martes, 20 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

121.



El ejército cizariano se detuvo frente a la ciudad con Fagnar en frente, esta vez no entró. Los bosgoneses que estaban en pie comenzaron a agruparse, curiosos y soñolientos, sin saber bien qué ocurría en su vecindario pero temiéndose lo peor. Empezaron a asomarse con timidez, como animalitos que temen dejar la seguridad de sus refugios para ver lo qué pasa afuera. Allí estaba Fagnar, sin pronunciar ni una sola palabra, levantó su brazo y lo dejó así mientras los Tronadores, que ahora eran muchos más que la vez anterior, se posicionaban como un abanico apuntando a la ciudad. Nina y algunos de sus seguidores quisieron protestar, echar a los invasores con gestos, gritos y una actitud altanera, pero los ignoraron como a perros amarrados que solo pueden ladrar. El brazo de Fagnar seguía en alto y los Tronadores poco a poco se movían tomando sus puestos de ataque… hasta que dejaron de moverse, entonces la gente calló, borró sus gestos agresivos del rostro, su postura ahora buscaba la huida, el miedo brotó de sus entrañas, visceral, como cuando la muerte se presenta de improviso, y justo antes de que el general bajara su brazo, el mismo grito brotó de la garganta de todos ellos: “¡Corran!”



Diecisiete Tronadores dispararon a la vez arrasando con todo lo que tenían en frente y hasta unos veinte metros en adelante, muchos simplemente murieron en un suspiro, otros se quedaron atrapados entre los escombros de sus casas, y los sobrevivientes que asustados y desorientados pensaron que debían ayudar a los heridos, vieron con horror la mano alzada nuevamente del general que esperaba que sus cañones acomodaran su ángulo de disparo para una nueva detonación y así alcanzar una mayor distancia esta vez. Nadie ayudó a nadie, los que podían huir, corrieron, y los que no, solo se quedaron atrás bajo la protección inútil de sus propios brazos sobre sus cabezas. Fagnar bajó su brazo y el segundo golpe volvió a retumbar tanto en el piso como en sus oídos y a hacer crujir el cielo y la tierra como si los dioses hubiesen decidido acabar con su creación empezando por los habitantes de su ciudad, sin dejarles chance ni para protestar.



El alba ya se insinuaba cuando el ejército cizariano entró caminando y en silencio a Bosgos; sin violencia ni alaridos, abriéndose paso entre los escombros, sin resistencia, acabando con el sufrimiento de quienes se encontraban a su paso, mientras los Tronadores buscaban otra posición para una nueva descarga, porque sí, Fagnar no venía a dialogar y balas traía de sobra. Los rimorianos, como siempre en la retaguardia, entraron al final, incrédulos y decepcionados, mirando a su alrededor y oyendo los lamentos de los sepultados en vida. “¿Qué clase de batalla es esta?” Preguntó Cal Desci, mientras otro más allá decía: “¿Contra qué carajos estamos peleando?” Los bosgoneses se replegaban, huían en bandadas y apenas con lo puesto, temerosos de mirar atrás y ver el brazo del general de nuevo en alto y a punto de caerles otra vez sobre sus cabezas y sus casas. Tal era la conmoción, que ni siquiera las bombas de veneno, que tanto daño hicieron la última vez, habían aparecido aún. Unos gritos llamaron la atención de Cal, que con su espada y escudo de reglamento todavía inmaculados, se sentía como un novato que no sabe qué hacer ni adónde ir. Eran los grititos ahogados de una chiquilla atrapada entre los escombros de su casa a medio caer. Cal usó una antorcha para buscarla, y luego de verla, miró a su alrededor en busca de sus camaradas, pero, providencialmente, no había nadie cerca que lo ayudara o que lo hiciera desistir, por lo que, seguro o no de lo que hacía, se lanzó dentro. La chica no estaba gravemente herida, solo atrapada, por lo que intentar salvarla no sonaba a una completa locura, no necesitaba más que un poco de fuerza bruta para abrir el espacio por donde una niña flacucha como esa pudiera escurrirse, pero a mitad de la faena los Tronadores volvieron a estallar al unísono y a hacer temblar al mundo. Toda la estructura pareció moverse. La niña, en pánico, se retorció y estiró hasta liberarse como una rata atrapada por la garra de un ave rapaz, pero el edificio ya no se sostendría más y mientras una pared colapsaba, lo que quedaba de techo también se venía abajo. Ninguno de los dos alcanzaría a huir, la niña recibiría el golpe brutal de un cascote en la cabeza que la dejaría inmóvil en el suelo para siempre y Cal, con la mitad del cuerpo fuera, quedaría con una pierna atrapada y reventada bajo el peso de la casa, sin que nadie estuviese cerca para auxiliarlo. Lo más curioso, es que de haberla dejado donde estaba, la niña seguiría con vida.



Algunas bombas de humo fueron lanzadas, pero con timidez y recelo, porque claramente hacían más daño a su propia gente rezagada, herida y que trataba de huir, que al enemigo, que avanzaba en silencio y sin apuro, acabando con todo a su paso, como la peste. Para algunos podía ser un trabajo fácil y hasta divertido, pero para otros era una labor indigna, incluso para Demirel, que siendo un soldado orgulloso de su oficio, cargaba a Gindri sobre su hombro, renuente a ensuciarla con la sangre de víctimas que no luchaban y que en muchos casos solo pedían auxilio, so pena de que ésta, altiva, no le perdonara nunca tal deshonra y le pagara con la misma moneda en el futuro. Otro que estaba asqueado con su trabajo era Yurba. Luego de haber acabado con un par de vidas inocentes, se detuvo, miró la sangre en su espada y se dio la vuelta, quitándose la pechera de metal que le cubría el cuerpo, y caminando en sentido contrario. Tibrón le recordó al pasar que si lo sorprendían desertando de la batalla, el castigo podía ser la muerte. “¿Cuál batalla?” Respondió Yurba, luego se fijó en que la espada de su amigo aún estaba limpia de sangre, y simplemente sacudió la cabeza y siguió caminando. “Estaré atrás, con los rimorianos…” Dijo.



León Faras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario