miércoles, 14 de junio de 2017

La Hacedora de vida.

4.

En una sociedad donde la potencia productiva era principalmente mecánica, la jornada laboral era de largas cuatro horas de, por lo general, tedioso trabajo rutinario. El trabajo de Nora consistía en cumplir turnos sentada sin hacer nada más que respirar y mirar un grupo de monitores supervisando el funcionamiento de una fábrica de agua, con la mano lista sobre un botón que en dos años nunca había presionado y ni siquiera sabía qué podía suceder si lo hacía. Al llegar a su departamento, Nora encontró a Olsen parado nuevamente junto a su puerta, el tipo que le había exigido que le diera vida al cadáver de su hijo, a la chica se le revolvió el estómago de sólo verlo ahí, estaba segura de que venía a reprocharle que lo que había conseguido, no era lo que esperaba, pero muy por el contrario, Olsen venía a dejarle en claro que no había olvidado la deuda que tenía con ella y que estaba dispuesto a pagarle como fuera, Nora le aclaró que no necesitaba nada, pero el hombre insistió con una expresión muy grave “Tal vez por ahora no, pero en algún momento, cuando necesites algo, no dudes en llamarme, no importa la hora, sólo llámame. Haré lo que sea.” Luego le dio una tarjeta y se fue. La muchacha se quedó varios segundos estática en el pasillo digiriendo lo que acababa de suceder, dudosa, como si más que un gesto de gratitud, aquello hubiese sido una amenaza de venganza. De todas maneras se guardó la tarjeta en el bolsillo y entró a su departamento. El ruido de la televisión era constante desde que Boris estaba sentado en el sillón, por la noche, cuando la muchacha iba a apagarla para irse a dormir, el robot la miraba con su rostro inexpresivo que a Nora se le antojaba de tal desamparo, que resignada, se la dejaba encendida, pero con el volumen al mínimo, como si se tratara de un niño pequeño que le ruega a su madre que le permita terminar su programa favorito. “Que tal la televisión, ¿Has aprendido algo nuevo?” la muchacha, luego de un par de días, ya comenzaba a tratar a Boris con cierta familiaridad, como a una especie de mascota metálica de doscientos kilos, sin embargo dio un respingo cuando una voz femenina le respondió desde la cocina “Lo mismo de siempre, pero al menos tu amigo ha sido muy simpático…” era Dixi, su hermana. Menor por un año que Nora y ciega de nacimiento, había llegado hace un par de horas, “…pensé que irías a buscarme, pero me alegro de que no lo hicieras, ya sabes que odio cuando te pones sobre protectora como mamá…” dijo, caminando con soltura por el departamento, y llevando en las manos dos pocillos con crujientes hojuelas de colores artificiales, uno para ella y el otro para Boris, “Aquí tienes” dijo con una sonrisa, dejándoselo al robot en una mesita junto al sillón, este miró a la muchacha, luego las hojuelas y luego otra vez a la muchacha, “Gracias, eres muy amable” respondió el robot con una educación que sorprendió a Nora casi tanto como el hecho de que su hermana le ofreciera hojuelas a un robot, sin embargo, Dixi estaba encantada “De nada…” entonces, se quedó parada como rastreando su ubicación dentro del departamento, luego volvió a sonreír triunfante, “…ya lo tengo” y se dirigió a una silla a comer sus hojuelas. Dixi recibía toda la información de su entorno a través de unos audífonos que le indicaban por medio de sonidos la dirección y la distancia de las cosas, pero también su textura y tamaño, las cosas sólidas como una pared, sonaban limpias como una campana, mientras que las blandas, como una cortina, tenían un sonido distorsionado, por su parte, una cosa pequeña sonaba aguda y mientras más grande, más grave. Las mezclas de los sonidos y sus sutiles combinaciones hacían que una usuaria experimentada como Dixi pudiera diferenciar fácilmente una taza llena de otra vacía, o un manojo de llaves de un bolígrafo. Nora se sentó a su lado “¿Por qué no me avisaste que venías?” Dixi detuvo la hojuela que se iba a comer a dos centímetros de su boca “Lo hice, usé un robot mensajero. ¿No te lo dio? Tiene que haberle sucedido algo muy grave a ese pobre, para que no te diera el mensaje, ¿no crees?” Nora miró a Boris con una ceja levantada, que en ese momento sólo tenía ojos y oídos para la televisión, “Sí, seguro fue atacado por vándalos bromistas y terminó electrocutado” Dixi rió tan repentinamente, que debió taparse la boca, “Qué tonterías dices” “No. Es que eso le sucedió realmente al mensajero y por eso es que ahora está aquí” “¿Aquí? ¿Ahora?” Dixi nunca había tenido problemas para diferenciar entre un robot y un ser humano sólo con escucharlos hablar, y no tenía que ver con el sonido mismo de voz, sino con la cadencia, mientras que una máquina hablaba todo en un mismo tono, de corrido y con una pronunciación tan impecable como neutra, el humano hacía pausas, remarcaba ciertas palabras, pronunciaba mal otras, respiraba entre medio, se equivocaba o se tomaba un tiempo en encontrar las palabras más adecuadas, incluso dotaba el habla de cierta musicalidad a veces. Por todo esto fue que Dixi no creyó cuando su hermana le dijo que Boris era un robot, le pareció una burla a su inteligencia y a su exquisito sentido del oído y no lo hizo, hasta que Nora la convenció de que lo tocara con sus propias manos, dándole de golpecitos con los nudillos en la cabeza de Boris que sonaban metálicos como una cacerola, “Qué preciosas manos, lástima que su suavidad y calor me sean tan inalcanzables…” Dixi retiró las manos como si de repente se las hubiese quemado, “¡Por Dios! hay un hombre ahí dentro” mientras Nora miraba al robot con ojos desmesurados “¡Qué diablos has estado viendo en la televisión!”

Nora le contó a su hermana todo lo sucedido con Boris. La broma de Yen Zardo y Reni Rochi y sus desastrosas consecuencias, las irrepetibles excusas que debió inventar para que le fueran a reemplazar su panel eléctrico, pues la chica se negó de plano al ofrecimiento de los muchachos de conseguir uno y cambiárselo ellos mismos, la agobiante, para ella, estadía del robot en su retrete, la visita de Rudy y su tajante veredicto y por supuesto, la vida que ella le había injerido como último recurso torpe y desesperado. Dixi sabía muy bien del extraño don de su hermana, de niñas, pasaban mucho tiempo juntas, sobre todo cuando salían y andaban por todas partes tomadas del brazo, ella disfrutaba igualmente cuando Nora dotaba de vida alguna muñeca exhibida en un escaparate de alguna tienda y luego le susurraba al oído las reacciones de las personas que pasaban por ahí y veían al juguete moverse por sí solo, esto, mientras ambas disfrutaban de un helado sentadas inocentemente en un lugar cercano. También recordaba cuando su hermana dotó de vida sus muñecos favoritos, el de Dixi era un gorila blanco de gesto malhumorado, todo era genial al principio, hasta que el muñeco comenzó a perderse con demasiada frecuencia y terminó en la basura, luego de que su madre lo encontrara en la calle arrollado por una motocicleta, aun con vida, pero con parte de su relleno colgando fuera y sus miembros medio descosidos, lo que le daba una apariencia realmente espeluznante, como de muerto viviente. De ese episodio, sólo Nora se enteró, pero no se lo dijeron a su hermana hasta mucho tiempo después, aunque le sirvió a ella para tener más cuidado con lo que hacía con su don, pues le resultó bastante chocante ver al pobre gorila destripado en manos de su madre, mientras esta la regañaba y por supuesto, para tener un cuidado especial con su gato de tela, su muñeco favorito. Sin embargo, el caso de Boris era completamente diferente, y ninguna de las dos tenía la más remota idea de hasta dónde podían llegar los progresos de un robot vivo. “¿Y si se vuelve malvado?” sugirió Dixi de vuelta en su silla, “Pues no podrá hacer mucho, si sólo puede mover la cabeza” respondió Nora, la cual no había notado que Boris, buscando imitar a los seres que constantemente veía en la televisión, ya estaba enfocando toda su voluntad en mover el resto de su cuerpo, y poco a poco y de manera muy tímida, los dedos de su mano derecha ya le estaban respondiendo.



León Faras.

martes, 6 de junio de 2017

Del otro lado.

XXVIII. Tierra y mar.

La precaria vivienda donde vivió y murió Julieta, hacía ya bastante tiempo que no existía, el terreno había sido vendido, la casa echada abajo y una nueva se había edificado en el lugar. Cuándo ella murió y sus ojos nacieron, Julieta se quedó allí por algún tiempo, acompañando a sus padres y hermanos. El mundo se había abierto ante sus ojos y podía pasar horas solo observando, desde los objetos más cotidianos, hasta el rostro de sus familiares, que nunca había podido siquiera llegar a imaginar correctamente, además de su infinidad de expresiones y contrastes, sin embargo, lo que más llegó a disfrutar, fue irse a sentar al columpio que colgaba del árbol en casa de su vecino, un objeto incongruente en la casa de un viejo viudo cascarrabias que vivía solo. A Julieta le encantaba el apellido de su vecino y por eso jamás lo olvidó, era el señor Laprosa. Germán Laprosa rara vez salía de su propiedad, nunca recibía visitas, al menos no de familiares y no mostraba el menor interés por socializar con nadie, ese era el concepto general que se tenía de él y por todo ello es que resultaba tan curioso que tuviera un columpio en su patio, Julieta, en su calidad de fantasma, se sentaba en él largo rato solo a contemplar el mundo, el cielo, las aves; las texturas, los colores, los brillos y a entablar lazos con sus percepciones pasadas, saber cómo se veían aquellas cosas que antes sólo podía tocar u oír, todo era nuevo y fascinante, pero con el tiempo, comenzó también a observar al señor Laprosa, el motivo fue ver por casualidad un objeto imposible de concebir en la casa de alguien como su vecino: Una muy bonita muñeca de trapo, sentada en una mecedora en la sala principal de la pequeña casa, eso llamó mucho su atención y despertó la curiosidad necesaria para comenzar a frecuentar el lugar, pero de forma discreta, aunque era un espíritu, su naturaleza no encajaba bien con la idea de espiar o de invadir, sino más bien de acompañar y conocer. Así pudo ver algunas fotos repartidas por la casa, unos antiguos retratos de un joven señor Laprosa junto a su mujer y un hijo y otra mucho más moderna donde el hombre, ya mayor, aparecía contento, con ropa de verano, tomando la mano de una niña pequeña de unos tres o cuatro años. Julieta, mientras estuvo viva, nunca se enteró de la existencia de esa niña en la vida de su vecino y si sus familiares lo supieron, no se lo comentaron, tampoco logró desentrañar la historia, pero sí percibir que esa pequeña había significado mucho en la vida del viejo y que por alguna razón la había perdido. Pocos meses antes de morir, el señor Laprosa cavó un hoyo bajo el columpio y sepultó allí todos los recuerdos de esa niña, incluyendo el retrato y la muñeca además de una caja metálica llena de dinero de su pensión que Julieta pudo ver, todo cuidadosamente sellado en bolsas plásticas, con la clara esperanza de que se conservaran, como esperando que esa niña regresara. De lo que sucedió, muy pocos se enteraron, pero nadie por boca del señor Laprosa. Él tenía un hijo, del cual hacía mucho tiempo que no tenía noticias, un día llegó este a su casa con la niña, hablando de una relación muy deteriorada con su mujer de la cual había debido separar a la pequeña por el bien de la misma niña, el viejo, por supuesto, le dio todo el apoyo a su hijo y su nieta, con la que se encariñó rápido y fácil como con algo que, íntimamente se espera y se desea por bastante tiempo. Casi un año duró la farsa, sólo porque el hijo del señor Laprosa no hablaba con nadie de su padre y cuando lo hacía, daba pistas falsas al respecto y la madre de la niña, junto con las autoridades, tardaron todo ese tiempo en dar con ellos. La niña no era nieta suya, su hijo había tenido una corta relación con esa mujer, pero suficiente para obsesionarse con ella al punto de convencerse de que la niña debía ser su hija y de que su ex mujer seguro le mentía cuando se lo negaba. Al momento de llegar las autoridades a su casa con pruebas en mano de que nada de lo que su hijo le había dicho era cierto, el señor Laprosa no dudó ni un momento en entregarlo, avergonzado, como un viejo samurái que ve manchado el honor de su familia, pidió perdón a la madre, asegurándole que no movería un dedo en favor de su hijo, que de haber sabido la verdad, nunca lo hubiese permitido y que todo ese tiempo había tratado a la niña como a una nieta, por lo que nada malo le había sucedido. Ni la madre ni las autoridades pusieron en duda el testimonio del señor Laprosa, tanto su actuar, recto y consecuente, como el posterior testimonio de la niña, dejaron en claro que no mentía. La madre, debido al fuerte vínculo que habían formado, le aseguró al señor Laprosa que le llevaría a la niña de visita algún día, pero eso nunca sucedió. Esa fue la principal causa de que el señor Laprosa, siendo una buena persona, rehuyera el resto de su vida de volver a encariñarse con alguien, sin embargo, no evitó que separara parte del dinero de su pensión para la niña, en principio para hacerle algún obsequio, pero con el pasar de los años, para regalárselo en caso de que la muchacha regresara algún día ya mayor, después de todo, ya estaba seguro de que esa niña había sido lo más cercano que tendría nunca a una nieta.

Allí fue donde Julieta llevó a Gastón Huerta para que le ayudara, debajo del columpio, que aun existía, también la casa, aunque ambos en muy mal estado. La muchacha había estado desde hace algún tiempo, acariciando la idea de darles ese dinero a Lucas y su familia, pues ellos lo necesitaban y estaba claro que la niña, a quien el señor Laprosa se lo había dejado, y a quien esperó hasta el día de su muerte, jamás regresaría. El problema de Julieta era que ella, era un espíritu muy reciente, y por lo tanto, tenía bastantes dificultades para manejar realmente, cosas materiales, pero Gastón era un materializado, que podía interactuar con la realidad sin problemas. Huerta cavó el agujero hasta dar con las bolsas plásticas, mientras Julieta explicaba sus razones al señor Laprosa mirando al cielo, hasta que apareció la caja metálica, entonces ambos se quedaron expectantes, como esperando a que el dueño de casa diera su permiso o lo negara. Nada sucedió y tomaron eso como un “Sí” tomaron la caja y dejaron el resto como estaba, al abrirla vieron que adentro estaba llena de dinero y un trozo de papel que decía escuetamente “Para Amanda” ya sabían el nombre de la niña. Gastón se puso la caja bajo el brazo y se fue con Julieta a casa de Lucas.


Joel dejó la bicicleta apoyada en el muro de piedra junto a la costanera y empezó a caminar. La dejó abandonada sin ningún seguro ni nada, de hecho, confiaba en que tarde o temprano alguien se apropiara de ella. La bicicleta no era de él y no la necesitaría en un buen tiempo a donde iba. Mucha gente se podía ver en la playa aunque pocos se bañaban. El hombre caminó entre la gente sin llamar la atención, cruzó la caleta de pescadores, donde los botes, todos bautizados con llamativos nombres, descansaban sobre la arena como una colonia de enormes y coloridos mamíferos marinos y luego el pequeño mercado donde la gente llegaba en buen número a comprar los pescados y mariscos del día. Nadie se fijó en él. Joel siguió caminando con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos hasta donde las rocas le quitaban todo el espacio a la arena y tomaban posesión del mar, allí volvió a la costanera, un sector particularmente peligroso cuando el mar estaba crispado y su oleaje se volvía intimidante, al fondo se veía el muelle, donde los numerosos aficionados a la pesca probaban suerte con sus cañas, Joel llegó hasta allí, pero él no llevaba caña, en realidad, no llevaba nada. Buscó un lugar desocupado, se paró en la orilla y se lanzó al mar. Algunos vieron el agua saltar, pero nadie recordó haber visto su cuerpo entrar al agua. Se sumergió hasta llegar al fondo, a pesar de que la luz del sol a esa hora era fuerte, el agua era turbia y la visibilidad no era buena, abajo, el oleaje aminoraba y el vaivén del agua desaparecía por completo. Algunos peces nadaban cerca de él, sabía bien que los peces pequeños no lo verían como una amenaza ni los grandes como alimento. Un carro de supermercado brillaba a corta distancia, aquello era de lo menos extraño que se podía uno encontrar en el fondo del mar. Joel comenzó a nadar, a internarse en el océano, era un mundo vasto en el que podían encontrarse parajes hermosos, surrealistas e increíbles, aunque en su inmensa mayoría, el mar ofrecía un ambiente silencioso, frío y oscuro, pero principalmente desolador, poderosamente vetado para los sentidos humanos, incluso los de un espíritu materializado como él, sin embargo, era un lugar ideal para apartarse de la civilización y su gente, de los vivos y de los muertos. No se sentía orgulloso de haber matado a esa chica en el autobús, era la primera persona que mataba y aun luchaba contra la resaca de esa experiencia, aquella mujer había sido una víctima circunstancial, pues, como había sido ella, podría haber sido cualquier otra, Joel sólo vio la oportunidad y la tomó, debía hacerlo, era una obligación que no podía eludir ni dilatar demasiado. Le dijeron que sería fácil y rápido, pero nunca se lo creyó. Lo único fácil, fue que Laura era una completa desconocida para él y lo único rápido, fue que se encontró con un arma de fuego para liquidarla. Nunca supo por qué lo hizo, nunca se lo dijeron, solo le dijeron que debía matar a alguien, pues alguien que muriera por otros motivos, no servía y que luego debía vaciar el contenido de la pequeña botella que le habían dado en la boca de la víctima, eso era todo, conocer más detalles sólo hubiese hecho más difícil su trabajo, o mejor dicho, su deber, pues tampoco a él le habían dado a elegir.


León Faras.

domingo, 28 de mayo de 2017

Autopsia. Segunda parte.

VII.

El viaje de regreso fue eterno, para Rupano era imposible apurar el coche sin sacudir a sus pasajeros con los interminables baches del camino. El doctor Cifuentes presionaba la herida del padre Benigno con un nuevo manojo de vendas que a su vez se empapaba de sangre rápidamente, mientras el cura se veía débil y algo desorientado, en buena parte por la pérdida de sangre, pero más que todo por la perturbadora experiencia, solo él sabía lo que había experimentado al momento de enfrentarse a Úrsula y su bebé y eso había sido algo más que sólo dolor físico. Había sentido una mano invisible que le rasgaba la herida, pero también una sensación de profunda indefensión, como si por un momento hubiera quedado completamente a merced de algo malvado que lo desprecia, había sentido miedo, un miedo ya olvidado hace años, pero tan intenso que ni siquiera pensó en recurrir a su fe, un miedo que lo arrancó de su posición y lo alejó repentinamente de la cercanía que creía tener con Dios, pero por sobre todo había sentido la presencia de algo o de alguien más, que no podía identificar ni describir, pero que se había interpuesto entre él y Úrsula con una autoridad aplastante.

Una vez en la casa del doctor, recostaron al sacerdote en la camilla, Abel se fue en busca de ropa limpia para el cura mientras el médico cortaba las vendas con una tijera. Al lavar la zona, la herida apareció abierta y levemente desgarrada en sus extremos, había crecido por lo menos medio centímetro desde la última vez, que había sido ese mismo día, lo cual no tenía ninguna lógica. Ahora debería coserla, algo que no hubiese sido necesario si el padre hubiese guardado en un principio el debido reposo, pero esa ya era agua pasada. Por su parte, Guillermina ya se había enterado del alboroto en la iglesia, producto de la herida del cura, y se había dedicado toda la mañana a esclarecer lo sucedido y de paso, tratar de ignorantes y supersticiosas a todas sus respetables amigas que aseguraban que el padrecito, era un hombre santo que había recibido los estigmas de Cristo en plena ceremonia eclesiástica, y a preparar su largo discurso sobre las innumerables advertencias que ella le hizo al sacerdote al respecto, las muchas veces que le insistió que reposara y que no anduviera por ahí haciendo misas ni cosas por el estilo y sobre su ciega obstinación por no tomar en cuenta todos sus consejos que no son más que por su propio bien, discurso que le soltó completo y a modo de ensayo, al pobre de Abel Rupano que llegó allí para pedirle la ropa limpia que necesitaba el sacerdote y de paso contarle las nuevas de que la herida del cura, nuevamente le había sangrado y que por segunda vez en un mismo día, el doctor lo estaba atendiendo en su casa. La mujer, por supuesto, no le permitió irse solo y partió tras él.

Sin estar completamente convencida, y más que nada llevada por el inextinguible entusiasmo de Clarita, Elena siguió a la niña hacia la casa de Tata y mujer, Lela, una pareja de ancianos que parecían disfrutar mucho de la compañía de Clarita y de Gracia, su hermana imaginaria. En un principio, Elena estaba renuente, porque pensaba que irían a un pueblo donde habría gente que al verla se preguntaría quién era y qué hacía por allí o porque imaginaba que la visita de una extraña no sería bien recibida por los abuelos, sin embargo, sus inquietudes se fueron disipando por el camino, pues este no solo se mostraba cada vez más solitario y tranquilo, sino que también de una belleza natural digna de contemplar. El sendero bordeaba lomas suaves y ovaladas cubiertas de hierbas y salpicadas de finas flores silvestres, por las que se podía rodar sin interrupciones desde arriba hasta abajo, los árboles se veían orgullosos y robustos, algunos imponentes, como señores gobernantes de aquellas tierras. Los manchones de rocas por aquí y por allá, formaban fantásticas esculturas, lo mismo que las nubes, que en ese momento aparecían pintadas tras los cerros como por un talentoso acuarelista. Los poblados y la gente, se veían lejanos y ajenos, como un simple detalle parte del paisaje, sin protagonismo alguno, lo que era tranquilizador para Elena.

El inocuo olor del estiércol de cabras y conejos se paseaba con la brisa sin ofender a nadie, sino más bien estableciendo territorialidad, al fondo apareció una casa aislada que parecía achatada por su propio peso, rodeada de una cerca de madera tosca pero amable y escoltada por tres árboles gigantes. Un respetable número de cabras estaban repartidas por los alrededores, vigiladas por un par de perros cabreros que fueron los primeros en avisar que alguien se acercaba y salir a reconocer quiénes. Uno de ellos era viejo, serio, de poca paciencia; tenía un mostacho largo y duro y cejas pobladas, se llamaba Bruno. Su compañero era joven e irritante, parecía que estarse quieto le provocaba una terrible comezón; era de patas más cortas, orejas puntiagudas y ojos despiertos, su nombre era Satanás. El primero mantuvo la distancia, con una parada erguida y una expresión grave, pero el segundo inmediatamente armó una fiesta junto con Nube, como si hubiesen pasado años sin verse, desentendiéndose del resto del mundo para solo perseguirse, mordisquearse las patas y luego volver a perseguirse. Tata estaba allí, sonreía con su sonrisa de cartón, mientras atizaba un fuego con el que estaba haciendo hervir una olla grande y tiznada con agua. Le había dicho a la niña que le tendría agua caliente y así lo había hecho. Lela estaba sentada en la entrada de la casa, junto a la ventana, con la cara casi empotrada en un trozo de tela que luego alejaba para tirar de una aguja. El interior daba la sensación de que se venía encima, al ser más bajo de lo que se esperaba, aunque estaba sostenido por gruesas vigas milenarias, cuadradas a golpes de hacha. El contraste dentro era muy marcado, la luz entraba con fuerza y encajonada por las ventanas, dejando los rincones a oscuras. Era un sitio acogedor, con pocos muebles de madera sin rastros de pintura, pero con manteles bordados por todas partes. La vieja dejó su trabajo a un lado y se puso de pie, hace tiempo que había perdido buena parte de su vista, pero adivinaba sin problemas quien llegaba, caminó balanceándose de un lado a otro para abrazar a Clarita con el afecto natural de las abuelas y luego a Elena, quien, a pesar de que no sabía bien cómo explicar su presencia ahí, fue recibida por la vieja como un familiar que hace años no ve, “No te aflijas niña, que para un viejo, las visitas son igual que para los niños, las travesuras… ¿Cuándo un niño le va a decir que no a una buena travesura?” Aun era un misterio para Elena el asunto del agua caliente, pero no era nada difícil de entender. Cuándo los viejos conocieron a Clarita, ella se negaba tajantemente a bañarse, pero con el tiempo se enteraron de que lo que realmente la niña odiaba era el agua fría, fuera invierno o verano, la niña no quería saber nada con sumergirse en agua fría, aquello le provocaba un rechazo insoportable. Los abuelos nunca le preguntaron el porqué, tal vez era más sencillo de suponer que de averiguar, en vez de eso, le mostraron a la niña que dentro de un pequeño cuarto de madera negra de humedad, tenían una cuba cortada a la mitad que podían llenar de agua caliente para ella cuando quisiera. La primera vez, Clarita estuvo más de dos horas metida en su tina. Ese era el primer baño de agua caliente de su vida. Elena estaba mucho más acostumbrada, pero ya había pasado un buen tiempo desde la última vez, los baños en el convento habían sido muy diferentes, por lo que no rechazó la invitación de Clarita de meterse al agua juntas. Lela les dejó una barra de jabón hecho con grasa de cabra y aceite de oliva y se fue a registrar sus muebles, segura de que tenía algo limpio para que se vistieran luego, mientras Tata se retiró a continuar su faena atrasada con los quesos que producía. Era extraño como de una forma repentina pero al mismo tiempo natural, las dos muchachas formaban un vínculo fraternal irreprimible tras acciones tan poderosas como comer juntas, dormir juntas y ahora bañarse juntas también, Gracia lo expresó muy bien: “…Las familias, no siempre nacen en un mismo sitio…”

Lucila ya había logrado quitar las manchas de sangre de su piso y se sentaba a la mesa con un té con limón junto a su marido, que calentaba un vaso de vino en la mano, pensativo y preocupado. Ninguno de los dos entendía qué había sucedido, ambos sabían de la herida que había sufrido el cura, Guillermina ya había informado a Ismael con todos los detalles de los que ella disponía, pero todo lo que acababa de suceder era como si hubiesen acuchillado de nuevo al padre Benigno delante de sus narices. No sabían qué pensar ni a quién culpar. Ismael en ese momento se pasó la mano por la frente y se miró con asombro los dedos empapados, a su mujer también se le formaban gotas de sudor rápidamente, estaba haciendo un calor repentino en una casa que por lo general era bastante fresca. Mucho calor. Lucila se puso de pie alarmada para abrir la ventana más próxima, estaban dentro de un horno que se calentaba cada vez más rápido, como si el sol les estuviera cayendo encima, o tal vez las puertas del infierno se estuvieran abriendo bajo sus pies. Revisaron la casa, la mujer por fuera, el hombre por dentro, ambos jadeaban, el oxígeno estaba siendo devorado, en ese momento Ismael vio el humo que salía por debajo de la puerta desde la habitación de Úrsula, era un humo negro que se atascaba en la garganta y apuñalaba los ojos. El hombre cogió la perilla de la puerta pero la soltó de inmediato con un insulto, le había quemado la mano, Lucila no tardó en llegar, entre los dos comenzaron a golpear la puerta con desesperación, a gritar a su hija y a intentar girar la manilla con la ayuda de un trapo. El calor es sofocante y el aire irrespirable. Ismael golpea brutalmente la puerta con su hombro y todo el peso de su enorme masa corporal para abrirla, una vez y luego otra, pero un golpe más violento aun le responde desde dentro, luego se oyen todos los muebles de la habitación de Úrsula caer lanzados al piso al mismo tiempo y después el silencio más desconcertante.


El humo se disipa, la temperatura se normaliza, Ismael trata de abrir la puerta con cierto recelo, pero solo entonces se da cuenta de que ha sido reventada hacia afuera. Luego de varios empellones logra pasarla hacia adentro, pero un bulto tirado en el suelo le impide abrirla, ese bulto es Úrsula. Cuando su hijo llega, no entiende nada, sus padres están agotados y sudados y su hermana tirada en el suelo de la sala, desmayada. El muchacho estaba a pocos metros, pero ni él ni nadie vio humo ni llamas, nadie vio fuego ni quedaron rastros de incendio alguno en ninguna parte, solo los muebles esparramados en el piso del dormitorio de Úrsula con las patas extrañamente quebradas, la puerta del cuarto inutilizada por los golpes y ni rastros del bebé.


León Faras. 

domingo, 14 de mayo de 2017

La Prisionera. Capítulo cuatro.

VII.

Ya era de noche cuando Gálbatar llegó al Valle de las Mellizas, un páramo enorme y pedregoso donde a fuerza, lo único que destacaba, eran las dos rocas enormes que le daban el nombre al lugar. Junto a estas se detuvo el Escorpión, la primera en bajar fue Gíbrida estirando las piernas y haciendo múltiples contorsiones para soltar los agarrotados músculos de su espalda, agobiada por las muchas horas de forzado reposo. Bolo bajó tras ella, murmurando cosas en un lenguaje ininteligible con algo de su tradicional disgusto, preocupado de encender una fogata, comer y descansar, se alejó en busca de leña, una leña que parecía tener cientos de años tirada secándose al sol, en un lugar en el que no podía verse un solo árbol con vida en kilómetros a la redonda. Gálbatar, por su parte, descubrió la preciosidad infinita y majestuosa del cielo nocturno en aquel lugar llano y cogió su telescopio, fabricado por él mismo, para dedicarle algo de tiempo a su afición por investigar las estrellas y tomar apuntes de lo que encontraba. Pero uno para quien ese lugar se asemejaba al mismísimo paraíso, era el Enano de Rocas, este descendió del Escorpión y comenzó a vagar por ahí con la calma de quien visita una exposición de arte, habían rocas por todos lados, de diferentes formas y tamaños, ideales para su propósito de reproducción. Con un embeleso y esmero que le eran imposible de exteriorizar, comenzó a escoger las que le parecían más hermosas o útiles y ha apilarlas en un lugar no muy alejado haciendo una pequeña ruma con ellas, su trabajo era tan meticuloso, que llamó la atención de los demás, Gíbrida y Bolo lo miraban como a un chiflado que de pronto hace cosas cuyo sentido es imposible de descifrar, algo así como “cosas de Enano de Rocas” pero Gálbatar, que lo observaba fascinado, se daba cuenta de que estaba ante un suceso rarísimo, que confirmó una vez que el enano se quitó su ojo y lo depositó ceremoniosamente en el nido de rocas que había formado. El alquimista le informó a su aprendiz que el enano en realidad, se estaba reproduciendo, que estaba propiciando el nacimiento de un nuevo Enano de Rocas, cosa que alarmó a la muchacha, quien pensó que en poco tiempo se iba a llenar el Escorpión con esas criaturas, pero Galbatar la miró con el desencanto del tutor que ve que su alumno no ha aprendido nada. Aquel era un lento y largo proceso mágico que podía tomar muchas décadas en el mejor de los casos. Luego de terminar su trabajo, el enano literalmente se derrumbó junto a su nido formando un cúmulo de piedras similar, mientras los tripulantes del Escorpión retomaban sus tareas. Así se dispusieron a pasar la noche, junto a un buen fuego, amparados por la imponencia del Escorpión y con el universo infinito del desierto sobre ellos. Abrieron una botella de licor y luego otra, de las cuales Bolo dio cuenta de buena gana casi él solo. Exactamente esa era la idea de Gálbatar, pues allí se reunirían con Licandro y la barcaza aerostática, cosa de la que el esclavo, no se enteraría hasta que fuera demasiado tarde. En otra zona cercana a la jungla que rodeaba la ciudad Antigua, otro viajero solitario se disponía a pasar la noche, el Místico, pues adentrarse allí en la oscuridad era una osadía que se pagaba con la vida, incluso para alguien como él.

Driana e Idalia llegaron al socavón con la niebla pisándoles los talones. No era que aquella oscuridad densa y anormal pudiera matar a alguien nomás tocarlo, su toxicidad era letal pero lenta, como un envenenamiento paulatino, el problema era que una vez que te envolvía, te privaba de los sentidos, te desorientaba, te dejaba sin salidas y poco a poco te arrebataba la vida, como un hombre en medio del océano que inexorablemente se cansa de luchar. Cuando la niebla se retiraba, el cuerpo aparecía lívido, como si la oscuridad aparte de arrebatar la vida, pudiera también arrebatar el color a sus víctimas. El gran socavón era un agujero cavado por el río bajo la ciudad, un oasis increíble rodeado de paredes de tierra y rocas por donde caían cascadas que alimentaban una laguna pequeña y un río que desaparecía bajo tierra. El suelo estaba cubierto de hierba, arbustos e incluso árboles pero esta era una vegetación verdadera, natural, muy diferente a la que se encontraba en la selva que rodeaba la ciudad, además de una bruma blanca y húmeda, sana, que hacía de delicado velo que se abría gradualmente, todo aquello había crecido y sobrevivido allí, gracias a la luz de día que inundaba todo el lugar, una luz que provenía del Corazón de Antigua, un cristal que sobresalía desde el piso de la ciudad sobre sus cabezas, al ser removida toda la tierra bajo él y quedar expuesto y que aparte de mantener protegido de la oscuridad ese lugar y con vida, había sido fuente de magia y sabiduría durante siglos. Ambas mujeres, luego de recuperarse de la carrera se adentraron en el oasis, Idalia aun no comprendía bien qué sucedía, de una ciudad espectacular, había pasado casi sin darse cuenta a un escenario de una belleza natural de fantasía, iluminado por un pequeño sol artificial que parecía poder tocarse con la mano. Casi al mismo tiempo que un muchacho muy joven corría a abrazar a Driana, feliz de que regresara sana y salva, Idalia se encontró frente a frente con un pollo gigante, un ave enorme, con esos ojos severos y agresivos de las gallinas y esa expresión de deprecio en el pico que parece odiarte solo por el hecho de existir, sin embargo, el pollo tenía bozal y riendas, además de una montura en el lomo y una bonita pechera de metal labrado, tras él, apareció un caballero, un soldado con armadura y espada y un yelmo con plumas en la mollera, usaba una barba larga y negra que le daba cierta solemnidad. Tenía el pomposo nombre de Lázar de Agazar y se le quedó mirando a Idalia largo rato con incredulidad, como si buscara en el rostro de la mujer las facciones de otra persona, tanto que logró ponerla nerviosa, cuando por fin el soldado despejó todas sus dudas, se quitó el yelmo, hincó una rodilla en el piso y le suplicó que le perdonara por haber dudado de ella. Un tercer individuo apareció en ese momento, estaba sentado sobre una roca observando la situación desde un extremo, se acercó a Idalia para observarla también luego de la reacción del soldado. Era un mago, tenía la cabeza rapada, un rostro largo y afilado y sus ojos eran poco amigables, su nombre era Madra y solo un vistazo le bastó para darse cuenta de que el caballero no se confundía. Las dos mujeres se miraron esperando que la otra tuviera alguna respuesta.


En el socavón, todos eran extranjeros pero a diferencia de Idalia, venían de ese lado del foso y todos habían llegado allí por diferentes motivos: Madra, el mago, en busca de magia y sabiduría; Driana, la ladrona y su hermano pequeño Cían, buscando cosas de valor para tener una mejor vida y Lázar, el caballero, este era un caso especial. Se trataba de un comandante que como todo caballero juramentado, vivía para servir a su reina, pero que en su caso, se había enamorado de ella y ella de él. El honor y el deber de uno y las obligaciones e imposiciones de la otra, les había impedido estar juntos más allá de las formalidades de sus respectivos cargos. Un día su reina lo llama para darle una extraña y misteriosa orden, le pide que se vaya solo y que la busque en la ciudad Antigua, un sitio muy peligroso donde ir, pero que solo así estarían juntos, Lázar obedece sin entender pero sin cuestionar. Antes de partir, el caballero se entera de que su reina ha muerto, profundamente consternado, comprende que la orden que le ha dado implicaba la muerte de ambos y que solo así se cumplirían sus anhelos, sin embargo, el caballero sobrevive y llega hasta el socavón, donde se encuentra con Madra, este, luego de escuchar su historia, le suelta una parrafada sobre asuntos místicos y trascendentales en los que el caballero no cree ni le interesan, pero que le dan un vano consuelo, suficiente para mantenerse con vida, es entonces cuando se presenta Idalia, una mujer idéntica a su reina más allá incluso de la apariencia física: Su nombre, su voz, sus lunares, su sonrisa. La mujer, tras enterarse de lo que sucede, le explica que está confundido, que ella no es reina y que jamás ha deseado serlo, el caballero sonríe y le responde que incluso en eso coincidía, pues su reina, tampoco había querido nunca el cargo que le habían dado.


León Faras. 

lunes, 8 de mayo de 2017

El Circo de Rarezas de Cornelio Morris.

XVI.

La noche era fría y eterna para el pequeño crucificado, las sombras oscuras que siempre le hablaban y se burlaban de él, estaban saciadas de alimentarse y tenían una entretenida velada dentro de los restos del cadáver que se pudría a los pies del atormentado y reseco árbol, ese era su hogar y el desdichado clavado allí, su alimento. Cada vez que la luz aparecía en las alturas, le caía con furia como un chorro en la cara y enceguecía al crucificado que ya sabía lo que tocaba, las sombras, abandonaban su entretenimiento, hambrientas y divertidas, trepaban por el tronco cubierto de heridas, como enredaderas fantasmales, para envolver al hombre y alimentarse de él, incrustarse bajo su piel succionándole el alma mientras las voces se oían en la oscuridad, muchas voces hablando al mismo tiempo, con él, entre ellas o con el exterior, voces agudas, graves e infantiles que lo mismo se oían lejanas que dentro de su cabeza o incluso salían de su boca sin reconocer ya su propia voz entre ellas. El pequeño crucificado sentía como sus huesos eran roídos, su sangre succionada, sus órganos desgarrados y su piel perforada en una tortura interminable. Todo hasta que la luz se apagaba, las voces se alejaban hasta volverse murmullos y las sombras retornaban a su hogar, más robustas y contentas y el pequeño crucificado podía tomar un pequeño descanso que nunca era suficiente, pues siempre había algún curioso dispuesto a arrojar una moneda y despertar a Mustafá para que este saciara sus dudas pueriles a cambio de una cuota de sufrimiento del pequeño y desdichado Román Ibáñez Salamanca.

La furgoneta negra se detuvo frente a una bonita casa de color claro y estructura sólida, tenía tres pisos y en el tercero, un pequeño balcón con una excelente vista hacia el sitio donde estaba el circo. Damián Corona apenas la vio, le pareció perfecta y ya había hecho los trámites necesarios para conseguir esa ubicación el día anterior, no le fue nada difícil hacer el trato con la dueña del lugar, tenía todo lo necesario para ello: Encanto y billetes. Al tocar la puerta, esta se abrió rápido, a pesar de lo temprano que era, la viuda, una dama madura pero atractiva y de ojos coquetos, ya estaba impecablemente vestida y arreglada. Damián cogió sus maletas de madera con sus trastos de fotógrafo e ingresó con una sonrisa en la cara que casi le hacía desaparecer los ojos. Desde ese balcón se encargaría de fotografiar todo lo que pudiera, pero especialmente, la chica alada que habían visto volar el día de la lluvia, mientras que su hermano Vicente y Diego Perdiguero debían prepararse para adentrarse en el circo y fotografiar la sirena que Bolaño les había encargado, y para ello debían valerse de algunos trucos, pues estaban bien advertidos de que el dueño del circo, el tal Cornelio Morris, no estaba de acuerdo con que fotografiaran sus atracciones y al parecer, podía ser un hombre peligroso y por lo mismo es que habían sido contratados. Vicente detuvo la furgoneta en una calle cercana y encendió un cigarrillo, pronto el circo comenzaría a funcionar y debía prepararse. Había traído un equipo que solía usar en espacios públicos para pasar desapercibido: Una cámara fotográfica disimulada en un recolector de basura con ruedas, con su escobillón y todo, además de un sucio y gastado overol y una gorra propia del oficio de recogedor de basura, Perdiguero estaba impresionado pero más aun cuando vio a Vicente Corona coger desperdicios de un contenedor de la calle y echarlos dentro de su carro “¿Qué clase de recolector sería si llevo mi carro limpio?” luego agregó “Ahora date una vuelta por ahí y espera mi señal…” y se alejó empujando su carro y silbando con total parsimonia.

Von Hagen había pasado una noche terrible, sin poder pegar un ojo mientras su compañero Ángel Pardo roncaba totalmente insensible, rebasando los límites de la cama con sus larguísimas extremidades. Estaba sentado en un taburete, con una manta en los hombros y una taza con un poco de café ya frío en las manos, mirando cómo lentamente, la noche se hacía día. Estaba preocupado por el desconcertante y brutal consejo que Mustafá le había dado para liberar a Lidia de su jaula de cristal, pero más preocupado estaba por que Eloísa no lo delatara, le parecía una buena chica, pero apenas la conocía y Cornelio Morris ya la estaba encantando con halagos y obsequios, cosa que la muchacha recibía feliz, pues de seguro que hasta ahora había llevado una vida bien desprovista de ese tipo de cosas, si hasta le había cedido la tienda del difunto Charlie Conde.

Con la salida del sol comenzó la faena en el circo y todo el mundo se preparaba para recibir al público lo antes posible, Cornelio Morris repartía órdenes con su megáfono, el mismo que usaba para atraer a la gente a ver su espectáculo. Esto último, lo hacía de un modo espectacular y siempre aprovechándose de la credulidad e ignorancia de la gente que creía a ojos cerrados en las historias que contaba y en los lugares inventados que mencionaba, pues luego de ver sus increíbles atracciones, cualquiera pensaba que de seguro provenían de los lugares más recónditos y desconocidos del planeta. De Von Hagen, por ejemplo, decía: “El hombre simio domesticado, encontrado de pequeño por exploradores ingleses en la lejana isla de Catabria, un lugar remoto de los mares escandinavos, donde hombres y mujeres crían pelo en todo el cuerpo para protegerse del frío…” De Lidia, “Nuestra única y maravillosa sirena, capturada viva por navegantes turcos en el Mar Denso, todos ellos sordos, pues para cruzar esas aguas que tiñen los cascos de los barcos y ocultan innumerables criaturas fantásticas, los marineros deben atarse a los mástiles de sus naves para no sucumbir a los embrujos de estas hermosas pero peligrosas criaturas, capaces de hipnotizar con su canto y provocar que los hombres les sigan a las profundidades de donde nunca más regresan, ni vivos ni muertos…” A Ángel Pardo lo presentaba como, “El gigante de los antiguos castillos de Tribalia, zona montañosa del otro lado del océano, donde algunos hombres son criados en una torre alta y estrecha toda su vida, para que alcancen alturas sobrenaturales y de esa manera infundir terror en sus enemigos…” De Mustafá decía “He aquí el gran Mustafá, un muñeco creado hace cientos de años por los enigmáticos habitantes de los desiertos de Arabia como regalo para su grandioso Califa. Dotado de vida propia mediante oscuros y antiguos rituales, es capaz de desvelar cualquier verdad escondida y sacarla a la luz por solo una moneda…” A veces cambiaba algunos datos, a veces cambiaba los lugares, pero daba igual, pues nadie, nunca, en ninguna parte se atrevería a cuestionar o poner en duda lo que él decía. Para Eloísa sería igual, improvisaría una presentación espectacular, cualquier cosa que dijera esa gente la creería al ver una muchacha volar y la niña ya estaba advertida de eso, solo debía actuar como si todo fuera cierto.

La gente llegó en gran número, la noticia del circo y de sus asombrosas atracciones se había esparcido por todas partes con asombrosa facilidad. Diego Perdiguero se daba vueltas por ahí con las manos en los bolsillos y andar relajado, como el más despreocupado de los seres humanos. Buscó el lugar donde se presentaría la sirena y observó el entorno, estaban los camiones, había lonas y tableros de madera, sería fácil hacer su parte del trabajo. Vicente Corona entró en el circo empujando su carro y buscando no llamar la atención, se apoyó en este y encendió un cigarrillo, como cualquier trabajador que hace una pausa en su jornada para relajarse, de pronto pasó por su lado Ángel Pardo que paseaba por ahí atrayendo público rodeado de una multitud de niños que revoloteaban a su alrededor fascinados, Vicente reventó en tosidos ahogado por su propio humo, no solo era enorme, sino grotescamente desproporcionado, con piernas larguísimas como un ave zancuda, luego de eso sonrió y botó su cigarro. Estaba en el mejor lugar para ponerse a trabajar. Su carro de basura era una pequeña obra de ingeniería, el lente de la cámara estaba ubicado en la parte delantera, mientras el visor y todos los controles, detrás, de forma que podía ocultarse disimuladamente tras su carro para encuadrar y enfocar y en pocos segundos ya tenía una foto. Cuando Cornelio Morris comenzó a agrupar a la gente frente al escenario donde estaba Lidia, se ubicó en una buena posición, aunque apartada y esperó a que la elocuente presentación terminara y se abriera el telón, lo que vio lo dejó tan sorprendido que tardó varios segundos en darle la señal que Diego Perdiguero esperaba. Este se alejó disimuladamente para encender un fuego en uno de los acoplados del circo y luego gritar y dar la alarma, la idea no era quemarlo todo, sino causar el suficiente revuelo para que Vicente pudiera tomar las fotografías que necesitaba sin que nadie lo notara. La sirena era increíble y asombrosamente real, el conato de incendio fue perfecto, Morris se bajó del escenario para movilizar a sus trabajadores, los curiosos se movieron de enfrente para ver lo que sucedía, Vicente pudo enfocar perfectamente a Lidia atrapada en su gran estanque de cristal, en un momento, sus vistas se cruzaron a través del lente de la cámara, la sirena lo había descubierto. Cuando Vicente terminó y las cosas volvieron a la tranquilidad, la mujer tras el cristal aun lo observaba, sorprendida, pero con un brillo suplicante en los ojos que dejó algo perturbado al fotógrafo. Morris lo notó, pero cuando buscó entre la gente aquello que la sirena observaba insistentemente, solo vio a un recolector de basura que se alejaba tranquilo, empujando su carrito.


“Señoras y señores, con gran orgullo les presento, por primera vez en mi circo y por primera vez mostrada ante los ojos del mundo, la criatura que os hará olvidar todo lo que han visto hasta ahora. Una criatura traída de una tierra muy lejana, donde nacen los sueños y son creados los cuentos de hadas. Una criatura imposible, de un mundo imposible, de donde sólo se puede entrar o salir por medios sobrehumanos. Damas y caballeros, les presento ante todos ustedes, por primera y única vez en sus vidas, un auténtico Ángel del Paraíso.” Entonces, apareció Eloísa, quien no podía contener las risas mientras oía su presentación, se volvió completamente seria al caer el telón. Estaba de pie, envuelta en sus alas, que poco a poco comenzó a abrirlas y a extenderlas lentamente y con una belleza sobrecogedora, vestía una túnica improvisada que resaltaba su apariencia de criatura celestial encarnada. La gente retrocedió alarmada, atropellándose unos a otros, cayéndose al suelo sin poder despegar los ojos de esa criatura maravillosa, dos respetables señoras se desmayaron sin que apenas fueran atendidas por sus desconcertados esposos que les abanicaban aire sin despegar los ojos del escenario, pero la presentación apenas había comenzado, Eloísa, con dos aleteos violentos, se elevó a los aires, la gente que apenas se recuperaba de la primera impresión de verla, volvía a retroceder alarmada, por órdenes de Cornelio Morris, la chica estaba anclada al suelo por una larga cadena, no por precaución de nada, sino que sólo para impresionar al público. La muchacha conocía perfectamente su papel y parecía luchar contra la cadena mientras las personas en el suelo gritaban y se desmayaban por igual. A algunos metros de allí, desde su balcón alquilado Damián Corona estaba enloquecido tomando fotografías de aquella cosa, fuera lo que fuera, era impresionante verla y de seguro aquellas fotos costarían una fortuna.


León Faras.

sábado, 29 de abril de 2017

Zaida.

VII.

El comandante Bragones, era un hombre serio y con un valor como soldado que nadie se atrevería a poner en duda, pero con muchos años de acostumbramiento a una autoridad incuestionable que lo habían dotado de cierta arrogancia en su modo de actuar. Él no podía titubear al momento de dar una orden, así como sus subalternos no podían dudar para cumplirlas, así era siempre y en todas partes donde iba, por ello, es que al llegar a Missa Pandur, lo hizo con la misma soberbia con la que un hombre con mucho dinero en los bolsillos, entra en un burdel. Budara salió a recibirlo en compañía de Nemir, Driba, Badú y otros monjes, lo saludaron con una profunda y respetuosa inclinación que el capitán recibió casi con impaciencia, “Tengo informes de que usted alberga y protege enemigos de la nación en su monasterio, ese es un delito grave. Entréguemelos de inmediato o entraré por ellos” Missa Budara lo miraba desde su imponente altura con exasperante pasividad, “Me pregunto si usted no confunde informes con suposiciones, comandante”; “Yo jamás confundo absolutamente nada, Budara…” respondió el militar clavándole una mirada profundamente agresiva, “…pero usted sí confunde su deber humanitario, con la alta traición y me temo que también las consecuencias, eh” “Me pregunto quién está realmente capacitado para hablar de consecuencias” La voz del monje era suave y tranquila pero su rostro permanecía severo e inflexible, con una autoridad que rivalizaba fuertemente con la del comandante. Muy atrás, ocultos en la oscuridad del monasterio, Ribo y Gunta observaban nerviosos la escena. Apenas podían oír lo que se hablaba,  “Esto va a terminar mal, te lo aseguro. Es el fin de Missa Pandur” dijo Gunta, profundamente nervioso y fatalista, Ribo, que estaba mucho más interesado en lo que sucedía, que en lo que podía suceder, lo mandó a callar enojado “¡Shhh! No me dejas escuchar…” El comandante Bragones perdía la paciencia “Estamos en guerra. Puedo ejecutarlo ahora mismo por traición y también puedo tomar su monasterio y todos sus recursos si lo considero pertinente…” Entonces una voz infantil pero de firme consistencia lo interrumpió tajantemente “Ignorar la verdadera esencia de la vida es una ilusión de poder para el hombre necio” Bragones no lo podía creer, tuvo que inclinarse hacia un lado para poder ver la pequeña figura de Pimbo, erguida algunos metros detrás de Budara, con su actitud resuelta y su expresión de hombre grande. Salvo quizá por Gunta, a ninguno de los monjes presentes pareció sorprenderle su intervención. El capitán volvió la vista a los ojos de Missa Budara como buscando una explicación, este permanecía impasible “Es un alma antigua, muchas generaciones hablan a través de él” El comandante Bragones desenvainó su espada “Es la nación quien habla a través de mí. Hágase a un lado Budara, su vida y la de sus monjes dependen de ello” Nadie se movió.

En las afueras del monasterio, y por detrás de este, entre las montañas, Bardo y sus hombres se alistaban para cabalgar, uno de los soldados se veía muy mal, tenía una herida que le había hecho perder demasiada sangre, estaba consciente, pero débil. En ese momento apareció Missa Yendé, traía un manojo de ropa y encima de esta una diminuta botella de arcilla, “Aquí tiene lo que necesita” Bardo la recibió y se la entregó a otro soldado a su lado quien tomó el bulto con duda y una tensa mirada de preocupación, que su superior evitó enseguida para dirigirse al monje nuevamente “¿Qué tan efectivo es?” Yendé miró al herido con infinita congoja, “Bastante, aunque no es tan rápido. Le recomiendo que se lo dé ahora” Bardo asintió con gravedad, el monje respondió con una decorosa reverencia “Desearía haber podido hacer más. Suerte y que al final de su camino encuentren la paz” Luego se retiró rápidamente sin esperar respuesta.

“Veremos quién es el necio” dijo Bragones levantando su espada por el lado contrario para atacar a Budara con ella de revés, sin embargo, el brazo del monje se movió rápido, certero y de improviso como el ataque de una serpiente, atenazando la muñeca del comandante con una fuerza muy poco habitual en un hombre de su edad, tanto así, que el militar no pudo liberarse al primer intento, ni al segundo “No se equivoque comandante. Aquello que busca, no lo encontrará aquí” Budara le soltó el brazo. Bragones quedó realmente impresionado, él era mucho más joven y mejor preparado físicamente que un monje que dedica su vida a la oración y al silencio, la rapidez y la fuerza de ese hombre eran incongruentes, y provenían de algo que él no llegaba a comprender. Realmente sintió deseos en ese momento de ordenar a sus hombres atacar y pasar por encima de quien se opusiera a su avance, pero algo lo reprimía, quizá algo en la inquietante mirada serena y en la actitud pasiva de todos esos monjes que simplemente se le oponían con una paz férrea, o quizás una pequeña luz de sensatez en su mente o tal vez miedo, el antiguo miedo a lo desconocido o incomprensible. Fueron largos segundos hasta que uno de sus hombres avistó un grupo de jinetes que huían por un camino cercano, llevaban antorchas y por sus estandartes y uniformes, se podía ver que eran la guardia personal de la princesa Viserina. “Espero por su bien, que todo esto no haya sido más que un truco para darles tiempo a esos hombres para huir…” Dijo Bragones antes de subirse a su caballo y ordenar a sus hombres que persiguieran a los fugitivos.

A pesar de que Bardo y su grupo le sacaron buena ventaja a sus perseguidores, finalmente fue fácil encontrarlos, pues habían encendido una inmensa hoguera que era visible desde muy lejos en la oscuridad. Estaban en un pequeño claro dentro de un bosquecillo de árboles secos junto a un frío y rocoso riachuelo, cuando Bragones llegó, los encontró en actitud de profundo respeto frente a un cuerpo que ardía en llamas, se habían despojado de sus armaduras y las habían amontonado contra un árbol, en la pira, aun se podía ver parte de los coloridos atuendos de la princesa Viserina quemándose. El comandante quiso acercarse para ver el cadáver de cerca pero los hombres que lo custodiaban se lo impidieron de inmediato con las puntas de sus espadas apuntándole a la garganta, Bragones sonrió sarcástico, “Hoy parece que el mundo se levantó con deseos de llevarme la contraria, eh” Su ventaja era arrolladora, eso le daba confianza y lo ponía de buen humor. Se quitó el yelmo para rascarse la cabeza y se lo volvió a poner. “¿De quién es el cuerpo que está en la pira, soldado?” Bardo respondió, “No pierda el tiempo, comandante, usted tiene un deber que cumplir y nosotros también” Bragones lo identificó como el soldado de mayor rango y se paró frente a él, “Y su deber es mantener con vida a su princesa, eh” “Nuestro deber está aquí, comandante” El tono de Bardo era levemente insolente, Bragones dio un paso más cerca, amenazante “Dígame, ¿De quién es el cuerpo que está en la hoguera?” Bardo lo miró a los ojos sin dejarse intimidar “¿Quiere estar seguro de que ese cuerpo es de la princesa Viserina?” “Exactamente eso quiero, soldado” Bardo dio un paso atrás y empuñó su espada listo para luchar, “Podrá cerciorarlo usted mismo cuando llegue al otro mundo” “Entiendo…” dijo Bragones sacando su espada, al tiempo que, de todos los presentes en aquel lugar, aquellos que no tenían ya su espada en la mano, le imitaron. Luego agregó, “…Que así sea entonces”


Bardo y sus hombres, doce en total, encontraron la muerte que esperaban, luchando por su princesa hasta el final. El soldado número trece, aquel que estaba demasiado débil para empuñar una espada, aceptó una muerte distinta, se bebió el veneno que Missa Yendé les trajo y se vistió con los atuendos de la princesa Viserina antes de tomar su lugar en la pira. Fue una batalla corta cuyo final ya estaba zanjado desde antes que comenzara. Bragones solo perdió a tres de sus hombres, imprudentes que subestimaron a sus enemigos. Al terminar la lucha, el comandante se quedó largo rato mirando el cuerpo carbonizado entre los restos del fuego, aquello que veía era imposible de identificar. Antes de retirarse, un hombre se le acercó, era un tipo astuto y malicioso al que llamaban Tasco, a Bragones no le terminaba de agradar, “Señor, me he dado cuenta de una curiosidad…” dijo con sobreactuada humildad, “…he contado las armaduras, son trece en total, mientras que solo se pueden ver doce cadáveres, bueno, trece si contamos el que está calcinado también… ¿No le parece curioso que la princesa también llevara armadura?” Luego se retiró haciendo una innecesaria reverencia, le encantaba eso de sembrar una duda y luego retirarse, le provocaba un placer similar al de quien gana una discusión gracias a la solidez de sus argumentos, pero reemplazando la inteligencia por la suspicacia, sin embargo, Bragones ya tenía esa duda desde mucho antes y tarde o temprano tendría que resolverla, por el momento su trabajo allí ya había terminado.

León Faras.

jueves, 20 de abril de 2017

Lágrimas Negras. Segunda parte.

XXV.

Sinaro había reunido un grupo de hombres que seguían su recia figura y su respetable leyenda. Se habían abierto paso más que nada a punta de carreras y escaramuzas contra los escasos grupos de Cizarianos que encontraron en su camino. Finalmente lograron dar con el camino principal, que era la línea recta hacia el palacio, donde seguramente se reunirían con el resto de sus camaradas, y con su rey, pero al llegar allí lo que encontraron fue que estaban en el medio y a varios metros, por un lado, del puente que debían cruzar para avanzar y que estaba fuertemente custodiado, y por el otro, de un nutrido grupo de caballería que a buen paso avanzaban hacia ellos, aquel era el grupo que comandaba Rianzo, quienes al verles, de inmediato azuzaron sus caballos para embestirlos. Sinaro y sus hombres no tenían ninguna oportunidad, eran inmortales, pero eso no les valía de nada para enfrentar tamaño ataque, con seguridad serían golpeados y aplastados sin tener ninguna chance de causar daño alguno, solo podían desperdigarse nuevamente, pero la suerte equipararía las circunstancias. Vanter y un pequeño grupo de Rimorianos aparecieron de uno de los caminos laterales, corriendo y gritando como si hubiesen perdido la cordura, arremetiendo contra el grupo de caballería, en un intento de atacar tan patético como estéril, pero con un valor que rayaba en la locura, la razón  para actuar así venía justo tras ellos, persiguiéndolos a gran velocidad. Enfurecidas y enceguecidas de dolor y miedo, la estampida de reses que se quemaban vivas, embistieron contra el grupo de Rianzo, partiéndolo en dos, causándoles un daño terrible, además de confusión y desorden, las reses arrasaban con cualquier cosa que se les pusiera en frente, los caballos se espantaron, varios jinetes cayeron al suelo, más de uno fue aplastado y la oscuridad no hacía más que empeorarlo todo. Tras el grupo de animales enloquecidos, apareció un jinete Rimoriano solitario, que aprovechó inteligentemente el escudo infranqueable que ofrecía el hato de reses asustadas para cabalgar tras ellas, absurdamente, llevaba en uno de sus brazos lo que parecía un bebé envuelto. Sinaro y sus hombres no lo pensaron dos veces y se lanzaron al ataque con espadas en alto y gritos de furia, en un segundo, las cosas se habían invertido y ahora los Cizarianos estaban en apuros, atascados en un embrollo de hombres y bestias donde mantenerse sobre el caballo podía marcar la diferencia entre vivir o morir.

Cuando por fin Emmer pudo encontrar la casa donde vivía la familia de Nila, la encontró prácticamente reducida a escombros, eso ya se lo temía, pero de verdad esperaba que no fuera así, porque ahora no tenía ninguna idea de dónde buscar. La ciudad entera era un caos de fuego, gritos, gente muerta y otros que morirían pronto, debía confiar en que Nila y su familia se habían puesto a salvo, por ahora no podía hacer otra cosa. Necesitaba un caballo, pero lo único que encontró fue un bonito escudo Cizariano de madera con el borde de metal apoyado contra una pared, nada despreciable para protegerse de las flechas que se veían clavadas por todas partes, como si hubiesen caído del cielo en una tormenta abominable, sin embargo, al tomar el escudo, debajo de este había un niño pequeño que apenas se vio descubierto comenzó a correr y gritar de forma histérica, Emmer se vio absolutamente sorprendido, tal vez pensó que lo correcto era ayudar a ese pequeño, pero pronto averiguó que el niño no estaba precisamente desamparado. Un enorme muchachote imberbe apareció tras él con el cuerpo cubierto de tablas atadas con cuerdas y blandiendo un espadón de madera con el que parecía capaz de aturdir a un cerdo, evidentemente no era un soldado, Emmer logró esquivar dos de esos mandobles, que eran acompañados de estridentes gritos de furia, y con una hábil maniobra, hacerle una zancadilla al muchacho para que este trastabillara y lo dejara en paz, mientras trataba de explicar que solo quería seguir su camino, pero las sorpresas no se acababan. En medio del camino apareció la extravagante figura de un anciano a lomos de un asno, llevaba puesta parte de una armadura tan vieja como él mismo, y en las manos cargaba un largo tubo de hierro con el que le apuntaba. Emmer no tenía ni idea de qué clase de locura afectaba a ese abuelo, ni de qué era lo que pretendía con ese aspecto más ridículo que intimidante, sin embargo, las chispas que comenzaron a brotar insistentes y juguetonas de su raro artilugio y luego la violenta explosión que salió de la boca de este, sumado al particular olor de su aliento que nunca antes había conocido y jamás olvidaría en su vida, lo hicieron cambiar de opinión. Fue apenas un golpecito el que sintió en el estómago, el golpe de algo pequeño y duro, algo invisible tal vez mágico, porque a pesar de no haber visto nada, su armadura tenía un agujero perfectamente circular y en su carne y en sus tripas podía sentir la monstruosa cicatrización ejecutándose. Estaba aturdido, pero más que por la herida era de asombro, tanto que no hizo nada por esquivar el golpe brutal que el muchachote le soltó en el pecho con su espadón de juguete y que lo arrojó al suelo. Emmer cayó sentado contra un poste de madera que era parte de un cerco, mientras el muchacho reía satisfecho consigo mismo, con una risa de burla, de una maldad marcadamente infantil. El viejo preparaba su prototipo de arcabuz para dispararlo nuevamente, pensando que la armadura había salvado a aquel soldado enemigo, espoleó su burro frenéticamente para que este se moviera, con su flema habitual, dos pasos más cerca y volvió a apuntar, el Rimoriano no pensaba quedarse para ver otra prueba de esa extraña arma de trueno, se arrastró bajo el cerco y se ocultó entre las vacas, el muchacho, menos hábil, debido a su peso y a su improvisada armadura de madera, abrió las puertas del cerco con su respetable espadón al hombro para perseguirlo, pero no llegó a entrar, la casa que habitaban estalló violentamente debido a la pólvora y otros extraños compuestos que habían logrado acumular en todos esos años, luego el granero que estaba justo al lado, provocando una lluvia de fuego sobre las reses que ya espantadas por la explosión, huyeron aterrorizadas por la puertas abiertas donde estaba parado el muchacho, quien por muy poco logró hacerse a un lado y salvar el pellejo, pero nada de eso había sido coincidencia, todo había sido provocado por una misteriosa figura encapuchada y cubierta por una gruesa capa que salió del establo ubicado al otro lado del cerco, montando un caballo, un animal inteligente que nunca se había dejado montar por los dueños de esa casa, a quienes su sentido animal los hacía despreciar más que temer. El jinete se detuvo junto a Emmer y lo ayudó a subir a su grupa, luego echó a correr tras la estampida de reses, “¡Bestia traidora!” grito el viejo enfurecido y disparó su arcabuz contra los que huían.

            Solo varios segundos después, y muchos metros, Emmer notó que el jinete que lo había salvado comenzaba a desfallecer, llevaba el proyectil lanzado por el viejo alojado muy cerca de su corazón, también notó que este no era hombre sino mujer y que en su regazo bajo su capa, llevaba un bebé envuelto en cobijas atadas y cruzadas al hombro como un hatillo, el hombre tomó las riendas y detuvo el caballo, la mujer moría en sus brazos, “Cuídalo, es Rimoriano como tú, y como yo…” dijo, mientras Emmer tomaba la criatura sin saber que más hacer y la madre caía lenta e irremediablemente al suelo, ya sin vida. Nunca supo su nombre ni por qué hizo lo que hizo, solo que al parecer tenía razones poderosas para huir con su bebé de ese lugar y de esa gente a la primera oportunidad, y así lo había hecho. Las reses corrieron despejando el camino frente a ellas de cualquier obstáculo, lo que fue aprovechado por Emmer para salir de ese laberinto, sin embargo, la ruta no era completamente segura, pues no estaba libre del fuego ni de los arqueros que no dejaban de atosigar desde los tejados, solo la velocidad del caballo mantuvo ilesos al jinete y al bebé que este protegía con su cuerpo. Al llegar al camino principal se detuvo, el proyectil encapsulado en sus tripas le dolía tanto como un hueso roto, pero no le prestaría demasiada atención. Entonces la vio, Nila estaba allí, pegada a una pared con la espada de un enemigo muerto en las manos, se veía cansada, asustada y cubierta de sangre, el bueno de Vanter no se había despegado de ella. Lo que debía ser un emotivo reencuentro, se diluyó con el llanto del bebé. Nila y Vanter vieron al recién llegado como quien se presenta en una fiesta con un atuendo de lo más inadecuado, “No hay tiempo para explicaciones….” Emmer le estiraba la mano a su novia para que subiera a su caballo “…Tengo que sacarte de aquí”

            Vanter regresó junto a sus compañeros para luchar, mientras Emmer corría en dirección contraria por el camino principal hacia las afueras de Cízarin y más allá, le había prometido a su camarada que regresaría en cuento dejara a Nila y al bebé a salvo, pero esa era una promesa que no cumpliría.


León Faras. 

martes, 4 de abril de 2017

Alma electrónica.

El coleccionista.


Apenas amanecía, una manada de Recolectores, o mejor conocidos por los humanos como Chatarreros, rastrillaban una extensa zona de barro endurecido, en la que habían quedado atrapados hasta el límite de su resistencia varias máquinas, incluso se podía ver parte de una barcaza entera sepultada, con los androides que transportaba en su interior. Los Recolectores eran robot de tecnología y aspecto burdo, parecían jorobados botes de basura con patas cortas y largos brazos terminados en pinzas, que se movían lentos y agazapados hurgueteando el suelo en busca de desechos útiles, estaban hechos de un metal grueso pero muy deteriorado, sucio y lleno de mellas que contrastaba fuertemente con la elegancia de los cuerpos pulidos y brillantes de los Guardianes, Castigadores o Aplacadores. Su trabajo era recuperar material, piezas valiosas, metal, circuitos en buen estado que almacenaban en su interior hasta que el peso límite que podían cargar fuera alcanzado o el espacio disponible se acabara, para luego llevarlos a las fábricas donde eran reutilizados. Eran obreros que a veces hacían la preciada labor de recicladores y otras veces la de despreciables rapiñas, que no tenían escrúpulos en arrebatarles sus órganos vitales a aquellos androides caídos, incapaces ya de valerse por sí mismos, aunque estos no estuvieran totalmente muertos y aun tuvieran intensiones de seguir luchando por su existencia. No eran agresivos ni portaban arma alguna, pero eso no los hacía un botín fácil de coger, las manadas de Chatarreros siempre eran acompañadas de un par de Oteadores, unos gusanillos desagradables que caminaban sobre dos patas y se apoyaban de su cola para erguirse y girar la bola que tenían por cabeza, escaneando los alrededores en busca de cualquier amenaza, y alertando a medio mundo cuando la detectaban. Por su parte los Recolectores ante cualquier alarma, se cerraban herméticamente y se quedaban quietos hasta que se les ordenara lo contrario. Si uno de ellos se alejaba de la manada más de la cuenta y no se reintegraba pronto, se daba por hecho que una anormalidad había sucedido con él, tal vez podía haber sido raptado por humanos para extraerle las piezas, tal vez podía haberse encontrado con un obstáculo imposible de sortear o tal vez el robot había sufrido un daño que le impedía seguir con su trabajo, entonces la unidad caída en desgracia, de forma automática destruía su preciada carga con una potente explosión interna que de paso también acababa con sus entrañas. No eran más valiosos que la labor que realizaban y si algo de valor les quedaba, más temprano que tarde otro Chatarrero pasaría por ahí y lo cogería. En el lugar no solo se podían ver máquinas, también habían restos de animales arrastrados, árboles enteros descuajados, restos inservibles de los incontables vehículos que cubrían la tierra y sobre todo casas, un pueblo entero de hecho, arrasado y sepultado por el lodo y todo lo que este arrastró.  

Uno de los Recolectores se diferenciaba claramente del resto, tenía una media luna blanca pintada sobre su cabeza, él, por supuesto, ni se había enterado de aquello, pero una pequeña cantidad de pintura le había caído encima por accidente y le había dejado esa caprichosa marca en la que nadie ponía su atención. Cerca de él, cuatro Chatarreros desmantelaban a un robot soldado partido en dos que aun funcionaba y que se resistía con desesperación al notar que quienes le habían encontrado no eran precisamente unidades de rescate, dos Chatarreros más se acercaban con cierta ansia. Pronto las protestas del soldado se silenciaron. El robot de la media luna siguió su camino sin detenerse, aquello le parecía aburrido, cierto era que estaba fabricado y programado para recuperar materiales útiles para la construcción de nuevas máquinas, pero al parecer, una de sus pieza internas reciclada, no había sido correctamente limpiada antes de instalarse y contenía un programa que no le correspondía y que de a poco se había abierto paso en su intrincado sistema, despertando en él una curiosidad anormal, un interés que lo absorbía gradualmente dejando su monótona labor principal en una categoría secundaria, su nueva afición le despertaba una adicción totalmente nueva, un apetito desconocido y que crecía con cada nuevo descubrimiento, con cada nueva pregunta, había tomado consciencia de la existencia de un rompecabezas gigantesco de piezas infinitas cuyo interés por encajar cada una se hacía cada vez más imperioso. Era un caso que solo se podía dar una vez en un millón, donde los innumerables factores necesarios coincidieran, pero la probabilidad muchas veces demuestra no saber de imposibles. El robot de la media luna, al igual que todos los demás Recolectores, reconocía los materiales valiosos rápidamente, diferenciaba sin problemas un censor térmico de una batería iónica y sabía muy bien cuando un motor o circuito estaba funcionando, podía repararse o definitivamente se había estropeado, pero lo que lo fascinaba por completo era descifrar qué servicio prestaba un cepillo de dientes encontrado con las cerdas chamuscadas o en qué parte del universo humano encajaba aquella palanca de los estanques de los retretes, lo mismo con encendedores, cortaúñas, anteojos, monedas o relojes y por qué razón existía tanta variedad de un mismo objeto, todo aquello se le hacía adictivo como una droga, pero por lejos, lo que más le encantaban eran los juguetes, tan interesantes y abundantes como aparentemente inútiles.

El autobús sepultado llamó su atención y lo cambió todo, en el primer asiento se veía un niño sentado, era algo completamente diferente a lo que el robot de la media luna había visto nunca, no tenía señales de vida, pero aquello era lo más próximo a un humano que había conocido jamás. Se trataba de un muñeco de los usados por los ventrílocuos, en perfecto estado o cuidadosamente restaurado. El robot se acercó intrigado, el autobús tenía una gran abertura por la que se podía entrar sin problemas y el Recolector no lo dudó, pero el muñeco solo era una carnada, colgado del techo, había un hermoso avión biplano modelo de la segunda guerra mundial, más allá encontró un gato de tela humanizado, sentado en actitud concentrada frente a un tablero de ajedrez con sus piezas en plena partida, tenía puestas unas gafas que le daban al robot por primera vez una pista de cómo se usaban, también encontró un globo terráqueo y un gran anuncio de tamaño natural de una chica en bikini que anunciaba algo llamado “Bloqueador solar” lo que para el robot de la media luna no tenía significado alguno. Una alarma en su interior se encendió, anunciando que su manada se alejaba y que debía reintegrarse, y aunque no podía desactivarla hizo algo aun más osado, la ignoró. Junto a la ventana del autobús, crecían tomates contenidos en recipientes de plástico, bajo estos, había una formación de hombres diminutos enfrentados a otra formación de animales, sus formas y colores variaban, pero el material del que estaban hechos era el mismo. En la pared de enfrente, podían verse una multitud de relojes colgados, algunos de ellos aun funcionaban, y más allá, libros apilados, el robot los conocía, pero al igual que todos sus compañeros mecánicos, los creía extintos. La alarma se hizo más acuciante, mensajes de peligro y advertencia se multiplicaron en su interior, pero todo aquello era demasiado fascinante, estaba embobado y no podía retornar a su rutina luego de ver todo eso, pues pasaría mucho tiempo, antes de que la manada volviera a pasar por allí y muchísimo más antes de que él encontrara otro sitio similar. No pensó en irse, pero si esa idea hubiese surgido, hubiese sido literalmente aplastada por lo que vio a continuación, un acuario, con plantas y peces vivos nadando en su interior, eso era demasiado para una simple máquina como él. Su sistema colapsaba, la manada se alejaba cada vez más, el comando de autodestrucción amenazaba con ejecutarse en cualquier momento, pero el robot de la media luna solo pensaba en acercar su mano al cristal donde nadaba un bonito pez dorado. No sintió nada cuando explotó, solo un sonido fuerte que lo remeció y luego sus sistemas que se apagaban como una vela que se ha consumido.


Despertó seis días después, notó que sus recuerdos seguían intactos, también su consciencia, eso era de todo, menos normal. Sus sistemas se reiniciaban con normalidad, estaba en un lugar oscuro, la escasa luz que había, estaba enfocada en él, un hombre lo miraba muy de cerca con gran curiosidad “¿Puedes oírme?” Un humano, tan cerca que si tuviera sentido del tacto, podría haberlo tocarlo, sin embargo, lo más sorprendente era que podía comprender el sistema de lenguaje orgánico, algo que desde hace mucho estaba obsoleto entre las máquinas de bajo rango, como él. El robot de la media luna respondió que sí había recibido el mensaje, y el traductor que el hombre le había instalado reprodujo su respuesta con una voz electrónica, con un tono que se podía clasificar como femenino. El hombre rió complacido. Se trataba de un explorador solitario, aquel lugar era su hogar, el sótano de una de esas casas sepultadas por el barro al que se podía acceder a través del autobús donde precisamente el humano lo había encontrado. El robot miró a su alrededor, las paredes, el techo, todo estaba lleno de objetos absolutamente asombrosos para él, se preguntó si aquel humano estaría dispuesto a explicarle la utilidad del cepillo de dientes y de los otros fabulosos objetos que tenía allí, por su parte, el hombre estaba seguro de que aquel curioso robot, le sería útil para buscar y encontrar las piezas que constantemente los sobrevivientes necesitaban.


León Faras. 

sábado, 1 de abril de 2017

Simbiosis. Una visita al Psiquiátrico.

VIII.

La tetera mediana, y también la más añosa, liberaba un leve y continuo hilo de vapor puesta sobre los rescoldos, donde la vieja Luca la tenía a mano para cebar su mate aromatizado con cedrón, era temprano en la mañana y el fuego ya había ardido un buen rato hasta consumirse. Jonás llegó en ese momento a llenar con agua caliente una taza en la que traía algunas rígidas hojas de té. El hombre mostraba un evidente dejo de preocupación en el rostro, la mujer no necesitó preguntar qué pasaba, “Luna nuevamente dice que ha hablado con su madre…” La vieja Lucrecia sorbía sonoramente, con el fin de extraer hasta la última gota de agua de su mate, para volver a llenarlo con parsimonia y sabiduría. “¿Y qué hay de raro con eso? Es solo una niña…” “Sí, lo mismo pienso yo, que no tiene nada de malo… Pero hoy me preguntó por su hermana…” Jonás azucaró su té y lo revolvió pensativo, luego miró a la vieja para preguntarle si había tenido algo que ver en eso. Era muy poco probable, pero era mejor eliminar completamente esa posibilidad, la vieja asintió, “También me habló de una hermana, como quien confiesa un pequeño secreto. No le pregunté nada, jamás había oído nada de eso y solo pensé que era uno de sus juegos. Tiene una imaginación bendita y es inteligente como la que más… pero, ¿Acaso es cierto?” Jonás se empujó hacia arriba sus diminutos anteojos y se quedó hurgueteando la barba un rato, luego respondió “Ese es el asunto… ella tuvo una hermana melliza que nació muy débil y murió a los pocos días de nacer, pensaba hablarle de ella, debí hablarle de ella, pero esperando el mejor momento, nunca lo hice. Y ahora no sé cómo se ha enterado.” Lucrecia interrumpió la saboreada de su mate para responder con naturalidad, “Pues se lo ha dicho su madre… lo creas o no, los muertos también hablan, cuando hay alguien dispuesto a oírlos” Jonás quiso sorber una pizca de su té, pero retiró los labios rápidamente al sentir el líquido demasiado caliente, “Ay, vieja Luca, puede que tengas razón” Lucrecia continuó, “…la gente hoy en día no cree en nada, piensan que todo son puros cuentos de viejos… pero antes se veían cosas. Mi tía Ernestina, la mayor, sanaba chiquillos con dos rezos y un par de hierbas y a ella nunca nadie le enseñó nada, ella hablaba con angelitos desde niña, incluso curaba gente maldita, gente que de un día para otro caía en cama y ahí se secaban como una plantita, ella iba y los sacaba de ahí… Y mi padre, que en paz descanse, conoció al Diablo en persona, habló con él como estamos hablando nosotros, dijo que nunca había estado tan asustado en toda su vida, y él no era hombre asustadizo. No le quedó de otra que decirle con mucho respeto que no quería tratos con él, pero el Diablo, astuto, le dio una moneda de oro y le pidió que se la guardara, porque un día iba a volver por ella, para tentarlo, pero mi padre nunca la usó, se la mostró a mi madre y yo también la vi, era grande que no cabía en una taza, valía mucho, pero mi padre dijo que antes que tener que usarla, nos moríamos todos de hambre, y la escondió donde nunca más supimos de ella…” La vieja Luca cogió un palo domesticado hace muchos años por su mano dura y el fuego intenso, y abrió con él las cenizas para que emergieran de ellas, dos gordas y apetitosas tortillas de pan cocinadas en los rescoldos, que la vieja cogió entre un paño y su delantal y limpió enérgicamente antes de tirarlas en un canasto, “…así que yo creo que una pequeña que hable con su difunta madre, no tiene nada de malo, y no es ni de cerca lo más extraño que se haya visto…” “Lo sé vieja, lo sé. Si yo no más quiero que ella esté bien… y si su madre nos quiere ayudar con eso, pues qué le voy a hacer yo, bienvenido sea…” dijo Jonás mientras se iba a preparar sus cosas antes de irse a trabajar.

Estela se levantó muy temprano, pero aun así encontró a la señora Alicia ya sentada en la cocina tomando desayuno, aunque todavía envuelta en una bata. Bernarda no tardó en aparecer, totalmente vestida, arreglada y lista para irse a su trabajo, se preparó una tostada con mermelada canturreando suavemente y se fue, despidiéndose de todos con una sonrisa radiante, que dejó a la señora Alicia aun desconcertada, al no poder concebir que una mujer de la edad de Bernarda, con dos hijos y una nieta, fuera capaz de andar por la vida con esa felicidad y plenitud propios del amor idealizado de la juventud, lo que le parecía de lo más extravagante o a lo menos, inadecuado, a Estela en cambio, la nueva actitud de Bernarda le gustaba, le parecía todo divertidamente raro. Ulises apareció entonces, venía sonriendo, pues había saludado a su hija antes de que esta se fuera, y la mujer le había contagiado irremediablemente su espléndido humor. Estela se puso de pie en el acto para servirle desayuno, pero el viejo se negó, tenía que ir a la iglesia y estaba atrasado, un “¿Tú?” largo y cargado de duda salió de la boca de Estela y de la señora Alicia al unísono, ambas muy sorprendidas debido a que el hombre era más bien renuente a todo tipo de celebraciones religiosas, pero Ulises se explicó rápidamente, “El Padre habló conmigo ayer, dice que tiene una figura de madera del Señor que está rota en su capilla y me pidió que le echara un ojo a ver si podía repararla… seguro no obtendré más que un par de bendiciones y los favores siempre misteriosos de la Divina Providencia, pero en fin, de todas maneras veré lo que puedo hacer.” Ya luego se pasaría por la cafetería de Octavio a comer algo.

Estela salió de su casa a media mañana, luego de lavar la vajilla y ayudar en las labores de aseo como siempre lo había hecho. Tenía pensado encontrarse con su hermano y tal vez hacer algo más de dinero, ahora que ya sabían que el viaje se acercaba, pero afuera se encontró con Diana, que precisamente la buscaba a ella y aguardaba a corta distancia a que saliera “Necesito tu ayuda…” Diana lucía entusiasmada, “…anoche apenas pude dormir, tengo una idea pero tienes que ayudarme… es por lo de Alberto” Ambas llegaron a la casa de Alberto, pero este no estaba, “No te preocupes…” dijo Diana sonriendo misteriosa, “…le he conseguido un pequeño trabajo que lo mantendrá ocupado” luego abrió un pequeño bolso y sacó de él una cotona, como las que usan los niños en el colegio para no ensuciar la ropa “Toma, ponte esto, es un poco grande para ti, pero servirá. Vamos a pintar.”


Cuando Alberto se desocupó, encontró a ambas muchachas sentadas en la entrada de su casa comiendo emparedados y bebiendo zumo, tenían pañuelos cubriéndose el pelo y sus delantales manchados de pintura negra, pero ambas sonreían satisfechas, la escena, para cualquiera, pero especialmente para el muchacho, era de lo más incongruente, hasta entrar a la casa. Las muchachas habían limpiado y ordenado todo ligeramente, y habían pintado de negro ciertos trozos de los muros, de modo que se podían ver esparcidas por el lugar, varias pizarras de diferentes dimensiones, grandes y pequeñas, altas y alargadas, en las cuales estaban distribuidas todas las letras del abecedario, pintadas con pintura blanca y la bonita caligrafía de Diana y sus respectivos espacios, para que fueran rellenados con palabras a medida que el muchacho fuera aprendiendo a escribir. El resultado no era para nada desagradable, y a Alberto, realmente le gustó, al menos estéticamente, porque en un principio se sintió agobiado por la cantidad de letras distintas, que jamás imaginó que fueran tantas, y por la cantidad de espacio disponible, que sintió que tardaría años en rellenar, pero las muchachas lo tranquilizaron, pues comenzarían de a poco y las cosas se irían haciendo cada vez más fáciles. Las palabras quedarían escritas en las paredes y de esa manera, las podría repasar todo el tiempo que permaneciera en casa, incluso de manera inconsciente. Estela le preguntó por cual palabra quería comenzar y el muchacho no lo dudó, hace mucho tiempo que tenía la curiosidad de ver cómo lucía su nombre, dibujado en palabras: “Alberto” dijo.


León Faras.

sábado, 25 de marzo de 2017

La hacedora de vida.

3.

Reni Rochi tenía un amigo mucho más avezado que él en temas robóticos, su nombre era Rudy, un tipo lo suficientemente inteligente y obsesionado con las máquinas como para haberse vuelto un experto en ellas. Tenía una pequeña tienda abarrotada de piezas; engranajes, motores, circuitos y de autómatas desmembrados, colgados por aquí y por allá, como en una tétrica carnicería humana. Nada de lo que se podía ver allí era nuevo, todo aquella inmensa cantidad de chatarra, era el resultado de una necesidad por guardarlo todo, de una veneración por aquellas piezas marcadas por años de valioso servicio, de una certeza en que todo servía de una manera u otra, sino de manera práctica, lo hacía entregando información, conocimiento, tal como el hombre que desentierra huesos para averiguar la historia de ellos. Lo había contactado a su teléfono por una simple razón, el robot que Nora tenía en su váter, al parecer no estaba del todo estropeado como pensaban, y tal vez podía repararse de una forma fácil y no tan cara, para que este pudiera irse por sus propios medio, tal y como había llegado.

Rudy llegó en una motocicleta tan diminuta que ridiculizaba el enorme casco que traía puesto. Rochi lo estaba esperando. El contraste entre este y Rudy era brutal, si Reni era un toro, Rudy sería una lagartija. Se trataba de un tipo sumamente delgado, de ojos grandes y dedos huesudos, consecuencia directa de una vida obsesiva, en la que comer no era tan importante y dormir, una pérdida de tiempo. Apenas vio al robot exclamó “¡Boris, tenías que ser tú!””Boris… tú…” repitió el robot y Rudy se le quedó mirando como si se tratara de un perro que de pronto habla. “¿Se llama Boris?” preguntó Nora, mientras le alcanzaba una taza de algo parecido al café a Rudy, quien tardó varios segundos en reaccionar “…no, en realidad su nombre es BR-15, pero lo llamamos Boris… ¿Acaso repitió su nombre?” “Sí, repite todo lo que dicen” dijo Zardo divertido, pero apenas habló, el robot le borró la sonrisa con una palabra ya memorizada antes, “Idiota” “Entonces…” dijo Rochi señalando al androide, “… ¿Lo conoces?” “Sí…” respondió Rudy dejando su bolso en el suelo, el que sonó igual a un saco de huesos, “…es el robot con más mala suerte que he conocido en mi vida…” y pasó a enumerar la gran cantidad de veces que había debido repararlo, pues Boris había sido atropellado dos veces, cuatro veces había caído desde considerable altura, una vez fue aplastado por una máquina expendedora de gel antiséptico, dos veces se electrocutó  “…y esto no lo van a creer…” continuó Rudy,  “…una vez, una bala recorrió seis kilómetros en la ciudad, entre edificios y transeúntes para terminar alojada en su cuello, fue increíble, y lo más curioso es que no es cosa de falla técnica, yo mismo lo he calibrado al milímetro en sus sensores ambientales, de posición, de movimiento, de fuerza; todo nuevo y en perfecto estado, pero aun así, siempre termina sucediéndole algo…” “Termina… algo” repitió Boris, Nora sonrió “¿Ves? Todo lo repite, como si estuviera aprendiendo a hablar” Rudy abrió su saco de huesos y lo registró en busca de un par de herramientas “Eso es imposible. Los robots no aprenden así, se programan… es distinto. Eso es característico de un ser vivo, ¿No, Boris?” “Boris… vivo…” repitió el robot con su inalterable e inexpresivo rostro perdido en la nada, lo que provocó una risita sin entusiasmo en el rostro del técnico. Con seguridad, había problemas con alguno de sus programas de lenguaje, no se estaba ejecutando correctamente, y eso podía obedecer a varias razones. Rudy le abrió el pecho y comenzó a hacerle pruebas con sus raros instrumentos, “¿Por qué está así?” preguntó al verlo inmóvil del cuello para abajo “Se electrocutó…” respondió Reni Rochi sumando así, uno más a la ya larga lista de accidentes del robot, “Esto es muy raro… no puede ser… Ayúdenme a moverlo” dijo Rudy y entre todos lo inclinaron hacia delante para abrir una tapa en su espalda y comprobar que su fuente de poder estaba completamente muerta, con dos movimientos hábiles y rápidos, Rudy la aflojó y la extrajo completamente, “Esto no sirve, tiene todo quemado… las resistencias…” “Resistencia…” repitió Boris y Rudy se quedó de piedra, era una máquina a la que se le habían extraído las baterías, no podía seguir funcionando de ninguna manera “¿Qué rayos está pasando aquí?” dijo pasmado, sin comprender nada.

Olsen caminaba a buen paso esquivando transeúntes que a su vez lo sorteaban a él. Las estrechas calles siempre estaban llenas de gente que parecía moverse motivadas por un firme e importante propósito, el cual impedía que cualquiera pudiera detenerse, distraerse o siquiera saludar. Pensaba en su hijo, en que si la decisión que había tomado había sido la correcta o había sido la estupidez más grande de su vida producto de la desesperación. Su hijo no era el mismo, lo sabía, él, que pasaba poco tiempo en casa, lo había notado y tanto, que se le hacía un nudo en la garganta y en el estómago al verlo, silencioso, ausente, extraviado. El hombre llegó a su casa en uno de los numerosos edificios donde se amontonaba la población, un departamento pequeño y sombrío como cualquier otro. Todo estaba limpio y ordenado, su mujer ponía la mesa mientras el niño la observaba curioso, sentado en un rincón con un juguete plástico inerte en sus manos. Olsen notó que Lisa, su mujer, se veía tranquila, sus movimientos eran delicados con cada plato o cuchara que ponía en la mesa, con la misma suavidad cogió al niño de la mano y este se dejó llevar dócil a su puesto en la mesa, “Ahora vamos a comer, ¿Sí?” dijo la madre, “Comer…” repitió el niño, mientras le ponían una cuchara en la mano. El hombre se sentó frente a su plato, el niño se veía perdido, sin comprender por qué estaba ahí, ni qué tenía que hacer, Lisa se sentó también, en silencio pero con una leve sonrisa, como quien ha recibido una muy buena noticia que no puede divulgar, a Olsen le pareció forzada, “Lisa, escucha… con respecto a nuestro hijo, yo…” La mujer le tomó la mano y lo silencio suavemente, “No quiero saber lo que hiciste, no necesito que me digas qué pasó. Sé bien lo que nos dijo el médico, pero ahora mi hijo está aquí, conmigo, con nosotros, y eso es todo lo que necesito…” Olsen se sintió aliviado, le besó la mano a su mujer “Estaremos bien…” fue una afirmación, pero no sonó tan convincente. Su mujer sonrió y miró a su hijo que los observaba inexpresivo “Él aprenderá… poco a poco, yo me encargaré de todo, tú ya hiciste lo que tenías que hacer…” El niño no comía, no respiraba, no necesita dormir, su madre ya lo había notado, pero por ahora nada de eso le importaba, sabía que las cosas no volverían a ser como antes, pero eso no necesariamente debía ser algo malo, ya había decidido que no sería así.

“Esto está fuera de mi alcance…” dijo Rudy rascándose la nuca, “…que un robot siga funcionando sin energía, es algo que yo calificaría como más que inusual” Yen Zardo se masajeaba la cara tan confundido como Rudy, mientras Rochi y Nora intercambiaban una mirada de preocupada complicidad. Boris estaba vivo debido al extraño poder de Nora, y ahora, el complejo sistema del androide, de alguna manera se estaba adaptando a su nuevo estado, algo de lo que nadie sabía qué se podía esperar. Debido a su historial de accidentes, nadie se preocuparía demasiado por la desaparición de Boris, aseguró Rudy, por lo que podía quedarse con Nora hasta decidir qué hacer con él, algo que la chica aceptó resignada, pero no sin antes exigir que entre todos movieran al robot de su retrete.


Boris quedó finalmente sentado en su sillón, se podía decir que fascinado con la televisión encendida frente a él, para Nora, cambiar su asiento por su váter no había sido el mejor negocio de su vida, pero sin duda que aquello, era mejor que nada.


León Faras.