lunes, 26 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

122.



Así que tú eres el hermano perdido del que tanto habla mamá.” Dijo Rubi luego de mirar largo rato al bueno de Yádigar, pero la mirada más inquisidora fue la de su hermana, Falena, al darse cuenta de que ella sí sabía que su mamá tenía un hermano. “¡Cómo es que yo no sabía que teníamos un tío?” Protestó la chica, Rubi la miró con las cejas empinadas, como a una niña malcriada teniendo una pataleta de lo más injustificada: “Eso es porque nunca estás en casa y cuando estás, nunca pones atención.” Era inútil discutir, Rubi siempre tenía la razón. “Cuando Teté fue enviada a Cízarin, las cosas quedaron muy difíciles en Rimos, en especial si eras un soldado, parecía que cualquier día nos cortaban el cuello por cualquier cosa, y tratar de huir, aunque fuera para visitar a un pariente, era darles la excusa perfecta para hacerlo. Tiempo después supe que ella ya tenía una familia y un marido, por lo que pensé que no debía preocuparme por ella más, ni hacer que ella se preocupara por mí, ¡Ya sabes como todo lo convierte en un drama! Siempre fue así, y si ya tenía sus propios asuntos, no quería cargarla con los míos.” “¿Y, tú tienes hijos?” Preguntó Falena, cruzándose de brazos de lo más cómoda. Rubi la miró como a una desubicada cuyas preguntas son de lo más inoportunas, pero la chica tenía su punto. “¡Es nuestro tío, es pariente! ¡Tenemos que saber!” Respondió, encogiéndose de hombros. Yádigar sonrió sin ganas. “Tuve un hijo, pero murió pequeño, se asfixió con un colgajo de la manta mientras dormía… una muerte de lo más tonta. Después de eso mi mujer se fue, me dejó. Demasiado tiempo sola, dijo. Supongo que tenía razón” Falena ahora sí se sentía desubicada y Rubi volvía a mirarla igual. Otra vez había tenido la razón.



Mientras avanzaba por la devastación de Bosgos, Demirel oyó lo que parecía ser un enfrentamiento con espadas. No tardó mucho en encontrar a un bosgonés agotado con una espada en la mano y dos cizarianos muertos frente a lo que quedaba de su casa. Apenas amanecía y la llovizna era intensa. Ambos se miraron y se reconocieron; Demirel se había enfrentado dos veces a ese rimoriano antes, y las dos veces había resultado aquel con un proyectil en el pecho, sin embargo, la tercera vez sería distinta. “Vete.” Le dijo. Emmer se le quedó mirando como si le estuviera gastando una broma de mierda, pero Demirel insistió. “¡Vete! Ya has tenido suficiente, no pelearé contigo.” Éste tenía la mala costumbre de no fijar la vista en los ojos de la persona con quien hablaba, como una tara arrastrada desde muy joven, por lo que el otro no estaba seguro de obedecerle. “No me iré sin mi familia.” Advirtió el rimoriano. Demirel ya había visto a su mujer y su hija dentro, abrazada una a la otra y no quería tener que matarlas también. “¡Llévate a tu familia! ¡Vamos, deben irse! ¡Ahora!” Les ordenó, pero entonces, Emmer le respondió lo más impensado que podía ocurrírsele “Entonces, ayúdame…” Demirel se sintió insultado, y pudo reaccionar con agresividad, pero el otro acabó la frase a tiempo. “Mi otra hija está atrapada.” Demirel se acercó, la luz era escasa, podía pensar que aquello era una treta para golpearlo a traición, pero no lo hizo, se esforzó en mirar y al final vio: la chica estaba aplastada por una pared, rematada por una pesada viga de madera basta. No tenía buena pinta, la angustia de ese rimoriano era real. Demirel tuvo una idea y Gindri estaba de acuerdo, pues lo que más la honraba a ella era salvar y proteger al inocente, por lo que sin pensarlo más, metió su enorme espada bajo la viga para usarla de palanca y con todo el poder de sus piernas y espalda, más la ayuda de Emmer y sus brazos, la elevó lo suficiente como para que Nila pudiera tomar a su hija y sacarla de donde estaba, justo cuando los Tronadores rompían el cielo como en una aterradora tormenta otra vez. Demirel no era un experto, pero tenía experiencia como para afirmar que esa chica ya estaba muerta o muy cerca de ello. Emmer se iría al fin, con el cuerpo sin vida de su hija Emma en brazos, su esposa y su hija más pequeña, Lina. Cuando Demirel salió, se encontró con Yurba parado afuera, que lo miraba como si quisiera reprocharle algo, pero en cuanto lo animó a hablar, el otro solo meneó un poco la cabeza, bajó la mirada y siguió caminando. Yurba se había guardado de hacer alguno de sus molestos comentarios. Eso sí que se sentía raro, pero más raro fue lo que sucedería a continuación: Al amanecer, antes de que el sol se asomara por completo, una brillante estrella se posó sobre Bosgos, inusualmente brillante, llamaba la atención de todos como cualquier fenómeno de similares características lo haría, incluso Fagnar se detendría a observarla, como esperando a que algo sucediera. Y lo haría. Inmóvil, su luz empezó a hacerse más intensa y a titilar al mismo tiempo, hasta que en un segundo su resplandor lo inundaría todo de golpe, volviendo al mundo de un blanco tan intenso que incluso atravesaba los párpados, para luego apagarse súbitamente, dejando ciego por algunos minutos a todo aquel que la estuviera mirando. Fue un suceso aterrador que paralizó al ejército cizariano y a sus Tronadores por un rato, pero no había sido de origen divino como algunos pensaron, sino mágico. Darlén acababa de llegar a la ciudad y buscaba la forma de poner a salvo a los rezagados para contraatacar.



León Faras.

martes, 20 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

121.



El ejército cizariano se detuvo frente a la ciudad con Fagnar en frente, esta vez no entró. Los bosgoneses que estaban en pie comenzaron a agruparse, curiosos y soñolientos, sin saber bien qué ocurría en su vecindario pero temiéndose lo peor. Empezaron a asomarse con timidez, como animalitos que temen dejar la seguridad de sus refugios para ver lo qué pasa afuera. Allí estaba Fagnar, sin pronunciar ni una sola palabra, levantó su brazo y lo dejó así mientras los Tronadores, que ahora eran muchos más que la vez anterior, se posicionaban como un abanico apuntando a la ciudad. Nina y algunos de sus seguidores quisieron protestar, echar a los invasores con gestos, gritos y una actitud altanera, pero los ignoraron como a perros amarrados que solo pueden ladrar. El brazo de Fagnar seguía en alto y los Tronadores poco a poco se movían tomando sus puestos de ataque… hasta que dejaron de moverse, entonces la gente calló, borró sus gestos agresivos del rostro, su postura ahora buscaba la huida, el miedo brotó de sus entrañas, visceral, como cuando la muerte se presenta de improviso, y justo antes de que el general bajara su brazo, el mismo grito brotó de la garganta de todos ellos: “¡Corran!”



Diecisiete Tronadores dispararon a la vez arrasando con todo lo que tenían en frente y hasta unos veinte metros en adelante, muchos simplemente murieron en un suspiro, otros se quedaron atrapados entre los escombros de sus casas, y los sobrevivientes que asustados y desorientados pensaron que debían ayudar a los heridos, vieron con horror la mano alzada nuevamente del general que esperaba que sus cañones acomodaran su ángulo de disparo para una nueva detonación y así alcanzar una mayor distancia esta vez. Nadie ayudó a nadie, los que podían huir, corrieron, y los que no, solo se quedaron atrás bajo la protección inútil de sus propios brazos sobre sus cabezas. Fagnar bajó su brazo y el segundo golpe volvió a retumbar tanto en el piso como en sus oídos y a hacer crujir el cielo y la tierra como si los dioses hubiesen decidido acabar con su creación empezando por los habitantes de su ciudad, sin dejarles chance ni para protestar.



El alba ya se insinuaba cuando el ejército cizariano entró caminando y en silencio a Bosgos; sin violencia ni alaridos, abriéndose paso entre los escombros, sin resistencia, acabando con el sufrimiento de quienes se encontraban a su paso, mientras los Tronadores buscaban otra posición para una nueva descarga, porque sí, Fagnar no venía a dialogar y balas traía de sobra. Los rimorianos, como siempre en la retaguardia, entraron al final, incrédulos y decepcionados, mirando a su alrededor y oyendo los lamentos de los sepultados en vida. “¿Qué clase de batalla es esta?” Preguntó Cal Desci, mientras otro más allá decía: “¿Contra qué carajos estamos peleando?” Los bosgoneses se replegaban, huían en bandadas y apenas con lo puesto, temerosos de mirar atrás y ver el brazo del general de nuevo en alto y a punto de caerles otra vez sobre sus cabezas y sus casas. Tal era la conmoción, que ni siquiera las bombas de veneno, que tanto daño hicieron la última vez, habían aparecido aún. Unos gritos llamaron la atención de Cal, que con su espada y escudo de reglamento todavía inmaculados, se sentía como un novato que no sabe qué hacer ni adónde ir. Eran los grititos ahogados de una chiquilla atrapada entre los escombros de su casa a medio caer. Cal usó una antorcha para buscarla, y luego de verla, miró a su alrededor en busca de sus camaradas, pero, providencialmente, no había nadie cerca que lo ayudara o que lo hiciera desistir, por lo que, seguro o no de lo que hacía, se lanzó dentro. La chica no estaba gravemente herida, solo atrapada, por lo que intentar salvarla no sonaba a una completa locura, no necesitaba más que un poco de fuerza bruta para abrir el espacio por donde una niña flacucha como esa pudiera escurrirse, pero a mitad de la faena los Tronadores volvieron a estallar al unísono y a hacer temblar al mundo. Toda la estructura pareció moverse. La niña, en pánico, se retorció y estiró hasta liberarse como una rata atrapada por la garra de un ave rapaz, pero el edificio ya no se sostendría más y mientras una pared colapsaba, lo que quedaba de techo también se venía abajo. Ninguno de los dos alcanzaría a huir, la niña recibiría el golpe brutal de un cascote en la cabeza que la dejaría inmóvil en el suelo para siempre y Cal, con la mitad del cuerpo fuera, quedaría con una pierna atrapada y reventada bajo el peso de la casa, sin que nadie estuviese cerca para auxiliarlo. Lo más curioso, es que de haberla dejado donde estaba, la niña seguiría con vida.



Algunas bombas de humo fueron lanzadas, pero con timidez y recelo, porque claramente hacían más daño a su propia gente rezagada, herida y que trataba de huir, que al enemigo, que avanzaba en silencio y sin apuro, acabando con todo a su paso, como la peste. Para algunos podía ser un trabajo fácil y hasta divertido, pero para otros era una labor indigna, incluso para Demirel, que siendo un soldado orgulloso de su oficio, cargaba a Gindri sobre su hombro, renuente a ensuciarla con la sangre de víctimas que no luchaban y que en muchos casos solo pedían auxilio, so pena de que ésta, altiva, no le perdonara nunca tal deshonra y le pagara con la misma moneda en el futuro. Otro que estaba asqueado con su trabajo era Yurba. Luego de haber acabado con un par de vidas inocentes, se detuvo, miró la sangre en su espada y se dio la vuelta, quitándose la pechera de metal que le cubría el cuerpo, y caminando en sentido contrario. Tibrón le recordó al pasar que si lo sorprendían desertando de la batalla, el castigo podía ser la muerte. “¿Cuál batalla?” Respondió Yurba, luego se fijó en que la espada de su amigo aún estaba limpia de sangre, y simplemente sacudió la cabeza y siguió caminando. “Estaré atrás, con los rimorianos…” Dijo.



León Faras.

martes, 13 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

120.



Falena ya comenzaba a desesperarse montada atrás de su tío que parecía no tener ni idea de adonde debían ir. La última opción, era un camino que bordeaba entre la ciudad y el río Jazza, en busca de un sitio misterioso de reunión para los revolucionarios. Era un lugar oscuro con abundante maleza ribereña en la que podía ocultarse un Cizal si quería. Estaba muy cerca del Decapitado. “¡Rubi, estás aquí? Soy amigo de Motas… él me envió a…” Susurraba Yádigar, bajándose de su caballo, con la esperanza de ser oído por la persona correcta, pero entonces le saltaron de la nada un puñado de maleantes con sendos cuchillos en las manos, estos no eran otros más que Musso y sus hombres. “¿Quién carajos eres tú y por qué dices que Motas te envió? Habla.” Yádigar tenía varios puñales apuntándole el cuello, pero aun así cogió el suyo de su cintura sin dejarse intimidar, extrayendo el mentón para verse más decidido, entonces intervino Falena enseñando sus manos vacías. “Solo buscamos a Rubi, a mi hermana Rubi.” Pero Ren redirigió su puñal hacia ella con su rostro de desprecio. “Miente, estoy seguro. No creo que tenga ninguna hermana llamada Rubi y tampoco creo que conozcan a Motas.” “Ella dice la verdad.” Intervino Brelio, apareciendo desde las sombras, y Falena, luego de reconocerlo, se le lanzó encima para saber sobre su hermana, pero como era de esperarse, el muchacho apenas había llegado y no sabía nada. Entonces habló Musso, un poco disgustado tal vez. “Tu hermana, Rubi, la que fue recomendada por tu amigo Motas, por cierto, nos prometió una distracción lo suficientemente grande como para que nosotros pudiéramos actuar, pero parece que tu hermana no es más que una debilucha embustera…” Falena protestó de inmediato. “¡Eso es mentira! ¡Si ella dice que hará algo, ten por seguro que lo hará!” Ren también quiso intervenir. “¿Y entonces por qué carajos todavía…?” Su frase quedó cortada por la explosión más espectacular que jamás hubiesen visto u oído. Todos, sin excepción, debieron inclinarse sobre su cuerpo y esconder las cabezas entre los hombros mientras veían con la boca abierta como una gran bola de fuego, humo anaranjado y grumos de chispas volaban por los aires a tan solo un par de pedradas de distancia, y eso sin contar el estruendo; como cuando los dioses de fuego que habitan bajo la tierra son despertados por un par de incautos y se cagan encima en todos. “¿Esa era tu distracción?” Preguntó Yádigar, embobado, pero nadie le respondió. Poco después llegaba Rubi, tan sorprendida como los demás por la explosión, con la cara tiznada y el pelo enmarañado; venía sola, habían trabajado juntos con Motas, pero en el último momento debieron separarse y no sabía nada de él ahora. Musso y sus hombres tenían tantas preguntas sobre lo que acababa de ocurrir ante sus ojos, pero debían actuar y dejaron que las hermanas se reunieran. “¿Lena? ¿Qué mocos haces aquí?” Dijo Rubi. La otra estaba indignada. ”¡Te busco a ti! ¡Dijiste que me dirías lo que pensabas hacer y solo desapareciste!” Le reprochó. Rubi iba a replicar algo que seguramente ya tenía preparado hace tiempo en su mente, pero Yádigar, que seguía ahí y todavía alucinaba con la explosión, la interrumpió. “¿Qué carajos fue eso?” Dijo señalando el humo, pero solo recibió una mirada de desprecio de la chica. “¿Y este quién es?” Preguntó. “Es nuestro tío.” Respondió Falena. “¿Quién?” Volvió a preguntar Rubi, pero su hermana solo la agarró del brazo esta vez para que salieran de allí.



Fagnar se detuvo gracias a una antorcha agitándose frente a ellos en el camino, ese era Cego. “El trabajo está hecho.” Dijo, y con un ademán, hizo que otra antorcha iluminaran los Tronadores apilados a un borde del camino. El general asintió conforme y ordenó a Demirel, montado a su diestra, que los subieran a los carros y los prepararan para el ataque. “¿Y mi recompensa?” Preguntó el Jazzabariano. “Como acordamos.” Replicó el general, y ambos asintieron marciales cerrando su trato. Cego despejó el camino y el ejército cizariano se lanzó sobre Bosgos sin importar el ruido que hicieran sus caballos. “Tal vez sea una buena noche para quedarse… y quizá obtener algo de provecho.” Sugirió Bacho, como buen asaltante de aldeas y saqueador ocasional que huele las oportunidades, pero su padre se negó sin esfuerzo. “No, hijo, esta noche no será buena para nadie que se quede aquí.” Le dijo, organizando la partida del grupo con un silbido y un par de gestos. Bacho pareció resentido con la respuesta, pero entonces recibió el golpe amistoso de su hermana mayor en el hombro. “Buen trabajo.” Le dijo esta, con una suave sonrisa que no había visto en años, y luego añadió. “Vamos, hay que beber algo.” En el camino había quedado abandonado un pequeño carro angosto y alargado como para cargar un cadáver, tal vez dos, con un cuerpo igualmente alargado encima cubierto por una tela que Cego enganchó a los caballos sin mirar lo que había debajo. Con la llovizna que caía, la tela mojada tomaba peso y copiaba la forma de lo que cubría. A Bacho le tomó un vistazo notar que la recompensa que había recibido su padre era un Tronador, uno grande, pero más pequeño que los que acababan de robar. Bacho se sintió avergonzado y rodeado de ineptos, todo este jaleo a cambio de un Tronador, cuando acababan de robar siete, y más grandes. ¡Es que no tenía sentido! ¡Era como robar gallinas para luego cambiarlas por un par de huevos! Pero además de poner su cara de disgusto y su actitud de genio incomprendido, no hizo ni dijo nada, después de todo, ese era el primer trabajo que hacía con su familia, con su padre, algo que sin duda le hubiese gustado que sucediera antes y que los hubiese unido en vez de separarlos, pero las cosas no son como uno quiere, al menos, no cuando uno quiere que sean, y eso era algo que Bacho había aprendido muy bien.



León Faras.

sábado, 3 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

119.



Los primeros en llegar a Bosgos fueron el rey Cegarra y su gente. Se detuvieron antes de entrar a la ciudad porque entrar en tropel con los caballos pondría en alerta a los de sueño más liviano y estos avisarían a todo el resto del mundo. Venían empapados, todo el camino habían debido atravesar una fina y persistente película de humedad suspendida en el aire que mojaba más de lo que parecía. Era bastante más de media noche y solo tenían un par de horas antes de que el ejército cizariano llegara, por lo que debían actuar rápido, y para eso es que estaba Bacho ahí, para que les dijera qué hacer, cómo y dónde debían hacerlo. “Dinos qué hacer. Tú estás al mando, hijo.” Le dijo su padre con una seriedad que lo hizo sentirse por un segundo como el hijo del rey de Jazzabar, pero pronto recuperó su actitud matonil, recordó que estaban allí para cometer un robo y que él era el experto asaltando aldeas y despojándolas de todo lo de valor. “Ustedes dos, cuiden los caballos y ténganlos listos para cuando terminemos. Elba, yo enviaré los cacharros esos y tú los recibirás para sacarlos de aquí. Los demás, cojan los yugos y síganme.” Pero nadie se movió con auténtica celeridad, hasta que el rey lo hizo, y es que, para la mayoría, la reputación y autoridad de Bacho como líder seguía siendo cuando menos, confusa. Era una noche cerrada y húmeda, pero debía haber una gran luna en algún lugar sobre las nubes porque la oscuridad no era absoluta y uno podía moverse sin temer chocarse de bruces contra un poste o algo así, además, ofrecía la brillante ventaja de poder ocultarse en las sombras, volviéndose prácticamente invisible con solo pegarse a una pared. Los residentes que aún vagaban por las calles a esa hora, eran pocos y no muy despiertos, y es que en Bosgos no había un sistema de vigilancia como tal, según lo observado por Bacho, la gente no había resultado buena organizándose o asignándose tareas, pues todos tenían mucho que hacer y ninguno quería hacer el trabajo de otro, adamás, tampoco contaban con líderes cuya autoridad fuera sólida y reconocida, por lo que aún Bosgos era una comunidad fragmentada en la que cada uno velaba por sus propios intereses, lo que pronto debería cambiar. Cuatro hombres eran suficientes para transportar un Tronador, y entre todos podían mover de hasta tres a la vez, pero lo mejor, según Bacho, era organizar sólo dos equipos para que siempre hubiera un par de hombres frescos y otro par vigilando para mantener alejados… o inconscientes, a los inoportunos que pudieran aparecer, por lo que cuatro hombres se encargaban de la vigilancia en todo momento. Garma fue uno de ellos al principio, y como soldado experimentado, escudriño los alrededores, pero no solo a ras de piso, sino también las cimas de los techos y los pocos segundos pisos que habían en la ciudad, todos perfectamente a oscuras excepto por uno, tenuemente iluminado por una llama débil que le enseñó a Bacho con curiosidad. Éste lo reconoció enseguida, era el edificio donde dormía Cípora. “No te preocupes por eso, solo acabemos pronto y vámonos de aquí.” Le dijo, con seguridad profesional, aun sabiendo que ahí también estaba Nina, ese pájaro nocturno que casi se había olvidado ya de cómo dormir. Sólo eran siete Tronadores, y Elba ya había recibido cuatro, enganchado a un par de caballos cada uno y arrastrados a prudente distancia para ocultarlo entre la hojarasca. Pero como no podía ser de otra manera, tenían que surgir complicaciones. Nadie lo vio porque dormía amparado en las sombras de una pared no tan cercana, su nombre era Berno, un pobre desgraciado que había perdido demasiado y demasiado rápido en el último ataque cizariano. Heredero de una larga tradición de talabarteros, perdió su taller, la mitad de su casa, a su esposa, la que no paraba de quejarse ni un solo día, pero a la que igual quería con sinceridad, y a su hijo Bernán, su gran orgullo y esperanza, a pesar de que el chico no mostraba ningún talento para el oficio; todo mientras él salía ileso del conflicto, excepto por una moderada sordera en uno de sus oídos. Estaba borracho, como casi siempre desde su gran desgracia. Cuando despertó y vio lo que ocurría, le tomó un rato procesar y entender, pues pensar no es fácil volviendo de un sueño profundo y alcoholizado, pero en cuanto lo hizo, comenzó a dar alaridos con la intensidad de un maldito cerdo que sabe que lo van a matar; un espectáculo totalmente desproporcionado y hasta caricaturesco que tomó por sorpresa a los jazzabarianos que solo querían acabar rápido y sin contratiempos. Uno de estos se le lanzó encima con violencia para derribarlo y taparle la boca, mientras otro le amenazaba en susurros al oído bueno, con su brillante y afilado puñal frente a los ojos. “Deja de gritar o te arrancaré la puta lengua por la garganta, ¿oíste? Maldito Busago cubierto de mierda.” Mientras el otro prefería la persuasión antes que la amenaza. “¿Quieres morir como un idiota o prefieres morir como un héroe?” La verdad es que Berno no quería morir de ninguna manera esa noche, pero no tuvo que responder porque no le quitaron la mano de la boca hasta que recibió un buen golpe en la sien que lo devolvió a su estado de inconsciencia, sin embargo, ya había logrado que algunos encendieran sus precarias luces y comenzaran a curiosear por sus ventanas, por lo que los jazzabarianos debían acabar de prisa. Cuando Berno despertó, gracias a un balde de agua de dudosa procedencia en la cara, Nina estaba junto a él con algunas de sus chicas, también varios de los pobladores se habían levantado y comprobaban que los Tronadores ya no estaban. Cuando le preguntaron qué había visto, Berno solo tenía una cosa en mente que alcanzó a oír antes de ser aturdido: “Cízarin ya viene, ¡Cízarin ya viene!”



León Faras.