lunes, 26 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

122.



Así que tú eres el hermano perdido del que tanto habla mamá.” Dijo Rubi luego de mirar largo rato al bueno de Yádigar, pero la mirada más inquisidora fue la de su hermana, Falena, al darse cuenta de que ella sí sabía que su mamá tenía un hermano. “¡Cómo es que yo no sabía que teníamos un tío?” Protestó la chica, Rubi la miró con las cejas empinadas, como a una niña malcriada teniendo una pataleta de lo más injustificada: “Eso es porque nunca estás en casa y cuando estás, nunca pones atención.” Era inútil discutir, Rubi siempre tenía la razón. “Cuando Teté fue enviada a Cízarin, las cosas quedaron muy difíciles en Rimos, en especial si eras un soldado, parecía que cualquier día nos cortaban el cuello por cualquier cosa, y tratar de huir, aunque fuera para visitar a un pariente, era darles la excusa perfecta para hacerlo. Tiempo después supe que ella ya tenía una familia y un marido, por lo que pensé que no debía preocuparme por ella más, ni hacer que ella se preocupara por mí, ¡Ya sabes como todo lo convierte en un drama! Siempre fue así, y si ya tenía sus propios asuntos, no quería cargarla con los míos.” “¿Y, tú tienes hijos?” Preguntó Falena, cruzándose de brazos de lo más cómoda. Rubi la miró como a una desubicada cuyas preguntas son de lo más inoportunas, pero la chica tenía su punto. “¡Es nuestro tío, es pariente! ¡Tenemos que saber!” Respondió, encogiéndose de hombros. Yádigar sonrió sin ganas. “Tuve un hijo, pero murió pequeño, se asfixió con un colgajo de la manta mientras dormía… una muerte de lo más tonta. Después de eso mi mujer se fue, me dejó. Demasiado tiempo sola, dijo. Supongo que tenía razón” Falena ahora sí se sentía desubicada y Rubi volvía a mirarla igual. Otra vez había tenido la razón.



Mientras avanzaba por la devastación de Bosgos, Demirel oyó lo que parecía ser un enfrentamiento con espadas. No tardó mucho en encontrar a un bosgonés agotado con una espada en la mano y dos cizarianos muertos frente a lo que quedaba de su casa. Apenas amanecía y la llovizna era intensa. Ambos se miraron y se reconocieron; Demirel se había enfrentado dos veces a ese rimoriano antes, y las dos veces había resultado aquel con un proyectil en el pecho, sin embargo, la tercera vez sería distinta. “Vete.” Le dijo. Emmer se le quedó mirando como si le estuviera gastando una broma de mierda, pero Demirel insistió. “¡Vete! Ya has tenido suficiente, no pelearé contigo.” Éste tenía la mala costumbre de no fijar la vista en los ojos de la persona con quien hablaba, como una tara arrastrada desde muy joven, por lo que el otro no estaba seguro de obedecerle. “No me iré sin mi familia.” Advirtió el rimoriano. Demirel ya había visto a su mujer y su hija dentro, abrazada una a la otra y no quería tener que matarlas también. “¡Llévate a tu familia! ¡Vamos, deben irse! ¡Ahora!” Les ordenó, pero entonces, Emmer le respondió lo más impensado que podía ocurrírsele “Entonces, ayúdame…” Demirel se sintió insultado, y pudo reaccionar con agresividad, pero el otro acabó la frase a tiempo. “Mi otra hija está atrapada.” Demirel se acercó, la luz era escasa, podía pensar que aquello era una treta para golpearlo a traición, pero no lo hizo, se esforzó en mirar y al final vio: la chica estaba aplastada por una pared, rematada por una pesada viga de madera basta. No tenía buena pinta, la angustia de ese rimoriano era real. Demirel tuvo una idea y Gindri estaba de acuerdo, pues lo que más la honraba a ella era salvar y proteger al inocente, por lo que sin pensarlo más, metió su enorme espada bajo la viga para usarla de palanca y con todo el poder de sus piernas y espalda, más la ayuda de Emmer y sus brazos, la elevó lo suficiente como para que Nila pudiera tomar a su hija y sacarla de donde estaba, justo cuando los Tronadores rompían el cielo como en una aterradora tormenta otra vez. Demirel no era un experto, pero tenía experiencia como para afirmar que esa chica ya estaba muerta o muy cerca de ello. Emmer se iría al fin, con el cuerpo sin vida de su hija Emma en brazos, su esposa y su hija más pequeña, Lina. Cuando Demirel salió, se encontró con Yurba parado afuera, que lo miraba como si quisiera reprocharle algo, pero en cuanto lo animó a hablar, el otro solo meneó un poco la cabeza, bajó la mirada y siguió caminando. Yurba se había guardado de hacer alguno de sus molestos comentarios. Eso sí que se sentía raro, pero más raro fue lo que sucedería a continuación: Al amanecer, antes de que el sol se asomara por completo, una brillante estrella se posó sobre Bosgos, inusualmente brillante, llamaba la atención de todos como cualquier fenómeno de similares características lo haría, incluso Fagnar se detendría a observarla, como esperando a que algo sucediera. Y lo haría. Inmóvil, su luz empezó a hacerse más intensa y a titilar al mismo tiempo, hasta que en un segundo su resplandor lo inundaría todo de golpe, volviendo al mundo de un blanco tan intenso que incluso atravesaba los párpados, para luego apagarse súbitamente, dejando ciego por algunos minutos a todo aquel que la estuviera mirando. Fue un suceso aterrador que paralizó al ejército cizariano y a sus Tronadores por un rato, pero no había sido de origen divino como algunos pensaron, sino mágico. Darlén acababa de llegar a la ciudad y buscaba la forma de poner a salvo a los rezagados para contraatacar.



León Faras.

martes, 20 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

121.



El ejército cizariano se detuvo frente a la ciudad con Fagnar en frente, esta vez no entró. Los bosgoneses que estaban en pie comenzaron a agruparse, curiosos y soñolientos, sin saber bien qué ocurría en su vecindario pero temiéndose lo peor. Empezaron a asomarse con timidez, como animalitos que temen dejar la seguridad de sus refugios para ver lo qué pasa afuera. Allí estaba Fagnar, sin pronunciar ni una sola palabra, levantó su brazo y lo dejó así mientras los Tronadores, que ahora eran muchos más que la vez anterior, se posicionaban como un abanico apuntando a la ciudad. Nina y algunos de sus seguidores quisieron protestar, echar a los invasores con gestos, gritos y una actitud altanera, pero los ignoraron como a perros amarrados que solo pueden ladrar. El brazo de Fagnar seguía en alto y los Tronadores poco a poco se movían tomando sus puestos de ataque… hasta que dejaron de moverse, entonces la gente calló, borró sus gestos agresivos del rostro, su postura ahora buscaba la huida, el miedo brotó de sus entrañas, visceral, como cuando la muerte se presenta de improviso, y justo antes de que el general bajara su brazo, el mismo grito brotó de la garganta de todos ellos: “¡Corran!”



Diecisiete Tronadores dispararon a la vez arrasando con todo lo que tenían en frente y hasta unos veinte metros en adelante, muchos simplemente murieron en un suspiro, otros se quedaron atrapados entre los escombros de sus casas, y los sobrevivientes que asustados y desorientados pensaron que debían ayudar a los heridos, vieron con horror la mano alzada nuevamente del general que esperaba que sus cañones acomodaran su ángulo de disparo para una nueva detonación y así alcanzar una mayor distancia esta vez. Nadie ayudó a nadie, los que podían huir, corrieron, y los que no, solo se quedaron atrás bajo la protección inútil de sus propios brazos sobre sus cabezas. Fagnar bajó su brazo y el segundo golpe volvió a retumbar tanto en el piso como en sus oídos y a hacer crujir el cielo y la tierra como si los dioses hubiesen decidido acabar con su creación empezando por los habitantes de su ciudad, sin dejarles chance ni para protestar.



El alba ya se insinuaba cuando el ejército cizariano entró caminando y en silencio a Bosgos; sin violencia ni alaridos, abriéndose paso entre los escombros, sin resistencia, acabando con el sufrimiento de quienes se encontraban a su paso, mientras los Tronadores buscaban otra posición para una nueva descarga, porque sí, Fagnar no venía a dialogar y balas traía de sobra. Los rimorianos, como siempre en la retaguardia, entraron al final, incrédulos y decepcionados, mirando a su alrededor y oyendo los lamentos de los sepultados en vida. “¿Qué clase de batalla es esta?” Preguntó Cal Desci, mientras otro más allá decía: “¿Contra qué carajos estamos peleando?” Los bosgoneses se replegaban, huían en bandadas y apenas con lo puesto, temerosos de mirar atrás y ver el brazo del general de nuevo en alto y a punto de caerles otra vez sobre sus cabezas y sus casas. Tal era la conmoción, que ni siquiera las bombas de veneno, que tanto daño hicieron la última vez, habían aparecido aún. Unos gritos llamaron la atención de Cal, que con su espada y escudo de reglamento todavía inmaculados, se sentía como un novato que no sabe qué hacer ni adónde ir. Eran los grititos ahogados de una chiquilla atrapada entre los escombros de su casa a medio caer. Cal usó una antorcha para buscarla, y luego de verla, miró a su alrededor en busca de sus camaradas, pero, providencialmente, no había nadie cerca que lo ayudara o que lo hiciera desistir, por lo que, seguro o no de lo que hacía, se lanzó dentro. La chica no estaba gravemente herida, solo atrapada, por lo que intentar salvarla no sonaba a una completa locura, no necesitaba más que un poco de fuerza bruta para abrir el espacio por donde una niña flacucha como esa pudiera escurrirse, pero a mitad de la faena los Tronadores volvieron a estallar al unísono y a hacer temblar al mundo. Toda la estructura pareció moverse. La niña, en pánico, se retorció y estiró hasta liberarse como una rata atrapada por la garra de un ave rapaz, pero el edificio ya no se sostendría más y mientras una pared colapsaba, lo que quedaba de techo también se venía abajo. Ninguno de los dos alcanzaría a huir, la niña recibiría el golpe brutal de un cascote en la cabeza que la dejaría inmóvil en el suelo para siempre y Cal, con la mitad del cuerpo fuera, quedaría con una pierna atrapada y reventada bajo el peso de la casa, sin que nadie estuviese cerca para auxiliarlo. Lo más curioso, es que de haberla dejado donde estaba, la niña seguiría con vida.



Algunas bombas de humo fueron lanzadas, pero con timidez y recelo, porque claramente hacían más daño a su propia gente rezagada, herida y que trataba de huir, que al enemigo, que avanzaba en silencio y sin apuro, acabando con todo a su paso, como la peste. Para algunos podía ser un trabajo fácil y hasta divertido, pero para otros era una labor indigna, incluso para Demirel, que siendo un soldado orgulloso de su oficio, cargaba a Gindri sobre su hombro, renuente a ensuciarla con la sangre de víctimas que no luchaban y que en muchos casos solo pedían auxilio, so pena de que ésta, altiva, no le perdonara nunca tal deshonra y le pagara con la misma moneda en el futuro. Otro que estaba asqueado con su trabajo era Yurba. Luego de haber acabado con un par de vidas inocentes, se detuvo, miró la sangre en su espada y se dio la vuelta, quitándose la pechera de metal que le cubría el cuerpo, y caminando en sentido contrario. Tibrón le recordó al pasar que si lo sorprendían desertando de la batalla, el castigo podía ser la muerte. “¿Cuál batalla?” Respondió Yurba, luego se fijó en que la espada de su amigo aún estaba limpia de sangre, y simplemente sacudió la cabeza y siguió caminando. “Estaré atrás, con los rimorianos…” Dijo.



León Faras.

martes, 13 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

120.



Falena ya comenzaba a desesperarse montada atrás de su tío que parecía no tener ni idea de adonde debían ir. La última opción, era un camino que bordeaba entre la ciudad y el río Jazza, en busca de un sitio misterioso de reunión para los revolucionarios. Era un lugar oscuro con abundante maleza ribereña en la que podía ocultarse un Cizal si quería. Estaba muy cerca del Decapitado. “¡Rubi, estás aquí? Soy amigo de Motas… él me envió a…” Susurraba Yádigar, bajándose de su caballo, con la esperanza de ser oído por la persona correcta, pero entonces le saltaron de la nada un puñado de maleantes con sendos cuchillos en las manos, estos no eran otros más que Musso y sus hombres. “¿Quién carajos eres tú y por qué dices que Motas te envió? Habla.” Yádigar tenía varios puñales apuntándole el cuello, pero aun así cogió el suyo de su cintura sin dejarse intimidar, extrayendo el mentón para verse más decidido, entonces intervino Falena enseñando sus manos vacías. “Solo buscamos a Rubi, a mi hermana Rubi.” Pero Ren redirigió su puñal hacia ella con su rostro de desprecio. “Miente, estoy seguro. No creo que tenga ninguna hermana llamada Rubi y tampoco creo que conozcan a Motas.” “Ella dice la verdad.” Intervino Brelio, apareciendo desde las sombras, y Falena, luego de reconocerlo, se le lanzó encima para saber sobre su hermana, pero como era de esperarse, el muchacho apenas había llegado y no sabía nada. Entonces habló Musso, un poco disgustado tal vez. “Tu hermana, Rubi, la que fue recomendada por tu amigo Motas, por cierto, nos prometió una distracción lo suficientemente grande como para que nosotros pudiéramos actuar, pero parece que tu hermana no es más que una debilucha embustera…” Falena protestó de inmediato. “¡Eso es mentira! ¡Si ella dice que hará algo, ten por seguro que lo hará!” Ren también quiso intervenir. “¿Y entonces por qué carajos todavía…?” Su frase quedó cortada por la explosión más espectacular que jamás hubiesen visto u oído. Todos, sin excepción, debieron inclinarse sobre su cuerpo y esconder las cabezas entre los hombros mientras veían con la boca abierta como una gran bola de fuego, humo anaranjado y grumos de chispas volaban por los aires a tan solo un par de pedradas de distancia, y eso sin contar el estruendo; como cuando los dioses de fuego que habitan bajo la tierra son despertados por un par de incautos y se cagan encima en todos. “¿Esa era tu distracción?” Preguntó Yádigar, embobado, pero nadie le respondió. Poco después llegaba Rubi, tan sorprendida como los demás por la explosión, con la cara tiznada y el pelo enmarañado; venía sola, habían trabajado juntos con Motas, pero en el último momento debieron separarse y no sabía nada de él ahora. Musso y sus hombres tenían tantas preguntas sobre lo que acababa de ocurrir ante sus ojos, pero debían actuar y dejaron que las hermanas se reunieran. “¿Lena? ¿Qué mocos haces aquí?” Dijo Rubi. La otra estaba indignada. ”¡Te busco a ti! ¡Dijiste que me dirías lo que pensabas hacer y solo desapareciste!” Le reprochó. Rubi iba a replicar algo que seguramente ya tenía preparado hace tiempo en su mente, pero Yádigar, que seguía ahí y todavía alucinaba con la explosión, la interrumpió. “¿Qué carajos fue eso?” Dijo señalando el humo, pero solo recibió una mirada de desprecio de la chica. “¿Y este quién es?” Preguntó. “Es nuestro tío.” Respondió Falena. “¿Quién?” Volvió a preguntar Rubi, pero su hermana solo la agarró del brazo esta vez para que salieran de allí.



Fagnar se detuvo gracias a una antorcha agitándose frente a ellos en el camino, ese era Cego. “El trabajo está hecho.” Dijo, y con un ademán, hizo que otra antorcha iluminaran los Tronadores apilados a un borde del camino. El general asintió conforme y ordenó a Demirel, montado a su diestra, que los subieran a los carros y los prepararan para el ataque. “¿Y mi recompensa?” Preguntó el Jazzabariano. “Como acordamos.” Replicó el general, y ambos asintieron marciales cerrando su trato. Cego despejó el camino y el ejército cizariano se lanzó sobre Bosgos sin importar el ruido que hicieran sus caballos. “Tal vez sea una buena noche para quedarse… y quizá obtener algo de provecho.” Sugirió Bacho, como buen asaltante de aldeas y saqueador ocasional que huele las oportunidades, pero su padre se negó sin esfuerzo. “No, hijo, esta noche no será buena para nadie que se quede aquí.” Le dijo, organizando la partida del grupo con un silbido y un par de gestos. Bacho pareció resentido con la respuesta, pero entonces recibió el golpe amistoso de su hermana mayor en el hombro. “Buen trabajo.” Le dijo esta, con una suave sonrisa que no había visto en años, y luego añadió. “Vamos, hay que beber algo.” En el camino había quedado abandonado un pequeño carro angosto y alargado como para cargar un cadáver, tal vez dos, con un cuerpo igualmente alargado encima cubierto por una tela que Cego enganchó a los caballos sin mirar lo que había debajo. Con la llovizna que caía, la tela mojada tomaba peso y copiaba la forma de lo que cubría. A Bacho le tomó un vistazo notar que la recompensa que había recibido su padre era un Tronador, uno grande, pero más pequeño que los que acababan de robar. Bacho se sintió avergonzado y rodeado de ineptos, todo este jaleo a cambio de un Tronador, cuando acababan de robar siete, y más grandes. ¡Es que no tenía sentido! ¡Era como robar gallinas para luego cambiarlas por un par de huevos! Pero además de poner su cara de disgusto y su actitud de genio incomprendido, no hizo ni dijo nada, después de todo, ese era el primer trabajo que hacía con su familia, con su padre, algo que sin duda le hubiese gustado que sucediera antes y que los hubiese unido en vez de separarlos, pero las cosas no son como uno quiere, al menos, no cuando uno quiere que sean, y eso era algo que Bacho había aprendido muy bien.



León Faras.

sábado, 3 de enero de 2026

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

119.



Los primeros en llegar a Bosgos fueron el rey Cegarra y su gente. Se detuvieron antes de entrar a la ciudad porque entrar en tropel con los caballos pondría en alerta a los de sueño más liviano y estos avisarían a todo el resto del mundo. Venían empapados, todo el camino habían debido atravesar una fina y persistente película de humedad suspendida en el aire que mojaba más de lo que parecía. Era bastante más de media noche y solo tenían un par de horas antes de que el ejército cizariano llegara, por lo que debían actuar rápido, y para eso es que estaba Bacho ahí, para que les dijera qué hacer, cómo y dónde debían hacerlo. “Dinos qué hacer. Tú estás al mando, hijo.” Le dijo su padre con una seriedad que lo hizo sentirse por un segundo como el hijo del rey de Jazzabar, pero pronto recuperó su actitud matonil, recordó que estaban allí para cometer un robo y que él era el experto asaltando aldeas y despojándolas de todo lo de valor. “Ustedes dos, cuiden los caballos y ténganlos listos para cuando terminemos. Elba, yo enviaré los cacharros esos y tú los recibirás para sacarlos de aquí. Los demás, cojan los yugos y síganme.” Pero nadie se movió con auténtica celeridad, hasta que el rey lo hizo, y es que, para la mayoría, la reputación y autoridad de Bacho como líder seguía siendo cuando menos, confusa. Era una noche cerrada y húmeda, pero debía haber una gran luna en algún lugar sobre las nubes porque la oscuridad no era absoluta y uno podía moverse sin temer chocarse de bruces contra un poste o algo así, además, ofrecía la brillante ventaja de poder ocultarse en las sombras, volviéndose prácticamente invisible con solo pegarse a una pared. Los residentes que aún vagaban por las calles a esa hora, eran pocos y no muy despiertos, y es que en Bosgos no había un sistema de vigilancia como tal, según lo observado por Bacho, la gente no había resultado buena organizándose o asignándose tareas, pues todos tenían mucho que hacer y ninguno quería hacer el trabajo de otro, adamás, tampoco contaban con líderes cuya autoridad fuera sólida y reconocida, por lo que aún Bosgos era una comunidad fragmentada en la que cada uno velaba por sus propios intereses, lo que pronto debería cambiar. Cuatro hombres eran suficientes para transportar un Tronador, y entre todos podían mover de hasta tres a la vez, pero lo mejor, según Bacho, era organizar sólo dos equipos para que siempre hubiera un par de hombres frescos y otro par vigilando para mantener alejados… o inconscientes, a los inoportunos que pudieran aparecer, por lo que cuatro hombres se encargaban de la vigilancia en todo momento. Garma fue uno de ellos al principio, y como soldado experimentado, escudriño los alrededores, pero no solo a ras de piso, sino también las cimas de los techos y los pocos segundos pisos que habían en la ciudad, todos perfectamente a oscuras excepto por uno, tenuemente iluminado por una llama débil que le enseñó a Bacho con curiosidad. Éste lo reconoció enseguida, era el edificio donde dormía Cípora. “No te preocupes por eso, solo acabemos pronto y vámonos de aquí.” Le dijo, con seguridad profesional, aun sabiendo que ahí también estaba Nina, ese pájaro nocturno que casi se había olvidado ya de cómo dormir. Sólo eran siete Tronadores, y Elba ya había recibido cuatro, enganchado a un par de caballos cada uno y arrastrados a prudente distancia para ocultarlo entre la hojarasca. Pero como no podía ser de otra manera, tenían que surgir complicaciones. Nadie lo vio porque dormía amparado en las sombras de una pared no tan cercana, su nombre era Berno, un pobre desgraciado que había perdido demasiado y demasiado rápido en el último ataque cizariano. Heredero de una larga tradición de talabarteros, perdió su taller, la mitad de su casa, a su esposa, la que no paraba de quejarse ni un solo día, pero a la que igual quería con sinceridad, y a su hijo Bernán, su gran orgullo y esperanza, a pesar de que el chico no mostraba ningún talento para el oficio; todo mientras él salía ileso del conflicto, excepto por una moderada sordera en uno de sus oídos. Estaba borracho, como casi siempre desde su gran desgracia. Cuando despertó y vio lo que ocurría, le tomó un rato procesar y entender, pues pensar no es fácil volviendo de un sueño profundo y alcoholizado, pero en cuanto lo hizo, comenzó a dar alaridos con la intensidad de un maldito cerdo que sabe que lo van a matar; un espectáculo totalmente desproporcionado y hasta caricaturesco que tomó por sorpresa a los jazzabarianos que solo querían acabar rápido y sin contratiempos. Uno de estos se le lanzó encima con violencia para derribarlo y taparle la boca, mientras otro le amenazaba en susurros al oído bueno, con su brillante y afilado puñal frente a los ojos. “Deja de gritar o te arrancaré la puta lengua por la garganta, ¿oíste? Maldito Busago cubierto de mierda.” Mientras el otro prefería la persuasión antes que la amenaza. “¿Quieres morir como un idiota o prefieres morir como un héroe?” La verdad es que Berno no quería morir de ninguna manera esa noche, pero no tuvo que responder porque no le quitaron la mano de la boca hasta que recibió un buen golpe en la sien que lo devolvió a su estado de inconsciencia, sin embargo, ya había logrado que algunos encendieran sus precarias luces y comenzaran a curiosear por sus ventanas, por lo que los jazzabarianos debían acabar de prisa. Cuando Berno despertó, gracias a un balde de agua de dudosa procedencia en la cara, Nina estaba junto a él con algunas de sus chicas, también varios de los pobladores se habían levantado y comprobaban que los Tronadores ya no estaban. Cuando le preguntaron qué había visto, Berno solo tenía una cosa en mente que alcanzó a oír antes de ser aturdido: “Cízarin ya viene, ¡Cízarin ya viene!”



León Faras.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

118.



El cuerpo de Nimir era preservado en un barril con salmuera mientras todo estaba listo para el tratamiento final de su preservación definitiva, ya que algunos ingredientes necesitaban procesos que sólo el tiempo podía hacer. Migas trabajaba enfrascado en los documentos de Mirna, era lo único que podía hacer para no sentir la ausencia del bobo de Nimir, ni el eco de su último grito de auxilio en sus oídos. Ya tenía certeza sobre, al menos, una docena de partículas fonéticas con las que podía traducir buena parte de lo escrito y estaba en busca de la siguiente, esa que al revelarle su significado, arrastraría con ella a las demás como en una cascada, una gran construcción que se derrumba al quitar la pieza clave de sus cimientos, dejando todo lo que oculta completamente expuesto ante sus ojos. Migas observaba el huevo del Cizal que conservaba sobre un mueble iluminado por una vela y muy cerca de la chimenea que lo mantenía abrigado y tibio, tal como lo haría el cuerpo de su madre si esta lo estuviera empollando, pero no pensaba en eso el viejo, ni siquiera había reparado en la idea de que algo vivo se estuviera gestando en su interior, no, mientras miraba el huevo, el viejo le daba vueltas en la cabeza a una sílaba tratando de hacerla encajar de manera coherente en más de una palabra a la vez para determinar su funcionalidad lógica, pero en vano, hasta que consideró la idea de que Mirna podía haber usado algunas palabras que él simplemente no conocía; algunas hierbas tienen distintos nombres en diferentes zonas o algunos compuestos que eran bautizados a capricho de su creador, no eran llamados de la misma manera en todas partes. Esa idea le abriría la mente a otras posibilidades, como la de admitir la eventual existencia de una palabra que él nunca había oído antes y que no conocía, pero que se repetía varias veces en el texto: “pólvora,” cuya fórmula y proceso de fabricación estaban descritos con detalle, y que finalmente sería, nada más ni nada menos, que el secreto oculto detrás de los Tronadores del viejo Larzo.



La adivinación por medio de los huesos era la técnica conocida más antigua y por lo tanto, también la más rudimentaria, ya que los más avanzados tendían a prescindir cada vez más de elementos externos para ver a través del tiempo el destino de las personas, sin embargo, dominar la predicción con los huesos era primordial para cualquiera que quisiera iniciarse en el arte de la clarividencia. ¿Un caballero? ¡Qué clase de caballero?” Preguntó Daliana, tan interesada como confundida. Lorina miraba sus huesos como si estos le hablaran desde un lugar remoto. “Uno de aquellos que visten armadura y cargan con una espada…” Señaló con dudosa convicción. Daliana la interrumpió espantada. “¿Un soldado! ¡Yo no quiero un soldado! ¡Viven más pendiente de sus espadas que de sus esposas, se la pasan bebiendo cuando no están metidos en sus batallas, nunca se sabe cuando vuelven o si van a regresar y además, siempre huelen feo por culpa de esos estúpidos trajes de hierro!” Lorina estaba atónita, había visto gente decepcionada con sus predicciones, pero nunca le había tocado alguien que se pusiera tan en contra de su propio destino, sin embargo, los huesos eran bastante claros esta vez. “Esa negativa anticipada es la razón por la que aún no tienes eso que tanto llevas esperando tener.” Le espetó, no muy segura de dónde le habían salido esas palabras tan acertadas, pero dejando a la pobre Daliana aun más confundida sobre cómo debía sentirse, mirando a su hermana Rina que la miraba de vuelta con las cejas levantadas en el centro como en un gesto de súplica. “¿Estás diciendo que todo es mi culpa?” Protestó Daliana, un poco ofendida. “No, y sí a la vez…” Confundir y ser ambiguo era útil en el arte de la adivinación, pero no se debía exagerar o se perdía toda credibilidad. “Porque estás rechazando lo que aún no pasa, te estás resistiendo a lo que aún no ves, creyendo que será horrible de antemano, pero ¿y si no es así? ¿y si te estás perdiendo de algo realmente bueno que ni siquiera sabes que existe?” Sugirió Lorina. “Como el Bagro.” Sugirió Rina a su vez, en un susurro que Lorina no entendió para nada pero Daliana sí, y fue ella quien se explicó. “Cuando era niña y vi un Bagro por primera vez, me pareció la criatura más horrible del mundo, tan fea que estaba convencida de que comerla sería igual de desagradable, por lo que me negué a hacerlo durante mucho tiempo… hasta que me lo dieron de comer sin decirme nada y descubrí que era mejor que cualquier otra cosa que yo hubiese probado antes.” Lorina arrugó la nariz. “Uf, jamás probaría una cosa tan fea. ¡Ese pez es horrible!” Afirmó, con gesto de hastío, como quien tiene algo descompuesto frente a sus narices. “¡Es delicioso! ¡Su carne es deliciosa!” Afirmó Daliana, convincente, pero Lorina simplemente estaba renuente a escucharla. “¡Tienes que probarlo! ¡Haremos que lo pruebes!” Insistió la princesa Jazzabariana, mientras la otra agitaba las manos en negativa y huía como si la estuvieran amenazando con arrojarla al río. Rina reía, porque veía el juego que se había armado entre las otras dos y le parecía gracioso. “¿Quién es la que se niega anticipadamente ahora, ah?” Preguntó Daliana abriendo los brazos, como exigiendo una respuesta, sin embargo, Lorina también reía, ella solo bromeaba, la mujer sabía lo bien que sabía la carne de Bagro, a pesar de nunca haberlo probado, porque en Bosgos el pescado era un lujo bastante escaso y casi siempre caro, y más, uno tan refinado y exclusivo como este, cuya reputación sí que era muy conocida. “La verdad, es que estaría feliz de probarlo un día…” Confesó Lorina terminada la broma, al tiempo que la otra se instalaba para seguir con la adivinación de su destino, pero el momento ya se había ido, los huesos habían sido removidos y su mensaje tergiversado por lo que Lorina los guardó con respeto. Deberían continuar en otro momento.



León Faras.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

117.



Mientras una lluvia fina pero copiosa, como un velo fantasmal a la luz de las antorchas, comenzaba a dejarse caer sobre la tierra, refrescando una noche que apenas comenzaba, la vieja Zaida recibía el consuelo de su amigo Gunta durante sus últimas horas de vida, ante la piadosa mirada de Teté, que casi podía ver como el espíritu de la mujer se desprendía de su cuerpo poco a poco hasta abandonarlo por completo, cayendo hacia el cielo infinito. En ese mismo momento, pero en Bosgos, Qrima fallecía en su asiento sin aspavientos ni alborotos, simplemente reclinando la cabeza sobre el pecho y durmiéndose con los ojos abiertos, mientras su sobrina, Nila, a solo un par de metros de él, revolvía una olla puesta al fuego con caldo de hueso y grano molido para abrigar el cuerpo y afirmar el estómago antes de irse a la cama. Su esposo llegaría pronto para descubrir al difunto y de paso, traer más malas noticias: definitivamente Brelio iba rumbo a Cízarin en ese momento y apenas había podido contener a Janzo para que no partiera hacia allá a buscar a su hijo a riesgo de causarle un mal mayor. El chico, ya no era un niño.



¿En qué está metida mi hermana? ¡Dímelo!” Exigió Falena, quién aún no entendía con qué clase de asuntos estaba lidiando. “¿Conoces a un tipo llamado Motas?” Preguntó Yádigar. La chica había oído ese curioso nombre antes, sabía que se trataba de un rimoriano con una más que dudosa reputación, pero no podía asegurar haberlo visto alguna vez, por lo que respondió que no estaba segura, entonces, su tío soltó una inesperada retahíla de adjetivos descalificativos que sin duda tenía guardados hace tiempo. “Pues es un sinvergüenza, un embaucador, un idiota mentiroso especialista en meter en líos a los demás y luego desaparecer… y encima se cree más astuto que el resto.” Falena no dijo nada, tampoco tenía mucho que replicar, por lo que dejó que su tío continuara. “Puedo reconocer que tiene algunas cosas buenas también, aunque para el caso, no valen de nada… Bueno, pues ese ceporro se enredó con unos inútiles bosgoneses que querían atacar Cízarin… ¡Atacar Cízarin! ¿Cómo? ¿Con qué ejército? Cómo sea, pues resulta que, al parecer, ese marango de Motas, de alguna manera logró involucrar a tu hermana en todo ese asunto revolucionario…” La chica, que seguía la historia con dificultad, y en la que aún no podía fiarse del todo, estalló con eso último, y es que, su hermana, como la conocía, no era del tipo de persona que se dejara engañar así, menos por alguien como ese tal Motas, cuyo nivel de sinvergüenzura era ya casi legendario. Su tío continuó con la paciencia de alguien que siendo experto en el tema, se debe obligar a sí mismo a tomarse su tiempo para explicarle a otros menos entendidos. “Mira, a este tipo se le da muy bien propagar el discurso de “Arriba la libertad de Rimos” o “Abajo la monarquía de Cízarin,” como si pensara hacer algo al respecto, pero no piensa en ensuciarse ni las suelas, en realidad, sólo lo hace para embaucar a las personas, para convencerlos de hacer cosas y así obtener algún beneficio para luego desaparecer y dejarte solo con el entuerto… ¡Siempre hace eso! Hacerte creer que está de tu lado y que quiere lo mismo que tú, pero después, cuando llega el momento de actuar, ¡puf! desaparece como un pedo en la noche.” A la chica todavía le costaba ver a su hermana involucrada con alguien así, pero el hombre estaba dispuesto a convencerla. “Cuando la gente se apasiona por algo, sólo quiere oír de eso y cualquier cosa le sirve para endulzarse el oído, y por algún motivo que desconozco, Rubi estaba obsesionada con que había que darle una lección a Cízarin… Yo estoy de acuerdo, no pienses mal, no apoyo a Cízarin ni a su rey, Siandro el Necio, pero para hacerlo se necesitan más que cuatro cabezas calientes y un par de lenguas largas, ¿no crees?” Falena asentía meditabunda. Su hermana metida en un grupo revolucionario, podía imaginarse eso. Rubi tenía madera de peleona; entonces, de pronto se dio cuenta de la urgencia del asunto. “¿Acaso esos tipos bosgoneses vienen hacia acá ahora?” Preguntó con sorpresa. Yádigar la miró con el alivio de alguien que por fin se da a entender después de mucho esfuerzo. “Por eso es que debemos encontrarla.” Aclaró.



Daliana, a la que no le interesaban para nada los asuntos de su padre y del soberano reino de Jazzabar, se llevó a Lorina a su habitación para tratar asuntos más interesantes, como su relación amorosa con su hermano Yan. La chica le habló con humildad sobre lo arrollador e impetuoso del sentimiento que los había invadido de pronto y unido para siempre, y Daliana fingió desvanecerse de amor y desilusión al desear tanto algo así y no poder tenerlo. “Yo nunca viviré algo como eso… lo sé.” Lloriqueó, como una víctima aplastada por el peso de su propio destino, ante la mirada divertida de su hermana Rina, que no podía tomar en serio ni un poco todo ese drama. Entonces, Lorina, piadosa, le ofreció leerle la suerte en los huesos y Daliana respondió con emoción, porque los buenos adivinadores eran escasos en Jazzabar, pero también con miedo, porque una mala adivinación podía sellar el destino de alguien sin remedio. Lorina sonrió. “Bueno, los huesos no siempre te dirán lo que quieres escuchar, pero siempre tienen algo bueno que decir.” La animó, y la chica aceptó, mirando a su hermana menor ansiosa y temerosa a la vez. “Según mi tía abuela Miula, la que podía decir el destino de las personas sólo oyendo sus sueños, los huesos te dirán las posibilidades, pero no te dirán las decisiones que decidas tomar.” Advirtió Lorina con profesionalismo antes de vaciar su pequeña bolsa de huesos de gallina en el piso y quedarse expectante. “Un caballero, definitivamente hay un caballero en tu camino.” Le dijo.



León Faras.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

116.



Yan Vanyán lo sabía, podía ver en los ojos de Lorina que ésta se había quedado profundamente preocupada tras ver pasar al implacable ejército cizariano hacia Bosgos, aunque su preocupación era más por Cípora y las otras chicas que trabajaban en el local de Nina, que por el resto de la gente. “Podemos regresar si quieres, aunque no te garantizo que lleguemos a tiempo…” Le ofreció Yan, afligido por no poder ofrecerle más, ya que solo contaban con un solo caballo para los dos y él, con todas sus habilidades especiales, no podía hacer gran cosa estando tan lejos, pero Lorina lo miró con una mezcla de ruego y resolución. “No.” Le dijo. “Ahora me debo a ti y a nuestro amor, que es por lo único que he de luchar de ahora en adelante. Ellas lo saben y lo entienden. La ciudad se defenderá como la última vez y Cízarin dejará de insistir en algún momento.” Yan, aceptó las palabras de su amada sujetándola de las manos. “Será como tú quieras, pero que sepas que si me pides enfrentarme a todos los ejércitos de este mundo o el otro, por ti, lo haría sin pensarlo.” Prometió Yan con la sinceridad y solemnidad de un caballero que le jura lealtad a su reina. “Y yo también daría mi vida por ti sin dudarlo ni un segundo.” Replicó Lorina, más convencida que nunca de sus propias palabras.



A Yádigar le tomó al menos media hora explicarle a la chica que él era hermano de Teté. Que su madre había muerto cuando él tenía trece años, que entonces habían sobrevivido juntos los dos rebuscándose la vida hasta que consiguió que el ejército rimoriano lo aceptara a los quince años y de paso, conseguir que a Telina la dejaran trabajar en las cocinas del palacio donde ambos podían ganarse la vida sin depender el uno del otro. Estuvieron así varios años, sin verse mucho pero sin alejarse del todo, cada uno atendiendo sus propias obligaciones. “Hasta que se la trajeron a Cízarin con un bebé que no era suyo en brazos… ese fue el último día que la vi y ni siquiera pudimos hablar. Supe que se había casado con un soldado cizariano dos años después del compromiso…” Explicó el hombre como si estuviera, mitad reprochándoselo y mitad excusándose, mientras Falena lo oía sin dejarse convencer del todo. “No recuerdo que mamá haya mencionado nunca que tenía un hermano…” Dijo la chica, mirándolo con toda la suspicacia del mundo. “Pues puedes preguntarle a tu madre la próxima vez que la veas si quieres, ahora tenemos que encontrar a tu hermana.” Replicó el hombre, harto de dar explicaciones, y con razón, porque por unos minutos se habían olvidado por completo de Rubi. “¿Entonces ella está aquí, en Cízarin?” Preguntó Falena, contenta de que esa posibilidad fuese real, pero el otro la miró como a aquella persona que, siendo un adulto, se maravilla por cualquier tontería como un niño. “¡Claro que está aquí, dónde más si no!”



Cuando Lorina llegó a Jazzabar, se quedó completamente admirada, aquella era sin lugar a dudas, la construcción humana más grande que ella hubiese visto nunca, con postes y postes sobre postes que ascendían hasta chocar con la noche, y que sostenían toda una ciudad en el aire. Había que decir que la noche favorecía mucho al puerto, dotándolo de sombras que contrastaban con las numerosas antorchas, lámparas y fogones que iluminaban aquí y allá y que le daban una presencia casi mágica y hasta se podía decir que hermosa, como si la hubiesen decorado a propósito así para su visitante de aquella noche. Antes de entrar, una fina gota de agua le chocó en la frente, la chica miró al cielo y con inocencia anunció que llovería, Yan también miró al cielo, pero no había visto ni sentido nada, después de todo, esa gota podía ser de cualquier cosa, en Jazzabar, siempre podían caer cosas desde las alturas que no venían precisamente desde el cielo. Las viviendas en el puerto eran poco más que chabolas empleadas para el reposo donde pernoctar y comer, pues todas las demás actividades se realizaban en espacios públicos. Aunque había algunos comercios establecidos, que eran pocos y viejos como la Descorazonada, la mayoría del comercio era ambulante e informal, siendo la comida callejera el más popular. Yan paseó a su amada por las pasarelas de Jazzabar sin soltarla de los hombros, pues era necesaria cierta práctica y habilidad para moverse sobre las tablas del puerto con soltura. La llevó hasta la gran chabola del rey, donde también estaba la de él y su hermano, y por separado, la de sus hermanas. Estaban muy cerca de la Rueda, la que esa noche estaba en completa oscuridad y silencio o hubiese podido impresionar aún más a Lorina con su ineludible presencia cuando el espectáculo está en su mejor momento, pero quién sí la impresionó de inmediato, fue la joya de Jazzabar, Daliana, la segunda hija de Cegarra, cuya belleza era sobrecogedora; una chica soñadora que anhelaba con casarse algún día con su hombre perfecto, pero que debido a su belleza, demasiado bien asumida por ella misma, y a un estatus social elevado que le inculcaron desde pequeña todos a su alrededor, ese sueño, se veía cada vez más obstaculizado, sencillamente porque todo el mundo siempre la había hecho sentirse tristemente inalcanzable, como una joya. Daliana recibió a Lorina con calidez, como se recibe a un pariente al que hace años no se ve. Yan estaba satisfecho de que ella la hubiese recibido y no su hermana mayor, Elba, la que podía parecer bastante tosca cuando uno no la conocía. También estaba Rina allí, la menor de todas, una chiquilla que no hablaba mucho y que sonreía demasiado. Algunos pensaban que estaba un poco tonta, que no lograba entender todo lo que se le decía y que por eso siempre estaba riendo sin motivo, y en parte era cierto, la chica no era muy lista, como se esperaba, pero tenía su propia clase de inteligencia, una más perceptiva, intuitiva y emocional, el tipo de inteligencia de quienes pueden comprender las cosas aunque no puedan razonarlas, solo lo saben, una inteligencia que a veces podía sorprender a los demás.



León Faras.

viernes, 21 de noviembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

115.



Emma estaba nerviosa, inquieta. Su hermana lo sabía, su madre lo sabía, todos lo sabían porque ella era incapaz de disimular cuando un secreto le carcomía el alma por salir mientras ella lo retenía, pero aun así se resistía a admitirlo. Su padre entonces entró en ese momento para sentarse frente a ella mirándola a los ojos con cara de preocupación. Janzo también estaba, pero se quedó en la puerta. “Tú sabes algo sobre Brelio, ¿verdad?” Preguntó Emmer. El chico, hijo de sus mejores amigos, estaba desaparecido y había alguno que aseguraba haberlo visto en el grupo de vagos que se reunía a escuchar las ideas de Musso, ese supuesto revolucionario que nomás sabía hablar y hablar y nunca hacía nada. “Janzo está preocupado porque su hijo jamás le comentó nada sobre sus planes… ¿Tú sabes algo?” Insistió Emmer. La chica asintió con cara de dolor. “¡Sólo fuimos una vez! Daba mala espina esa gente. Le dije que mejor no volviéramos… pero él sí regresó.” Confesó. Emmer la apuró para que le contara el resto de lo que sabía. Emma continuó. “Él se unió a ese grupo. ¡Le dije que no lo hiciera! Pero dijo que no era asunto mío, que ellos eran los únicos que al menos querían hacer algo por su ciudad y que él quería ayudar…” Su padre, que ya estaba preocupado, se preocupó más. “¿Ayudar a que?” Preguntó, teniendo ya una idea vaga de la respuesta. “Destruir a nuestros enemigos de Cízarin… eso dijo.” Emmer miró hacia atrás, pero su amigo Janzo ya no estaba. Por lo que habían averiguado, el grupo de Musso había dejado la ciudad aquella misma tarde.



Falena regresaba a casa en su caballo, estaba oscuro, las antorchas y lámparas no abundaban en algunas partes de la ciudad y encima, no tenía ni idea de dónde buscar a su hermana. Los rimorianos habían partido hacia Bosgos junto con el ejército cizariano y de alguna manera ahora su hermana iba de polizón en medio de ellos para sabotear sus planes desde dentro… O al menos, eso se imaginaba ella con increíble claridad. “¡Pero en qué perlas estabas pensando?” Exclamó en voz alta, frustraba, y para su sorpresa, una voz le respondió desde la oscuridad. “¿Me hablas a mí?” Falena dio un respingo, pero por más que forzó la vista, no vio a nadie. “¿Quién está ahí? Muéstrate.” Demandó la chica con firmeza, pero el hombre, porque la voz era la de un hombre, no le dio mayor importancia a su petición. “Si no me hablas a mí, entonces sigue tu camino, niña.” Le recomendó. Falena le hizo caso, pero sin apuro, y sin dejar de escudriñar la oscuridad buscando el ángulo exacto para penetrarla y ver quién se ocultaba en ella, porque lo que su hermana tenía de cabeza dura, ella lo tenía de curiosa, así le decía su madre. Efectivamente, al poco de insistir logró encontrar el correcto equilibrio entre la luz y la sombra, y distinguir a un hombre adulto sentado en el suelo con algo en las manos, seguramente una botella de licor. “¿Quién eres?” Preguntó la chica, con la voz más suave esta vez, y luego de insistir con su mirada penetrante, añadió con algo de asombro. “¿Eres un rimoriano?” “¿Eres un inquisidor?” Replicó él, de inmediato. Falena no sabía qué cosa era eso, y no tenía por qué saberlo. Aquellos eran una especie de policía inventada para mantener la disciplina y la lealtad entre los rimorianos que servían a Cízarin, ya que estos, en su mayoría, no lo hacían de buena gana. La chica negó medio ofendida, aunque no sabía bien qué estaba negando. El hombre se acercó con la mueca en el rostro del que está durmiendo cómodamente hasta que lo obligan a levantarse. “¿Te conozco?” Le dijo, alzando el mentón. “¿Deberías?” Respondió Falena, tirando la cara hacia atrás, como si algo le oliera mal de repente, pero el hombre, luego de considerarlo unos segundos, negó con gesto de hastío, como si todo aquello no hubiese sido más que una completa pérdida de tiempo. “La próxima vez que se te antoje hablar sola, asegúrate de estar sola.” Le aconsejó, antes de dar la vuelta y volver a las sombras. Falena iba a seguir su camino, pero ese era un rimoriano, probablemente el único que quedaba en todo Cízarin mientras los demás iban rumbo a Bosgos y tal vez podía saber algo sobre qué negocios estaba haciendo su hermana con ellos. Se dio la vuelta decidida a hablar con él. “Escucha, necesito encontrar a mi hermana, y sé que se ha estado juntando con ustedes…” Le espetó, bajando de su caballo y entrando en las sombras. “¿Tu hermana es prostituta?” Replicó el otro al instante. Falena se quedó en blanco por unos segundos. “No, no lo es.” Respondió al fin. El hombre hizo mueca de no tener ni idea de sobre quién estaba hablando, entonces, la chica comenzó a darle una descripción con datos bastante específicos que acabaron ganándose el interés del otro y activando su memoria. “¿Rubi es tu hermana? ¡Chis! ¡Esa mujer está loca!” “Necesito saber dónde está.” Exigió Falena, pero entonces, el rostro del hombre cambió del entusiasmo a la preocupación intensa, pegando la espalda a la pared como un fugitivo. La chica se volteó. Dos caballos oscuros se acercaban por el camino, sobre ellos, dos jinetes, uno muy viejo y el otro muy joven, vestían armaduras ridículamente pulidas, que brillaban incluso a esas horas. Aquellos soldados patrullaban las calles de Cízarin, y su amigo, claramente, era un desertor, y aunque ellos estaban convenientemente ocultos en las sombras, su caballo estaba parado en medio del camino, por lo que debería actuar. “¿Qué estás haciendo, niña?” Preguntó el soldado más viejo, cuando vio aparecer a la chica arreglándose la ropa, pretendiendo haberse detenido de urgencia para improvisar un baño. Falena, haciéndose la sorprendida, quiso justificarse con inocencia, pero el viejo no parecía ser del tipo paciente, ni amable. “Sé lo que hacías allí oculta, no soy idiota. Lo que te pregunto es qué estás haciendo sola en este lugar y a estas horas.” El viejo recibió unos murmullos de su compañero con mejor vista, y volvió hacia la chica asombrado y con un tono un poco menos altanero. “Espera, ¿eres la hija de Tibrón? ¿Qué haces aquí, niña?” Falena, no recordaba haber conocido al viejo soldado, de todas maneras dijo la verdad. “Busco a mi hermana,” “¿Tu hermana es...?” Replicó el viejo, pero sin encontrar la palabra más adecuada para acabar su frase. Falena negó “No, no es prostituta, solo no sabemos dónde está, pero ya regresaba a mi casa, mamá debe estar preocupada.” El viejo pareció simpatizar con ella. “Es lo mejor, para una madre, más vale una hija perdida que dos, además, es una noche tranquila, ya verás como tu hermana aparece por la mañana sin un rasguño.” Falena asintió y los tres se quedaron allí parados mirándose, como esperando a que el otro hiciera algo. “¿No te vas?” Preguntó el viejo al fin. La chica puso cara de circunstancia sin saber qué decir, señalando dudosa, y dando a entender que aún tenía algún asunto pendiente del que prefería no hablar, entonces, el abuelo pareció comprender que la muchacha no había acabado con lo que fuera que estaba haciendo antes, y decidió darle algo de privacidad. “Oh, ya entiendo, de todos modos estaremos por aquí cerca.”



Cuando los soldados se alejaron y Falena volvió con el rimoriano, éste la miraba como a un verdadero bicho raro potencialmente venenoso: “¿Eres la hija de Tibrón?” Preguntó. La chica asintió. “¿Y tu mamá es Teté?” Falena se tardó un poco más, pero volvió a asentir sin comprender qué estaba sucediendo. “¿Y Rubi…?” Insistió el hombre. La chica comenzaba a impacientarse. “Ella es mi hermana, ya te lo dije. ¿A qué vienen todas esas preguntas?” El hombre se cogió la frente, preocupado. “Oh, mierda. Tenemos que encontrarla.” Le dijo. Falena no entendía nada. “¿Qué está pasando? ¿Por qué de pronto actúas tan raro? ¿Quién eres tú?” El hombre en ese momento la miraba como si hubiese hecho algo muy malo. “Me llamo Yádigar, y soy tu tío.”



León Faras.

martes, 11 de noviembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

114.



Falena buscó a su hermana por todo Cízarin hasta que la noche la hizo aquietarse y buscar refugio, pero sin éxito. Aquellos que la habían visto, lo habían hecho temprano aquel día, por lo que su información no le valía de nada para saber dónde encontrarla, y ni siquiera podía contar con la ayuda del bueno de Yurba, quien seguramente removería cielo y tierra para encontrar a la chica de sus sueños, pero éste había salido aquella tarde junto con el grueso del ejército cizariano rumbo a Bosgos para acabar con la ciudad libre. Falena ya lo había pensado, pero no se convencía de que Rubi hubiese sido capaz de dejar Cízarin y partir sola a defender Bosgos. ¿Pero qué estaba diciendo? ¡Claro que Rubi sería capaz de dejar la ciudad y plantarse ella sola frente a todo el puto ejército cizariano de ser necesario! ¡Si era más fácil despejar Tormenta de Piedras que agrietar la determinación de su hermana, pero al menos le hubiera dicho algo! Falena se sobó la frente con rudeza, empezaba a preguntarse cómo rayos la encontraría en medio del caos que estaba por armarse si esta se había ido, entonces pensó en Bocasucia, la taberna a la que todo cizariano bien nacido y con algo de dinero, iba a compartir sus historias, esparcir chismes y beber algo; ella nunca había entrado allí, pero era mejor que seguir pateando las calles de arriba abajo sin ir a ningún sitio. Faula, la dueña, al verla intentando entrar sin mucha convicción la persuadió con amabilidad. “Mira, querida, aquí no trabajamos con prostitutas, pero si quieres hacerlo por tu cuenta, puedes quedarte…” La chica le interrumpió diciendo que ella solo buscaba a su hermana. “Ah, tu hermana es prostituta.” Asumió la mujer, con toda seriedad y sin atisbo de dudas en sus ojos. “No, no. Nadie es prostituta…” Aclaró la muchacha. “Mi hermana desapareció, hace horas que no la vemos y busco alguien que la haya visto.” Faula comprendió esta vez y la invitó a entrar a su negocio. El olor dentro era muy peculiar, una mezcla de muchos vahos distintos, añejados entre esas paredes sin ventilación ni luz solar. “¿Tu hermana es cizariana?” Preguntó la mujer, orgullosa de conocer a todos los habitantes de Cízarin. La chica le dijo que sí, le explicó que habían llegado desde Rimos siendo muy pequeñas con su mamá, pero por más que lo intentó, Faula no pudo capturar ningún recuerdo sobre esa tal Teté de la que le hablaba. “Tal vez tu hermana solo está con alguna de sus amigas, o con un chico… luego pierden la noción del tiempo y…” Sugirió la mujer, llenando un tazón con sopa para su invitada. Falena sonrió con la idea, eso no sonaba a Rubi. “Ella es como una anciana en el cuerpo de una joven; recta y firme como un poste.” La mujer pareció hacer eco de sus palabras. “¿Una anciana en el cuerpo de una joven? No se ríe mucho, ¿verdad?” Falena rio. “¡No, nunca! Y siempre tiene la razón.” Afirmó. “Obstinada…” Replicó la mujer, y la chica iba a afirmar con entusiasmo eso también, pero entonces se dio cuenta de que Faula, en efecto, conocía a su hermana. La mujer lo negó. “No, pero hace poco estuvo una chica por aquí, llamaba la atención solo por su personalidad, tosca y decidida. Era muy rara.” Dijo la mujer, y Falena asintió. Eso sí sonaba a Rubi. “Se reunió con unos rimorianos de los que ocupa el rey en su ejército. Hablaban bajito pero muy en serio, como si estuvieran planeando algo… Acá nadie se mete en los asuntos de los demás, pero como eran rimorianos, llamaron mucho la atención y acabaron yéndose.” Concluyó la mujer. “¿Y mi hermana se fue con ellos?” Preguntó la chica. Faula no estaba segura. En cuanto la gente salía de su negocio, pasaba a ser problema de otro. “Tal vez me equivoque, tal vez se trataba de otra chica, como sea, deberías irte a casa, no hay nada más que puedas hacer por esta noche…” Le recomendó la mujer y la chica asintió, no muy conforme pero de acuerdo.



Darlén se sentía feliz con todo el crecimiento que había alcanzado en el último tiempo en su magia, y con la aceptación de la magnitud de su propio poder, el cual, antes de que se lo señalaran, jamás hubiese siquiera imaginado. Esa noche su fuego ardía limpio y vigoroso, su cena frugal rebosaba de vida y nutrientes, la naturaleza a su alrededor la vigilaba y la protegía de cualquier amenaza que pudiera estar cerca como una madre celosa y el cielo le contaba historias fascinantes que ella nunca antes había oído, pero entonces notó algo en el firmamento, una cruel historia con muchas víctimas inocentes, pero a diferencia de las otras, esta no estaba en el pasado, sino en el futuro. Darlén se asustó, y el miedo no era algo bueno para una bruja. Revisó sus amuletos, una serie de objetos sin valor aparente, pero con los que había sentido una fuerte conexión apenas verlos. Los reunió en un puño y los lanzó al suelo, y estos le hablaron de un suceso sangriento y terrible que estaba a punto de suceder, confirmando lo que decían las estrellas en el cielo, pero agregando algo más: el suceso aquel estaba muy cerca de ella, y en más de un sentido. No era necesario ser bruja para saber lo qué significaba aquello. Debía regresar a su casa, con su familia y debía hacerlo ya. Le ordenó al fuego apagarse, y a su péndulo que le indicara el camino más corto a Bosgos. Era una bruja y podía volverse tan ligera, que era capaz de recorrer largas distancias a pie en poco tiempo y casi sin esfuerzo, pero aun así tardaría horas. Llegaría al amanecer, tal vez un poco antes, solo esperaba no llegar tarde.



León Faras.