desagradables para él, eran las víctimas de violencia, sobre todo mujeres y niños que no habían podido huir ni defenderse de sus agresores, casos que tenían el agravante de sólo ser el fruto de la voluntad torcida de algún desquiciado, que se sentía con el derecho y la facultad de imponerse a punta de golpes sobre los más débiles a los que debería proteger, eso indignaba al doctor y en vez de sentir la satisfacción de ayudar a alguien, aliviando su malestar, se sentía como si estuviera limpiando la mierda de otro. Así se sentía el médico cuando llegó a la habitación donde estaba el padre Benigno e Ismael. Úrsula estaba inconsciente aun, aunque fuera de peligro de muerte, sin embargo, su cuerpo estaba muy maltratado, la muchacha tenía hematomas por todas partes, sobre todo en la espalda y en los brazos, en estos últimos, eran marcas claras de haber sido agarrada con brutalidad y por alguien con mucha fuerza física, “He visto esto muchas veces antes y siempre es lo mismo…” “¿A qué se refiere, doctor?” preguntó el cura, con la voz ronca y tendido en su cama, “Usted lo sabe Padre: hombres que se desquitan a golpes con sus mujeres por culpa del alcohol o por puro gusto. Padres que educan a sus hijos de manera brutal y violenta, gente que abusa de los más débiles sólo porque tienen el poder de hacerlo…” Ismael se acercó al doctor con una expresión sumamente grave en su rostro, pero no amenazante, “Yo sé exactamente de lo que está hablando, doctor. Mi padre, era un hombre amable y tranquilo, pero sólo cuando estaba sobrio, cuando bebía se convertía en un hombre humillador y violento que golpeó muchas veces a mi madre, y a mí, cuando traté de defenderla. Era un hombre bruto sin respeto por nada ni por nadie. Muchas veces tuve que huir con mis hermanos porque quería quemarlos, quemar toda la casa, acabar con todo de una vez. Pero al otro día, lloraba como un niño de arrepentimiento, prometiendo esto y aquello, aferrado a las faldas de mi madre, sin recordar nada de lo que había hecho y lo que había dicho… Pero yo sí lo recordaba y lo recuerdo todavía. Si piensa que yo he maltratado a mis hijos alguna vez, está muy equivocado, doctor” El doctor Cifuentes se restregó el bigote y con la misma mano, le dio una palmada de empatía en el hombro a Ismael, “No Ismael, créame que no quise insinuar eso, yo únicamente digo lo que es evidente. Su hija fue agredida de manera brutal, y hay que encontrar al responsable para evitar que esto continúe” Entonces Ismael le dio una mirada de preocupación al cura y este la redirigió de vuelta al médico, quien comprendió de inmediato que había algo que no sabía. En ese momento volvieron a golpear su puerta.


“Doctor Cifuentes, ¿verdad? Tengo entendido que el padre Benigno está aquí. Sé que estas no son horas para hacer visitas, pero me urge hablar con él. Es sobre mi hermana, Elena Ballesteros.”

León Faras.

jueves, 3 de agosto de 2017

La Prisionera. Capítulo cuatro.

VIII.

Las alas que Rancober había construido para desafiar al abismo ya estaban terminadas, pero los detalles eran desesperantemente inagotables y se debía ser muy cuidadoso con ellos, ya que una madera en mal estado o una cuerda mal atada, eran formas muy tontas de morir. El muchacho ajustaba las amarras de un lado y de inmediato debía corregir las demás para que el aparato no perdiera su valiosa estabilidad. En eso estaba, afanado, cuando Hanela le trajo comida: carne asada envuelta en una tortilla, el muchacho tomó el rollo hambriento y lo apresó entre los dientes con una voz de agradecimiento pronunciada con dificultad, mientras ocupaba las manos apretando un nudo en un extremo. La muchacha se sentó en el suelo junto a él a comer también. La tortilla sabía muy bien, la carne estaba exquisita, el fuego entibiaba la cueva, el estar juntos les alegraba el corazón, todo era perfecto en ese momento, sin embargo, sabían que pronto terminarían hablando de lo mismo de siempre, de por qué tenían que morir, de por qué no podían alargar ese momento de satisfacción hasta una vida extensa, juntos, sin el constante temor de que el tiempo se acababa y el Débolum aguardaba por la vida de uno. Pero ninguno de los dos habló de eso esa noche, es más, ni siquiera habían acabado con su comida cuando la primera mariposa negra se posó en la barandilla, otras dos fueron más osadas y se acercaron a revolotear junto al fuego. Hanela se puso de pie de un salto y salió corriendo, cuando regresó con los hombres, Ranc sonreía como un bobo, una centena de mariposas negras invadían todo el lugar como una plaga bíblica: los hombres del abismo habían llegado y solicitaban una reunión. La plataforma descendió hasta la saliente más profunda y luego los hombres continuaron a pie, descendiendo aun más por el sendero estrecho hasta la última cueva explorada por los salvajes, un lugar oscuro y frío como nadie se podría imaginar, allí se introdujeron. La costumbre demandaba que dejaran las antorchas en la entrada, ese era un acto de buena educación, pues los hombres del abismo no toleraban bien la luz. Sus grandes ojos de hermoso color rosado aparecieron en la oscuridad. Para la mayoría de los hombres, estos eran conocidos como los subterráneos, criaturas de leyenda, altos, delgados, con la piel rugosa y dura como raíces de árbol, pocos los habían visto, porque poco se dejaban ver. Para los salvajes, estos eran los habitantes del abismo, seres pacíficos y sabios, se respetaban mutuamente aunque, rara vez se encontraban como ahora. Cinco subterráneos podían verse en la tenue luz que llegaba desde las lejanas antorchas, uno de ellos, luego de saludar, indicó que Rodana, la bruja de las jaulas, los acompañaba. A pesar de lo difícil de creer que resultaba que esa mujer se encontrara en ese lugar, los salvajes la buscaron con la mirada hasta que se les informó que uno de los subterráneos, amablemente, había cedido su cuerpo para que a través de él, la bruja estuviera presente. Rodana tenía un informante dentro del castillo de Rávaro, el hermano de su querida sirvienta, por medio de él se había enterado de la existencia de Idalia, la mujer maldita, también, que Rávaro había enviado hombres hacia la ciudad vertical para recuperarla, pues su vida estaba atada a la de él. Ellos querían saber si la mujer aun estaba en la ciudad. Los salvajes, luego de comprender de quien hablaban, señalaron sin pena ni orgullo, que la mujer estaba muerta, que había sido entregada al Débolum y que este la había devorado, esto último, había sido visto por sus propios ojos. Entonces, Rodana y los hombres del abismo, comprendieron que la mujer maldita había sobrevivido al vientre del Débolum, y que ahora sólo podía encontrarse en un lugar. Antes de despedirse, la bruja les sugirió a los hombres de la ciudad vertical, que detuvieran los sacrificios, pues era posible que ya hubiesen encontrado a la mujer que buscaban, la reina que cabalgará sobre el Débolum.

Bolo despertó con la boca seca y la lengua traposa, se enderezó y se sentó en la litera, junto a él había una jarra de cerveza, el hombre-perro la cogió con el entusiasmo de quien encuentra dinero tirado en el suelo y luego de olfatearla, se la llevó a la boca con avidez. Parte del líquido le corría por el cuello hasta el pecho, mientras tragaba todo lo que podía, luego hizo una pausa para soltar con toda la satisfacción del mundo el aire contenido y volver a tomarlo para expulsar un imponente eructo que alargó hasta quedarse sin aire nuevamente. Su rostro era de total felicidad, sin aguardar demasiado, se aprestó a acabar con el reconfortante contenido de la jarra, pero en ese momento su gozo se apagó de a poco. La jarra de cerveza se quedó estancada a exactos diez centímetros de su gran boca, mientras sus ojos inspeccionaban su entorno, el lugar le resultaba familiar, pero su cerebro, poco hábil de por sí, y encima confundido por la resaca y el sueño, no lograba identificarlo con exactitud, sin embargo, pudo dar con la última ubicación conocida: estaban en el valle de las Mellizas, al aire libre, junto al Escorpión y con una agradable fogata encendida, allí se había dormido, luego de beberse él solo, una botella de licor y más de la mitad de la otra, luego de eso no recordaba nada más. Dejó la jarra a un lado cuando poco a poco comenzó a reconocer el lugar y las sospechas de su cerebro, no le gustaron nada, se puso de pie, sí, todo se confirmaba, salió del cuarto y subió la escalerilla que salía al exterior, sobre su cabeza, vio la gigantesca nube artificial de tela que con innumerable sogas mantenía en el aire a la barcaza de Licandro. Bolo entró en pánico, sin hablar ni mirar a nadie se abalanzó contra la barandilla para salir de ahí, pero ya era demasiado tarde, la altura a la que se encontraba lo paralizó de miedo, se mareó terriblemente, su estómago se revolvió como si de pronto se hubiese olvidado de hacia adonde circulaba la gravedad, se sintió sumergido en un océano de pavor, cuando en ese momento, dos brazos poderosos lo atenazaron, lo elevaron del suelo y lo llevaron de vuelta a la seguridad de los camarotes. Los brazos pertenecían a Licandro, un hombre enorme, no solo alto sino también robusto, siempre con su gran sonrisa y su enorme estómago. Un gran bebedor y apostador, carente de toda vergüenza pero por sobre todo, confiable. Bolo lo apreciaba como a un hermano, pero siempre que estuvieran fuera de esa endiablada barcaza. Licandro cogió la jarra que le había dejado a su amigo para volver a llenarla, pero al ver que aun tenía cerveza, se la acabó él mismo de una sentada. Luego tranquilizó al hombre-perro, sería un viaje corto, no tendría que salir a la cubierta si no quería y además, tenía dos barriles de cerveza casi sólo para ellos. Bolo ya respiraba más tranquilo.


La jungla era un lugar tan hermoso que era difícil de dimensionar lo poco hospitalaria que podía ser, en cierto sentido, pensó el Místico, se parecía a la Criatura, cuya belleza solo podía compararse con su letalidad. Los árboles tenían los troncos blancos y lisos, como si hubiesen sido desollados, se enroscaban y trenzaban asemejando a un monstruoso nudo de culebras que brotaba desde la tierra y se elevaba hasta el cielo, cubierto casi por completo por el follaje. En el suelo, la vegetación era asombrosa, con hojas y flores enormes de formas y colores llamativos, que se pasaban la vida liberando esporas, algunas venenosas, la mayoría, alucinógenas. Esta era su arma más peligrosa y todo el ecosistema trabajaba junto para alimentarse. Alucinaciones que un místico debía aprender a identificar para no ser engañado por su propia mente y terminar como una estatua de piel cristalizada, que era lo único que la jungla dejaba de ti como advertencia a los intrusos. Estatuas hermosas, detalladas y frágiles, de hombres o mujeres congelados en su último aliento, que casi siempre reflejaban el pánico más paralizante o el regocijo de ver cumplido el deseo más anhelado. Esculturas que podían durar años si nadie las tocaba o podían destruirse en un millón de pedazos al más mínimo roce. Tal era el lugar en el que el Místico se internaba.


León Faras.