122.
“Así que tú eres el hermano perdido del que tanto habla mamá.” Dijo Rubi luego de mirar largo rato al bueno de Yádigar, pero la mirada más inquisidora fue la de su hermana, Falena, al darse cuenta de que ella sí sabía que su mamá tenía un hermano. “¡Cómo es que yo no sabía que teníamos un tío?” Protestó la chica, Rubi la miró con las cejas empinadas, como a una niña malcriada teniendo una pataleta de lo más injustificada: “Eso es porque nunca estás en casa y cuando estás, nunca pones atención.” Era inútil discutir, Rubi siempre tenía la razón. “Cuando Teté fue enviada a Cízarin, las cosas quedaron muy difíciles en Rimos, en especial si eras un soldado, parecía que cualquier día nos cortaban el cuello por cualquier cosa, y tratar de huir, aunque fuera para visitar a un pariente, era darles la excusa perfecta para hacerlo. Tiempo después supe que ella ya tenía una familia y un marido, por lo que pensé que no debía preocuparme por ella más, ni hacer que ella se preocupara por mí, ¡Ya sabes como todo lo convierte en un drama! Siempre fue así, y si ya tenía sus propios asuntos, no quería cargarla con los míos.” “¿Y, tú tienes hijos?” Preguntó Falena, cruzándose de brazos de lo más cómoda. Rubi la miró como a una desubicada cuyas preguntas son de lo más inoportunas, pero la chica tenía su punto. “¡Es nuestro tío, es pariente! ¡Tenemos que saber!” Respondió, encogiéndose de hombros. Yádigar sonrió sin ganas. “Tuve un hijo, pero murió pequeño, se asfixió con un colgajo de la manta mientras dormía… una muerte de lo más tonta. Después de eso mi mujer se fue, me dejó. Demasiado tiempo sola, dijo. Supongo que tenía razón…” Falena ahora sí se sentía desubicada y Rubi volvía a mirarla igual. Otra vez había tenido la razón.
Mientras avanzaba por la devastación de Bosgos, Demirel oyó lo que parecía ser un enfrentamiento con espadas. No tardó mucho en encontrar a un bosgonés agotado con una espada en la mano y dos cizarianos muertos frente a lo que quedaba de su casa. Apenas amanecía y la llovizna era intensa. Ambos se miraron y se reconocieron; Demirel se había enfrentado dos veces a ese rimoriano antes, y las dos veces había resultado aquel con un proyectil en el pecho, sin embargo, la tercera vez sería distinta. “Vete.” Le dijo. Emmer se le quedó mirando como si le estuviera gastando una broma de mierda, pero Demirel insistió. “¡Vete! Ya has tenido suficiente, no pelearé contigo.” Éste tenía la mala costumbre de no fijar la vista en los ojos de la persona con quien hablaba, como una tara arrastrada desde muy joven, por lo que el otro no estaba seguro de obedecerle. “No me iré sin mi familia.” Advirtió el rimoriano. Demirel ya había visto a su mujer y su hija dentro, abrazada una a la otra y no quería tener que matarlas también. “¡Llévate a tu familia! ¡Vamos, deben irse! ¡Ahora!” Les ordenó, pero entonces, Emmer le respondió lo más impensado que podía ocurrírsele “Entonces, ayúdame…” Demirel se sintió insultado, y pudo reaccionar con agresividad, pero el otro acabó la frase a tiempo. “Mi otra hija está atrapada.” Demirel se acercó, la luz era escasa, podía pensar que aquello era una treta para golpearlo a traición, pero no lo hizo, se esforzó en mirar y al final vio: la chica estaba aplastada por una pared, rematada por una pesada viga de madera basta. No tenía buena pinta, la angustia de ese rimoriano era real. Demirel tuvo una idea y Gindri estaba de acuerdo, pues lo que más la honraba a ella era salvar y proteger al inocente, por lo que sin pensarlo más, metió su enorme espada bajo la viga para usarla de palanca y con todo el poder de sus piernas y espalda, más la ayuda de Emmer y sus brazos, la elevó lo suficiente como para que Nila pudiera tomar a su hija y sacarla de donde estaba, justo cuando los Tronadores rompían el cielo como en una aterradora tormenta otra vez. Demirel no era un experto, pero tenía experiencia como para afirmar que esa chica ya estaba muerta o muy cerca de ello. Emmer se iría al fin, con el cuerpo sin vida de su hija Emma en brazos, su esposa y su hija más pequeña, Lina. Cuando Demirel salió, se encontró con Yurba parado afuera, que lo miraba como si quisiera reprocharle algo, pero en cuanto lo animó a hablar, el otro solo meneó un poco la cabeza, bajó la mirada y siguió caminando. Yurba se había guardado de hacer alguno de sus molestos comentarios. Eso sí que se sentía raro, pero más raro fue lo que sucedería a continuación: Al amanecer, antes de que el sol se asomara por completo, una brillante estrella se posó sobre Bosgos, inusualmente brillante, llamaba la atención de todos como cualquier fenómeno de similares características lo haría, incluso Fagnar se detendría a observarla, como esperando a que algo sucediera. Y lo haría. Inmóvil, su luz empezó a hacerse más intensa y a titilar al mismo tiempo, hasta que en un segundo su resplandor lo inundaría todo de golpe, volviendo al mundo de un blanco tan intenso que incluso atravesaba los párpados, para luego apagarse súbitamente, dejando ciego por algunos minutos a todo aquel que la estuviera mirando. Fue un suceso aterrador que paralizó al ejército cizariano y a sus Tronadores por un rato, pero no había sido de origen divino como algunos pensaron, sino mágico. Darlén acababa de llegar a la ciudad y buscaba la forma de poner a salvo a los rezagados para contraatacar.
León Faras.