viernes, 18 de agosto de 2017

Del otro lado.

XXIX. Las cámaras no olvidan.

Cuando recibió la llamada, no se esperaba para nada que el cura le tuviese noticias tan pronto, este, necesitaba de su presencia, pues él no tenía el don de ver y conversar con espíritus. Olivia salió de inmediato para reunirse con él, pero al llegar a la calle señalada, no lo vio por ninguna parte hasta que el sacerdote se le acercó por detrás y la tomó por el brazo, Olivia se quedó sorprendida, aunque lo hubiese visto, probablemente no lo hubiese reconocido, estaba vestido con ropa casual, sencilla, gastada y fuera de moda, lo que lo confundía muy bien con el resto de la gente, aquello no era raro, lo curioso era verlos juntos, el manido vestido de ella, también era propio del siglo pasado, parecían una pareja de provincianos que visitan por primera vez la ciudad, Richard Cortez, que acompañaba al cura en ese momento, lo notó de inmediato, era evidente como encajaban a la perfección uno al lado del otro, como si fueran familiares, o más aun, un matrimonio con varios años de convivencia a cuestas. Se quedó a parte observando mientras la pareja se saludaba y hablaban brevemente con una calidez y un gusto natural, lo cierto es que junto a ellos, cualquiera se podía sentir excluido de la ecuación. Para Olivia, el Chavo no tenía nada que lo delatara como un espíritu ya, era sólo un hombre más, aunque con una increíble historia tras él, que ella no ponía en duda. Richard los llevó a las afueras de la ciudad, donde estaban las instalaciones de la antigua industria textil arruinada hace muchos años, estructuras de cemento, cuadradas y llenas de los agujeros oscuros que antes eran las puertas y las ventanas. Un sitio tétrico, en especial de noche, frecuentado por vagabundos, borrachos o drogadictos, pero también por materializados que al igual que los anteriores, buscaban alejarse de una sociedad que los ignoraba. Un lugar que los tres conocían bien, aunque por diferentes razones. Era de día y el sitio se veía desierto, pero en realidad nunca lo estaba. El interior de los edificios era completamente desagradable y hostil a los sentidos, todo destruido, lleno de basura y con las paredes rayadas, olía a meados, excrementos y descomposición, el Chavo recogió un palo del suelo, el cura y la bruja lo observaron como si pensara golpear a alguien, pero sólo golpeó en el suelo, una vez, luego otra vez, luego dos y después otra vez una, y se quedó expectante. No recibió respuesta. Siguieron avanzando, en algunas habitaciones, la oscuridad era total. Richard repitió la contraseña, nada, pero cuando dieron un par de pasos se escuchó la respuesta a cierta distancia: tres golpes seguidos. Ese era un materializado. El padre José María no vio nada, sólo podía recordar haber visto al Chavo y a Olivia hablando con algo en la penumbra, pero debió esperar a que terminaran para enterarse. Los materializados se van, usan su nueva condición para buscar sitios más acogedores o agradables, para recorrer el mundo sin restricciones, para aislarse en la naturaleza, sólo se quedan los que tienen ataduras emocionales, aquellos que no están listos para desligarse de su vida antes de la muerte. El hombre que buscaban ya no estaba y era posible que ya no regresara en mucho tiempo. Según les explicó el Chavo, se trataba de un hombre de aspecto joven de nombre Joel, que gustaba mucho del mar y que constantemente hablaba de que ese era el lugar que él elegiría para pasar su eternidad. Ya eran varios días que no se le veía por la ciudad, por lo que era de suponer que ya se había marchado a algún punto del planeta cercano al mar o, nada se lo impedía, el mar mismo, “Él fue quien salió del autobús el día del accidente, él le disparó a Laura, aunque conociéndolo, no logro entender por qué lo hizo…” explicó Richard al cura, sabiendo que lo que habían conseguido, no era de gran ayuda, y agregó, “…escuche Padre, si esto es importante, deme algunos días, veré qué más puedo averiguar” El cura le estrechó la mano, “Lo es Richard, gracias” Antes de irse, Olivia decidió ofrecerle su ayuda si algún día tomaba la decisión, “No eres inmortal, hay una manera si algún día decides que… ya estás harto de este mundo”

Manuel Verdugo escuchó atentamente y en silencio toda la historia que Alan le contó sobre su nieta, el asesinato de esta y el motivo por el cual la habían matado. Trató de entender y de imaginar cómo era ser un espíritu, un materializado y qué clase de cosa era un Escolta y sin lograr dimensionar completamente el contexto de la situación y el mundo en el que se desarrollaba, la aceptó como el enfermo que le cree a su médico sin ver ni entender lo que ocurre dentro de su cuerpo ni tener remota idea de cómo son los microbios que le han atacado, sin embargo, y como el supuesto enfermo lo haría, sólo se limitó a preguntar qué era lo que se debía hacer para eliminar a ese microbio aterrador que estaba acechando a su nieta para borrarla del universo, Alan se restregó su áspero mentón, “…es lo que estamos tratando de averiguar…” “Por Dios…” dijo el viejo ciego, apretando su bastón con ambos puños. Iba a agregar algo más, pero en ese momento se sintió abrirse la reja de su casa y las voces y las risas de mujeres que llegaban animadas, cargadas con bolsas y bandejas. Su hija Gloria se le acercó y aun con las manos ocupadas, le dejó caer un sonoro beso en la mejilla a Manuel que todavía no se enteraba de qué sucedía, tras ella, su vieja amiga, Beatriz,  también lo saludaba cariñosamente y le deseaba un feliz cumpleaños, mientras su nieta Lucía tomaba fotografías con su teléfono celular, recién en ese momento el viejo cayó en la cuenta de que era su cumpleaños. Debido a su ceguera y a su edad madura, hacía mucho tiempo que las fechas le eran indiferentes y si por alguna razón debía tomar en cuenta alguna, su hija se encargaba de recordársela con anticipación, salvo ahora que estaba de cumpleaños y lo quisieron sorprender. Las mujeres invadieron su casa y organizaron todo en un santiamén, prepararon la mesa y sentaron a Manuel en la cabecera con una copa de vino en la mano, todo sucedió rápido y con el entusiasmo de sus visitantes, el viejo se olvidó por un segundo, hasta que su nieta Lucía revisando su teléfono lo notó, pero no supo qué era, se lo mostró a su madre: en las primeras dos fotografías que había tomado al llegar, aparecía un hombre de pie junto a Manuel, un hombre que nadie había visto cuando llegaron, un hombre que no estaba ahí o se hubiesen dado cuenta, un hombre que nunca vieron entrar ni salir. El teléfono celular pasó de mano en mano hasta que de pura curiosidad, lo tomó Beatriz, sólo para participar del pequeño revuelo que había causado la imagen con el hombre misterioso, sin embargo, su sonrisa se desvaneció hasta desaparecer tras una mano con la que se cubrió la boca, consternada. Aquello era imposible, pero el hombre de la fotografía era Alan, su marido, el hombre que hace tantos años se había quitado la vida de un tiro en la cabeza tras la muerte de su hijo, y estaba igual a como se le podía ver aquel nefasto día. Las cámaras no olvidaban como las personas, y su imagen había quedado capturada antes de que sigilosamente abandonara el lugar. De los presentes, sólo ella podía reconocerlo y aunque nadie podía corroborárselo, Beatriz no tenía ninguna duda de que Alan, su marido, había estado ahí. La fiesta de cumpleaños se apagó hasta quedarse en silencio, Beatriz tenía los ojos con lágrimas mientras Lucía observaba a su alrededor temerosa de encontrarse con algún fantasma espiándolas desde algún rincón, Manuel secó su copa de vino de un largo trago y se quedó serio, con sus ojos pálidos saltando de un lugar a otro, en el vacío de su oscuridad. Podía imaginar la escena, rememorar todo lo vivido después de la muerte de su amigo, entender lo duro y doloroso que había sido para Beatriz. Estaba seguro de que hablar de él no sería una buena idea, pero aun así lo hizo, “Él siempre te recuerda y está preocupado por ti…” Sabía que en ese momento lo estaban mirando como a un desquiciado que la ceguera, la vejez y la soledad finalmente lo habían hecho hablar con fantasmas, pero no Beatriz, ella seguro lo miraba expectante “…siempre quiso que rehicieras tu vida y que fueras feliz… eso lo hizo feliz a él…” Beatriz sonrió, por un minuto se había olvidado de todo lo que la rodeaba, “¿Hablas con él?” preguntó con un brillo de ternura en los ojos, “A veces… aunque saber que ahora está esa foto, me tranquiliza. No me estoy volviendo loco…” respondió el viejo con una sonrisa torcida, mientras dejaba caer su cabeza sobre su pecho. La velada continuó, aunque con un cariz distinto, pausado pero interesante. Continuaron hablando de Alan, pero sin adentrarse en los escabrosos detalles de su muerte, ni tampoco, nada sobre lo que Manuel había hablado con él de su nieta Laura, eso ya sería demasiado para un solo día.


“Un Escolta persiguiendo a Laura…” pensaba Richard mientras regresaba a casa, se preguntaba si realmente estarían seguros de eso y de ser así, cómo habían logrado endosarle un Escolta a un inocente. Él sabía de los Escoltas, aunque en todos sus años de vivo y de muerto, nunca había visto uno, pero sabía que mientras no tuvieras a uno respirando en tu oreja, no se podía imaginar lo aterrador que era. La idea lo acompañó hasta llegar a su departamento, pero allí se encontró con que su mujer, la Macarena, lo esperaba ansiosa, casi eufórica, “¡Por fin llegas! Ven, tengo que mostrarte algo” sobre la mesa había una caja de metal, la mujer le demandó que la abriera él mismo y que mirara dentro con sus propios ojos, el Chavo lo hizo con algo de recelo, como quien sospecha que va a ser víctima de una broma, pero luego su cara cambió, la caja estaba llena de dinero en fajos metidos dentro de bolsas plásticas, “¿Tú no tuviste nada que ver con esto?” preguntó la Macarena con ojos de cachorro abandonado, el Richard negó con la cabeza “¿De dónde sacaste esto?” La mujer le explicó que alguien llamó a su puerta, y que al abrir no había nadie, sólo esa caja de metal en el suelo, creyó que podía tratarse de una broma o de un error, pero la caja tenía una nota encima que decía “Para Lucas” por lo que la tomó, y con toda la desconfianza del mundo, le echó un vistazo dentro “¡Casi se me cayó el pelo!” concluyó la mujer mordiéndose la uña de su dedo meñique. No tenían ninguna idea de quién o por qué les había dado ese dinero, pero no lo iban a rechazar. Julieta sonreía satisfecha, observando la escena desde la penumbra del pasillo, luego se volvió a la habitación de Lucas a contarle lo que había hecho, le hablaba de todo, todo el día, le gustaba pensar que los pequeños gestos que el muchacho realizaba con esfuerzo, eran respuestas para ella, eras muestras de que él podía sentir su presencia, y que la disfrutaba como ella.


León Faras.

jueves, 10 de agosto de 2017

Autopsia. Segunda parte.

VIII.

La ropa que la vieja Lina guardaba en su casa era, en su mayoría, muy antigua, pero como la ropa era un bien escaso, la conservaba lo mejor que podía. Para Clarita, la vieja siempre estaba preocupada de tenerle algún vestido limpio para su próxima visita, pero Elena tuvo que conformarse con un pantalón, camisa y zapatos de hombre, que habían pertenecido al hijo de los abuelos, del cual, desde hace un buen tiempo no tenían noticias. Mientras se bañaban, para Elena fue inevitable notar las cicatrices en la espalda de Clarita, marcas viejas de azotes, que daban una idea de por qué la niña le había dicho que también había decidido huir, pero no dijo nada al respecto, no tenía sentido arruinar el permanente buen humor de la pequeña, la que en ese momento, además, se divertía notoriamente en el agua y al mismo tiempo la hacía olvidar a ella, los desagradables sentimientos que revivía cada vez que recordaba lo que le había sucedido en el último tiempo. Elena nunca en su vida lo había hecho y ni siquiera había imaginado que alguna vez se vería a sí misma vestida con ropa de hombre. Al principio se sintió rara, pero luego hasta le hizo gracia y bromeó con la idea de ser un muchacho, como si un disfraz bastara para cambiar el pasado y el destino de una persona. Los zapatos le quedaban un poco grandes y los sentía increíblemente pesados y toscos para lo que ella estaba acostumbrada, pero no tenía la menor intención de quejarse. Lavaron su ropa y ayudaron a la vieja Lina en la cocina, después de la comida, le enseñarían a Elena a hacer queso y si se quedaban a dormir, por la mañana bien temprano ordeñarían a las cabras. Los viejos eran amables, compartían lo que tenían y lo que hacían y además siempre había una habitación disponible para ellas si querían quedarse, Elena se preguntó por qué la niña no se quedaba permanentemente viviendo con los abuelos, en vez de irse sola con su hermana imaginaria a vivir en una casucha destartalada y a punto de caerse, la respuesta, la sabría pronto y sin necesidad de preguntarla: Clarita le tenía mucho miedo a los lugares pequeños y cerrados, como el dormitorio que les ofrecían los abuelos, la niña alegre, se volvía una niña nerviosa y terriblemente incómoda y cuando por fin se dormía, tenía pesadillas que la despertaban al poco rato y más de una vez en la noche. Gracia se molestaba y le decía que para qué se dormía, si sabía que tendría sueños feos, y Clarita, le reprochaba que para ella, era muy fácil, porque jamás dormía. Al final la niña siempre terminaba yéndose, a veces, a mitad de la noche y sin decirles nada a los abuelos, pues al parecer, sólo en esa chabola con media muralla y parte del techo destruido, podía dormir en paz y toda la noche.

No fue una idea que le cayera demasiado bien, pero al final, no le quedó al padre Benigno más remedio que aceptar, cuando el doctor le dijo que pasara la noche en su consulta para que no forzara los puntos de sutura recién hechos, eso, bajo amenaza de que Guillermina se quedara toda la noche velándolo como a un muerto, si insistía en irse a su casa. Cuando por fin quedaron solos, el doctor cogió una silla y se sentó al lado de su paciente, “Dígame Padre, ¿Qué fue lo que le sucedió?” el cura sólo levantó la vista, parecía tener tensos todos los músculos de su rostro, luego volvió a bajarla para negar con la cabeza, “Imagine que alguien mete los dedos en su herida y jala de ella…” el médico se quitó los lentes para limpiarlos con su pañuelo. El cura concluyó, “…eso fue lo que pasó” El silencio se prolongó largos segundos, como una conversación sin sentido que no logra prosperar, finalmente el sacerdote volvió a mirar al doctor que se acariciaba el bigotillo, pensativo, “¿Qué opina, doctor?” El médico levantó las cejas y se rascó la cabeza sin tener ni rastros de comezón, “Que no se me ocurre ninguna explicación plausible, pero le creo, eso explica el desgarro en la herida, pero es que… nadie lo tocó, ¿cómo es posible?” el doctor esbozó una sonrisa nerviosa que se diluyó rápidamente, “Siempre he sabido que el demonio existe, doctor, que él y sus numerosos lacayos acechan al hombre para tentarlo de mil maneras y alejarlo del amor de Dios, sin embargo, nunca lo había sentido tan cerca, ni tan presente… y le puedo asegurar que da un miedo terrible” el cura terminó hundiendo su mirada en el piso, como si su última afirmación, lo avergonzara. El doctor Cifuentes se echó atrás en su silla, desarmado, nada podía agregar a una afirmación así, pero cuando lo intentó, se quedó con el aliento en la boca. Alguien comenzó a golpear su puerta con desesperante insistencia.

El hijo de Ismael Agüero entró de sopetón, haciendo espacio para que su padre pudiera entrar con Úrsula en los brazos, totalmente inerte, “Tiene que ayudar a mi hija, doctor. Está mal, está muy mal…” “¿Qué le pasó?” preguntó el doctor mientras la recostaban en una camilla, Ismael sólo pudo responder que al parecer, había recibido un golpe muy fuerte. La chica tenía sangrado nasal, pero ese era el único sangrado que se veía, el médico le revisó las pupilas y las pulsaciones en la muñeca, “¿Cómo se golpeó?” preguntó concentrado en su trabajo pero no recibió respuesta, la expresión en el rostro de Ismael y su hijo eran elocuentes, no era que no lo supieran, más bien que no tenían palabras para expresarlo. En ese momento apareció el padre Benigno desde una habitación contigua donde reposaba, de pie, con una bata y apretándose la herida con una mano “¿Dónde está el niño?” Ismael lo vio, y entonces sintió que a él sí le podía decir lo que no supo decirle al médico, “Padre, ese niño es el demonio…” El doctor Cifuentes dejó la concentración en su trabajo por unos segundos para levantar la vista. Esos hombres hablaban muy en serio, pero no había nada de información útil para él, por lo que tendría que dejar todas las dudas para el final y centrarse en su paciente. Mandó al sacerdote de vuelta a su habitación acompañado de Ismael para que esperara ahí, y al hijo de este último, le pidió que fuera por ropa para su hermana, pues la tendría que revisar por completo y para ello había que cortarle la ropa que traía, para evitar movimientos innecesarios de sus miembros posiblemente dañados.

Luego de más de una hora, el médico entró en la habitación donde reposaba el cura, abotonándose las mangas de la camisa, Ismael ya había tenido tiempo suficiente para contarle al sacerdote todo lo sucedido en su casa, incluida la desaparición del bebé. El viejo campesino se puso de pie de un salto, “¿Cómo está mi hija, doctor?” El doctor Cifuentes traía la expresión en el rostro de haber visto algo desagradable, ese tipo de cosas que se atragantan y te arruinan el día. En su corta carrera, había atendido muchos casos, unos más complejos que otros, pero sin duda, los más desagradables para él, eran las víctimas de violencia, sobre todo mujeres y niños que no habían podido huir ni defenderse de sus agresores, casos que tenían el agravante de sólo ser el fruto de la voluntad torcida de algún desquiciado, que se sentía con el derecho y la facultad de imponerse a punta de golpes sobre los más débiles a los que debería proteger, eso indignaba al doctor y en vez de sentir la satisfacción de ayudar a alguien, aliviando su malestar, se sentía como si estuviera limpiando la mierda de otro. Así se sentía el médico cuando llegó a la habitación donde estaba el padre Benigno e Ismael. Úrsula estaba inconsciente aun, aunque fuera de peligro de muerte, sin embargo, su cuerpo estaba muy maltratado, la muchacha tenía hematomas por todas partes, sobre todo en la espalda y en los brazos, en estos últimos, eran marcas claras de haber sido agarrada con brutalidad y por alguien con mucha fuerza física, “He visto esto muchas veces antes y siempre es lo mismo…” “¿A qué se refiere, doctor?” preguntó el cura, con la voz ronca y tendido en su cama, “Usted lo sabe Padre: hombres que se desquitan a golpes con sus mujeres por culpa del alcohol o por puro gusto. Padres que educan a sus hijos de manera brutal y violenta, gente que abusa de los más débiles sólo porque tienen el poder de hacerlo…” Ismael se acercó al doctor con una expresión sumamente grave en su rostro, pero no amenazante, “Yo sé exactamente de lo que está hablando, doctor. Mi padre, era un hombre amable y tranquilo, pero sólo cuando estaba sobrio, cuando bebía se convertía en un hombre humillador y violento que golpeó muchas veces a mi madre, y a mí, cuando traté de defenderla. Era un hombre bruto sin respeto por nada ni por nadie. Muchas veces tuve que huir con mis hermanos porque quería quemarlos, quemar toda la casa, acabar con todo de una vez. Pero al otro día, lloraba como un niño de arrepentimiento, prometiendo esto y aquello, aferrado a las faldas de mi madre, sin recordar nada de lo que había hecho y lo que había dicho… Pero yo sí lo recordaba y lo recuerdo todavía. Si piensa que yo he maltratado a mis hijos alguna vez, está muy equivocado, doctor” El doctor Cifuentes se restregó el bigote y con la misma mano, le dio una palmada de empatía en el hombro a Ismael, “No Ismael, créame que no quise insinuar eso, yo únicamente digo lo que es evidente. Su hija fue agredida de manera brutal, y hay que encontrar al responsable para evitar que esto continúe” Entonces Ismael le dio una mirada de preocupación al cura y este la redirigió de vuelta al médico, quien comprendió de inmediato que había algo que no sabía. En ese momento volvieron a golpear su puerta.


“Doctor Cifuentes, ¿verdad? Tengo entendido que el padre Benigno está aquí. Sé que estas no son horas para hacer visitas, pero me urge hablar con él. Es sobre mi hermana, Elena Ballesteros.”

León Faras.

jueves, 3 de agosto de 2017

La Prisionera. Capítulo cuatro.

VIII.

Las alas que Rancober había construido para desafiar al abismo ya estaban terminadas, pero los detalles eran desesperantemente inagotables y se debía ser muy cuidadoso con ellos, ya que una madera en mal estado o una cuerda mal atada, eran formas muy tontas de morir. El muchacho ajustaba las amarras de un lado y de inmediato debía corregir las demás para que el aparato no perdiera su valiosa estabilidad. En eso estaba, afanado, cuando Hanela le trajo comida: carne asada envuelta en una tortilla, el muchacho tomó el rollo hambriento y lo apresó entre los dientes con una voz de agradecimiento pronunciada con dificultad, mientras ocupaba las manos apretando un nudo en un extremo. La muchacha se sentó en el suelo junto a él a comer también. La tortilla sabía muy bien, la carne estaba exquisita, el fuego entibiaba la cueva, el estar juntos les alegraba el corazón, todo era perfecto en ese momento, sin embargo, sabían que pronto terminarían hablando de lo mismo de siempre, de por qué tenían que morir, de por qué no podían alargar ese momento de satisfacción hasta una vida extensa, juntos, sin el constante temor de que el tiempo se acababa y el Débolum aguardaba por la vida de uno. Pero ninguno de los dos habló de eso esa noche, es más, ni siquiera habían acabado con su comida cuando la primera mariposa negra se posó en la barandilla, otras dos fueron más osadas y se acercaron a revolotear junto al fuego. Hanela se puso de pie de un salto y salió corriendo, cuando regresó con los hombres, Ranc sonreía como un bobo, una centena de mariposas negras invadían todo el lugar como una plaga bíblica: los hombres del abismo habían llegado y solicitaban una reunión. La plataforma descendió hasta la saliente más profunda y luego los hombres continuaron a pie, descendiendo aun más por el sendero estrecho hasta la última cueva explorada por los salvajes, un lugar oscuro y frío como nadie se podría imaginar, allí se introdujeron. La costumbre demandaba que dejaran las antorchas en la entrada, ese era un acto de buena educación, pues los hombres del abismo no toleraban bien la luz. Sus grandes ojos de hermoso color rosado aparecieron en la oscuridad. Para la mayoría de los hombres, estos eran conocidos como los subterráneos, criaturas de leyenda, altos, delgados, con la piel rugosa y dura como raíces de árbol, pocos los habían visto, porque poco se dejaban ver. Para los salvajes, estos eran los habitantes del abismo, seres pacíficos y sabios, se respetaban mutuamente aunque, rara vez se encontraban como ahora. Cinco subterráneos podían verse en la tenue luz que llegaba desde las lejanas antorchas, uno de ellos, luego de saludar, indicó que Rodana, la bruja de las jaulas, los acompañaba. A pesar de lo difícil de creer que resultaba que esa mujer se encontrara en ese lugar, los salvajes la buscaron con la mirada hasta que se les informó que uno de los subterráneos, amablemente, había cedido su cuerpo para que a través de él, la bruja estuviera presente. Rodana tenía un informante dentro del castillo de Rávaro, el hermano de su querida sirvienta, por medio de él se había enterado de la existencia de Idalia, la mujer maldita, también, que Rávaro había enviado hombres hacia la ciudad vertical para recuperarla, pues su vida estaba atada a la de él. Ellos querían saber si la mujer aun estaba en la ciudad. Los salvajes, luego de comprender de quien hablaban, señalaron sin pena ni orgullo, que la mujer estaba muerta, que había sido entregada al Débolum y que este la había devorado, esto último, había sido visto por sus propios ojos. Entonces, Rodana y los hombres del abismo, comprendieron que la mujer maldita había sobrevivido al vientre del Débolum, y que ahora sólo podía encontrarse en un lugar. Antes de despedirse, la bruja les sugirió a los hombres de la ciudad vertical, que detuvieran los sacrificios, pues era posible que ya hubiesen encontrado a la mujer que buscaban, la reina que cabalgará sobre el Débolum.

Bolo despertó con la boca seca y la lengua traposa, se enderezó y se sentó en la litera, junto a él había una jarra de cerveza, el hombre-perro la cogió con el entusiasmo de quien encuentra dinero tirado en el suelo y luego de olfatearla, se la llevó a la boca con avidez. Parte del líquido le corría por el cuello hasta el pecho, mientras tragaba todo lo que podía, luego hizo una pausa para soltar con toda la satisfacción del mundo el aire contenido y volver a tomarlo para expulsar un imponente eructo que alargó hasta quedarse sin aire nuevamente. Su rostro era de total felicidad, sin aguardar demasiado, se aprestó a acabar con el reconfortante contenido de la jarra, pero en ese momento su gozo se apagó de a poco. La jarra de cerveza se quedó estancada a exactos diez centímetros de su gran boca, mientras sus ojos inspeccionaban su entorno, el lugar le resultaba familiar, pero su cerebro, poco hábil de por sí, y encima confundido por la resaca y el sueño, no lograba identificarlo con exactitud, sin embargo, pudo dar con la última ubicación conocida: estaban en el valle de las Mellizas, al aire libre, junto al Escorpión y con una agradable fogata encendida, allí se había dormido, luego de beberse él solo, una botella de licor y más de la mitad de la otra, luego de eso no recordaba nada más. Dejó la jarra a un lado cuando poco a poco comenzó a reconocer el lugar y las sospechas de su cerebro, no le gustaron nada, se puso de pie, sí, todo se confirmaba, salió del cuarto y subió la escalerilla que salía al exterior, sobre su cabeza, vio la gigantesca nube artificial de tela que con innumerable sogas mantenía en el aire a la barcaza de Licandro. Bolo entró en pánico, sin hablar ni mirar a nadie se abalanzó contra la barandilla para salir de ahí, pero ya era demasiado tarde, la altura a la que se encontraba lo paralizó de miedo, se mareó terriblemente, su estómago se revolvió como si de pronto se hubiese olvidado de hacia adonde circulaba la gravedad, se sintió sumergido en un océano de pavor, cuando en ese momento, dos brazos poderosos lo atenazaron, lo elevaron del suelo y lo llevaron de vuelta a la seguridad de los camarotes. Los brazos pertenecían a Licandro, un hombre enorme, no solo alto sino también robusto, siempre con su gran sonrisa y su enorme estómago. Un gran bebedor y apostador, carente de toda vergüenza pero por sobre todo, confiable. Bolo lo apreciaba como a un hermano, pero siempre que estuvieran fuera de esa endiablada barcaza. Licandro cogió la jarra que le había dejado a su amigo para volver a llenarla, pero al ver que aun tenía cerveza, se la acabó él mismo de una sentada. Luego tranquilizó al hombre-perro, sería un viaje corto, no tendría que salir a la cubierta si no quería y además, tenía dos barriles de cerveza casi sólo para ellos. Bolo ya respiraba más tranquilo.


La jungla era un lugar tan hermoso que era difícil de dimensionar lo poco hospitalaria que podía ser, en cierto sentido, pensó el Místico, se parecía a la Criatura, cuya belleza solo podía compararse con su letalidad. Los árboles tenían los troncos blancos y lisos, como si hubiesen sido desollados, se enroscaban y trenzaban asemejando a un monstruoso nudo de culebras que brotaba desde la tierra y se elevaba hasta el cielo, cubierto casi por completo por el follaje. En el suelo, la vegetación era asombrosa, con hojas y flores enormes de formas y colores llamativos, que se pasaban la vida liberando esporas, algunas venenosas, la mayoría, alucinógenas. Esta era su arma más peligrosa y todo el ecosistema trabajaba junto para alimentarse. Alucinaciones que un místico debía aprender a identificar para no ser engañado por su propia mente y terminar como una estatua de piel cristalizada, que era lo único que la jungla dejaba de ti como advertencia a los intrusos. Estatuas hermosas, detalladas y frágiles, de hombres o mujeres congelados en su último aliento, que casi siempre reflejaban el pánico más paralizante o el regocijo de ver cumplido el deseo más anhelado. Esculturas que podían durar años si nadie las tocaba o podían destruirse en un millón de pedazos al más mínimo roce. Tal era el lugar en el que el Místico se internaba.


León Faras.

miércoles, 26 de julio de 2017

El circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XVII.

“¡Ha estado maravilloso! Muchachos, enciendan los fuegos, ¡vamos a celebrar!”

Cornelio Morris estaba eufórico como hace mucho que no se le veía, el debut de Eloísa había resultado mucho mejor de lo esperado, la gente simplemente había enloquecido al verla, al día siguiente, con seguridad, llegaría el doble de público. Los hombres de inmediato se animaron y comenzaron a prepararlo todo, Von Hagen recogía desperdicios sin entusiasmarse demasiado con la idea del festín, permanecía nervioso y preocupado, el acercamiento cada vez más fuerte de Eloísa con Cornelio lo asustaba terriblemente, temía que esta, tarde o temprano, lo delatara y la idea de verse enfrentado a Cornelio lo angustiaba todo el tiempo. Pero también tenía otra preocupación que no podía quitarse de la cabeza, el pequeño Román Ibáñez, ya llevaba mucho tiempo atado a Mustafá, y mientras seguía ahí, su cuerpo no comía, no dormía, no podía ni siquiera calmar la sed, nunca había estado tanto tiempo y si seguía en esas condiciones, pronto lo tendrían que sacar muerto. Ángel Pardo también compartía esa preocupación, pero sabía en los huesos que no podían hacer nada.

Nadie estaba completamente seguro de cómo o de dónde, y nadie estaba realmente interesado en averiguarlo, pero de pronto habían dos cerdos enteros listos para ser asados y una buena partida de garrafas de vino para todos, todos, a excepción de Lidia y de Román, claro. Cornelio se paseaba con una copa en la mano, feliz, ensalzando a la nueva estrella de su circo, y animando a todos a comer y beber en honor de Eloísa, la que no cabía de felicidad y orgullo. Los hombres sacaron sus instrumentos y sonó la música, Eloísa bailó feliz en cuanto se lo ofrecieron, a diferencia de Beatriz, que rechazaba a todo el mundo. En el fondo de su corazón tenían la vaga esperanza de que Cornelio se lo pidiera. La pequeña Sofía, en cambio, se divertía montada en los hombros del gigante Ángel Pardo, quien danzaba suavemente al ritmo de la música. Von Hagen estaba sentado en una orilla, solo y con su vaso intacto en la mano, miraba de reojo el camión dónde estaba Lidia y pensaba si tal vez dentro del agua, le llegaba el sonido de la música y el ruido de la fiesta. Frente a él se paró Eloísa radiante y le tomó la mano para que bailara con ella, Horacio se disculpó diciendo que no bailaba muy bien, pero la muchacha insistió, “Si no bailas conmigo, les diré a todos lo que hicimos con el muñeco ese” Von Hagen se espantó, pero de inmediato la niña rió divertida “¡Es broma! qué caras pones…” y luego tirando de él con ambas manos, agregó “…Vamos, tienes que bailar conmigo” “Tranquila linda, lo hará en un momento…” Era la voz de Cornelio Morris, se veía de excelente humor, aunque eso no lo hacía sentirse más tranquilo a Horacio. Cornelio apartó el interés de la muchacha con su hipnótico encanto y tomó al hombre simio por el hombro para hablar con él, “Escucha Horacio, sé exactamente lo que pasa contigo…” su tono era conciliador, casi paternalista, tanto, que Von Hagen se sintió caminando sobre hielo quebradizo, “…y aunque no me gusta nada, créeme que lo entiendo” Horacio tragó saliva, se sentía completamente desvalido, como un pollo que no sabe si lo van a liberar o le van a torcer el cogote, “¿Lo entiende?” dijo, porque en realidad no sabía qué más decir. “Claro. Es por Lidia, mira muchacho…” Von Hagen tomó el primer trago de su vaso. Nunca lo había llamado muchacho. Cornelio continuó “…tus sentimientos no son un secreto para nadie, y me preocupa, porque esos sentimientos no van a ninguna parte, lo sabes, pero bueno, quién puede luchar contra el corazón, sin embargo, no le puedes hacer un desaire a la estrella de nuestro circo. Sí ella quiere bailar contigo, tú bailarás con ella… ¿entendido?” Horacio estaba desconcertado, asintió con la cabeza como un niño intimidado por un severo tutor. Cornelio concluyó dándole una palmada en la espalda, “Bien. Ya luego puedes ir a visitar a tu sirena, si eso es lo que quieres.” Cuando Cornelio ya se iba, Horacio vació su vaso de un trago y se atrevió a hablarlo, “¿Señor?...” Morris casi se vio sorprendido de su atrevimiento. Von Hagen continuó, “…hay otra cosa que me preocupa, es sobre Román…” El semblante de Cornelio Morris cambió dramáticamente, “¿Qué pasa con él…?” dijo con una marcada falta de paciencia. Horacio titubeó, pero supo que no podía echar marcha atrás “…es que, ya ha pasado mucho tiempo… y si sigue así, me temo que no lo va a aguantar…” “Eso es algo que no te incumbe…” el tono conciliador y paternalista de Cornelio ya se había extinguido por completo, Von Hagen desvió la mirada para continuar, “…no le pido que lo deje participar de la celebración… sólo que me permita sacarlo para que pueda comer algo y… dormir…” Cornelio se le acercó, al tiempo que Horacio se disminuía hasta volverse insignificante, “Ese enano miserable no tiene más que lo que se merece y saldrá cuando yo lo diga o no saldrá nunca. ¿Alguna otra impertinencia?” “No señor…” Von Hagen respondió lo más rápido que pudo, mirando el interior de su vaso vacío. “Bien” concluyó Cornelio, al tiempo que en un instante, recuperaba su buen humor y volvía a animar a todo el mundo a que celebrara y brindara en honor de su nueva y gran estrella.

Damián y Vicente Corona, en cuanto estuvieron listos, tomaron todas sus cosas y se fueron a su pequeño estudio donde tenían todos los instrumentos y los químicos necesarios para el revelado de las fotos, que desde luego, hacían ellos mismos. Iban entusiasmados como niños en navidad, rememorando las cosas increíbles que habían visto y su extraordinaria habilidad para tomar las fotografías sin que nadie siquiera notara su presencia, “Hermano…” Gritaba emocionado Damián mientras apretaba con ambas manos el volante de la furgoneta, “…te juro por nuestra santa madre que jamás había visto algo igual. Vamos a hacer una fortuna con estas fotos” “¡Y hasta te conseguiste una admiradora nueva, eh!” bromeó su hermano en referencia a la atractiva viuda que les había arrendado el balcón. Condujeron varias horas, al llegar a su estudio fotográfico, ya había comenzado la noche y el lugar estaba cerrado. Durante el día, el estudio era atendido por el viejo Hugo Hidalgo, el cual llevaba más años que ellos trabajando en la tienda cómo si fuera de él, retratando gente. El viejo les había enseñado todo cuanto pudo. En la trastienda tenían una pequeña oficina y el cuarto de revelado, allí brindaron con un vaso de coñac y se pusieron a trabajar. En el cuarto oscuro entraban juntos, cada uno sabía lo que tenía que hacer y eran bastante coordinados, como una experimentada pareja de baile. Comenzaron con las fotos captadas por Damián desde el balcón. Sus rostros de emoción se desvanecieron a medida que las imágenes, en blanco y negro, aparecían flotando en el líquido revelador: Eran hermosas panorámicas del horizonte, edificios lejanos, algunos árboles y un gran trozo de cielo vacío. Nada que valiera la fortuna que esperaban. “Pero qué demonios…” Damián las cambiaba de palangana y de líquido sin poder entender qué había sucedido, mientras su hermano lo miraba irritado, “Está claro que le pusiste más atención a la viuda esa, que a lo que estaba sucediendo afuera…” “Esto no tiene ningún sentido…” todas las fotos mostraban lo mismo, no había rastros de ninguna chica alada por ninguna parte “¡Estaba ahí, yo la vi! No puede haber desaparecido, por Dios” “Bueno, al menos tenemos las fotos de la sirena…” dijo Vicente resignado, aunque poco convencido de la inocencia de su hermano, sin embargo, la mirada de este lo hizo dudar, “¿Las tienes?” Nuevamente las imágenes aparecieron al sumergirlas en la primera palangana, esta vez, eran las fotos de Vicente. Grupos de personas, los vehículos, el entorno, nada que llamara la atención, todas personas normales. Al ver las fotos tomadas a Lidia, se horrorizaron “¿Qué diablos es eso?...” dijo Damián, con la imagen en las manos y el rostro consternado, Vicente a su lado, no lucía mejor, “Es la sirena… creo” dijo.


La imagen mostraba a una mujer muy delgada, semidesnuda, encerrada en una jaula que más parecía un gallinero, que suplicante, los miraba directo a los ojos.


León Faras.

jueves, 20 de julio de 2017

Zaida.

VIII.

El día comenzó como cualquier otro en Missa Pandur, dejando rápidamente atrás el episodio de la noche anterior. Missa Nemir entró en la habitación de los monjes más jóvenes para despertarlos haciendo sonar una campanilla colgada en medio de los dormitorios, era un sonido agudo y persistente que con la práctica, el cerebro de los muchachos esperaba para activarse, salvo por el de Gunta, que por lo general necesitaba de estímulos extras para despertarse y seguía soñoliento incluso una vez fuera de la cama, rascándose despreocupado las cavidades de su cuerpo y orientándose como si fuera primera vez que despertaba en esa habitación. Ribo se había dormido tarde esa noche, pero más disciplinado, se incorporaba de inmediato y se sentaba en la cama, dio un bostezo tan largo y profundo que fue bruscamente interrumpido por una distraída polilla que de pronto se vio absorbida por un abismo oscuro y húmedo. El repentino ataque de tos del muchacho provocó una explosión de risa a Paqui quien tuvo que llevarse una mano a la boca para contenerla, ante la expresión de cabreado que tenía Ribo, con el sentido del humor propio de quien recién se está despertando. La pequeña Zaida era tratada con deferencia por el severo Missa Nemir, debido a que acababa de pasar su primera noche en el monasterio y no conocía la rutina, pero bajo las mismas condiciones que los demás. Un pequeño traje de monje le esperaba doblado junto a su litera. El delgado colchón y las cobijas eran sacudidos y colgados para que todo se ventilara y luego se iban a los baños, donde cada uno disponía de una cubeta, de una porción de agua caliente y de un trapo para asearse antes de desayunar. El desayuno era un ritual en sí mismo que la pequeña Zaida también debía aprender, Missa Yendé, encargado de la cocina, llenaba el cuenco de cada monje con una porción de cebada con miel de abejas silvestres que era recibida en silencio con una reverencia de gratitud. Los más jóvenes siempre estaban al final de la fila, simplemente porque se tardaban más en estar listos, y de estos, por lo general Paqui era el último, pero hoy tenía un ligero aire de orgullo por tener a la pequeña Zaida parada tras él, vestida con un atuendo idéntico al de los demás, adaptado a su menuda figura, pero ese orgullo se evaporó cuando vio a Missa Nemir llenar una escudilla y dársela a la pequeña que aun no tenía una donde comer “Esta será para ti, mañana esperarás tu turno como todos, ¿comprendes?” la pequeña Zaida, imitando a los demás, hizo la correspondiente reverencia y se fue a sentar, Nemir no pudo contener una sonrisa “Aprendes rápido, pequeña Zadí…” Mientras Ribo seguía la regla de comer despacio y masticar bien, Gunta se atiborraba la boca con grandes cucharadas de cebada y sólo hacía la pantomima de que masticaba concienzudamente cuando alguien lo miraba, esa era la razón por la que siempre tenía hambre, a pesar de ser un glotón.

En el monasterio, había dos labores que eran elementales: El cuidado del huerto de cebada y la recolección de leña, ambas eran cosas que no debían descuidarse nunca, así como el aseo y la oración, una oración que se hacía en lugares abiertos, como el gran patio de rocas y que era enfocada hacia la gran obra, la creación, el conjunto sincronizado y coherente que formaban todas las cosas del universo, incluido el tiempo y de cómo el humano dentro de su conciencia, debía conectarse con él como parte elemental de un todo. En su habitación, la princesa Viserina se recuperaba rápidamente y hasta ya comenzaba a caminar con la ayuda de una vara de madera a modo de cayado. Con el pasar de los días se hacía más evidente que los dos hombres enviados por Bardo para dar aviso de su situación, no habían conseguido su objetivo y era posible que incluso fuera considerada muerta por su propia gente, “Por el momento, es lo más conveniente. Cuando ya esté recuperada, encontraremos la forma de que se reúna con su pueblo” Missa Budara hablaba con ella con frecuencia, siempre en un tono conciliador y amable, como se trata a una visita a quien uno está satisfecho de recibir y atender, por su parte, la princesa respondía a todo con humildad, recibiendo con gratitud la monótona comida que se le ofrecía y la modesta ropa para reemplazar sus finos atuendos. Era una muchacha sencilla que se ganaba de manera natural el afecto de quienes la rodearan, su condición de princesa sólo era un accidente del destino que no condicionaba para nada su forma de actuar. Como una manera de agradecer y retribuir, la princesa cogía una escoba y barría el suelo de su habitación y de los pasillos sin que nadie se lo pidiera ni se lo impidiera, pues esa era una labor que todos hacían, desde el más antiguo al más joven de los monjes, lo que la hacía una gran forma de integrarse a la comunidad. En eso estaba, cuando una persistente mirada la hizo detenerse, una mirada de recelo de un muchacho que parecía no estar seguro de que si lo que veía era real o no. La princesa sonrió amable, “¿Cómo te llamas?” el muchacho respondió en tono de pregunta, “¿Gunta?” la princesa dejó de barrer para hacer una suave referencia, “Estoy honrada de conocerte, Gunta. Yo soy Viserina” “¿Es cierto que eres una princesa?” Gunta tenía serias dudas, pues de pronto había desaparecido de la figura de esa muchacha todo el aspecto principesco y ahora, vestida de monje, con el cabello tomado en una simple cola de caballo, una escoba en las manos y ese andar corto y lento por la herida en su muslo, se veía tan lejos de la realeza como él mismo “Sí… aunque se trata de algo que en realidad no tiene méritos, es de esas cosas que sólo naces y ya son como son” Se justificó la princesa encogiéndose de hombros, Gunta pareció luchar contra negros nubarrones en su mente durante algunos segundos, hasta que al fin tuvo un rayo de luz que iluminó todo su rostro “Ah, es como nacer pobre. Nadie se esfuerza demasiado por serlo, solo naces y ya está… ¿no?” la muchacha lo pensó brevemente, como si algo no encajara del todo, pero luego asintió sonriendo, lo que lo hizo sentir orgulloso de sí mismo a Gunta.

La princesa Viserina dirigía la mirada de uno a otro de los monjes con ansiedad, como una adolescente que busca que sus padres se pongan de acuerdo para que la dejen ir a una fiesta. Budara miró al monje curandero, inmune a la angustia de la muchacha por recibir una respuesta “¿Passel?” “En lo que a mí respecta, creo que un buen vendaje sería suficiente si tiene cuidado y se toma las cosas con tranquilidad…” “¡Lo haré!” interrumpió la muchacha emocionada por ese punto a su favor. Budara dirigió la mirada al otro lado, todo lo hacía con desesperante lentitud “¿Badú?” este meditaba mirando al piso, “Es una princesa y nos hemos comprometido a cuidar de ella, toda precaución será poca. Sin embargo, estoy seguro de que este viaje, sería de enorme beneficio tanto para la muchacha como para la princesa. Creo que debe ir.” Budara asintió pensativo “¿Nemir?” “Estoy de acuerdo con Missa Badú…” dijo este, parado junto a la princesa Viserina “…toda precaución es poca, pero siempre es así con todos nuestros novicios, sugeriría que se le cortara el pelo para que se asemejara al resto de los muchachos, eso la ayudaría a no llamar innecesariamente la atención” Entonces Budara se dirigió a la princesa para saber si esta estaba de acuerdo con todo lo que había oído. La princesa asintió con rapidez, ni siquiera cortarse el cabello le molestaba en absoluto. Se trataba de un viaje a un sitio sagrado del que sólo había oído hablar, pero al que poca gente podía llegar, apenas supo de que los monjes hacían tal viaje con los más jóvenes, solicitó que le permitieran ir, era probable que nunca más tuviera otra oportunidad. Budara finalmente aceptó, la princesa tuvo que contener su entusiasmo ante la sobriedad de los monjes. Iría al Valle de los Gigantes.

Era un día entero de viaje por la montaña, y no era que el lugar estuviera excesivamente lejos, sino que se hacía necesario dar amplios rodeos por angostos senderos que debían tomarse con mucha calma. Al frente iba Missa Nemir seguido de cerca y a buen paso por el pequeño y orgulloso Pimbo, tras él, su fiel amigo Picca, el carnero, cargaba sobre su lomo a la pequeña Zaida. La princesa Viserina venía después, demostraba ser una gran caminadora, su cojera era leve pero la compensaba con el entusiasmo que le provocaba el viaje, disfrutaba de la compañía de Gunta, Ribo y Paqui que no paraban de presumir de sus innumerables capacidades. Un poco más atrás venía Driba seguido de Girú, un chico de su edad. Cerraba la marcha Missa Badú. Los parajes eran sobrecogedores, de un preciosismo tal que podían admirarse durante horas sin que la vista o la mente se cansaran de lo contemplado. La roca, la vegetación, el agua, las nubes, todo se mezclaba en cantidades que variaban cada pocos pasos y ofrecían una nueva definición a la belleza natural y lo mejor es que eran la única vida humana que podía verse hasta donde la vista llegaba, y en esas alturas, la vista llegaba muy lejos. Caminaron todo el día, sin apenas detenerse para comer hasta el atardecer, cuando se detuvieron para descansar, encender un fuego, cenar y dormir, el valle ya estaba cerca, pero también la noche. Los muchachos tenían gran curiosidad de hacia dónde iban, al igual que la princesa, sólo habían oído historias sobre el Valle de los Gigantes, historias fantásticas que seguramente distaban mucho de lo que en realidad encontrarían. “Cuando lleguemos, comprenderán todo lo que se ha hablado acerca de ese lugar…” dijo Nemir compartiendo un pan de cebada y un trozo de queso y luego agregó “Cómelo despacio Gunta, no sólo debes llenar tu estómago con él, también tu mente…”

Al alba reanudaron la marcha, la abundante neblina de la mañana era como un telón que sólo está para generar expectación, el valle estaba allí, amplio, cubierto de hierba amarilla, alta hasta la rodilla de un hombre y encajonado por las cumbres de las montañas cercanas. Los monjes mayores, dejaron que los jóvenes descubrieran por sí solos la grandeza del lugar. Profundo en la neblina apareció la silueta del primer gigante, medía por lo menos diez metros de altura, erguido, parecía estar torcido hacia atrás por la cintura con un brazo estirado frente a él, como un marinero que divisa tierra, señalando un punto perdido en el tiempo. La princesa se quedó inmóvil, ligeramente intimidada, la pequeña Zaida a su lado le apretó la mano. “¿Se va a mover?” preguntó Paqui en verdad preocupado, volteando un poco la cabeza, pero sin despegar los ojos. Ninguno de los muchachos se atrevió a responderle. Avanzaron con toda precaución, incluso Ribo, que era el más osado de todos, mantenía una actitud de sobrecogimiento. Antes de que el primer gigante se revelara con claridad entre la niebla, dos más aparecieron varios metros tras él, tenían el mismo impresionante tamaño pero sus posturas eran diferentes, uno estaba doblado a la mitad, con ambas manos hacia el suelo, como un campesino que cosecha en su huerto, el otro estaba en una posición guerrera, dando una zancada enorme, con los brazos colgando a los lados levemente despegados del cuerpo, amenazantes. Aquel lugar definitivamente tenía algo muy raro en el aire, algo que atraía lo mismo que intimidaba. Cuando se acercaron al primero de los gigantes, ya podían verse al menos otros diez, desperdigados por el valle, todos en posiciones y actitudes diferentes, sin embargo, ver a uno de ellos de cerca, era una experiencia distinta. Estaban construidos de madera, de tablas perfectamente encajadas unas con otras y contenidas por sogas, huecos por dentro como barriles. No tenían articulaciones, sino que los movimientos de sus cuerpos, parecían construidos con complicados quiebres de la madera, donde podían verse algunas tablas torcidas y dobladas de manera imposible, para que encajaran de forma única y perfecta en el cuerpo del gigante y en su postura, incluso algunas tablas se podían ver separadas unas de otras por pequeños trechos en sus extremos, como si hubiesen sido forzadas por un estiramiento colosal, esos mismos espacios, habían sido aprovechados por innumerables generaciones de aves para hacer sus nidos. Tocarlos por primera vez, era casi como entrar en contacto con algún dios remoto y desconocido, con el vestigio de una fuerza misteriosa. Gunta dio un grito en ese momento, porque había descubierto algo increíble, incluso la princesa se acercó, siempre tomada de la mano de la pequeña Zaida, llegaron junto al gigante que parecía congelado en medio de una enorme zancada, como si quisiera aplastar a alguien de un pisotón, había algo imposible en él, el pie de delante, apenas sí rozaba la hierba, manteniendo el descomunal peso de su cuerpo sostenido en el aire, apoyado en un solo pie, pero con todo el peso de su cuerpo ya lanzado sobre el otro. Mientras los muchachos se entretenían poniéndose debajo y experimentando por breves segundos la ansiedad de estar a punto de ser aplastado por un coloso, la pequeña Zaida se vio interesada en otro gigante que yacía cerca: El arrodillado, este se encontraba muy dañado, su pie estaba destrozado, por eso apoyaba una rodilla en el suelo, mantenía uno de sus brazos estirado al frente, como un derrotado que no desea luchar más, sin embargo, lo más llamativo era un gran agujero en su cabeza y en pleno rostro que daba la impresión de que era una boca enorme abierta en un grito mudo que parecía inquietantemente de miedo. Por otro agujero en su muslo, la pequeña Zaida parada en la punta de los pies, y la princesa Viserina de pie a su lado, echaron un vistazo al interior del gigante esperando encontrar algo fascinante, pero sólo la vista era espectacular, porque el interior era hueco, oscuro, cruzado por haces de luz y habitado por numerosos pájaros que tenían sus hogares ahí.


Cuando pasó la impresión del primer momento, se reunieron todos en el interior del cuerpo de un gigante caído, con su enorme torso destrozado, su interior, donde el sol se colaba por las rendijas y la hierba colonizaba el suelo, era como una gran bóveda inundada de una energía misteriosa y desconocida, allí se encontraba Pimbo, sentado sobre una roca con los ojos cerrados. Eran en total 16 gigantes, nadie sabía quién los había construido, cómo o para qué, solo se podía deducir que llevaban cientos de años allí, tal vez mil, inmóviles, congelados en la misma posición y en el mismo lugar, como si alguna vez hubiesen tenido vida y esta los hubiese abandonado súbitamente. 


León Faras. 

jueves, 13 de julio de 2017

Lágrimas Negras. Segunda parte.

XXVI.

La llegada de Ovardo a Rimos fue de una luctuosidad sin precedentes, parecían un macabro cortejo fúnebre en el que el muerto, aun no está muerto. Cal Desci nunca olvidaría, como el cielo se rajó de un trueno en el preciso instante en que el príncipe entró en la ciudad, los perros aullaron asustados, “Cantinero” se negó a avanzar y la lluvia se desató violenta, como si los dioses quisieran hacer de su tránsito algo más pesado y lastimoso. Todo se empapó en segundos, y la poca gente que aun transitaba, desapareció buscando refugio, solo algunos soldados permanecieron erguidos bajo la lluvia, por obligación más que porque el espectáculo fuera digno o grato de ver. Nadie hizo nada cuando el príncipe se desmoronó de su caballo y cayó al barro, inerte, bajo el peso del aguacero incontenible, como si aquello no fuera más que una consecuencia natural que todos sabían que sucedería. Como si su caída solo fuese un merecido descanso. La orden que los volvió a movilizar a todos, vino desde varios metros dentro de la ciudad, “¿Qué están esperando? Recójanlo y tráiganlo aquí” la silueta de Serna se podía ver parada allí, reconocido por su alta figura de carne flácida, cubierta de la lluvia con una ridícula sombrilla de fibras vegetales y su voz pobremente autoritaria. Dagar se arrodilló en el suelo para ayudar al príncipe a ponerse de pie, pero este no tenía ninguna intención, “Ya estamos en casa Señor. Solo un poco más” Ovardo le pasó la mano por el rostro, como queriendo saber quién le hablaba y murmuró algo relacionado con la princesa Delia, su mujer. Su intención de hablar se redujo a un estéril movimiento de labios que pronto se apagó, como cualquier rastro de fuerza en su cuerpo, que comenzaba a temblar de frío y miedo. Los soldados lo tomaron por debajo de los brazos y lo arrastraron como a un borracho incapaz de sostenerse en pie, Serna lo esperó parado en el mismo lugar donde estaba, “¿Está herido?” preguntó incrédulo de verlo arrastrado como un bulto, “Nada que podamos ver, salvo por la venda en sus ojos” respondió Dagar, aplastado por la congoja y por el chaparrón que le caía encima.

La lluvia se podría decir que equiparaba las cosas para ambos bandos, por un lado disminuía el fuego y por otro lado, el barro se multiplicaba por todas partes. También y pronto lo sabrían los Rimorianos, aumentaría el caudal del río Jazza y con él, los canales que recorrían Cízarin, lo que los convertía en nuevos obstáculos que protegían la ciudad, casi tan eficientes como muros. Del otro lado del gran puente principal, la vieja Zaida soportaba la lluvia inmutable, erguida sobre su caballo, lo que mostraba un temple acostumbrado a las durezas del clima. Había ordenado verificar con hachas que todos los puentes menores que el fuego no había destruido ya, quedaran inutilizados, sabía, como todo Cizariano, que el agua en los canales crecería pronto y se convertiría en un valioso aliado. El fuego sucumbía con rapidez y la oscuridad se hacía cada vez más cerrada, los informes tardaban en llegar y sólo hablaban de enemigos que se ponían de pie y seguían luchando a pesar de haber sufrido heridas ciertamente mortales. Siandro apareció en ese momento, montado en su caballo caminando con toda calma, como si supervisara los avances de la batalla, su guardia personal lo seguía de cerca, uno de estos traía un saco en la mano, cuyo contenido fue vaciado a los pies del general Rodas, era la cabeza de Darco, “Pensé que les interesaría ver esto” dijo el rey mirando con indiferencia hacia el oscuro horizonte, cerrado por la noche y la lluvia “¿Es acaso la cabeza del prisionero?” dijo Rodas con un rápido vistazo, “Una cabeza bastante peculiar. Obsérvela con más cuidado, general” No era fácil, el general tuvo que agacharse y tomarla, pero la soltó de inmediato y retrocedió casi de un salto, Zaida lo miró como si su reacción hubiese sido de lo más inadecuada, “Está viva…” murmuró Rodas con asco, mirándose las manos como si se le hubiese pegado algo contagioso, Siandro sonrió al ver que alguien más caía en su pequeña trampa, “Y también el resto de su cuerpo despedazado, como lombrices cortadas en trozos. Son criaturas asquerosas en verdad estos Rimorianos” la expresión de su rostro ilustraba bien el sentido de sus palabras, Zaida bajó entonces de su caballo, cogió una espada de un soldado y la ensartó con violencia en la sien de la cabeza cercenada, la monstruosa cicatrización aun operaba, incluso en los miembros separados del cuerpo, la cabeza de Darco perdió su inquietante expresión, se relajaron sus músculos, su macabro rostro se apagó como una fogata bajo la lluvia, sin embargo, sus párpados y mandíbula seguían acusando un leve e involuntario rastro de vida “General Rodas, informe a todo el mundo. No importa los medios que utilicen, quiero que destrocen las cabezas de todos los enemigos. Sólo así dejarán de luchar” Siandro en tanto se cruzó de brazos y se acomodó en su montura, estaba disfrutando de la batalla más de lo que esperaba.

Cuando por fin las reses en llamas se dispersaron y Rianzo pudo organizar a su grupo para controlar la difícil situación en la que se habían metido, se dio cuenta de que los cadáveres que permanecían tirados en el suelo eran todos de sus hombres, mientras que los del enemigo, se ponían de pie y se recuperaban para seguir luchando, a pesar de que estaba seguro de haber atravesado con su espada a más de uno, sin embargo, su superioridad seguía siendo por mucho, más amplia. Sinaro, Vanter y los demás se agruparon en medio del camino. El fuego era cada vez más débil debido al persistente aguacero, y la noche se cerraba, encerrando al mundo entero dentro de una enorme cueva. “¿Cuál es el plan?” preguntó el joven Trego restregándose los ojos empapados para ver un poco mejor, “Matarlos a todos, uno por uno…” respondió Jacán tras él, luego escupió sonoramente una bola negra de asquerosa cicatrización mezclada con saliva, de una herida en su boca, y se la limpió con la mano “Es el plan más malo que he escuchado nunca… pero es lo mismo que yo estaba pensando” replicó Vanter, con una sonrisa que apenas se veía en la oscuridad, “Tengo un mal presentimiento de todo esto” continuó Trego, profundamente serio y concentrado, aferrando su espada con ambas manos, “Hoy ya he muerto…” dijo Sinaro, erguido y altanero como una fortaleza frente al mar, refiriéndose a la herida en su vientre y que le había atravesado el cuerpo “…y un muerto, no puede volver a morir, no importa lo que hagan, no importa cuántos sean… yo ya he muerto, ahora les toca a ellos” “Esto es una locura…” murmuró a su lado Boras, un tipo pequeño, calvo y con una prominente barriga que le daba más apariencia de tabernero que de soldado. Inexplicablemente, era el único del grupo que no había recibido ninguna herida en su cuerpo aun. Frente a ellos, Rianzo dio un grito y todo su grupo de caballería se lanzó en una violenta envestida que, como era de esperarse, arrasó con los Rimorianos que fueron golpeados y arrojados en diferentes direcciones y luego pisoteados por los cascos de los caballos. Los jinetes aminoraron la carrera hasta detenerse y luego se giraron, tan solo un par de ellos habían caído de su caballo y alguno tenía alguna herida menor. Con la escasa visibilidad de una noche encapotada, no podía verse ni un enemigo de pie, aunque en los bordes del camino, junto a los muros de las viviendas, las sombras podían tragarse a un hombre por completo. Los Cizarianos volvieron sobre sus pasos con precaución, con una mano apretando las riendas y en la otra la espada y con los ojos tan abiertos como la lluvia les permitía, ya que sus yelmos estaban pensados para proteger sus cabezas de algo diferente del clima. Se podían distinguir algunos cadáveres tirados en el lodo al pasar junto a ellos, pero luego de lo que habían visto, ninguno estaba dispuesto a confiarse. Y tenían mucha razón. Sinaro se levantó en ese momento, de improviso y dando un grito horrendo debido a que su mandíbula estaba rota y desencajada, cogió a un jinete por el brazo y antes de que este cayera al suelo su espada lo atravesó por el cuello, en otro punto, Trego, con un brazo roto, usaba el otro para derribar un caballo con su espada y atacar a su jinete, Boras, en cambio, se arrastraba por el barro con la cabeza rota como un melón por el pisotón de un caballo. La batalla fue breve pero espeluznante, muchos jinetes cayeron, pero al final el grupo de inmortales fue doblegado y sus cuerpos destrozados salvajemente, pues su horrible cicatrización era incontenible, y sus miembros no dejaban de moverse. Un nuevo grupo de hombres apareció en ese momento por uno de los callejones, Rianzo y sus soldados se pusieron rápidamente en guardia ante un nuevo ataque para el que no estaban preparados, pero para su fortuna, los hombres que llegaban eran Cizarianos. No venían a ayudar, sino a terminar con el trabajo, se habían llamado a sí mismo “Los Rematadores” y venían armados con lanzas y mazas, les habían encargado un trabajo que era tan desagradable para unos como divertido para otros: destrozar la cabeza de todos los enemigos que encontraran tirados en el suelo.


Emmer, Nila y el bebé abandonaron la ciudad sin contratiempos y se internaron en los campos. Encontraron una casucha lo suficientemente alejada de la ciudad que los campesinos utilizaban como refugio, y allí se detuvieron para tomar un respiro. Las llamas diseminadas en distintos puntos de la ciudad tenían esa innegable belleza de los incendios en la noche, pero los gritos de la batalla, que llegaban hasta sus oídos con toda claridad, le quitaban rápidamente el encanto y hacían sentirse culpable a cualquiera que disfrutara del espectáculo. Nila canturreaba suavemente para tranquilizar al bebé hasta lograr que se durmiera, pero pronto tendría hambre, y entonces ya no sería tan fácil calmarlo, “Hay que conseguir algo de leche” le dijo a su prometido, sin preguntar siquiera de donde había salido esa criatura, si la conocía o si simplemente se había detenido a recogerla en medio de la batalla, y es que en una situación así, por todos lados habían inocentes que sufrían sin tener culpa alguna de la locura de los hombres. Hablaron un rato sobre la familia de Nila, la muerte del rey y de cómo Vanter y los demás habían cuidado de ella hasta encontrarse y Emmer le contó el porqué Ovardo no estaba con ellos y el horrible castigo que le había caído encima y ambos se consolaron pensando en que la princesa Delia y el hijo que venía en camino, seguro le darían la fuerza y la felicidad necesaria para recuperarse. Entonces el primer trueno rompió la calma y segundos después la lluvia se desató. Emmer pensó en dejarla allí, a salvo, mientras él buscaba algo de comer para ellos y el bebé, pero Nila se negó, ella sabía cómo el río pronto inundaría los campos haciendo crecer los canales de improviso, arrastrando todo a su paso y aislando las terrazas de cultivos. Debían irse de allí mientras pudieran. Ella conocía un sitio, aunque no había ido desde que era una niña, se trataba de un tío, hermano de su padre, un borracho que vivía solo fuera de la ciudad, y que se dedicaba a producir su propio alcohol y a cazar animales con trampas y según recordaba Nila, en aquellos años, ya era bastante bueno en ambas cosas. Con algo de suerte, aun estaría vivo y en el mismo sitio.


León Faras. 

sábado, 8 de julio de 2017

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

IX.

El mundo entero guardaba silencio a esa última hora de la tarde, de modo que sus pisadas sonaban estruendosas en toda la cuadra, como una molesta gotera de media noche, a pesar de ello, no se daba prisa, habían pasado muchos años desde el día en que se había ido de Bostejo y de esa calle en particular, cuando esperaba que aquella joven dejara más de lo que podía dejar y se fuera con él, hacia una vida llena de incomodidades y estrecheces, pero también, él estaba seguro, de amor sincero, de protección y de la más cálida compañía. Pero cuando el momento llegó, la joven no estaba lista para irse con él, no porque no quisiera o porque le asustaran las precariedades de una vida más modesta, sino que porque sabía que aquello significaba contradecir tan duramente a su padre, que este, con seguridad, sería capaz de negarla como hija para siempre. Aquel era un hombre severo que desde que enviudó, se había vuelto cada vez más hosco, con una desagradable tendencia a quejarse de todo, de lo que era y de lo que no era y a acumular frustraciones que, de las maneras más inverosímiles, podía responsabilizar a cualquiera, hombre, animal o cosa, menos a sí mismo, pero que sin duda, se había empeñado toda su vida en que su única hija recibiera lo mejor, aunque con la intención, mucho más personal, de encontrarle un buen marido en alguna familia importante, de buen apellido y dentro de lo posible, adinerada. Aceptar que se casara simplemente por amor con un hombre pobre sin siquiera un oficio respetable, era ver fracasar el último proyecto importante de su vida, era ver todo su trabajo y esfuerzo por formar a su hija como una señorita bien educada, en manos de un muerto de hambre que seguramente la forzaría a partirse la espalda para mantener el hogar en pie. Sin embargo, también falló en su último propósito, la enfermedad le quitó la fuerza y la obstinación y lo obligó a aceptar a regañadientes que su hija, además de pasarse el tiempo cuidando de él, terminara arrendando a comunes y ordinarios desconocidos, las habitaciones de la casona para conseguir dinero. Allí estaba parado Jonás, el titiritero, frente a la casona. La muerte de su esposa había despertado en él la intención de regresar a Bostejo, de darse la oportunidad de encontrarse con aquella mujer a la que nunca había olvidado, porque es difícil terminar con algo que no se ha terminado, que ha sido interrumpido, que se queda suspendido en el tiempo, inmutable a pesar de los años, irremplazable a pesar de los intentos, persistente como una duda. Así lo había percibido él todos estos años, pero al encontrarse frente a la casa de la señora Alicia, se convencía de que ella lo vería como un demente, que de manera incomprensible, regresaba a su casa después de una pila de años, con ilusiones de una juventud remota y con seguridad olvidada. Jonás se acomodó sus diminutos lentes y se subió el cuello de la chaqueta para comenzar a andar, pero se detuvo al encontrarse de frente con Ulises que regresaba a casa, ambos se conocían aunque no eran amigos, como quien conoce de alguien su nombre y qué hace y poco más. Ulises, al verlo parado ahí varios segundos, le preguntó amable si buscaba a alguien y si lo podía ayudar, “No. Hace muchos años viví aquí cerca… de joven, y sólo ando recordando viejos tiempos” respondió Jonás como excusándose, el viejo Ulises sólo asintió, tampoco es que tuviera algo que agregar. El titiritero se despidió y sin apuro siguió su camino.

La ida a la iglesia el domingo por la mañana, salvo para Ulises, que siempre tenía algo mejor que hacer, era ineludible para todos en casa de la señora Alicia, y por supuesto, la ocasión demandaba usar los mejores atuendos. Para Miguelito, el estrecho y urticante traje formal que lo obligaban a usar, era tan incómodo, como los zapatos para un perro; la corbata lo confinaba como una jaula, no importa cuántas veces se la acomodara Bernarda y el peinado impecable que esta le hacía, era de lo más improductivo, pues era imposible que su pelo se acostumbrara a él y su madre se lo debía repasar constantemente. Al pequeño Alonso por su parte, flemático de principio a fin, todo le daba igual y nada podía perturbarlo, ni siquiera la chaqueta y los zapatos que aún le quedaban grandes, ni las enormes cantidades de perfume que Edelmira le echaba encima. De la casa, todas salían con las cabezas decorosamente cubiertas con velos, menos Estela que aún no tenía edad suficiente y debía esperar a que le sujetaran el cabello con cintas, lo que resaltaba en ella una encantadora e inocente belleza. En el templo, algunos de los numerosos feligreses usaban ese momento y lugar para averiguar las últimas novedades de sus parientes lejanos y amigos, otros para dejar en claro y bien establecidas sus rígidas posturas morales frente a aquella parte de la comunidad que consideraban menos virtuosa y por lo mismo más alejada de Dios y juzgar a quienes se les pasara por enfrente. Luego de la ceremonia, hacían un pequeño y tradicional paseo, pero muy pequeño, porque Miguelito, al borde de sus capacidades de resistencia, empezaba con mucha antelación y con sutiles movimientos a liberarse de su aprehensión para, apenas dar por terminada la misa, buscar las formas más ingeniosas e inesperadas de arruinar su única ropa de domingo, lo que ya se había transformado en un temor anticipado que obligaba al grupo a contener al muchacho lo más posible, para retrasar su urgencia  por volver a su estado natural de rapaz travieso.

El viaje al hospital psiquiátrico, lo harían al día siguiente, ya estaba decidido. Diana se había unido al grupo a la salida de la iglesia y le aseguraba a la señora Alicia que no habría ningún problema, pues tanto Estela como Alberto, eran chicos que sabían muy bien cómo comportarse. Junto a ellos, Edelmira, traviesa como una adolecente a la salida del colegio, tomaba del brazo de Bernarda para que le contara todos los detalles de la cena que había tenido con Octavio, detalles en los que Aurora también estaba interesada y que su madre, sólo soltaba con cuentagotas y de manera muy superficial. En su negocio, Octavio ya recibía a sus habituales clientes, que eran especialmente abundantes los fines de semana. Diógenes era el primero en llegar, no importa el día o las condiciones climáticas, desde los años en que el negocio era llevado aun por el padre de Octavio, el viejo ya gastaba parte de su tiempo y dinero allí, todos los días como una tradición indefectible y hasta se podía decir que casi en el mismo taburete junto a la barra. Allí estaba, a punto de darle el primer sorbo a su café, cuando vio a Bernarda entrar al negocio arrastrada del brazo por Edelmira, quien sonreía con su soltura y confianza de siempre, tras ellas, la señora Alicia y Aurora hacían lo mismo pero con cierta duda, como quien de pronto se ve participe de una situación para la que no se está preparado. Sólo Estela había dejado el grupo junto con Diana para afinar los últimos detalles de su viaje con Alberto. Diógenes comenzó con nerviosismo mal disimulado, a dar de palmazos sobre el mesón para llamar la atención del camarero, quien estaba de espaldas ocupado en sus fritangas, pero este siguió su trabajo sin inmutarse hasta que sintió una voz femenina que lo saludaba. Cuando se dio la vuelta, Edelmira ya había dejado a Bernarda parada ahí sola con la cara del niño que, luego de hacer una travesura con sus amigos, es el único que no alcanza a huir, pero Bernarda resolvió con toda naturalidad, “¿Cómo está Octavio? ¿Necesita ayuda?” y sin esperar a que Octavio saliera de su asombro, comenzó a repartir las ordenes como si siempre lo hubiese hecho. El gordo camarero estaba encantado, mientras a su lado, Diógenes encendía un cigarro y hablaba solo sobre el insondable poder del encanto femenino, y como se habían desatado guerras y perdido reinos completos, por una bonita sonrisa y un par de caderas. Sonreía y meneaba la cabeza recordando como él mismo, de joven, había recorrido veinte kilómetros de monte solo, de noche y bajo la lluvia, para hacerle una visita a una chiquilla buenamoza cuyos encantos se le habían metido en la cabeza rápido y profundo como un balazo. Alamiro lo sorprendió en ese momento y le dio una palmada en la espalda “Presenta al amigo…” le dijo con sarcasmo y se sentó a su lado para tomar un café. Diógenes no respondió palabra, más bien empezó a hacer discretas indicaciones con la boca hecha trompa, para que el recién llegado notara la presencia de Bernarda que en ese momento limpiaba una mesa que acababa de desocuparse, Alamiro abrió tremendos ojos y luego adoptó una actitud forzadamente formal, como si nada pudiera llamarle la atención, acomodándose su eterna chaqueta de cuero y restregándose la cara para comprobar su impecable afeitado. Cuando las mujeres se retiraron, Octavio se negó a cobrarles, por supuesto, respondiendo con galantería torpe y fuera de práctica, que estaba encantado de la visita y que la sola presencia de Bernarda en su negocio y su ayuda, eran pago más que suficiente para él, lo que incomodó un poco a la señora Alicia pero fascinó a Edelmira, quien aceptó el regalo por todas, en el acto y sin dudarlo y encima prometió futuras visitas, para ella, aceptar los halagos de un hombre, era un derecho y privilegio natural de la mujer que no se debía reprimir, pues esta nunca debía sentirse obligada a retribuirlos, si no quería, pero sí a aceptarlos, pues todo ello era parte de un proceso natural creado por Dios, que hasta los pájaros imitaban.


Una vez en casa, Bernarda se llevó a su hijo para desembarazarlo por fin de sus incómodos atuendos y Aurora a alimentar a su hija. La señora Alicia encontró sobre la mesa de la cocina un Cristo de madera con un brazo nuevo atado al cuerpo con huinchas elásticas, Ulises estaba a punto de llevárselo de vuelta al cura luego de haberlo reparado. Antes de irse, comentó que la noche anterior había encontrado a Jonás, el titiritero, parado fuera de la casa, lo que provocó un repentino ahogo de la señora Alicia con el agua que acababa de llevarse a la boca, Edelmira esbozó una sonrisa, pero no dijo nada, solo se quedó expectante, mordiéndose una uña, el viejo continuó sin relacionar la reacción de la señora Alicia con su comentario, “…dijo que de joven, había vivido por acá cerca. Usted debe recordarlo seguramente” La señora Alicia devolvió su agua al lavabo sin beberla, “Sí, es posible… ¿Qué más le dijo?” Edelmira sólo movía los ojos de uno al otro, como si estuviera viento un lento pero interesante partido de tenis, Ulises cogió su escultura, “Nada. Que andaba recordando viejos tiempos… o algo así. Me pareció extraño, pero pensé que tal vez fuera un viejo amigo suyo…” Luego de eso, el viejo se fue. La señora Alicia tomó asiento y Edelmira se sentó en frente. Sus enormes ojos eran tan astutos como inquisidores. “¿Es quien creo que es, verdad?” La señora Alicia sintió un leve arrepentimiento por haberle hablado alguna vez sobre los problemas que tuvo con su padre por haberse hecho amiga de un artista callejero, “¿…verdad?” insistió Edelmira. La señora Alicia asintió resignada y Edelmira soltó un grito, emocionada, que incluso hizo dar un respingo al inmutable Alonsito, que concentrado e indiferente, analizaba el comportamiento de una colonia de hormigas que transitaba por un rincón de la habitación. Edelmira se puso de pie dando saltitos para preparar café, “Me lo vas a contar todo, hasta el último detalle” mientras la señora Alicia se peinaba una ceja, atrapada como un ratón arrinconado por un gato, y sabía que Edelmira era una excelente cazadora que no la dejaría escapar.

León Faras. 

miércoles, 14 de junio de 2017

La Hacedora de vida.

4.

En una sociedad donde la potencia productiva era principalmente mecánica, la jornada laboral era de largas cuatro horas de, por lo general, tedioso trabajo rutinario. El trabajo de Nora consistía en cumplir turnos sentada sin hacer nada más que respirar y mirar un grupo de monitores supervisando el funcionamiento de una fábrica de agua, con la mano lista sobre un botón que en dos años nunca había presionado y ni siquiera sabía qué podía suceder si lo hacía. Al llegar a su departamento, Nora encontró a Olsen parado nuevamente junto a su puerta, el tipo que le había exigido que le diera vida al cadáver de su hijo, a la chica se le revolvió el estómago de sólo verlo ahí, estaba segura de que venía a reprocharle que lo que había conseguido, no era lo que esperaba, pero muy por el contrario, Olsen venía a dejarle en claro que no había olvidado la deuda que tenía con ella y que estaba dispuesto a pagarle como fuera, Nora le aclaró que no necesitaba nada, pero el hombre insistió con una expresión muy grave “Tal vez por ahora no, pero en algún momento, cuando necesites algo, no dudes en llamarme, no importa la hora, sólo llámame. Haré lo que sea.” Luego le dio una tarjeta y se fue. La muchacha se quedó varios segundos estática en el pasillo digiriendo lo que acababa de suceder, dudosa, como si más que un gesto de gratitud, aquello hubiese sido una amenaza de venganza. De todas maneras se guardó la tarjeta en el bolsillo y entró a su departamento. El ruido de la televisión era constante desde que Boris estaba sentado en el sillón, por la noche, cuando la muchacha iba a apagarla para irse a dormir, el robot la miraba con su rostro inexpresivo que a Nora se le antojaba de tal desamparo, que resignada, se la dejaba encendida, pero con el volumen al mínimo, como si se tratara de un niño pequeño que le ruega a su madre que le permita terminar su programa favorito. “Que tal la televisión, ¿Has aprendido algo nuevo?” la muchacha, luego de un par de días, ya comenzaba a tratar a Boris con cierta familiaridad, como a una especie de mascota metálica de doscientos kilos, sin embargo dio un respingo cuando una voz femenina le respondió desde la cocina “Lo mismo de siempre, pero al menos tu amigo ha sido muy simpático…” era Dixi, su hermana. Menor por un año que Nora y ciega de nacimiento, había llegado hace un par de horas, “…pensé que irías a buscarme, pero me alegro de que no lo hicieras, ya sabes que odio cuando te pones sobre protectora como mamá…” dijo, caminando con soltura por el departamento, y llevando en las manos dos pocillos con crujientes hojuelas de colores artificiales, uno para ella y el otro para Boris, “Aquí tienes” dijo con una sonrisa, dejándoselo al robot en una mesita junto al sillón, este miró a la muchacha, luego las hojuelas y luego otra vez a la muchacha, “Gracias, eres muy amable” respondió el robot con una educación que sorprendió a Nora casi tanto como el hecho de que su hermana le ofreciera hojuelas a un robot, sin embargo, Dixi estaba encantada “De nada…” entonces, se quedó parada como rastreando su ubicación dentro del departamento, luego volvió a sonreír triunfante, “…ya lo tengo” y se dirigió a una silla a comer sus hojuelas. Dixi recibía toda la información de su entorno a través de unos audífonos que le indicaban por medio de sonidos la dirección y la distancia de las cosas, pero también su textura y tamaño, las cosas sólidas como una pared, sonaban limpias como una campana, mientras que las blandas, como una cortina, tenían un sonido distorsionado, por su parte, una cosa pequeña sonaba aguda y mientras más grande, más grave. Las mezclas de los sonidos y sus sutiles combinaciones hacían que una usuaria experimentada como Dixi pudiera diferenciar fácilmente una taza llena de otra vacía, o un manojo de llaves de un bolígrafo. Nora se sentó a su lado “¿Por qué no me avisaste que venías?” Dixi detuvo la hojuela que se iba a comer a dos centímetros de su boca “Lo hice, usé un robot mensajero. ¿No te lo dio? Tiene que haberle sucedido algo muy grave a ese pobre, para que no te diera el mensaje, ¿no crees?” Nora miró a Boris con una ceja levantada, que en ese momento sólo tenía ojos y oídos para la televisión, “Sí, seguro fue atacado por vándalos bromistas y terminó electrocutado” Dixi rió tan repentinamente, que debió taparse la boca, “Qué tonterías dices” “No. Es que eso le sucedió realmente al mensajero y por eso es que ahora está aquí” “¿Aquí? ¿Ahora?” Dixi nunca había tenido problemas para diferenciar entre un robot y un ser humano sólo con escucharlos hablar, y no tenía que ver con el sonido mismo de voz, sino con la cadencia, mientras que una máquina hablaba todo en un mismo tono, de corrido y con una pronunciación tan impecable como neutra, el humano hacía pausas, remarcaba ciertas palabras, pronunciaba mal otras, respiraba entre medio, se equivocaba o se tomaba un tiempo en encontrar las palabras más adecuadas, incluso dotaba el habla de cierta musicalidad a veces. Por todo esto fue que Dixi no creyó cuando su hermana le dijo que Boris era un robot, le pareció una burla a su inteligencia y a su exquisito sentido del oído y no lo hizo, hasta que Nora la convenció de que lo tocara con sus propias manos, dándole de golpecitos con los nudillos en la cabeza de Boris que sonaban metálicos como una cacerola, “Qué preciosas manos, lástima que su suavidad y calor me sean tan inalcanzables…” Dixi retiró las manos como si de repente se las hubiese quemado, “¡Por Dios! hay un hombre ahí dentro” mientras Nora miraba al robot con ojos desmesurados “¡Qué diablos has estado viendo en la televisión!”

Nora le contó a su hermana todo lo sucedido con Boris. La broma de Yen Zardo y Reni Rochi y sus desastrosas consecuencias, las irrepetibles excusas que debió inventar para que le fueran a reemplazar su panel eléctrico, pues la chica se negó de plano al ofrecimiento de los muchachos de conseguir uno y cambiárselo ellos mismos, la agobiante, para ella, estadía del robot en su retrete, la visita de Rudy y su tajante veredicto y por supuesto, la vida que ella le había injerido como último recurso torpe y desesperado. Dixi sabía muy bien del extraño don de su hermana, de niñas, pasaban mucho tiempo juntas, sobre todo cuando salían y andaban por todas partes tomadas del brazo, ella disfrutaba igualmente cuando Nora dotaba de vida alguna muñeca exhibida en un escaparate de alguna tienda y luego le susurraba al oído las reacciones de las personas que pasaban por ahí y veían al juguete moverse por sí solo, esto, mientras ambas disfrutaban de un helado sentadas inocentemente en un lugar cercano. También recordaba cuando su hermana dotó de vida sus muñecos favoritos, el de Dixi era un gorila blanco de gesto malhumorado, todo era genial al principio, hasta que el muñeco comenzó a perderse con demasiada frecuencia y terminó en la basura, luego de que su madre lo encontrara en la calle arrollado por una motocicleta, aun con vida, pero con parte de su relleno colgando fuera y sus miembros medio descosidos, lo que le daba una apariencia realmente espeluznante, como de muerto viviente. De ese episodio, sólo Nora se enteró, pero no se lo dijeron a su hermana hasta mucho tiempo después, aunque le sirvió a ella para tener más cuidado con lo que hacía con su don, pues le resultó bastante chocante ver al pobre gorila destripado en manos de su madre, mientras esta la regañaba y por supuesto, para tener un cuidado especial con su gato de tela, su muñeco favorito. Sin embargo, el caso de Boris era completamente diferente, y ninguna de las dos tenía la más remota idea de hasta dónde podían llegar los progresos de un robot vivo. “¿Y si se vuelve malvado?” sugirió Dixi de vuelta en su silla, “Pues no podrá hacer mucho, si sólo puede mover la cabeza” respondió Nora, la cual no había notado que Boris, buscando imitar a los seres que constantemente veía en la televisión, ya estaba enfocando toda su voluntad en mover el resto de su cuerpo, y poco a poco y de manera muy tímida, los dedos de su mano derecha ya le estaban respondiendo.



León Faras.

martes, 6 de junio de 2017

Del otro lado.

XXVIII. Tierra y mar.

La precaria vivienda donde vivió y murió Julieta, hacía ya bastante tiempo que no existía, el terreno había sido vendido, la casa echada abajo y una nueva se había edificado en el lugar. Cuándo ella murió y sus ojos nacieron, Julieta se quedó allí por algún tiempo, acompañando a sus padres y hermanos. El mundo se había abierto ante sus ojos y podía pasar horas solo observando, desde los objetos más cotidianos, hasta el rostro de sus familiares, que nunca había podido siquiera llegar a imaginar correctamente, además de su infinidad de expresiones y contrastes, sin embargo, lo que más llegó a disfrutar, fue irse a sentar al columpio que colgaba del árbol en casa de su vecino, un objeto incongruente en la casa de un viejo viudo cascarrabias que vivía solo. A Julieta le encantaba el apellido de su vecino y por eso jamás lo olvidó, era el señor Laprosa. Germán Laprosa rara vez salía de su propiedad, nunca recibía visitas, al menos no de familiares y no mostraba el menor interés por socializar con nadie, ese era el concepto general que se tenía de él y por todo ello es que resultaba tan curioso que tuviera un columpio en su patio, Julieta, en su calidad de fantasma, se sentaba en él largo rato solo a contemplar el mundo, el cielo, las aves; las texturas, los colores, los brillos y a entablar lazos con sus percepciones pasadas, saber cómo se veían aquellas cosas que antes sólo podía tocar u oír, todo era nuevo y fascinante, pero con el tiempo, comenzó también a observar al señor Laprosa, el motivo fue ver por casualidad un objeto imposible de concebir en la casa de alguien como su vecino: Una muy bonita muñeca de trapo, sentada en una mecedora en la sala principal de la pequeña casa, eso llamó mucho su atención y despertó la curiosidad necesaria para comenzar a frecuentar el lugar, pero de forma discreta, aunque era un espíritu, su naturaleza no encajaba bien con la idea de espiar o de invadir, sino más bien de acompañar y conocer. Así pudo ver algunas fotos repartidas por la casa, unos antiguos retratos de un joven señor Laprosa junto a su mujer y un hijo y otra mucho más moderna donde el hombre, ya mayor, aparecía contento, con ropa de verano, tomando la mano de una niña pequeña de unos tres o cuatro años. Julieta, mientras estuvo viva, nunca se enteró de la existencia de esa niña en la vida de su vecino y si sus familiares lo supieron, no se lo comentaron, tampoco logró desentrañar la historia, pero sí percibir que esa pequeña había significado mucho en la vida del viejo y que por alguna razón la había perdido. Pocos meses antes de morir, el señor Laprosa cavó un hoyo bajo el columpio y sepultó allí todos los recuerdos de esa niña, incluyendo el retrato y la muñeca además de una caja metálica llena de dinero de su pensión que Julieta pudo ver, todo cuidadosamente sellado en bolsas plásticas, con la clara esperanza de que se conservaran, como esperando que esa niña regresara. De lo que sucedió, muy pocos se enteraron, pero nadie por boca del señor Laprosa. Él tenía un hijo, del cual hacía mucho tiempo que no tenía noticias, un día llegó este a su casa con la niña, hablando de una relación muy deteriorada con su mujer de la cual había debido separar a la pequeña por el bien de la misma niña, el viejo, por supuesto, le dio todo el apoyo a su hijo y su nieta, con la que se encariñó rápido y fácil como con algo que, íntimamente se espera y se desea por bastante tiempo. Casi un año duró la farsa, sólo porque el hijo del señor Laprosa no hablaba con nadie de su padre y cuando lo hacía, daba pistas falsas al respecto y la madre de la niña, junto con las autoridades, tardaron todo ese tiempo en dar con ellos. La niña no era nieta suya, su hijo había tenido una corta relación con esa mujer, pero suficiente para obsesionarse con ella al punto de convencerse de que la niña debía ser su hija y de que su ex mujer seguro le mentía cuando se lo negaba. Al momento de llegar las autoridades a su casa con pruebas en mano de que nada de lo que su hijo le había dicho era cierto, el señor Laprosa no dudó ni un momento en entregarlo, avergonzado, como un viejo samurái que ve manchado el honor de su familia, pidió perdón a la madre, asegurándole que no movería un dedo en favor de su hijo, que de haber sabido la verdad, nunca lo hubiese permitido y que todo ese tiempo había tratado a la niña como a una nieta, por lo que nada malo le había sucedido. Ni la madre ni las autoridades pusieron en duda el testimonio del señor Laprosa, tanto su actuar, recto y consecuente, como el posterior testimonio de la niña, dejaron en claro que no mentía. La madre, debido al fuerte vínculo que habían formado, le aseguró al señor Laprosa que le llevaría a la niña de visita algún día, pero eso nunca sucedió. Esa fue la principal causa de que el señor Laprosa, siendo una buena persona, rehuyera el resto de su vida de volver a encariñarse con alguien, sin embargo, no evitó que separara parte del dinero de su pensión para la niña, en principio para hacerle algún obsequio, pero con el pasar de los años, para regalárselo en caso de que la muchacha regresara algún día ya mayor, después de todo, ya estaba seguro de que esa niña había sido lo más cercano que tendría nunca a una nieta.

Allí fue donde Julieta llevó a Gastón Huerta para que le ayudara, debajo del columpio, que aun existía, también la casa, aunque ambos en muy mal estado. La muchacha había estado desde hace algún tiempo, acariciando la idea de darles ese dinero a Lucas y su familia, pues ellos lo necesitaban y estaba claro que la niña, a quien el señor Laprosa se lo había dejado, y a quien esperó hasta el día de su muerte, jamás regresaría. El problema de Julieta era que ella, era un espíritu muy reciente, y por lo tanto, tenía bastantes dificultades para manejar realmente, cosas materiales, pero Gastón era un materializado, que podía interactuar con la realidad sin problemas. Huerta cavó el agujero hasta dar con las bolsas plásticas, mientras Julieta explicaba sus razones al señor Laprosa mirando al cielo, hasta que apareció la caja metálica, entonces ambos se quedaron expectantes, como esperando a que el dueño de casa diera su permiso o lo negara. Nada sucedió y tomaron eso como un “Sí” tomaron la caja y dejaron el resto como estaba, al abrirla vieron que adentro estaba llena de dinero y un trozo de papel que decía escuetamente “Para Amanda” ya sabían el nombre de la niña. Gastón se puso la caja bajo el brazo y se fue con Julieta a casa de Lucas.


Joel dejó la bicicleta apoyada en el muro de piedra junto a la costanera y empezó a caminar. La dejó abandonada sin ningún seguro ni nada, de hecho, confiaba en que tarde o temprano alguien se apropiara de ella. La bicicleta no era de él y no la necesitaría en un buen tiempo a donde iba. Mucha gente se podía ver en la playa aunque pocos se bañaban. El hombre caminó entre la gente sin llamar la atención, cruzó la caleta de pescadores, donde los botes, todos bautizados con llamativos nombres, descansaban sobre la arena como una colonia de enormes y coloridos mamíferos marinos y luego el pequeño mercado donde la gente llegaba en buen número a comprar los pescados y mariscos del día. Nadie se fijó en él. Joel siguió caminando con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos hasta donde las rocas le quitaban todo el espacio a la arena y tomaban posesión del mar, allí volvió a la costanera, un sector particularmente peligroso cuando el mar estaba crispado y su oleaje se volvía intimidante, al fondo se veía el muelle, donde los numerosos aficionados a la pesca probaban suerte con sus cañas, Joel llegó hasta allí, pero él no llevaba caña, en realidad, no llevaba nada. Buscó un lugar desocupado, se paró en la orilla y se lanzó al mar. Algunos vieron el agua saltar, pero nadie recordó haber visto su cuerpo entrar al agua. Se sumergió hasta llegar al fondo, a pesar de que la luz del sol a esa hora era fuerte, el agua era turbia y la visibilidad no era buena, abajo, el oleaje aminoraba y el vaivén del agua desaparecía por completo. Algunos peces nadaban cerca de él, sabía bien que los peces pequeños no lo verían como una amenaza ni los grandes como alimento. Un carro de supermercado brillaba a corta distancia, aquello era de lo menos extraño que se podía uno encontrar en el fondo del mar. Joel comenzó a nadar, a internarse en el océano, era un mundo vasto en el que podían encontrarse parajes hermosos, surrealistas e increíbles, aunque en su inmensa mayoría, el mar ofrecía un ambiente silencioso, frío y oscuro, pero principalmente desolador, poderosamente vetado para los sentidos humanos, incluso los de un espíritu materializado como él, sin embargo, era un lugar ideal para apartarse de la civilización y su gente, de los vivos y de los muertos. No se sentía orgulloso de haber matado a esa chica en el autobús, era la primera persona que mataba y aun luchaba contra la resaca de esa experiencia, aquella mujer había sido una víctima circunstancial, pues, como había sido ella, podría haber sido cualquier otra, Joel sólo vio la oportunidad y la tomó, debía hacerlo, era una obligación que no podía eludir ni dilatar demasiado. Le dijeron que sería fácil y rápido, pero nunca se lo creyó. Lo único fácil, fue que Laura era una completa desconocida para él y lo único rápido, fue que se encontró con un arma de fuego para liquidarla. Nunca supo por qué lo hizo, nunca se lo dijeron, solo le dijeron que debía matar a alguien, pues alguien que muriera por otros motivos, no servía y que luego debía vaciar el contenido de la pequeña botella que le habían dado en la boca de la víctima, eso era todo, conocer más detalles sólo hubiese hecho más difícil su trabajo, o mejor dicho, su deber, pues tampoco a él le habían dado a elegir.


León Faras.