118.
El cuerpo de Nimir era preservado en un barril con salmuera mientras todo estaba listo para el tratamiento final de su preservación definitiva, ya que algunos ingredientes necesitaban procesos que sólo el tiempo podía hacer. Migas trabajaba enfrascado en los documentos de Mirna, era lo único que podía hacer para no sentir la ausencia del bobo de Nimir, ni el eco de su último grito de auxilio en sus oídos. Ya tenía certeza sobre, al menos, una docena de partículas fonéticas con las que podía traducir buena parte de lo escrito y estaba en busca de la siguiente, esa que al revelarle su significado, arrastraría con ella a las demás como en una cascada, una gran construcción que se derrumba al quitar la pieza clave de sus cimientos, dejando todo lo que oculta completamente expuesto ante sus ojos. Migas observaba el huevo del Cizal que conservaba sobre un mueble iluminado por una vela y muy cerca de la chimenea que lo mantenía abrigado y tibio, tal como lo haría el cuerpo de su madre si esta lo estuviera empollando, pero no pensaba en eso el viejo, ni siquiera había reparado en la idea de que algo vivo se estuviera gestando en su interior, no, mientras miraba el huevo, el viejo le daba vueltas en la cabeza a una sílaba tratando de hacerla encajar de manera coherente en más de una palabra a la vez para determinar su funcionalidad lógica, pero en vano, hasta que consideró la idea de que Mirna podía haber usado algunas palabras que él simplemente no conocía; algunas hierbas tienen distintos nombres en diferentes zonas o algunos compuestos que eran bautizados a capricho de su creador, no eran llamados de la misma manera en todas partes. Esa idea le abriría la mente a otras posibilidades, como la de admitir la eventual existencia de una palabra que él nunca había oído antes y que no conocía, pero que se repetía varias veces en el texto: “pólvora,” cuya fórmula y proceso de fabricación estaban descritos con detalle, y que finalmente sería, nada más ni nada menos, que el secreto oculto detrás de los Tronadores del viejo Larzo.
La adivinación por medio de los huesos era la técnica conocida más antigua y por lo tanto, también la más rudimentaria, ya que los más avanzados tendían a prescindir cada vez más de elementos externos para ver a través del tiempo el destino de las personas, sin embargo, dominar la predicción con los huesos era primordial para cualquiera que quisiera iniciarse en el arte de la clarividencia. “¿Un caballero? ¡Qué clase de caballero?” Preguntó Daliana, tan interesada como confundida. Lorina miraba sus huesos como si estos le hablaran desde un lugar remoto. “Uno de aquellos que visten armadura y cargan con una espada…” Señaló con dudosa convicción. Daliana la interrumpió espantada. “¿Un soldado! ¡Yo no quiero un soldado! ¡Viven más pendiente de sus espadas que de sus esposas, se la pasan bebiendo cuando no están metidos en sus batallas, nunca se sabe cuando vuelven o si van a regresar y además, siempre huelen feo por culpa de esos estúpidos trajes de hierro!” Lorina estaba atónita, había visto gente decepcionada con sus predicciones, pero nunca le había tocado alguien que se pusiera tan en contra de su propio destino, sin embargo, los huesos eran bastante claros esta vez. “Esa negativa anticipada es la razón por la que aún no tienes eso que tanto llevas esperando tener.” Le espetó, no muy segura de dónde le habían salido esas palabras tan acertadas, pero dejando a la pobre Daliana aun más confundida sobre cómo debía sentirse, mirando a su hermana Rina que la miraba de vuelta con las cejas levantadas en el centro como en un gesto de súplica. “¿Estás diciendo que todo es mi culpa?” Protestó Daliana, un poco ofendida. “No, y sí a la vez…” Confundir y ser ambiguo era útil en el arte de la adivinación, pero no se debía exagerar o se perdía toda credibilidad. “Porque estás rechazando lo que aún no pasa, te estás resistiendo a lo que aún no ves, creyendo que será horrible de antemano, pero ¿y si no es así? ¿y si te estás perdiendo de algo realmente bueno que ni siquiera sabes que existe?” Sugirió Lorina. “Como el Bagro.” Sugirió Rina a su vez, en un susurro que Lorina no entendió para nada pero Daliana sí, y fue ella quien se explicó. “Cuando era niña y vi un Bagro por primera vez, me pareció la criatura más horrible del mundo, tan fea que estaba convencida de que comerla sería igual de desagradable, por lo que me negué a hacerlo durante mucho tiempo… hasta que me lo dieron de comer sin decirme nada y descubrí que era mejor que cualquier otra cosa que yo hubiese probado antes.” Lorina arrugó la nariz. “Uf, jamás probaría una cosa tan fea. ¡Ese pez es horrible!” Afirmó, con gesto de hastío, como quien tiene algo descompuesto frente a sus narices. “¡Es delicioso! ¡Su carne es deliciosa!” Afirmó Daliana, convincente, pero Lorina simplemente estaba renuente a escucharla. “¡Tienes que probarlo! ¡Haremos que lo pruebes!” Insistió la princesa Jazzabariana, mientras la otra agitaba las manos en negativa y huía como si la estuvieran amenazando con arrojarla al río. Rina reía, porque veía el juego que se había armado entre las otras dos y le parecía gracioso. “¿Quién es la que se niega anticipadamente ahora, ah?” Preguntó Daliana abriendo los brazos, como exigiendo una respuesta, sin embargo, Lorina también reía, ella solo bromeaba, la mujer sabía lo bien que sabía la carne de Bagro, a pesar de nunca haberlo probado, porque en Bosgos el pescado era un lujo bastante escaso y casi siempre caro, y más, uno tan refinado y exclusivo como este, cuya reputación sí que era muy conocida. “La verdad, es que estaría feliz de probarlo un día…” Confesó Lorina terminada la broma, al tiempo que la otra se instalaba para seguir con la adivinación de su destino, pero el momento ya se había ido, los huesos habían sido removidos y su mensaje tergiversado por lo que Lorina los guardó con respeto. Deberían continuar en otro momento.
León Faras.