lunes, 22 de diciembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

118.



El cuerpo de Nimir era preservado en un barril con salmuera mientras todo estaba listo para el tratamiento final de su preservación definitiva, ya que algunos ingredientes necesitaban procesos que sólo el tiempo podía hacer. Migas trabajaba enfrascado en los documentos de Mirna, era lo único que podía hacer para no sentir la ausencia del bobo de Nimir, ni el eco de su último grito de auxilio en sus oídos. Ya tenía certeza sobre, al menos, una docena de partículas fonéticas con las que podía traducir buena parte de lo escrito y estaba en busca de la siguiente, esa que al revelarle su significado, arrastraría con ella a las demás como en una cascada, una gran construcción que se derrumba al quitar la pieza clave de sus cimientos, dejando todo lo que oculta completamente expuesto ante sus ojos. Migas observaba el huevo del Cizal que conservaba sobre un mueble iluminado por una vela y muy cerca de la chimenea que lo mantenía abrigado y tibio, tal como lo haría el cuerpo de su madre si esta lo estuviera empollando, pero no pensaba en eso el viejo, ni siquiera había reparado en la idea de que algo vivo se estuviera gestando en su interior, no, mientras miraba el huevo, el viejo le daba vueltas en la cabeza a una sílaba tratando de hacerla encajar de manera coherente en más de una palabra a la vez para determinar su funcionalidad lógica, pero en vano, hasta que consideró la idea de que Mirna podía haber usado algunas palabras que él simplemente no conocía; algunas hierbas tienen distintos nombres en diferentes zonas o algunos compuestos que eran bautizados a capricho de su creador, no eran llamados de la misma manera en todas partes. Esa idea le abriría la mente a otras posibilidades, como la de admitir la eventual existencia de una palabra que él nunca había oído antes y que no conocía, pero que se repetía varias veces en el texto: “pólvora,” cuya fórmula y proceso de fabricación estaban descritos con detalle, y que finalmente sería, nada más ni nada menos, que el secreto oculto detrás de los Tronadores del viejo Larzo.



La adivinación por medio de los huesos era la técnica conocida más antigua y por lo tanto, también la más rudimentaria, ya que los más avanzados tendían a prescindir cada vez más de elementos externos para ver a través del tiempo el destino de las personas, sin embargo, dominar la predicción con los huesos era primordial para cualquiera que quisiera iniciarse en el arte de la clarividencia. ¿Un caballero? ¡Qué clase de caballero?” Preguntó Daliana, tan interesada como confundida. Lorina miraba sus huesos como si estos le hablaran desde un lugar remoto. “Uno de aquellos que visten armadura y cargan con una espada…” Señaló con dudosa convicción. Daliana la interrumpió espantada. “¿Un soldado! ¡Yo no quiero un soldado! ¡Viven más pendiente de sus espadas que de sus esposas, se la pasan bebiendo cuando no están metidos en sus batallas, nunca se sabe cuando vuelven o si van a regresar y además, siempre huelen feo por culpa de esos estúpidos trajes de hierro!” Lorina estaba atónita, había visto gente decepcionada con sus predicciones, pero nunca le había tocado alguien que se pusiera tan en contra de su propio destino, sin embargo, los huesos eran bastante claros esta vez. “Esa negativa anticipada es la razón por la que aún no tienes eso que tanto llevas esperando tener.” Le espetó, no muy segura de dónde le habían salido esas palabras tan acertadas, pero dejando a la pobre Daliana aun más confundida sobre cómo debía sentirse, mirando a su hermana Rina que la miraba de vuelta con las cejas levantadas en el centro como en un gesto de súplica. “¿Estás diciendo que todo es mi culpa?” Protestó Daliana, un poco ofendida. “No, y sí a la vez…” Confundir y ser ambiguo era útil en el arte de la adivinación, pero no se debía exagerar o se perdía toda credibilidad. “Porque estás rechazando lo que aún no pasa, te estás resistiendo a lo que aún no ves, creyendo que será horrible de antemano, pero ¿y si no es así? ¿y si te estás perdiendo de algo realmente bueno que ni siquiera sabes que existe?” Sugirió Lorina. “Como el Bagro.” Sugirió Rina a su vez, en un susurro que Lorina no entendió para nada pero Daliana sí, y fue ella quien se explicó. “Cuando era niña y vi un Bagro por primera vez, me pareció la criatura más horrible del mundo, tan fea que estaba convencida de que comerla sería igual de desagradable, por lo que me negué a hacerlo durante mucho tiempo… hasta que me lo dieron de comer sin decirme nada y descubrí que era mejor que cualquier otra cosa que yo hubiese probado antes.” Lorina arrugó la nariz. “Uf, jamás probaría una cosa tan fea. ¡Ese pez es horrible!” Afirmó, con gesto de hastío, como quien tiene algo descompuesto frente a sus narices. “¡Es delicioso! ¡Su carne es deliciosa!” Afirmó Daliana, convincente, pero Lorina simplemente estaba renuente a escucharla. “¡Tienes que probarlo! ¡Haremos que lo pruebes!” Insistió la princesa Jazzabariana, mientras la otra agitaba las manos en negativa y huía como si la estuvieran amenazando con arrojarla al río. Rina reía, porque veía el juego que se había armado entre las otras dos y le parecía gracioso. “¿Quién es la que se niega anticipadamente ahora, ah?” Preguntó Daliana abriendo los brazos, como exigiendo una respuesta, sin embargo, Lorina también reía, ella solo bromeaba, la mujer sabía lo bien que sabía la carne de Bagro, a pesar de nunca haberlo probado, porque en Bosgos el pescado era un lujo bastante escaso y casi siempre caro, y más, uno tan refinado y exclusivo como este, cuya reputación sí que era muy conocida. “La verdad, es que estaría feliz de probarlo un día…” Confesó Lorina terminada la broma, al tiempo que la otra se instalaba para seguir con la adivinación de su destino, pero el momento ya se había ido, los huesos habían sido removidos y su mensaje tergiversado por lo que Lorina los guardó con respeto. Deberían continuar en otro momento.



León Faras.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

117.



Mientras una lluvia fina pero copiosa, como un velo fantasmal a la luz de las antorchas, comenzaba a dejarse caer sobre la tierra, refrescando una noche que apenas comenzaba, la vieja Zaida recibía el consuelo de su amigo Gunta durante sus últimas horas de vida, ante la piadosa mirada de Teté, que casi podía ver como el espíritu de la mujer se desprendía de su cuerpo poco a poco hasta abandonarlo por completo, cayendo hacia el cielo infinito. En ese mismo momento, pero en Bosgos, Qrima fallecía en su asiento sin aspavientos ni alborotos, simplemente reclinando la cabeza sobre el pecho y durmiéndose con los ojos abiertos, mientras su sobrina, Nila, a solo un par de metros de él, revolvía una olla puesta al fuego con caldo de hueso y grano molido para abrigar el cuerpo y afirmar el estómago antes de irse a la cama. Su esposo llegaría pronto para descubrir al difunto y de paso, traer más malas noticias: definitivamente Brelio iba rumbo a Cízarin en ese momento y apenas había podido contener a Janzo para que no partiera hacia allá a buscar a su hijo a riesgo de causarle un mal mayor. El chico, ya no era un niño.



¿En qué está metida mi hermana? ¡Dímelo!” Exigió Falena, quién aún no entendía con qué clase de asuntos estaba lidiando. “¿Conoces a un tipo llamado Motas?” Preguntó Yádigar. La chica había oído ese curioso nombre antes, sabía que se trataba de un rimoriano con una más que dudosa reputación, pero no podía asegurar haberlo visto alguna vez, por lo que respondió que no estaba segura, entonces, su tío soltó una inesperada retahíla de adjetivos descalificativos que sin duda tenía guardados hace tiempo. “Pues es un sinvergüenza, un embaucador, un idiota mentiroso especialista en meter en líos a los demás y luego desaparecer… y encima se cree más astuto que el resto.” Falena no dijo nada, tampoco tenía mucho que replicar, por lo que dejó que su tío continuara. “Puedo reconocer que tiene algunas cosas buenas también, aunque para el caso, no valen de nada… Bueno, pues ese ceporro se enredó con unos inútiles bosgoneses que querían atacar Cízarin… ¡Atacar Cízarin! ¿Cómo? ¿Con qué ejército? Cómo sea, pues resulta que, al parecer, ese marango de Motas, de alguna manera logró involucrar a tu hermana en todo ese asunto revolucionario…” La chica, que seguía la historia con dificultad, y en la que aún no podía fiarse del todo, estalló con eso último, y es que, su hermana, como la conocía, no era del tipo de persona que se dejara engañar así, menos por alguien como ese tal Motas, cuyo nivel de sinvergüenzura era ya casi legendario. Su tío continuó con la paciencia de alguien que siendo experto en el tema, se debe obligar a sí mismo a tomarse su tiempo para explicarle a otros menos entendidos. “Mira, a este tipo se le da muy bien propagar el discurso de “Arriba la libertad de Rimos” o “Abajo la monarquía de Cízarin,” como si pensara hacer algo al respecto, pero no piensa en ensuciarse ni las suelas, en realidad, sólo lo hace para embaucar a las personas, para convencerlos de hacer cosas y así obtener algún beneficio para luego desaparecer y dejarte solo con el entuerto… ¡Siempre hace eso! Hacerte creer que está de tu lado y que quiere lo mismo que tú, pero después, cuando llega el momento de actuar, ¡puf! desaparece como un pedo en la noche.” A la chica todavía le costaba ver a su hermana involucrada con alguien así, pero el hombre estaba dispuesto a convencerla. “Cuando la gente se apasiona por algo, sólo quiere oír de eso y cualquier cosa le sirve para endulzarse el oído, y por algún motivo que desconozco, Rubi estaba obsesionada con que había que darle una lección a Cízarin… Yo estoy de acuerdo, no pienses mal, no apoyo a Cízarin ni a su rey, Siandro el Necio, pero para hacerlo se necesitan más que cuatro cabezas calientes y un par de lenguas largas, ¿no crees?” Falena asentía meditabunda. Su hermana metida en un grupo revolucionario, podía imaginarse eso. Rubi tenía madera de peleona; entonces, de pronto se dio cuenta de la urgencia del asunto. “¿Acaso esos tipos bosgoneses vienen hacia acá ahora?” Preguntó con sorpresa. Yádigar la miró con el alivio de alguien que por fin se da a entender después de mucho esfuerzo. “Por eso es que debemos encontrarla.” Aclaró.



Daliana, a la que no le interesaban para nada los asuntos de su padre y del soberano reino de Jazzabar, se llevó a Lorina a su habitación para tratar asuntos más interesantes, como su relación amorosa con su hermano Yan. La chica le habló con humildad sobre lo arrollador e impetuoso del sentimiento que los había invadido de pronto y unido para siempre, y Daliana fingió desvanecerse de amor y desilusión al desear tanto algo así y no poder tenerlo. “Yo nunca viviré algo como eso… lo sé.” Lloriqueó, como una víctima aplastada por el peso de su propio destino, ante la mirada divertida de su hermana Rina, que no podía tomar en serio ni un poco todo ese drama. Entonces, Lorina, piadosa, le ofreció leerle la suerte en los huesos y Daliana respondió con emoción, porque los buenos adivinadores eran escasos en Jazzabar, pero también con miedo, porque una mala adivinación podía sellar el destino de alguien sin remedio. Lorina sonrió. “Bueno, los huesos no siempre te dirán lo que quieres escuchar, pero siempre tienen algo bueno que decir.” La animó, y la chica aceptó, mirando a su hermana menor ansiosa y temerosa a la vez. “Según mi tía abuela Miula, la que podía decir el destino de las personas sólo oyendo sus sueños, los huesos te dirán las posibilidades, pero no te dirán las decisiones que decidas tomar.” Advirtió Lorina con profesionalismo antes de vaciar su pequeña bolsa de huesos de gallina en el piso y quedarse expectante. “Un caballero, definitivamente hay un caballero en tu camino.” Le dijo.



León Faras.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

116.



Yan Vanyán lo sabía, podía ver en los ojos de Lorina que ésta se había quedado profundamente preocupada tras ver pasar al implacable ejército cizariano hacia Bosgos, aunque su preocupación era más por Cípora y las otras chicas que trabajaban en el local de Nina, que por el resto de la gente. “Podemos regresar si quieres, aunque no te garantizo que lleguemos a tiempo…” Le ofreció Yan, afligido por no poder ofrecerle más, ya que solo contaban con un solo caballo para los dos y él, con todas sus habilidades especiales, no podía hacer gran cosa estando tan lejos, pero Lorina lo miró con una mezcla de ruego y resolución. “No.” Le dijo. “Ahora me debo a ti y a nuestro amor, que es por lo único que he de luchar de ahora en adelante. Ellas lo saben y lo entienden. La ciudad se defenderá como la última vez y Cízarin dejará de insistir en algún momento.” Yan, aceptó las palabras de su amada sujetándola de las manos. “Será como tú quieras, pero que sepas que si me pides enfrentarme a todos los ejércitos de este mundo o el otro, por ti, lo haría sin pensarlo.” Prometió Yan con la sinceridad y solemnidad de un caballero que le jura lealtad a su reina. “Y yo también daría mi vida por ti sin dudarlo ni un segundo.” Replicó Lorina, más convencida que nunca de sus propias palabras.



A Yádigar le tomó al menos media hora explicarle a la chica que él era hermano de Teté. Que su madre había muerto cuando él tenía trece años, que entonces habían sobrevivido juntos los dos rebuscándose la vida hasta que consiguió que el ejército rimoriano lo aceptara a los quince años y de paso, conseguir que a Telina la dejaran trabajar en las cocinas del palacio donde ambos podían ganarse la vida sin depender el uno del otro. Estuvieron así varios años, sin verse mucho pero sin alejarse del todo, cada uno atendiendo sus propias obligaciones. “Hasta que se la trajeron a Cízarin con un bebé que no era suyo en brazos… ese fue el último día que la vi y ni siquiera pudimos hablar. Supe que se había casado con un soldado cizariano dos años después del compromiso…” Explicó el hombre como si estuviera, mitad reprochándoselo y mitad excusándose, mientras Falena lo oía sin dejarse convencer del todo. “No recuerdo que mamá haya mencionado nunca que tenía un hermano…” Dijo la chica, mirándolo con toda la suspicacia del mundo. “Pues puedes preguntarle a tu madre la próxima vez que la veas si quieres, ahora tenemos que encontrar a tu hermana.” Replicó el hombre, harto de dar explicaciones, y con razón, porque por unos minutos se habían olvidado por completo de Rubi. “¿Entonces ella está aquí, en Cízarin?” Preguntó Falena, contenta de que esa posibilidad fuese real, pero el otro la miró como a aquella persona que, siendo un adulto, se maravilla por cualquier tontería como un niño. “¡Claro que está aquí, dónde más si no!”



Cuando Lorina llegó a Jazzabar, se quedó completamente admirada, aquella era sin lugar a dudas, la construcción humana más grande que ella hubiese visto nunca, con postes y postes sobre postes que ascendían hasta chocar con la noche, y que sostenían toda una ciudad en el aire. Había que decir que la noche favorecía mucho al puerto, dotándolo de sombras que contrastaban con las numerosas antorchas, lámparas y fogones que iluminaban aquí y allá y que le daban una presencia casi mágica y hasta se podía decir que hermosa, como si la hubiesen decorado a propósito así para su visitante de aquella noche. Antes de entrar, una fina gota de agua le chocó en la frente, la chica miró al cielo y con inocencia anunció que llovería, Yan también miró al cielo, pero no había visto ni sentido nada, después de todo, esa gota podía ser de cualquier cosa, en Jazzabar, siempre podían caer cosas desde las alturas que no venían precisamente desde el cielo. Las viviendas en el puerto eran poco más que chabolas empleadas para el reposo donde pernoctar y comer, pues todas las demás actividades se realizaban en espacios públicos. Aunque había algunos comercios establecidos, que eran pocos y viejos como la Descorazonada, la mayoría del comercio era ambulante e informal, siendo la comida callejera el más popular. Yan paseó a su amada por las pasarelas de Jazzabar sin soltarla de los hombros, pues era necesaria cierta práctica y habilidad para moverse sobre las tablas del puerto con soltura. La llevó hasta la gran chabola del rey, donde también estaba la de él y su hermano, y por separado, la de sus hermanas. Estaban muy cerca de la Rueda, la que esa noche estaba en completa oscuridad y silencio o hubiese podido impresionar aún más a Lorina con su ineludible presencia cuando el espectáculo está en su mejor momento, pero quién sí la impresionó de inmediato, fue la joya de Jazzabar, Daliana, la segunda hija de Cegarra, cuya belleza era sobrecogedora; una chica soñadora que anhelaba con casarse algún día con su hombre perfecto, pero que debido a su belleza, demasiado bien asumida por ella misma, y a un estatus social elevado que le inculcaron desde pequeña todos a su alrededor, ese sueño, se veía cada vez más obstaculizado, sencillamente porque todo el mundo siempre la había hecho sentirse tristemente inalcanzable, como una joya. Daliana recibió a Lorina con calidez, como se recibe a un pariente al que hace años no se ve. Yan estaba satisfecho de que ella la hubiese recibido y no su hermana mayor, Elba, la que podía parecer bastante tosca cuando uno no la conocía. También estaba Rina allí, la menor de todas, una chiquilla que no hablaba mucho y que sonreía demasiado. Algunos pensaban que estaba un poco tonta, que no lograba entender todo lo que se le decía y que por eso siempre estaba riendo sin motivo, y en parte era cierto, la chica no era muy lista, como se esperaba, pero tenía su propia clase de inteligencia, una más perceptiva, intuitiva y emocional, el tipo de inteligencia de quienes pueden comprender las cosas aunque no puedan razonarlas, solo lo saben, una inteligencia que a veces podía sorprender a los demás.



León Faras.

viernes, 21 de noviembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

115.



Emma estaba nerviosa, inquieta. Su hermana lo sabía, su madre lo sabía, todos lo sabían porque ella era incapaz de disimular cuando un secreto le carcomía el alma por salir mientras ella lo retenía, pero aun así se resistía a admitirlo. Su padre entonces entró en ese momento para sentarse frente a ella mirándola a los ojos con cara de preocupación. Janzo también estaba, pero se quedó en la puerta. “Tú sabes algo sobre Brelio, ¿verdad?” Preguntó Emmer. El chico, hijo de sus mejores amigos, estaba desaparecido y había alguno que aseguraba haberlo visto en el grupo de vagos que se reunía a escuchar las ideas de Musso, ese supuesto revolucionario que nomás sabía hablar y hablar y nunca hacía nada. “Janzo está preocupado porque su hijo jamás le comentó nada sobre sus planes… ¿Tú sabes algo?” Insistió Emmer. La chica asintió con cara de dolor. “¡Sólo fuimos una vez! Daba mala espina esa gente. Le dije que mejor no volviéramos… pero él sí regresó.” Confesó. Emmer la apuró para que le contara el resto de lo que sabía. Emma continuó. “Él se unió a ese grupo. ¡Le dije que no lo hiciera! Pero dijo que no era asunto mío, que ellos eran los únicos que al menos querían hacer algo por su ciudad y que él quería ayudar…” Su padre, que ya estaba preocupado, se preocupó más. “¿Ayudar a que?” Preguntó, teniendo ya una idea vaga de la respuesta. “Destruir a nuestros enemigos de Cízarin… eso dijo.” Emmer miró hacia atrás, pero su amigo Janzo ya no estaba. Por lo que habían averiguado, el grupo de Musso había dejado la ciudad aquella misma tarde.



Falena regresaba a casa en su caballo, estaba oscuro, las antorchas y lámparas no abundaban en algunas partes de la ciudad y encima, no tenía ni idea de dónde buscar a su hermana. Los rimorianos habían partido hacia Bosgos junto con el ejército cizariano y de alguna manera ahora su hermana iba de polizón en medio de ellos para sabotear sus planes desde dentro… O al menos, eso se imaginaba ella con increíble claridad. “¡Pero en qué perlas estabas pensando?” Exclamó en voz alta, frustraba, y para su sorpresa, una voz le respondió desde la oscuridad. “¿Me hablas a mí?” Falena dio un respingo, pero por más que forzó la vista, no vio a nadie. “¿Quién está ahí? Muéstrate.” Demandó la chica con firmeza, pero el hombre, porque la voz era la de un hombre, no le dio mayor importancia a su petición. “Si no me hablas a mí, entonces sigue tu camino, niña.” Le recomendó. Falena le hizo caso, pero sin apuro, y sin dejar de escudriñar la oscuridad buscando el ángulo exacto para penetrarla y ver quién se ocultaba en ella, porque lo que su hermana tenía de cabeza dura, ella lo tenía de curiosa, así le decía su madre. Efectivamente, al poco de insistir logró encontrar el correcto equilibrio entre la luz y la sombra, y distinguir a un hombre adulto sentado en el suelo con algo en las manos, seguramente una botella de licor. “¿Quién eres?” Preguntó la chica, con la voz más suave esta vez, y luego de insistir con su mirada penetrante, añadió con algo de asombro. “¿Eres un rimoriano?” “¿Eres un inquisidor?” Replicó él, de inmediato. Falena no sabía qué cosa era eso, y no tenía por qué saberlo. Aquellos eran una especie de policía inventada para mantener la disciplina y la lealtad entre los rimorianos que servían a Cízarin, ya que estos, en su mayoría, no lo hacían de buena gana. La chica negó medio ofendida, aunque no sabía bien qué estaba negando. El hombre se acercó con la mueca en el rostro del que está durmiendo cómodamente hasta que lo obligan a levantarse. “¿Te conozco?” Le dijo, alzando el mentón. “¿Deberías?” Respondió Falena, tirando la cara hacia atrás, como si algo le oliera mal de repente, pero el hombre, luego de considerarlo unos segundos, negó con gesto de hastío, como si todo aquello no hubiese sido más que una completa pérdida de tiempo. “La próxima vez que se te antoje hablar sola, asegúrate de estar sola.” Le aconsejó, antes de dar la vuelta y volver a las sombras. Falena iba a seguir su camino, pero ese era un rimoriano, probablemente el único que quedaba en todo Cízarin mientras los demás iban rumbo a Bosgos y tal vez podía saber algo sobre qué negocios estaba haciendo su hermana con ellos. Se dio la vuelta decidida a hablar con él. “Escucha, necesito encontrar a mi hermana, y sé que se ha estado juntando con ustedes…” Le espetó, bajando de su caballo y entrando en las sombras. “¿Tu hermana es prostituta?” Replicó el otro al instante. Falena se quedó en blanco por unos segundos. “No, no lo es.” Respondió al fin. El hombre hizo mueca de no tener ni idea de sobre quién estaba hablando, entonces, la chica comenzó a darle una descripción con datos bastante específicos que acabaron ganándose el interés del otro y activando su memoria. “¿Rubi es tu hermana? ¡Chis! ¡Esa mujer está loca!” “Necesito saber dónde está.” Exigió Falena, pero entonces, el rostro del hombre cambió del entusiasmo a la preocupación intensa, pegando la espalda a la pared como un fugitivo. La chica se volteó. Dos caballos oscuros se acercaban por el camino, sobre ellos, dos jinetes, uno muy viejo y el otro muy joven, vestían armaduras ridículamente pulidas, que brillaban incluso a esas horas. Aquellos soldados patrullaban las calles de Cízarin, y su amigo, claramente, era un desertor, y aunque ellos estaban convenientemente ocultos en las sombras, su caballo estaba parado en medio del camino, por lo que debería actuar. “¿Qué estás haciendo, niña?” Preguntó el soldado más viejo, cuando vio aparecer a la chica arreglándose la ropa, pretendiendo haberse detenido de urgencia para improvisar un baño. Falena, haciéndose la sorprendida, quiso justificarse con inocencia, pero el viejo no parecía ser del tipo paciente, ni amable. “Sé lo que hacías allí oculta, no soy idiota. Lo que te pregunto es qué estás haciendo sola en este lugar y a estas horas.” El viejo recibió unos murmullos de su compañero con mejor vista, y volvió hacia la chica asombrado y con un tono un poco menos altanero. “Espera, ¿eres la hija de Tibrón? ¿Qué haces aquí, niña?” Falena, no recordaba haber conocido al viejo soldado, de todas maneras dijo la verdad. “Busco a mi hermana,” “¿Tu hermana es...?” Replicó el viejo, pero sin encontrar la palabra más adecuada para acabar su frase. Falena negó “No, no es prostituta, solo no sabemos dónde está, pero ya regresaba a mi casa, mamá debe estar preocupada.” El viejo pareció simpatizar con ella. “Es lo mejor, para una madre, más vale una hija perdida que dos, además, es una noche tranquila, ya verás como tu hermana aparece por la mañana sin un rasguño.” Falena asintió y los tres se quedaron allí parados mirándose, como esperando a que el otro hiciera algo. “¿No te vas?” Preguntó el viejo al fin. La chica puso cara de circunstancia sin saber qué decir, señalando dudosa, y dando a entender que aún tenía algún asunto pendiente del que prefería no hablar, entonces, el abuelo pareció comprender que la muchacha no había acabado con lo que fuera que estaba haciendo antes, y decidió darle algo de privacidad. “Oh, ya entiendo, de todos modos estaremos por aquí cerca.”



Cuando los soldados se alejaron y Falena volvió con el rimoriano, éste la miraba como a un verdadero bicho raro potencialmente venenoso: “¿Eres la hija de Tibrón?” Preguntó. La chica asintió. “¿Y tu mamá es Teté?” Falena se tardó un poco más, pero volvió a asentir sin comprender qué estaba sucediendo. “¿Y Rubi…?” Insistió el hombre. La chica comenzaba a impacientarse. “Ella es mi hermana, ya te lo dije. ¿A qué vienen todas esas preguntas?” El hombre se cogió la frente, preocupado. “Oh, mierda. Tenemos que encontrarla.” Le dijo. Falena no entendía nada. “¿Qué está pasando? ¿Por qué de pronto actúas tan raro? ¿Quién eres tú?” El hombre en ese momento la miraba como si hubiese hecho algo muy malo. “Me llamo Yádigar, y soy tu tío.”



León Faras.

martes, 11 de noviembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

114.



Falena buscó a su hermana por todo Cízarin hasta que la noche la hizo aquietarse y buscar refugio, pero sin éxito. Aquellos que la habían visto, lo habían hecho temprano aquel día, por lo que su información no le valía de nada para saber dónde encontrarla, y ni siquiera podía contar con la ayuda del bueno de Yurba, quien seguramente removería cielo y tierra para encontrar a la chica de sus sueños, pero éste había salido aquella tarde junto con el grueso del ejército cizariano rumbo a Bosgos para acabar con la ciudad libre. Falena ya lo había pensado, pero no se convencía de que Rubi hubiese sido capaz de dejar Cízarin y partir sola a defender Bosgos. ¿Pero qué estaba diciendo? ¡Claro que Rubi sería capaz de dejar la ciudad y plantarse ella sola frente a todo el puto ejército cizariano de ser necesario! ¡Si era más fácil despejar Tormenta de Piedras que agrietar la determinación de su hermana, pero al menos le hubiera dicho algo! Falena se sobó la frente con rudeza, empezaba a preguntarse cómo rayos la encontraría en medio del caos que estaba por armarse si esta se había ido, entonces pensó en Bocasucia, la taberna a la que todo cizariano bien nacido y con algo de dinero, iba a compartir sus historias, esparcir chismes y beber algo; ella nunca había entrado allí, pero era mejor que seguir pateando las calles de arriba abajo sin ir a ningún sitio. Faula, la dueña, al verla intentando entrar sin mucha convicción la persuadió con amabilidad. “Mira, querida, aquí no trabajamos con prostitutas, pero si quieres hacerlo por tu cuenta, puedes quedarte…” La chica le interrumpió diciendo que ella solo buscaba a su hermana. “Ah, tu hermana es prostituta.” Asumió la mujer, con toda seriedad y sin atisbo de dudas en sus ojos. “No, no. Nadie es prostituta…” Aclaró la muchacha. “Mi hermana desapareció, hace horas que no la vemos y busco alguien que la haya visto.” Faula comprendió esta vez y la invitó a entrar a su negocio. El olor dentro era muy peculiar, una mezcla de muchos vahos distintos, añejados entre esas paredes sin ventilación ni luz solar. “¿Tu hermana es cizariana?” Preguntó la mujer, orgullosa de conocer a todos los habitantes de Cízarin. La chica le dijo que sí, le explicó que habían llegado desde Rimos siendo muy pequeñas con su mamá, pero por más que lo intentó, Faula no pudo capturar ningún recuerdo sobre esa tal Teté de la que le hablaba. “Tal vez tu hermana solo está con alguna de sus amigas, o con un chico… luego pierden la noción del tiempo y…” Sugirió la mujer, llenando un tazón con sopa para su invitada. Falena sonrió con la idea, eso no sonaba a Rubi. “Ella es como una anciana en el cuerpo de una joven; recta y firme como un poste.” La mujer pareció hacer eco de sus palabras. “¿Una anciana en el cuerpo de una joven? No se ríe mucho, ¿verdad?” Falena rio. “¡No, nunca! Y siempre tiene la razón.” Afirmó. “Obstinada…” Replicó la mujer, y la chica iba a afirmar con entusiasmo eso también, pero entonces se dio cuenta de que Faula, en efecto, conocía a su hermana. La mujer lo negó. “No, pero hace poco estuvo una chica por aquí, llamaba la atención solo por su personalidad, tosca y decidida. Era muy rara.” Dijo la mujer, y Falena asintió. Eso sí sonaba a Rubi. “Se reunió con unos rimorianos de los que ocupa el rey en su ejército. Hablaban bajito pero muy en serio, como si estuvieran planeando algo… Acá nadie se mete en los asuntos de los demás, pero como eran rimorianos, llamaron mucho la atención y acabaron yéndose.” Concluyó la mujer. “¿Y mi hermana se fue con ellos?” Preguntó la chica. Faula no estaba segura. En cuanto la gente salía de su negocio, pasaba a ser problema de otro. “Tal vez me equivoque, tal vez se trataba de otra chica, como sea, deberías irte a casa, no hay nada más que puedas hacer por esta noche…” Le recomendó la mujer y la chica asintió, no muy conforme pero de acuerdo.



Darlén se sentía feliz con todo el crecimiento que había alcanzado en el último tiempo en su magia, y con la aceptación de la magnitud de su propio poder, el cual, antes de que se lo señalaran, jamás hubiese siquiera imaginado. Esa noche su fuego ardía limpio y vigoroso, su cena frugal rebosaba de vida y nutrientes, la naturaleza a su alrededor la vigilaba y la protegía de cualquier amenaza que pudiera estar cerca como una madre celosa y el cielo le contaba historias fascinantes que ella nunca antes había oído, pero entonces notó algo en el firmamento, una cruel historia con muchas víctimas inocentes, pero a diferencia de las otras, esta no estaba en el pasado, sino en el futuro. Darlén se asustó, y el miedo no era algo bueno para una bruja. Revisó sus amuletos, una serie de objetos sin valor aparente, pero con los que había sentido una fuerte conexión apenas verlos. Los reunió en un puño y los lanzó al suelo, y estos le hablaron de un suceso sangriento y terrible que estaba a punto de suceder, confirmando lo que decían las estrellas en el cielo, pero agregando algo más: el suceso aquel estaba muy cerca de ella, y en más de un sentido. No era necesario ser bruja para saber lo qué significaba aquello. Debía regresar a su casa, con su familia y debía hacerlo ya. Le ordenó al fuego apagarse, y a su péndulo que le indicara el camino más corto a Bosgos. Era una bruja y podía volverse tan ligera, que era capaz de recorrer largas distancias a pie en poco tiempo y casi sin esfuerzo, pero aun así tardaría horas. Llegaría al amanecer, tal vez un poco antes, solo esperaba no llegar tarde.



León Faras.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

113.



Teté nunca había visitado a Dana en todos los años que llevaba viviendo en Cízarin por la sencilla razón de siempre proyectarse en su mente como un estorbo inoportuno que aparece sin aviso y en el peor momento; no importaba cuántas veces la importunaran a ella, ella no podía hacer lo mismo, pero le hizo caso a su hija porque quedarse sola en casa con toda esa angustia dentro era todavía peor. Lo inesperado para ella fue lo mucho que Dana se alegró de verla en aquel instante, como si ese momento fuera el más oportuno del mundo. La vieja Zaida estaba dando sus últimos suspiros de vida y solo ella y algunas empleadas la estaban acompañando, eso, hasta la llegada de un anciano con pinta de monje, tan viejo como ella o más, acompañado de otro más joven que no había dicho ni una sola palabra desde que llegó. “Parecen buenas personas, pero me dan miedo…” Confesó Dana, en un susurro, sujetando fuerte el brazo de Teté como si temiera que esta fuera a huir en cualquier momento. Y agregó: “¿Cómo sabían que la doña estaba a punto de finar hoy, eh?” Tete se olvidó de su angustia por un momento y adoptó la de su amiga. “¿Y de dónde vienen? ¿y cómo llegaron hasta aquí?” Cuchicheaban, entonces Dana llevó a su amiga a un lado a tomar un poco de té y picotear alguna cosa de la cocina. “El hombre dijo que venían de un lugar llamado Cefiralia, o algo así…” Teté nunca había escuchado tal nombre. Dana tampoco. “Ni idea, pero al parecer está bien lejos.” Explicó, abriendo grandes los ojos y chupeteando un poco de té caliente. Y continuó. “La señora no entendía nada, hasta que le dije que el hombre que la venía a ver se llamaba Gunta, entonces fue como si le estuviera hablando de un hermano o un hijo perdido hace mucho tiempo. ¡Vieras lo emocionada que se puso!… Gunta, qué nombre más raro ¿no?” Concluyó la mujer, y Teté asintió llevándose la taza a los labios. Entonces Dana quiso saber el motivo de la inesperada visita de su amiga, pero esta se sentía tan a gusto en ese momento con la conversación, y tan bien recibida, que sus angustias imaginarias le parecían de lo más inadecuadas en ese momento, por lo que solo se excusó diciendo que la habían dejado sola en casa y pensó en ir a verla.



Yan Vanyán viajaba con Lorina en su grupa abrazada a su cintura sonriente e ilusionada. Era media tarde y les faltaban solo un par de horas para llegar a Cízarin, por lo que decidieron detenerse, comer algo, estirar el cuerpo y darle un respiro a su caballo que no había parado desde el amanecer. En eso estaban, cuando Yan oyó algo, lejano, brumoso. Sus sentidos se dispararon, una corazonada ante el peligro lo hizo ponerse en alerta y entrar en modo coraza para ante todo proteger a su amada. Se ocultaron, el rumor era cada vez más fuerte hasta que una docena de caballos pasaron frente a ellos al galope, como si llevaran prisa. Al frente iba su hermana mayor, Elba, su padre, Cego y su hermano Bacho. Por alguna razón su hermano se le había adelantado y él creía saber el porqué. “Él siempre ha creído que debe asistirme y protegerme, desde niños incluso, pero esta vez el trabajo era mío y yo prometí que lo haría, sólo le pedí un día…” Pensó Yan, olvidándose por un momento de que Lorina estaba a su lado, pero cuando notó que pensaba en voz alta, una mala jugada de su mente que debía disimular cada vez que le ocurría, disimuló. “Él y nuestro padre no se llevan nada bien, debe de haber tenido una buena razón para hacerlo.” Se justificó, como si Lorina esperara o necesitara tal información. Descansaron cerca de una hora, acabaron su merienda y su bebida y cuando preparaban sus cosas para continuar su viaje, un nuevo tumulto aproximándose por el camino los puso en alerta una vez más. Esta vez eran mucho más que solo una docena de caballos, era todo el maldito ejército cizariano, con sus estúpidos trajes de metal que tanto le gustaban, seguidos de carros con sus ya famosos Tronadores y sus refuerzo rimorianos, armados con escudos y espadas marchando a paso ligero, casi trotando, a ese paso llegarían de madrugada, de seguro atacarían en las horas previas al amanecer, el momento más oscuro y silencioso de la noche, la hora en la que incluso los perros duermen profundamente, Yan lo sabía, pero cuando vio a Lorina, se dio cuenta de que ella también podía notarlo. “Musso tenía razón.” Murmuró ella, ante la mirada de inquietud de Yan.



Brelio no contaba ni con un sucio bastón para defenderse, era lejos el más joven del grupo y además, todos en la carreta en la que viajaba, parecían tener lazos ya formados desde antes, mientras que a él lo ignoraban como al perro que espera los restos mientras ellos comen. Habían tomado el sendero que iba a Confín hasta la bifurcación que los llevaría a Cízarin, era el camino más largo, pero como grupo insurgente en plena acción, debían mantenerse alejados de los caminos principales. “Toma esto y no lo pierdas…” Le dijo Ren, quien viajaba delante junto al conductor. Brelio lo tomó, era un cuchillo grande y pesado que perfectamente podía usarse tanto para despejar un campo de maleza, como para descuartizar un animal grande. “Actuaremos justo antes del amanecer, el momento más oscuro y silencioso de la noche.” Le informó el hombre, Brelio asintió. “¿Cuándo sabré lo que tengo que hacer?” Preguntó el chico, más por hacer algo de conversación que por real curiosidad, pero a Ren no le gustó nada su osadía. “¿Acaso ya te crees jefe? Los jefes saben qué se debe hacer… tú solo obedeces.” Brelio bajó la mirada, como quién prefiere no meterse en líos gratuitamente, pero entonces el otro reconsideró su postura agresiva, recordando que el chico apenas se había unido a ellos esa misma tarde y trató de sonreír. “Oye, no te lo tomes tan grave. Yo a veces habló así y pongo mala cara porque así soy yo… pero no hay nada en contra tuyo.” Brelio asintió, ya había aprendido que era mejor seguir con la boca cerrada lo más posible. Entonces, Ren se le acercó en tono confidencial, como si quisiera hacer las paces compartiendo información valiosa con él. “Tenemos unos amigos en Cízarin, rimorianos, que nos han estado dando información. Nos reuniremos con ellos esta noche y sabremos cómo actuar.” Le dijo, luego le puso mala cara a otro que le pareció que intentaba oír lo que hablaban y lo reprendió solo con el gesto. Así era él, tenía un poco de autoridad y disfrutaba de ella al máximo.



León Faras.

sábado, 25 de octubre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

112.



Oh, padre, si tan solo pudiera, si tan solo hubiera alcanzado.” Se lamentaba Migas, sin dejar de mirar el gesto de terror en los ojos del pobre Nimir que no dejaba de recriminarle por su muerte desde el suelo, pero era muy tarde y había recibido demasiado daño como para intentar retener su espíritu, igual como lo hizo con el de su padre en su momento. Lo que sentía el viejo Migas era inexplicable; había pasado demasiado tiempo desde sus últimas lágrimas y ahora estaba todo atorado, sin saber cómo aliviar una aflicción mucho más grande y más profunda de lo que podría haber imaginado. El perro se lamía sus heridas a un lado en total silencio y su padre, que tampoco tenía lágrimas desde hacía mucho tiempo, lo miraba desde la penumbra, entre lúgubre y preocupado. “No, padre, no podemos retenerlo…” Dijo Migas con amarga resignación. “Su cuerpo no es más que un cascarón vacío y lleno de agujeros ahora… pero no se lo entregaremos a la tierra para que lo absorba, ni al fuego para que lo devore, se quedará con nosotros, en nuestra casa. Curaré su carne, reemplazaré sus fluido, preservaré sus órganos con sal y resina… haré lo que tenga que hacer para honrar su memoria, padre.” Sentenció el viejo, con la convicción de un juramento sagrado. A su lado estaba el huevo, intacto. Con ese no sabía todavía qué hacer.



Por la mañana, Bacho, quien apenas había dormido un par de horas en toda la noche, se presentó frente a su padre, hermanas y demás gente cercana, con aire pedante y gesto fastidiado. “Creí que llegarían ayer…” Le dijo Cego, no tanto como un reproche, sino más bien como curiosidad legítima, pero Bacho lo tomó como un regaño. “Pero ya estoy aquí, ¿no?” Respondió éste, agrio. Cego desvió la mirada. Su hijo siempre con esa actitud desafiante y molesta que hacía tan difícil entenderse con él. “Bueno, pues habla entonces.” Respondió el padre, devolviéndole el gesto de hastío. Bacho escupió lo que tenía que decir con brevedad telegráfica y ya se iba a ir, pero Elba, su hermana mayor, lo detuvo con la autoridad que a veces le faltaba a su padre. “¿Adonde crees que vas? Debemos hacer los planes, haremos el robo esta misma noche. Los caballos ya están aquí.” Fagnar les había prestado una docena de caballos porque en Jazzabar no había más que un par de burros que se usaban para trasportar carga en el puerto, por lo demás, debido a la anatomía intrincada y estrecha del mismo, hacerte de un caballo allí era una estupidez. Bacho alegó que por lo mismo necesitaba dormir, y mientras su padre lo autorizaba a retirarse con un gesto de su mano, su hermana clamaba al cielo por la presencia de Yan, que era el que debía estar allí, porque el tipo podía estar muy chiflado, pero él sí tenía el compromiso con Jazzabar y su gente, al contrario de Bacho, que solo velaba por sí mismo sin importarle nada ni nadie más.



Esa tarde, Musso y su gente se volvió a reunir, pero esta vez no para predicar su doctrina revolucionaria, sino para organizar su primer golpe y Brelio estaba allí, solo. También estaba Cana, la mujer muda y su primo-hermano Ren, quien traducía todas sus señas. El plan era que un grupo creara una distracción tirando de los postes que sostenían el precario ascenso a la ciudadela que se estaba construyendo en la cima del Decapitado, mientras que otro grupo prendía fuego a los establos de su ejército, a sus graneros y lo que pudieran quemar antes de huir. “Ya sabes, si te unes a nosotros, luego no podrás abandonarnos…” Le recordó Ren al muchacho y éste asintió seguro de estar haciendo lo que debía. “Repito:… No podrás abandonar al grupo.” Volvió a decir el hombre, mirándolo con ojos penetrantes debajo de sus abultadas cejas. “No abandonaré al grupo.” Aseguró Brelio. Cana, que estaba por ahí cerca, y que era muda, pero no sorda, hizo unos gestos que su primo entendió pero que no tradujo, y Brelio, con una brusca palmada en la espalda, pasó a ser oficialmente miembro del grupo, el cual, para ese momento contaba solo con diecisiete miembros jurados, más dos infiltrados en Cízarin, seis caballos, dos carretas ligeras, y un número limitado de armas profesionales, complementadas con una buena cantidad de armas improvisadas. No había tiempo ya de despedidas ni de más preparativos, aquellos que le había jurado fidelidad al grupo se pondrían en marcha de inmediato rumbo a Cízarin para llevar a cabo el plan.



Mientras tanto, Teté había empezado a anidar una terrible angustia en el pecho, lo cual no era algo extraño para ella, lo raro, era que no sabía exactamente el porqué. Su esposo había salido temprano en la mañana diciendo que había cosas que organizar, y en la calle corrían nuevos rumores de ataque y sangre derramada, incluso más que de lo común. Cuando Falena llegó a su casa, encontró a su madre hecha un amasijo de nervios, y lo primero que hizo fue preguntar por su hermana, pero entonces se dio cuenta de que ese era el problema. Rubi llevaba horas desaparecida y su madre se imaginaba cosas horribles con demasiada facilidad. “Yo la buscaré, mamá, tú ve con tía Dana, ella siempre se queja de que tú nunca la visitas…” Le dijo Falena, y agregó: “Creo que sé dónde puede estar. No te preocupes.” Mentira. Rubi no le había dicho ni una sola palabra y no tenía ni idea de dónde podía estar o qué estaría haciendo. Lo que sí estaba claro era que el ataque que su tío Demirel había advertido, ya estaba a punto de comenzar.



León Faras.

domingo, 12 de octubre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

111.



La noche para Lorina y Yan Vanyán fue de ensueño, se quedaron recostados, con sus cabezas pegadas, tomados de las manos mirando el cielo estrellado y susurrando, como si temieran interrumpir el sueño de los dioses del universo infinito. Se declararon un amor arrebatante al que no podrían renunciar jamás y por el que morirían antes de perder. Se prometieron afrontar todo juntos, soportar cualquier cosa, sostenerse el uno al otro en todo momento y no abandonar jamás ese amor espontáneo que de forma tan caprichosa, Ven Plimplín les había otorgado especialmente a ellos. Todo fue espléndido, hasta que Yan debió confesar con gravedad en la voz, que era hijo del rey de Jazzabar, y que estaba en una misión que su padre le había encargado. Lorina no lo podía creer, pero tampoco podía no creerle a él. El hombre que la amaba y que ella amaba ¡era en verdad un príncipe! No estaba muy segura de qué era Jazzabar y por qué había un rey ahí, pero si él lo decía, era verdad, porque a diferencia de lo que Nina le había aconsejado, ella sí confiaba en él y ahora estaba dispuesta más que nunca a creerle todo, entonces Yan, tomándole ambas manos, le rogó que le acompañara a Jazzabar, porque ya no podía ni quería dejarla sola allí. Lorina aceptó con lágrimas en los ojos, rebosante de alegría, pues estar con él en todo momento, era todo lo que ella quería a partir de ahora.



Lorina pasó a buscar sus pocas pertenencias apenas algunos minutos antes del alba. Cípora, como era habitual, dormía desparramada en su lecho, como si se hubiese estrellado contra él en vez de solo recostarse, roncando de una manera ruidosa y un tanto tormentosa a ratos, con unos espasmos capaces de preocupar a cualquiera que no la conociera. Le hubiese gustado hablarla, despedirse, decirle lo feliz que se sentía; a ella que siempre fue como su madre, su hermana y su amiga, todo en una, pero si lo hacía, Cípora querría saberlo todo, la retendría con un montón de preguntas e incertidumbres, y no quería que su príncipe se cansara esperándola afuera, además, tampoco se iba para siempre. Sin embargo, Nina sí la encontró organizando sus pilchas en un hatillo, ella que era una noctámbula consumada, de las que se conocía el cielo estrellado de memoria de tanto mirarlo, la vio y supo lo que ocurría. “Así que te vas y nos dejas…” Le dijo con fingido reproche en el tono. “Mi obligación ahora es estar con él.” Replicó Lorina sin siquiera pestañear. Eso había llegado demasiado lejos, demasiado rápido, pensó Nina. “No oíste ni una sola palabra de lo que te dije, ¿verdad?” Lorina se iba a justificar, diciendo que sí la había oído, pero que también debía oír a su corazón, sin embargo, Nina la abrazó de repente como nunca antes lo había hecho, para callarla y decirle que si estaba segura de lo que hacía y de lo que sentía, no debía darle explicaciones ni a ella ni a nadie… “porque siempre te dirán que no puedes, o no sabes o que eres una tonta por intentarlo, pero al final la tonta es una por escucharlos y hacerles caso.” Nina hubiese hecho cualquier cosa por disuadirla de irse tras un hombre que apenas conocía, pero en el fondo deseaba que su certeza fuese verdadera. Para cuando Cípora espabiló de su sueño entremedio de un atascadero de ronquidos, abrió los ojos y vio la robusta silueta de Nina parada en la ventana mirando hacia afuera, también vio que ya amanecía y que Lorina no estaba en su lecho. “Se ha ido.” Le informó su jefa en cuanto la mujer llegó a su lado, caminando media curca, abrazada a sí misma, arrastrando una manta con la que se cubría. Lucía incrédula y desconfiada, como si su jefa hubiese arrojado a la calle a su amiga en medio de la noche, sin compasión y a la primera. Nina leyó sus pensamientos en su mirada rencorosa. “Se fue con su príncipe poeta… él se la llevó. Solo espero que ese hombre la quiera un poco, al lado de lo que ella parece amarlo.” “Ni siquiera se despidió de mí…” Susurró Cipo, apenada. Nina ya se iba a su cuarto. No estaba dispuesta a lidiar con sentimentalismos ajenos. “Sí lo hizo. Se despidió de todas.” Le dijo.



Bacho tuvo durante toda esa tarde, entre bebida y bebida, una larga y agradable conversación con Cípora sobre el amor y la vida, sí, no era precisamente su tema favorito, pero oír a Cipo hablar así le gustaba, despertaba en él un ser humano distinto, uno más limpio y honorable, con una vida justa y una familia a sus espaldas, uno que estaba muy lejos de ser él. También escuchó la pasión con la que la mujer le hablaba sobre las virtudes de su amiga Lorina, un entusiasmo envidiable que nunca nadie usaría para defenderlo a él y que él jamás usaría para defender a nadie, excepto, quizá, por su hermano Yambo, sí, era un puto chiflado, pero era el único ser humano en todo el planeta al que él consideraba de verdad como su familia. Con el viejo Cego no tenía ninguna conexión real como padre e hijo, de joven, nada de lo que hacía le parecía bien a ese viejo, y si no hacía nada, era un inútil; lo peor de todo, era que el viejo no le decía nada, ni una palabra, ni un consejo, sin embargo sus gestos, sus miradas de desilusión, sus murmullos con los demás, lo decían todo. Y con sus hermanas, más de lo mismo, lo aceptaban y consideraban su hermano, pero no uno que ellas desearan tener, solo Rina, la menor, se mostraba a veces feliz de verlo y de llamarlo “hermano”, en vez de solo llamarlo por su nombre, pero ella era así con todos, rara, creo que estaba un poco chiflada también. El hecho, es que con eso y pese a todo, después de escuchar a Cípora, decidió que debía dejar a su hermano en paz con su chica, y que él acabaría con la misión, por lo que esa misma noche partió de vuelta a Jazzabar, solo. “Y si al viejo no le gusta, pues que se joda.” Le murmuró a su caballo, nada más partir.



León Faras.

martes, 30 de septiembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

110.



El viejo Migas conocía a Yan Vanyán desde hacía muchos años porque ya conocía a su padre desde mucho antes. Para él, la gente de Jazzabar eran las mejores personas para hacer negocios, ellos comprendían mejor que nadie el valor del trabajo y siempre buscaban que fuera recompensado con lo justo, ni más ni menos. Aun así, cuando Yan lo contactó con su pedido, el viejo no estaba dispuesto a perder su valioso tiempo preparándoles a una pareja, una comida como antesala a la fornicación, en un cita en la que seguramente el amor brotaba de los labios como una cascada impulsado solo por una necesidad básica y carnal de satisfacer un deseo. Migas creía que el amor era una emoción sublime, un privilegio reservado no para todos, porque la mayoría de la gente siempre lo ensuciaba y degradaba con su lascivia desatada y sus sucios vicios carnales de aparearse como ratas en su mugroso agujero hasta casi desfallecer, pero cuando vio que Yan comprendía la grandeza del sentimiento que tenía en su interior, y su intención sincera de protegerlo y elevarlo a la altura que merecía, pensó que lo mínimo que podía hacer era cooperar con él, a cambio de un precio justo, por supuesto; claro que cuando vio que la susodicha era una de las putas que trabajaban para Nina en su burdel, se sintió un poco estafado, sin embargo, Lorina demostró ante sus ojos una delicadeza en su forma y una altura en su ser que sorprendió a Migas; él era ya bastante viejo, y los años habían agudizado tanto sus sentidos como sus prejuicios, por lo que podía reconocer al instante y sin mayores problemas, una mujerzuela aunque se vistiera como la más pura y digna de las princesas, pero no Lorina, ella era auténtica, dulce y educada de forma innata, aunque esa fuera, quizá, la primera vez que lo exponía libremente. La chica lo encantó como no podía imaginar, pero luego oyó cantar a Nimir y sintió que el mundo se había trastocado por un segundo, poniendo ante sus ojos putas refinadas y bobos con talento, como en la más disparatada de sus pociones alucinógenas, pero no, resulta que Nimir heredó el talento de su madre, quien le cantaba de niño a diario con impecable tilde y entonación, inculcándole esa habilidad en su pequeño cerebrito desde muy pequeño, hasta que un día, su madre, quien ya cargaba con otro bebé en brazos en ese momento, se detuvo a regatear con un verdulero los precios de unos productos que no daban la talla para su valor, y Nimir, siendo muy pequeño todavía, soltó el vestido de su madre para ver de cerca una oruga gorda como un dedo, que torcía una rama bajo el peso de su cuerpo con cada paso que daba, ahí estuvo embobado quien sabe por cuánto tiempo hasta que recordó volver con su madre, pero para entonces ella ya había desaparecido en el gentío y nunca más la volvería a ver. Nimir tuvo suerte ese día, al menos no terminó en algún turbio meandro del río Jazza.



En ese nefasto día, luego de que los comensales se fueran, Migas trabajaba en los manuscritos de Mirna y avanzaba a pasos agigantados con cada nueva palabra que descifraba, pues cada una de ellas era como una llave que abría muchas otras puertas. En un principio, el documento parecía como un libro de cocina con ingredientes cuyos nombres eran muy raros y recetas con resultados aún inciertos, pero ciertamente nada comestible se cocinaba allí. Su padre lo miraba preocupado desde su rincón incapaz de pestañear o decir algo, y el perro montaba guardia en la entrada luego de haberse llenado la barriga con las sobras de la comida. Nimir aprovechaba la tarde para recorrer los alrededores revisando las trampas que tenían puestas o recolectando cualquier cosa comestible que el bosque ofreciera. Ese día su hallazgo fue asombroso y fatal. Entre la hojarasca, hábilmente camuflado por esta, había un huevo, pero no uno cualquiera, uno grande como la cabeza de una cabra. Su cáscara era de un color parduzco que hubiese sido imposible de ver de no contar con una suerte increíble para poner la atención en el momento justo y en el lugar exacto. Era casi un hallazgo milagroso, pues solo una criatura fantástica pondría huevos así y él había sido guiado justo hasta allí para encontrarlo. Nimir se acercó, pero antes miró en todas direcciones asegurándose de estar solo, en ese preciso instante, Perro empezó a ladrar a la distancia y con insistencia, tratando de advertirle de un peligro que solo los perros pueden presentir. Migas dejó su trabajo de lado para investigar, pues todos los que tienen perros saben que éstos no siempre ladran igual, no es el mismo ladrido cuando hallan el escondite de un ratón, que cuando se acerca un desconocido, y no es el mismo cuando están relajados que cuando están nerviosos, y Perro no estaba nada tranquilo en ese momento. El viejo agarró su bastón para defenderse, también tenía un cuchillo, y siguió a su amigo canino quién no se atrevía a avanzar más de dos o tres metros de una sola vez sin detenerse a escuchar y oler el aire, hasta que el chillido de Nimir le dio una dirección y un propósito claro. El perro se internó a la carrera en el bosque ladrando, como gritando: “¡Allá voy, amigo, aguanta!” Y el viejo lo siguió como pudo. No estaba tan preocupado por Nimir como lo estaba por la preocupación misma del perro, por aquello que el animal podía sentir y él no. En cuestión de segundos oyó el violento ataque del perro contra algo; el viejo sonrió y aceleró el paso, pero lo siguiente fue un disonante aullido de dolor que le congeló las piernas, para luego obligarlo a correr, preocupado. Cuando llegó, su perro, herido de un picotazo en un costado, se enfrentaba a ladridos y amenazas contra un Cizal, un ave carnívora del tamaño de un hombre adulto, con plumas erizadas en la cabeza, un pico de ave rapaz capaz de arrancar trozos de carne viva como si nada, y un par de poderosas patas acabadas en garras capaces de romper huesos con facilidad. El viejo llegó con su bastón en alto dando alaridos como un cavernícola protegiendo su comunidad, pero que junto con los insistentes ladridos de su perro lograron hacer retroceder al pájaro ese, un animal que prefería el acecho y el ataque por sorpresa al enfrentamiento directo, y con una gran habilidad para huir y desaparecer en la vegetación, además. Un maldito Cizal, un ave casi de fábula que muy pocos podían presumir de haber visto alguna vez, había llegado a su barrio y… Fue entonces cuando lo recordó y no tardó mucho en encontrarlo. Nimir estaba tirado en el suelo con el cuello destrozado de un violento picotazo y varias otras heridas más que era mejor no enumerar. Perro se acercó a olerlo para luego mirar a su jefe con la cara de un médico que no necesita de hacer exámenes para asegurar lo obvio: su amigo estaba muerto y nada se podía hacer ya. El viejo sintió de pronto una inesperada congoja que lo hizo caer de rodillas. El bobo de Nimir ya no estaba y ahora se sentía más solo que nunca.



Según los antiguos, la aparición de un Cizal precedía siempre una gran matanza, pues estos animales además de hábiles cazadores, eran también ávidos carroñeros que olían la sangre incluso antes de ser derramada, aunque historias viejas como esas, son consideradas estúpidas hoy en día.



León Faras.

viernes, 19 de septiembre de 2025

Lágrimas de Rimos. Tercera parte.

 

109.



Bocasucia era un antro cizariano ubicado literalmente en un agujero bajo tierra, en el que cualquiera podía entrar mientras dejara sus problemas afuera. Casi no tenía luz natural ni menos ventilación, por lo que el olor ahí abajo era una mezcla, cuando menos peculiar pero de la que nadie se quejaba. Un montón de pilares de madera lo sujetaban y en cada uno de ellos colgaba una lámpara de aceite que permanecía encendida día y noche casi sin interrupción. Su dueño era un hombre corpulento llamado Gonzo, de carácter pacífico pero respetable altura, tenía el cabello cuidadosamente peinado en una cola de caballo y un bigote que siempre estaba mimando y toqueteando. El recinto gozaba de cierto respeto por parte de la comunidad, y es que, aunque la clientela de Bocasucia era tradicionalmente masculina, la noche del ataque rimoriano docenas de mujeres con sus hijos se refugiaron en la taberna, donde Gonzo y su mujer, Faula, las recibieron y atendieron, haciendo circular vasos con caldo caliente de pata y apio durante toda la noche para ellas y sus críos y vino caliente con especias para el resto, hasta que el peligro acabó. A ese lugar llegó Yurba, eran primeras horas de la tarde pero en el interior de esa cueva siempre aparentaba ser medianoche. Allí se encontró con un par de rimorianos que parecía que anduvieran juntos para todas partes, y es que en todos lados siempre estaba uno al lado del otro. “¿A ustedes los parieron juntos o qué?” Comentó Yurba, tomando asiento sin que lo invitaran y estirando el brazo para que Faula lo viera y le trajera una bebida. De los dos, uno le sonrió amigable, pero el otro prefirió ignorarlo mirando para otro lado, como esperando que mejor desapareciera. Yurba se mostró ofendido con el gesto, “¡Vamos, hombre, ni que estuviera cagado! ¿Por qué esa cara conmigo?” Aregel, el primero, le explicó que no era por él. “Cízarin volvió a citarnos para el combate, dicen que este será el ataque definitivo y que luego de esto seremos libres…” Cal Desci, a su lado, rio y escupió al suelo. “Eso, si no nos matan antes, o ni aun así, porque podrían luego coger nuestros putos huesos, y arrojarlos como proyectiles contra esos estúpidos bosgoneses de mierda. Tal vez eso sirva.” Cal Desci estaba cabreado. Después de eso siguió alegando que les pagaban una miseria, que sus vidas siempre pendían de un hilo o que hasta las putas en Cízarin los miraban como apestados por ser rimorianos. Estaba en medio de su discurso de descarga cuando llegó Tibrón y Yurba lo invitó a su mesa como si le tuviese guardado el puesto, pero Aregel fue quien puso cara de fastidio esta vez. Él tenía algo contra Tibrón, era tan evidente que todos podían verlo desde hace tiempo, pero nadie se explicaba qué exactamente, ni siquiera Cal; y ahora hasta el propio Tibrón quería saberlo. Aregel prefirió ignorarlo al principio, como si en realidad no tuviera importancia, pero fue tal la insistencia de todos, que al final tuvo que confesarlo. Su problema con Tibrón era su espada. “¿Es porque tiene una más larga que la tuya?” Preguntó Yurba, incrédulo y divertido por lo estúpida que le sonaba la respuesta, pero para Aregel no era algo divertido. “Esa espada que usas, era la de mi padre…” Señaló, muy despacio, sabiendo perfectamente que ese era un argumento pobre para cualquier reclamo, pero era el único que tenía. Luego agregó. “Sé que eres un buen soldado y un buen líder, y que mereces usar el arma que usas… es solo que, pienso que esa espada debería estar con su familia. Eso sería lo justo.” Yurba seguía mirando divertido. Nunca comprendería a esa gente que trataba a las espadas como si fuesen una persona o un pariente, pero Tibrón comprendió, y aunque no podía simplemente dársela, pues esa era su arma ahora, quiso saber más sobre su antiguo dueño, sin embargo, alguien más estaba escuchando desde una mesa cercana.



Pero si es el hijo del gran Sinaro, el protector del trono. ¿Me puedes decir cómo fue que tu padre y el grupo de idiotas que le acompañaba pudieron cagarla tanto con algo tan simple?” Aquel era uno de los muchos rimorianos que luchaban por Cízarin desde la humillante caída de Rimos. Un hombre grande que ya pintaba canas, al que Aregel poco recordaba, pero que a Cal le resultaba conocido de algún remoto lugar. El hombre continuó increpando a Aregel. “No te había reconocido, pero tu nombre se me hizo familiar. Déjame decirte una cosa que parece que no sabes: A tu padre nunca le gustó esa espada porque decía que estaba desbalanceada. Otros la habían probado pero solo a él le parecía imperfecta…” Y luego, señalándolo con el dedo a la nariz, agregó. “Sinaro, tu padre, era un buen soldado, pero también era un viejo testarudo que culpaba a cualquier cosa a su alrededor con tal de no ensuciarse él… incluso a su propia espada.” El hombre estaba medio borracho, y Aregel ya comenzaba a perder la paciencia, entonces Tibrón se puso de pie para detenerlo y de paso saber quién carajos era. El hombre, se le quedó mirando entre extrañado y ofendido. “Telina no te ha hablado de mí, ¿eh? Soy Yádigar, tu cuñado.” Dijo, con el ceño apretado, y luego señalando a Cal, sin venir a cuento de nada, añadió. “A ti también te conozco, estabas ahí cuando fuimos por el príncipe ciego al Bosque Muerto.” Cal asintió torciendo la boca, había pasado tiempo de eso, pero lo recordaba. Después de un rato, y como si sintiera la necesidad de hacerlo, señaló a Yurba también. “Y a ti… a ti no te he visto en mi vida.”



León Faras.