sábado, 3 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

119.



Los primeros en llegar a Bosgos fueron el rey Cegarra y su gente. Se detuvieron antes de entrar a la ciudad porque entrar en tropel con los caballos pondría en alerta a los de sueño más liviano y estos avisarían a todo el resto del mundo. Venían empapados, todo el camino habían debido atravesar una fina y persistente película de humedad suspendida en el aire que mojaba más de lo que parecía. Era bastante más de media noche y solo tenían un par de horas antes de que el ejército cizariano llegara, por lo que debían actuar rápido, y para eso es que estaba Bacho ahí, para que les dijera qué hacer, cómo y dónde debían hacerlo. “Dinos qué hacer. Tú estás al mando, hijo.” Le dijo su padre con una seriedad que lo hizo sentirse por un segundo como el hijo del rey de Jazzabar, pero pronto recuperó su actitud matonil, recordó que estaban allí para cometer un robo y que él era el experto asaltando aldeas y despojándolas de todo lo de valor. “Ustedes dos, cuiden los caballos y ténganlos listos para cuando terminemos. Elba, yo enviaré los cacharros esos y tú los recibirás para sacarlos de aquí. Los demás, cojan los yugos y síganme.” Pero nadie se movió con auténtica celeridad, hasta que el rey lo hizo, y es que, para la mayoría, la reputación y autoridad de Bacho como líder seguía siendo cuando menos, confusa. Era una noche cerrada y húmeda, pero debía haber una gran luna en algún lugar sobre las nubes porque la oscuridad no era absoluta y uno podía moverse sin temer chocarse de bruces contra un poste o algo así, además, ofrecía la brillante ventaja de poder ocultarse en las sombras, volviéndose prácticamente invisible con solo pegarse a una pared. Los residentes que aún vagaban por las calles a esa hora, eran pocos y no muy despiertos, y es que en Bosgos no había un sistema de vigilancia como tal, según lo observado por Bacho, la gente no había resultado buena organizándose o asignándose tareas, pues todos tenían mucho que hacer y ninguno quería hacer el trabajo de otro, adamás, tampoco contaban con líderes cuya autoridad fuera sólida y reconocida, por lo que aún Bosgos era una comunidad fragmentada en la que cada uno velaba por sus propios intereses, lo que pronto debería cambiar. Cuatro hombres eran suficientes para transportar un Tronador, y entre todos podían mover de hasta tres a la vez, pero lo mejor, según Bacho, era organizar sólo dos equipos para que siempre hubiera un par de hombres frescos y otro par vigilando para mantener alejados… o inconscientes, a los inoportunos que pudieran aparecer, por lo que cuatro hombres se encargaban de la vigilancia en todo momento. Garma fue uno de ellos al principio, y como soldado experimentado, escudriño los alrededores, pero no solo a ras de piso, sino también las cimas de los techos y los pocos segundos pisos que habían en la ciudad, todos perfectamente a oscuras excepto por uno, tenuemente iluminado por una llama débil que le enseñó a Bacho con curiosidad. Éste lo reconoció enseguida, era el edificio donde dormía Cípora. “No te preocupes por eso, solo acabemos pronto y vámonos de aquí.” Le dijo, con seguridad profesional, aun sabiendo que ahí también estaba Nina, ese pájaro nocturno que casi se había olvidado ya de cómo dormir. Sólo eran siete Tronadores, y Elba ya había recibido cuatro, enganchado a un par de caballos cada uno y arrastrados a prudente distancia para ocultarlo entre la hojarasca. Pero como no podía ser de otra manera, tenían que surgir complicaciones. Nadie lo vio porque dormía amparado en las sombras de una pared no tan cercana, su nombre era Berno, un pobre desgraciado que había perdido demasiado y demasiado rápido en el último ataque cizariano. Heredero de una larga tradición de talabarteros, perdió su taller, la mitad de su casa, a su esposa, la que no paraba de quejarse ni un solo día, pero a la que igual quería con sinceridad, y a su hijo Bernán, su gran orgullo y esperanza, a pesar de que el chico no mostraba ningún talento para el oficio; todo mientras él salía ileso del conflicto, excepto por una moderada sordera en uno de sus oídos. Estaba borracho, como casi siempre desde su gran desgracia. Cuando despertó y vio lo que ocurría, le tomó un rato procesar y entender, pues pensar no es fácil volviendo de un sueño profundo y alcoholizado, pero en cuanto lo hizo, comenzó a dar alaridos con la intensidad de un maldito cerdo que sabe que lo van a matar; un espectáculo totalmente desproporcionado y hasta caricaturesco que tomó por sorpresa a los jazzabarianos que solo querían acabar rápido y sin contratiempos. Uno de estos se le lanzó encima con violencia para derribarlo y taparle la boca, mientras otro le amenazaba en susurros al oído bueno, con su brillante y afilado puñal frente a los ojos. “Deja de gritar o te arrancaré la puta lengua por la garganta, ¿oíste? Maldito Busago cubierto de mierda.” Mientras el otro prefería la persuasión antes que la amenaza. “¿Quieres morir como un idiota o prefieres morir como un héroe?” La verdad es que Berno no quería morir de ninguna manera esa noche, pero no tuvo que responder porque no le quitaron la mano de la boca hasta que recibió un buen golpe en la sien que lo devolvió a su estado de inconsciencia, sin embargo, ya había logrado que algunos encendieran sus precarias luces y comenzaran a curiosear por sus ventanas, por lo que los jazzabarianos debían acabar de prisa. Cuando Berno despertó, gracias a un balde de agua de dudosa procedencia en la cara, Nina estaba junto a él con algunas de sus chicas, también varios de los pobladores se habían levantado y comprobaban que los Tronadores ya no estaban. Cuando le preguntaron qué había visto, Berno solo tenía una cosa en mente que alcanzó a oír antes de ser aturdido: “Cízarin ya viene, ¡Cízarin ya viene!”



León Faras.

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