martes, 13 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

120.



Falena ya comenzaba a desesperarse montada atrás de su tío que parecía no tener ni idea de adonde debían ir. La última opción, era un camino que bordeaba entre la ciudad y el río Jazza, en busca de un sitio misterioso de reunión para los revolucionarios. Era un lugar oscuro con abundante maleza ribereña en la que podía ocultarse un Cizal si quería. Estaba muy cerca del Decapitado. “¡Rubi, estás aquí? Soy amigo de Motas… él me envió a…” Susurraba Yádigar, bajándose de su caballo, con la esperanza de ser oído por la persona correcta, pero entonces le saltaron de la nada un puñado de maleantes con sendos cuchillos en las manos, estos no eran otros más que Musso y sus hombres. “¿Quién carajos eres tú y por qué dices que Motas te envió? Habla.” Yádigar tenía varios puñales apuntándole el cuello, pero aun así cogió el suyo de su cintura sin dejarse intimidar, extrayendo el mentón para verse más decidido, entonces intervino Falena enseñando sus manos vacías. “Solo buscamos a Rubi, a mi hermana Rubi.” Pero Ren redirigió su puñal hacia ella con su rostro de desprecio. “Miente, estoy seguro. No creo que tenga ninguna hermana llamada Rubi y tampoco creo que conozcan a Motas.” “Ella dice la verdad.” Intervino Brelio, apareciendo desde las sombras, y Falena, luego de reconocerlo, se le lanzó encima para saber sobre su hermana, pero como era de esperarse, el muchacho apenas había llegado y no sabía nada. Entonces habló Musso, un poco disgustado tal vez. “Tu hermana, Rubi, la que fue recomendada por tu amigo Motas, por cierto, nos prometió una distracción lo suficientemente grande como para que nosotros pudiéramos actuar, pero parece que tu hermana no es más que una debilucha embustera…” Falena protestó de inmediato. “¡Eso es mentira! ¡Si ella dice que hará algo, ten por seguro que lo hará!” Ren también quiso intervenir. “¿Y entonces por qué carajos todavía…?” Su frase quedó cortada por la explosión más espectacular que jamás hubiesen visto u oído. Todos, sin excepción, debieron inclinarse sobre su cuerpo y esconder las cabezas entre los hombros mientras veían con la boca abierta como una gran bola de fuego, humo anaranjado y grumos de chispas volaban por los aires a tan solo un par de pedradas de distancia, y eso sin contar el estruendo; como cuando los dioses de fuego que habitan bajo la tierra son despertados por un par de incautos y se cagan encima en todos. “¿Esa era tu distracción?” Preguntó Yádigar, embobado, pero nadie le respondió. Poco después llegaba Rubi, tan sorprendida como los demás por la explosión, con la cara tiznada y el pelo enmarañado; venía sola, habían trabajado juntos con Motas, pero en el último momento debieron separarse y no sabía nada de él ahora. Musso y sus hombres tenían tantas preguntas sobre lo que acababa de ocurrir ante sus ojos, pero debían actuar y dejaron que las hermanas se reunieran. “¿Lena? ¿Qué mocos haces aquí?” Dijo Rubi. La otra estaba indignada. ”¡Te busco a ti! ¡Dijiste que me dirías lo que pensabas hacer y solo desapareciste!” Le reprochó. Rubi iba a replicar algo que seguramente ya tenía preparado hace tiempo en su mente, pero Yádigar, que seguía ahí y todavía alucinaba con la explosión, la interrumpió. “¿Qué carajos fue eso?” Dijo señalando el humo, pero solo recibió una mirada de desprecio de la chica. “¿Y este quién es?” Preguntó. “Es nuestro tío.” Respondió Falena. “¿Quién?” Volvió a preguntar Rubi, pero su hermana solo la agarró del brazo esta vez para que salieran de allí.



Fagnar se detuvo gracias a una antorcha agitándose frente a ellos en el camino, ese era Cego. “El trabajo está hecho.” Dijo, y con un ademán, hizo que otra antorcha iluminaran los Tronadores apilados a un borde del camino. El general asintió conforme y ordenó a Demirel, montado a su diestra, que los subieran a los carros y los prepararan para el ataque. “¿Y mi recompensa?” Preguntó el Jazzabariano. “Como acordamos.” Replicó el general, y ambos asintieron marciales cerrando su trato. Cego despejó el camino y el ejército cizariano se lanzó sobre Bosgos sin importar el ruido que hicieran sus caballos. “Tal vez sea una buena noche para quedarse… y quizá obtener algo de provecho.” Sugirió Bacho, como buen asaltante de aldeas y saqueador ocasional que huele las oportunidades, pero su padre se negó sin esfuerzo. “No, hijo, esta noche no será buena para nadie que se quede aquí.” Le dijo, organizando la partida del grupo con un silbido y un par de gestos. Bacho pareció resentido con la respuesta, pero entonces recibió el golpe amistoso de su hermana mayor en el hombro. “Buen trabajo.” Le dijo esta, con una suave sonrisa que no había visto en años, y luego añadió. “Vamos, hay que beber algo.” En el camino había quedado abandonado un pequeño carro angosto y alargado como para cargar un cadáver, tal vez dos, con un cuerpo igualmente alargado encima cubierto por una tela que Cego enganchó a los caballos sin mirar lo que había debajo. Con la llovizna que caía, la tela mojada tomaba peso y copiaba la forma de lo que cubría. A Bacho le tomó un vistazo notar que la recompensa que había recibido su padre era un Tronador, uno grande, pero más pequeño que los que acababan de robar. Bacho se sintió avergonzado y rodeado de ineptos, todo este jaleo a cambio de un Tronador, cuando acababan de robar siete, y más grandes. ¡Es que no tenía sentido! ¡Era como robar gallinas para luego cambiarlas por un par de huevos! Pero además de poner su cara de disgusto y su actitud de genio incomprendido, no hizo ni dijo nada, después de todo, ese era el primer trabajo que hacía con su familia, con su padre, algo que sin duda le hubiese gustado que sucediera antes y que los hubiese unido en vez de separarlos, pero las cosas no son como uno quiere, al menos, no cuando uno quiere que sean, y eso era algo que Bacho había aprendido muy bien.



León Faras.

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